Capítulo 4.
Territorio
El territorio seingueiro es la tierra extasiada
por el calor del sol y de la caricia de la mano
del hombre: erotización de un mundo de vida,
construcción social de un espacio habitado.
Sol y carne es la seringa, producto de la fotosíntesis
y de la cultura ; cultura que conserva y cultiva el árbol
como sustento de la vida, extrayendo su savia lechosa,
haciéndose cultura seingueira.
(Porto Gonçalves, 2001:viii)
En los últimos años ha habido una tendencia por parte de investigadores y hasta
planificadores, sobre todo en América Latina, por utilizar la categoría de terri-
torio sobre la de espacio o región; pero también se ha incrementado su uso re-
currentemente para sustituirla por la de lugar. Además de la tendencia a evitar
cacofonías que ya se ha explicado (López y Ramírez, 2012). Hay también autores
que lo hacen para deslindarse de los conceptos tradicionales, tratando de tomar
una postura teórica y epistemológica que tienda a aclarar conceptos y buscar
mejores formas de identificar nuevos procesos que la transformación del mundo
impone, como se analizará más adelante.
A diferencia de las categorías de espacio o región, la de territorio no tiene
una tradición histórica de trabajo en la filosofía o de referencias conceptuales y
se restringen a las proporcionadas oficialmente por dos fuentes: los diccionarios
o los trabajos de la geografía política o de la política que lo integran. En relación
con las primeras, el diccionario de la lengua lo define como una “porción de la
superficie terrestre perteneciente a una nación, región o provincia […] circuito
o término que comprende una jurisdicción, un cometido oficial u otra función
análoga” (RAE, 2001:2165). Por esta afirmación se puede aceptar que está defini-
do por la existencia de fronteras estatales o nacionales, lo que inmediatamente le
da un carácter de corte político.
No es sino hasta la última década del siglo XX en que autores Como Deleuze
y Guattari (1998) refieren al territorio como una noción más amplia, incluso
128 . Blanca Rebeca Ramírez Velázquez y Liliana López Levi
aceptando que es una de las categorías clave de la filosofía, “en dimensiones que
van de lo físico a lo mental, de lo social a lo psicológico” y de escalas diversas
(citado en Haesbaert, 2011:34). Sin embargo, son ellos quienes desde 1972 ha-
blan ya de la existencia de procesos de desterritorialización categoría que se ex-
pande por visiones diversas a partir de la ruptura de los paradigmas de la moder-
nidad en la última década del siglo XX y del inicio del modelo de globalización
neoliberal en el mundo.
A partir de estos elementos contextuales y otros que han sido ampliamente
desarrollados en diversos trabajos, en este capítulo se analizará las formas como
el concepto de territorio es utilizado en diferentes tradiciones, haciendo una dis-
tinción entre las usadas en las latitudes del Norte, sobre todo las anglosajonas y
la tradición francesa, y la desarrollada en América Latina por geógrafos y, desde
la década de 1980, por sociólogos y urbanistas, incluyendo también la que se ha
expandido en los últimos años a partir de las reivindicaciones de los llamados
grupos originarios en el continente, quienes lo utilizan en un sentido muy parti-
cular de recuperación de identidades culturales que tienen que ver con una estre-
cha vinculación con la tierra y sus recursos. Con estas precisiones intentaremos
dar un poco de claridad a un debate que se ha desarrollado en los últimos años
en relación con la manera como se están, aparentemente, desterritorializando los
procesos y las nuevas propuestas que usa la dimensión postestructuralista para
explicarlas, y que en sí mismo es complejo y en ocasiones hasta confuso.
Las visiones anglosajonas y francesas del concepto
Partiendo del hecho de que los animales necesitan espacio para su reproduc-
ción, el Oxford Dictionary of Geography considera que el territorio es el espacio
de vida de un animal. De ahí extrae recursos alimentarios, encuentra parejas
para la reproducción y es el ámbito para la crianza. Por ende, lo defenderá como
suyo ante otros animales. En términos humanos se asume algo semejante y se
le relaciona con la densidad de población, bajo el principio de que si ésta es
alta, el espacio se encuentra saturado. En el mismo sentido, la territorialidad
sería la necesidad de un individuo o grupo social de establecerse y tener tierra
(Mayhew, 1997:414-45).
El Dictionary of Human Geography de Gregory et al. (2009:476) define al
territorio como la organización y ejercicio del poder, independientemente de si es
legítimo o no, en grupos de habitantes organizados espacialmente. En este senti-
do, enfoca su conceptualización en un uso estratégico del territorio con fines ad-
Territorio . 129
ministrativos, de manera tal que establece un binomio con el Estado. El territorio
subyace tanto al nacionalismo como a la democracia representativa, donde la per-
tenencia con base en el lugar de nacimiento y el de residencia (Agnew y Oslender,
2010:194) vinculan el concepto de territorio al Estado y a la geopolítica. El autor
afirma que el poder político ha sido considerado territorial por naturaleza desde
los siglos XVI y XVII en Europa occidental.
Es de señalar que, a diferencia de los anteriores, en el Diccionario Akal de
Geografía Humana (George, 2007) no se integra este término entre sus defini-
ciones. Sin embargo, desde la misma escuela francesa, Jacques Lévy en su Dic-
tionnaire de la Géographie (citado por Painter, 2010: 1099) le dedica una entrada
larga al concepto, donde distingue ocho formas de utilizar el término:
1. Desde la escuela de análisis espacial, el concepto territorio, fue relegado
por el de espacio, pues los autores consideraban que este último tenía
connotaciones matemáticas que eran más adecuadas a la investigación,
lo cual llevó a que se usara territorio únicamente para hablar de una ex-
cepción, es decir, de un caso en el cual no se podía hacer comparación.
2. La segunda es como sinónimo de espacio y, en este sentido, espacio y
territorio son conceptos intercambiables.
3. La tercera es como sinónimo de lugar y se ha usado últimamente desde
las ciencias políticas y la economía en vez del término “local”; muchas
veces se utiliza en oposición a lo global.
4. A diferencia del espacio, que se usa como una construcción intelectual
abstracta, el territorio se refiere a la dimensión real del espacio socializado.
5. El territorio alude a un espacio delimitado y controlado, como lo maneja
Robert Sack (1986).
6. Como concepto relacionado con la conducta animal, utilizado por la
etología y la biología.
7. Como espacio apropiado, un término utilizado para referirse a la identidad.
8. Como una periodización histórica.
Desde su etimología Delaney (2005:13-14) y Painter (2010:1101) señalan
que la palabra proviene del Latín territorium, que significa la tierra en torno al
pueblo y terra, tierra. Sin embargo, también deriva de terrere, es decir, asustar,
atemorizar; que en su acepción actual, el territorio puede contener ambos signifi-
cados, uno asociado a la pertenencia y el otro a la violencia.
Con base en lo anterior, podemos partir de que el territorio se refiere, en pri-
mera instancia, a una porción de la superficie terrestre, delimitada y apropiada.
130 . Blanca Rebeca Ramírez Velázquez y Liliana López Levi
En este sentido, se trata de una categoría mucho más concreta y particular que
la de espacio; al mismo tiempo, es más especializada ya que vincula a la sociedad
con la tierra y por supuesto a la naturaleza, pero no desde su apariencia o repre-
sentación, sino desde su apropiación, uso o transformación y alude tanto a una
perspectiva política, como a una cultural, según sea el enfoque.
Haesbaert (2011:154) caracteriza al discurso sobre el tema como complejo
y ambiguo, incluso al interior de una misma perspectiva como la que privilegia
la dimensión económica de la sociedad, que por otro lado, es la acepción menos
usual del término. Evidentemente que con la claridad y la destreza con la que él
deshilvana las diferentes perspectivas que manejan el concepto, consideramos
que esta caracterización va mucho más allá de lo antes enunciado, pues en oca-
siones parece que las diferentes posturas que la manejan caen en la perturbación
de algunos autores al tratar de interpretar una realidad cambiante o bien en la
imprecisión de lo indecible que ocurre cuando quieren decir algo nuevo y dife-
rente tratando de ganarle a la originalidad en la generación del conocimiento
(Ramírez, 2013).
De una primera clasificación de las concepciones de territorio, destaca la
propuesta por Haesbaert, quien hace una distinción entre la que lo adscribe a una
realidad existente realmente en el sentido ontológico del ser, más que en el epis-
temológico o conceptual, formulado previamente por el investigador. Esta visión
la divide en la que presenta la realidad como una dimensión físico-material de la
misma, o para quienes en una realidad “ideal” que refiere al mundo de las ideas,
adscrita a autores que defienden la definición del territorio más que por la dimen-
sión natural que integra, por un sentido nivel de “conciencia” o por el “valor”
territorial que tiene en un sentido meramente simbólico (Haesbaert, 2011:37).9
En un intento por facilitar esta concepción se integrarán las diferentes visio-
nes para clasificar las concepciones de territorio en donde la visión materialista
se explicitará a partir de las visiones que hemos llamado naturalista, la de base
económica y la política; la cultural se adscribiría a una dimensión más idealista
del territorio, a partir del legado que autores de países norteños han hecho de este
tema.
La visión naturalista y de la conducta
Para algunos autores como Wilson (1975:564), el concepto territorio viene de la
zoología, que le concibe como una dimensión perteneciente a todos los animales
9 Entrecomillados del autor.
Territorio . 131
vivos. Sin embargo, los antropólogos consideran al sentimiento de territorialidad
como un atributo humano, donde la defensa del espacio, la vecindad y la densi-
dad de población son factores importantes y relativos exclusivamente para estos
últimos. Los autores que defienden la primer postura afirman que el territorio se
asocia al espacio necesario para la sobrevivencia de un grupo, manada o familia,
presentándose diferencias importantes entre ellos, ya que cuando un animal es
carnívoro necesita un área mayor para su sobrevivencia que cuando es vegetaria-
no (Ibid.:564). En el caso de los seres humanos, la extensión territorial necesaria
para la cacería o la cría de animal es para el consumo alimentario; es mayor que la
que se requiere para la agricultura, en términos de la producción de comida para
obtener la energía necesaria para su reproducción.
Desde los estudios sobre la conducta animal, Rifá (1988:193) señala como
punto de partida a los estudios de Howard en 1920, de Noble en 1939 y de Burt
en 1943, como los primeros exponentes en la idea de que existían áreas que los
animales defendían como suyas. Dichos autores se centraban más en delimitar
un perímetro de contención de su sobrevivencia y no tanto en la caracterización
del espacio contenido al interior del anillo definido (Rifá, 1988:193).
Por su parte Wilson (1975:565) cita un trabajo de 1975 donde se analizan
grupos del suroeste africano en los cuales se reconocía la propiedad familiar, en la
cual tenían la exclusividad solo en términos agrícolas, pues al interior del área se
permitía la cacería por parte de otros grupos. Son contextos en los cuales la den-
sidad de población es baja y las extensiones de tierra amplias. Se habla entonces
de área de campeo (home range) y territorio.
En 1950, Hediger (mencionado por Rifá, 1988:193) vinculó espacio y con-
ducta, al proponer que la conducta esperada de un animal pueda preverse a partir
del lugar y el momento. Cinco años después, este autor, introdujo el concepto
de distancia individual como unidad básica del territorio. “Esta equivale a la
separación mínima entre dos sujetos, y hace que éstos tengan a su alrededor una
especie de anillo imaginario que les delimita un espacio mucho más pequeño,
lo que más tarde se definió como ‘área nuclear’” (Ibid.:193). Entre 1965 y 1971,
Leyhausen estableció la relación entre la circunferencia del espacio y la jerarquía
que se genera en un espacio determinado, misma que depende de la densidad de
población, de manera tal que, entre mayor sea ésta, más se refuerzan las estruc-
turas jerárquicas y viceversa (Ibid.:194).
A partir de la revisión del estado del arte en las ciencias de la conducta, Rifá
(1988:194) establece que el territorio se encuentra asociado a otros conceptos
clave como son: territorio, área de campeo (home range), área nuclear, itinerarios
fijos de conducta, distancia individual, uso del espacio, espacio y jerarquía. A lo
132 . Blanca Rebeca Ramírez Velázquez y Liliana López Levi
anterior añade, de manera importante, la ocupación. Esta última puede expli-
carse a partir de la conducta del animal y de los beneficios que reciba por hacer
suyo un espacio determinado, y hace la distinción entre diferentes formas de
ocupación. El animal puede encontrarse ahí de forma exclusiva, si se considera
propietario o si lo incorpora como parte de su espacio vital.
Las actitudes frente a esa porción de la superficie terrestre son importantes
para las ciencias de la conducta, de manera tal que resulta central para el con-
cepto de territorio, el hecho de si su actitud hacia él es en términos de defensa o
no. La noción de territorio, bajo esta perspectiva, está vinculada a la de espacio
vital, y éste integrado al territorio, a la diferenciación con respecto a lo ajeno, al
señalamiento en referencia a quién pertenece y al intruso.
En el paso de la conducta humana a la construcción social del espacio, se
puede afirmar que el cuerpo es el primer territorio, pues es lo más inmediato que
tiene una persona. Una de las primeras tareas al nacer, es tomar conciencia de
su cuerpo y aprender a moverse a partir de las posibilidades y limitaciones que
éste le ofrece; hay que aprender a integrar las partes del cuerpo y a establecer los
canales de comunicación con el cerebro para interactuar con su entorno y reali-
zar los movimientos y las acciones deseadas. Al crecer el individuo, su cuerpo se
convierte en un objeto depositario de las expectativas propias y ajenas sobre la
imagen. Similitudes y diferencias se convierten en medidas de comparación y a
partir de ellos se construye el principio de identidad (López, 2010b).
El cuerpo es el instrumento individual de la imagen, que nos permite vin-
cularnos con el sistema al que pertenecemos, identificarnos o rebelarnos a él.
Las personas moldean su cuerpo y lo visten para expresarse y para reflejar una
imagen. Particularmente hábiles son quienes saben tomar posesión de lo suyo,
ataviarlo, esculpirlo, tatuarlo. Las personas muestran lo que son, lo que rechazan,
lo que admiran con su cuerpo. Después, el espacio público se convierte en el
escenario de los cuerpos modelados. En la actualidad, la sociedad de consumo
desempeña un papel importante para marcar los cuerpos con imágenes y produc-
tos, y después para interpretarlos y valorarlos.
Las personas pertenecemos a un grupo doméstico. La familia, es en este sen-
tido, considerada la unidad básica de la sociedad. Es el punto donde se inicia el
paso de lo privado a lo público. La casa o lugar donde se llevan a cabo la mayoría
de las actividades primarias, como comer, dormir y convivir con el grupo domés-
tico, es el segundo territorio. Se trata de un espacio material que de una forma
u otra refleja a quienes lo habitan, sus estructuras micro jerárquicas, sus modos
de vida y las formas en que lo expresan. La casa es a la vez reflejo de la sociedad
Territorio . 133
donde se inserta, pues su organización y apariencia se ven fuertemente influidas
por el medio geográfico y el momento histórico en el cual se ubica (Ibid.).
La casa es la transición entre cuerpo y comunidad, a la vez que es una uni-
dad de propiedad, de dominio. Para el sistema capitalista se trata de un principio
fundamental y que se extiende no solo al ámbito de la vivienda, sino al de los
modos de producción. El reconocimiento legal de la pertenencia otorga derechos
y privilegios sobre una porción de la superficie terrestre. La casa es, a la vez, la
unidad básica del barrio, pueblo o ciudad. A partir de los grupos de viviendas se
construye una comunidad, que vendría a ser un tercer nivel del territorio, mismo
que se escala desde el ámbito regional hasta el nacional.
En el cuerpo está contenido un sujeto, que sintetiza y refleja las característi-
cas, los valores y las costumbres de su grupo de pertenencia más inmediato. Ese
cuerpo, en su desplazamiento sobre el espacio, se encuentra sujeto a la inclusión y
la exclusión de los lugares. “Bienvenido a…”, “Prohibida la entrada a…”, marcan
territorios. Delaney (2005:14) considera que en la conceptualización del territo-
rio es importante distinguir entre el adentro y el afuera; lo que en términos de
actores sociales lleva a diferenciar entre extranjeros y ciudadanos, entre intrusos
y visitantes. Sin embargo, el término es muy amplio y puede tomar matices en
otros sentidos; hacer referencia a estructuras efímeras o durables, formales e in-
formales. En relación con las escalas, y basándose en la dimensión social expuesta
por Taylor (1988), Haesbaert (2011:40), aplica la concepción de territorialidad
desde la interacción entre dos pueblos hasta choque entre naciones.
Los sentimientos de pertenencia se construyen a partir del habitar, de tener
propiedades, haber nacido en un país, haber enterrado a los seres queridos o el
tener certificado de nacionalidad. Al reconocimiento de pertenencia y al arraigo
territorial se asocian derechos y obligaciones, que pueden ser reconocidos por
acuerdo común, por leyes nacionales o acuerdos internacionales. El territorio es,
entonces, también una perspectiva política del espacio, que más allá de los es-
tudios sobre la conducta, se ha manejado asociado al Estado y la nación desde
hace varios siglos. A partir de lo anterior, se puede considerar que el concepto de
territorio alude a una parte de la superficie terrestre sujeta a procesos de posesión,
soberanía, gestión, dominio, administración, control, resistencia, utilización, ex-
plotación, aprovechamiento, apropiación, apego y arraigo (López, 2008).
En la opinión de Haesbaert (2011:47-48), esta veta de análisis sobre la terri-
torialidad de animales y humanos es interesante y da elementos para la discusión
sobre sociedad-naturaleza. Sin embargo, en su opinión, los puentes generados
por estas visiones tienen una cierta visión antropocéntrica, no explica la terri-
torialidad múltiple que el autor propone y puede caer en cierto determinismo
134 . Blanca Rebeca Ramírez Velázquez y Liliana López Levi
ambiental o geográfico que la hace todavía más compleja. Pero tampoco explica
la hibridización de lo natural y lo social que algunos autores proponen, por lo que
sugiere la necesidad de desarrollar instrumentos conceptuales para repensar estos
nuevos procesos y entenderlos.
La visión desde la economía
Ésta es una de las visiones menos reconocidas en el ámbito de la concepción del
territorio, en la visión anglosajona y francesa, más no así en la latinoamerica-
na, como se analizará más adelante, en donde hay una tradición amplia para su
desarrollo. Parecería que desde la perspectiva económica, el uso de las categorías de
espacio y región son mucho más difundidas que la de territorio y lugar, lo que
le da ya una diferenciación importante a los conceptos. Sin embargo, algunos
autores, sobre todo de la acepción marxista, definen la categoría de territorio a
partir de procesos de control y usufructo de los recursos. Al respecto, Godelier
(1984:112, citado en Haesbaert, 2011:48) menciona que:
Se designa como territorio la poción de la naturaleza, y por lo tanto del espacio,
sobre el que una sociedad determinada reivindica garantiza a todos o a parte de
sus miembros derechos estables de acceso, de control y de uso con respecto a la
totalidad o a parte de los recursos que allí se encuentran y que dicha sociedad
desea y es capaz de explotar.
Con fuerte arraigo en la cultura de sociedades tradicionales, esta visión es
fuertemente seguida por antropólogos e historiadores quienes trabajan con socie-
dades que dependen fuertemente de la naturaleza y a partir de ahí vinculan más
su economía con los recursos y el territorio. Es de ahí que el tema sobre el derecho
de acceso, control y uso de los recursos, esté presente en estos discursos, y en
ocasiones como área “defendida” “en función de la disponibilidad y garantía de
los recursos necesarios para la reproducción material de un grupo” (Haesbaert,
2011:49). La necesidad de contar con acceso a recursos y patrones de flexibilidad
y con una dimensión de apropiación de la naturaleza, en sentido amplio es más
tradicional pero no se ha superado del todo.
Visiones como las antes expuestas se han desarrollado ahora con la concep-
ción de territorio desde los grupos llamados ahora originarios y que han incidido
directamente en la manera como algunos sociólogos rurales y antropólogos se
han acercado a ellas en América Latina como se analizará más adelante.
En los últimos años, y como resultado de la apertura económica de las fron-
teras internacionales, se habla ya de una disminución del Estado en relación con
Territorio . 135
las posibilidades de comercialización internacional y de vínculos entre las nacio-
nes que pasa por una concepción de territorio sin fronteras que se abre en tiempos
de globalización. Aquí, a pesar de que la definición de territorio se hace a partir
de elementos meramente económicos, prevalece la dimensión política que ha per-
meado tradicionalmente en su caracterización y definición en virtud de que, las
fronteras económicas que controla un estado nación, son las que aparentemente
se abren y dejan de existir. En realidad de lo que se está hablando es de un comer-
cio libre que carece de trabas y de aranceles, pero no así de la eliminación de las
fronteras ni políticas ni económicas como en ocasiones se argumenta.
La visión desde la política
La acepción política del territorio es mucho más explícita en la literatura y en las
definiciones aun de los diccionarios de los países del norte en el uso de la catego-
ría de territorio, haciendo alusión a una porción de la tierra que forma la división
de un país. Hornby (1974:892) remite a una “área específica de tierra que está
bajo alguien quien la controla o un gobierno”; en este sentido, se limitaba a la
organización espacial de los países. Gregory et al. (2009:746), en el Diccionario de
Geografía Humana, definen al territorio como “una unidad de espacio contiguo
que se usa, se organiza y se maneja por un grupo social, una persona o institución
para restringir y controlar el acceso de gente y lugares”.
En los artículos que se encuentran en las diversas revistas científicas asocia-
das a los estudios geográficos, principalmente anglosajonas, es común encontrar
el concepto territorio, asociado a estudios de caso donde se aborda el conflicto o
más recientemente los procesos electorales. Ejemplo de análisis del conflicto están
los artículos de Sánchez (2003:275-298) y Ben-Yehuda Hemda (2004:85-105).
El territorio surge como una entidad vinculada al Estado moderno europeo,
en donde Agnew y Oslender (2010:195) afirman que tiene como propiedades a
la exclusividad y el reconocimiento de la población ante su lugar de residencia o
de nacimiento. En el mundo actual “no puede haber Estado sin territorio y vice-
versa”, y el territorio integra dimensiones diversas que van del afianzamiento del
nacionalismo hasta el reconocimiento de la llamada democracia representativa.
En este ámbito, la soberanía es uno de los valores centrales que se tienen implíci-
tos en la concepción tradicional de territorio y, de acuerdo con los autores, es “la
organización territorial absoluta de la autoridad política”.
El orden internacional, en la forma como se concibe en la actualidad, deriva
de la Paz de Westfalia en 1648 de donde surgió el concepto de Estado-Nación, y
la soberanía fue transferida de los poderes dinásticos a los grupos hegemónicos
nacionales. La integridad territorial se convirtió en componente básico de la na-
136 . Blanca Rebeca Ramírez Velázquez y Liliana López Levi
ción y las naciones debían gobernar con soberanía plena sobre el mismo. Se esta-
bleció el principio de que los Estados debían decidir sobre lo que ocurría sobre sus
tierras, y los conflictos internacionales debían resolverse con los mecanismos de la
comunidad internacional y dieron origen al concepto de fronteras entre naciones
(Agnew y Oslender, 2010:195; Giménez, 2001:8).
Antes de la Paz de Westfalia los Estados no tenían bien definidas sus fronteras
ni el monopolio sobre el uso de la fuerza (…) Por el contrario, después de la
Paz de Westfalia los Estados se componen de un territorio definido, una pobla-
ción estable y una soberanía que les otorga autoridad exclusiva que no permite
ninguna interferencia externa en la esfera de su jurisdicción territorial. Esta
soberanía les permite el uso de la fuerza en la defensa de sus intereses (Blanco y
Romero, 2008:105).
Guillermo De la Peña (1999, autor mexicano), afirma que la idea moderna
de nación se deriva, además de la Paz de Westfalia, de la Revolución francesa, y
que tiene tres componentes: el pueblo, el territorio y la soberanía de un gobierno
legítimo. El pueblo debe imaginarse como una comunidad homogénea, con un
pasado en común, y el territorio debe estar bien delimitado y bajo control. Auna-
da a la concepción anterior y tradicional de territorio como parte constituyente
de un Estado nación, Delaney (2005:19) señala que es un instrumento de con-
trol, agregando que una delimitación simple y clara otorga certeza y, por ende,
facilita la paz, el orden y la seguridad.
A pesar de lo anterior, Agnew y Oslender (2010:194) cuestionan el modelo
westfaliano pues consideran que no permite explicar la dinámica de los proce-
sos actuales de territorialización y soberanía. Por el contrario, proponen utilizar
como categoría las territorialidades superpuestas, pues con ellas se puede redefi-
nir la naturaleza del Estado-nación contemporáneo, cuyos procesos analizan des-
de la realidad latinoamericana, donde ocurren fenómenos tales como el reconoci-
miento legal de las tierras comunales y el hecho de que en muchas comunidades
indígenas hay autoridades territoriales diferenciadas dentro del Estado-nación.
Sin embargo, estos modelos son vistos por los actores de la cultura capitalista
como un desafío al modelo territorial occidental dominante, argumentado que:
“Así se ponen en movimiento complejos procesos de des- y re-territorialización
que asumen con frecuencia formas violentas, incluyendo masacres, asesinatos se-
lectivos y desplazamientos forzados” (Agnew y Oslender, 2010:194), como se
analizará más adelante con la postura que propone Haesbaert (2011).
Territorio . 137
La visión que podemos llamar tradicional o clásica de la dimensión política
del territorio, estaría representada por dos autores: Sack y Raffestin, cuyas pos-
turas están reconocidas como “visiones relacionales del territorio” por Haesbaert
(2011:68). En especial Raffestin (1980:44), no limita el territorio al ejercicio del
Estado, sino que, en una clara y abierta influencia de Foucault, enfatiza que el
poder tiene varias acepciones. Una de ellas se escribe con mayúsculas y es la rela-
tiva al conjunto de instituciones que sujetan a los ciudadanos a un Estado dado o
la relativa a la soberanía que éste tiene. El poder con minúscula se esconde detrás
del Poder con mayúscula, este último siendo el más fácil de ver pues se manifiesta
a través del territorio controlando a la población; es dominado, y dominando los
recursos, siendo masivo e identificable. Pero el más poderoso es el que no se ve
pues creemos que se da mediante la vigilancia. El poder es parte fundamental de
cualquier relación, por lo tanto, es imprescindible el reconocerlo (Ibid.:45).
Su vinculación con el poder la hace a partir de las proposiciones que hace
Foucault, que no lo definen en sí mismo, sino que remiten a lo que él acepta
como la naturaleza del poder, y se resumen en los puntos siguientes:
1. El poder no se adquiere; se ejerce a partir de puntos innombrables.
2. Las relaciones de poder no son exteriores a otros tipos de relaciones (eco-
nómicas, sociales, etc.), pero les son inmanentes.
3. También viene de abajo, no es una oposición binaria y global entre do-
minante y dominado.
4. Las relaciones de poder son intencionales y no subjetivas.
5. Ahí en donde hay poder, hay resistencia y por lo tanto, ahí en donde está,
no hay jamás una posición de exterioridad en relación al poder (Raffes-
tin, 1980:46, tomado de Foucault, 1976:123-127).
A lo anterior agrega que toda relación es lugar de surgimiento de poder, de
ahí su multidimensionalidad; es definido por una combinación de variables sean
de energía y de información, que definen el trabajo (Raffestin, 1980:47). Le da
una dimensión muy importante al saber ya que éste es un elemento fundamental
para el ejercicio del poder (Ibid.:48).
Parecería que la inclusión de la dimensión del poder en el ámbito de la con-
cepción del territorio redimensiona la visión tradicional que se había tenido del
término, que la restringía a su vinculación general con el Estado, y de acuerdo
con Haesbaert (2011:72) la hace más amplia, ya que integra la dimensión del con-
trol individual del entorno socialmente apropiado, en donde se incluye también
“la naturaleza económica y simbólica del poder” en diferentes escalas: la de la
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prisión, que sin duda viene del trabajo con Foucault, pero también la del trabajo,
en tanto que “segmento mínimo y original definido por las dos dimensiones de
la energía y la información”.
Por otro lado, Sack tiene una concepción un poco más limitada de territorio,
ya que usando la categoría de territorialidad la define de la manera siguiente:
… a partir de una “cualidad necesaria” para la construccion del territorio, (y) se
incorpora el espacio cuando ésta media una relación de poder, que en efecto lo
utiliza como forma para influir y controlar personas, cosas y relaciones sociales:
se trata, … del control de las personas o de los recursos por el control de un
área. La frontera y el control de acceso son, pues, atributos fundamentales en la
definición de territorialidad defendida por el autor” (Ibid.:73).
Ambos autores ponen énfasis en el análisis del control y del poder en rela-
ción con el territorio. Sin embargo, utilizan la noción de territorialidad, que ad-
quiere una dimensión muy importante en el sentido de la influencia, afectación
y control que se pueda tener de personas, fenómenos y relaciones; y en donde, la
delimitación, sigue siendo un factor importante para definirla (Sack, 1986:6; en
Haesbaert, 2011:74). Esta visión es ampliada por Raffestin al considerarla como
“el conjunto de relaciones establecidas por el hombre en tanto que pertenencia a
una sociedad, como la exterioridad y la alteridad a través del auxilio de mediados
o instrumentos (Haesbaert, 2011:74).
En general, esta concepción de territorialidad, sobre todo en la visión de
Sack, remite a lo que posteriormente Haesbaert definirá como territorio zona,
y en donde el autor reconoce tres relaciones interdependientes contenidas en la
definición del autor:
a) implica una forma de clasificación por área;
b) debe contener una modalidad de comunicación por el uso de una fron-
tera;
c) implica una tentativa de mantener el control sobre el acceso de un área y a
las cosas que hay dentro de ella o a las que se hallan afuera a través de la
represión de aquellas que están a su interior (Ibid.:75).
Sack acepta también la dimensión simbólica que tiene el concepto de poder
inserto en el concepto de territorio, sobre todo al comparar y aceptar la dimen-
sión cultural del primero y tercer mundos y sus cambios o diferencias territo-
riales, lo que contribuye a generar en cada lugar hasta paisajes históricos que
Territorio . 139
fortalecen la idea de patria y la de nación que está al interior de los conceptos aquí
tratados (Ibid.:76-77).
El autor concluye en relación con la revisión sobre el término que se
contraponen dos lecturas posibles:
… primero, dentro de la esfera ontológica , entre los que admiten la existencia
efectiva del territorio, tanto en la visión materialista del espacio geográfico con-
creto, delimitable de modo empírico, como en la óptica idealista del territorio,
como representación presente en la conciencia de determinada cultura o grupo
social; segundo, desde la perspectiva epistemológica, entre quienes promueven
la noción de territorio básicamente en tanto instrumento analítico para el co-
nocimiento. En este caso, … el territorio no es “la” realidad y no puede ser
delimitado ni por el “terreno”, materialmente hablando, ni en la “cultura”, en
su realidad simbólica. Constituye tan sólo un apoyo o instrumento, aunque
indispensable, utilizado por el geógrafo en el camino del entendimiento de la
realidad (como en el abordaje de región propuesta por Hartshorne, 1939[1961];
Haesbaert, 2011:77-78).
La dimensión de poder inserta en este concepto de territorio, hace una gran
diferencia en relación con su tratamiento y orientación. Sin embargo, es preciso
tomar en cuanta que para algunos autores, incluyendo Raffestin, la dimensión
simbólica se está haciendo cada vez más presente, en detrimento de la material o
económica (Ibid.:79).
Es preciso introducir en esta exposición, otra dimensión relacionada con el
uso de la categoría de territorio y su función estatal, y es la que alude al ámbito
de la planeación y el ordenamiento urbano de ciudades y de regiones. En este
sentido, el concepto recurrente es el del ordenamiento territorial en la literatura
francesa y de planeación en la anglosajona, referido a una práctica administra-
tiva, más que a una disertación académica, en donde las diferentes autoridades
político-administrativas tienen injerencia y responsabilidad sobre el presente y el
futuro de una entidad que puede estar ubicada no necesariamente en el ámbito
nacional, sino en el Estatal o municipal, al interior de un Estado-nación en par-
ticular. Esta visión en particular constituye en sí misma un área de conocimiento
particular que ha desarrollado sus propias herramientas de conocimiento, pero en
donde la confusión y uso indiscriminado de las categorías de espacio y de terri-
torio es particularmente dificultosa, en virtud de la influencia de algunos autores
provenientes de la sociología urbana francesa que lo han promovido ampliamen-
140 . Blanca Rebeca Ramírez Velázquez y Liliana López Levi
te, al menos en América Latina, priorizando el uso de la primera, más que de la
segunda (Castells, 1974).
La visión desde la cultura
Las posturas idealistas sobre el territorio están íntimamente ligadas a las dimen-
siones antropológicas y culturalistas de algunos grupos. Se dice que el territorio
mismo es considerado un signo cuyo significado solamente es comprensible a
partir de los códigos culturales en los cuales se inscribe (García, 1976:14, en
Haesbaert, 2011:60).
Los territorios se marcan. Los límites visuales quedan señalados por ele-
mentos físicos, concretos; algunos de la naturaleza tales como ríos, montañas o
barrancos, otros sociales como los muros, las barricadas y las trincheras. Tam-
bién están los letreros que, como se mencionó anteriormente, a través de signos
lingüísticos comunican cuestiones tales como “no entrar”, “solo personal autori-
zado”, etcétera.
Las barreras, además de expresarse con objetos materiales, también lo hacen
con mecanismos simbólicos. La forma de vestir, de hablar, de habitar y los usos
del lugar “marcan los bordes dentro de los cuales los usuarios familiarizados se
auto reconocen y por fuera de los cuales se ubica al extranjero o, en otras pala-
bras, al que no pertenece al territorio” (Silva, 1992:53). Bajo esta perspectiva,
los territorios parecen ser hitos que demarcan la acción cotidiana de los agentes
sociales, independientemente de que éstos sean de carácter natural o social. El pa-
pel del sujeto externo es importante cuando se marcan los límites, pues muchas
veces el desconocimiento de los códigos internos de un espacio es lo que aglutina
a los que están adentro que delimita el territorio.
La visión latinoamericana
La visión latinoamericana sobre el territorio tiene también su propia diversidad,
dependiendo de las áreas de conocimiento de donde venga y de los autores que la
trabajan. Reconocemos cuatro formas diferentes de usarla en nuestro continen-
te: la que se adscribe a la tradición geográfica, en donde la escuela brasileña ha
tenido la vanguardia con los trabajos de Milton Santos (2000) y los de Rogério
Haesbaert (2011); la de los urbanistas y sociólogos urbanos la usan como un
elemento de crítica epistemológica al uso indiscriminado de la categoría de espa-
cio, como son el caso de Emilio Pradilla en México (1984) y José Luis Coraggio
(1987) quien a pesar de que realizó su trabajo en México, el impacto ha sido en
Territorio . 141
Ecuador y otros países del Cono Sur; la dimensión cultural de las representacio-
nes sociales y los imaginarios que han desarrollado tradiciones importantes en
México con Gilberto Giménez (2004) y en Colombia con Armando Silva (1992),
y por último, una que se ha extendido entre los grupos originarios tanto indíge-
nas como indio-africanos en el continente y que no tiene fronteras ni está maneja
por el Estado (Porto Gonçalves, 2001; Rodríguez, 2010; Rodríguez et al., 2010)
y de ahí reproducidos por algunos académicos que tienen interés por el estudio
de zonas rurales o relacionadas con estas realidades.
Desde la geografía
Milton Santos y Rogério Haesbaert usan el concepto, adscribiéndolo como sinó-
nimo de espacio, o en una transición poco clara entre un concepto y otro. Milton
Santos, en uno de sus textos de los años setenta, al igual que las posturas de los
politólogos, argumenta que: “Un Estado Nación está formado esencialmente de
tres elementos: a) un territorio, b) un pueblo y c) una soberanía. La utilización del
territorio por un pueblo crea un espacio. La relaciones entre pueblo y su espacio y
las relaciones entre diversos territorios nacionales son reguladas por la función de
la soberanía” (Santos, 2004:232-233). El énfasis que le da al territorio como una
dimensión política es importante al admitir que sus límites son inmutables y que
en un momento dado representa un elemento fijo. Su ocupación efectiva por un
pueblo le da dinamismo en la historia y argumenta que:
Las sociedades territoriales están condicionadas al interior de un territorio (léase
nación) dado por: a) e modo de producción dominante a la escala del sistema
internacional, sean cual fuera las combinaciones concretas que tengan, b) un
sistema político, responsable de las formas particulares de impacto del modo de
producción; c) pero también por los impactos de los modos de producción prece-
dentes y los momentos precedentes del modo de producción actual (Ibid.:233).
Para Santos, el uso, sobre todo el económico, es el definidor por excelencia
del territorio, por lo que utiliza la categoría de “territorio usado” como correlato de
“espacio geográfico” (Santos, 2000:2; en Haesbaert, 2011:50) y con un interés
de concepción totalizadora que le da un carácter particular a su interés sobre
el tema. Mançano (2010), le adscribe la categoría de territorio a Milton Santos,
como sinónimo de espacio. Sin embargo, se percibe que Santos prioriza el uso
de espacio a lo largo de su obra, y se restringe al uso de territorio en tres sentidos:
primero, equiparándola al Estado nación; para referirse a la división territorial del
trabajo, y por último, a la normatividad emanada de un proceso técnico científi-
142 . Blanca Rebeca Ramírez Velázquez y Liliana López Levi
co que requiere de normas que rijan la materia como se materializa al interior de
un estado nación, independientemente de sus movimientos a nivel internacional
(Santos, 2000:179-195).
Para 2000, Milton Santos integra otras escalas al concepto de territorio y
con ella la categoría de lugar, sin dejar de adscribirle su relación con el Estado
nación y refiriéndose a él de la manera siguiente:
El territorio es un lugar en el que desembocan todas las acciones, todas las prác-
ticas, todos los poderes, todas las fuerzas, esto es, donde la historia del hombre
se realiza plenamente a partir de las manifestaciones de su existencia. La Geo-
grafía se vuelve la disciplina más capaz de mostrar los dramas del mundo, la
nación del lugar (Ibid.:9).
Por otro lado, se percibe que la influencia de Sack y Raffestin sobre todo para
quienes han tenido la influencia de la escuela geográfica francesa o la brasileña
con la cercanía con Haesbaert, es sin duda importante, ya que autores como Pu-
lido y Rojas (2011, mimeo) afirman que cuando el espacio geográfico es delimita-
do y controlado por actores sociales diversos, se convierte en territorio, generando
formas variadas de territorialización de procesos sociales diferenciados.
En este sentido, el espacio geográfico comienza a ser delimitado, controlado
y valorado por los diversos actores sociales (individuos, grupos, asociaciones,
empresas, poderes públicos y religiosos) que, de este modo, lo convierten en
territorios. Todas esas acciones ocurren y concurren con variada intensidad y
cobertura y, por consiguiente, los modos de territorialización de los procesos
sociales son múltiples y diferenciados en el espacio. Pese a que la apropiación es
considerada como la reguladora de las otras actuaciones sociales… todas ellas
cumplen un papel modelador de los territorios mediante relaciones de conflicto,
cooperación, reciprocidad y complementariedad.
Pero también hay quien adoptando una visión relacional en donde el te-
rritorio no es solamente el sustrato en donde se reproduce la sociedad sino un
conjunto de relaciones sociales, criticaron a Raffestin por no haber explorado
suficientemente el abordaje relacional (Haesbaert, 2011:69).
Territorio . 143
Como crítica al espacio desde Pradilla y Coraggio
Esta diferenciación se hace pertinente para entender por qué, sobre todo en la
literatura anglosajona, no se usa ni se entiende la categoría territorio en el sentido
que la usamos en América Latina: para dimensionar las transformaciones parti-
culares que se desarrollan en un espacio determinado o bien como un elemento
de crítica epistemológica para el uso indiscriminado del concepto de espacio.
Esta diferenciación tiene también una explicación de tipo teórica. En la dé-
cada de 1970, cuando había necesidad de deslindar los estudios urbano-regiona-
les de las teorías espacialistas de corte económico y la cuantitativa con incidencia
numérica, las reflexiones de Pradilla y Coraggio, relacionadas con el significado
que tenía hablar de espacio y la justificación de por qué había que hablar de te-
rritorio, fue de vital importancia para la generación de una dimensión concreta
que, trabajada en conjunto con la teoría marxista, podía explicar, de manera más
concreta, los resultados de su uso, apropiación y transformación, por parte de
agentes diversos, manifiestos en el territorio. El vínculo agente-espacio, resulta
de la particularidad del estudio del territorio. Pero ¿en su época cuáles fueron las
características fundamentales de este debate?
Desde el urbanismo, como parte de las ciencias sociales, la crítica de Pradilla
(1984:29) al concepto de espacio se ubica en el contexto de la discusión sobre
cómo éste es utilizado para explicar las relaciones sociales que se generan en los
procesos de producción urbana. A partir de la forma en que Castells lo integra
en su discurso con base en elementos estructuralistas, Pradilla argumenta que
este autor cae en una concepción ideológica, en lugar de hacer una construc-
ción teórica sobre cómo insertar la categoría de espacio en los procesos de pro-
ducción de relaciones concretas (Ibid.:31-34). Como objeto ideológico, argumen-
ta, el “espacio” (entrecomillado de Pradilla) tiene varias características: es un con-
cepto vulgarizado pues está ampliamente integrado en el lenguaje común, por
lo que cuestiona la posibilidad de usarlo como concepto científico (Ibid.:34-35);
carece de significado propio pues para usarlo hay que añadirle adjetivos: espacio
arquitectónico, escultórico, económico, geográfico, etc., por lo que no constituye
un concepto general de las ciencias sociales (Ibid.:36-37). Además, agrega que
es un concepto indefinido o definido tautológica o ideológicamente, ya que se
define en sí mismo o bien remite al ámbito de las esencias de la filosofía, lo que
dificulta su definición en el ámbito del materialismo histórico (Ibid.:37-40); es
un concepto traspuesto de la geometría, por lo que cuestiona su validez para ex-
plicar procesos de las ciencias sociales (Ibid.:41-42) y, por último, es un concepto
que une a idealistas y materialistas; es decir, aparece en todas las investigacio-
144 . Blanca Rebeca Ramírez Velázquez y Liliana López Levi
nes, independientemente del corte y postura teórica de éstas (Ibid.:43). Añade
que, bajo el materialismo histórico-dialéctico, tampoco es aceptable trasponer la
metodología y los conceptos de las ciencias naturales para explicar los procesos
sociales, postura a la cual el autor se adscribe (Ibid.:43-46). Por estas razones,
cuestiona la existencia de una teoría regional como instrumento que “sistematice
los conceptos y leyes que explican la articulación de la naturaleza como soporte
fundamental ya dado y los soportes materiales producidos por la sociedad para el
funcionamiento de ésta” (Ibid.:47).
Argumenta entonces sobre la necesidad de desarrollar una concepción que
permita analizar las diferentes formas como la sociedad se apropia de la natu-
raleza, y la creación de los soportes materiales que de esto resulta, como objetos
materiales que se insertan en ésta, para lo cual, en su opinión, no se necesita otra
teoría distinta de la planteada por el marxismo, sino la “aplicación consecuente,
coherente y correcta del materialismo histórico-dialéctico y su método al análisis
de los problemas particulares (Ibid.:49). Al hacerlo propone, en lugar de la teoría
regional, el estudio del sistema de soportes materiales de la formación social, y el uso
de la categoría de territorio para designar la forma concreta como la sociedad se
vincula con su entorno de forma particular, por medio de las relaciones sociales
que el proceso de relación genera (Ibid.:83-115).10
Con un énfasis basado en la importancia fundamental que se manejaba en
el materialismo histórico en ese momento de la estructura de producción eco-
nómica para definir la política y la cultural, el autor retoma la fórmula de la
reproducción del capital en Marx D…..D´, para a partir de ahí desagregar todos
los soportes materiales que se generan en la estructura económica, en la política y
en la ideológica (que sería la cultural de este momento), tanto en las esferas de la
producción, la distribución y el consumo. El resultado es un sistema de soportes
materiales que estructuran a la totalidad del territorio como parte y sustituto de
la consideración reduccionista de los usos del suelo con los cuales el funcionalis-
mo reconoce las diferencias en el territorio.
Por su parte, desde la sociología, el trabajo de Coraggio se enmarca en la
necesidad que existía en América Latina, a fines de la década de 1970 e inicios
de 1980, de contender con un conocimiento particular sobre la problemática
específica de cada país, histórica y geográficamente, y de “integrar un sistema
de conceptos ordenadores que permitieran organizar las investigaciones empí-
ricas, interpretar sus resultados y reinscribirlos en una continua revisión de las
concepciones teóricas pertinentes (Coraggio, 1994:25). Su crítica al concepto de
10 Cursivas del autor.
Territorio . 145
Cuadro 4. Uso de categorías en la visión de Coraggio. (Nota: no hay cuadro 1 -3, checar
información en la tabla)
Territorio
Tierra Organización territorial: proceso social
Inf. Territorial
Ámbito
Configuraciones espaciales Sistema social territorial
sistema natural-organización Forma espacial --------
espacialidad Espacialidad social Ámbito
espacial
Economía
Espacio Política
Social
Fuente: elaboración propia con información de Coraggio (1994).
espacio fue planteada en un trabajo publicado en 1977, donde intentó demostrar
la imposibilidad de una teoría del “espacio en general” y, por consiguiente, la
necesidad de rechazar la hipótesis acerca de que la geometría puede constituirse
en una “ciencia del espacio”; de rechazar la hipótesis de que la espacialidad física
se aplica directamente a los fenómenos sociales y a la necesidad de partir de una
teoría de los procesos sociales para investigar la espacialidad social (Coraggio,
1977, en 1994:25).11
Argumenta que es necesario evitar el uso de categorías como “estructura
espacial”, “sistema espacial”, “procesos espaciales”, “relaciones espaciales” e “inte-
racción espacial”, por lo que propone la configuración territorial, en donde:
[…] entendemos por territorio la usual referencia geográfica a la superficie te-
rrestre, con todas sus rugosidades y especificidades, incluidos sus elementos
minerales, suelo, vida vegetal y animal, clima, topografía, etc. Dado que tal
superficie no está internamente indiferenciada sino que está compuesta de las
determinaciones específicas mencionadas, la posición relativa de los elementos
del conjunto real cuya configuración se estudia podrán ser referidos ahora a los
diversos puntos o áreas diferenciadas, así como a los demás componentes del
conjunto (Coraggio, 1994:47).12
Por su parte, cuando una configuración es sostenida por un proceso social
que la reorganiza, o cuando ésta es producto de actos voluntarios en función
11 Entrecomillado del autor.
12 Cursivas del autor.
146 . Blanca Rebeca Ramírez Velázquez y Liliana López Levi
de ciertos objetivos conscientes, la denomina organización espacial o territorial.
Aunque en un principio el autor se refiere a los dos términos como sinónimos,
la necesidad de deslindarse de las teorías espacialistas, particularmente las de
Lösch y Christaller con sus hexágonos, dio lugar a que se restringiera a la cate-
goría de territorio, cuya organización permitía la vinculación de procesos natu-
rales con otros de carácter social, como, por ejemplo, los ecológicos (Ibíd.: 48).
Posteriormente a esta propuesta le añadió un carácter de proceso; es decir, que
se constituye como secuencia de eventos que crean ciclos recurrentes o fases,
las cuales se conectan por repeticiones auto-reguladas que dan movimiento al
ciclo (Ibid.:48).
Tanto la propuesta de Pradilla como la de Coraggio tuvieron impacto, en la
medida que contribuyeron a extender el uso de la categoría de territorio, en lugar
de la de espacio, entre los científicos sociales y urbanistas de América Latina,
sobre todo aquéllos de orientación marxista. Cabe precisar que en ambos casos
se refiere a una especificidad concreta en donde la integración de las condiciones
naturales y materiales de la existencia se unen a las condicionantes sociales para
denominar lo que se conoce como territorio. En la medida en que la literatura
anglosajona tiene una connotación más de corte administrativo-político, o en la
de poder en la versión actual de Raffestin y de Sack, la categoría de territorio no
es usada en este idioma entre los investigadores sociales interesados en procesos
espaciales, por lo que, en ocasiones, solo si y en tanto que el autor anglosajón esté
tratando la dimensión política-social y procesual de un determinado espacio, esta
categoría podría ser traducida al español como territorio.
La visión desde la cultura
El uso de la categoría de territorio desde la cultura tiene dos adscripciones: una en
donde los culturales y de antropología insisten en su uso, y otra desde los grupos
originarios o geógrafos y antropólogos ligados con las problemáticas de los in-
dígenas latinoamericanos, quienes conjuntan la visión naturalista, la económica
y la culturalista para denominar a las áreas en donde la reproducción de estos
grupos se desarrolla.
En relación con la primera, hacia finales del siglo XX, la conceptualización
del territorio en América Latina retomó con fuerza el giro cultural en las ciencias
sociales. En este sentido se convirtió en un concepto central para la antropología,
la sociología y los estudios rurales y urbanos. Autores como Armando Silva desde
Colombia, y Gilberto Giménez en México han tenido un importante liderazgo
en la región.
Territorio . 147
Gilberto Giménez (2004:315) afirma que el territorio es “el espacio apro-
piado por un grupo social para asegurar su reproducción y la satisfacción de sus
necesidades vitales, que pueden ser materiales o simbólicas”. Es decir, se trata de
una expresión de una identidad territorial y, por lo tanto, como una experiencia
de vida para aquellos que la habitan o que guardan algún vínculo sentimental con
ella. Este mismo autor, citado por Gisela Landázuri (2006:67-68) afirma que:
[...] el territorio puede ser considerado zona de refugio, como medio de sub-
sistencia, como fuente de recursos, como área geopolíticamente estratégica,
como circunscripción político –administrativa, etc.; pero también como pai-
saje, como belleza natural, como entorno ecológico privilegiado, como objeto
de apego afectivo, como tierra natal, como lugar de inscripción de un pasado
histórico y de una memoria colectiva y, en fin, como “geosímbolo”.
Gilberto Giménez (2001:6-8) parte de una idea del territorio en la cual es
concebido como “espacio apropiado”. De ahí hace la distinción entre una apro-
piación utilitaria y funcional, de una simbólica y cultural. A su vez, dicho terri-
torio puede ser aprehendido en diferentes niveles de la escala geográfica: local,
regional, nacional, plurinacional y mundial. El primer nivel es el de la casa y el
de los territorios próximos, que conforman lo local; después, están los territorios
intermediarios que sirven de vínculo con lo regional. El nivel nacional corres-
ponde a un territorio político-jurídico y cuando se unen varios países, como en
el caso de la comunidad económica europea, se accede a una escala superior. El
nivel global suele asociarse con la desterritorialización, es decir, con las relacio-
nes supraterritoriales de los flujos financieros y las telecomunicaciones, donde se
considera que los vínculos están disociados de toda lógica territorial. Sin embar-
go, Giménez diciente de la afirmación y argumenta que, si bien la globalización
implica la ruptura de las formas tradicionales de territorialización, en su lugar se
construyen nuevas formas de apropiación de los territorios.
Desde los imaginarios urbanos, Armando Silva (1992:55) propone diferen-
ciar entre dos tipos de apropiación del territorio: el oficial y el ciudadano. El
primero es el de las instituciones y el otro se crea y se transforma con su uso
cotidiano, con el nombre que le otorgan quienes lo habitan, perciben y visitan.
Hay múltiples ejemplos de lugares que a pesar de tener un nombre oficial, son
conocidos por otro.
El territorio alude más bien a una complicada elaboración simbólica que no se
cansa de apropiar y volver a nombrar las cosas en característico ejercicio exis-
148 . Blanca Rebeca Ramírez Velázquez y Liliana López Levi
tencial-lingüístico: aquello que vivo lo nombro; sutiles y fecundas estrategias
del lenguaje” (Ibid.:55).
Silva (1992:51-53) señala que el territorio es algo físico al mismo tiempo que
mental. Se trata de “espacios de autorrealización de sujetos identificados por prác-
ticas similares que en tal sentido son impregnados y caracterizados” (Ibid.:72).
Las fronteras se marcan a partir de elementos físico concretos, tales como los
ríos, montañas o barrancos y de otros humanos como los muros, barricadas y
trincheras. Sin embargo, no siempre se trata de objetos materiales, en ocasiones
son inmateriales, imprecisos, pero existentes. Son bordes sociales, muchas veces
visuales y otras se expresan en el habitar, con el uso social del lugar, en donde se
“marcan los bordes dentro de los cuales los usuarios familiarizados se auto reco-
nocen y por fuera de los cuales se ubica al extranjero o, en otras palabras, al que
no pertenece al territorio”. Bajo esta perspectiva, los territorios parecerían ser hi-
tos que demarcan la acción cotidiana de los agentes sociales independientemente
de que éstos sean de carácter natural o social.
El autor también lo caracteriza como el lugar…
... donde habitamos con los nuestros, donde el recuerdo del antepasado y la
evolución del futuro permiten reverenciarlo como un lugar que aquel nombró
con ciertos límites geográficos y simbólicos. Nombrar el territorio es asumirlo
como una extensión lingüística e imaginaria; en tanto que recorrerlo, pisándo-
lo, marcándolo en una u otra forma, es darle entidad física que se conjuga, por
supuesto, con el acto denominativo (Ibid.:48).
Manuel Delgado (1999:30, citado por Fuentes, 2005) considera que se trata
de un espacio de “identificación de los actores con un área que interpretan como
propia y que ha de ser defendida de intrusiones, violaciones o contaminaciones”.
Gilberto Giménez (2004:315), afirma que el territorio es “el espacio apropiado
por un grupo social para asegurar su reproducción y la satisfacción de sus necesi-
dades vitales, que pueden ser materiales o simbólicas”.
Por su parte, Linck y Casabianca (2006) afirman que el territorio es:
una construcción social que procede, a la vez, de un patrimonio ambiental y de
un patrimonio cultural. Ambas dimensiones quedan estrechamente vinculadas
por razones evidentes: un recurso natural no existe como tal y ni siquiera se
reconoce si no se movilizan al mismo tiempo tanto los conocimientos técnicos
Territorio . 149
como las instituciones, los valores sociales y las representaciones, que condicio-
nan su aprovechamiento en un ámbito social dado.
El territorio es, en síntesis, un sistema complejo, envolvente y aglutinante,
que integra en una sola entidad, por una parte, a los actores y sus representaciones
culturales y simbólicas y, por la otra, al espacio material que los actores usan y
organizan mediante múltiples estrategias sociales, productivas e institucionales
(Moine, 2006:3; citado en Pulido y Rojas, 2011).
Desde los grupos originarios
Para algunos geógrafos y sociólogos rurales, el trabajar con los grupos originarios
de América Latina les ha llevado a estudiar la manera como ellos trabajan con un
concepto que es parte de su vida cotidiana y en donde la abstracción de la catego-
ría de espacio no se adecúa a lo que ellos conciben en su reproducción diaria. Para
ellos el locus de su existencia habla de una tierra que se apropia comunalmente a
partir del uso y transformación de los recursos que ahí se encuentran, y que tiene
una dimensión en donde se arraiga lo material de la naturaleza, la cultura que se
crea por la identidad que tienen con ese entorno y por el simbolismo que tiene a
partir de su reproducción (Porto Gonçalves, 2001).
Porto Gonçalves, a partir de su vínculo y estudio con los movimientos de la
selva brasileña, redimensiona de la discusión ambientalista y conservacionista de
la década de 1970, ya que ésta generó una tendencia a percibir estos lugares como
“naturales”, sin población o “vacíos” pero en donde están insertos pueblos y et-
nias cuyas condiciones materiales de reproducción están ligadas con el ambiente
y los recursos que los rodean en un carácter comunitario que define su modo de
vida y de producción. Desde esta perspectiva dice, en lugar de retomar la natura-
leza por un lado y la sociedad por el otro y verlas en oposición, la experiencia que
se tiene en estos pueblos asume, que:
… la cuestión ambiental, casi siempre reducida a una genérica relación socie-
dad naturaleza, se muestra en el fondo, como una cuestión que implica la re-
producción social de la naturaleza. Con eso, la traída territorio-territorialidad-
territorialización se vuelve una cuestión teórico-política de primer orden (Porto
Gonçalves, 2011:18).
Así, a partir del seguimiento que se hace de los movimientos étnicos, indíge-
nas y afroamericanos del continente, se percibe un cambio importante que tiene
una doble redireccionalización: por un lado, deja de ser solamente una lucha por
150 . Blanca Rebeca Ramírez Velázquez y Liliana López Levi
la tierra, sino que se convierte en una por el territorio en su conjunto y por el otro,
es una lucha por el mantenimiento de una civilización que ha sido desvalorada,
negada y destruida a lo largo de los siglos, y que los grupos quieren revivir. Así
nos dice el autor:
La lucha que los campesinos y los pueblos originarios vienen trabajando, ad-
quiere un sentido más amplio y de respeto a toda la humanidad y los destinos de
la vida del planeta ya no sólo por las luchas históricas contra la desterritorializa-
ción/expropiación, sino también por la defensa de las culturas en su diversidad,
puestos que esas luchas implican una defensa de las condiciones naturales de
existencia con las cuales de desarrollan valores que dan sentido a sus prácticas,
… No olvidemos que la crisis ambiental desde una perspectiva de esas pobla-
ción es también una crisis de civilización reconfigurando de este modo el debate
epistemológico político (Ibid.:49).
Si bien el autor retoma la propuesta de Haesbaert sobre la territorializacion/
desterritorialización/reterritorialización, que se analizará en el apartado siguien-
te, e integra la visión cosmogónica de los indígenas en una conjunción de tierra-
naturaleza, cultura y simbolismo que son denominadas con la categoría de terri-
torio y que ha tenido mucha acepción e impacto en grupos tanto colombianos
en geografía13 y en sociología rural en México a través de trabajos como los de
Rodríguez (2010) y los de Rodríguez et al. (2010), los tres denunciando las dis-
putas territoriales que existen en las zonas rurales e indígenas de sus territorios
respectivos y los movimientos sociales a los que están dando origen.
Por otro lado, desde la antropología, el territorio adquiere importancia a par-
tir de su dimensión simbólica. Desde esta perspectiva se entiende por territorio,
“un espacio culturalmente construido por una sociedad a lo largo del tiempo”, en
el cual la cosmovisión, la mitología y las prácticas rituales adquieren particular
importancia (Barabas, 2003:24-25).
Lo anterior se refleja, muchas veces, en la toponimia, una de las claves para
analizar el territorio, ya que en ella se depositan las concepciones cosmológicas,
las características del entorno geográfico y también acontecimientos memora-
bles ocurridos en el lugar. El territorio cultural es, pues, “un espacio nombrado
y tejido con representaciones, concepciones y creencias de profundo contenido
emocional (Ibid.:25).
13 [Link]
Territorio . 151
Los territorios culturales o simbólicos que estudiamos son los que habitan los
grupos etnolingüísticos, de ahí que los llamemos etnoterritorios, entendidos
como el territorio histórico, cultural e identitario que cada grupo reconoce
como propio, ya que en él encuentra no sólo habitación, sustento y reproduc-
ción como grupo, sino también oportunidad de reproducir cultura y prácticas
sociales con el transcurso del tiempo (Ibid.:25).
En este sentido, desde la antropología y los estudios de desarrollo rural,
el territorio ha sido una categoría importante en América Latina, al analizar a
los pueblos originarios, es decir, a comunidades “que se asumen como legítimos
herederos de los antiguos pobladores (…), por lo que tienen un derecho incues-
tionable a su territorio”. Se trata de una demanda por los derechos políticos y por
una especificidad cultural (Portal y Álvarez, 2011:10-11).
Haesbaert llama atención en el uso de la categoría de territorio relacionada
con los grupos originales en la medida en que el “traslape” o generalización en
relación con conceptos como el de territorio, que tiene su origen en realidades oc-
cidentales y desarrolladas, en ocasiones ponen problemas para el entendimiento
de contextos distintos como el de las sociedades denominadas tradicionales. Para
ellos, afirma, es más adecuado usar la de territorialidad, destacándose el carácter
simbólico que tiene y en donde la noción de identidad cobra un factor relevante.
(Haesbaert, 2011:63). Es por ello que se le da un carácter más integrador que
otras categorías.
Las visiones de la desterritorialización y reterritorialización
Del territorio se derivan otros términos, como el de territorialidad, territoriali-
zación, desterritorialización y reterritorialización como elementos fundamentales
ligados con el hacer territorio. De acuerdo con Gregory et al. (2009), la territoria-
lización se refiere al proceso dinámico mediante el cual las prácticas humanas se
fijan en el espacio, bajo las acciones de los diversos actores, pero primordialmente
el Estado. Su opuesto, la desterritorialización significa “la tendencia creciente
de los Estados, en el contexto del capitalismo global, de encontrar y fomentar el
desarraigo de la gente y de las cosas, con grandes consecuencias sociales, psico-
lógicas y políticas”. Lo inverso, es decir, la marcha atrás de este proceso se llama
reterritorialización.
Sin embargo, hay otras acepciones a los mismos términos como las de Ag-
new y Oslender (2010:195) quienes entienden la territorialidad como “el uso y
152 . Blanca Rebeca Ramírez Velázquez y Liliana López Levi
control del territorio con fines políticos, sociales y económicos”; son formas que
cambian a partir de los contextos sociales, históricos y geográficos específicos.
El territorio en su sentido tradicional, implica contigüidad. De manera tal
que ante la globalización y los avances tecnológicos, las barreras físicas y la dis-
tancia son cada vez menos evidentes y pueden sortearse fácilmente. La interac-
ción social y la comunicación son posibles a través de redes, flujos y nodos; de
sistemas que no dependen de la proximidad. Esto cambia la naturaleza de los
territorios que existen en forma relacional y no necesariamente se excluyen. Sin
embargo, aunque los Estados naciones han perdido poder sobre el ámbito local,
todavía tienen gran capacidad de control y de gobierno. La soberanía sigue siendo
un factor central para el orden internacional (Gregory et al., 2009:476).
En concordancia con lo anterior, la desterritorialización surge como un con-
cepto asociado a los procesos de globalización y a los avances tecnológicos, a la
creación de comunidades mediadas a través del ciberespacio. Como ejemplos,
Haesbaert (2011) retoma autores tales como Appadurai (1996), Levi (1997),
Canclini (1990), Negri y Hardt (2000), Omahae (1990) y Badie (1995), quienes
aíslan la dimensión social de la territorial cuando consideran que con la tecnolo-
gía el espacio y el tiempo desaparecen, se borran las fronteras en el marco de la
globalización o se genera una cultura homogénea posmoderna y se difuminan las
diferencias entre diversos lugares del mundo.
Desde estos enfoques, el espacio deja de ser importante, se reduce por el
simple hecho de que su materialización se difumina. Lo anterior responde a una
visión tradicional del espacio, concibiéndolo como un escenario donde ocurren
los fenómenos. En cambio, si partimos de una visión más moderna en la cual, el
espacio es producto de las relaciones sociales, entonces transformación no impli-
ca desaparición. Desde nuestra perspectiva, dichos enfoques están muy ligados
con la supuesta existencia de un espacio de flujos en donde todo corre en un apa-
rente vacío que destruye a los territorios y es considerado por el autor como un
concepto eurocéntrico y primermundista (Haesbaert, 2011:29) que dista mucho
de dar cuenta de la realidad de entornos como el de América Latina.
Como concepto, la desterritorialización, se introduce en el debate de las
ciencias sociales a partir de los trabajos de Deleuze y Guattari (1985), en par-
ticular, con su libro El Antiedipo: capitalismo y esquizofrenia, donde los autores
afirman que el capital tiene el mayor poder desterritorializador y decodificador,
que vincula al Estado con el ser humano, entendido como una máquina desean-
te. El concepto, de acuerdo con Haesbaert (2011), transitó desde los años sesenta
cuando su construcción estaba asociada al psicoanálisis lacaniano, a los años
setenta donde se vinculaba al análisis de la producción de deseos del capitalis-
Territorio . 153
mo y, finalmente, en los ochenta y noventa elaboraron una concepción natural,
sociológica y filosófica de lo que implica el territorio. Del territorio se derivan
la territorialidad, la desterritorialización y la reterritorialización que Guattari y
Rolnik (2005:372-373) abordan.
Además de las acepciones descritas en párrafos anteriores, la desterritoria-
lización se puede entender principalmente de dos maneras. La primera como la
expulsión propiamente dicha, como el destierro o el exilio. En este sentido, está
estrechamente vinculada con los procesos migratorios. En términos de movilidad
también puede referirse a las relaciones que generan aquellos que habitan ciuda-
des dormitorio, cuyas casas no son la sede de una vida familiar, sino del descanso
nocturno; asimismo puede hacer alusión a los que transitan por las calles con la
sensación de que el recorrido es un mal necesario, un tiempo muerto entre dos
lugares, o los turistas que no se vinculan con lo que visitan, los que, como dijera
Marc Augé (2000:15):
… se exponen, en el mejor de los casos, a encontrar solamente aquello que es-
peraban encontrar: a saber, hoteles extrañamente semejantes a los que frecuen-
taban en otros lugares el año anterior, habitaciones con televisión para mirar
el programa de CNN, las series norteamericanas o la película pornográfica del
momento …
Desterritorialización no debiera referirse, como pudieran afirmar algunos
autores, a que el espacio físico deja de tener importancia, sino que los vínculos
entre un grupo social y su espacio se debilitan. La desterritorialización implica,
entonces, la ruptura o fragilidad de los vínculos con una porción de la superficie
terrestre. Tiene que ver con la falta de control, con los obstáculos que enfrenta un
grupo social para apropiarse de lo que fuera su espacio, con la pérdida del patri-
monio y de los espacios públicos que permiten la configuración de comunidades.
La desterritorialización se encuentra en relación dialéctica con su contraparte,
la reterritorialización, descrita por Guattari y Rolnik (2005:272-273) como el
intento de recomposición y recuperación del territorio.
Es paradójico ver como a partir de finales del siglo XX, si bien se da una
priorización a los discursos sobre el espacio y hay una redimensiónalización de
éste sobre el tiempo, sobre todo a partir de la discusión de la posmodernidad,
al mismo tiempo aparecen discursos que proclaman la existencia de un proce-
so de desterritorialización. Independientemente de que Haesbert afirma no hay
un concepto claro de territorio en el debate de la desterritorialización, sino que
éste aparece como algo dado, en una relación dicotómica y no necesariamente
154 . Blanca Rebeca Ramírez Velázquez y Liliana López Levi
vinculada con una reterritorialización, y en ocasiones hasta opuesta a la noción
de territorio, de fin de las redes, originada por la creciente importancia que la
globalización ha impuesto en el discurso genérico de las ciencias sociales en los
últimos años (Haesbaert, 2011:28).
La multiterritorialidad de Haesbaert
Contraviniendo el concepto de desterritorialización, Haesbaert (2011:29) asume
que existe una intensificación de la territorialización basada en una “multiterrito-
rialidad” que se integra a partir de un proceso de destrucción y construcción de
territorios que mezcla diferentes modalidades territoriales como son los llamados
“territorios zona” y los “territorios red” en escalas múltiples y nuevas formas de
articulación territorial. En la opinión del autor, el concepto está ligado a dos
visiones importantes: por un lado, a la creciente fragilidad de las fronteras nacio-
nales generadas a partir del proceso de globalización impuesto en el modelo de
desarrollo contemporáneo; y por el otro, a lo que se ha dado por llamar la hibri-
dación cultural generadas por el incremento de los movimientos migratorios o
de movilidad laboral o estudiantil que impiden el reconocimiento de identidades
claramente definidas, adscribiéndolo a una dimensión simbólica y cultural en la
construcción de las mismas (Ibid.:31).
Adscribiéndose a un concepto de carácter híbrido, que integra elementos
naturales, políticos, económicos, culturales y de gestión, puede ser concebido en
un carácter social que difiere de la geografía clásica y adquiere un carácter inte-
grador, se deslinda de las concepciones clásicas que proporciona dinámica propia
a cada uno de los aspectos anteriores para darle una nueva forma de construirlo:
articulada/conectada, o sea integrada (Ibid.:65). Basándose en esta perspectiva,
abre al menos tres perspectivas de análisis:
1. Una tradicional basada en territorios área basados en relaciones de poder
relativamente homogéneas, en tanto que control de acceso de un área
(Sack, 1986), son fundamentales para la comprensión del acceso de per-
sonas y bienes. Es estable y es definida.
2. Una que se basa en el concepto de territorio red que se centran en el
movimiento y la conexión (a diferentes escalas) y en donde la concepción
del espacio de flujos es de gran importancia para comprenderlo (véase
capítulo 1).
Territorio . 155
3. Una que incluye la concepción multiescalar y multiterritorial que trabaja
el territorio como un hibrido en el mundo material e ideal, entre la na-
turaleza y la sociedad y en sus múltiples esferas (económica, política y
cultural) (Haesbaert, 2011: 66). Al respecto el autor define que:
4. Teniendo como telón de fondo esta noción “híbrida” (y por tanto múl-
tiple, nunca indiferenciada) del espacio geográfico, el territorio puede
concebirse a partir de la imbricación de múltiples relaciones de poder, del
poder material de las relaciones económico-políticas al poder simbólico
de las relaciones de orden más estrictamente cultural” (Ibid.:68).
Pero ¿cómo es que el autor construye esta dimensión múltiple del territorio?
En primer lugar, es preciso resaltar que la incluye a partir de la posibilidad de
entender al territorio como una dimensión procesual que integra a la desterrito-
rialización como parte de la transformación que sufre en su devenir en el tiempo
en donde la reterritorialización es parte también de su proceso. Es evidente que
toman una postura postestrucutalista al afirmar que asume y resalta “el aspecto
temporal, dinámica y en red que el territorio también asume… en que la “inte-
gración” de sus múltiples dimensiones es vista a través de las relaciones conjuntas
de dominación y apropiación, o sea, de relaciones de poder en sentido amplio
(Ibid.:281).
Es aquí en donde el carácter del proceso se integra de una manera muy frag-
mentada, característica del estructuralismo, en donde las partes que lo compo-
nen se desintegran para posteriormente “integrarse” parcialmente en un devenir
alternado de lo que se controla o se apropia, luego se descontrola o desapropia
(desterritorialización) para volverse a recontrolar o reapropiar.
Es en esta disociación, que parecería que al territorializar se está hablando
de un tipo de espacio específico –¿fijo podríamos llamarle?– que sería diferen-
te al que tiene la desterritorialización, en donde la noción de espacio de flujos
y la movilidad se integran para luego, reterritorializarse y volver a hacerse fijo,
aceptando el concepto de espacio de fijos y flujos de Milton Santos (2000) y de
Castells (1999), (véase capítulo 1). De esta manera estamos ante un proceso que
tiene un soporte territorial cuando es territorio, se convierte en flujo cuando se
desterritorializa, sin que se considere la existencia de una base material, y regresa
a su estado territorial cuando se reterritorializa.
Asumimos que al fragmentar la territorialidad y dejarla sin continuidad, el
proceso se hace discontinuo, y sustituye la circulación por el flujo, ante una apa-
rente deslocalización que carece de soportes materiales que articulen el proceso
territorio inicial (sea éste económico, social, político o simbólico) con el de la
156 . Blanca Rebeca Ramírez Velázquez y Liliana López Levi
reterritorializacion. Desde esta perspectiva, si bien existe un cambio de locali-
zación con la movilidad, la deslocalización no existe pues puede ser considera-
da como un tránsito entre territorios que para hacerlo cuentan con un soporte
territorial para realizarlo. Aun las transacciones electrónicas y que cuentan con
la simultaneidad del tiempo real, tienen soportes que permiten la conexión en
ambos lugares. Desde esta perspectiva, se deslocaliza pero no se desterritorializa,
pues siempre tiene soporte con una base material que le permite su reproducción
y con quien tiene relación con su tierra, con su naturaleza o con los agentes con
los que se encuentra, pero a su vez que le permite relacionarse con otros agentes
(Ramírez, 2013).
En suma, si bien resuelve las disociaciones de las estructuras política, eco-
nómica y cultural del estructuralismo, al tomar las posturas post de Delause y
Guattari (1985, en Haesbaert, 2011) conjunta con la de Massey (2005), en mi lec-
tura regresa a otro tipo de disociación del proceso que impide ver la manera como
se usan, en las diferentes fases de la circulación de la naturaleza, las mercancías,
los agentes o los símbolos, generando formas territoriales específicas y diversas
que se articulan en un proceso conjunto que se territorializa continuamente en
diferentes soportes pero siempre territorializados.
A los puntos anteriores, es preciso agregar que el autor analiza la coexisten-
cia entre el territorio a partir de una articulación que incluye tanto la dimensión
zonal, las redes que se conforman a partir del espacio de flujos y los aglomerados
de exclusión para explicar la multiterritorialidad, concepto este último que pa-
rece bastante innovador, pero que al construirse en su conjunto adolece una vez
más de la fragmentación de los elementos del proceso. Si bien los dos primeros,
territorios zona y redes, son definidos y caracterizados ampliamente y de manera
dicotómica (Haesbaert, 2011:239), los aglomerados de exclusión dice, producto
de un proceso más que representar zonas en sí mismas, son resultado de con-
diciones sociales precarizadas pero que “en la construcción de territorios “bajo
control” (término redundante) o “autónomos” se vuelve… subordinada a intere-
ses ajenos a la población que allí se reproduce. El aparente desorden que rige esta
condición, en el sentido negativo de desorden, es fruto de la no identificación de
los grupos con su ambiente y la ausencia de control del espacio por sus principales
“usuarios”. Es evidentemente que el autor los trabaja como desterritorialización,
pero en donde dice, los excluidos intentan en todo momento afirmarse, es decir,
reterritorializarse”.
Esta visión de tres áreas en la multiterritorialidad que siguen procesos autó-
nomos que no tienen que ver unos con otros y que hasta persiguen trayectorias
autónomas rompe el proceso y lo conforma en pedazos. Esta aparente indepen-
Territorio . 157
dencia entre los territorios parecería que no es fruto de procesos articulados que
de alguna manera se vieron o conjuntaron elementos que los vinculan. Otras
zonas como los basureros o las zonas de residuos nucleares, las Áreas Naturales
Protegidas (ANP) y otras, son el resultado de la manera como se percibe el carácter
de un territorio en el sistema de control dominante. En este tema también me
parece que la visión estructuralista en lugar de integrar la visión, como es el obje-
tivo, el autor desarticula y las hace aparecer como independientes del proceso de
producción más que formando parte del desarrollo integral del territorio.
Reflexiones finales
El territorio alude a una visión mucho más amplia que la adscrita a otras catego-
rías. Por una parte, está muy ligada con la definición política que la vincula con el
poder y el Estado y por otra una dimensión cultural que integra la naturaleza, la
producción y reproducción social de los grupos y al significado que esto tiene en
su vida cotidiana, cuestiones que aparentemente son divergentes y sin embargo,
son difíciles de separar al interior de esta categoría. En otras palabras, el territo-
rio, como concepto, da cuenta de lo estrecha que es la relación entre el ámbito
político y el cultural en la vida humana. Su predominancia en relación al Estado,
la delimitación política y la dimensión del poder constituyen la versión de corte
eurocentrista del término, que sin duda ha influenciado a estudios de geografía
política, y de política pública para su definición. La dimensión cultural y simbó-
lica se adscribe a una propuesta eminentemente latinoamericana, de corte rural y
centrada en los movimientos ambientalistas del continente que acentúan todavía
más la dimensión política que la categoría presenta.
Aunque el concepto tiene una larga trayectoria en la academia europea, ha
sido un recurso importante y significativo para el análisis de la realidad latinoa-
mericana, sobreponiéndose muchas veces a los otros conceptos. El territorio, des-
de el punto de vista teórico y metodológico abre, sin duda una nueva dimensión
del ámbito espacial, a través del concepto mismo y de aquellos que derivan de él,
como el de desterritorialización o reterritorialización.
En suma, si bien las categorías de espacio, región y paisaje, al venir directa-
mente de la tradición geográfica, la de territorio tiene una adscripción más rela-
cionada con otras ciencias sociales de corte crítico, donde se usa para diferenciar
y tomar distancia del significado que ésta tiene en las teorías espacialistas clásicas
de la geografía y del espacio.