El beso
Había una vez, en un pequeño pueblo rodeado de montañas y bosques densos, dos almas
que, sin saberlo, estaban destinadas a encontrarse. El pueblo era un lugar tranquilo,
donde las calles se vestían de hojas doradas en otoño y las estrellas brillaban con fuerza
en las noches despejadas. Vivía allí una joven llamada Elvira, que tenía el cabello largo
y oscuro como la noche, y unos ojos que reflejaban la paz de la naturaleza que la
rodeaba. Ella trabajaba en la librería del pueblo, un lugar acogedor lleno de historias que
inspiraban a todos los que la visitaban.
Un día, mientras recorría el mercado en busca de frutas frescas, Elvira vio a un joven
extraño que se encontraba junto a una vieja carreta, vendiendo instrumentos musicales.
Su nombre era León, un hombre de mirada profunda y sonrisa algo reservada, que había
viajado por muchos lugares buscando algo que no podía definir. Su cabello, rizado y
desordenado por el viento, y su ropa sencilla, lo hacían parecer un vagabundo, pero
había algo en él que atraía la curiosidad de Elvira.
Ella se acercó al puesto, atraída por una guitarra antigua que León tenía exhibida. Él la
miró y, al ver el brillo de interés en sus ojos, comenzó a hablarle de la historia del
instrumento, de cómo lo había encontrado en una ciudad lejana y cómo había aprendido
a tocarlo a lo largo de los años. Elvira, cautivada por su voz suave y la manera en que
hablaba de su pasión por la música, se dio cuenta de que había algo especial en él. El
joven, por su parte, no pudo evitar notar la gentileza en la forma en que ella lo miraba,
como si pudiera ver más allá de su exterior y descubrir lo que realmente era.
Pasaron varios días antes de que sus caminos se cruzaran nuevamente, pero cuando eso
sucedió, Elvira no dudó en acercarse a León. Le contó que había estado pensando en su
guitarra y en las historias que le había contado, y eso fue todo lo que necesitaban para
empezar a compartir más. Hablaron sobre libros, sobre canciones, sobre los sueños que
cada uno llevaba consigo. Con el tiempo, las conversaciones se hicieron más largas, las
miradas más intensas, y las sonrisas, más constantes.
Un atardecer, después de semanas de verse con frecuencia, León invitó a Elvira a
caminar por el bosque cercano. El sol se ponía lentamente, tiñendo el cielo de colores
naranjas y lilas. El aire fresco y el silencio del bosque les permitió hablar de todo sin
palabras, como si cada paso que daban los acercara más a algo profundo y verdadero.
Llegaron a un claro donde la hierba crecía alta y las flores silvestres se mecía con la
brisa. En ese momento, León sacó su guitarra y comenzó a tocar una melodía suave,
casi susurrante, como un canto dedicado solo a ella.
Elvira se sentó en el suelo, dejándose envolver por la música, y cuando la última nota se
desvaneció en el aire, miró a León y le dijo: "Tú también eres parte de esta historia, de
este lugar, de todo lo que me rodea". Él la miró, su pecho se llenó de algo que no podía
describir, y, sin pensarlo dos veces, se acercó y la besó suavemente.
El beso fue como el inicio de una nueva vida para ambos. No importaba lo que el futuro
les deparara, pues sabían que juntos podían enfrentar cualquier desafío. Durante los días
siguientes, Elvira y León se volvieron inseparables. No solo compartían su amor por la
música y las historias, sino también sus sueños, sus miedos y sus esperanzas. Cada
rincón del pueblo parecía ahora estar lleno de magia, de algo intangible pero poderoso
que se había formado entre ellos.
Con el tiempo, Elvira comenzó a escribir historias inspiradas en sus encuentros, en la
música de León, y en la manera en que él tocaba el alma de las personas. Ella lo veía
como el protagonista de sus relatos más hermosos. León, por su parte, compuso una
serie de canciones dedicadas a ella, melodías que hablaban de amor, de los días simples
pero perfectos que pasaban juntos, y de la certeza de que, en algún lugar del mundo,
había encontrado a su compañera, a su musa.
Y así, entre las montañas y los bosques del pequeño pueblo, Elvira y León vivieron su
amor. Un amor que crecía con cada nota tocada, con cada palabra escrita, con cada día
compartido. Porque al final, entendieron que el amor verdadero no se encuentra en los
grandes gestos ni en los destinos lejanos, sino en las pequeñas cosas, en los momentos
sencillos que se comparten, y en la capacidad de dos personas de encontrarse en un
mundo tan vasto.
Y así, juntos, con la guitarra de León y las historias de Elvira, vivieron una vida llena de
magia y amor, recordando siempre que lo más hermoso de todo estaba en ellos mismos,
en lo que se daban el uno al otro.