0% encontró este documento útil (0 votos)
18 vistas4 páginas

La Navidad y la Señal del Mesías

La historia narra la llegada de María y José a Belén, donde enfrentan dificultades para encontrar un lugar para el nacimiento de su hijo. A pesar de las adversidades, confían en que Dios les guiará, y un pastor les ofrece refugio en su cueva. Al final, el abuelo le regala a Miguelín una Biblia, recordándole que el verdadero regalo de Navidad es el nacimiento de Jesús, el Salvador.
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOC, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
18 vistas4 páginas

La Navidad y la Señal del Mesías

La historia narra la llegada de María y José a Belén, donde enfrentan dificultades para encontrar un lugar para el nacimiento de su hijo. A pesar de las adversidades, confían en que Dios les guiará, y un pastor les ofrece refugio en su cueva. Al final, el abuelo le regala a Miguelín una Biblia, recordándole que el verdadero regalo de Navidad es el nacimiento de Jesús, el Salvador.
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOC, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

CUARTA SEMANA: UNA SEÑAL PARA UNA FAMILIA

(Entran eL abuelo y Miguelín. El abuelo lleva un regalo en la mano)

MIGUELÍN: ¿Abuelo, qué llevas en la mano?


ABUELO: Un regalo, hijo. ¿Qué cosas preguntas?
MIGUELÍN: Eso ya lo veo. Pero me sorprende. Con todo lo que me estás
diciendo de la auténtica Navidad pensaba que tú pasabas de compras
y de aceptar regalos y esas cosas.
ABUELO: Bueno, en cierta manera, este regalo tiene mucho que ver con la
Navidad primera.
MIGUELÍN: ¿Qué es? ¿Qué hay dentro? ¿No lo vas a abrir?
ABUELO: No, aún no. Ya llegará el momento.
MIGUELÍN: ¿Y no te come la curiosidad? ¡Yo no podría esperar!
ABUELO: Pues la verdad es que no. Además, si lo abro ahora, se pierde la
magia, la sorpresa. Cada cosa tiene su momento. Y este regalo tendrá
que esperar el suyo.
MIGUELÍN: Pues yo no aguantaría sin abrirlo. Fíjate que estoy deseando que
llegue la Navidad para abrir los regalos...
ABUELO: Ah... ¿Pero es que te van a regalar algo?
MIGUELÍN: Hombre, abuelo, una Navidad sin regalos...
ABUELO: ¡Te pillé! ¿Ves? ¡Has caído en la trampa!
MIGUELÍN: Jo... Es verdad... Al final, todos acabamos exigiendo regalos en
Navidad.
ABUELO: Es normal, hijo. Compras... regalos... adornos... comidas... llenan la
Navidad y hacen que pensemos en las personas a las que queremos.
Pero la Navidad primera fue muy distinta. Más que llena de cosas...
vacía.
MIGUELÍN: ¿Sin regalos y sin nada?
ABUELO: ¿Regalos? Ummm, bueno, un regalo sí que hubo. ¡Atento! Lo que
hoy te quiero contar ocurrió en una familia. A una pareja de recién
casados. Los dos eran jóvenes y vivían en la aldea de Naareth. Ella se
llamaba María y él se llamaba José. Se querían mucho y esperaban
un hijo (Se van los dos)
ABUELO EN OFF: Faltaba poco para que María diera a luz a su hijo. Ya
terminaba la espera y, sin embargo, algo complicó las cosas. Una
orden del emperador de Roma que obligaba a todas las familias a
viajar hasta sus pueblos de origen para declarar todas sus
posesiones: tierras, ganado, casa... (Entran José y María) Así que,
como José era de un pueblecito llamado Belén, María y él tuvieron
que ir hasta allí desde Nazareth. El viaje fue largo y duro…
JOSÉ: (Preocupado y nervioso) María, te veo cansada. El viaje te habrá dejado
agotada y sin fuerzas. Pero tranquila, que estoy aquí. No te preocupes
de nada.
MARÍA: (Totalmente tranquila) Pero si estoy tranquila, José... Estoy bien.
JOSÉ: ¿De vedad? ¿De verdad que estás bien? ¿Y el niño?
MARÍA: (Se toca la tripa) José, los dos estamos bien. De verdad, tranquilízate.
JOSÉ: ¡Si es que todo nos sale mal! Justo ahora hemos tenido que venir hasta
Belén. Y parece que todo el mundo ha venido hasta aquí, porque no
hay sitio ni en las posadas. ¡Y menos para los que venimos de fuera!
MARÍA: Cálmate, cariño. Este sitio está bien. No entra el viento y estamos
cómodos.
JOSÉ: ¿María, pero tú has visto la suciedad que hay? ¡Si es una simple cueva
para el ganado! Un poco más y nos encontramos a los animales
dentro.
MARÍA: (Con dulzura) ¡No te quejes tanto! Dios nos protegerá. Él sabe hacer
las cosas. Tenemos que fiarnos. No perdamos la fe en Él.
JOSÉ: Si me fío. Yo me fío. Lo que ocurre es que se me hace difícil creer que
Dios quiere que nuestro hijo nazca en esta cueva.
MARÍA: José, ven, acércate. (José se acerca y María le agarra de la mano) Si
Dios quiere que nazca en esta cueva tan sencilla, así será. Yo no sé
qué es lo que Dios quiere, pero espero grandes cosas de nuestro
hijo... (Breve silencio. Se miran)
JOSÉ: María, espero poder enseñarle cosas, pero no me siento capaz. No sé si
seré capaz de enseñarle algo.
MARÍA: ¡Pero qué cosas tienes, carpintero cabezón! ¡Claro que sabrás! Tú le
enseñarás a andar de pie y a correr. Y le enseñarás el oficio de
carpintero para que se pueda ganar la vida.
JOSÉ: Y tú le enseñarás a ser limpio, a respetarnos y a rezar a Dios...
MARÍA: José, Dios estará con nosotros. Él nos ayudará, ya lo verás...

(Entra un pastor con malos humos)

PASTOR: ¡A ver, parejita! ¿Qué hacéis en mi cueva, eh?


JOSÉ: (Asustado) Di- di- disculpe, buen hombre, sólo queríamos
resguardarnos aquí esta noche.
PASTOR: ¿Resguardaros? ¿Es que no tenéis casa?
JOSÉ: No, Señor. Venimos de Nazareth y hemos hecho un largo viaje de
semanas y...
PASTOR: ¿De Nazareth? Ahí no hay más que ladrones. ¡Andando! Fuera de
mi cueva, que tengo que meter el ganado. Id a una posada, que para
eso están, para acoger a los que vienen de fuera.
MARÍA: (Con respeto y preocupación) Oiga, buen hombre. Escuche, por favor.
No queremos molestar. Mi marido y yo hemos viajado mucho. Cuando
hemos llegado a Belén ya no quedaba sitio en ninguna posada...
Nadie nos ha querido acoger...
JOSÉ: Déjenos, se lo suplico. No podemos quedarnos en la calle. Mi mujer
está embarazada. Ya se la han cumplido los nueve meses y puede
que esta misma noche dé a luz.
MARÍA: Sólo esta noche, Dios se lo recompensará. Se lo prometemos...
PASTOR: (Preocupado y avergonzado) Dios mío, qué estúpido soy. ¿Cómo no
me había fijado que está usted en estado? Perdonadme, jóvenes, yo...
JOSÉ: No se preocupe, señor. Es normal. Esta es su cueva y nosotros somos
extraños
PASTOR: No, no... Estoy avergonzado. ¿No fue Abraham, nuestro padre, un
extranjero que tuvo que andar por caminos y desiertos también? Dios,
mío, ¿Cómo he podido ser tan egoísta?... Tranquilos, tranquilos,
podéis pasar aquí la noche... Iré a casa a por mantas...
MARÍA: Gracias, buen hombre. Tiene usted un gran corazón.
PASTOR: Sí, ya ves. Un gran corazón, pero no un gran sitio donde poder
acogeros. Mi casa también está llena.
JOSÉ: Con esto nos basta, no se preocupe.
PASTOR: Si es que Belén es pequeño. Lo más pequeño de Judá. Aquí no
cabe ya ni un alfiler. No sé cómo se os ha ocurrido alojaros aquí.
JOSÉ: Porque éste es mi pueblo. Aquí nací yo y aquí vivió mi familia.
PASTOR: ¿Eres de aquí? ¿De qué familia?
JOSÉ: Mi abuelo se llamaba Matán y mi padre Jacob.
PASTOR: Los conocí, hijo. ¡Una familia ejemplar! Menuda suerte tienes, eres
descendiente del mismísimo rey David.
JOSÉ: Sí, pues ya ves en qué palacios vivimos.
PASTOR: Bueno... bueno... Aún hay tiempo, jejeje. ¡Vete tú a saber! Ya sabes
que las profecías de nuestro pueblo aseguran que el Mesías, nuestro
Salvador, nacerá aquí en Belén... ¡Y será de la familia de David!
JOSÉ: Ya, pero esas profecías no dicen quién será, ni cuándo ocurrirá. Eso
está sólo en manos de Dios.
PASTOR: (Optimista) En fin, yo sólo aviso... Son muchas coincidencias.
Estamos aquí, en una cueva sucia del rincón más pequeño del
mundo... Tú, de la familia del rey David y mira el cielo... Esta noche
tenemos el cielo más bonito que jamás se hay visto... ¡Qué
maravillosa coincidencia! Si yo fuera Dios... elegiría esta noche para
enviar al Mesías...
MARÍA: Desde luego... qué sueños más bonitos tiene, señor. ¡Eso sí que es
tener esperanzas!
PASTOR: ¡Jovencita, tú eres nuestra esperanza!
JOSÉ: Qué va, qué va... ¡Coincidencias! Eso no son señales de nada
PASTOR: Pero qué hombre más cabezón. ¿Qué mas señales quieres? ¿Es
que no lo ves? Tú mujer está embarazada y va a dar a luz un hijo.
¿Quién se atreve a decir que tu hijo no será el Mesías?
MARÍA: (Empieza con dolores) Ayyy... ayyyy... No discutáis, por favor... Yo
creo que ya viene
JOSÉ: (Muy nervioso) María, María ¿Qué te pasa?
MARÍA: José, que creo que ya viene nuestro hijo... Aaayyy
PASTOR: ¿Lo ves, joven? ¡Va a ser esta noche! ¡Una joven embarazada! ¿Un
padre de la familia del rey David! ¡Y aquí en Belén!
MARÍA: Aaayyyy
JOSÉ: María, estoy aquí, estoy aquí, tranquila...
PASTOR: Ay, muchacha, aguanta, voy a por mi mujer. Avisaremos a la
comadre. Aguanta, que enseguida vuelvo. (Sale corriendo)
JOSÉ: ¿María, y si nuestro hijo es realmente el Mesías?
MARÍA: Aayyy, José, no estoy yo ahora para pensar en esas cosas... Aaaayyyy
piensa en que, sea lo que sea nuestro hijo, Dios va a estar con
nosotros... aaayyy
(Fundido en negro o telón. Música de fondo unos segundos. Todo oscuro)

ABUELO EN OFF: (Con mucha dulzura) Y eso fue todo, Miguelín. Así de
sencillo. Ésa fue la última señal. Una joven embarazada.
MIGUELÍN EN OFF: ¿Abuelo, también eso lo habían dicho los profetas?
ABUELO EN OFF: Hijo, así es. También los profetas habían hablado desde
hacía siglos de esa señal. Escucha la profecía de Isaías:
«Escucha, hijo de David,
el Señor mismo os dará una señal:
Mirad, hay una joven embarazada
y da a luz un hijo
a quien pone el nombre de Emmanuel»

(Vuelve la luz o se abre el telón. El abuelo y Miguelín están en escena. El


abuelo sigue con el regalo en la mano, como al principio)

MIGUELÍN: ¿Abuelo, sabes que me han gustado mucho las historias de la


primera Navidad?
ABUELO: Me alegro. ¡Cómo me gustaría que esta historia pudiera ser contada
en cada rincón de nuestra ciudad, en cada casa, en cada familia…
para que la historia que da sentido a la Navidad se conociera en todo
el mundo.
MIGUELÍN: Espero acordarme de todos los detalles. Así yo también podré
contarla algún día.
ABUELO: Te acordarás, hijo, te acordarás. Porque es la historia más bonita del
mundo. Y porque, para eso, he comprado este regalo para ti.
MIGUELÍN: ¡Anda! ¿Pero no era para ti?
ABUELO: ¡Qué va jajjaj! Por eso no tenía mucha curiosidad... ¡Toma, ábrelo!
Ahora que conoces la historia de la Navidad ya puedes abrirlo. ¡Ha
llegado el momento! (Le da el regalo)
MIGUELÍN: (Abre el regalo) ¡Abuelo! ¡Una Biblia!
ABUELO: Ahí está todo lo que te he contado. Ahí están todas las profecías,
todas las promesas de Dios, los personajes y el final de esta historia...
MIGUELÍN: ¡Qué bien! ¡Qué ilusión!
ABUELO: Lee cada historia, recuérdala y cuéntala para que otros las
conozcan.
MIGUELÍN: Abuelo, muchas gracias. ¡Qué regalo más bonito! ¡Gracias! ¡Es el
mejor regalo que me han hecho nunca!
ABUELO: ¡Qué va! El mejor regalo es el que Dios nos hace. Y ese regalo te
llegará el veinticinco de diciembre. El mismo día de Navidad.
MIGUELÍN: ¿Qué regalo es ese, abuelo?
ABUELO: El que falta para terminar la historia. El niño anunciado a Herodes en
sus sueños y en las profecías; el Salvador prometido al anciano
Simeón; el rey señalado por la luz que vieron los tres sabios y el
Mesías reconocido por el pastor en la joven embarazada...
MIGUELÍN: ¡Es verdad! ¿Cómo era...? ¡Ah, sí! Emmanuel, el Dios con
nosotros.
ABUELO: Miguelín… Ése es el gran regalo. No lo olvides. Muchas veces y de
muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros antepasados
por medio de los profetas; ahora, en este momento final, nos ha
hablado por medio de su Hijo: ¡Jesús de Nazareth! ¡Vayamos a
celebrarlo! ¡Miguelín, feliz Navidad!
MIGUELÍN: ¡Feliz Navidad, abuelo!

(Fin)

También podría gustarte