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Jimenez

Juan Ramón Jiménez, poeta español nacido en 1881, es una figura fundamental que conecta la poesía romántica, el Modernismo y las Vanguardias del siglo XX. Su obra, marcada por una búsqueda de belleza y perfección, se divide en cuatro etapas que reflejan su evolución desde el subjetivismo hasta la poesía pura, culminando en el Premio Nobel de Literatura en 1956. A lo largo de su vida, enfrentó profundas crisis personales y una intensa actividad literaria, dejando un legado significativo en la literatura española.

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Juan Ramón Jiménez, poeta español nacido en 1881, es una figura fundamental que conecta la poesía romántica, el Modernismo y las Vanguardias del siglo XX. Su obra, marcada por una búsqueda de belleza y perfección, se divide en cuatro etapas que reflejan su evolución desde el subjetivismo hasta la poesía pura, culminando en el Premio Nobel de Literatura en 1956. A lo largo de su vida, enfrentó profundas crisis personales y una intensa actividad literaria, dejando un legado significativo en la literatura española.

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JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

Juan Ramón Jiménez es una figura clave en la literarura española y su poesía representa un
enlace y un puente imprescindibles entre la poesía romántica, el Modernismo y las
Vanguardias del siglo XX. De hecho, fue muy amado por la Generación del 27.

LA VIDA: Nació en 1881 en la provincia andaluza de Moguer (Huelva), lugar al que estuvo
siempre muy ligado y que fue fuente de inspiración en su obra. En 1883 obtuvo el título de
Bachiller en Artes y en 1896 se trasladó a Sevilla, donde escribió sus primeros versos y
colaboró en periódicos locales. Por deseo de su padre empezó a estudiar Derecho, pero en
1900 dejó la carrera y se trasladó a Madrid, donde escribió sus primeras obras literarias.
Participó en la vida literaria del momento y conoció a Valle – Inclán y a Rubén Darío. La
repentina muerte de su padre en este mismo año, junto con la ruina familiar que derivó de
este acontecimiento, le causaron una grave depresión que se tradujo, a partir de entonces, en
un miedo obsesivo a la muerte y en un permanente anhelo de inmortalidad. Una agudización
de esa neurosis lo obligó a pasar una temporada en un sanatorio francés, donde conoció la
poesía de los simbolistas y parnasianos, que influenciaría sus versos. Entre una crisis y otra, el
poeta alternó estancias en Moguer y en Madrid, donde frecuentó activamente los ambientes
intelectuales.
En 1903, fundó con algunos escritores la revista literaria Helios, que se convirtió pronto en la
más importante publicación modernista del país: desde sus páginas, los colaboradores
defendían la misión del artista de transmitir a la nación indicaciones positivas para su futuro,
viniendo a colmar la ausencia de un guía en el ámbito socio – político.
En 1916 se casó en Nueva York con Zenobia Camprubí, mujer cultísima y de extraordinaria
personalidad a quien dedicó hermosos poemas de amor. Su intensa actividad literaria en
España se interrumpió al estallar la Guerra Civil, cuando el poeta se exilió a Cuba, donde se
convirtió en portavoz de la España democrática. El triunfo de Franco lo obligó a quedarse
definitivamente en América. Recorrió varios países y Universidades hasta que decidió
instalarse en Puerto Rico, donde trabajó como profesor en la Universidad.
Entre los muchos reconocimientos a su poesía, en 1956 obtuvo el Premio Nobel de Literatura.
Este acontecimiento coincidió con la muerte por cáncer de su mujer, hecho del que ya no se
recuperaría y que acentuó su neurosis. Dos años después, en 1958, murió víctima de una
recaída en sus depresiones.
LA PRODUCCIÓN LITERARIA: La obra literaria de Jiménez es muy vasta y está
caracterizada por un sentido aristocrático del arte y por una continua búsqueda de belleza y
perfección.
Según él, la poesía corresponde a tres elementos fundamentales: belleza, conocimiento y
eternidad. La poesía es belleza porque es expresión honda de todo lo bello; es conocimiento
porque a través de ella se puede alcanzar una realidad más profunda de lo que se ve; y es
eternidad porque a través de la obra poética se puede derrotar a la muerte y al paso
inexorable del tiempo, además de crear algo hermoso y verdadero que durará para siempre.
En esta concepción de la poesía se puede leer el influjo de algunos poetas ingleses del siglo
XX y en particular del romántico Keats. Sin embargo, Jiménez no perteneció a un preciso
movimiento poético, sino que a lo largo de su carrera abarcó distintos estilos y diferentes
maneras de hacer poesía, siguiendo los cambios de cada época y expresando siempre su
impulso renovador. Como Machado, creía que los símbolos podían representar las verdades
más profundas, que sólo la poesía era capaz de desvelar. La palabra poética se convierte, por
lo tanto, en un medio para captar la esencia de las cosas y su significado más auténtico.
En cuanto al estilo, en la poesía de Juan Ramón Jiménez predominan los términos
abstractos, a través de los cuales el poeta trata de detallar sus sensaciones, descritas con
adjetivación embellecedora y un uso magistral de la sinestesia.
La trayectoria poética de Jiménez se puede dividir en cuatro etapas, que van desde el
subjetivismo sentimental hasta la objetividad y la poesía pura:

v ETAPA SENSITIVA (1898 – 1908): Esta primera etapa comprende los comienzos de
influjo romántico y obras caracterizadas por el influjo intimista de Bécquer y de los
simbolistas franceses. Colores esfumados, atmósfera melancólica, metros sencillos son los
rasgos principales.
Pertenecen a esta primera etapa, las obras Arias tristes (1903) y Jardines lejanos (1904).

v ETAPA MODERNISTA (1908 – 1915): Esta segunda etapa comprende obras influidas
por Rubén Darío y otros modernistas. Persiste el hondo sentimiento de melancolía y
amargura de la etapa anterior, pero el colorido es más brillante e intenso y la expresión se
enriquece con nuevos ritmos, es decir que el poeta adopta las muchas figuras retóricas y los
efectos sensoriales típicos del Modernismo. Sin embargo, el suyo es un Modernismo muy
personal, con rasgos intimistas que revelan su honda manera de vivir las emociones.
A esta época pertenecen La Soledad Sonora (1911), Poemas Agrestes (1911) y Platero y yo
(1914).
Con la obra de prosa poética PLATERO Y YO, Jiménez expresa su honda relación con
Andalucía, su región natal, que el poeta define como tierra de alegre melancolía. El texto consta
de una Advertencia al lector, en la que el autor dedica la historia a los niños, los únicos que
siguen siendo capaces de emocionarse por cosas sencillas (de hecho, él define la infancia
como la Edad de Oro), y 138 breves capítulos, en los que narra sus aventuras imaginarias con
un burro llamado Platero en el pueblo de Moguer.
A través de la narración descubrimos los típicos rasgos de la Andalucía rural, sus costumbres,
sus personajes tradicionales y sus paisajes. Moguer es el símbolo de todos los pequeños
pueblos andaluces y sus rituales relacionados con los cambios de las estaciones, la
agricultura, la vendimia y la naturaleza representan a la comunidad entera. Platero también
es un símbolo, ya que no sólo representa a todos los burros que Jiménez había poseído
durante su niñez, sino también al animal rural que desde siempre ha acompañado al hombre
en sus tareas del campo, un animal al mismo tiempo fuerte y tierno. Además, esta obra
representa simbolicamente la vida, ya que se abre en primavera y acaba en invierno con la
desgraciada muerte de Platero y la tristeza de su dueño y de los niños del pueblo.
El autor narra en primera persona y se refiere a menudo bien a los lectores, bien a su burro. Se
usa el presente histórico, como si las aventuras se desarrollaran en el mismo momento en que
se narran, y por lo que se refiere al estilo, como se trata de una prosa poética, hay muchos
recursos retóricos.

v POESÍA DESNUDA (1916 – 1936): Es ésta la etapa de la renovación de carácter


vanguardistas, en la que desaparecen los elementos decorativos modernistas y la poesía se
hace sobria, emotiva y personal. Jiménez se dedica a una poesía más conceptual, sencilla, pero
muy profunda en su contenido. Se trata de una poesía depurada y estilizada.
A esta tercera etapa pertenecen las obras Diario de un poeta recién casado (1916) y Piedra y
cielo (1919).
DIARIO DE UN POETA RECIÉN CASADO es una obra dividida en seis partes. Tanto el
título del libro como las denominaciones de las partes aluden a una experiencia biográfica: en
1916 Jiménez deja España para casarse en Nueva York. Durante el viaje y posteriormente en
América, escribe en un diario sus impresiones del viaje y las sensaciones que le produce el
encuentro con el mundo americano y la ciudad de Nueva York.
Aunque Nueva York no es el único tema del libro, un poco más de la mitad de los poemas se
refieren a ella. La ciudad cosmopolita, identificada con Nueva York, es el paradigma de la
modernidad. En cuanto viajero extranjero en la ciudad americana, el poeta se enfrenta a
diferentes aspectos de la realidad: el paisaje, los vecinos, el idioma y la herencia cultural del
visitante. Por lo que concierne al paisaje, la metrópolis le aparece al sujeto lírico como un
mundo subterráneo, en el que túneles y raíles configuran un entramado tentacular y opresivo,
obligando a los habitantes de la ciudad a vivir en el hedor, los ruidos y la ausencia de luz y de
colores.
En este mundo subterráneo todo pasa rápido y la gente se desplaza con medios de transporte
veloces, para ocupar edificios que se parecen a jaulas o a cárceles, debido a la presencia de
interminables escalares de emergencias en sus estructuras verticales. Hay, sin embargo,
espacios que reconcilian al poeta con el ambiente: cementerios, parques, antiguas iglesias y,
en general, todo lugar que manifiesta una relación con la naturaleza o con el pasado.
Al desplazarse por la metrópolis, el protagonista se cruza con una multitud de marginados
(negros, judíos, chinos e inmigrantes) con quienes se solidariza, en cuanto ve en ellos a las
víctimas de una modernidad que no ha cumplido con los sueños de aquella parte de la
humanidad empobrecida. Sin embargo, si bien el poeta ve, oye, huele y toca la realidad de la
ciudad cosmopolita, tiene un límite: no entiende ni puede hablar. El problema de
comunicarse en Nueva York, pone a Jiménez en la misma situación del poeta cuando intuye
la esencia y no puede expresarla, es decir que la experiencia biográfica y artística coinciden,
así que la vivencia de Nueva York se convierte en experiencia de la palabra. Por esto, el autor
realiza en el libro una desmitificación del léxico, quitándole todo el ropaje cultural que
conlleva, es decir, despojándole de todo valor figurado y creando nuevas asociaciones. Así,
por ejemplo, la luna, el cielo y la primavera ya no cargan con la herencia poética y artística de la
tradición española y europea (la imagen de la primavera de Botticelli, el cielo de los místicos
o de El Greco), sino que el poeta crea nuevas asociaciones a partir de la realidad de la
metrópolis: la luna y el firmamento son por lo tanto luces de anuncios artificiales y la primavera es
una secretaria atlética que corre desnuda por las calles de la ciudad.
El libro se vertebra como un quiasmo: España, el mar, EE. UU., Nueva York, EE. UU., el mar,
España, el recuerdo de Nueva York. El autor pone especial atención a los datos (lugar, hora y
gestos) creando un diario íntimo. Sin embargo, su intención no es la de rescatar hechos y
experiencias del hombre, sino la de contar detalles de acontecimientos personales que han
sido como epifanías, revelaciones de lo eterno. Con esta obra se produce por lo tanto un giro
radical en la poética de Jiménez, ya que el poeta deja de investigar la realidad interior, viendo
en cada elemento del paisaje un reflejo de ella, y aprende a valorar las vivencias por lo que
llevan de esencial, de eterno.
Por último, es importante subrayar lo innovador de esta obra también en el plano formal,
debido, entro otros aspectos, al equilibrio con el que se combinan en el texto dos nuevos
modelos: el poema en prosa y el verso libre.

v POESÍA PURA (POSTERIOR A 1936): En esta última etapa, la del exilio a América, la
expresión se hace cada vez más profunda y metafísica y llega a su máxima pureza, reflejando
la profundidad de los argumentos tratados. Los temas se hacen más filosóficos y metafísicos y
muchas son las reflexiones sobre la existencia, Dios y la muerte.
Entre las obras de esta última etapa recordamos En el otro costado (1936 – 1942), Dios
deseado y deseante (1948 – 1949) y Espacio (1956).

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