0% encontró este documento útil (0 votos)
60 vistas16 páginas

Doc

Cargado por

Chikitita Ely
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
60 vistas16 páginas

Doc

Cargado por

Chikitita Ely
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Por qué lloran las ciudades Elisa Levi

Índice

Portada

Sinopsis

Portadilla

Dedicatoria

Cita

Narita-Barajas

Copenhague

II

Tokio I

III

IV

VI

VII

VIII

IX

Nikko

XI

Tokio II

XII

XIII

XIV

Denis ([Link])

Ada, mi amor...

Elisa Levi

Créditos

1
Por qué lloran las ciudades Elisa Levi

Gracias por adquirir este eBook

Visita [Link] y descubre

una

nueva for ma de disfrutar de la lectura

¡Regístrate y accede a contenidos exclusivos!

Primeros capítulos

Fragmentos de próximas publicaciones

Clubs de lectura con los autores

Concursos, sorteos y promociones

Participa en presentaciones de libros

Comparte tu opinión en la ficha del libro

y en nuestras redes sociales:

2
Por qué lloran las ciudades Elisa Levi

Explora Descu-

bre Comparte

3
Por qué lloran las ciudades Elisa Levi

Sinopsis

Denis se ha suicidado y ahora Ada está sola. Sola entre sus

her manas y su madre y su padre y los chistes sin gracia de su

entorno, sola en la habitación que comparte con su pareja y

frente al lexatín que nunca falta en la cartera. Sola en Japón,

donde ha tenido que viajar como única albacea de quien fue-

ra su mejor amigo.

Nostalgia, tristeza y melancolía afloran por las calles de To-

kio mientras acompañamos a Ada en su deambular por pre-

guntas que seguramente tampoco sabríamos responder:

¿Dónde encajan los ausentes?

¿Cuál es la promesa de aquellos que se quitan la vida?

¿Quién ha sabido sostenerle la mirada a la felicidad? Hay

quien elige palabras rimbombantes para hablar de la primera

novela de una joven autora. Elisa Levi es joven y este es su

debut narrativo, pero más que una revelación o una bengala

inter mitente, lo que ha escrito es una oda al desencanto. Algo

esencial.

4
Por qué lloran las ciudades Elisa Levi

POR QUÉ LLORAN

LAS CIUDADES

Elisa Levi

5
Por qué lloran las ciudades Elisa Levi

A Ana y a Bárbara

6
Por qué lloran las ciudades Elisa Levi

Los suicidas han engañado siempre al cuerpo.

«Querer morir»,

ANNE SEXTON

7
Por qué lloran las ciudades Elisa Levi

Narita-Barajas

You bloody mother fucking asshole.

Oh, you bloody mother fucking asshole.

Bloody Mother Fucking Asshole,

MARTHA WAINWRIGHT

8
Por qué lloran las ciudades Elisa Levi

Estoy parada en el paso de cebra más largo de Shibuya. En

los hombros siento el pelo recién cortado. Soy una europea

más en el cruce. Cuento con los ojos a las personas que van a

colisionar conmigo. No lo evito, no me importa. Como dice

Denis, en Japón la gente no se toca. Y yo quiero que alguien

me roce en Japón.

Paso todas las yemas de mi mano derecha por la yema del

dedo gordo. Como si estuviera contando. Pero mi cabeza

cuenta otra cosa, se pregunta dónde he aparcado el coche de

alquiler y el tiempo que tengo para llegar a la acera, porque

yo sigo parada en medio del cruce de Shibuya. Cierro los ojos

y vuelvo a pensar en el coche. Calculo que un mínimo de diez

personas ha rozado mi cuerpo cuando han cruzado. Echo a

correr hasta la acera, está a punto de ponerse en rojo.

Mientras camino hacia el coche, vuelvo la cabeza fingien-

do que estoy siendo filmada por una cámara invisible. Noto

mi pelo moverse alrededor de mi nuca. Me encanta. Antes lo

llevaba largo (excesivamente largo) y ahora cada vez que me

miro al espejo siento que soy la espía de una película de cien-

cia ficción americana que se ha cortado el pelo para parecer

otra persona. Imagino que la cámara invisible está filmando

un plano medio de una chica de espaldas en mitad de Tokio

que mira hacia atrás a cámara lenta porque piensa que el futu-

ro amor de su vida está observándola. Con la boquita un poco

abierta y el pelo en movimiento. Muy Scarlett en Lost in Trans-

lation.

Consigo llegar al aeropuerto Tokio-Narita. Dejo el coche

de alquiler en el aparcamiento y le doy las llaves a un japonés

9
Por qué lloran las ciudades Elisa Levi

que no levanta la cara de la pantalla de su ordenador portátil

ni se quita el palillo de la boca.

Vuelvo a pasar las yemas de mis dedos por la yema de mi

pulgar derecho. Como si contara algo. Pero mi cabeza está re-

prochándome lo pronto que voy siempre a los aeropuertos. Ya

he pasado todos los controles y aún faltan tres horas para que

salga mi vuelo.

En la primera hora de espera ya me he comido todos los

snacks que me llevé. En la segunda hora ter mino de leer el li-

bro Hiroshima, mon amour, de Duras. En la tercera hora escri-

bo esto en mi libreta:

Lo que Hiroshima me quiso decir

o lo que Denis me quiso enseñar:

hay que entender por qué lloran las ciudades

para poder salvar la vida.

Le enseño mi tarjeta de embarque y mi pasaporte a la aza-

fata y entro en el avión. Paso todas las yemas de mis dedos

por la yema de mi pulgar derecho. Como si contara algo. Y

pienso que el avión es el transporte más seguro del mundo. A

pesar de todo, en el bolsillo de mi chaqueta llevo un maravi-

lloso lexatín.

Son once horas de vuelo hasta que llegue a París y otras

dos hasta que llegue a Madrid. Cierro los ojos y me imagino

que me filman un primer plano de cómo levanto mis párpados

lentamente. El espectador podría deducir, si yo fuese esa es-

pía de la película americana, que estoy pensando en la com-

pasión que siento por la siguiente víctima que me han encar-

gado eliminar. No se me puede olvidar comprar flores en el

aeropuerto de Madrid.

Vuelvo a abrir los ojos. Me quedé dor mida pensando en

las flores. Hay una niña que me mira por el hueco entre su

10
Por qué lloran las ciudades Elisa Levi

asiento y el que intuyo que es el de su madre. Me mira con

pena. Vuelvo a cerrar los ojos.

•••

Hemos llegado a París. Corro por el aeropuerto porque no lle-

go al otro avión. Paso todas las yemas de mis dedos por la ye-

ma de mi pulgar derecho. Como si contara algo. Sigo corrien-

do y obviamente ahora la cámara invisible está grabando un

travelling de mi carrera. De vez en cuando miro hacia atrás pa-

ra que filme cómo siento que alguien me persigue.

Llego a la puerta de embarque y veo que el vuelo viene

con retraso de veinte minutos. Pienso en lo estúpida que he

sido corriendo. Voy al baño. Hay cola, pero me da tiempo. Mi

turno. Me bajo los pantalones. Me bajo las bragas y me apoyo

en la taza. Me acuerdo de que mi madre siempre me cubría la

taza con papel higiénico, para que meara sin tocar la superfi-

cie. Podía coger infecciones de niña guarra, me decía. Ahora

siempre apoyo mi culo en la fría loza del váter. Por rebeldía. Y

para que se dé cuenta de que me alejo bastante de su mode-

lo ideal de hija.

Vuelvo a la puerta. Enseño mi pasaporte y mi tarjeta de

embarque. Paso todas las yemas de mis dedos por la yema de

mi pulgar derecho. Como si contara algo. Me siento en el

avión y toco mi lexatín a modo de placebo. Saco la libreta y

anoto:

No dejas de dolerme;

por lo tanto,

te quedarás en mi cuerpo para siempre.

Te quedarás en mi mano

y yo te acariciaré

como acaricio a los animales.

11
Por qué lloran las ciudades Elisa Levi

Emerges de mi agua como la crueldad del martirio.

Y yo agito tu terror como un río agita a los muertos.

Pienso en lo que he vivido estos días en Tokio. «La muerte

del amigo», podría titularse este capítulo de mi vida. Me

acuerdo de que Denis ha muerto y en mi cabeza aparece la

temporada que vivió en Francia, con la lejanía de un recuerdo

enterrado entre malezas. Su casa, sus compañeras de piso. Su

malísimo francés. Seguramente habría corrido también por es-

te aeropuerto porque llegaba tarde. Recuerdo a Denis y que

está muerto. Paso todas las yemas de mis dedos por la yema

de mi pulgar derecho. Como si contara algo. Denis vivió en

París y tenía un perro. Se llamaba Zoco y, la verdad, no recuer-

do por qué ese nombre. Me encantaría escribirle, que lo leye-

ra y que en menos de un minuto me hubiera mandado una

nota de voz explicándome el motivo de ese nombre tan feo

para un perro. Pero está muerto. Además, por decisión pro-

pia. Así que, como tú siempre me decías a mí: Lo que tú deci-

das estará bien.

Por fin llego a Madrid. Mi maleta sale la primera —rara vez

— y allí está la señora que me decía que hiciera pis sin tocar la

loza del váter. Junto a su marido. Mi padre. No, es mentira,

mis padres jamás han venido al aeropuerto a recoger a nadie.

Están mis dos her manas. Con la misma cara de lamento de

siempre. Como si nunca hubieran tenido una alegría. Igual. Mi

her mana pequeña me abraza y me pregunta qué tal me que-

dó el discurso que di en el funeral. Yo paso todas las yemas

de mis dedos por la yema de mi pulgar derecho. Como si

contara algo. Ter mino el ritual antes de que mi her mana ma-

yor me agarre la mano derecha para impedir que finalice el

proceso. Zorra.

Me imagino de nuevo la cámara, esta vez filmando un pla-

no general conmigo en el centro y mis her manas vueltas hacia

12
Por qué lloran las ciudades Elisa Levi

mí, de espaldas a la cámara. Las tres estamos paradas. Me mi-

ran y me preguntan cosas que el espectador no llega a oír. Yo,

sin embargo, miro al frente, con indiferencia, y el espectador

sí oye mi respiración pausada y cansada.

Mi her mana pequeña me gira la cara hacia ella y me obliga

a responderle: ¿Cogemos un taxi, sí o no? Obviamente le di-

go que no. ¿Por qué llegar a casa en treinta minutos pudien-

do llegar en tres cuartos de hora?

Echaba de menos el metro de Madrid, aunque ahora lo

que echo de menos es el cruce de Shibuya. Mierda, se me ha

olvidado comprar flores. Tengo que volver ahora mismo al

aeropuerto y comprar flores. Vamos por Mar de Cristal. Bue-

no, no me importa, me bajo en la siguiente y doy la vuelta al

aeropuerto para comprarlas. Se lo digo a mis her manas. Am-

bas me miran como me miró mi madre cuando me pilló mas-

turbándome en mi cuarto. Cuánto se parecen a ella. La pe-

queña (que está todo el puto día preguntando) me dice que

las compre en otro momento, que a mamá no le gustan las

flores. Les digo que no son para mamá, que son para mí y que

tengo que volver al aeropuerto a por ellas. Ya se abren las

puertas del metro. Mis her manas me retienen y no me dejan

salir. Les digo que tengo que comprar flores en la floristería

del aeropuerto. Mi her mana pequeña pregunta por qué. Am-

bas me miran. Y la cámara invisible filma un primerísimo pri-

mer plano de mi boca diciendo lo siguiente: Porque Denis

siempre compraba flores ahí cuando volvía a España, para mí.

Siemprevivas. Por toda la vida que a él le faltaba, por eso

compraba siemprevivas.

Cuando se lo explico, siento la vergüenza que te embriaga

cuando estás en familia, la que te recuerda por qué te fuiste

una vez. Mi her mana mayor abre su bonita boca (de las tres,

es la que tiene la boca más bonita) y me dice: Ada, a Denis ya

le da igual dónde las compres, no pasa nada. En ese momen-

to se convierte en la frase que más odio del mundo y en la

13
Por qué lloran las ciudades Elisa Levi

her mana que más odio de las dos. Aunque la pequeña remata

con: ¿Y por qué siemprevivas, con lo bonitas que son las ro-

sas? Ahí la her mana pequeña se iguala a la mayor. Me resigno

y paso todas las yemas de mis dedos por la yema de mi pul-

gar derecho. Como si contara algo. Pero en realidad lloro.

Porque ya no habrá más siemprevivas. Ni más Denis. Y a mis

her manas les da igual. En general, a toda la gente de este

metro le da exactamente igual la muerte de Denis. Y la de

cualquiera. Nadie ni nada se para por la llegada de la muerte.

Bueno, sí, el móvil de la víctima se para. Seguirá saltando su

contestador cada vez que marque su número. Hola, soy Denis,

déjame un mensaje. Saco mi libreta y, con mis dos her manas

mirando (aunque fingen que miran sus móviles), escribo:

No dejo de pensar en tu miopía, que ya no es tuya,

porque ya no necesitas los ojos.

Pero los míos siguen viendo

y tú eres la causa de mi obsesiva búsqueda.

Pobre mi miopía que nunca dejará de buscarte.

Aunque la tuya ya tenga arena.

Cada lágrima que mi mejilla acoge

está dedicada a las que ya no saldrán de tus ojos.

La vida también se acaba, Denis,

como el café,

como las flores

y como todo lo bello.

Hemos llegado a la casa de mis padres. Y mi madre ha

abierto la puerta. Nos miramos las dos y todo el edificio sien-

te cómo ambas pensábamos exactamente lo mismo: La de co-

sas que tenemos sin resolver y que seguramente no resolva-

mos nunca, pero el día de mi boda fingiremos que está todo

14
FIN DEL FRAGMENTO

Sigue leyendo, no te quedes con las ganas


Adquiere este eBook

Dando Click Aqui

También podría gustarte