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HNET2001

El documento detalla la historia de las órdenes hospitalarias en la Nueva España durante los siglos XVII y XVIII, destacando la importancia de la Orden de San Juan de Dios y su expansión en América. Se menciona cómo estas órdenes se diferenciaban por su compromiso exclusivo con la hospitalidad y el cuidado de los enfermos, en un contexto donde la enfermería no era una profesión formal. Además, se abordan las regulaciones impuestas por la corona española para controlar la administración y funcionamiento de los hospitales en la región.
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El documento detalla la historia de las órdenes hospitalarias en la Nueva España durante los siglos XVII y XVIII, destacando la importancia de la Orden de San Juan de Dios y su expansión en América. Se menciona cómo estas órdenes se diferenciaban por su compromiso exclusivo con la hospitalidad y el cuidado de los enfermos, en un contexto donde la enfermería no era una profesión formal. Además, se abordan las regulaciones impuestas por la corona española para controlar la administración y funcionamiento de los hospitales en la región.
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Josefina Muriel

Hospitales de la Nueva España.


Tomo II. Fundaciones de los siglos
XVII y XVIII
México
Universidad Nacional Autónoma de México,
Instituto de Investigaciones Históricas/
Cruz Roja Mexicana
1991
444 p.
(Serie Historia Novohispana, 15)
Cuadros, ilustraciones, mapas
ISBN Obra completa 968-36-1468-X
ISBN Tomo II 968-36-1469-8

Formato: PDF
Publicado en línea: 10 de febrero de 2015
Disponible en:
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/hospitales/hne_t2.html

DR © 2015, Universidad Nacional Autónoma de México-Instituto de


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HOSPITALES DE LA NUEVA ESPAÑA

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CAPÍTULO 1

LAS ÓRDENES HOSPITALARIAS

Desde principios del siglo xvu, la obra hospitalaria en la Nueva España,


empÍeza a presentar un nuevo aspecto, éste es el que le dan las órdenes
religiosas hospitalarias.
A la Orden de la Caridad, establecida ya por Bernardino Alvarez en
el XVI, que es la primera orden religiosa mexicana, se le van a sumar otras
nacidas en diversos países. La primera es la de los juaninos, orden re-
ligiosa fundada en Granada, por un hombre a quien primero se tildó
de loco y que más tarde subió a los altares con el nombre de San Juan de
Dios. Aquel hombre que pisoteó todos los respetos humanos que atan al
hombre, para entregarse después, libremente y con amor sublime, al cui-
dado de los pobres, produjo con su ejemplo, un renacimiento del tradi-
cional espíritu hospitalario.
En el tiempo que nos ocupa, la orden juanina se hallaba en pleno
auge, y de toda América surgían peticiones reclamando su presencia.
Tras los juaninos llegará a México otra orden europea, la de los Ca-
nónigos Reglares de San Agustín, del Instituto de San Antonio Abad. Era
ésta una orden nacida en Viena, en plena Edad Media, que llegó a exten-
derse por España y que· en la ciudad de Burgos tuvo su centro más im-
portante. Fue de alli de donde salió Ja fundación de Ja casa de México.
Finalmente nos encontramos con otra institución hospitalaria nacida
en tierras de América. Se trata de la orden de Nuestra Señora de Belem,
fundada por el canario Pedro de Vetancourt, en Ja ciudad de Guatemala,
hacia Ja segunda mitad del xvu, pasando a la Nueva España poco después.
Estas órdenes religiosas se diferenciaban de otras existentes en la igle-
sia, en que sus miembros hacían un voto especial: el de hospitalidad. Así
mientras en otras órdenes como por ejemplo la franciscana o la agustina,
el trabajo hospitalario era solamente una de tantas actividacies que sus
frailes podian desempeñar a voluntad, en éstas, era la obligación funda-
menta], la razón misma de su existencia.

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8 HOSPITALES DE LA NUEVA ESPAÑA

En aquella época en que no era la enfermería una carrera liberal, es-


tudiada y practicada por seglares, pues los enfermeros y enfermeras eran
meros sirvientes que a fuerza de práctica aprendían a aplicar las medici-
nas; la aparición de instituciones dedicadas exclusivamente al manejo de
hospitales y cuidado de los enfermos, fue una enorme ayuda para los ser-
vicios hospitalarios. Así lo entendieron los patronos, las autoridades civiles
y las religiosas. Ya iremos viendo cómo a las casas matrices de cada una
de ellas, llegan las' continuas peticiones de frailes, para que vayan a ha-
cerse cargo de antiguos hospitales en decadencia o bien de nuevos que se
pretenden fundar. A consecuencia _c:le esto, como veremos, la mayor parte
de los hospitales de la Nueva España, van quedando en el siglo xvn, a car-
go de las diversas órdenes hospitalarias.
Excepción total a lo dicho, son los hospitales de Michoacán y regiones
circunvecinas, las cuales por la forma misma en que están constituidos,
siguen siendo organizaciones indígenas tuteladas por los franciscanos, agus-
tinos y el clero secular, especialmente por éste, que es quien poco a poco
va quedándose con todas las parroquias, pese a los privilegios pontificios
de los frailes.
Aun cuando todas las religiones hospitalarias tienen como denomina-
dor común el voto de hospitalidad, cada una de ellas tiene su propio ca-
rácter, dimanado de especiales constituciones. En sus obras externas, se
manifiesta en la especialización de actividades de cada una de ellas. La
orden de la Caridad como vimos en el tomo I de esta obra, se ocupaba de
todos los necesitados ya fuesen locos, atrasados mentales, convalecientes,
huérfanos, desocupados, viajeros incurables, etcétera. No hubo orden al-
guna que extendiera los brazos con esa amplitud de caridad como ella lo
hizo. Durante el siglo XVII sigue sosteniendo los hospitales que fundara en
el XVI y solamente toma a su cargo dos nuevos. La orden de San Juan de
Dios realiza también una obra de magnitud gigantesca y casi tan sin lími-
tes como la anterior y si bien no atiende a todos los miserables funcionando
como casa de misericordia, sí socorre a toda clase de enfermos, extendién-
dose hasta el grupo menos socorrido en el siglo anterior: los leprosos.
La orden de San Juan de Dios se establece en México y toma a esta
nación como centro de sus actividades e~ los dominios hispánicos del he-
misferio norte. Así constituyó la llamada Provincia del Espíritu Santo que
comprendía el Reino de la Nueva España,* Reino de la Nueva Galicia,
Guatemala, Nicaragua y Yucatán, las Filipinas e Islas de Barlovento. 1
* El Reino de la Nueva España comprendía el D. F., Durango (parte), Gua-
najuato, Guerrero, Hidalgo, Veracruz, Coahuila, parte de Jalisco, Estado de Méxi-
co, Michoacán, Morelos, Oaxaca, Tlaxcala, Puebla, Querétaro, parte de San Luis
Potosí, Tabasco, Tamaulipas y Texas.
i AGNM, Hospitales, t. 74, exp. 5.

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LAS ÓRDENES HOSPITALARIAS 9

Como cabecera y casa matriz de esta enorme provincia se hallaba el


hospital de Nuestra Señora de los Desamparados o San Juan de Dios de la
ciudad de México. Para toda América sólo hubo otras dos provincias cu-
yas cabeceras residieron en Panamá y Lima. Estas tres casas: México,
Centro y Sudamérica eran las únicas a las que las autoridades otorgaron
la categoría de conventos y por tanto, también las únicas en las cuales se
podía dar hábito y tener noviciado o sea los exclusivos lugares de forma-
ción de los juaninos en estas tierras.
Se dieron numerosas disposiciones para evitar que los que se habían
establecido como hospitales se titulasen conventos.
Desde mucho tiempo atrás venía luchándose en España por contener
el aumento exorbitante del clero regular. No podía fundarse convento sin
autorización especial del rey, que en el caso de América se otorgaba sólo
tras la información de las autoridads civiles y religiosas del lugar y la
aprobación del Consejo de Indias, si éste la consideraba de verdadera uti-
lidad pública. En cambio, para fundar un hospital, como la política gu-
bernamental era fomentar su establecimiento, no se requerían tantas con'-
diciones. Sin embargo, como el peligro estaba en que obtenido el permiso
para éste los frailes lo transformasen poco después en convento, al apro-
barse la fundación de un hospital se prohibía expresamente se cambiase
su destino. A pesar de ello muchos lo hicieron así. En todo el xvm hay
una franca tendencia a restar importancia al hospital y dársela al con-
vento, como veremos.
La extensión de la obra juanina en toda la Nueva España es la ma-
yor entre las órdenes hospitalarias, tanto por el número de hospitales fun-
dados por sus frailes, como por las instituciones que se pusieron a su car-
go. Es tal la importancia de ella, que hace brotar de las manos reales una
serie de cédulas, en las cuales se consignan los derechos, preeminencias,
prerrogativas, obligaciones y restricciones de la Orden. Legislación casuís-
tica, que más tarde se hará extensiva a todas las órdenes hospitalarias del
Nuevo Mundo. Como ejemplo de ella citaremos a la ley 5•, libro 1, título
1v. Dada en Madrid por Felipe IV el 20 de abril de 1652.
La Ley se refiere al orden que debe haber en los hospitales de San
Juan de Dios y consta de treinta disposiciones. De ellas extractaremos las
más importantes. Primeramente, se distinguen tres clases de hospitales que
son: los fundados con una dotación de la Real Hacienda. Estos pertene-
cen al Real Patronato. Los fundados por ciudades o personas particulares,
que aunque dotados con rentas por sus fundadores, pidieron más tarde
ayuda de la Real renta, encomienda o repartimiento. Finalmente los que
fueron fundados por ciudades o personas particulares, con asignaciones
o limosnas suficientes y que nunca solicitaron ni recibieron ayuda del go-

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10 HOSPITALES DE LA NUEVA ESPAÑA

bierno. El control de los bienes de estos tres tipos de hospitales lo regla-


menta el rey así:
Los del Real :Patronato darán cuentas a los oficiales reales o a la jus-
ticia ordinaria anualmente. Los segundos darán cuentas anuales al ordina-
rio eclesiástico, interviniendo en ello un oficial de la Real Hacienda.
Los últimos darán las cuentas cada año al ordinario eclesiástico asis-
tiendo a dicho acto los diputados de la ciudad pero éstos sólo en calidad
de asistentes, no de interventores.
Otro tema de los que abarca la ley, es el referente a los religiosos que
ha de haber en los hospitales. Se ordena que haya en cada hospital los
"religiosos necesarios" al cuidado de los enfermos, pero no más. Que el
número que deba haber lo señale el virrey, presidentes de Audiencia, go-
bernadores, corregidores o comisarios de acuerdo con los arzobispos u obis-
pos y oyendo al vicario general .o prior del hospital.
En cada hospital habrá solamente uno o dos sacerdotes e igual ocurra
en las casas matrices.
Los sacerdotes sólo servirán para administrar los sacramentos. Deberán
tener licencia de sus prelados y no podrán gobernar hospitales ni con-
ventos.
Los frailes que estuviesen de más en un convento se pasarán a otro
necesitado de ellos. Los que estuviesen de sobra llenadas las necesidades
de todos los hospitales de una orden, se regresarán a España.
Estaba prohibido dar hábito tanto a criollos como españoles en los hos-
pitales, sólo podía hacerse en los conventos de Lima, Panamá y México.
Quedaba terminantemente prohibido convertir los hospitales en con-
ventos. En esta disposición se define claramente cuál es la razón por la
que se admiten las órdenes hospitalarias, cuando se les indica que los hos-
pitales se les dan sólo para que atiendan a los enfermos, no para propagar
el instituto de San Juan de Dios.
Claramente lo expresa la ley cuando dice que los hermanos deben en-
tender cuando les encargan un hospital, que no entran a él como dueños
y señores de ellos, de sus rentas y limosnas, sino sólo "como Ministros y
Asistentes de los Hospitales y de sus pobres y para servir a Dios en ellos".
Para mayor control de los bienes de los hospitales el rey exige que
los reciban por inventario y que del mismo modo lo entreguen cuando los
dejen.
Pueden los frailes tomar de los bienes de los hospitales a ellos encar-
gados para su sustento y vestuario, pero sin exceso.
Les concede el rey derecho a tener iglesias, campanas y a no pagar
derechos de entierro a los que muriendo en sus hospitales en ellos se en-
terraren.

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LAS ÓRDENES HOSPITALARIAS 11

Finalmente. ordénase que sean remitidos a España en primer lugar los


frailes que colgasen el hábito y .en segundo los que en las Indias no guar-
dasen debidamente las constituciones de su Orden.
El control de la vida privada de los frailes así como el cumplimiento
de sus deberes religiosos, los deja la corona en manos de los superiores de
la Orden.
Hubo otras leyes anteriores a ésta, por ejemplo la ley 24• libro I, título
XIV, dada en 1630; la ley 7•, libro 1, título IV, dada en 1626, la ley 6• li-
bro 1, título IV, dada en 1633 y otras, pero según parece ésta de 1652 fue
la definitiva (no conocemos ninguna otra tan completa), para reglamen-
tar la vida y obra de los juaninos en estas tierras.* Más aún, a partir de
1652 todos los juristas cuando se refieran a asuntos concernientes a cual-
quiera de las órdenes hospitalarias, tendrán que hacer mención de esta
famosa ley v, libro 1, título IV. Véase como ejemplo de estas menciones la
que se consigna en el tomo 19, expediente 15 del ramo Hospitales del Archi-
vo General de la Nación de México.
Los canónigos seglares de San Agustín del Instituto· de San Antonio
Abad, eran los miembros de una orden religiosa fundada en Francia en
1905. Su fin era el de cuidar a los enfermos de "fuego sacro". Se trataba
de una orden medioeval que conservaba muchos aspectos de ]as órdenes
militares, sin serlo. 2 No era en el siglo xvu una organización pujante y
vigorosa como la de San Juan de Dios o la de Bernardino Alvarez. En
sus varios siglos de existencia había pasado ya por épocas de esplendor,
de auge, de riqueza y de relajación tremenda. Llegaba a la Nueva España
ya decadente. Sólo tuvo a su cargo, el hospital de San Antonio Abad de
la ciudad de México y su influjo en la vida religiosa del pueblo fue
de poca importancia. No tuvieron noviciado aquí, ni gozó su casa de la
menor independencia de España. ·Posiblemente es la única orden religiosa
que no se desarrolló aquí por sí misma. Allá se decidía todo y allá se ele-
gía al prior o comendador.
Sin embargo, no hay que olvidar que aunque en muchas ocasiones no
fueron ellos los más caritativos con los pobres, sí fueron al menos los que
aproximadamente siglo y medio dieron asilo a unos enfermos despreciados
y abandonados por todos. Estos eran los que sufrían el repugnante "mal
de San Antón", "fuego sacro" o "mal leonino'', que de los tres modos se
conocía. Enfermedad que en su aspecto exterior se asemejaba a la lepra,

* Véase esta legislaci6n en el Cedulario. de Encinas, en la Recopilación de las


Leyes de los Reinos de los Indios y en los capítulos respectivos de la obra Benefi-
cencia de España en Indias de Julia Herráez y el apéndice de este libro.
2 Max Heimbucher, Die Ordtm und Kongregationen der Kathole$chen Kirche.

3• edición, v. 1, p. 423-424.

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12 HOSPITALES DE LA NUEVA ESPAÑA

con la que se le confundía frecuentemente y que producía la misma repul-


sión social que ella, siendo que actualmente no se le da má~ importancia
que la de una avitaminosis. Los antoninos usaban un hábito de paño azul
con escapulario y capa del mismo color. Sobre ésta tenían bordada la le-
tra griega tau.
La Orden de Nuestra Señora de Belem, fue una institución nacida en
América y fundada por el venerable Pedro de San José Vetancourt origina-
rio de la Isla de Tenerife, en las Canarias. Pas6 a América en 1650, esta-
bleciéndose en Guatemala. Allí se dedicó a la· enseñanza de la religión y
primeras letras para los niños pobres. Su espíritu piadoso lo llevó a tomar
el hábito de Tercero franciscano en 1655. Poco después consiguió un te-
rreno y con limosnas que recogió, levantó un hospital, del que fue primer
huésped una negra convaleciente. Admiradores de su obra se unieron a él
y juntos formaron la congregación Betlemita, en honor de Nuestra Señora
de Belén. Las obligaciones de esta organización fueron, cuidar a los con-
valecientes y enseñar a los niños pobres a leer, escribir y contar. 3
La obra entusiasmó a los reyes, quienes se hicieron sus patronos el 17
de mayo de 1696. La Santa Sede la aprobó primero en calidad de her-
mandad. Sus votos eran entonces simples, es decir, que sólo les obligaban
mientras vivían en la hermandad. 4
Murió José de Vetancourt sin haber dado reglas ni constituciones a su
congregación, pero dispuso en su testamento, que el hermano Rodrigo de
la Cruz las escribiese. :&te las hizo y siendo obispo de la diócesis guate-
malteca fray Payo Enríquez de Rivera, las aprobó. S. S. Clemente X, dio
su aceptación en 1672,. y en 1674 les concedió ya como orden religiosa,
los votos perpetuos y otras prerrogativas.
Gobernando aún fray Rodrigo de la Cruz, la Orden se extendió al Perú
y a la Nueva España. En Guatemala residió siempre el prefecto mayor o
general, del cual dependían las casas tanto de Guatemala como de la
Nueva España y Perú. 5
Aun cuando en un principio se dedicaron sólo a Jos convalecientes, la
necesidad de hospitales los obligó a recibir enfermos. Así los hallaremos
teniendo a su cargo numerosos hospitales y atendiendo lo mismo a los
convalecientes que a los enfermos. Anexa a esta obra desarrollaron la otra
prescrita por sus reglas, la enseñanza de niños pobres. De este modo cada
uno de sus hospitales fue también lo que hoy llamaremos un centro de
alfabetización.
8
José Maria Marroquí, La ciudad de México, México, Tipografia y Litogra-
fia "La Europea" de J. Aguilar Vera y Cia., 1900, t. 1, p. 575.
4 Fray Agustín de Ventancourt, Tealro Mexicano, México, María Benavides
Vda. de Juan Rivera, 1697, p. 37.
5 Marroquí, op. cit., t. 1, p. 575-576.

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LAS ÓRDENES HOSPITALARlAS 13

El hábito de los betlemitas era una túnica color pardo oscuro con ca-
pucha puntiaguda. Se ceñía con Ja correa de San Agustín. Se cubrían con
una capa corta con un escudo en que aparecía una estrella de plata ilu-
minando tres coronas- de oro sobre campo azul. Símbolos todos de la visita
de los tres reyes magos al Niño Jesús en Belén. Tra!aft colgado el cuello un
rosario en honor de Nuestra Señora. Como detalle distintivo en sus per-
sonas usaban barba larga y poblada.' También usaban para salir a la calle
sombrero de ala ancha de lana pardo oscura. 7
Por las reformas que a las constituciones se hicieron en 1685 y que
fueron las definitivas, el gobierno de la orden quedó organizado así: 8

Prelado local { Cuatro discretos .


Un maestro de nov1-
U no en cada casa .
de /'1./ ueva Es- cios

Prefecto mayor o
Secretario
general r _
pana
Un enfermero mayor
Un procurador

general Cuatro discretos


Residía turnada- Prelado local Un maestro de novi-
mente en Gua Uno en cada casa cios
temala, Perú o del Perú { Un enfermero mayor
Nueva España. Un procurador
Cuatro asistentes
Viceprefecto Cuatro discretos
general

l Prelado local
Uno en cada casa
de Guatemala
{ Un maestro de
cios
Un enfermero mayor
Un procurador
novi~

6 Francisco Sosa, El episcopado mexicano, desde la lpoca colonial hasta [Link]-


tros dúz.s, con una breve noticia biográfica y un apéndice de Alberto Maria Carre-
ña, México, Editorial Hdios, 1917, p. 270.
7 Marroquí, op. cit., t. 1, p. 577~578.
• Ibidnn, t. 1, p. 576-577.

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