Preocupados por las cuestiones materiales, nos olvidamos en muchas ocasiones, de algo tan
importante como la salud emocional. Inquietos por el uso de dispositivos móviles y el gran cambio
que ha producido en nosotros el internet, vivimos presumiendo de contar con las mejores
aplicaciones digitales y olvidamos nuestro desarrollo emocional. Uno de los daños psicológicos
del este siglo es el incremento de un trastorno denominado “síndrome del impostor” (deberíamos
decir “síndrome de la impostora”, ya que afecta a más mujeres que hombres) Este trastorno afecta
a una de cada siete personas, según el International Journal of Behavioral Science. Esta afección
no es considerada un trastorno psicológico ni una patología grave, por lo que no se recoge en el
Manual de diagnóstico de los Trastornos Mentales. Este mismo año publicaron un artículo sobre
este síndrome, “The imposter phenomenon in high achieving women: Dynamics and therapeutic
intervention” (El fenómeno del impostor en mujeres de alto rendimiento. Es un fenómeno
psicológico por el que la persona cree que no es inteligente, que no es capaz, que no es
competente ni suficientemente creativa, a pesar de que las evidencias demuestran que esa
persona es hábil, que presenta un buen rendimiento y que incluso tiene éxito. La aparición
arrolladora de internet en nuestras vidas ha acentuado el síndrome del impostor. Según Badawy,
esto influye enormemente “en la imagen que tenemos de nosotros mismos y del mundo que nos
rodea”. Según un estudio realizado por la Royal Society of Public Health y la Universidad de
Cambridge (Reino Unido), los jóvenes que pasan más de dos horas al día en las redes sociales son
más propensos a sufrir problemas de salud mental como angustia, ansiedad y depresión. Otros
investigadores han descubierto que el síndrome del impostor se acentúa en individuos que se
enfrentan con frecuencia a desigualdades por motivos de raza, género u otra identidad. Un gesto
tan sencillo como dar las gracias ante un halago, sin excusas ni justificaciones, puede ser el primer
gran paso. Afortunadamente, vivimos una época en la que se están desestigmatizando los
trastornos de la salud mental.