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Amor Estelar Eterno

En un rincón oscuro del universo, dos pequeñas estrellas, una brillante y otra tenue, inician una conexión profunda que transforma su soledad en una danza de luz y amor. A través de conversaciones sobre el vacío y la importancia de compartir, ambas estrellas descubren su valor mutuo y crean un nuevo sistema estelar lleno de vida. A pesar de la incertidumbre del futuro, su amor se revela como eterno, capaz de generar nuevas historias incluso en la adversidad.

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Amor Estelar Eterno

En un rincón oscuro del universo, dos pequeñas estrellas, una brillante y otra tenue, inician una conexión profunda que transforma su soledad en una danza de luz y amor. A través de conversaciones sobre el vacío y la importancia de compartir, ambas estrellas descubren su valor mutuo y crean un nuevo sistema estelar lleno de vida. A pesar de la incertidumbre del futuro, su amor se revela como eterno, capaz de generar nuevas historias incluso en la adversidad.

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ESTRELLAS

Ilustraciones: Marti

Escrito: Fer
<3

En una galaxia lejana, había un rincón oscuro del universo que pocas veces era
visitado por la luz.

Los cometas pasaban de largo, los planetas eran solo rocas frías, y las estrellas que
alguna vez brillaron ahí habían terminado su ciclo: era un vacío absoluto. En ese
rincón, permanecían dos pequeñas estrellas, diminutas para los estándares
cósmicos.

La primera estrella era un incendio que no sabía a fuego, un latido cósmico que
pulsaba pasión y rabia en un mismo golpe. Su luz no solo quemaba las sombras; las
descomponía, las arrancaba de raíz y las convertía en un sonido cálido, pintando el
vacío de un rojo imposible. Era un rugido de neón, un artefacto hermoso perdido en
la inmensidad.

La segunda estrella, en cambio, era un grafiti en un vagón olvidado, el susurro


metálico de un cielo que no le pertenecía. Su fulgor, más bien un parpadeo
contenido, vibraba como el sueño de quien ha visto demasiado, pero ha dicho muy
poco.

Allí, observaba el caos brillante de su compañera, preguntándose si el suyo sería un


resplandor que algún día despertaría una emoción similar o si simplemente su luz
moriría en aquel sitio: un enigma estático, un poema sin sentido tatuado en el cielo.

Fue en una noche especialmente fría de aquel rincón oscuro cuando la estrella
brillante habló por primera vez:

—Hola.

La tenue vaciló antes de responder. Nunca antes había sentido que alguien le
hablara con tanta claridad.

—Hola —respondió tímida.

—¿Por qué estás tan lejos? —preguntó la brillante, acercándose lentamente. Su luz
parecía bailar alrededor de la tenue.
—No estoy segura de que deba acercarme —dijo con miedo a quemarse—. Tu luz es
demasiado… fuerte.

La estrella brillante rió. Era el susurro de un millón de pétalos cayendo sobre un


lago tranquilo, una risa que guardaba un abrazo y prometía un calor dispuesto a
envolverlo todo.

—La luz no es para quemar. Es para compartir.

La tenue siempre había permanecido al margen, observando las danza de los


cometas, pero ahora, ante la cercanía de aquella estrella, contempló algo peculiar:
la brillante comenzó a latir, serena y constante, un latido hecho de luz. La tenue,
fascinada, sintió esa vibración atravesar el vacío, colarse dentro de ella y encender
una chispa que esperaba dormida.

—¿Lo sientes? —preguntó la brillante.

—Es como un canto… —susurró la tenue—. Como si el universo entero quisiera que
nos acercáramos.

La brillante encontró maneras de acercarse sin invadir, de iluminar sin cegar, y


poco a poco, la tenue comenzó a dejarse llevar por aquella calidez.

Así comenzó la danza. Primero, la tenue respondió con un destello tímido, la nota
de una melodía recién aprendida.

La brillante ajustó su ritmo para acompañarla, y juntas comenzaron a moverse.


II

En sus órbitas, las estrellas hablaban de todo lo que las rodeaba.

—¿No te parece injusto que los agujeros negros lo consuman todo? —preguntó la
brillante una noche, contemplando el horizonte.

—Lo es. Pero a veces pienso que hasta el universo los necesita. Los agujeros negros
también hacen espacio para cosas nuevas —respondió la tenue, sorprendida de que
su voz sonara tan segura.

La brillante se acurrucó sobre sí misma, enrollándose como un felino que busca su


propio calor.

—¿Sabes? —dijo la brillante, haciendo una pausa—. Siempre he creído que las cosas
más importantes no son las que brillan más fuerte, sino las que encontramos
cuando dejamos de mirar.

La tenue parpadeó suavemente.

—¿Cómo qué cosas? —preguntó, inclinando su luz con curiosidad.

—Como el silencio entre las canciones o los sueños que nacen entre el día y la
noche. Lo que parece vacío, pero en realidad nos une.

—Eso es lo que me gusta de hablar contigo —dijo—. Haces que todo lo que creía
saber se sienta vivo otra vez.
III

Un día, la estrella tenue comenzó a alejarse sin previo aviso. La brillante,


desconcertada, la siguió a lo largo de un cúmulo estelar, dejando un rastro de luz
tras de sí.

—¿Qué ocurre? ¿Por qué te alejas? —preguntó, casi suplicante.

La tenue titubeó antes de responder.

—No entiendo esto. Tu luz es hermosa, pero me siento pequeña a tu lado. No sé si


puedo seguir girando así.

Por un instante, la brillante pareció apagar un poco su resplandor.

—No quiero que te sientas menos. Si te alejas, lo entenderé, pero debo decirte algo:
mi luz no sería la misma sin la tuya.

La tenue quedó en silencio, paralizada por aquellas palabras. Detuvo su huida y dejó
que la brillante se acercara.

—No dejes que me aleje. A veces no sé qué hacer con esta distancia. No quiero
perderte…

—Nunca lo harás —prometió la brillante.

El tiempo se detuvo.

La estrella brillante desprendió de su núcleo un delicado hilo de luz, frágil como un


sueño. La tenue hizo lo mismo. Sus hebras luminosas se encontraron a mitad de
camino, entrelazándose y al tocarse, estallaron en un éxtasis de colores nunca visto.

La brillante entregó su resplandor más intenso.

La tenue, su dulce titilar.


IV

Otras estrellas comenzaron a notar su danza. Una de ellas, más joven y chispeante,
se acercó un día para burlarse:

—Esa luz que comparten no es natural — dijo, girando sobre sí misma con
petulancia—. Las verdaderas estrellas brillan solo para una, como dice la antigua ley
del cosmos. ¿Acaso no han leído el manual de la perfecta estrella enamorada?

La brillante ni siquiera le prestó atención, pero la tenue, por primera vez, la


enfrentó.

—¿Qué sabes tú del amor entre las estrellas? —respondió— Brillamos juntas porque
queremos, no porque debamos. Hay millones de estrellas en el universo, pero
cuando nuestras luces se encuentran, todo lo demás desaparece.

La joven estrella se alejó en silencio, su altivez se redujo a un parpadeo inseguro...


frente al amor que no podía comprender.
V

El tiempo avanzó.

La brillante, llena de sueños y ambición, debía cruzar galaxias para cumplir con su
propósito. La tenue permaneció en el mismo sitio, contemplando el vacío de luz que
dejaba su compañera.

—¿Crees que esto será para siempre? —preguntó la tenue una noche, cuando ambas
pudieron reunirse después de un largo periodo separadas.

—No lo sé —respondió la brillante, con una sinceridad que iluminó el alma de la


tenue—. Pero no habrá fuerza en el universo que pueda apagar lo que somos.
VI

Su luz comenzó a atraer a otras estrellas solitarias, planetas errantes y cometas


perdidos. Poco a poco, ese rincón oscuro del universo se fue llenando de vida y
color.

—Mira lo que hemos hecho juntas. Creamos un nuevo sistema estelar.

La brillante parpadeó con orgullo.

—Y todo comenzó con un "hola".

La tenue sonrió, recordando aquel primer encuentro. Habían pasado eones desde
entonces.

—¿Recuerdas cuando nos conocimos? —preguntó la tenue, su luz parpadeando con


nostalgia.

—Cómo olvidarlo —respondió la brillante—. Eras tan tímida que apenas te atrevías a
brillar.

—Y tú tan resplandeciente que me cegabas.

A su alrededor, los planetas giraban en armonía.

—Hemos crecido tanto desde entonces —susurró la tenue, su luz ahora más fuerte y
segura.

—Juntas —añadió la brillante, acercándose más a la tenue—. Hemos crecido juntas.

Sin previo aviso, un destello rojizo cruzó el cielo, captando la atención de ambas.
Era una supernova, el final explosivo de una estrella lejana.

—¿Crees que algún día nos pasará eso? —preguntó la tenue. —¿Y si no podemos
permanecer juntas? —dijo, temiendo lo inevitable.

—Mira más allá de la explosión —murmuró haciendo vibrar el cosmos—. En cada


fragmento de esa estrella nacerá un nuevo mundo, una nueva historia. Así seremos
nosotras: eternas, infinitas en cada cambio.
Mientras la supernova teñía el espacio carmesí, se vieron y lo entendieron: su amor
no necesitaba promesas de eternidad - ya era, en sí mismo, eterno.

Con amor infinito, para Amira.

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