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Los Mártires

Este libro digitalizado es una obra de dominio público que ha sido preservada en bibliotecas y ahora está disponible en línea gracias a Google. Se enfoca en la importancia de las ediciones críticas para la valoración y estudio de la literatura venezolana, destacando la novela 'Los mártires' de Fermín Toro como la primera novela de un autor venezolano publicada en el país. La colección busca rescatar y dar visibilidad a obras significativas que han sido olvidadas, promoviendo su análisis e interpretación.

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Los Mártires

Este libro digitalizado es una obra de dominio público que ha sido preservada en bibliotecas y ahora está disponible en línea gracias a Google. Se enfoca en la importancia de las ediciones críticas para la valoración y estudio de la literatura venezolana, destacando la novela 'Los mártires' de Fermín Toro como la primera novela de un autor venezolano publicada en el país. La colección busca rescatar y dar visibilidad a obras significativas que han sido olvidadas, promoviendo su análisis e interpretación.

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Fermín Toro / LOS MARTIRES
Colección PRECURSORES Y MODERNOS

La Colección PRECURSORES Y MODERNOS


ha sido concebida por el Centro de Estudios
Literarios de la Universidad Central de Vene-
zuela como agrupamiento de ediciones críti-
cas -debidamente prologadas, anotadas y
complementadas de obras significativas de
la literatura venezolana .

Su espíritu se funda en la convicción de


que son las ediciones de carácter crítico las
que pueden ofrecer bases para la justa carac-
terización y valoración de las manifestacio-
nes más señaladas de un proceso literario;
servir de modo más eficaz y orientador en la-
bores docentes a distintos niveles ; e impulsar
--en su condición esencial de texto básica-
mente establecido y analizado en un primer
paso la investigación literaria, documental,
seria y moderna en sus proyecciones inter-
pretativas, sustento del estudio histórico y el
análisis estético de las obras que conforman
una literatura.

Su título alude a los Precursores, inclu-


yendo en tal designación a aquellos autores
que sentaron el trazado y abrieron -en un
pasado constructivo- el camino inicial de las
letras venezolanas, en una función de valor
histórico-literario evidente, determinado por
encima de las cuestiones relativas a las apre-
ciaciones artísticas o junto a ellas ; y a los
Modernos, para agrupar allí a los autores más
cercanos y actuales, cuyas obras poseen una
significación que no sólo resulta del proceso
cronológico, sino de una visión que atiende
igualmente a los niveles estéticos. La Colec-
ción PRECURSORES Y MODERNOS aspira a
ofrecer una aportación renovadora, universi-
taria, a la edición y estudio de los textos li-
terarios nacionales. Tal es su insignia intelec-
tual y su sentido práctico .
Lacap 46 UEV
LOS MARTIRES
FERMIN TORO

LOS MARTIRES

NOVELA

Estudio preliminar de
GUSTAVO LUIS CARRERA

Notas y referencias críticas de


AMAYA LLEBOT DE PEREZ

centro de estudios literarios

ESCUELA DE LETRAS
FACULTAD DE HUMANIDADES Y EDUCACION
UNIVERSIDAD CENTRAL DE VENEZUELA
CARACAS, 1966
LOAN STACK
PQ 8549

737

113

1966

MAIN
5241E

ESTA EDICION

671
ESTA EDICION

La presente edición crítica de Los mártires de Fermín To-


ro se ubica como punto de partida para el desarrollo de una
sostenida labor de rescate y caracterización de obras significa-
tivas en el conjunto de las letras venezolanas, y que han sido re-
legadas a la condición de desconocidas piezas de un lejano mu-
seo cercano pretérito, en verdad, pero desoladoramente dis-
tanciado por la indiferencia-, donde guardan el polvo noble
pero inhumante del pasado.

En el caso de Los mártires se trata de una obra práctica-


mente desconocida, fuera de contados críticos y especialistas
docentes. Sin embargo, es la primera novela de autor venezo-
lano publicada en Venezuela: ubicación iniciadora suficiente
no sólo para justificar su reedición sobre todo con carácter
crítico-, sino para exigir su cuidadoso análisis interpretativo.
Circunstancias a que atiende justamente esta publicación.

La endeble difusión actual de exponentes de ese significa-


tivo pasado precursor decae aún más con respecto al campo de
la novela -si acaso pueden considerarse asequibles algo más
de media docena de ellas-, sin duda a causa de la extensión
genérica; revistas y antologías han contribuido a cierta divul
gación de muestras de poesía y cuento . Hecho que determinará

en este caso, con el propósito de reforzar el punto más desva-


lido, especial atención a la difusión novelística.

No sólo a satisfacer evidentes necesidades nacionales —bi-


bliográficas, docentes, culturales en general— está dirigida la
presente publicación de Los mártires; el manifiesto interés

ix
de historiadores y críticos de la literatura del continente por
conocer novelas venezolanas del siglo XIX se ve frustrado por
la falta siquiera de simples y llanas ediciones difusoras. Es fá-
cil advertir esta realidad en las historias y antologías de la no-
vela hispanoamericana, donde lo relativo a Venezuela se mues-
tra reducido a las pocas obras conocidas, sin que pueda recla-
mársele a los autores familiaridad con novelas que en el propio
país de origen se desconocen, pues resultan prácticamente
inexistentes. Asimismo en cuanto a la inclusión, sobre todo en
antologías y programas de investigación, de obras representati-
vas de otros países que ya han iniciado la labor divulgadora, y
la total ausencia de siquiera una mención a exponentes vene-
zolanos que no desmerecerían ante aquéllos y hasta pudieran
ser preferidos en algún caso, de conocerse.

La condición de primera novela venezolana de Los mártires


se ha establecido en función de la investigación hecha —a par-
tir del primer aporte realizado por estudiantes de Letras de la
Universidad Central de Venezuela- para la publicación por
el Centro de Estudios Literarios de la Bibliografía de la novela
venezolana (1963) , la más completa y de mayor rigor metodo-
lógico en toda su extensión y exactitud en los datos ofrecidos.
Señalamiento que ha hecho posible que la presente edición base

el texto de la novela en el de su publicación primigenia, en la


revista caraqueña Liceo Venezolano en cuya fundación y di-
rección participó el propio Toro— en 1842, ratificada ésta en
su categoría de tal por la citada investigación . De otra parte,
esta edición se abre con un Estudio Preliminar de Gustavo
Luis Carrera; y se complementa con el restante aparato crítico
-notas a la novela, bibliografía de las notas, ficha biobiblio-
gráfica de Fermín Toro y selección de los más connotados
juicios apreciativos sobre Los mártires- preparado por Ama-
ya Llebot de Pérez; ambos miembros del Centro de Estudios
Literarios. Es evidente que con estas referencias se desea des-
tacar el sentido de trabajo de equipo de esta publicación, sobre

X
todo por el significado estimulante que posee en un medio
donde escasea la labor colectiva planificada; pero fundamental-
mente se aspira a enfatizar su naturaleza de primera edición
crítica de este Centro, con todo lo que de esperanza y de com-
promiso implica un primer paso en tierra nueva y sutil.

Sean, así, la voluntad de trabajo y la probidad intelectual


pórtico final y sustento definitivo para este libro.

xi
1842: LOS MARTIRES,

primera novela venezolana


1842: LOS MARTIRES,
Primera novela venezolana

La novela venezolana nace al tiempo que se desarrolla el


cultivo del artículo de costumbres . Y si se parte de la fecha
de publicación de la primera producción novelística de autor
venezolano, puede llegarse a la conclusión de que el carácter
preparatorio para la novela del costumbrismo, tan repetido por
la crítica, es en realidad muy precario. Bastaría con una com-
paración de fechas . En 1839 surgen los primeros artículos de
los iniciales cultivadores destacados del artículo de costum-
bres : Fermín Toro, Juan Manuel Cagigal, Rafael María Ba-
ralt. En 1842 aparece la primera novela escrita por un venezo-
lano: Los mártires, de Fermín Toro. El concepto puede tener
mayor validez con respecto al auge posterior de la novela na-
cional del siglo XIX; pero, de hecho, con relación a esa obra
primigenia no parece evidente. La misma esencia y espíritu ge-
neral de tal novela, la colocan a considerable distancia de los
modos y propósitos costumbristas. En última instancia, Fermín
Toro, a más de ser uno de los pioneros básicos del costumbris-
mo, se encuentra al mismo tiempo tanto en el sentido de
dualidad de méritos como de coincidencia cronológica— en el
punto de partida de la creación novelística en Venezuela .

Ubicación y precisiones

Los mártires aparece por primera vez en la revista caraqueña


El Liceo Venezolano, a manera de folletín , en los núms. 2 al 7,
correspondientes a los meses que van de febrero a julio de 1842 .

Posteriormente fue reproducida completa por Julio Calca-


ño en El Semanario, de Caracas, en los números 24 al 31 , pu-

XV
bicados entre el 16 de marzo y el 4 de mayo de 1878. En for-
ma fragmentaria ya había vuelto con anterioridad a la luz pú-
blica: La Voz del Patriotismo insertó algunos capítulos en los
años de 1851 y 1852 ( como señala Virgilio Tosta en la revista
universitaria que se cita poco más adelante) .

En los últimos años, Virgilio Tosta , uno de los más con-


secuentes estudiosos de la obra de Fermín Toro y reconstruc-
tores de su biografía, incluyó el último capítulo de la novela en
una selección de obras del ilustre venezolano editada por el li-
ceo capitalino " Fermín Toro" en 1954. El mismo Tosta tuvo
el acierto de publicar de manera íntegra Los mártires ("conser-
vando la ortografía de la época ", precisa el editor y comenta-
rista ) en la revista de la Universidad Central de Venezuela,
Cultura Universitaria, Nº LXIII ; que es la única versión com-
pleta más o menos a mano en diversas bibliotecas.¹

Los mártires fue la sola producción novelística de Fermín


Toro. Incorrecciones o ambigüedades de la crítica ( Planchart,
Picón-Salas, Uslar-Pietri, Díaz Seijas, Barrios Mora, Mancera
Galletti, Liscano, etc. ) han llevado a señalar como novelas o
fragmentos de novelas los relatos conocidos de Fermín Toro,
sobre todo La viuda de Corinto y La sibila de los Andes. Pero
la lectura de estas breves composiciones en prosa no deja lugar
a dudas : son relatos. La viuda de Corinto apareció el 25 de
julio de 1837 en el periódico caraqueño El Liberal ; y El solita
rio de las catacumbas el 26 de febrero de 1839 en el Correo de
Caracas (periódico fundado por el mismo Toro en compañía de
su íntimo amigo Juan Manuel Cagigal ) . En el caso de La si-
bila de los Andes la confusión viene de muy atrás, segura-
mente a partir de su inclusión por José María de Rojas en su
Biblioteca de escritores venezolanos contemporáneos , en 1875,
como "fragmento de una novela". De otra parte, parece evi-
dente que a la difusión de tal error contribuyeron Felipe Tejera
en sus Perfiles venezolanos y Adolfo Frydensberg en sus Ma-
teriales para la bibliografía nacional ( 1895 ) , al catalogar La

xvi
viuda de Corinto y La sibila de los Andes como novelas. (Allí
mismo, por cierto, Frydensberg incluye Los mártires con el cu-
rioso calificativo de romance) .

Antecedentes

Antes de la aparición de Los mártires, el joven Fermín


Toro había pasado, en 1831 , por la experiencia de su primera
actuación como parlamentario, en su condición de diputado
por la Isla de Margarita en el primer Congreso Constitucional.
Por otra parte, ejerce funciones en la Secretaría de Hacienda y
el cargo de profesor en el Colegio de la Independencia, en
1839. Por último, es nombrado secretario del doctor Alejo For-
tique, para acompañarlo en la misión diplomática que le en-
carga el gobierno venezolano ante el de Inglaterra . Esta desig-
nación, concedida en circunstancias especiales , lleva a Fermín
Toro a una estadía de casi dos años en Londres ; hecho que
fue decisivo para la creación de Los mártires, como se verá más
adelante .

Hasta 1842 , los caminos ya emprendidos por Toro como


legislador, sociólogo y pensador universal se hicieron paten-
tes en sus intervenciones en la Cámara de Representantes, y en
sus artículos : Los estudios filosóficos en Venezuela ( 1838 ) ,
Cuestión de imprenta ( 1839 ) y Europa y América ( 1839) . Ya
eran las muestras de esa curiosidad general y ese afán de lle-
gar a la diversidad del conocimiento científico y humanístico,
que le caracterizan a lo largo de su vida (y que se evidencian
en la variedad de temas tratados por Toro en los campos más
distintos del saber, tal como lo muestran, aparte de sus más
conocidos trabajos , sus folletos y artículos, que van desde la
Flora venezolana y la Circulación y bancos hasta la Preserva-
ción de cadáveres y la Divisibilidad de la materia) .

En lo propiamente literario, para el momento de empren-


der el viaje a Londres (agosto de 1839 ) , Fermín Toro ha pu-
blicado los relatos, ya citados, La viuda de Corinto y El solita-

xvii
rio de las catacumbas, ambos con el seudónimo de Emiro Kas-
tos. De otra parte se ha difundido su labor inicial de costum-
brista: en junio de 1839 inserta en el Correo de Caracas dos
artículos de costumbres bajo el título general de Costumbres
de Barullópolis. (Tanto en estos cuadros costumbristas -cuyo
título ya señala una posición de censura ante la vida de la ca-
pital- como en El solitario de las catacumbas, Toro pone de
relieve su natural preocupación ante los problemas sociales
que advertía y trataba de profundizar ) .
El Fermín Toro que parte para Londres, ya de treinta y
dos años de edad, lleva no sólo un rico bagaje cultural sino
una actitud crítica progresista ante los fenómenos sociales y
políticos. Es la misma postura de inconforme que le condujo a
emprender dicho viaje. En efecto : en la Caracas pueblerina de
1839, que comienza a recibir los nuevos aires románticos y a
padecer la segunda presidencia del general José Antonio Páez,
la relativa independencia de criterio y las valientes censuras
al gobierno de los jóvenes redactores del Correo de Caracas
resultaron alarmantes . Toro lleva su gesto de protesta al ex-
tremo de renunciar al cargo que desempeñaba en la Secretaría
de Hacienda. Mientras tanto, los reparos siguen apareciendo
semanalmente en el molesto periódico. Y es, entonces, decisión
oficial buscar una solución ofreciendo a Fermín Toro lo que
8
puede catalogarse, como dice Tosta, de un " exilio dorado” . El
supuesto beneficiado por la gracia gubernamental, se niega a
someterse a la salida cobarde ; pero, finalmente, por consejo
de amigos y sobre todo con la esperanza de ampliar sus cono-
cimientos científicos en la gran ciudad, acepta, con la adver-
tencia de que sólo permanecerá fuera de su tierra un año. Por
circunstancias materiales como duración de viajes y proceso
de cambio de nombramientos- la estadía, como se ha dicho,
se va a prolongar a casi dos años, y de hecho es el propio Toro
quien renuncia al cargo diplomático y activa su regreso a Ca-
racas. Así surgió y finalizó ese viaje a Londres, que efectiva-
mente fue aprovechado por el joven pensador para enriquecer

xviii
sus conocimientos científicos y sus estudios de los fenómenos
sociales, ahora a través de novedosas concepciones afianzadas en
el afán del mejoramiento del nivel de vida de las masas popu-
lares. Viaje a Londres, que, como se ha señalado, tuvo impor-
tancia esencial, generadora propiamente, en la creación de
Los mártires.

Reflejo de la crítica

En consideración de que la novela de Fermín Toro es la


primera de autor venezolano que se publica en nuestro país,
es de esperar que hacia ella haya habido atento interés de par-
te de la crítica . Hay allí una circunstancia histórica, cronoló-
gica, que merece pleno estudio en la búsqueda de fundamentos
y señales en el momento mismo de la gestación de nuestra no-
vela. (El hecho no variaría en nada si se tratase no de la pri-
mera, sino de una de las primeras obras novelísticas nacionales ;
la ignorancia de la significación específica no produciría cam-
bios sustanciales al efecto) . Lógicamente la obligatoria respon-
sabilidad informativa y analítica del crítico no podría dejar
pasar, sin detenidas consideraciones, una obra de tal significa-
ción. Pero la crítica nacional -salvo honrosas excepciones-
demuestra que las cosas no son tan lógicas como se quieren,
y que eso de obligaciones y análisis en los críticos es materia
superflua. ¿De qué otro modo pueden interpretarse comenta-
rios superficiales y repetidos, que a veces hasta hacen pensar
en la falta de la elemental lectura de la obra a que se refie-
ren? Veamos.

Julio Planchart ni siquiera menciona Los mártires, al se-


ñalar a Fermín Toro como " el primero de nuestros letrados
notables que se ensayó en el género" [ novelístico] , mientras
sí hace referencias a La sibila de los Andes y a La viuda de
Corinto. De igual modo procede Julián Padrón . En tanto que
Rafael Angarita Arvelo no hace más que nombrar a Los már-
tires entre las primeras " obras genéricas” , en la obligada com-

xix
pañía de La viuda de Corinto y la " parte conocida" de La sibi-
la de los Andes. Para Mariano Picón-Salas, Los mártires resul-
ta del ocio de las graves tareas políticas de Toro, y sus defec-
tos se manifiestan en que contiene " demasiada intriga artifi-
ciosa y demasiadas lágrimas", características aplicables a su otra
"novelita" La viuda de Corinto . Para completar su información
Picón-Salas cita La sibila de los Andes como "otra novela que
quedó inconclusa". (Conviene observar aquí que ese pretendi-
do carácter ínfimo de Los mártires en el conjunto de la obra
de Fermín Toro y en el propio plano de su aprecio como autor,
no parece nada evidente, sobre todo si se toma en cuenta la
profunda correspondencia ideológica existente entre el pensa-
dor y el novelista, como ha de verse más adelante. Ese supuesto
producto del ocio contiene, sencillamente, ideas capitales en el
pensamiento de Toro. Por otra parte, ya resulta innecesario in-
sistir en que es una absoluta falsedad hablar de " otras novelas"
o " novelitas" ) . Arturo Uslar-Pietri apunta, de pasada, posibles
influencias del romanticismo europeo en las "desvaídas nove-
litas oratorias y compungidas" de Toro, sin nombrar siquiera
a Los mártires e incurriendo en el plural. De su parte, Pedro
Díaz Seijas alude a los " intentos de novelas" de Fermín Toro,
para después referirse a Los mártires en estos términos : "tra-
ma por demás estudiada por Toro para abogar en pro de la
caridad, no logra ni siquiera la consistencia de los personajes
centrales: Eduardo y Emma" . Luego pasa a referirse, en breves
líneas, a los desajustes y puerilidades de La viuda de Corinto.
(A pesar de todo, es indudable que ya es un triunfo haber en-
contrado una leve mención -superficial, sin duda— de uno
de los sentidos de la novela de Toro y de dos de sus perso-
najes ) . Años después, y en obra aparte, el mismo Díaz Seijas
apunta, con apresuramiento, que Toro " también cultiva la no-
vela" y que " bajo la influencia de la literatura folletinesca del
romanticismo francés, escribe Los mártires, La viuda de Corinto,
La sibila de los Andes" . (A la ligereza se une la enumeración
errónea ) . En cuanto a José Ramón Barrios Mora, el caso tam-

XX
poco parece inquietarle grandemente, y lo resuelve repitiendo
-como los anteriores que Toro " escribió tres novelas cor-
tas: La viuda de Corinto, Los mártires y La sibila de los Andes"
y remata con una supuesta caracterización categórica : " todas
de sabor romántico, inspiradas las dos primeras en la lectura
de Chateaubriand y demás representantes del romanticismo en
Francia". ( Es decir, que ya todo está precisado : Los mártires
se deriva de lecturas de Chateaubriand , y punto. Algo así como
una verdad establecida que no hace falta demostrar . Pero,
¿dónde están, en realidad, esas muestras de inspiración en Cha-
teaubriand precisamente ? Afirmación peregrina, que lleva de
nuevo al problema de la molesta responsabilidad y el necesa-
rio análisis. Sin embargo, alguna duda hizo pensar en la con-
veniencia de ampliar el campo de las posibilidades con la in-
clusión de los " demás representantes" del romanticismo fran-
cés. Feliz precisión, que conduce a tomar, al pie de la letra, en
consideración a los múltiples representantes -¿centenares ?—,
grandes y pequeños, de las más diversas épocas y tendencias,
del movimiento romántico francés. En fin, lo mismo : la se-
riedad crítica negada una vez más ) . Para Angel Mancera Ga-
lletti la ocasión es buena para insistir en el erróneo lugar co-
mún de las tres novelas, especificando : " su primera novela La
viuda de Corinto" y " su segunda obra narrativa intitulada La
sibila de los Andes"; todo ello en medio de vagas considera-
ciones artificiosas y supuestos intentos analíticos . Respecto a
Los mártires, se asienta " que la crítica ha comprobado la in-
fluencia de la obra del mismo nombre de Chateaubriand". Y en
lo tocante al tema, y a la tesis misma de la novela, esta curiosa
caracterización : "se expone la tesis de la incomprensión y se
dibuja al hombre y al funcionario respetuoso de la opinión y
de la moral públicas, que obtiene sólo como reconocimiento a
sus servicios la desventura y la pobreza de su familia ”. (Un
hecho peculiar en las informaciones equivocadas de Mancera
Galletti es que cita fragmentos de La viuda de Corinto y La si-
bila de los Andes, de donde se supone que ha leído íntegra-

xxi
mente los relatos, y aún así insiste en el error. Por otra parte,
conviene aclarar que de ningún modo, como se afirma, La si-
bila de los Andes podría ser la " segunda obra narrativa" de
Toro, en todo caso ese lugar correspondería a El solitario de
las catacumbas, y en su defecto a la propia novela Los márti-
res, en atención a la cronología. Tocante a lo que se señala de
Los mártires, hay que volver a la pregunta hecha respecto al
anterior historiador de la literatura venezolana : ¿dónde están
esas evidentes huellas de la epopeya en prosa de Chateau-
briand y qué crítica las ha comprobado ? Por último, para todo
aquel que ha leído Los mártires resulta ingenuo, a la par de
falso, reducir las variadas proyecciones del planteamiento so-
cial que encierra la novela a tan desmirriada como vaga tesis) .
La ya tradicional incorrección relativa a " las novelas" de Fer-
mín Toro es también difundida, recientemente, por Juan Lisca-
no, quien destaca en el notable pensador " el mérito de haber
escrito las primeras novelas en Venezuela". Incluye las consa-
bidas La viuda de Corinto y La sibila de los Andes, y con re-
lación a Los mártires calca " que aboga por la suerte de los
desheredados en una sociedad tan inhumana como la londinen-
se de esa época". Y luego añade brevísimas apreciaciones sobre
determinados aspectos de " estas obras" . (Un último ejemplo,
fresco, de la lozana conservación del error pluralizante . Y por
otro lado la repetición de juicios de Gonzalo Picón-Febres® ) .
Hasta aquí los exponentes de la crítica más connotada del
lado de las ambigüedades e incorrecciones del caso. ¿Excepcio-
nes? Sí las hay. La honrosa del crítico Gonzalo Picón-Febres,
quien dentro de sus apasionamientos tendía a buscar una verdad
basada en la seriedad de los juicios de primera mano, y quien
no incurre sino aparentemente en el tedioso plural novelístico
con respecto a Toro. En efecto, comienza por hablar de " nove-
las", pero de inmediato se refiere solamente como novela a Los
mártires, caracteriza a La viuda de Corinto diciendo que "tan
sólo es un episodio" , y de La sibila de los Andes dice lo único
que honradamente puede decirse si se parte de su publicación

xxii
como " fragmento de una novela" : "no puedo formar de ella
ningún juicio, porque apenas si conozco el único fragmento
publicado, ignorando si el resto de la novela se ha perdido ” . A
propósito de Los mártires, emite interesantes juicios críticos y
reveladores del sentido de la obra.¹0

En los últimos años la otra importante excepción corres-


ponde al ya nombrado biógrafo y estudioso de la obra de Toro,
Virgilio Tosta, definitivo esclarecedor de la verdad de "las
novelas" y difusor de Los mártires. A sus comentarios sobre
11
esta novela se hará referencia más adelante.'

Ya se ha visto que la atribución de novelas a Fermín Toro


es un erróneo lugar común que viene del mismo siglo XIX (Jo-
sé María de Rojas, Adolfo Frydensberg, etc. ) . Pues, bien, igual
tradición tiene el descuido crítico mantenido con respecto al
autor de Los mártires como novelista representativo . Un buen
ejemplo al efecto lo constituye uno de los primeros ensayos
serios de apreciación global de las letras venezolanas : Litera-
tura venezolana, de José Gil Fortoul, publicado en 1904.¹2
Allí, al enumerar los distintos aspectos de la personalidad in-
telectual de Toro, se registra su condición de novelista, de pa-
sada y nada más. No se dan títulos de ninguna clase . Otra
muestra reveladora se encuentra en el discurso pronunciado
por el poeta Juan E. Arcia, en 1907, en la Academia Venezo-
lana de la Lengua, al cumplirse el centenario del nacimiento
de Toro, y de quien, en una enumeración que pretende ser
exhaustiva de sus facetas de escritor, político, pensador y estu-
dioso de las ciencias, se omite por completo toda referencia a su
condición de novelista.18

Es evidente que la antigüedad de los errores no los hace


más leves, sino por el contrario más culpantes. Y es precisa-
mente ese carácter de repetición inaceptable el que se ha que-
rido destacar.

El hecho que resalta , a fin de cuentas, es que todavía no


1
se ha abordado con responsabilidad y penetración, siquiera

xxiii
parciales, el estudio de la primera novela publicada en Vene-
zuela por venezolano, y que, como contrapartida, la mayoría de
los críticos e historiadores de las letras nacionales han dado
muestras de escandalosa superficialidad e incalificable descono-
cimiento en lo tocante a Los mártires.¹4

¿Una novela libresca?

La repetida caracterización del romanticismo americano


como carente de originalidad y minado de afán imitativo - ver-
dades relativas— se ha proyectado en generalizaciones absolu-
tamente demoledoras. Dentro de una especie de tradicional vi-
sión minorativa del romanticismo en Hispanoamérica,15 el as-
pecto de la imitación ha sido destacado como principal fuente
de errores y limitaciones.

En el caso concreto de Venezuela, Picón-Febres cita nom-


bres de los modelos principales para la novela naciente : Rous-
seau, Bernardino de Saint Pierre, Madame de Staël, Chateau-
briand, Lamartine, Víctor Hugo, Walter Scott, Goethe, Jorge
Sand, Alejandro Dumas , Eugenio Sué y Manuel Fernández y
González. Y sentencia con énfasis :

"Ellos influyeron poderosamente y de un modo casi exclu-


sivo en el ingenio de los escritores patrios, y a ese influjo se
debe el nacimiento de la novela nacional después de 1841 , la cual
nace romántica. Nuestros pocos novelistas se apasionaron de tal
suerte sobre todo del romanticismo francés, y más tarde de trucu-
lentos romanzones como los del español Manuel Fernández y
González, que se lanzaron de firme y vibrantes de entusiasmo,
sin reflexión posible alguna, al propósito de la imitación, imi-
tación de lo extravagante, de lo completamente inverosímil, de
lo fantástico e ilógico , pudiendo decirse con certeza que se asi-
milaron los vicios, pero no las condiciones excelentes de los es-
critores mencionados.16

xxiv
Este áspero tratamiento ofrecido a nuestros novelistas ro-
mánticos y en general al conjunto de seguidores del movi-
miento en tierras de América— se desarrolla y se consolida
hasta nuestros días. Los ejemplos podrían ser muchos. Algu-
nos referidos a la totalidad del continente, como en el fallo
global de Jesús Semprum : " El romanticismo americano fue imi-
tación de imitaciones". Otros reducidos al ámbito de lo na-
cional, como en el juicio de Díaz Seijas : " Por pura imitación ,
nuestra novela nace romántica" .17

La tendencia a caracterizar lo romántico hispanoamericano


por procedimientos propios de la inspiración literaria más o
menos tenidos por intentos imitativos, ha producido aplica-
ciones particulares que incurren en excesos teóricos . Así, Ra-
fael Osuna, familiarizado con la obra de Toro, en un intere-
sante artículo que aborda aspectos poco estudiados de la na-
rrativa de este autor, extrema su punto de vista al calificar
Los mártires de " retórica y libresca". Osuna insiste marcada-
mente en su concepto hasta afirmar que esta novela no revela
nada original en temas y motivos , y que éstos son en general
de procedencia libresca. Y ya en el plano global de la narrativa
de Toro, la opinión es contundente :

De allí que no sea sólo por los temas exóticos de inspira-


ción, sino también porque los recursos son de procedencia libres-
ca, que la producción literaria no costumbrista de Toro es un
conjunto de lugares comunes.18

Y justamente este pasaje parece dar la clave del juicio rí-


gido : se advierte una tendencia a identificar tema no nacional
con inspiración libresca. Al respecto, cabe, en seguida, la pre-
gunta: ¿Es posible hablar de tema libresco en Los mártires, a
pesar de la experiencia londinense de Toro y de su real cono-
cimiento de la situación social de Inglaterra ?

El concepto de otros críticos sobre este punto concreto es


fundamentalmente distinto. Virgilio Tosta, por ejemplo, con-

XXV
sidera que las descripciones de los desastrosos ambientes físicos
y sociales de las clases bajas de Londres, contenidos en la no-
vela, se basan en una experiencia que Toro adquirió “ en el
propio terreno de la acción". Y, complementando la idea, aña-
de que "sus personajes son tomados de la vida real " . Para
después pasar a ofrecer, en nota al pie de página, una infor-
mación reafirmadora de notable interés al respecto:

Aspectos de la novela, como el relativo a la indiferencia


del alto clero frente a las necesidades humanas y a la muerte de
Emma en la Casa de Pobres, son tomados de la vida real. De
modo que las citas que Toro hace del Morning Chronicle son ri-
gurosamente ciertas. Nuestro amigo, el profesor Rubén Carpio,
residente en Londres, a quien escribimos con el deseo de verifi-
car estas citas, nos contestó satisfactoriamente. Por ejemplo, con
relación al suceso de la Casa de Pobres, Carpio nos escribe : "Lo
del 'Hoo-Union ' es un sonado juicio que se le siguió a su di-
rector, James Miles, por tratamiento cruel e indecente para los
niños bajo su custodia. El proceso fue público y de gran revuelo .
Las actuaciones principales fueron publicadas en las ediciones de
6, 7 y 12 de enero de 1841 , y contiene de unas 12 a 15.000 pa-
labras..." 19

En verdad difícilmente puede hablarse de manera efecti-


va de obra "libresca" en el caso de Los mártires. Al conoci-
miento general, iniciado por lecturas de carácter político y eco-
nómico antes del viaje en cuestión , de la situación de desajuste
social y de críticas manifestaciones de negra miseria entre la
clase trabajadora inglesa, Toro añadió lo que sin duda resulta
de importancia vital para el escritor : la vivencia, el contacto
directo. ¿No se pecaría de aplicación mecánica de ciertas ca-
racterizaciones teóricas del romanticismo muchas veces "li-
bresco" al medir, en igualdad de proporciones de exotismo,
por ejemplo, a una novela tan de reconstrucción erudita y sos-
tén de libros y documentos como Blanca de Torrestella, de Ju-

xxvi
lio Calcaño, obra representativa por antonomasia del exotismo
en el tiempo y en el espacio en la novelística romántica venezo-
lana, y a una pintura de situaciones y circunstancias sociales pal-
padas de cerca por su autor, como la que encierra Los mártires?

Es bueno tener presente, por otra parte, el énfasis que


pone Fermín Toro en dar a su novela cierta base documental
con las citas del periódico londinense Morning Chronicle, co-
rrespondiente a los meses de enero y febrero de 1841 , poco
antes de su regreso a Venezuela. Asimismo se palpa un afán
realista y de expresión de experiencias personales— en las
notas explicativas que inserta, relativas al título y a un verso
del himno inglés ; al correspondiente en " fuertes" venezolanos
de la moneda de oro " soberano" ; a la milicia escocesa de los
"galloglohs"; a la relación entre chelines y peniques; y sobre
todo a la precisión de detalles y de conocimiento vivo- con
respecto a las características del puente que conduce a las rui-
nas de la mansión de Dunluce, en Escocia.

Por último, podría agregarse, dentro de ese propósito de


corresponder a vivencias concretas, el cuidado que pone Toro
en establecer la fiel distribución de calles y plazas londinenses,
al extremo de que es posible seguir sin tropiezos, sobre un
plano de la ciudad, el deambular con frecuencia atormenta-
do del anciano Carlos.

Pero, por encima de todo, aun más allá del afán de Toro
por dar sustentaciones de carácter realista a su novela, está la
circunstancia misma de su estadía en Londres, de su contacto
con la realidad de los barrios bajos, con los ambientes y pro-
blemas que capta y trasmite. En esas condiciones no cabe ha-
blar de obra " libresca". Sería incurrir en impropiedad evidente.

Los patrones románticos

En las ya habituales caracterizaciones del movimiento ro-


mántico europeo, los críticos e historiadores difieren a veces en
cuanto a la aceptación de la existencia de una real doctrina ro-

xxvii
mántica, y con frecuencia tienden a definir los rasgos román-
ticos más a partir de negaciones elevadas ante el racionalismo
dominante en el siglo XVIII , que de principios determinados de-
cretados como afirmaciones orientadoras. Los mismos escrito-
res y teóricos parciales del romanticismo vivieron y dejaron
asentadas en sus obras dudas rotundas y contradicciones en lo
que atañe a postulados y credos de carácter general. En cam-
bio abundan las concepciones particulares, a veces caprichosas
o sorpresivamente sintéticas, que responden a personalidades
más o menos reflexivas o entregadas al efluvio intuitivo.

Donde sí coinciden las opiniones es en identificar el ro-


manticismo con un impulso de exaltación sentimental . Philip-
pe Van Tieghem considera que la romántica es por encima de
todo " una literatura de sentimientos" . Segundo Serrano Ponce-
la opone al culto racionalista a la razón como forma única del
conocimiento y norma práctica de vida , la actitud romántica,
que va a acentuar " la validez del sentimiento y los impulsos
irracionales de la conducta humana". Alvaro Melián Lafinur
precisa con énfasis cuáles eran las facultades humanas sobre-
estimadas por el romanticismo : " el instinto, la intuición, la
imaginación y el sentimiento".2

Esta estética literaria sentimental y sentimentalista irra-


diará sus luces pasionales y libertarias por tierras de América,
dando origen a un producto similar al europeo. Para ciertos
críticos no sólo similar, sino igual, como copia empa-
lidecida por la distancia y las inapelables limitaciones
del talento aminorado . Trataríase en este caso de un proceso
abiertamente imitativo, solamente de significación histórica que
puede crecer en la medida de las fronteras de lo continental y
nacional. En el plano intercontinental su interés radicaría en
que ejemplifica la transculturación y más aún la peregrinación
generadora de las tendencias literarias.

Pero no siempre se ha visto el romanticismo hispanoame-


ricano como un total reflejo o más propiamente imitación

xxviii
sumisa― del romanticismo europeo, éste sí fundamentado,
creador : legítimo, en una palabra. A medida que se estudia
con más detenimiento y que la búsqueda investigadora se des-
arrolla con mayor espíritu original —es decir, a buena distancia
de los prejuiciados lugares comunes de críticos e historiadores
anteriores , en este vasto campo del romanticismo en Hispano-
américa, surgen nuevas líneas de indagación y perspectivas
más realistas. Es indudable, por ejemplo, que resulta imposi-
ble imaginar que el extraordinario alcance del romanticismo en
Hispanoamérica respondiese solamente a un superficial afán
de imitación, que fuese un impulso modístico, derivado de afi-
ciones librescas o de manera única de preponderancias cultu-
rales europeas en tierras de América. La sola imitación , el
gusto por repetir lo que hacían con éxito los grandes maestros
de París, Londres o Madrid, hubiera podido tenerse como ra-
zón suficiente si el ardor romántico literario se hubiera limitado
en Hispanoamérica a reducidos grupos de escritores en contac-
to de lectura y admiración con los modelos de mayor actuali-
dad y prestigio . Sería el caso de pequeñas élites -selectas y
decadentes― reducidas y caprichosas . Pero, cuando se sabe que
el romanticismo cundió por todo el continente en florecimiento
de obras y autores múltiples ; que fue un apasionamiento co-
lectivo de pensadores, artistas y público; que fue una suerte de
sensibilidad natural y oficial que dominó el ámbito de la cul-
tura hispanoamericana a lo largo de un período extendido en
el tiempo como ninguna otra escuela o movimiento ; es indis-
pensable pensar en razones mucho más profundas, en identifi-
caciones más esenciales y duraderas. Así se ha hablado de una
peculiar actitud romántica -sensible, intuitiva— común en el
hombre hispanoamericano . Y también se ha destacado , con
mayores alcances objetivos, un fermento romántico ya existen-
te en estas tierras recorridas por el afán libertario en los cam-
pos ideológicos y de batallas, donde el umbral de lo heroico y
soñador se trasponía a diario, donde se fortalecía la conciencia
del valor de los derechos individuales, del espíritu individual,

xxix
donde lo pasional se exalta hasta en el acercamiento afectivo
a una vigorosa naturaleza. Y sobre esa base dispuesta por su
acontecer histórico, Hispanoamérica recibió los postulados ro-
mánticos europeos como una reafirmación, como una estructu-
ra y una expresión para tendencias ya palpables en lo ideoló-
gico, pero sobre todo vividas con plenitud.
Planteamientos semejantes a los anteriores y otros deriva-
dos del propio desarrollo del movimiento en Hispanoamérica
han llevado a diversos críticos a indagar acerca de la posibili-
dad de considerar que existió un romanticismo hispanoameri-
cano, con características peculiares, suficientes como para dar-
le una fisonomía propia dentro del gran conjunto de la escuela
romántica mundial. Un magnífico ejemplo de esta preocupa-
ción y esta búsqueda lo encontramos en un extenso y notable
estudio de Emilio Carilla, rico en consideraciones novedosas,
que se orienta hacia el análisis diversificado de esta idea básica :

Aceptamos un Romanticismo en Hispanoamérica. Es decir,


algo bien sabido: concepción del mundo y de la vida, un arte,
una literatura romántica que nace y se conforma en Europa y que
de Europa pasa a América. Esto ( dejo a un lado determinadas
interpretaciones) es lo visible. ¿Pero el romanticismo revela en
América sólo el calco, la importación, la imitación ? ¿O nos
muestra también -aparte de una expansión indudable— cierto
sesgo particular, cierta originalidad, que permitan hablar de un
romanticismo hispanoamericano ?21

Dentro de la relatividad de las caracterizaciones -siempre


debatidas― del romanticismo europeo y de sus condiciones
peculiares en América en estudio y también en debate—, en
este caso, para el tema específico que ahora nos ocupa, será ne-
cesario tomar algunos patrones románticos y ver cómo se dan
en la novela Los mártires. Estos patrones pertenecen a lo que
puede llamarse identificación práctica del romanticismo . Si
bien no hay una verdadera doctrina romántica, de manera tra-
dicional los especialistas insisten en destacar una serie de ras-

XXX
gos definidores del romanticismo, y sobre todo la propia lec-
tura de las obras románticas los confirman como habituales
y característicos . Son algo así como los lugares comunes del
romanticismo. De ellos nos valdremos para los señalamientos
típicos en la novela de Fermín Toro.

Parece ser opinión casi unánime de la crítica literaria ve-


nezolana que se ha ocupado del asunto, que los modelos ro-
mánticos fundamentales que se traslucen en la obra de Toro
son Chateaubriand y Lamartine. En efecto, varios hechos po-
drían sostenerlo: concepción pura del cristianismo elemental,
arranques idealistas que se contraponen a visiones de carácter
realista, el patetismo descriptivo, sentimiento misericordioso de
solidaridad con los desposeídos, recursos expresivos típicos. Por
otra parte, es sabido, como señala René L. F. Durand, que frag-
mentos de la obra de Chateaubriand se publicaban ya en Ca-
racas en 1834, y que producciones del mismo autor figuran en
el Catálogo de los libros que se hallan venales en Caracas, en
el almacén de D. Vicente de Cabrerizo, de 1839.22 Pero aún
hay más : el propio Toro cita en su serie de artículos Europa y
América, en 1839 , a ambos autores , en base a obras concre-
tas, cuyos títulos vienen dados en francés. De Chateaubriand
incluye una cita de sus Etudes historiques. A Voyage en Orient,
de Lamartine, acude en dos oportunidades.23

Sin embargo, es evidente que para llegar a una más cer-


tera precisión de este contacto literario e ideológico, será nece-
sario un detenido análisis que al parecer no se ha hecho toda-
vía. Sólo así aparecerán de manera indubitable las relaciones
concretas de identificación e inspiración . Es un lugar común de
la crítica que nada de sorprendente tendría al ser comprobado
de hecho. Los nombres de Chateaubriand y de Lamartine figu-
ran en las listas de autores de mayor influjo en los medios
literarios venezolanos de la época . Desde muy atrás la crítica
nacional coincide en ello. Así, por ejemplo, Felipe Tejera, en
1881 , y Gonzalo Picón-Febres, en 1900, en sus obras ya citadas.

xxxi
Pero como en última instancia esta es materia todavía por de-
mostrar de modo exacto, parece más prudente y justificado con-
siderar la presencia en Los mártires de algunos de esos rasgos
tenidos por generales en el romanticismo y no sólo aquellos
supuestamente exclusivos de los maestros citados. Así se pro-
cederá en los siguientes párrafos.

Situaciones contrastadas. El recurso del contraste en


planteamientos ideológicos y en descripciones es elemento pal-
pable en Los mártires. Así, la tristeza del personaje narrador y
la alegría callejera de las festividades del matrimonio de la
24 .
reina Victoria y el príncipe Alberto ( I ) 2*; el dolor humano con-
trapuesto al bullicio indiferente de la ciudad (VI) ; los ele-
mentos contrastantes en la descripción de personajes : las me-
retrices de la plaza de Waterloo (I ) , y la propia Emma, donde
antagonizan la perfección de la belleza y el abatimiento de la
pobreza (IV) ; la sublime sorpresa de la joven pura crecida
en ambientes de la más aguda miseria :

Mi amigo, me decía Teresa tristemente viendo a Emma que


se ponía cuidadosamente unas flores en la cabeza ; ¿cuál será el
destino de mi hija ? Me estremezco al verla tan confiada en su
felicidad futura ; y es mi culpa. Tan sensible y bella como es, me
habría parecido un sacrilegio iniciar su inocente corazón en las
desgracias y vicios de la humanidad. Ella ha crecido feliz en me-
dio de la miseria, como una rosa en terreno estéril, rica con sus
propios perfumes y colores. (IV)

Descripciones típicas. Los característicos ingredientes ro-


mánticos están presentes en los diversos conjuntos descriptivos
de personajes, ambientes y situaciones, siempre en función de
sentidos proyectados hacia resonancias sentimentales : idealiza-
ción, percepción externa sin verdaderos intentos de profundiza-
ción, adjetivación abundante y seleccionada con propósitos efec-
tistas, comparaciones gloriosas. Claros exponentes de estos ras-
gos son las descripciones de la miserable vivienda de la familia

xxxii
de Emma ( I ) ; de las " dos jóvenes perdidas" en la calle festi-
va (I ) ; y sobre todo el muy típico retrato de la dulce niña ro-
mántica, que hace pensar en la pintura de otras exquisitas he-
roínas de novelas románticas hispanoamericanas, tan delicadas
como la María de Isaacs:

Emma había rizado cuidadosamente sus cabellos, y colocado


en derredor de su frente una guirnalda de menudas flores que
ella misma había trabajado. Ceñía su blanco y delicado cuello
un cordón negro del cual pendía una pequeña cruz de azabache
que venía casi a ocultarse en su nevado seno. Un traje de mu-
selina, harto usado a la verdad, pero blanco como la nieve y ple-
gado con suma gracia, parecía una ligera nube flotando en de-
rredor de sus formas admirables. La serenidad de su frente, su
mirada tan casta, la sonrisa pura e inocente de su divina boca,
cierta expresión religiosa que parecía descubrirse en su actitud y
movimientos, daban a Emma, no el aire de una novia que lleva
en su seno el fuego de la vida y la dicha de un mortal, sino el
aspecto de una vestal consagrada al culto y cuyo velo virginal
debía ocultarla para siempre a las miradas del mundo. ( IV)

Las expresiones románticas. Tal vez sería más propio ha-


blar de los lugares comunes expresivos del romanticismo: lle-
garon a ser formas manidas y cansonas, a fuerza de uso, pero
en su momento no carecieron de efecto y hasta de originalidad .
Interjecciones, adjetivos, formas adverbiales, frases, símiles ,
metáforas, paradojas, con sabor romántico característico están
presentes en Los mártires. Son tan frecuentes que resultaría
ocioso intentar enumerarlas. Pero, para dar idea de lo que se
pretende destacar aquí, podrían señalarse algunos casos ilus-
trativos : las exhortaciones discursivas del anciano Carlos para
Emma (V) ; el " seno voluptuoso y casto a un tiempo" (ÏV) ;
"Teresa trataba de hallar palabras de consuelo ; pero ¡ ay ! su
corazón no era el menos desolado" ( IV) ; " la única prenda
que me dejó un ángel que hoy está en el cielo ”, “Eduardo a

xxxiii
alguna distancia parecía beber a largos tragos una copa enve-
nenada" (IV) ; "Me pareció que tenía un abismo a mis pies,
y sentí en mi corazón aquel frío mortal que precede a la caí-
da, muy más desgarrador y rechinante que la aguda hoja de un
puñal" (VI ) ; y un ejemplo muy revelador, que, por otra parte,
da señales de la atracción, también romántica, por lo oriental :

Un oriental habría dicho, que su pie parecía el jazmín de la


Arabia, que amanece caído en el suelo bañado de rocío, y que
su cintura era como la garganta de una copa de alabastro llena de
preciosas aromas. (IV)

Representaciones y símbolos típicos : La mirada como pin-


tura del alma y luz de íntimos sentimientos (I ) ; la maldad y la
traición endurecen sus formas posándose en los amigos cerca-
nos de quien está llamado a sufrir torturas morales ( V) ; la
bondadosa y bella Emma como un símbolo de esperanza en su
familia y su ambiente sórdido (V) ; la rigidez en los personajes
representativos de condiciones humanas fijas en un sentido po-
sitivo o negativo , así mientras Eduardo y Emma encarnan la
generosidad, sin decaimiento alguno, Héctor Mac-Donald es
personificación de la maldad y el egoísmo . ( Sin embargo, den-
tro de los rasgos morales estereotipados de Mac- Donald, el
autor hace una concesión a su posibilidad de compasión, como
una excepción en el carácter rígido de su vileza (V) .

Los cuadros sepulcrales y patéticos. Frecuentes en la no-


vela, como huella de uno de los rasgos menores más difundi-
dos en el romanticismo . Sobre todo en un romanticismo de es-
caso vuelo. En este caso el patetismo se repite en escenas poco
variadas : el cuadro sepulcral de la enfermedad de Tom, y él
mismo, lúgubre en sus actitudes y palabras ( I ) ; el reencuentro
de Richardson con su hija Teresa y la familia de ésta, sumidos
todos en la miseria ( II ) ; la búsqueda nocturna de su padre,
por Teresa, bajo la tormenta de nieve ( III ) ; la reacción de la

xxxiv
familia Tom ante la noticia de la muerte de Eduardo (V) ; la
partida de Emma para el asilo de Hoo Union House (VI) ; la
visión insoportable de Tom y Teresa, muertos y manchados
de sangre (VI ) ; el dolor y la miseria como el camino hacia la
locura (VI) ; algunos casos donde la fuerza patética se rompe
por la irrupción de términos y conceptos ingenuos, como en el
artículo que comunica la muerte de Eduardo (V) ; y oportuni-
dades en que la violenta desesperación conduce a visiones tétri-
cas y aniquilantes de toda una sociedad :

...mi dolor se exasperaba con la convicción de mi impoten-


cia. Yo habría dado en aquel momento mil veces la vida por po-
der soplar la peste sobre aquella impía Babilonia; y ver morir a
millares sus habitantes por minutos ; y ver las calles obstruidas
con los montones de cadáveres ; y sentir la atmósfera infestada
con sus mortíferas exhalaciones ; y ver las aguas del Támesis verdi-
negras, corrompidas llevar al mar vecino pestilencia y destruc-
ción ... (VI )

El llanto desatado. Es el caso de otra característica me-


nor dentro de los rasgos comunes románticos sentimentales,
pero no por su condición secundaria menos frecuente. Ha lle-
gado a ser casi un requisito en cierto tipo de novela romántica,
que aún se sigue cultivando y que ha venido hasta la radio y la
televisión. Para los románticos era una fiel expresión de natura-
lidad y pureza en los sentimientos ; en la actualidad es el ca-
mino más corto para penetrar en el gusto sensiblero de un pú-
blico deformado pero numeroso . Tal vez por esta condición
cada vez más decaída y detestable que tiene en nuestros días
el recurso literario o cinematográfico del llanto estratégica-
mente colocado para los fines ya señalados , es que las explo-
siones plañideras habituales en el romanticismo nos resultan uno
de sus excesos más abominables . La novela de Fermín Toro en-
cierra diversas situaciones de llanto desatado en el conjunto
de sus capítulos : a veces los cuadros colectivos de llanto to-

XXXV
rrencial , como en el reencuentro del viejo Richardson con su
hija Teresa ( II ) , y en el momento de la partida de Emma para
el asilo (VI ) ; en otras oportunidades las espantosas escenas
plañideras , atravesadas de lágrimas y alaridos, que acompañan
la noticia de la muerte de Eduardo ( V) y la ira vociferante de
Teresa al enterarse de los castigos corporales inferidos a Emma
en el asilo (VI) ; y con más frecuencia es la significación
breve y repentina del llanto, a través de simples lugares comu-
nes : " las lágrimas corrían como una fuente desatada por las
mejillas de Teresa" , al recordar ella la dura situación de su
padre ( III ) , Eduardo O'Neill parte para Irlanda en busca de
trabajo, y en su dolor deja brotar "un torrente de lágrimas"
(IV) , compungida por la muerte de Eduardo, la dulce Emma
"se bañó de lágrimas" al ver de nuevo al anciano Carlos (VI ) .

Ideas típicas. Dentro del ideario romántico hay gran nú-


mero de actitudes vitales y formas habituales de pensamiento
que constituyen algo así como constantes ideológicas definido-
ras y típicas. Algunas de ellas son palpables en Los mártires:
la realidad es más dura y tremenda que la más áspera fanta-
sía (II ) ; hay más capacidad en el alma para el dolor que para
el placer (III ) ; el “carácter romántico" de la mujer en el siglo
XVI (III) ; enfrentamiento constante de la virtud y la vanidad
en la condición natural de la mujer (IV) ; la perfección de la
mujer exaltaría el amor a la condición de fuerza suprema de
elevación moral y social ( IV) ; los caminos de la felicidad y la
virtud “ en la vida son opuestos" ( IV ) ; las palabras resultan
insuficientes para reproducir la expresión de un semblante ado-
lorido (V) ; aún la peor miseria no rebaja las almas dignas
(V) ; el honor por encima de todo : es preferible la muerte
"de hambre y de extenuación" , pero que el último suspiro sea
"puro e inmaculado " en Emma (V) ; los sentimientos " puros"
se dan totalmente en las personas que los atesoran, así en la
inocente y bella Emma " no había sentimiento que no fuese vir-
ginal" (V) ; la superstición es una " dote preciosa que muy fre-

xxxvi
cuentemente acompaña a las almas tiernas, y que las hace com-
poner un mundo de ilusiones y presagios con que compensan
no pocas veces la estéril realidad" (V) ; el hondo padecimien-
to espiritual causa prontos y mortales estragos físicos (VI ) ; el
hombre se debate cada día en una inexorable alternancia de
vida y muerte: " nace amando la vida y al nacer le mece ya la
muerte en sus brazos " (VI ) ; actitud vinculada al platonismo
en la consideración de las ideas como un campo de posibili-
dades limitadas en el hombre, ya que " no es moneda que él
acuña, el tipo está en otra esfera" (VI) .

Las ideas religiosas . Con frecuencia en el romanticismo


a las concepciones idealistas individuales a veces muy par-
ticulares por la viva exaltación del "yo" dominante se unen
posturas de orden religioso; en pocas oportunidades por con-
ciencia teórica, y con mayor regularidad por acatamiento tra-
dicional o por identificación poética . En el caso de Fermín Toro
-atendiendo a su novela y a otros escritos suyos parece
evidente que se conjugan la aceptación consciente de las ideas
religiosas con una especial asimilación sensible de lo que en la
religión puede haber de bondad hacia el oprimido, de solida-
ridad moral con el explotado y escarnecido. Este último aspec-
to, que se revela como el más importante en la carga religiosa
de Los mártires, no se contrapone al socialismo utópico del
momento, sino que lo complementa, sobre todo en ese sentido
puro de cristianismo que bebe en la fuente directa de la Biblia
y que trata de revivir su vigor elemental y original . Junto a
esta sincera fe que aspira a ser depurada, despliega Toro una
visión crítica del clero que se tratará líneas adelante; por aho-
ra cabe destacar algunos de los principales planteamientos ge-
nerales que exaltan lo religioso como elemento actuante en la
vida del hombre : el alma humana tiene dos vías máximas de
elevación, el amor y la religión ( IV) ; el sentimiento amoroso
verdadero por dignidad y pureza se sostiene sobre el religioso,
y en la medida en que el amor vive en un espíritu religioso

xxxvii

=
será más excelso (V) ; el llanto y el dolor buscan y encuen-
tran auxilio en la fe religiosa (VI) ; el majestuoso patetismo
del creyente que sufre, crece en la propia índole de su fe: el
pagano tiene recursos de resignación al dar vicios humanos a
sus dioses, "¿pero a quién acusa el fiel ? ¡ Al inmenso poder !
¡A la inmensa bondad ! ..." (VI ) ; en situaciones extremas de
horror y muertes como la que vive el viejo narrador de la
novela pueden insinuársele al creyente la sensación de un
caos espiritual y aun de la ausencia de Dios -tal lo sugiere,
con imponentes rasgos, la cita del texto de Juan Paúl (Jean
Paul) pero siempre resurge el anuncio revelador de la ver-
dad divina como la voz de Teresa, venida desde la muerte,
que devuelve al anciano Carlos su fe en Dios (VI ) ; la Biblia
encierra múltiples enseñanzas y orientaciones de conducta, y a
ella puede acudir siempre con éxito el creyente (numerosas
alusiones a elementos y citas concretas de la Biblia en los di-
versos capítulos de la novela) . Es de agregar, como un signo
de consecuente espíritu religioso en Fermín Toro, que el sui-
cidio de Teresa, señalado sólo de paso en la novela, que hu-
biera sido explicable dentro de su absoluta tragedia y pobreza,
pero impropio en un fiel católico como era la atribulada ma-
dre, encuentra fundamento que no lesiona el principio de or-
todoxa religiosidad en la circunstancia del desequilibrio men-
tal que domina al personaje (VI) .

Presencia del autor. Ya es común destacar dentro de ca-


racterísticas pronunciadas de la narrativa romántica la partici-
pación activa, en calidad de observador y juez permanente -no
pocas veces impertinente , del autor. Está presente dentro del
relato, sea o no personaje directo, para opinar, enfatizar, exal-
tar, simbolizar, en suma para hacer su papel de dueño y dios .
Este rasgo -contrapuesto a la narración objetiva— no puede
considerarse en sí un vicio : en la medida en que se trate de
intervenciones espaciadas para reflexiones de interés, el recur-
so será más aceptable; en cambio en la proporción en que au-

xxxviii
mente su frecuencia y su relación con la pesadez y el mal gusto,
será una rémora insufrible. En el caso de Los mártires la pre-
sencia del autor se ve reforzada por el hecho de que se trata
de una narración en primera persona : comienza como un rela-
to de uno de los actores de los hechos, que presenta a sus "ami-
gos desgraciados", luego se identifica como un anciano, y des-
pués revela su nombre : Carlos, para terminar con el ar-
tificio de que el autor no ha hecho más que transcribir la his-
toria tal como la oyó del apesadumbrado viejo .

Esta narración en primera persona da a Toro mejores y


más desenvueltas oportunidades para sus intervenciones mora-
lizantes, políticas, religiosas, o simplemente, de carácter técni-
co: énfasis en un momento dado de la acción , dubitación opor-
tuna para despertar interés o insinuar proyecciones y trascen-
dencias, aclaratorias y precisiones para fortalecer propósitos
realistas, etc. Dentro de las naturales reservas (¿prejuicios ?)
que podemos tener en la actualidad ante este procedimiento,
que sentimos pesado e indiscreto, hay que reconocer que en esta
novela de Toro posee un evidente interés como muestra del
organizado pensamiento del autor, tanto en sus vías más idea-
listas y metafísicas como en las más concretas de orden político
y social.

Los presagios. Para cualquier lector familiarizado con la


narrativa romántica ha sido una fácil -por repetida― consta-
tación la presencia de anuncios de futuras intrigas y desenlaces
sorprendentes en la acción. Es un recurso usual, destinado a
levantar la curiosidad y a preparar el ánimo del lector en el
sentido que tendrán los hechos narrados a medida que avan-
cen las páginas. Se ha discutido la efectividad del mecanismo.
En la actualidad tiende a parecernos ingenuo y contraprodu-
cente. Sin embargo , tal vez podría objetarse que todo es cues-
tión de habilidad y medida en el autor, como lo prueban narra-
dores románticos y de nuestros días que han sabido emplearlo

xxxix
con eficacia o por lo menos, sin que la obra se resienta de su
inclusión. Toro acude al procedimiento en doble forma: a ve-
ces del modo más simple e inhábil, como en el anuncio de los
planes de Mac-Donald para atraerse a Emma (IV) y en los pre-
sentimientos de la joven sobre la muerte de su enamorado
Eduardo (V) ; y en otras ocasiones a través de la significación
indirecta y más creadora de atmósfera de relatos interpuestos
a lo largo de la acción y que conllevan sentido de presagios
absolutos con el peso de hechos históricos y tragedias sociales,
como la sangrienta historia de los Mac-Donald ( III ) y la ho-
rrenda muerte del infeliz "buzo americano" Scott ante la mul-
titud desconcertada (V) .

Relatos interpolados. La introducción de narraciones


complementarias a la acción central, y con frecuencia no cla-
ramente vinculadas a ellas, no será extraña a las novelas ro-
mánticas. Está presente en autores europeos y acompañará por
largo tiempo a los hispanoamericanos . En oportunidades estas
interpolaciones sólo obedecen a objetivos estilísticos o a bús-
queda de efectos derivados del pintoresquismo . En casos más
justificados desde el punto de vista estructural sin que esto
sea garantía de éxito- se busca una reafirmación del ambiente
espiritual, un enriquecimiento de la atmósfera de la obra y, por
consiguiente, de su mensaje, del fragmento vital que desea
captar y trasmitir. Este último es el caso de los relatos inter-
calados en el hilo central de Los mártires : la historia guerrera
de los Mac-Donalds y los Mac-Quillans ( III ) ; el juicio de
Jorge Hammon, asesino del raptor y corruptor de su pequeña
hija ( IV) ; la trágica muerte de Scott, haciendo piruetas ante
un grupo de público para ganar con qué vivir (V) ; el asesi-
nato de Lord William Russell , que hace exclamar al narra-
dor : "¡Destrucción ! ¡ destrucción ! es el mote de la humani-
dad" (VI ) . Son todos elementos de acentuación del tono pa-
tético de la obra en la denuncia del aniquilamiento del hom-
bre, y sobre todo de las clases desposeídas, en la injusticia y la

xl
corrupción de la sociedad . A pesar de que, en otro sentido y da-
das las reducidas dimensiones de la novela, estos sucesos inter-
polados no logran fundirse propiamente con la trama principal .

El nudo trágico. Seguramente sería exagerado decir que


los románticos aplicaban una visión trágica a las cosas del mun-
do . Pero sí parece evidente que toda trama literaria les resul-
taba incompleta o insustancial sin un nudo trágico. El con-
flicto del hombre con sus pasiones, con sus ideales irrealizados,
con la sociedad, encerraba de por sí un germen de tragedia :
desmoronamiento interno o cese de latidos. En este sentido los
románticos estaban irremisiblemente más cerca de la tragedia
griega que de las comedias de capa y espada . Era, además, una
verdad infausta buscada, solicitada por identificación sensible.
En la novela de Toro el nudo trágico tiene un riguroso
fundamento, cierto, de toda fuerza obejtiva : la injusticia de una
organización social dispuesta para el enriquecimiento de los
menos y la explotación de los más. La familia Tom desciende,
a lo largo de las calamidades , hacia la miseria. La rebeldía
ante ese estado indigente, fortalecida por la no contaminación
degradante del espíritu, produce un violento enfrentamiento de
las aspiraciones elementales de dignidad en el hombre con el
despotismo de un orden social inadecuado. Desprovista de re-
cursos económicos, la familia sólo conserva sostenes humanos :
Emma y Eduardo. Pronto desaparecen los jóvenes y el desas-
tre definitivo se precipita. El propio autor ha dado la clave
definitoria de la novela : " ...la desgraciada familia de Tom,
hundida en la oscuridad y la miseria, arrastrando una exis-
tencia en que cada hora se marcaba con un nuevo dolor, con
una nueva humillación ...". Y así, llegado el momento de los
desenlaces, se produce el desencadenamiento final : sucesión de
muertes que saturan al anciano Carlos de dudas religiosas y de
amargura total.

Como rasgos no habituales en la narrativa romántica más


representativa, cabe destacar en Los mártires aislados elemen-

xli
tos expresivos de marcado estilo clásico dentro del más vivo
sabor castizo, como los que caracterizan la inicial descripción
de la festividad callejera por las bodas reales ( I ) y algunos de
los escasos diálogos del prostrado Tom (IV) .
Asimismo es oportuno insistir en ciertos propósitos rea-
listas de la novela -como se han señalado en el punto ante-
rior , que, por otra parte, si bien no son típicos del roman-
ticismo, tampoco resultan antagónicos ni muy excepcionales.
Esta preocupación por lograr impacto realista lleva al autor
a precisar detalles muy concretos de lo que presenta —del mo-
do que ya se ha señalado , y aún a lograr acertados momen-
tos narrativos-descriptivos :

Ya me sentí interiormente cambiado; ya me veía otra vez


en presencia de mis desventurados amigos, y la ira desvanecién-
dose dio lugar al más helado desconsuelo. Largo rato permanecí
en el umbral sin fuerzas para penetrar en aquel sepulcro de vivos.
La pieza estaba oscura; un rayo de escasa luz penetraba por una
rota vidriera; en la chimenea ardían todavía unos carbones, y los
niños mal vestidos tiritaban en derredor de aquel fuego moribun-
do. Teresa estaba sentada en un rincón teniendo en sus rodillas a
Emma reclinada. Yo me sentía sin valor para entrar, y quizá me
habría vuelto, si Teresa que me estaba viendo no me hubiera lla-
mado con la mano. Entré y me senté a su lado sin que uno ni
otro pudiésemos articular palabra. (VI)

En suma, en tanto que novela enclavada en el naciente


romanticismo venezolano, Los mártires es un vivo exponente
de diversos patrones románticos europeos y de módulos pro-
pios de la novelística hispanoamericana romántica en sus pasos
iniciales.

La cuestión social y el socialismo utópico

El aspecto más vigoroso de la novela de Toro es el plan-


teamiento que hace del desajuste social y económico de la so-

xlii
ciedad inglesa en los comienzos del auge industrial , y en espe-
cial de las miserables condiciones de vida de los trabajadores y
pobladores de las bajas capas sociales. Es también su valor más
notable como característica individualizadora. Es su condición
más original y significativa : no hay en su época otras novelas
hispanoamericanas que presenten cuestiones parecidas, y en
ella se percibe el contacto del autor con las ideas del socialis-
mo utópico, avanzado y renovador en su momento.

Los vínculos entre el pensamiento de Toro y las doctri-


nas socialistas utópicas han sido señaladas por los críticos y es-
tudiosos. No escapan a la observación de Augusto Mijares, a
quien el carácter heterogéneo de las ideas sociales del ilustre
venezolano en las cuales no puede hablarse de perfecta con-
secuencia en actitudes y principios socialistas lleva a califi-
carlo alternativamente de " revolucionario y liberal" y de "revo-
25
lucionario y conservador " .?

De su parte Virgilio Tosta, al referirse concretamente a


Los mártires, destaca la significación de la obra dentro de las
experiencias efectivas del autor, en contacto con una realidad
social. Considera diversos planteamientos de la novela en este
terreno de las preocupaciones colectivas, y concluye :

En Los mártires no sólo debe buscarse el valor literario, que


es discutible, sino las resonancias sociológicas que contiene,
reveladoras de la aguda sensibilidad social que fue característica
invariable del pensamiento y de la vida de Toro.

En capítulo aparte, el mismo Tosta hace una interesante


caracterización de las ideas socialistas de Toro, apuntando de
pasada sus limitaciones, inconsecuencias y eclecticismo : socia-
lismo utópico, prejuicios liberales, rasgos saintsimonianos en
particular :

Estas consideraciones son suficientes para catalogar a Fer-


mín Toro como un pensador socialista. Representa en Venezue-

xliii
la, junto con Simón Rodríguez, la corriente del socialismo de-
nominado romántico, anterior al comunismo de Carlos Marx.
Sin renunciar plenamente a la escuela liberal, ni afiliarse al so-
cialismo cabal, el ideal político de Toro tiende hacia una demo-
cracia de amplia base social . Sin aceptar ni permitir sus abusos,
Toro veía como algo positivo, dentro del individualismo liberal ,
el desarrollo de la industria y el respeto a las libertades huma-
nas; y aparece como socialista y partidario del Estado interven-
tor porque considera justas y necesarias todas aquellas normas
que, sin coartar el ejercicio de las libertades humanas, contri-
buyen al logro de la justicia colectiva.26

Con importantes aportes orientadores , Domingo Miliani


aborda el tema para destacar aspectos de la presencia de las
iniciales ideas socialistas en Argentina en el Dogma socialista
de Esteban Echeverría, publicado por primera vez en el perió-
dico El Iniciador de Montevideo, en 1837 ; y más tarde comple-
mentado y editado como libro en 1846. Y de otra parte, para
subrayar elementos ideológicos del socialismo utópico en las
obras políticas y sociales principales de Toro: Europa y Amé-
rica y Reflexiones sobre la ley de 10 de abril de 1834. De los
señalamientos de Miliani cabe aquí hacer notar dos que pue-
den conceptuarse como básicos para precisar el desarrollo his-
tórico de las ideas socialistas en América y para calibrar los
alcances propios del socialismo en las actitudes individuales de
Toro. El primero registra la aparición simultánea en Hispano-
américa del romanticismo literario y el socialismo utópico, pre-
cisamente a raíz de las aportaciones intelectuales y artísticas
de Esteban Echeverría a su regreso de Francia a Buenos Aires.
El segundo singulariza la postura socialista de Toro, con res-
pecto a la de escritores y pensadores argentinos del momento,
en el sentido de que llegó a señalar los vicios y los peligros
del capitalismo europeo, situado en la etapa que él caracteriza ,
con término copiado de Sismondi, como " feudalismo indus-
trial" 27

xliv
Un hecho importante que se desprende de las apreciacio-
nes críticas y de las situaciones cronológicas es que Toro vino
al socialismo utópico por la vía directa de los ideólogos y
seguidores teóricos de los principales maestros, y no por la
vía más sensible e intuitiva de los modelos literarios. Hay que
recordar que la incorporación de los elementos de carácter so-
cial a la novela romántica se producirá lentamente, a partir
de las orientaciones de pensadores y filósofos, y en base a los
antecedentes rousseaunianos , éstos sobre todo en la concepción
del hombre, naturalmente bueno, víctima de la sociedad. Las
primeras manifestaciones de la novela romántica social —entre
las cuales podrían citarse El último día de un condenado a
muerte (1829) de Víctor Hugo y Stello ( 1832 ) de Alfred
de Vigny- sólo incluyen reducidos y poco insistentes plan-
teamientos sociales de cierta profundidad . Aún en el más vi-
goroso tratamiento de temas de significación social en las no-
velas de George Sand -en obra anterior a la de Toro : El com-
pañero de la vuelta a Francia ( 1840 ) , y en otras posteriores
como El molinero de Angibault ( 1845 ) —, muy relacionados a
la amistad de la autora con el socialista saintsimoniano Pierre
Leroux, se trata en especial de la presentación de conflictos de-
rivados de los prejuicios nacidos de las diferencias sociales,
reivindicando el derecho del humilde a ser considerado por su
dignidad humana y no por su estado económico. El tema va
más directamente a la denuncia de injusticias y corrupciones
urbanas derivadas de la descomposición social, con Los miste-
rios de Paris (publicada en folletín en 1842-43 ) de Eugenio
Sué, obra que no ha podido ejercer influjo en Fermín Toro
hasta por simple razón cronológica . Posteriormente, estos
planteamientos encontrarán lugar en una novela de particular
importancia y éxito público : Los miserables ( 1862 ) de Víctor
Hugo. En otro sitio de los posibles modelos literarios se en-
cuentra Lamartine -gran maestro de la época en Hispano-
américa , pero cuya enseñanza hay que considerar de modo
prudente, sobre todo en atención al carácter eminentemente

xlv
contradictorio de su pensamiento social y político, y a su opo-
sición al socialismo activo.

Evidente es, en cambio, el contacto de Toro con los socia-


listas utópicos. Cita algunos de ellos en sus dos escritos polí-
ticos más extensos : Say, Cousin, Sismondi. Pero no sería tarea
difícil precisar las correspondencias del pensamiento social de
Toro con planteamientos de máximos maestros del socialismo
utópico, como Claude Henri Saint-Simon ( en especial en lo
referente al concepto del " nuevo cristianismo" y a la organiza-
ción social dirigida al mejoramiento moral y físico de los des-
poseídos ) y Charles Fourier ( en particular en conceptos to-
cantes a la necesaria " armonía" de la sociedad y a los alcances
y las limitaciones de la libertad del hombre en la estructura
social ) .28
Interesantes datos para la historia del socialismo en Ve-
nezuela que importan mucho con relación al pensamiento
de Fermín Toro , aporta Germán Carrera Damas en artículo
donde recuerda la gran significación de Simón Rodríguez en el
establecimiento de la raíz de las ideas socialistas en Hispano-
américa (significación, por cierto, que debe tenerse en cuenta
en el caso de Toro) ; señala que sus investigaciones le permi-
ten fijar el decenio 1840-1850 como época de difusión de las
ideas socialistas en Venezuela, en un intento de precisión cro-
nológica; pero sobre todo centra la atención en un Análisis del
socialismo..., con pie editorial en Bogotá, 1852, y anunciado
para la venta en El Correo de Caracas del 18 de septiembre de
1852. El libro se refiere a obras de Charles Fourier, Claude-
Henri Saint-Simon, Etienne Cabet, Louis Blanc, Pierre Leroux
y Pierre Joseph Proudhon, y se cierra con un epílogo que es un
verdadero manifiesto socialista. Después de diversas conside-
raciones respecto al tomo en cuestión , la época y temas cone-
xos, Carrera Damas asienta :

Igualmente, algunos de los testimonios aquí presentes au-


torizarían a afirmar que la aparición de la pugna de estas ideo-

xlvi
logías en publicaciones venezolanas, a más de dar prueba de ac-
tualidad informativa, respondía a necesidades objetivas de la so-
ciedad, urgida de dar solución a graves conflictos estructurales.
Más aún, podría llegarse a afirmar, invocando lo dicho por Lau-
reano Villanueva sobre la formación ideológica de Zamora, que
las ideas socialistas bien pudieron, en cierta forma, rebasar muy
pronto la pura teoría.

Sin embargo, a la distancia de más de un siglo y princi-


palmente en el estado actual de la investigación, es tarea difícil
apreciar con fidelidad la naturaleza del efecto que las corrientes
del pensamiento socialista pudieron causar en el medio cultural
e ideológico de la Venezuela de entonces. El conocimiento de
ese medio que hasta ahora ofrece nuestra historiografía, es de-
masiado fragmentario y en todo caso poco claro. No podía ser
otro el resultado de estudios ajenos al cuidado de elaborar un
esquema básico de la Historia de las Ideas en el país. Mas la
información disponible permite atribuirle a ese medio cultural
dos características sobresalientes : la de ser especialmente sensi-
ble al debate doctrinario y la de estar dispuesto favorablemente
ante las concepciones más modernas. Lo escaso de su propio
desarrollo y lo reducido de su ámbito, lejos de contrariar el ejer-
cicio de estas cualidades, lo promovían.29

Aspecto muy importante del pensamiento de Fermín To-


ro en este caso en vínculo directo con su novela- es su con-
secuencia a través del tiempo con la preocupación social y su
contacto prolongado con los socialistas utópicos. Antes de Los
mártires, esta actitud inconforme ante los extremos desniveles
sociales y las injusticias de allí derivadas, está presente, en
1839, en El solitario de las catacumbas30 y en Europa y Amé-
rica; y después de la obra novelesca que en especial nos ocupa,
permanecerá como tópico fundamental en Reflexiones sobre la
Ley del 10 de abril de 1834, en 1845. Así, desde un punto de
vista ideológico y doctrinario, Los mártires queda enclavada en
el centro de una postura política, económica y social con ante-

xlvii
cedentes y proyecciones, como parte integral de una sostenida
trayectoria, y nunca como accidente singular.

Para una más clara valoración de los alcances sociales de


Los mártires es evidente que el camino más directo y elocuente
es acudir a los planteamientos efectivos que surgen de sus pá-
ginas. Veamos.

La naturaleza del hombre. El señalamiento de la falta de


amorosa solidaridad entre los hombres que parece corres-
ponderse con el carácter violento de los antagonismos sociales
que presenta la novela—, y aun de natural simpatía de unos a
otros, puede interpretarse como un intento más de Toro de
asumir actitudes realistas. A buena distancia de armónicos idea-
lismos, el impacto de los hechos concretos determina que los
hombres se rechazan entre sí, luchan , se enfrentan, con las más
diversas consecuencias conflictivas. El amor es justamente lo
más oculto . Antes están la desconfianza y el recelo, la envidia
y el desprecio, el odio, los celos y la codicia. " ¡Y este es el
hombre, por más que nos empeñemos en disfrazarlo ...!" (I ) .
Pero este desajuste propio del hombre, que rechaza las armo-
nías y las correspondencias naturales, no termina allí. Encierra
posibilidades de extrema malignidad en una suerte de cadena
infinita, donde hay quien robe al pordiosero y quien asesine o
deshonre al moribundo (VI) . Es el lado oscuro del hombre,
tan suyo como la otra vertiente también de potencias intermi-
nables Pero parecería que se da más naturalmente, de por sí,
la faz negativa; a pesar de las teorías románticas del hombre
bueno por naturaleza.

Los partidos políticos. De gran fuerza y modernidad son


los planteamientos de Toro a propósito de la existencia de los
partidos políticos ingleses, y sin duda extensivos a la condi-
ción general de los partidos políticos de cualquier otra parte .
Con sagacidad política , Toro se asombra de la coincidencia en
el partido de los Whigs y en el de los Torys del " hambriento

xlviii
proletario" y del " Par altanero que no le ofrecería para abri-
garse una noche ni el lecho de su caballo ", del "miserable re-
mendón que devoraría ansioso las sobras de los perros que
mantienen los criados de aquella gran señora" que cuenta en
las filas del mismo partido. Y en seguida el autor se hace la
gran pregunta profundizadora :

Si hoy los mismos partidos cambiaran los nombres que tie-


nen por los de " ricos y pobres" o " siervos y señores”, o se desig-
nasen de una manera aun más expresiva : " Los que tienen qué
perder" y "Los que tienen qué ganar” , ¿qué sucedería ? ( I )

Sin embargo, la respuesta de Toro no es consecuente con


las dimensiones reivindicadoras de la cuestión : todo se resuel-
ve en una mezcla de escepticismo y concepción ideal de un or-
den social. Aunque seguramente todo es propio de las ideas
utópicas de un natural y permanente movimiento de la socie-
dad hacia inexorables equilibrios internos. Toro responde :
"Quizá nada ; y ahí está justamente lo que hay de maravilloso
en la conservación del orden social". No obstante, a pesar de
la salida dubitante de Toro, el planteamiento está hecho y va
a operar sobre el espíritu de toda la novela : el enfrentamiento
de los pobres y los ricos .

Los ingleses y su apego a los monarcas. La tradicional


y respetuosa consideración de los ingleses hacia sus reyes es
destacada insistentemente por Toro, como característica
peculiar de " este pueblo el único en el mundo que ha hecho
del amor a la patria y la lealtad al soberano, un solo senti-
miento, una sola virtud" ( I ) . Pero, en el fondo lo que más le
interesa no es destacar esta sutil e intencionada identifica-
ción de patria y rey que los mismos monarcas se han encarga-
do de inculcar en la población en todas las épocas, sino el ex-
traordinario alcance de esta afición en las capas más diversas
de la sociedad inglesa, sobre todo en sus efectos homogenei-

xlix
zadores que cubren a poderosos y miserables . Así, el matrimo-
nio de la reina basta para que en el día de la festividad los
ricos y los pobres suspendan " su eterna querella"³¹ y la única
voz que se oiga sea de alabanzas para los monarcas . Hasta
el lisiado Tom y su empobrecida familia tienen ánimos para
celebrar lo que consideran venturosa fecha, tomando una cer-
veza, en medio de la más espantosa miseria, pero con la mayor
"lealtad", olvidando los antagonismos de partidos y gritando
como todos loores a la reina ( I ) . Es lo que Toro llama “mi-
lagro de las sociedades humanas", en consecuencia con sus ideas
de los equilibrios y fenómenos aglutinantes que la sociedad pro-
duce por su propia esencia, de manera natural.

Las diferencias sociales. Soporte principal de la tesis cen-


tral de la novela es el rotundo planteamiento de las diferencias
económicas, jurídicas y culturales que la sociedad impone entre
los grupos o clases que la integran. Ese desajuste es origen de
los más profundos antagonismos , y revela en sí mismo el im-
perio descarado de la injusticia. Las apariencias ocasionales,
como pueden ser las galas de la ciudad para la oportunidad de
una gran fiesta, logran por un momento encubrir el hambre
y la desnudez de los desposeídos, pero es bien conocida la com-
posición real de la sociedad:

Algunos son poderosos, verdaderos potentados de la tierra ;


otra porción, y esa la mayor, en una venturosa medianía, conocen
el bienestar y los goces de la vida; pero otra muy considerable la
componen los mártires de la sociedad, las víctimas de la riqueza,
con cuya sangre se rocían los altares consagrados a su culto. ( I)

Es justamente a la presentación del género de vida de estos


mártires de la sociedad a lo que aspira la novela . La existencia
de aquellos que comienzan por padecer los obstáculos que las
diferencias de rango interponen en los acercamientos matri-
moniales, como en el caso de Tom, y acaban por ser devorados

1
por la miseria más absoluta, condenados por una sociedad es-
tablecida como un mal fatídico , sostenida por las costumbres,
los prejuicios, las leyes . Su destino es servir al rico, sin partici-
par de los beneficios del adelanto social que ellos ayudan a
estructurar. "¿De qué le sirven las artes, las ciencias y las ma-
ravillas de nuestra civilización ?", se pregunta el epílogo del
ya citado Análisis del socialismo (ver nota 29) . No hay igual-
dad por la especie, ni por las leyes, ni por la religión . Sólo rige
la desigualdad . De allí la total y violenta formulación de
Toro :

¡Qué contraste en el seno de una sociedad que se llama com-


puesta de seres de una misma especie, regida por unas mismas
leyes, con la misma religión, con los mismos derechos y deberes !
¡ Oh sangrienta irrisión ! Unos, después de arrastrar una existencia
carcomida, perecen de miseria desamparada de todos ; como la
bestia de carga que envejecida y abandonada, deja su desnuda
armazón a orillas de un camino. Otros, para quienes las riquezas
existen y la tierra produce, y las artes inventan, y el pobre trabaja
y el cielo es propicio, pasan la vida en el seno de la abundancia,
rebozando de placeres, sin más pena que la saciedad, sin más
temor que el dejar una vida de tantos atractivos llena. ¡ Qué
monstruosa desigualdad ! (VI)

El rico y sus virtudes. Es evidente el propósito de la novela


de mostrar que el poderoso sólo posee virtudes fingidas, y que
éstas se presentan simplemente para servir de instrumento de
satisfacción de ambiciones y pasiones . Son virtudes en su pro-
pio interés, como cuando da pruebas de extrema astucia al po-
ner nombres inexpresivos a los partidos políticos , para agrupar
confusamente a pobres y ricos y disimular los únicos dos ver-
daderos grupos antagónicos que deberían existir. Asimismo
cuando sabe desarrollar la "cultura de su habla" los "ele-
gantes modales" , la "finura y destreza" que da "el trato de la
alta sociedad" ; aunque, como en el caso del joven Mac-Donald,

li
esto sea siempre con el único propósito de producir efecto
para lograr fines determinados ( III) . De las falsas virtudes
del rico, Mac-Donald es un permanente ejemplo en la novela :
sus primeras manifestaciones de magnificencia protectora hacia
la familia de Tom levanta justificadas sospechas, pues si bien
en principio a los nobles y a los ricos corresponde el ser gene-
rosos como una derivación del propio estado favorable que
disfrutan (III ) , también conoce la miserable familia la índole
interesada de esta generosidad. Así, Emma impulsada por Te-
resa busca salir de la casa para huir de las pretensiones de
Mac-Donald como pago a su " generoso " apoyo (VI) . La sola
presencia del rico desconcierta al pobre, su lujo es casi una
ofensa para el desposeído . En tales condiciones ¿cómo sería
posible creer en una caridad natural , solidaria ? ( IV) . La ac-
titud de Mac-Donald corrobora, a fin de cuentas, todos los
temores : en buena parte es causa del desastre total de la fami-
lia. De allí que parezca justificada la desesperada maldición
final de Teresa, después de hojear la Biblia, para el rico y co-
rrompido:

¡ Héctor Mac-Donald !, continuó con arrebato, no te valdrán


tus riquezas, ¡ aprovéchalas !, ¡ triunfa, persigue, corrompe !, ¡ yo
te espero en el sepulcro, macilenta y desgarrada como me ves; y
Emma azotada y escarnecida; y Tom sin auxilio en su agonía; y
mi padre que has arrojado a la calle para que perezca de ham-
bre...! ¡ Mac-Donald !, oye : en aquel tremendo día cuando al
borde del abismo veas al juez que te llama, !ay, cómo temblarás !,
¡ ay, cómo crujirán tus dientes !, y tú, confuso y turbado, te pre-
sentes como reo, todos nosotros te recordaremos, víctimas acusa-
doras; y cuando el juez nos diga ¿qué pedís?, nosotros gritare-
mos : ¡ Al impío, una vez muerto, no se conceda esperanza ... !
¡ Carlos, Carlos !, se volvió a mí con unas miradas y un ademán
que me hicieron estremecer, ¡tú estarás allí también, tú acusarás,
tú verás su perdición ... Carlos !, ¡ eterna perdición ... ! ( VI )

lii
La miseria como una injusticia social. Aunque en ocasio-
nes Toro recurre a consuelos idealistas, como se verá más ade-
lante, al enfrentarse a la existencia real de una miseria operante
sobre vastas zonas de la población , en última instancia priva
en él la concepción de la miseria como una injusticia social,
nacida y conservada por la propia organización establecida por

el hombre en el grupo donde vive. No es una fatalidad divi-


na. No es un insondable castigo de los cielos . Tampoco es un
mal inherente a la condición humana. Es la resultante de una
estratificación social que produce desigualdades aniquilantes,
condiciones miserables . Es un estado de cosas donde el pobre
carece de todo auxilio, pero también donde en el momento de
enfrentarse a las necesidades , esa sociedad que " le hunde en un
abismo", le exige "esfuerzos , sacrificios, heroísmo " y aun le
condena al oprobio y a la infamia cuando esa misma sociedad,
que no le ha prestado ningún género de socorro, es arrastrada
por el oprobio y la infamia ( IV ) . Así, el desposeído no dis-
fruta de las elementales ventajas que se suponen derivadas de
la vida en sociedad, y en cambio sí está obligado a corres-
ponder a las eventuales exigencias sociales de prejuicios , debe-
res e imposiciones . Entre estos pobres forman fila los grupos
innumerables de trabajadores, víctimas de la explotación : es
el beneficio de los menos por el esfuerzo de los más ( idea
constante en el socialismo utópico : Saint-Simon, Fourier,
Owen). Es cierto que en ningún momento se trata claramente
de un planteamieto de antagonismo entre clases sociales , ya
que como señala Cole " el socialismo, en sus primeros tiempos,
y tal como entonces se entendía esta palabra, desde luego no
fue una doctrina de lucha de clases entre el capital y el traba-
jo" .32 En cambio, bien podría vincularse esta inconformidad an-
te la miseria -verdadera rebeldía en ciertos casos con un
sentimiento de piedad humana, que como acertadamente pre-
senta Picard, con frecuencia se acerca a posturas cristianas, pero
casi siempre acaba por separarse de ellas :

liii
El sentimiento de la piedad es lo que, por encima de todo,
anima a todos los románticos sociales; en las miserias debidas al
estado social, así como en la difícil condición del hombre, basan
la justificación de la solidaridad ; pero sobrepasan ese estado y se
elevan hasta una concepción religiosa de la piedad, porque sien-
ten que las aspiraciones de su corazón no se satisfacen con sim-
ples mandatos positivos ... Quieren incorporar su moral a una re-
ligión, a fin de persuadir a los hombres de que la fraternidad,
formada del amor divino, es el lazo esencial de las sociedades
humanas.

Esta doctrina es también la del cristianismo y por ello la


mayor parte de los románticos sociales se sienten unidos a él.
Pero todos tienen la pretensión de renovarlo, por lo que todos
ellos se separan de él . . .³³

En el caso de Toro, la protesta ante la injusticia social al-


canza niveles desacostumbrados en un espíritu moderado en sus
aspiraciones de mejoramiento para el pueblo, y sobre todo en
un cristiano aparentemente convencido. Y así como ya fue ra-
dical en el planteamiento de la real existencia de sólo dos par-
tidos : los pobres y los ricos, ahora demostrará significativo
asombro ante la ausencia de sublevaciones de empobrecidos,
exaltados por la cercanía de los depósitos de riquezas que cu-
bren las riberas del Támesis :

¡ Cuántas naves cargadas de tesoros surcan sus corrientes !


¡ Cuántos depósitos de riqueza amurallan sus orillas, y cuántos
infelices en derredor pereciendo de miseria ! ¡ No sé qué fuerza
puede impedir que estas naves sean asaltadas, esos tesoros sorbi-
dos, los palacios incendiados y sus soberbios moradores arras-
trados por el cieno; para que sepan lo que es cieno, morada
eterna del pobre ! ( I )

Y en este imperio de la injusticia , no hay consuelo ni en


el poder nivelador de la muerte, pues si bien todos mueren

liv
perdiendo por igual la vida, el rico siempre lleva la mejor
parte, ya que disfrutó de placeres y beneficios que el pobre des-
conoce (VI) .

Dignidad en la miseria. Constituye una constante en la


novela la insistencia en destacar la condición moralmente ele-
vada de la miserable familia de Tom, como un rasgo destina-
do a asegurarle simpatía y respeto de parte del lector, y como
un reflejo del pensamiento idealista de Toro. La pobreza pue-
de llevarse así con firme dignidad ( I ) : dentro del desdichado
estado de aquella familia, el decoro y la compostura ( I) le
aseguran en todo momento el trato respetuoso que las apa-
riencias podrían hacer creer que no le corresponde ( III ) . Esta
dignidad presentada como una especie de valor ético abstrac-
to, que se da de por sí, sin depender de las condiciones mate-
riales que conforman el ambiente se proyecta en Teresa ha-
cia la preocupación por la honra : "...mi esposo perecerá de
miseria y yo a su lado, pero sin deshonra ... ", dice (V) , para
luego extremar sus angustias al referirse a la suerte de Emma,
que no sólo es la hija hermosa y amada, sino un verdadero
símbolo de la pureza moral y de dignidad humana a que todos
aspiran, ya que de perderse la dignidad de la joven se perdería
por igual para todos : " ... prefiero verla sumida en la miseria
y cubierta de andrajos a exponerla al insulto y a que su virtud
sea sospechada" (V) . Y todo esto es así porque para Toro , de
modo claramente idealista, vicio y pobreza son condiciones por
completo separables, y es la primera y no la segunda la que
degrada ( I ) . Sin embargo, un espíritu agudo como el de Toro
no podía pasar por alto que si bien la miseria no es sinónimo
de envilecimiento moral , sí le resulta campo propicio. Consta-
tación que le lleva a hacer un planteamiento rotundo, opuesto
a formulaciones idealistas y afincado en realidades sociológicas
incontrovertibles :

¿Cómo se puede formar un ánimo elevado y liberal, cuando


la miseria descarga a cada paso un golpe que le humilla y envi-

lv
lece; cuando antes de formarse el corazón ya la necesidad le
hace mezquino, y la envidia le emponzoña; y cuando todas las
malas pasiones hallan cabida en él en medio de esta lucha a
muerte con una sociedad tiránica ? ... la virtud no se plantea
en medio del combate de las más urgentes necesidades con los
principios que ella dicta. (VI)

Los beneficiarios de la miseria. La existencia de sectores


dominados por condiciones miserables de vida, presupone la
existencia de grupos de beneficiarios que absorben todas las
ventajas y comodidades que se niegan a los depauperados mis-
mos. Esta situación resalta , en especial , en las sociedades de
mayor avance industrial como la que conoció Toro en su
viaje a Londres-, donde al lado de un gran auge económico
monopolizado por pequeños grupos de capitalistas, se amon-
tonan grandes masas de trabajadores ahogados por miserables
condiciones de vida. La primera evidencia para Toro es que el
desarrollo industrial y comercial que situaba a Inglaterra en
la categoría de gran potencia mundial no correspondía a un
efectivo mejoramiento económico de las mayorías populares.
No había en esto ninguna relación directa y consecuente.
Es constatación semejante a la formulada por Sismondi al
afirmar que la producción acumulada no coincide necesaria-

mente con el fin principal de la sociedad : el más alto grado de


felicidad posible para el pueblo; * planteamiento que va a ad-
quirir nueva proyección contundente en el Manifiesto Comunis-
ta: este progreso de la industria en vez de elevar las condiciones
de vida del trabajador, lo hunde en el pauperismo; el poder de
producción crece mientras la pobreza aumenta, revelando la
incapacidad de la burguesía para mejorar a sus explotados . Esta
realidad se revelaba con mayor vigor a Toro en la época en que
visitó Inglaterra, justamente en la llamada "década del ham-
bre".35 Pero, sobre todo, junto a ella se manifestaba otra evi-
dencia base de la situación anterior- que fue prontamente
advertida por los socialistas utópicos y que constituyó uno de

lvi
los puntos centrales de todos los movimientos ideológicos re-
formistas y posteriormente revolucionarios : la existencia de
beneficiarios de la miseria ajena y masiva . En el ya citado Aná-
lisis del socialismo, difundido en Venezuela en 1852 , se le
caracteriza como " la explotación de muchos por pocos" . En su
novela, Toro reúne estas evidencias en amargas palabras de un
amigo del anciano Carlos :

¿Pues no es esta la situación del pueblo ? ¿No se va hun-


diendo en la miseria a medida que se dice que la nación va
haciéndose más rica, más opulenta, más poderosa ? ¿Algunos mi-
llares de familias no devoran la sustancia de algunos millones de
habitantes ? (V)

El desempleo y la situación irlandesa. Como uno de los


orígenes principales de miseria, presenta Toro en la novela el
desempleo, amenazante cuando no existente. En efecto, otro
de los grandes factores de perturbación económica y social de
la época -a veces agudizado en períodos de intensa cesantía
laboral , fue el despido de trabajadores y la ausencia de
empleo, como evidencian las más comunes o especializadas
fuentes históricas. En Los mártires, al joven Eduardo corres-
ponde reflejar en su trágica historia esta realidad, por cierto,
en su caso, relacionada con la crítica situación económica de
Irlanda. Así, de pronto resulta " despedido de las manufacturas
de Manchester, por una de tantas alteraciones que producen en
las ciudades fabriles las operaciones del Banco de Inglaterra"
(II ) . Y la sagaz penetración de Toro no sólo advierte la rela-
ción entre el desempleo y las manipulaciones bancarias , sino
que posee, además, sensibilidad para percibir la atormentada
situación del hombre " dispuesto al trabajo ” , deseoso de me-
jorar su condición económica miserable, y sin embargo conde-
nado al desempleo ( II) . Negación de posibilidades que lleva
a Eduardo a emigrar a Irlanda, en busca de ocupación y suel-
do. Pero el estado económico no es distinto en la tierra irlan-

lvii
desa. Por el contrario, si esto es posible, podría decirse que allí

la miseria sube aun a un grado superior. Y con ello Toro no


hace más que ratificar sus propias afirmaciones contenidas en
Europa y América, antes de viajar a Londres, donde caracteriza-
ba a Irlanda como " teatro de una miseria espantosa” y aducía
citas de Sismondi y de Say al respecto.36 De esta situación —en
la penuria por los bajos sueldos y la competencia entre obre-
ros desempleados da noticia el supuesto artículo de periódico
que lee Carlos :

La miseria en este país ( Irlanda) ha llegado al grado más


espantoso ... Un hecho reciente acaba de dar la prueba más
patente y dolorosa . El número de pobres en la parte norte del
condado de Kerry es tan grande y tal su indigencia por falta de
trabajo, que muchos centenares de ellos, en una feria tenida
últimamente en el condado vecino de Limerick, se ofrecían vo-
luntariamente por un jornal de cuatro peniques ; mas los pobres
habitantes de la aldea de Hospital se llenaron de tal desespera-
ción con la llegada de aquellos infelices, pensando que podían
quitarles su trabajo, que cayeron sobre ellos, hirieron a muchos
y mataron a algunos. (V)

Entre esos muertos se contaba el joven Eduardo O'Neill,


símbolo amargo del desempleo como camino hacia la miseria
y el más injusto final .

Distanciamiento entre el pobre y las leyes. Dentro del


desajuste social resalta el hecho de la existencia de dos reali-
dades, dos verdades, que determinan dos cuerpos diferenciados
de leyes y principios : uno para los pobres y otro para los ricos .
Así, las leyes oficiales no parecen regir para los desposeídos
sino en las partes que les resultan negativas. Fuera de ello, los
pobres se encuentran totalmente distanciados de las leyes que
la sociedad se impone. Toro insiste en esta idea en diversas
oportunidades, y aun en las últimas páginas de la novela trata

lviii
de enfatizar el desinterés del representante de la ley ante los
problemas de los pobres, en lo difícil que resulta a Carlos, pre-
viendo el desastre final, convencer a un policía para que acu-
da —demasiado tarde— en ayuda de la atribulada familia de
Tom (VI) . Es una circunstancia de profunda separación entre
los dos vastos y elementales grupos en que Toro ve dividida la
sociedad. En algunos casos, como en el citado Análisis del so-
cialismo, se encuentra formulada con todo énfasis de peso ideo-
lógico;37 Toro parte de una realista y viva observación : el te-
mor instintivo del pobre ante la presencia de un policía -agria
representación de una ley—, como en un natural antagonismo
o rechazo, tal como acontece al anciano Carlos :

No sé hasta dónde me habría llevado el sentimiento penoso


que acibara mi vida, si la vista de un guarda de policía, que me
observaba de cerca, no hubiese infundido cierto pavor en mi
alma. Un guarda de policía no es más que un hombre que con-
serva el orden en la sociedad ; ¿y por qué me intimida ? ¿por qué
me alejo de él como si yo fuese delincuente ? Es porque la so-
ciedad en su estado actual, con la conciencia de su injusticia, ha
logrado infundir en el pobre el susto, el asombro que sólo de-
biera acompañar al crimen. ( I)

El espíritu evangélico y la actitud crítica ante el clero . Es


claro en Toro su pensamiento cristiano , sincero y militante. Tal
como se manifiesta a lo largo de su novela. Pero también es
evidente que se trata de un cristianismo depurado, elemental ,
identificado con lo que él mismo llama el "espíritu evangéli-
co" .38 Y de allí deriva una libertad de enjuiciamiento de las
formas circunstanciales aparatosas y deformadoras, por lo
general del culto en contacto con intereses políticos o en
función de determinada organización social . Es la visión bíblica
del cristianismo, tan frecuente entre los románticos europeos ,
entre los socialistas utópicos, entre los precursores del pensa-
miento socialista en Hispanoamérica . Así, está presente en el

lix
conjunto de los escritores y pensadores románticos sociales ; en
socialistas utópicos desde Saint-Simon a Lammennais, con es-
pecial interés —por su cercanía con planteamientos de Toro—
en este último; en el Dogma socialista de Esteban Echeverría.⁹
Para Toro esta identificación con un cristianismo prístino es el
camino de un equilibrado discernimiento en cuanto a la dife-
renciación entre el "espíritu de dominación bajo el nombre de
la religión" y " la religión en su verdadero espíritu " y asimis-
mo el " clero en su verdadero carácter" ; claridad enjuiciadora
que le permite estar consciente de los males derivados del
poder ejercido en nombre de la religión : la dominación del
clero, la multiplicación de los monasterios, el establecimiento
de la Inquisición, con todas sus consecuencias injustas y rui-
nosas (Reflexiones sobre la Ley del 10 de abril de 1834) . Y
ese verdadero carácter del clero ya había sido puntualizado por
Toro en Europa y América : “ ... un clero ; es decir, un clero
ilustrado, humilde, virtuoso y pobre" . O sea, a gran distancia ,
cuando no en absoluta contradicción, del clero que la expe-
riencia le daba a conocer. Es posible que el hecho tome ca-
rácter más agudo en Los mártires y ello hasta explique las
notas satíricas al respecto por cuanto se alude a represen-
tantes de la Iglesia anglicana y no de la católica ; pero es in-
dudable que el propósito de Toro es censurar los vicios y las
negligencias negadoras de todo espíritu cristiano del clero,
de cualquier iglesia que forme cuerpo en el cristianismo . Así, a
partir de una carta publicada en el Morning Chronicle del 19
de febrero de 1841 , se insertan en una especie de paréntesis
en la trama— acres censuras y sátiras a los ricos y bajos pre-
lados. En especial censura Toro el enriquecimiento desmedido
de los altos dignatarios eclesiásticos , su negación a la caridad,
la pobreza en que sumen al bajo clero, la incapacidad general
para socorrer a los necesitados . Después de reproducir el ar-
tículo de prensa que denuncia que junto a los innumerables
necesitados de ciudades como Londres y Westminster están el
Arzobispo de Cantorbery y el Obispo de Londres , con una ren-

lx
ta, respectivamente, de 30.000 y 20.000 libras esterlinas, sin
auxiliar a nadie; Toro se pregunta, con el anciano Carlos : “¿Y
para qué sirven ellos, mi amigo ? ... ¿ cuál es su ministerio ?
¿con qué fin la nación paga tan crecidas sumas ?" (V) . Pre-
guntas que quedan sin respuestas, y que sólo encuentran pro-
yección en las salidas satíricas . En primer lugar con respecto
al falso celo moral y la ingeniosa argumentación contra la ca-
ridad, de los altos prelados :

...el Obispo de Exeter hizo en el Parlamento una filípica


contra la nación francesa en masa, porque algunos jóvenes fran-
ceses bailaron en un teatro de Londres el cancan . En lances como
éstos lucen su celo y caridad estos dignos varones ; y cuidado que
al oírlos uno cree que son capaces de sufrir el martirio; pero en
punto a dar ... hay tanta impostura ... las limosnas dadas sin
discreción favorecen tanto la ociosidad, la ociosidad es causa de
tantos pecados, los pecados de tantas condenaciones ... no es
posible, mi amigo, no es posible dar” . (V)

Y después, a propósito de las pocas posibilidades econó-


micas y múltiples ocupaciones de los curas de parroquia :

...la situación del bajo clero en Inglaterra no le permite


mostrarse cual debiera. Absorbidas todas las rentas por las altas
dignidades, apenas alcanzan los curas una mezquina subsisten-
cia. El de esta parroquia es casado, como lo permite el rito angli-
cano, tiene siete hijos y su esposa a quien mantener con una mi-
serable renta ; así es que tiempo le falta para atender a su casa,
de manera que todas sus funciones de pastor están reducidas a
hacer los oficios de carrera el domingo, y a enterrar en ese día
los cuerpos de todos los que han muerto en la semana, para aho-
rrar bendiciones” . (V)

El amargo refugio del asilo de pobres. Como un elemento


más de reafirmación de la marcada injusticia que la sociedad
ejerce sobre los necesitados, Toro enfatiza en la novela el ca-

lxi
rácter falaz del asilo como un refugio. En el fondo, sólo se
trata de un procedimiento para esconder lacras sociales , para
sepultarlas tras paredes negras y sucias donde se irán consu-
miendo. Es la respuesta de la sociedad a los reclamos de los
miserables: un ocultamiento y no una solución . Así, queda
Emma " sin más refugio que el asilo inhospitalario, que el grito
de la indigencia y el clamor de la desesperación arrancan a
una sociedad sorda , cruel , homicida !" (VI) . Y su entrada a la
Hoo Union Workhouse fue para Carlos como una última vi-
sión, despedida definitiva, mientras las puertas se cerraron so-
bre ella como las propias puertas de la muerte (VI ) . Idea que
Toro vigoriza con el soporte objetivo de una noticia tomada
del Morning Chronicle de un día de enero de 1841 , donde se
reseña el juicio abierto al director de la casa de trabajo por "la
crueldad e indecencia de los castigos que aplica a las jóvenes
que tiene a su cargo" , y donde se sabe que una de las jóvenes
castigadas con azotes que le producirán la muerte fue la her-
mosa y frágil Emma ( VI ) . De este modo resultaron cumplidos
los presagios de muerte; uno más de los que, hechos realidad,
ensombrecen el final de la novela. Y la advertencia de Toro
-desarrollada en otros planos de la obra― se va concretando :
la férula de la sociedad aniquiladora no permite escape .

¿Posibilidades de un cambio? La reiterada constatación de


una realidad reprobable lleva a Toro a poner el mayor énfasis
en la consecuente denuncia . Así como se ha visto. Pero, en tal
situación, por fuerza había de plantearse la gran pregunta : ¿ Es
posible un cambio ? No es fácil responder. A lo largo de la
novela se ofrecen muestras cada vez más rotundas y dramáti-
cas del imperio de la injusticia en la organización social vigente.
¿Puede concebirse, entonces, la posibilidad de una transforma-
ción que conduzca hacia órdenes más equitativos y perfeccio-
nados en cuanto al justo otorgamiento de bienes, derechos y
protecciones a las distintas capas de la población ? Si se invoca
el principio teórico de la igualdad de los hombres esencia de

lxii
religiones, doctrinas democráticas, formulaciones fraternalis-
tas, idealizaciones republicanas . sí parece alcanzable la su-
peración social con el estímulo de la justicia creciente. Es más,
en esa misma línea de pensamiento, debe considerársele como
una necesaria y elevada etapa evolutiva. Pero la realidad mues-
tra cosas distintas. La teoría se va distorsionando en los hechos
concretos y cotidianos , hasta sucumbir por completo . Estas ex-
periencias de las cosas contundentes de cada día y otras se-
mejantes son las que evitan que Toro se pierda decidida-
mente en apreciaciones subjetivas, teorizantes y desligadas de
la realidad. Son las que fortalecen y amplían su denuncia. Son
las que le impiden conformarse con el consuelo de las posibili-
dades teóricas, de los principios abstractos puros : entelequias
de consumo personal para reposo y comodidad de una con-
ciencia. Sin embargo, cuesta creer que esa realidad ha de ser
eterna. Y al menos la razón establece la posibilidad del cam-
bio, a pesar de las negaciones aplastantes y evidentes :

Puede ser que no sea dado a la sociedad alcanzar un grado,


muy elevado de perfección, puede ser que los hombres como los
peces hayan de vivir siempre devorando a sus propios semejan-
tes; porque de otra manera no puede llamarse lo que pasa en
nuestros días ; pero no hagamos alarde de nuestra vergüenza; la
razón por lo menos concibe la justicia en la distribución de los
bienes de la vida, aunque las instituciones parezcan condenadas
a hollarla eternamente (V) .

Los consuelos idealistas. A pesar de la verdad irrevocable


del drama social cotidiano, no es fácil aceptar la ausencia de
compensaciones y consuelos . Y tanto el sentimiento como la
religión ofrecen, fácilmente, ilusiones lenitivas. Son las mismas
que Toro apunta en su novela. Así, de modo ocasional , apare-
ce el amor como un común sentimiento que iguala a las perso-
nas aunque sean de distintas clases sociales , y hasta llega a
aparejar en " la misma necesidad del corazón" — a la hu-

lxiii
milde Emma con la poderosa reina Victoria ( I ) . Así, en el
relato interpolado del juicio de Jorge Hammon, donde queda
absuelto de su crimen vengativo, se impone una justicia deri-
vada de los sentimientos, por encima de los rigores de la ley,
como una especie de símbolo relativo al poder emocional del
hombre, que al menos por una vez puede superar la fría insti-
tución social ( IV) .

Pero mayor fuerza y significación tienen los consuelos de


carácter religioso. Tal como tuvieron valor considerable entre
diferentes socialistas utópicos. La regeneración de la cristian-
dad, la igualdad de los hombres ante Dios, la compasión cris-
tiana elemental hacia los pobres, el ejemplo puro de Jesucris-
to, la piedad y solidaridad con los desposeídos , son elementos
habituales en todo un conjunto de pensadores socialistas utó-
picos, como ya se ha dicho, desde Saint-Simon hasta los socia-
listas cristianos que aparecen en Inglaterra en 1848. Para La-
mennais todo movimiento reivindicativo de los trabajadores
debía partir de la certidumbre de la igualdad humana ante
Dios. Para Toro, las esencias religiosas encierran consuelos to-
tales. Después de insistir en los rasgos patéticos de la desigual-
dad económica y social de los hombres, y de marcar con defi-
nidos trazos la miseria de las grandes masas, presenta en la
novela la grande y consoladora explicación religiosa del con-
traste entre pobres y ricos : la tierra no es la verdadera patria
del hombre, la igualdad está en el cielo, que es la eterna mo-
rada de los justos (VI) . Y allí está la compensación —con -con
fuerza de desquite que Teresa proclama al impulso de pa-
labras bíblicas:

—¡Breve es la vida de todo potentado ... !


¿Por qué se ensoberbece la tierra y la ceniza?
¡Qué gozo siento !, continuó con una sonrisa espantosa ; ¡ ri-
cos ! ¡ potentados ! sois tierra y ceniza : ¡ Dios mío ! a este precio yo
conllevo la miseria, ¡ descarga tus iras, pero que yo pise, que yo
huelle esta tierra y esta ceniza ! (VI )

lxiv
Asimismo, en última instancia, el gran juicio ocurrirá más
allá de la muerte, en otro reino distinto del mortal , donde el
rico recibirá eterno castigo sin esperanzas posibles . Tal como
anuncia la ya citada maldición -consuelo a su vez― contra el
adinerado y corrompido Mac- Donald, que Teresa levanta con
voz exaltada en efectista admonición (VI) .
La "sociedad tiránica" . A lo largo de la novela se va de-
finiendo un planteamiento central que se consolida como
conclusión definitiva : la férula social es aniquilante para el
humilde. Y esto sitúa Los mártires en la condición de novela
de tesis, de obra dirigida a una demostración y un convenci-
miento. Por encima de las eventuales digresiones temáticas,
de los ocasionales consuelos idealistas, de las variadas contra-
dicciones y ambigüedades, la formulación se mantiene como
eje vital : la sociedad impone una tiranía despiadada a sus in-
tegrantes y allí se encuentra la base del gran conflicto social .
Es la preocupación esencial para Toro y para las páginas de
su novela. Y es, asimismo, la cuestión fundamental para todos
los socialistas utópicos, quienes consideraban que la principal
tarea de los hombres era promover la felicidad y el bienestar
generales, y para quienes esta tarea resultaba incompatible
con la permanencia de un orden social basado en una lucha
de competencia entre los hombres por obtener los medios de
vida. Sólo que, tal como señalan los primeros socialistas cien-
tíficos, por pertenecer a un período en el cual no aparecía to-
davía el proletariado definitivamente como un instrumento de
revolución, los socialistas utópicos predicaban más una cru-
zada moral que el desarrollo de un verdadero movimiento re-
volucionario. Y es seguramente ese carácter ético y espiri-
tualista en suma penetrado de inquieto individualismo , lo
que asocia de manera tan profunda el socialismo utópico con
el romanticismo. Vínculo que resalta en especial -como apun-
ta Picard- en el caso de Fourier, quien ha sido junto con
Saint-Simon, "el más grande suscitador de vocaciones sociales
42
en las generaciones del romanticismo " .*

lxv
A propósito de las correspondencias entre determinados
planteamientos sociales de Toro y el pensamiento del que fue
tal vez el más grande de los maestros del socialismo utópico,
Charles Fourier, cabe destacar la relativa al concepto de armo-
nía social, muy ligado, por contraposición, al de la sociedad
como una fuerza tiránica que es necesario equilibrar y orien-
tar hacia la justicia. La noción de armonía es básica en la
arquitectura ideológica ensamblada por Fourier en sus escri-
tos, tanto en el terreno difuso de las armonías universales
como en el más concreto de las armonías sociales . Toro se
refiere ampliamente al concepto en sus Reflexiones sobre la
ley de 10 de abril de 1834: concibe la armonía como “el alto
fin de la organización social", para precisar más adelante que
la armonía social se basa en la igualdad necesaria, constituyen-
do un " dogma fundamental , fuera del cual no hay nada justo,
nada legítimo en el seno de la sociedad".43 (Toro amplía de
manera dinámica el concepto de igualdad necesaria, hasta pro-
ducir formulaciones de gran significación social y política : “ La
libertad individual comienza donde acaba la igualdad necesa-
ria. Nadie es libre legitimamente en un país mientras haya
una clase que carezca de lo necesario para mantener su exis-
tencia física y su dignidad moral". Y, por consiguiente : " Un
gobierno debe ser un poder regulador que impida que ninguna
fuerza social sea oprimida por la preponderancia de otras"**) .
Pero es en la definición de esta armonía social, por parte de
Toro, como una "conciliación de la libertad individual con la
unidad social", donde se ve con absoluta claridad la analogía
con Fourier, quien había presentado una idea correspondiente,
y que, de manera muy ilustrativa, Félix Armand relaciona de
una parte con Rousseau y de la otra con el Manifiesto Comu-
nista.45

Como ya se ha apuntado, Los mártires, en una actitud de


violenta protesta, constituye una denuncia de la tiranía social
ejercida sobre los desposeídos, para su padecimiento y des-

lxvi
trucción. Y como tal, es una consecuencia digna de las ideas
sociales de Toro, un resultado al mismo nivel y carácter de
su pensamiento. En todo momento las páginas de la obra res-
ponden a esos postulados rectores . Así, ante la noticia del
asesinato de lord William Russell , el anciano Carlos quiere
estigmatizar la descomposición social con sus antagonismos
feroces y aniquiladores, cuando exclama : " ¡Destrucción ! ¡ Des-
trucción !, es el mote de la humanidad " (VI ) . Y es la misma
postura crítica -—profundidad de agudo observador social-
que lleva a la verdad contradictoria de

una sociedad cruel e inhumana, aunque con los fueros de la


más culta y adelantada . ( VI) 46

La misma sociedad " sorda, cruel, homicida" que sólo


ofrece el asilo como única respuesta al clamor de los po-
bres (VI ) . Todo como la manifestación de una férula inexo-
rable, dominante aun en el único campo de supuesta libertad
inalienable : el pensar, ya que no es posible escapar de la so-
ciedad ni siquiera por el pensamiento : ella impone sus patro-
nes y normas hasta en las ideas del individuo ( VI ) . Es una
carga real, que pesa y aplasta en los diversos ámbitos de la
vida material y espiritual, y que en el caso del humilde toma
el carácter de explotación de por vida y hacia la consunción.
De allí que para el pobre haya una sola alternativa :

lucha a muerte con una sociedad tiránica . (VI)

En este caso referida -¿símbolo universal o sólo expe-


riencia concreta ?- a la situación de un país de gran desarro-
llo , en reflejo múltiple que toda la novela trata de lograr .
Imagen que encuentra su ratificación en la presentación siste-
mática y penetrante de dicho estado de cosas en la obra de
Federico Engels La situación de las clases laboriosas en In-
glaterra, que recoge experiencias del autor en Inglaterra , es-
critas en 1844 y publicadas en 1845 .

lxvii
Al término de estas indagaciones en los contenidos so-
ciales de la novela Los mártires, y en ciertas zonas del pensa-
miento general de su autor vinculadas de modo directo a su
obra, resaltan como evidencias, ahora enfatizables, su hondo
interés por todo lo relativo a la cuestión social y su contacto

activo con diversos aspectos del socialismo utópico, en espe-


cial con algunos de sus destacados representantes y con fun-
damentales planteamientos que hace suyos, expresa valiente-
mente en nuestro medio y hasta trata de desarrollar a su vez.
Una cosa final parece tangible: una de las características que
más diferencia a Toro de la generalidad de los socialistas utó-
picos es su falta de visión de la sociedad futura.

Significaciones

Con ánimo de recapitular, es oportuno hacer énfasis


en ciertas significaciones que resaltan dentro de los valores
de la obra considerada, y al mismo tiempo permiten ordenar
conceptos y precisar ubicaciones.

En sus diversos aspectos estilísticos, estructurales e ideo-


lógicos, Los mártires se presenta como una muestra represen-
tativa de la novela romántica hispanoamericana, con una rica
gama de elementos típicos derivados directamente de los
modelos europeos o de propias asimilaciones evolucionadas-
en los modos expresivos, en las descripciones y los símbolos,
en la pintura de caracteres, en la interpolación de relatos y de
intervenciones directas del autor, en el gusto por los cuadros
sepulcrales y plañideros, en el recurso insistente de los contras-
tes, en la repetición inmoderada de los presagios, en la bús-
queda constante del tono trágico, en las proyecciones religio-
sas e idealistas de gran subjetividad . De otra parte, al igual
que muchas otras obras de la época en Hispanoamérica , su
tema se desarrolla en un ambiente no americano,*7 aunque en
este caso no es posible hablar de escenario exótico , pues si
bien se sitúa en un país distante al de origen del autor, no

lxviii
sucede lo mismo con la época, que es correspondiente al mo-
mento en que se escribe, ni con los contenidos, que eran de
gran actualidad europea, en la práctica de los problemas vi-
vos, y americana, en la teoría de los debates ideológicos y la
previsión de futuro. Así, como obra representativa de un gé-
nero, de una escuela y de una etapa, puede considerarse Los
mártires, cronológicamente, como una de las primeras novelas
románticas de autor hispanoamericano.48

Al lado de sus condiciones típicamente románticas, Los


mártires posee características individualizadoras que le dan
personalidad propia y especial significación . Su asunto se basa
en experiencias, llega a tocar una realidad y a reflejarla en
buena proporción. Y es ese elemento vivencial el que permite,
de una parte, que el autor logre impresionantes cuadros rea-
listas en ocasiones, y de la otra, negar a todas luces que la
novela tenga una esencia libresca. Esta fuerza directa se acre-
cienta con la particular circunstancia de que la patética situa-
ción social expuesta se refiere a un país de gran desarrollo
general, como Inglaterra . De este modo el mensaje social se
difunde de lo alto de una sociedad " culta y adelantada" hacia
el plano común de las más atrasadas.

Pero, indudablemente, el factor más sorprendente y digno


de interés en la novela de Toro es el vigor de la denuncia
social, por completo inusitado en su medio y en su época, y
de modo especial en producciones literarias. Es una protesta
clamante, de proyección religiosa, de tono lírico, y, por ende,
muy romántica . Pero en todo momento mantiene en alto su
propósito de efectividad social, de trascendencia hacia la co-
lectividad que está obligada a mejorar sus sistemas de estruc-
turación y desarrollo . Aunque en el fondo no debe sorprender
que a la sensibilidad romántica se una la preocupación social,
sobre todo si se consideran los interesantes argumentos demos-
49
trativos al respecto de Roger Picard. En particular es fácil
entender esa conjunción en un hombre como Toro, dueño de

lxix
un pensamiento social tan avanzado que le situaba en la cu-
riosa condición de pensador más liberal que los liberales, aun-
que perteneciese al partido conservador.

Y junto a esta vigorosa denuncia social sin duda como


su origen y sostén se encuentra otro aspecto no menos no-
table en Los mártires: el contacto con el socialismo utópico,
es decir con las doctrinas sociales más avanzadas de la época,
y que apenas comenzaban a dar señales de llegada a muy es-
casos territorios de América . No posee Toro un sistemático
pensamiento de socialista utópico, ni parece tener una concep-
ción de la sociedad futura perfeccionada, pero muestra nu-
merosas coincidencias con formulaciones centrales del socia-
lismo utópico, y hasta lleva adelante, en forma dinámica y
muy progresista, algunas de ellas. Resulta bastante fácil pre-
cisar sus concordancias con tesis de Saint-Simon, de Fourier,
de Lamennais, al igual que de un socialista utópico atenuado
como Sismondi, de quien ―a juzgar por la frecuencia con que
lo cita en sus textos políticos puede considerarse a Toro un
seguidor confeso. Lo que resulta evidente, en última instancia,
es que Fermín Toro tuvo contacto directo con las fuentes teó-
ricas del socialismo utópico y asimiló numerosos de sus prin-
cipios básicos y planteamientos de actualidad, convirtiéndose
en uno de los primeros precursores activos de la difusión de
las ideas socialistas en tierras americanas.

De otra parte, posee Los mártires especial significación


en el ámbito de la historia de la novela hispanoamericana :
ninguna novela anterior en Hispanoamérica revela tal fuerza
en el plano de la denuncia de la miseria y la explotación de
las capas empobrecidas de la sociedad, ni ninguna anterior
da muestras de familiaridad semejante con las doctrinas so-
ciales más avanzadas del momento : el socialismo utópico. Aun
globalmente, como novela romántica de carácter social, hay
que considerarla una de las iniciales.50 Y ello a pesar de que
su tema sea de escenario no americano. Hecho que por cierto

lxx
puede explicarse al considerar Los mártires como nacida de
un contacto directo, de una vivencia ; pero que también se en-
tendería partiendo del supuesto de que Toro buscase a priori,
antes de su viaje a Londres, oportunidad novelesca de poner
a vivir sus ideas y esquemas de tipo socialista ya adquiridas-
al considerarse que un tema con tales conflictos sociales y tan
cercano al terreno que pisaban los teóricos del socialismo utó-
pico, sólo podía darse en una sociedad desarrollada, como la
inglesa, y en una gran ciudad, como Londres. Y, al respecto,
convendría tener presente el juicio de Sarmiento, que explica
la falta de desarrollo de la novela en América por la ausencia
de "grandes y poderosas ciudades ", y que Carilla reproduce
con el propósito de dar una razón de la escasez de novela de
contenido social en el romanticismo hispanoamericano" .51

Estas significaciones de la novela de Toro en el plano


hispanoamericano, son, desde luego, válidas en lo tocante a
lo nacional. Pero ya en los límites de la cultura y las letras
venezolanas, surgen nuevos sentidos y valores que deben se-
ñalarse : de un lado, posee extraordinario interés para el estu-
dio del proceso histórico de las ideas socialistas en Venezuela
-interés proyectable al contorno hispanoamericano-; y del
otro, es el punto de partida, formal y concreto, de las produc-
ciones novelescas nacionales. Y ello es así por hechos deter-
minados, cronológicamente incuestionables. Ya que a pesar
de la escasa atención que le ha dedicado la mayor parte de
la crítica Los mártires es la primera novela escrita por ve-
nezolano y publicada en Venezuela, y establece que la novela
venezolana nace romántica y social.

GUSTAVO LUIS CARRERA

lxxi
NOTAS AL ESTUDIO PRELIMINAR

1. Caracas, septiembre-octubre de 1957. p. 135-184. Otra publicación


anterior completa de Los Mártires se hizo en la Revista Española de
Ambos Mundos. Tomo 1. p. 485-493, 651-663 y 782-794. Madrid.
Establecimiento Tipográfico de Mellado . 1853 .

2. Planchart, Julio. Temas críticos. Caracas. Edic. Ministerio de Educa-


ción. 1948. Picón-Salas, Mariano. Formación y proceso de la
literatura venezolana. Caracas. Edit. Cecilio Acosta. 1940. Uslar-
Pietri, Arturo. " La novela venezolana". En: Letras y hombres de Ve-
nezuela. Caracas. Edic. Edime. 1958. Díaz Seijas, Pedro. Orienta.
ciones y tendencias de la novela venezolana. Caracas . Cuadernos de la
Asociación de Escritores Venezolanos. 1949 ; e Historia y antologia de
la literatura venezolana. Caracas . Edic. Villegas. 1955. Barrios
Mora, José. Compendio histórico de la literatura venezolana. Caracas.
Edic. Nueva Cádiz. 1952. Mancera Galletti, Angel. Quienes narran
y cuentan en Venezuela. Caracas-México. Edic. Caribe. 1958. Liscano,
Juan. Ciento cincuenta años de cultura en Venezuela” . En: Venezuela
independiente. Caracas. Edic. Fundación Eugenio Mendoza, 1962.

3. El propio Virgilio Tosta los publica bajo la denominación de relatos,


en la revista Cultura Universitaria, ya citada en el texto. (La viuda de
Corinto, p. 109-114; El solitario de las catacumbas, p. 117-121 ; La
sibila de los Andes, p. 125-131 ) .

4. Esta obra, antológica, se abre con una introducción crítica del autor.

5. Tejera. Perfiles venezolanos. 1ª ed. Caracas, 1881. Edición consultada:


Perfiles venezolanos o Galeria de Hombres Célebres de Venezuela en
las letras, ciencias y artes. 2ª ed. Caracas. Tipografía de Rómulo A. García.
1907. p. 37-38. Frydensberg. " Materiales para la bibliografía nacional” .
Capítulo de: Primer libro venezolano de literatura, ciencias y bellas
artes. (Ofrenda al Gran Mariscal de Ayacucho ) . Caracas. Tip. El Cojo
y Tip. Moderna. 1895 .

6. Frydensberg, en sus " Materiales ..." (ver nota anterior ) , incluye éstos,
entre otros artículos de Toro.

1. El primero: el 11 de junio; sin firma. El segundo: el 25 de junio; con


el seudónimo de Jocosias.

lxxiii
8. Tosta. Un bienio en la vida de Fermín Toro. Cultura Universitaria,
N° LXIII (ver nota 2 ) , p . 44. ( Este artículo contiene interesante in-
formación sobre el hecho biográfico en cuestión) .

9. Planchart. Ob. cit., p. 6. Padrón. Panorama de la novela venezolana. En:


Obras completas. Madrid. Edic. Aguilar. 1957. p. 123. Angarita Arvelo.
Historia y crítica de la novela en Venezuela. Berlín, 1938. p. 7. Picón
Salas. Ob. cit., p. 97-98. Uslar-Pietri. Ob. cit., p. 254. Díaz Seijas.
Obs. cit., p. 13 y 111 , respect. Barrios Mora. Ob. cit., p. 53. Mancera
Galletti, Ob. cit., p. 510-512 . Liscano. Ob. cit., p. 566.
10 . La literatura venezolana del siglo XIX. Buenos Aires. Edit. Ayacucho.
1947. pp. 358-359 . La primera edición data de 1906.

11. Publicaciones, presentaciones y artículos citados en las notas 2, 4 y 9.

12. Aparecido por primera vez, en 1904, en El Cojo Ilustrado, como ensayo
premiado en el Segundo Certamen de esta revista

13 . Sesión del 23 de septiembre de 1907. Publicación de la Imprenta Na-


cional, Caracas.

14. Otros ejemplos relativos a la crítica y a aspectos complementarios del


tema pueden verse en nuestro artículo : "La primera novela venezola-
na". Anuario de Filología, Nos. 2-3 . Facultad de Humanidades y Educa-
ción de la Universidad del Zulia. Maracaibo. 1963-1964. p. 253-267 .
(Ya completado este estudio introductorio sobre Los mártires, hemos
tenido ocasión de conocer el valioso prólogo de Domingo Miliani
al Nº 5 de la Colección Clásicos Venezolanos, de la Academia Venezo-
lana de la Lengua (Caracas, 1963 ) , dedicado, en dos tomos, a la obra
de Fermín Toro. El interés del estudio de Miliani es evidente, y en es-
pecial en el caso concreto de los aspectos que nosotros tratamos ahora.
Baste destacar, por ejemplo, que Miliani profundiza en los vínculos de
Toro con el socialismo utópico, enfatiza la experiencia personal mani-
fiesta en Los mártires, y reafirma el realismo contenido en esta novela) .
15. Sólo se apunta aquí, de pasada, tema de tanto interés. En nuestro artícu-
lo citado en la nota anterior se adelantan consideraciones y ejemplos
ilustrativos al respecto .

16. Ob. cit., p. 356-357.

17. Semprum. "Los románticos". Actualidades, Nos. 12 al 16. Caracas. 1919.


Edición consultada : Crítica literaria. Caracas. Edic. Villegas. 1956. p. 35.
Díaz Seijas. Orientaciones y tendencias de la novela venezolana, p. 11 .
18. Osuna. "Motivos románticos en la novelística de Toro". Cultura Uni-
versitaria, N° LXIII . Caracas, septiembre-octubre de 1957. p . 97-101 .
(La cita final corresponde a la p . 99) .

19. Tosta. Fermin Toro, politico y sociólogo de la armonía. Caracas. 1958 .


354 p. (Las citas corresponden respectivamente a las p. 103, 106 y 107) .

lxxiv
20. Van Tieghem . Pequeña historia de las grandes doctrinas literarias en
Francia. Caracas. Ediciones de la Biblioteca de la Universidad Central
de Venezuela. 1963. p . 167 - Serrano Poncela. La cultura occidental.
Caracas. 1963. p . 353. - Melián Lafinur. El romanticismo literario.
Buenos Aires. Edit. Columba. 1958. p. 12.
21. Carilla. El romanticismo en la América Hispánica. Madrid. Edit. Gredos.
1958. p. 41.
22 . Durand. "Orígenes del romanticismo venezolano" . Revista Nacional de
Cultura, N° 132. Caracas, enero-febrero de 1959. p. 15-34. (Las infor-
maciones corresponden respectivamente a las p. 18 y 28) .
Los fragmentos de Chateaubriand se publicaron en El Nacional, de Ca-
racas, el 27 de octubre de 1834.

23. "Europa y América", serie de diez artículos, apareció en El Correo de


Caracas, en los números 11 , 12, 13 , 16, 17, 19, 21, 24, 27 y 29, que
corresponden al 12 y 26 de marzo, al 2, 23 y 30 de abril, al 14 y 28
de mayo, al 18 de junio y al 9 y 23 de julio de 1839.
Toro cita a Chateaubriand y a Lamartine a propósito de temas socio-
lógicos y políticos, y no propiamente literarios. Como señalamiento de
interés para las ubicaciones cronológicas, cabe recordar que las obras
de los autores franceses pertenecen, respectivamente, a 1831 y a 1833 .
Otra base para posibles constataciones de influencias: el único autor
citado por Fermín Toro en Los mártires es el romántico alemán Jean
Paul (Juan Pablo Richter) en la forma española Juan Paúl ( cap. VI) .
24 . Las cifras en romanos corresponden a los capítulos de la novela.

25. Mijares. "Libertad y justicia social en el pensamiento de Fermín Toro" .


En: La luz y el espejo. (Ensayos) . Caracas. Biblioteca Popular Vene-
zolana, Nº 55. Edic. del Ministerio de Educación. 1955. p. 176-219 .

26. Tosta. Fermín Toro, político y sociólogo de la armonía, p. 107-108 y


183-184. (Ver nota 19) .
(En otros aspectos del pensamiento social de Toro, Tosta destaca ele-
mentos aparentes, sin penetrar en su significado real, como en el caso
del concepto platónico de armonía, presente en Toro, pero también en
los principales ideólogos del socialismo utópico, sin que parezca más
propio atribuirlo a huella de Platón en el venezolano, que a contacto
con las cercanas tendencias de enjuiciamiento de la problemática social
europea; p. 170) .
27. Miliani. "El socialismo utópico, hilo transicional del romanticismo al
positivismo en Hispanoamérica". Revista Nacional de Cultura, Nº 155 .
Caracas, noviembre-diciembre de 1962. p. 23-42. (Los planteamientos
destacados corresponden, respectivamente, a las p. 27 y 39) .
28 . En efecto, Toro, en su serie de artículos "Europa y América", cita más
de una vez a Cousin (Cours de l'histoire de la philosophie) y a Sismon-
di (Nouveaux principes d'économie politique y Estudios sobre las cons-
tituciones de los pueblos libres) , y en Reflexiones sobre la ley del 10

lxxv
de abril de 1834 a Say y a Sismondi (Nuevos principios de economía) .
No se refiere nunca directamente a Saint-Simon ni a Fourier, pero los
contactos parecen evidentes.
(Es importante, de otra parte aunque no sea posible detenerse en con-
sideraciones especiales debido a su llegada tardía a nuestras manos- ,
reproducir el conjunto de socialistas utópicos que Domingo Miliani se-
ñala en su prólogo citado (ver nota 14) , como pensadores que ejercie-
ron algún influjo en Toro. Son ellos, además de los ya indicados por
nosotros: Cousin, Sismondi y Say, los maestros Saint-Simon y Fourier,
y sus seguidores Lamennais y Leroux, saint-simonianos, y Considerant,
fourierista. Miliani da a Leroux y a Considerant como citados por el
propio Toro, aunque no precisa dónde ) .
29. Carrera Damas. "Para la historia de los orígenes del socialismo en Ve-
nezuela". En : Crítica histórica. Caracas. Publicaciones de la Dirección de
Cultura de la Universidad Central de Venezuela. 1960. p . 113-142 . ( La
cita corresponde a las p. 135-136 ) .
(Este artículo había sido publicado anteriormente en Cultura Universita-
ria, N° LXX-LXXI. Caracas, enero-junio de 1960) .
De esta difusión de las ideas socialistas dan fe no sólo las huellas en
las obras de sus partidarios, sino también los esfuerzos de los oposi-
cionistas por contrarrestar el incremento . Precisamente Carrera Damas
hace referencia a una conferencia dictada por un detractor del socialis-
mo, Tomás García de Luna, en el Ateneo de Madrid, y que fue repro-
ducida, con el título " De la libertad de comercio", por El Correo de
Caracas el 21 de agosto de 1852, casi un mes antes de que apareciera
en el mismo periódico el anuncio de venta de Análisis del socialismo.
Otro interesante testimonio del auge internacional de las ideas socialis-
tas, del temor que levantaba esta difusión en los espíritus conservadores,
refugiados en supuestas críticas a la índole utópica de esas ideas, y del
espanto que producía la sola idea del comunismo, lo ofrece un escritor
nacido en Venezuela pero de obra realizada en España, José Heriberto
García de Quevedo, en su novela Dos duelos a diez y ocho años de dis-
tancia, publicada en Caracas en 1857 (Imprenta de A. Urdaneta. 168 p. ) ,
donde, a propósito de la situación europea en la década de 1830 a 1840
(este último, año en que Toro residió en Inglaterra ) , describe a ma-
nera de advertencia:
Había sin duda oposicionistas a todos los gobiernos posibles. ¿Cuán-
do no los hay? Utopistas de los géneros imaginables; campeones
generosos de los derechos de los oprimidos pueblos, aguardando sólo
ser algo para constituirse a su vez en opresores. Pensadores y publi
cistas de buena fe, solitarios especuladores sapientísimos en las su-
tilezas del entendimiento, pero más ignorantes aún en la vida prác-
tica de las sociedades; clamando por la organización del trabajo,
por la emancipación de las clases trabajadoras, y acaso por el mayor
absurdo de los absurdos : el monstruoso e imposible comunismo
(p. 80-81 ) .
30. El Solitario termina su caracterización de la sociedad, describiendo para
el autor la " oscura muchedumbre" que "fermenta en el seno de la so-
ciedad más culta" (idea que se repite y amplía en Los mártires ) . Es
una dura imprecación a la sociedad y el peso inexorable de su " ven-
ganza", y es una denuncia desesperada de la injusticia social :

lxxvi
¡ Sociedad ! ¡ Sociedad !, tú también tienes tus venganzas. He aquí
tus víctimas cuando triunfa lo que tú llamas orden, estabilidad,
progreso. A esta clase no alcanzan tus contentos, y de tus institu-
ciones sólo siente la ley que veda, la fuerza que subyuga y el brazo
que castiga. Propiedad, fortuna, bienestar: nombres irritantes para
una turba sin hogar; gobierno, sociedades, ciencias, artes : región
impenetrable a una degradada muchedumbre; moral, religión, filo-
sofía: crueles sarcasmos para una clase que se arrastra en la igno-
rancia y el envilecimiento. Sí, hijo mío, la sociedad se venga. Aquí
verás al jornalero que en interminable afán consume sus cansadas
fuerzas a trueque de un mezquino alimento que no alcanza a repa-
rarlas: aquí los mandados por los señores del mundo a degollarse
en los campos de batalla : aquí los que devora el hambre y la peste
por abandono y desvalimiento : aquí el esclavo que con argolla al
cuello, del látigo hostigado y con rencor de muerte, baña en sangre
y sudor el pan de servidumbre: aquí el que incendia los talleres
para alcanzar ocupación, y acaba en el patíbulo : aquí el que asalta
al caminante para despojarle, y acaba en el patíbulo : aquí el que
se rebela contra la sociedad que lo abisma, y acaba en el patíbulo ...

31. Jules Michelet ( citado varias veces por Toro en sus escritos políticos)
en su Historia de la Revolución Francesa usa términos semejantes a los
de Toro: " la disputa de los pobres y los ricos" ( " la dispute des pauvres
et des riches" ) , y presenta también este antagonismo como la definición
de la " cuestión social " . ( Citado por Félix Armand en su prólogo a Fou-
rier, textes choisis. París. Editions Sociales. 1953. p. 15 ) .

32. G. D. H. Cole. Historia del pensamiento socialista. I : Los precursores.


México. Fondo de Cultura Económica. 1957. p. 14.
Cabe señalar aquí que si bien desde los comienzos del socialismo hubo
exponentes ideológicos de un concepto de lucha de clases, éste sólo ten-
drá debida formulación y repercusión mundial con el Manifiesto Comu-
nista, en 1848.

33. Roger Picard. El romanticismo social. México. Fondo de Cultura Econó-


mica. 1947. p. 340 .
34 . Cole. Ob. cit., P. 88.

35. Ibid., p . 253 .

36. Toro, en " Europa y América", no sólo destaca la miseria reinante en


Irlanda, sino que lleva sus denuncias hasta lo más directamente político,
al señalarla como " tierra conquistada” .
Las citas que hace al respecto provienen de Sismondi ( Nouveaux prin-
cipes d'économie, lib. III, cap. VIII ) y de Say (Cours complet d'écono-
mie politique pratique, parte II, cap. VI) .
Sobre la situación de Irlanda en la época, cabe presentar el testimonio
de otro novelista nacido en Venezuela, José Heriberto García de Que-
vedo, en su novela ya citada Dos duelos a diez ocho años de distancia
(ver nota 29 ) , que se refiere a la década de 1840 :
...en Inglaterra se clamaba por el mejoramiento de los irlandeses;

lxxvii
pero a esto se limitaba su agitación. La más horrorosa miseria con-
tinuaba sus estragos a la otra parte del canal de San Jorge...
(p. 83) .

37. El epílogo del Análisis del socialismo (ver nota 29) , es rotundo al res-
pecto:
¿Qué importa a las masas lo denominado orden, deberes sociales,
respeto e igualdad ante la ley ? ¿De qué le sirven las artes, las cien-
cias y las maravillas de nuestra civilización ?...
Las leyes, verdadero dédalo de ardides, trampas y sutilezas, sólo son
expeditivas cuando se trata de vengar la propiedad y el privilegio
amenazado por la clase más numerosa e indigente que, arrojada a
este mundo, encuentra una sociedad madrastra que le niega todo
derecho, toda posesión, toda educación ...

38. En "Europa y América" Toro habla de un espíritu evangélico que será


una de las bases de la elevación de América hasta la condición de fuerza
salvadora de la civilización mundial. (Edición consultada : La doctrina
conservadora. Fermín Toro. Caracas. Col. Pensamiento Político Venezo-
lano del siglo XIX. Edic. de la Presidencia de la República. 1960. p. 72) .

39. Sobre el carácter peculiar del cristianismo de los románticos sociales,


donde todos pretendían introducir renovaciones particulares, con frecuen-
cia alejadas de la base cristiana, y donde el verdadero objeto de la vida
no es la salvación fuera del mundo terrestre, sino la felicidad y la jus-
ticia social en ese mundo, ver: Picard. Ob. cit., p. 341 .
A propósito del cristianismo y diversas formas de deísmo comunes entre
los socialistas utópicos, desde Saint-Simon, Cabet y Fourier hasta Lamen-
nais y los posteriores socialistas cristianos ingleses, es rica en informa-
Iciones la obra citada de Cole. En particular respecto al socialismo cris-
tiano de Lamennais, contenido en su libro Palabras de un creyente (Pa-
roles d'un croyant) , y caracterizado por una " vibrante piedad hacia los
sufrimientos de los pobres y de indignación contra las maldades de los
poderosos" (postura perfectamente identificable con la de Toro) , y por
"una ferviente llamada a los obreros para que unan sus fuerzas a fin de
romper el yugo de servidumbre a que los tienen sometidos, y que les
priva de los derechos elementales del hombre", y donde "clama por los
derechos implícitos en la igualdad de todos los hombres ante Dios" ,
ver p. 193; sobre su concepto avanzado de "oposición completa entre el
capitalista y el proletario", contenido en su obra De la moderna escla-
vitud (De l'esclavage moderne) , ver p. 195.

40. Cole. Ob. cit., p. 11 .

41 . El Manifiesto Comunista enfatiza al respecto :


los socialistas utópicos llegaron a construir sus proyectos de refor-
ma a base de su concepción subjetiva de lo justo y lo injusto, y a
predicar una cruzada moral más bien que a dirigir un movimiento
revolucionario.

42. Sobre la estrecha relación entre el socialismo utópico y el romanticismo


se extiende la original y a todas luces valiosa obra ya citada de Picard.

lxxviii
Entresacamos algunos señalamientos ilustrativos :
El socialismo de Saint-Simon, de base sentimental y fines morales,
con su animada visión de la sociedad futura, sus efusiones líricas,
su entusiasmo y su elocuencia, es, desde luego, una forma de ro-
manticismo (p . 241 ) .
Fourier se decía él mismo " el señor feudal del romanticismo", y
afirmaba que se era partidario de sus teorías sociales si se era par-
tidario del género romántico. Los discípulos de Saint- Simon decían
que " el saint-simonismo es el romanticismo de los sabios" ( p. 246) .
El romanticismo de Fourier está tanto en la forma de su espíritu
como en los caracteres de su obra ( p. 248 ) .

43. Reflexiones ... Edic. cit., p. 123 y 128.


44 . Ibid., p. 129 nota, y 130 nota.
45 . Textualmente Toro dice:
La sociedad, con el fin de preservar su armonía, es decir la conci-
liación de la libertad individual con la unidad social... ( Refle-
xiones..., p. 129) .
Félix Armand (ver nota 31 ) cita a Fourier:
que el interés individual se identifique con el colectivo y el indivi-
duo no pueda encontrar su beneficio sino en operaciones beneficio-
sas para la masa entera (p. 27 ) .
Y luego, del libro I, capítulo VI, de El Contrato Social de Rousseau:
Encontrar una forma de asociación que defienda y proteja de toda
la fuerza común a la persona y los bienes de cada asociado, y por
medio de la cual, cada uno, uniéndose a todos, no obedezca, sin em-
bargo, más que a sí mismo, y permanezca tan libre como antes
(p. 27 nota) .
Y, por último, del Manifiesto Comunista ( Editions sociales. París. p. 49) :
En lugar de la antigua sociedad burguesa, con sus clases y sus anta-
gonismos de clases, surge una asociación donde el libre desarrollo
de cada uno es la condición del libre desarrollo de todos (p. 27
nota) .

46 . Constatación semejante en planteamiento más rotundo se encuentra


en el epílogo del ya citado Análisis del socialismo ( ver nota 29 ) :
Los países más poblados y aparentemente los más ricos y dominado-
res son los que más devora y disuelve la miseria interior ...
Y justamente se presentan testimonios de las Islas Británicas: la tercera
parte de la población mendiga en Liverpool ; ... "niños que trabajan a
latigazos, diez y nueve horas por día, a medio real de salario " ... ; Ir-
landa diezmada por el hambre ...

47. Es de notar que la única vez que se menciona a América en Los már-
tires, es como un lejano destino de fugitivos y desilusionados, en refle-
xiones de Carlos a propósito de la desaparición del joven Eduardo, a
quien supone "embarcado para América” (V ) .
48 . Emilio Carilla (ver nota 21 ) registra, con fechas anteriores a Los már-
tires: Gonzalo Pizarro ( 1839) , del peruano Manuel Ascensio Segura, y

lxxix
Sab (1841 ) , de la cubana Gertrudis Gómez de Avellaneda ( p. 312 y
319, resp . ) .
Arturo Uslar-Pietri, en su Breve historia de la novela hispanoamericana
(Caracas. Ediciones Edime. 1954) , hace referencia a Antonelli ( 1838 )
de José Antonio Echeverría, cubano nacido en Venezuela ( p. 65 ) , y a
una primera versión, de 1839, de Cecilia Valdés o la Loma del Angel,
del también cubano Cirilo Villaverde ( p. 56) .
49 . Como ya se ha dicho, el libro de Picard (ver nota 33 ) , abunda en con-
vincentes demostraciones del vínculo entre el romanticismo y el pensa-
miento socialista o la preocupación social en general . Baste, por último,
la reproducción de este fragmento, que es casi como una conclusión de
su tesis, digna de consideración y análisis :
Los románticos, después de haber reivindicado el derecho a dejar
un gran espacio al color local, a los casos singulares, entraron rápi-
damente en la expresión de los sentimientos universales y, recha-
zando el arte por el arte, hundieron profundas raíces en lo real y
lo social (p. 339 ) .

50. Como novela romántica de algún contenido social de interés, de fecha


anterior a Los mártires, Carilla (ver nota 21 ) cita a Sab ( 1841 ) , de
Gertrudis Gómez de Avellaneda (p . 319 ) .
Uslar-Pietri (ver nota 48 ) añade la primera versión de Cecilia Valdés
( 1839 ) , de Cirilo Villaverde (p. 56) .

51. El fragmento de Sarmiento ( Viajes, II, ed . de Buenos Aires, 1922. p .


41 ) que reproduce Carilla ( ver nota 21 ) es el siguiente:
Esta estrechez del círculo en que el autor vive, aquella simplicidad
de los elementos que componen la sociedad, estorba la aparición
de la novela en España, lo mismo que en América, porque la ima-
ginación no tiene para coordinar, exagerar y embellecer, esa mul-
titud de acontecimientos de las grandes y poderosas ciudades, donde
la especie humana aglomerada, oprimida, despedazada, deja oír a
cada momento gritos tan terribles de desesperación, de dolor...
(p. 321 ) .

lxxx
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lxxxiii
LOS MARTIRES
60

LOS MARTIRES.

I.

Era ya entrada la noche cuando dejaba yo mi triste y soli.


taria mansion, dando tregua á mis afanes el movimiento y
ruido del pueblo alborozado. Noche era de un gran dia. Ha-
blase celebrado en la mañana el matrimonio de Victoria, y el
pueblo mas leal de la tierra. festejaba gozoso su enlaze con
Alberto.
Nebuloso estaba el tiempo y destemplado, y el ambiente se
sentia frio y desapacible ; mas el bullicio de la gente que por
las henchidas calles discurria ; el rodar estrepitoso de los co-
ches cruzándose en todas direcciones, y sobre todo, la brillan-
te iluminacion que hacia aparecer como en medio de una au-
rora boreal los álcázares y templos de la soberbia Londres,
producian un efecto mágico, y daban á la escena tal color y
brillo, que arrobada la imaginacion, quedaban en suspenso los
sentidos. Yo me iba por la calle del Regente, que aunque an-
cha y espaciosa como para dar cabida a activa muchedumbre,
estrecha y reducida parecia à la sazon, por no ser bastante a
contener el inmenso gentio que la invadia. Con efecto, el
concurso de coches y carros en el centro había crecido hasta
el punto de impedir todo movimiento; y la multitud agolpada
en las aceras, formaba dos columnas, densas é impenetra
bles, que de cuando en cuando ofrecian á la vista, á semejanza
del mar, oleadas en opuestas direcciones. Iban unos grupos
cuando otros venian; se encontraban y chocaban ; crecia el
empuje y apretura, pero ninguno salia vencedor. Así por al-
gunos momentos en vano forcejaban. Al cabo uno ú otro in-
dividuo de gran pujanza, con los puños cerrados y traidos al
pecho, encojidos los hombros é inclinando el cuerpo, lograban
sbrirse paso hendiendo las espesas filas. Tras estos se iban
otros, y despues otros y otros, formando ya entonces prolon-
gadísimas hileras. La estrechura y continue roce hacia mui
tarda la marcha; pero la lentitud no impacientaba ; que la es-
Cona era grandiosa y de buen talante el concurso. Desatado
andaba el pueblo, las clases confundidas, bulliciosa y alborota-
ADVERTENCIA EDITORIAL

En la presente edición no se ha conservado la grafía


de la publicación original en el Liceo Venezolano para
facilitar la lectura de la obra y permitir un mayor apro-
vechamiento cuando sea utilizada en el campo docente.
En esa primera edición se observan una serie de peculia-
ridades ortográficas : acentuación innecesaria de monosí-
labos, no disolución de diptongos, uso de z por c, de s
por x, de g en lugar de j, agudas sin acentuación y llanas
acentuadas. Es sabido que fue ésta una tendencia del siglo
XIX que no tuvo mayor trascendencia y de la cual Toro
participa, pero no en forma radical, pues se observa en
él una discontinuidad en la aplicación de dichos cambios.
Pueden verse a través de la lectura de la referida primera
edición formas semejantes a las siguientes : á, ú, ofrecian,
discurria, enlaze, luzes, esterior, escusaros, magestad, me-
gillas, mansion, imaginacion, Londres, entonces.

Se mantiene la división en capítulos del texto original,


que se corresponde con las entregas de los seis números
del Liceo Venezolano que reprodujeron la totalidad de
la novela.

3
I.

Era ya entrada la noche cuando dejaba yo mi triste y soli.


taria mansión, dando tregua a mis afanes el movimiento y
ruido del pueblo alborozado. Noche era de un gran día. Ha-
bíase celebrado en la mañana el matrimonio de Victoria,¹ y el
pueblo más leal de la tierra festejaba gozoso su enlace con
Alberto .

Nebuloso estaba el tiempo y destemplado, y el ambiente


se sentía frío y desapacible; mas el bullicio de la gente que
por las henchidas calles discurría; el rodar estrepitoso de los
coches cruzándose en todas direcciones, y sobre todo, la bri-
llante iluminación que hacía aparecer como en medio de una
aurora boreal los alcázares y templos de la soberbia Londres,
producían un efecto mágico, y daban a la escena tal color y
brillo, que arrobada la imaginación, quedaban en suspenso los
sentidos. Yo me iba por la calle del Regente², que aunque
ancha y espaciosa como para dar cabida a activa muchedum-
bre, estrecha y reducida parecía a la sazón, por no ser bastante
a contener el inmenso gentío que la invadía. Con efecto, el
concurso de coches y carros en el centro había crecido hasta
el punto de impedir todo movimiento; y la multitud agolpada
en las aceras, formaba dos columnas, densas e impenetra-
bles, que de cuando en cuando ofrecían a la vista, a semejanza
del mar, oleadas en opuestas direcciones. Iban unos grupos
cuando otros venían ; se encontraban y chocaban; crecía el em-
puje y apretura, pero ninguno salía vencedor . Así por algunos
momentos en vano forcejaban. Al cabo uno u otro individuo
de gran pujanza, con los puños cerrados y traídos al pecho,

5
encogidos los hombros e inclinando el cuerpo, lograban abrirse
paso hendiendo las espesas filas . Tras éstos se iban otras, y
después otros y otros, formando ya entonces prolongadísimas
hileras. La estrechura y continuo roce hacía muy tarda la mar-
cha; pero la lentitud no impacientaba ; que la escena era gran-
diosa y de buen talante el concurso . Desatado andaba el pue-
blo, las clases confundidas, bulliciosa y alborotada se mos-
traba la turba; pero ¡ cosa admirable ! ni una injuria, ni un des-
mán, ni un mal gesto siquiera se miraba.
De trecho en trecho el tumulto y agolpamiento eran ma-
yores, creciendo la confusión al frente de algunos objetos que
llamaban más particularmente la atención de los espectadores;
pues que entre los muchos graciosos caprichos que la ilumina-
ción formaba, algunos sobresalían por su novedad o el mejor
gusto de su composición . Ora se veían hermosas palmas, co-
ronas o soles formados por pequeñas luces que rutilaban con
trémulos reflejos : ora magníficos trasparentes con empresas
varias y felices alusiones al acontecimiento del día : ora, en fin,
se leían en caracteres de fuego los nombres de Victoria y Al-
berto, formados por una multitud de coloridas candilejas, cu-
yos vivos y variados resplandores casi no podía soportar la
vista.
Era aquí de verse, el movimiento vario de los grupos y la
diversidad de escenas que ofrecían . Veíanse por una parte al-
gunos jóvenes aturdidos, que formados en línea, daban de es-
paldas contra las más densas y apretadas masas, aumentando
de esta manera singular la confusión y el tumulto. Allá era un
hombre de formas atléticas, ancho pecho y membrudos brazos,
que arremetiendo con la amontonada turba, parecía que la sur-
caba, dejando al paso ancha senda, por la cual, en pos de él,
se precipitaba alegre y ufana una chusma de muchachos. Aquí
unos bellos ojos que centelleaban a la par de las luminarias,
formaban en derredor un gran cerco de deslumbrados admi-
radores. Allí un fino talle enseñoreándose con garbo y genti-
leza, se llevaba tras sí un tropel de husmeadores, que caían

6
arrebatados sobre todo lo que encontraban , por no perder de
vista la beldad que seguían . Más adelante iba un grupo de
muchachas tentadoras, lindas como gacelas, peligrosas como
áspides, que de cuando en cuando, con donoso desenfado, ha-
cían como que tropezaban con los mancebos que venían; y
luego como que huían medrosas, logrando al fin su intento, ser
perseguidas, y luego acompañadas, y al cabo requeridas de
amor con muy libre galanteo .
Tocábamos ya al cuadrante, y los hermosos ánditos for-
mados a derecha e izquierda por sus bellas columnatas, pare-
cían mas bien galerías de un suntuoso teatro que pasadizos
de calle pública. ¡ Cuán vistosos estaban los terrados coronados
de multitud de fuegos ! ¡ Qué inmenso pueblo se atropellaba
por aquellos vastos corredores ! Casi sin tocar el suelo fui lle-
vado por medio de ellos ; alguna que otra vez estrechado sí con-
tra sus columnas de hierro, de cuyo contacto no quedé muy
satisfecho. Así llegamos en medio de apretones y vaivenes,
al Circo que forman, cruzándose, las calles de Piccadilly y del
Regente.
Aquí me detuve a contemplar por algunos instantes el es-
pectáculo que se presentaba a mis ojos. Por doquiera que los
tornaba no veía sino luz y movimiento. El Circo resplande-
cía como el sol : las iluminaciones de la calle de Piccadilly se
extendían a perderse de vista en los confines de la ciudad ; en
la plaza de Waterloo los Clubs Ateneo, los dos Militares y el
Clarence habían con sus galanas invenciones atraído un con-
curso que no cabía ya en aquel vasto recinto. ¡ Cuán bella es-
tá la ciudad, me decía , cuán ataviada y pomposa ! ¡ Quién di-
jera que hay en su seno hambre y desnudez ! Hoy sin embar-
go no está en tinieblas la morada del pobre : el mendigo es-
conde sus andrajos bajo las galas del trono; y suspende la
miseria su fatídico clamor para que sólo se oiga el himno epi-
talámico. ¿Quién le entona ? Veinticuatro millones de almas.
De este número, algunos son poderosos, verdaderos poten-
tados de la tierra ; otra porción , y esa la mayor, en una ven-

7
tura medianía, conocen el bienestar y los goces de la vida;
pero otra muy considerable la componen los mártires de la
sociedad, las víctimas de la riqueza, con cuya sangre se rocían
los altares consagrados a su culto. Mas hoy ¡ oh milagro de
las sociedades humanas ! hoy el rico y el pobre hacen las paces ;
suspenden su eterna querella, y sólo una voz se oye desde el
palacio del duque Bretón hasta la cueva del mísero irlandés :
long life to the Queen ! long life to Prince Albert! **

Una nueva escena en que sin querer fui actor, vino a sa-
carme de mis importunas reflexiones . Mi inmovilidad y ac-
titud pensativa habían llamado la atención de dos jóvenes
perdidas , que sin yo percibirlo , acababan de colocarse a mi
lado, en el recodo o alfeizar de una puerta donde yo me había
refugiado . Figúrese cualquiera una joven como de dieciocho
años, de airosa planta y talle descollado , con su cuello de cisne
sombreado por un manojo de hermosos rizos castaños ; un chal
de terciopelo azul que le hacía resaltar admirablemente la
blancura de su levantado seno ; y un traje blanco cuyos anchos
pliegues descendiendo hasta el suelo, dejaban traslucir en
parte las formas perfectas de una beldad . La amiga que tenía
al lado la ceñía con un brazo su estrecha y delicada cintura ,
y ella así sostenida se mecía blanda y voluptuosamente dejan-
do caer a uno y otro lado la cabeza, de manera que algunas
veces daban sobre mis hombros sus cabellos . No pude menos
de admirar tanta hermosura, aunque ya deslustrada y sin pre-
cio. ¿Qué te falta mujer (me decía yo) , para que ejerzas el
imperio que el Criador concedió a la belleza ? Tienes al pare-
cer todos los encantos que hacen tan poderoso tu sexo: a tu
lado la juventud debiera abrazarse de amor : tú al poeta y al
pintor podías dar el modelo de las gracias ; y aun el amante
de más severas bellezas debía encontrar qué admirar en tu
planta majestuosa . Pero la mirada ¡ oh Dios ! la mirada que
pinta el alma e ilumina las formas exteriores , revelando senti-

¡ Que vivan muchos años la Reina y el Príncipe Alberto !

8
miento, pasión, inteligencia: la mirada en aquella criatura pa-
recía el reflejo turbio e inerte que sale de los ojos de una
máscara. No había ya en ella ninguna especie de expresión.
Parece que la ausencia absoluta de energía mental, causa la rui-
na de todo sentimiento. Ni fingirse pueden entonces los afec-
tos, perdida ya la conciencia de la virtud igualmente que del
vicio. ¡ Oh seres verdaderamente caídos ! ¡ vosotros no sois vi-
ciosos ni criminales, sois sólo animales ! ¡ animales inmundos !
Estas dos mujeres entretanto conocían que perdían su tiempo ;
y mirándome de hito en hito por algunos instantes y dando
una fuerte carcajada, se lanzaron otra vez al torrente que las
arrastró. ¡ Qué feas me parecieron entonces ! su mirar era me-
retricio y su risa la de un maníaco .
Yo también debía proseguir mi camino ; tenía que ver a
unos amigos desgraciados, y comenzaba ya a hacerse tarde.
Las diez de la noche acababan de dar, cuando emprendí atra-
vesar la plaza de Waterloo . Difícil era la empresa ; pues la
masa del pueblo reunido en aquel vasto y hermoso lugar, for-
maba como un muro casi impenetrable. Sucedíame a cada
momento que el terreno que en largo rato ganaba a duras pe-
nas, lo perdía en un instante rechazado por algunos de aque-
llos numerosos y cerrados grupos. Al fin , después de media
*
hora de continuos esfuerzos, logré tomar la calle de **
y atravesando por el pasaje del teatro de la Reina , caí a
la hermosa de Pall-Mall . Aquí una nueva escena, no me-
nos interesante, fijaba las miradas de todos. Una larga fila
de coches que apenas podían moverse ocupaba todo el centro
de la calle. Algunos de ellos, espléndidos, se conocía por los
soberbios tiros de caballos, las armas y las suntuosas libreas,
que pertenecían, unos a Embajadores extranjeros y otros a la
más alta nobleza del país. El populacho amontonado en las
arcadas del teatro, designaba los carruajes a medida que pa-
saban, reconociendo a sus dueños por sus galas y libreas. La
duquesa de Sutherland ," oí decir entonces, recibe en su pala-
cio esta noche gran compañía en celebración del matrimonio

9
de la Reina. Su camarera mayor es, dijo uno, y la más noble
y hermosa dama del reino.- Añade a eso lo que es más, dijo
otro, que es Whig. Si no fuera más que eso, repuso un ter-
cero, no aventajaría a muchas : di que es poderosa, y lo habrás
dicho todo. Poderosa, sí, pero sin el fatuo orgullo de los To-
7
rys, sino, dígalo el artesano que al subir ella a su coche la
hizo un cumplido a sus bellos ojos, y no por eso se mostró
ofendida . —Calla majadero, replicó uno, el tal artesano me-
recía ser colgado por ese atrevimiento con una señora tan princi-
pal. Estas y otras pláticas oí sobre la belleza y bondad de la
duquesa; pero lo que más elogios le ganaba de la desarrapa-
da turba, era lo de pertenecer al partido Whig o liberal . Es
Whig, me decía yo caminando, la altiva dama mujer de un
poderoso, que hoy en un soberbio palacio, rodeada de cuanto
el lujo, el capricho y la vanidad han inventado, recibe lo más
alto y noble de un imperio; ¿y es también Whig el miserable
remendón que devoraría ansioso las sobras de los perros que
mantienen los criados de aquella gran señora ? ¡ Qué demen-
cia... pero no : qué misterio en la formación de las socie-
dades humanas y en su orden y preservación ! ¿No asombra
por ventura ver al hambriento proletario llamarse Whig y con-
tar ufano en sus filas al Par altanero que no le ofrecería para
abrigarse una noche ni el lecho de su caballo ? ¿Y no confun-
de más aún, ver algún pobre menestral llamarse Tory y unir-
se al rico aristocrata para combatir contra los Whigs ? ¡Cuánto
puede un nombre ! Si hoy los mismos partidos cambiarán los
que tienen por los de " ricos y pobres" , o " siervos y señores", o
se designasen de una manera aún más expresiva : " Los que
tienen que perder" y " los que tienen que ganar" ¿ qué suce-
dería ? Quizás nada; y ahí está justamente lo que hay de ma-
ravilloso en la conservación del orden social. Tendrá siempre
el rico los medios de hacerse poderoso con el auxilio del po-
bre para oprimir el pobre. El hombre se envanece hasta de su
propia humildad, y vestido de andrajos ostenta algunas veces la
majestad de la púrpura .

10
Dejaba ya a las espaldas la plaza de Trafalgar siguiendo
por Charing Cross para coger el puente de Westminster . El
edificio de las guardias reales de caballería y el Almirantazgo,
decorados e iluminados suntuosamente, llamaban la atención ;
pero el gran tumulto, la masa inmensa, compacta y verdade-
ramente impenetrable ocupaba todo el frente de las casas del
Parlamento . Aquí me fue imposible atravesar: hasta enton-
ces había podido abrirme paso y seguir mi camino; pero allí
me fue preciso resolverme a aguardar que se desahogase un
poco el concurso. Recostéme de las rejas de un jardín y pro-
curé distraer mi impaciencia observando los que pasaban. Por
primera vez de mi vida hice allí una observación, contemplan-
do aquella multitud, y confieso que me apesaró. ¡ Cuán poca
atracción tienen en general los hombres entre sí ! De cada cien
individuos que pasaban acaso uno solo dejaba de chocarme
por su exterior, y de cada mil hallaba uno que me agradase.
Uno me parecía feo, otro sucio o mal vestido, éste mostraba
un mal gesto, aquél mala traza ; unos manifestaban en el sem-
blante cierta satisfacción que me ofendía o que envidiaba : otros
una vileza o ruindad que despreciaba . ¡ Oh señor ! no pude me-
nos de exclamar en mi interior, ¿ quién ha puesto en mi cora-
zón tanta aspereza ? ¿ Cómo en medio de mis semejantes, mi al-
ma con esquivez repulsa, y más repulsa y apenas llega a elegir
uno y amarle? ¡Veo una manada de ovejas triscar por la lla-
nura y cuán bellas me parecen todas ! Los árboles hallo her-
mosos en los bosques, suavísimas las flores, encantadoras las
aves: encuentro el risco imponente : el lago plácido y sere-
no : el empinado monte eleva mi ánimo : los abismos del mar
contemplo reverente : el huracán, el trueno , la borrasca, me
conmueven, me aterran, pero despiertan en mí, un sentimien-
to sublime ... pero al ver al hombre, al acercarme al hom-
bre me parece que el amor es el sentimiento más escondido
en mi corazón. Se asoman antes que él como cautos explora-
dores, la desconfianza y el recelo ; el amor propio o la vani-
dad excitan luego la envidia o el desprecio: despierta la am-

11
bición el odio : la emulación los celos : la necesidad la codicia;
y sólo por detrás de esta larga fila de malas pasiones, cuando
el egoísmo se cree en salvo como en medio de una fortaleza,
es que se viene la curiosidad que suele llevar tras sí el cari-
ño o la amistad. ¡Y este es el hombre, por más que nos em-
peñemos en disfrazarlo ...!
Medianoche tocaba la campana de la iglesia de San Mar-
tín, y juzgué que la muchedumbre, alejándose, me daría ya
paso. Seguí mi camino, y aunque no sin dificultad, llegué al
puente de Westminster. Un rayo de escasa luna reflejaba en
las aguas del Támesis y trazaba como un camino de plata en
medio de un oscuro bosque formado por los mástiles de una
infinidad de barcos que inmóviles proyectaban sus sombras
en las ondas. Famoso río, poderosa arteria que da vida y mo-
vimiento al corazón de este vasto imperio. Si sus arenas fue-
ran de oro, no le harían más rico y osado de lo que le hacen
estas aguas cenagosas y amarillas, a que puede decirse pa-
gan tributo todos los mares de la tierra. ¡ Cuántas naves car-
gadas de tesoros surcan su corriente ! ¡ cuántos depósitos de ri-
quezas amurallan sus orillas, y cuántos infelices en derredor
pereciendo de miseria ! ¡ No sé qué fuerza puede impedir que
estas naves sean asaltadas, esos tesoros sorbidos , los palacios
incendiados y sus soberbios moradores arrastrados por el cie-
no; para que sepan lo que es cieno, morada eterna del pobre !
No sé hasta dónde me habría llevado el sentimiento penoso
que acibara mi vida, si la vista de un guarda de policía, que
me observaba de cerca , no hubiese infundido cierto pavor en
mi alma. Un guarda de policía no es más que un hombre que
conserva el orden en la sociedad ; y ¿por qué me intimida ? ¿por
qué me alejo de él como si yo fuese delincuente ? Es porque
la sociedad en su estado actual , con la conciencia de su injus-
ticia, ha logrado infundir en el pobre el susto, el asombro que
sólo debiera acompañar al crimen.
Dejaba ya el puente y alejábame del bullicio y de la ilumi-
nación a medida que me internaba por aquellas callejuelas del

12
lado de Lambeth. Buscaba yo en la más lóbrega e inmunda,
la más pobre y humilde casa que puede habitar un ser sen-
sible. Halléla, y llamé a la puerta : me aguardaban y salió a
abrirme Emma. Su dulce y melancólica voz al pie de una os-
cura y estrecha escalera me hizo la impresión de un hermoso
rayo de luz. -¿Por qué tan tarde? me dijo, nos habéis teni-
do cuidadosos ; pero ya se ve que la fiesta ha sido también para
vos. ¿Y para ti, Emma ?— ¡ Ah no ! Subíamos en tanto a
un pequeño y miserable desván donde vivía la familia de
Emma . Ella de 17 años y dos pequeños hermanos uno de 6 y
otro de 3. Su padre que había sido empleado en el servicio de
postas yacía postrado por la fractura de una pierna, y la madre
con fortaleza heroica, conllevaba los males de su esposo y
agenciaba con todas sus fuerzas la subsistencia de su desgra-
ciada familia. Al verme, todos se regocijaron. Un amigo en
la desgracia, por desvalido que sea, se ve todavía como la últi-
ma sonrisa de la fortuna. Tom estaba tendido sobre una estera
en un rincón : en otro ardía con débil y trémula luz una pe-
queña lámpara al pie de una cruz; en medio había una carco-
mida mesa medio cubierta con un paño desgarrado aunque
limpio, y en derredor de la mesa tres viejas sillas. Este era el
aspecto de la mansión de una familia amable y virtuosa , a
quien una serie de calamidades había hecho ir descendiendo de
grado en grado hasta sumirla en la más espantosa miseria .
-Carlos (me dijo la madre con aquel acento tierno y pene-
trante que tanto la distinguía) , a pesar de la fiesta y bulla del
día, no creí que nos olvidaras hoy, y te esperábamos para dar
nuestro brindis en honor y por la feliz unión de nuestra sobe-
rana. Cuando esto decía, Emma ponía sobre la mesa un pote
de estaño lleno de cerveza y algunos bizcochos. Joven, hermo-
sa y sensible, manifestaba una especie de tierno interés por
todo lo que tenía relación con la ceremonia del día. Una dis-
tancia inmensa separaba a Emma de Victoria, pero una y otra
sentían la misma necesidad del corazón : ésta en el trono, no se
creía dichosa mientras no fuese amada ; aquélla en el abismo

13
de la miseria preferiría su amante al esplendor del trono. Em-
ma estaba aquella noche donosa y complaciente en extremo.
Jamás me había parecido tan tiernos y expresivos sus hermo-
sos ojos azules, ni tan gentil y descollada su planta ; aún notá-
base cierto esmero en su harto pobre y modesto tocado, y una
cierta agitación se traslucía en su semblante que la hacía son-
rosearse a cada momento. -Emma, le dije, me parece que ce-
lebráis muy cordialmente el matrimonio de la Reina. —Có-
mo no, si es, como dicen, tan joven e interesante : mamá no ce-
sa de alabarla, y yo, aunque nunca la he visto, la amo mucho.
-Y eso que mamá es Tory, dijo allá Tom sonriéndose ; ¿ no
es verdad mi cara esposa ? -Yo soy lo que tú quieras que sea;
y si con odio a los Torys pudiera yo hacerte menos desgracia-
do, creo que aprendería a odiarlos ; sí mi amigo, aprendería a
odiarlos. Dijo Teresa estas palabras con un acento tan sentido
y melancólico, que quedamos todos por algunos instantes si-
lenciosos como ahogando un suspiro . No, no, dijo al cabo
de un rato Tom , hoy no hay odios, ni se ha de hablar de des-
gracias; eso es de mal agüero en un día de bodas ; por vida
de mi padre, que hoy sería yo capaz de abrazar a un Tory,
aunque fuera el escorpión de lord Stanley. ¿Y esa cerveza,
amigos , es para vista no más ? -Yo no sé si la compañía está
completa, dijo la madre echando una mirada llena de dulzura
y amor a la hija. Esta bajó los ojos avergonzados ; pero su ru-
bor creció de punto, cuando Roberto, uno de sus hermanos,
dijo : —No, mamá, falta Eduardo ... y llaman a la puerta :
él es. Efectivamente el niño bajó y a pocos momentos subió con
Eduardo. ¡ Bienvenido , querido Eduardo ! fue el grito de todos,
y él a todos correspondía con las más afables expresiones . -Y
bien, mi amigo, como que tengo el derecho de reñiros ; pero
no, debo excusaros, cuando otros de más edad se han embu-
llado tanto con la iluminación ... Decía esto la madre mirán-
dome maliciosamente. —¡La iluminación ! exclamó Eduardo
fijando los ojos en Emma. No señora, yo no me he detenido
viendo la iluminación : llego en este momento de Hampstead .

14
-¡De Hampstead!" gritaron los chicos, pues las peras ! ¡ las
peras ! Mientras Eduardo sacaba de los bolsillos algunas casta-
ñas y otras frutas, la madre se sentaba a la mesa e invitaba a
los demás a hacer lo mismo. Emma y Eduardo se colocaron
en frente de ella, y a su lado de pie Roberto y Juan. La pobre-
za de la cena, ya se supone, correspondía al miserable estado
de aquella desventurada familia ; pero el decoro y la compos-
tura reinaban allí , y aún una vislumbre de contento pudiera
decirse que se traslucía en aquel día . Yo me había sentado al
lado de Tom, y contemplaba en aquel momento su figura.
Tendido en una estera y cubierto con una manta parda, deja-
ba sólo ver la cabeza recostada sobre una almohadilla de paja.
La débil luz de la lámpara que le hería oblicuamente, refle-
jaba en su rostro macilento: sus ojos hundidos y cavernosos ,
quedaban en la sombra de sus salientes y erizadas cejas ; y un
movimiento convulsivo que de cuando en cuando se descubría
en sus lívidos labios, mostraba que hacía un esfuerzo por re-
primir la impaciencia o dominar el dolor. El jarro de cerveza
le fue presentado dos veces por la bella y tímida Emma, y re-
cobrándose un poco, dijo al fin : -Vaya señores, que no pa-
recemos ingleses : por mi parte nunca he tenido el corazón frío
ni desleal, y juro que mientras viva he de decir : God save the
Queen . * 10 Todos a un tiempo, como de común acuerdo, ento-
naron entonces con espíritu animado, este hermoso himno tan
característico del pueblo inglés ; de este pueblo, el único en el
mundo que ha hecho del amor a la patria y la lealtad al so-
berano, un solo sentimiento, una sola virtud. Aquel canto sua-
ve y melodioso, la hora , la humildad del lugar, el sentimiento
tan puro y desinteresado que animaba a aquellos seres desgra-
ciados a hacer votos al cielo por la prosperidad del poderoso,
todo hacía en mí una impresión que en vano procuraría ex-
presar. En medio del sentimiento general que dominaba aquel
interesante coro, se notaba sin embargo en el acento, expre-

* ¡ Dios guarde a la Reina ! Himno nacional con que en toda fiesta o re-
unión, honran los ingleses a sus monarcas.

15
sión y mirada, la situación del alma de cada individuo. Los
dos niños cantaban sin emoción, sus dulces voces salían de
sus pechos, como se exhala de las flores el perfume, sin es-
fuerzo ni intención : Emma y Eduardo sumamente conmovidos
se miraban con ternura, y parecía que para sí mismos invoca-
ban del cielo protección ; lo porvenir se les mostraba incierto,
y sus apasionados corazones, palpitaban temerosos en medio de
las más dulces ilusiones. El acento de la madre era de resig-
nación: su destino no le estaba velado, y como que llamaba
en su auxilio para el momento del combate, la constancia, la
fortaleza, todo el apoyo de la religión; de cuando en cuando,
sin embargo, como si sondease con sus miradas un abismo,
la palidez cubría su rostro, y una banda aplomada ceñía su
frente como signo de desesperación . En Tom todo era lúgu-
bre; diríase que un muerto hacía rogación por su propia alma.
Todos habían callado , y él continuaba todavía murmurando
algunas palabras, a tiempo que la lámpara ya apagándose,
sólo lanzaba por intervalos algunos resplandores que venían
a morir poco a poco con aquella voz honda y sepulcral .

II .

Días pasaban y la situación de la familia de Tom era


cada vez más deplorable. La postración de éste crecía y había
ya poca esperanza de su restablecimiento. Los pequeños aho-
rros se habían consumido con su larga enfermedad y no que-
daban otras fuerzas para emplearse en proporcionar el susten-
to, que las muy débiles de la madre y de la hija. Eduardo, pro-
metido esposo de Emma, acababa de ser despedido de las ma-
nufacturas de Manchester, por una de tantas alteraciones que
producen en las ciudades fabriles las operaciones del Banco de
Inglaterra. Con un alma ardiente y apasionada, pero sensi-
ble y generoso en extremo, Eduardo buscaba con un afán y
una constancia admirables los medios de aliviar la suerte de
aquella familia. "No hay tormento, me dijo un día, que iguale

16
al que experimenta mi alma cuando en presencia de estos des-
venturados, yo joven, robusto, dispuesto al trabajo, me veo, sin
embargo, como el holgazán, con los brazos cruzados y sin po-
der prestarles el más pequeño socorro en su infortunio. Me
arrojaría a las fieras por proporcionarles una tolerable exis-
tencia. Sería capaz de renunciar a Emma por verla feliz ...”
Al decir esto, leía yo en sus miradas y ademán aquel alto
y noble sentimiento que hace capaz de las más enérgicas reso-
luciones. Vamos, mi amigo, le dije, constancia y Dios provee-
rá; en lugar de pensar en renunciar a la adorable Emma, va-
mos ahora a verla y consultar los medios de asegurar vuestra
mutua felicidad. -No, de ninguna manera; vengo de su casa,
acabo de presenciar la escena más terrífica para mi corazón, y
no sé si nunca podré, en mi situación actual, volver a pisar los
umbrales de aquella casa. -¿Qué has presenciado ?, exclamé
lleno de angustia. -Ya conocéis el carácter severo e inflexible
del anciano Richardson, padre de la virtuosa Teresa . Al engrei-
miento de familia noble, reúne dotes del espíritu y del cora-
zón que le hacen estimarse justamente a sí propio; y sobre to-
do, una vida que puede llamarse completamente inmaculada
le ha acostumbrado a ser inexorable con las debilidades aje-
nas. Cuando su hija se casó con Tom, su corazón y su orgu-
llo recibieron una herida mortal. Adoraba a Teresa, hija única,
semejante a él en virtudes ; pero más tierna y más indulgente.
Su matrimonio con Tom le parecía no solamente deshonroso
por el lado del linaje y la profesión, sino sumamente desven-
tajoso por el carácter moral del individuo. Tom honrado, era
sin embargo, turbulento y disipado; su familia oscura, su pro-
fesión humilde : hermoso y galán de su persona, sabía atraerse
las miradas de las bellas ; pero entre todas sus cualidades la
más sobresaliente era su odio a la aristocracia. Teresa, a pesar
de la diferencia de cuna y de principios, le amó y le dió su
mano. Fueron notables las palabras del viejo Richardson en
este amargo momento: traspasado de dolor, pero con ojo enju-
to y mano firme puso a su hija a la puerta de su casa dicién-

17
dole: hija no te maldigo; pero te impongo que olvides desde
hoy por toda la eternidad esta casa y el anciano que la habita.
Dieciocho años hace ya de esto . El padre y la hija no vol-
vieron a verse; Richardson no se ha informado jamás de la si-
tuación de Teresa, y ésta creyendo a su padre en la misma
que le dejó, no ha osado nunca quebrantar su mandamiento.
Grandes mudanzas, sin embargo, han acaecido en la suerte de
entrambos. Conocéis el estado de la familia de Tom, la es-
pantosa miseria a que se ve reducida, y la esperanza que de-
ja aún a su pesar entrever la hija de Richardson de que algún
día su padre, conociendo su situación, la salvará de los horrores
de la indigencia. Oíd pues, ahora, lo que os rasgará el pecho
de dolor. Las seis de la tarde eran apenas : me hallaba yo
discurriendo con Emma y su madre sobre mi partida para Ir-
landa cuando llaman a la puerta. Baja la niña y vuelve inme-
diatamente diciendo que un anciano de aspecto venerable, pero
que parecía oprimido de miseria, preguntaba por su madre.
-Vuela, hija, y hazle entrar : hace mucho frío y el pobre an-
ciano sufrirá mucho. Emma bajó de nuevo a introducir el
huésped, y entretanto me decía su madre: ¿ quién será ? ¿ qué
necesitará ? me acongoja la idea de que sea algún desgraciado
a quien no podamos socorrer. ¡Dios mío ! exclamó, suspira el
necesitado antes de comer su pan de amargura; pero otro
más necesitado suspira y desfallece por falta de este pan. Divi-
damos el pedazo que poseemos, y coma de él el hambriento, no
sea que perezca y se nos diga después en el gran día: ¿por qué
le dejaste morir ? —Cuando me hablaba así Teresa , su acento
siempre noble y elevado, era trémulo y arrebatado , cierta inquie-
tud se retrataba en su semblante, y sus miradas estaban fijas en
la puerta que debía abrirse al huésped. A pocos instantes entra
Emma, siguiéndole de cerca un anciano : aquélla se aparta y de-
ja en nuestra presencia mudo e inmóvil un hombre como de 70
años , de elevada y noble planta, pero cuyo vestido tosco y mal-
tratado descubría su extrema pobreza. Su crecida y cana cabelle-
ra cayendo sobre sus espaldas, le daban un aspecto de extraña

18
austeridad. Su frente surcada y sus mejillas hundidas manifesta-
ban los estragos combinados del tiempo y del pesar. Su mirada
se fijó en Teresa, y aunque ésta por dos veces y con el acento
más expresivo le preguntó en qué podría servirle, él nada con-
testó: pasóse largo rato en este misterioso silencio ; todos queda-
mos suspensos en derredor de aquella extraordinaria figura, has-
ta que el anciano, extendiendo las manos hacia Teresa, dijo con
voz trémula y quebrada : “¡ Obedeciste hija, me has olvidado !”
Un grito de dolor no más se oyó en aquel instante; yo quedé
por algunos momentos tan turbado, que no puedo decir lo
que inmediatamente sucedió. Al cabo de un rato ya vi a Ri-
chardson sentado, los brazos cruzados, la cabeza caída sobre el
pecho, y las lágrimas goteando sobre sus espesas y crecidas
barbas. Teresa, Emma y los dos niños de rodillas delante de
él gemían y sollozaban, cubriéndose la cara con sus manos,
como no queriendo ver el dolor y desconsuelo pintados en las
facciones del desventurado anciano .

Yo no sabía qué hacer, la pena ahogaba mi voz y el tem-


blor de mis miembros no me permitía mover. Era preciso in-
terrumpir, sin embargo, aquella escena dolorosa, y buscaba pa-
ra ello alguna fuerza en mi alma, cuando de repente una voz
ronca que parecía salir debajo de la tierra dijo : " ¡ Richardson !
¡ Richardson ! ¿ qué buscas en la casa de Tom?" -" ¿Quién me
interpela de esa manera ?", exclama lleno de asombro el atri-
bulado anciano. ¡ Padre mío !, dijo Teresa, es mi desgraciado
esposo, postrado en el lecho, delira con la fiebre. Un silencio
pavoroso reinó por algunos instantes hasta que la voz de Tom
se dejó oír de nuevo diciendo : "¡ Teresa !, agasaja a tu padre,
que es rico, para que nos dé alguna cosa y no mueran nuestros
hijos de miseria". "Yo no tengo que dar" , dijo Richardson ca-
yendo medio desfallecido en los brazos de su hija. "Padre
mío", le decía ésta, "Tom delira, no le atendáis". Yo me acer-
qué entonces a Tom y le encontré en el estado más lastimoso.
Su cuerpo descarnado y macilento estaba en una continua agi-
tación : hacía esfuerzos por levantarse y caía de nuevo ; sus

19
miradas manifestaban una horrible ansiedad, y torciéndose las
manos, dijo: "Señores, por Dios, no me arrojen a la calle en
este estado: no porque Richardson sea rico han de maltratar
al pobre Tom". Al oír estas palabras, Teresa, desprendiéndose
de los brazos de su padre, voló a estrechar entre los suyos a su
esposo, diciéndole : mi amigo, ¡ quién te puede hacer mal ! estás
en tu casa y tienes a tu lado a Teresa y a tus hijos ; tranquilí-
zate, yo estoy contigo. Pero Tom en un delirio espantoso volvía
desatinadamente los ojos a uno y otro lado y después asiéndose
fuertemente de su mujer, le decía: " ¡ Teresa ! ¡ querida Teresa !
yo escuché a tu padre; no le dejes ir ... pero es tan desapiada-
do... pídele ... mira, no le pidas más que una cosa, aunque
muramos nosotros : pídele algo para Emma". "¡ Algo para Em-
ma !", exclamó el anciano Richardson ; " sí, tiene razón, yo no
debía ofrecerme a la vista de mis hijos, sino para aliviar su
suerte; mis nietos debieron conocerme con las manos llenas de
dones; y mi presencia en medio de ellos debería haber derra-
mado contento y dicha y no ser causa de espanto y aflicción”.
Teresa, el ángel consolador, corrió al lado del anciano y con
un acento verdaderamente celestial, le dijo : "Señor, no nos
traspaséis el pecho : vuestra presencia en esta casa es el más
precioso don que el cielo ha podido hacernos : no añadáis a
nuestras angustias el martirio de vuestras quejas : compadeced,
os ruego, al desventurado Tom" . "Sí, hija mía, decía el afligi-
do padre, le compadezco; y ojalá pudiera con ésta mi helada
sangre compraros mejor suerte; pero, Dios mío ¡ anciano y des-
valido, arrastrando una mísera existencia, qué puedo hacer ! ..."
"¡Nada, nada quiere dar a sus hijos ese monstruo ! gritaba allá
Tom con un furor espantoso, maldito sea el avaro, maldito
sea Richardson; maldícelo Teresa : maldícelo Emma; " ... Los
brazos de Teresa desatentada, ahogaron la voz del infeliz deli-
rante; ella le estrechaba trémula y convulsa, y su voz expiraba
entre suspiros y sollozos. No puede describirse escena tan te-
rrífica: Tom parecía poseído de las furias," el pobre y débil
Richardson parecía que iba a sucumbir en tan cruel combate :

20
Teresa, la desgraciada Teresa con mortal angustia atendía ya
al padre, ya al marido, suplicando arrodillada, o abrazando
amorosa; pero siempre heroica, siemple sublime : Emma, mi
adorada Emma, postrada ante una cruz, pálida y bañada en llo-
ro, hacía al cielo las más ardientes plegarias. Yo maquinal-
mente iba a postrarme también a su lado, cuando unas carca-
jadas de Tom me hicieron volver atrás. En medio de descom-
pasadas risotadas, este desgraciado decía : " ¡ Richardson ! qué
buscas aquí; apuesto que estás tan pobre como yo ... ¡ Richard-
son ! (continuó enfureciéndose de nuevo ) ¡ vienes a comer el
pan del mendigo moribundo !" Esta tremenda interpelación
fue como un puñal al pecho del noble anciano que pasándose
la mano por la frente parecía que se preparaba a alguna gran
resolución. Alerta la solícita y penetrante Teresa iba a acer-
cársele para consolarle, cuando en medio de una violenta con-
vulsión se puso Tom de pie ; parecía un cadáver que se lanzaba
del sepulcro, desgreñado y macilento; y con miradas fatídicas
y una voz tremenda, dijo : " ¡Richardson ! deja esta casa, ¡ no
vengas a comer el pan de mis hijos hambrientos ! ¡ huye ! ¡huye!"
Richardson se puso también de pie enfrente de Tom; parecían
dos espectros. El anciano quedó por algunos instantes suspen-
so, y después extendiendo la mano con un ademán de desespe-
ración, dijo: ¡ hombre ! quédate en paz. Tom cayó de espaldas
y Richardson se precipitó por las escaleras. En vano intenté de-
tenerle; cuando bajé a la calle el triste anciano había ya des-
aparecido. Estaba ya oscuro y nevaba, y no sé a dónde ese des-
venturado, débil, cargado de años y miserias, podrá haber ha-
llado asilo esta noche" . Eduardo acabó estas palabras con un
enternecimiento y una agitación que no es posible pintar. El
calló y a mí me parecía que continuaba oyendo llanto, gemi-
dos y gritos de desesperación. Era la tormenta que bramaba
furiosa, y que en mis sentidos turbados prolongaba el efecto de
la horrible relación que acababa de oír. Yo no podré definir lo
que sentí en aquel momento: no era solamente una idea terri-
ble, una sensación acerba lo que experimentaba, era un enfla-

21
quecimiento de todas mis fuerzas, un desabrido desconsuelo que
me helaba la sangre en las venas, desconyuntaba mis miembros
y me dejaba en un estupor penoso. No sé cuanto tiempo per-
manecí mudo e inmóvil sufriendo esta agonía interna. Cuando
volví en mí hallé a Eduardo en un estado que manifestaba el
espantoso abandono que ordinariamente precede a la desespe-
ración. Tenía los brazos tendidos sobre la mesa, la cabeza caída
sobre un hombro, los ojos cerrados, y el agua que había recibido
de la lluvia corría de sus cabellos desordenados : parecía un
marinero que después de un naufragio y de haber luchado por
mucho tiempo contra el furor de las olas, ya sin fuerzas ni es-
peranzas, ve por última vez la luz, lanza un gemido, y se deja
caer en el abismo. En mi imaginación espantada se me repre-
sentaban como tétricos fantasmas persiguiéndose uno a otro
Richardson y Tom, y en medio de ellos dolorida y martirizada
la desventurada Teresa. Parecíame ver a Richardson, anciano y
lleno de miserias, abatido su antiguo orgullo y humillado hasta
el punto de buscar asilo en la casa de Tom, huyendo de esta
misma casa, maldecido, vagando en medio de una noche tem-
pestuosa, sin albergue, sin quién reanime sus desfallecidas fuer-
zas, sin quién abrigue siquiera sus helados miembros ... ¡ Pa-
recíame ver a Tom, postrado y moribundo figurándose en su
desordenada mente que Richardson es, ya el rico avariento
que ve sin piedad perecer sus hijos, ya un miserable que viene a
devorar el pan del que muere en la miseria; y en este desvarío,
ya le suplica, ya le amenaza; implora su favor, mofa su indi-
gencia; le pide para su Emma, le arroja con maldiciones ...!
¡ Figurábaseme, en medio del padre y del marido, Teresa afli-
gida y desolada , aplacando a éste, consolando a aquél ; que
abraza al uno, que abraza al otro ; que gime con entrambos, que
pide al cielo favor con voz de hija y de esposa; y el cielo la
abandona en el más espantoso desamparo ... ! La voz de Eduar-
do me sacó de esta especie de ensueño terrífico : parecióme que
salía de la mansión del dolor y de las penas, del reino de
los espectros y espantos ; ¿pero para entrar dónde ... ? en la

22
aún más tremenda realidad. La borrasca continuaba con más
furor, el viento soplaba con una violencia extraordinaria y
producía en los árboles y grandes masas de los edificios un
mugido ronco y temeroso, y en las hendeduras de las puertas
y ventanas sonidos agudos y penetrantes que parecían lamentos
de niños: el fuego de la chimenea estaba casi apagado ; y el
estremecimiento de nuestros miembros entumecidos por el frío
armonizaba con la agonía mental que experimentábamos.
"Adiós" me dijo Eduardo con una voz y una mirada que me
hicieron temer nuevas desgracias. "Eduardo ", le dije con tono
severo: " no saldrás sin mí; mira si quieres que haya otra víc-
tima y este anciano¹² te seguirá" . Al oír mis palabras, volvió a
caer sobre la silla dando un gemido que me traspasó el corazón .
¡Cuán larga noche ! ¡ qué eternidad ! las horas se hacían siglos
para nuestro sufrimiento y nuestra mortal impaciencia dupli-
caba las horas y aumentaba el tormento ...

III .

Eterna me pareció la noche, y más de una vez dudé del


éxito de mi autoridad y esfuerzos para impedir la salida de
Eduardo, de cuyos designios , en aquel estado él mismo no po-
día responder. Al fin, la luz tarde, escasa y triste comenzó a
penetrar el denso cortinaje de niebla que arropaba la inmensa
metrópoli. Apenas vislumbramos los primeros rayos, cuando
Eduardo y yo nos arrojamos a la calle, ansiosos de saber el
paradero de Richardson. Caminábamos a prisa en una duda
mortal; pero a cada paso que dábamos acercándonos a la mo-
rada de Tom, la certeza de una gran desgracia parecía que
adquiría nuevos grados, y entonces la duda, por atroz que fue-
se, era preferible a la temida realidad . Hay más capacidad en
el alma para el dolor que para el placer: un gozo vivo embarga
sus potencias, la arroba y casi la hace insensible a una fina gra-
duación de impresiones ; pero en las penas, ¡ oh Dios ! mil di-
versas sensaciones pueden acumularse o sucederse ; pero nin-

23
guna se confunde, cada una lleva su dardo, cada una hace su
herida. La sensibilidad tiene abismos que sólo se abren al dolor.
Llegamos, al fin, a la temida puerta; ninguno quería ser
el primero en golpearla; y por algunos instantes nos detuvi-
mos recogiendo nuestras fuerzas como para oír desgracias. Por
último, Eduardo llama trémulo a la puerta, y a pocos momen-
tos abre la angelical Emma. Respiré al mirarla. La sonrisa de
la esperanza se asomaba en su pura y bella boca con un candor
y una dulzura que llevaban paz al alma ; y el mirar lánguido
de sus hermosos ojos parecía más bien un recuerdo que un
anuncio de desgracia . Eduardo sin hablar palabra le tomó la
mano e imprimió en ella sus labios. Emma quedó inmóvil , sus
mejillas se sonrosearon; pero su serena frente conservó la
blancura del mármol . La escena fue muda, pero interesante :
nadie habló y todos nos entendimos.

"Hay dicha en menos desdicha:


Sufrir menos es gozar" .

Subamos, dijo al fin Emma volviéndose a mí, mamá os


espera con impaciencia; y tú, Eduardo, ¿ dónde estabas ?" y al
decir esto a su amante, su mirada me pareció que llevaba una
tierna reconvención . "Donde debiera estar Emma, te diré :
en el fondo del Támesis, libre ya de penas" , contestó Eduar-
do, lanzándome una dolorosa mirada. "Eduardo, exclamó Em-
ma, ¡ por qué me hablas así !" y sus hermosos ojos se llenaron
de lágrimas . Vamos, señores, dije yo, tiempo hay para explica-
ciones; subamos. Así lo hicimos : Emma iba por delante, yo la
seguía y Eduardo por detrás de mí parecía sumamente ator-
mentado. Al entrar en la morada de la familia, la primera
que me salió al encuentro fue Teresa : "mi amigo", me dijo
abrazándome, y con la expresión más sublime de consuelo,
"aún hay Providencia para nosotros; mira el salvador de mi
padre". Al decirme esto me mostraba un joven como de 22
años de edad y del exterior más brillante, el que con todo el

24
desembarazo y garbo de la más escogida sociedad se adelantaba
saludándome. Yo volví los cumplimientos del mejor modo que
pude; vi a todos , hablé a todos , y tomé asiento esperando una
explicación de lo que veía. Mi sorpresa debía retratarse per-
fectamente en mi semblante; pues Teresa poniéndoseme al lado
me dijo: mi amigo, leo en tus ojos tu ansiedad y yo soy quien
debo sacarte de ella. Sabes ya por Eduardo la dolorosa escena
de anoche, escena que en vano intento apartar de mi imagina-
ción, y cuya memoria, aún cuando yo cambiase de situación,
bastaría para hacerme desgraciada persiguiéndome hasta mi úl-
tima hora. Después de esta horrible escena, cuando mi anciano
padre huyó precipitadamente de esta casa, Eduardo le siguió
de cerca, y yo, traspasado el pecho con mil puñales, quedé
atendiendo a mi infeliz marido que parecía iba a expirar en
medio de angustias mortales. Algún tiempo pasó antes que se
aplacase el acceso de la fiebre y que mi pobre Tom se tran-
quilizase. Entretanto Eduardo no aparecía; la tormenta conti-
nuaba con una violencia espantosa, y yo me figuraba a mi
desventurado padre caído en tierra, cubierto de nieve y pró-
ximo a expirar. Parecióme que me invocaba en su última ago-
nía y que con su helada mano me pedía socorro. Atónita me
levanto, dejo a Tom y a mis hijos, y sola, mal abrigada, sin
guía ni destino, me arrojo a la calle. El aspecto tenebroso de
la noche, la lobreguez de la hora, me sobrecogieron ; a los
pocos pasos las fuerzas me abandonan; el pavor hiela mi san-
gre, y hubiera caído allí muerta de flaqueza y desconsuelo si la
vista de una persona que se dirigía a la puerta de mi casa no
me hubiera reanimado con un rayo de esperanza . Acércase la
persona a mí y me pregunta por la señora Tom. -¿Qué que-
réis, le dije, con esta desgraciada ? aquí la tenéis. Tranquilizaos,
me dijo, vuestro padre está en salvo, mañana tendréis noti-
cias de su estado. -¿Y quién sois vos, señor, que tanto os se-
mejais a la Providencia ? le dije casi de rodillas. —“ Un amigo
vuestro, me contestó sosteniéndome: tranquilizaos, mañana nos
veremos" . Esta persona, que percibí ser un joven, partió, y yo

25
me volví a mis hijos y esposo que encontré en la mayor cons-
ternación. Referíles lo ocurrido; y después de una noche agita-
da por las más extrañas imaginaciones , hoy tan temprano co-
mo ves, hemos recibido la visita prometida del joven generoso
que ha salvado a mi padre. -Parece joven de distinción , le
-
dije. Es de la familia de los Mac-Donald y dice que su padre
ha sido amigo del mío. Cuando me hacía Teresa esta relación,
el joven protector sentado al lado de Emma, ostentaba su bella
persona, sus elegantes modales, la cultura de su habla y todo
aquello que él conocía le daba superioridad entre los que le
escuchaban; pero lo hacía con la finura y destreza que da el
trato de la alta sociedad para saber hacerse admirar sin desper-
tar en los otros un penoso sentimiento de humillación . Emma
más bella y más candorosa que nunca, estaba inmóvil como
una estatua, viéndose, por primera vez en su vida, el objeto de
las finas atenciones, de las más delicadas lisonjas de parte de un
joven cuyo rango, tono y brillo la dejaban sorprendida. Con la
más pura inocencia Emma dejaba traslucir la sorpresa agrada-
ble que le causaba cuanto oía. En sus labios de coral jugaba
modestamente una sonrisa amabilísima , y en la suave expre-
sión de sus ojos mostraba cierta fascinación que realzaba más
el hechizo de su persona. Grande era la compostura y modera-
ción que mostraba el joven ; aun creo que se traslucía un cui-
dadoso estudio por parecer hasta el extremo respetuoso con
una familia cuyas apariencias exteriores podrían hacer creer a
cualquiera que no merecía tal homenaje. No pudo, sin embar-
go, con todo su esmero, ocultar a mi penetración una mirada
lanzada al descuido en que parecía medía, con una compla-
cencia extraordinaria, la estrecha cintura de Emma y los gra-
ciosos y seductores contornos de su seno.
Yo iba a dirigirme al joven señor por saber de su misma
boca lo único que me interesaba de su vida, es decir, lo que
tenía relación con Richardson, cuando la actitud de Eduardo
llamó toda mi atención. De pie y arrimado a la chimenea,
no había desplegado sus labios ; la palidez de su rostro, un

26
movimiento trémulo que en vano quería ocultar, y sus vagas
miradas que parecían no hallar reposo en ningún objeto, me
hicieron descubrir el tormento que en aquel instante sufría
aquella criatura. No haber podido prestar ni el más pequeño
servicio en tan tremenda ocasión ; verse a un lado pobre y
desvalido; y encontrarse con el héroe del drama, joven apuesto
y brillante al lado de su Emma, recibiendo de la familia entera
las expresiones del más vivo reconocimiento; esto era dema-
siado para el pecho de Eduardo, lleno de sensibilidad y de no-
ble altivez. No supe por algunos momentos qué hacer ; dejarle
en aquella situación era crueldad ; dirigirle la palabra era lla-
mar la atención hacia él y mortificarle más ; no me quedó otro
arbitrio que hacer notar a Teresa el cruel embarazo de nues-
tro amigo. Fina, tierna y delicada como siempre, esta incom-
parable mujer se halló pronto y con la mayor naturalidad y
gracia colocada al lado de Eduardo . No sé qué le dijo ; pero
sí era fácil descubrir en el semblante del pobre mozo, cuánto
alivio había recibido en su penosa situación. Aún no se atre-
vía a hablar; pero su continente era más seguro, y aun echó
una mirada serena e indiferente sobre el gallardo caballero.
Este, creyendo deber ya retirarse, dirigió de nuevo algunas pa-
labras a Teresa y ofreciéndola comunicarle a menudo noticias
de su padre, se despidió , dejando a todos prendados de su gra-
cia y gentileza, y recibiendo mil bendiciones de una familia
agradecida .

Yo que aún estaba por saber el desenlace de la escena de


la noche anterior, apenas salió el joven cuando pedí a Teresa
la continuación de su relación . " Pues, bien, mi amigo, me dijo
enternecida , no sé mucho más que tú; y como la desgracia me
ha hecho tan cobarde, no quiero por ahora saber más . Mi padre
fue recogido anoche por este joven en su casa: allí permanece-
rá ... no sé hasta cuándo : no debo pretender verlo por aho-
ra... no sé si algún día ..." Las lágrimas corrían como una

27
fuente desatada por las mejillas de Teresa, y su voz quedó
cortada entre suspiros. "La desgracia, debo decirlo, continuó
al cabo de un rato, me ha hecho muy cobarde; hay siempre
para mí en todos los acontecimientos de la vida un fondo de
amargura; no quiero penetrar más en éste : basta por hoy para
dar gracias a la Providencia ..."

Todos quedamos por algunos momentos en silencio : mil


dudas se agolpaban en mi mente : ¿ quién es este joven? ¿ qué
le mueve a mostrarse tan interesado por una familia que no
conoce? Yo no creí oportuno manifestar la extrañeza que me
causaba la conducta de aquel joven , cuyo carácter y costum-
bres, que no conocía, podían estar muy en armonía con la ac-
ción que acababa de ver. A este tiempo el niño que había
bajado con él hasta la puerta , volvió trayendo en la mano un
soberano* 13 que le dio al despedirse. Nuevo motivo tuvieron
los muchachos para alegrarse del conocimiento de tan amable
personaje. Emma, que más que todos había podido admirar de
cerca al joven Mac-Donald , volviéndose a mí me dijo con aire
de suma sencillez. -Qué bueno y generoso parece este señor ;
muy dichoso deben de ser los padres que tienen un hijo como
él; y usted que conoce tanto la historia de cada familia noble
del país, ¿no querrá decirnos algo de la de este nombre ? -Yo
que al hacerme Emma esta pregunta vi a Eduardo mudar de
color, me ocurrió probarlo en esta ocasión echándole de re-
bote la petición de Emma" . Eduardo, dije, debe saber la his-
toria de los Mac-Donalds , que es muy notable en la del país, y
no dudo que tendrá mucha complacencia en referírnosla . —Po-
co sé de ella (contestó vivamente Eduardo) , sólo sí que los
Mac-Donalds se han distinguido siempre por su hidalguía y
generosidad. Muy bien dicho Eduardo, repuse yo, muy bien
dicho; pero tu historia me parece harto corta para que pueda
satisfacer la curiosidad de Emma . Así es, contestó esta son-

* Moneda de oro que vale cerca de cinco fuertes.

28
reída, porque lo que has dicho, Eduardo, yo lo suponía; pues
si los nobles, ricos y bien educados no fueran generosos, yo no
sé quién entonces tendría obligación de serlo . —Nosotros ; con-
testó allá Tom con voz quebrada y procurando chancearse . Esta
sola palabra de aquel infeliz produjo un contento general. La
fiebre daba en aquel momento la tregua ordinaria ; sus hijos
le besaron las manos, Teresa le tomó el pulso y le pasó tierna-
mente la mano por la frente, y encontrándole muy aliviado, se
volvió a mí diciéndome risueña : -Vamos, mi amigo, es pre-
ciso que hoy nos dé usted la historia de los Mac- Donalds ; to-
dos, estoy cierta, la oiremos con mucho gusto. -En hora bue-
na, dije yo, ya que a toda costa se quiere saber algo de esta fa-
milia, referiré el hecho más notable de su historia y a qué de-
bió en gran parte el poderío y lustre que andando el tiempo
adquirió; y como hay una Emma en la historia, espero que será
oída con más interés . —¡Una Emma ! exclamaron todos . —Sí,
pero no como la nuestra, dije tomándole una mano a la gra-
ciosa niña. Oigamos pues ; por los años de 1580 Fergus Mac-
Donald, coronel escocés, y hermano de Jaime Lord de Kantyre,
llegó a Irlanda con una partida de montañeses , con el fin de
prestar auxilio a Tyrconnell que contra el gran O'Neill mante-
nía guerra hacía muchos años. A su paso por el Rout fue re-
cibido de amigo, con las demostraciones que más precio tenían
en aquellos rudos tiempos, por Hugo Mac-Quillan, descendien-
te de la noble familia De Burghs, señor del Rout y de Kilconery
y poseedor del noble castillo de Dunluce. Pasados algunos días,
y próximo a partir Mac-Donald después de haber disfrutado
de la más franca hospitalidad, Mac-Quillan que sostenía fiera
contienda con los habitantes de la otra orilla del Bann, le di-
jo : "señor y huésped mío, sois fuerte y estáis bien acompa-
ñado y si en el combate que hoy debo de dar a la gente de
Killiterag, me dieras mano y auxilio, yo os aseguro que im-
pondríais una eterna obligación a los Mac-Quillans, que a nadie
ceden en lealtad y agradecimiento" . " Señor, respondió el es-

29
cocés, los Mac-Donalds nunca reciben favores sin tornarlos :
contad conmigo y mis compañeros, y os ofrezco a fuer de
quien soy, que la gente de Killiterag pagarán dos por uno al
señor de este castillo donde tanto se me ha honrado". Forma-
da así alianza entre los dos nobles señores, el temeroso son de
alarma resonó en la comarca ; los gallogloghs * 1* se apercibieron
y se juntaron con los montañeses , y puestos a la cabeza los
dos probados caudillos, marcharon sin tardanza a la batalla.
Reñidísima fue y sangrienta, y harto fatal a los de Killiterag,
cuyo jefe, cayendo después de destrozado su ejército en manos
de sus enemigos, no pudo libertar su vida, aunque ofreció por
rescate sus potros de raza generosa y las más hermosas donce-
llas de sus dominios . Concluida la acción y recogido el botín,
tornaron los vencedores al castillo de Dunluce a entregarse a
los regocijos del triunfo .

Este debía ser amargo a los Mac-Quillans. Emma, hija del


señor del Castillo, y dotada de una extraordinaria belleza, re-
unía al carácter romántico¹5 de una dama de aquella edad, cierta
resolución de ánimo que hacía prever de cuánto sería capaz
inflamada de una pasión. Su pecho palpitó por primera vez el
día que conoció a Fergus M'Donald; su trato y atenciones la
sedujeron; y los nobles hechos de su brío acabaron de cauti-
varla. Fergus, por su parte, no podía ser insensible a los en-
cantos de Emma, ni dejar de conocer en sus miradas que era
correspondido. Bien pronto se entendieron los amantes: bien
pronto se vieron y hablaron en secreto, y Fergus, olvidando lo
que debía a la hija y al hogar de su huésped, creyó cubrir con
una promesa de matrimonio ...

Un día el cuerno del castillo hacía resonar la alarma

en las guarnecidas torres . Mac-Quillan llama al combate; pero


no ya contra sus antiguos enemigos. Mac-Donald ha deshon-
* Milicia del país.

30
rado su hija, y la sangre del pérfido no más puede lavar su
afrenta. La voz del ofendido señor fue oída por sus vasallos,
y los gritos de " muerte a los montañeses " resonaron en los con-
fines. Apercibido también Mac-Donald, espera la hora del com-
bate. Pocos cuenta la historia tan horribles y carniceros ; pero
no da siempre la justicia el triunfo. Mac-Quillan fue derrota-
do con pérdida de casi toda su gente, y aunque muchas veces
logró rehacerse y siempre volvió al combate, casi siempre fue
vencido él y después sus descendientes por los más afortuna-
dos Mac-Donalds .

Esta guerra entre dos poderosas familias conmovió el


país durante medio siglo, y en ella se vieron hechos extraor-
dinarios de valor y lealtad, y atrocidades y traiciones inaudi-
tas, que la historia nos trasmite. Por último los collados de
Sliebhna-Aura presenciaron el más terrible y sangriento de
estos memorables hechos . Allí se decidió para siempre la suerte
de los Mac-Quillans . Su ruina se completó y sus títulos y pose-
siones pasaron a los Mac-Donalds, creados en 1618 vizcondes
de Dunluce en la persona de Sir Randal Mac-Sorley Mac- Do-
nald de Dunluce, cuyos descendientes son hoy condes de An-
trim .

La noble mansión de Dunluce¹6 no es ya más que un mon-


tón de ruinas ; pero de aspecto tan poético y majestuoso que
atraen siempre las miradas del viajero. Construido sobre una
roca aislada y perpendicular, a orillas del mar, este castillo
no tiene otra entrada que un estrechísimo puente suspendido
sobre un abismo para unir la roca con la costa . Los muros
se ven todavía formando una sola línea con los lados perpen-
diculares de la roca basáltica, que ve a sus pies estrellarse, si-
glo tras siglo, las enfurecidas olas . Aún existen sobre la entra-
da principal tres bustos desfigurados que han sufrido combi-

El autor le ha visto en 1841 y el temible puente por donde forzosa-


mente se ha de entrar para ver estas interesantes ruinas no tiene, sobre
un horrible precipicio, más de 13 pulgadas de ancho.

31
nadas las injurias del tiempo y de los hombres. Representaban
tres de los más ilustres Mac-Quillans, y hoy mutilados e infor-
mes son un triste emblema de las grandezas humanas .

No carecen estas nobles ruinas de misteriosas tradiciones.


El cuerno del alarma se oye en sus carcomidas torres, cuando
en las lóbregas noches de invierno el genio de las borrascas se
asoma entre pardas nubes sobre la mágica Calzada del gigante.

"Such is the tale the Nubians tell."

IV .

Algunos días habían pasado después de la primera en-


trada del joven Héctor Mac-Donald en la casa de Tom, y en
todo este tiempo, con el pretexto de Richardson, sus visitas
eran frecuentes y señaladas sus atenciones; bien que en su
porte y palabras mostrase siempre tal discreción y respeto,
que hacía olvidar lo extraño de esta conducta en un joven de
su edad, clase y fortuna. Su presencia traía sin embargo más
de un embarazo a la familia, aunque no pudiera negarse que
era también obra suya aquellos días de menos padecer que para
aquellos seres desgraciados eran de dicha y contento. Pero Te-
resa, nacida en otro rango, conociendo la sociedad y sus leyes,
el corazón humano y sus secretos , no podía ver sin sobresal-
to las diarias visitas de un joven cuyo nombre, brillo y elevación
hacían penoso contraste con la humilde oscuridad de la familia.
Su conducta es decente, decía ella, sus atenciones delicadas y
su acción con mi padre merece un eterno reconocimiento; ¿pero
qué le mueve ? ¿ Es éste el proceder de los jóvenes de su clase?
¿La compasión, la caridad hablan tan alto en el corazón de
un joven rico criado en el trato licencioso de una populosa
ciudad? Puede ser compasivo ... sí, puede serlo; pero enton-

32
ces, ¿por qué no se contenta con sus obras ? ¿ A qué viene aquí ?
¿Hay algo de placentero en la vista de un infeliz moribundo,
de una familia consternada, de una habitación triste, lóbrega
e inmunda ? ¿ Qué tiene que hacer el brillo con la oscuridad,
qué placer halla el rico en mostrarse a los ojos del necesitado ;
no sabe que su satisfacción, su atavío, su mirada misma cuando
menos le sonroja y desconcierta ? Estas reflexiones hacía Teresa
y sacaba tristemente por conclusión, que Héctor Mac-Donald
venía allí por Emma. Nadie mejor que la madre conocía la vir-
tud de su hija. Emma era tan pura como bella, y además su
corazón había ya recibido las primeras e indelebles impresio-
nes de un casto amor. En presencia de Eduardo no podía haber
peligro para Emma ; pero Eduardo debía partir para Irlanda,
y Emma quedaba expuesta a los halagos seductores de un joven
que reunía cuanto puede fascinar el corazón y lisonjear la va-
nidad de una mujer. El amor y la virtud triunfarían sin duda
de la seducción ; pero ¡ quién libraría a Emma de la calumnia,
y quién no la calumniaría sabiendo que era el objeto de las
atenciones de un poderoso ! ¡ Desgraciada condición del pobre !
La sociedad le hunde en un abismo, le destruye de todo auxi-
lio, le niega todo socorro; pero en el momento de su lucha con
las necesidades, allí está ella como testigo acusador para exi-
girle esfuerzos, sacrificios , heroísmo, y condenarle al oprobio
y a la infamia si la humanidad sucumbe bajo el peso del infor-
tunio y la miseria. ¡ Y ojalá que el baldón afrentase solamente
al vencido ! Pero ¡ ay ! que la virtud más probada no salva
siempre de la deshonra . Mi amigo, me decía Teresa tristemente
viendo a Emma que se ponía cuidadosamente unas flores en
la cabeza ; ¿ cuál será el destino de mi hija ? Me estremezco al
verla tan confiada en su felicidad futura ; y es mi culpa. Tan
sensible y bella como es, me habría parecido un sacrilegio ini-
ciar su inocente corazón en las desgracias y vicios de la hu-
manidad. Ella ha crecido feliz en medio de la miseria, como
una rosa en terreno estéril , rica con sus propios perfumes y co-
lores. ¡Ay! ¡ cuán desapercibida la encontraría la desgracia !

33
-Pero Teresa, le dije, os atormentáis con funestas imagina-
ciones, ¿ no confiáis en que Eduardo hará la felicidad de Em-
ma ?

-Sí, es cierto; Eduardo me ha inspirado siempre esta es-


peranza; pero su viaje a Irlanda ... las visitas del joven Mac-
Donald ... la destitución en que nos hallamos ... todo, todo
me inspira...
La presencia de Emma interrumpió a la madre e hizo to-
mar otro giro a la conversación. Emma había rizado cuidado-
samente sus cabellos, y colocado en derredor de su frente una
guirnalda de menudas flores que ella misma había trabajado.
Ceñía su blanco y delicado cuello un cordón negro del cual
pendía una pequeña cruz de azabache que venía casi a ocul-
tarse en su nevado seno. Un traje de muselina, harto usado a
la verdad, pero blanco como la nieve y plegado con suma gra-
cia, parecía una ligera nube flotando en derredor de sus for-
mas admirables. La serenidad de su frente, su mirada tan casta,
la sonrisa pura e inocente de su divina boca, cierta expresión
religiosa que parecía descubrirse en su actitud y movimientos,
daban a Emma, no el aire de una novia que lleva en su seno el
fuego de la vida y la dicha de un mortal , sino el aspecto de una
vestal consagrada al culto y cuyo velo virginal debía ocultarla
para siempre a las miradas del mundo.

-Mamá, dijo ella, recostándose en el seno de su madre,


¡ si pudiéramos obtener de Eduardo que renunciara a su viaje!
-Mucho me alegraría hija : le contestó la madre estre-
chándola con ternura. Preveo que te preparas a exigírselo, y
sin duda, añadió sonriéndose, estas flores y esta cruz son para
reforzar tu súplica.
-Yo no cuento sino con usted mamá : contestó Emma son-
rojada ocultando la cabeza en el seno de su madre.
-Yo tampoco quiero este viaje, dijo Teresa, pero no me
atrevo a pedir a Eduardo que renuncie a él, sin estar segura
de que con esto no le perjudico . Conozco su docilidad ; ha-

34
rá todo por complacernos ; ¿ pero hemos por esto de abusar de
su cariño ? ¿ qué pensáis de esto amigo mío ? dijo Teresa diri-
giéndose a mí.

-Creo que es un poco tarde para pretender hacerle cam-


biar de resolución . Este es un viaje combinado con la aproba-
ción de ustedes, y sobre el cual tiene ya compromisos de que no
sería fácil desprenderse. Harto atormenta la separación a este
joven; pero él la cree necesaria a su futuro establecimiento.

-¡Conque partirá ! dijo Teresa suspirando.


-¿Y cuándo ? añadió Emma con inquietud.

-Creo que mañana, les contesté: hoy ha recibido cartas


de Irlanda que aceleran su partida.

Al oír esto Emma, se desprendió de los brazos de su madre


y se fue a sentar a alguna distancia en una silla . Las rosas
de sus mejillas habían huido en aquel momento, una palidez
mortal cubrió su frente y con los ojos fijos en el suelo quedó
inmóvil como una estatua. ¡ Cuán hermosa e interesante estaba
en su tristeza ! ¡ Qué contraste entre tanta perfección y tanto
abatimiento! Si la caída del hombre no fuera una verdad , la
filosofía la habría inventado, para explicar por ella ciertos pro-
blemas de la humanidad que la razón no resuelve. La felicidad
y la virtud se disociaron el día que el hombre fue rebelde ;
sus caminos en la vida son opuestos ; ¡ sólo se reunirán para
hacer feliz al justo más allá del sepulcro, más allá de los tiem-
pos ...!
El triste silencio en que habíamos quedado fue interrum-
pido por la presencia de Eduardo. Bien se leía en su frente la
situación de su alma, y a falta de palabras, sus miradas habla-
rían y revelarían su padecer . Hacía días que yo había notado
en Eduardo cierta mudanza que no podía explicar. Más frío y
reservado de lo que debía esperarse de su carácter franco, no-
ble y apasionado, sus palabras tenían algo de amargo y duro
que manifestaba gran sinsabor o resentimiento. Yo bien veía

35
que hacía tiempo que la escena que se representaba en aque-
lla familia, que él tenía sobre su corazón, era la más propia
para despedazárselo. Los favores de la mano de Héctor Mac-
Donald, eran tósigos para su alma ; su presencia le ponía siem-
pre frío y silencioso : el brillo y despejo de aquél le hacían
más concentrado, y cómo que se complacía en formar con él
contraste haciéndose cada vez más oscuro, más impenetrable.
Emma no conocía este misterio, y procurando penetrarlo he-
ría a su amante de muerte. Mac-Donald conocía su terreno,
y más de una vez le vi intentar muy diestramente hacer acep-
tar a Eduardo algún servicio; pero siempre vi a éste apartar
con modesta entereza la mano que se lo ofrecía . Todo esto
no era sin embargo suficiente para explicarme la conducta de
Eduardo amado de Emma. Sabía yo que él la adoraba ; que
su vida toda era un pensamiento de amor; y siendo corres-
pondido de Emma, ¿ qué le arredraba ? ¿Por qué aquella hon-
da tristeza tan incompatible con el estado de amante preferi-
do ? Nada eleva tanto el alma del hombre como el amor y la
religión; uno y otro sentimiento ennoblecen el corazón, le ha-
cen tierno y generoso, y como que le rescatan de sus ordina-
rias flaquezas. Ante su Dios y su amada, el hombre es un no-
ble ser: su homenaje es puro, su promesa firme, heroicos sus
esfuerzos, sublime su constancia. Si espera, es con la fe del
ángel, si teme, con la humildad del mortal .

¿De qué prodigios no son capaces amor y religión ? ¡ Y


Eduardo religioso y enamorado, triste y silencioso, parece que
le agobian secretos padecimientos ! ¿Dónde está su varonil en-
tereza, su esperanza tan resuelta ...? ¿desconfía ...?

Yo hacía estas reflexiones, cuando algunas vivas contesta-


ciones entre Eduardo y Emma llamaron mi atención. Percibí
claramente que aquél dijo a ésta : Emma, ¿ temes que olvide
esas preciosas cualidades que te arrebatan, que mil veces re-
pites y mil veces elogias ?

36
-Eduardo , replicó Emma conmovida, jamás me he aver-
gonzado de confesar los beneficios recibidos.

-Es verdad, Emma, no me acordaba yo de los beneficios,


dijo esto Eduardo con cierta sonrisa amarga y de despecho,
que no se escapó a las miradas de Emma.

Teresa llamó entonces aparte a Eduardo , sin duda para


hablarle de su viaje, del tiempo de su vuelta y de todos sus
proyectos futuros, proyectos en que se hallaba comprendida la
suerte de Emma. Esta quedó sola a un lado y tan sumamente
abatida, que daba compasión . No sé lo que pasaba en aquel
momento en su alma ; pero ciertamente el pensamiento que la
ocupaba, debía de ser tan terrible como nuevo para ella. La
borrasca sin duda soplaba por primera vez sobre aquella tier-
na flor, que también por primera vez inclinaba lánguida su
tallo . El pesar sorprendía a Emma; alguna nueva emoción a
que su pecho no estaba acostumbrado, daba cierta energía a
la expresión de sus facciones, que realzaba su belleza de una
manera sobrehumana. Jamás había contemplado una hermo-
sura tan perfecta, ni más propia para subyugar todas las afec-
ciones y todos los pensamientos. La vista reposaba en cada
una de sus formas, como reposa el pensamiento en una ver-
dad sublime. Un oriental habría dicho, que su pie parecía el
jazmín de la Arabia, que amanece caído en el suelo bañado
de rocío, y que su cintura era como la garganta de una copa
de alabastro llena de preciosas aromas.18 Pero yo me decía a
mí mismo: si todas las mujeres fueran como Emma ; si to-
das tuviesen esas formas tan perfectas y seductoras ; esos con-
tornos tan puros y elegantes ; ese seno voluptuoso y casto a
un tiempo; esa mirada que con inefable expresión dice yo se-
ré la más tierna y la más fiel enamorada; aquella frente que
revela candor, dignidad, fortaleza, todas las dotes para ser en
el amor y la amistad, en la adversidad y el dolor, la compa-
ñera más fina y tierna, más generosa y denodada; si así fue-
ran todas las mujeres, por seguro que la sociedad no sería lo

37
que es. El amor sería la ciencia, el arte, el culto de todos los
hombres; la mujer encerraría su ambición, sus estudios y de-
beres : ella compendiaría la naturaleza entera, y lo que el hom-
bre perdiese renunciando al estudio de las leyes físicas del
universo, lo hallaría altamente recompensado en una perfec-
ción moral de que apenas podemos formar idea; pero que se-
ría el resultado de sentimientos excitados hasta un grado no
conocido; de afecciones poderosas, intensas y exclusivas, que
dando fuerza al alma y ardor al corazón, harían del hombre un
ser más enérgico y más capaz de dicha y de dolor. La mujer
sería entonces su único ídolo en la tierra, y su vida toda un
acto continuo de adoración.

Pero las cosas no pasan así en la sociedad . Desde que és-


ta se ha encargado de asegurar indistintamente un rango a las
mujeres, desde que ha llevado el refinamiento hasta proclamar
el imperio del sexo débil , la mujer ha perdido verdaderamen-
te en poder; su debilidad, quedando más expuesta, ha sido pre-
ciso cubrirla con el ropaje de las gracias : las irrisorias lison-
jas tributadas a su universal imperio, han venido a reemplazar
el profundo y durable homenaje de un corazón inspirado por
la virtud, el amor y la belleza. En vano bajo formas conveni-
das y con un sentimentalismo afectado que pone en juego el
nombre de todas las grandes pasiones, se quiere disfrazar la
ausencia de una realidad, la del poder de la mujer sobre el co-
razón del hombre, sobre esa misma sociedad que blasona de
llamarse esclava de la mujer. No hay sin embargo ninguna que
se atreva en la sociedad moderna a atribuirse el mérito de ha-
ber inspirado una grande acción; y apenas se perdona a los
poetas que se finjan dominados por esta inspiración. No, no
es éste el tiempo en que perecerá otra Troya por causa de
otra Elena : ¹º ni de catorce años de esclavitud será premio una
Raquel : 20 ni en Judá cautivo renacerán ya Judith2¹ ni Ester : 22 ni
a las puertas de la ciudad eterna detendrá Veturia²³ el vence-
dor irritado. Tú, Roma, cuna de egregias matronas que dar
supieron tan altos ejemplos, tú no tienes ya mujeres, no más

38
24
verás tus Porcias y Cornelias, no más a una Lucrecia debe-
rás tu libertad. Damas de la sociedad moderna, soberanas que
reináis en tantos corazones, diosas que en vuestras aras mi-
ráis tantos perfumes quemados, poned a prueba vuestro pre-
gonado poder, haced que el más rendido de vuestros adorado-
res os sacrifique ... siquiera una moda, y si lo lográis ... pero
no lo pretenderéis : el tacto nunca os falta, y sabéis que vues-
tro imperio es como el de las hadas : ¡ un hermoso cuento que
contamos y quisiéramos creer... !
Por aquí iba yo en mis reflexiones, contemplando a Emma
tan hermosa y tan abatida, cuando la presencia de Héctor Mac-
Donald vino a cambiar la escena . Señores, dijo al entrar,
quiero haceros participar de las sensaciones que acabo de recibir,
y si me lo permitís, sin más preámbulo os referiré lo que he
visto.

-Con mucho gusto oiremos : dijimos todos.


-Pues señores (comenzó Héctor) al atravesar por una
de las calles que conducen a Old-Bailey, un gentío inmenso lla-
mó mi atención; pregunté la causa, y me dijeron que se veía
aquel día un proceso que había producido una extraordinaria
sensación en el ánimo del público. Mi curiosidad quedó pi-
cada; resolví presenciar el juicio; y aunque con mil dificul-
tades, logré colocarme bien. Apenas el Lord chief-justice Tin-
dal se hubo colocado en la silla, cuando se vio parecer el acu-
sado, hombre de mediana edad, pero que mostraba en su sem-
blante más estragos de la suerte que del tiempo . Su presen-
cia fue, puede decirse , saludada con un susurro aprobatorio .
Sus abogados se le acercaron con las expresiones más amis-
tosas, y aun el órgano mismo del ministerio público halló oca-
sión de dirigirle algunas palabras de consuelo.
-¿Cuál es vuestro nombre, edad y profesión ? dijo el juez
después de colocados todos en sus respectivos puestos.
-Me llamo Jorge Hammon, de 41 años, pintor de retra-
tos; contestó el acusado.

39
-Se os acusa de haber matado voluntariamente a un sal-
timbanco llamado Diego Baldwin. ¿Sois o no culpable de
este hecho?

-Es cierto que he dado muerte a un hombre; es una


desgracia que lloraré todos los días que me restan de vida;
pero en conciencia, no soy culpable.
-Pues que reconocéis la verdad del hecho y negáis so-
lamente la culpabilidad, sentáos . Prestad atención ; vuestros
conciudadanos, vuestros pares, van a juzgaros : ¡ Dios os ayude !
Apenas concluyó este interrogatorio, cuando empezó la
lectura de la acusación . El más antiguo de los abogados encar-
gados de sostenerla en nombre del condado, después de haber
cumplido su ministerio con imparcialidad y moderación, ter-
minó diciendo: señores jurados, reconocemos con placer y sa-
tisfacción, que nunca se ha presentado un caso más digno de
indulgencia y conmiseración; sin embargo, en esto os referi-
réis plenamente a la clemencia del soberano, imploradla pa-
ra que la pena sea templada; pero vuestro deber es declarar
culpable al acusado, para enseñar a todos que ninguno puede
hacerse justicia a sí mismo, ni vengar sus propias injurias por
crueles e inmerecidas que sean.
-Acusado : dijo el juez, ¿ tenéis algunas explicaciones per-
sonales que hacer?
—Sí, mi lord. Doy gracias al abogado que con tanta indul-
gencia ha sostenido su acusación; pero conozco la necesidad
de exponeros yo mismo los hechos.

Mi lord y señores: pongo tranquilamente mi honor y mi


vida en vuestras manos. Tengo más de 40 años , y jamás me
había visto en la necesidad de dar cuenta de mi conducta de-
lante de ningún tribunal .
Hace tres años que yo perdí una niña que entonces tenía
apenas cuatro, la única prenda que me dejó un ángel que hoy
está en el cielo ... yo no vi perecer mi niña, como su ma-
dre... no , desapareció ; me la robaron ... ¡ Era tan bonita ,

40
y yo no tenía más que a ella que pudiese amarme en el mundo !

Mi lord y señores : yo no os diré lo que he sufrido, no po-


dríais comprenderlo. Yo he consumido en avisos, en diligen-
cias siempre inútiles, todo lo poco que poseía : muebles , cua-
dros, colecciones, todo lo he vendido. Durante tres años, he
recorrido solo, a pie, todas las ciudades y hasta las más peque-
ñas aldeas, buscando en todas partes mi hija, sin obtener nun-
ca la más leve esperanza de encontrarla. Yo volvía a Londres
cada vez que en mi oficio de retratista había podido reunir
alguna pequeña suma para hacer poner nuevos anuncios en
todos los papeles públicos. En fin, el 14 de abril último, un
viernes, yo atravesaba por Smithfield, cuando en medio del
mercado vi una cuadrilla de titiriteros y jugadores de manos...

Una muchacha se paraba de cabeza, con los pies para arriba


sobre una manta ... Es preciso que un rayo del alma de su
madre haya penetrado en aquel momento en la mía para ha-
berla conocido en aquel estado ... ¡ Era mi pobre hija ...! Su
madre se habría arrojado a ella para estrecharla en sus bra-
zos ... Yo , no ... Yo me arrojé sobre el miserable ... sobre el
hombre, y no sé cómo fue esto; pero yo, débil y bueno, aga-
rrándole por sus vestidos de bufón, le levanté en peso, le batí
contra el suelo, le estrellé la cabeza, le maté en fin ... Des-
pués de este hecho yo me he reprendido el haber sido tan se-
vero; pero en aquel momento lo único que yo sentí fue no
poderlo matar más que una vez...

-Esos no son sentimientos cristianos, dijo el juez, ni ha-


béis debido expresarlos aquí. ¿ Cómo queréis que Dios y los
jurados os perdonen, si vos mismo no sabéis perdonar?

-Yo no sé lo que vos, mi lord, y los jurados ordenaréis


de mí; pero ciertamente Dios me ha perdonado. No sabéis...
yo mismo no sabía todo el mal que este hombre me ha he-
cho ... Cuando algunas personas caritativas me han traído
mi hija a la prisión, no solamente no la he encontrado bonita

41
y graciosa como antes, sino que la he oído jurar y maldecir,
la he visto fea y embrutecida, la he visto depravada por la
miseria y la corrupción . ¡ Pero ni me ha reconocido siquiera ... !
¡No, no me ha reconocido ! ¿Comprendéis ahora ? ¿Compren-
déis ? ... El miserable me robó la sonrisa, el amor, el alma
de mi hija... ¡Y yo no lo maté más que una vez !
La relación de este hombre produjo una sensación pro-
funda y dolorosa en todo el auditorio; y a la verdad no creo
que jamás se haya visto un sentimiento más bien expresado que
el que se retrataba en las palabras, miradas y movimientos de
aquel padre desgraciado. Pocos momentos habían pasado cuan-
do el presidente del jurado se adelantó diciendo :
-Mi lord, mis colegas me encargan anuncie a S.S. , que
su juicio está ya formado.

-Os comprendo, señores ; pero es preciso respetar el tex-


to de la ley; cualquiera que sea la simpatía que os inspire el
acusado, la deliberación debe tomarse en vuestra sala y des-
pués que hayáis oído mi resumen ; lo que haré en pocas pa-
labras.

Apenas transcurrió el tiempo necesario para extender el


verdict cuando los jurados salieron a proclamar la absolución.
El júbilo fue general y hubo de intervenir la policía para que
Jorge Hammon no fuera sacado en triunfo por la multitud
que le rodeaba. Conque ya veis, señores, concluyó el joven Mac-
Donald, que el hecho vale la pena de contarse, a menos que
Emma lo halle demasiado triste, pues veo que no levanta los
ojos del suelo .
—Sí, es más triste de lo que a la generalidad puede pare-
cer, dijo Teresa ; el desgraciado tenía razón ; no es dado sino
a padres, comprender el dolor que él experimentaría al encon-
trar la hija de su corazón convertida en saltarina de feria. ¡ Ay !
¡ más valiera encontrarla muerta ! exclamó Teresa echando la
mirada más tierna y amorosa sobre Emma, que permanecía
pálida e inmóvil como una estatua .

42
-Por vida mía (dijo Tom con voz ronca ) , que Jorge
Hammon hizo poco : juro que si la tienen conmigo los truha-
nes, arremeto con la tropa entera, y por Dios que limpio la
tierra de esa maldita canalla . Todavía si me levanto como
que he de...

Tom hizo un movimiento como para probar a ponerse de


pie ; pero Teresa corrió y le dijo sujetándolo : quieto mi ami-
go, quieto: vamos a recobrar las fuerzas, que después tiempo
hay para que las prueben los gitanos. Tom murmuró algunas
palabras y volvió a caer en su estado habitual de aparente in-
sensibilidad.
Entretanto un terrible momento se acercaba . Eduardo iba
a partir. Emma con los ojos clavados en el suelo parecía que
ni aún respiraba : Eduardo intentaba en vano disimular su
tormento interior ; sus palabras eran cortas e incoherentes, y
aunque procuraba mostrarse animado, sus movimientos mani-
festaban el desconcierto de un delirante. Teresa trataba de
hallar palabras de consuelo ; pero ¡ ay ! su corazón no era el
menos desolado. Héctor Mac-Donald era el único que tenía
en aquel momento la posesión de sí mismo palabras, movi-
mientos, miradas, todo estaba calculado. Yo también en aquel
instante vi claro un plan en la conducta de aquel joven . Sin
duda con mucha anticipación había previsto este lance, que
probablemente creía decisivo para sus proyectos. Harto co-
nocido le era el carácter de Eduardo que reunía a suma sen-
sibilidad suma entereza; y el de la pobre Emma que era todo
ternura, todo timidez . Colocado Héctor en medio de los dos ,
se propuso impedir aquella noche, en aquel momento solem-
ne, una explicación que él mismo creía haber hecho necesaria
sembrando de tiempo atrás sospechas en el corazón de Eduar-
do. La situación de Emma se prestaba desgraciadamente a
una maligna combinación . Anonadada en aquel momento, más
que por la partida de Eduardo por las palabras duras que le
había oído, no respondía sino por monosílabos ininteligibles a

43
las que Héctor, que tenía a su lado, le dirigía en el mismo to-

no de voz bajo e imperceptible. Eduardo a alguna distancia


parecía beber a largos tragos una copa envenenada. Creyó ver
un estudiado embarazo en Emma, y en las palabras de Mac-
Donald, que él no podía percibir, pruebas claras de mutua in-
teligencia. Al principio pareció abandonado de todas sus po-
tencias. Yo le vi un momento, puedo decir, sin vida, y a no
estar sentado, sin duda habría caído al suelo. Pero en el co-
razón humano hay siempre más de una pasión, y parece que
Eduardo en aquel instante invocó el orgullo como se invoca
una deidad en un peligro extremo. No le desamparó su natu-
ral altivez: a pocos momentos le vi situado como de mano del
amor propio ofendido. Emma buscó sus miradas y quedó más
turbada al encontrarlas tan serenas. Eduardo ya nos habló a to-
dos con notable desembarazo : su último esfuerzo fue dirigirse
a Héctor, y lo hizo admirablemente, manifestándole el deseo
de encontrarlo a su vuelta tan feliz como lo dejaba. Puesto de
pie por último, abrazó a Teresa que bañada en lágrimas no pu-
do articular palabra ; besó una mano al pobre Tom que le echó
una mirada triste y lúgubre; dio una mano a Emma y otra a
Héctor; aquella atribulada criatura apenas la tomó ; Héctor
se la apretó con cierto gozo que sólo yo descubrí . Yo me ha-
bía adelantado a la puerta para recibir el último abrazo de
Eduardo cuando saliese. El me comprendió, se arrojó a mis
brazos, y seguro de que no era observado, se abandonó a su
dolor y brotó en mi seno un torrente de lágrimas. ¡ Adiós ! me
dijo al fin desasiéndose, y yo profundamente conmovido no
pude decirle más que ¡ adiós ...!

V.

Al siguiente día de la partida de Eduardo, fui a ver a mis


amigos . Encontré la familia consternada por aquella cruel se-
paración: en su desvalimiento la falta de Eduardo, aún por
corto tiempo, aún con la esperanza de verle volver para no se-

44
pararse más en la vida, era sin embargo un golpe funesto.
Teresa manifestaba haber llorado : de Emma no puedo decir
qué género de expresión manifestaba su semblante; envuelta
en un pañuelo de lana y sentada en un rincón de la pieza, te-
nía la cabeza reclinada sobre una silla y parecía que dormía.
La madre mirándola me dijo : esa angustiada criatura, empie-
za ya a padecer; ha pasado la noche entera sollozando; en
vano la infeliz quería ocultarme su pesar; no sabe lo que son
oídos de madre. Yo la oía con el pecho traspasado ; espera-
ba que el sueño la rindiese y hallará en él el consuelo que la
vida empieza ya a negarle ; pero hasta esta esperanza fue
burlada ; a media noche hube de levantarme a consolar esta
triste criatura. Toda sobrecogida procuró persuadirme que te-
nía fuerte dolor de cabeza ; yo le dije : mi querida Emma, tú
sabes que yo apruebo el sentimiento que te inspira Eduardo,
ni puedes, ni debes ocultármelo; pero ¿por qué se te convier-
te en tormento ? ¿por qué fue su despedida tan desabrida?
-Mamá, me contestó, ahogándose con los sollozos, yo debí
darle esta cruz, se la había ofrecido, y yo tenía en esto el mayor
interés : usted sabe que es una cruz bendecida por el patriarca
de Jerusalén sobre el mismo sepulcro de Cristo, y yo quería
que Eduardo la llevase al cuello para que lo librase de todos
los peligros del viaje. -Preguntéle por qué no se la había da-
do, y me dio a entender lo que yo calculaba. Desatentada con
la partida de Eduardo, sobrecogida con las expresiones y mi-
radas extrañas que notó en él y más que todo asediada por el
joven Mac-Donald que no la desamparó un momento, le faltó
la oportunidad, o más bien la resolución de dar a Eduardo, en
presencia de testigos, una prueba tan fina de su cariño. -Yo
la consolé, tomé la cruz , y prometí entregársela para que por
la primera ocasión se la remitas a Eduardo. Desde este mo-
mento, la pobre criatura como si hubiese recibido un grande
alivio, descansó, y aun duerme como la ves, medio reclinada
en aquella silla .

45
-Pero tú también has llorado, Teresa, le dije; ¿tenías tam-
bién cruz que dar?
-No que dar, mi amigo, pero sí que cargar y muy pesada.
¡Sólo me falta saber dónde será mi calvario!
-¿Pero hay, mi amiga, nuevos motivos de disgusto ?
-Sí : hoy ha acabado de revelárseme un atroz complot que
yo nunca pude sospechar. Que Héctor Mac-Donald se intere-
sase por Emma me parecía cosa natural; pero que se confa-
bulase con otras personas para hacer dudoso el proceder de
Emma a los ojos de Eduardo , nunca, nunca lo hubiera creído.
Y esto es justamente lo que sucede ; la única amiga de Emma,
¡pérfida ! la única que creí yo digna de la amistad de mi ino-
cente hija, de acuerdo con ese joven que nos ha favorecido apa-
rentemente con el designio quizá de cubrirnos de oprobio e ig-
nominia ... ¡ miserable ! ¡ no conoce la virtud ! ... esa amiga, se
ha encargado de sembrar sospechas en el corazón de Eduardo.
-Pero ¿quién os ha hecho esa revelación ?
-La mayor casualidad . No hará una hora que uno de mis
niños deletreando en un pedazo de papel, dijo dos o tres pa-
labras que me llamaron la atención. Tomé el papel y vi in-
mediatamente que la escritura era de Héctor; leo y encuentro
estas palabras : "Partió al fin, mi querida, y como dice nues-
tro gran poeta :

"'*
"Pierc'd to the soul with slander's vemon'd spear .

"Tuya es el arma, tuyo es el triunfo ..." Esto no más con-


tenía el pedazo de papel; pero era lo bastante para hacerme
sospechar un horrible secreto. Que en él figuraba Héctor
Mac-Donald y que hacía el papel principal , no podía quedar-
me duda; que hacía alusión al pobre Eduardo en lo que es-
cribía, era también manifiesto; ¿pero quién era su infame cóm-
plice ? ¿cómo aquel pedazo de papel había venido a manos del

Atravesado por el dardo emponzoñado de la calumnia.

46
niño ? Pregúntole y descubro que habiendo ido muy tempra-
no en casa de Fanny Moore, esa joven que Emma llama su
querida amiga, la encontró al tocador, y tomando el chico uno
de los papeles que arrojaba y con que había cogido sus rizos,
se vino con él deletreándolo . Ved, mi amigo, si tengo motivos
para llorar. Sí, diré con Job: mi rostro se hincha con el llanto,
y mis párpados se oscurecen; y esto lo sufro sin maldad de
mis manos ... y cuando ofrezco a Dios limpios mis ruegos25 ..

Teresa decía ésto bañada en lágrimas y con un acento tan


triste y desconsolado que a mí mismo me privó de todo alien-
to. Yo quedé mudo por un largo rato contemplando la deses-
perada situación de aquella infeliz familia ; pues no se me
ocultaba ya que Héctor Mac-Donald iba a añadir nuevos tor-
mentos al martirio de aquellos desgraciados . Tolerar sus vi-
sitas después de lo ocurrido y estando Eduardo ausente, era
exponer a la inocente Emma a una infame persecución de par-
te de este joven libertino : despedirlo , arrojarlo de la casa con
ignominia cual merecía , era hacerse un enemigo poderoso, y
quizá hasta el desventurado Richardson ... Esta última idea
me aterró. ¿Qué sucede de este anciano si los favores de Héc-
tor Mac-Donald se han de repeler como ofensivos у deshon-
rosos ? Yo buscaba un consejo que dar ; pero al contemplar
los desastrosos resultados que podía tener, apenas en aquel
momento me atreví a preguntar a Teresa qué pensaba hacer.
Ya se había apoderado de esta mujer verdaderamente superior
aquella noble exaltación que en sus grandes emociones la
hacía tan sublime. La expresión de su boca un tanto severa
y desdeñosa manifestaba la más resuelta determinación ; su mi-
rada era de noble y justa ira; y al hacerle yo la pregunta, me
contestó con vehemencia :

-¿Qué hago ? Vos lo sabéis : vuestra amiga no se envile-


cerá: yo diré al joven insolente : señor, vuestra presencia aquí
nos es importuna, nos es odiosa ; retiraos.

47
-Pero, Teresa, le interrumpí, es preciso algún miramien-
to; el estado de tu desgraciado esposo ...

-¡Mi esposo ! yo, yo soy la depositaria de su fe y de su


honor: jamás mancho su vida con una acción infame; y mien-
tras respire, su casa debe ser respetada. Oh, si él estuviera en
otro estado ... ¿el miserable osaría acaso ? ... no, mi esposo
perecerá de miseria y yo a su lado; pero sin deshonra ...
-Teresa, cómo habláis de perecer; ¿y vuestros hijos ? le
dije procurando con un recuerdo de ternura calmar aquella irri-
tación que iba creciendo de punto.
-Tú sabes si los amo, me contestó; tú sabes si por ellos
daría mi vida ; tú sabes si por la felicidad de Emma derra-
maría gota a gota toda mi sangre; pero quiero verla pura y
respetada; prefiero verla sumida en la miseria y cubierta de
andrajos a exponerla al insulto y a que su virtud sea sospecha-
da; que perezca en mis brazos de hambre y de extenuación;
pero que su último suspiro yo lo reciba puro e inmaculado ;
¡Oh Dios ! dijo volviendo los ojos al cielo, puede ser que yo en-
contrase en mi pecho la fuerza de Abrahán26 para obedecer tus
mandatos; pruébame, si quieres probarme, ordenándome el sa-
crificio de mi hija querida ; pero no permitas que a los ojos
de una madre desvalida ...

Teresa no pudo acabar, la conmoción, el enternecimiento,


una especie de arrebato que se apoderaba de esta mujer ad-
mirable, la dejaron casi fuera de sí. Yo me acerqué a ella y
le tomé una mano : teníala fría y trémula; la apliqué a mis
labios mientras imaginaba qué decir a aquella mujer que la
trajese a sentimientos menos penosos . Resolvíme por último
a recordarle la situación de su anciano y desvalido padre que
se hallaba en la casa de Mac- Donald.

-¡Mi padre ! me dijo poniéndose pálida de repente; ¡ mi


padre sufrirá ! ¡ el monstruo le arrojará a la calle . .. !
-No, Teresa, le dije aprovechando esta vuelta a senti-
mientos más moderados, no hay por qué imaginarse desgracias

48
tan extremas; ni hallo todavía pruebas bastante claras para jus-
tificar un procedimiento violento respecto de Mac-Donald. Un
pedazo de papel sin firma, sin nombre alguno y que puede
aplicarse a diferentes personas y situaciones, no es lo bastan-
te para echar en cara a un individuo un proceder infame; so-
bre todo, cuando con esto podemos causar graves daños a las
personas que más queremos. No pretendo, tampoco, inspi-
rarte confianza respecto de este joven : él nunca me la ha ins-
pirado a mí; pero me parece prudente observarlo y aguardar
la vuelta de Eduardo, a quien escribiremos tranquilizándole
sobre los sentimientos de Emma. ¿Adoptarás, mi amiga, este
plan ? Yo te prometo velar contigo sobre el honor de tu casa.

-Lo adopto: me respondió Teresa con un profundo sus-


piro.
Yo la dejé recomendándole mucho no tomase ninguna
resolución sino después de una madura deliberación, y me fui
a ver qué recurso descubría, qué medio inventaba para aliviar
siquiera la suerte de aquella familia cuya ruina me parecía ya
inevitable.

Mi primer paso fue consultar con un amigo si creía que


el Obispo de Londres daría algún socorro a aquellos desgra-
ciados pintándoles su situación .

-Tiempo perdido, me contestó, bastante renta tiene, pero


prefiere hacer una plática contra lo que él llama la impostura
de los que se dicen pobres, que dar un chelín al que perece
de hambre. A propósito, oye la carta dirigida hoy al redactor
del Morning Chronicle. *
"Y la avaricia que es idolatría" 27
S. PABLO.

"Señor : podría usted informarme por qué es que durante


"esta cruda e inclemente estación, de tantos miserables desti-
"tuidos de todo recurso, como existen en las ciudades de Lon-

* Morning Chronicle de 19 de febrero de 1841 .

49
"dres y Westminster, ninguno ha recibido auxilio alguno de
"los ricos prelados como el Arzobispo de Canterbury y el Obis-
"po de Londres, con una renta, el primero, de 30.000 y el se-
"gundo, de 20.000 libras esterlinas & . ?"

Conque mira si podrás esperar algo de estos poderosos


prelados.
-¿Y para qué sirven ellos, mi amigo ? repliqué yo , ¿ cuál
es su ministerio ? ¿ con qué fin la nación paga tan crecidas
sumas? Oye, y verás si tienen un alto y noble ministerio.
Cuando Lord Wellington tuvo un duelo con Lord Winchel-
sea, el Obispo de Londres les dirigió una epístola digna de San
Pablo, solo que se traslucía en ella el placer que sentía el
Lord espiritual en hallar la ocasión de dar una buena disci-
plina a los dos Lores temporales, pares suyos en dignidad, or-
gullo y dureza de corazón. También el Obispo de Exeter hizo
en el Parlamento una filípica contra la nación francesa en masa,
porque algunos jóvenes franceses bailaron en un teatro de
Londres el cancan. En lances como éstos lucen su celo y cari-
dad estos dignos varones ; y cuidado que al oírlos uno cree que
son capaces de sufrir el martirio; pero en punto a dar... hay
tanta impostura ... las limosnas dadas sin discreción favorecen
tanto la ociosidad , la ociosidad es causa de tantos pecados, los
pecados de tantas condenaciones ... no es posible mi amigo,
no es posible dar.

-Pues bien, ocurriré al cura de esta parroquia, quizá tiene


más caridad que estos desapiadados obispos.

-No digo que le falte ; pero la situación del bajo clero en


Inglaterra no le permite mostrarse cual debiera. Absorbidas to-
das las rentas por las altas dignidades , apenas alcanzan los cu-
ras una mezquina subsistencia . El de esta parroquia es casa-
do, como lo permite el rito anglicano, tiene siete hijos y su
esposa a quien mantener con una miserable renta; así es que
tiempo le falta para atender a su casa, de manera que todas
sus funciones de pastor están reducidas a hacer los oficios de

50
carrera el domingo, y a enterrar en ese día los cuerpos de to-
dos los que han muerto en la semana, para ahorrar bendicio-
nes. Conque ya ves que del cura nada tienes que esperar ;
mucho menos cuando ya no se distribuyen en la sacristía los
fondos de pobres desde que hay casas de trabajo .

-¿Y qué hacen mis amigos ? dije yo consternado.


-Morirse, me contestó con amarga ironía, para que des-
pués el juri muy compadecido declare que murieron, según su
fórmula favorita, "de miseria y hambre". ¿ Pues no es ésta la
situación del pueblo ? ¿ No se va hundiendo en la miseria a
medida que se dice que la nación va haciéndose más rica , más
opulenta, más poderosa ? ¿Algunos millares de familias no de-
voran la sustancia de algunos millones de habitantes ? La his-
toria de la mendicidad en el país que se llama el más rico del
mundo es la prueba más triste y desconsoladora que puede
darse de la civilización actual . Puede ser que no sea dado a
la sociedad alcanzar un grado muy elevado de perfección, pue-
de ser que los hombres como los peces hayan de vivir siem-
pre devorando a sus propios semejantes; porque de otra ma-
nera no puede llamarse lo que pasa en nuestros días; pero
no hagamos alarde de nuestra vergüenza ; la razón por lo me-
nos concibe la justicia en la distribución de los bienes de la
vida, aunque las instituciones sociales parezcan condenadas a
hollarla eternamente.

Estas palabras cuya verdad conocía yo por experiencia,


me pareció que caían sobre la pobre familia de Tom como la
losa sepulcral : no vi ya más nada en el mundo para ella; su
infortunio debía acabar con la existencia. En esta ansiedad
pasaron muchos días. Nada sabíamos de Eduardo ; ni una so-
la carta habíamos recibido después de su partida . La conduc-
ta de Héctor Mac-Donald descubría ya claramente sus inten-
ciones: no hacía misterio de los sentimientos que Emma le
inspiraba; y aunque su proceder exterior se contenía aún en-
tre los límites del decoro, bien se echaba de ver que sus in-

51
tenciones no eran puras. Emma no se engañaba ya tampoco
sobre la especie de interés que mostraba por la familia aquel
joven; y convencida de la impresión que esto debía de haber
hecho en Eduardo, se desesperaba de haberlo visto partir sin
una explicación. La amable sonrisa con que siempre había ha-
blado a Mac-Donald, se había convertido en la más impertur-
bable seriedad: la doncella penetraba por primera vez en un
arcano que la hacía sonrojar; jamás había pensado que otro
hombre que no fuera Eduardo pusiera los ojos en ella, ni en su
idea cabía que Emma pudiera ser pretendida sino por esposa.
Este velo caía de sus ojos por primera vez ; la sonrisa y el
abandono infantil huyeron ante el pudor alarmado , y la dulce
inocencia se revistió con toda la austeridad de virtud . ¡ Prodi-
gios del corazón humano ! Pocos días habían bastado para
cambiar la existencia de Emma. Había sido hasta entonces
inocente, pura y bella, ignorando el precio de estas dotes : en
su casto seno no había sentimiento que no fuese virginal; y
a sus oídos jamás había llegado la contagiosa historia del vi-
cio. Un rayo de funesta luz vino al fin a iluminar el hondo
abismo, sepulcro de la inocencia : y Emma estremecida al con-
templarle, mostraba en su semblante la novedad de su situa-
ción interior. Ni una sonrisa se escapó más de sus labios en
presencia de Mac-Donald, sus ojos no volvieron a encontrarse
más con los suyos; y con el nombre de Eduardo que estaba
constantemente en su boca, daba a entender que quería poner
una valla que la aislase para siempre de toda otra conexión.
Cuando estaba sola no temía ya mostrar toda su ternura por
su amigo ausente ; sobre todo, la pequeña cruz que debió darle
el día de la partida , era su tema favorito : quería enviarla a
Eduardo tan pronto como supiera el punto donde se hallase; el
cordón era de su cabello, y debía llevarla al cuello como un
talismán precioso. Está bendecida, me decía una y otra vez,
por el Patriarca de Jerusalén sobre el mismo sepulcro de Cris-
to, y no estaré tranquila mientras no sepa que la lleva Eduar-
do al pecho. Efectivamente, tenía Emma una verdadera inquie-

52
tud respecto de esta cruz : la desesperaba el no habérsela po-
dido dar a su amigo el día de su partida ; se diría que una
doble superstición obraba con mágico poder sobre esta joven
enamorada y piadosa a un tiempo.
Muchos días pasaban, sin embargo, y ninguna noticia re-
cibíamos de Eduardo. Emma y Teresa estaban sumamente alar-
madas y aún yo empezaba a inquietarme. Aún suponiendo que
Eduardo hubiese pasado de Dublín y vístose obligado a con-
tinuar hasta los Condados del Norte, tiempo había sobrado
para haber recibido cartas suyas. Olvido e indiferencia, cau-
sas ordinarias de interrupción en la correspondencia de perso-
nas ausentes, eran cosas que no se podían suponer en Eduar-
do; resentimiento, despecho, determinación de romper toda
relación con aquella familia no podía ser, porque si en circuns-
tancias ordinarias tal conducta habría parecido indigna y des-
preciable, en las actuales, cuando tantos desgraciados le veían
como su único amparo, cuando sus compromisos con Emma
eran los más solemnes y sagrados , este proceder sería infame,
inicuo, propio de un malvado sin fe y sin honor. Una causa
grave, sin embargo, debía de existir para explicar el silencio
de Eduardo; y nuestra imaginación recorría todos los obs-
táculos posibles que pudieran influir en un acontecimiento que
tanto nos alarmaba. Todos los plazos, que en la suposición de
viajes y contratiempos íbamos señalando, se iban venciendo y
las cartas no llegaban ; no nos quedaban ya causas ni inconve-
nientes que allanar ; el tiempo corría y dejaba en nuestra es-
pectativa un vacío, que ya la imaginación empezaba a llenar
con siniestros presentimientos . Teresa devoraba en silencio sus
terrores por no aumentar la desesperación de Emma ; ¡ inútil
precaución ! el pecho de ésta era ya presa de la más aguda
pena, y un abatimiento espantoso se estaba apoderando de
sus potencias. Su alma apasionada había recorrido, con una de
aquellas miradas penetrantes que valen por una revelación,
todas las distancias, todos los obstáculos , todas las situaciones
del corazón humano, y como si hubiese descubierto en los ar-

53
canos del destino una verdad aterradora , cayó un día en los
brazos de su madre diciendo con los acentos de la más honda
desesperación: ¡ madre mía ! no hay ya esperanza ; ¡ Eduardo o
no me ama o no existe ! —La acción, las palabras, el desfigu-
ramiento que se notaba en el semblante de la doncella, y sobre
todo un sollozo convulsivo que estremecía todo su cuerpo, nos
pusieron a todos en grande alarma. La madre la estrechó en
su seno y con palabras consoladoras procuró aliviar aquel pe-
cho acongojado. Yo intenté lo mismo; pero en vano: la virgen,
como el Vidente, había leído en lo futuro, y dijo como él : " No
le verá más en la tierra de los vivientes".
Aquella escena me despedazó el corazón . En la desgra-
ciada familia de Tom, hundida en la oscuridad y la miseria,
arrastrando una existencia en que cada hora se marcaba con un
nuevo dolor, con una nueva humillación , todavía se veía a
Emma, joven bella e inocente , como ve el navegante un rayo
del azul del cielo en medio de las tenebrosas nubes que amon-
tona la tempestad. Emma era el ídolo de su padre, el conten-
to y la esperanza de la casa ; y verla ahora sumergida en el
más profundo abatimiento, su pecho traspasado por los más
agudos dardos del dolor, era un espectáculo harto penoso y
aflictivo para corazones ya tan lacerados por tantos padeci-
mientos. Yo mismo iba cayendo en un mortal desaliento, cuan-
do una repentina reflexión me hizo volver en mí. Y ¿ qué es
esto, señores ? dije ; ¿ dónde está la causa para esta desespera-
ción ? ¿ cuáles son siquiera los amagos de una nueva desgracia ?
Emma, la dije, tomándola por la mano, esos terrores son va-
nos; ese dolor intempestivo; el quejarse sin razón irrita al
cielo; las plegarias sólo pueden cerrar el abismo de una des-
gracia futura. Yo confieso que me sentí reanimado con mis
propias exhortaciones; pero Emma echándome una mirada la
más triste y desconsolada, me dijo con acento melancólico :
¡ mi vida entera ha sido una plegaria, y el abismo ! ... No pu-
do proseguir y yo tuve que sostenerla para que no cayese en
el suelo. Su madre se esforzaba todavía por reanimar el alma

54
de Emma, sorprendida al mismo tiempo de ver en su hija un
grado de pasión y sensibilidad que excedía a lo que ella se
había figurado. Héctor Mac-Donald entró a este tiempo : infor-
mado del motivo de aquella escena de dolor, se mostró afec-
tado; pero hallando infundados los temores, ofreció escribir
inmediatamente a sus numerosas relaciones de Irlanda para
saber el paradero de Eduardo . No me detuve en juzgar de la
sinceridad de sus ofrecimientos, ni me pareció prudente fiar
en ellos : tomé el partido, sí, de salir yo mismo en aquel mo-
mento a hacer cuantas diligencias estuviesen en mi poder pa-
ra obtener noticias de Eduardo ; resuelto a no volver a aque-
lla casa antes de haberlas obtenido.
Tres días habían ya transcurrido y todas mis diligencias
habían sido infructuosas; ¿y cómo no serlo ? nadie conocía a
Eduardo en Londres ; y aunque hubiese sido muy conocido ,
¿quién podría saber su paradero si él mismo no lo indicaba ?
Llegué a figurarme que engañado quizá por apariencias y juz-
gándose olvidado de Emma, se había embarcado para Amé-
rica; pero irse sin decírmelo, sin dejarme siquiera una carta
que me sacase de la ansiedad en que necesariamente debía
suponerme al ver su largo silencio, me parecía cosa imposi-
ble, un hecho ajeno de Eduardo , tan cumplido y afectuoso.
¡ Pero qué se ha hecho, Díos mío ! exclamaba yo dirigiéndome
al puente de Waterloo, cuando un inmenso grupo de gente
que se hallaba en él, me impidió el paso y me llamó fuerte-
mente la atención . A la distancia en que estaba parecióme ver
en medio del puente una horca y colgando de ella un hombre;
¿pero cómo podía ser aquello ? ni era el puente lugar de eje-
cución, ni el semblante de los concurrentes indicaba tan tre-
mendo acto: parecía una fiesta; pero no concebía cómo pu-
diese haber fiesta con ahorcado, porque tal me pareció el hom-
bre que colgaba. En estas dudas estaba, cuando de repente
un fuerte rumor se propaga rápidamente en aquel inmenso
grupo : todos se remueven: los más inmediatos a la escena
forman un gran tumulto, y veo por último que dos hombres

55
subiendo por una escalera, descuelgan al que estaba pendien-
te con todas las apariencias de un muerto. Mi confusión cre-
cía; no alcanzaba a comprender nada de lo que veía; hasta
que desahogado un poco el tumulto de los que se precipitaban
por acercarse al lugar de la escena, pregunté a quien pudo
decirme lo siguiente : "Este es Scott, el famoso buzo ameri-
cano que ha estado por muchos días divirtiendo al pueblo con
tirarse al río desde ese andamio o parapeto que ha puesto en
el puente, y permaneciendo mucho tiempo debajo del agua, a
pesar del rigor de la estación. Hoy quiso variar de suertes ;
ofreció permanecer por algunos minutos colgado por el cuello,
y efectivamente se colgó; pero pasando más tiempo del que
se creyó necesario para admirar el hecho, el pueblo reunido
le gritaba: ¡ basta ! ¡ basta ! ¡ otra cosa ! pero el desgraciado ya
no existía".

-¿Y ha quedado ahorcado ?

-Completamente.

Por largo rato quedé suspenso ; no sé qué de siniestro y


amenazante me pareció ver en aquel encuentro. Nunca he si-
do supersticioso; no he tenido esa dote preciosa que muy fre-
cuentemente acompaña a las almas tiernas, y que las hace
componer un mundo de ilusiones y presagios con que com-
pensan no pocas veces la estéril realidad; pero en este momen-
to sentí un terror vago e indefinido, una zozobra interna, como
el recuerdo confuso de un mal, que nos inquieta y atormen-
ta aún en los momentos en que el sueño embarga nuestros
sentidos. Mi desconcierto y desazón crecían, y me vi forzado,
para recobrar aliento, a sentarme por algunos momentos en los
poyos del puente . Por desgracia me quedaba enfrente el pa-
rapeto donde había perecido en aquel momento el desgracia-
do Scott; todavía pendía la cuerda, instrumento de su muer-
te, y me parecía que oía el estertor del moribundo en medio
de la algazara del pueblo. El ruido de una berlina que se de-
tuvo enfrente de mí, me hizo salir de aquella penosa ilusión .

56
Sorprendióme la aparición de Héctor Mac-Donald, que habién-
dome visto, detuvo su carruaje, y me dijo : acabo de saber
que vuestros amigos están en la mayor desolación: ignoro la
causa; pero os lo anuncio para que corráis a auxiliarlos. To-
mad, yo parto hoy de Londres : socorred a esos amigos des-
graciados y decidles que cuenten con mi protección. —Al
Al decir
estas palabras me arrojó un bolsillo y partió como un relám-
pago.
Yo no hubiera querido encargarme de un don de aquel jo-
ven, pero no había medio de devolvérselo en aquel momento:
tomé el bolsillo y lleno de susto y consternación corrí a la ca-
sa de Tom. Indeterminable me parecía el camino y los ins-
tantes se me hacían siglos. Llego al fin: llamo a la puerta
aterrado como un delincuente ; siento abrirla , y en lugar de
Emma que me recibía siempre, veo a Fanny Moore.
-¿Qué ha sucedido ? exclamé.

-Cosas muy tristes, me contestó aquélla , mi corazón ...

-¿Pero qué hay señorita ? dígame usted por Dios.


-Digo a usted que mi corazón...

-Pues yo doy el corazón de usted al diablo , dije impacien-


te oyendo ya los gemidos de la familia . Me atropello por las es-
caleras; entro a la habitación y me encuentro con el cuadro
más lastimoso que en mi vida había presenciado. Emma tira-
da en el suelo daba unos alaridos los más penetrantes. Tere-
sa sentada también en el suelo, desgreñada y cubriéndose la
cara con las manos, parecía entregada al más agudo dolor; los
chicos colgados de su cuello gritaban de una manera espan-
tosa; Tom mismo daba unos quejidos tan débiles y prolon-
gados, que a cada uno parecía rendir el aliento. Casi era para
mí inútil preguntar la causa de tan triste lamentación. Mis
ojos se nublaron y quise tener en aquel momento la irrespon-
sabilidad de un niño para echarme por tierra prorrumpiendo
en alaridos. Un papel que vi sobre la mesa me indicaba cla-

57
ramente que él contenía el puñal que había herido a un tiem-

po toda aquella familia. Un secreto horror me impedía acer-


carme a tomarlo ; di algunos pasos y retrocedí, cuando la ofi-
ciosa Fanny Moore, con aire de compunción, adivinando mi
situación, tomó el papel y lo puso en mis manos . Tres veces
empecé a leerlo y tres veces se me oscureció la vista : por
último resignándome a apurar hasta las heces el cáliz de amar-
gura, leí el siguiente artículo :

"La miseria en este país (Irlanda ) ha llegado al grado


más espantoso. Un hecho reciente acaba de dar la prueba más
patente y dolorosa. El número de pobres en la parte Norte del
condado de Kerry28 es tan grande y tal su indigencia por fal-
ta de trabajo, que muchos centenares de ellos, en una feria te-
nida últimamente en el condado vecino de Limerick,29 se ofre-
cían voluntariamente por un jornal de cuatro peniques;* 30 mas
los pobres habitantes de la aldea de Hospital se llenaron de tal
desesperación con la llegada de aquellos infelices, pensando
que podían quitarles su trabajo, que cayeron sobre ellos, hi-
rieron a muchos y mataron a algunos. Del número de estos
últimos fue el joven Eduardo O'Neill , que acababa de llegar
esperando ser empleado en alguno de los trabajos públicos
que se han empezado en aquellos condados. Este joven reunía
al exterior más interesante, cualidades morales e intelectuales
de un orden no común . Una tristeza profunda descubría en
él padecimientos del corazón . ¡ Quién sabe quién le llorará !"

Parecióme al acabar de leer este funesto papel que me ha-


llaba rodeado de una tiniebla de muerte. Apenas me queda-
ban fuerzas para retirarme de aquel lugar. Llegué con traba-
jo a mi casa y no supe más de mí. Una fiebre ardiente me puso
a las puertas del sepulcro ; y pasaron quince días antes de que
yo volviese, puede decirse, a la existencia .

* Un chelín tiene doce peniques.

58
VI .

Apenas algo restablecido de la peligrosa enfermedad que


amenazó mis días, mis primeros pasos se dirigieron hacia la
triste mansión donde la virtud en desamparo luchaba con to-
das las calamidades de la vida. No había visto a mis amigos
después del funesto día en que la noticia de la muerte de
Eduardo los había sepultado en la más espantosa desespera-
ción, conduciéndome a mí también hasta las puertas del se-
pulcro. Volviendo a la vida, la encontré ya sin halago : lo pa-
sado se reflejaba en lo porvenir, y la imagen fatídica que a mi
mente se ofrecía, recordaba un suplicio prometiendo otro su-
plicio . Con paso lento y desmayado, y aún más desmayadas
esperanzas, más que caminaba me arrastraba trémulo y silen-
cioso por las agitadas calles de la populosa metrópoli . ¡ Cuánto
me ofendía el bullicio y la alegría ! ¡ Cuán insensatos me pare-
cían todos los que se mostraban como viviendo ! ¿ qué es vivir ?
¿cómo empieza y cómo acaba lo que se llama vida ? nadie sa-
be; ¡ sólo sí que el espacio que ocupa es el reino del dolor y
de la muerte ! ¿Y qué es dolor, y qué es la muerte ? ¿No pue-
de el hombre hacerse superior a entrambos ? ¡ Bella creación
es el hombre con idea de lo infinito ve que su existencia es
un soplo; nace amando la vida y al nacer le mece ya la muer-
te en sus brazos. Mil vidas roba ésta cada día de la inmen-
sa ciudad ; cada uno está sacando su lotería sin saberlo. ¡ Y
cuán contentos están ! El hombre es como el ave a quien ases-
ta el cazador; canta hasta el momento de caer... Un grito
de murder! murder !31 que se oyó de repente me hizo estre-
mecer. Este grito terrífico se propagó de boca en boca y todo
el mundo fijó la vista en una partida como de doce hombres,
todos sucios y de mal aspecto, que venían con aquellas voces
alarmantes y trayendo unos papeles en la mano que parecían
anunciar alguna catástrofe . -"¡ Lord William Russell ase-
sinado ! ¡ Lord William Russell asesinado ! " 32 se oyó al fin, que
decían cuando estuvieron cerca. Sorpresa general causó esta

59
nueva, y mil grupos se formaron inmediatamente en todas las
calles. Yo me acerqué a uno de ellos, donde se leía la relación
del hecho. Este era que Lord William Russell se había en-
contrado degollado en su cama, sin que se supiera aún quién
fuese el asesino. El terror, el espanto, la indignación, se pin-
taron inmediatamente en todos los semblantes ; pero yo per-
manecí inalterable. Un muerto más, dije en mi interior, es co-
mo una hoja más, caída en el otoño; ¿quién la cuenta, quién la
ve ? Ha muerto asesinado ; y mi Eduardo ¿cómo murió? Era
rico, poderoso y anciano ; pues ése gozó algo de la vida y su
suerte es incomparablemente preferible a la de millones de sus
semejantes cuya vida no es más que un martirio prolongado.
¡Destrucción ! ¡ destrucción ! es el mote de la humanidad. Hoy
cayó William Russell bajo el puñal del asesino; éste expirará
luego entre el lazo del verdugo, y después el verdugo y el
juez se hallarán también por diferentes caminos en las manos
del sepulturero. Y yo moriré mañana maldecido y maldicien-
do ...

Yo me hallaba en una de esas situaciones de alma difíciles


de expresar. Herido, mortalmente herido por el arma envene-
nada de una sociedad cruel e inhumana, aunque con los fueros
de la más culta y adelantada , mi dolor se exasperaba con la
convicción de mi impotencia. Yo habría dado en aquel mo-
mento mil veces la vida por poder soplar la peste sobre aquella
impía Babilonia ; y ver morir a millares sus habitantes por
minutos ; y ver las calles obstruidas con los montones de ca-
dáveres; y sentir la atmósfera infestada con sus mortíferas
exhalaciones ; y ver las aguas del Támesis verdi-negras, co-
rrompidas llevar al mar vecino pestilencia y destrucción ...

Tal era la amargura de los sentimientos que henchían mi


pecho, cuando al acercarme a la puerta de la familia de Tom,
me sentí conmovido y conocí que bien pronto echaría de me-
nos esa misma irritación , que aunque cruel y dolorosa , saca
siquiera al alma de aquel hondo estado de tristeza que hace la

60
desgracia más igual, más inflexible, más semejante a una eter-
nidad de penas. No será Emma, me decía yo llamando a la
puerta, la que vendrá como antes a abrirme. No me saludará
más aquel ángel con la sonrisa celeste y su luciente mirada.
Fue efectivamente el pequeño Juan el que me abrió; ¡ pero
cuán cambiado ! ¡ Qué macilento, qué triste me pareció el po-
bre niño ! No tenía como antes el cabello rizado, ni sus vesti-
dos tan limpios ; antes al contrario, su desaliño y abandono
mostraban bien que la mano de Emma se había perdido para
todos. Yo subía la estrecha y solitaria escalera como puede
subirse la del patíbulo. Ya me sentí interiormente cambiado;
ya me veía otra vez en presencia de mis desventurados ami-
gos, y la ira desvaneciéndose dio lugar al más helado descon-
suelo. Largo rato permanecí en el umbral sin fuerzas para
penetrar en aquel sepulcro de vivos. La pieza estaba oscura;
un rayo de escasa luz penetraba por una rota vidriera ; en la
chimenea ardían todavía unos carbones, y los niños mal vesti-
dos tiritaban en derredor de aquel fuego moribundo . Teresa
estaba sentada en un rincón teniendo en sus rodillas a Emma
reclinada. Yo me sentía sin valor para entrar, y quizá me ha-
bría vuelto, si Teresa que me estaba viendo no me hubiera lla-
mado con la mano . Entré y me senté a su lado sin que ni uno
ni otro pudiésemos atricular palabra. —Emma , dijo al fin Te-
resa, Emma, ¿ no sientes a tu amigo ? —¡Mi amigo ! dijo la des-
graciada criatura, y al verme se bañó de lágrimas .

-¡Todavía llanto, Emma ! le dije sumamente conmovido .

-Es verdad que hago mal , me dijo limpiándose los ojos ;


hago mal porque aflijo a mi madre; pero hace muchos días que
no lloraba, ¿ no es verdad, mamá ?

Teresa no podía hablar; con las manos se cubría la cara y


movía la cabeza a uno y otro lado como si quisiese evitar un
golpe de muerte ; al cabo de unos minutos que parecían de la
más cruel agonía, prorrumpió diciéndome: ¿venís al fin, ami-
go, a llevártela ?

61
—¿A llevármela ? repetí yo asombrado.
-¿No has recibido un billete mío ?

—No, le contesté; ¿ qué me decías en él ?


-¡Yo no lo puedo repetir ! exclamó Teresa dando un ala-
rido : Dios me dió fuerzas para resolverme en un momento, ya
me las quitó; muramos, muramos todos aquí.
—No mamá, dijo Emma, abrazando con ternura a su ma-
dre, el sacrificio está hecho y yo lo he ofrecido por la salud de
mi padre. ¡ Amigo mío , me dijo volviéndose a mí, mi madre os
escribió suplicándoos que vinieras para llevarme a la casa de
pobres ...!
-¡A la casa de pobres ! exclamamos todos con un ¡ ay ! de
desesperación.
-No, no, gritó Teresa, como en un movimiento de horror.

—Sí, madre mía, sí, libradme ... Al decir ésto , Emma se


estremeció, y un ligero y fugaz color pasó rápidamente por la
mortal palidez de sus mejillas.

En vano buscaría palabras que expresasen la mortal con-


goja que experimenté en aquel momento. Emma, la tierna e in-
teresante Emma, la prometida esposa de Eduardo, expulsada
como huérfana de la casa paterna ; sin más amparo, sin más
refugio que el asilo inhospitalario que el grito de la indigen-
cia y el clamor de la desesperación arrancan a una sociedad
sorda, cruel, homicida . ¡ Qué doloroso era esto ! ¡ Infeliz ! cuan-
do la pérdida de su amante y de todas sus más caras esperan-
zas la habían traspasado el pecho con los más acerados dardos ;
cuando lánguida, abatida y llena de tanto quebranto, necesitaba
consuelo, cuidados, calor en el regazo materno, iba a ser se-
pultada, lejos de su madre, sin pariente ni amigo, en un se-
cuestrado y sombrío recinto donde sólo la aguardaban rigor,
afán y padecimientos.

Largo rato pasamos todos sumergidos en el más penoso


abatimiento. Me pareció que tenía un abismo a mis pies, y

62
sentí en mi corazón aquel frío mortal que precede a la caída,
muy más desgarrador y rechinante que la aguda hoja de un
puñal . Un silencio profundo guardábamos, cuando unos queji-
dos muy lánguidos y hondos del desgraciado Tom, advirtieron
a Emma que debía dar algún alimento a su padre, y puesta a
su lado de rodillas , le aplicaba a la boca algo que el infeliz
no podía ya tomar. Las lágrimas de la hija corrían por sus me-
jillas y venían a bañar la frente lívida del padre; del padre
harto feliz en aquel momento, pues que ya no miraba la amar-
gura ni la desolación de su hija idolatrada.
En tanto que ésta cumplía con aquellos tristísimos y últi-
mos deberes, la madre a mi lado la contemplaba con ahinco y
en su semblante se retrataban una serie de sensaciones las más
profundas y variadas. Unas veces con la frente pálida y los
ojos humedecidos, mostraba la honda pena de una madre que
ve el martirio de su hija ; otras veces el labio trémulo y la mi-
rada sombría revelaban algo de fatídico : una banda aplomada
como la huella de un rayo se marcaba entonces en su ceñuda
frente. Yo por distraerla y por saber algo más sobre su reso-
lución, le dirigí algunas preguntas .
-La casa de pobres, me dijo, es la tumba que ha elegido
mi pobre hija. ¡ Sí, será su sepulcro : tan triste, tan necesitada
como vivirá lejos de mí ...!
-Y ¿qué os mueve a separaros de ella ? le dije.
-La espantosa miseria en que nos vemos sumergidas, y
las aún más desastrosas que nos amenazan . . .
-¡Amenazaros mayores desgracias ! dije con sonrisa iró-
nica.

-Sí, mayores, me dijo con visible exaltación . Hay quien


persiga al hambriento ; hay quien robe al mendigo, y quien ase-
sine al moribundo, y quien quiera deshonrar la hija en el lecho
del padre agonizante ...
-¡Teresa ! tranquilizaos , le dije, viéndole retratado en su
semblante los síntomas de una exasperación que me alarmaba.

63
-Si estoy tranquila , me contestó, tan tranquila que voy a
disponer la partida de Emma . Huye la infeliz de la casa pater-
na porque el rico pone por precio de su deshonra el pedazo de
pan que da a un padre hambriento. Huye, huye mi Emma de
mis brazos, para que Héctor Mac-Donald no arroje mañana a
la calle al anciano Richardson.

-¡Cómo es posible ! exclamé.

—Sí, sí, repetía Teresa, casi sin saber lo que decía. Un es-
fuerzo se le notaba en cada palabra para no dar rienda suelta
a la indignación que en su pecho hervía. Yo conociendo sus
trasportes, buscaba como aplacarla y me parecía siempre el
mejor medio de conseguirlo enternecerla con los mismos ob-
jetos de su amor. Llamé con este objeto a Juanito, que triste
y lloroso estaba con su hermano puestos a la ventana como
esperando a alguien.
-Pasan el día esas criaturas , me dijo la madre, como yo
lo esperaba, enternecida ; pasan el día viendo por esa ventana,
una venta que hay en frente. Ven como el hambriento, conocen
el dinero y su valor como el avaro; y con miradas codiciosas
siguen el movimiento de una moneda cuando pasa de una mano
a otra. ¡ Qué dura condición ! ¿ De qué servirán los ejemplos,
qué aprovecharán mis lecciones y mi esmero en inspirar a mis
hijos sentimientos nobles y generosos ? ¿Cómo se puede for-
mar un ánimo elevado y liberal , cuando la miseria descarga a
cada paso un golpe que le humilla y envilece; cuando antes
de formarse el corazón ya la necesidad le hace mezquino, y
la envidia le emponzoña ; y cuando todas las malas pasiones
hallan cabida en él en medio de esta lucha a muerte con una
sociedad tiránica ? No es posible, mi amigo, no; la virtud no
se plantea en medio del combate de las más urgentes necesi-
dades con los principios que ella dicta. ¡ Dios mío ! termina es-
ta lucha en que del vicio ha de ser el triunfo. Si en tus înes-
crutables juicios, tus misericordias no han de alcanzar en este
mundo a esta madre desgraciada, apiádate de la inocencia ;

64
sálvala en mis hijos ; que su existencia sea corta, que mueran
hoy en mis brazos ; pero . ..
La voz faltó a esta madre atribulada ; un mar de amargas
lágrimas inundaban sus mejillas y con los ojos fijos en el cielo
estrechaba en su seno a sus dos tiernos niños. ¡ Qué espec-
táculo ! No sé como lo verá la Omnipotencia ; pero a su vista
la humanidad se abisma. Emma trémula y macilenta estaba
de rodillas a la cabecera de su moribundo padre ; ella misma
parecía una estatua sepulcral ; la madre contemplando con
mortal angustia el estrago que la miseria hacía ya en su ino-
cente y tierna familia, y sin esperar auxilio en este mundo,
ponía los ojos en el cielo y pedía por gracia la muerte para
todos ; yo mismo me consideraba allí como un instrumento de
martirio; ¡ debía al día siguiente sepultar a Emma en la casa
de pobres...!

Después de un rato de una penosa contemplación de que


no deducía sino miserias y desgracias, me despedí de aquella
desolada familia pensando en la escena del siguiente día que
tan atroz debía ser para todos .
-Hasta mañana, me dijo Teresa, con un estremecimiento
extraordinario.

—Hasta mañana, repitió Emma, con una languidez mortal .


Las tres de la tarde eran cuando atravesaba yo a Hide-
Park, y como el tiempo estaba claro y templado, la concurren-
cia de coches era numerosa y brillante. ¡Qué contraste en el
seno de una sociedad que se llama compuesta de seres de una
misma especie, regida por unas mismas leyes, con la misma
religión, con los mismos derechos y deberes ! ¡ Oh sangrienta
irrisión ! Unos, después de arrastrar una existencia carcomida ,
perecen de miseria desamparados de todos ; como la bestia de
carga que envejecida y abandonada, deja su desnuda armazón
a orillas de un camino. Otros, para quienes las riquezas exis-
ten y la tierra produce, y las artes inventan, y el pobre trabaja

65
y el cielo es propicio, pasan la vida en el seno de la abundan-
cia, rebosando de placeres, sin más pena que la saciedad , sin
más temor que el dejar una vida de tantos atractivos llena .
¡ Qué monstruosa desigualdad ! ¡ Cuánto no acusaría de impo-
tencia, o de injusticia al Criador, si su voz no nos dijera : hom-
bre, esta no es tu patria!

La noche extendía ya sus sombras más lóbregas y pavoro-


sas que nunca ; al menos tal me parecían, cuando, hallándome
solo en mi triste habitación y recordando los sucesos pasados ,
no veía en rededor de mí sino la soledad , el silencio, la muer-
te. Desechado por la sociedad , sin vínculo ninguno con ella
que pudiera hacérmela querida, me esforzaba en repudiarla
por mi parte procurando hacerme independiente hasta de sus
ideas. Inútil afán ! nada encontraba en mi mente que no me
trajese de nuevo al carril en que desde el principio del mundo
entró la humanidad . Placer y dolor, la nada y el ser, fatalismo,
necesidad, providencia , eternidad ; he aquí el compendio de la
filosofía : he aquí los cimientos de toda creencia, de todo sis-
tema; ¡ cimientos que el hombre no ha echado, que no conoce,
que no comprende y que son sin embargo leyes de su inteli-
gencia ! ¿Puede crear el hombre un color ? pues así crea una
idea. Su número es determinado como las cartas de un naipe :
las combina, las ordena, las pierde y las halla ; pero no es
moneda que él acuña, el tipo está en otra esfera.

Pasó la noche y vino el día . Nada había ya que esperar


del tiempo : forzoso era resolverse a emplearse en el terrible
ministerio de arrancar a Emma de los brazos de su madre. Las
doce del día eran cuando me presenté en su casa ; me esperaban
con sobresalto, y al llamar a la puerta, oí prorrumpir en las
más tristes exclamaciones . Subí; y encontré a todos de rodillas
delante de la cruz que estaba en la pared . Al verme la madre
casi se desmayó, Emma se arrojó en sus brazos y con el acento
más penetrante le dijo : madre mía , ¡ adios para siempre ! Largo
rato permanecieron abrazadas sin que se oyese más que sollo-

66
zos y suspiros. Los niños colgados del cuello de la madre y de
la hija, gritaban : " ¡ no te vayas , Emma ! ¡ Emma , no nos dejes !"
Yo deseando terminar aquella dolorosa escena, traté de tomar
a aquella desgraciada criatura por la mano, diciéndole : ¡ hija !
vamos a hacer el último sacrificio : no prolonguéis esta situa-
ción que tanto aumenta vuestro martirio. ¡ Teresa ! tu forta-
leza, tu heroica resignación, ese valor sublime que tantas veces
os ha hecho superior a la adversidad ... ¡ Inútiles exhortacio-
nes ! Teresa no era más que madre en aquel momento; bañada
en lloro estrechaba a Emma en sus brazos y parecía que quería
ocultarla en su seno maternal .

-La una es ya, mis queridos amigos, y ahora o nunca,


les dije; pues sabéis que hay tiempo señalado , y es una sola la
ocasión. Al decir esto, un ay doloroso se escapó a todos. La
madre abrió los brazos, soltó a Emma y cayó en el suelo cu-
briéndose la cara : Emma corrió al lado de su padre, y puesta
de rodillas, besaba por la última vez la pálida frente del mori-
bundo Tom . Yo aproveché el momento en que Teresa parecía
postrada de dolor, y en que una especie de santa resignación
se descubría en el semblante de Emma . Vamos , le dije, el úl-
timo esfuerzo querida amiga.

-Sí, me respondió, el sacrificio está hecho, ¡ admítelo Dios


mío ! dijo mirando al cielo ; y después cubriéndose con su pa-
ñuelo la cara como para no ver más los objetos de su amor,
me dio la mano para que la condujera.

Aquel esfuerzo duró poco ; al descender por las escaleras,


las fuerzas la abandonaron y yo tuve que bajar con ella en
mis brazos. Llegué a la puerta y aún no había vuelto de su
desmayo. La tuve un rato recostada en mi pecho y en aquel
momento fue que pude advertir los estragos que el dolor en
tan poco tiempo había hecho en aquella divina criatura. De
sus mejillas amarillas y hundidas habían desaparecido las flo-
res de la juventud ; aquel seno formado por el amor y las gra-
cias se había marchitado y consumido; una flaqueza y exte-

67
nuación extraordinarias le daban un aspecto cadavérico , y to-
do el hechizo de su persona se había transformado en un des-
figuramiento que inspiraba compasión . Tal fue mi sorpresa,
tal mi dolor al contemplar el estado de la infeliz Emma, que
no pude menos que exclamar : ¡ Dios mío ! ¿y qué queda a esta
criatura ? ¡ ni bella está ya ! Mi exclamación la hizo volver en
sí y me dijo con una mirada llena de ansiedad : ¿ reparáis que
no estoy de luto ?, ¿no es verdad ? pero es porque no tengo ves-
tidos; ¡ yo lo tengo en el corazón ! Yo estaba demasiado con-
movido para poder contestarle. Continuamos nuestro camino.
Su extrema debilidad apenas le permitía moverse, así fue que
tardamos más de una hora para llegar a Hoo Union House.
El aspecto sombrío de aquel edificio; su enorme puerta que
parecía la de la eternidad; el pavoroso silencio que reinaba en
aquel recinto; todo esto hizo una profunda impresión en la
pobre Emma. Yo la sostuve en mis brazos y la conduje a la
entrada de aquella temible mansión . La vista del director de
la casa nos hizo estremecer y sus lacónicas y severas palabras
acabaron de anonadarnos.

-¿Quién sois ? preguntó a Emma.

-Yo respondí por ella, Emma Tom.

Sacó un registro de la faltriquera donde sin duda tenía ya


apuntado el nombre de la niña , y dijo : estás admitida ; ¿ cuáles
son vuestros efectos ?

-Ninguno, respondió Emma trémula .


-Pasad adelante.

Yo quise entonces recomendar a mi joven y desgraciada


amiga; pero a la primera palabra, un " retiráos " dicho con el
tono y ademán más duro, me hizo inmediatamente callar. En-
tonces Emma al darme el adios postrero, tomó de su cuello.
aquella cruz que debió dar a Eduardo el día de su partida, y
con el acento y las miradas más tiernas y expresivas, me dijo
dándomela : " ¡ no posee Emma otra cosa, ni nada aprecia más

68
en el mundo ; era de Eduardo ! " Todavía brilló en sus ojos una
mirada divina. La última para mí : la puerta se cerró rechinan-
do sobre sus goznes y Emma desapareció ... ¡ quizá para siem-
pre !

Ocho días pasaron desde la entrada de Emma a la casa


de pobres y en este tiempo parecía que una catástrofe amena-
zaba a toda la familia. Todos los días Héctor Mac- Donald ha-
cía nuevos esfuerzos por que se sacase a Emma fuera de aquel
asilo que él llamaba prisión, asegurando que la niña era mal-
tratada y que al fin la matarían a pesares . Figúrese cualquiera
la congoja de la madre. Conocía las perversas intenciones de
aquel joven, y por otra parte la idea de que fuera cierto el
maltrato de Emma, la llevaba casi al extremo de la desespera-
ción. ¡ Qué combates tan atroces entre el deber y las más crue-
les necesidades ! La razón de Teresa me parecía en algunos
momentos que ya flaqueaba. Una especie de furor de maníaco
que mostró una noche contra Mac-Donald, me acabaron de
confirmar en esta idea ; y las palabras amenazantes de aquél
me hicieron temer un pronto y funesto desenlace .

No me engañó mi previsión , pero ¿quién tendrá aliento


para referir tanta desgracia ? ¡ Inefable es la inmensidad del do-
lor, como inefable será la dicha que al justo se reserva ! Más
temprano de lo acostumbrado me vine a la casa de Teresa,
temiendo hubiese tenido algún fatal resultado la contienda de
la noche anterior. ¡ Cuál fue mi sorpresa y espanto al hallar a
Teresa dando voces que hacían estremecer la casa y prorrum-
piendo en las más tremendas imprecaciones ! -Tom, me dijo
al verme, echándome unas miradas fatídicas, lee, lee ese papel,
y dime si no son todos los hombres unos malvados , unos asesi-
nos, unos ... unos ... y se quedó repitiendo "unos " en una
especie de delirio el más penoso que he visto en mi vida.
Yo tomé un diario, y como traspasado con un puñal , leí
las palabras siguientes : " En el juicio abierto al director de Hoo
Union Workhouse por la crueldad e indecencia de los castigos

69
que aplica a los jóvenes que tiene a su cargo, Sarah Barnes ha
declarado que ayer Emma Tom, joven delicada y al parecer
sumamente quebrantada por padecimientos, fue atada a un
poste y azotada, habiéndola para ello antes despojado de parte
de sus vestidos, de manera que el seno le quedaba expuesto a la
vista...'"' *

-¡Dios mío ! exclamé sin poder continuar ; ¡ la tierna, la


bella, la casta Emma entregada a esos tigres ...!
-Toma, me dijo Teresa de nuevo, tengo muchas noticias
buenas, muy buenas, que darte; lee ese otro papel .
-Tomo un billete y leo. " Señora, mi amo ha salido hoy
a una partida de caza y me ha prevenido que a su vuelta es-
ta noche no ha de encontrar en casa al anciano padre de usted
que mantiene aquí desde hace días . Si no toma usted alguna
providencia, me veré en la necesidad de ponerlo hoy en la
calle.-
Jaime Taylor" .

Yo quedé abismado en presencia de tamaña persecución .


No podía darse otro nombre a lo que aquella familia padecía .
"Un Dios enemigo me persigue", decía Hécuba³3 al ver el sa-
crificio de sus hijos; y este pensamiento que se acomadaba a
su culto y a las ideas que tenía de la divinidad, la realzaba a
sus propios ojos considerando la calidad del perseguidor; y si
no esperanzas, por lo menos una noble resignación nacía del
seno mismo de los más crueles infortunios . ¿ Pero a quién acu-
sa el fiel ? ¡Al inmenso poder ! ¡ A la inmensa bondad ! ..
Teresa llamó en esto mi atención : sentada enfrente de la
mesa con la Biblia abierta a un lado y los funestos papeles
que habíamos leído al otro, mostraba en sus movimientos y en
sus miradas cierto enajenamiento mezclado de furor. Al mirar
sus vestidos desgarrados , sus cabellos medio trenzados y cayén-
dole por el seno, la frente ceñuda , los ojos centelleantes, se

* Morning Chronicle de ... de Enero de 1841 .

70
creería que era una Sibila³¹ que iba a leer en el destino el fin
de la raza humana . Después de hojear por algunos momentos
la Biblia a la luz de una pequeña lámpara, exclamó en alta
VOZ:

-"¡Breve es la vida de todo potentado ... ! ¿Por qué se


ensoberbece la tierra y la ceniza ?" ¡ Qué gozo siento ! continuó
con una sonrisa espantosa; ¡ ricos ! ¡ potentados ! sois tierra y ceni-
zas : ¡Dios mío ! ¡ a este precio yo conllevo la miseria, descar-
ga tus iras, pero que yo pise, que yo huelle esta tierra y esta
ceniza !

Volvió a hojear la Biblia y al cabo de algunos momentos,


retorciéndose las manos con un movimiento convulsivo y mi-
rándome con una satisfacción de venganza prometida, dijo :
35
"No valdrán las riquezas en el día de las venganzas ....
936
El impío una vez muerto no tendrá más esperanza ...
¡ Héctor Mac-Donald ! continuó con arrebato, no te valdrán
tus riquezas : ¡ aprovéchalas, aprovéchalas ! ¡ triunfa, persigue,
corrompe ! yo te espero en el sepulcro, macilenta y desgarrada
como me ves; y Emma azotada y escarnecida ; y Tom sin auxi-
lio en su agonía; ¡ y mi padre que has arrojado a la calle para
que perezca de hambre ...! ¡ Mac-Donald ! oye : en aquel tre-
mendo día cuando al borde del abismo veas al juez que te lla-
ma, ¡ ay! ¡ cómo temblarás ! ¡ ay cómo crujirán tus dientes ! y
tú confuso y turbado te presentes como reo, todos nosotros te
rodearemos, víctimas acusadoras ; y cuando el juez nos diga
¿qué pedíis ? nosotros gritaremos : ¡ Al impío una vez muerto, no
se conceda esperanza ... ! ¡ Carlos ! ¡ Carlos ! 37 se volvió a mí con
unas miradas y un ademán que me hicieron estremecer, tú es-
tarás allí también , tú acusarás, tú verás su perdición ... ¡ Car-
los ! ¡ eterna perdición . . . !
-¡Teresa ! exclamé tomándola por un brazo, ¿ qué dices ?
Vuelve en ti mujer desgraciada : ¡ calma esos trasportes, ese
furor que me horrorizan!

71
-¡Carlos ! me dijo cambiando enteramente de tono y ho-
jeando siempre su Biblia, ¡ Carlos ! ¿ has leído lo que está es-
crito ? " ¡ Mi espíritu se va atenuando , mis días se abrevian, y
sólo me resta el sepulcro!"

Yo perdí ya toda esperanza. Teresa no estaba en su juicio.


Aquella razón tan firme no había podido resistir a tantas des-
gracias; aquel ánimo fuerte, aquel espíritu elevado habían su-
cumbido bajo el peso de tantas miserias . Preví desde aquel mo-
mento alguna catástrofe entre un moribundo, una mujer sin
razón, y dos pequeñas criaturas solos en aquella miserable ha-
bitación. Salí inmediatamente resuelto a apelar a la policía;
pues que aquella familia no tenía amparo bajo el cielo. Más
de dos horas empleé en buscar a un sargento de ella y en per-
suadirle que debía acompañarme a la casa de aquellos des-
graciados. Al fin convino en seguirme ; los instantes se me ha-
cían siglos, y a cada paso que daba, mi terror crecía ; un alarido
de muerte, un ¡ ay ! prolongado me parecía que venía a herir mis
oídos.

Llegamos al fin, pero ... yo no puedo decir qué pasó en


mí. Vi sangre, vi cadáveres amontonados, oí lamentos de ni-
ños, y no se qué más vi ... Os diré la relación del guarda . Al
entrar vio a la débil luz de un pequeño fuego que ardía en la
chimenea, dos cuerpos tendidos. Tom había expirado y sobre
él Teresa, traspasado el pecho y bañada en su sangre, exhala-
ba el último suspiro. Estaba medio desnuda porque había cu-
bierto con sus vestidos a su marido. El débil fuego que aun bri-
llaba era de la cruz que ardía, y los dos tiernos niños debili-
tados por el hambre y horrorizados a la vista de los cadáveres
de sus padres, temblaban ateridos al lado de la chimenea .

Esta fue la declaración del guarda. Se consumó la desgra-


cia. El anciano Richardson murió a los pocos días arrojado de
la casa de Mac-Donald , y los dos niños fueron destinados no
sé a dónde por la policía .

72
Quedaba Emma; ¿pero cuál era su suerte ? ¿ cuál su situa-
ción ? yo la ignoraba. Durante ocho días consecutivos me pre-
senté a la casa de pobres por ver si la veía o sabía de su situa-
ción. ¡ Vanos esfuerzos ! aquel recinto era impenetrable. ¿ Qué
será de Emma, tan débil, tan extenuada, y tratada con tanto
rigor ? Yo no me alucinaba sobre su suerte, y así estaba pre-
parado a todo. Efectivamente al noveno día de la muerte de
su madre, un diario vino a poner fin a mi ansiedad. Decía así :
"Emma Tom muerta ayer en Hoo-Union, casa de pobres, de
abatimiento y pesadumbres. Veíanse en sus manos después de
muerta algunos cardenales, señales del bárbaro castigo que
aquella interesante y desgraciada criatura había recibido de
mano del cruel director".

Me fui a mi triste habitación y deseando encontrar algo


que correspondiese a la situación de mi alma, me puse a leer la
más desesperante de todas las ficciones.

"A media noche los muertos que dormían hacía siglos en-
teros en el cementerio de una aldea , se despertaron y saliendo
de sus sepulcros entreabiertos, se amontonaron en la iglesia,
bajo el portal de la iglesia y alrededor de la iglesia. La tierra,
el tiempo, el espacio no existían ya para ellos. Con el ademán ,
con las palabras, con las miradas, estos peregrinos del sepulcro
pedían ansiosos noticias del cielo, de la eternidad, de Dios . Na-
die podía resolver el insoluble enigma. Entonces desciende so-
bre el altar una figura noble, elevada, radiante de imperecedera
majestad: éste es el Cristo. Los muertos exclaman: " Oh Cristo,
¿dónde está Dios ? —¡No le veréis todavía !" —Todas las som-
bras comienzan entonces a temblar, y el Cristo continúa : "Yo
me he remontado más allá de los soles, yo he descendido hasta
los últimos límites del Universo , yo me he asomado al abismo y
he exclamado: Padre, ¿ dónde estás ? -Pero yo no he escuchado
sino la lluvia que caía gota a gota en el abismo ; y sólo me ha
respondido la borrasca que muge eternamente sin que ningún
orden la rija. Levantando después mis miradas hacia la bóveda

73
de los cielos, yo no encontré sino una órbita vacía, negra y sin
asiento. La eternidad reposaba sobre el caos y ella misma se
carcomía lentamente" .

"Que se redoble el llanto y los gemidos ; que las sombras


se dispersen; ¡ todo acab !" *38

Mis cabellos se erizaron , mis sienes palpitaban dolorosas,


un fuego devorador circulaba por mis venas, y entre las den-
sas sombras que cubrieron mi vista, me pareció ver a Teresa;
tendíla los brazos y fugaz me huyó; pero su voz, como el so-
nido del clarín , vino a herir mis oídos . " ¡ Carlos ! no hay Dios,
dice el impío, porque Dios dijo al impío , para ti no hay espe-
ranza !"
39
Así concluyó su historia el anciano de quien la oí.³⁹

F. Toro.

* Juan Paúl.

74
NOTAS A "LOS MARTIRES"

1. Victoria Alejandrina (Victoria I ) : Reina de Inglaterra, nacida en el


palacio de Kensington en Londres, el 24 de mayo de 1819 y muerta en
el castillo de Ossborne en la isla de Wright, el 22 de enero de 1901.
Hija única de Eduardo, Duque de Kent, y de María Luisa de Sajonia-
Coburgo, hermana del futuro Rey de Bélgica, Leopoldo. Fue coronada
a los 19 años de edad, el 28 de junio de 1838. Contrajo matrimonio
con su primo-hermano Alberto de Sajonia- Coburgo Gotha, el 1º de fe-
brero de 1838 .

2. El cuidado de Toro en ajustarse a la situación real de los sitios y mo-


numentos de la ciudad es tal que en un mapa de Londres puede seguir-
se, sin dificultad, la trayectoria del narrador de la novela desde Regent
Street hasta Lambeth Road, calle principal del barrio del mismo nombre,
donde habita la familia de Emma.

3. Posiblemente en este párrafo se halla el origen del nombre de la novela


de Fermín Toro. Obsérvese cómo en el transcurso de toda la obra son
corrientes conceptos del autor sobre temas relativos a la pobreza, el
sacrificio, la religión y otros tópicos que ocupan en especial su atención.

4. La traducción es del mismo autor pero no está hecha en forma literal .


Debería traducirse :
-¡Larga vida para la Reina !
¡ Larga vida para el Príncipe !—

5. Sutherland es un condado marítimo de la extremidad noroeste de Esco-


cia, región sumamente montañosa.
El título de Conde de Sutherland ( posteriormente Duque) data de 1197
y existe aún hoy día. Es una familia conocida tradicionalmente por sus
grandes recepciones.

6. Voz inglesa usada para nombrar a los miembros del Partido Liberal en
Inglaterra. El partido político de los Whigs, en contraposición a los
Tories, figura en toda la historia parlamentaria inglesa. Originalmente,
los Whigs representaban a los defensores de las libertades parlamentarias
y a los protestantes disidentes mientras que los Tories eran los partida-
rios de los Stuart (Esturados ) y de la Iglesia Episcopal Anglicana. Ha-
cia 1680 se dieron estos nombres a los dos partidos que contendían en-

75
tre sí por la exclusión del Duque de York (Jacobo II ) de la sucesión
al trono de Inglaterra. A la sazón del advenimiento de Guillermo de
Orange ( 1688 ) y sobre todo, después de la subida de la casa Hanno-
ver al trono ( 1714 ) , los Whigs tuvieron la ventaja, durante los reinados
de Jacobo I y Jacobo II, tanto entre los Ministros como en el Parla-
mento. Fue entonces cuando se produjo en la posición de los dos par-
tidos la caracterización política de Conservadurismo (Tories ) y Libera
lismo (Whigs) . Los Tories persuadidos de la imposibilidad de la vuel-
ta de los Stuart, se agruparon alrededor de la nueva dinastía y adop-
taron máximas conservadoras, apoyando a la Iglesia Episcopal ; en
cuanto a los Whigs, se declararon partidarios del progreso, de la eman-
cipación de los disidentes, católicos y judíos, y del libre desarrollo de
las instituciones . Poco a poco estas denominaciones se fueron perdien-
do, para ser sustituidas por las de Conservador y Liberal.
7. Véase la nota anterior.

8. Eduardo Godofredo Smith Stanley, fue un político inglés nacido en


Knowsley (Lancaster) el 29 de marzo de 1799 y muerto en la misma
población el 23 de octubre de 1869. En 1820 ingresó en la Cámara de
los Comunes, donde se dio a conocer en 1840, con un fogoso discurso
en pro de la Iglesia Anglicana. En 1830, cuando el Ministerio de Grey,
fue Secretario Superior de Irlanda. Sostuvo, con éxito, en la Cámara de
los Comunes una importantísima lucha contra sus miembros irlandeses
y especialmente contra O'Connell, granjeándose por su oratoria vibran-
te y`exaltada, el apelativo de Roberto del Debate en Inglaterra y el de
Escorpión en Irlanda. Contribuyó en 1830 a la reforma electoral . Fue
siempre hombre de continuos cambios en lo referente a política.

9. Hampstead es un Distrito Administrativo de Inglaterra, perteneciente al


Municipio del mismo nombre, situado al Norte de Londres, a 7 kilóme-
tros de Charing Cross, con praderas pintorescas de árboles frutales, muy
frecuentadas por los londinenses en sus días de asueto.

10. Himno nacional inglés interpretado por primera vez en público en 1740
(en ocasión del festejo de la toma de Portobelo por el Almirante britá-
nico Vernon) . Cantado por Enrique Carey, a quien se atribuye la paterni-
dad de la letra y la música. Sin embargo, hay diversas opiniones al
respecto. Para unos es copia de un himno religioso cantado en Saint
James, a fines del siglo XVII, en la época de Jacobo II . Para otros pro-
cede de un aria de John Bull, fechada en 1619. El Himno se inicia con
la siguiente estrofa:

-God save our gracious Queen,


Long live our noble Queen,
God save the Queen!
Send her victorius,
Happy and glorius,
Long to reign over us,
God save the Queen!

76
11 . En la Mitología antigua, las Furias, eran cada una de las tres divini-
dades infernales en que se personificaban los remordimientos. Eran las
encargadas de vengar los delitos, agitando y atormentando a los malos,
con angustias y remordimientos. Eran conocidas con los nombres de
Alecto, Tisífone y Megera, supuestas hijas de Aqueronte y de la Noche.
Se las representaba con el cabello suelto y entretejido de culebras y cu-
biertas con una túnica negra y flotante, adornada de víboras .
12. Esta es la única referencia en el cuerpo de la novela al protagonista
que narra en primera persona. A simple vista parecía ser el mismo
Toro quien contaba, pero esta explicación y la que encontramos al final
de la obra, aclara el procedimiento : el autor transcribe lo que le ha
sido narrado, en primera persona, por el anciano Carlos.

13 . La libra esterlina es una moneda de oro inglesa que vale actualmente,


según el cambio oficial Bs. 12,75.

14. Bajo esta denominación no ha sido posible hallar explicación alguna de


la milicia. Están los Galloglah, órdenes o rangos notables de soldados,
mantenidos antiguamente por los jefes irlandeses. Al parecer es una
clase de caballería que utiliza jacas y que pelea con hachas muy pe-
queñas y afiladas. Sin embargo, no puede afirmarse nada con certeza,
pues desconocemos si existen todavía y si ésa es la organización que
tenían, dado que los datos hallados muestran notables contradicciones .

15. La única vez que Toro aplica a un personaje el vocablo Romántico es


cuando intercala en la novela la historia de los Mac-Donald, refiriéndose
a Emma Mac-Quillans.

16. Dunluce es una población y una parroquia de Irlanda en el Condado


de Antrim, cerca de la estación del ferrocarril de Portrush. Sobre una
roca de basalto aislada, unida a tierra firme por un puente de arco de
5,50 metros, existen las ruinas de una fortaleza medieval.

17. "Tal es la historia que los nubios cuentan".


18 . Con el propósito de añadir nuevos elementos a la caracterización del
espíritu romántico de Fermín Toro, cabe destacar la presencia del orien-
talismo que sí fue una conquista literaria romántica.

19. Según la leyenda, la guerra de Troya tuvo su origen en el rapto de


Helena, esposa de Menelao, Rey de Esparta, por Paris hijo de Príamo,
Rey de Troya, y de Hécuba. Helena, a quien los griegos atribuían ori-
gen divino, era famosa por su belleza. Diversas versiones existen sobre
el origen de Helena, pero en todas ellas se habla de Zeus como padre
y de una joven transformada en cisne como su madre. De ahí que las
principales características de Helena fueran la belleza y la blancura de
los cisnes.

20. La historia de Raquel es narrada en la Biblia ( Gen., XXIX-XXXV) al


hablar de Jacob, su esposo. Fermín Toro en la novela se refiere sólo
a un aspecto de su vida. Jacob deseaba contraer matrimonio con Ra-

77
quel, pero Labán, padre de ella, se comprometió a entregársela sólo
después de que hubiera trabajado a su servicio durante siete años . Cum-
plidos éstos, Labán entregó a Jacob a su hija mayor Lía y prometió
entregarle a Raquel si trabajaba otros siete años en sus posesiones.
Cumplidos los catorce años de su servidumbre, Jacob pudo finalmente
tomar a Raquel por esposa.

21. Judit, matrona judía cuya historia nos es narrada en La Biblia, vivía en
la ciudad de Betulia, sitiada por el general asirio Holofernes. Dedicada
a una vida de retiro y oración desde la muerte de su esposo Manasés,
se enteró de que los sitiados iban a capitular si no recibían ayuda en
los próximos cinco días. Prometió a los jefes libertar a la ciudad siem-
pre y cuando la dejaran realizar un proyecto cuyo secreto no podía re-
velar a nadie. Concedido el permiso, Judit se dirigió al campamento de
Holofernes y tras haberse ganado su confianza y su afecto, al terminar
un festín al cual había sido invitada, dio muerte al asirio con su propia
espada. Regresó a Betulia y entregó a los judíos la cabeza de Holofer-
nes, que fue colocada a las puertas de la ciudad. Los asirios, horroriza-
dos, retiraron el sitio.

22. Ester pertenecía a la tribu de Benjamín y había nacido en la cautivi-


dad de Babilonia. Muertos sus padres, fue criada por su tío Mardo-
queo en la ciudad de Sussa. Su gran belleza la llevó a contraer matri-
monio con el Rey de Persia, Asuero ( Jerjes I, hijo de Darío I ) . Pero su
felicidad se vio rota por la enemistad que sentía hacia su tío, el primer
ministro del Rey, llamado Amán Agagita, quien obtuvo autorización
para realizar un exterminio de todos los judíos y así poder dar muerte
a Mardoqueo y apoderarse de sus bienes. Ester decidió revelar a su es-
poso su origen y le pidió protección para su gente. No pudiendo el Rey
revocar el edicto de exterminio, emitió otro que permitía a los judíos
defenderse ordenó que Amán fuera colgado en la misma viga que éste
había preparado para ahorcar a Mardoqueo.

23. Veturia fue una dama romana, madre del general Cayo Marcio Corio-
lano. Este, llamado así por haber sitiado a Corioli, ciudad de los vols-
cos, en el año 493 a. n. e., se opuso a que fuera entregado trigo al
pueblo, si éstos previamente no renunciaban al derecho de elegir Tribu-
nos que los representaran en el Senado. Castigado por Los Comicios
por esta actitud, huyó de Roma y fue nombrado por los volscos general
de sus ejércitos. Con ellos, invadió el territorio romano y en el año 486
a. n. e. estableció su campamento a cinco millas de la ciudad. Veturia
junto con Volumnia, esposa de Coriolano, logró convencer a su hijo
con lágrimas y súplicas de que retirara sus tropas de Roma.

24. Porcia era la esposa de Bruto, el asesino de Julio César. Conociendo


los proyectos de su marido, le demostró, hiriéndose una mano, de lo
que sería capaz si lo que él intentaba, fracasaba. Muerto Bruto en la
batalla de Filipos, Porcia se suicidó.
Cornelia fue la madre de los famosos tribunos Tiberio y Cayo Gra-
co. De los doce hijos que tuvo de su esposo Tiberio Sempronio Graco,
sólo ellos dos y una hermana sobrevivieron, y aún a ellos los vio morir

78
asesinados como consecuencia de los intereses políticos patricios y de las
luchas internas de Roma.
Lucrecia, esposa de Tarquino Colatino, fue violada por Sexto Tar-
quino, quien se aprovechó de la hospitalidad que le había sido brindada.
Lucrecia, luego de haber contado a su padre y a su esposo lo que había
sucedido, se suicidó delante de ellos . Y su muerte fue la causa final de
la expulsión de los Tarquinos de la ciudad de Roma y punto de partida
de la fundación de la República Romana ( 509 a. n. e.) .
25. No ha sido posible encontrar la cita bíblica en la misma forma que es
dada por el autor. Se insertan a continuación dos versiones, una en verso
y otra en prosa, que corresponden a las Lamentaciones de Job, XVI, vers.
16-18:
-Mi rostro está enlodado con lloro,
y mis párpados entenebrecidos :
A pesar de no haber iniquidad en mis manos,
y de haber sido mi oración pura.
La Santa Biblia: versión de Casiodoro de Reina. Londres. Edic. de las
Sociedades Bíblicas Unidas. 1958.
-De tanto llorar está entumecido mi rostro, y se han cubierto de ti-
nieblas las pupilas de mis ojos. Todas estas cosas he sufrido, sin que la
iniquidad haya manchado mis obras, antes bien ofreciendo a Dios mis
súplicas.
La Santa Biblia: versión autorizada por la Iglesia Católica, Apostólica
y Romana. Madrid . Edit. Apostolado de la Prensa, S. A. 1961 .
En lo sucesivo, toda referencia bíblica se hará con respecto a esta
edición.

26. Abraham tiene un hijo Isaac, de su esposa Sara, a quien Dios le ordena
ofrecer en holocausto como prueba de fe y obediencia. La narración de
este hecho se halla en La Biblia bajo el título de Sacrificio de Isaac, en
el Libro del Génesis, XXII .

27. Seguramente extraído del versículo de San Pablo.


-Porque tened bien entendido, que ningún fornicador, o impúdico o
avariento, lo cual viene a ser una idolatría, será heredero del reino de
Cristo y de Dios.
San Pablo. Carta a los Efesios . V. vers. 5.

28 . El Condado de Kerry es un Condado de la Provincia de Munster, en


Irlanda, cuya capital es Tralee.

29. El Condado de Limerick está en la Provincia de Munster. Su capital,


ciudad del mismo nombre, es una región eminentemente agrícola.

30 . El penique es una moneda inglesa de cobre que vale la duodécima parte


de un chelin. Un chelin es una moneda de piata que vale la vigésima
parte de una libra.

79
31. ¡ Asesinato ! ¡ Asesinato !
32 . La familia Russell es una familia noble inglesa de origen normando,
cuyo nombre aparece ya en documentos del siglo XII.

33. Hécuba o Hecubea, según la Mitología antigua, fue esposa de Príamo,


Rey de Troya, de quien tuvo diecinueve hijos entre ellos Polidoro ,
Paris y Héctor y un gran número de hijas, que perecieron casi todos
en el sitio de Troya. Sus desdichas fueron popularizadas en la antigüe-
dad y su nombre se cita varias veces en La Ilíada, y figura en varias tra-
gedias griegas.

34. Se daba el nombre de Sibila en Grecia y en Roma, a ciertos


seres míticos que poseían a la vez caracteres humanos y sobrenatura-
les y cuya propiedad esencial era la predicción del porvenir por medio
de oráculos complicados oscuros.

35. Nada servirán las riquezas en el día de la venganza : más la justicia


librará de la muerte.

Libro de los Proverbios, XI, Parábolas de Salomón. vers. 4.

36. -Muerto el impío, muere también su esperanza; y la expectación de


los codiciosos parará en humo.
Libro de los Proverbios, XI, Parábolas de Salomón . vers. 7 .
37. Véase nota 12.

38. Juan Pablo Ritcher ( 1963-1825 ) fue un escritor alemán contemporáneo


de Goethe, Schiller y Herder, que firmó casi todos sus escritos bajo el
nombre de Jean Paul. Su situación dentro de los clásicos alemanes es
difícil de definir. Su amor y sentimiento de la naturaleza, por una parte,
y por otra, el mundo ideal de sus lecturas -Swift, Voltaire y Rous-
seau, Herder hacen de él un escritor muy peculiar. Gran humorista,
poseía al lado de su amor por la naturaleza -influencia de Rousseau-
un fondo melancólico de intención filosófica. Sus principales obras son:
Titan, novela ( 1800-1803 ) ; Años de Tedio ( 1804 ) ; Levana, tratado pe-
dagógico ( 1807 ) ; Die unsichtbare Loge ( 1793 ) , descripciones de sue-
ños y su novela Hesperus ( 1794) que contiene iguales descripciones . De
esta novela no conocemos traducción castellana alguna, y en francés so-
lamente una, en dos volúmenes, publicada por la Librería Stock en 1930,
con una traducción de A. Béguin.
39. Véase nota 12 .

80
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83
FICHA BIOBIBLIOGRAFICA

DE FERMIN TORO
FICHA BIOBIBLIOGRAFICA

1807 Nace en la ciudad de Caracas o en el Valle, aunque no


se sabe con exactitud el lugar de nacimiento, en una fa-
milia agricultora de origen canario.

1817 Se traslada junto con su familia a Caracas, donde


inicia su formación autodidacta en la Biblioteca del
Marqués del Toro.

1821 Ingresa como funcionario de la Secretaría de Hacienda.

1828 Contrae matrimonio con María de la Merced Tovar Toro


y se radica en La Guaira como Oficial de Aduana. Al
año siguiente será enviado a la isla de Margarita y re-
gresará en 1830.

1831-1834 Es electo Representante al Congreso Nacional por la


Provincia de Margarita. Dentro de él integrará distintas
comisiones: Instrucción Pública ( 1831 ) , Hacienda
( 1832 ) y Presidente interino de la Cámara de Repre-
sentantes durante un mes ( 1834 ) . Tienen lugar en este
período sus primeras intervenciones parlamentarias.

1835 Se reintegra a la Secretaría de Hacienda, como Oficial


Mayor.

1837 Ingresa en la Docencia en el Colegio Independencia de


Feliciano Montenegro y Colón * y al año siguiente dic-

* Algunos datos de esta ficha han sido tomados de la Biografía que se


halla en el Estudio preliminar de Domingo Miliani. Cuando así sea, se
indicará mediante un asterisco .

87
ta un curso de Filosofía. Aparecen sus primeros artículos
firmados con los seudónimos Emiro Kastos y Jocosías,
con sus iniciales F. T. o con nombre completo. Publica
una serie de cuatro artículos sobre Economía Política en
El Liberal fechados a 21 y 28 de febrero y 7 y 14 de
marzo de 1837, escritos publicados con anterioridad en
los números 2, 3, 4 y 5 de La Oliva, según indican las
notas al pie de página de la edición de El Liberal. En
el mismo periódico aparece Biografía ( 25 de julio ) y
en la misma fecha el relato La viuda de Corinto firmado
bajo el seudónimo Emiro Kastos.

1838 A raíz del curso de Filosofía que dicta el año anterior


publica Los Estudios filosóficos en Venezuela en El Li-
beral (25 de septiembre ) .

1839 En el mes de agosto es designado secretario del doctor


Alejo Fortique en la Legación de Inglaterra. A fines de
este mes ambos parten vía Estados Unidos. Publica El
Solitario de las catacumbas en El Correo de Caracas (26
de febrero) bajo el seudónimo de Emiro Kastos. En el
mismo periódico aparecerán : Al Mosaico ( 12 de mar-
zo) ; Cuestión de Imprenta (7 de mayo) ; Hallazgo im-
portante ( 14 de mayo ) ; Maouals o romances vulgares
de los árabes modernos (traducción de Emiro Kastos,
28 de mayo) ; Costumbres de Barullópolis, cuadro cos-
tumbrista ( 25 de junio ; La viuda de Corinto [ repro-
ducción de El Liberal ] ( 9 de julio ) y el ensayo Euro-
pa y América, en diversos números firmada sólo la úl-
ma entrega con las iniciales F. T. ( 12 y 26 de marzo ;
2, 23 y 30 de abril ; 14 y 28 de mayo; 18 de junio ; 9 y
23 de julio ) .

1840-1841 Reside en Londres. En julio de 1841 llega a Caracas y


es nombrado Oficial Mayor de la Secretaría de Hacien-

88
da. Además, se reintegra a la cátedra de Retórica en el
Colegio Independencia.
1842 Comienza a editarse en el mes de enero El Liceo
Venezolano. Se incorpora al Congreso como Represen-
tante y es designado Miembro de la Comisión de Ha-
cienda. En el citado periódico publica una serie de ar-
tículos:

"Resumen de la Historia de Venezuela" de Rafael Ma-


ría Baralt (Nº 1 , enero, pp. 4-10 ) ; Preservación de ca-
dáveres (Nº 1 , enero, pp . 43-45 ) ; " Resumen de la Geo-
grafía de Venezuela" por Agustín Codazzi . ( Nº 2, fe-
brero, pp. 49-54) ; Los Mártires, novela publicada en seis
entregas ( 1ª parte : Nº 2, febrero, pp . 60-68 ; 2ª parte :
Nº 3, marzo, pp. 149-154 ; 3ª parte : Nº 4, abril, pp . 203-
209; 4ª parte : Nº 5 , mayo, pp . 243-252 ; 5ª parte : Nº 6,
junio, pp. 296-306; 6ª parte : Nº 7, julio, pp. 329-340) .
También en El Liceo Venezolano aparecieron : Ideas y
necesidades (Nº 3, marzo, pp. 115-122 ) ; Método Gam-
mal (N° 3, marzo, pp. 159-160) ; Divisibilidad de la
materia (Nº 3, marzo, pp . 161-162 ) ; Un Romántico
(Nº 5 , mayo, pp. 256-258 ) ; Incendio de Hamburgo
(Nº 6, junio, pp. 293-295 ) ; Circulación y Banco ( 1ª
parte, Nº 7, julio, pp. 313-319 ) ; Para el álbum de la
Señorita... (N° 7, julio, pp. 322-323) .

1843-1847 Continúa su trabajo en la Secretaría de Hacienda y Re-


laciones Exteriores. Es nombrado Ministro Plenipoten-
ciario ante el Gobierno de la Nueva Granada, a fin de
celebrar el tratado de límites con ese país . Fracasan las
negociaciones y a su regreso es nombrado Ministro Ple-
nipotenciario ante los Gobiernos de España, Francia y
Gran Bretaña. Parte hacia Europa en el mes de abril * y
en 1847 regresa a Caracas. Es en esta época ( 1845 )
cuando tiene lugar la publicación de las Reflexiones so-

89
bre la Ley de 10 de abril de 1834. Caracas. Imprenta de
Valentín Espinal. 96 pp. Publica también El Baile de
El Casino en El Tiempo, Madrid, 26 de junio de 1846,
sin firma. [Narra el baile de cumpleaños de la Reina
María Cristina de España, al cual había asistido en ca-
lidad de invitado] y republica La viuda de Corinto en
El Liberal ( 1846) . Finaliza este período con su reincor-
poración al Congreso.

1848-1859 Este largo período de once años representa en nuestro


país una etapa de gran agitación política. Son los años
de la hegemonía de los Monagas y de la lucha contra
ellos ( 1856-7 ) , del movimiento encabezado por Julián
Castro ( 1858 ) que coloca a Toro en la Secretaría de
Hacienda y posteriormente en la Secretaría de Relacio-
nes Exteriores y que culminará con la elección de Re-
presentantes para la Convención de Valencia (rompi-
miento de relaciones de Francia e Inglaterra con Vene-
zuela) y con la ratificación de Julián Castro en su
condición de Presidente Provisional ( julio 1858 ) . Anto-
nio Leocadio Guzmán rompe la unidad de los partidos
y la oposición contra Castro se intensifica en la Con-
vención, mientras Toro mantiene la defensa. Es en sep-
tiembre de este año que Toro pronuncia su famoso dis-
curso sobre Centralismo, Federación y Constitución
Centro-Federal . Toro se retira a la vida privada y esta-
lla entonces la Revolución Federal ( 1859 ) . Este pe-
ríodo, dada su gran actividad, presenta pocos escritos
que no sean de carácter político y aun éstos son esca-
sos. Una reproducción fragmentaria de Los Mártires en
La Voz del Patriotismo de los años 1851 y 1852. Las
Intervenciones Parlamentarias en la Convención de Va-
lencia fueron recogidas en el Diario de Debates. * 1

1. Estas Intervenciones han sido editadas en la compilación hecha por Pe-


dro Grases en La Doctrina Conservadora, Caracas. 1960.

90
1860-1861 En este año, asumida ya la Presidencia Provisional por
Manuel Felipe Tovar, Toro concurre al Congreso como
Senador por Aragua. Es nombrado Ministro Plenipoten-
ciario de Venezuela en España, Francia e Inglaterra,
para explicar los problemas que se presentaron con los
extranjeros durante la Revolución Federal. España rom-
pe relaciones con Venezuela en el transcurso del viaje
de Toro y las negociaciones se realizan sólo con los paí-
ses restantes.

1862-1865 Regresa a Venezuela y se retira definitivamente de las


actividades políticas . Muere el 22 de diciembre de 1865
en la ciudad de Caracas.¹

1. Toro pasa sus últimos días luchando contra una enfermedad -cán-
cer-, que finalmente podrá más que él. Anotamos este hecho por cuan-
to es usual leer que Toro murió en medio de un padecimiento horri-
ble, pero sin que se sepa cuál era el motivo de ese estado.

Véase Virgilio Tosta. Fermín Toro en sus últimos años. p. 135.

91
JUICIOS CRITICOS SOBRE

"LOS MARTIRES"
JUICIOS CRITICOS

José R. Barrios Mora. Compendio histórico de la literatura ve-


nezolana. Caracas. 3ª edición . Ediciones Nueva Cádiz. 1952 .
p. 53.

"Escribió Toro tres novelas cortas : La viuda de Corinto,


Los Mártires y La Sibila de los Andes, todas de sabor ro-
mántico, inspiradas las dos primeras en la lectura de Cha-
teaubriand y demás representantes del romanticismo en
Francia".

Pedro Díaz Seijas. Orientaciones y tendencias de la novela ve-


nezolana. Caracas . Cuadernos literarios de la Asociación de Es-
critores venezolanos, Nº 61. 1949. p. 13.

"Fermín Toro, orador brillante, eminente estadista, di-


vaga hasta el extremo en intentos de novela, que se quedan
en la desazón del sentimiento y la sorpresa inútil del es-
píritu. Los Mártires, trama por demás estudiada por Toro
para abogar en pro de la caridad, no logra ni siquiera la
consistencia de los personajes centrales : Eduardo y Emma.
Pueriles episodios, desajustados e inverosímiles dentro de
la compleja psicología humana, La viuda de Corinto, re-
cargada de intriga pasional y en cierto modo desconcer-
tante a la manera de la tragedia antigua, no pasa de ser
mero ejercicio intelectual de Toro en sus graves horas de
quehacer".

95
Pedro Díaz Seijas. Historia y antología de la literatura ve-
nezolana. Madrid-Caracas. Ediciones Jaime Villegas. 1955 .
p. 111 .

"También Toro cultiva la novela . Bajo la influencia de


la literatura folletinesca del romanticismo francés, escribe
Los Mártires, La viuda de Corinto, La Sibila de los Andes" .

Juan Liscano . "Ciento cincuenta años de cultura venezolana” .


En : Venezuela independiente . 1810-1960 . Caracas . Ediciones
Sesquicentenario de la Independencia de Venezuela . Fundación
Eugenio Mendoza . 1962. p . 566.

"Toro escribe poemas de poca inspiración, aunque de


conceptos hermosos, esboza algunos temas sociológicos en
sus intervenciones públicas, expone corrientes filosóficas y
políticas en sus artículos, emite juicios históricos certeros
y tiene el mérito de haber escrito las primeras novelas en
Venezuela : Los Mártires ( 1842 ) , que aboga por la suerte
de los desheredados en una sociedad tan inhumana como
la londinense de esa época, La viuda de Corinto ( 1837 ) , y
La Sibila de los Andes. Estas obras no han pasado a la pos-
teridad, pues adolecen del defecto ya apuntado de estar
escritas " desde afuera", con miras a modelos ajenos. Toro
vacila entre el folletín y el romanticismo lacrimoso . Su in-
tento no tiene sino valor histórico ".

Angel Mancera Galletti. Quienes narran y cuentan en Venezue-


la. Fichero bibliográfico para una historia de la novela y del
cuento venezolanos. Caracas-México . Ediciones Caribe. 1958.
p. 511-512 .

"Con La viuda de Corinto y La Sibila de los Andes, don


Fermín Toro agregó a la prosa narrativa de su tiempo la
pequeña novela titulada Los Mártires, en que la crítica ha
comprobado la influencia de la obra del mismo nombre de
Chateaubriand. En esa novela de Toro se expone la tesis
de la incomprensión y se dibuja al hombre у al funciona-

96
rio respetuoso de la opinión y de la moral públicas, que
obtiene sólo como reconocimiento a sus servicios la desven-
tura y la pobreza de su familia".

Domingo Miliani . "Estudio Preliminar" . En : Fermín Toro. Ca-


racas. Tomo I. Colección Clásicos Venezolanos de la Academia
Venezolana de la Lengua, No 5. 1963. p. LIX ; LX-LXI.

"Fermín Toro no fue más ni menos adicto a esta ten-


dencia general de la literatura romántica en una narrativa
incipiente. Es en cambio el primer autor de una novela ro-
mántica en el país : La viuda de Corinto ( 1837 ) , publi-
cada en el periódico El Liberal. A este primer atisbo, se-
guirán El Solitario de las Catacumbas ( 1839 ) y La Sibila
de los Andes (1840) .
Durante su viaje a Londres, o inmediatamente después
de su regreso a Caracas, escribió Los Mártires, testimonio
de la impresión que dejó en su ánimo, obediente a los pro-
blemas sociales, el drama de la miseria colectiva que pa-
decía Inglaterra y especialmente, Irlanda, colonia británica
desasistida secularmente por la Metrópoli".
"Lo más valioso relativamente en la prosa narrativa de
Toro es Los Mártires. Aún cuando todo su trabajo queda
argumentalmente circunscrito a tejer un idilio entre una
muchacha pobre y un galán que muere distante luchando
por sobrevivir a la miseria —histórica— de la Irlanda so-
metida a la voluntad del imperio británico, si se pone a un
lado esta ramazón postiza y algo absurda, como prosa na-
rrativa la novela tiene mérito por ser el primer testimonio
legítimo de escribir literatura realista, entre muchos au-
tores".

Gonzalo Picón Febres. La literatura venezolana en el siglo XIX.


Caracas. Ediciones de la Empresa "El Cojo". 1906. p. 365.

"Los Mártires, a pesar de los elogios que se le han pro-


digado a causa del prestigio de que goza el nombre del au-

97
tor en la República, es novela asaz premiosa a cuya térmi-
no se llega con fatiga. El estilo de Toro no se produce allí
con su característica hermosura; el estudio psicológico es
pesado y carece hoy de novedad por haber sido excesiva-
mente manoseado con más acentuación y lucidez ; la lucha
interior de Emma, lucha en que ella no puede precisar qué
es lo que sucede en su alma, desazona por su falta de vehe-
mencia; se ven con desagrado escenas importunas que no
guardan una armonía perfecta con el propósito de la narra-
ción; las casualidades sobremanera candorosas no dejan de
aparecer, una de ellas, la de tomar uno de los hijos de
Teresa, del tocador de Fanny Moore, el manuscrito en que
se ratifican las sospechas despertadas en el corazón de
Eduardo contra Emma; el tono general es demasiado lacri-
moso, y el desenlace resulta completamente frío . La ten-
dencia de la novela se dirige de frente y sin esbozo a abo-
gar por los desheredados de la suerte en un medio viciado
por la falta de caridad cristiana, no menos que a censurar
esa falta en el seno de sociedad tan cruel e inhumana co-
mo Londres, " aunque con los fueros de la más culta y más
adelantada". Alrededor de esa tendencia giran todos los
episodios, y cualquiera otro escritor tan diestro como Toro,
pero con verdaderas sobresalientes dotes de novelista, ha-
bría sabido aprovecharla, desenvolverla y finalizarla de
una manera más bella y más movida, sin necesidad de in-
currir en lo interesante del romanticismo sin orden ni con-
cierto".

Mariano Picón Salas. Formación y proceso de la literatura ve-


nezolana. Caracas. Editorial Cecilio Acosta. 1941. p. 97 .

"Ocio de sus graves tareas políticas pueden considerarse


aquellas novelitas que como Los Mártires y La viuda de Co-
rinto, contienen para nuestro gusto de hoy demasiada intri-
ga artificiosa y demasiadas lágrimas " .

98
Julio Planchart. Temas críticos. Caracas. Ediciones del Ministe-
rio de Educación Nacional. Dirección de Cultura. 1948. p . 6.

"Fermín Toro, fue el primero de nuestros letrados nota-


bles que se ensayó en el género ( la novela ) , si bien La Si-
bila de los Andes parece hoy un balbuceo ..."

Virgilio Tosta. Un bienio en la vida de Fermín Toro. Revista


Cultura Universitaria, Nº 63. Ediciones de la Dirección de
Cultura de la Universidad Central . Caracas, septiembre-octubre,
1957. p. 49-50; 51 ; 52.

"Aunque dentro de la misma tendencia romántica que lo


llevó a escribir relatos fantásticos e inverosímiles, inspira-
dos en temas exóticos (La viuda de Corinto o El solitario
de las catacumbas) de escaso valor literario, la novela Los
Mártires tiene otro interés, además del puramente histórico
que ofrecen sus anteriores relatos para la trayectoria de
nuestra narrativa.
Inspirada en la Cuestión Social, Los Mártires plantea el
contraste entre la magnificencia y el infortunio de la socie-
dad europea de la época, en especial de Londres. Aquellos
profundos antagonismos, desconocidos, afortunadamente,
en América. Por una parte, las mansiones espléndidas de
la nobleza y de la burguesía. El lujo de sus diversiones. El
poder de la riqueza acumulada. Y por otro lado, el hambre
de los desposeídos. La desnudez de sus viviendas. La mise-
ria, la prostitución y el crimen determinados por la indigen-
cia y la ignorancia . Semejantes desigualdades forman el
contenido de los seis capítulos de Los Mártires” .
"Después de estas escenas, Fermín Toro ( Carlos en la
novela) se dirige a una callejuela, en busca de la " más ló-
brega e inmunda, la más pobre y humilde casa que puede
habitar un ser sensible'."
"Tanto el argumento de Los Mártires como su trágico fi-
nal tienen mucho de melodrama y de truculencia folleti-

99
nesca. Sin embargo, es muy superior a las precedentes in-
cursiones narrativas de Toro" . ... " Sus personajes son to-
mados de la vida real. Los Eduardos y las Emmas abundan
no sólo en Inglaterra, sino en otras naciones de Europa,
donde los abusos cometidos por el capital sembraron deso-
lación , desnudez e inmoralidad en numerosos hogares".
"Lejos de reducir su fisonomía intelectual, esta novela es
un documento más que pone de relieve la natural propen-
sión de su autor para captar, en toda su magnitud, los
complejos problemas humanos. En Los Mártires no sólo
debe buscarse el valor literario, que, por lo demás, es dis-
cutible; sino las resonancias sociológicas que contiene, re-
veladoras de la aguda sensibilidad social que fue caracte-
rística invariable del pensamiento y de la vida de Toro" .

Arturo Uslar Pietri . " La novela venezolana". En : Letras y hom-


bres de Venezuela. Madrid-Caracas. Obras Selectas. Ediciones
Edime. 1956. p. 254.

"La brisa romántica ha estado soplando a todo lo largo


del siglo XIX, no pocas veces muy cargada de miasmas. Fer-
mín Toro, por los años de 40, ha desleído su Chateau-
briand, su Rousseau, su Walter Scott, en desvaídas noveli-
tas oratorias y compungidas ".

100
INDICE
INDICE

Pág.

Esta edición VII

1842 : Los mártires, primera novela venezolana XIII

Notas al Estudio Preliminar LXXIII

Bibliografía del Estudio Preliminar LXXXI

Los mártires 1

Notas a Los mártires 75

Bibliografía de las notas 81

Ficha biobibliográfica de Fermín Toro 85

Juicios críticos sobre Los mártires 93


IMPRESO DURANTE FEBRERO DE 1966
EN LA IMPRENTA UNIVERSITARIA
DE CARACAS
UNIVERSIDAD CENTRAL
DE VENEZUELA

Rector
Dr. Jesús M. Bianco

Vicerrector

Dr. L. Plaza Izquierdo

Secretario
Dr. José Ramón Medina

FACULTAD DE HUMANIDADES
Y EDUCACION

Decano

Dr. Joaquín Gabaldón Márquez

Consejo de la Facultad
Dr. Eduardo Vásquez
Dr. Amílcar Plaza
Lic. Juan José Espinoza
Dr. Pascual Venegas Filardo
Prof. Jesús Enrique Vásquez Fermín
Dr. Gustavo Díaz Solís
Dr. Ildefonso Leal

Representantes de los alumnos


Br. Franklin Guzmán
Br. Carlos Muñoz

Representante de los egresados


Lic. Oscar Enrique Abdala

Coordinadora de la Facultad
Lic. Trina Urbina de Araujo

Director de la Escuela de Letras


Dr. Pedro Beroes

Director del Centro de Estudios Literarios


Dr. José Fabbiani Ruiz

Portada de ALIRIO PALACIOS


D.M

centro de estudios literarios


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