Iglesia vasca, una Iglesia
de vencedores y vencidos.
La represión del clero vasco durante
el franquismo
Anabella Barroso Arahuetes
Instituto Diocesano de Teología
y Pastoral de Bilbao
Heridas de guerra
Tras la Guerra Civil española, la Iglesia en su conjunto se puso
al lado de los vencedores y se convirtió en la principal fuente de legi-
timación de un régimen político que oficialmente se declaraba católico.
En el País Vasco, donde muchos curas y católicos se habían mostrado
neutrales o muy próximos a la causa republicana 1, la situación ame-
nazaba con ser escabrosa, al situarse una parte importante de la Iglesia
en el bando de los vencidos. Un pueblo tradicionalmente católico, con
un seminario floreciente y una formación doctrinal muy buena, no apo-
yaba a la llamada cruzada. Y parte de su clero, desde entonces conocido
como clero vasco 2, también estaba en lo que los franquistas no dudaron
en denominar «contubernio de vascos y comunistas». Los nacionalistas
vascos y los republicanos quedaron, desde entonces, bajo el denominador
común de víctimas de un mismo agresor sufriendo la represión del
régimen con diversa intensidad a lo largo de los años de mandato de
Franco.
I Vpase, por ejemplo, L\1l0A, J. M.: Iglesia p intolerancias: la Guerra Civil, Madrid,
1987.
Clero vasco f'S aquPlla parte del clero de las diócesis vascas que no Sf' adhirió
a los trlovimif'ntos totalitarios. Clero que comprende tanto a aquellos sal'enlotes y rel igiosos
que se declararon abiertanwnte contrarios al movimiento insurgf'ntc cspañol del 18
de julio df' 19:~6, como a los que se habían limitado a no simpatizar con las ideas
e intereses dI' los Plf'tnf'ntos o grupos del bando de Franco. (D'lH.\MLJNO, X.: El clero
vasco, Bayona, 1946.)
AYER IB*2001
88 Al/abeLLa Barroso Ara/wetes
Curas asesinados, en la cárcel o desterrados, el obispo Múgica ale-
jado de su diócesis y el Seminario de Vitoria cerrado no eran las mejores
cartas de presentación para un régimen que pregonaba ostentosamente
su catolicismo a ultranza. El clero vasco vencido en la guerra tuvo
serias reticencias para aceptar el nuevo orden impuesto por los ven-
cedores. Por otra parte, tampoco el nuevo régimen hizo esfuerzo alguno
por limpiar la ilegitimidad de su origen mediante un ejercicio del poder
que satisficiera ni siquiera mínimamente las aspiraciones vascas. Para
el clero vasco el final de la guerra fue sinónimo de represión, por
la que, de una u otra forma, se vio afectado un tercio de la población
clerical de la entonces macrodiócesis de Vitoria (unos 750 eclesiás-
ticos) :1. La actuación de parte de la clerecía del País Vasco ponía
en evidencia la falsedad de la propaganda franquista e invalidaba, en
parte, una de las más valiosas fuentes de legitimación del levantamiento
del 18 de julio y del régimen surgido tras la victoria del bando sublevado.
No debe extrañar, por tanto, la represión sufrida por este elero durante
la contienda 1, ni que los mandatarios franquistas conservaran de forma
indeleble en su memoria la actitud de los sacerdotes vascos, consi-
derando sospechosos de separatismo y disidencia todos los actos en
los que estuviera implicado el clero vasco, muy pronto cono(~ido en
los informes oficiales como «clero separatista».
Así, la guerra truncó la floreciente Iglesia del País Vasco;' y con-
tribuyó a ahondar las disensiones internas, añadiéndose desde entonces
:¡ En a/los poslt'riort's la lista de sacenlolt's vascos multados, t'ncarcelados, fusi-
lados... en la Guerra Civil apart'ct'rá publicada t'n las hojas clandt'stinas del clt'ro
(Egi Billa, Sine .l\Jorni/lt'). Es manifiesta la voluntad de las generaciones jóvenes dt'1
clero vasco de mantener vivo el n'cuerdo dt' la acluación dt' sus predect'sort's en la
glJerra. Esta postura, sit'mprt' t'nsalzada por t'stas publicaciones, t's su modelo dt' ('om-
portamit'nto y lo que justifica y da sentido a la lucha. En HI-:"'ITl{íA, J.: Puehlo {)asco
e Iglesia, 2." vol., Bilbao, 1986, pp. 169-176, dondt' reproduce la lista de prt'sbíleros
vascos ausentt's ell 1940 dt' la diócesis vasca dt'spups dt' la ClwlTa Civil. Vn tambi~n
MONTI·:I{O, A.: Historia de la !)('rsf'c/lcúín religiosa en Fs!míia 1936-!9:N, Madrid, 19CJl.
¡ Los s,l('t'rdott's lIluertos dt'1 lado wpuhlicano no apart'Ct'n t'1I el Boletín Oficial,
pero lIlurieron casi todos t'n el asalto a los barcos Cabo Quilates y Altuna Mt'ndi,
alltes de qut' t'1 Cohit'nJo dt' Euskadi se constituyera, y otros murieron ('n d asalto
a las cárceit's el día 4 de t'1lt'ro dt, I tXn, a raíz de Iln hombardt'o ('n el que tambi~n
murieron varios civiles. I,os fusilados en el bando relwldt' flwron t'jt'cutados en el arlo
19:~CJ, mcnos el P. Homán, carmelita, que lo fiJe t'n 19:31. Bilbao cayó el 19 de jImio
de 19:31 y El Cannelo dt' Hegoña St' convirtió t'n cárcd dt' curas. Allí t'sluvit'ron 95
sact'n\o!t's y otros 47 fLwron n'c1uidos ('n IhwlJas (palt'ncia). V~ase Moyn:l{o, A.: Historia
de la pers('('/lóón religiosa f'n Fspafza /9:56-/939, Madrid, 19CJ l .
.-, Para valorar la 19l(~sia vasca anlt'rior a la glwrra t'S itwludihlt' la consulta dc
I¡<lesia uasca, una Iglesia de uencedores y uencidos 89
la distinción entre una Iglesia vencedora y una Iglesia vencida. Desde
entonces, las diferencias se concretaron entre los que, habiendo sim-
vatizado con los franquistas, se comvrometieron y apoyaron a los ven-
cedores y los que no. Las repercusiones de tal división no se hicieron
esperar. Para acomodar por entero la diócesis vitoriana al orden político
dominante se recurrió al hasta entonces obispo auxiliar de Valencia,
del que Franco había dicho «es un hombre que hablará de Dios hablando
de Espaüa». Durante su pontificado, Monseñor Laucirica potenció la
línea pastoral y religiosa anterior a la Guerra Civil, prornovió un estilo
de sacerdote con profunda esviritualidad y trató, vor encima de todo,
de evitar todo compromiso temporal, sobrevalorando el lema de don
Hufino Aldabalde, «sólo sacerdote, siempre sacerdote y en todo sacer-
dote». En 194:~, tras haber firmado el Estado franquista dos años antes
un Acuerdo con la Santa Sede para conservar el derecho de presentación
de obispos, llegaba a la (:onflidiva sede vitoriana don Carmelo Ballester.
La espiritualidad del movimiento sacerdotal de Vitoria contrastaba
con los excesos cometidos en esos años por el nacionalcatolicismo y
consolid6 el florecimiento de los estudios del Seminario. Para entonces
ya habían sido separados de sus (:átedras todos aquellos profesores
de dudosa fidelidad al régimen y habían vuelto a la diócesis algunos
sacerdotes desterrados, pero incorporándose a ministerios parroquiales
de segundo orden en el escalafón diocesano. La feligresía alavesa, más
firme en sus convicciones franquistas que la vizcaína o la guipuzcoana,
fue el refugio obligado de muchos de aquellos sacerdotes sospechosos
de hacer política, eufemismo utilizado en la España franquista para
designar a los curas que no apoyaban el Movimiento Nacional ('.
Ahora bien, no todo era colaboración con el régimen. Una extensa
carta dirigida por curas vascos al Vaticano el 25 de noviembre de
1944 fue el primer eslab6n de una larga cadena de protestas clericales
que desde el País Vasco elevaron su voz, mediante una carta-denuncia,
para condenar los atropellos del régimen y defender los derechos huma-
nos más allá de los límites de su di6cesis, en medio del silencio de
otras fuerzas políticas y sociales '. Esta carta al Vaticano no tuvo mayor
trascendencia a corto plazo, excepto alertar al sistema franquista acerca
p!l{! 1, .l.: /<,'1 modelo de Iglesia slIhyacellll' ell {a /mstoml del clero /'!l.ICO (19/8-/9:56),
Bilhao, Dt'scl(-e de Brollwt'r, )1)91.
1, Ver (; II:Lí 1 Iil. Oll:T\/ 11{, F.: /,a Iglesia qlle Fm/lco /lO qlli,W), Bilhao, 1()g7.
Vt'r t'll Allil). J.: {,a /'oz del clero U(lSCO 1'11 de¡i"I.Wl de Sil/meMo, vol. 1, Ikalz- Edi !lIza,
198ü.
90 AnabeLLa Barroso Aralwetes
del previsible problema que se le avecinaba en el País Vasco, donde
ni Franco ni el régimen podían esgrimir su condición de católicos para
legitimar una dictadura. El régimen quiso ver confirmadas las sospechas
de separatismo sobre un sector del clero de las diócesis vascas y con
esa suspicacia, convertida en obsesión, emprendió una política para
intentar domeñar o al menos asegurarse el apoyo de la mayoría de
una Iglesia vasca conflictiva.
Tres diócesis y un único prohlema
En noviembre de 1949 una bula pontificia desgajaba de la macro-
diócesis vitoriana los territorios de las provincias de Vizcaya y Gui-
púzcoa. La desmembración de la diócesis respondía a razones pastorales,
porque, realmente, las diferencias entre las zonas y el hecho de estar
los centros de mayor vitalidad religiosa alejados del centro de dirección
de la diócesis, aconsejaban una separación. Incluso existían razones
de carácter histórico para apoyar una medida englobada en un plan
más amplio encaminado a hacer coincidir los límites civiles de las
provincias españolas con los eclesiásticos. Pero no cabe ninguna duda
de que fueron motivos políticos los que lograron que, tras arduas nego-
ciaciones, Roma accediera a tal reajuste. El Gobierno quería a toda
costa hacerse con una Iglesia vasca enteramente sumisa y manejable
y pensó que con la fragmentación de la poderosa diócesis vitoriana
se acabaría la pesadilla del «nido de separatismo» del Seminario vito-
riano, en el que, bajo la óptica franquista, la concentración de estudiantes
favorecía el proselitismo nacionalista de los candidatos vascos, gui-
puzcoanos y vizcaínos sobre todo, al sacerdocio. Con la división de
la sede vitoriana, la diplomacia española se había apuntado un buen
tanto, pues el Vaticano ni siquiera pudo llevar adelante su proyecto
de elevar la sede de Vitoria al rango de metropolitana de las nuevas
diócesis vascas, fracasando igualmente cuando intentó hacer la misma
operación con la de Pamplona. Cuando en 1956 la sede de Pamplona
se convirtió en arzobispado, la diócesis de San Sehastián pasó a ser
una de sus sufragáneas, pero Bilbao y Vitoria continuaron perteneciendo
a la archidiócesis de Burgos. Es imposible dudar del significado político
de esta segunda medida, todavía vigente en la actualidad, y de sus
inevitables consecuencias.
Dentro de la estrategia gubernamental para domesticar a las sedes
vascas, se incluía la elección de obispos a imagen y semejanza del
IKle.\io /'osco. 11//(/ IKlesio de /'el/cedores l/'el/cúlos 1) I
régimen para asegurar la adhesión de la Iglesia vasca a Franco. Así.
la di(wesis hilbaína recihió al madrileño Casimiro Morcillo y el catalán
FOllt Andn~u ocupó la sede donostiarra, mientras que el aragonés José
María Bueno Momeal se hizo cargo de la de Vitoria. Estos 1H'c1lOs,
junto a la situación sociopolítica, no pudieron pasar inadvt~rtidos para
el sedor menos conformista del clero vas('o, que pronto manifestó su
descontento con todos los medios a su alcance. El clero vasco, a remol-
que de las circunstancias, irá renovando sus tácticas reivindicativas
y, de forma paralela, el régimen irá empleando medidas n~presivas
más di redas.
Represalias civiles y eclesiásticas a los curas «políticos»
Desde med iados de los años 50 muchos de los sacerdotes de las
tres provincias vascas, convirtieron lo social en la estrella de la acci(lIl
pastoral cotidiana en el País Vasco. U n plantel de sacerdotes bien
formados en cuestiones sociales en el Seminario de Vitoria fue el encar-
gado de, con diferentes matices, acercarse al mUIHlo obrero. Durante
estos años, al hilo de los acontecimientos económicos y las huelgas
y protestas sociales, el clero vasco fue elevando sus quejas mediante
cartas coledivas. Veinte años después de la Guerra Civil las demandas
a favor del pueblo vasco continuaban siendo las mismas, pero las nuevas
generaciones sa(~erdotales consideraban que hahía que hacer algo más
que promocionar el renacimiento cultural vasco y el cultivo del euskera.
En mayo de 1960, la calma tensa de las diócesis vascas estalla cuando
:t~<) sacerdotes vascos dan a con()('er un est'rito g con el que las rei-
vindicaciones nacionalistas del pueblo vasco entran en escena. Con
este documento, los curas vascos cuestionaron abiertamente la legi-
timidad del régimen franquista y, por ello, ponen fin a la etapa en
que «sólo» se movían en el terreno de las ideas en (~uestiones políticas.
Sin abandonar la clandestinidad pasan al terreno de la acción y, a
partir de entonces, muchos sacerdotes incluyeron entre sus obligaciones
la de denunciar las injusticias y la de censurar desde los púlpitos
muchos de los desmanes del régimen. Las demandas nacionalistas des-
:: Para UIl all:ílisis I'otllpldo <!I"1 cOlltellido y gPllesis de es\<' y otros doclIlllt'lllos
del clero vasco. así COIlIO de las represalias civil,'s y ecll'siásticas. ver B.\HI:()~(). A.:
Sacerdoles bajo la alenla rnir([(La del n{gimen ./i"Wu/IIÍ,\la. Bilbao. nescll'e de Brouwel'.
11)1)5.
l/lu!w!Lu f)urrosl/ lm!IIII'/I',I'
hancan a las sociales que, sin desapan-'('er, ceden terreno y protagonismo
anle el empujt·, la decisi(ín del clero y la ('onlundente reacci{ín de
las autoridades civiles y ecl('siásticas, nlllCho más preocupadas, desde
entonces, por las intromisiones de los sacerdotes en las ('lwstiones tem-
porales. La interprt'taci6n del palwl dd sacerdott> ante las circunstwwias
s()('iopolíticas será la dertla fuente dc prohlemas. 1.0 que para unos
es una ohligaci6n para otros es una inlrolllisi(ín inadmisible cn los
asuntos temporales. Esto cxplica la reacci6n de las autoridades c('le-
siásticas y civiles ante la publi('cwi{ín de esle documento y anle pos-
leriores aduaciones de un sedor del clero.
Sin duda el Cobiemo franquista, a juzgar por su contundenle reac('i6n
y por las presiones ejercidas sobre las autoridades eclesiásticas para
que anlonestaran a sus díscolos subordinados, se hahía sentido ofendido
por las acusaciones vertidas por los ;t{() en su infortlw. Lo que más
asustó al Gobiertlo fue la enorme difusi6n recibida por un dO('unwnlo
que contradecía de forma ('ontundenle toda la propaganda oficial solm-'
los logros (kl r~gimen, en un momento en el que España había conseguido
la acepla('i{ín inlertlcwional y ('onlt'nzaba su despegllt' econ6mico. Ade-
más, en el País Vasco, unos meses antes hahía nacido ETA y ninguno
de los gobertladores civiles dudaba a la altura de 1960 del apoyo incon-
dicional de parte del clero vasco a los nacionalistas. No parece difícil
entender el nerviosismo provocado por la aparición en medio de ese
(dima de un escrito que, COlIlO el de los :t{9, cuestionaba la legitimidad
de todo el sistema franquista. La gran divulgaci6n alcanzada por el
documento contrihuy6 a pasar del desasosiego a una abierta desconfianza
hac'ia el clero firmante y explica la actuaci{ín de las autoridades civilt~s.
«Asimismo se adoptaron Inedidas represivas a los s<'lcenlotes residcntes
en esta provincia y finllantes de la "carla de Jos :G() a sus Ohispos" retirándoles
provisionailJ)('lIte sus pasaportes. retrasándoles la expedicj{)1I de visados, Jin'n-
cjas de (·az<.l. ..• ele .• para qut' pudiera servirles de advcrtencia para Sll rcc-
tificaci{l/] CII las slJ('('sivas actuacioncs dc los llliSIlIOS» (j.
De todas maneras, el poder civil opt{í por no tomar medidas drásticas
y eficaces que, al ser demasiado llamativas, habrían ('omprometido aun
más su imagen. Prefiri6 que la aduaci6n de los :~,19 fuera desautorizada
y oportunamente sancionada por las propias autoridades (~c1esiásticas.
<j M('llIoria d.,1 Cobil'rllO Civil d(' Cllipúz('oa. Allo ]l)()(). Archivo C('lwral d(' la
~dlllillislraci(¡II.lpgajo 11.:~1().
Igll'sio /'OSCO, ////0 Igll'sio dI' 1'I'l/cl'dofl's .\ 1'I'llI'idos
Así, desde los Ohispados, los equipos diocesanos de go!>iertlo respon-
dit'ron ante lo que consideraron una grave falta de disciplina, intentando
comprohar si las firmas eran auténticas y, sohre todo, conseguir una
redificacitÍn. Las sanciones eclesiásticas se aplicaron sobre todo a los
sacerdotes ('onsiderados ('OtilO mayoj'(-'s instigadores, bien porque re('o-
ginon firmas o porque entregaron el documento. Si ('omplicadas fueron
las gestiones para adjudicar J't'sponsabilidadt,s, no fueron tlH'nores las
dificultadt's a la hora de irnponer las sanciones. La prudencia y la
('autela para no darles t~xcesiva es¡wclacularidad fue la nota más (',.11"<.1('-
terística. Pocas medidas se tomaron en el mismo verano de l ()ÚO, excepto
no ('on('eder permisos para salir en verano o suprimir las li('('lwias
ministeriales en Vizcaya a los sacndotes de la provincia de CuiplJzcoa
que huhieran suscrito el documento.
Los traslados inmediatos de unas parroquias a otras no afedaron
a un gran nlJmero de sacerdotes, pero sí en años posteriores. La prudencia
al irllponer las sanciones eclesiásticas incluía su aplicacitÍn paulatina.
A partir de I()ú2, habn suscrito la carta de los :t~<) influía para qllt'
cualquier otra implicaci6n en asuntos temporales llevara consigo un
cambio dentro de las ditÍ('esis o fuera de ellas. Esto explica que de
1()ÚO a I ()ú5 la cuarta parte de los finnantes guipuzcoanos sufran tras-
lados, algunos de ellos en dos o tres ocasiones, mientras que casi un
tercio se verá afedado por esta medida en la sede bilbaína. En la
ditÍcesis donostiarra, de 1<)ÚO a l ()65, 46 sacerdotes firmantes ('i.lIllbiarán
de una u otra forma dt~ d(~stino dt~ntro de la di(ícesis. En Vizcaya la
cifra de firmantes trasladados asciende a 4ú. No podemos olvidar las
dificultades entrañadas por la realizacitÍn de un número tan elevado
de traslados. Había qllt' buscar parroquias adecuadas, donde no hubiera
demasiados sacerdotes afines a las ideas del removido. Todas estas
represalias civiles y eclt~siásticas apenas trascienden a la opinitÍn plJhli-
('a. Tan stÍlo las publicaciones clandestinas, en las que desde el primer
momento se acoge favorablemente el documento, se hacen eco de ellas
ensalzando la valentía y serenidad de los sacerdotes sancionados.
De forma paralela, desde los Obispados intentaron controlar todas
las actividades de los sacerdotes, incluso su aspedo exterior, sus pre-
dinl<'iones y, sobre todo, prohi bieron las reuniones sacerdotales en las
que no estuviera prest~nte el Obispo o un delegado suyo. Esta interdi(ocitÍn
respondía más que a la suspicacia de los equipos de gobierno diocesanos,
al desasosiego e inquietud provocados en los gohiernos civilt~s por los
previsibles resultados de esas reuniones. No dudaron las autoridades
91 illlu{w!Lu HurroslI Ara/lile/es
civiles en estrechar la vigilancia y ('liando, a pesar dt~ todo, esas asam-
bleas se llevaban a cabo informaron al Obispado correspondiente. A
esta misma voluntad de control por parte de las autoridades responde
la especial atención recibida por las publicaciones diocesanas. Trataban
de frenar la proliferacii)n de temas extraeclesiales incluidos en estas
publicaciones que, en virtud del Concordato, burlaban a la censura
oficial. Así, por esta vía, parte de la población recibía una información
que, por razones obvias, no llegaba por los cauces debidos. No es
difícil suponer las molestias ocasionadas por estas hojas a las autoridades
civiles y, a veces, también a la propia jerarquía edesiást ica, que no
siempre salía bien parada en octavillas e incluso publicaciones clan-
destinas elaboradas por sacerdotes, o, al menos, con su ('onsentirnit~nto.
El testigo de los :t{() es rápidamente recogido por un número mino-
ritario, pero significativo, de sacerdotes que, incumpliendo las normas
de predicación, pronto incluyen en sus sermones asuntos sociales y
políticos. La jerarquía eclesiástica, consciente de que sus admoniciones
no surten los efectos deseados, intensifica sus reprimendas y sanciona
a los más reticentes a atenerse al ternario, ('on la suspensión del Sagrado
Ministerio de la predicación por uno o dos meses y del resto de obli-
gaciones correspondientes al cargo que ocuparan en el momento de
ser castigados. Con todo, las autoridades no dejan de sentirse cada
vez más interpeladas por unas homilías y eS('l"itos clandestinos que
cuestionan su legitimidad y van percatándose de la escasa eficacia
de las recomendaciones y penas eclesiásticas e intentarán desde muy
pronto aplicar sanciones civiles a los sa<'enlotes que «no se recaten
en manifestar públicamente su oposición al régimen». No será fácil
y, en principio, las autoridades civiles no pudieron atajar las homilías
con la rapidez y ejemplaridad que hubieran deseado, debido a la inde-
finición del artículo segundo del Concordato por el que «Espaúa reco-
nocía a la Iglesia católica e! carácter de sociedad perfecta y le garantizaba
el libre y pleno ejercicio de su poder espiritual y de su jurisdicción,
así como el libre ejercicio de su culto».
Así, en los primeros aúos de la década de los aúos úO, tendrán
que ver conjugados los sermones con otros delitos (desobediencia, publi-
cación ilegaL.) para juzgar los contenidos de las homilías. El caso
más llamativo es el de Alberto Gabikagogeaskoa, que, en 19ú5, tras
ser juzgado en Bilbao, previo consentimiento de! Obispo, fue juzgado
en Madrid por e! Tribunal de Orden Público, acusado de propaganda
Iglesia vasca, una Iglesia de vencedores X vencidos 95
ilegal 10. Con el jucio y condena de este sacerdote, el poder civil dio
un paso adelante e inició una línea de actuación en la que multas,
juicios y encarcelamientos fueron cotidianos. Las medidas eclesiásticas
fueron más drásticas. Los castigos y los traslados de muchos sacerdotes
fueron los asiduos compañeros de viaje que encontraron las palabras
recriminatorias de las pastorales. Así, consiguió la jerarquía eclesiástica
congratularse con el Gobierno, pero aumentó la oposición de parte del
clero al detectar una cesión de autoridad por parte del Obispo.
La difusa barrera entre lo pastoral y lo ilegal
Las intervenciones de algunos sacerdotes en aras de una fe más
comprometida y encarnada erosionaron de forma progresiva y paulatina
la legitimidad franquista en el País Vasco. Al mismo ritmo que la pre-
dicación testimonial aumentaron las denuncias de alcaldes y feligreses
porque o se sentían desautorizados ante los fieles o no soportaban a
los curas «políticos» con una ideología diferente a la suya. El régimen
lo consideró, estrictamente, un problema de orden público y, como
tal, intentó solucionarlo. Su principal baza en estos años fue la coo-
peración de la jerarquía eclesiástica para sancionar y castigar a sacer-
dotes, sobre todo, (~uando cometían las faltas por las que se les acusaba
en el ejen~icio de sus funciones pastorales. Procuraron las autoridades
civiles evitar conflictos concordatarios, no ocasionando a la imagen
del régimen en el exterior más daños de los necesarios. Así, esquivaron
la espectacularidad que había supuesto el «caso Gabika» y, al contrario
de lo sucedido en 1960 con los firmantes del documento de los ,'B9,
eludieron las estridentes sanciones colectivas. El poder civil prefirió
castigar individualmente con multas a clérigos por falta de respeto a
los símbolos franquistas o por homilías que denostaran al sistema fran-
quista delante de los fieles.
El régimen convirtió las actividades pastorales de algunos sacerdotes
en objeto de un estrecho control por ser ilegales a los ojos del Gobierno.
lO El fis('al Ilt'día una multa de 2;")0.000 pesetas y lres aiíos de cúr('e!, frente
a la absolución solicitada por la defensa. I~sta no pudo evitar una condena de tres
meses y un día de prisión y una multa de 10.000 pesetas por propaganda ilegal. Ante
la deC'!araci6n de insolvencia por parte del acusado, las autoridades trataron de ell1bargarle
la moto y otros objetos Ilt'rsonales. Los recursos que present6 fueron desestimados y
en 19ó8 fue arrestado.
96 ArUlhella Barroso Aru/weles
No se logró el efecto deseado, porque ni multas, ni juicios ni arrestos
amedrentaron a los sacerdotes. Para el desconfiado sistema franquista
todo apoyo implícito o explícito al nacionalismo vasco implicaba un
fomento y propagación del separatismo vasco y como tal lo reprimió
y pretendió erradicarlo. Esta obsesión antiseparatista aumentó progre-
sivamente según avanzó el franquismo y fue una de las responsables
de la dureza con que castigó las actividades incluso pastorales del
clero del País Vasco, al que desde el principio consideró principal
culpable de la propagación del nacionalismo o, según el discurso fran-
quista, separatismo vasco. El servicio de información del régimen no
dudó en vigilar las misas, labor que fue desempeí1ada por los puestos
de la guardia civil. Los números asistentes debían escuchar con atención
y anotar lo que se dijera o hiciera en los templos, llegando en ocasiones
a grabar con un magnetofón las homilías, por lo que, habiéndose per-
catado de ello, fueron imprecados desde el púlpito por los sacerdotes.
El aluvión de notas informativas generadas por ese esfuerzo con-
trolador ejecutado con aut(~ntica laboriosidad, es un perfecto ejemplo
de lo que por encima de todo caracterizó al sistema franquista, cuya
voluntad de intervenir en toda la sociedad espaí101a quedaba manifiesta
cada domingo en muchos templos del País Vasco. La vida económica,
social, política, cultural, e incluso eclesiástica: todo tenía que ser ins-
peccionado y, por tanto, ordenado y preparado para ser dirigido y enca-
minado bajo la atenta mirada del régimen. Además, constituyen una
fuente de valor inestimable para conocer la predicación sacerdotal a
favor o en contra de la actuación del Gobierno. En los informes no
escatimaron los elogios ha<~ia los «sacerdotes ejemplares» afectos al
régimen ni escasearon los (~omentarios negativos respecto a la ideología
de los clérigos cuyas homilías censuraban al sistema franquista. Los
«rabiosos» y «furibundos» separatistas o los «acendrados» y «exaltados»
nacionalistas, junto a los «progresistas», «avanzados socialmente» o
simplemente «indiferentes» deambularon con toda naturalidad en las
notas informativas dirigidas al Gobernador Civil y enviadas por éste
al Ordinario del lugar, al Director de Política Interior, al Director de
Asuntos Eclesiásticos o si era más grave al Ministro de Justicia. Así,
por unos conductos o por otros llegaba a los gobiernos civiles y a
las más altas instancias políticas información acerca de las actividades
pastorales de los sacerdotes. Las autoridades basaban su posterior actua-
ción en estas denuncias de fieles y alcaldes o los informes de guardias
civiles y policía. La Ley de Orden Público facultaba a la autoridad
IgLesia vasca, una IgLesia de vencedores y vencidos
gubernativa a imponer sanciones económicas entre 5.000 y 50,000 pese-
tas, por lo que si los conceptos vertidos en las homilías atentaban
contra la unidad nacional o alteraban el orden público o la paz social,
sus autores eran multados 11.
Todo lo que acabamos de señalar es la mejor muestra de la abierta
desconfianza del Gobierno franquista hacia algunos sacerdotes, Sus ser-
mones presentaban un punto de comparación respecto a las sesgadas
noticias que el régimen tenía a bien conceder a los ciudadanos. Mediada
la década de los 60, las autoridades civiles llegaron a la conclusión
de que debían aumentar las multas y, si era necesario, los embargos
o arrestos sustitutorios. La finalidad de estas medidas era castigar con
mayor eficacia la utilización del púlpito por los sacerdotes entrometidos
en cuestiones sociopolíticas. Sentado el precedente con Alberto Gabi-
kagogeaskoa, algunos sacerdotes fueron acusados de alterar el orden
público por el contenido subversi vo de sus sermones, engrosando la
que llegará a ser una larga lista de homilías multadas con sanciones
que oscilaban entre 25.000 y ;)7,500 pesetas. Las autoridades civiles
no dudaron en estimar que estas homilías habían alterado el orden
público y la convivencia social.
Los sacerdotes afectados no tenían intención de pagar las multas,
por lo que se declararon insolventes o recurrieron las sanciones. Por
su parte, la autoridad civil desestimó todos los recursos, porque con-
sideraba que poseía plena competencia para corregir las alteraciones
de orden públi('o, aunque éstas se produjeran en la Iglesia. El poder
civil hacía lo imposible para justificar las sanciones a los curas y lavarse
la conciencia, haciendo constar en los informes que los sacerdotes san-
cionados por su lamentable actitud contra el Gobierno se situaban «vo-
luntariamente dentro de la jurisdicción civil», Incluso en alguna ocasión
explicaron las multas como la mejor forma de salvaguardar la dignidad
sacerdotal. Pero las medidas represivas no consiguieron eliminar ni
las denuncias al régimen desde el púlpito ni las opciones políticas
a favor de los obreros y de los nacionalistas de muchos sacerdotes
vascos que «creyéndose impunes iban cada día produciéndose de una
11 1>1' j<)(¡;) a I()(¡g St' rccilwn en el Cobicrllo Civil dI' Vizcaya un loLal de :~(¡7
inforlnl',; t¡lW aft,('tan a 1<)(¡ ,;accrdoll''; dt~ la ditÍn',;i,; vizcaína (un 24,:JCi( del total).
()I',;dl' 1<)(¡(¡ a 1()(¡g t'n Cllipúzcoa la,; 171 IJIt'IH'iOlle,; a adividade,; dd cll'ro ,;e refiercn
a 71 sa<'t'rdoks.
98 AnabeLLa Barroso Arahuetes
manera más ostensible en sus manifestaciones y actos contrarios al
régimen y orden público» J2.
Un sector del clero vasco se oponía al regnnen y utilizaba todos
los medios a su alcance o los proporcionaba a otros. El sector más
radical del clero vasco se autoconvenció de que la actuación en todos
los frentes era urgente, aunque, a veces, para intervenir con más eficacia
no hubiera más remedio que situarse en la clandestinidad. Además
de alentar a la oposición, algunos se integraron en ella. Por su aliento
y participación en las manifestaciones obreras y nacionalistas y/o por
su integración en el mundo laboral como sacerdotes obreros, apoyando
a las huelgas y/o por sus implicaciones en las actividades separatistas
más radicales y violentas del País Vasco, muchos sacerdotes vascos
se habían integrado en la estructura de oposición al régimen. Para
las autoridades franquistas muchos sacerdotes fueron «un verdadero
caballo de Troya utilizado por otros grupos marxistas bien preparados
y auténticamente revolucionarios y eficaces que se unen a los curas
para gozar de la mal entendida inmunidad que les presta el blindaje
de las sotanas» 1:\. Así, su paso a la acción se convertía en beligerancia
y, según las preferencias o la disponibilidad de los sacerdotes, desarro-
llaron acciones en sus diferentes campos de influencia: obrero, político
y eclesial. Al Gobierno no le convencieron nunca las justificaciones
pastorales de unas acciones que en el régimen vigente eran totalmente
ilegales. Las autoridades civiles castigaron con el consentimiento, en
la mayoría de los casos, de la jerarquía eclesiástica a los curas «en-
trometidos» en cuestiones temporales.
Una cárcel para los curas
El verano del 68 fue decisivo para la evolución sociopolítica del
País Vasco. La espiral acción-represión-acción puesta en práctica por
ETA había dado resultado. El confusionismo llegó al máximo en junio
de 1968 con la muerte del activista Etxebarrieta y del Guardia Civil
Pardines, sorprendiendo a todos fuera de juego. Los gobernadores civiles
se convencieron, una vez más, de la importancia de parte del clero
12 Nota del Gobierno Civil de Vizcaya, 1965, AHGCV, 1965, Clero.
1:\Informe de la 1)e!egación Nacional Sindical de Vizcaya, titulado "Ambiente sin-
dical en la provincia y actividades de grupos de oposición sindica!», Aíio 1968, Archivo
AISS.
IKLesio ¡'OSCO, 11110 IKLesi(/ de I'el/cedo(es r I'elleidos <)<)
corno factor legitimador del separatismo vas<·o. Sus informes a la Direc-
cilÍn de Política Interior recalcaron el escollo del Concordato para cortar
radicalmente t~stas actividades. Subrayaron la necesidad de tratar a
los curas como a cualquier otro ciudadano con impli<~acionesseparatistas,
para atajar una situacilÍn que amenazaba con escapárseles de las manos.
La preo<'upacilÍn del Cobierno franquista queda manifiesta en los
intentos de dictar unas normas para la detencilÍn, arresto y prisi<ín
de los sacerdotes, cuando con su actuación o conducta infrinjan las
leyes de la convivencia civil del país. El Fiscal y el Presidente del
Trihunal Supremo dictaron sendas circulares en marzo y julio de l <)ü8.
En los dos meses siguientes la DireccilÍn General de Política Interior
aclarlÍ tamhién los puntos más confusos del Concordato a fin de guiar
las actuaciones policiales. La interpretacilÍn del artículo XVI a favor
del Estado permitía a la policía detener preventivamente a los inculpados
en asuntos criminales sin autorizacilÍn episcopal. Por otra parte, según
estos informes, la inviolahilidad de los lugares sagrados no debía implicar
una impunidad para todos los delitos acogidos al amparo eclesiástico,
al estar atenuada en aquellos casos de «urgente necesidad» en los que
podía intervenir la policía. Se dejaba a la prudente discrecilÍn de las
propias autoridades gubernativas y policiales la determinacilÍn de las
circunstancias de urgente necesidad. El registro de la casa cural de
urkizu buscando una multicopista y propaganda subversiva, en noviem-
bre de 1<)67, inauguró una larga serie de registros de dependencias
eclesiásticas con autorización policial, pero sin permiso del Ordinario.
Por otra parte, el Concordato seí1alaba la necesidad de que los
sacerdotes cumplieran las penas en una casa religiosa o en un lugar
en el que se tuviera en cuenta el estado eclesiástico de los detenidos.
Alberto Gabikagogeaskoa inaugurlÍ, con el consentimiento de Monseí1or
Gúrpide, la cárcel concordataria de Zamora. Un acuerdo entre la Iglesia
y el Estado posibilitó la habilitación de parte de las dependencias
de la prisilÍn zamorana para acoger exclusivamente a los curas con-
flictivos. El Estado consideraba que la Iglesia carecía de penas y lugares
adecuados para que los sacerdotes pagaran por los delitos políticos
o atentatorios contra el orden público. Por eso evitlÍ el cumplimiento
de las penas por esas faltas en lugares eclesiásticos y prefirió habilitar
un lugar para los curas, separándolos a la vez de los otros presos y
de otros curas o religiosos. Con ese aislamiento se evitaba el riesgo,
si no de contagios, sí de conflictos internos en las casas religiosas.
Además, desde 1968 los Obispos de las diócesis vascas veían cómo
lOO ,1I1U/Wl/U nurm:;1i ,11'11/1111'/1':;
cada vez tropezahan con más dificultades para hallar un lugar religioso
«adecuado» para acogt'ra los «('uras políticos». Am~n del consentilniento
dd SUIH-'rior hahía que lt'ner en cuenta la ideología de los residentes.
Las no sospechosas para los Ohispos ponían imlH-'dinwntos para re('ihir
en sus casas a sacerdott,s SUlllwslanlCnte implicados en actividades
políticas anti-r~gimen y las que no ponían IH-'gas no eran convenienlt's
por su afinidad a la idcología de los encausados.
A la altura de I ()ú8 Iglesia y Estado vislulnhraron la cárcel dt'
Zamora como una sohICiún aceptahle para amllLls parles. Pero, a la
larga ni el Estado ni la Iglesia se hencficiaron con el ohstinado man-
lt'nimiento de t~sta prisiún que tenninú desprestigiando a sus creadores.
Desde aqud traumático vcrano dc I <Jú8 la ('árcel con('ordalaria acogi(í
en odIO aüos a un ('enlt'nar de clérigos, en su mayoría vizcaínos y
guipuzcoanos. Esta cárccl fuc la mayor paradoja del supracatúl ico r(gi-
nJen franquista y de la Iglesia que, a la altura de I ()ú8, realiz() semejanlt'
cOllCesiún. El intento de cumplir al pie de la letra el texto del Concordato
en cuanto a los privilegios de los sacerdolt's de ser tratados ('on el
«respeto debido a su estado eclesiástico» tenninú actuando con 1111
efecto hoomerang sohre amhas potestad(~s. Insistentemente, la protesta
de sacerdotes del País Vasco, principales clientes del local zamorano,
puso el dedo en la llaga de la conlradicciún que para el régimen suponía
('ompetir con los países comunistas por d primer puesto de curas encar-
celados. POI' olra parte, las quejas clericales ahondaron la herida ecle-
siástica del contrasentido que continuar permitiendo la existencia de
una prisiún cOlH'ordataria implicaha para una Iglesia con anhelos de
recuperar su lihertad e independencia del Estado espafíol.
Los sacerdotes vascos, presos en Zamora, hahían renunciado a ser
heneficiarios de los privilegios de una prisiún sacerdotal. Acatahan la
cárcel, pero de la misma manera que hahían optado por luchar por
el puchlo vasco deseahan cOJllpartir el castigo sin ventaja alguna. Perió-
dicamente solicitaron a sus Ohispos la supresión de esta penitenciaría,
máximo exponente de la connivencia y el maridaje entre Iglesia y Estado,
Eslt' último insistía en una interpretaciún literal del párrafo del ar-
tÍ<'ulo 1Ú referenlt' al lugar de cumplimiento de pcnas al igual que
la Iglesia ahogaha por lo mismo a la hora de denegar el consentimiento
episcopal.
'!-(les¡(J !'(J.'l('(J. lUIU IgLesia de !'('I/n,dore:.:, y ['('/leidos I () I
La Iglesia espallOla inknlaha poner lieITa de por Ilwdio en una
relacitín en la <¡ue el Estado espar-lOl se hahía moslrado ex('esivanwnte
pos,'sivo y celoso de sus privilq.>;ios. Para un (;ohie1"ll0 <¡ue no <¡uería
ni crda ('onveniente ('a1H'c1ar un ('omprOlniso hasta ahora helwficioso
para amhas partes, rt'sultaha ilH'ompn'nsihle lo <¡ue no dejaha de con-
siderar una «lraici6n» por parte de la instituci6n e('lesiástica, Los inten-
tos jerár<¡ui('os de emprender un camino más a('onle con las circuns-
tarH'ias postcOlH'iliares St' tradujeron, principalmente, en una falta de
colahoraci6n para castigar a los sacerdoks díscolos, lo cual era muy
preocupank en Vizcaya y Cuipúzcoa.
La paciencia gulwl'IHIIIH'IItal se fue agotando con la progresiva indi-
f('f'(,tH'ia ,'c!esiástica ank las peticiones estatales de ('olal)()nll'i6n para
('astigar a los curas <¡ue tantos <¡uehraderos de caheza ocasionahan
al rran<¡uismo de finales d,~ los (¡o. Hasta ahora el Gohiel'llo hahía
desprestigiado las adividades incluso pastorales d,' un sedor dd clero
para justificar cara a la galería interior y exterior las sarH'iones a los
('U ras. Ante los sacndotes hahía transferido la culpahilidad dd castigo
hacia d Ordinario <¡u,' ('onsentía las multas y/o los juicios a clérigos.
Si, ('omo hasta ese mOIlH'nto, la jerar<¡uía hu hiera impuesto salH'iones
o al menos no impidiera d castigo civil de sus indisciplinados sacerdoles,
PI Cohiel'llo 110 tendría <¡IIe ('ompronwkr su cat6!i('a imagen en una
lahor punitiva <¡ue amenazaha con volverse contra el propio Estado.
"Pare('e int'lwstionah'" que la as¡wreza de la aeci{m ('ivil eontra ('I{-ri¡!;os
podria evitars,' lotalmenle si la jeran¡uia estinlase oportullo y ('Ollveniellle e]
,-j,'rei('io de ulla jurisdie('i{JIl ('IJ la que la paternal firmeza pasloral sirviese
para reslah]('('er la j usti('ia de] orden social, sin que dicllOsatlwnle lIe¡!;ara
a ser 1H'('esarja la indeeJilJahJe a('('iúll del Estado, que vielle exigida por el
ordelJ púhJieo y la "'¡!;itinla paz de los ciudadanos, deseosos de vivir prot('¡!;idos
('olllrH Ja inju.:-ila ('O'H,(·jtUl dl' qujenes part~l"f"n, ("On su vOC"WitHl~ lhullados a
más alta y nohl,' ,ll'lividwlque la destructora suhversiúlJ politica» 11.
Pero, a la altura de 19Ú9, la instituci(m eclesiástica, fiel a su ohjetivo
de independizarse del Estado, hahía optado por dejar ya de cargar
con la peor parte en las sanciones a sacenlotes. Por ello, desoy6 la
II Nota "'riJa!. Mini,lcrio dt, J",ti('ia. L<'gajo 10.0') l. i>i,. jnlio·ag""!o I ')6lJ.
102 ;lna/wL!a Barroso /Ira/LIle/es
sugewllcia gubemarm'ntal y avanzó en la línea de poner obstáculos
a los procesos civiles de los sacerdotes. Además, la Iglesia empezó
a recomendar pública y privadamente las reformas de las instituciones
políticas franquistas. La insistencia gubernamental no convenció a la
Iglesia. Cuando arreciaron las actuaciones «subversivas» de parte del
clero, la acción judicial chocó con el muro episcopal que dt~sautorizó
los procesos a sacerdotes. Aunque únicamente en el caso del Vicario
de Pastoral de Bilbao, el régimen proclamara a los cuatro vientos la
negativa episcopal; de 1968 a 1971 un total de 75 denegaciones afectaron
a 164 sacerdotes incardinados en 21 diócesis. Más de la mitad se
referían a sacerdotes del País Vasco, correspondiendo una tercera parte
a clérigos de la sede bilbaína y poco más del 10 por ] 00 a la de
San Sebastián l.,.
La casi totalidad de los actos imputados a eclesiásticos cuyo proceso
había sido impedido por sus Ordinarios eran, en la Espaiía franquista,
constitutivos de delitos de carácter político, concretamente contra el
orden público. Desde muy pronto el Gobierno elevó su protesta por
esa interpretaci(ín del artículo X Vl especialmente peljudicial para el
régimen de Franco, cuya política represiva tuvo que sortear el escollo
concordatario. Esto se convirtió en la principal preocupación del Gobier-
no franquista obsesionado por castigar las actividades «extrapastorales»
de los curas y para ello puso a punto todos sus recursos legales para
contrarrestar el efecto de estas denegaciones, considerando que las cau-
sas instruidas por trihunales militares, así como los estados de excepción
o de guerra justificaban por sí mismos los arrestos y procesamientos
de sa<~erdotes Ii>. Al Gobierno no le quedaba más remedio que permitir
la impunidad de esos «perniciosos» actos o bien tomar las riendas,
bajo su responsabilidad, de la acción punitiva a los curas protagonistas
de conflictos. Optó por lo segundo rayando el límite de lo permitido
en el Concordato, cuya propia indefinición, de nuevo, terminó per-
judicando al Gohierno.
Las razones episcopales para no consentir el proceso civil de sacer-
dotes fueron diversas. Junto a las graves razones pastorales y a la falta
de trascendencia de las faltas denunciadas, menudeó la reivindicación
de la potestad episcopal para un juicio exclusivo o al menos previo
de los supuestos delitos cometidos en lugar sagrado o con ocasión de
Anejo in/imne dellt'gaciOllf's. 19úR-\97\. Ministcrio de Justicia, Legajo \O.()()2.
le¡
Nota de la Dirección dt> Asuntos Eclesiásticos de 2 de mayo de 19ú9, Ministerio
11)
de Justicia, Legajo \ 0.()92.
Iglesia vasca, una Iglesia de vencedores y vencidos
acto de culto. Algunas veces señalaron que los hechos imputados eran
un mero ejercicio de los derechos fundamentales de la persona al dietado
de la doetrina social de la Iglesia. De poco sirvieron las protestas guber-
namentales por la imprecisión de los Obispos; en ese punto la Iglesia
no cedió ni un ápice e hizo constar siempre que el Concordato no
exigía la exposición de las causas. En medio de esta batalla legal por
interpretar cada uno a su manera el artículo del Concordato en la que
se enfrascaron ambas potestades durante estos años, la mayoría de los
casos de denegación fue sobreseída y archivada. A pesar del privilegio
del fuero, los Obispos españoles consintieron, entre 1968 y 1971, los
procesos a 50 sacerdotes por 53 delitos. En 1968 la mayoría de procesos
correspondió a sacerdotes vascos, mientras que a partir de 1969, la
proporción de éstos descendió de forma considerable, porque, como
hemos señalado, aumentó el número de denegaciones de procesos a
curas de las diócesis vascas.
En 1970, la celebración del Juicio de Burgos en el que estaban
encartados dos sacerdotes (un vizcaíno y un guipuzcoano) recrudeció
las tensiones en la sociedad y en la Iglesia del País Vasco. El anuncio
de las penas de muerte conmocionó a muchas conciencias españolas
y extranjeras al descubrir sin tapujos la dureza represiva del régimen.
Como un reguero de pólvora se fueron sucediendo las muestras de
solidaridad con los encausados, mientras aumentaba la reacción inter-
nacional de protesta. Al poner en entredicho el sistema judicial del
régimen, sobre todo las jurisdicciones especiales, la dureza represiva
del régimen estuvo en el candelero internacional como si fuera la primera
vez que la política franquista utilizara esos procedimientos.
En Vizcaya y Guipúzcoa la protesta ante el consejo de guerra fue
general. A los encierros en las iglesias se unieron las colectas, los
comentarios en homilías y las reuniones sacerdotales para publicar docu-
mentos contrarios al juicio. Las autoridades civiles intensificaron su
vigilancia sobre el clero vasco y no dudaron en ver en todas las homilías
y reuniones del clero radical las causas del caldo de cultivo favorable
para generar los conflictos laborales y las manifestaciones que acom-
pañaron a la celebración del Juicio de Burgos. La prensa española
puso en el banquillo a los Obispos de Bilbao y San Sebastián, insistiendo
hasta la saciedad en la acusación a los Prelados vascos de fomentar
y justificar el terrorismo. La prensa y el Gobierno prefirieron criticar
a los Obispos vascos y a todos los que, al cuestionar el sistema judicial,
se habían colocado en contra del régimen y alIado de los «separatistas»
104 Arwbella Barroso Ara/wetes
y «terroristas». No convenía que nadie olvidara que, en la España de
1970, no estar alIado de Franco era estar contra él.
Multas~ arrestos~ cárcel y un Obispo casi desterrado
Vizcaya iniciaba de la mano de Añoveros una nueva etapa, a la
vez que Guipúzcoa lo hará unos meses después con el nombramiento
de un Obispo Auxiliar, José María Setién. Ambos serán los encargados
de apostar por una separación de las autoridades civiles, en plena con-
sonancia con una Iglesia que daramente había optado por la inde-
pendencia respecto al Estado. En el País Vasco, el contrapeso a esa
separación vendrá de la mano de Monseñor Peralta, cuya gestión al
fft~nte de la diócesis alavesa continuará en su línea de apoyo al régimen
franquista, mientras verá crecer la contestación interna reclamando la
dimisión de un anticuado Obispo en una diócesis en plena ebullición.
El nuevo talante impreso por los Prelados de Guipúzcoa y Vizcaya
a las relaciones Obispado-autoridades civiles tropezaba con la incom-
prensión y la oposición de los grupos extremos. De la misma forma
la prohibición de la asistencia de las autoridades al templo en cuerpo
de (~orporación incomodaba al poder civil por la desautorización práctica
y la pérdida de legitimidad que cara a los fieles suponía. La actitud
y las palabras de los Ohispos de Guipúzcoa y Vizcaya irritaban enor-
memente a las autoridades locales y provinciales tanto civiles como
militares, que no comprendían las referencias episcopales a la inde-
pendencia política y económica de la Iglesia cuando ésta percibía «emo-
lumentos y subvenciones del Estado».
Los gobernadores civiles, cada vez más inquietos por los reproches
episcopales, se lamentaron del doble rasero empleado por los Obispos
de San Sebastián y sobre todo de Bilbao para censurar severamente
la actuación gubernamental, mientras no utilizaban la misma contun-
dencia para criticar a los grupos de oposición al régimen. Las alusiones
de las pastorales a la prolongada situación de sacerdotes y seglares
en prisión o exilio molestaba especialmente a un poder civil que toleraba
a duras penas esas «inoportunas» intromisiones jerárquicas en los asun-
tos temporales. Los recelos y desconfianza hacia las actuaciones «par-
tidistas» de Añoveros y de Setién fueron transmitidas por los informes
de los gohernadores civiles a las más altas instancias políticas. Desde
1972 estas referen(~ias crearon el caldo de culti vo apto para que ger-
igLesia vasca, una igLesia de vencedores .Y vencidos lOS
minaran las sospechas de «tintes de separatismo» en los dirigentes
diocesanos, que, en Vizcaya, aflorarán y terminarán convirtiendo en
1974 la predicación de una homilía sobre el aspecto cultural del pro-
blema vasco en el mayor conflicto de las relaciones Iglesia-Estado.
Pero las pastorales y la oposición episcopal a la presencia de auto-
ridades en los templos eran únicamente la punta del iceberg. La inquie-
tud gubernamental provenía de una auténtica falta de colaboración de
los Obispos vascos a la hora de permitir los procesos civiles a sacerdotes.
La negativa episcopal de los procesamientos molestaba en gran medida
al Gobierno, sobre todo porque la mayoría se referían a sa(~erdoles
implicados en cuestiones soeiopolíticas atentatorias contra el orden
público y, a veces, contra la «unidad nacional». El Gobierno se sintió
atacado por este obstáculo episcopal y, para esqui varIo, puso a punto
todas sus armas legales a la vez que aumentó la represión sobre las
intromisiones sacerdotales en asuntos temporales.
Desde 1972, de forma paralela a las gestiones para suprimir la
cárcel de Zamora, los Obispos vascos no sólo denegaron los permisos
para juzgar a sacerdotes, sino que, a veces, también plantearon problemas
para delimitar las atribuciones eclesiásticas y civiles a la hora de deter-
minar dónde iban a cumplir las penas. La disparidad de criterios inter-
pretati vos del artículo 16 dificulta los juicios de varios sacerdotes viz-
caínos y guipuzcoanos. A juzgar por la lista de sacerdotes detenidos
y multados, el Gobierno aguzó su ingenio para esquivar el requisito
del consentimiento episcopal a la hora de proceder contra clérigos.
Las multas impuestas directamente desde la Dirección General de Segu-
ridad, los arrestos preventivos o los juicios en tribunales militares fueron
los principales recursos utilizados por el Gobierno, que, empeñado en
una política represiva a ultranza, no admitía la impunidad civil de
algunos delitos cometidos por sacerdotes. Un sistema político a la defen-
siva como era el franquismo de 1972, aceptaba cada vez peor que
los sacerdotes desautorizaran dominicalmente al régimen, sin que, salvo
excepciones, los responsables recibieran las penas canónicas pertinen-
tes. Por ello intensificó las sanciones gubernativas ante lo que todavía
seguía considerando un problema de orden público.
Los cuatro últimos años de vida del franquismo fueron testigos de
un amplio repertorio de sanciones económicas a sacerdotes. Desde los
gobiernos civiles y la Dirección General de Seguridad se impusieron
108 multas (una media de siete al mes) por sermones «subversivos»,
siendo 4:1 los sacerdotes detenidos por impago de las mismas. Los
106 Anabella Barroso Arahuetes
clérigos vizcaínos se situaron en el primer lugar en el nomenclátor
de curas sancionados con un total de 9 multas en 1972, .34 en 197.3
y 9 en 1974 (de estas últimas, cuatro son impuestas directamente por
la Dirección General de Seguridad). Por no hacer efectivas las multas,
cuya cuantía se hallaba entre 10.000 y 375.000 pesetas, la mayoría
de los sancionados cumplió arresto sustitutorio en casas religiosas, si
bien cuatro fueron llevados a Basauri y .3 de los multados directamente
por la Dirección General de Seguridad fueron trasladados sin comu-
nicación oficial al Obispo de la diócesis ni sobre la multa ni sobre
el cumplimiento de la pena 17.
A remolque de los acontecimientos, los sermones iban denunciando
la política represiva del régimen o el silencio jerárquico delator de
la connivencia de la Iglesia. El problema vasco había salido a la palestra
con los sacerdotes radicales desde 1960. Hacía mucho tiempo que
muchos sacerdotes reclamaban a la jerarquía el abordaje de este asunto.
Monseñor Añoveros pidió a una comisión la redacción de un ciclo cate-
quético acerca del problema vasco, para facilitar a los sacerdotes material
y, sobre todo, una pauta de comportamiento a la hora de tratarlo en
su acción pastoral. Además, como el objetivo era dar a conocer a los
fieles la postura jerárquica, decidieron en el Obispado que una versión
resumida de las catequesis se predicaran en el lugar de las homilías.
Volvieron a estudiarse las mismas propuestas que se habían hecho
a Monseñor Cirarda sobre cómo abordar estos asuntos candentes de
la sociedad y de la Iglesia en Vizcaya.
Cuatro días antes de su lectura, la tercera catequesis fue conocida
por el Gobernador Civil, que inmediatamente envió al Director de Política
Interior un télex con el texto completo y con la carta del Vicario reco-
mendando su lectura literal. También en la Dirección General de Segu-
ridad recibieron información de la Jefatura Superior de Policía de Vizcaya
sobre la difusión de la homilía y las diversas reacciones que había
provocado entre los sacerdotes. En este ambiente de sospechas en medios
policiales y entre las autoridades civiles se leyó la homilía el día 24
de febrero de 1974. La lectura de la homilía se produjo en un ambiente
de abierta desconfianza hacia Monseñor Añoveros y, sobre todo, hacia
el Vicario de Pastoral, Ubieta, por la carta de presentación del ciclo
catequético. Molestaba a las autoridades provinciales más el hecho de
17 Dalos que constan en MAI{Or>-. C.: EI'angeit:o, Iglesia :Y Pueblo IJasco. Análisis
teológico de las aCÚIJidades :Y comportamientos político-sociales de la Iglesia en Rizkaia
(1968-1978), Tesina inédita, Lniversidad de Deusto, 1980.
IK/esia !'as('a. 11//(/ lx/púa de I'Pl/cpdores y I'pl/.cidos 107
haher osado ahordar el prohlema vasco que el verdadero tratamiento
del mismo. Fue eso precisamente lo que valoró la mayoría del clero
diocesano, más o menos descontento con el planteamiento descafeinado,
pero satisfecho por el avance implíci to que conllevaha el haherlo sacado
a la luz. Yeso era tamhién lo que asustó al Gohierno. En esta ocasión
110 eran los sacerdotes radicalt~s los que ponían el dedo ell la llaga,
sino que hahía sido un Ohispo con una autoridad innegahle en su
diócesis el que planteaha un asunto hasta entonces tahú en las exhor-
taciones episcopales de las diócesis vascas.
No huho incidentes en la provincia vizcaína tras la lectura de la
homilía. Sin emhargo, desde entonces los acontecimientos se sucedieron
con rapidt~z. En principio, la reacción guhernamental pudo parecer des-
medida, pero, conocida la trayectoria anterior, no fue en ahsoluto sor-
prendente. Hasta ese momento todas las predicaciones testimoniales
atentatorias contra la unidad nacional hahían sido castigadas con duras
sanciones económicas o en su defecto con arrestos sustitutorios. En
esa línea el Gohierno respondió a la medida de la categoría del autor
de la homilía; al ser un Ohispo era más difícil la lahor punitiva, pero
encontró la solución en el arresto domiciliario de Monseíior Aíioveros
y de su Vicario de Pastoral. Pocos días después incluso les ordenó
a amhos el ahandono de la diócesis, pero Monseíior Aíioveros resistió
diciendo que no saldría hasta recihir una orden del Papa, planteando
la posihilidad de una excomuniiín a quien utilizara la fuerza contra
un Ohispo. Los periiídicos de la prensa oficial, entre ellos ABe' y YA,
('/'iticaron incisivamente el error gravísimo del Gohierno.
Con lo que no contaha el Gohierno, cuyas relaciones con la Iglesia
atravesahan un momento de distensión, era con el apoyo solidario del
Vaticano y de la mayoría de la jerarquía espaíiola al Ohispo recluido
y casi desterrado. Sin emhargo, no hay que olvidar que el movimiento
de solidaridad general respondía a la necesidad de secundar a la figura
de Aíioveros y a la figura del Ohispo que tiene que ser lihre e inde-
pendiente del poder en su diócesis. No se prodw'e una adhesión incon-
dicional con el hecho concreto expuesto en la predicación. A partir
de aquí la homilía que hahía intentado dar salida a un prohlema intra-
di(wesano se hahía desviado hacia otros derroteros, convirtiéndose en
la tensión más grave de las relaciones Iglesia-Estado de todo el fran-
quismo. La potencial confl ictividad del contenido de la predicación
de Aí'íoveros fue utilizada corno arma arrojadiza capaz de provocar una
ruptura del Concordato, 10 cual ohligó a Franco y a su Gohierno a
IOH 111([/11'//([ !J([rru:.¡¡¡ /1ra/lII('/es
rdro(,t'der y a (J('t'ptar la urgt'n('ia dt, un tlllt'VO rt'planlt'amit'nto de
las rela('iont,s Iglesia-I':stado ('onfornw a las «orit'nta('iont's de ('olaho-
ra('ión y mutua indt'pt'nden('ia».
La homilía fut' un ('atalizador qut' hizo aflorar a la superfi('it' dio-
('t'salla nlLl<'hos prohlemas soterrados o ('t'ITados ('n falso. El ('aso Aoo-
veros pertnitió afianzar la situa('ión del Ohispo en la di()('t'sis hilhaína.
si hit'n no ('onsigui() superar las divisiont's ¡nlemas de la dió('t'sis.
(,lIya vida se resintió en aoos posteriores al mismo ritlllo que la salud
de su Ollispo. Tras la lt'nsión vivida duranlt' d «Caso Aooveros», las
d i()('esis vaseas. sohn' todo Viz('aya, dt'spiertan ('on la resa('a de haher
estado en ('anddero sin haher dest'ado estar tanto tiempo. En nH'dio
de una galvana dio('eswla, los a('on!c('imientos so('iopolíti('os de un '1110
('s[)('('ialmentt' ('onflictivo golpt'an ('on fuerza las ('on('ien('ias de sa('t'r-
dotes y Ohispos del País Vas('o.
La predi(,a(,ión testimonial en 1975 aumentó al mismo tiempo qut'
los a('onte('imientos. Y de forma paralela d número de multas, diligen('ias
y arrestos sustitutorios. En su recta final, d régimen avanzaha, sin
frenos, ha(,ia una políti(,a represiva ('ada vez de mayor dul't~~za. Caso
omiso hi('ieron de las rt'('omeIHIa('iones y repro('hes que nlLl<"hos sacer-
dotes dd País Vas('o les hi('ieron desde d púlpito. Por el ('ontrario,
inmersos en un cír('ulo vi('ioso de respuesta inmediata anlt' ('ualquier
acto de provo('a('ión «suhversiva», aumentaron, ('omo ya hemos di(,ho,
las homilías multadas. Hahrá que esperar a la muerte de Franco para
hallar un gesto de huena voluntad y, sólo entolH'es, mu('has de las
que estahan pendientes de pago ('on fe(,ha de la mut~rte de Fran('o
fueron ('ondonadas y los que cumplían d arresto pert inelllt' fueron pues-
tos en lihertad.
"Con lIlotivo llorado falle('itllicnto S. E. Jefe Estado por respeto a su tlleltJOria
y COIllO rc('uerdo a su hien pro hado atlJOr a la Iglesia de la quc lan devoto
hijo s(' dcc!aril ullilllo tIIensaje. Parti(,ipo a V.E. que ('n el supu('sto de que
en esa provin('ia hubicrc alglm sa('erdote o rcligioso dclcnido ('utllpliendo arrcsto
suslitutorio pago mulla illlpucsla ('OtilO ('OnSe('lH'lH'ia homilía o ('onferen('ia y
haya sido objeto multa gulH'rtlativa ('on arreglo prc('cptos LOP. dispondrá su
innwdiata puesta en lilH'rlad. Asilllistllo pro('ederá ('ondol1a('iiln IHultas estén
pcndi('nles pago» 1::.
1;: '!'(>It'X d('1 Minislro dt-' Co!wrt1aciún al Colwnlador Civil d(' Viz('aya d(' 21 d('
nmit'llllm' dt' t(n:). AIICCV. Jln:).
Igll'sill ¡'IISU/. 111111 Igll'sill dI' ¡'I'//('('durl's\ 1'I'lIl'idus IO()
Era un gt'sto de IllH'IW voluntad hacia una Iglesia qlW, ('on Taral]('ún
al l'n'nte, legitinwrá el IllWVO ordt'n político que surge indeciso tras
el franquisnlo. La Iglesia, una vt'z más, hahía dado llll espaldarazo
moral a un IllWVO réginlt'n. En t,l País Vasco la Igl('sia, convt'rtida
('n Iwligt'rant(' contra la dictadura franquista, ha pt'rdido efectivos ('it'n
s('('ularizaciollt,s ('('nsadas) y ha quemado lI11wlws dapas ('11 la con-
ci('Ill'iaciún dt' mlH'hos st'ctort's dt, la pohlaciún. Pero, llegada la dt'1I10-
nacia y los partidos políticos, la flllll'iún parapolítica dt, mlH'llOS sa('(~r
do\l's ya no tit'llt' razún d(' st'r. Hahía que renovar el ('onlt'nido d('1
('olllprOllliso por el qut' tanto se hahía ahogado ell el frallquismo. La
dav<' «antidictadunl» hahía desaparecido y la p(::nlida d('1 papel social
del sacerdolt' ('n el País Vasco ('n este sentido hw notahlt' y un factor
más que ar-wdir ell la nisis rdigiosa y la divisiún interna qllt' rt'corría
las tres di()('esis vascas.
A llHHlo dt, ('on{'lu~ióll
El n::gimell franquista surgido tras la Cuerra Civil impuso la paz
de los velH'edores y no perdonú ni huscú la reconciliaciún con los
vt'lH'idos. En eslt' último hando, St' situ6 parlt' dd d('ro vasco que
sufri6 la rt'presi()n durante la contienda. A lo largo de los ¡lO afios
de duraci()n dd régimen franquista, las medidas rt'presivas contra ('\
cl('ro vasco fueron evolucionando. D(~ la dureza de los fusi lami('ntos
y los destierros de la guerra, se pasú durante los atlOS ;")0 a las presiones
a la jt'rarquía eclesiástica, siempre elegida a imagen y semejanza dd
propio Franco, para castigar con suspensiones can6nicas y traslados
las intromisiones de los sacerdotes ('n asuntos temporales. A medida
que avanza la década de los üO y d dt~ro va renovando las tádicas
reivindicativas, tamhién evolucionan los métodos represivos de un
Cohi(,rtlO que ya no guarda las formas y deja de eontar con los permisos
episcopales para sancionar, multar, arrestar y encarcdar a los curas.
La larga lista de homilías multadas, el caso AtlOveros y los más d(·
100 curas vascos que desde 1()úB pasaron por la cárcd concordataria
de Zamora así lo dellllwstran. El régimen siempr~ lo entendiú ('01110
un prohlema de orden pllhlico y así lo reprimi6 y trat6 de (~rradicarlo.
La ohsesi6n antis(~paratista del réginwn aunlt'nt6 progresivanwnt(· según
avanz6 el franquismo y fue una de las responsahles de la dureza con
que castig() las actividades in(·luso pastorales del clero dt-l País Vasco,
al qlW desde el principio considn6 principal culpahle de la propagaci6n
del nacionalislllo o, según el discurso franquista, separatisnlo vasco.