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Trabajo (San Cipriano, La Unidad de La Iglesia)

San Cipriano, nacido en el norte de África, se convirtió al cristianismo tras una vida hedonista, convirtiéndose en obispo de Cartago y enfrentando persecuciones y cismas dentro de la Iglesia. Su obra 'La unidad de la Iglesia' aborda la importancia de la unidad cristiana y la necesidad de reconciliación con aquellos que habían renegado de la fe. A través de su liderazgo y escritos, Cipriano promovió la cohesión y el amor entre los creyentes, dejando un legado que resuena en la actualidad.
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Trabajo (San Cipriano, La Unidad de La Iglesia)

San Cipriano, nacido en el norte de África, se convirtió al cristianismo tras una vida hedonista, convirtiéndose en obispo de Cartago y enfrentando persecuciones y cismas dentro de la Iglesia. Su obra 'La unidad de la Iglesia' aborda la importancia de la unidad cristiana y la necesidad de reconciliación con aquellos que habían renegado de la fe. A través de su liderazgo y escritos, Cipriano promovió la cohesión y el amor entre los creyentes, dejando un legado que resuena en la actualidad.
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Enrique Morales Ramos Trabajo de Patrología

San Cipriano
LA UNIDAD DE LA IGLESIA

I. Autor1

Tascio Cecilio Cipriano nació entre el 200 y el 210 d.C., en las provincias romanas
del Norte de África2, en el seno de una familia de la alta burguesía. Esto le dio la
posibilidad de recibir una esmerada educación3, llegando a ejercer como abogado. De
profunda y sólida formación literaria, su estilo, expresivo y cultivado, pone de manifiesto
la sobriedad y elegancia de uno de los grandes escritores de su tiempo.
Durante su juventud, la vida social de Cipriano estuvo marcada por el estilo
despreocupado y hedonista propio del paganismo. Sin embargo, tras un período de
confusión y de crisis – en la edad adulta y, sobre todo, en la madurez de su vida – renegará
de todo lo anterior, convirtiéndose al cristianismo. Esta decisión personal no resultó fácil
ni pasó desapercibida, provocando estupor y rechazo en su familia y allegados, así como
sorpresa e incredulidad en sus conciudadanos, dado el carácter público de su figura.
El presbítero Ceciliano, amigo de Cipriano, fue quien le indujo a leer el Evangelio,
algo decisivo para su conversión. Ésta supone un cambio de vida radical para Cipriano,
que vende sus posesiones y dedica el dinero a socorrer a los más necesitados,
comprometiéndose, al mismo tiempo, con un voto de castidad permanente.
Su conversión revela todos los elementos asociados tradicionalmente a la acción del
Espíritu Santo: regeneración, iluminación, purificación, renovación, experiencia
espiritual inefable… La radicalidad evangélica según la cual se siente llamado a vivir a
partir de entonces le llevará a centrarse en la Escritura y en las obras de Tertuliano, al que
reconoce como su maestro, descartando cualquier otra fuente clásica no cristiana en la
que, con anterioridad, se hubiera inspirado.
Poco después de su bautismo, acaecido en torno al año 246 d.C., Cipriano será elegido
obispo de Cartago: otra decisión sorprendente, que no será comprendida por todos y que
le acarreará no pocas resistencias y oposiciones. Su servicio episcopal, de apenas diez
años de duración, estará marcado por toda clase de desgracias y dificultades, que
culminarán con el martirio.
Un año después de su elección como obispo tendrá que hacer frente a la persecución
del emperador romano Decio contras los cristianos, que vendrá motivada por el edicto
imperial que obligaba a todos los ciudadanos a ofrecer sacrificios a los dioses4. En los
momentos de mayor peligro, Cipriano abandona Cartago: un gesto prudente y
comprensible que, sin embargo, le acarreará críticas e incomprensión.
Por un lado, están los confesores, creyentes que resistirán, haciendo una heroica
demostración pública de su coherencia y compromiso con la fe, pese a los riesgos de la

1
Cipriano. La unidad de la Iglesia. El Padrenuestro. A Donato. Ciudad Nueva: Madrid, 2001 (2ª ed.), 13-16;
20-25; 31-37.
2
Casi con toda seguridad, en la propia Cartago.
3
En aquella época, era frecuente entre los jóvenes como Cipriano decantarse por la retórica, dadas las
buenas perspectivas sociales que ésta ofrecía.
4
Tras una época muy convulsa en Roma, en la que se sucedían rápidamente toda una serie de
emperadores muertos en circunstancias violentas, es posible que Decio sólo pretendiera ganar el favor de
las divinidades romanas, con la ayuda de sus súbditos. La resistencia de los cristianos a participar en este
tipo de actos paganos desencadenó la trágica represión contra éstos.
_____________________________________________________________________________
1
Enrique Morales Ramos Trabajo de Patrología

cárcel, el destierro, las torturas y, en último término, el martirio. Pero, por otra parte,
numerosos cristianos5 renegarán de la fe, aceptando realizar sacrificios paganos en honor
del emperador.
Ante esta situación, Cipriano se vio obligado a afrontar el problema que suponían los
«lapsi» que pedían ser readmitidos en la comunidad. Había sacerdotes que no ponían
ninguna condición ni impedimento, pero Cipriano, en comunión con el resto de la Iglesia6,
creía necesario un prolongado período de penitencia para que pudieran ser perdonados,
salvo en caso de peligro de muerte.
Además, otro problema acechaba también a Cipriano, en el desempeño de su
responsabilidad como obispo: la revuelta liderada por Novato, que llegó a nombrar obispo
a Fortunato, en sustitución de Cipriano, para la sede de Cartago y que propugnaba la
readmisión incondicional de todos los «lapsi». Paralelamente, en Roma se vivía una
situación similar, con el pronunciamiento de Novaciano como alternativa al Papa
Cornelio, legítimamente elegido para suceder a Fabiano, que había muerto, víctima de las
persecuciones, en el 251 d.C. Este movimiento cismático, en extremo rigorista7 –
especialmente en lo tocante a la cuestión de los «lapsi» – se extendió rápidamente por el
norte de África y llegó, por tanto, a Cartago, donde se nombró un tercer obispo en
discordia: Máximo.
Cipriano regresa a Cartago tras la Pascua del 251 d.C., una vez terminada la
persecución, y se pone manos a la obra con la tarea de la reconstrucción de una comunidad
de creyentes, otrora floreciente, que se encuentra diezmada y rota, tanto por los
acontecimientos externos como por las divisiones internas. Utiliza para ello el arma más
poderosa que posee: su palabra de brillante orador. Escribe incansablemente tratados y
cartas, al tiempo que celebra una serie de concilios que serán la clave para el
resurgimiento de la iglesia norteafricana.
Con una mezcla de firmeza y dulzura, de valor y paciencia, logra desmontar los
planteamientos maximalistas, tanto del rigorismo romano como del laxismo cartaginés.
Su postura hacia los «lapsi» se irá suavizando progresivamente, hasta llegar a una
regularización generalizada de todos los que hubieran hecho penitencia, ante el peligro
de una nueva persecución en el 252 d.C.
Pero otra serie de desgracias y calamidades pondrán nuevamente a prueba su
fortaleza, su fe y su esperanza en un futuro de paz y unidad para los cristianos de Cartago.
De entre ellas destaca la epidemia de peste que asoló la ciudad entre el 252 y el 254 d.C.
Paradójicamente, al igual que la persecución religiosa supuso una prueba que fortaleció
la fe en Dios de los creyentes, esta oleada de muerte que inundará la ciudad se convertirá
en un examen sobre el amor al prójimo.
Cipriano consiguió la movilización general de los cristianos, organizando la asistencia
a los enfermos y fallecidos por la enfermedad. Esta experiencia traumática supondrá una
ocasión privilegiada para los creyentes de avivar su amor por Dios y llegar a estar
dispuestos, incluso, a arriesgar sus vidas por la caridad hacia los demás.
Otro problema que atormentará, casi sin solución de continuidad, a Cipriano será el
conflicto por el bautismo de los herejes que, habiendo sido seguidores de Novaciano,
pretendan integrarse en la Iglesia Católica. Para Cipriano – y toda la Iglesia africana –,

5
Los llamados «lapsi».
6
Tertuliano, haciendo gala de un rigorismo excesivo que, posteriormente le conduciría a abrazar los
postulados heréticos del montanismo, consideraba que había pecados, como el de la apostasía, que no
podían ser perdonados.
7
Más incluso que Tertuliano, pues rechazaban el perdón para los apóstatas, incluso a las puertas de la
muerte.
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2
Enrique Morales Ramos Trabajo de Patrología

era claro que dicho bautismo no podía ser admitido como válido y que se precisaba, por
tanto, de uno nuevo, el auténtico, dentro de la Iglesia oficial.
Ésta no es, ni mucho menos, la postura generalizada en el resto de las Iglesias,
especialmente, la de Roma. De hecho, el papa Esteban le exigirá, so pena de excomunión,
una rectificación en sus posiciones, que le causará un profundo dolor, por la división
doctrinal que ello supone y por la amenaza para la unidad de la Iglesia, tan querida por
Cipriano. El conflicto se resolverá, de manera fortuita e inesperado, con la muerte del
papa Esteban. Su sucesor, el papa Sixto, y Cipriano serán capaces de reconducir la
situación8, con lo que la paz y la armonía retornarán a las relaciones entre Roma y
Cartago.
Entre el 256 y el 259 d.C. una nueva persecución amenaza la vida de los cristianos,
esta vez promovida por el emperador Valeriano. Cipriano es detenido y juzgado en el año
257 d.C., siendo condenado a la pena de destierro, que cumplirá en la ciudad de Cúrubis9,
en la costa mediterránea y bastante cercana a Cartago. Pero, un año más tarde, la
persecución se recrudece y se revisan los cargos y las sentencias contra los cristianos.
Cipriano vuelve a pasar por el tribunal y esta vez es condenado a muerte.
El 14 de septiembre del 258 d.C. Cipriano es conducido al cadalso, mientras le sigue
una gran multitud de cristianos. Tras su martirio por decapitación, su fama y sus obras se
difunden rápidamente, tanto en las iglesias de Occidente como en las de Oriente, dejando
constancia de ello pensadores cristianos de la talla de San Agustín y San Jerónimo. Hoy
en día, tras la actualización realizada por el Concilio Vaticano II, muchas de sus
posiciones, como la pasión por la unidad de la Iglesia, el amor a la Palabra y la
importancia de la colegialidad, adquieren una renovada vigencia.

8
De todos modos, la postura de la Iglesia del Norte de África sobre la cuestión seguirá siendo la misma, al
menos, durante otro medio siglo.
9
La actual Korba, en Túnez.
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3
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II. Plan de la obra10

La unidad de la Iglesia, catalogada por Humberto Moricca como tratado dogmático-


polémico11, consta de 27 capítulos que, girando en torno al tema que da título a la obra,
van tratando los diferentes aspectos que, para su autor, Cipriano, son más relevantes.
Así, los capítulos 1 al 312 comienzan hablando sobre las herejías y los cismas.
Cipriano advierte a los cristianos para que, no sólo teman y estén preparados ante la
amenaza de las persecuciones, sino para que también estén atentos a las asechanzas del
maligno, especialmente aquellas más sutiles y difíciles de detectar. Esto supone no volver
al camino de Adán, el hombre viejo, y seguir los pasos de Cristo, pues ¿quién sino Él ha
descubierto y derrotado al astuto enemigo? Por ello, el discípulo debe seguir sus palabras,
para aprender lo que el Maestro enseño y actuar como Él lo hizo. El maligno, cuyas
apariencias engañan, crea la herejía y provoca los cismas para tergiversar la fe, corromper
la verdad y romper la unidad. Pero lo logra sólo si el cristiano no acude a Aquél que es la
cabeza de todo lo creado, si no vuelve constantemente al origen de la verdad.
Continúa Cipriano, en los capítulos 4 y 513, presentando ya el tema de la unidad de
la iglesia. Aparece aquí uno de los puntos clave para la interpretación de la obra, pues
existen dos versiones distintas del capítulo 4 – el Textus Receptus y el Primatus Textus –
con diferentes matices sobre el pensamiento del autor acerca del primado de la sede
romana. La opinión más generalizada es que la suya es una posición intermedia, entre la
defensa de un episcopalismo puro y la afirmación tajante del primado de Roma. En una
de las versiones se defiende que todos los apóstoles tienen la misma potestad, mientras
que en la otra se afirma que una sola cátedra tiene la máxima autoridad, origen y razón
de la unidad. Por un lado, se defiende que la Iglesia es una en la persona del Señor,
mientras que, por otro, el primado se da a Pedro y de ello depende la unidad de la Iglesia.
Sea como sea, Cipriano afirma que dicha unidad deben mantenerla y defenderla sobre
todo los obispos: el episcopado es uno sólo, igual que la Iglesia es una sola14.
El capítulo 615 sigue con el hilo argumental, afirmando que en la iglesia está la
salvación. Afirma Cipriano que “no puede ya tener a Dios por padre quien no tiene a la
Iglesia por madre”. Pese a lo confuso de la traducción, que hace que parezca que dice lo
contrario, el autor asegura que nadie pudo salvarse fuera del Arca de Noé y que,
igualmente, nadie se salvará fuera de la Iglesia. Para Cipriano, la Iglesia es reflejo de la
Trinidad y toma consistencia en su unidad de la perfecta unidad y estabilidad divinas.
Quien no mantiene esta unidad, tampoco mantiene la ley de Dios, ni la fe en el Padre y el
Hijo, ni la vida y la salvación.
En el capítulo 716 Cipriano recurre a una analogía, la túnica de Cristo, símbolo de
la unidad. La unidad de la Iglesia es un misterio, es un vínculo de concordia que recuerda
a la túnica del Señor en el calvario, que no se divide ni se desgarra. Con esta imagen y
este símbolo de su vestidura, Jesucristo revela a los cristianos la unidad de la Iglesia. En

10
Cipriano. Ibid. 41-72.
11
San Cipriano. La unidad de la Iglesia Católica. Los renegados. (Edición de Juan Suárez SDB) Apostolado
Mariano: Sevilla, 1991 (Serie los Santos Padres, nº 32), 9.
12
Cipriano. La unidad de la Iglesia. El Padrenuestro. A Donato. 41-45.
13
Cipriano. Ibid. 45-49.
14
Un bello y conocido pasaje lo expresa así: “Igual que son muchos los rayos del sol, pero una sola es la
luz, y son muchas las ramas del árbol, pero uno solo es el tronco, y de un solo manantial fluyen muchos
riachuelos”.
15
Cipriano. Ibid. 49-50.
16
Ibid. 50-51.
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4
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consecuencia, quien rompe y divide dicha unidad no es digno de poseer la vestidura de


Cristo.
El capítulo 817 lo dedica el autor a los símbolos del Antiguo Testamento – historia
de Rahab en el libro de Josué, ley del Éxodo sobre la celebración de la Pascua –,
preguntándose si tiene sentido pensar que en un solo lugar pueda haber muchos pastores
o muchos rebaños. La respuesta de Cipriano es categórica: no existe otra casa para los
creyentes más que la única Iglesia.
El bloque temático de metáforas y comparaciones que conforman los capítulos
anteriores llega a su fin en el capítulo 918, con el ejemplo de la paloma. Afirma Cipriano
que el Espíritu Santo vino en forma de este animal sencillo y alegre, y ésta es la sencillez
que debe haber en la Iglesia: un amor fraterno que imite a las palomas y una dulzura y
mansedumbre como la de las ovejas y los corderos. De esta forma, queda claro que es
imposible que coexistan la dulzura y la amargura, la luz y las tinieblas, el buen tiempo y
la lluvia, la paz y la guerra, la fecundidad y la esterilidad, las fuentes y la sequía, la calma
y la tempestad.
En los capítulos 10 y 1119, Cipriano reflexiona sobre los motivos por los que las
herejías criban la fe de los creyentes. Es la maldad la que genera las herejías, que acaban
con la paz y la unidad. Cristo respeta la libertad de los creyentes, permitiendo y
soportando que sucedan estas cosas, para que quede claro quien resiste la tentación y
brilla con la luz propia de su fe íntegra. Por el contrario, los que usurpan el puesto de los
obispos y se ponen a sí mismos, sin ningún derecho, a gobernar la vida de las
comunidades son hijos de la mentira y no pueden alcanzar ni las promesas de la verdad
ni el premio de la paz, por la locura de la discordia con la que han roto la paz del Señor.
Al recordar las palabras de Jesús acerca de la comunidad de los creyentes –
dondequiera que haya dos o tres reunidos –, Cipriano dedica los capítulos 12 y 1320 a
plantearse la pregunta: ¿cómo pueden reunirse en el nombre del Señor aquellos que están
separados de la Iglesia? Lo importante no es la multitud, sino la concordia de los que
oran juntos y su comunión con Cristo y con la Iglesia. El Señor dijo que estaría con los
pacíficos y los sencillos, con los que temen a Dios y guardan sus preceptos, aunque sólo
fueran unos pocos. Más aún, su presencia es tanto mayor donde dos o tres oran en
comunión que donde hay muchos, pero están desunidos y separados de la Iglesia. No
puede ser de otro modo: quien no tiene paz, a causa de la discordia con su hermano, no
puede tampoco estar en paz con Dios.
En los capítulos 14 y 1521 el autor recuerda que el cristianismo está en la unidad y
en el amor. El pecado de la discordia es tan grave e imperdonable que, para Cipriano, no
se perdona ni por medio del martirio. Esto es así porque Cristo dio la paz a sus discípulos
y les mandó vivir en armonía, como un solo corazón y una sola alma. Tan esenciales son
los vínculos del amor y la caridad que, quien no los tiene, no tiene a Dios. Por tanto, es
imposible que estén en comunión con Dios los que no han querido ser fieles a la
unanimidad dentro de la Iglesia de Dios. Cristo transmite en sus enseñanzas la unidad al
mismo tiempo que el amor, por lo que, en justicia, ambos son necesarios para que alguien
pueda merecer ante Dios.
El capítulo 1622 está dedicado a los signos de los tiempos. Cipriano, como muchos
cristianos de los primeros siglos, creía que el final del mundo estaba próximo. Con Cristo
17
Ibid. 51-53.
18
Ibid. 53-54.
19
Ibid. 54-56.
20
Ibid. 56-58.
21
Ibid. 58-61.
22
Ibid. 61-62.
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llega la plenitud de los tiempos. Así lo transmite el Espíritu Santo: todas las cosas que han
sido anunciadas se han de cumplir y, de hecho, ya lo están haciendo, puesto que se acerca
el fin del mundo, tal y como dejan entrever los signos de los hombres y de los tiempos.
En el capítulo 1723 Cipriano recuerda el deber de apartarse de los cismáticos
disidentes. Hay que evitar a toda costa a quienes son así, alejándose del contagio moral
que provocan sus perjudiciales conversaciones. Hay que apartarse y huir de todo aquel
que se haya separado de la Iglesia, pues quien se opone a lo mandado por Dios, por su
comportamiento atrevido y temerario, atrae el castigo de Dios sobre sí mismo.
El autor dedica el capítulo 1824 a mostrar diversos ejemplos sobre el castigo de los
revoltosos en el Antiguo Testamento – Coré, Datán y Abirón o los hijos de Aarón en el
libro de los Números, el rey Ozías contra el sacerdote Azarías en el segundo libro de las
Crónicas – con los que quiere poner de manifiesto que todo lo que los malvados hacen
contra los designios divinos, en realidad va contra el mismo Dios.
En los capítulos 19 al 2325, Cipriano profundiza en la gravedad del pecado contra
la unidad. Este crimen es peor que el de los «lapsi», que renegaron de la fe durante las
persecuciones26. Estos, por el martirio, podrían llegar a alcanzar las promesas del Reino
de Dios, pero quienes atentan contra la unidad de la Iglesia están fuera de ella y no pueden,
por tanto, alcanzar los premios de ésta.
Pero haber sido confesor no hace a uno inmune frente a las tentaciones del maligno.
El confesor, no es mayor, ni mejor, ni más querido por Dios que cualquier otro, pues la
confesión es anticipo de las promesas del Reino, pero no es todavía la bienaventuranza
de Dios. Que no maldiga ni sea rebelde, por tanto, la lengua que previamente ha confesado
a Cristo.
Continúa el autor afirmando que, si el confesor, posteriormente, se convierte en
culpable, echa a perder su confesión con una mala conducta, por lo que hay que cuidar
que ningún creyente se pierda por el mal ejemplo de un confesor. Y, aunque la mayor
parte de los confesores se mantiene firme en la fe, que no dependa de ello la fortaleza de
otros, del mismo modo que la firmeza de los apóstoles no decayó por el hecho de que
Judas, a quién el mismo Señor había elegido y hecho miembro del grupo, le traicionara.
En definitiva, Cipriano plantea que, si es posible, que no se pierda ninguno de los
hermanos. Pero mejor aún si se puede hacer regresar al camino de la salvación a algunos
de los líderes de las divisiones que fracturan la unidad de la Iglesia, que es una madre que
acoge y perdona a todos. Aun así, hay que apartarse de los culpables, hay que huir de
ellos, no sea que se haga uno mismo cómplice del crimen contra la unidad. La unidad de
la Iglesia viene dada por el vínculo de la concordia y quien se separa del tronco vital, que
es Cristo, no puede seguir viviendo27.
Ya en el final de la obra, Cipriano dedica los capítulos 24 al 2728 al ideal de la paz y
de la concordia. El Espíritu Santo avisa a los creyentes: quien estime el vínculo de la
caridad, que guarde su lengua del mal, y que el hijo de la paz busque y siga la paz que
tanto aprecia. Como herederos de Cristo, todos los dones y premios prometidos a los
cristianos por el Señor dependen de la conservación de la paz. Es preciso que los hijos de

23
Ibid. 62-63.
24
Ibid. 64.
25
Ibid. 65-69.
26
A diferencia de los confesores que, en medio de los peligros y las amenazas para sus vidas, hicieron
confesión pública de sus creencias, y por ello sufrieron la tortura o el exilio.
27
“Hay un solo Dios, un solo Cristo, una sola Iglesia de Cristo, una sola fe y un solo pueblo”.
28
Cipriano. Ibid. 70-72.
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Dios sean pacíficos, mansos de corazón, sencillos a la hora de hablar, con un sentimiento
común y unidos unos a otros por la unanimidad29.
Sin embargo, según Cipriano, esta unanimidad se ha debilitado, el vigor de la fe se ha
relajado y la fortaleza de los creyentes ha decaído. Son muchos los que no piensan ya en
las cosas futuras con el temor debido: al no creer, el hombre no teme en absoluto a nada.
Por eso es preciso vigilar, venciendo el sueño de la antigua indolencia, a fin de guardar y
practicar los preceptos del Señor. Que brille y resplandezca la luz de las buenas obras y
que el mismo Cristo lleve a los creyentes de la oscuridad de este mundo a la luz de la
claridad eterna. Esperando, siempre solícitos y vigilantes, la repentina venida del Señor,
no podrán ser sorprendidos por los engaños del mal.

29
Esa unanimidad que existía en tiempos de los apóstoles, por medio de la cual, custodiando los
mandamientos del Señor, podían alcanzar con seguridad lo que imploraban de la misericordia de Dios.
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III. Contenido principal30

La preocupación por la unidad de la Iglesia, tanto africana como romana, es la clave


de bóveda de toda la vida de Cipriano. Una vida marcada por experiencias profundamente
traumáticas y dificultades aparentemente insuperables, a las que se enfrentó con notable
presencia de ánimo y una fe firme y esperanzada. Su pasión por la unidad es tan
paradigmática que se puede afirmar, sin miedo a equivocarse, que Cipriano es el primero
en desarrollar una doctrina, precisa y completa, sobre la Iglesia.
Tanto es así que, por poner un ejemplo concreto, el Concilio Vaticano II recurre a una
cita suya – El Padrenuestro, al final del capítulo 23 – para condensar todo lo dicho en los
primeros cuatro capítulos de la encíclica Lumen Gentium respecto a lo que es la Iglesia:
“un pueblo reunido en virtud de la unidad del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo”31.
En La unidad de la Iglesia Cipriano muestra su maestría literaria al describir el ideal
de la unidad, de la unanimidad y de la concordia, con expresiones de sugerente belleza.
Se trata de una unidad tan absoluta y profunda que resulta indivisible, porque es reflejo
de la Trinidad, de cuya unidad toma su consistencia.
Para Cipriano, una característica determinante de la Iglesia es, precisamente, la
unidad. Pese a que se multiplica y crece a lo largo y ancho del mundo, no se fragmenta,
dado que las Iglesias locales particularizan a nivel concreto, en diferentes lugares, la
realidad de la Iglesia universal, que es única. La Iglesia está presente, por tanto, en
cualquier rincón del mundo donde haya cristianos unidos por el vínculo de la caridad y
en comunión con su obispo.
La importancia de la referencia episcopal para la unidad es vital. El obispo es la
personificación de la Iglesia universal en cada realidad local en la que ésta se incardina.
La unidad con él garantiza la comunión con la totalidad de la Iglesia. Pero ¿cómo puede
un solo obispo representar a toda la Iglesia? Por la colegialidad, según Cipriano, que pone
de manifiesto otra dimensión de la unidad de la Iglesia: la unidad de todos los obispos
entre sí.
El conjunto de todos los obispos del mundo garantiza la fidelidad a la tradición de los
orígenes del cristianismo, que se remonta al mismo Cristo y a sus discípulos más
cercanos, los apóstoles, así como la continuidad en la transmisión de sus enseñanzas y su
carisma a las iglesias de todos los tiempos, allá donde se encuentren. Por este motivo, la
unanimidad del episcopado es esencial para mantener la unidad de la Iglesia.
Ahora bien, ¿cómo entiende Cipriano que se mantiene la unanimidad entre los
obispos? Para el cartaginense, se trata de la acción del Espíritu Santo, que imposibilita
que los obispos puedan tener pensamientos y sentimientos dispares, ni mucho menos
discrepantes o contrarios.
Esto, con ser cierto, no es completamente satisfactorio como respuesta, pues también
la unidad entre los fieles viene dada por el Espíritu Santo, pero tienen en el obispo el
punto de referencia de cada comunidad local. En este caso, a Cipriano aún le falta una
visión más clara y madura, que reconozca la centralidad del obispo de Roma, el Papa,
como núcleo en torno al cual, por el Espíritu Santo, se articula la colegialidad de los
obispos.
Sin embargo, otros pasajes de La unidad de la Iglesia revelan una conciencia precisa
en Cipriano acerca de la primacía de Roma sobre el resto de las Iglesias locales. Es posible
que en el cristianismo de aquella época aún fuera más visible la colegialidad, por el
vínculo tan estrecho y poderoso que existía entre los obispos y, por tanto, entre sus Iglesias

30
Cipriano. Ibid. 25-31.
31
Ibid. 99.
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locales correspondientes, por lo que aún faltaba algún tiempo para que se pudiera
profundizar en el alcance y el significado profundo del primado de Roma que, poco a
poco, se irá imponiendo.

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IV. Uso de la Sagrada Escritura32

Tal y como se comentó al comienzo de este trabajo, en la biografía de Cipriano, el


momento de la conversión es de crucial importancia para su vida. Una persona de la
formación intelectual de Cipriano tiene un horizonte amplio de autores a los que leer y en
cuyas obras inspirarse para su pensamiento y su propia faceta creadora.
Por eso resulta tan significativo el “reduccionismo” practicado a partir de ese
momento por Cipriano, limitándose a la lectura de Tertuliano y de la Sagrada Escritura.
A lo largo de su vida como cristiano, Cipriano desarrollará una creciente predilección por
la Palabra de Dios, como se pone de manifiesto en sus obras, particularmente en La
unidad de la Iglesia.
Cipriano cita incansablemente pasajes de la Escritura, tanto del Antiguo como del
Nuevo Testamento, y lo hace de un modo muy personal. No utiliza las referencias bíblicas
como criterio de autoridad sobre el que apoyar sus argumentos, sino que es la totalidad
de su pensamiento la que está tan imbuida del contexto bíblico que, consciente o
inconscientemente, entrelaza los pasajes de la Escritura citados con las ideas propias que
desarrolla en sus obras.
Las obras de Cipriano, todas relativamente breves, revelan así su particular
comprensión de la Palabra, a la que cede siempre el protagonismo, por considerarla muy
por encima de la más sublime de las palabras puramente humanas. En la Escritura
encontramos la voz de Dios que, a través del Espíritu Santo, enseña, exhorta, instruye y
corrige.
Por otra parte, desde el punto de vista puramente exegético, Cipriano considera que
la Escritura se explica siempre a partir de ella misma. De este modo, es raro que el autor
cite un texto aislado de la Biblia, sino que su modus operandi consiste en utilizar al mismo
tiempo varios textos que se iluminan mutua y recíprocamente. Además, la importancia de
las tipologías33 en Cipriano encuentra su acomodo desde la moderación, a diferencia de
Orígenes, más heterodoxo y creativo.
Como ejemplo significativo, cabría citar la referencia al Arca de Noé que se realiza
en el capítulo 634 de La unidad de la Iglesia. Más allá de la posible influencia directa de
Orígenes sobre Cipriano, éste último tiene claro que no existe jerarquía alguna entre
sentido literal y el sentido espiritual de la tipología, considerando a ambos igual de
verdaderos y necesarios.

32
Ibid. 16-18.
33
Personajes y situaciones del Antiguo Testamento que no sólo tienen el significado que su propia
literalidad les aporta, sino que además admiten una interpretación espiritual que hace referencia y
anticipa a Cristo y las realidades cristianas de los primeros tiempos, recogidas en el Nuevo Testamento.
34
Cipriano. Ibid. 49.
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V. Valoración personal

El valor y la trascendencia, tanto del autor como de la obra, están fuera de toda duda,
y es un auténtico placer poder detenerse y dedicarle tiempo al conocimiento de la vida de
Cipriano, así como reflexionar y rezar con el contenido del texto trabajado.
La vigencia del tema tratado – la unidad de la Iglesia – no puede ser mayor. Sin ir más
lejos, en las próximas semanas se celebrará la Semana de oración por la Unidad de los
Cristianos, una iniciativa ya asentada, fruto visible de tantos años de singladura del
movimiento ecuménico, pero que nos recuerda la necesidad de trabajar incansablemente
en pos de este don querido por Dios.
Llama la atención la brevedad del texto, de extensión muy inferior a lo que, de
antemano, cabría esperar. El estilo de Cipriano es conciso, claro, aunque no exento de
poesía. Las referencias a citas bíblicas son tan frecuentes que constituyen el hilo
conductor del texto y, por momentos, hacen que el lector no distinga con facilidad si está
oyendo la voz de Dios o la del autor.
La disputa interpretativa en torno a la idea que Cipriano tiene acerca del primado de
Roma no es especialmente conocida, pese a su indudable interés histórico y teológico. La
posibilidad misma de que el Textus Receptus y el Primatus Textus sean ambos obra del
propio Cipriano puede hacer pensar en una evolución de su pensamiento o, mejor aún, en
una posición intermedia entre el episcopalismo más puro y el estatus especial de la cátedra
de Roma.
Las implicaciones que lo anterior tiene, aun hoy, para las diferentes confesiones
cristianas y el anhelo ecuménico de una futura reconciliación entre ellas, son enormes. La
comprensión del primado de Roma – ya sea como primado de honor o como primado de
jurisdicción – sólo dejará de ser un obstáculo para el entendimiento entre las iglesias
cristianas cuando se redefina su horizonte hacia un servicio de comunión a Cristo y a su
Iglesia indivisa.
La relación que Cipriano establece entre la unidad de la Iglesia y la unidad de los
obispos, remite inevitablemente al espíritu de sinodalidad que tanto se esfuerza el Papa
Francisco por inculcar en las distintas comunidades cristianas. Queda, no obstante, el reto
de concretar esta unidad, también válida para los fieles, en una unanimidad no monolítica,
sino comprendida desde el pluralismo que anima tanto la vida de la Iglesia como la propia
idiosincrasia de las sociedades humanas de la actualidad.

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