Hambre en el país del éxito culinario
Aunque parezca difícil creerlo, en este país famoso por su éxito culinario, muchos
pasan hambre. No sólo escasez. Hambre. Según una encuesta del Instituto de Estudios
Peruanos (IEP) de septiembre pasado, el 57% de los entrevistados (1210), reveló que
en los últimos tres meses al menos una vez su hogar se quedó sin alimentos. En el Perú
urbano, el porcentaje es de 56%, mientras que en rural es de un alarmante 75%, una
cifra que retrata la diferencia hiriente que separa al campo de las ciudades en estas
tierras. O la existencia de grietas sociales en las urbes. En los sectores D y E de la
población, donde está la olla común ‘Nueva esperanza’, el porcentaje también alcanza
ese terrible 75%. “En esas zonas- precisa la exministra de Desarrollo e Inclusión Social
(Midis) Carolina Trivelli sólo el 4% ha podido mantener su consumo de alimentos sin
problemas”. Para ella, la situación es grave. Y no se explica por qué el hambre no es
visto como un inmenso problema. “No es que no haya alimentos, sino que no hay
acceso económico a ellos”, agrega. Tanto es así que, en la olla de Solier, hay días en
que no se puede cocinar. “Sobre todo cuando falta el agua”, comenta la mujer antes
de servirle su ración a Bruno Cabrera, un hombre de 62 años que camina rengueando,
apoyado en un bastón, debido a un defecto de nacimiento. “Nací así y nunca en mi
vida he ido a un hospital, relata”. Él es uno de los 17 ‘casos sociales’ de ‘Nueva
Esperanza’, es decir alguien a quien no se le cobra. El menú de hoy es un guiso de
quinua con arroz y unos pocos trozos de pollo. Cuesta 3 soles (0,73 euros) y, cerca de
las 2 de la tarde, está a punto de acabarse. Los 60 comensales de la olla común,
incluido Cabrera, ya se han llevado su almuerzo y las raciones para su casa. Pero, como
insiste Solier, “si viene alguien a pedir comida, quien sea, no se la vamos a negar”. Ella
misma y las socias, que son quienes cocinan, pagan dos soles (0,49 euros) por cada
menú. Y día a día, a brazo y sudor partido, se las ingenian para “llenar la olla”. Van a los
mercados y compran lo que pueden, con la breve ganancia de los que pagan; o
“recuperan alimentos”, una modalidad que consiste en pedir, a precio baratísimo o
como donación, verduras o frutas que están a punto de perderse. Pero que ellas
aprovecharán sabiamente.
Si se mira a encuestas de años anteriores del IEP, se puede concluir que la falta de
acceso a alimentos se agrava: del 17% de los encuestados que en 2012 decían que no
tuvieron acceso a comida al menos una vez en los últimos tres meses, al 57% de
septiembre pasado. Hay varios factores para entender este retroceso. Uno de los
grandes males fue la pandemia, que golpeó fuerte a las familias más pobres del país.
Buena parte de las ollas comunes aparecieron en el año 2020, coincidiendo con la
cuarentena. Es el caso de ‘Nueva Esperanza’ y de ‘Víctor Marcial’, una olla clavada en
Pamplona Alta (una de las zonas más pobres de todo Lima) y liderada por la señora
Rossana Huamán Colque.
Está en la parte alta de un cerro, donde ya no hay asfalto, y donde el agua la lleva un
camión cisterna unas veces a la semana. Atiende a 104 comensales, tiene 20 casos
sociales y cobra 4 soles, unos 0,98 euros. El menú de hoy es una sopa de quinua y un
seco (guiso de color verde) de pollo. Por acá también ronda el hambre y hay cuadros
familiares dramáticos. Francisca Guzmán, una de las socias, tiene ocho bocas que
alimentar. Su esposo la golpeaba, hasta que hace seis años le exigió que se vaya. Ahora
vive con sus cuatro hijos y cuatro parientes más, en una casita de tres habitaciones. Va
todos los días a la olla común, para trabajar y traerles la comida. Algunos días, en el
pasado, recuerda haber comido sólo huevo frito y arroz. Nunca he ido a una pollería
(restaurante que vende pollos a la brasa), algo que la mayoría de los peruanos, incluso
pobres, puede hacer alguna vez. Cocina de lunes a viernes en ‘Víctor Marcial’. Los
sábados y domingos, lava ropa o limpiar casas en zonas pudientes de Lima.
Prácticamente no descansa nunca. Pero no maldice, no suelta fuego por su situación.
Lucha y trabaja. Está dentro del grupo que, según la encuesta del IEP, tuvo problemas
para conseguir alimentos, o tuvo que reducir su consumo debido a los precios altos
(70% de los encuestados). Las mujeres, junto con los niños, son las más afectadas. En
América Latina, según Ayuda en Acción, la diferencia en materia de seguridad
alimentaria, entre hombres y mujeres, es de 11.3%.