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Puerto Rico: Entre Lujo y Pobreza

A pesar de la imagen moderna y turística que proyecta Puerto Rico, la isla sigue siendo un territorio colonizado por Estados Unidos, lo que limita la representación política de sus habitantes. Aunque el ingreso per cápita es alto, la pobreza multidimensional persiste, y la mayoría de los puertorriqueños se sienten orgullosos de su identidad nacional, a pesar de la escasa inclinación hacia la independencia. La situación política y económica actual refleja la complejidad de la relación con Estados Unidos y la lucha por mantener una identidad cultural en medio de la desigualdad.

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Puerto Rico: Entre Lujo y Pobreza

A pesar de la imagen moderna y turística que proyecta Puerto Rico, la isla sigue siendo un territorio colonizado por Estados Unidos, lo que limita la representación política de sus habitantes. Aunque el ingreso per cápita es alto, la pobreza multidimensional persiste, y la mayoría de los puertorriqueños se sienten orgullosos de su identidad nacional, a pesar de la escasa inclinación hacia la independencia. La situación política y económica actual refleja la complejidad de la relación con Estados Unidos y la lucha por mantener una identidad cultural en medio de la desigualdad.

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Puerto Rico, Puerto Pobre

Así se refería el poeta Neruda a la isla caribeña varias décadas atrás, cuando reflexionaba en torno
a la desdicha material que afectaba sus habitantes.

Pareciera ser que los tiempos han cambiado. Ya nadie canta sobre la desdicha de los
puertorriqueños, como lo hiciera Víctor Jara en el Lamento Borincano. En lugar de ello, hoy Puerto
Rico proyecta una imagen de economía moderna y turismo de lujo, donde el “bling bling” destella
por doquier y el regguetón vende una imagen país que sublima muchos de los problemas políticos
y sociales más urgentes.

Según el Banco Mundial, el ingreso de los puertorriqueños excede US$11,116 anuales por persona,
y por ello la isla se cuenta en el grupo de los países “high income”. De acuerdo a ésta clasificación,
Puerto Rico entonces podría considerarse como el único país desarrollado de América Latina. Pero
¿qué tan desarrollada es ésta nación caribeña? La cosa no es tan clara como aparenta ser...

Al día de hoy, a 515 años de su conquista por los españoles, Puerto Rico continúa siendo un
territorio colonizado. Desde 1898 es un país intervenido por los Estados Unidos, en el que sus
habitantes tienen ciudadanía estadounidense, pero no pueden votar por el presidente de los
Estados Unidos. Los puertorriqueños no tienen que pagar impuestos federales, pero tampoco
tienen representación en el Congreso de los Estados Unidos. Tan sólo tienen allí un representante,
con derecho a voz, pero sin derecho a voto.

La naturaleza de la relación con Estados Unidos es tal, que aunque los puertorriqueños pueden
elegir representantes y senadores a un parlamento insular, todas las leyes aprobadas por ése
cuerpo legislativo están supeditadas a la Constitución de Estados Unidos. Por lo mismo, cualquier
decisión hecha por el Tribunal Supremo de Puerto Rico, es apelable ante la Corte Suprema en
Washington D.C. Más claro no canta un gallo: la última palabra en Puerto Rico no la tienen los
puertorriqueños, la tiene Estados Unidos.

¿Cómo se sienten los puertorriqueños en cuanto a ésta relación? No es fácil contestar la


pregunta: por un lado la gran mayoría siente orgullo de portar un pasaporte estadounidense, pero
por otro lado declara un devoto orgullo nacional que se manifiesta en un sólido apego a sus
costumbres, tradiciones e idioma, de firme vocación latinoamericana y caribeña. Tan es así,
aunque cueste creerlo, que algunos de los temas que han generado más debate a la hora de
discutir el futuro político de la isla, gravitan en torno a la posibilidad de mantener la
representación olímpica internacional o el poder seguir mandando una representante a competir
en el certamen de Miss Universo. Muy folclórico y hasta trivial podrá sonar, pero revela hasta qué
punto para los boricuas es irrenunciable su necesidad de seguir manteniendo una identidad
nacional.

El número de puertorriqueños que se pronuncia a favor de obtener la independencia para la isla es


mínimo: no pasa de un 10%, de acuerdo a los estimados más optimistas. Y es que los
puertorriqueños son un fiel ejemplo del cuadro que hizo Albert Memmi en su famoso libro El
Retrato del Colonizado. Hablamos de un país en el que durante cinco siglos a la gente se le inculcó
una idea de inferioridad con respecto a la metrópolis, y la gente a nivel inconsciente la compró.
No son pocos los piensan que el día después que Puerto Rico sea independiente, no va a salir agua
por la llave. Sin embargo, y aquí está lo curioso, se defiende a brazo partido todo lo que huela a
reafirmación nacional.

Para muestra, con un botón basta: en el 2006 fue asesinado Filiberto Ojeda Ríos por agentes del
Negociado Federal de Investigaciones (FBI, por sus siglas en inglés). Ojeda, líder del movimiento
independentista Ejército Popular Boricua (también conocido como Macheteros), llevaba más de
diez años en el clandestinaje, figurando en la lista de los más buscados del FBI. El movimiento de
los Macheteros nunca había tenido amplio respaldo popular, pero con el tiempo la figura de
Filiberto ya se había convertido en parte del imaginario colectivo, como un personaje quijotesco
capaz de defender su causa y el ideal de puertorriqueñidad contra viento y marea. El 23 de
septiembre, día en que se conmemora la insurrección independentista contra el imperio español,
la casa donde Ojeda se encontraba fue rodeada por agentes federales. Tras éste resistir el arresto,
fue acribillado a balazos y muerto tras una larga agonía.

El asesinato generó la indignación popular a través de todos los sectores ideológicos. Se dieron
manifestaciones espontáneas de protesta a lo largo de la isla, y de inmediato el Ejecutivo (que
pertenece al partido que favorece la continuación de la colonia) exigió a los federales una pesquisa
sobre el asesinato. El funeral del líder independentista se dio en el Colegio de Abogados, y por allí
desfilaron cientos de personas de todas las ideologías políticas a rendirle tributo, todos
denunciando lo que más allá de un abuso de poder también representaba una afrenta a la
dignidad nacional.

Hoy Puerto Rico se sigue sumido en la indefinición política, y a pesar de la clasificación del Banco
Mundial, persiste en la isla un alto nivel de pobreza. Si comparamos su ingreso per cápita con el
resto de Estados Unidos, el ingreso de los puertorriqueños se encuentra por debajo que el de
Mississippi, el estado más pobre de la unión. Tan es así, que por mucho tiempo los partidarios de
que la isla se convierta en el estado 51 de los Estados Unidos han hecho campaña bajo la consigna
de que “la estadidad es para los pobres”, aludiendo a los muchos fondos federales para los que la
isla sería elegible de convertirse en estado.

Todo esto apunta a la vigencia de los versos de Neruda, porque la pobreza no se mide sólo en
dólares y centavos. La pobreza es multidimensional, y en ése sentido, Puerto Rico todavía padece
de muchas otras carencias que son comunes al resto de América Latina. Más allá del bling bling, el
regguetón y las palmeras, se asoma Puerto Pobre.

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