Los Mártires
Los Mártires
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Fermín Toro / LOS MARTIRES
Colección PRECURSORES Y MODERNOS
LOS MARTIRES
NOVELA
Estudio preliminar de
GUSTAVO LUIS CARRERA
ESCUELA DE LETRAS
FACULTAD DE HUMANIDADES Y EDUCACION
UNIVERSIDAD CENTRAL DE VENEZUELA
CARACAS, 1966
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737
113
1966
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ESTA EDICION
671
ESTA EDICION
ix
de historiadores y críticos de la literatura del continente por
conocer novelas venezolanas del siglo XIX se ve frustrado por
la falta siquiera de simples y llanas ediciones difusoras. Es fá-
cil advertir esta realidad en las historias y antologías de la no-
vela hispanoamericana, donde lo relativo a Venezuela se mues-
tra reducido a las pocas obras conocidas, sin que pueda recla-
mársele a los autores familiaridad con novelas que en el propio
país de origen se desconocen, pues resultan prácticamente
inexistentes. Asimismo en cuanto a la inclusión, sobre todo en
antologías y programas de investigación, de obras representati-
vas de otros países que ya han iniciado la labor divulgadora, y
la total ausencia de siquiera una mención a exponentes vene-
zolanos que no desmerecerían ante aquéllos y hasta pudieran
ser preferidos en algún caso, de conocerse.
X
todo por el significado estimulante que posee en un medio
donde escasea la labor colectiva planificada; pero fundamental-
mente se aspira a enfatizar su naturaleza de primera edición
crítica de este Centro, con todo lo que de esperanza y de com-
promiso implica un primer paso en tierra nueva y sutil.
xi
1842: LOS MARTIRES,
Ubicación y precisiones
XV
bicados entre el 16 de marzo y el 4 de mayo de 1878. En for-
ma fragmentaria ya había vuelto con anterioridad a la luz pú-
blica: La Voz del Patriotismo insertó algunos capítulos en los
años de 1851 y 1852 ( como señala Virgilio Tosta en la revista
universitaria que se cita poco más adelante) .
xvi
viuda de Corinto y La sibila de los Andes como novelas. (Allí
mismo, por cierto, Frydensberg incluye Los mártires con el cu-
rioso calificativo de romance) .
Antecedentes
xvii
rio de las catacumbas, ambos con el seudónimo de Emiro Kas-
tos. De otra parte se ha difundido su labor inicial de costum-
brista: en junio de 1839 inserta en el Correo de Caracas dos
artículos de costumbres bajo el título general de Costumbres
de Barullópolis. (Tanto en estos cuadros costumbristas -cuyo
título ya señala una posición de censura ante la vida de la ca-
pital- como en El solitario de las catacumbas, Toro pone de
relieve su natural preocupación ante los problemas sociales
que advertía y trataba de profundizar ) .
El Fermín Toro que parte para Londres, ya de treinta y
dos años de edad, lleva no sólo un rico bagaje cultural sino
una actitud crítica progresista ante los fenómenos sociales y
políticos. Es la misma postura de inconforme que le condujo a
emprender dicho viaje. En efecto : en la Caracas pueblerina de
1839, que comienza a recibir los nuevos aires románticos y a
padecer la segunda presidencia del general José Antonio Páez,
la relativa independencia de criterio y las valientes censuras
al gobierno de los jóvenes redactores del Correo de Caracas
resultaron alarmantes . Toro lleva su gesto de protesta al ex-
tremo de renunciar al cargo que desempeñaba en la Secretaría
de Hacienda. Mientras tanto, los reparos siguen apareciendo
semanalmente en el molesto periódico. Y es, entonces, decisión
oficial buscar una solución ofreciendo a Fermín Toro lo que
8
puede catalogarse, como dice Tosta, de un " exilio dorado” . El
supuesto beneficiado por la gracia gubernamental, se niega a
someterse a la salida cobarde ; pero, finalmente, por consejo
de amigos y sobre todo con la esperanza de ampliar sus cono-
cimientos científicos en la gran ciudad, acepta, con la adver-
tencia de que sólo permanecerá fuera de su tierra un año. Por
circunstancias materiales como duración de viajes y proceso
de cambio de nombramientos- la estadía, como se ha dicho,
se va a prolongar a casi dos años, y de hecho es el propio Toro
quien renuncia al cargo diplomático y activa su regreso a Ca-
racas. Así surgió y finalizó ese viaje a Londres, que efectiva-
mente fue aprovechado por el joven pensador para enriquecer
xviii
sus conocimientos científicos y sus estudios de los fenómenos
sociales, ahora a través de novedosas concepciones afianzadas en
el afán del mejoramiento del nivel de vida de las masas popu-
lares. Viaje a Londres, que, como se ha señalado, tuvo impor-
tancia esencial, generadora propiamente, en la creación de
Los mártires.
Reflejo de la crítica
xix
pañía de La viuda de Corinto y la " parte conocida" de La sibi-
la de los Andes. Para Mariano Picón-Salas, Los mártires resul-
ta del ocio de las graves tareas políticas de Toro, y sus defec-
tos se manifiestan en que contiene " demasiada intriga artifi-
ciosa y demasiadas lágrimas", características aplicables a su otra
"novelita" La viuda de Corinto . Para completar su información
Picón-Salas cita La sibila de los Andes como "otra novela que
quedó inconclusa". (Conviene observar aquí que ese pretendi-
do carácter ínfimo de Los mártires en el conjunto de la obra
de Fermín Toro y en el propio plano de su aprecio como autor,
no parece nada evidente, sobre todo si se toma en cuenta la
profunda correspondencia ideológica existente entre el pensa-
dor y el novelista, como ha de verse más adelante. Ese supuesto
producto del ocio contiene, sencillamente, ideas capitales en el
pensamiento de Toro. Por otra parte, ya resulta innecesario in-
sistir en que es una absoluta falsedad hablar de " otras novelas"
o " novelitas" ) . Arturo Uslar-Pietri apunta, de pasada, posibles
influencias del romanticismo europeo en las "desvaídas nove-
litas oratorias y compungidas" de Toro, sin nombrar siquiera
a Los mártires e incurriendo en el plural. De su parte, Pedro
Díaz Seijas alude a los " intentos de novelas" de Fermín Toro,
para después referirse a Los mártires en estos términos : "tra-
ma por demás estudiada por Toro para abogar en pro de la
caridad, no logra ni siquiera la consistencia de los personajes
centrales: Eduardo y Emma" . Luego pasa a referirse, en breves
líneas, a los desajustes y puerilidades de La viuda de Corinto.
(A pesar de todo, es indudable que ya es un triunfo haber en-
contrado una leve mención -superficial, sin duda— de uno
de los sentidos de la novela de Toro y de dos de sus perso-
najes ) . Años después, y en obra aparte, el mismo Díaz Seijas
apunta, con apresuramiento, que Toro " también cultiva la no-
vela" y que " bajo la influencia de la literatura folletinesca del
romanticismo francés, escribe Los mártires, La viuda de Corinto,
La sibila de los Andes" . (A la ligereza se une la enumeración
errónea ) . En cuanto a José Ramón Barrios Mora, el caso tam-
XX
poco parece inquietarle grandemente, y lo resuelve repitiendo
-como los anteriores que Toro " escribió tres novelas cor-
tas: La viuda de Corinto, Los mártires y La sibila de los Andes"
y remata con una supuesta caracterización categórica : " todas
de sabor romántico, inspiradas las dos primeras en la lectura
de Chateaubriand y demás representantes del romanticismo en
Francia". ( Es decir, que ya todo está precisado : Los mártires
se deriva de lecturas de Chateaubriand , y punto. Algo así como
una verdad establecida que no hace falta demostrar . Pero,
¿dónde están, en realidad, esas muestras de inspiración en Cha-
teaubriand precisamente ? Afirmación peregrina, que lleva de
nuevo al problema de la molesta responsabilidad y el necesa-
rio análisis. Sin embargo, alguna duda hizo pensar en la con-
veniencia de ampliar el campo de las posibilidades con la in-
clusión de los " demás representantes" del romanticismo fran-
cés. Feliz precisión, que conduce a tomar, al pie de la letra, en
consideración a los múltiples representantes -¿centenares ?—,
grandes y pequeños, de las más diversas épocas y tendencias,
del movimiento romántico francés. En fin, lo mismo : la se-
riedad crítica negada una vez más ) . Para Angel Mancera Ga-
lletti la ocasión es buena para insistir en el erróneo lugar co-
mún de las tres novelas, especificando : " su primera novela La
viuda de Corinto" y " su segunda obra narrativa intitulada La
sibila de los Andes"; todo ello en medio de vagas considera-
ciones artificiosas y supuestos intentos analíticos . Respecto a
Los mártires, se asienta " que la crítica ha comprobado la in-
fluencia de la obra del mismo nombre de Chateaubriand". Y en
lo tocante al tema, y a la tesis misma de la novela, esta curiosa
caracterización : "se expone la tesis de la incomprensión y se
dibuja al hombre y al funcionario respetuoso de la opinión y
de la moral públicas, que obtiene sólo como reconocimiento a
sus servicios la desventura y la pobreza de su familia ”. (Un
hecho peculiar en las informaciones equivocadas de Mancera
Galletti es que cita fragmentos de La viuda de Corinto y La si-
bila de los Andes, de donde se supone que ha leído íntegra-
xxi
mente los relatos, y aún así insiste en el error. Por otra parte,
conviene aclarar que de ningún modo, como se afirma, La si-
bila de los Andes podría ser la " segunda obra narrativa" de
Toro, en todo caso ese lugar correspondería a El solitario de
las catacumbas, y en su defecto a la propia novela Los márti-
res, en atención a la cronología. Tocante a lo que se señala de
Los mártires, hay que volver a la pregunta hecha respecto al
anterior historiador de la literatura venezolana : ¿dónde están
esas evidentes huellas de la epopeya en prosa de Chateau-
briand y qué crítica las ha comprobado ? Por último, para todo
aquel que ha leído Los mártires resulta ingenuo, a la par de
falso, reducir las variadas proyecciones del planteamiento so-
cial que encierra la novela a tan desmirriada como vaga tesis) .
La ya tradicional incorrección relativa a " las novelas" de Fer-
mín Toro es también difundida, recientemente, por Juan Lisca-
no, quien destaca en el notable pensador " el mérito de haber
escrito las primeras novelas en Venezuela". Incluye las consa-
bidas La viuda de Corinto y La sibila de los Andes, y con re-
lación a Los mártires calca " que aboga por la suerte de los
desheredados en una sociedad tan inhumana como la londinen-
se de esa época". Y luego añade brevísimas apreciaciones sobre
determinados aspectos de " estas obras" . (Un último ejemplo,
fresco, de la lozana conservación del error pluralizante . Y por
otro lado la repetición de juicios de Gonzalo Picón-Febres® ) .
Hasta aquí los exponentes de la crítica más connotada del
lado de las ambigüedades e incorrecciones del caso. ¿Excepcio-
nes? Sí las hay. La honrosa del crítico Gonzalo Picón-Febres,
quien dentro de sus apasionamientos tendía a buscar una verdad
basada en la seriedad de los juicios de primera mano, y quien
no incurre sino aparentemente en el tedioso plural novelístico
con respecto a Toro. En efecto, comienza por hablar de " nove-
las", pero de inmediato se refiere solamente como novela a Los
mártires, caracteriza a La viuda de Corinto diciendo que "tan
sólo es un episodio" , y de La sibila de los Andes dice lo único
que honradamente puede decirse si se parte de su publicación
xxii
como " fragmento de una novela" : "no puedo formar de ella
ningún juicio, porque apenas si conozco el único fragmento
publicado, ignorando si el resto de la novela se ha perdido ” . A
propósito de Los mártires, emite interesantes juicios críticos y
reveladores del sentido de la obra.¹0
xxiii
parciales, el estudio de la primera novela publicada en Vene-
zuela por venezolano, y que, como contrapartida, la mayoría de
los críticos e historiadores de las letras nacionales han dado
muestras de escandalosa superficialidad e incalificable descono-
cimiento en lo tocante a Los mártires.¹4
xxiv
Este áspero tratamiento ofrecido a nuestros novelistas ro-
mánticos y en general al conjunto de seguidores del movi-
miento en tierras de América— se desarrolla y se consolida
hasta nuestros días. Los ejemplos podrían ser muchos. Algu-
nos referidos a la totalidad del continente, como en el fallo
global de Jesús Semprum : " El romanticismo americano fue imi-
tación de imitaciones". Otros reducidos al ámbito de lo na-
cional, como en el juicio de Díaz Seijas : " Por pura imitación ,
nuestra novela nace romántica" .17
XXV
sidera que las descripciones de los desastrosos ambientes físicos
y sociales de las clases bajas de Londres, contenidos en la no-
vela, se basan en una experiencia que Toro adquirió “ en el
propio terreno de la acción". Y, complementando la idea, aña-
de que "sus personajes son tomados de la vida real " . Para
después pasar a ofrecer, en nota al pie de página, una infor-
mación reafirmadora de notable interés al respecto:
xxvi
lio Calcaño, obra representativa por antonomasia del exotismo
en el tiempo y en el espacio en la novelística romántica venezo-
lana, y a una pintura de situaciones y circunstancias sociales pal-
padas de cerca por su autor, como la que encierra Los mártires?
Pero, por encima de todo, aun más allá del afán de Toro
por dar sustentaciones de carácter realista a su novela, está la
circunstancia misma de su estadía en Londres, de su contacto
con la realidad de los barrios bajos, con los ambientes y pro-
blemas que capta y trasmite. En esas condiciones no cabe ha-
blar de obra " libresca". Sería incurrir en impropiedad evidente.
xxvii
mántica, y con frecuencia tienden a definir los rasgos román-
ticos más a partir de negaciones elevadas ante el racionalismo
dominante en el siglo XVIII , que de principios determinados de-
cretados como afirmaciones orientadoras. Los mismos escrito-
res y teóricos parciales del romanticismo vivieron y dejaron
asentadas en sus obras dudas rotundas y contradicciones en lo
que atañe a postulados y credos de carácter general. En cam-
bio abundan las concepciones particulares, a veces caprichosas
o sorpresivamente sintéticas, que responden a personalidades
más o menos reflexivas o entregadas al efluvio intuitivo.
xxviii
sumisa― del romanticismo europeo, éste sí fundamentado,
creador : legítimo, en una palabra. A medida que se estudia
con más detenimiento y que la búsqueda investigadora se des-
arrolla con mayor espíritu original —es decir, a buena distancia
de los prejuiciados lugares comunes de críticos e historiadores
anteriores , en este vasto campo del romanticismo en Hispano-
américa, surgen nuevas líneas de indagación y perspectivas
más realistas. Es indudable, por ejemplo, que resulta imposi-
ble imaginar que el extraordinario alcance del romanticismo en
Hispanoamérica respondiese solamente a un superficial afán
de imitación, que fuese un impulso modístico, derivado de afi-
ciones librescas o de manera única de preponderancias cultu-
rales europeas en tierras de América. La sola imitación , el
gusto por repetir lo que hacían con éxito los grandes maestros
de París, Londres o Madrid, hubiera podido tenerse como ra-
zón suficiente si el ardor romántico literario se hubiera limitado
en Hispanoamérica a reducidos grupos de escritores en contac-
to de lectura y admiración con los modelos de mayor actuali-
dad y prestigio . Sería el caso de pequeñas élites -selectas y
decadentes― reducidas y caprichosas . Pero, cuando se sabe que
el romanticismo cundió por todo el continente en florecimiento
de obras y autores múltiples ; que fue un apasionamiento co-
lectivo de pensadores, artistas y público; que fue una suerte de
sensibilidad natural y oficial que dominó el ámbito de la cul-
tura hispanoamericana a lo largo de un período extendido en
el tiempo como ninguna otra escuela o movimiento ; es indis-
pensable pensar en razones mucho más profundas, en identifi-
caciones más esenciales y duraderas. Así se ha hablado de una
peculiar actitud romántica -sensible, intuitiva— común en el
hombre hispanoamericano . Y también se ha destacado , con
mayores alcances objetivos, un fermento romántico ya existen-
te en estas tierras recorridas por el afán libertario en los cam-
pos ideológicos y de batallas, donde el umbral de lo heroico y
soñador se trasponía a diario, donde se fortalecía la conciencia
del valor de los derechos individuales, del espíritu individual,
xxix
donde lo pasional se exalta hasta en el acercamiento afectivo
a una vigorosa naturaleza. Y sobre esa base dispuesta por su
acontecer histórico, Hispanoamérica recibió los postulados ro-
mánticos europeos como una reafirmación, como una estructu-
ra y una expresión para tendencias ya palpables en lo ideoló-
gico, pero sobre todo vividas con plenitud.
Planteamientos semejantes a los anteriores y otros deriva-
dos del propio desarrollo del movimiento en Hispanoamérica
han llevado a diversos críticos a indagar acerca de la posibili-
dad de considerar que existió un romanticismo hispanoameri-
cano, con características peculiares, suficientes como para dar-
le una fisonomía propia dentro del gran conjunto de la escuela
romántica mundial. Un magnífico ejemplo de esta preocupa-
ción y esta búsqueda lo encontramos en un extenso y notable
estudio de Emilio Carilla, rico en consideraciones novedosas,
que se orienta hacia el análisis diversificado de esta idea básica :
XXX
gos definidores del romanticismo, y sobre todo la propia lec-
tura de las obras románticas los confirman como habituales
y característicos . Son algo así como los lugares comunes del
romanticismo. De ellos nos valdremos para los señalamientos
típicos en la novela de Fermín Toro.
xxxi
Pero como en última instancia esta es materia todavía por de-
mostrar de modo exacto, parece más prudente y justificado con-
siderar la presencia en Los mártires de algunos de esos rasgos
tenidos por generales en el romanticismo y no sólo aquellos
supuestamente exclusivos de los maestros citados. Así se pro-
cederá en los siguientes párrafos.
xxxii
de Emma ( I ) ; de las " dos jóvenes perdidas" en la calle festi-
va (I ) ; y sobre todo el muy típico retrato de la dulce niña ro-
mántica, que hace pensar en la pintura de otras exquisitas he-
roínas de novelas románticas hispanoamericanas, tan delicadas
como la María de Isaacs:
xxxiii
alguna distancia parecía beber a largos tragos una copa enve-
nenada" (IV) ; "Me pareció que tenía un abismo a mis pies,
y sentí en mi corazón aquel frío mortal que precede a la caí-
da, muy más desgarrador y rechinante que la aguda hoja de un
puñal" (VI ) ; y un ejemplo muy revelador, que, por otra parte,
da señales de la atracción, también romántica, por lo oriental :
xxxiv
familia Tom ante la noticia de la muerte de Eduardo (V) ; la
partida de Emma para el asilo de Hoo Union House (VI) ; la
visión insoportable de Tom y Teresa, muertos y manchados
de sangre (VI ) ; el dolor y la miseria como el camino hacia la
locura (VI) ; algunos casos donde la fuerza patética se rompe
por la irrupción de términos y conceptos ingenuos, como en el
artículo que comunica la muerte de Eduardo (V) ; y oportuni-
dades en que la violenta desesperación conduce a visiones tétri-
cas y aniquilantes de toda una sociedad :
XXXV
rrencial , como en el reencuentro del viejo Richardson con su
hija Teresa ( II ) , y en el momento de la partida de Emma para
el asilo (VI ) ; en otras oportunidades las espantosas escenas
plañideras , atravesadas de lágrimas y alaridos, que acompañan
la noticia de la muerte de Eduardo ( V) y la ira vociferante de
Teresa al enterarse de los castigos corporales inferidos a Emma
en el asilo (VI) ; y con más frecuencia es la significación
breve y repentina del llanto, a través de simples lugares comu-
nes : " las lágrimas corrían como una fuente desatada por las
mejillas de Teresa" , al recordar ella la dura situación de su
padre ( III ) , Eduardo O'Neill parte para Irlanda en busca de
trabajo, y en su dolor deja brotar "un torrente de lágrimas"
(IV) , compungida por la muerte de Eduardo, la dulce Emma
"se bañó de lágrimas" al ver de nuevo al anciano Carlos (VI ) .
xxxvi
cuentemente acompaña a las almas tiernas, y que las hace com-
poner un mundo de ilusiones y presagios con que compensan
no pocas veces la estéril realidad" (V) ; el hondo padecimien-
to espiritual causa prontos y mortales estragos físicos (VI ) ; el
hombre se debate cada día en una inexorable alternancia de
vida y muerte: " nace amando la vida y al nacer le mece ya la
muerte en sus brazos " (VI ) ; actitud vinculada al platonismo
en la consideración de las ideas como un campo de posibili-
dades limitadas en el hombre, ya que " no es moneda que él
acuña, el tipo está en otra esfera" (VI) .
xxxvii
=
será más excelso (V) ; el llanto y el dolor buscan y encuen-
tran auxilio en la fe religiosa (VI) ; el majestuoso patetismo
del creyente que sufre, crece en la propia índole de su fe: el
pagano tiene recursos de resignación al dar vicios humanos a
sus dioses, "¿pero a quién acusa el fiel ? ¡ Al inmenso poder !
¡A la inmensa bondad ! ..." (VI ) ; en situaciones extremas de
horror y muertes como la que vive el viejo narrador de la
novela pueden insinuársele al creyente la sensación de un
caos espiritual y aun de la ausencia de Dios -tal lo sugiere,
con imponentes rasgos, la cita del texto de Juan Paúl (Jean
Paul) pero siempre resurge el anuncio revelador de la ver-
dad divina como la voz de Teresa, venida desde la muerte,
que devuelve al anciano Carlos su fe en Dios (VI ) ; la Biblia
encierra múltiples enseñanzas y orientaciones de conducta, y a
ella puede acudir siempre con éxito el creyente (numerosas
alusiones a elementos y citas concretas de la Biblia en los di-
versos capítulos de la novela) . Es de agregar, como un signo
de consecuente espíritu religioso en Fermín Toro, que el sui-
cidio de Teresa, señalado sólo de paso en la novela, que hu-
biera sido explicable dentro de su absoluta tragedia y pobreza,
pero impropio en un fiel católico como era la atribulada ma-
dre, encuentra fundamento que no lesiona el principio de or-
todoxa religiosidad en la circunstancia del desequilibrio men-
tal que domina al personaje (VI) .
xxxviii
mente su frecuencia y su relación con la pesadez y el mal gusto,
será una rémora insufrible. En el caso de Los mártires la pre-
sencia del autor se ve reforzada por el hecho de que se trata
de una narración en primera persona : comienza como un rela-
to de uno de los actores de los hechos, que presenta a sus "ami-
gos desgraciados", luego se identifica como un anciano, y des-
pués revela su nombre : Carlos, para terminar con el ar-
tificio de que el autor no ha hecho más que transcribir la his-
toria tal como la oyó del apesadumbrado viejo .
xxxix
con eficacia o por lo menos, sin que la obra se resienta de su
inclusión. Toro acude al procedimiento en doble forma: a ve-
ces del modo más simple e inhábil, como en el anuncio de los
planes de Mac-Donald para atraerse a Emma (IV) y en los pre-
sentimientos de la joven sobre la muerte de su enamorado
Eduardo (V) ; y en otras ocasiones a través de la significación
indirecta y más creadora de atmósfera de relatos interpuestos
a lo largo de la acción y que conllevan sentido de presagios
absolutos con el peso de hechos históricos y tragedias sociales,
como la sangrienta historia de los Mac-Donald ( III ) y la ho-
rrenda muerte del infeliz "buzo americano" Scott ante la mul-
titud desconcertada (V) .
xl
corrupción de la sociedad . A pesar de que, en otro sentido y da-
das las reducidas dimensiones de la novela, estos sucesos inter-
polados no logran fundirse propiamente con la trama principal .
xli
tos expresivos de marcado estilo clásico dentro del más vivo
sabor castizo, como los que caracterizan la inicial descripción
de la festividad callejera por las bodas reales ( I ) y algunos de
los escasos diálogos del prostrado Tom (IV) .
Asimismo es oportuno insistir en ciertos propósitos rea-
listas de la novela -como se han señalado en el punto ante-
rior , que, por otra parte, si bien no son típicos del roman-
ticismo, tampoco resultan antagónicos ni muy excepcionales.
Esta preocupación por lograr impacto realista lleva al autor
a precisar detalles muy concretos de lo que presenta —del mo-
do que ya se ha señalado , y aún a lograr acertados momen-
tos narrativos-descriptivos :
xlii
ciedad inglesa en los comienzos del auge industrial , y en espe-
cial de las miserables condiciones de vida de los trabajadores y
pobladores de las bajas capas sociales. Es también su valor más
notable como característica individualizadora. Es su condición
más original y significativa : no hay en su época otras novelas
hispanoamericanas que presenten cuestiones parecidas, y en
ella se percibe el contacto del autor con las ideas del socialis-
mo utópico, avanzado y renovador en su momento.
xliii
la, junto con Simón Rodríguez, la corriente del socialismo de-
nominado romántico, anterior al comunismo de Carlos Marx.
Sin renunciar plenamente a la escuela liberal, ni afiliarse al so-
cialismo cabal, el ideal político de Toro tiende hacia una demo-
cracia de amplia base social . Sin aceptar ni permitir sus abusos,
Toro veía como algo positivo, dentro del individualismo liberal ,
el desarrollo de la industria y el respeto a las libertades huma-
nas; y aparece como socialista y partidario del Estado interven-
tor porque considera justas y necesarias todas aquellas normas
que, sin coartar el ejercicio de las libertades humanas, contri-
buyen al logro de la justicia colectiva.26
xliv
Un hecho importante que se desprende de las apreciacio-
nes críticas y de las situaciones cronológicas es que Toro vino
al socialismo utópico por la vía directa de los ideólogos y
seguidores teóricos de los principales maestros, y no por la
vía más sensible e intuitiva de los modelos literarios. Hay que
recordar que la incorporación de los elementos de carácter so-
cial a la novela romántica se producirá lentamente, a partir
de las orientaciones de pensadores y filósofos, y en base a los
antecedentes rousseaunianos , éstos sobre todo en la concepción
del hombre, naturalmente bueno, víctima de la sociedad. Las
primeras manifestaciones de la novela romántica social —entre
las cuales podrían citarse El último día de un condenado a
muerte (1829) de Víctor Hugo y Stello ( 1832 ) de Alfred
de Vigny- sólo incluyen reducidos y poco insistentes plan-
teamientos sociales de cierta profundidad . Aún en el más vi-
goroso tratamiento de temas de significación social en las no-
velas de George Sand -en obra anterior a la de Toro : El com-
pañero de la vuelta a Francia ( 1840 ) , y en otras posteriores
como El molinero de Angibault ( 1845 ) —, muy relacionados a
la amistad de la autora con el socialista saintsimoniano Pierre
Leroux, se trata en especial de la presentación de conflictos de-
rivados de los prejuicios nacidos de las diferencias sociales,
reivindicando el derecho del humilde a ser considerado por su
dignidad humana y no por su estado económico. El tema va
más directamente a la denuncia de injusticias y corrupciones
urbanas derivadas de la descomposición social, con Los miste-
rios de Paris (publicada en folletín en 1842-43 ) de Eugenio
Sué, obra que no ha podido ejercer influjo en Fermín Toro
hasta por simple razón cronológica . Posteriormente, estos
planteamientos encontrarán lugar en una novela de particular
importancia y éxito público : Los miserables ( 1862 ) de Víctor
Hugo. En otro sitio de los posibles modelos literarios se en-
cuentra Lamartine -gran maestro de la época en Hispano-
américa , pero cuya enseñanza hay que considerar de modo
prudente, sobre todo en atención al carácter eminentemente
xlv
contradictorio de su pensamiento social y político, y a su opo-
sición al socialismo activo.
xlvi
logías en publicaciones venezolanas, a más de dar prueba de ac-
tualidad informativa, respondía a necesidades objetivas de la so-
ciedad, urgida de dar solución a graves conflictos estructurales.
Más aún, podría llegarse a afirmar, invocando lo dicho por Lau-
reano Villanueva sobre la formación ideológica de Zamora, que
las ideas socialistas bien pudieron, en cierta forma, rebasar muy
pronto la pura teoría.
xlvii
cedentes y proyecciones, como parte integral de una sostenida
trayectoria, y nunca como accidente singular.
xlviii
proletario" y del " Par altanero que no le ofrecería para abri-
garse una noche ni el lecho de su caballo ", del "miserable re-
mendón que devoraría ansioso las sobras de los perros que
mantienen los criados de aquella gran señora" que cuenta en
las filas del mismo partido. Y en seguida el autor se hace la
gran pregunta profundizadora :
xlix
zadores que cubren a poderosos y miserables . Así, el matrimo-
nio de la reina basta para que en el día de la festividad los
ricos y los pobres suspendan " su eterna querella"³¹ y la única
voz que se oiga sea de alabanzas para los monarcas . Hasta
el lisiado Tom y su empobrecida familia tienen ánimos para
celebrar lo que consideran venturosa fecha, tomando una cer-
veza, en medio de la más espantosa miseria, pero con la mayor
"lealtad", olvidando los antagonismos de partidos y gritando
como todos loores a la reina ( I ) . Es lo que Toro llama “mi-
lagro de las sociedades humanas", en consecuencia con sus ideas
de los equilibrios y fenómenos aglutinantes que la sociedad pro-
duce por su propia esencia, de manera natural.
1
por la miseria más absoluta, condenados por una sociedad es-
tablecida como un mal fatídico , sostenida por las costumbres,
los prejuicios, las leyes . Su destino es servir al rico, sin partici-
par de los beneficios del adelanto social que ellos ayudan a
estructurar. "¿De qué le sirven las artes, las ciencias y las ma-
ravillas de nuestra civilización ?", se pregunta el epílogo del
ya citado Análisis del socialismo (ver nota 29) . No hay igual-
dad por la especie, ni por las leyes, ni por la religión . Sólo rige
la desigualdad . De allí la total y violenta formulación de
Toro :
li
esto sea siempre con el único propósito de producir efecto
para lograr fines determinados ( III) . De las falsas virtudes
del rico, Mac-Donald es un permanente ejemplo en la novela :
sus primeras manifestaciones de magnificencia protectora hacia
la familia de Tom levanta justificadas sospechas, pues si bien
en principio a los nobles y a los ricos corresponde el ser gene-
rosos como una derivación del propio estado favorable que
disfrutan (III ) , también conoce la miserable familia la índole
interesada de esta generosidad. Así, Emma impulsada por Te-
resa busca salir de la casa para huir de las pretensiones de
Mac-Donald como pago a su " generoso " apoyo (VI) . La sola
presencia del rico desconcierta al pobre, su lujo es casi una
ofensa para el desposeído . En tales condiciones ¿cómo sería
posible creer en una caridad natural , solidaria ? ( IV) . La ac-
titud de Mac-Donald corrobora, a fin de cuentas, todos los
temores : en buena parte es causa del desastre total de la fami-
lia. De allí que parezca justificada la desesperada maldición
final de Teresa, después de hojear la Biblia, para el rico y co-
rrompido:
lii
La miseria como una injusticia social. Aunque en ocasio-
nes Toro recurre a consuelos idealistas, como se verá más ade-
lante, al enfrentarse a la existencia real de una miseria operante
sobre vastas zonas de la población , en última instancia priva
en él la concepción de la miseria como una injusticia social,
nacida y conservada por la propia organización establecida por
liii
El sentimiento de la piedad es lo que, por encima de todo,
anima a todos los románticos sociales; en las miserias debidas al
estado social, así como en la difícil condición del hombre, basan
la justificación de la solidaridad ; pero sobrepasan ese estado y se
elevan hasta una concepción religiosa de la piedad, porque sien-
ten que las aspiraciones de su corazón no se satisfacen con sim-
ples mandatos positivos ... Quieren incorporar su moral a una re-
ligión, a fin de persuadir a los hombres de que la fraternidad,
formada del amor divino, es el lazo esencial de las sociedades
humanas.
liv
perdiendo por igual la vida, el rico siempre lleva la mejor
parte, ya que disfrutó de placeres y beneficios que el pobre des-
conoce (VI) .
lv
lece; cuando antes de formarse el corazón ya la necesidad le
hace mezquino, y la envidia le emponzoña; y cuando todas las
malas pasiones hallan cabida en él en medio de esta lucha a
muerte con una sociedad tiránica ? ... la virtud no se plantea
en medio del combate de las más urgentes necesidades con los
principios que ella dicta. (VI)
lvi
los puntos centrales de todos los movimientos ideológicos re-
formistas y posteriormente revolucionarios : la existencia de
beneficiarios de la miseria ajena y masiva . En el ya citado Aná-
lisis del socialismo, difundido en Venezuela en 1852 , se le
caracteriza como " la explotación de muchos por pocos" . En su
novela, Toro reúne estas evidencias en amargas palabras de un
amigo del anciano Carlos :
lvii
desa. Por el contrario, si esto es posible, podría decirse que allí
lviii
de enfatizar el desinterés del representante de la ley ante los
problemas de los pobres, en lo difícil que resulta a Carlos, pre-
viendo el desastre final, convencer a un policía para que acu-
da —demasiado tarde— en ayuda de la atribulada familia de
Tom (VI) . Es una circunstancia de profunda separación entre
los dos vastos y elementales grupos en que Toro ve dividida la
sociedad. En algunos casos, como en el citado Análisis del so-
cialismo, se encuentra formulada con todo énfasis de peso ideo-
lógico;37 Toro parte de una realista y viva observación : el te-
mor instintivo del pobre ante la presencia de un policía -agria
representación de una ley—, como en un natural antagonismo
o rechazo, tal como acontece al anciano Carlos :
lix
conjunto de los escritores y pensadores románticos sociales ; en
socialistas utópicos desde Saint-Simon a Lammennais, con es-
pecial interés —por su cercanía con planteamientos de Toro—
en este último; en el Dogma socialista de Esteban Echeverría.⁹
Para Toro esta identificación con un cristianismo prístino es el
camino de un equilibrado discernimiento en cuanto a la dife-
renciación entre el "espíritu de dominación bajo el nombre de
la religión" y " la religión en su verdadero espíritu " y asimis-
mo el " clero en su verdadero carácter" ; claridad enjuiciadora
que le permite estar consciente de los males derivados del
poder ejercido en nombre de la religión : la dominación del
clero, la multiplicación de los monasterios, el establecimiento
de la Inquisición, con todas sus consecuencias injustas y rui-
nosas (Reflexiones sobre la Ley del 10 de abril de 1834) . Y
ese verdadero carácter del clero ya había sido puntualizado por
Toro en Europa y América : “ ... un clero ; es decir, un clero
ilustrado, humilde, virtuoso y pobre" . O sea, a gran distancia ,
cuando no en absoluta contradicción, del clero que la expe-
riencia le daba a conocer. Es posible que el hecho tome ca-
rácter más agudo en Los mártires y ello hasta explique las
notas satíricas al respecto por cuanto se alude a represen-
tantes de la Iglesia anglicana y no de la católica ; pero es in-
dudable que el propósito de Toro es censurar los vicios y las
negligencias negadoras de todo espíritu cristiano del clero,
de cualquier iglesia que forme cuerpo en el cristianismo . Así, a
partir de una carta publicada en el Morning Chronicle del 19
de febrero de 1841 , se insertan en una especie de paréntesis
en la trama— acres censuras y sátiras a los ricos y bajos pre-
lados. En especial censura Toro el enriquecimiento desmedido
de los altos dignatarios eclesiásticos , su negación a la caridad,
la pobreza en que sumen al bajo clero, la incapacidad general
para socorrer a los necesitados . Después de reproducir el ar-
tículo de prensa que denuncia que junto a los innumerables
necesitados de ciudades como Londres y Westminster están el
Arzobispo de Cantorbery y el Obispo de Londres , con una ren-
lx
ta, respectivamente, de 30.000 y 20.000 libras esterlinas, sin
auxiliar a nadie; Toro se pregunta, con el anciano Carlos : “¿Y
para qué sirven ellos, mi amigo ? ... ¿ cuál es su ministerio ?
¿con qué fin la nación paga tan crecidas sumas ?" (V) . Pre-
guntas que quedan sin respuestas, y que sólo encuentran pro-
yección en las salidas satíricas . En primer lugar con respecto
al falso celo moral y la ingeniosa argumentación contra la ca-
ridad, de los altos prelados :
lxi
rácter falaz del asilo como un refugio. En el fondo, sólo se
trata de un procedimiento para esconder lacras sociales , para
sepultarlas tras paredes negras y sucias donde se irán consu-
miendo. Es la respuesta de la sociedad a los reclamos de los
miserables: un ocultamiento y no una solución . Así, queda
Emma " sin más refugio que el asilo inhospitalario, que el grito
de la indigencia y el clamor de la desesperación arrancan a
una sociedad sorda , cruel , homicida !" (VI) . Y su entrada a la
Hoo Union Workhouse fue para Carlos como una última vi-
sión, despedida definitiva, mientras las puertas se cerraron so-
bre ella como las propias puertas de la muerte (VI ) . Idea que
Toro vigoriza con el soporte objetivo de una noticia tomada
del Morning Chronicle de un día de enero de 1841 , donde se
reseña el juicio abierto al director de la casa de trabajo por "la
crueldad e indecencia de los castigos que aplica a las jóvenes
que tiene a su cargo" , y donde se sabe que una de las jóvenes
castigadas con azotes que le producirán la muerte fue la her-
mosa y frágil Emma ( VI ) . De este modo resultaron cumplidos
los presagios de muerte; uno más de los que, hechos realidad,
ensombrecen el final de la novela. Y la advertencia de Toro
-desarrollada en otros planos de la obra― se va concretando :
la férula de la sociedad aniquiladora no permite escape .
lxii
religiones, doctrinas democráticas, formulaciones fraternalis-
tas, idealizaciones republicanas . sí parece alcanzable la su-
peración social con el estímulo de la justicia creciente. Es más,
en esa misma línea de pensamiento, debe considerársele como
una necesaria y elevada etapa evolutiva. Pero la realidad mues-
tra cosas distintas. La teoría se va distorsionando en los hechos
concretos y cotidianos , hasta sucumbir por completo . Estas ex-
periencias de las cosas contundentes de cada día y otras se-
mejantes son las que evitan que Toro se pierda decidida-
mente en apreciaciones subjetivas, teorizantes y desligadas de
la realidad. Son las que fortalecen y amplían su denuncia. Son
las que le impiden conformarse con el consuelo de las posibili-
dades teóricas, de los principios abstractos puros : entelequias
de consumo personal para reposo y comodidad de una con-
ciencia. Sin embargo, cuesta creer que esa realidad ha de ser
eterna. Y al menos la razón establece la posibilidad del cam-
bio, a pesar de las negaciones aplastantes y evidentes :
lxiii
milde Emma con la poderosa reina Victoria ( I ) . Así, en el
relato interpolado del juicio de Jorge Hammon, donde queda
absuelto de su crimen vengativo, se impone una justicia deri-
vada de los sentimientos, por encima de los rigores de la ley,
como una especie de símbolo relativo al poder emocional del
hombre, que al menos por una vez puede superar la fría insti-
tución social ( IV) .
lxiv
Asimismo, en última instancia, el gran juicio ocurrirá más
allá de la muerte, en otro reino distinto del mortal , donde el
rico recibirá eterno castigo sin esperanzas posibles . Tal como
anuncia la ya citada maldición -consuelo a su vez― contra el
adinerado y corrompido Mac- Donald, que Teresa levanta con
voz exaltada en efectista admonición (VI) .
La "sociedad tiránica" . A lo largo de la novela se va de-
finiendo un planteamiento central que se consolida como
conclusión definitiva : la férula social es aniquilante para el
humilde. Y esto sitúa Los mártires en la condición de novela
de tesis, de obra dirigida a una demostración y un convenci-
miento. Por encima de las eventuales digresiones temáticas,
de los ocasionales consuelos idealistas, de las variadas contra-
dicciones y ambigüedades, la formulación se mantiene como
eje vital : la sociedad impone una tiranía despiadada a sus in-
tegrantes y allí se encuentra la base del gran conflicto social .
Es la preocupación esencial para Toro y para las páginas de
su novela. Y es, asimismo, la cuestión fundamental para todos
los socialistas utópicos, quienes consideraban que la principal
tarea de los hombres era promover la felicidad y el bienestar
generales, y para quienes esta tarea resultaba incompatible
con la permanencia de un orden social basado en una lucha
de competencia entre los hombres por obtener los medios de
vida. Sólo que, tal como señalan los primeros socialistas cien-
tíficos, por pertenecer a un período en el cual no aparecía to-
davía el proletariado definitivamente como un instrumento de
revolución, los socialistas utópicos predicaban más una cru-
zada moral que el desarrollo de un verdadero movimiento re-
volucionario. Y es seguramente ese carácter ético y espiri-
tualista en suma penetrado de inquieto individualismo , lo
que asocia de manera tan profunda el socialismo utópico con
el romanticismo. Vínculo que resalta en especial -como apun-
ta Picard- en el caso de Fourier, quien ha sido junto con
Saint-Simon, "el más grande suscitador de vocaciones sociales
42
en las generaciones del romanticismo " .*
lxv
A propósito de las correspondencias entre determinados
planteamientos sociales de Toro y el pensamiento del que fue
tal vez el más grande de los maestros del socialismo utópico,
Charles Fourier, cabe destacar la relativa al concepto de armo-
nía social, muy ligado, por contraposición, al de la sociedad
como una fuerza tiránica que es necesario equilibrar y orien-
tar hacia la justicia. La noción de armonía es básica en la
arquitectura ideológica ensamblada por Fourier en sus escri-
tos, tanto en el terreno difuso de las armonías universales
como en el más concreto de las armonías sociales . Toro se
refiere ampliamente al concepto en sus Reflexiones sobre la
ley de 10 de abril de 1834: concibe la armonía como “el alto
fin de la organización social", para precisar más adelante que
la armonía social se basa en la igualdad necesaria, constituyen-
do un " dogma fundamental , fuera del cual no hay nada justo,
nada legítimo en el seno de la sociedad".43 (Toro amplía de
manera dinámica el concepto de igualdad necesaria, hasta pro-
ducir formulaciones de gran significación social y política : “ La
libertad individual comienza donde acaba la igualdad necesa-
ria. Nadie es libre legitimamente en un país mientras haya
una clase que carezca de lo necesario para mantener su exis-
tencia física y su dignidad moral". Y, por consiguiente : " Un
gobierno debe ser un poder regulador que impida que ninguna
fuerza social sea oprimida por la preponderancia de otras"**) .
Pero es en la definición de esta armonía social, por parte de
Toro, como una "conciliación de la libertad individual con la
unidad social", donde se ve con absoluta claridad la analogía
con Fourier, quien había presentado una idea correspondiente,
y que, de manera muy ilustrativa, Félix Armand relaciona de
una parte con Rousseau y de la otra con el Manifiesto Comu-
nista.45
lxvi
trucción. Y como tal, es una consecuencia digna de las ideas
sociales de Toro, un resultado al mismo nivel y carácter de
su pensamiento. En todo momento las páginas de la obra res-
ponden a esos postulados rectores . Así, ante la noticia del
asesinato de lord William Russell , el anciano Carlos quiere
estigmatizar la descomposición social con sus antagonismos
feroces y aniquiladores, cuando exclama : " ¡Destrucción ! ¡ Des-
trucción !, es el mote de la humanidad " (VI ) . Y es la misma
postura crítica -—profundidad de agudo observador social-
que lleva a la verdad contradictoria de
lxvii
Al término de estas indagaciones en los contenidos so-
ciales de la novela Los mártires, y en ciertas zonas del pensa-
miento general de su autor vinculadas de modo directo a su
obra, resaltan como evidencias, ahora enfatizables, su hondo
interés por todo lo relativo a la cuestión social y su contacto
Significaciones
lxviii
sucede lo mismo con la época, que es correspondiente al mo-
mento en que se escribe, ni con los contenidos, que eran de
gran actualidad europea, en la práctica de los problemas vi-
vos, y americana, en la teoría de los debates ideológicos y la
previsión de futuro. Así, como obra representativa de un gé-
nero, de una escuela y de una etapa, puede considerarse Los
mártires, cronológicamente, como una de las primeras novelas
románticas de autor hispanoamericano.48
lxix
un pensamiento social tan avanzado que le situaba en la cu-
riosa condición de pensador más liberal que los liberales, aun-
que perteneciese al partido conservador.
lxx
puede explicarse al considerar Los mártires como nacida de
un contacto directo, de una vivencia ; pero que también se en-
tendería partiendo del supuesto de que Toro buscase a priori,
antes de su viaje a Londres, oportunidad novelesca de poner
a vivir sus ideas y esquemas de tipo socialista ya adquiridas-
al considerarse que un tema con tales conflictos sociales y tan
cercano al terreno que pisaban los teóricos del socialismo utó-
pico, sólo podía darse en una sociedad desarrollada, como la
inglesa, y en una gran ciudad, como Londres. Y, al respecto,
convendría tener presente el juicio de Sarmiento, que explica
la falta de desarrollo de la novela en América por la ausencia
de "grandes y poderosas ciudades ", y que Carilla reproduce
con el propósito de dar una razón de la escasez de novela de
contenido social en el romanticismo hispanoamericano" .51
lxxi
NOTAS AL ESTUDIO PRELIMINAR
4. Esta obra, antológica, se abre con una introducción crítica del autor.
6. Frydensberg, en sus " Materiales ..." (ver nota anterior ) , incluye éstos,
entre otros artículos de Toro.
lxxiii
8. Tosta. Un bienio en la vida de Fermín Toro. Cultura Universitaria,
N° LXIII (ver nota 2 ) , p . 44. ( Este artículo contiene interesante in-
formación sobre el hecho biográfico en cuestión) .
12. Aparecido por primera vez, en 1904, en El Cojo Ilustrado, como ensayo
premiado en el Segundo Certamen de esta revista
lxxiv
20. Van Tieghem . Pequeña historia de las grandes doctrinas literarias en
Francia. Caracas. Ediciones de la Biblioteca de la Universidad Central
de Venezuela. 1963. p . 167 - Serrano Poncela. La cultura occidental.
Caracas. 1963. p . 353. - Melián Lafinur. El romanticismo literario.
Buenos Aires. Edit. Columba. 1958. p. 12.
21. Carilla. El romanticismo en la América Hispánica. Madrid. Edit. Gredos.
1958. p. 41.
22 . Durand. "Orígenes del romanticismo venezolano" . Revista Nacional de
Cultura, N° 132. Caracas, enero-febrero de 1959. p. 15-34. (Las infor-
maciones corresponden respectivamente a las p. 18 y 28) .
Los fragmentos de Chateaubriand se publicaron en El Nacional, de Ca-
racas, el 27 de octubre de 1834.
lxxv
de abril de 1834 a Say y a Sismondi (Nuevos principios de economía) .
No se refiere nunca directamente a Saint-Simon ni a Fourier, pero los
contactos parecen evidentes.
(Es importante, de otra parte aunque no sea posible detenerse en con-
sideraciones especiales debido a su llegada tardía a nuestras manos- ,
reproducir el conjunto de socialistas utópicos que Domingo Miliani se-
ñala en su prólogo citado (ver nota 14) , como pensadores que ejercie-
ron algún influjo en Toro. Son ellos, además de los ya indicados por
nosotros: Cousin, Sismondi y Say, los maestros Saint-Simon y Fourier,
y sus seguidores Lamennais y Leroux, saint-simonianos, y Considerant,
fourierista. Miliani da a Leroux y a Considerant como citados por el
propio Toro, aunque no precisa dónde ) .
29. Carrera Damas. "Para la historia de los orígenes del socialismo en Ve-
nezuela". En : Crítica histórica. Caracas. Publicaciones de la Dirección de
Cultura de la Universidad Central de Venezuela. 1960. p . 113-142 . ( La
cita corresponde a las p. 135-136 ) .
(Este artículo había sido publicado anteriormente en Cultura Universita-
ria, N° LXX-LXXI. Caracas, enero-junio de 1960) .
De esta difusión de las ideas socialistas dan fe no sólo las huellas en
las obras de sus partidarios, sino también los esfuerzos de los oposi-
cionistas por contrarrestar el incremento . Precisamente Carrera Damas
hace referencia a una conferencia dictada por un detractor del socialis-
mo, Tomás García de Luna, en el Ateneo de Madrid, y que fue repro-
ducida, con el título " De la libertad de comercio", por El Correo de
Caracas el 21 de agosto de 1852, casi un mes antes de que apareciera
en el mismo periódico el anuncio de venta de Análisis del socialismo.
Otro interesante testimonio del auge internacional de las ideas socialis-
tas, del temor que levantaba esta difusión en los espíritus conservadores,
refugiados en supuestas críticas a la índole utópica de esas ideas, y del
espanto que producía la sola idea del comunismo, lo ofrece un escritor
nacido en Venezuela pero de obra realizada en España, José Heriberto
García de Quevedo, en su novela Dos duelos a diez y ocho años de dis-
tancia, publicada en Caracas en 1857 (Imprenta de A. Urdaneta. 168 p. ) ,
donde, a propósito de la situación europea en la década de 1830 a 1840
(este último, año en que Toro residió en Inglaterra ) , describe a ma-
nera de advertencia:
Había sin duda oposicionistas a todos los gobiernos posibles. ¿Cuán-
do no los hay? Utopistas de los géneros imaginables; campeones
generosos de los derechos de los oprimidos pueblos, aguardando sólo
ser algo para constituirse a su vez en opresores. Pensadores y publi
cistas de buena fe, solitarios especuladores sapientísimos en las su-
tilezas del entendimiento, pero más ignorantes aún en la vida prác-
tica de las sociedades; clamando por la organización del trabajo,
por la emancipación de las clases trabajadoras, y acaso por el mayor
absurdo de los absurdos : el monstruoso e imposible comunismo
(p. 80-81 ) .
30. El Solitario termina su caracterización de la sociedad, describiendo para
el autor la " oscura muchedumbre" que "fermenta en el seno de la so-
ciedad más culta" (idea que se repite y amplía en Los mártires ) . Es
una dura imprecación a la sociedad y el peso inexorable de su " ven-
ganza", y es una denuncia desesperada de la injusticia social :
lxxvi
¡ Sociedad ! ¡ Sociedad !, tú también tienes tus venganzas. He aquí
tus víctimas cuando triunfa lo que tú llamas orden, estabilidad,
progreso. A esta clase no alcanzan tus contentos, y de tus institu-
ciones sólo siente la ley que veda, la fuerza que subyuga y el brazo
que castiga. Propiedad, fortuna, bienestar: nombres irritantes para
una turba sin hogar; gobierno, sociedades, ciencias, artes : región
impenetrable a una degradada muchedumbre; moral, religión, filo-
sofía: crueles sarcasmos para una clase que se arrastra en la igno-
rancia y el envilecimiento. Sí, hijo mío, la sociedad se venga. Aquí
verás al jornalero que en interminable afán consume sus cansadas
fuerzas a trueque de un mezquino alimento que no alcanza a repa-
rarlas: aquí los mandados por los señores del mundo a degollarse
en los campos de batalla : aquí los que devora el hambre y la peste
por abandono y desvalimiento : aquí el esclavo que con argolla al
cuello, del látigo hostigado y con rencor de muerte, baña en sangre
y sudor el pan de servidumbre: aquí el que incendia los talleres
para alcanzar ocupación, y acaba en el patíbulo : aquí el que asalta
al caminante para despojarle, y acaba en el patíbulo : aquí el que
se rebela contra la sociedad que lo abisma, y acaba en el patíbulo ...
31. Jules Michelet ( citado varias veces por Toro en sus escritos políticos)
en su Historia de la Revolución Francesa usa términos semejantes a los
de Toro: " la disputa de los pobres y los ricos" ( " la dispute des pauvres
et des riches" ) , y presenta también este antagonismo como la definición
de la " cuestión social " . ( Citado por Félix Armand en su prólogo a Fou-
rier, textes choisis. París. Editions Sociales. 1953. p. 15 ) .
lxxvii
pero a esto se limitaba su agitación. La más horrorosa miseria con-
tinuaba sus estragos a la otra parte del canal de San Jorge...
(p. 83) .
37. El epílogo del Análisis del socialismo (ver nota 29) , es rotundo al res-
pecto:
¿Qué importa a las masas lo denominado orden, deberes sociales,
respeto e igualdad ante la ley ? ¿De qué le sirven las artes, las cien-
cias y las maravillas de nuestra civilización ?...
Las leyes, verdadero dédalo de ardides, trampas y sutilezas, sólo son
expeditivas cuando se trata de vengar la propiedad y el privilegio
amenazado por la clase más numerosa e indigente que, arrojada a
este mundo, encuentra una sociedad madrastra que le niega todo
derecho, toda posesión, toda educación ...
lxxviii
Entresacamos algunos señalamientos ilustrativos :
El socialismo de Saint-Simon, de base sentimental y fines morales,
con su animada visión de la sociedad futura, sus efusiones líricas,
su entusiasmo y su elocuencia, es, desde luego, una forma de ro-
manticismo (p . 241 ) .
Fourier se decía él mismo " el señor feudal del romanticismo", y
afirmaba que se era partidario de sus teorías sociales si se era par-
tidario del género romántico. Los discípulos de Saint- Simon decían
que " el saint-simonismo es el romanticismo de los sabios" ( p. 246) .
El romanticismo de Fourier está tanto en la forma de su espíritu
como en los caracteres de su obra ( p. 248 ) .
47. Es de notar que la única vez que se menciona a América en Los már-
tires, es como un lejano destino de fugitivos y desilusionados, en refle-
xiones de Carlos a propósito de la desaparición del joven Eduardo, a
quien supone "embarcado para América” (V ) .
48 . Emilio Carilla (ver nota 21 ) registra, con fechas anteriores a Los már-
tires: Gonzalo Pizarro ( 1839) , del peruano Manuel Ascensio Segura, y
lxxix
Sab (1841 ) , de la cubana Gertrudis Gómez de Avellaneda ( p. 312 y
319, resp . ) .
Arturo Uslar-Pietri, en su Breve historia de la novela hispanoamericana
(Caracas. Ediciones Edime. 1954) , hace referencia a Antonelli ( 1838 )
de José Antonio Echeverría, cubano nacido en Venezuela ( p. 65 ) , y a
una primera versión, de 1839, de Cecilia Valdés o la Loma del Angel,
del también cubano Cirilo Villaverde ( p. 56) .
49 . Como ya se ha dicho, el libro de Picard (ver nota 33 ) , abunda en con-
vincentes demostraciones del vínculo entre el romanticismo y el pensa-
miento socialista o la preocupación social en general . Baste, por último,
la reproducción de este fragmento, que es casi como una conclusión de
su tesis, digna de consideración y análisis :
Los románticos, después de haber reivindicado el derecho a dejar
un gran espacio al color local, a los casos singulares, entraron rápi-
damente en la expresión de los sentimientos universales y, recha-
zando el arte por el arte, hundieron profundas raíces en lo real y
lo social (p. 339 ) .
lxxx
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lxxxiii
LOS MARTIRES
60
LOS MARTIRES.
I.
3
I.
5
encogidos los hombros e inclinando el cuerpo, lograban abrirse
paso hendiendo las espesas filas . Tras éstos se iban otras, y
después otros y otros, formando ya entonces prolongadísimas
hileras. La estrechura y continuo roce hacía muy tarda la mar-
cha; pero la lentitud no impacientaba ; que la escena era gran-
diosa y de buen talante el concurso . Desatado andaba el pue-
blo, las clases confundidas, bulliciosa y alborotada se mos-
traba la turba; pero ¡ cosa admirable ! ni una injuria, ni un des-
mán, ni un mal gesto siquiera se miraba.
De trecho en trecho el tumulto y agolpamiento eran ma-
yores, creciendo la confusión al frente de algunos objetos que
llamaban más particularmente la atención de los espectadores;
pues que entre los muchos graciosos caprichos que la ilumina-
ción formaba, algunos sobresalían por su novedad o el mejor
gusto de su composición . Ora se veían hermosas palmas, co-
ronas o soles formados por pequeñas luces que rutilaban con
trémulos reflejos : ora magníficos trasparentes con empresas
varias y felices alusiones al acontecimiento del día : ora, en fin,
se leían en caracteres de fuego los nombres de Victoria y Al-
berto, formados por una multitud de coloridas candilejas, cu-
yos vivos y variados resplandores casi no podía soportar la
vista.
Era aquí de verse, el movimiento vario de los grupos y la
diversidad de escenas que ofrecían . Veíanse por una parte al-
gunos jóvenes aturdidos, que formados en línea, daban de es-
paldas contra las más densas y apretadas masas, aumentando
de esta manera singular la confusión y el tumulto. Allá era un
hombre de formas atléticas, ancho pecho y membrudos brazos,
que arremetiendo con la amontonada turba, parecía que la sur-
caba, dejando al paso ancha senda, por la cual, en pos de él,
se precipitaba alegre y ufana una chusma de muchachos. Aquí
unos bellos ojos que centelleaban a la par de las luminarias,
formaban en derredor un gran cerco de deslumbrados admi-
radores. Allí un fino talle enseñoreándose con garbo y genti-
leza, se llevaba tras sí un tropel de husmeadores, que caían
6
arrebatados sobre todo lo que encontraban , por no perder de
vista la beldad que seguían . Más adelante iba un grupo de
muchachas tentadoras, lindas como gacelas, peligrosas como
áspides, que de cuando en cuando, con donoso desenfado, ha-
cían como que tropezaban con los mancebos que venían; y
luego como que huían medrosas, logrando al fin su intento, ser
perseguidas, y luego acompañadas, y al cabo requeridas de
amor con muy libre galanteo .
Tocábamos ya al cuadrante, y los hermosos ánditos for-
mados a derecha e izquierda por sus bellas columnatas, pare-
cían mas bien galerías de un suntuoso teatro que pasadizos
de calle pública. ¡ Cuán vistosos estaban los terrados coronados
de multitud de fuegos ! ¡ Qué inmenso pueblo se atropellaba
por aquellos vastos corredores ! Casi sin tocar el suelo fui lle-
vado por medio de ellos ; alguna que otra vez estrechado sí con-
tra sus columnas de hierro, de cuyo contacto no quedé muy
satisfecho. Así llegamos en medio de apretones y vaivenes,
al Circo que forman, cruzándose, las calles de Piccadilly y del
Regente.
Aquí me detuve a contemplar por algunos instantes el es-
pectáculo que se presentaba a mis ojos. Por doquiera que los
tornaba no veía sino luz y movimiento. El Circo resplande-
cía como el sol : las iluminaciones de la calle de Piccadilly se
extendían a perderse de vista en los confines de la ciudad ; en
la plaza de Waterloo los Clubs Ateneo, los dos Militares y el
Clarence habían con sus galanas invenciones atraído un con-
curso que no cabía ya en aquel vasto recinto. ¡ Cuán bella es-
tá la ciudad, me decía , cuán ataviada y pomposa ! ¡ Quién di-
jera que hay en su seno hambre y desnudez ! Hoy sin embar-
go no está en tinieblas la morada del pobre : el mendigo es-
conde sus andrajos bajo las galas del trono; y suspende la
miseria su fatídico clamor para que sólo se oiga el himno epi-
talámico. ¿Quién le entona ? Veinticuatro millones de almas.
De este número, algunos son poderosos, verdaderos poten-
tados de la tierra ; otra porción , y esa la mayor, en una ven-
7
tura medianía, conocen el bienestar y los goces de la vida;
pero otra muy considerable la componen los mártires de la
sociedad, las víctimas de la riqueza, con cuya sangre se rocían
los altares consagrados a su culto. Mas hoy ¡ oh milagro de
las sociedades humanas ! hoy el rico y el pobre hacen las paces ;
suspenden su eterna querella, y sólo una voz se oye desde el
palacio del duque Bretón hasta la cueva del mísero irlandés :
long life to the Queen ! long life to Prince Albert! **
Una nueva escena en que sin querer fui actor, vino a sa-
carme de mis importunas reflexiones . Mi inmovilidad y ac-
titud pensativa habían llamado la atención de dos jóvenes
perdidas , que sin yo percibirlo , acababan de colocarse a mi
lado, en el recodo o alfeizar de una puerta donde yo me había
refugiado . Figúrese cualquiera una joven como de dieciocho
años, de airosa planta y talle descollado , con su cuello de cisne
sombreado por un manojo de hermosos rizos castaños ; un chal
de terciopelo azul que le hacía resaltar admirablemente la
blancura de su levantado seno ; y un traje blanco cuyos anchos
pliegues descendiendo hasta el suelo, dejaban traslucir en
parte las formas perfectas de una beldad . La amiga que tenía
al lado la ceñía con un brazo su estrecha y delicada cintura ,
y ella así sostenida se mecía blanda y voluptuosamente dejan-
do caer a uno y otro lado la cabeza, de manera que algunas
veces daban sobre mis hombros sus cabellos . No pude menos
de admirar tanta hermosura, aunque ya deslustrada y sin pre-
cio. ¿Qué te falta mujer (me decía yo) , para que ejerzas el
imperio que el Criador concedió a la belleza ? Tienes al pare-
cer todos los encantos que hacen tan poderoso tu sexo: a tu
lado la juventud debiera abrazarse de amor : tú al poeta y al
pintor podías dar el modelo de las gracias ; y aun el amante
de más severas bellezas debía encontrar qué admirar en tu
planta majestuosa . Pero la mirada ¡ oh Dios ! la mirada que
pinta el alma e ilumina las formas exteriores , revelando senti-
8
miento, pasión, inteligencia: la mirada en aquella criatura pa-
recía el reflejo turbio e inerte que sale de los ojos de una
máscara. No había ya en ella ninguna especie de expresión.
Parece que la ausencia absoluta de energía mental, causa la rui-
na de todo sentimiento. Ni fingirse pueden entonces los afec-
tos, perdida ya la conciencia de la virtud igualmente que del
vicio. ¡ Oh seres verdaderamente caídos ! ¡ vosotros no sois vi-
ciosos ni criminales, sois sólo animales ! ¡ animales inmundos !
Estas dos mujeres entretanto conocían que perdían su tiempo ;
y mirándome de hito en hito por algunos instantes y dando
una fuerte carcajada, se lanzaron otra vez al torrente que las
arrastró. ¡ Qué feas me parecieron entonces ! su mirar era me-
retricio y su risa la de un maníaco .
Yo también debía proseguir mi camino ; tenía que ver a
unos amigos desgraciados, y comenzaba ya a hacerse tarde.
Las diez de la noche acababan de dar, cuando emprendí atra-
vesar la plaza de Waterloo . Difícil era la empresa ; pues la
masa del pueblo reunido en aquel vasto y hermoso lugar, for-
maba como un muro casi impenetrable. Sucedíame a cada
momento que el terreno que en largo rato ganaba a duras pe-
nas, lo perdía en un instante rechazado por algunos de aque-
llos numerosos y cerrados grupos. Al fin , después de media
*
hora de continuos esfuerzos, logré tomar la calle de **
y atravesando por el pasaje del teatro de la Reina , caí a
la hermosa de Pall-Mall . Aquí una nueva escena, no me-
nos interesante, fijaba las miradas de todos. Una larga fila
de coches que apenas podían moverse ocupaba todo el centro
de la calle. Algunos de ellos, espléndidos, se conocía por los
soberbios tiros de caballos, las armas y las suntuosas libreas,
que pertenecían, unos a Embajadores extranjeros y otros a la
más alta nobleza del país. El populacho amontonado en las
arcadas del teatro, designaba los carruajes a medida que pa-
saban, reconociendo a sus dueños por sus galas y libreas. La
duquesa de Sutherland ," oí decir entonces, recibe en su pala-
cio esta noche gran compañía en celebración del matrimonio
9
de la Reina. Su camarera mayor es, dijo uno, y la más noble
y hermosa dama del reino.- Añade a eso lo que es más, dijo
otro, que es Whig. Si no fuera más que eso, repuso un ter-
cero, no aventajaría a muchas : di que es poderosa, y lo habrás
dicho todo. Poderosa, sí, pero sin el fatuo orgullo de los To-
7
rys, sino, dígalo el artesano que al subir ella a su coche la
hizo un cumplido a sus bellos ojos, y no por eso se mostró
ofendida . —Calla majadero, replicó uno, el tal artesano me-
recía ser colgado por ese atrevimiento con una señora tan princi-
pal. Estas y otras pláticas oí sobre la belleza y bondad de la
duquesa; pero lo que más elogios le ganaba de la desarrapa-
da turba, era lo de pertenecer al partido Whig o liberal . Es
Whig, me decía yo caminando, la altiva dama mujer de un
poderoso, que hoy en un soberbio palacio, rodeada de cuanto
el lujo, el capricho y la vanidad han inventado, recibe lo más
alto y noble de un imperio; ¿y es también Whig el miserable
remendón que devoraría ansioso las sobras de los perros que
mantienen los criados de aquella gran señora ? ¡ Qué demen-
cia... pero no : qué misterio en la formación de las socie-
dades humanas y en su orden y preservación ! ¿No asombra
por ventura ver al hambriento proletario llamarse Whig y con-
tar ufano en sus filas al Par altanero que no le ofrecería para
abrigarse una noche ni el lecho de su caballo ? ¿Y no confun-
de más aún, ver algún pobre menestral llamarse Tory y unir-
se al rico aristocrata para combatir contra los Whigs ? ¡Cuánto
puede un nombre ! Si hoy los mismos partidos cambiarán los
que tienen por los de " ricos y pobres" , o " siervos y señores", o
se designasen de una manera aún más expresiva : " Los que
tienen que perder" y " los que tienen que ganar" ¿ qué suce-
dería ? Quizás nada; y ahí está justamente lo que hay de ma-
ravilloso en la conservación del orden social. Tendrá siempre
el rico los medios de hacerse poderoso con el auxilio del po-
bre para oprimir el pobre. El hombre se envanece hasta de su
propia humildad, y vestido de andrajos ostenta algunas veces la
majestad de la púrpura .
10
Dejaba ya a las espaldas la plaza de Trafalgar siguiendo
por Charing Cross para coger el puente de Westminster . El
edificio de las guardias reales de caballería y el Almirantazgo,
decorados e iluminados suntuosamente, llamaban la atención ;
pero el gran tumulto, la masa inmensa, compacta y verdade-
ramente impenetrable ocupaba todo el frente de las casas del
Parlamento . Aquí me fue imposible atravesar: hasta enton-
ces había podido abrirme paso y seguir mi camino; pero allí
me fue preciso resolverme a aguardar que se desahogase un
poco el concurso. Recostéme de las rejas de un jardín y pro-
curé distraer mi impaciencia observando los que pasaban. Por
primera vez de mi vida hice allí una observación, contemplan-
do aquella multitud, y confieso que me apesaró. ¡ Cuán poca
atracción tienen en general los hombres entre sí ! De cada cien
individuos que pasaban acaso uno solo dejaba de chocarme
por su exterior, y de cada mil hallaba uno que me agradase.
Uno me parecía feo, otro sucio o mal vestido, éste mostraba
un mal gesto, aquél mala traza ; unos manifestaban en el sem-
blante cierta satisfacción que me ofendía o que envidiaba : otros
una vileza o ruindad que despreciaba . ¡ Oh señor ! no pude me-
nos de exclamar en mi interior, ¿ quién ha puesto en mi cora-
zón tanta aspereza ? ¿ Cómo en medio de mis semejantes, mi al-
ma con esquivez repulsa, y más repulsa y apenas llega a elegir
uno y amarle? ¡Veo una manada de ovejas triscar por la lla-
nura y cuán bellas me parecen todas ! Los árboles hallo her-
mosos en los bosques, suavísimas las flores, encantadoras las
aves: encuentro el risco imponente : el lago plácido y sere-
no : el empinado monte eleva mi ánimo : los abismos del mar
contemplo reverente : el huracán, el trueno , la borrasca, me
conmueven, me aterran, pero despiertan en mí, un sentimien-
to sublime ... pero al ver al hombre, al acercarme al hom-
bre me parece que el amor es el sentimiento más escondido
en mi corazón. Se asoman antes que él como cautos explora-
dores, la desconfianza y el recelo ; el amor propio o la vani-
dad excitan luego la envidia o el desprecio: despierta la am-
11
bición el odio : la emulación los celos : la necesidad la codicia;
y sólo por detrás de esta larga fila de malas pasiones, cuando
el egoísmo se cree en salvo como en medio de una fortaleza,
es que se viene la curiosidad que suele llevar tras sí el cari-
ño o la amistad. ¡Y este es el hombre, por más que nos em-
peñemos en disfrazarlo ...!
Medianoche tocaba la campana de la iglesia de San Mar-
tín, y juzgué que la muchedumbre, alejándose, me daría ya
paso. Seguí mi camino, y aunque no sin dificultad, llegué al
puente de Westminster. Un rayo de escasa luna reflejaba en
las aguas del Támesis y trazaba como un camino de plata en
medio de un oscuro bosque formado por los mástiles de una
infinidad de barcos que inmóviles proyectaban sus sombras
en las ondas. Famoso río, poderosa arteria que da vida y mo-
vimiento al corazón de este vasto imperio. Si sus arenas fue-
ran de oro, no le harían más rico y osado de lo que le hacen
estas aguas cenagosas y amarillas, a que puede decirse pa-
gan tributo todos los mares de la tierra. ¡ Cuántas naves car-
gadas de tesoros surcan su corriente ! ¡ cuántos depósitos de ri-
quezas amurallan sus orillas, y cuántos infelices en derredor
pereciendo de miseria ! ¡ No sé qué fuerza puede impedir que
estas naves sean asaltadas, esos tesoros sorbidos , los palacios
incendiados y sus soberbios moradores arrastrados por el cie-
no; para que sepan lo que es cieno, morada eterna del pobre !
No sé hasta dónde me habría llevado el sentimiento penoso
que acibara mi vida, si la vista de un guarda de policía, que
me observaba de cerca , no hubiese infundido cierto pavor en
mi alma. Un guarda de policía no es más que un hombre que
conserva el orden en la sociedad ; y ¿por qué me intimida ? ¿por
qué me alejo de él como si yo fuese delincuente ? Es porque
la sociedad en su estado actual , con la conciencia de su injus-
ticia, ha logrado infundir en el pobre el susto, el asombro que
sólo debiera acompañar al crimen.
Dejaba ya el puente y alejábame del bullicio y de la ilumi-
nación a medida que me internaba por aquellas callejuelas del
12
lado de Lambeth. Buscaba yo en la más lóbrega e inmunda,
la más pobre y humilde casa que puede habitar un ser sen-
sible. Halléla, y llamé a la puerta : me aguardaban y salió a
abrirme Emma. Su dulce y melancólica voz al pie de una os-
cura y estrecha escalera me hizo la impresión de un hermoso
rayo de luz. -¿Por qué tan tarde? me dijo, nos habéis teni-
do cuidadosos ; pero ya se ve que la fiesta ha sido también para
vos. ¿Y para ti, Emma ?— ¡ Ah no ! Subíamos en tanto a
un pequeño y miserable desván donde vivía la familia de
Emma . Ella de 17 años y dos pequeños hermanos uno de 6 y
otro de 3. Su padre que había sido empleado en el servicio de
postas yacía postrado por la fractura de una pierna, y la madre
con fortaleza heroica, conllevaba los males de su esposo y
agenciaba con todas sus fuerzas la subsistencia de su desgra-
ciada familia. Al verme, todos se regocijaron. Un amigo en
la desgracia, por desvalido que sea, se ve todavía como la últi-
ma sonrisa de la fortuna. Tom estaba tendido sobre una estera
en un rincón : en otro ardía con débil y trémula luz una pe-
queña lámpara al pie de una cruz; en medio había una carco-
mida mesa medio cubierta con un paño desgarrado aunque
limpio, y en derredor de la mesa tres viejas sillas. Este era el
aspecto de la mansión de una familia amable y virtuosa , a
quien una serie de calamidades había hecho ir descendiendo de
grado en grado hasta sumirla en la más espantosa miseria .
-Carlos (me dijo la madre con aquel acento tierno y pene-
trante que tanto la distinguía) , a pesar de la fiesta y bulla del
día, no creí que nos olvidaras hoy, y te esperábamos para dar
nuestro brindis en honor y por la feliz unión de nuestra sobe-
rana. Cuando esto decía, Emma ponía sobre la mesa un pote
de estaño lleno de cerveza y algunos bizcochos. Joven, hermo-
sa y sensible, manifestaba una especie de tierno interés por
todo lo que tenía relación con la ceremonia del día. Una dis-
tancia inmensa separaba a Emma de Victoria, pero una y otra
sentían la misma necesidad del corazón : ésta en el trono, no se
creía dichosa mientras no fuese amada ; aquélla en el abismo
13
de la miseria preferiría su amante al esplendor del trono. Em-
ma estaba aquella noche donosa y complaciente en extremo.
Jamás me había parecido tan tiernos y expresivos sus hermo-
sos ojos azules, ni tan gentil y descollada su planta ; aún notá-
base cierto esmero en su harto pobre y modesto tocado, y una
cierta agitación se traslucía en su semblante que la hacía son-
rosearse a cada momento. -Emma, le dije, me parece que ce-
lebráis muy cordialmente el matrimonio de la Reina. —Có-
mo no, si es, como dicen, tan joven e interesante : mamá no ce-
sa de alabarla, y yo, aunque nunca la he visto, la amo mucho.
-Y eso que mamá es Tory, dijo allá Tom sonriéndose ; ¿ no
es verdad mi cara esposa ? -Yo soy lo que tú quieras que sea;
y si con odio a los Torys pudiera yo hacerte menos desgracia-
do, creo que aprendería a odiarlos ; sí mi amigo, aprendería a
odiarlos. Dijo Teresa estas palabras con un acento tan sentido
y melancólico, que quedamos todos por algunos instantes si-
lenciosos como ahogando un suspiro . No, no, dijo al cabo
de un rato Tom , hoy no hay odios, ni se ha de hablar de des-
gracias; eso es de mal agüero en un día de bodas ; por vida
de mi padre, que hoy sería yo capaz de abrazar a un Tory,
aunque fuera el escorpión de lord Stanley. ¿Y esa cerveza,
amigos , es para vista no más ? -Yo no sé si la compañía está
completa, dijo la madre echando una mirada llena de dulzura
y amor a la hija. Esta bajó los ojos avergonzados ; pero su ru-
bor creció de punto, cuando Roberto, uno de sus hermanos,
dijo : —No, mamá, falta Eduardo ... y llaman a la puerta :
él es. Efectivamente el niño bajó y a pocos momentos subió con
Eduardo. ¡ Bienvenido , querido Eduardo ! fue el grito de todos,
y él a todos correspondía con las más afables expresiones . -Y
bien, mi amigo, como que tengo el derecho de reñiros ; pero
no, debo excusaros, cuando otros de más edad se han embu-
llado tanto con la iluminación ... Decía esto la madre mirán-
dome maliciosamente. —¡La iluminación ! exclamó Eduardo
fijando los ojos en Emma. No señora, yo no me he detenido
viendo la iluminación : llego en este momento de Hampstead .
14
-¡De Hampstead!" gritaron los chicos, pues las peras ! ¡ las
peras ! Mientras Eduardo sacaba de los bolsillos algunas casta-
ñas y otras frutas, la madre se sentaba a la mesa e invitaba a
los demás a hacer lo mismo. Emma y Eduardo se colocaron
en frente de ella, y a su lado de pie Roberto y Juan. La pobre-
za de la cena, ya se supone, correspondía al miserable estado
de aquella desventurada familia ; pero el decoro y la compos-
tura reinaban allí , y aún una vislumbre de contento pudiera
decirse que se traslucía en aquel día . Yo me había sentado al
lado de Tom, y contemplaba en aquel momento su figura.
Tendido en una estera y cubierto con una manta parda, deja-
ba sólo ver la cabeza recostada sobre una almohadilla de paja.
La débil luz de la lámpara que le hería oblicuamente, refle-
jaba en su rostro macilento: sus ojos hundidos y cavernosos ,
quedaban en la sombra de sus salientes y erizadas cejas ; y un
movimiento convulsivo que de cuando en cuando se descubría
en sus lívidos labios, mostraba que hacía un esfuerzo por re-
primir la impaciencia o dominar el dolor. El jarro de cerveza
le fue presentado dos veces por la bella y tímida Emma, y re-
cobrándose un poco, dijo al fin : -Vaya señores, que no pa-
recemos ingleses : por mi parte nunca he tenido el corazón frío
ni desleal, y juro que mientras viva he de decir : God save the
Queen . * 10 Todos a un tiempo, como de común acuerdo, ento-
naron entonces con espíritu animado, este hermoso himno tan
característico del pueblo inglés ; de este pueblo, el único en el
mundo que ha hecho del amor a la patria y la lealtad al so-
berano, un solo sentimiento, una sola virtud. Aquel canto sua-
ve y melodioso, la hora , la humildad del lugar, el sentimiento
tan puro y desinteresado que animaba a aquellos seres desgra-
ciados a hacer votos al cielo por la prosperidad del poderoso,
todo hacía en mí una impresión que en vano procuraría ex-
presar. En medio del sentimiento general que dominaba aquel
interesante coro, se notaba sin embargo en el acento, expre-
* ¡ Dios guarde a la Reina ! Himno nacional con que en toda fiesta o re-
unión, honran los ingleses a sus monarcas.
15
sión y mirada, la situación del alma de cada individuo. Los
dos niños cantaban sin emoción, sus dulces voces salían de
sus pechos, como se exhala de las flores el perfume, sin es-
fuerzo ni intención : Emma y Eduardo sumamente conmovidos
se miraban con ternura, y parecía que para sí mismos invoca-
ban del cielo protección ; lo porvenir se les mostraba incierto,
y sus apasionados corazones, palpitaban temerosos en medio de
las más dulces ilusiones. El acento de la madre era de resig-
nación: su destino no le estaba velado, y como que llamaba
en su auxilio para el momento del combate, la constancia, la
fortaleza, todo el apoyo de la religión; de cuando en cuando,
sin embargo, como si sondease con sus miradas un abismo,
la palidez cubría su rostro, y una banda aplomada ceñía su
frente como signo de desesperación . En Tom todo era lúgu-
bre; diríase que un muerto hacía rogación por su propia alma.
Todos habían callado , y él continuaba todavía murmurando
algunas palabras, a tiempo que la lámpara ya apagándose,
sólo lanzaba por intervalos algunos resplandores que venían
a morir poco a poco con aquella voz honda y sepulcral .
II .
16
al que experimenta mi alma cuando en presencia de estos des-
venturados, yo joven, robusto, dispuesto al trabajo, me veo, sin
embargo, como el holgazán, con los brazos cruzados y sin po-
der prestarles el más pequeño socorro en su infortunio. Me
arrojaría a las fieras por proporcionarles una tolerable exis-
tencia. Sería capaz de renunciar a Emma por verla feliz ...”
Al decir esto, leía yo en sus miradas y ademán aquel alto
y noble sentimiento que hace capaz de las más enérgicas reso-
luciones. Vamos, mi amigo, le dije, constancia y Dios provee-
rá; en lugar de pensar en renunciar a la adorable Emma, va-
mos ahora a verla y consultar los medios de asegurar vuestra
mutua felicidad. -No, de ninguna manera; vengo de su casa,
acabo de presenciar la escena más terrífica para mi corazón, y
no sé si nunca podré, en mi situación actual, volver a pisar los
umbrales de aquella casa. -¿Qué has presenciado ?, exclamé
lleno de angustia. -Ya conocéis el carácter severo e inflexible
del anciano Richardson, padre de la virtuosa Teresa . Al engrei-
miento de familia noble, reúne dotes del espíritu y del cora-
zón que le hacen estimarse justamente a sí propio; y sobre to-
do, una vida que puede llamarse completamente inmaculada
le ha acostumbrado a ser inexorable con las debilidades aje-
nas. Cuando su hija se casó con Tom, su corazón y su orgu-
llo recibieron una herida mortal. Adoraba a Teresa, hija única,
semejante a él en virtudes ; pero más tierna y más indulgente.
Su matrimonio con Tom le parecía no solamente deshonroso
por el lado del linaje y la profesión, sino sumamente desven-
tajoso por el carácter moral del individuo. Tom honrado, era
sin embargo, turbulento y disipado; su familia oscura, su pro-
fesión humilde : hermoso y galán de su persona, sabía atraerse
las miradas de las bellas ; pero entre todas sus cualidades la
más sobresaliente era su odio a la aristocracia. Teresa, a pesar
de la diferencia de cuna y de principios, le amó y le dió su
mano. Fueron notables las palabras del viejo Richardson en
este amargo momento: traspasado de dolor, pero con ojo enju-
to y mano firme puso a su hija a la puerta de su casa dicién-
17
dole: hija no te maldigo; pero te impongo que olvides desde
hoy por toda la eternidad esta casa y el anciano que la habita.
Dieciocho años hace ya de esto . El padre y la hija no vol-
vieron a verse; Richardson no se ha informado jamás de la si-
tuación de Teresa, y ésta creyendo a su padre en la misma
que le dejó, no ha osado nunca quebrantar su mandamiento.
Grandes mudanzas, sin embargo, han acaecido en la suerte de
entrambos. Conocéis el estado de la familia de Tom, la es-
pantosa miseria a que se ve reducida, y la esperanza que de-
ja aún a su pesar entrever la hija de Richardson de que algún
día su padre, conociendo su situación, la salvará de los horrores
de la indigencia. Oíd pues, ahora, lo que os rasgará el pecho
de dolor. Las seis de la tarde eran apenas : me hallaba yo
discurriendo con Emma y su madre sobre mi partida para Ir-
landa cuando llaman a la puerta. Baja la niña y vuelve inme-
diatamente diciendo que un anciano de aspecto venerable, pero
que parecía oprimido de miseria, preguntaba por su madre.
-Vuela, hija, y hazle entrar : hace mucho frío y el pobre an-
ciano sufrirá mucho. Emma bajó de nuevo a introducir el
huésped, y entretanto me decía su madre: ¿ quién será ? ¿ qué
necesitará ? me acongoja la idea de que sea algún desgraciado
a quien no podamos socorrer. ¡Dios mío ! exclamó, suspira el
necesitado antes de comer su pan de amargura; pero otro
más necesitado suspira y desfallece por falta de este pan. Divi-
damos el pedazo que poseemos, y coma de él el hambriento, no
sea que perezca y se nos diga después en el gran día: ¿por qué
le dejaste morir ? —Cuando me hablaba así Teresa , su acento
siempre noble y elevado, era trémulo y arrebatado , cierta inquie-
tud se retrataba en su semblante, y sus miradas estaban fijas en
la puerta que debía abrirse al huésped. A pocos instantes entra
Emma, siguiéndole de cerca un anciano : aquélla se aparta y de-
ja en nuestra presencia mudo e inmóvil un hombre como de 70
años , de elevada y noble planta, pero cuyo vestido tosco y mal-
tratado descubría su extrema pobreza. Su crecida y cana cabelle-
ra cayendo sobre sus espaldas, le daban un aspecto de extraña
18
austeridad. Su frente surcada y sus mejillas hundidas manifesta-
ban los estragos combinados del tiempo y del pesar. Su mirada
se fijó en Teresa, y aunque ésta por dos veces y con el acento
más expresivo le preguntó en qué podría servirle, él nada con-
testó: pasóse largo rato en este misterioso silencio ; todos queda-
mos suspensos en derredor de aquella extraordinaria figura, has-
ta que el anciano, extendiendo las manos hacia Teresa, dijo con
voz trémula y quebrada : “¡ Obedeciste hija, me has olvidado !”
Un grito de dolor no más se oyó en aquel instante; yo quedé
por algunos momentos tan turbado, que no puedo decir lo
que inmediatamente sucedió. Al cabo de un rato ya vi a Ri-
chardson sentado, los brazos cruzados, la cabeza caída sobre el
pecho, y las lágrimas goteando sobre sus espesas y crecidas
barbas. Teresa, Emma y los dos niños de rodillas delante de
él gemían y sollozaban, cubriéndose la cara con sus manos,
como no queriendo ver el dolor y desconsuelo pintados en las
facciones del desventurado anciano .
19
miradas manifestaban una horrible ansiedad, y torciéndose las
manos, dijo: "Señores, por Dios, no me arrojen a la calle en
este estado: no porque Richardson sea rico han de maltratar
al pobre Tom". Al oír estas palabras, Teresa, desprendiéndose
de los brazos de su padre, voló a estrechar entre los suyos a su
esposo, diciéndole : mi amigo, ¡ quién te puede hacer mal ! estás
en tu casa y tienes a tu lado a Teresa y a tus hijos ; tranquilí-
zate, yo estoy contigo. Pero Tom en un delirio espantoso volvía
desatinadamente los ojos a uno y otro lado y después asiéndose
fuertemente de su mujer, le decía: " ¡ Teresa ! ¡ querida Teresa !
yo escuché a tu padre; no le dejes ir ... pero es tan desapiada-
do... pídele ... mira, no le pidas más que una cosa, aunque
muramos nosotros : pídele algo para Emma". "¡ Algo para Em-
ma !", exclamó el anciano Richardson ; " sí, tiene razón, yo no
debía ofrecerme a la vista de mis hijos, sino para aliviar su
suerte; mis nietos debieron conocerme con las manos llenas de
dones; y mi presencia en medio de ellos debería haber derra-
mado contento y dicha y no ser causa de espanto y aflicción”.
Teresa, el ángel consolador, corrió al lado del anciano y con
un acento verdaderamente celestial, le dijo : "Señor, no nos
traspaséis el pecho : vuestra presencia en esta casa es el más
precioso don que el cielo ha podido hacernos : no añadáis a
nuestras angustias el martirio de vuestras quejas : compadeced,
os ruego, al desventurado Tom" . "Sí, hija mía, decía el afligi-
do padre, le compadezco; y ojalá pudiera con ésta mi helada
sangre compraros mejor suerte; pero, Dios mío ¡ anciano y des-
valido, arrastrando una mísera existencia, qué puedo hacer ! ..."
"¡Nada, nada quiere dar a sus hijos ese monstruo ! gritaba allá
Tom con un furor espantoso, maldito sea el avaro, maldito
sea Richardson; maldícelo Teresa : maldícelo Emma; " ... Los
brazos de Teresa desatentada, ahogaron la voz del infeliz deli-
rante; ella le estrechaba trémula y convulsa, y su voz expiraba
entre suspiros y sollozos. No puede describirse escena tan te-
rrífica: Tom parecía poseído de las furias," el pobre y débil
Richardson parecía que iba a sucumbir en tan cruel combate :
20
Teresa, la desgraciada Teresa con mortal angustia atendía ya
al padre, ya al marido, suplicando arrodillada, o abrazando
amorosa; pero siempre heroica, siemple sublime : Emma, mi
adorada Emma, postrada ante una cruz, pálida y bañada en llo-
ro, hacía al cielo las más ardientes plegarias. Yo maquinal-
mente iba a postrarme también a su lado, cuando unas carca-
jadas de Tom me hicieron volver atrás. En medio de descom-
pasadas risotadas, este desgraciado decía : " ¡ Richardson ! qué
buscas aquí; apuesto que estás tan pobre como yo ... ¡ Richard-
son ! (continuó enfureciéndose de nuevo ) ¡ vienes a comer el
pan del mendigo moribundo !" Esta tremenda interpelación
fue como un puñal al pecho del noble anciano que pasándose
la mano por la frente parecía que se preparaba a alguna gran
resolución. Alerta la solícita y penetrante Teresa iba a acer-
cársele para consolarle, cuando en medio de una violenta con-
vulsión se puso Tom de pie ; parecía un cadáver que se lanzaba
del sepulcro, desgreñado y macilento; y con miradas fatídicas
y una voz tremenda, dijo : " ¡Richardson ! deja esta casa, ¡ no
vengas a comer el pan de mis hijos hambrientos ! ¡ huye ! ¡huye!"
Richardson se puso también de pie enfrente de Tom; parecían
dos espectros. El anciano quedó por algunos instantes suspen-
so, y después extendiendo la mano con un ademán de desespe-
ración, dijo: ¡ hombre ! quédate en paz. Tom cayó de espaldas
y Richardson se precipitó por las escaleras. En vano intenté de-
tenerle; cuando bajé a la calle el triste anciano había ya des-
aparecido. Estaba ya oscuro y nevaba, y no sé a dónde ese des-
venturado, débil, cargado de años y miserias, podrá haber ha-
llado asilo esta noche" . Eduardo acabó estas palabras con un
enternecimiento y una agitación que no es posible pintar. El
calló y a mí me parecía que continuaba oyendo llanto, gemi-
dos y gritos de desesperación. Era la tormenta que bramaba
furiosa, y que en mis sentidos turbados prolongaba el efecto de
la horrible relación que acababa de oír. Yo no podré definir lo
que sentí en aquel momento: no era solamente una idea terri-
ble, una sensación acerba lo que experimentaba, era un enfla-
21
quecimiento de todas mis fuerzas, un desabrido desconsuelo que
me helaba la sangre en las venas, desconyuntaba mis miembros
y me dejaba en un estupor penoso. No sé cuanto tiempo per-
manecí mudo e inmóvil sufriendo esta agonía interna. Cuando
volví en mí hallé a Eduardo en un estado que manifestaba el
espantoso abandono que ordinariamente precede a la desespe-
ración. Tenía los brazos tendidos sobre la mesa, la cabeza caída
sobre un hombro, los ojos cerrados, y el agua que había recibido
de la lluvia corría de sus cabellos desordenados : parecía un
marinero que después de un naufragio y de haber luchado por
mucho tiempo contra el furor de las olas, ya sin fuerzas ni es-
peranzas, ve por última vez la luz, lanza un gemido, y se deja
caer en el abismo. En mi imaginación espantada se me repre-
sentaban como tétricos fantasmas persiguiéndose uno a otro
Richardson y Tom, y en medio de ellos dolorida y martirizada
la desventurada Teresa. Parecíame ver a Richardson, anciano y
lleno de miserias, abatido su antiguo orgullo y humillado hasta
el punto de buscar asilo en la casa de Tom, huyendo de esta
misma casa, maldecido, vagando en medio de una noche tem-
pestuosa, sin albergue, sin quién reanime sus desfallecidas fuer-
zas, sin quién abrigue siquiera sus helados miembros ... ¡ Pa-
recíame ver a Tom, postrado y moribundo figurándose en su
desordenada mente que Richardson es, ya el rico avariento
que ve sin piedad perecer sus hijos, ya un miserable que viene a
devorar el pan del que muere en la miseria; y en este desvarío,
ya le suplica, ya le amenaza; implora su favor, mofa su indi-
gencia; le pide para su Emma, le arroja con maldiciones ...!
¡ Figurábaseme, en medio del padre y del marido, Teresa afli-
gida y desolada , aplacando a éste, consolando a aquél ; que
abraza al uno, que abraza al otro ; que gime con entrambos, que
pide al cielo favor con voz de hija y de esposa; y el cielo la
abandona en el más espantoso desamparo ... ! La voz de Eduar-
do me sacó de esta especie de ensueño terrífico : parecióme que
salía de la mansión del dolor y de las penas, del reino de
los espectros y espantos ; ¿pero para entrar dónde ... ? en la
22
aún más tremenda realidad. La borrasca continuaba con más
furor, el viento soplaba con una violencia extraordinaria y
producía en los árboles y grandes masas de los edificios un
mugido ronco y temeroso, y en las hendeduras de las puertas
y ventanas sonidos agudos y penetrantes que parecían lamentos
de niños: el fuego de la chimenea estaba casi apagado ; y el
estremecimiento de nuestros miembros entumecidos por el frío
armonizaba con la agonía mental que experimentábamos.
"Adiós" me dijo Eduardo con una voz y una mirada que me
hicieron temer nuevas desgracias. "Eduardo ", le dije con tono
severo: " no saldrás sin mí; mira si quieres que haya otra víc-
tima y este anciano¹² te seguirá" . Al oír mis palabras, volvió a
caer sobre la silla dando un gemido que me traspasó el corazón .
¡Cuán larga noche ! ¡ qué eternidad ! las horas se hacían siglos
para nuestro sufrimiento y nuestra mortal impaciencia dupli-
caba las horas y aumentaba el tormento ...
III .
23
guna se confunde, cada una lleva su dardo, cada una hace su
herida. La sensibilidad tiene abismos que sólo se abren al dolor.
Llegamos, al fin, a la temida puerta; ninguno quería ser
el primero en golpearla; y por algunos instantes nos detuvi-
mos recogiendo nuestras fuerzas como para oír desgracias. Por
último, Eduardo llama trémulo a la puerta, y a pocos momen-
tos abre la angelical Emma. Respiré al mirarla. La sonrisa de
la esperanza se asomaba en su pura y bella boca con un candor
y una dulzura que llevaban paz al alma ; y el mirar lánguido
de sus hermosos ojos parecía más bien un recuerdo que un
anuncio de desgracia . Eduardo sin hablar palabra le tomó la
mano e imprimió en ella sus labios. Emma quedó inmóvil , sus
mejillas se sonrosearon; pero su serena frente conservó la
blancura del mármol . La escena fue muda, pero interesante :
nadie habló y todos nos entendimos.
24
desembarazo y garbo de la más escogida sociedad se adelantaba
saludándome. Yo volví los cumplimientos del mejor modo que
pude; vi a todos , hablé a todos , y tomé asiento esperando una
explicación de lo que veía. Mi sorpresa debía retratarse per-
fectamente en mi semblante; pues Teresa poniéndoseme al lado
me dijo: mi amigo, leo en tus ojos tu ansiedad y yo soy quien
debo sacarte de ella. Sabes ya por Eduardo la dolorosa escena
de anoche, escena que en vano intento apartar de mi imagina-
ción, y cuya memoria, aún cuando yo cambiase de situación,
bastaría para hacerme desgraciada persiguiéndome hasta mi úl-
tima hora. Después de esta horrible escena, cuando mi anciano
padre huyó precipitadamente de esta casa, Eduardo le siguió
de cerca, y yo, traspasado el pecho con mil puñales, quedé
atendiendo a mi infeliz marido que parecía iba a expirar en
medio de angustias mortales. Algún tiempo pasó antes que se
aplacase el acceso de la fiebre y que mi pobre Tom se tran-
quilizase. Entretanto Eduardo no aparecía; la tormenta conti-
nuaba con una violencia espantosa, y yo me figuraba a mi
desventurado padre caído en tierra, cubierto de nieve y pró-
ximo a expirar. Parecióme que me invocaba en su última ago-
nía y que con su helada mano me pedía socorro. Atónita me
levanto, dejo a Tom y a mis hijos, y sola, mal abrigada, sin
guía ni destino, me arrojo a la calle. El aspecto tenebroso de
la noche, la lobreguez de la hora, me sobrecogieron ; a los
pocos pasos las fuerzas me abandonan; el pavor hiela mi san-
gre, y hubiera caído allí muerta de flaqueza y desconsuelo si la
vista de una persona que se dirigía a la puerta de mi casa no
me hubiera reanimado con un rayo de esperanza . Acércase la
persona a mí y me pregunta por la señora Tom. -¿Qué que-
réis, le dije, con esta desgraciada ? aquí la tenéis. Tranquilizaos,
me dijo, vuestro padre está en salvo, mañana tendréis noti-
cias de su estado. -¿Y quién sois vos, señor, que tanto os se-
mejais a la Providencia ? le dije casi de rodillas. —“ Un amigo
vuestro, me contestó sosteniéndome: tranquilizaos, mañana nos
veremos" . Esta persona, que percibí ser un joven, partió, y yo
25
me volví a mis hijos y esposo que encontré en la mayor cons-
ternación. Referíles lo ocurrido; y después de una noche agita-
da por las más extrañas imaginaciones , hoy tan temprano co-
mo ves, hemos recibido la visita prometida del joven generoso
que ha salvado a mi padre. -Parece joven de distinción , le
-
dije. Es de la familia de los Mac-Donald y dice que su padre
ha sido amigo del mío. Cuando me hacía Teresa esta relación,
el joven protector sentado al lado de Emma, ostentaba su bella
persona, sus elegantes modales, la cultura de su habla y todo
aquello que él conocía le daba superioridad entre los que le
escuchaban; pero lo hacía con la finura y destreza que da el
trato de la alta sociedad para saber hacerse admirar sin desper-
tar en los otros un penoso sentimiento de humillación . Emma
más bella y más candorosa que nunca, estaba inmóvil como
una estatua, viéndose, por primera vez en su vida, el objeto de
las finas atenciones, de las más delicadas lisonjas de parte de un
joven cuyo rango, tono y brillo la dejaban sorprendida. Con la
más pura inocencia Emma dejaba traslucir la sorpresa agrada-
ble que le causaba cuanto oía. En sus labios de coral jugaba
modestamente una sonrisa amabilísima , y en la suave expre-
sión de sus ojos mostraba cierta fascinación que realzaba más
el hechizo de su persona. Grande era la compostura y modera-
ción que mostraba el joven ; aun creo que se traslucía un cui-
dadoso estudio por parecer hasta el extremo respetuoso con
una familia cuyas apariencias exteriores podrían hacer creer a
cualquiera que no merecía tal homenaje. No pudo, sin embar-
go, con todo su esmero, ocultar a mi penetración una mirada
lanzada al descuido en que parecía medía, con una compla-
cencia extraordinaria, la estrecha cintura de Emma y los gra-
ciosos y seductores contornos de su seno.
Yo iba a dirigirme al joven señor por saber de su misma
boca lo único que me interesaba de su vida, es decir, lo que
tenía relación con Richardson, cuando la actitud de Eduardo
llamó toda mi atención. De pie y arrimado a la chimenea,
no había desplegado sus labios ; la palidez de su rostro, un
26
movimiento trémulo que en vano quería ocultar, y sus vagas
miradas que parecían no hallar reposo en ningún objeto, me
hicieron descubrir el tormento que en aquel instante sufría
aquella criatura. No haber podido prestar ni el más pequeño
servicio en tan tremenda ocasión ; verse a un lado pobre y
desvalido; y encontrarse con el héroe del drama, joven apuesto
y brillante al lado de su Emma, recibiendo de la familia entera
las expresiones del más vivo reconocimiento; esto era dema-
siado para el pecho de Eduardo, lleno de sensibilidad y de no-
ble altivez. No supe por algunos momentos qué hacer ; dejarle
en aquella situación era crueldad ; dirigirle la palabra era lla-
mar la atención hacia él y mortificarle más ; no me quedó otro
arbitrio que hacer notar a Teresa el cruel embarazo de nues-
tro amigo. Fina, tierna y delicada como siempre, esta incom-
parable mujer se halló pronto y con la mayor naturalidad y
gracia colocada al lado de Eduardo . No sé qué le dijo ; pero
sí era fácil descubrir en el semblante del pobre mozo, cuánto
alivio había recibido en su penosa situación. Aún no se atre-
vía a hablar; pero su continente era más seguro, y aun echó
una mirada serena e indiferente sobre el gallardo caballero.
Este, creyendo deber ya retirarse, dirigió de nuevo algunas pa-
labras a Teresa y ofreciéndola comunicarle a menudo noticias
de su padre, se despidió , dejando a todos prendados de su gra-
cia y gentileza, y recibiendo mil bendiciones de una familia
agradecida .
27
fuente desatada por las mejillas de Teresa, y su voz quedó
cortada entre suspiros. "La desgracia, debo decirlo, continuó
al cabo de un rato, me ha hecho muy cobarde; hay siempre
para mí en todos los acontecimientos de la vida un fondo de
amargura; no quiero penetrar más en éste : basta por hoy para
dar gracias a la Providencia ..."
28
reída, porque lo que has dicho, Eduardo, yo lo suponía; pues
si los nobles, ricos y bien educados no fueran generosos, yo no
sé quién entonces tendría obligación de serlo . —Nosotros ; con-
testó allá Tom con voz quebrada y procurando chancearse . Esta
sola palabra de aquel infeliz produjo un contento general. La
fiebre daba en aquel momento la tregua ordinaria ; sus hijos
le besaron las manos, Teresa le tomó el pulso y le pasó tierna-
mente la mano por la frente, y encontrándole muy aliviado, se
volvió a mí diciéndome risueña : -Vamos, mi amigo, es pre-
ciso que hoy nos dé usted la historia de los Mac- Donalds ; to-
dos, estoy cierta, la oiremos con mucho gusto. -En hora bue-
na, dije yo, ya que a toda costa se quiere saber algo de esta fa-
milia, referiré el hecho más notable de su historia y a qué de-
bió en gran parte el poderío y lustre que andando el tiempo
adquirió; y como hay una Emma en la historia, espero que será
oída con más interés . —¡Una Emma ! exclamaron todos . —Sí,
pero no como la nuestra, dije tomándole una mano a la gra-
ciosa niña. Oigamos pues ; por los años de 1580 Fergus Mac-
Donald, coronel escocés, y hermano de Jaime Lord de Kantyre,
llegó a Irlanda con una partida de montañeses , con el fin de
prestar auxilio a Tyrconnell que contra el gran O'Neill mante-
nía guerra hacía muchos años. A su paso por el Rout fue re-
cibido de amigo, con las demostraciones que más precio tenían
en aquellos rudos tiempos, por Hugo Mac-Quillan, descendien-
te de la noble familia De Burghs, señor del Rout y de Kilconery
y poseedor del noble castillo de Dunluce. Pasados algunos días,
y próximo a partir Mac-Donald después de haber disfrutado
de la más franca hospitalidad, Mac-Quillan que sostenía fiera
contienda con los habitantes de la otra orilla del Bann, le di-
jo : "señor y huésped mío, sois fuerte y estáis bien acompa-
ñado y si en el combate que hoy debo de dar a la gente de
Killiterag, me dieras mano y auxilio, yo os aseguro que im-
pondríais una eterna obligación a los Mac-Quillans, que a nadie
ceden en lealtad y agradecimiento" . " Señor, respondió el es-
29
cocés, los Mac-Donalds nunca reciben favores sin tornarlos :
contad conmigo y mis compañeros, y os ofrezco a fuer de
quien soy, que la gente de Killiterag pagarán dos por uno al
señor de este castillo donde tanto se me ha honrado". Forma-
da así alianza entre los dos nobles señores, el temeroso son de
alarma resonó en la comarca ; los gallogloghs * 1* se apercibieron
y se juntaron con los montañeses , y puestos a la cabeza los
dos probados caudillos, marcharon sin tardanza a la batalla.
Reñidísima fue y sangrienta, y harto fatal a los de Killiterag,
cuyo jefe, cayendo después de destrozado su ejército en manos
de sus enemigos, no pudo libertar su vida, aunque ofreció por
rescate sus potros de raza generosa y las más hermosas donce-
llas de sus dominios . Concluida la acción y recogido el botín,
tornaron los vencedores al castillo de Dunluce a entregarse a
los regocijos del triunfo .
30
rado su hija, y la sangre del pérfido no más puede lavar su
afrenta. La voz del ofendido señor fue oída por sus vasallos,
y los gritos de " muerte a los montañeses " resonaron en los con-
fines. Apercibido también Mac-Donald, espera la hora del com-
bate. Pocos cuenta la historia tan horribles y carniceros ; pero
no da siempre la justicia el triunfo. Mac-Quillan fue derrota-
do con pérdida de casi toda su gente, y aunque muchas veces
logró rehacerse y siempre volvió al combate, casi siempre fue
vencido él y después sus descendientes por los más afortuna-
dos Mac-Donalds .
31
nadas las injurias del tiempo y de los hombres. Representaban
tres de los más ilustres Mac-Quillans, y hoy mutilados e infor-
mes son un triste emblema de las grandezas humanas .
IV .
32
ces, ¿por qué no se contenta con sus obras ? ¿ A qué viene aquí ?
¿Hay algo de placentero en la vista de un infeliz moribundo,
de una familia consternada, de una habitación triste, lóbrega
e inmunda ? ¿ Qué tiene que hacer el brillo con la oscuridad,
qué placer halla el rico en mostrarse a los ojos del necesitado ;
no sabe que su satisfacción, su atavío, su mirada misma cuando
menos le sonroja y desconcierta ? Estas reflexiones hacía Teresa
y sacaba tristemente por conclusión, que Héctor Mac-Donald
venía allí por Emma. Nadie mejor que la madre conocía la vir-
tud de su hija. Emma era tan pura como bella, y además su
corazón había ya recibido las primeras e indelebles impresio-
nes de un casto amor. En presencia de Eduardo no podía haber
peligro para Emma ; pero Eduardo debía partir para Irlanda,
y Emma quedaba expuesta a los halagos seductores de un joven
que reunía cuanto puede fascinar el corazón y lisonjear la va-
nidad de una mujer. El amor y la virtud triunfarían sin duda
de la seducción ; pero ¡ quién libraría a Emma de la calumnia,
y quién no la calumniaría sabiendo que era el objeto de las
atenciones de un poderoso ! ¡ Desgraciada condición del pobre !
La sociedad le hunde en un abismo, le destruye de todo auxi-
lio, le niega todo socorro; pero en el momento de su lucha con
las necesidades, allí está ella como testigo acusador para exi-
girle esfuerzos, sacrificios , heroísmo, y condenarle al oprobio
y a la infamia si la humanidad sucumbe bajo el peso del infor-
tunio y la miseria. ¡ Y ojalá que el baldón afrentase solamente
al vencido ! Pero ¡ ay ! que la virtud más probada no salva
siempre de la deshonra . Mi amigo, me decía Teresa tristemente
viendo a Emma que se ponía cuidadosamente unas flores en
la cabeza ; ¿ cuál será el destino de mi hija ? Me estremezco al
verla tan confiada en su felicidad futura ; y es mi culpa. Tan
sensible y bella como es, me habría parecido un sacrilegio ini-
ciar su inocente corazón en las desgracias y vicios de la hu-
manidad. Ella ha crecido feliz en medio de la miseria, como
una rosa en terreno estéril , rica con sus propios perfumes y co-
lores. ¡Ay! ¡ cuán desapercibida la encontraría la desgracia !
33
-Pero Teresa, le dije, os atormentáis con funestas imagina-
ciones, ¿ no confiáis en que Eduardo hará la felicidad de Em-
ma ?
34
rá todo por complacernos ; ¿ pero hemos por esto de abusar de
su cariño ? ¿ qué pensáis de esto amigo mío ? dijo Teresa diri-
giéndose a mí.
35
que hacía tiempo que la escena que se representaba en aque-
lla familia, que él tenía sobre su corazón, era la más propia
para despedazárselo. Los favores de la mano de Héctor Mac-
Donald, eran tósigos para su alma ; su presencia le ponía siem-
pre frío y silencioso : el brillo y despejo de aquél le hacían
más concentrado, y cómo que se complacía en formar con él
contraste haciéndose cada vez más oscuro, más impenetrable.
Emma no conocía este misterio, y procurando penetrarlo he-
ría a su amante de muerte. Mac-Donald conocía su terreno,
y más de una vez le vi intentar muy diestramente hacer acep-
tar a Eduardo algún servicio; pero siempre vi a éste apartar
con modesta entereza la mano que se lo ofrecía . Todo esto
no era sin embargo suficiente para explicarme la conducta de
Eduardo amado de Emma. Sabía yo que él la adoraba ; que
su vida toda era un pensamiento de amor; y siendo corres-
pondido de Emma, ¿ qué le arredraba ? ¿Por qué aquella hon-
da tristeza tan incompatible con el estado de amante preferi-
do ? Nada eleva tanto el alma del hombre como el amor y la
religión; uno y otro sentimiento ennoblecen el corazón, le ha-
cen tierno y generoso, y como que le rescatan de sus ordina-
rias flaquezas. Ante su Dios y su amada, el hombre es un no-
ble ser: su homenaje es puro, su promesa firme, heroicos sus
esfuerzos, sublime su constancia. Si espera, es con la fe del
ángel, si teme, con la humildad del mortal .
36
-Eduardo , replicó Emma conmovida, jamás me he aver-
gonzado de confesar los beneficios recibidos.
37
que es. El amor sería la ciencia, el arte, el culto de todos los
hombres; la mujer encerraría su ambición, sus estudios y de-
beres : ella compendiaría la naturaleza entera, y lo que el hom-
bre perdiese renunciando al estudio de las leyes físicas del
universo, lo hallaría altamente recompensado en una perfec-
ción moral de que apenas podemos formar idea; pero que se-
ría el resultado de sentimientos excitados hasta un grado no
conocido; de afecciones poderosas, intensas y exclusivas, que
dando fuerza al alma y ardor al corazón, harían del hombre un
ser más enérgico y más capaz de dicha y de dolor. La mujer
sería entonces su único ídolo en la tierra, y su vida toda un
acto continuo de adoración.
38
24
verás tus Porcias y Cornelias, no más a una Lucrecia debe-
rás tu libertad. Damas de la sociedad moderna, soberanas que
reináis en tantos corazones, diosas que en vuestras aras mi-
ráis tantos perfumes quemados, poned a prueba vuestro pre-
gonado poder, haced que el más rendido de vuestros adorado-
res os sacrifique ... siquiera una moda, y si lo lográis ... pero
no lo pretenderéis : el tacto nunca os falta, y sabéis que vues-
tro imperio es como el de las hadas : ¡ un hermoso cuento que
contamos y quisiéramos creer... !
Por aquí iba yo en mis reflexiones, contemplando a Emma
tan hermosa y tan abatida, cuando la presencia de Héctor Mac-
Donald vino a cambiar la escena . Señores, dijo al entrar,
quiero haceros participar de las sensaciones que acabo de recibir,
y si me lo permitís, sin más preámbulo os referiré lo que he
visto.
39
-Se os acusa de haber matado voluntariamente a un sal-
timbanco llamado Diego Baldwin. ¿Sois o no culpable de
este hecho?
40
y yo no tenía más que a ella que pudiese amarme en el mundo !
41
y graciosa como antes, sino que la he oído jurar y maldecir,
la he visto fea y embrutecida, la he visto depravada por la
miseria y la corrupción . ¡ Pero ni me ha reconocido siquiera ... !
¡No, no me ha reconocido ! ¿Comprendéis ahora ? ¿Compren-
déis ? ... El miserable me robó la sonrisa, el amor, el alma
de mi hija... ¡Y yo no lo maté más que una vez !
La relación de este hombre produjo una sensación pro-
funda y dolorosa en todo el auditorio; y a la verdad no creo
que jamás se haya visto un sentimiento más bien expresado que
el que se retrataba en las palabras, miradas y movimientos de
aquel padre desgraciado. Pocos momentos habían pasado cuan-
do el presidente del jurado se adelantó diciendo :
-Mi lord, mis colegas me encargan anuncie a S.S. , que
su juicio está ya formado.
42
-Por vida mía (dijo Tom con voz ronca ) , que Jorge
Hammon hizo poco : juro que si la tienen conmigo los truha-
nes, arremeto con la tropa entera, y por Dios que limpio la
tierra de esa maldita canalla . Todavía si me levanto como
que he de...
43
las que Héctor, que tenía a su lado, le dirigía en el mismo to-
V.
44
pararse más en la vida, era sin embargo un golpe funesto.
Teresa manifestaba haber llorado : de Emma no puedo decir
qué género de expresión manifestaba su semblante; envuelta
en un pañuelo de lana y sentada en un rincón de la pieza, te-
nía la cabeza reclinada sobre una silla y parecía que dormía.
La madre mirándola me dijo : esa angustiada criatura, empie-
za ya a padecer; ha pasado la noche entera sollozando; en
vano la infeliz quería ocultarme su pesar; no sabe lo que son
oídos de madre. Yo la oía con el pecho traspasado ; espera-
ba que el sueño la rindiese y hallará en él el consuelo que la
vida empieza ya a negarle ; pero hasta esta esperanza fue
burlada ; a media noche hube de levantarme a consolar esta
triste criatura. Toda sobrecogida procuró persuadirme que te-
nía fuerte dolor de cabeza ; yo le dije : mi querida Emma, tú
sabes que yo apruebo el sentimiento que te inspira Eduardo,
ni puedes, ni debes ocultármelo; pero ¿por qué se te convier-
te en tormento ? ¿por qué fue su despedida tan desabrida?
-Mamá, me contestó, ahogándose con los sollozos, yo debí
darle esta cruz, se la había ofrecido, y yo tenía en esto el mayor
interés : usted sabe que es una cruz bendecida por el patriarca
de Jerusalén sobre el mismo sepulcro de Cristo, y yo quería
que Eduardo la llevase al cuello para que lo librase de todos
los peligros del viaje. -Preguntéle por qué no se la había da-
do, y me dio a entender lo que yo calculaba. Desatentada con
la partida de Eduardo, sobrecogida con las expresiones y mi-
radas extrañas que notó en él y más que todo asediada por el
joven Mac-Donald que no la desamparó un momento, le faltó
la oportunidad, o más bien la resolución de dar a Eduardo, en
presencia de testigos, una prueba tan fina de su cariño. -Yo
la consolé, tomé la cruz , y prometí entregársela para que por
la primera ocasión se la remitas a Eduardo. Desde este mo-
mento, la pobre criatura como si hubiese recibido un grande
alivio, descansó, y aun duerme como la ves, medio reclinada
en aquella silla .
45
-Pero tú también has llorado, Teresa, le dije; ¿tenías tam-
bién cruz que dar?
-No que dar, mi amigo, pero sí que cargar y muy pesada.
¡Sólo me falta saber dónde será mi calvario!
-¿Pero hay, mi amiga, nuevos motivos de disgusto ?
-Sí : hoy ha acabado de revelárseme un atroz complot que
yo nunca pude sospechar. Que Héctor Mac-Donald se intere-
sase por Emma me parecía cosa natural; pero que se confa-
bulase con otras personas para hacer dudoso el proceder de
Emma a los ojos de Eduardo , nunca, nunca lo hubiera creído.
Y esto es justamente lo que sucede ; la única amiga de Emma,
¡pérfida ! la única que creí yo digna de la amistad de mi ino-
cente hija, de acuerdo con ese joven que nos ha favorecido apa-
rentemente con el designio quizá de cubrirnos de oprobio e ig-
nominia ... ¡ miserable ! ¡ no conoce la virtud ! ... esa amiga, se
ha encargado de sembrar sospechas en el corazón de Eduardo.
-Pero ¿quién os ha hecho esa revelación ?
-La mayor casualidad . No hará una hora que uno de mis
niños deletreando en un pedazo de papel, dijo dos o tres pa-
labras que me llamaron la atención. Tomé el papel y vi in-
mediatamente que la escritura era de Héctor; leo y encuentro
estas palabras : "Partió al fin, mi querida, y como dice nues-
tro gran poeta :
"'*
"Pierc'd to the soul with slander's vemon'd spear .
46
niño ? Pregúntole y descubro que habiendo ido muy tempra-
no en casa de Fanny Moore, esa joven que Emma llama su
querida amiga, la encontró al tocador, y tomando el chico uno
de los papeles que arrojaba y con que había cogido sus rizos,
se vino con él deletreándolo . Ved, mi amigo, si tengo motivos
para llorar. Sí, diré con Job: mi rostro se hincha con el llanto,
y mis párpados se oscurecen; y esto lo sufro sin maldad de
mis manos ... y cuando ofrezco a Dios limpios mis ruegos25 ..
47
-Pero, Teresa, le interrumpí, es preciso algún miramien-
to; el estado de tu desgraciado esposo ...
48
tan extremas; ni hallo todavía pruebas bastante claras para jus-
tificar un procedimiento violento respecto de Mac-Donald. Un
pedazo de papel sin firma, sin nombre alguno y que puede
aplicarse a diferentes personas y situaciones, no es lo bastan-
te para echar en cara a un individuo un proceder infame; so-
bre todo, cuando con esto podemos causar graves daños a las
personas que más queremos. No pretendo, tampoco, inspi-
rarte confianza respecto de este joven : él nunca me la ha ins-
pirado a mí; pero me parece prudente observarlo y aguardar
la vuelta de Eduardo, a quien escribiremos tranquilizándole
sobre los sentimientos de Emma. ¿Adoptarás, mi amiga, este
plan ? Yo te prometo velar contigo sobre el honor de tu casa.
49
"dres y Westminster, ninguno ha recibido auxilio alguno de
"los ricos prelados como el Arzobispo de Canterbury y el Obis-
"po de Londres, con una renta, el primero, de 30.000 y el se-
"gundo, de 20.000 libras esterlinas & . ?"
50
carrera el domingo, y a enterrar en ese día los cuerpos de to-
dos los que han muerto en la semana, para ahorrar bendicio-
nes. Conque ya ves que del cura nada tienes que esperar ;
mucho menos cuando ya no se distribuyen en la sacristía los
fondos de pobres desde que hay casas de trabajo .
51
tenciones no eran puras. Emma no se engañaba ya tampoco
sobre la especie de interés que mostraba por la familia aquel
joven; y convencida de la impresión que esto debía de haber
hecho en Eduardo, se desesperaba de haberlo visto partir sin
una explicación. La amable sonrisa con que siempre había ha-
blado a Mac-Donald, se había convertido en la más impertur-
bable seriedad: la doncella penetraba por primera vez en un
arcano que la hacía sonrojar; jamás había pensado que otro
hombre que no fuera Eduardo pusiera los ojos en ella, ni en su
idea cabía que Emma pudiera ser pretendida sino por esposa.
Este velo caía de sus ojos por primera vez ; la sonrisa y el
abandono infantil huyeron ante el pudor alarmado , y la dulce
inocencia se revistió con toda la austeridad de virtud . ¡ Prodi-
gios del corazón humano ! Pocos días habían bastado para
cambiar la existencia de Emma. Había sido hasta entonces
inocente, pura y bella, ignorando el precio de estas dotes : en
su casto seno no había sentimiento que no fuese virginal; y
a sus oídos jamás había llegado la contagiosa historia del vi-
cio. Un rayo de funesta luz vino al fin a iluminar el hondo
abismo, sepulcro de la inocencia : y Emma estremecida al con-
templarle, mostraba en su semblante la novedad de su situa-
ción interior. Ni una sonrisa se escapó más de sus labios en
presencia de Mac-Donald, sus ojos no volvieron a encontrarse
más con los suyos; y con el nombre de Eduardo que estaba
constantemente en su boca, daba a entender que quería poner
una valla que la aislase para siempre de toda otra conexión.
Cuando estaba sola no temía ya mostrar toda su ternura por
su amigo ausente ; sobre todo, la pequeña cruz que debió darle
el día de la partida , era su tema favorito : quería enviarla a
Eduardo tan pronto como supiera el punto donde se hallase; el
cordón era de su cabello, y debía llevarla al cuello como un
talismán precioso. Está bendecida, me decía una y otra vez,
por el Patriarca de Jerusalén sobre el mismo sepulcro de Cris-
to, y no estaré tranquila mientras no sepa que la lleva Eduar-
do al pecho. Efectivamente, tenía Emma una verdadera inquie-
52
tud respecto de esta cruz : la desesperaba el no habérsela po-
dido dar a su amigo el día de su partida ; se diría que una
doble superstición obraba con mágico poder sobre esta joven
enamorada y piadosa a un tiempo.
Muchos días pasaban, sin embargo, y ninguna noticia re-
cibíamos de Eduardo. Emma y Teresa estaban sumamente alar-
madas y aún yo empezaba a inquietarme. Aún suponiendo que
Eduardo hubiese pasado de Dublín y vístose obligado a con-
tinuar hasta los Condados del Norte, tiempo había sobrado
para haber recibido cartas suyas. Olvido e indiferencia, cau-
sas ordinarias de interrupción en la correspondencia de perso-
nas ausentes, eran cosas que no se podían suponer en Eduar-
do; resentimiento, despecho, determinación de romper toda
relación con aquella familia no podía ser, porque si en circuns-
tancias ordinarias tal conducta habría parecido indigna y des-
preciable, en las actuales, cuando tantos desgraciados le veían
como su único amparo, cuando sus compromisos con Emma
eran los más solemnes y sagrados , este proceder sería infame,
inicuo, propio de un malvado sin fe y sin honor. Una causa
grave, sin embargo, debía de existir para explicar el silencio
de Eduardo; y nuestra imaginación recorría todos los obs-
táculos posibles que pudieran influir en un acontecimiento que
tanto nos alarmaba. Todos los plazos, que en la suposición de
viajes y contratiempos íbamos señalando, se iban venciendo y
las cartas no llegaban ; no nos quedaban ya causas ni inconve-
nientes que allanar ; el tiempo corría y dejaba en nuestra es-
pectativa un vacío, que ya la imaginación empezaba a llenar
con siniestros presentimientos . Teresa devoraba en silencio sus
terrores por no aumentar la desesperación de Emma ; ¡ inútil
precaución ! el pecho de ésta era ya presa de la más aguda
pena, y un abatimiento espantoso se estaba apoderando de
sus potencias. Su alma apasionada había recorrido, con una de
aquellas miradas penetrantes que valen por una revelación,
todas las distancias, todos los obstáculos , todas las situaciones
del corazón humano, y como si hubiese descubierto en los ar-
53
canos del destino una verdad aterradora , cayó un día en los
brazos de su madre diciendo con los acentos de la más honda
desesperación: ¡ madre mía ! no hay ya esperanza ; ¡ Eduardo o
no me ama o no existe ! —La acción, las palabras, el desfigu-
ramiento que se notaba en el semblante de la doncella, y sobre
todo un sollozo convulsivo que estremecía todo su cuerpo, nos
pusieron a todos en grande alarma. La madre la estrechó en
su seno y con palabras consoladoras procuró aliviar aquel pe-
cho acongojado. Yo intenté lo mismo; pero en vano: la virgen,
como el Vidente, había leído en lo futuro, y dijo como él : " No
le verá más en la tierra de los vivientes".
Aquella escena me despedazó el corazón . En la desgra-
ciada familia de Tom, hundida en la oscuridad y la miseria,
arrastrando una existencia en que cada hora se marcaba con un
nuevo dolor, con una nueva humillación , todavía se veía a
Emma, joven bella e inocente , como ve el navegante un rayo
del azul del cielo en medio de las tenebrosas nubes que amon-
tona la tempestad. Emma era el ídolo de su padre, el conten-
to y la esperanza de la casa ; y verla ahora sumergida en el
más profundo abatimiento, su pecho traspasado por los más
agudos dardos del dolor, era un espectáculo harto penoso y
aflictivo para corazones ya tan lacerados por tantos padeci-
mientos. Yo mismo iba cayendo en un mortal desaliento, cuan-
do una repentina reflexión me hizo volver en mí. Y ¿ qué es
esto, señores ? dije ; ¿ dónde está la causa para esta desespera-
ción ? ¿ cuáles son siquiera los amagos de una nueva desgracia ?
Emma, la dije, tomándola por la mano, esos terrores son va-
nos; ese dolor intempestivo; el quejarse sin razón irrita al
cielo; las plegarias sólo pueden cerrar el abismo de una des-
gracia futura. Yo confieso que me sentí reanimado con mis
propias exhortaciones; pero Emma echándome una mirada la
más triste y desconsolada, me dijo con acento melancólico :
¡ mi vida entera ha sido una plegaria, y el abismo ! ... No pu-
do proseguir y yo tuve que sostenerla para que no cayese en
el suelo. Su madre se esforzaba todavía por reanimar el alma
54
de Emma, sorprendida al mismo tiempo de ver en su hija un
grado de pasión y sensibilidad que excedía a lo que ella se
había figurado. Héctor Mac-Donald entró a este tiempo : infor-
mado del motivo de aquella escena de dolor, se mostró afec-
tado; pero hallando infundados los temores, ofreció escribir
inmediatamente a sus numerosas relaciones de Irlanda para
saber el paradero de Eduardo . No me detuve en juzgar de la
sinceridad de sus ofrecimientos, ni me pareció prudente fiar
en ellos : tomé el partido, sí, de salir yo mismo en aquel mo-
mento a hacer cuantas diligencias estuviesen en mi poder pa-
ra obtener noticias de Eduardo ; resuelto a no volver a aque-
lla casa antes de haberlas obtenido.
Tres días habían ya transcurrido y todas mis diligencias
habían sido infructuosas; ¿y cómo no serlo ? nadie conocía a
Eduardo en Londres ; y aunque hubiese sido muy conocido ,
¿quién podría saber su paradero si él mismo no lo indicaba ?
Llegué a figurarme que engañado quizá por apariencias y juz-
gándose olvidado de Emma, se había embarcado para Amé-
rica; pero irse sin decírmelo, sin dejarme siquiera una carta
que me sacase de la ansiedad en que necesariamente debía
suponerme al ver su largo silencio, me parecía cosa imposi-
ble, un hecho ajeno de Eduardo , tan cumplido y afectuoso.
¡ Pero qué se ha hecho, Díos mío ! exclamaba yo dirigiéndome
al puente de Waterloo, cuando un inmenso grupo de gente
que se hallaba en él, me impidió el paso y me llamó fuerte-
mente la atención . A la distancia en que estaba parecióme ver
en medio del puente una horca y colgando de ella un hombre;
¿pero cómo podía ser aquello ? ni era el puente lugar de eje-
cución, ni el semblante de los concurrentes indicaba tan tre-
mendo acto: parecía una fiesta; pero no concebía cómo pu-
diese haber fiesta con ahorcado, porque tal me pareció el hom-
bre que colgaba. En estas dudas estaba, cuando de repente
un fuerte rumor se propaga rápidamente en aquel inmenso
grupo : todos se remueven: los más inmediatos a la escena
forman un gran tumulto, y veo por último que dos hombres
55
subiendo por una escalera, descuelgan al que estaba pendien-
te con todas las apariencias de un muerto. Mi confusión cre-
cía; no alcanzaba a comprender nada de lo que veía; hasta
que desahogado un poco el tumulto de los que se precipitaban
por acercarse al lugar de la escena, pregunté a quien pudo
decirme lo siguiente : "Este es Scott, el famoso buzo ameri-
cano que ha estado por muchos días divirtiendo al pueblo con
tirarse al río desde ese andamio o parapeto que ha puesto en
el puente, y permaneciendo mucho tiempo debajo del agua, a
pesar del rigor de la estación. Hoy quiso variar de suertes ;
ofreció permanecer por algunos minutos colgado por el cuello,
y efectivamente se colgó; pero pasando más tiempo del que
se creyó necesario para admirar el hecho, el pueblo reunido
le gritaba: ¡ basta ! ¡ basta ! ¡ otra cosa ! pero el desgraciado ya
no existía".
-Completamente.
56
Sorprendióme la aparición de Héctor Mac-Donald, que habién-
dome visto, detuvo su carruaje, y me dijo : acabo de saber
que vuestros amigos están en la mayor desolación: ignoro la
causa; pero os lo anuncio para que corráis a auxiliarlos. To-
mad, yo parto hoy de Londres : socorred a esos amigos des-
graciados y decidles que cuenten con mi protección. —Al
Al decir
estas palabras me arrojó un bolsillo y partió como un relám-
pago.
Yo no hubiera querido encargarme de un don de aquel jo-
ven, pero no había medio de devolvérselo en aquel momento:
tomé el bolsillo y lleno de susto y consternación corrí a la ca-
sa de Tom. Indeterminable me parecía el camino y los ins-
tantes se me hacían siglos. Llego al fin: llamo a la puerta
aterrado como un delincuente ; siento abrirla , y en lugar de
Emma que me recibía siempre, veo a Fanny Moore.
-¿Qué ha sucedido ? exclamé.
57
ramente que él contenía el puñal que había herido a un tiem-
58
VI .
59
nueva, y mil grupos se formaron inmediatamente en todas las
calles. Yo me acerqué a uno de ellos, donde se leía la relación
del hecho. Este era que Lord William Russell se había en-
contrado degollado en su cama, sin que se supiera aún quién
fuese el asesino. El terror, el espanto, la indignación, se pin-
taron inmediatamente en todos los semblantes ; pero yo per-
manecí inalterable. Un muerto más, dije en mi interior, es co-
mo una hoja más, caída en el otoño; ¿quién la cuenta, quién la
ve ? Ha muerto asesinado ; y mi Eduardo ¿cómo murió? Era
rico, poderoso y anciano ; pues ése gozó algo de la vida y su
suerte es incomparablemente preferible a la de millones de sus
semejantes cuya vida no es más que un martirio prolongado.
¡Destrucción ! ¡ destrucción ! es el mote de la humanidad. Hoy
cayó William Russell bajo el puñal del asesino; éste expirará
luego entre el lazo del verdugo, y después el verdugo y el
juez se hallarán también por diferentes caminos en las manos
del sepulturero. Y yo moriré mañana maldecido y maldicien-
do ...
60
desgracia más igual, más inflexible, más semejante a una eter-
nidad de penas. No será Emma, me decía yo llamando a la
puerta, la que vendrá como antes a abrirme. No me saludará
más aquel ángel con la sonrisa celeste y su luciente mirada.
Fue efectivamente el pequeño Juan el que me abrió; ¡ pero
cuán cambiado ! ¡ Qué macilento, qué triste me pareció el po-
bre niño ! No tenía como antes el cabello rizado, ni sus vesti-
dos tan limpios ; antes al contrario, su desaliño y abandono
mostraban bien que la mano de Emma se había perdido para
todos. Yo subía la estrecha y solitaria escalera como puede
subirse la del patíbulo. Ya me sentí interiormente cambiado;
ya me veía otra vez en presencia de mis desventurados ami-
gos, y la ira desvaneciéndose dio lugar al más helado descon-
suelo. Largo rato permanecí en el umbral sin fuerzas para
penetrar en aquel sepulcro de vivos. La pieza estaba oscura;
un rayo de escasa luz penetraba por una rota vidriera ; en la
chimenea ardían todavía unos carbones, y los niños mal vesti-
dos tiritaban en derredor de aquel fuego moribundo . Teresa
estaba sentada en un rincón teniendo en sus rodillas a Emma
reclinada. Yo me sentía sin valor para entrar, y quizá me ha-
bría vuelto, si Teresa que me estaba viendo no me hubiera lla-
mado con la mano . Entré y me senté a su lado sin que ni uno
ni otro pudiésemos atricular palabra. —Emma , dijo al fin Te-
resa, Emma, ¿ no sientes a tu amigo ? —¡Mi amigo ! dijo la des-
graciada criatura, y al verme se bañó de lágrimas .
61
—¿A llevármela ? repetí yo asombrado.
-¿No has recibido un billete mío ?
62
sentí en mi corazón aquel frío mortal que precede a la caída,
muy más desgarrador y rechinante que la aguda hoja de un
puñal . Un silencio profundo guardábamos, cuando unos queji-
dos muy lánguidos y hondos del desgraciado Tom, advirtieron
a Emma que debía dar algún alimento a su padre, y puesta a
su lado de rodillas , le aplicaba a la boca algo que el infeliz
no podía ya tomar. Las lágrimas de la hija corrían por sus me-
jillas y venían a bañar la frente lívida del padre; del padre
harto feliz en aquel momento, pues que ya no miraba la amar-
gura ni la desolación de su hija idolatrada.
En tanto que ésta cumplía con aquellos tristísimos y últi-
mos deberes, la madre a mi lado la contemplaba con ahinco y
en su semblante se retrataban una serie de sensaciones las más
profundas y variadas. Unas veces con la frente pálida y los
ojos humedecidos, mostraba la honda pena de una madre que
ve el martirio de su hija ; otras veces el labio trémulo y la mi-
rada sombría revelaban algo de fatídico : una banda aplomada
como la huella de un rayo se marcaba entonces en su ceñuda
frente. Yo por distraerla y por saber algo más sobre su reso-
lución, le dirigí algunas preguntas .
-La casa de pobres, me dijo, es la tumba que ha elegido
mi pobre hija. ¡ Sí, será su sepulcro : tan triste, tan necesitada
como vivirá lejos de mí ...!
-Y ¿qué os mueve a separaros de ella ? le dije.
-La espantosa miseria en que nos vemos sumergidas, y
las aún más desastrosas que nos amenazan . . .
-¡Amenazaros mayores desgracias ! dije con sonrisa iró-
nica.
63
-Si estoy tranquila , me contestó, tan tranquila que voy a
disponer la partida de Emma . Huye la infeliz de la casa pater-
na porque el rico pone por precio de su deshonra el pedazo de
pan que da a un padre hambriento. Huye, huye mi Emma de
mis brazos, para que Héctor Mac-Donald no arroje mañana a
la calle al anciano Richardson.
—Sí, sí, repetía Teresa, casi sin saber lo que decía. Un es-
fuerzo se le notaba en cada palabra para no dar rienda suelta
a la indignación que en su pecho hervía. Yo conociendo sus
trasportes, buscaba como aplacarla y me parecía siempre el
mejor medio de conseguirlo enternecerla con los mismos ob-
jetos de su amor. Llamé con este objeto a Juanito, que triste
y lloroso estaba con su hermano puestos a la ventana como
esperando a alguien.
-Pasan el día esas criaturas , me dijo la madre, como yo
lo esperaba, enternecida ; pasan el día viendo por esa ventana,
una venta que hay en frente. Ven como el hambriento, conocen
el dinero y su valor como el avaro; y con miradas codiciosas
siguen el movimiento de una moneda cuando pasa de una mano
a otra. ¡ Qué dura condición ! ¿ De qué servirán los ejemplos,
qué aprovecharán mis lecciones y mi esmero en inspirar a mis
hijos sentimientos nobles y generosos ? ¿Cómo se puede for-
mar un ánimo elevado y liberal , cuando la miseria descarga a
cada paso un golpe que le humilla y envilece; cuando antes
de formarse el corazón ya la necesidad le hace mezquino, y
la envidia le emponzoña ; y cuando todas las malas pasiones
hallan cabida en él en medio de esta lucha a muerte con una
sociedad tiránica ? No es posible, mi amigo, no; la virtud no
se plantea en medio del combate de las más urgentes necesi-
dades con los principios que ella dicta. ¡ Dios mío ! termina es-
ta lucha en que del vicio ha de ser el triunfo. Si en tus înes-
crutables juicios, tus misericordias no han de alcanzar en este
mundo a esta madre desgraciada, apiádate de la inocencia ;
64
sálvala en mis hijos ; que su existencia sea corta, que mueran
hoy en mis brazos ; pero . ..
La voz faltó a esta madre atribulada ; un mar de amargas
lágrimas inundaban sus mejillas y con los ojos fijos en el cielo
estrechaba en su seno a sus dos tiernos niños. ¡ Qué espec-
táculo ! No sé como lo verá la Omnipotencia ; pero a su vista
la humanidad se abisma. Emma trémula y macilenta estaba
de rodillas a la cabecera de su moribundo padre ; ella misma
parecía una estatua sepulcral ; la madre contemplando con
mortal angustia el estrago que la miseria hacía ya en su ino-
cente y tierna familia, y sin esperar auxilio en este mundo,
ponía los ojos en el cielo y pedía por gracia la muerte para
todos ; yo mismo me consideraba allí como un instrumento de
martirio; ¡ debía al día siguiente sepultar a Emma en la casa
de pobres...!
65
y el cielo es propicio, pasan la vida en el seno de la abundan-
cia, rebosando de placeres, sin más pena que la saciedad , sin
más temor que el dejar una vida de tantos atractivos llena .
¡ Qué monstruosa desigualdad ! ¡ Cuánto no acusaría de impo-
tencia, o de injusticia al Criador, si su voz no nos dijera : hom-
bre, esta no es tu patria!
66
zos y suspiros. Los niños colgados del cuello de la madre y de
la hija, gritaban : " ¡ no te vayas , Emma ! ¡ Emma , no nos dejes !"
Yo deseando terminar aquella dolorosa escena, traté de tomar
a aquella desgraciada criatura por la mano, diciéndole : ¡ hija !
vamos a hacer el último sacrificio : no prolonguéis esta situa-
ción que tanto aumenta vuestro martirio. ¡ Teresa ! tu forta-
leza, tu heroica resignación, ese valor sublime que tantas veces
os ha hecho superior a la adversidad ... ¡ Inútiles exhortacio-
nes ! Teresa no era más que madre en aquel momento; bañada
en lloro estrechaba a Emma en sus brazos y parecía que quería
ocultarla en su seno maternal .
67
nuación extraordinarias le daban un aspecto cadavérico , y to-
do el hechizo de su persona se había transformado en un des-
figuramiento que inspiraba compasión . Tal fue mi sorpresa,
tal mi dolor al contemplar el estado de la infeliz Emma, que
no pude menos que exclamar : ¡ Dios mío ! ¿y qué queda a esta
criatura ? ¡ ni bella está ya ! Mi exclamación la hizo volver en
sí y me dijo con una mirada llena de ansiedad : ¿ reparáis que
no estoy de luto ?, ¿no es verdad ? pero es porque no tengo ves-
tidos; ¡ yo lo tengo en el corazón ! Yo estaba demasiado con-
movido para poder contestarle. Continuamos nuestro camino.
Su extrema debilidad apenas le permitía moverse, así fue que
tardamos más de una hora para llegar a Hoo Union House.
El aspecto sombrío de aquel edificio; su enorme puerta que
parecía la de la eternidad; el pavoroso silencio que reinaba en
aquel recinto; todo esto hizo una profunda impresión en la
pobre Emma. Yo la sostuve en mis brazos y la conduje a la
entrada de aquella temible mansión . La vista del director de
la casa nos hizo estremecer y sus lacónicas y severas palabras
acabaron de anonadarnos.
68
en el mundo ; era de Eduardo ! " Todavía brilló en sus ojos una
mirada divina. La última para mí : la puerta se cerró rechinan-
do sobre sus goznes y Emma desapareció ... ¡ quizá para siem-
pre !
69
que aplica a los jóvenes que tiene a su cargo, Sarah Barnes ha
declarado que ayer Emma Tom, joven delicada y al parecer
sumamente quebrantada por padecimientos, fue atada a un
poste y azotada, habiéndola para ello antes despojado de parte
de sus vestidos, de manera que el seno le quedaba expuesto a la
vista...'"' *
70
creería que era una Sibila³¹ que iba a leer en el destino el fin
de la raza humana . Después de hojear por algunos momentos
la Biblia a la luz de una pequeña lámpara, exclamó en alta
VOZ:
71
-¡Carlos ! me dijo cambiando enteramente de tono y ho-
jeando siempre su Biblia, ¡ Carlos ! ¿ has leído lo que está es-
crito ? " ¡ Mi espíritu se va atenuando , mis días se abrevian, y
sólo me resta el sepulcro!"
72
Quedaba Emma; ¿pero cuál era su suerte ? ¿ cuál su situa-
ción ? yo la ignoraba. Durante ocho días consecutivos me pre-
senté a la casa de pobres por ver si la veía o sabía de su situa-
ción. ¡ Vanos esfuerzos ! aquel recinto era impenetrable. ¿ Qué
será de Emma, tan débil, tan extenuada, y tratada con tanto
rigor ? Yo no me alucinaba sobre su suerte, y así estaba pre-
parado a todo. Efectivamente al noveno día de la muerte de
su madre, un diario vino a poner fin a mi ansiedad. Decía así :
"Emma Tom muerta ayer en Hoo-Union, casa de pobres, de
abatimiento y pesadumbres. Veíanse en sus manos después de
muerta algunos cardenales, señales del bárbaro castigo que
aquella interesante y desgraciada criatura había recibido de
mano del cruel director".
"A media noche los muertos que dormían hacía siglos en-
teros en el cementerio de una aldea , se despertaron y saliendo
de sus sepulcros entreabiertos, se amontonaron en la iglesia,
bajo el portal de la iglesia y alrededor de la iglesia. La tierra,
el tiempo, el espacio no existían ya para ellos. Con el ademán ,
con las palabras, con las miradas, estos peregrinos del sepulcro
pedían ansiosos noticias del cielo, de la eternidad, de Dios . Na-
die podía resolver el insoluble enigma. Entonces desciende so-
bre el altar una figura noble, elevada, radiante de imperecedera
majestad: éste es el Cristo. Los muertos exclaman: " Oh Cristo,
¿dónde está Dios ? —¡No le veréis todavía !" —Todas las som-
bras comienzan entonces a temblar, y el Cristo continúa : "Yo
me he remontado más allá de los soles, yo he descendido hasta
los últimos límites del Universo , yo me he asomado al abismo y
he exclamado: Padre, ¿ dónde estás ? -Pero yo no he escuchado
sino la lluvia que caía gota a gota en el abismo ; y sólo me ha
respondido la borrasca que muge eternamente sin que ningún
orden la rija. Levantando después mis miradas hacia la bóveda
73
de los cielos, yo no encontré sino una órbita vacía, negra y sin
asiento. La eternidad reposaba sobre el caos y ella misma se
carcomía lentamente" .
F. Toro.
* Juan Paúl.
74
NOTAS A "LOS MARTIRES"
6. Voz inglesa usada para nombrar a los miembros del Partido Liberal en
Inglaterra. El partido político de los Whigs, en contraposición a los
Tories, figura en toda la historia parlamentaria inglesa. Originalmente,
los Whigs representaban a los defensores de las libertades parlamentarias
y a los protestantes disidentes mientras que los Tories eran los partida-
rios de los Stuart (Esturados ) y de la Iglesia Episcopal Anglicana. Ha-
cia 1680 se dieron estos nombres a los dos partidos que contendían en-
75
tre sí por la exclusión del Duque de York (Jacobo II ) de la sucesión
al trono de Inglaterra. A la sazón del advenimiento de Guillermo de
Orange ( 1688 ) y sobre todo, después de la subida de la casa Hanno-
ver al trono ( 1714 ) , los Whigs tuvieron la ventaja, durante los reinados
de Jacobo I y Jacobo II, tanto entre los Ministros como en el Parla-
mento. Fue entonces cuando se produjo en la posición de los dos par-
tidos la caracterización política de Conservadurismo (Tories ) y Libera
lismo (Whigs) . Los Tories persuadidos de la imposibilidad de la vuel-
ta de los Stuart, se agruparon alrededor de la nueva dinastía y adop-
taron máximas conservadoras, apoyando a la Iglesia Episcopal ; en
cuanto a los Whigs, se declararon partidarios del progreso, de la eman-
cipación de los disidentes, católicos y judíos, y del libre desarrollo de
las instituciones . Poco a poco estas denominaciones se fueron perdien-
do, para ser sustituidas por las de Conservador y Liberal.
7. Véase la nota anterior.
10. Himno nacional inglés interpretado por primera vez en público en 1740
(en ocasión del festejo de la toma de Portobelo por el Almirante britá-
nico Vernon) . Cantado por Enrique Carey, a quien se atribuye la paterni-
dad de la letra y la música. Sin embargo, hay diversas opiniones al
respecto. Para unos es copia de un himno religioso cantado en Saint
James, a fines del siglo XVII, en la época de Jacobo II . Para otros pro-
cede de un aria de John Bull, fechada en 1619. El Himno se inicia con
la siguiente estrofa:
76
11 . En la Mitología antigua, las Furias, eran cada una de las tres divini-
dades infernales en que se personificaban los remordimientos. Eran las
encargadas de vengar los delitos, agitando y atormentando a los malos,
con angustias y remordimientos. Eran conocidas con los nombres de
Alecto, Tisífone y Megera, supuestas hijas de Aqueronte y de la Noche.
Se las representaba con el cabello suelto y entretejido de culebras y cu-
biertas con una túnica negra y flotante, adornada de víboras .
12. Esta es la única referencia en el cuerpo de la novela al protagonista
que narra en primera persona. A simple vista parecía ser el mismo
Toro quien contaba, pero esta explicación y la que encontramos al final
de la obra, aclara el procedimiento : el autor transcribe lo que le ha
sido narrado, en primera persona, por el anciano Carlos.
77
quel, pero Labán, padre de ella, se comprometió a entregársela sólo
después de que hubiera trabajado a su servicio durante siete años . Cum-
plidos éstos, Labán entregó a Jacob a su hija mayor Lía y prometió
entregarle a Raquel si trabajaba otros siete años en sus posesiones.
Cumplidos los catorce años de su servidumbre, Jacob pudo finalmente
tomar a Raquel por esposa.
21. Judit, matrona judía cuya historia nos es narrada en La Biblia, vivía en
la ciudad de Betulia, sitiada por el general asirio Holofernes. Dedicada
a una vida de retiro y oración desde la muerte de su esposo Manasés,
se enteró de que los sitiados iban a capitular si no recibían ayuda en
los próximos cinco días. Prometió a los jefes libertar a la ciudad siem-
pre y cuando la dejaran realizar un proyecto cuyo secreto no podía re-
velar a nadie. Concedido el permiso, Judit se dirigió al campamento de
Holofernes y tras haberse ganado su confianza y su afecto, al terminar
un festín al cual había sido invitada, dio muerte al asirio con su propia
espada. Regresó a Betulia y entregó a los judíos la cabeza de Holofer-
nes, que fue colocada a las puertas de la ciudad. Los asirios, horroriza-
dos, retiraron el sitio.
23. Veturia fue una dama romana, madre del general Cayo Marcio Corio-
lano. Este, llamado así por haber sitiado a Corioli, ciudad de los vols-
cos, en el año 493 a. n. e., se opuso a que fuera entregado trigo al
pueblo, si éstos previamente no renunciaban al derecho de elegir Tribu-
nos que los representaran en el Senado. Castigado por Los Comicios
por esta actitud, huyó de Roma y fue nombrado por los volscos general
de sus ejércitos. Con ellos, invadió el territorio romano y en el año 486
a. n. e. estableció su campamento a cinco millas de la ciudad. Veturia
junto con Volumnia, esposa de Coriolano, logró convencer a su hijo
con lágrimas y súplicas de que retirara sus tropas de Roma.
78
asesinados como consecuencia de los intereses políticos patricios y de las
luchas internas de Roma.
Lucrecia, esposa de Tarquino Colatino, fue violada por Sexto Tar-
quino, quien se aprovechó de la hospitalidad que le había sido brindada.
Lucrecia, luego de haber contado a su padre y a su esposo lo que había
sucedido, se suicidó delante de ellos . Y su muerte fue la causa final de
la expulsión de los Tarquinos de la ciudad de Roma y punto de partida
de la fundación de la República Romana ( 509 a. n. e.) .
25. No ha sido posible encontrar la cita bíblica en la misma forma que es
dada por el autor. Se insertan a continuación dos versiones, una en verso
y otra en prosa, que corresponden a las Lamentaciones de Job, XVI, vers.
16-18:
-Mi rostro está enlodado con lloro,
y mis párpados entenebrecidos :
A pesar de no haber iniquidad en mis manos,
y de haber sido mi oración pura.
La Santa Biblia: versión de Casiodoro de Reina. Londres. Edic. de las
Sociedades Bíblicas Unidas. 1958.
-De tanto llorar está entumecido mi rostro, y se han cubierto de ti-
nieblas las pupilas de mis ojos. Todas estas cosas he sufrido, sin que la
iniquidad haya manchado mis obras, antes bien ofreciendo a Dios mis
súplicas.
La Santa Biblia: versión autorizada por la Iglesia Católica, Apostólica
y Romana. Madrid . Edit. Apostolado de la Prensa, S. A. 1961 .
En lo sucesivo, toda referencia bíblica se hará con respecto a esta
edición.
26. Abraham tiene un hijo Isaac, de su esposa Sara, a quien Dios le ordena
ofrecer en holocausto como prueba de fe y obediencia. La narración de
este hecho se halla en La Biblia bajo el título de Sacrificio de Isaac, en
el Libro del Génesis, XXII .
79
31. ¡ Asesinato ! ¡ Asesinato !
32 . La familia Russell es una familia noble inglesa de origen normando,
cuyo nombre aparece ya en documentos del siglo XII.
80
BIBLIOGRAFIA DE LAS NOTAS
81
MIJARES, Augusto . "Libertad y justicia social en el pensamiento de
Don Fermín Toro" . En : La luz y el espejo. Caracas. Colección
Biblioteca Popular Venezolana, Ѻ 55. Ediciones de la Direc-
ción de Cultura del Ministerio de Educación . 1955. p. 176-
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cismo al positivismo en Hispanoamérica". Revista Nacional de
Cultura, No 155. Caracas, noviembre- diciembre de 1962.
P. 23-42.
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de su época" . El Nacional. Caracas, 30 de noviembre de 1959.
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la Universidad Central de Venezuela. Caracas, septiembre-oc-
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82
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de Virgilio Tosta. Ediciones del Liceo Fermín Toro. 1954.
"Fermín Toro en sus últimos años" . Revista Na-
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p. 123-135.
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VILLALBA VILLALBA, Luis . "Toro Periodista" . Cultura Universi-
taria, Nº 63. Publicación de la Dirección de Cultura de la
Universidad Central de Venezuela . Caracas, septiembre-octubre
de 1957. p. 62-67.
83
FICHA BIOBIBLIOGRAFICA
DE FERMIN TORO
FICHA BIOBIBLIOGRAFICA
87
ta un curso de Filosofía. Aparecen sus primeros artículos
firmados con los seudónimos Emiro Kastos y Jocosías,
con sus iniciales F. T. o con nombre completo. Publica
una serie de cuatro artículos sobre Economía Política en
El Liberal fechados a 21 y 28 de febrero y 7 y 14 de
marzo de 1837, escritos publicados con anterioridad en
los números 2, 3, 4 y 5 de La Oliva, según indican las
notas al pie de página de la edición de El Liberal. En
el mismo periódico aparece Biografía ( 25 de julio ) y
en la misma fecha el relato La viuda de Corinto firmado
bajo el seudónimo Emiro Kastos.
88
da. Además, se reintegra a la cátedra de Retórica en el
Colegio Independencia.
1842 Comienza a editarse en el mes de enero El Liceo
Venezolano. Se incorpora al Congreso como Represen-
tante y es designado Miembro de la Comisión de Ha-
cienda. En el citado periódico publica una serie de ar-
tículos:
89
bre la Ley de 10 de abril de 1834. Caracas. Imprenta de
Valentín Espinal. 96 pp. Publica también El Baile de
El Casino en El Tiempo, Madrid, 26 de junio de 1846,
sin firma. [Narra el baile de cumpleaños de la Reina
María Cristina de España, al cual había asistido en ca-
lidad de invitado] y republica La viuda de Corinto en
El Liberal ( 1846) . Finaliza este período con su reincor-
poración al Congreso.
90
1860-1861 En este año, asumida ya la Presidencia Provisional por
Manuel Felipe Tovar, Toro concurre al Congreso como
Senador por Aragua. Es nombrado Ministro Plenipoten-
ciario de Venezuela en España, Francia e Inglaterra,
para explicar los problemas que se presentaron con los
extranjeros durante la Revolución Federal. España rom-
pe relaciones con Venezuela en el transcurso del viaje
de Toro y las negociaciones se realizan sólo con los paí-
ses restantes.
1. Toro pasa sus últimos días luchando contra una enfermedad -cán-
cer-, que finalmente podrá más que él. Anotamos este hecho por cuan-
to es usual leer que Toro murió en medio de un padecimiento horri-
ble, pero sin que se sepa cuál era el motivo de ese estado.
91
JUICIOS CRITICOS SOBRE
"LOS MARTIRES"
JUICIOS CRITICOS
95
Pedro Díaz Seijas. Historia y antología de la literatura ve-
nezolana. Madrid-Caracas. Ediciones Jaime Villegas. 1955 .
p. 111 .
96
rio respetuoso de la opinión y de la moral públicas, que
obtiene sólo como reconocimiento a sus servicios la desven-
tura y la pobreza de su familia".
97
tor en la República, es novela asaz premiosa a cuya térmi-
no se llega con fatiga. El estilo de Toro no se produce allí
con su característica hermosura; el estudio psicológico es
pesado y carece hoy de novedad por haber sido excesiva-
mente manoseado con más acentuación y lucidez ; la lucha
interior de Emma, lucha en que ella no puede precisar qué
es lo que sucede en su alma, desazona por su falta de vehe-
mencia; se ven con desagrado escenas importunas que no
guardan una armonía perfecta con el propósito de la narra-
ción; las casualidades sobremanera candorosas no dejan de
aparecer, una de ellas, la de tomar uno de los hijos de
Teresa, del tocador de Fanny Moore, el manuscrito en que
se ratifican las sospechas despertadas en el corazón de
Eduardo contra Emma; el tono general es demasiado lacri-
moso, y el desenlace resulta completamente frío . La ten-
dencia de la novela se dirige de frente y sin esbozo a abo-
gar por los desheredados de la suerte en un medio viciado
por la falta de caridad cristiana, no menos que a censurar
esa falta en el seno de sociedad tan cruel e inhumana co-
mo Londres, " aunque con los fueros de la más culta y más
adelantada". Alrededor de esa tendencia giran todos los
episodios, y cualquiera otro escritor tan diestro como Toro,
pero con verdaderas sobresalientes dotes de novelista, ha-
bría sabido aprovecharla, desenvolverla y finalizarla de
una manera más bella y más movida, sin necesidad de in-
currir en lo interesante del romanticismo sin orden ni con-
cierto".
98
Julio Planchart. Temas críticos. Caracas. Ediciones del Ministe-
rio de Educación Nacional. Dirección de Cultura. 1948. p . 6.
99
nesca. Sin embargo, es muy superior a las precedentes in-
cursiones narrativas de Toro" . ... " Sus personajes son to-
mados de la vida real. Los Eduardos y las Emmas abundan
no sólo en Inglaterra, sino en otras naciones de Europa,
donde los abusos cometidos por el capital sembraron deso-
lación , desnudez e inmoralidad en numerosos hogares".
"Lejos de reducir su fisonomía intelectual, esta novela es
un documento más que pone de relieve la natural propen-
sión de su autor para captar, en toda su magnitud, los
complejos problemas humanos. En Los Mártires no sólo
debe buscarse el valor literario, que, por lo demás, es dis-
cutible; sino las resonancias sociológicas que contiene, re-
veladoras de la aguda sensibilidad social que fue caracte-
rística invariable del pensamiento y de la vida de Toro" .
100
INDICE
INDICE
Pág.
Los mártires 1
Rector
Dr. Jesús M. Bianco
Vicerrector
Secretario
Dr. José Ramón Medina
FACULTAD DE HUMANIDADES
Y EDUCACION
Decano
Consejo de la Facultad
Dr. Eduardo Vásquez
Dr. Amílcar Plaza
Lic. Juan José Espinoza
Dr. Pascual Venegas Filardo
Prof. Jesús Enrique Vásquez Fermín
Dr. Gustavo Díaz Solís
Dr. Ildefonso Leal
Coordinadora de la Facultad
Lic. Trina Urbina de Araujo
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