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La Montaña de Los Renos, Karin Tidbeck

Cilla y su hermana Sara viajan con su madre a un pueblo cerca de la montaña de los renos, donde se enfrentarán a la expropiación de la tierra familiar. La historia revela la complejidad de las relaciones familiares y la herencia de una supuesta maldición que afecta a su linaje. A medida que se instalan en la cabaña de su tía Hedvig, Cilla siente una inquietante conexión con la montaña y su historia familiar.

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La Montaña de Los Renos, Karin Tidbeck

Cilla y su hermana Sara viajan con su madre a un pueblo cerca de la montaña de los renos, donde se enfrentarán a la expropiación de la tierra familiar. La historia revela la complejidad de las relaciones familiares y la herencia de una supuesta maldición que afecta a su linaje. A medida que se instalan en la cabaña de su tía Hedvig, Cilla siente una inquietante conexión con la montaña y su historia familiar.

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La montaña de los renos

Jagannath, 2012
Karin Tidbeck

CILLA TENÍA DOCE AÑOS EL VERANO EN EL QUE SARA SE PUSO el vestido


de novia de la bisabuela y desapareció montaña arriba. Fue en mitad de junio, durante las
vacaciones de verano. En coche se tardaban nueve tortuosas horas, interrumpidas con breves
visitas al baño o paradas para comprar helados. Cilla iba leyendo en el asiento del copiloto
del vetusto Saab, Sara estaba echada sobre el asiento trasero, y Mamá conducía. Cuanto más
al norte se dirigían más estrechas se volvían las carreteras, siguiendo el cauce del río, y las
ciudades iban encogiendo de tamaño conforme la montaña quedaba más cerca. Por fin, el
viejo Saab ganó la cima de una colina, y descendió serpenteando hacia un amplio valle donde
el río se abría al lago enclaustrado entre dos montañas. Cilla dejó de leer para mirar por la
ventanilla. El pueblo estaba justo entre el lago y la inmensa joroba de la montaña de los renos,
sus faldas cubiertas por un cerrado pinar. La montaña al otro lado del lago estaba en parte
deforestada, como si alguien hubiera pasado por allí una maquinilla gigante. Más allá de ella,
otras ondulaciones se erigían hasta donde alcanzaba el horizonte, sus bordes redondeados
cubiertos por el hielo.

—¿Por qué no vive nadie en la montaña? —dijo Sara de repente, sacándose de la


oreja uno de los auriculares. La voz de Robert Smith se derramó dentro de la atmósfera del
coche.

—Supongo que no es muy conveniente —dijo Mamá—. La colina es muy empinada.

—Nana decía que era porque la montaña pertenecía a la vittra.

—Muy propio de ella. —Mamá hizo una mueca—. Eso suena mucho más interesante.
¡Mirad!

Señaló a la derecha de la ladera. Una casa enorme de dos plantas y de apariencia


destartalada se alzaba en un prado fuera del pueblo.

—Es ahí.
Cilla observó la casa sin perder detalle. Estaba plantada con solidez en mitad del
prado. A pesar de la pintura que parecía desprenderse, y de que los ángulos parecían algo
caprichosos, le pareció muy sólida.

—¿Es allí adónde vamos ahora?

—No, ahora es tarde. Iremos a casa de la tía Hedvig primero para instalarnos. Pero
podéis venir mañana conmigo si así lo queréis. Vamos a reunirnos todos los primos para ver
qué tiene que hacerse.

—No puedo creerme que vayáis a dejar que el gobierno compre la tierra —dijo Sara.

—No les estamos dejando comprar la tierra —suspiró Mamá—. La están


expropiando.

—Nos obligan a venderla —dijo Cilla.

—Ya sé lo que significa, listilla —dijo Sara por lo bajo, y le dio una patada al asiento
del copiloto—. Aun así es un asco.

Cilla se alargó hacia atrás y le pellizcó la pierna. Sara le agarró la mano y le retorció
los dedos hasta que Cilla emitió un gritito. Se detuvieron en seco cuando Mamá de pronto
frenó el coche. Mamá apagó el motor y se volvió a mirarlas con furia.

—Salid ahora mismo —dijo—. La cabaña de Hedvig está más arriba en esta carretera.
Podéis ir andando lo que queda de camino. Me da igual quien haya empezado —continuó
cuando Cilla abrió la boca para protestar—. Salid ahora mismo. A ver si el paseo os sirve de
escarmiento.

Llegaron a la cabaña de Hedvig demasiado cansadas para protestar. La casa estaba


construida en una pendiente que se asomaba sobre el pueblo, de color rojo y con los marcos
de las ventanas blancos, y un porchecito de cara al pueblo y al lago. Mamá estaba en la cocina
con Hedvig. Estaban tomando café, sorbiéndolo a través de un azucarillo entre los dientes.

—He hablado con Johann sobre llevarlo a un asilo —decía Hedvig cuando entraron—
. No se opone del todo. Pero prefiere quedarse aquí. Y no hay ni un asilo donde se ocupen de
personas con… problemas nerviosos. Tampoco puede quedarse con Otto para siempre —
miró entrar a Cilla y a Sara y sonrió, sus ojos casi desapareciendo entre una telaraña de
arrugas pequeñas. Se parecía mucho a Nana y a Mamá, con los mismos pómulos anchos y
los ojos de color pizarra.

—¡Pero bueno, qué guapas estáis! —dijo Hedvig, levantándose de la mesa. Tenía una
ligera joroba y estaba muy delgada. Al abrazarla, Cilla sintió las vértebras a través de su
rebeca.

Hedvig las invitó a sentarse.

—Son de la tienda, espero que no os importe —dijo al poner un plato de galletas


sobre la mesa.

Hedvig y Mamá siguieron hablando sobre Johann. Era el hermano mayor de Hedvig
y de Nana, el único de los hermanos que aún vivía en la casa familiar. La había habitado en
completa soledad durante los últimos cuarenta años. Mamá y sus primos disponían del verano
para sacar a Johann de la casa y aprovechar lo que pudiera salvarse antes de que viniera el
equipo de demolición. Nadie sabía del todo cómo estaba la casa por dentro. Hacía décadas
que Johann no invitaba a nadie.

La cabaña tenía dos cuartos de invitados. Sara y Cilla compartían una habitación en
el ático; Mamá se quedó en la otra, bajo la amenaza de que cualquier tipo de pelea entre las
hermanas significaría que dormirían las tres juntas. La habitación era pequeña pero muy
cómoda, tenía unas cortinas de encaje y un mobiliario exquisito, como si fuera una casa de
muñecas para gigantes; dos camas estrechas con colchas blancas, un escritorio con las patitas
curvadas, dos sillas art decó. Olía a flores prensadas y a cerrado. La casa no tenía baño.
Hedvig acompañó a una asombrada Cilla a una construcción exterior al otro lado del prado.
Dentro todo estaba limpio y desprovisto de lujos, con una velita con sus cerillas, incluso un
revistero. El olor penetrante de la basura en descomposición se te metía dentro de la nariz.
Cilla fue lo más rápido que pudo, imaginándose una caverna descomunal debajo del asiento,
repleta de arañas y ciempiés y payasos malvados.

Cuando volvió a la casa Sara ya se había acostado, y estaba escuchando música con
los ojos cerrados. Cilla se metió en su cama. Las sábanas estaban algo ásperas, y la funda de
la almohada tenía bordadas las iniciales de alguien. Cogió su libro de la mesilla de noche. Lo
estaba leyendo por segunda vez, disfrutando sin prisas de la escena en la que la heroína se
prueba un corsé de hueso de ballena. Al poco rato se quitó las gafas, apagó la lamparita y se
echó. Era casi medianoche, pero una luz fría se colaba a través de la cortina. Cilla se
incorporó, se puso las gafas y apartó la cortina. La ciudad dormitaba, diminuta y silenciosa,
a orillas del lago, la montaña más allá iluminada por la luz espectral del sol que se perdía en
el horizonte. La visión le provocó una congoja que Cilla no pudo nombrar ni explicar. Era
una especie de ansia, peor que nada que hubiera experimentado, pero por qué no tenía ni idea.
Algo increíble la esperaba ahí fuera. Algo maravilloso estaba a punto de suceder, y le
aterrorizaba la posibilidad de que se le escapase entre los dedos.

Sara se había dormido, su respiración eran profunda y regular. Desde sus auriculares
se oía a The Cure. Era una canción que le gustaba a Cilla. Volvió a meterse en la cama y
cerró los ojos, escuchando a Robert cantar sobre manos que abarrotaban el cielo durante
millas enteras.

Cilla estaba desayunando en la cocina cuando escuchó el crujir de unas botas sobre
la arenilla a través de la puerta principal abierta. Mamá estaba sentada en el umbral con unos
pantalones vaqueros desgastados y su enorme rebeca gris, con una taza en la mano. La puso
en el suelo y se levantó para saludar al recién llegado. Cilla se levantó de la mesa y se asomó
afuera. Johann no estaba muy cerca de Mamá, pero sobre ella era una figura imponente.
Llevaba puesto un anorak de azul desvaído que parecía dos tallas demasiado grande sobre su
figura delgada, sus pantalones de trabajo, incrustados de porquería, remetidos por dentro de
unas botas de agua de plástico verde. Su rostro estaba recorrido por copiosas arrugas como
el cuero antiguo, y enmarcado de greñas blancas. Desprendía un aroma acre, como a cabra,
que hizo que Cilla se llevara la mano sobre la nariz y la boca. Si a Mamá le molestó el gesto,
no lo dejó entrever.

—Ya era hora de que regresaras, sta’árs —dijo. La llamó muchacha. Nadie había
llamado a Mamá muchacha antes—. Han pasado treinta años. ¿Te olvidaste de nosotros?
—Claro que no, tío —dijo Mamá—. Es solo que elegí vivir en otro sitio, eso es todo
—su tono era cuidadamente neutral.

Johann se agachó más cerca de Mamá.

—Y vuelves solo para ayudar a tirar la casa. Eres una zorrita odiosa. Sin ningún
respeto por la familia.

Si a Mamá le había molestado el comentario, no lo dejó entrever.

—Ya sabes que no se puede hacer nada. Y no está bien que me hables así, Johann.

Los ojos de Johann se dulcificaron. Se miró las botas.

—Estoy cansado —dijo.

—Ya lo sé —dijo Mamá—. ¿Estás bien en casa de Otto?

Cilla debió hacer algún ruido que delatara su presencia, porque el hombre giró su
cabeza en su dirección. Sacó las manos de los bolsillos en un movimiento pausado.

—Oh, hola. ¿Has traído a las dos, Marta? ¿Y cómo son? ¿Alguna de ellas es peculiar?
¿Se les da muy bien la música? ¿Tienen sueños raros? ¿Monstruos debajo de la cama? —
Sonrió enseñando los dientes, de un amarillo parduzco.

—Será mejor que te marches, Johann —dijo Mamá.

—No sirve de nada irse al sur —dijo Johann—. No puedes sacártelo de la sangre. Se
marchó con un ruido de botas sobre las piedras en el camino. Mamá se envolvió en su rebeca
y entró.

—¿De qué iba eso? —preguntó Cilla.

—Johann tiene ciertas ideas.

—¿Está hablando de por qué hay tantos locos en la familia?

—Johann piensa que se trata de una maldición —sonrió a Cilla y le acarició la


mejilla—. Es muy viejo, muy sensible, eso es todo. Tenemos que cuidarnos los unos a los
otros.
Cilla se inclinó para apoyar su frente sobre el hombro de Mamá. Su rebeca olía a lana
y a frío.

—¿Y qué pasará si Sara o yo enfermamos?

—Si eso pasa le haremos frente —dijo Mamá—. No te pasará nada.

Esto es lo que todos sabían: que en algún momento de finales del diecinueve una
mujer de nombre Märet había bajado de la montaña y se había casado con Jacob Jonsson. Se
instalaron en casa de la familia de Jacob, y ella le dio varios hijos, la mayoría de los cuales
sobrevivió hasta la edad adulta, aunque no totalmente sanos. De acuerdo con la historia,
Märet estaba tocada. Veía cosas raras, y de vez en cuando hacía y decía cosas extrañas
también. Los hijos de Märet, y a su vez los hijos de sus hijos, estaban maldecidos con nervios
frágiles e histeria; se les fue aplicando terminología más moderna con el paso de los tiempos.

De entre todos los hermanos, la madre de Cilla era la única que no mostraba síntoma
alguno. Eso no era garantía de nada, por supuesto. Desde que Cilla había sido lo
suficientemente mayor para entender el auténtico significado de la historia, había estado
esperando que ella y Sara la pillaran, esa cosa, la enfermedad familiar. Mamá decía que no
había riesgo alguno, puesto que en la familia de Papá no había historia de enfermedad mental,
y de todas formas ellas habían crecido en un ambiente equilibrado. La crianza triunfaría sobre
la naturaleza. No estaban permitidos los pensamientos negativos. Pero a pesar de todo parecía
que su hermana Sara era candidata a continuar con la tradición.

Sara estaba sentada debajo de la cama de espaldas a la pared, con los ojos cerrados y
Robert Smith dando alaridos en sus auriculares. Abrió los ojos cuando Cilla cerró la puerta.

—Johann ha estado aquí. —Cilla arrugó su nariz—. Huele igual que una cabra.

—Okay —dijo Sara. Tenía sobre los ojos una pátina vidriosa.

—¿Estás bien?

Sara se frotó los ojos.


—Lo de siempre.

Cilla se sentó a su lado en la cama y tomó a Sara de la mano. Estaba fría, respiraba
con dificultad; Cilla podía sentir el pulso golpeteando en la muñeca. Sara siempre estaba un
poco al límite, pero algunas veces se ponía peor. Había explicado que era como si tuviera la
premonición de que algo horrible estaba a punto de ocurrir, pero no podía decir de qué se
trataba, era únicamente la sensación persistente de un destino funesto. Había empezado unos
seis meses atrás, más o menos al mismo tiempo que tuvo la primera regla.

—¿Quieres que vaya a buscar a Mamá? —preguntó Cilla como de costumbre.

—No. No es para tanto —dijo Sara, como siempre decía. Se apoyó en la pared,
cerrando los ojos.

Sara se había sentido mal una vez enfrente de Mamá. Mamá no se lo había tomado
nada bien. Le había dicho a Sara que se dejase de tonterías, que no le pasaba absolutamente
nada malo, que se estaba poniendo histérica. Después de aquello, Sara se había guardado los
ataques para sí misma. En aquello, aunque en nada más, Cilla era su confidente. De alguna
forma, Mamá tenía razón: en comparación con la paranoia esquizoide, un poquito de ansiedad
no parecía un comportamiento especialmente demente. Claro que aquello no ayudaba a Sara.

—Puedes pellizcarme si eso te hace sentirte mejor. —Cilla extendió el brazo que le
quedaba libre. Siempre hacía todo lo que estaba en su mano para distraer a su hermana.

—Idiota.

—Estúpida.

Sara sonrió un poco. Observó la mano de Cilla sobre la suya, de repente moviéndola
espasmódicamente hasta que fue a dar con la pierna de su hermana.

—¿Por qué te estás pegando? ¡Para! —gritó fingiendo terror.

Llamaron a la puerta. Mamá la abrió sin esperar ser invitada. Llevaba puestas unas
botas de lluvia y un impermeable amarillo chillón sobre la rebeca.

—Voy a la casa, por si queréis venir conmigo.

—Vamos, idiota —dijo Sara, soltando la mano de Cilla.


Apenas se veía la carretera cubierta por la hierba. Dos hombres de mediana edad con
cazadoras impermeables y botas para la lluvia estaban esperando en el patio delantero. Mamá
los señaló con el dedo.

—¡Son Otto y Martin! —Mamá les saludó con la mano a través de la ventanilla.

—Creía que aquí vivían seis primos —dijo Sara.

—Así es —dijo Mamá—. Pero los demás no se encuentran bien. Hoy solo han podido
venir Otto y Martin.

Salieron al aire frío y húmedo. Cilla se alegró de llevar puestos unos pantalones
vaqueros gruesos y un jersey de lana. Sara, quien se había negado a ponerse ninguno de los
(estúpidos y vergonzosos) jerséis que Mamá le había ofrecido, tiritaba en sus leotardos negros
y su camisa larga.

Los primos se saludaron con titubeantes abrazos. Otto y Martin tendrían unos
cincuenta años, ambos con la cara alargada de los Jonsson: altos y vigorosos, con ojos de un
azul desvaído, la mandíbula alargada, y pómulos saltones. Martin era un poco más bajo y
joven, con un cabello negro que se levantaba desde su cabeza como un diente de león oscuro.
Otto, al que le faltaba algo de pelo y con la mirada perdida, se limitaba a asentir y no estrechó
ninguna mano.

Así de cerca, la vieja casa parecía a punto de caerse a pedazos. La pintura roja se
desprendía capa a capa, los escalones del porche principal estaban combados. Algunas de las
ventanas habían sido cubiertas con trozos de plástico blanco pegados con cinta de embalar.

Mamá señaló a la casa.

—¿No está Johann con vosotros?

Martin se encogió de hombros, y sacó del bolsillo unas llaves.

—No quería ver esto. No pasa nada. Empezaremos a inspeccionar las habitaciones
una por una, y veremos qué se puede salvar. Otto lleva papel y bolígrafo para ir haciendo una
lista.

—¿No habéis venido nunca? —preguntó Mamá.


—Hemos limpiado un poco. Johann solo utilizaba un par de habitaciones, pero el
estado de la casa era deplorable. Ahora creo que se soportará el olor.

Otto abrió la puerta. Un olor a hombre sin lavar se escapó en una agria bocanada.

—Te acostumbras.

Agachó la cabeza y entró.

Johann había utilizado dos habitaciones y la cocina de la planta baja. Ni Cilla ni Sara
pudieron entrar en las mismas, el hedor a suciedad y podredumbre era tan poderoso que les
provocó arcadas. Mediante la luz que entraba por la puerta, Cilla pudo ver montones de lo
que parecían harapos, pilas de periódicos, y todo tipo de muebles.

—Había una capa así de alta de cartones de leche y cajas de cereales ahí dentro —
dijo Martin, señalando su rodilla—. Los de abajo eran de los años setenta.

—No creo que comiera mucho más —apuntó Otto—. No quiere comer nada más que
cereales de trigo y leche en mi casa. Dice que todo lo demás está envenenado.

Otto, Martin y Mamá se miraron entre sí.

Mamá se encogió de hombros.

—Así están las cosas.

Otto silbó entre dientes, emitiendo el jo quedo que aprobaba una opinión y daba por
concluido un asunto.

El olor no era tan malo en el resto de la casa; Johann parecía haberse hecho fuerte en
sus dos habitaciones. La salita estaba impoluta. La luz del día se colaba a través de las
contraventanas mugrientas, iluminando los muebles que parecían hechos a mano y arcaicos:
armarios pintados con diseños florales, un sofá de madera con un asiento aplastado por el
uso, una mecedora con las iniciales O.J. y la fecha 1898.

—Todo está igual que cuando éramos críos —dijo Mamá.

—¿A que sí? —dijo Otto.


Cilla volvió a la entrada, e intentó mirar qué había escaleras arriba en el siguiente
piso.

—¿Qué hay arriba? ¿Podemos subir?

—Claro que sí —dijo Martin—. Déjame que suba antes y encienda las luces.

Sacó del bolsillo una linterna, iluminando su camino conforme ascendía. Sara y Cilla
lo siguieron.

El final de las escaleras daba a un pasillo alargado, en el que las puertas se abrían a
la habitación principal y a dos más pequeñas, cada una con sus dos camas.

—¿Cuánta gente vivía aquí? —Cilla se asomó a la habitación principal.

—Eso depende de lo que quieras decir —respondió Martin—. Tu abuela tuvo en total
cuatro hermanos y hermanas. Y creo que al menos una o dos de sus primas vivían aquí
durante la época de la cosecha.

—Pero solo hay cuatro camas individuales —dijo Sara desde el umbral de otra de las
habitaciones.

Martin se encogió de hombros.

—En aquella época solían compartirse las camas.

—Pero tú no vivías aquí todo el tiempo, ¿verdad?

—No, no. Mi madre se mudó al casarse. Yo crecí en la ciudad. Todos excepto Johann
se marcharon.

—Por aquí hay más escaleras —dijo Sara desde lo que parecía más lejos.

—Eso es la buhardilla —dijo Martin—. Podéis empezar a hacer una lista de las cosas
que hay ahí arriba.

Entregó a Cilla la linterna, un bolígrafo, y una hoja de papel.

—Cuidado donde pisáis.


La buhardilla se extendía todo el largo de la casa, dividida en distintas secciones.
Cada sección estaba repleta de enseres apilados: cajas, muebles, esquís viejos, trineos, una
bicicleta. Los ventanucos y la débil luz que emitía una bombilla desnuda iluminaban lo
suficiente para que no necesitaran la antorcha. Cilla comenzó a avanzar desde uno de los
extremos, Sara desde el otro, organizando menos y rebuscando tesoros más. Al rato subió
Mamá. —Aquí hay un baúl enorme —dijo Sara, empujando a un lado un montón de cajas de
cartón.

Cilla dejó su lista y se acercó a mirar. Era un baúl descomunal, de color azul, con una
tapa redondeada, descolorida y decorada con flores pintadas.

—Déjame verlo —dijo Mamá desde detrás de ellas.

Mamá se acercó, se arrodilló enfrente del baúl, y lo abrió, la tapadera elevándose con
un graznido. Estaba lleno casi hasta el borde con algodón blanco cuidadosamente doblado, y
recubierto con bolas de naftalina. En una esquina había unas prendas guardadas en papel
cebolla.

Mamá iluminó el baúl con su linterna.

—Parece un baúl de esperanza.

Con cuidado levantó el papel cebolla y descubrió lana roja. Pasó la linterna a Cilla,
usando ambas manos para desenvolver la tela. Era una falda larga, y se había mantenido a
salvo de los roedores.

—Muy bonito —dijo Sara. Cogió la falda, y se la puso encima de la cintura.

—Aquí hay más —dijo Mamá, removiendo el suave papel—. Una camisa, un
delantal, y una toquilla. Está el juego completo. Podría ser de Märet.

—¿Lo que se puso para casarse? —dijo Cilla.

—Es posible —dijo Mamá.

—Es de mi talla —dijo Sara—. ¿Puedo probármelo?

—Más tarde. Ahora seguid con las listas. —Mamá cogió la falda, y la dobló con
cuidado para volver a colocarla dentro del baúl.
Sara no dejó de mirar hacia el baúl durante todo el resto de la mañana. Siempre que
Cilla la pillaba, Sara respondía haciendo un gesto soez con el dedo.

Más tarde, después de comer, Mamá vació una caja de cartón y metió en ella el
contenido del baúl.

—Voy a llevárselo a Hedvig. Estoy segura de que sabrá de quién es.

Después de la cena, Mamá vació el contenido del baúl en la cocina de Hedvig. Había
seis paquetitos en total: la falda roja con un corsé a juego, una toquilla roja, una camisola de
algodón blanco, un delantal alargado de rayas blancas y rojas, y un monedero negro con
flores rojas bordadas. Hedvig lo cogió y acarició los pétalos con los dedos.

—Esto perteneció a Märet. —Hedvig sonrió—. Me lo enseñó una vez, antes de morir.
Es lo que llevaba puesto cuando bajó de la montaña —dijo—. Creía que se había perdido
todo. Me alegra mucho que lo hayas encontrado.

—¿Qué edad tenías cuando murió? —dijo Sara.

—Fue en el año veintiuno, así que yo tenía catorce años. Fue terrible. —Hevig denegó
con la cabeza—. Murió dando a luz a Nils, el menor de tus tío-abuelos. En aquellos tiempos
solía ocurrir.

Cilla acarició la falda. Afuera, a la luz del sol, la lana roja era brillante y glamurosa,
como la sangre.

—¿Y cómo era ella? —preguntó.

Hedvig dio golpecitos al monedero.

—Märet era… Era una mujer peculiar —dijo al cabo.

—¿Estaba loca? —preguntó Cilla.

—¿Loca? Supongo que sí. No hay duda de que pasó algún gen extraño a la familia.
La maldición, como lo llama Johann. Pero eso son tonterías. Vino para ayudar con la cosecha,
y se enamoró de tu tatarabuelo. Él no sabía gran cosa sobre ella. Nadie sabía mucho, excepto
que venía de algún lugar al nordeste de aquí.

—Creí que había bajado de la montaña —dijo Cilla.

Hedvig sonrió.

Sí, eso es lo que solía decir.

—¿Y qué se supone que son los de la montaña? —preguntó Sara—. ¿Son hadas?

—¿Cómo? —Hedvig la miró sin entender.

—La vittra —apuntó Cilla—. Los que viven arriba en la montaña.

—Ah —dijo Hedvig—. Las hadas son unas personitas que van dando tumbos por ahí
por los prados. La vittra se parece a los humanos, pero más altos y apuestos. Y viven dentro
de la montaña, no encima. —Se había animado de forma visible al hablar—. Siempre ha
habido historias en estas partes sobre vittra viviendo por aquí. Algunas veces bajaban para
intercambiar cosas con los humanos. Pero tienes que tener cuidado. Si las enfadas te echan
una maldición, pueden hasta matarte. Pero siempre tenían las vacas más gordas, la mejor
lana, y unas joyas de plata hermosísimas. Oh, y les gustaba vestirse de rojo. —Hedvig señaló
la falda que Cilla tenía sobre las piernas—. Y a veces bajaban para bailar con hombres y
mujeres, incluso se llevaban alguno para casarse con ellos. Y siempre que algún niño tenía
problemas nerviosos, se decía que era porque alguien de la familia habría pasado sangre de
vittra…

—Pero ¿viste alguna o no? —soltó Sara.

Hedvig rio.

—Claro que no. Siempre aparecía gente algo rara en la ciudad para vender cosas, pero
solía tratarse de noruegos o aldeanos de esos asentamientos diminutos de verdad más al norte,
donde todo el mundo está emparentado.

Sara rompió a reír.

—¡Tía! —Mamá parecía escandalizada.


Hedvig hizo un gesto con la mano.

—Tengo ochenta y siete años. Puedo decir lo que me venga en gana.

—Pero ¿qué hay de Märet? —Cilla se inclinó hacia delante.

—¿Mamá? Verás… —Hedvig se echó más café, el brazo le temblaba sosteniendo el


pesado termo—. Era un poco extraña, supongo. En verdad sí que era alta para ser mujer, y
decía cosas raras en momentos poco apropiados, hablaba con los animales, cosas así. La
gente solía hacer bromas sobre sangre vittra.

—¿Y tú qué crees? —dijo Sara.

—Creo que debió tener una vida muy dura, para escaparse de su familia y no volver
a hablar de ellos nunca más. —Hedvig cogió la falda de las manos de Cilla con un suave
movimiento, y la dobló con especial cuidado.

—Pero el color rojo…

Hedvig denegó con la cabeza.

—No era más que un color muy costoso en aquellos tiempos. Decir que alguien iba
de rojo significaba que era rico. Esto debió costarle a Märet muchísimo dinero.

Volvió a meter las prendas dentro de la caja, y la cerró.

Cilla se quedó despierta hasta que estuvo segura de que todo el mundo se había ido a
la cama. Tuvo que esperar un buen rato. Sara escribió en su diario hasta casi la una de la
mañana y después tardó en dormirse, la voz de Robert Smith derramándose desde sus orejas.

La caja de cartón estaba encima del sofá de la cocina, el papel cebolla en un montón
a su lado. Cilla levantó la tapa, descubriendo una lana roja que brillaba en la penumbra. La
camisa y la falda eran demasiado largas y estrechas alrededor de su figura. Dejó la falda
desabotonada y enrollada a la cintura, recogiéndola por el dobladillo para no tropezarse. Se
ató el delantal muy apretado para que lo agarrase todo junto, y ensartó el monedero al mismo
cordel. El corsé le quedaba demasiado grande y no le cerraba bien, así que lo dejó abierto y
se ató la toquilla sobre los hombros.
Afuera todo estaba tranquilo, el horizonte relucía de un dorado sobrenatural, el resto
del cielo alternaba entre azul y verde. Los pájaros estaban en silencio. La luna la observaba
desde arriba, una diminuta luna creciente en mitad del firmamento. El aire era frío y húmedo;
la hierba susurraba al roce con la falda, dejando unas perlas de rocío sobre la lana tejida. Cilla
podía ver con claridad hasta el lago, y montaña arriba. Se quitó las gafas y las metió en el
monedero. Ahora era ella una vittra más, bajando de la montaña, dirigiéndose hacia el río.
Era alta y esbelta, no se oían sus pasos. Iba danzando, descalza sobre la hierba.

Un pedacito de sol, asomándose sobre el horizonte, rompió el hechizo. Los pies de


Cilla de pronto estaban ateridos de frío. Volvió a entrar en la casa y se quitó toda la ropa, se
sacó las gafas, y dobló las ropas metiéndolas en la caja de cartón. Era un tejido de calidad; el
rocío se desprendió sin llegar a mojar la falda. Cuando Cilla volvió a meterse en la cama,
eran solo las dos. El algodón le pareció cálido y suave al roce con las plantas de sus pies.

Al día siguiente volvieron a la casa. Sara había decidido que vadear entre los despojos
de la buhardilla era estúpido, y se quedó afuera en una silla exhibiendo su mal humor. Cilla
pasó el día confeccionando más listas. Encontró más esquís, algunos zapatos para la nieve,
un archivador color crema, muñecas, un sofá cama a medio construir, y una máquina de coser
que estaba en casi perfectas condiciones.

Johann apareció a media tarde. Martin y Otto parecían haber creído que iba a montar
una escena, porque salieron de la casa y lo detuvieron en mitad del camino. Al cabo
regresaron, con expresiones de sorpresa, Johann caminando detrás de ellos, las manos unidas
a la espalda. La siguiente vez que Cilla lo vio, estaba sentado en una silla al lado de la de
Sara. Su hermana tenía una manga de camisa cubriendo su nariz y su boca, sin embargo
parecía escuchar todo lo que el hombre decía con una extraña atención. Johann no tardó en
marcharse. Sara no quiso contarle a Cilla de qué habían hablado, pero sus ojos estaban más
abiertos que de costumbre, y no dejó de tropezarse con todo tipo de cosas.

Cuando volvieron a la casa de Hedvig, Sara decidió probarse el vestido de Märet. A


ella la falda no le quedaba demasiado larga ni demasiado estrecha; se abotonaba alrededor
de su cintura a lo justo, y terminaba en su tobillo. El corsé también parecía hecho a su medida,
resaltando la elegante curva de su figura desde los hombros hasta las caderas. Parecía un
personaje de cuento. Hizo que Cilla sintiera una punzada en su pecho.

Sara la vio mirándola reflejada en el espejo, y le hizo una mueca.

—Es estúpido. —Agarró la falda—. Es demasiado rojo. Me pregunto si podría teñirla


de negro. Porque entonces sería la pera.

Cilla observó su propio reflejo, apenas visible detrás del esplendor rojo de Sara. Ella
era baja y redondita, con unos ojos diminutos detrás de sus gafas. Tenía manchas de comida
en el jersey.

—Eres tú la que parece estúpida —logró mascullar.

Mamá enjuagaba patatas en la cocina cuando Cilla bajó.

—¿Quién va a quedarse con el vestido, Mamá? Porque Sara quiere teñirlo de negro.

—¿Qué…? —dijo Mamá—. Pues no podrá, porque no es suyo.

—¿Puedo quedármelo yo entonces? —Cilla osciló su cuerpo de un pie a otro—. Y lo


dejaría como está.

—No, querida. Es de Hedvig.

—Pero ella es vieja. No va a ponérselo.

Mamá se dio la vuelta y miró a Cilla largo y tendido, con el ceño fruncido.

—Pertenecía a su madre, Cilla. ¿Cómo te sentirías tú si hubierais encontrado mi


vestido de novia, y alguien se lo entregara a algún pariente?

—Ella tiene todo lo demás —dijo Cilla—. Yo no tengo nada de la bisabuela.

—Estoy segura de que encontraremos algo en la casa —dijo Mamá—. Pero no el


vestido. Significa mucho para Hedvig. Piensa por una vez en alguien que no seas tú.

Sara bajó un poco más tarde con la misma petición. Mamá se limitó a gritarle.
A lo mejor se debió al arrebato de cólera de mamá, pero Sara se volvió más y más
irascible durante el transcurso de aquella tarde. Al final murmuró algo sobre irse a dar un
paseo y se metió en su cazadora. Cilla dudó un instante, pero al final salió detrás de ella.

—Vete a la mierda —murmuró Sara sin volverse a mirarla cuando apareció Cilla.

—De eso nada —dijo Cilla.

Sara suspiró y entornó los ojos. Aumentó la velocidad de sus pasos hasta el punto que
Cilla acabó medio corriendo detrás de ella. Ninguna dijo nada hasta que alcanzaron la orilla
del lago, un trozo de piedras redondeadas de río que hacían un ruido muy satisfactorio debajo
de los pies de Cilla.

Sara se sentó en una de las rocas más grandes y rebuscó en su bolsillo un paquete de
cigarrillos. Sacó uno con un movimiento experimentado y lo encendió.

—Díselo a Mamá y te mato.

—Ya lo sé. —Cilla se sentó a su lado—. ¿Por qué estás tan rara? Al menos desde que
hablaste con Johann.

Sara dio una calada a su cigarrillo y echó el humo por la nariz. Se encogió de hombros.
Tenía los ojos relucientes y húmedos.

—Me ha hecho comprender ciertas cosas, eso es todo.

—¿Cómo cuáles?

—Pues que no estoy loca. Que ninguno de nosotros lo está. —Miró por encima del
lago—. Deberíamos quedarnos aquí. A lo mejor lograríamos sobrevivir. —Ahora tenía los
ojos claramente mojados. Se los restregó con la mano que tenía libre.

Cilla sintió una ráfaga helada recorrerle la espalda.

—¿De qué estás hablando?

Sara se masajeó las sienes.

—Tienes que prometerme que no se lo contarás a nadie, porque si lo cuentas van a


pasar cosas malas, ¿vale? Ya van a pasar cosas solo porque te estoy hablando de ello. Pero
lo hago porque eres mi hermana pequeña. —Empezó a darse golpecitos rítmicos en el
muslo—. Muy bien. Es así, el mundo va a acabarse muy pronto. En mil novecientos noventa
y seis.

Cilla parpadeó.

—¿Y tú cómo lo sabes?

—Está en los periódicos, si sabes mirar. La Guerra del Golfo, ¿sabes? Ahí ha
empezado todo. Saddam Hussein se va a vengar y va a mandar misiles atómicos, y luego lo
harán los Estados Unidos, y después se une Rusia. Y habrá misiles atómicos volando por
todas partes, y entonces nos morimos. O si no moriremos en el invierno nuclear, porque es
posible que no bombardeen Suecia, aun así no quedará nada para nosotros.

Los ojos dilatados de Sara eran dos puntos oscuros.

—Vale —dijo Cilla despacio—. Pero ¿cómo sabes tú que va a pasar todo esto?

—Porque veo cosas. En los periódicos. Y… simplemente lo sé. Como si alguien me


lo estuviera contando. El veintitrés de febrero del noventa y seis, ahí es cuando se termina el
mundo. Quiero decir, ¿no te has dado cuenta ya de que algo va mal?

Cilla enterró las puntas de los pies entre las piedras.

—Es justamente al contrario.

—¿Cómo? —Sara hizo la pregunta sin signos de interrogación.

—Algo maravilloso —dijo Cilla. Tenía las mejillas encendidas. Se concentró en


mirar las puntas de sus pies.

—Eres una imbécil —Sara se dio la vuelta, enfadada, y encendió otro cigarrillo.

Cilla no tenía paciencia aquel día. Volvió a casa sola.

En el solsticio de verano tuvieron una pequeña fiesta. Había arenque en escabeche y


patatas nuevas, salmón ahumado, fresas recién cogidas con montones de nata, schnapps con
especias para Mamá y Hedvig. Eran más de las diez cuando Cilla tiró de la manga de Sara.
—Tenemos que ir a recoger siete clases distintas de flores —dijo.

Sara entornó los ojos.

—Eso son cosas de críos. Me duele la cabeza —dijo, levantándose—. Me voy a la


cama.

Cilla se quedó en la mesa con su madre y su tía-abuela, mordiéndose el labio.

Mamá pasó un brazo por encima de sus hombros.

—Recoger siete flores es una antigua tradición —dijo—. No tiene nada de tonto.

—Ya no me apetece —murmuró Cilla.

Mamá sonrió.

—Muy bien, pero si cambias de idea hoy puedes acostarte a la hora que quieras.

—Pero ten cuidado —dijo Hedvig—, puede haber vittra sueltas por ahí. —Guiñó un
ojo a Cilla.

Al escuchar la broma de Hedvig, Cilla supo de repente y con absoluta certeza lo que
había estado esperando con ansia, esa cosa maravillosa que la esperaba ahí fuera. Se quedó
sentada a la mesa, apenas incapaz de contener su impaciencia, hasta que Mamá y Hedvig
decidieron irse a dormir.

Mamá la besó en la frente.

—Que pases un estupendo solsticio, amor mío. Dejaré las galletas fuera.

Cilla se obligó a sonreír en respuesta al comentario paternalista de su madre, y esperó


a que toda la casa estuviera dormida.

Esta vez se puso el vestido mejor, o al menos todo lo bien que pudo, y agarró siete
tipos de flores en su mano izquierda —ranúnculo, flor del trébol, geranio, silene, campanilla,
álsine y margaritas. Se quedó esperando detrás de la casa, en la cuesta frente a la montaña.
Fue justo al dar la medianoche, con el cielo de un color azul intenso, salpicado de verde y
dorado. El aire tenía un agudo aroma a hierbas aromáticas. Todo estaba en completo silencio.

Cilla levantó los brazos.

—Estoy lista —susurró. En el silencio que siguió, creyó escuchar ráfagas de música.
Cerró los ojos y esperó. Cuando volvió a abrirlos, las vittra habían llegado.

Salieron del pinar, iban andando en parejas, todos vestidos de rojo y blanco: las
mujeres llevaban faldas rojas y toquillas, y los hombres levitas rojas muy largas. Dos de ellos
iban tocando el violín, una melodía lenta y espectral, en una clave menor.

Un hombre muy alto lideraba la marcha, vestido por completo de blanco. Tenía el
cabello muy largo y hermoso. Había algo familiar en sus rasgos y en el color azul translúcido
de sus ojos. Por un instante, sus ojos se clavaron en los de Cilla. Fue como si recibiera una
descarga eléctrica; reverberó por todo su cuerpo y en la parte baja de su estómago. Entonces
elevó los ojos y miró más allá al lugar en el que Sara estaba esperando, con los ojos muy
abiertos, en una esquina de la casa, únicamente con su camiseta de dormir dos tallas
demasiado grandes. El desconocido dejó atrás a Cilla sin volver a fijarse en ella.

El hermoso hombre de la montaña se acercó hacia donde estaba Sara, asida al filo de
un barril destinado a guardar el agua de la lluvia. Le puso una mano sobre el brazo y le
susurró algo que Cilla no alcanzó a escuchar. Fuera lo que fuera, hizo que el rostro de Sara
se inundara de repente de bienestar. Cogió la mano del hombre, y juntos avanzaron, pasando
al lado de Cilla, hacia el resto del grupo. Los violinistas comenzaron entonces su pausada
marcha nupcial, y la procesión regresó a la montaña. Sara no miró atrás.

Cilla les contó que Sara debió haber cogido el vestido, que ella se había acostado no
mucho más tarde que los demás. Les habló de las visiones apocalípticas de Sara, y su creencia
en que podía adivinar el futuro mediante la decodificación de mensajes secretos en los
periódicos. Cuando se terminó por abandonar la búsqueda, la opinión general era que Sara
debía haber sufrido un acceso de depresión psicótica y que había escapado al campo, donde,
o bien se había caído en una masa de agua, o había muerto por exposición a los elementos en
algún lugar inaccesible. Allí arriba, uno podía morirse de hipotermia incluso durante el
verano. Cilla no dijo nada sobre la procesión, ni sobre la bolsa de plástico que escondía en la
maleta, donde el vestido de Märet estaba escondido, destrozado en tiras diminutas.

Guardó aquella bolsa durante mucho tiempo.

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