Kado (The Syndicates 11) - Cala Riley
Kado (The Syndicates 11) - Cala Riley
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animando a adquirir sus libros. Por favor comparte en privado y no acudas a
fuentes oficiales de las autoras a solicitar las traducciones de fans. Preserva y
cuida el esfuerzo que conlleva todo el trabajo.
SinopSis
Lucy
Me he pasado toda la vida luchando por cada cosa que tengo. Lo único que
quiero es sobrevivir.
Por eso, cuando acabo presenciando un crimen atroz, lo único que puedo
esperar es escapar, sólo que él está allí esperándome.
Kado.
No está dispuesto a dejar que me marche fácilmente. El fuerte y silencioso
sicario está causando estragos en mi vida y en mi corazón.
¿Sobreviviré a las secuelas?
Kado
Sólo he anhelado una cosa: compañía.
Nunca pensé que la encontraría hasta que la conocí.
Lucy.
Es hermosa e inocente, pero no puedo dejarla marchar. La forma en que me
comprende sin decir una palabra me ha convertido rápidamente en un adicto a
ella.
Tan rápido como me estoy enamorando de ella, ¿será capaz de ver más allá
del monstruo que soy y amar al hombre que puedo llegar a ser?
*Kado es el libro once de la serie Syndicates y puede leerse de forma
independiente.
PróLogo
Lucy
El timbre de mi teléfono me despierta de mi letargo. Gruñendo, cojo el
teléfono. Miro la pantalla y hago una mueca al ver que son las once de la noche.
Pero no puedo ignorar la llamada. Es de un cliente.
―Hola, Sr. Jones. ¿En qué puedo ayudarle? ―respondo, intentando que el
sueño no se apodere de mi voz.
―Necesito que vengas aquí ahora mismo ―me ladra.
―Por supuesto. Ahora mismo voy ―digo tragando saliva.
Cuelga, sin despedirse siquiera.
―Idiota ―murmuro levantándome.
No es que me sorprenda.
El Sr. Jones es el más difícil de mis clientes. Es el único que me llama a horas
intempestivas, exigiendo servicio. Todos los demás prefieren un horario
rutinario.
Me levanto de la cama y me despejo los ojos. No tengo tiempo para
prepararme realmente. Si no llego a tiempo, me amenazará de nuevo con
despedirme. No quiero tentar a la suerte con que esta sea la vez en que lo
cumpla.
Así que me pongo los pantalones y la blusa, me calzo los zapatos planos y
me recojo el cabello. Luego cojo mi bolsa de viaje con todo mi material de trabajo.
Correr por la zona sur de Chicago a estas horas de la noche no es lo más
seguro, pero cuando creces aquí, llegas a saber a quién evitar y de quién hacerte
amigo.
Saludo con la cabeza al camello de la esquina y me dirijo a la 'L'.
Afortunadamente, no es demasiado tarde. Me ha llamado cuando la línea
morada ha dejado de funcionar desde la noche anterior. La línea roja me lleva
únicamente hasta el norte. Solo hay ocho minutos de tren de Howard a Foster,
pero hay tres kilómetros a pie hasta la estación, y luego otro medio kilómetro
hasta la casa del Sr. Jones. No estaba siendo una noche divertida.
Una vez en el tren, dejo mis pensamientos a la deriva. Esta semana ha sido
una semana infernal. Entre que el Sr. Jones me ha llamado cuatro veces más y los
azotes que me ha dado la Sra. Godfrey por sus macetas, que jura he debido de
estropearlas yo en lugar de su gato, estaba deseando que llegara la única noche
completa para dormir que podría haber tenido.
Desgraciadamente, no estaba destinado a ser así.
Poco más de una hora y una pequeña cabezada después, llego finalmente a
la estación Foster. Al salir del tren, no me entretengo. Acelero el paso, dispuesta a
acabar de una vez.
Las luces de la casa están apagadas, lo que no hace más que molestarme.
Quería tanto que viniera, ¿pero ni siquiera ha podido quedarse?
Pero, ¿por qué me sorprende? Este es su modus operandi.
Saco su llave del bolso, abro la puerta y enciendo la luz de la entrada. El
lugar parece inmaculado, como siempre. Aun así, algo debe estar fuera de lugar
para que me llame tan tarde.
Dejo mis cosas junto a la puerta principal y me quito los zapatos antes de
atravesar la casa. Al pasar por la cocina, me detengo, creyendo ver una sombra.
¿Qué narices pasa? ¿Hay alguien aquí? Al encender las luces, el espacio está
vacío.
Sacudo la cabeza. Mi imaginación me está jugando una mala pasada. La
falta de sueño me va a matar. Ojalá hubiera podido dormir una noche entera por
una vez.
Frotándome el cuello, sigo avanzando por la casa. Juro que siento ojos sobre
mí, pero sé que estoy siendo paranoica. El Sr. Jones ya se habría hecho notar con
sus miradas lascivas y sus comentarios sexistas enmascarados como bromas.
Realmente odio a ese hombre, aunque paga un buen dinero por que esté a su
servicio. Por mucho que me esfuerce, no puedo dejar pasar ese dinero fácilmente.
Es el único cliente que tengo que me ha contratado directamente. Todos los
demás pasaron por Theresa, mi jefa. Al Sr. Jones no le gustaba tener
intermediarios, de modo que, después de pagarle a ella una buena cantidad, me
contrató directamente.
Ahora mismo siento un gran pesar por ello.
Al no ver ningún problema en la parte principal de la casa, me acobardo.
Mierda.
Eso significa que probablemente esté en su dormitorio. El Sr. Jones tiene
unos gustos específicos en lo que se refiere a sus inclinaciones sexuales. Una vez
tuve que limpiar orina de la alfombra de su dormitorio. Se deleitaba contándome
cómo la mujer con la que había estado disfrutaba del calor de sus fluidos sobre
su piel.
Sentí arcadas al pensarlo.
Preparándome para lo peor, me dirijo primero a su dormitorio.
En cuanto enciendo las luces, frunzo el ceño. Hay cristales rotos en el suelo.
La cama está desordenada, y lo que parece ser sangre cubre las sábanas. Arrugo
la nariz.
Repugnante. Esto está fuera de lugar, incluso para él. No quiero ni saber
cómo acabaron rotas sus cosas. Espero que la sangre sea de alguna chica que está
con la regla y no porque le haya hecho daño. Nunca ha dado una vibración
violenta, pero nunca se conoce del todo a la gente.
La luz del cuarto de baño ya está encendida, así que me dirijo hacia allí.
Abro la puerta y encuentro al Sr. Jones.
Solo que está más pálido que la última vez que lo vi.
Tiene los ojos abiertos, mirando a la pared como si estuviera aturdido.
―Sr. Jones ―le llamo.
No se mueve.
Se me hace un nudo en el estómago y siento pavor.
Algo va mal.
Al acercarme, me doy cuenta de la sangre que hay en la bañera debajo de él,
y se me corta la respiración al verlo.
Mierda. Mierda. Mierda.
Entonces oigo algo detrás de mí.
Girando, le veo. La figura oscura y amenazadora se acerca.
Debería gritar. O quizá correr. Buscar un arma y luchar contra él.
Pero no puedo. En lugar de eso, mi cuerpo se congela.
Este es el momento en que sé que voy a morir.
Ni siquiera puedo suplicar por mi vida.
Así que, en lugar de eso, cierro los ojos y espero a que todo acabe.
Tal vez encuentre finalmente la paz.
Kado
No debería estar aquí.
Es todo lo que puedo pensar cuando persigo a esta hermosa mujer por la
casa. No debería dejarla continuar, pero no puedo evitarlo.
Es preciosa. Como una luz al final de un túnel oscuro.
Sabía que no debería haberla seguido, abriéndose paso por la casa, pero
quería estar cerca de ella. Después de verla ir y venir durante las dos últimas
semanas, que aparezca ahora me parece cosa del destino.
Así que me permito una pequeña concesión.
No debería estar aquí. Ahora que lo está, habrá que ocuparse de ella. No
puedo dejar que hable de lo que está a punto de encontrar, pero tampoco quiero
renunciar a este momento.
La sensación que siento cuando la miro no la había sentido antes.
Así que la dejo entrar en el dormitorio y luego en el cuarto de baño.
Esperaba que gritara. Ya estoy en movimiento para detenerla, pero cuando
gira para mirarme, con el rostro marcado por el horror, no emite ningún sonido.
Se queda inmóvil, mirándome con los ojos muy abiertos. Luego se cierran y
su cuerpo comienza a temblar.
Frunzo el ceño. No me gusta que actúe así.
Debería estar gritando. Luchando incluso. No hacer ruido ni moverse es
estúpido. Ni siquiera intenta salvar su propia vida. Incluso he tenido gente que
me suplicaba que la perdonara, pero no esta belleza.
En lugar de eso, se queda allí tan estoica como puede, con los ojos cerrados
y el cuerpo tembloroso.
Me acerco, aspirando su dulce aroma. A lavanda. Huele como la loción
preferida Miya. Lo disfruto.
Aun así, no se mueve.
Alargo la mano y la rozo, observando cómo sus ojos se estremecen.
Finalmente, algo de ella.
En ese momento, sé que no puedo deshacerme de ella. No como haría con
otros cabos sueltos. Hay algo en ella que me hace querer cuidarla. Llevármela
conmigo y no dejar que nadie vuelva a hacerle daño.
Mi mano agarra la suya, haciendo que abra los ojos. Me llevo la otra mano a
la boca, con el dedo índice en los labios.
Ella asiente como si entendiera que debe callarse.
Sacándola de la habitación, la acerco a la cama. Está manchada de sangre, lo
que me hace fruncir el ceño. Sin embargo, no la quiero lejos de mí.
La empujo contra la pared, llevándole la mano al pecho. La miro con
dureza, empujando mi mano contra ella.
Retrocedo un poco y vuelvo a levantar la mano, esperando que entienda
que debe quedarse quieta.
Luego me dirijo al armario, saco la ropa de este hombre y la tiro sobre la
cama para cubrir la sangre.
Suficientemente bien.
Trasladándola a la cama, la empujo por los hombros hasta que se sienta. Ya
ni siquiera llora. Creo que está en estado de shock. Se sienta en silencio, con los
ojos fijos en algo que hay detrás de mí.
Saco una de las bridas del bolsillo trasero y se la paso por las muñecas antes
de atárselas al cabecero.
Se queja suavemente, aunque por lo demás, obedece.
De vuelta al baño, me ocupo rápidamente del cadáver. El cabrón pensó que
podría librarse de su deuda con la Yakuza intentando aliarse con los irlandeses.
El idiota no se dio cuenta que, aunque son entidades separadas, están unidas por
matrimonio. Callum tendría que cagarla de verdad para que Kai hiciera un
movimiento contra él. De lo contrario, Cleo nunca lo permitiría.
Mi mente vuelve a la hermosa morena de la habitación contigua. Una mujer
puede marcar la diferencia. Lo vi con Kai primero, y luego con Kenji. No voy a
mentir. Conocer a Miya y ver la amabilidad que me demostró me hizo desear eso
para mí.
No a Miya. Ella había sido de Kenji durante mucho más tiempo del que a
ninguno de los dos les importó admitir. Aun así, quería lo que ella representaba.
Si ella podía ver más allá de mi duro exterior y de mi incapacidad para
comunicarme con eficacia, quizá yo pudiera encontrar a alguien que sí lo hiciera.
Nunca me lo habría planteado antes de Miya. Ni siquiera la habría mirado
dos veces.
Sin embargo, lo hice, y ahora aquí estamos.
Kai va a matarme. En el momento en que he decidido mantenerla con vida,
he sabido que haría cualquier cosa para mantenerla a salvo.
Una vez que tengo al hombre troceado y separado en bolsas, vuelvo a entrar
en el dormitorio. La chica se sobresalta y me mira. Veo la sangre en sus muñecas.
Le sacudo la cabeza. No quiero que se corte intentando liberarse.
Levanto el dedo índice para decirle que espere un momento. Luego bajo las
escaleras a toda velocidad. Lleva dos viajes meter las bolsas en el coche, pero no
quiero perder tiempo, así que llevo tantas como puedo en cada viaje para
minimizar el trabajo.
Cuando vuelvo a subir al dormitorio, la chica parece asustada. Sin embargo,
ha dejado de intentar liberarse.
Saco mi cuchillo y me acerco a ella. Entonces ella exhala una palabra.
―Por favor.
Es todo lo que dice, pero es como una patada en el corazón. Odio oírla sonar
tan débil. Eso no servirá.
Pero no puedo decírselo. Tengo que sacarla de aquí. Normalmente me
encargaría yo mismo de la limpieza, pero con ella aquí, necesito pedirle un favor.
Cuando suelto la brida, me mira. Me llevo las muñecas a la boca, las beso
suavemente antes de hacer una mueca.
Tirando de ella hacia el cuarto de baño, le enjuago las muñecas antes de
coger una toalla, rasgándola en dos trozos para atárselos alrededor de las
sangrantes muñecas.
Cuando me aseguro que está bien, la agarro por el antebrazo y la arrastro
escaleras abajo. Al ver la bolsa que ha traído, la cojo y me la echo al hombro.
Luego la llevo fuera, conduciéndola al asiento del copiloto del coche.
―No diré nada ―susurra, sus ojos observando la calle tranquila.
Sacudo la cabeza y abro la puerta del coche para que entre. Una vez dentro,
me inclino y le abrocho el cinturón de seguridad. Levanto la mano para decirle
que se quede.
Ella escucha.
No vuelve a hablar hasta que nos ponemos en marcha.
―¿Por qué no me mataste allí? ¿Qué me vas a hacer?
Sacudo la cabeza hacia ella, deseando poder tranquilizarla. No es la primera
vez que deseo poder comunicarme mejor, pero sí la que más duele.
Está asustada.
Lo único que quiero es decirle que todo irá bien. Que no le haré daño. Nadie
lo hará. Nunca más.
Después se queda en silencio. No se mueve ni un milímetro cuando llego al
río y salgo para deshacerme del cadáver. Ni siquiera cuando le doy la espalda,
deseando que huya.
Mi hermosa belleza rota.
Yo cuidaré de ti.
CapíTulo 2
Lucy
El hombre no me ha dirigido la palabra.
Me siento como si hubiera estado en una montaña rusa. Me quedé helada.
Luego entré en pánico. Intenté escapar, luego me entumecí.
En eso estoy ahora.
No tengo idea qué planea hacerme. Después de ver lo que me hice en las
muñecas, pensé que se enfadaría por mi intento de fuga. En lugar de eso, se
ocupó de mis heridas, apretando suavemente sus labios contra ellas.
Delicadamente.
No estoy segura de confiar en él. ¿Por qué iba a importarle si estoy herida
cuando él está planeando hacerme daño también?
O quizá le importa porque es el único al que se le permite causarme dolor.
Aun así, ¿por qué no habla? Ya le he visto la cara, así que no puede ser
porque tema que pueda reconocerle por su voz.
También es extraña la forma en que utiliza los gestos para darme órdenes.
No conozco el lenguaje de signos, pero sé que no es eso lo que estaba haciendo.
Es casi como si estuviéramos jugando a las adivinanzas.
La forma en que levanta la mano como para detenerme me dice que no
quiere que me mueva. Así que cuando salió al río e hizo eso, le hice caso. No
intenté huir, aunque ya no estoy atada.
No me hago ilusiones sobre su capacidad para encontrarme. Tiene mi bolso.
Mi carné. Aunque no fuera a casa ya que él tiene mi dirección, ¿adónde iría?
No solo eso, sino que vi su tatuaje en el antebrazo. Forma parte de una
banda. Por su origen étnico, diría que es de la Tríada o de la Yakuza. Ambas
están muy arraigadas en la ciudad.
No puedo decir cuál prefiero.
Al crecer en la zona sur, aprendes a conocer a todos los jugadores
importantes del juego, aunque no estés directamente implicada. Ha habido
demasiadas historias de personas que han sido eliminadas simplemente por
faltar al respeto a la persona equivocada.
Así que aprendes a hacerte más pequeña. Plegarte hasta que no puedan
verte. Nunca hacer contacto visual con desconocidos en la calle. Ignorar la paliza
que se está dando en el callejón.
Me gustaría pensar que soy una buena persona, pero sé que si llegara el
caso, elegiría hacer la vista gorda antes que arriesgarme.
En mi mundo es comer o ser comido. Solo sobreviven los fuertes.
Sentada en este coche, ya no me siento una de los fuertes. Me siento débil.
Debería haber luchado más contra él.
Sin embargo, no lo hice.
Es enorme comparado conmigo. Por lo menos mide más de metro ochenta.
Su cabello oscuro cae sobre su cara, casi desordenado, como si no le hiciera nada.
Sorprendentemente, tiene la cara limpia, sin rastro de cicatrices ni tatuajes, a
diferencia del resto de su cuerpo. Me fijé en que sus brazos estaban plagados de
cicatrices. Aparte de ese único tatuaje, no he visto ningún otro.
Conduce en silencio, sus ojos se cruzan con los míos de vez en cuando.
Son esos ojos los que más me asustan. Carecen de emoción. Como si
estuvieran vacíos por dentro. Excepto que vi un destello de algo cuando vio mis
brazos cubiertos de sangre. Casi como si le importara.
Necesito elaborar un plan. No puedo seguir obedeciéndole. Quizá debería
atacarle ahora. Está conduciendo y puede que nos mate a ambos, pero no me
quedaré atrapada aquí con él. No solo eso, sino que no tengo la menor idea de
dónde me lleva.
¿Y si planea venderme?
Me estremezco al pensarlo. Hace años que desaparecen mujeres y niños.
Todos oímos los susurros de las redes de tráfico de personas.
De repente, me sopla aire caliente.
Mis ojos se abren y miro al hombre. Me mira ceñudo y ajusta las rejillas de
ventilación para que apunten hacia mí.
¿Acaba de encender la calefacción porque he temblado?
Este hombre es confuso.
No tarda mucho en llegar a un edificio de apartamentos del centro.
El corazón se me acelera en el pecho.
¿Es aquí donde muero? ¿O peor aún, donde me violarán o torturarán?
Ahí va otra vez su mano, diciéndome que no me mueva.
Sale y habla con un hombre que está junto a la puerta por la que hemos
entrado. Antes ni siquiera le había visto. Estaba concentrada en el peligroso
hombre que tenía al lado.
Luego se acerca a mí, abre la puerta y me desabrocha el cinturón de
seguridad antes de tirar de mí.
Una vez de pie, se vuelve hacia mí, dirigiéndome una mirada severa. Me
señala a mí y luego a su lado. Inclino la cabeza.
―¿Me pides que me quede a tu lado?
Asiente una vez.
Humedezco mis labios. ―De acuerdo.
Su mano encuentra mi antebrazo, tirando de mí con él hasta llegar al
ascensor.
Es un viaje tranquilo hasta arriba. Entonces estamos ante una puerta. Llama
dos veces y vuelve a mirarme.
Responde una hermosa mujer pelirroja. Por un momento me pregunto si me
ayudará. Entonces sus ojos se iluminan emocionados.
―Kado. ―Ella tira del hombre para darle un abrazo, pero él no le devuelve
el abrazo.
Se niega a soltarme.
―¿Quién es? ―pregunta la mujer, mirándome con curiosidad.
Voy a hablar, pero niega con la cabeza. No sé si es por mí o por ella, pero
cierro la boca de golpe.
―¿Qué quieres decir con que no? ―Sus manos encuentran sus caderas.
―Princesa, por favor, deja entrar a mi hombre. Parece que tengo mucho que
discutir con él.
Siento cómo la sangre se drena de mi rostro.
Conozco a este hombre. No personalmente, pero toda la ciudad le conoce.
Haruaki Takahashi. Antes se le conocía como el príncipe oscuro, pero ahora
es el rey. Líder de la Yakuza, según los rumores, eliminó a su padre.
¿Recuerdas cuando dicen que, si pronuncias Beetlejuice tres veces, aparece?
Este hombre tiene esa misma reputación.
Inspira un miedo tan profundo en la mayoría de la gente que se niega
incluso a pensar en su nombre.
Aquí estoy, de pie en su puerta, con un hombre que obviamente trabaja para
él.
Trago saliva.
Voy a morir.
―Por supuesto. ¿Le gustaría a tu amiga quedarse conmigo mientras habláis
de negocios? ―pregunta la mujer.
Vuelve a sacudir la cabeza, pasando junto a la mujer y entrando en el
apartamento. Ni siquiera tengo la oportunidad de mirar a mi alrededor. Todo lo
que puedo ver es la espalda del hombre, una pesadilla hecha realidad.
¿Ese hombre aterrador al que llamaba Kado me salvó como sacrificio para
su jefe? ¿Cree que sé algo que el Sr. Jones no le diría? ¿No es así como funciona
esto?
Nadie habla hasta que Haruaki está sentado tras su escritorio, Kado de pie
frente a él conmigo detrás.
―¿Qué ha pasado? ―pregunta Haruaki.
Kado se vuelve hacia mí, con la misma mirada severa y levanta la mano.
Lo tengo, amigo. No te muevas. Créeme, estoy a punto de mearme encima, así que
no me alejaré mucho de tu lado.
Saca un cuaderno de su bolsillo y escribe algo antes de entregárselo a
Haruaki.
―¿Ha entrado en tu misión? ¿Por qué sigue respirando?
Mi cuerpo vuelve a temblar. Todo mi cuerpo tiembla.
Kado se quita el jersey que se había puesto tras deshacerse de lo que
supongo era el cadáver del Sr. Jones. Luego me lo pasa por la cabeza,
obligándome a meter las manos por las mangas.
Su calor me rodea, junto con el aroma a madera de cedro. Es casi
reconfortante.
Casi, porque no he olvidado al hombre que tengo ahora delante.
Haruaki nos mira con recelo. Saca una especie de lata metálica, prende
fuego al papel antes de dejarlo caer dentro.
Kado escribe algo más en otro papel y se lo entrega.
―¿No querías hacerle daño? ―pregunta.
Kado niega con la cabeza.
Haruaki suspira. ―¿Cómo te llamas, chica?
―Lucy ―Exhalo, temblándome los labios.
―¿Cómo conociste a Marcus Jones?
La mano de Kado vuelve a encontrar mi antebrazo, ayudándome a
estabilizarme al marearme por respirar demasiado rápido.
―L-limpio su casa ―susurro.
―¿Conoces su negocio?
Sacudo la cabeza.
―¿Qué has visto esta noche? ―pregunta.
―Nada.
Sonríe.
―Tienes que tomar una decisión, Lucy. ¿Te gustaría escuchar tus opciones?
Intento respirar hondo para calmarme asintiendo con la cabeza.
―Opción uno, mueres aquí esta noche.
Morir. Voy a morir. Mi corazón se acelera tanto que veo pequeños puntos
negros. Morir. No quiero morir. Diablos, aún no he tenido la oportunidad de
vivir realmente.
Kado está frente a mí en un instante, con el cuerpo rígido, golpeándose el
pecho con la mano. No tengo idea lo que intenta comunicarme, pero cuando
miro a Haruaki, veo la expresión de sorpresa en su rostro.
―Haremos que sea indoloro y rápido. Ya lo sabes, Kado. Se merece la
opción.
Kado sacude la cabeza, golpeándose de nuevo el pecho.
Haruaki suspira.
―Eres un coñazo. De acuerdo, Kado no desea que te ofrezca la opción uno.
Opción dos, te dejamos marchar. Recoges tus cosas, te vas de la ciudad y no
vuelves nunca. Por supuesto, necesitaríamos una garantía para asegurarnos que
nunca hablarías de la 'nada' que has visto esta noche.
Me aclaro la garganta y vuelvo al lado de Kado. La mirada que me dirige
indica que no le gusta el movimiento, pero me deja quedarme allí.
―¿Qué tipo de garantía?
―Tu lengua.
Palidezco y trago saliva por el nudo que se me hace en la garganta.
―Eso eliminaría mi capacidad de hablar, pero podría escribir a mano o
teclear.
Resopla.
―Bien. También te quitaremos las manos. ¿Alguna otra extremidad de la
que te gustaría desprender para convencerme?
Sacudo la cabeza, odiando que mi boca se mueva más rápido que mi mente.
Sinceramente, creo que voy a elegir la muerte. ¿Qué clase de vida viviría sin mi
lengua o mis manos? No podría trabajar. Acabaría sin hogar. Ni siquiera tengo
adónde ir.
Estoy a punto de hablar cuando sacude la cabeza una vez.
―¿Qué tal una tercera opción?
Mira a Kado y luego a mí varias veces.
―Te vas a casa con Kado. Entiendes que, al elegir esta opción, no hablarás
con nadie de nada de lo que veas. Si lo hicieras, sería la muerte inmediata. Serás
la compañera de mi amigo aquí presente. Parece que le has caído bien. Eso, si
está de acuerdo.
Kado asiente con la cabeza, golpeándose de nuevo el pecho.
―Lo tengo. Es tuya. Te das cuenta que es un ser humano, ¿verdad? No
puedes ponerle un cuenco de comida y agua y abandonarla durante días y días.
Necesitará algo más que las necesidades básicas para prosperar. ¿Estás seguro,
hermano?
Me mira, asintiendo.
―Nunca pensé que llegaría este día ―murmura Haruaki―. La elección
depende de ti, Lucy. ¿Qué eliges?
Aprieto los labios.
―No quiero que abusen de mí ―susurro―. Creo que prefiero elegir la
muerte.
Kado me agarra el antebrazo una vez más, esta vez apretándolo y se
adelanta para bloquearme de Haruaki una vez más.
―Kado, retírate. Es una orden.
Por un momento, no creo que vaya a escuchar al hombre, pero al final lo
hace, acomodándose de nuevo a mi lado.
―¿Temes que te haga daño? No hacemos daño a las mujeres a menos que
hagan algo que lo justifique, o sea absolutamente necesario.
―Perdona mi escepticismo, pero me han secuestrado y obligado a elegir
entre la muerte, el desmembramiento o la esclavitud. ¿Cómo puedo confiar en tu
palabra?
Sonríe.
―No puedes. Las palabras carecen de valor hoy en día. Tendrás que tomar
una decisión y averiguar si fue la correcta. Puedo decirte que Kado no te hará
daño físico, ni te forzará sexualmente. Esa no es la clase de hombres que somos
en mi organización. Sin embargo, si le fuerzas, te eliminará. No nos amenaces a
mí ni a los míos, agacha la cabeza y podrás tener una vida decente.
Considero sus palabras una y otra vez.
Entonces hablo finalmente, poniéndome al lado de Kado.
―Le elijo a él.
Kado
―Le elijo a él.
Hay algo en la forma en que las palabras salen flotando de sus labios, junto
con la forma en que se acerca a mi lado, que habla a la parte más primitiva de mí.
Quiero golpearla en la cabeza con un garrote y arrastrarla hasta mi guarida,
donde puedo traerle fuego y comida y cualquier otra jodida cosa con la que
pueda soñar.
―Muy bien. Kado, ahora ella es tu responsabilidad ―me recuerda Kai.
No necesitaba decirlo. En el momento en que decidí dejarla vivir, la reclamé
como mía.
Kai fue lo bastante amable como para darle opciones, pero en realidad ella
no tenía ninguna. Habría muerto antes de permitir que le hicieran daño.
Aun así, asiento con la cabeza aceptando sus palabras.
―Bien. Ahora tenemos que hablar de negocios. Llévala con Cleo ―ordena
Kai.
Rodeo la muñeca de Lucy con la mano y la saco del despacho. No habla
cuando la llevo a la cocina, donde está Cleo.
Se vuelve hacia nosotros cuando entramos. ―¿Qué ocurre?
La miro y a continuación, atraigo a Lucy hacia el interior antes de hacerle un
gesto para que se siente. Luego extiendo la mano.
―Lo tengo, grandullón. Siéntate y quédate. ¿Debo darme la vuelta o ladrar
también? ―pregunta Lucy.
Ladeo la cabeza antes de negar con la cabeza.
Ella pone los ojos en blanco.
―Ve a hacer lo que tengas que hacer. Tu prisionera seguirá aquí cuando
vuelvas.
Aprieto los dientes ante su tono. No me gusta.
―Vete, Kado. Yo le haré compañía. ―La voz de Cleo es suave.
Sus ojos desprenden simpatía, pero no sé muy bien por qué. Salgo de la
cocina, pero me detengo para que no me vea.
―Supongo que no me ayudarás a escapar, ¿verdad? ―La voz de Lucy es
grave.
―Si lo hiciera, ¿tendrías algún sitio donde ir? ¿Algún sitio donde no te
encuentre? ―pregunta Cleo.
Lucy suelta un suspiro.
―No tengo nada a mi nombre, así que no. Pero merecía la pena intentarlo.
―Kado es uno de los buenos. Quizá sea una bendición.
Lucy resopla. ―Lo dudo.
―Kado ―llama Kai desde su despacho.
Frunzo el ceño. Quería oír más. Podría escucharla hablar durante horas. Su
voz es como música para mis oídos.
Desgraciadamente, tengo que volver al trabajo.
Vuelvo a entrar en el despacho y cierro la puerta tras de mí.
―Creo que mantenerla cerca es imprudente ―admite Kai.
Me encojo de hombros, mostrándole que no me importa.
Realmente me importa una mierda su opinión. Él quemaría el mundo por
Cleo. Debería entender que yo también quemaría el mundo por Lucy.
―Ni siquiera la conoces ―continúa―. Podría ser una amenaza.
Niego con la cabeza. Tiene razón en que no la conozco tan bien como
podría, pero llevo semanas viéndola trabajar para ese pedazo de mierda. La
conozco bastante, lo suficiente como para pensar que si esa sonrisa dejara de
estar en este mundo, sería una vergüenza. El mundo se oscurecería.
O puede que mi mundo se oscureciera.
―Muy bien. ¿Kenji dice que has llamado a un equipo de limpieza? ¿Dónde
está nuestro amigo? ―pregunta.
Levanto tres dedos para indicar nuestro código para los lugares donde tiro
los cadáveres.
―Hace tiempo que no utilizas ese. ―Tararea―. Bien, ve a instalar a tu chica.
¿Necesitas que Cleo te haga una lista de lo que va a necesitar?
Niego con la cabeza. Podría utilizar a las chicas para conseguirle todo, pero
una parte de mí siente que tengo que hacerlo yo mismo.
―Muy bien. Pues adelante.
Le inclino la cabeza antes de salir del despacho.
Me dirijo al pasillo y me detengo para escuchar a las mujeres, pero la cocina
está en silencio. Al doblar la esquina, encuentro a Cleo mezclando algo en un
cuenco mientras Lucy está sentada a la mesa con un vaso de agua en la mano.
Golpeo el marco, llamando la atención de ambas. Cleo me sonríe y Lucy
parece abatida. Odio que se sienta así. Una parte de mí desearía poder volver
atrás y no dejarla entrar en esa casa. Sin embargo, la parte egoísta sabe que no
podría evitar llevármela.
―¿Todo bien? ―pregunta Cleo.
Asiento con la cabeza.
Se acerca y me abraza. ―Vuelve pronto. Trae a Lucy contigo.
Inclino ligeramente la cabeza antes de acercarme a Lucy. Ella se pone en pie,
esperando instrucciones. La agarro de la muñeca y tiro de ella a través de la casa.
Permanece callada hasta el garaje y no habla hasta que estamos en la carretera.
―¿Por qué yo? ―susurra.
No creo que me hable a mí, pero la necesidad de consolarla está ahí. Así que
hago lo que solía hacer mi madre cuando estaba disgustada. Cojo su mano y la
froto en círculos sobre mi corazón.
Paso mi mirada entre ella y la carretera hasta que me mira. Entonces me
centro en la carretera y vuelvo a ponerle la mano en el regazo.
Cuando llegamos a mi casa, miro para ver su reacción. No es una casa
normal. No me gustaría vivir en un lugar tan abierto y público.
En lugar de eso, vivo en un almacén situado en una superficie cultivada.
Todo el edificio es de metal, sin apenas ventanas. Tiene un aspecto muy sencillo.
A mí me gusta así.
Ahora, sin embargo, me pregunto qué piensa Lucy de ello. ¿Puede
considerar un lugar, así como su hogar? ¿Está a su altura? Si no le gusta, estaría
dispuesto a hacer cambios. Cualquier cosa que la haga feliz.
Me gustaría poder hablar con ella. Hacerle estas preguntas. Ser normal.
En lugar de eso, la cojo de la muñeca y la llevo al interior. Me observa
cuando desactivo el sistema de seguridad. Una vez dentro, la llevo por las
escaleras hasta el pequeño apartamento que construí en el edificio. El resto del
edificio se utiliza para almacenar vehículos y las distintas armas que colecciono.
En la puerta del apartamento, uso otro teclado para desactivar otro sistema
de seguridad. Después abro la puerta y dejo pasar a Lucy.
Le hago un breve recorrido, mostrándole las distintas habitaciones, no es
que no pueda verlas. Es una planta de concepto abierto. Las dos únicas
habitaciones con puertas son el cuarto de baño y mi dormitorio. Me planteé no
ponerles puertas, pero sentí que necesitaba una pequeña muestra de normalidad
en mi casa, por lo demás anómala.
Me vuelvo hacia Lucy y espero su respuesta. No dice nada durante unos
instantes. En lugar de eso, observa el lugar.
Cuando finalmente levanta la vista hacia mí, el corazón me late con fuerza
en el pecho.
¿Dirá que lo odia y que desearía no haberla llevado nunca? No la culparía.
En cambio, susurra con su vocecita.
―¿Dónde dormiré?
La llevo al dormitorio y abro la puerta.
Entra y se vuelve para preguntarme: ―¿Dónde vas a dormir?
Me encojo de hombros. Me gustaría acostarme con ella, aunque no creo que
lo haga. No, eso tendrá que venir más adelante, cuando confíe en mí.
Me da la razón con sus siguientes palabras.
―No aquí conmigo, ¿verdad?
Niego con la cabeza. Quiero decir que no, a menos que tú quieras, pero no lo
hago. Simplemente lo dejo en no.
Deja escapar un suspiro de alivio.
―¿Puedes darme algo de tiempo? Necesito asimilarlo todo.
Inclino la cabeza hacia ella. Odio que necesite tiempo, pero tengo mucho
que darle.
Según me cierra la puerta, pienso: Tómate todo el tiempo del mundo.
CapíTulo 3
Lucy
Este lugar parece una mazmorra. Cuando me condujo a esta habitación,
estuve a punto de pedirle que me matara. Vivir en un almacén ya es bastante
malo, ¿pero la habitación en la que me metió? No tiene ventanas. Sin luz natural.
Esto me va a volver loca.
La habitación en sí es escasa. Solo una cama grande y una mesilla de noche
con una lámpara. Tampoco hay nada que pueda utilizar como arma, aunque aún
no estoy segura de poder escapar.
Necesito esperar mi momento. Quizá ganarme algo de confianza. Un poco
de libertad.
Así que, en lugar de intentar luchar para salir de aquí, estoy tumbada en la
cama sin nada que hacer. Mejor que estar atrapada en presencia de Kado. La
forma en que me observa me inquieta.
Es como si quisiera estar bajo mi piel.
Podría intentar salir de esta habitación. No hay cerradura que me lo impida.
Pero tengo miedo de lo que pueda encontrar.
Todavía estoy pensando en mi desaparición cuando unos golpes en la
puerta me sobresaltan.
Sentada, espero a que irrumpa, pero no lo hace.
Espero varios segundos antes de escuchar un segundo golpecito.
Parece que está dispuesto a dejarme mi espacio. No queriendo poner a
prueba su temperamento, me levanto.
Me acerco a la puerta y la abro.
Me sorprende encontrarle al otro lado con un plato. Me lo tiende.
Lo miro con el ceño fruncido. Solo son unos huevos revueltos y una tostada,
pero ¿podría haberlo drogado? No me fío de él.
Tomo el plato vacilante y le doy las gracias con una pequeña sonrisa. Su
rostro se transforma con esa única sonrisa. Antes se mostraba inseguro, ahora
tiene una sonrisa radiante.
―¿Me das algo de beber? ―pregunto.
Asiente y se gira dejándome con la mirada fija en su espalda.
Antes me ha enseñado todo, aunque no hacía falta. Todo el lugar es bastante
abierto. Lo observo caminar por el pasillo hasta la zona principal. Apenas tarda
un minuto en volver con un vaso lleno de lo que parece ser zumo de naranja.
―Gracias.
Asiente una vez. Se queda junto a la puerta, así que empiezo a cerrarla. Su
mano la detiene, haciéndome estremecer.
Retira la mano y me mira con el ceño fruncido. Luego se da dos golpecitos
en el pecho y señala hacia el pasillo.
―¿Vas a estar ahí abajo? ―pregunto.
Él asiente, así que yo hago lo mismo y cierro la puerta.
Luego me muevo hacia la cama.
Huelo la comida y el zumo, parece estar bien, así que me lo como. Llegados
a este punto, no hay razón para matarme de hambre. Si quiere envenenarme,
puede hacerlo.
Si soy sincera, internamente, no creo que lo haga. Mi instinto me dice que el
hombre pudo haberme matado en la casa o dejar que su jefe lo hiciera en la suya.
En lugar de eso, dejó claro que estaba bajo su protección.
¿Con qué fin? Su jefe pareció estar seguro que no me haría daño, pero
¿podría estar equivocado? ¿Hasta qué punto conoces realmente a una persona?
Este hombre es un asesino. Sé a ciencia cierta que mató al Sr. Jones. Lo admitió
libremente. Vi el cadáver con mis propios ojos. Diablos, incluso sé dónde lo
arrojaron.
Entonces, ¿qué quiere este hombre de mí?
Dejo el plato vacío en la mesilla y me acurruco bajo la fina manta. Oh, cómo
me gustaría tener mi manta ponderada 2, pienso apagando la luz.
Sé que debería intentar escapar o hacer algo, pero si me atrevo a aventurar,
ya deben ser como las diez de la mañana. Estoy durmiendo muy poco. Necesito
descansar.
Durante un breve instante, un destello de esperanza chispea en mi pecho.
Cuando hoy no me presente a mis llamadas, se quejarán a la agencia. Entonces la
agencia llamará a la policía para comprobar mi estado.
Aunque no estoy segura si realmente lo harían. Cuando me contrataron,
Theresa me dijo que no muchos sobreviven en este negocio. Que tenía una puerta
giratoria de chicas que querían un trabajo estable por poco tiempo. En aquel
momento, pensé que intentaba intimidarme para que trabajara duro y no me
quejara. Ahora me pregunto si es verdad. Si no se dará cuenta de mi marcha.
¿A esto se reduce realmente mi vida?
Cuando no pague el alquiler a la primera, mi casero no tendrá ningún
problema en alquilar mi casa a otra persona. Probablemente ni siquiera sacará
mis cosas de ella, alquilándola tal cual. Así funcionan las cosas en mi barrio. Ni
siquiera puedo enfadarme por ello. Probablemente esté intentando llegar a fin de
mes, como yo.
2 Manta ponderada: Las mantas ponderadas o con peso están diseñadas para reducir el estrés y
crear una sensación de tranquilidad. Esto lo logran al ejercer presión sobre el cuerpo. Estas mantas están
rellenas con cuentas de cristal o bolitas de plástico para añadir peso. Algunas tienen además capas
adicionales de tela para aumentarlo.
¿Quién más me echaría de menos?
¿Mis vecinos? Nunca hablo con ellos. Todos agachamos la cabeza y nos
ocupamos de nuestros propios asuntos. Es la mejor forma de sobrevivir.
¿Los matones con los que me cruzo por la calle? Quizá noten que no estoy,
pero solo porque ya no paso a su lado como para que me miren.
Hace mucho que no deseo tener una familia, pero por una vez, deseo que la
haya. Que hubiera alguien que se diera cuenta que he desaparecido. Alguien que
me buscara.
Pero no hay nadie.
He pasado la última década sobreviviendo a este mundo. Cada día,
trabajaba para llegar al siguiente.
¿De lo único que me arrepiento en esta vida?
Nunca he vivido verdaderamente. Nunca he hecho nada loco y salvaje. No
tengo ninguna historia que contar a mis hijos algún día sobre cómo era yo en la
adolescencia.
Todo lo que tengo es una historia aburrida sobre una fugitiva adolescente
que poco a poco fue ascendiendo desde la miseria más absoluta hasta ser
simplemente pobre. Una mujer que vivía cada día ganando un céntimo para
poder llegar al día siguiente. Un ciclo que nunca se rompió.
Quizá sea mejor que no tenga familia. No saldrían en las noticias llorando
sobre lo maravillosamente brillante que era. Hablarían de cómo iluminaba todas
las habitaciones en las que entraba.
No, hablarían de la chica aburrida con una vida aburrida. La que fue tan
estúpida como para mezclarse con la Yakuza y perder la vida.
A eso me he reducido.
Es un pensamiento deprimente.
Kado
Llevo horas paseándome por delante de la puerta principal.
Al principio, me quedaba dentro. Quería que supiera que estaba allí si me
necesitaba. No quería alejarme demasiado para conseguirle cualquier cosa que
pudiera necesitar. Quería decirle que se sintiera como en casa, pero no sabía
cómo. No sin sacar mi teléfono.
Entonces me vino un pensamiento a la cabeza y pensé, ¿y si me tiene miedo?
Ese reflexivo pensamiento fue lo que me impulsó a salir. He estado
escuchando si había algún ruido dentro, pero no ha habido ninguno. Sigue
encerrada en mi habitación.
Lo odio. Odio que sienta que tiene que esconderse de mí. Quiero que vea
esto como su casa. Quiero que se sienta cómoda aquí y quiera quedarse.
Ella me eligió. Ella dijo esas palabras. Entonces, ¿por qué no es feliz?
He tenido algo de tiempo desde que entró en la habitación. Después de
entregar la comida, me senté ante el ordenador e investigué. No había mucho
sobre ella, pero pude encontrar giros postales regulares para un apartamento
destartalado de la zona sur. Conozco bien la zona. Está llena de pandilleros y
matones.
¿Mi Lucy vive allí?
Sé que este lugar no es gran cosa, pero ella nunca tendrá que preocuparse
por su seguridad. Tengo sistemas de seguridad de última generación tanto en el
apartamento como en el almacén. También hay una alarma perimetral instalada
a distintas distancias, así que conozco todos los movimientos que se producen.
Nunca dejaría que nada le dañara. No ahora. Ella es mía. Yo cuido de lo que
es mío.
Solo necesito convencerla de ello.
Justo después de terminar de comer, no salió. Pensé que al menos llevaría
los platos al fregadero. Fue entonces cuando comencé a preguntarme si yo era el
problema.
Así que estoy aquí dando vueltas, preguntándome si sigue en la habitación
o si anda de puntillas por la casa.
¿Cuánto tiempo debo esperar antes de ir a verla? No quiero que piense que
la presiono. Solo quiero asegurarme que está cómoda. Que no necesita nada más.
Quiero que sepa que si necesita algo, solo tiene que pedírmelo.
Podría enviar un mensaje a Miya o a Cleo. Ellas me dirían cuánto tiempo
debía esperar.
Por otra parte, siento que hacer eso sería admitir que soy un fracaso. Que es
la primera noche y no sé cómo cuidar de ella.
Kenji y Kai hacen que parezca tan fácil. Incluso cuando Miya fingía odiar a
Kenji, seguía queriendo estar cerca de él.
Quizá soy defectuoso.
De todas formas, ¿qué mujer querría a un hombre mudo?
Las mujeres quieren oír lo guapas que son. Les gusta que un hombre se abra
y hable de sus sentimientos. Por lo que sé de Miya y Kenji a puerta cerrada,
también les gusta un hombre que hable en la cama.
No puedo ofrecerle eso.
¿Por eso no quiere estar cerca de mí? ¿Le asusta mi mutismo? No sería la
primera vez que alguien me dice eso.
Mirando el reloj, me doy cuenta que se acerca el mediodía. Ya es hora de
almorzar.
Debería prepararle más comida, pero no tengo mucha. No como aquí a
menudo. Solo tengo a mano lo esencial. Comida que pueda preparar
rápidamente y comer en caso de un apuro.
Después de debatir si debía prepararle comida o no, finalmente decido ir a
ver cómo está.
Caminando por el pasillo, me detengo delante de la puerta. Escucho si hay
algún ruido, pero no se oye nada.
De modo que al principio llamo suavemente. Como no contesta, llamo un
poco más fuerte. Empiezo a sentir un poco de pánico y abro la puerta.
Se me para el corazón al mirarla. Parece tan tranquila durmiendo en mi
cama. Sigue arropada bajo la manta con una mano bajo la cara.
Sin poder evitarlo, me acerco. Sé que si se despierta se asustará, pero
necesito verla más de cerca.
Arrodillado junto a la cama, contemplo su rostro.
Es tan hermosa. Incluso más de lo que pensaba al verla de lejos. La vi
limpiar la casa de Marcus durante más de un mes. Siempre tarareaba para sí
cuando limpiaba. Pero solo cuando estaba sola. Nunca hacía ruido cuando él
estaba en casa.
Tuve la sensación que él no le caía muy bien. Siempre me pregunté por qué
trabajaba entonces para él, pero al ver dónde vive, ahora lo entiendo.
No tenía otra opción. Hizo lo que tenía que hacer para sobrevivir.
Lo entiendo. He pasado por eso. Hice lo mismo después de la muerte de mi
madre, dejándome solo.
No tuve más remedio que adaptarme a mi entorno. Soporté horrores antes
que el padre de Kai me descubriera. Me tomó bajo su protección y me convirtió
en uno de ellos. Es la única razón por la que tengo la familia que tengo. Por
mucho que Kai odiara a su padre, yo solo podía estarle agradecido. Él me trajo
aquí y me dio esta vida.
Sé lo que es luchar cada día por lo que tienes. Lucy lleva haciéndolo
demasiado tiempo. Odio que haya tenido que luchar. Quiero que sepa cómo
puede ser la vida de verdad. Que disfrute sin la amenaza del desamparo o la
violencia sobre su cabeza.
Seré yo quien se lo dé.
Anata 3, haré que tu vida sea mejor. Ya no tienes que preocuparte. Cuidaré de ti
siempre.
Ojalá pudiera decirle las palabras en voz alta en lugar de pensarlas en mi
cabeza.
Apretando un suave beso en el dorso de su mano, me levanto lentamente.
Luego salgo de la habitación.
Necesito conseguir que quiera quedarse aquí.
La necesito en mi vida.
Haré lo que sea para que se quede.
Lucy
Cuando me despierto, me siento renovada. Me siento tan bien que ni
siquiera quiero abrir los ojos.
Es la primera vez en mucho tiempo que consigo dormir así. Me hace sentir
como si me olvidara de algo. ¿No debería estar levantada? ¿No me he
despertado?
Abro los ojos y mi corazón comienza a acelerarse. No estoy mirando al
techo.
Los recuerdos se agolpan en mi cabeza.
La imagen del cadáver del Sr. Jones clavada ahí delante.
Anoche vi un cadáver. Vi cómo alguien se deshacía de ese cadáver, y luego
me vendí a él a cambio de una oportunidad de sobrevivir.
¿En qué demonios estaba pensando?
Salgo de la cama y me acerco a la puerta para comprobarlo. Si entró
mientras dormía, no me despertó. Sin embargo, ha debido entrar, ya que el plato
ha desaparecido.
Un escalofrío se apodera de mi cuerpo al pensar que me quedé dormida
mientras él estaba aquí. Podría haberme hecho cualquier cosa en el estado en que
me encontraba. ¿Cómo pude dejarme llevar tan fácilmente? Quiero decir, sé que
estaba agotada, pero ¿acaso no tengo instinto de conservación?
Enfadada conmigo misma, me apoyo en la puerta, intentando oír algún
ruido del otro lado. No hay ruidos. No sé si eso es bueno o malo.
Intento abrir la puerta lo más silenciosamente que puedo. No quiero que
sepa aún que estoy despierta. Al asomarme, no le veo.
Mi vejiga me suplica que la alivie, pero no quiero arriesgarme a
encontrarme con él. No estoy preparada para enfrentarme de nuevo a mi
realidad.
Ojalá pudiera volver a dormir. Ahí todo era perfecto. Es donde siempre me
he permitido pensar en las cosas que realmente quería en la vida. Es mi única vía
de escape.
No hay forma de volver a dormir ahora, así que en lugar de eso me dirijo al
cuarto de baño que está en la puerta de al lado, en el pasillo. Me deslizo dentro,
cerrando de golpe la puerta tras de mí, aliviada cuando encuentro un pestillo al
otro lado.
Respiro hondo varias veces e intento escucharle, pero, de nuevo, todo está
en silencio. Debería alegrarme porque no se apresura a saludarme o a hacer lo
que sea que planea hacer conmigo y, en cambio, me tiene en vilo. Preferiría saber
dónde está para poder idear un plan sobre cómo tratar con él. Este
desconocimiento me está volviendo loca.
Cuando consigo calmarme, me ocupo rápidamente de mis asuntos y me
lavo las manos. Entonces decido que, en lugar de esconderme en la habitación,
debo ir a buscarlo. Encararlo de frente. Nunca he sido cobarde. No voy a
comenzar ahora.
De puntillas por el pasillo, escucho cualquier señal de dónde pueda estar.
Cuando llego al final, me asomo por la esquina de la sala de estar. No se le ve por
ninguna parte.
¿Podría estar fuera?
No es hasta que llego a la mesa que ha preparado cuando veo la nota.
Lucy,
Tenía un trabajo que hacer. Sé que no quería dejarte sola mientras te
instalabas, pero no puedo faltar a mis promesas. Volveré a casa en cuanto pueda.
Siéntete libre de explorar y utilizar todo lo que encuentres. Encontrarás comida
en los armarios.
Kado
Paso los dedos sobre su letra. Es áspera, pero legible. Casi como si estuviera
acostumbrado a comunicarse así, lo cual supongo que lo es. Por lo que he
observado hasta ahora, debe ser mudo. Pero me pregunto por qué no utiliza el
lenguaje de signos.
Una punzada de empatía me golpea. Qué dura debe ser su vida para no
poder comunicarse eficazmente con la gente. No debería sentir nada por él, salvo
quizá rabia, pero me pregunto si su enfermedad le entristece. Incluso le hace
sentirse solo.
Sacudiéndome los sentimientos, decido hacer lo que me ha dicho. Explorar.
El apartamento es pequeño. No hay mucho. Ni siquiera hay un sofá en la sala de
estar principal. Hay una gran foto con Kado, Cleo, Kai y gente que no conozco
colgada en medio de la pared, pero por lo demás está vacía. Los únicos muebles
del lugar parecen ser la cama y la cómoda del dormitorio, la mesa con cuatro
sillas y una solitaria estantería llena de libros.
Es escaso, por decirlo suavemente.
Incluso el cuarto de baño solo tiene lo necesario. Cepillo de dientes, pasta
dentífrica, jabón de manos y un jabón de hombre dos en uno. Hay tres toallas
dobladas debajo del lavabo y una toalla obviamente usada recientemente
colgada en la parte posterior de la puerta.
La cocina no está mucho mejor. El frigorífico está vacío, solo tiene zumo de
naranja, huevos, algo de carne para comer, queso, mayonesa y mantequilla. En el
congelador únicamente hielo. Nada más. Los armarios contienen algunos platos
desparejados, junto con lo que supuse comían los universitarios y la gente pobre.
Fideos instantáneos, macarrones con queso en polvo y barritas de proteínas.
Literalmente, lo mínimo.
No sé cómo voy a sobrevivir en este sitio. ¿Cuánto tiempo puedo comer esta
mierda excesivamente procesada antes que mi cuerpo se rebele y se niegue a
retenerla?
Sé que soy pobre, pero siempre me las arreglaba para comer carne y algunos
alimentos frescos como ensalada o verduras. Si no podía conseguirlas frescas, al
menos tenía enlatadas.
Los armarios de este hombre parecen no haber visto un vegetal en toda su
vida.
Respirando hondo, ignoro la comida y me dirijo a la puerta principal.
Intento abrirla, pero está cerrada. Aunque no hay ningún mecanismo de
cierre evidente. Es como si estuviera dentro de la puerta. Recuerdo que anoche,
cuando llegamos aquí, introdujo un código en el sistema y la puerta hizo ruido.
Seguro que así se desbloquea.
Tendré que intentar prestar atención al código la próxima vez que lo utilice.
Registrando todos y cada uno de los rincones, no encuentro ni una sola
forma de escapar. No hay ventanas. Ni forma de saber qué hora es. Esto es peor
que la cárcel. Al menos te dejan una ventanita, aunque esté enrejada.
Me vuelvo a tumbar en la cama y vuelvo a mirar al techo.
Tengo que idear un plan o algo, pero ¿qué sentido tendría? ¿Sería capaz de
correr lo suficientemente lejos como para escapar de esta gente?
Probablemente no.
Aunque pudiera, ¿hacia qué tipo de vida estaría huyendo? Siempre estaría
mirando por encima del hombro. Nunca sería capaz de echar raíces.
¿De verdad quiero vivir así?
Kado
Ojalá tuviera cámaras en mi apartamento.
Nunca las había necesitado, pero ahora desearía que estuvieran ahí, para
saber que ella está bien. Mi preocupación por ella enturbia mi mente.
Debería prestar atención. Estamos en una teleconferencia con algunas
personas muy importantes discutiendo sobre el continuo tráfico de seres
humanos que se está produciendo en varias zonas del país.
En lugar de eso, pienso en ella. Es tan bonita. Tiene un hermoso y largo
cabello castaño. Sus ojos parecen casi dorados de tan claros que son. Podría
mirarlos durante horas.
Solo deseo que quiera que la mire fijamente. Quizá algún día se acerque a
mí. Por ahora, aceptaré lo que pueda.
Sonrío ligeramente al pensar en ella esperándome en casa. Creo que eso es
lo que más voy a disfrutar de todo esto. Aún no la conozco lo suficiente, pero
estoy deseando llegar a conocerla. Saber que me va a estar esperando cuando
llegue y que tengo a alguien con quien volver a casa.
―Kado, ¿crees que puedes seguirle durante unas semanas? ¿Descubrir si
forma parte de esto o es solo otra pista falsa? ―pregunta Kai, sacándome de mi
estupor.
No estaba escuchando, pero no le digo que no.
Le hago un gesto con la cabeza y vuelvo a concentrarme en la pantalla.
Es una locura pensar que hace un par de años esto no habría sido posible.
De ninguna manera el jefe de los Westies, junto con su jefe de Chicago, estarían
jamás en una conferencia con los jefes de la familia Catalini, la Yakuza o la Bratva
Petrov, y mucho menos los tres a la vez.
Sin embargo, los tiempos están cambiando. Somos hombres malvados y
hacemos cosas terribles, pero tenemos un límite. Ese límite se ha cruzado
repetidamente. No nos detendremos ante nada para acabar con ello.
―Bien. No deberían volver a hacer otra redada allí hasta dentro de unos
meses. Haremos todo lo posible por detenerlos aquí antes que lleguen a ti, pero
en el caso de fallar, prepárate ―aconseja Bastiano, el jefe de la familia Catalini.
―Aquí apenas les detuvimos ―admite Nikolai, el jefe de la Bratva Petrov―.
Son cada vez más listos. Saben que les estamos investigando y creo que saben
que estamos trabajando juntos. Ahora que estamos al corriente, estarán más
discretos. Mantente alerta y avísame si necesitas que envíe a alguno de mis
hombres en esa dirección.
―Lo haré. Haznos saber lo mismo ―añade Killian, el jefe de los Westies aquí
en EEUU.
―Por ahora tengo refuerzos a través del Cártel de Medina. Os avisaré si eso
cambia ―nos dice Nikolai.
Se desconecta sin despedirse, como siempre.
―Qué tío más cariñoso, ¿eh? ―bromea Tristán, uno de los hombres de
Bastiano.
―No se llega a jefe de la Bratva sin pasar por alguna mierda. Sé más
respetuoso antes de tener que sacar tu culo de otra situación peligrosa ―le replica
Declan, uno de los Westies de aquí, de Chicago.
―Fue una pelea de bar. Nunca me dejarás vivirlo. ―Tristano pone los ojos
en blanco.
―Suficiente ―Greer, la hermana de Bastiano y también esposa de Killian,
estalla.
Síp, hay muchas relaciones cruzadas en este mundillo nuestro.
―Si eso es todo, tengo que ponerme en marcha. Cleo está haciendo unos
bombones, y le he prometido ser su catador ―Kai lanza una exclamación como si
estuviera aburrido.
―Por supuesto, dile a mi hermana que me guarde alguno ―interviene
Callum, el jefe de los Westies de Chicago.
―Por supuesto que no, se acabarán antes que tengas la oportunidad. Haz
que tu brujita te prepare algunos. He oído que es buena haciendo brebajes ―dice
Kai.
―Los mejores. ―Sonríe abiertamente―. Disfrutad todos del día.
Entonces su pantalla se oscurece. Los participantes de Nueva York se
despiden hasta que las pantallas se quedan en negro.
Quiero poder decir que mi Lucy es la mejor en algo. Tengo que averiguar
qué sabe hacer. ¿Quizá también sepa hornear? ¿O tal vez hacer cosas de brujas
como Autumn?
Por otra parte, no sé si quiero ese tipo de vudú en mi casa. En mi cultura no
nos metemos con las cosas de otro mundo.
Ojalá pudiera preguntárselo. Eso lo haría todo más fácil. En lugar de eso,
estoy atascado.
Kai se gira en su silla y me mira apoyado en la pared que tiene detrás.
―¿Cómo está tu mascota?
Le miro con el ceño fruncido. No me gusta que la llame así. No es una
mascota. Es una mujer. Mi mujer. Igual que Cleo es suya.
Poniéndome erguido, le miro fijamente.
―Oye. No nos metamos en una pelea que no estoy seguro que puedas ganar
―bromea Kenji, mirando a Kai.
―¿Me hablas a mí, a tu jefe o a él? ―reflexiona Kai.
Kenji sonríe.
―Tú eres el príncipe oscuro, pero Kado es un asesino entrenado que en
realidad te ayuda a entrenarte. Hmm. Dejaré que decidas con quién estaba
hablando.
Kai se ríe.
―Bastante justo. Mis disculpas, Kado. ¿Cómo está tu encantadora invitada?
Mucho mejor, pero aún estoy un poco molesto. Así que, en lugar de eso, me
limito a ignorarle.
―Así de bien, por lo que veo. Bueno, a Cleo le gustaría que te dijera que está
disponible si necesitas algo o si Lucy necesita una amiga. Ya sabes cómo es ese
grupo de chicas. Es enfermizo lo gregarias que se han vuelto. ―Kai entorna los
ojos al pensarlo.
Kenji se ríe.
―¿Enfermizo? Más bien aterrador. Nuestras mujeres proscritas juntas
podrían derribar un país del primer mundo sin pestañear. No me gustaría estar
de su lado oscuro.
Tiene razón. Sus mujeres son formidables. Aprendí rápido a quererlas para
que no quisieran cortarme ninguna parte del cuerpo.
Hago una ligera reverencia, para indicar que me marcho.
―Recuerda, necesita algo más que comida y agua ―grita Kai.
Le doy la espalda y me dirijo hacia la puerta.
―Un día te matará. Sabes que puede ―oigo decir a Kenji cuando la puerta se
cierra tras de mí.
Podría matar a Kai. Resultaría fácil si no fuera un amigo íntimo, aunque
teniéndolo cerca sería aún más fácil.
Pero no lo haré. Me salvó la vida una vez. Le protegeré hasta que muera.
Aunque hable mal de Lucy.
Bueno, puede que esa sea la línea, pero tengo tiempo para decidirlo.
Al pensar en anata, sonrío.
Vuelvo a casa con ella. Espero que esté instalada y contenta de verme.
Si no, puede que mi corazón se resienta, pero soy un hombre paciente.
Puedo esperar eternamente si lo necesito.
CapíTulo 5
Lucy
Después de estar en la cama durante horas sin hacer nada, decidí
levantarme y darme una ducha. Hay un pestillo en la puerta, así que me siento lo
bastante cómoda como para dejarme llevar por mi vulnerabilidad.
La ducha es catártica. Conforme el agua caliente corre por mi cuerpo, las
lágrimas caen por mi rostro. Dejo que todo el estrés y las emociones de las
últimas horas salgan de mí.
Al final, me siento como una mujer nueva. Me sentía desesperada cuando
entré en la ducha, pero al salir siento una energía renovada.
No soy débil. Puedo resolverlo. Puede que no sea lo ideal, pero siempre he
aceptado los retos en el pasado. También puedo aceptar esto.
Me tomo mi tiempo y me seco el cabello con una toalla y me envuelvo el
cuerpo con otra. Frunzo el ceño cuando miro el cepillo de dientes. Solo hay uno.
Sin embargo, no estoy tan desesperada como para utilizar el suyo. Tal vez
dentro de un par de semanas, cuando sienta que mis dientes empiezan a dar
dentera, aunque no he llegado a ese punto.
Todavía.
Lo haré si no encuentro una forma de demostrarle que no me volveré contra
ellos para que me deje marchar. Escapar es inútil.
Hecho esto, dejo colgada la toalla para el cabello y abro la puerta del cuarto
de baño.
Me sobresalto cuando veo a Kado fuera, apoyado en la pared opuesta. No
esperaba verle allí.
El corazón me late en el pecho al mirarlo. Tiene un aspecto diferente ante
mis ojos de crisis post-emocional. Su cabello es negro y lo bastante largo para
cubrirle los ojos. Está despeinado, pero de un modo casi intencionado. No creo
que lo haga a propósito. Ni siquiera tiene cepillo.
Sus ojos son tan oscuros como su cabello. Cuando los miro, siento que
podría caer en el abismo y no volver jamás. Me asusta tanto que mis ojos se
posan inmediatamente en el único color verdadero de su rostro.
Sus labios son de color melocotón. Parecen suaves como cojines. Incluso
carnosos. Estoy segura que muchas famosas se han rellenado la cara para
conseguir un efecto similar, pero Kado lo consigue sin esfuerzo.
Es bastante atractivo si miras más allá de su profesión. Bueno, lo que
supongo que es su trabajo. Aún no se lo he preguntado.
Perdida en mis pensamientos, se acerca y coge mi mano, haciéndome dar un
respingo. No quiero tocarle, especialmente cuando solo llevo una toalla, pero no
me deja elección. Me arrastra con él.
Esto es, pienso. Ahora es cuando me viola.
Estoy totalmente dispuesta a patalear, luchar y gritar, pero me sorprende.
No entra en la habitación donde dormía.
En lugar de eso, me lleva a una silla de la mesa solitaria que hay en la zona
abierta de la vivienda. Me empuja suavemente en el hombro para indicarme que
me siente.
Así lo hago. Entonces cierro los ojos. Siento cómo se mueve detrás de mí.
Respiro hondo, preparada para lo que sea que planee hacer, pero no espero
en absoluto que toque mi cabeza.
Es suave. Ligeramente, como si me acariciara. Luego peina con sus dedos
mis mechones, atrapando los nudos.
Los primeros duelen, pero es casi como si lo supiera, ya que suaviza sus
movimientos rápidamente.
―Necesitas un cepillo o un peine ―le digo al cabo de varios minutos.
Gruñe.
Es el primer ruido que le oigo hacer. Me pica la curiosidad.
Me giro un poco para mirarle por encima del hombro y le veo concentrado
en mi cabello. Está deshaciendo los nudos con tanta delicadeza como puede y
alisándome el cabello. Volviéndome hacia delante, enfoco al otro lado de la
habitación.
―¿Te excita cepillar el cabello a las chicas? ―No puedo evitar el comentario
sarcástico.
Hace una pausa antes de moverse frente a mí. Entonces, se arrodilla y saca
su cuaderno.
No se trata de eso. No voy a hacerte daño.
Ojalá pudiera creer sus palabras, pero ni siquiera le conozco. No estoy
segura que quiera llegar a conocerle.
Es un asesino a sangre fría. Me secuestró y me mantiene prisionera. ¿Cómo
puedo confiar en él?
Se levanta y vuelve a colocarse detrás de mí. Luego sigue cepillándome el
cabello con las manos y yo me pierdo en mis pensamientos.
Voy a perder lentamente la cabeza en este lugar. Me ha dado acceso a todo
el espacio del apartamento, pero me tiene encerrada sin ventanas y sin nada que
hacer. No hay televisión ni radio. Ni siquiera el tic-tac de un reloj. ¿Esto es estar
loco?
Siento que poco a poco estoy llegando a eso.
Abro la boca varias veces para hablarle, pero ¿qué le diría? No quiero que
piense que me estoy acomodando.
Quiero que me deje marchar. O al menos que me reconozca como algo más
que un objeto en su casa.
Así es como me siento.
Por muy bien que me sienta al pasarme las manos por el cabello, no puedo
perderme en ello porque no es el gesto íntimo que sería de un amante.
En cambio, es uno que demuestra posesión. En cierto modo, me está
reclamando. Diciéndome que soy suya para hacer conmigo lo que le plazca.
Dice que no me hará daño, pero ¿cuánto durará eso? ¿Se despertará un día y
se dará cuenta que podría hacer mucho más y yo no sería capaz de detenerle? Es
evidente que es mucho más fuerte que yo.
De hecho, creo que el hombre tranquilo tiene mucho más dentro de sí de lo
que la mayoría de la gente sabe.
¿Qué se suele decir? Los más callados son los más peligrosos.
Creo que Kado es la persona más peligrosa que he conocido nunca.
Cuanto más pienso en él y en esta situación, respiro más agitadamente.
Finalmente, incapaz de aguantar más, me levanto de la silla antes de
volverme hacia él. Sus manos permanecen inmóviles en el aire mirándome.
Sujeto con fuerza mi toalla, necesitando la barrera que me separa de él.
―Voy a cambiarme. Espero que no te importe que use tu ropa. Necesito
lavar la mía ―me apresuro a salir.
Asiente una vez.
Tomándolo como mi despido, salgo corriendo por el pasillo, cerrando la
puerta del dormitorio tras de mí.
Cómo me gustaría que tuviera pestillo.
En vez de eso, me quedo mirando la pared, preguntándome qué demonios
voy a hacer.
Kado
Estoy fracasando en esto.
Es todo lo que puedo pensar entrando en el supermercado local.
Lucy no está contenta. Sé que solo ha pasado un día, pero debería haberme
adelantado a sus necesidades. En lugar de eso, me siento incapaz.
Cuando la vi en esa toalla, naturalmente mi cuerpo reaccionó, pero mi
mente es más fuerte. Lo único que quería era mimarla.
Así fue como acabé peinándole el cabello con las manos. La vi estremecerse
varias veces, así que suavicé mi toque. Quería demostrarle que podía cuidarla.
Que no tenía por qué tenerme miedo.
Por supuesto, eso tuvo el efecto contrario. Supuso que el acto me producía
algún tipo de placer sexual. Eso está muy lejos de la verdad. El sexo no tuvo
nada que ver. Pero sí la compañía. Me gusta tener a alguien a quien cuidar.
Alguien con quien convivir.
Si quiero que se quede y sea feliz, tengo que intensificar las cosas. Tengo
que darle lo que necesita.
Ahora mismo, lo que necesita es un cepillo para el cabello. Quizá cuando
compre uno, me deje usarlo con ella.
Sonrío al pensarlo.
Odio venir a estas tiendas. Me pica la piel. Hay tanta gente pululando todo
el tiempo. Incluso a estas horas. No falta mucho para el cierre, pero aún hay
empleados surtiendo y clientes trasnochadores buscando lo que sea que hayan
venido a buscar.
Me hace sentir expuesto. Suelo evitar lugares como este. Encargo la mayoría
de mis cosas por Internet y me las envían a un apartado de correos que he creado
con un alias. Tomo muchas medidas para mantener mi identidad en secreto. Mi
terreno ni siquiera está a mi nombre. Está a nombre de una empresa fantasma.
Así que venir aquí esta noche es un gran paso para mí. Ni siquiera puedo
decir la última vez que entré en una tienda como esta.
Me lleva recorrer unos cuantos pasillos hasta encontrar la sección de
cepillos. Solo que aquí hay mucho más que cepillos. Hay todo tipo de artilugios
para el cabello. Me pregunto si ella querría algo de esto.
Los cepillos son diferentes. Los hay cuadrados y redondos. Las cerdas
también son diferentes.
No tengo la menor idea cuál comprarle. Me he pasado toda la vida
cepillándome el cabello con las manos y cortándomelo cuando me quedaba
demasiado largo. No imaginaba que toda esta mierda existiera.
Mi pecho se desinfla.
Realmente quería hacerlo por mi mismo. Quería ser capaz de afirmar que no
necesitaba ayuda con Lucy.
Pero no es el caso. Necesito pedir ayuda a alguien.
Podría preguntarle a Cleo, pero se excita demasiado. Me llamaría y me
hablaría hasta por los codos durante una hora.
No, la mejor opción sería Miya. Soy su amigo más íntimo y creo que no se lo
contará a nadie. Al menos, no si le pido que no lo haga.
Así que abro mis mensajes.
Es tarde, pero sé que está despierta. Tiene turno en el Currency, el hotel que
posee Kai y gestiona Kenji. Miya es como la mamá de las chicas que trabajan allí.
Cuida de ellas y se asegura que los clientes se comporten correctamente.
Es un trabajo duro, pero ella lo hace estupendamente.
Sonrío ante su respuesta inmediata. Supe que había acertado con ella. La
vigilé durante un tiempo. Fue la primera mujer que me vio de verdad. Que
intentó ser mi amiga. Creamos un vínculo durante ese tiempo.
Aun así, cuando me llama, necesitando un guardia, salgo corriendo.
Siempre la protegeré.
Yo: ¿Cuál de estos cepillos necesito?
¿Quién iba a pensar que necesitaría saber todo eso? Todo esto no hace más
que hacerme sentir peor. Ni siquiera tengo la respuesta a algunas de esas
preguntas.
Yo: Cabello largo y liso. No estoy seguro si es fino o grueso. ¿Cómo se sabe?
Miya: Siempre puedes preguntarle a ella.
Yo: No es una opción.
Miya: Bien. Cualquiera de estos debería funcionar.
Yo: Gracias.
Miya: Voy a querer más información después. Supongo que se trata
de la chica de la que me habló Kenji. No interferiré, pero estoy aquí si me
necesitas.
Yo: Lo sé, pero necesito hacerlo por mí mismo.
Miya: Ya lo sé. Solo quiero que sepas que no estás solo.
Por eso acudí a Miya. Sin dudarlo, ella lo deja caer. Lo único que quiere es
que sepa que está ahí. Sin preguntas insistentes. Sin sermones ni consejos no
solicitados.
Algunas preguntas de seguimiento a mi petición, claro, pero respondió a
mis preguntas con sencillez y luego lo dejó estar.
Dirigiéndome de nuevo a la parte delantera de la tienda, cojo una pequeña
cesta. Luego vuelvo al pasillo y echo en la cesta todos los cepillos que ella ha
rodeado. Por si fuera poco, cojo uno de cada accesorio para el cabello del pasillo.
La señora que me revisa intenta entablar una conversación, pero yo me
limito a señalarme las orejas y a hacer como que no entiendo nada. Ella supone
que soy sordo, como la mayoría de la gente, pero yo lo prefiero así. Suelen hablar
más cuando creen que no les oyes.
Me sonríe, murmurando para sí que para quienquiera que compre estas
cosas es una chica afortunada.
Así es, Barbara.
Una vez que ha terminado, pago mi cuenta, sin importarme el importe.
Ninguna cantidad es demasiado para Lucy.
Luego me dirijo a mi coche. Estoy impaciente por enseñarle a anata lo que he
conseguido para ella. Espero que esto nos ayude a avanzar en la dirección
correcta.
Puede que ahora no esté conmigo por elección, pero al final de esto, quiero
que me elija una y otra vez como yo lo haré con ella.
Cada una de las veces.
CapíTulo 6
Lucy
Esto de no saber la hora del día se está volviendo agotador rápidamente. No
puedo confiar en que mi cuerpo me diga si fuera es de día o de noche. Es muy
desorientador.
Tampoco ayuda que Kado se marche durante horas, dejándome sola para
averiguar cómo llenar mi día. Ya he leído tres de sus libros. Estoy cansada de
leer. No estoy acostumbrada a hacerlo tanto tiempo.
Kado se había vuelto a ir cuando me desperté de mi letargo. Después de
cepillarme el cabello, me escondí en la habitación hasta que me dormí. No sé si
llegó a controlarme. Volví a caer en un sueño profundo. Parece que mi cuerpo
utiliza esta situación para recuperar el sueño del que le he privado durante años.
Sin embargo, no lo entiendo. ¿Cómo puede mi cuerpo sumergirme tan
profundamente, sabiendo que estamos en un lugar donde no estamos realmente
a salvo?
Estoy tan sumida en mis pensamientos que me sobresalta el golpe en la
puerta. Ni siquiera le he oído moverse por el exterior de la habitación.
Como no quiero que vuelva a dejarme sola, me precipito hacia la puerta.
Parece sorprendido cuando la abro rápidamente.
―Hola ―murmuro, sintiéndome como una tonta.
No llevo ni dos días, al menos por lo que puedo ver, y ya ansío cualquier
interacción, aunque sea con mi captor.
Supongo que así es como comienza el síndrome de Estocolmo. Ahora Bella
tiene mucho más sentido para mí. Aunque a ella le encanta leer. A mí me gusta,
pero no podría pasarme todo el día haciéndolo.
Necesito más actividad que eso.
Kado se mueve delante de mí y me entrega una bolsa de la compra. Al
abrirla, miro dentro y encuentro varios cepillos para el cabello junto con
pasadores, gomas de pelo, diademas y mucho más.
―¿Para mí? ―pregunto, levantando la vista hacia él.
Parece un poco tímido. Cuando se muestra así, casi olvido que ha matado a
un hombre. Que podría matarme a mí.
Asiente con la cabeza.
Consigo esbozar una pequeña sonrisa. ―Gracias.
Sonríe. Parece muy orgulloso de sí mismo por haberlo hecho. Quiero decirle
que se ha excedido, pero ha escuchado.
Después de mirarnos un momento, se señala a sí mismo y hace el gesto de
comer.
―¿Vas a comer? ―pregunto.
Asiente, luego me señala a mí y al fondo del pasillo.
―¿Me pides que te acompañe mientras comes?
Asiente con entusiasmo.
―Un segundo. ―Levanto un dedo antes de girarme y dejar la bolsa de cosas
sobre la cama.
Cuando miro hacia atrás, me está observando, pero no me da escalofríos. Es
como si tuviera paciencia conmigo.
―De acuerdo ―le digo, indicándole que me dirija―. Estoy lista. ―Sonrío
ligeramente cuando camina delante de mí.
Eso ha sido muy dulce. ¿Quiere comer conmigo? Debería preguntarle qué
hora es. Quizá entonces pueda comenzar a prestarle atención.
Cuando llegamos a la mesa, me hace un gesto para que me siente. Hago lo
que me pide, observándolo moverse por la cocina.
No ha preparado nada del otro mundo. Solo algunos de esos fideos
instantáneos, pero aun así es amable de su parte. Podría obligarme a hacerlo todo
por él. Estoy a su merced.
En cambio, él cuida de mí. Es entrañable.
Detente, Luce. No puedes seguir pensando así de él. Es tu captor.
Me pregunto si las charlas internas de ánimo funcionaron con Bella. A mí no
me funcionan.
Pensé que sería capaz de aguantar más. De oponer más resistencia. Sin
embargo, aquí estoy, hambrienta de interacción humana, y solo es el segundo
día. Soy patética.
Kado se acerca y coloca el cuenco delante de mí antes de sentarse.
Doy un pequeño bocado, sonriéndole.
―Está bueno. Gracias.
Me sonríe.
Hacer feliz a este tipo parece muy fácil. Quizá pueda ganarme algunos
privilegios externos. O un reloj. O algo.
Sigo comiendo en silencio, pensando en las cosas que echo de menos. Estoy
tan ensimismada que cuando me toca el brazo, doy un respingo, golpeo la mesa
y hago que todo tiemble durante unos segundos.
―Lo siento ―le digo, mirándole.
Hace la mímica de hablar con la mano y luego me señala.
―¿Quieres que hable?
Asiente con la cabeza.
―¿Sobre qué?
Vuelve a señalarme.
Supongo que es natural que quiera saber más de mí. Sin embargo, mi vida
no es tan interesante.
―No hay mucho que decir. Tengo veintidós años. Trabajo a jornada
completa como asistenta. O al menos, solía hacerlo. Ahora probablemente he
perdido todos mis contratos. Vivo en un apartamento de mierda en la parte más
cutre de la ciudad. Sinceramente, mi vida es una auténtica mierda ―admito,
entristecida al pensarlo.
Supongo que nunca pensé en ello en su momento, pero ahora que me siento
y examino mi vida, no he hecho nada con ella. Me limito a existir. Es una lástima.
Me hubiera gustado hacer cosas. Haber hecho amigos de verdad. Salir con
alguien. Viajar un poco.
Sin embargo, nada de eso se me pasó por la cabeza, porque estaba luchando
tanto que no podía ver más allá del presente.
Ahora solo tengo el pasado.
Vuelve a darme un golpecito en el brazo. Parece triste mientras gira la
mano, pidiendo más.
―Escucha, luché para ejercer el derecho a irme de casa de tu jefe. ―No
utilizo su nombre a propósito―. Pero lo cierto es que no he hecho gran cosa.
Trabajaba y me iba a casa. No tenía más aficiones que dormir. Trabajaba más de
lo que pasaba en casa. Básicamente pagaba un alquiler por un lugar donde
guardar mis cosas. No es un gran hogar, ¿eh? ―Suspiro.
Le miro. Sé que tiene que haber tristeza en mis ojos. Siento que las
emociones vuelven a aflorar en mí. Quizá necesite otra buena llorera.
Me tiende la mano. Luego me señala a mí y al suelo.
―Estoy aquí. Lo sé.
Mueve la cabeza y vuelve a hacerlo. Inclino la cabeza, aún sin saber qué
intenta decir.
Entonces saca su cuaderno y escribe una palabra.
Hogar.
Me señala a mí y luego la palabra.
―¿Estoy en mi hogar? ¿Este es mi hogar?
Vuelve a asentir.
Me fuerzo a sonreír por él. Tiene razón. Ahora este es mi hogar, pero
tampoco es un gran hogar. Tal vez solo haya cambiado una existencia solitaria
por otra.
En cualquier caso, no heriré sus sentimientos refutándole.
Así que, en su lugar.
―Gracias ―antes de volver a mi comida.
Kado
Ojalá supiera cómo mejorar las cosas para ella. Oír a Lucy decir cómo era su
vida antes, hiere mi corazón. Rara vez experimento sentimientos, pero con esta
chica ya los estoy sintiendo todos.
Entonces me mira con esos ojos tristes, y lo único que quiero es estrecharla
contra mí. Quiero hacer que todo sea mejor para ella. Ojalá ella me lo permitiera.
Ya ha terminado de hablar. Incluso yo puedo darme cuenta con mis
limitadas interacciones sociales. Aun así, la observo terminar su comida.
Demasiado deprisa, aparta el cuenco.
―¿Me puedo acostar ya? ―Sus ojos ahora están apagados y me mira
fijamente.
Tomando mi bolígrafo, escribo mi respuesta.
―Oh. No estaba segura cómo funcionaría esto. Deja los platos y los fregaré
más tarde. Buenas noches, Kado.
Observo cómo sale de la habitación. Ojalá pudiera seguirla.
Espero unos minutos, rezando para que vuelva, y permanezco sentado a la
mesa. Hasta que no estoy convencido que no va a volver, no me levanto a fregar
los platos.
Pensé que tenerla aquí me proporcionaría la compañía que Miya y Cleo
proporcionan a sus hombres.
Tal vez me equivoque.
Pensé que siempre que consiguiera que ella quisiera amistad conmigo, todo
iría bien. Comprendo que no quiera intimar conmigo. No sabría qué hacer,
aunque ella quisiera. Me avergonzaría a mí mismo y la asustaría. Sin embargo,
pensé que al menos estaría dispuesta a ser algo platónico.
Me equivoqué.
Después de terminar de fregar los platos, bajo al pasillo y llamo a su puerta.
Cuando abre, me dedica una triste sonrisa.
Hago lo posible por preguntarle con mis manos si está bien. Debe
entenderme porque responde.
―Estoy bien. Creo que necesito estar sola un rato.
Me señalo a mí mismo y al fondo del pasillo.
―Lo sé, grandullón. Estarás al final del pasillo.
Luego cierra la puerta.
Lo odio. Odio que se encierre y se aísle de mí. No es bueno para ella.
Poco a poco, siento ese picor familiar bajo mi piel. Es el que me dice que me
estoy poniendo demasiado ansioso. Que pronto voy a perder los nervios.
Dando varias vueltas, decido que tengo que irme. Si me quedo aquí, tendré
demasiadas tentaciones de volver a molestarla.
Le dejo una nota antes de irme, para que sepa que volveré. Luego salgo y
cierro el sistema tras de mí.
Al ponerme al volante de mi coche, suelto un suspiro. Quizá conducir me
ayude a despejar la mente.
No es hasta que aparco fuera cuando me doy cuenta a dónde he ido
inconscientemente.
Es temprano, pero estará en casa. Espero que no se enfade si la despierto.
Aun así, salgo del coche y me dirijo a su puerta.
Entonces llamo.
Nadie responde.
Vuelvo a llamar, con más fuerza.
Esta vez, oigo movimiento al otro lado.
La puerta se abre y aparece un Kenji completamente desnudo, con cara de
cabreo.
―¿Qué coño pasa, tío? ¿Sabes qué hora es?
Le ignoro, pasando a su lado.
―Claro, pasa. No estaba ocupado machacando a mi mujer ni nada de eso
―escupe.
―Oh, cállate ―dice Miya entrando en el salón, vestida con una bata.
―Casi consigo hacerte admitir que te gustan las cositas por el culo. De
ninguna manera voy a dejar de cabrearme con él.
No quiero ni saber lo que se traían entre manos. Pueden guardarse sus cosas
del culo para sí mismos.
―Kenji, te juro por Dios que si no vuelves a meter el culo en esa habitación y
mantienes la boca cerrada, no volverás a verme el culo ―le gruñe Miya.
Se acerca a ella, la besa intensamente, y miro hacia otro lado cuando juegan
al hockey de amígdalas.
Finalmente, se retira.
―No olvides de quién es este coñito, niña.
Luego nos deja solos.
Miya parece aturdida por un momento antes de sentarse en el sofá,
dándome una palmadita en el sitio que hay a su lado.
Tomo asiento y saco mi teléfono, sabiendo que un cuaderno no va a servir
para esto.
―¿Supongo que estás aquí por la chica? ―Cuando asiento con la cabeza,
continúa―. No ha pasado mucho tiempo, ¿qué ha ocurrido?
Saco el bloc de notas de mi teléfono encriptado y escribo todo lo que ha
pasado esta noche.
Miya frunce el ceño al leerlo. Luego se queda pensativa un momento,
mirando fijamente a la pared.
―Te eligió a ti, Kado, pero en realidad no lo hizo. Le diste tres opciones de
mierda y eligió la mejor. No se va a encariñar contigo de la noche a la mañana.
Puede que ni siquiera lo haga. Por lo que parece, es una superviviente. Tienes
que decidir qué es más importante para ti: su felicidad o conservarla. A veces es
lo mismo.
No es la respuesta que quiero, pero es honesta. Lo hice todo mal. La vi allí y
pensé que era el destino. Debería haber intentado conocerla en la vida real y
encontrar la manera de hacerlo de esa forma. Lo jodí todo.
¿Qué hago ahora?
Tararea un momento.
―Le das espacio y la tratas como a un ser humano. Entiendo que no puedas
dejarla marchar. Sería demasiado peligroso. Tienes que hacer que quiera su jaula
y entender que puede que no quiera nada contigo, y eso tiene que estar bien. Si
de verdad te preocupas por ella, su felicidad debería ser lo único que importa.
―Miya me da unas palmaditas en la rodilla―. ¿Lo entiendes?
Lo entiendo perfectamente. Al privarla de su libertad, puede que haya
arruinado cualquier posibilidad de que me vea como algo más que su guardián.
Es deprimente, pero al menos tenerla conmigo significa que estará bien. No
tendrá que luchar para pagarse un alojamiento o comida.
Me aseguraré que tenga todo lo que necesite, aunque eso signifique que no
me necesite a mí.
Gracias.
Miya sonríe.
―Cuando quieras. Ahora vete a casa. Quédate a su lado si necesita algo.
Avísame cuando acepte mejor la compañía.
Asiento con la cabeza antes de ponerme en pie. Me acompaña hasta la
puerta.
―¿Eh, Kado? Aquí eres bienvenido cuando quieras. Ignora a Kenji ―me dice
cuando salgo.
Le sonrío por encima del hombro antes de dirigirme hacia mi coche.
Necesito ser paciente con anata. Creí que lo era, pero tal vez necesite ser
mejor.
Será duro, pero haré cualquier cosa por ella.
CapíTulo 7
Lucy
Tengo los ojos abiertos, pero no estoy motivada para moverme. Me he
entumecido en los días o semanas transcurridos desde que Kado me capturó.
¿Qué sentido tiene levantarse cuando no tengo nada por lo que vivir?
Mi vida se ha vuelto monótona. Hago lo mismo todos los días. Mi vida se ha
convertido en un bucle continuo del Día de la Marmota, y me está matando
lentamente.
Me despierto y considero que es mi mañana, aunque todavía no tenga ni
idea de qué hora es. Me preparo unos huevos con unas tostadas. Luego me
ducho. Ojalá tuviera una bañera. Eso me quitaría algo de tiempo.
Después, deambulo por el apartamento. A veces leo alguno de sus libros,
pero ya los he leído todos. Con la trama fresca en mi mente, me cuesta releerlos.
Otras veces, canto para mí misma. Cuando vuelvo a tener hambre, me preparo
otra ligera comida a base de fideos o macarrones con queso.
Cuando Kado llega a casa, me muero por estar cerca de él, solo para tener a
alguien más conmigo. Me he encontrado charlando sobre cosas aleatorias que a
él no le interesan, estoy segura, pero es mi única interacción. Necesito hablar en
voz alta con alguien que no sea yo, y él es mi víctima.
Si le molesta, nunca lo deja entrever. En cambio, me escucha contarle
cualquier conversación aleatoria que se me ocurra.
Como esta noche. Estoy parloteando sin parar sobre una vieja telenovela
que solía ver.
―Entonces Nicolas regresó. Como que siempre fue un poco exagerado, pero
cuando volvió, yo me quedé como, venga ya. Lo máximo que habían hecho antes
era que apareciera un fantasma o un recuerdo. No un verdadero regreso de entre
los muertos. ―Sacudo la cabeza, hundiendo el tenedor para coger más Fideos.
Mi estómago se contrae al obligarme a tragar. Si nunca vuelvo a comer otra
taza de Fideos estará demás. Estoy muy quemada de comerlos. Aunque ya he
adelgazado demasiado, así que cualquier alimento que caiga en mis manos es
necesario para sobrevivir. Mi pobre piel está más pálida que nunca. Hace quién
sabe cuánto tiempo que no me siento bien. Me duele la piel, mi estómago está en
constante estado de desaprobación y estoy anormalmente cansada. Me estoy
marchitando.
Aun así, intento seguir siendo positiva.
―¿Qué tal tu día? ¿Te ha ido bien? ―pregunto yo―. Estoy segura que estás
cansado de escucharme hablar de algún programa que nunca has visto.
Sonríe y me hace un gesto con el pulgar hacia arriba. Luego me señala y
vuelve a hacer el gesto de hablar.
Internamente, gimo. Dios, cómo me gustaría que me contestara para no
tener que oír mi propia voz.
―¿Te gusta cuando hablo? Eso está muy bien. Creo que me volvería loca si
prefirieras que estuviera callada.
Se acerca y me coge la mano brevemente, apretándola. Lo hace de vez en
cuando para hacerme saber que está bien, creo. No estoy muy segura. Es como si
me tranquilizara.
―¿Qué vas a hacer el resto de la noche? ―pregunto.
Nunca me dice si me equivoco con la hora del día. Me sigue la corriente.
¿Sería mucho pedir que me comprara un reloj para que al menos pudiera saber la
hora?
Para responder a mi pregunta, se encoge de hombros y señala la puerta.
―¿Vas a salir? ―Me siento más recta en la silla.
Vuelve a asentir y señala su teléfono, lo que he aprendido que es su forma
de decirme que tiene que ir a trabajar. Mi corazón se acelera cuando lo asimilo.
Estoy a punto de quedarme sola de nuevo. Antes me encantaba estar, pero he
llegado a un punto en el que siento que es casi más seguro tener a alguien
conmigo que estar sola.
―Llévame contigo. Por favor. Estaré callada y no estorbaré. Te lo prometo
―suplico.
Parece confuso cuando niega con la cabeza.
―No digas que no. Por favor. ―Le pongo mis mejores ojos de cachorrito.
Le veo vacilar. Lo está considerando.
Por favor. Por favor. Por favor.
Sin embargo, veo el momento en que toma su decisión y se me desploma el
corazón. Me mira con compasión. Como si quisiera decir que sí, pero no pudiera.
Escribe dos palabras en su libretita sellando mi destino.
Demasiado peligroso.
La decepción y el pavor corren por mis venas. Por supuesto. ¿Por qué
esperaba una respuesta diferente? Mata a gente. ¿Qué haría yo si fuera a trabajar
con él? ¿Ayudarle a asesinar a alguien? ¿Convertirme en cómplice? ¿Conducir el
coche de la huida?
Me desinflo volviendo a empujar los fideos en mi cuenco. He perdido el
apetito. El aplastante peso de la soledad vuelve a posarse sobre mis hombros.
Kado intenta que vuelva a hablar, pero he perdido todo deseo de
interactuar.
Me voy a quedar atrapada aquí para siempre.
Suspiro cuando se levanta y pone su cuenco en el fregadero. Luego pasa a
mi lado y se detiene, me acariciar la cabeza y luego se va.
Espero varios minutos antes de dejar caer mis lágrimas.
―Quédate aquí, Lucy. Arriba. Abajo. Siéntate. Buena mascota ―digo las
palabras, pero se me rompe el corazón.
Sollozando, mis pensamientos vuelven a ser negativos. Esto es todo. Esto es
todo lo que será mi vida. Nunca me casaré, ni experimentaré el verdadero amor,
ni tendré hijos. Nunca podré visitar todos esos lugares con los que soñaba
cuando era más joven. Soy cautiva de un hombre que no muestra emociones.
Solo estoy aquí para entretenerle porque estaba en el lugar equivocado en el
momento equivocado.
Es casi como si fuera una mascota para él. Algo con lo que entretenerse
cuando está en casa, aunque apuesto a que en el momento en que se va
desaparece de su vista y de su mente, y eso es todo lo que siempre seré. Porque
para un hombre como Kado, no significo nada.
Kado
Hoy ha sido un infierno. Quería llegar antes a casa, pero el capullo que me
encargaron matar no quiso cooperar.
Es uno de los lados más desagradables de mi trabajo. Entrar a eliminar a un
objetivo cuando saben que vas a ir. Este hombre tenía un precio por su cabeza
desde hacía meses. Desgraciadamente, Kai consideró que era suficientemente
importante como para enviarme.
Lo conseguí, pero ¿a qué precio?
Me mató haber dejado antes a anata. Me suplicó que la llevara conmigo. Lo
deseaba con todas mis fuerzas. La quiero siempre conmigo, pero me preocupaba
que fuera demasiado para ella. Hago cosas desagradables cuando es necesario.
No quiero que mi trabajo la manche.
O asustarla.
¿Estaría aún más asustada de mí si supiera exactamente lo que hice? Es
decir, tiene una idea basada en haber visto el cadáver de su antiguo jefe, pero no
fue testigo de lo que hice. Por lo que ella sabe, podría haber sido un limpiador.
Sin embargo, creo que ella sabe que es más que eso. Creo que por eso aún
no me ha pedido nada. En cambio, me habla de cosas al azar.
Me encanta. Oír su voz me llena de alegría. Podría estar leyendo la lista de
la compra o diciéndome que me odia, y yo la escucharía. Tomaré cualquier
trocito de ella que quiera darme.
Por eso me he asegurado de hacer una comida al día con ella. Siempre da
por hecho que es por la tarde, pero tiene los días revueltos. Normalmente, vuelvo
a casa por las mañanas. A veces, como hoy, tengo que volver a salir, pero la
mayoría de las veces es el final de mi jornada. Hago mi mejor trabajo en mitad de
la noche. Es el momento más fácil para seguir a la gente. Conocer sus hábitos.
Especialmente cuando suelen estar en sus casas, lo que les hace sentirse aún más
cómodos.
La gente hace todo tipo de cosas raras en la comodidad de su casa. Es el
mejor momento para reunir secretos y conocer todas esas pequeñas y
desagradables aficiones de las que disfrutan.
Sin embargo, el hombre al que sigo ahora es un hueso duro de roer. Es muy
cuidadoso. Incluso paranoico.
Hasta ahora, no he encontrado a nadie relacionado con él que pueda
servirme de información. Lo más cerca que he estado es el imbécil con el que he
tratado hoy. Pensé que me daría una pista, pero en lugar de eso fue inútil. Solo
había estado allí para entregarle roofies 4 al tío. No sabía por qué los necesitaba ni
cómo los utilizaba. Ni siquiera le importaba.
No tuve ningún problema en alejar ese pequeño problema de este mundo.
Solo necesitaba que desapareciera rápidamente para poder volver con Lucy.
Me mató ver la decepción en su cara cuando me fui. Estuve a punto de darme la
vuelta para ir a buscarla. Quería decir que a la mierda y rendirme. Pero no lo
hice.
Deteniéndome ante la puerta, respiro hondo antes de girar la cerradura.
4Roofies: Es una benzodiazepina, la misma clase de drogas que el diazepam (Valium), pero es
mucho más potente. Han sido llamados la droga de la violación porque sedan a las víctimas y las dejan
con amnesia temporal.
Sé que algo va mal en cuanto entro por la puerta. Hay silencio. Casi
demasiado.
Cierro la puerta tras de mí y me dirijo a la cocina, donde encuentro a Lucy,
sentada tranquilamente a la mesa con un cuenco de fideos delante. Parece triste.
Las ganas de ir hacia ella y abrazarla son abrumadoras, pero aún no hemos
llegado a ese punto. Todavía no le gusta que la toque.
Me acerco a ella y saco mi bloc de notas.
¿Qué te pasa, anata?
Le pongo el papel delante.
Levanta la vista lentamente. ―Nada. Estoy bien.
Doy un respingo al oír sus palabras. Siempre que Miya dice que está bien,
suele estar a punto de estallar.
Me resisto a aceptar que mi preciosa chica va a perder los nervios. Prefiero
que se desahogue ahora.
Así que la presiono.
Dímelo. Lo arreglaré.
―¿De verdad? Entonces retrocede y devuélveme mi vida. Ya no aguanto
más aquí. Lo único que hago es sentarme aquí todo el día, mirando la maldita
pared. ―Se levanta, coge su cuenco y se dirige al fregadero―. Ni siquiera puedo
comer lo que me gusta. Solo puedo comer huevos, avena o fideos. Siento que me
estoy marchitando. Llegados a este punto, creo que la muerte sería más amable
conmigo.
Moviéndome a su lado, la giro para que me mire, negando con la cabeza.
Ella se burla.
―Sé que no me quieres muerta. Prefieres tenerme aquí como tu juguetito.
Algo que te entretenga mientras estés aquí, pero que desaparezca de tu mente en
cuanto me pierdas de vista.
Suspiro y vuelvo a la mesa.
Kenji y Kai hacen que esto parezca muy fácil. Sus mujeres casi siempre son
felices. Solo necesito que ella me diga lo que quiere.
Debo haber hecho algún ruido, porque se tensa junto al fregadero. Entonces
hace girar un plato, pasa volando por delante de mi cabeza. Ni siquiera me
inmuto cuando se hace pedazos detrás de mí. Mis ojos se clavan en los suyos.
Me mira como si fuera salvaje. Quizá lo sea.
Coge otro plato y esta vez lo tira al suelo delante de ella. Un plato tras otro
del escurreplatos se hacen pedazos.
Dejo que ella lo haga todo. No me importan los platos. Lo único que me
importa es que saque esas emociones.
Permanezco inmóvil mientras ella resuelve su enfado.
No es hasta que va a dar un paso hacia uno de los armarios que hago un
movimiento.
―Detente ―grazno, mi garganta ardiendo a causa de las palabras, cuando
avanzo hacia ella.
Hace lo que le digo y se queda paralizada, mirándome con los ojos muy
abiertos.
La cojo en brazos y la dejo sobre la encimera, pero antes de alejarme, me
detiene.
―¿Puedes hablar?
CapíTulo 8
Lucy
―¿Puedes hablar? ―pregunto mientras se pone delante de mí.
Asiente, aclarándose la garganta.
―¿Por qué narices no hablas entonces? Llevas semanas haciéndome
adivinar tus gestos, ¿y ahora descubro que puedes hablar todo el tiempo?
―Siento que mi ira vuelve a crecer.
Suspira antes de hablar. ―Duele.
Tose varias veces, aclarándose la garganta una y otra vez.
¿Le duele hablar?
Parte de mi ira se desvanece.
―¿Te duele hablar? ¿Alguien más lo sabe?
Se encoge de hombros antes de negar con la cabeza.
¿Es algo que solo yo sé? ¿Por qué eso me hace encariñarme aún más con él?
―Ya veo. Sigo enfadada contigo. Me has vuelto a dejar aquí sin nada que
hacer. He intentado ser una buena invitada, pero ya basta. Necesito algo más que
esta existencia. ―Me cruzo de brazos sobre el pecho.
Asiente, intentando alejarse de mí de nuevo, pero le agarro de la camisa
para impedírselo.
―No he terminado de hablar contigo.
Se detiene, mirándome a los ojos. Luego va a hablar de nuevo, pero le
pongo la mano en la boca.
―No. Utiliza tu cuaderno.
Me mira con el ceño fruncido, pero lo saca del bolsillo.
¿Qué puedo hacer para que esto mejore?
Suspiro.
―Necesito algo más que la comida que traes a casa. Necesito verduras y una
comida de verdad. No puedo seguir comiendo esto. Me pone enferma.
Aparta la mirada, culpable.
―Oye, de eso nada ―le digo, tirándole de la cara para poder verle los ojos―.
Nunca has cuidado de nadie, ¿verdad?
Sacude la cabeza.
―Te enseñaré. Lo del cabello ha sido un comienzo. También necesito
productos de higiene. Jabón corporal, champú, cuchillas de afeitar, cepillo de
dientes y loción. También tampones y compresas. Usar papel higiénico resulta
terrible.
Me estremezco al recordar cuando me vino la regla la semana pasada. Fue
miserable. Habrías pensado que yo era la asesina en lugar de Kado.
Cualquier cosa que necesites. Dímelo y será tuyo.
Casi pido mi libertad, pero no se refiere a eso. En su lugar, pido lo que
realmente quiero.
―Necesito salir de este lugar de vez en cuando. No hay ventanas. No tengo
la menor idea qué día es o si es de noche. Me está afectando mucho a la psique.
Entiendo que no quieras que vaya a trabajar contigo, pero necesito algo. Necesito
sol. Interacción con la gente. ¿Puedes darme eso al menos?
Duda durante varios minutos. Finalmente, escribe algo y le da la vuelta para
enseñármelo.
¿Prometes no huir? No quiero perderte.
Esas palabras me hacen un agujero en el corazón. Aquí estoy pensando
egoístamente, pero este hombre está tan hambriento de compañía como yo.
Sacudo la cabeza.
―A estas alturas, no tengo nada a lo que volver. Probablemente mi
apartamento esté vacío. Si huyera, me encontraríais. Sabía dónde me metía
cuando tomé la decisión, Kado. No tienes que preocuparte si tengo un pie fuera
de la puerta. Quizá el primer día, pero ya han pasado semanas. He aceptado mis
nuevas circunstancias.
Deja escapar un suspiro y asiente. Esta vez, dejo que retroceda. Intento
bajarme del mostrador, pero él se vuelve, mirándome fijamente.
―¿Por qué no puedo bajar? ―resoplo.
Se mueve hacia mí, tocándome el pie.
―¿Te preocupa que pise cristales? Pues coge mis zapatos.
Sacude la cabeza y me coge la mano.
―¿También te preocupan mis manos? Tengo que limpiar esto. Es mi
desastre.
Retira la mano antes de volver a coger el cuaderno. Escribe durante un
minuto antes de entregármelo y darse la vuelta para comenzar a limpiar el lío.
No he cuidado bien de ti. Esta fue tu forma de abrirme los ojos. De hacerme despertar.
Así que no. Este es mi desastre y yo lo limpiaré. Siéntate ahí y pon cara bonita hasta que
acabe. Si te apetece hablar, me encantaría escucharte. Tu voz es lo mejor de mi día.
Se me para el corazón con la última línea. Observo su espalda al agacharse,
recogiendo trozos de cristal antes de tirarlos a una bolsa de basura que ha debido
conseguir.
―¿No te molesta mi constante parloteo? ―pregunto.
Niega con la cabeza sin dejar de centrarse.
―Bueno, eso es un alivio. Antes no me gustaba hablar mucho, pero ahora es
como si no pudiera parar. Tu casa es tan silenciosa todo el tiempo. ¿Crees que
podríamos poner una tele con películas o algo así? ¿Algo que ayude a romper el
día? Ah, y quiero un reloj. Suplicaré si hace falta, pero me gustaría que mi cuerpo
volviera a tener un horario regular.
Es como si no pudiera parar. Ahora que he comenzado a pedir lo que
quiero, es como si todo saliera a borbotones.
―Sé que me has dicho que no puedo ir al trabajo contigo porque es
peligroso, pero aun así me gustaría ir a sitios contigo. Quizá pueda ir al
supermercado contigo. ¿O tal vez a esa señora tan simpática de la casa de tu
temible jefe le gustaría tener compañía?
Me mira por encima del hombro, con una pequeña sonrisa en la cara.
Sigo negándome a utilizar el nombre del hombre. El vecindario le tiene
miedo con razón.
Me pregunto si Kado forma parte de esa razón.
―Era un poco rarita, e ignoro cómo está casada con ese hombre, pero
parecía bastante simpática ―le digo cuando termina de recoger.
Asiente, acercándose a mí. Luego me levanta. Mis piernas rodean su cintura
y mis brazos sus hombros.
―¿Qué haces? ―pregunto, temerosa por si me deja caer.
No dice nada, como de costumbre, y me lleva por el pasillo hasta el
dormitorio. Luego me deposita en la cama antes de señalarme los zapatos.
―¿Quieres que me ponga los zapatos? ¿Para qué?
Sonríe, dejándome en la habitación. Aun así, estoy vestida con su ropa, pero
no me molesto en cambiarme. Solo tengo un conjunto, y es el que solía ponerme
para limpiar. Ahora lo evito como a la peste.
Una vez puestos los zapatos, vuelvo a la zona principal para encontrar a
Kado barriendo. Me apoyo en la pared y lo observo.
Hay algo tan sexy en un hombre atractivo haciendo tareas domésticas.
Podría mirarlo durante horas.
Pero él tiene otras ideas. Al terminar, se vuelve y me sonríe. Hace un gesto
hacia la puerta.
―¿Nos vamos? ―pregunto, sin ocultar mi emoción.
Asiente con la cabeza.
Corro hacia él y le abrazo. Se sobresalta, pero me devuelve el abrazo
lentamente.
―Gracias ―le susurro.
Es débil, así que no puedo estar segura, pero creo que dice: ―Cualquier cosa
por ti.
Si eso no es lo más dulce, no sé lo que puede serlo.
Kado
La transformación en Lucy es instantánea. En cuanto le dije que nos íbamos,
se emocionó. Su cara perdió ese aspecto triste. Incluso me abrazó.
Fue el maldito mejor abrazo que he recibido nunca.
Lo haría una y otra vez por ella si le produce tanta alegría.
Es pleno día cuando salimos de casa. Me impresiona ver cómo el sol ilumina
su rostro cuando cierra los ojos e inclina la cabeza hacia el cielo. Es hermosa.
Como una diosa. Especialmente con la luz que la perfila como un halo.
Su sonrisa nostálgica hace que me pregunte qué estará pensando. Tanto es
así que le doy un golpecito en la frente, haciéndola saltar.
―Lo siento, solo estaba tomando el sol ―me dice.
Le doy otro golpecito en la cabeza. Frunce el ceño antes de sonreír.
―¿Quieres saber lo que estoy pensando?
Cuando asiento con la cabeza, parece casi orgullosa de haberme entendido.
Es casi como si comprender mis gestos aleatorios fuera un juego para ella. Un
juego que quiere ganar. Eso me hace tener esperanzas.
―Me ha faltado el sol. Me sienta bien en la piel. ¿Adónde vamos? ―Cambia
de tema, como si no quisiera revelar nada más.
Es entonces cuando me doy cuenta de lo oscura que es realmente mi casa.
Solo hay un punto de entrada y salida, lo cual es intencionado. Nadie puede
colarse en mi casa.
Mirándolo desde su punto de vista, me doy cuenta que tampoco hay luz
natural. No hay forma de saber si es de día o de noche. No me extraña que se
haya vuelto loca.
Quiero darme un puñetazo por no haberme dado cuenta antes. En lugar de
eso, la cojo de la mano y tiro de ella.
―Vale, ya lo entiendo. Es una sorpresa. Está bien. Me encantan las sorpresas
―dice cuando la ayudo a subir al SUV.
Durante todo el viaje al supermercado, anata charla como si yo fuera un
participante activo. Hace una pausa cuando necesita una afirmación de que la
estoy escuchando, que yo le doy con un movimiento de cabeza o apretando mi
mano sobre la suya.
Pero a ella no parece importarle. Sigue divagando, ignorando que cuanto
más habla, más me enamoro de ella. Podría escucharla hablar del tiempo durante
horas si pudiera. Su voz es tranquilizadora. Melódica.
Sin embargo, me siento indeciso cuando caminamos por el supermercado.
No me presta atención cuando elige los productos y los sostiene para que los
apruebe. No importa lo que sea. Le digo que sí.
Aun así, me pregunto si planea huir. ¿Es ahora cuando intenta hacer su gran
huida?
Al cabo de unos instantes, empiezo a prestarle verdadera atención. Como si
fuera un objetivo, me dejo llevar por cada uno de sus movimientos. Me digo que
es porque necesito vigilarla de cerca para que no se escape, pero la verdad es que
me fascina.
La forma en que arruga la nariz cuando encuentra algo espantoso o la forma
en que acerca un objeto que realmente quiere. Es entrañable.
También por eso me doy cuenta de que cuando quiere un objeto, lo toca,
casi como si lo quisiera, pero supiera que no puede tenerlo. Se niega a sí misma,
aunque no sé por qué.
Sabiendo que una conversación de este tipo no puede tener lugar en medio
del supermercado, decido tomar cartas en el asunto. Pongo en la cesta cualquier
cosa que creo que ella no quiere, pero que realmente quiere.
―¿Te gustan las tortitas? Podría hacernos unas caseras si tuviéramos los
ingredientes.
La verdad es que odio desayunar dulces. Nunca he entendido el concepto.
Soy un tipo de carne y huevos, pero por ella comeré cualquier cosa. Así que
miento asintiendo.
Ella va reuniendo los ingredientes mientras yo sigo memorizándola. El
vaivén de sus caderas. La forma en que su cabello cae, rozándole la espalda. Su
lengua asomando y lamiéndose los labios.
Cada movimiento lo almaceno en ese archivador imaginario de mi cabeza
para analizarlo más tarde. Lucy no lo sabe, pero deseo conocer cada detalle de
ella. No quiero que se me escape ni una sola cosa. No solo para mejorar su vida
conmigo, sino porque soy adicto a ella. La necesito en mi vida.
―Creo que eso es todo. ―Frunce el ceño hacia el carrito.
Creo que me ha pillado, pero entonces suspira.
―Quizá debería devolver algunas cosas. Parece que esto va a costar mucho.
Sacudo la cabeza y le agarro la barbilla para que me mire. La miro fijamente
a los ojos y vuelvo a sacudir la cabeza.
―De acuerdo, no devolveré nada. Sin embargo, no me dejas trabajar, así que
no sé cómo podré devolvértelo.
La miro fijamente, haciéndola tragar saliva. Parece un poco asustada, así
que suavizo mis rasgos. No quiero que piense que estoy enfadado, pero tampoco
quiero que vuelva a preocuparse por tonterías como el dinero. Es mía y cuidaré
de ella.
Creo que la he cagado estrepitosamente, pero entonces ella me sorprende.
Alarga la mano y me la coge.
La miro fijamente durante unos instantes antes que hable.
―Lo siento. ¿Esto está bien? Creí que te gustaría. ―Va a apartar la mano,
pero la aprieto, más fuerte.
Ella se ríe. ―Te gusta. Bien. Cada vez se me da mejor.
Inclino la cabeza para indicar que estoy confuso.
Sonríe para sí, sacudiendo la cabeza.
―Entenderte. Cada vez te entiendo mejor.
El orgullo bulle en mi pecho ante esa afirmación al comprender que
realmente lo hace. Es la primera persona que se esfuerza de verdad por
entenderme sin necesidad de escribir o teclear. Miya hace lo que puede, pero no
pasa suficiente tiempo conmigo para aprender de verdad mis hábitos. Kai y Kenji
me entienden un poco mejor, pero sigo teniendo que recurrir al bloc de notas
porque no lo entienden todo.
No he utilizado el bloc de notas ni una sola vez desde que salimos de casa,
ni he tenido que usar el teléfono para transmitir mi mensaje. Lucy se ha limitado
a hablarme, y cuando no me ha entendido, se ha mostrado paciente, adivinando
lo que intentaba decir.
Realmente me entiende.
Tiro de ella, sin querer admitir que las emociones se arremolinan en mi
interior.
Descargo el carro y me niego a que me ayude, para su consternación. En
lugar de eso, le doy mi tarjeta y le indico que se quede al final, esperando para
pagar. Odio pagar porque la cajera siempre intenta entablar una conversación
trivial, y bueno, eso me lo pone difícil. Cuando les indico que no puedo hablar, a
veces prueban con el lenguaje de signos, lo que no hace sino avergonzarme aún
más.
Ahora tengo a Lucy. Ella puede encargarse de esa parte de las compras.
O eso creía yo.
Según la cajera va pasando los artículos por caja y charla con Lucy, me
percato que se está poniendo visiblemente pálida. Lucy no deja de mirarme como
si fuera a ponerse enferma. Cuando coloco el último artículo en la cinta
transportadora, me acerco a su lado. Le pongo la mano en la cabeza, pero se
encuentra bien.
―Lo siento mucho. Esto es demasiado. Deberíamos poner las cosas en su
sitio.
Sacudo la cabeza, señalando el lector de tarjetas. Ella se estremece al deslizar
mi tarjeta. Ciento cuarenta y dos dólares ni siquiera es tanto, pero Lucy actúa
como si fuera el fin del mundo. Podría haberme gastado mil veces más y mi
tarjeta no habría tenido ningún problema. Sin embargo, se comporta como si
fuera a arruinarme.
Permanece callada cuando meto todos nuestros artículos en el carrito.
Sonrío a la cajera, tomo el ticket antes de coger a Lucy de la mano y tirar de ella
empujando el carrito hasta el coche.
Está algo conmocionada. Me deja llevarla hasta el coche y sentarla en el
asiento del copiloto antes de cargar toda la compra en el coche. Cuando me
siento ante el volante, me vuelvo hacia ella y tomo su cara para girarla hacia mí.
Vuelvo a darle golpecitos en la cabeza.
―Lo siento mucho. No pretendía volverme loca ahí dentro. No debería
haber ido a la tienda con hambre.
Intenta apartarse, pero la mantengo firme. Vuelvo a sacudir la cabeza y
agito el recibo en el aire. Hago un movimiento como si me cortara el cuello para
indicar que no es nada.
―No volveré a hacerlo. Te lo prometo. ―Ahora parece asustada.
Vuelvo a sacudir la cabeza, suspirando. Suelto su barbilla, miro el recibo,
me encojo de hombros, lo envuelvo y lo tiro al suelo.
―¿Estás diciendo que no es nada? ―Ella titubea.
Asiento con la cabeza. Hago el gesto del dinero con las manos y me encojo
de hombros.
―¿El dinero no es nada para ti? ―pregunta ella.
Asiento con la cabeza.
―¿Tienes mucho?
Vuelvo a asentir.
Suspira.
―He sido pobre durante tanto tiempo que un viaje así... en realidad no. No
habría podido pagarlo. Me habría avergonzado si rechazaran mi tarjeta. No
habría podido pagar todo eso. No voy a mentir, eso tiene mi ansiedad por las
nubes.
Le cojo la mano y le beso el dorso. Entonces vocalizo.
―Ya no.
Me sonríe.
―No sé cómo me sienta que te ocupes de todo por mí, pero gracias. Gracias
por decirme que no tengo que preocuparme. Aun así lo haré, pero intentaré no
hacerlo.
Es lo mejor que voy a conseguir por ahora. Algún día perderá el aguijón de
su vida pasada y abrazará la nueva. Hasta entonces, seguiré demostrándole que
está segura y cuidada.
No tiene que volver a preocuparse por nada.
CapíTulo 9
Lucy
Sonriendo, tarareo mientras cocino. Estoy tan emocionada por una comida
de verdad que ni siquiera es gracioso. Se me hace la boca agua al rehogar las
verduras antes de volver a la carne. Me encantó salir, aunque fuera un paseo
rápido. Fue como un chute de serotonina que necesitaba desesperadamente.
Mientras cocino, Kado permanece. Lo siento observándome y dispuesto a
hacer lo que le pida en un momento, aunque ambos sabemos que no lo haré.
Debería molestarme que me observe, pero no es así. Por alguna razón, me gusta
que me mire.
¿Realmente síndrome de Estocolmo, Lucy?
El pensamiento pasa por mi cabeza, pero no me parece correcto. Tenía otras
opciones. Le elegí a él. Creo que al principio no estaba preparada para aceptarlo,
pero ahora sí. Tengo que sacar lo mejor de esta nueva vida. Creo que nunca
recuperaré la anterior.
Finalmente, la cena está lista y apago los fogones. Voy a coger unos platos,
pero me detengo cuando veo que Kado ya los está sacando del armario. Ni
siquiera le he oído levantarse de la silla, y mucho menos caminar detrás de mí.
―Gracias ―le digo cogiéndole los platos de las manos―. Ve a sentarte. Te
acercaré tu plato.
Kado no hace lo que le he pedido, sino que se da la vuelta y comienza a
traernos algo de beber a cada uno. Seguro que algo tan sencillo no debería
arrancarme una sonrisa, ¿verdad?
Sacudo la cabeza y emplato nuestra cena. Con cada uno de los platos en la
mano, me acerco a la mesa y deslizo el suyo delante de él.
―Gracias por coger los cubiertos ―digo al sentarme.
Kado asiente y permanece sentado, inmóvil. Espero a que pruebe bocado,
deseando desesperadamente su reacción, solo que no lo hace.
―¿No te gusta lo que he hecho? ―pregunto, intentando ocultar lo dolida que
me siento.
Sus ojos se agrandan, señala mi plato y luego a mí.
―¿Quieres que pruebe yo primero? ¿No confías en mí? ¿Crees que lo he
envenenado o algo así?
Kado sacude la cabeza y saca su teléfono. Rápidamente, teclea en la pantalla
antes de pasármelo para que lea el mensaje.
―Deberías dar el primer bocado ya que lo has cocinado tú ―leo en voz alta.
El alivio me invade. No tiene nada que ver con lo que he hecho y con que no
le guste, sino que intenta ser educado.
Le devuelvo el teléfono y cojo el tenedor. Se me hace la boca agua cuando
me llevo la comida a la boca. No puedo evitar gemir y cerrar los ojos cuando los
sabores golpean mi lengua. Joder, sí. Esto. Esto es lo que me he estado perdiendo
desde que me mudé con él.
Abro los ojos y veo que Kado ya ha cogido el tenedor. Se lo lleva a la boca, y
veo cómo sus ojos se abren de par en par al dar un bocado. Ninguno de los dos
intenta hablar mientras comemos. Cuando oigo el sonido del metal sobre el
plato, levanto la vista y veo que ya ha terminado.
―¿Te ha gustado?
Asiente con la cabeza.
―Bien, me alegro.
Espera a que termine de comer antes de llevar nuestros platos a la cocina.
Juntos, codo con codo, limpiamos la cocina. Una vez hecho esto, me siento
incómoda. No quiero esconderme en el dormitorio, pero tampoco quiero seguir
sentada a la mesa.
Suena su teléfono y lo saca del bolsillo. Oigo débilmente la voz de otra
mujer al otro lado. Hay algo en que otra mujer le llame que me molesta.
¿Tiene una novia de la que no sé nada? ¿Es ahí donde va cuando no está
aquí conmigo? Solo pensarlo me molesta, y no sé por qué. No es como si tuviera
algo que reclamarle o como si me hubiera hecho algún tipo de promesa
romántica.
Frunzo el ceño, salgo en silencio de la cocina y me dirijo al dormitorio para
intentar ordenar mis pensamientos.
¿Por qué me siento así? Sí, me ha dado de comer y se ha asegurado de que
tenga un techo, pero eso son las necesidades básicas. Ésa no es razón para sentir
que es mío y solo mío.
Oigo que llaman a la puerta, sacándome de mis pensamientos. Miro por
encima del hombro y le veo de pie junto a la puerta con mis zapatos en la mano.
Se adelanta y me los tiende.
―¿Vamos a alguna parte? ―pregunto cogiéndoselos.
Asiente con una sonrisa.
―¿Adónde vamos? ―Espero un momento, pero se queda callado―. No me
lo vas a decir, ¿verdad?
Me señala los zapatos y me mira los pies.
Suspirando, me siento en el borde de la cama y me los pongo. De pie, le sigo
fuera de la vivienda y bajo hasta su coche.
Mientras él conduce, mi mente divaga.
¿Adónde vamos? ¿Quién hablaba por teléfono? ¿Qué estamos haciendo?
Afortunadamente, el trayecto es corto y, antes de darme cuenta, estamos
parando frente a un casino y un hotel.
Currency.
Nunca he entrado, pero he oído hablar de este lugar y que es propiedad del
jefe de Kado.
¿Qué podríamos estar haciendo aquí?
Kado sale del coche y le sigo. Me espera en la parte trasera del coche y
entramos juntos. Apenas entramos, me quedo boquiabierta. El lugar es precioso
y elegante. Al instante, me siento fuera de lugar al contemplar a las mujeres
maravillosamente vestidas.
Debería haber presionado para comprar ropa cuando fuimos a hacer la
compra. Jugueteo con el dobladillo de su camisa, sintiéndome más que un poco
cohibida.
Kado serpentea por el hotel mientras yo permanezco a su lado. Una mujer
sonríe cuando lo ve y comienza a caminar hacia nosotros. Mi estómago se agria
cuando se abrazan.
¿Quién es? ¿Es la que llamó antes? ¿La que conoce cuando me deja por la
noche?
Se vuelve hacia mí y sonríe.
―Hola, soy Miya. Me moría por conocerte.
―Encantada de conocerte ―digo, con cero sinceridad.
No sé qué pretende Kado, pero no me gusta.
Kado
A Lucy no le gusta Miya. Al menos esa es la sensación que percibo cuando
dice 'encantada de conocerte'. Nunca antes había prestado mucha atención a
cómo dice la gente las cosas o su lenguaje corporal en un entorno social, pero
después de estar todo el día en sintonía con ella, lo noto.
Su cuerpo está rígido y su tono no es el adecuado. Miya también se da
cuenta, porque vacila ligeramente, pero mantiene la sonrisa.
―Kado trabaja con mi hombre, Kenji, y conmigo ―le dice Miya.
Observo cómo se relajan los hombros de Lucy.
―¿Oh? Eso significa que trabajas para...
―Sí, somos muy buenos amigos ―sonríe Miya.
―Me alegro que Kado tenga amigos ―dice Lucy suavemente.
―Siento haber llamado antes, seguro que estabais ocupados, pero necesitan
a Kado para un trabajo ―le dice Miya.
―Oh, está bien. Acabábamos de cenar, así que no interrumpiste nada ―le
dice Lucy.
Bien. La vibración anterior se disipa y una nueva se adueña del ambiente.
No necesariamente es bueno que parezcan llevarse bien. Esperaba que lo
hicieran, por otro lado, el grupo de chicas del que forma parte Miya con Cleo,
Autumn y Nikita da un poco de miedo. Añadir a Lucy a la mezcla parece un
polvorín a punto de estallar.
Sin embargo, me alegra que congenien. Si no lo hicieran, las cosas serían
más difíciles. Algunas mujeres no simpatizan con otras mujeres sin ninguna
razón. Nunca lo he entendido. Por otra parte, supongo que a los hombres les
pasa lo mismo, solo que expresan qué es lo que les disgusta del otro.
Como Miya, por ejemplo. No le gustaba Nikita cuando la conoció. Era una
rusa desconocida tomada como rehén en un negocio realizado por Kai. Luego
fue entregada a los Westies y se enamoró de su guardia, Declan. Bueno, solo
después de que Kai les obligara a casarse. Miya y ella juntas en una habitación
era como volver a vivir la Guerra Fría. Ahora se llevan muy bien. O quizá
realmente no lo hacen y ella solo finge cuando hacen sus noches de chicas. Quién
lo sabe ya.
Miya me llamó antes y me pidió que me ocupara de un pequeño problema
que tenía. Ya no es necesariamente mi trabajo ocuparme de las cosas en La
Moneda, pero es alguien que me importa, así que por supuesto quise ir. Cuando
sonó mi teléfono, vi cómo el rostro de Lucy se descomponía. Sabía que iba a
dejarla y no le gustaba. Creo que odiaba la idea de dejarla casi tanto como a mí.
Así que, por primera vez en mi vida, fui impulsivo y la traje conmigo.
Por una fracción de segundo, me preocupó que intentara escabullirse
mientras yo trabajaba, pero no lo intentó en el supermercado, así que ¿por qué
iba a hacerlo ahora? Aquí lo tendría más difícil. Especialmente con Miya pegada
a su lado.
De todas formas, creo que está comenzando a aceptarme. Hoy se ha
comportado de forma diferente.
No, no me dejaría. Ahora no.
Entonces mi mente se desvió hacia qué pasaría si alguien intentara separarla
de mí. Después de todo, estamos en medio de una guerra con una red de tráfico
sexual. Podrían intentar llevársela para llegar a nosotros. A mí. ¿Confío
realmente en que los otros guardias la vigilen cuando yo no pueda?
Rápidamente, alejo esos pensamientos.
Aparte de nuestra casa, no hay ningún lugar más seguro para ella que el
Currency. Este lugar tiene la mejor seguridad de la ciudad. Nadie entra o sale sin
que nosotros lo sepamos.
Además, sé que echa de menos socializar, y eso es algo que se le da bien a
Miya.
Miya me mira, levantando una ceja, preguntándose en silencio por qué sigo
aquí. Bien, tengo que ponerme a trabajar.
Me acerco y toco el brazo de Lucy para llamar su atención.
―¿Qué ocurre? ―pregunta ella.
Saco mi tarjeta del bolsillo, haciéndola fruncir el ceño cuando intento
entregársela.
―¿Para qué es esto? ―pregunta ella, sin quitármela.
Intento empujarla hacia su mano y señalo su ropa.
Una pequeña línea se forma en su entrecejo.
―¿Quieres que vaya de compras?
Sonrío y asiento, sintiendo alivio. Cada vez que ella comprende lo que
quiero decir, mi corazón se aligera.
Mi sonrisa cae cuando ella niega con la cabeza.
―No quiero gastar tu dinero, Kado. Tengo o tenía ropa perfectamente buena
en mi apartamento ―protesta cruzando los brazos sobre su pecho.
Señalo entre ella y Miya, y luego hacia una de las tiendas.
Vete de compras, le suplico en silencio mientras le empujo la tarjeta. Quiero
que vaya a comprar lo que haga feliz a su corazoncito.
¿No es eso algo que les gusta a todas las chicas? Sé que a las mujeres de
nuestra familia sí. Demonios, ya he estado con ellas alguna vez cuando
compraban en tiendas sin pestañear, pero quizá a ella no le guste ir de compras,
o quizá crea que no le gusta. Sé que no le pagaban mucho por limpiar, así que
¿quizá fuera algo económico? Especialmente después de lo ocurrido
anteriormente. Tiene que serlo. Pero ya no tiene que preocuparse por eso, porque
me tiene a mí para cuidarla. Miro a Miya, rogándole que me ayude.
Miya se ríe y levanta las manos.
―Esto es cosa tuya, grandullón. Si quiere cargarte la tarjeta de crédito, me
uniré a ella, pero no la obligaré a hacerlo solo porque eso es lo que tú quieres.
Vuelvo a mirar a Lucy.
―Por favor ―gesticulo con los labios.
La indecisión se dibuja en su rostro antes de suspirar.
―Bien. Iré a gastar algo de tu dinero, pero solo compraré lo estrictamente
necesario.
Doy un paso adelante y le toco la barbilla, haciendo que me mire. Niego con
la cabeza. Quiero que tenga algo más que lo básico. Quiero que tenga lo que
quiera, sin importar el precio. He ahorrado lo suficiente a lo largo de los años
para que, gaste lo que gaste, no haga mella en mi cuenta bancaria.
Lucy resopla.
―No me gusta estar en deuda contigo, Kado. Estoy acostumbrada a ganar
mi propio dinero y ser la única persona con quien puedo contar. No me gusta
aprovecharme de ti. Quiero volver a ganar mi propio dinero para no tener que
depender de ti.
Que no quiera depender de mí me escuece cuando es lo único que quiero
que haga. Quiero hacerle la vida más fácil y cuidar de ella. Es mía, y yo cuido lo
que es mío.
Señalo su pecho y luego toco el mío, asintiendo con la cabeza.
Eres mía y yo soy tuyo, le digo silenciosamente.
Ella pone los ojos en blanco.
―No seré una mantenida, pero cogeré tu tarjeta e iré a comprar algunas
cosas. ¿Contento?
No, no lo estoy. Sé que solo intenta apaciguarme, pero no es eso lo que
quiero. Solo quiero que sea feliz. ¿No lo sabe? ¿Cómo se lo explico? ¿Por qué no
es tan fácil como lo pintan Kai y Kenji? Estirando la mano, le meto la tarjeta en el
bolsillo.
Me invade la frustración ante mi incapacidad para comunicarme con ella.
Creí que estábamos llegando a algún sitio y, sin embargo, aquí estamos, dando
tres pasos atrás. Enfadado, me doy la vuelta y comienzo a alejarme.
No entiendo por qué no quiere mi ayuda. Tal vez Miya me haga un favor
sin que yo se lo pida y le explique cómo funciona esto, ya que yo no puedo. Es
todo lo que puedo esperar, dirigiéndome hacia el lugar donde me necesitan.
Afortunadamente, un poco de sangre y violencia me distraerán de la lucha
con mi chica durante un rato.
CapíTulo 10
Lucy
El arrepentimiento me invade mientras le veo alejarse. Sé que le hago daño
por no hacer lo que me pide, pero soy como soy. Hay cosas en las que no voy a
ceder.
Necesito poder contribuir. Ahora que sé que me dejará salir, voy a trabajar
en él para poder volver a conseguir un trabajo. Necesito un propósito. Una razón
para levantarme de la cama cada mañana.
―Me sorprende que hayas entendido todo lo que intentaba comunicarte
―dice Miya.
Me vuelvo hacia ella y sacudo la cabeza.
―¿Cómo dices?
Ella hace un gesto con la cabeza hacia la espalda de Kado, que se aleja.
―Kado. No mucha gente le entiende porque no habla, pero a ti no parece
importarte. Quiero decir, demonios, le conozco desde hace años y aún me cuesta
entender lo que quiere decir a veces.
―No es tan difícil. Además, pasamos mucho tiempo juntos ahora que vivo
con él. ―Me encojo de hombros.
Y habla, pero tiene las cuerdas vocales dañadas, y eso le causa dolor.
Solo reafirma lo que pensaba. Nadie sabe que puede hablar. Solo yo.
Me hace sentir especial que comparta eso conmigo. Es una vulnerabilidad
suya que me ha permitido ver.
―Yo también he pasado mucho tiempo con él, y mantengo lo que digo. ―Se
ríe.
Entorno los ojos. Sé que ha dicho que está con un hombre llamado Kenji,
pero ¿tenían algo ella y Kado antes de estar con él? ¿Sabe cómo es su casa? ¿Ha
disfrutado de sus caricias?
Debe ver por dónde va mi mente porque levanta las manos
desentendiéndose.
―Oh, no vayas a hacerte ideas locas ahora. Kado es mi amigo, y eso es todo
lo que ha sido o será. Simplemente pasábamos mucho tiempo juntos porque era
mi guardia personal cuando no estaba en una misión. Estábamos juntos todos los
días durante horas y horas, durante lo que me parecieron años. Antes de
conocerte, habría dicho a cualquiera que me preguntara que era su mejor amiga,
pero viéndoos juntos durante cinco minutos, apostaría a que no le conozco tan
bien como creía.
No puedo explicar por qué, pero me complace que piense que le conozco
mejor que ella. Él me dejó entrar, no a ella.
―Me alegro que te tenga a ti ―le digo sinceramente.
―Yo también me alegro que te tenga a ti. ¿Comenzamos a comprar? No sé
cuánto tiempo estará ocupado.
―Claro, en marcha.
―¿Quieres comenzar por las cosas de casa o por la ropa? pregunta
comenzando a andar.
―Solo pensaba coger unas cuantas mudas de ropa.
―Chica, básicamente te ha dicho que te desmelenes. Si hay algo que quieras
para su casa, cógelo. No le importará, te lo prometo. Kado solo quiere que seas
feliz allí.
Me muerdo el interior del labio y pienso en lo que ha dicho. No se equivoca,
él quiere hacerme feliz y el lugar necesita algo de vida.
―Empecemos por las cosas de casa. Necesitamos vajilla, y mataría por ropa
de cama nueva.
Miya echa la cabeza hacia atrás y se ríe.
―Ni siquiera había pensado en ello. ¿Tiene siquiera una manta?
―No creo que realmente quieras que te responda a eso ―bromeo.
Aun así, tomo nota mentalmente de haberlo preguntado. Eso significa que
no ha estado en su casa. Me he asustado por nada.
Entonces me percato de haber sentido celos, lo que abre otro abanico de
sentimientos para los que no estoy preparada. Así que, en lugar de pensar en
ellos, los vuelvo a empujar hacia abajo. Ya me ocuparé de esos molestos
sentimientos más adelante.
De momento, sigo a Miya hasta una tienda de artículos para el hogar, y todo
se reduce a partir de ahí. Todo lo que cojo y vuelvo a dejar, ella lo mete en el
carrito, insistiendo en que lo necesito. Me está volviendo loca. Aunque Kado
tenga fondos ilimitados, no me parece bien que los gaste. Se me eriza la piel al
pensar en la suma total. Esto va a ser como en el supermercado, pero veinte veces
peor. Ya se me revuelve el estómago al pensarlo.
Al final, dejo de tocar cosas para que ella deje de hacerlo. Debe de entender
la indirecta porque no vuelve a hacerlo.
Salimos de la tienda de artículos para el hogar, y Miya insiste en que envíen
los artículos al hotel para que Kado los recoja.
A continuación, pasamos a la ropa. La primera boutique está a solo unas
puertas de la tienda de artículos para el hogar. Escojo algunas cosas de la
estantería que normalmente no me pondría, solo para ver cómo me quedan. Es
casi divertido probarse ropa nueva con una amiga. Con cada nuevo conjunto,
salgo al encuentro de Miya con su propio conjunto nuevo. Nos reímos y
bromeamos sobre cada conjunto, y decidimos juntas cuáles son los ganadores y
cuáles van a la pila descartados.
No me doy cuenta de cuánta ropa he elegido hasta que la apilo en mis
brazos. Son casi demasiadas para llevarlas.
Me debato entre devolverlas, pero realmente necesito mi propia ropa.
Racionalizo conmigo misma que, cuando vuelva a trabajar, le devolveré hasta el
último céntimo.
De hecho, también le pagaré el alquiler. No viviré gratis de él.
Mientras espero a que Miya termine de probarse la ropa, deambulo por la
tienda, mirando más artículos.
Dudaba si venir de compras, pero ahora casi quiero ir a probarme más
artículos. Lo único que me lo impide es saber que mi cuenta aumentará si lo
hago.
Resisto el impulso, pero sigo admirando la ropa.
―Oh, mierda, perdona ―dice un hombre alto, chocando conmigo.
Me sujeta por los brazos para estabilizarme, asegurándose que no me caigo.
Una vez que controlo mi equilibrio, me zafo de su agarre, resistiendo el impulso
de borrar su contacto.
―Está bien. No miraba por dónde iba, y probablemente me he dado de
bruces contigo ―digo, intentando aliviar su culpa.
―No, definitivamente fue culpa mía. ―Inclina la cabeza hacia un lado―.
Nunca te había visto por aquí, ¿eres nueva?
―No, realmente ―miento.
Hay algo en él que me pone de los nervios. Quizá sea porque esta tienda
está dedicada exclusivamente al mercado femenino, de modo que no hay razón
para que esté aquí.
―Me llamo Ben ―dice tendiéndome la mano.
―Lucy. ―De mala gana, se la estrecho.
Un hombre asiático se adelanta, haciéndome dar un respingo al
interponerse entre Ben y yo.
Trago saliva al ver al segundo individuo. Definitivamente no debería haber
dos hombres aquí.
―Necesito que retrocedas ―le dice el desconocido a Ben.
Los ojos de Ben se entornan.
―¿Y tú quién eres?
―Hola, ¿va todo bien por aquí? ―pregunta Miya asomándose desde el
probador.
Ha debido escuchar a los hombres hablar y ha querido ver cómo estaba.
―No lo sé ―le digo, cruzando los brazos sobre el pecho y retrocediendo
hacia ella, no dispuesta a dar la espalda a ninguno de los dos hombres.
―Sin problemas, señorita Miya. Este hombre ya se iba. ―El hombre asiático
dirige al otro una mirada severa.
Ben me mira otro momento antes de levantar las manos.
―De todas formas, aquí no hay nada para mi hermana.
Vemos cómo Ben se aleja, abandonando la tienda. El otro hombre
permanece en guardia, sin apartar los ojos de la puerta incluso después que Ben
se haya ido.
Miro a Miya y enarco una ceja.
―¡Oh, diablos, se me olvidó presentaros! Lucy, Botan es uno de mis
guardias ―dice Miya, caminando hacia nosotros.
―¿Tienes un guardia? ―pregunto.
Ella asiente.
―Lo tengo. Sinceramente, me lo estaba pasando tan bien que olvidé que
estaba con nosotras.
Al volverme hacia el hombre, descubro que no me daba las mismas malas
vibraciones. Quizá internamente, sabía que era uno de los hombres de Haruaki.
―¿Te estaba molestando? ―pregunta Miya, indicando el lugar vacío que
antes ocupaba Ben.
―No, para nada. Solo chocó conmigo accidentalmente y se disculpó.
―¿Estás segura? Perdona, tengo que preguntarlo, pero las cosas están locas
ahora mismo aquí en la ciudad, y eso me tiene un poco nerviosa. ―Ella se estruja
las manos.
―Estoy segura ―le digo, sacudiéndome el mal presentimiento que tengo.
Viviendo en el lugar donde vivía, esa sensación la tenía a menudo. Supongo
que aprendí a prestar atención a la advertencia que mi cuerpo me da, pero sin
hacerle mucho caso. Probablemente el hombre estaba a punto de ligar conmigo.
Es lo que hacen la mayoría de los hombres. Sin embargo, no siento la necesidad
de decírselo a Miya.
―Entonces, ¿has terminado de probarte ropa? Me ha llamado la atención
una tienda que hay al otro lado de la calle, y esperaba que pudiéramos entrar y
echar un vistazo ―le digo, sin saber realmente qué hay al otro lado de la calle.
Quiero salir de esta tienda.
Miya echa la cabeza hacia atrás y se ríe.
―Me gusta cómo piensas, amiga. Vayamos a pagar todo y dirijámonos allí.
Mientras cogemos la ropa, una pequeña dosis de paranoia se instala. ¿Qué
hay en la vida de Miya que sea tan peligroso como para justificar un guardia?
¿Debería preocuparme por salir con ella?
Mantengo ese pensamiento en el fondo de mi mente y la sigo hasta la caja
registradora.
No puedo volver a bajar la guardia.
Kado
La mayoría de la gente piensa que en el Currency no quieres cabrear a Kai
ni a Kenji, pero lo que no saben es que a quien realmente no quieres cabrear es a
Miya. La forma más rápida de acabar en su lado malo es si haces daño a una de
sus chicas. Si le haces algo a una de sus chicas que no sea consentido o que no
esté en la lista de servicios, estás acabado.
Cosa que nuestro amigo de esta noche está aprendiendo por las malas.
Tras elegir a una de las chicas, la llevó a una habitación y mantuvieron
relaciones sexuales. Sin embargo, después del sexo, cuando ella intentó
marcharse, él la golpeó en la cabeza, dejándola inconsciente. Fue tan rápido que
la chica ni siquiera pudo pulsar el botón de emergencia que tenemos en cada una
de las habitaciones. Luego la golpeó hasta dejarla inconsciente antes de meterla
en su equipaje y marcharse con ella.
Llegó hasta el ascensor cuando uno de los guardias se dio cuenta del pelo
que sobresalía de la cremallera y lo apartaron.
Por teléfono, Miya me dijo que se le escapó algo. Les dijo que la chica que
intentó llevarse era del tipo que necesitaban. Normalmente, Miya recurriría a
Kenji para que se encargara de la situación, pero en estos momentos está fuera de
la oficina y trabajando en algo para Kai.
Ahora mi trabajo consiste en averiguar quiénes son. Bueno, eso, y enseñarle
que nadie se mete con nuestras mujeres.
Los hombres que piensan que las chicas que trabajan están ahí para que les
hagan lo que quieran son repugnantes. Claro que ofrecen un servicio, pero eso no
significa que su voluntad desaparezca. No significa que el consentimiento
desaparezca. Siguen siendo seres humanos y merecen ser tratadas con respeto.
Cada una tiene sus propios límites, y aunque te permitan pagar por utilizar su
cuerpo, eso no significa que esos límites dejen de existir.
Los hombres como este se arrastran bajo mi piel hasta que no tengo más
remedio que castigarlos por sus métodos.
Deslizándome en la oscura habitación, me apoyo en la pared y observo a mi
objetivo. Está sentado en una silla con los brazos atados a la espalda, la camisa
desabrochada y colgando. Tiene la cabeza inclinada hacia delante. El idiota ni
siquiera se ha dado cuenta que me he colado en la habitación y que ya no está
solo.
―Esto es una mierda ―murmura el hombre―. Me dijeron que esto sería fácil.
Fácil, una mierda.
Interesante, pienso cruzando los brazos sobre el pecho.
―Ningún coño vale esta mierda.
Me aparto de la pared y me hago notar. Cuando me ve, sus ojos se agrandan
durante una fracción de segundo antes de recordar enmascararse.
―Estás cometiendo un error. Tienes que dejarme marchar ―exige.
Le ignoro y me acerco a la radio.
―¿Sabes quién soy? ¡Tendré tu cabeza por esto! ―sisea cuando cojo la caja
del CD.
¿Cuál quiero...?
¿Me quedo con la canción 'I love you' del Show Dinosaurio púrpura? Podría
ir por el sonido constante de la bocina de 'The Real Slim Shady' de Eminem
siempre es una opción. También hay una grabación de alguien arrastrando un
clavo por una pizarra.
Cuántas opciones.
Finalmente, me decido por el sonido de la pizarra y lo configuro para que
suene por los altavoces. Cojo los tapones y me los pongo en los oídos antes de
volverme hacia mi presa.
―Te vas a arrepentir. Mi jefe es más poderoso que el tuyo ―espeta.
Me doy cuenta cuando el sonido le llega a los oídos porque se estremece, y
reprimo una sonrisa. Ya está reaccionando, y está en el ajuste más bajo que
utilizo. Le doy veinte minutos como máximo antes que empiece a llorar. Me
vuelvo hacia la mesa de trabajo, cojo la pizarra portátil y escribo mi pregunta
antes de girarla hacia él.
¿Para quién trabajas?
―No te digo una mierda.
Suspirando, sacudo la cabeza. ¿Por qué nunca pueden romperse fácilmente?
Me acerco a él y vuelco la silla. El hombre grita cuando sus muñecas atadas
chocan contra el suelo de cemento, aplastadas entre él y el implacable suelo.
Vuelvo a comprobar que tiene los tobillos atados y bien apretados y le quito los
zapatos.
―¿Q-qué haces? ―pregunta, intentando apartarse de mí.
Vuelvo a acercarme a la pared y comienzo a buscar en los cajones lo que
quiero. Sonrío cuando lo saco del cajón y arrastro los dedos por él lentamente.
Perfecto.
El hombre frunce las cejas al ver lo que tengo en la mano.
―¿Qué demonios vas a hacer con eso?
Suavemente, le paso la pluma desde el talón hasta los dedos de los pies,
haciendo que se sacuda y sisee. La música sube de volumen y él gruñe.
Podría pensarse que la tortura es la parte favorita de mi trabajo, pero no es
así. Me gusta entrar y acabar con las amenazas lo más rápidamente posible. No
me gusta jugar con las vidas que quito, pero a veces, como hoy, me tomo mi
tiempo. Cuando lo hago, siempre pruebo algo nuevo. Uno no pensaría que las
cosquillas son una forma de tortura, pero pueden serlo. Especialmente cuando
añades un sonido que te pone los pelos de punta cuando lo oyes una vez,
reproduciéndose en bucle.
Detengo las cosquillas y levanto la pizarra. El hombre tiene los ojos
cerrados, así que le doy una patada en el costado para llamar su atención.
Toco la pregunta anterior.
¿Para quién trabajas?
―Me matará.
Saco el rotulador del bolsillo y garabateo.
Yo te mataré. Ahora dímelo.
―Lo haré, pero por favor, haz que pare ―suplica cuando se le escapan
lágrimas de sus ojos.
Me acerco a la radio, pulso el botón de pausa antes de volverme hacia el
hombre y empujar mi tabla delante de él, diciéndole en silencio que comience a
hablar.
Se humedece los labios.
―Mi trabajo consiste en ir de ciudad en ciudad buscando material. Tengo
una lista de cosas que buscar.
Mujeres.
Él asiente.
―Sí, mujeres. Cuando encuentro a mi objetivo, la atrapo y luego la entrego.
No sé lo que ocurre después.
Limpio la pizarra con la manga y luego escribo.
¿Para quién trabajas?
―La mafia ucraniana.
Mis ojos se entornan y mi corazón se acelera. Eso es. Esto es lo que
estábamos esperando.
Dime lo que sabes y no omitas nada.
Lee mi mensaje y asiente.
―Prométeme que me matarás rápidamente.
Te lo prometo.
Su confesión sale a borbotones de su boca. Le dijeron que evitara a las chicas
trabajadoras, pero si por casualidad atrapaba a una, comprobara todo su cuerpo
en busca de un rastreador. Miya mencionó que había quitado el rastreador a las
chicas, así que ese será un problema que tendremos que resolver. Necesitamos
una forma mejor de proteger a estas mujeres.
Cuanto más habla, más seguro estoy que no sabe gran cosa. No está muy
arriba en el escalafón, pero es mejor que lo que tenemos. Mis ojos se desvían
hacia la cámara situada en la esquina de la habitación. Solo espero que el audio
esté captando todo lo que dice, ya que no hay forma de poder repetir todo esto a
los demás.
Por fin, tenemos algo finalmente.
Haciéndome crujir los nudillos, me dispongo a acabar con su vida.
Como le prometí, es rápido.
Por primera vez, después de un asesinato, me ducho en el hotel. No puedo
permitir que mi chica me vea todo ensangrentado.
Luego salgo a buscar a Lucy.
Incluso un par de horas de viaje me ponen los nervios de punta. Necesito
verla y confirmar que está a salvo con mis propios ojos.
Estoy loco por ella y no me importa quién lo sepa.
CapíTulo 11
Lucy
Sonriendo, miro mi reflejo en el espejo. Tengo el cabello húmedo alrededor
de los hombros y mi piel ya está más brillante gracias a la crema que Miya me
ayudó a elegir. Comer comida sana también ayuda. Llevo ropa que me queda
bien. Me siento bien en mi piel por primera vez en mucho tiempo.
Salgo del baño y me dirijo al salón para reunirme con Kado. Está de
espaldas a mí, trasteando con algo de la mesa que no puedo ver.
―Ey, ¿qué haces?
Se vuelve hacia mí y frunce el ceño.
―¿Estás bien? ―pregunto acercándome a él y deteniéndome justo delante.
Sacude la cabeza, con la línea del entrecejo más prominente que nunca.
Sin pensarlo, alzo la mano y borro la línea con el pulgar.
―Si no dejas de fruncir así el ceño, te saldrán arrugas. Ahora dime qué te
pasa.
Alarga la mano y tira del dobladillo de mi camisa. Kado mira mi camisa
como si le hubiera ofendido personalmente.
―¿No te gusta mi ropa? ―pregunto, intentando ocultar el dolor en mi voz.
Niega con la cabeza.
Doy un paso atrás y cruzo los brazos sobre el pecho.
―¿Qué tiene de malo lo que llevo puesto?
Me sentí tan bien cuando me lo probé en la tienda, y Miya dijo que me
quedaba genial. ¿Estaba mintiendo?
Kado se agita visiblemente intentando averiguar cómo decirme qué le pasa.
Finalmente, se tira de la camiseta antes de señalarme.
―¿Quieres que me ponga tu ropa?
Su rostro se ilumina y asiente aliviado.
―Kado, ¿te gusta verme llevar tus cosas? ―bromeo, desvaneciéndose el
dolor anterior.
Vuelve a asentir, parece un poco tímido al admitirlo.
Siento que estoy radiante por ello. Llevar la ropa de un hombre es algo tan
íntimo. Ni siquiera me había planteado volver a hacerlo porque pensaba que solo
me dejaba ponérmela por necesidad. Saber que no solo le gusta, sino que prefiere
que me la ponga, hace que me sienta como en una nube.
Creo que debería preocuparme por el nivel de posesividad que está
mostrando, pero no es así. Siempre he querido un hombre que me dejara llevar
su ropa. Quiero esa relación en la que le robe las sudaderas y él nunca se queja.
―A mí también me gusta llevar tu ropa, pero no puedo llevarla siempre ―le
digo.
Frunce el ceño y luego boquea ¿Por qué no?
Intento ocultar mi sonrisa mientras me aclaro la garganta.
―Porque insististe en que fuera de compras y me comprara ropa. No dejaré
que tu dinero se desperdicie así. Además, me gusta lo que me he comprado y me
hace sentir bonita. ¿Qué te parece si a veces me pongo mi ropa y otras me pongo
la tuya? Así, los dos estaremos contentos.
Kado se lo piensa un momento y asiente.
―Bien.
Se acerca a mí y toca mi cabello.
Entonces lo oigo, casi un susurro.
―Eres preciosa.
Siento cómo mis mejillas se encienden al comprender lo que le ha costado
decirme eso. Quiere que sepa que piensa que soy guapa. Quiero gritarle por
hacerse daño, pero al mismo tiempo quiero que sepa que valoro el impacto que
hay detrás de esas dos palabras. No son las palabras en sí, sino el que sintiera que
son lo suficientemente importantes como para pronunciarlas, sabiendo cuál sería
la consecuencia para él.
―Gracias. No sabes lo agradable que es oír eso. Especialmente de ti. ―Me
encojo al darme cuenta de lo que he dicho.
Pero no responde, solo me mira fijamente, con una suave sonrisa en la cara.
Cambiando de tema, pregunto:
―¿Con qué estabas tonteando cuando he entrado?
Me coge de la mano y tira de mí para que me siente a la mesa. Luego me
entrega una caja.
―¿Es para mí? ―pregunto cogiéndola de sus manos.
Asiente, y no puedo evitar devolverle la sonrisa.
Lo decía en serio cuando le dije que me encantan las sorpresas. Los
pequeños regalos o las acciones atentas son la forma de demostrarme que le
importo. Nunca nadie lo había hecho por mí, pero Kado lo está clavando.
―No tenías que regalarme nada más. Ya has gastado demasiado en mí ―le
digo abriendo la caja.
Lo digo en serio, pero mi excitación pesa más que mi culpabilidad en este
momento.
Me quedo sin aliento cuando veo lo que hay dentro. Hay varios libros de
bolsillo, pero lo que realmente llama mi atención es la caja electrónica. Con
cuidado, la cojo y le doy la vuelta para ver si es lo que creo que es. Efectivamente,
lo es.
―¿Me has comprado un Kindle y libros?
Asiente antes de señalar hacia el salón. Se me corta la respiración cuando
veo que ha deshecho las bolsas de cojines y mantas que escogí cuando fui de
compras con Miya. Incluso ha colocado la planta artificial en el rincón, como
habría hecho yo, pero lo que realmente me llama la atención son los muebles que
ha traído y el televisor que está montado en la pared y que no estaba allí antes de
acostarme anoche.
Ha hecho que este lugar parezca un hogar.
Le devuelvo la mirada e intento contener las lágrimas.
―¿Has hecho todo esto por mí?
Saca su teléfono.
¿Te gusta?
―Me encanta. Gracias.
Vuelvo a mirar a mi alrededor y sacudo la cabeza. Hizo esto por mí. Kado
escuchó todo lo que le dije y siguió con ello. Intenta hacerme feliz, y funciona.
―Nunca nadie había hecho algo tan considerado por mí ―digo en voz baja.
Me coge de la mano y tira de mí para que me siente en el sofá a su lado, y
señala entre nosotros y el televisor.
―¿Quieres que veamos algo juntos?
Asiente, estirándose hacia delante, coge el mando a distancia y me lo
entrega.
―¿Qué quieres ver? ―pregunto encendiéndola.
Kado se encoge de hombros y se echa hacia atrás en el sofá, poniéndose
cómodo a mi lado.
Comienzo a desplazarme sin rumbo por las distintas aplicaciones que tiene
cargadas en la pantalla. Elijo una al azar y empiezo a desplazarme, buscando
algo que me llame la atención, pero no hay nada que destaque. Lo único en lo
que puedo pensar es en la única pregunta que me ronda por la cabeza.
Dejo el mando en mi regazo y me giro hacia Kado.
―¿Puedo preguntarte algo?
Me aprieta la mano, dándome el visto bueno.
―¿Qué quieres de mí, exactamente? ¿Por qué quieres retenerme aquí?
Pensaba que era por motivos perversos, pero ni una sola vez ha hecho un
movimiento hacia mí. De hecho, aparte de cogerme de la mano y querer
cepillarme el cabello, ni siquiera me ha tocado. No realmente.
Ladea la cabeza estudiándome. Con la mano libre, coge el teléfono. Tarda
un poco más de lo normal en escribir el mensaje con la mano no dominante.
Compañía. Me gustas.
Me duele el corazón al leer las palabras.
Quiere compañía. No me quiere por placer sexual ni nada parecido. Solo
quiere a alguien con quien pasar el tiempo. Alguien con quien volver a casa
como hacen sus amigos.
―Puedo hacer eso, ¿y Kado? Tú también me gustas.
Esta vez, cuando sonríe, siento que el corazón me da un vuelco. Cuando
sonríe, parece tan humano y casi como si fuera mío.
Ese pensamiento se repite una y otra vez en mi cabeza al inclinarme a su
lado, con su mano aún en la mía, y comienzo a buscar algo que mirar. Sé que
debería tener cuidado, pero creo que quizá ya sea demasiado tarde.
Creo que me estoy enamorando de él.
Kado
Se quedó dormida hace una hora. La película que había elegido terminó, y
automáticamente comenzó a reproducirse otra. Pero ni siquiera presto atención.
No, solo puedo concentrarme en la mujer que se apoya en mí. En algún
momento, me rodeó el hombro con el brazo y se acurrucó contra mí. Quise
pavonearme cuando lo hizo, pero me obligué a permanecer inexpresivo. No
quería que supiera lo desesperado que estoy por recibir cualquier forma de
cariño por parte de ella.
Aun así, disfruté del calor de su cuerpo calentando el mío. Normalmente
suelo tener calor, pero su calor es diferente. Me gusta.
Nunca antes había disfrutado del contacto. Todo eso comenzó a cambiar con
Miya. Apenas era una adulta cuando entró a trabajar en el Currency. Era un
hueso duro de roer, pero siempre parecía tener un lado blando cuando se trataba
de ciertas personas. Cuando Kenji me asignó ser su guardián, pude verlo de
primera mano. Llámalo la naturaleza de mi trabajo, pero antes de ella, nunca
había visto el tipo de bondad que ofrecía.
Cleo también contribuyó a ello. Era diferente a Miya. Mientras que Miya
tiene bordes ásperos, Cleo es toda suavidad. Es el ama de casa y el corazón de la
organización. Cuando Kai se iba por las ramas y vivía en la oscuridad, ella le
devolvía a la luz, dándole ese poco de humanidad que necesitaba para no
convertirse como era su padre.
Verlos a los dos me hizo comenzar a desear abrazos y saludos afectuosos.
Hicieron que comenzara a sentirme solo en la soledad de mi propia casa.
Comencé a desear compañía. Las risas que salían de las parejas de mi entorno.
Supongo que eso fue lo que realmente me impulsó a mirar a las mujeres de
forma diferente.
No es que mirara a todas las mujeres como si pudieran ser una pareja
potencial, pero comencé a pensar que podría encontrar a alguien que fuera una
buena pareja para mí.
Entonces la vi.
A Lucy.
Me dejó sin aliento. Caminaba por la calle con el uniforme de limpieza que
llevaba siempre, moviendo la cabeza al ritmo de la música de los auriculares
anticuados que llevaba. Vi cómo se detenía ante la casa que yo había ido a
vigilar, se quitaba los auriculares y se enderezaba. Cuando pegó una sonrisa en
su rostro, fruncí el ceño. Quería ver una sonrisa de verdad. No la mierda falsa
que está poniendo.
Entonces la vi caminar hacia aquella casa y supe que tenía que mantener las
distancias. No podía relacionarme con ese hombre de ninguna manera.
Sin embargo, seguí observándola. Le presté atención cada vez que iba y
venía. Me encontré posponiendo lo que tenía que hacer para poder observarla
más tiempo. Ni siquiera la conocía, pero sentía que sabía quién era. Sentía que
podríamos conectar si nos dieran media oportunidad.
Ahora está aquí.
La miro. Empiezo a jugar distraídamente con su cabello. Siempre me ha
gustado. A menudo lo llevaba recogido, pero siempre quise saber si era tan
suave como aparentaba. Realmente es suave como la seda. Especialmente ahora
que ha utilizado lo que sea que compró con Miya.
Podría pasarme la vida así.
Sé que debería levantarla y llevarla a la cama y luego volver aquí y dormir
en el sofá, pero no me atrevo a hacerlo.
Simple y llanamente, no quiero.
Me gusta la sensación de su cuerpo apretado contra el mío. Quiero disfrutar
de esta sensación con ella eternamente.
Ella gime, moviéndose en sueños, y me quedo helado. Vuelvo a notar que le
estaba tocando el cabello. Sin su permiso.
Me estremezco al pensar en cuál podría ser su reacción si lo supiera. Aparte
de cogerla de la mano cuando la llevo a algún sitio o intento comunicarme,
intento no tocarla sin permiso. Quiero que ella sea la primera en hacerlo,
especialmente cuando pensó que quería hacerle cosas atroces cuando se mudó
por primera vez.
No permitiré que me vea de ese modo. Me mataría.
―¿Por qué has parado? ―murmura su voz suave y somnolienta.
No me muevo. No tengo idea qué hacer a continuación.
Abre los ojos y me mira.
―Me gusta que juegues con mi cabello. Me relaja ―admite.
Eso es suficiente para que mi mano vuelva a moverse.
―Mmm. Es agradable. ―Sus ojos vuelven a cerrarse.
Creo que volverá a dormirse, pero me sorprende cuando comienza a hablar.
―Siempre me he preguntado qué se siente. Sentirse así de cariñoso con otra
persona. Salí algo cuando era más joven, pero me di cuenta enseguida que solo
puedes depender de ti misma. Ninguno de esos hombres quiso nunca otra cosa
que un poco de diversión rápida.
Intento mantener la calma al pensar en otros hombres tocándola. No me
gusta nada eso. Quiero encontrarlos a todos y cada uno de ellos y acabar con sus
vidas.
Vuelve a abrir los ojos y me mira.
―Eso te molesta.
A regañadientes, asiento con la cabeza.
Se mueve, sentándose para mirarme. Frunzo el ceño, odiando que se haya
alejado de mí.
―¿Por qué?
Me encojo de hombros, sin querer contestar. Ella no me deja escapar. Me
saca el teléfono del bolsillo y me lo entrega.
―Dime.
No parece disgustada, así que le doy la respuesta más sincera que puedo.
No me gusta la idea que otros hombres te toquen.
Tararea mientras lo piensa. Luego me mira con las pestañas.
―Ya que estamos admitiendo secretos, a mí tampoco me gusta que las
mujeres te toquen. Cuando abrazaste a Miya, me puse celosa.
Trago saliva, sin saber cómo tomarme eso. Quiero celebrarlo, pero ella
parece tener sentimientos encontrados. No quiero que sienta que tiene que hacer
o ser otra cosa que ella misma.
Quiero decir algo, pero no sé qué decir.
Afortunadamente, comienza a hablar de nuevo.
―Está bien. Yo tampoco sé cómo sentirme al respecto. Aún estoy trabajando
en ello. Tendrás paciencia conmigo, ¿verdad?
Asiento varias veces, asegurándome que sepa que esperaré eternamente si
lo necesita.
Mira hacia abajo y me pasa los dedos por el antebrazo. Entonces se detiene y
jadea.
―¿Es una cicatriz? ¿Dónde te la has hecho?
La preocupación en su tono hace que mi corazón lata más deprisa. ¿Odia
pensar que me hagan daño? ¿Ha comenzado a preocuparse por mí? Señalo hacia
la puerta, sin querer apartar la mano de la suya para intentar escribir una
respuesta.
―¿Trabajas? ―Cuando asiento con la cabeza, continúa: ―¿Quieres decirme a
qué te dedicas?
Niego con la cabeza.
―¿Por qué no?
Lamentándolo mucho, retiro mi mano de la suya y tecleo mi respuesta.
Me da miedo que me tengas miedo. Jamás quiero que sientas eso por mí.
―Nunca. ¿Por favor? Quiero saberlo de verdad.
Suspirando, asiento con la cabeza.
Hago lo que Kai necesita de mí. A veces es una guardia. Otras veces, es algo más
especializado.
Ella asiente al leerlo.
―Miya mencionó que eras su guardián. Kai, ¿es Harukai?
Me dan ganas de reír al ver la forma en que confunde su nombre. Afirmo
con la cabeza a su pregunta.
―¿Matas a la gente? ―pregunta ella.
Dudo antes de darle una respuesta. Me preocupa que salga corriendo
gritando, pero en cambio no parece sorprendida.
―Lo suponía teniendo en cuenta cómo nos conocimos ―dice al ver que la
miro fijamente―. ¿Es esa tu especialidad? ¿Eres bueno matando gente?
Me encojo de hombros antes de escribir una respuesta más detallada.
Es una de mis especialidades, pero también se me da muy bien moverme sin que me
detecten. Es útil cuando necesitamos información, pero no queremos montar una escena.
Otras veces, soy más como un investigador privado. Observo, pero no actúo.
Lee las palabras antes de meditarlas. Estoy sudando la gota gorda,
preguntándome en qué estará pensando.
¿Le preocupa que la mate?
¿Está disgustada porque tengo las manos manchadas de sangre?
¿Me odia?
Estoy tan absorto en mis pensamientos que me sobresalto cuando ella
comienza a reírse.
Le doy un golpecito en la cabeza, haciendo que levante la vista hacia mí.
Pero sigue riéndose.
―Tienes que admitir que es divertido. Si alguien te conociera de verdad,
nunca adivinaría que te ganas la vida matando gente. En serio. Me compraste un
cepillo y suficientes pinzas de pelo para toda la vida. Te desvías de tu camino
para hacer cosas agradables por mí y escuchas cuando hablo. Se supone que eres
un asesino ninja, pero no lo eres. Al menos no conmigo. Bueno, supongo que
aquella primera noche fuiste bastante sigiloso y mataste a mi antiguo cliente,
pero al margen de eso, has sido un gran osito de peluche. Tienes que ver la ironía
en eso.
Le sonrío, dejando escapar una pequeña ráfaga de aire al reír sin emitir
sonido alguno. Supongo que es gracioso, pero solo para ella. Incluso con mis
amigos, nunca bajo la guardia así. Solo soy así aquí, en mi casa. Ahora también
con ella.
Solo contigo.
Le escribo. Su rostro se suaviza a medida que su risa se apaga.
¿Me odias por lo que hago? tecleo, dudando antes de girar el teléfono hacia
ella.
Su mano toca sus labios.
―Oh, Kado. No. No te odio. Puede que esté rota, pero sé que ese hombre se
lo merecía. No era una buena persona. Tengo la sensación que las otras personas
a las que hizo daño también son malas personas. No, no te odio en absoluto.
Creo que prestas un servicio a este mundo, uno que te cuesta mucho.
Sus palabras acrecientan mi corazón. Puedo ver que es sincera. No me lo
dice porque me tenga miedo.
Coge mi mano y se la lleva a los labios. La besa suavemente antes de
colocarla en su regazo, junto con la suya.
―Sé que al principio me enfadé porque me obligaste a estar aquí, pero ahora
entiendo por qué. Puede que todavía no me guste, pero lo comprendo. Te he
perdonado por ello. ¿Quieres compañía? La tienes. Estoy aquí contigo, Kado.
Para lo bueno, lo malo y lo feo, aquí estaré ―promete.
Retiro la mano, tecleando un mensaje.
Yo también.
CapíTulo 12
Lucy
Canturreo al preparar la ensalada para la cena. Introduzco la mano en el
cuenco, saco un trozo de lechuga y me lo meto en la boca. Sonrío al sentir su
sabor. Perfecto. El aliño casero de la ensalada tiene el equilibrio justo entre grasa,
ácido y sal.
La vida ha mejorado. Por lo que sé, llevo aquí unos meses, pero desde que le
conté a Kado cómo me sentía y le expresé mis necesidades, las cosas han
cambiado. Como lo que necesito, tengo cosas que me mantienen ocupada. Ya no
me siento como un cascarón de persona.
Por la mañana, me levanto y desayuno con Kado. Cuando tiene que ir a
trabajar y no puedo ir con él, veo la tele, leo o pruebo un nuevo pasatiempo. He
hecho puzzles y arte con diamantes 5. He pintado con brocha, he hecho punto e
incluso he confeccionado una de esas grandes y gruesas colchas de punto.
Cuando llega a casa por la noche, comemos juntos antes de sentarnos a ver
cualquier cosa que nos parezca interesante. La mayoría de las veces, mi cabeza
acaba en su regazo mientras él juega con mi cabello, dándome la atención y el
cariño que ansío desesperadamente. A Kado no parece importarle y sonríe cada
vez que recuesto la cabeza. Sinceramente, no sé quién disfruta más, si él o yo.
Es casi perfecto.
Se abre la puerta y no puedo evitar sonreír.
Está en casa. Finalmente.
―Ey, la cena está lista. Lávate que la saco del horno ―le digo por encima del
hombro.
Entra en la cocina y me sonríe mientras se dirige al fregadero para hacer lo
que le he dicho. Saco la lasaña del horno y la llevo a la mesa, colocándola en el
centro. Mientras yo cojo la ensalada, él llena dos vasos de agua. Juntos, volvemos
a la mesa que ya he puesto y nos sentamos.
―¿Qué tal el día? ―pregunto colocando ensalada en mi plato.
Kado me lanza un pulgar hacia arriba antes de coger toda la comida que
quiere. Agacho la cabeza y sonrío. Descubrir que le gusta la comida italiana fue
una grata sorpresa, teniendo en cuenta que es una de mis favoritas. Siempre
parece disfrutar con lo que preparo, repite y a veces hasta vuelve a por una
tercera. Supongo que es una gran mejora respecto a las cosas baratas que tenía a
mano y a la comida para llevar. Aun así, siempre me invade un sentimiento de
orgullo cuando me da las gracias al terminar de comer.
Me ha convertido en Suzy Homemaker 6, y no estoy enfadada por ello.
Pensé que echaría de menos el trabajo, pero ahora que tengo una forma de
ocupar mi tiempo, me doy cuenta que nunca me ha gustado el estrés que
conlleva.
Aun así, siento que me falta algo. Como si necesitara más de un objetivo.
5 El arte con diamantes es una forma de manualidad en la que se colocan pequeños diamantes de
resina o cuentas brillantes en un lienzo adhesivo preimpreso, siguiendo un patrón específico. El resultado
final es una imagen brillante y texturizada similar al mosaico.
6 Suzy Homemaker es una muñeca con su línea de electrodomésticos de juguete funcionales en
Lucy
Mis labios todavía me hormiguean.
He besado a Kado.
El pensamiento se repite una y otra vez en mi cabeza intentando calmar mi
acelerado corazón. Creo que podría haberle besado eternamente. La única razón
por la que me aparté fue porque necesitaba ver su reacción.
Parecía asombrado mirándome fijamente. Como si hubiera cambiado todo
su mundo. Es una sensación tan poderosa saber que hice eso por él.
Quise continuar, pero ahora tengo la cabeza hecha un lío. Las mariposas de
mi estómago se agitan como locas, haciéndome sentir más ligera de lo que me he
sentido en mucho tiempo. Él me gusta de verdad. Me gusta mucho más de lo que
creí posible.
Girándome hacia él, voy a acercarme más, desesperada por volver a besarle,
pero un portazo me hace saltar en el asiento y giro la cabeza para ver de dónde
procede el ruido.
Estamos vigilando la casa. Un hombre lleva una bolsa de basura a la acera.
―¿Qué hacemos? ―susurro como si el hombre pudiera oírme hasta aquí.
Kado me da un golpecito en la mano. Miro hacia él, pero está mirando al
hombre. Giro la mano para coger la suya. Sonrío cuando la comisura de su labio
se mueve como si quisiera sonreír.
Pasan varios minutos. Vemos cómo el hombre vuelve a entrar en la casa y
luego se apagan todas las luces. Ninguno de los dos nos movemos
inmediatamente, al no saber qué hará el hombre a continuación.
Kado me mira como si tuviera un conflicto. Como si supiera lo que tiene que
hacer, pero no quisiera hacerlo porque yo estoy aquí. Creo que quiere ir a por esa
basura.
―Ve. Esperaré aquí. No me moveré ni un centímetro. Te lo prometo.
Parece aliviado. Luego me sorprende, inclinándose para darme un casto
beso en los labios.
Mi mano encuentra mis labios al verle cruzar la calle. Tengo el corazón en la
garganta mirando fijamente la casa, esperando que el hombre esté realmente en
la cama.
Comienzo a preocuparme por Kado. ¿Y si es una trampa? ¿Y si el hombre
está esperando para atacarle?
Mis manos se cierran en puños al pensarlo. No dejaré que quede indefenso.
Le prometí que no me movería, pero lo haré si su vida corre peligro. Ojalá
tuviera una pistola o algo. Cualquier cosa para protegerle. No es que sepa
disparar.
¿Por qué estoy tan indefensa? No me gusta esta sensación. Para nada.
Mantengo la mirada en Kado hasta que vuelve al coche, solo que no entra.
Llega a mi lado y se arrodilla en el suelo. Quiero abrir la puerta y preguntarle
qué está haciendo, pero me contengo.
Rebusca en la basura, saca unos cuantos objetos antes de volver a cruzar la
calle. Luego se dirige al maletero, abriéndolo antes de sacar algo. Observo cómo
lo embolsa todo y lo regresa al maletero.
Cuando finalmente vuelve al asiento del conductor, huele fuertemente a
desinfectante de manos.
―¿Qué has encontrado? ―pregunto en cuanto sube al coche.
Sacude la cabeza y saca el móvil.
Nada importante. He cogido algunas cosas para tomar huellas dactilares y ADN que
confirmen su identidad.
―Oh. ―Me desinflo.
Me toca la sien y me dan ganas de sonreír. Me gusta cómo se comunica. Es
entrañable.
―Esperaba más.
Asiente, acomodándose en su asiento.
Permanecemos sentados en silencio contemplando la casa. Estoy perdida en
mis pensamientos. Sé lo que quiero, pero no sé cómo pedirlo.
―Quiero aprender a disparar un arma ―suelto.
Miro a un Kado congelado. Tiene los ojos muy abiertos.
Me dibuja otro signo de interrogación, esta vez en el brazo.
―Cuando fuiste a por la basura, me preocupé. ¿Qué pasaría si alguien te
tendiera una emboscada? Me quedaría aquí sin saber qué hacer. Quiero poder
protegerte.
Escribe una respuesta en su teléfono.
Mi trabajo es protegerte. No al revés.
―No. Eso no está bien. Puedes protegerme, eso significa que yo también
puedo protegerte a ti. No voy a ceder en esto. ¿Así que vas a enseñarme, o tengo
que averiguar cómo hallar a Miya y conseguirlo? ―Cruzo los brazos sobre el
pecho.
Suspira, aunque veo una pequeña sonrisa en su rostro.
Luego se señala a sí mismo.
―Bien. Me alegro que estés de acuerdo.
Hago esto continuamente. No tienes de qué preocuparte. Soy profesional.
Miro fijamente el teléfono, dándome cuenta que no sé lo suficiente sobre lo
que hace. Pero quiero saberlo todo.
―Háblame más de lo que haces. ¿Sueles permanecer vigilando a menudo?
¿Le observaste... de este modo?
Asiente lentamente antes de comenzar a teclear.
Lo observé durante muchas semanas antes de completar ese trabajo.
Trago saliva con dificultad. ―¿Así fue como me viste?
En muchas ocasiones. Sinceramente, tú fuiste la razón por la que tardé tanto. Me
gustaba mirarte.
Respirando hondo, hago la pregunta que realmente quiero saber.
―¿Por eso me llevaste entonces?
Vacila.
―Por favor, Kado. Quiero saberlo. No quiero secretos entre nosotros.
Agacha la cabeza como si cediera. Tarda varios minutos, y cuando
finalmente cojo el móvil, veo un largo párrafo.
Me armo de valor y finalmente lo leo.
La respuesta corta es sí. Te llevé porque me sentí atraído por ti al observarte. Me
gustaba cómo te quedaba el cabello. Cómo bailabas al ritmo de la música. Me gustaba
especialmente cuando sonreías de verdad. Odiaba ver cómo todo eso se desvanecía al entrar
en aquella casa. Odiaba el que pudiera flirtear contigo y obligarte a acercarte a él a todas
horas de la noche. Lo cierto es que yo debí hacer que su muerte fuera rápida y limpia. Perdí el
control con él por la imagen que tenía de ti en mi cabeza. Cuando llegaste por casualidad,
supe que tenía que tomar una decisión. Sin embargo, no iba a dejarte marchar. No cuando
finalmente estabas a mi alcance.
Mis ojos lagrimean ante sus palabras. Ya entonces me deseaba.
―No me conocías.
Alza mi rostro antes de tocarse el corazón. Luego asiente.
Me conocía en su corazón. Eso era lo único que le importaba. No le
importaba nada más.
―¿Y si resultaba ser alguien a quien odiabas? ¿Y si no supiera cocinar o
fuera un desastre?
Se encoge de hombros y me toca el cabello. Luego me sonríe y pasa su mano
por mi corazón.
―No puedes decir que me conocías interiormente. Eso no es cierto. No
tenías la menor idea sobre quién era yo.
Coge su teléfono y teclea otro largo mensaje.
Sí que te conocía. Vi cómo ayudabas a la anciana de la otra calle cuando la veías fuera.
La forma en que acariciabas al perro del vecino al pasar. La sonrisa en tu cara cuando
mirabas las flores al final de la calle. Nunca hacías contacto visual con nadie, pero
demostrabas que tenías un corazón bondadoso. Luego me di cuenta cómo tu cuerpo se
fatigaba. Cómo, por muy cansada que estuvieras, siempre acudías cuando te llamaba. Eso
demostraba tu ética de trabajo. También tienes integridad. Sé que guardaba dinero en esa
casa. Podrías haberlo cogido en cualquier momento porque lo dejaba a la vista de cualquiera.
Nunca lo hiciste. Crees que no te conozco, pero sabía lo que importaba. Ahora sé aún más.
Espero pasar cada día aprendiendo aún más hasta que no haya nada entre nosotros.
Mi mano encuentra mi boca al procesar las emociones que discurren por mi
cabeza. No imaginaba que nadie me estuviera observando cuando hacía aquellas
cosas. Seguí con mi vida, ignorando que había una amenaza en las sombras.
Supongo que esa es la cuestión. Kado es bueno en su trabajo porque pasa
desapercibido. Sabe cómo integrarse en el entorno que le rodea. Su mutismo no
es una debilidad para él. No, es una ventaja. No hace ni un solo ruido al moverse.
Podría haberme capturado en cualquier momento. Habría estado indefensa
ante él. También ha demostrado que me desea y que me ha deseado desde la
primera vez que me vio. Sin embargo, no lo hizo. Iba a dejarme seguir adelante y
llevar mi vida, ajena a su obsesión.
Entonces me encontré frente a él, y lo vio como algo del destino.
Lentamente, levanto la vista hacia él. No está mirando a la casa como yo
pensaba. No, sus ojos están puestos en mí. Tiene un trabajo que hacer, pero ahora
mismo está más preocupado por mí. Joder, si eso no hace que me guste más.
Es como si el universo viera todo mi esfuerzo y mi lucha y decidiera que me
merecía algo mejor. No ocurrió de la forma que imaginaba, pero nunca me
gustaron las cosas convencionales.
Así que puede que Kado sea mi destino tanto como yo el suyo.
Inclinándome sobre la consola, le beso suavemente, luego vuelvo a
sentarme y cojo su mano entre las mías, volviendo a mirar hacia la casa.
―¿Cuánto tiempo más tenemos que estar aquí?
Kado
Debería haber traído antes a Lucy conmigo a un trabajo. Eso lo ha cambiado
todo para nosotros.
Cuando me besó, sentí que todo mi cuerpo ardía. Como si hubiera estado
latente toda mi vida, como Blancanieves. Lo único que necesitaba era que viniera
alguien y volviera a besarme vivamente.
No, a alguien no.
Lucy.
Anata.
Mi sueño hecho realidad.
Cuando me dijo que podía besarla cuando quisiera, pensé que lo decía por
quedar bien. No pensaba tomarle la palabra. Pensé que solo lo intentaría si me
sentía bien.
Pero no tenía de qué preocuparme. Lucy me ha tomado la delantera.
Todas las mañanas, cuando termina su rutina matutina, viene y me besa en
los labios. Luego me vuelve a besar antes de irme o cuando llego a casa. A veces
me besa casualmente al pasar.
Pero no son solo los besos. Se ha vuelto más cariñosa en general. Ahora me
coge siempre de la mano, no solo cuando yo se lo pido. Me abraza y se acurruca
a mi lado.
Mi cuerpo está confuso. Mi polla está más atenta ahora que nunca.
Por supuesto que sé lo que es la masturbación, pero nunca me lo había
planteado. Desde luego, sentía cosas a veces cuando era más joven, pero nada
que durara. A medida que me hacía mayor, se desvanecía. Pensaba que todo el
mundo se sentía así.
Sé que Kai y Kenji pensaron que no me gustaban las mujeres durante un
tiempo. Luego se dieron cuenta que los hombres tampoco me atraían. No les
importaba cuántas veces intentaran liarme por una noche, nunca mordía el
anzuelo.
Finalmente se rindieron, pensando que no me gustaba nadie de ningún
sexo. Les habría dado la razón.
Entonces conocí a Lucy.
Ahora, tengo erecciones en los momentos más inoportunos. Como cuando
me besa. O cuando apoya la cabeza en mi regazo.
Me tiene en vilo. No quiero que piense que tengo intenciones mezquinas
con ella. Estoy feliz con nuestra relación. Si no sucede nada más, me parecerá
bien. Siempre que se quede conmigo.
―Estás pensando mucho ahí.
Su voz me saca de mis pensamientos al rodear el respaldo del sofá y
pasarme las manos por el hombro y el pecho. Cierro los ojos y saboreo la
sensación de sus manos sobre mí. Esto me gusta. Mucho.
Al cabo de un momento, rodea el sofá y se sienta a mi lado.
―¿Qué pasa?
Sacudo la cabeza y me inclino para besarla. Ella me deja, pero cuando
retrocedo, me agarra la cabeza, profundizando el beso. La sigo y mis manos se
clavan en su cabello. Ella gime en mi boca, haciendo que mi polla cobre vida una
vez más. Quiero cubrirme, pero al mismo tiempo no puedo dejarla marchar.
Estoy tan perdido en el beso.
Como todas las veces, intento ser respetuoso y seguir su ritmo. Cuando
lleva las manos a mi pecho, mantengo las mías en su cabello. Cuando me empuja
hacia atrás, rompiendo el beso solo lo suficiente para subirse a mi regazo, mis
manos caen hacia sus caderas. Se sienta a horcajadas sobre mí y ahueca mis
mejillas, besándome profundamente una vez más. Mis manos se aprietan contra
su minúsculo pantaloncito de dormir, intentando evitar que vea la evidencia de
mi excitación.
Pero a ella le da igual. Se desliza más cerca de mi cuerpo, colocándose sobre
mí sin dejar de besarme. Su lengua acaricia la mía, excitando aún más mi cuerpo.
Me siento como en la cuerda floja, a punto de romperme en cualquier momento.
Aunque lo estoy disfrutando, me siento fuera de mi elemento. No tengo idea si
debería mover las manos o hacer algo diferente. Soy como un pez fuera del agua.
Lucy o no se da cuenta o no le importa. Se separa de mis labios y me mira
fijamente a los ojos con una mirada salvaje en los suyos.
―Dime si voy demasiado deprisa, ¿vale?
Asiento con la cabeza, sintiéndome estupefacto. No le impediría que me
hiciera nada, aunque no fuera bueno.
Ella no necesita saberlo.
Me besa en los labios una vez más, pero luego me besa por la mejilla, hasta
el cuello. Me hace cosquillas, pero también me hace sentir bien. Luego se retira y
se sube la camiseta por encima de la cabeza, dejando al descubierto su pecho
desnudo.
Mis ojos se me salen de las órbitas. Me quedo de piedra cuando también me
saca la camiseta por la cabeza. Entonces comienza a besarme el pecho,
sacándome de mi estupor.
Se desliza fuera de mi regazo, dejándome decepcionado, pero entonces
comienza a desabrocharme los vaqueros. Me da un golpecito en la cadera y me
sonríe.
Levanto las caderas y me baja los vaqueros y los bóxers, dejándome
desnudo en el sofá. Me da un poco de vergüenza estar desnudo delante de ella
por primera vez. Pero no parece importarle. Al contrario, parece que quiere
devorarme.
―Siéntate y disfruta de esto ―me dice.
Luego se mete mi polla en la boca.
Un sonido involuntario sale de mi boca ante el movimiento. Está caliente y
húmeda. Se siente como en el paraíso.
Se aparta un momento. ―¡Quédate quieto!
Por alguna razón, su severidad conmigo me ha puesto más cachondo que
antes. Quiero decir sí, señora, pero eso solo conseguiría enfadarla. No estoy
seguro de querer que vuelva a apartar su boca de mí.
Es egoísta, pero quiero ver hasta dónde llega con esto.
Sigue chupándome y lamiéndome, subiéndome por las paredes. No tardo
en sentir que algo va a estallar. Antes de poder hacerlo, se aparta de mí.
―Manos en mi cabeza. Tira de mi cabello. Empuja contra mi boca. Necesito
que me folles la cara, Kado.
No lo dudo. Lo que mi chica quiere, lo consigue.
Entierro las manos en sus largos y deliciosos mechones y empiezo a
empujar contra ella. Tiene arcadas y sus uñas se clavan en mis muslos,
diciéndome que no pare.
Tres embestidas después, siento que todo mi mundo se deshace. Mis ojos se
cierran al sentir cómo mi polla se agita en su boca. Ella sigue tragando una y otra
vez hasta que estoy seco. Luego me lame las secuelas de la piel.
Cuando vuelve a subir a mi regazo, tiene una sonrisa arrogante en la cara.
Como el gato que se comió al canario. Está muy orgullosa de sí misma.
Mis manos vuelven a encontrar su cabello y la atraigo hacia mí, besándola
profundamente, mi lengua persiguiendo con mi lengua mi propio sabor.
Cuando finalmente me retiro, se queda sin aliento.
Le doy un golpecito en el pecho para llamar su atención. Me mira con los
ojos un poco vidriosos.
―¿Sí, Kado? ―pregunta.
Muevo las manos hacia sus pantaloncillos, bajándoselos un poco.
―¿Quieres devolverme el favor? ―Me sonríe.
Asiento con la cabeza. Nunca lo he hecho antes, pero quiero hacerlo por ella.
Los chicos han hablado de ello. Sé lo que hay que hacer en teoría. Solo que nunca
lo he visto ni lo he hecho yo mismo.
No puede ser tan difícil, ¿verdad?
―Sí, Kado. Puedes devorarme. ―Se ríe ligeramente antes de moverse de mi
regazo.
Se coloca delante de mí, bajándose los pantaloncitos. Luego se tumba en el
sofá, poniendo las piernas a ambos lados de mí. Giro su cuerpo y la ayudo a
sentarse como antes, arrodillándome esta vez entre sus piernas.
Luego me inclino hacia ella, mis dedos la abren a mis ojos. Estoy nervioso
de repente. Creí que sabía qué hacer, pero, ¿qué es lo que lamo exactamente?
También hablaron de chupar y morder, pero eso suena un poco exagerado. ¿No
dolerá?
Empiezo a sentir un poco de pánico, algo inaudito en mí, entonces me da un
golpecito en la cabeza.
―No te preocupes tanto. Yo te enseñaré.
Sus dedos bajan y tiran de un trocito de piel hacia atrás.
―Lame y chupa esto. Es mi clítoris. También puedes rodearlo con los dedos.
―Se mueve hacia abajo, hacia su abertura―. Entonces pon los dedos aquí. Si los
curvas en sentido ascendente hacia el techo, sentirás un manojo de nervios. Se
llama punto G. Así será mejor. Sigue empujando, lamiendo y chupando. Podrás
saber si me gusta. Haré ruidos como una loca. Nunca fingiré contigo. Te lo
prometo.
Al mirarla, siento que el amor fluye a través de mí. Su paciencia conmigo es
especial. No creo que nadie más lo sea. Nunca pensé que mi inexperiencia fuera
un problema, pero ahora desearía tener más. Ojalá supiera qué hacer.
Sin embargo, sigo sus indicaciones, rodeando el clítoris como ella me ha
dicho y comienza a emitir pequeños maullidos. Continúo haciéndolo,
inclinándome hacia delante y besando su piel al hacerlo. Retiro los dedos de su
clítoris e introduzco uno en su interior. Lo arqueo hacia arriba y empujo.
Mientras lo hago, intento sentir lo que dice. Cuando no lo consigo de inmediato,
introduzco un segundo dedo, y luego un tercero. Jadea y yo sigo empujando. Su
respiración se acelera.
―Lámelo, Kado. Lámelo ―exige.
Con la mano libre, tiro de la piel hacia atrás, lamiéndola una y otra vez.
Cuando comienza a gemir, me siento más seguro. Sigo chupando y lamiendo,
intentando hacerla gritar más fuerte. También mantengo el ritmo con los dedos,
decidido a hacer que se corra. Quiero que sienta tanto placer como yo.
Me agarra del cabello como yo lo hice con ella. Me encanta el dolor que me
produce. Luego se empuja contra mí. Dejo que me utilice, haciendo todo lo que
se me ocurre para que lo haga.
Cuando se pone rígida sobre mí, su coño apretándose contra mi dedo,
comprendo por qué parecía tan orgullosa.
Estoy listo para comenzar a pavonearme por la forma en que grita mi
nombre. Quiero que todo el mundo sepa que es mía y que la he hecho sentir
bien. Pero también, no quiero que alguien sepa cómo suena cuando se deja
llevar.
La miro asombrado y su respiración comienza a ralentizarse. Me mira con
pura satisfacción en los ojos.
Seguro que los míos están llenos de corazones. Tienen que estarlo por cómo
me siento por esta chica en este momento.
Supe desde el principio que estaba obsesionado con ella. Mis sentimientos
eran distintos entonces. Ahora se han convertido en algo más.
Al verla tan feliz, por fin comprendo lo que Kenji y Kai sienten por sus
mujeres. Entiendo por qué siempre dicen que harían cualquier cosa para hacerlas
felices. Para protegerlas con su vida.
Ahora todo tiene sentido para mí.
Me sube al sofá junto a ella, se acurruca en mis brazos y se recuesta sobre mi
pecho.
Le acaricio el cabello, maravillado por la revelación que me acaba de asaltar.
La amo.
Amo a Lucy.
CapíTulo 14
Lucy
Miro fijamente la casa que tengo delante y respiro hondo.
No debería sentirme tan nerviosa como me siento. Ya he conocido a dos de
las chicas, pero no a todas juntas. Eso me tiene muy nerviosa. Especialmente
desde que Kado me dijo que esta propiedad pertenece al jefe de los Westies de la
zona.
También me ha dicho quién va a venir. Conozco a Miya y a Cleo, así que eso
me hace sentir un poco mejor.
Los otros son realmente la incógnita.
Haruaki, o Kai, como le llama Kado, sigue dándome miedo. Esos
murmullos no se superan de la noche a la mañana. Por no mencionar que la
primera vez que me encontré con el tipo, prácticamente me amenazó con
mutilarme o matarme. Ya lo he superado, ya que me salió bien, aun así.
Miya hace que Kenji parezca un gran tipo por la forma en que habla de él,
pero Kado me dijo que es el segundo al mando de Haruaki. Eso significa que no
es tan dulce y amable como ella cree. No se llega a ser la mano derecha del
príncipe oscuro manteniendo las manos limpias. Me pregunto si ella sabe lo que
él hace o si simplemente hace la vista gorda.
Kado también mencionó que Callum, el jefe de los Westies, es anfitrión de
esta fiesta con su mujer. Tienen dos hijos, pero los enviaron a pasar la noche
fuera para poder celebrar esta fiesta para adultos. Kado no dijo mucho sobre
ellos, pero me imagino que Callum es como Haruaki. Grande, temible y
dispuesto a asesinar en cualquier momento.
Un escalofrío me recorre la espalda al pensarlo.
La última pareja que mencionó es Declan, la mano derecha de Callum, y su
mujer Nikita. Sonrió cuando me contó de ellos. Supongo que su relación era
parecida a la nuestra. Fueron arrojados juntos por casualidad y tuvieron que
abrirse camino a través de todo el desorden para encontrar su final feliz.
Me dan aún más ganas de hablar con Nikita. Si ella sabe, aunque sea un
poquito por lo que estoy pasando, entonces quiero ser su amiga.
Pero sigo aquí de pie, sin estar preparada para subir a la casa.
Kado está a mi lado, sin decir nada. Sin embargo, su mano está en la mía,
ofreciéndome ese sutil consuelo.
Me gusta eso de él. Nunca tengo que decirle nada. Está tan en sintonía
conmigo que la mayoría de las veces sabe lo que necesito antes que yo.
Respirando hondo, doy un paso adelante. Luego otro. Sigo avanzando hasta
que llegamos a la puerta principal. Entonces toco el timbre. Sonrío ante el sonido
poco tradicional.
Responde una mujer morena, sonriendo.
―Hola, Kado. Me alegra volver a verte, tú debes ser Lucy. He oído hablar
mucho de ti ―dice la mujer, tirando de mí para darme un abrazo.
Miro a Kado por encima del hombro, un poco asustada. No esperaba que
hubieran estado hablando de mí. ¿Algo malo?
La mujer retrocede, frunciendo el ceño.
―Tu aura está apagada. ¿Estás ansiosa? Está bien. Nos alegramos de tenerte
aquí. Por cierto, soy Autumn. Creo que no lo había dicho antes.
―Encantada de conocerte ―le digo, siguiéndola al interior de la casa.
Inmediatamente, percibo un agradable aroma. Observo pequeños frascos de
hierbas colocados a lo largo del pasillo. Nunca había visto nada igual.
Nos conduce a una gran sala de estar donde ya están sentados todos los
demás. Hemos sido los últimos en llegar. Reconozco a Miya y Cleo. Les dirijo
una pequeña sonrisa, así como un saludo con la mano.
―Déjame que te presente. Ese hombre tan guapo junto a la barra es mi
marido, Callum.
El hombre en cuestión se acerca, sonriendo cálidamente y me estrecha la
mano. Me equivoqué con él. Incluso ahora, Haruaki da vibraciones gélidas. Este
hombre es su opuesto. Él se siente como el cálido sol del verano, mientras que
Haruaki se siente como un profundo frío invernal.
No sé si eso es mejor o peor. Al menos con Haruaki, su vibración coincide
con lo que hace. No te sorprendería que te clavara un cuchillo. Callum no parece
de ese tipo. Aunque sé que tiene las manos manchadas de sangre.
Eso es más peligroso. Su cuchillo no sería el que ves venir.
―Encantado de conocerte ―me dice.
Retiro la mano rápidamente y le dirijo una temblorosa sonrisa cuando
Autumn sigue adelante.
―Conoces a Miya. El hombre que está a su lado es Kenji, su marido. ―El
hombre solo inclina ligeramente la cabeza hacia mí―. También conoces a Cleo y a
Kai. Finalmente, tenemos a Declan y Nikita.
Nikita no me mira a los ojos. Tengo la sensación que aprendió a una edad
temprana a agachar la cabeza como yo. Eso me hace encariñarme con ella de
inmediato.
―Tomad asiento. Callum os traerá bebidas. Voy a ver cómo va la cena.
Sin más, Autumn sale revoloteando de la sala. Callum pide nuestras
bebidas, pero a mí solo me dan agua. Kado hace lo mismo.
Intenta arrastrarme hacia Miya y Cleo, pero tiro de su mano para captar su
atención. Le miro a los ojos y dejo que los míos se dirijan a Nikita.
Él asiente y me sigue hasta su lado.
Declan se excusó para ayudar a Callum, así que la dejó sola.
―Hola ―le susurro cuando me siento.
Levanta la cabeza, sorprendida cuando me siento a su lado en el sofá. Kado
permanece estoico a mi lado, evaluando la sala como siempre. Siempre hace lo
mismo cuando estamos fuera.
―Hola ―consigue decir en un susurro.
―Lo siento. Puedo moverme si te estoy incomodando ―le digo rápidamente,
percatándome que tal vez no quiera entablar una conversación trivial.
Me dedica una pequeña sonrisa.
―No, está bien. No estoy acostumbrada a los compromisos sociales. No
importa cuántas veces Declan o las chicas me obliguen a realizarlos, nunca se me
dan del todo bien.
Lo sabía. Ella es como yo.
―Yo tampoco. Tuve una educación diferente a la de la mayoría. Crecer en
un hogar de acogida me hizo aprender que no se puede confiar fácilmente.
Mantén la cabeza agachada y haz como si no vieras nada. Es la única forma de
sobrevivir.
Sus ojos se iluminan al oír mis palabras.
―Yo también. Sabias palabras para vivir. Sin embargo, son buenas personas.
Si eres uno de ellos, te protegerán ―me dice.
―No lo soy. Una de ellos, quiero decir.
Se ríe ligeramente.
―Ya, vale. Estás en casa de Autumn, y tu hombre no ha dejado de tocarte
desde que te sentaste. Confía en mí, eres una de las nuestras.
Miro hacia Kado quien está jugando con mi cabello. Ni siquiera me había
dado cuenta que lo estaba haciendo.
¿Tiene razón? ¿Me han aceptado ya en su grupo sin apenas haberme
conocido?
―Bien, te hemos dado un momento para que te tranquilices. Kado, ve a
pasar el rato con los chicos. Es hora de hablar de chicas.
Trago saliva al oírlo. ¿Qué significa eso?
Kado me mira, como preguntándome si está bien. Prometió no separarse de
mí esta noche. Asiento, haciéndole saber que estaré bien.
Se acerca a los hombres cuando Miya y Cleo arrastran la mesa de café antes
de acomodarse. Autumn entra entonces por la puerta y se dirige a nuestro lado.
―¿Qué me he perdido? ―pregunta ella.
―Nada, todavía. ¿Cómo te estás adaptando, Lucy? ―pregunta Miya.
Me encojo de hombros.
Inclina un poco la cabeza. ―¿Te gusta vivir con Kado?
Considero sus palabras antes de asentir.
―Oh Dios, por favor, dime que ahora no hablas ―gruñe Cleo.
―Puedo hablar ―digo rápidamente.
No me había dado cuenta siquiera que no estaba diciendo nada. Supongo
que he aprendido a reducir mis palabras al mínimo. A Kado le encanta oírme
hablar, pero a mí me encanta cuando nos comunicamos sin palabras. De alguna
manera, eso significa más. Las acciones realmente hablan más alto que las
palabras.
―¿Te estás adaptando a tu nueva vida? Sé que puede ser difícil de asimilar
―pregunta Autumn cruzando las piernas.
―Creo que sí ―le digo.
―Eso está muy bien, pero vayamos al grano. ¿Cómo es estar con Kado?
Quiero decir, no habla, así que tiene que ser duro, ¿no? ―pregunta Cleo.
Autumn da una palmada en la pierna de Cleo y sisea.
―Cleo, no puedes venir y preguntar así sin más. ¡Es de mala educación!
―Es lo que todas nos preguntábamos. Especialmente desde que Miya dijo
que parece que se entienden sin tener que decir nada. Es impresionante ―dice
Cleo, intentando defenderse.
Miya alza las manos. ―No me metas en esto.
―Kado y yo estamos bien. Disfrutamos de nuestra mutua compañía.
Respecto a que él no hable, no es para tanto. Tenemos nuestras propias formas de
comunicarnos ―les digo.
―Apuesto a que sí ―murmura Miya bebiendo un trago.
―No me malinterpretes, adoro a Kado y creo que es el mejor, pero que estéis
juntos es como ver a Bigfoot. Nunca pensé que ocurriría, y me encanta todo lo
que tiene que ver con ello ―me dice Cleo.
―¿Gracias? ―pregunto, porque no estoy muy seguro que sea un cumplido.
―Tendrás que perdonar a mi cuñada. A veces habla antes de pensar y las
cosas salen sonando peor de lo que pretende ―dice Autumn.
―Está bien. Entiendo que tengáis preguntas ―le digo.
Suena un temporizador en la cocina y Autumn se levanta, dando palmas.
―Muy bien, todo el mundo, la cena está lista. Dirijámonos todos hacia el
comedor y tomemos asiento.
Me pongo en pie y camino hacia Kado. Tan pronto estoy a su alcance, toma
mi mano entre las suyas. Inclina la cabeza hacia un lado, preguntándome en
silencio si estoy bien.
―Estoy bien. Te lo prometo. ―Le aprieto la mano.
Y así es. Aunque puede que no haya sido el mejor encuentro que he tenido,
no puedo culparles por tener preguntas. Si yo fuera una de ellas, también lo
haría.
Aun así, no han sido desagradables conmigo. Las cosas no han resultado tan
incómodas como pueden llegar a ser.
En definitiva, es una victoria.
Kado
Cuando suena el temporizador y Autumn dice que la cena está lista, me
levanto de un salto. Oigo a los chicos reírse detrás de mí cuando me dirijo al lado
de Lucy. Me mira y sonríe. Tomo su mano entre las mías e inclino la cabeza.
―Estoy bien. Te lo prometo... ―dice en voz baja.
Odiaba dejarla con las mujeres, pero no podía negarme. Necesito que Lucy
se lleve bien con esas mujeres y se haga amiga de ellas. Aunque la amistad, o la
falta de ella, a mí no me molesta, sé que a ella sí le importaría. Necesita más
interacción humana que yo para progresar.
―Vamos, vosotros dos ―dice Kenji.
Con su mano entre las mías, nos dirigimos al comedor. Siento que todo el
mundo me mira cuando le acerco la silla.
―Gracias ―me dice lanzándome una sonrisa por encima del hombro.
Quiero inclinarme y besarla, pero no lo hago. Eso es solo para nosotros, y
los demás no tienen por qué verlo. Me siento a su lado y apoyo la pierna contra
la suya, necesitando tocarla de alguna manera.
―Esto tiene una pinta deliciosa. Gracias por invitarnos ―le dice Lucy a
Autumn.
―¡Por supuesto! Eres bienvenida aquí cuando quieras ―le dice Autumn.
Sonrío cuando Lucy pone verduras de más en su plato. Es una ricura lo
emocionada que se muestra por algo que ha crecido en la tierra.
―¿Estás sonriendo? ―pregunta Kenji.
Apartándome de Lucy, le miro y asiento con la cabeza, haciendo que sus
cejas se levanten.
Miya le da una palmada en el brazo.
―Sé amable ―sisea.
La mira y frunce el ceño. ―Siempre soy amable.
―Claro... ―farfulla antes de mirar a Autumn desde la mesa―. Oye, antes que
se me olvide, ¿por casualidad tienes a mano algo de ese té que me preparaste o
tienes el material para hacerlo? Casi no me queda y esa mierda es adictiva.
Autumn se ríe ligeramente.
―De hecho, ayer preparé algunos por si querías más.
―¿Té? ―pregunta Lucy dando un bocado.
―Autumn tiene una botica y prepara sus propias infusiones. Son increíbles
―le dice Miya.
―Fabrica un exfoliante corporal que es el mejor que he usado nunca. En
serio, si lo comercializara masivamente, sería el mejor del mercado ―añade Cleo.
―Oh, dejadlo ―dice Autumn a las chicas antes de volverse hacia Lucy―. Sin
embargo, si os interesa alguna de mis golosinas, creo que tengo algo pensado
para vosotras.
―Oh, no sé ―dice Lucy.
Autumn levanta la mano.
―Por favor, insisto. No tienes que usarla, pero al menos tienes que salir por
la puerta con ello.
―De acuerdo, entonces. Gracias ―dice Lucy vacilante.
Meto la mano bajo la mesa y le aprieto el muslo, haciéndole saber
silenciosamente que es algo bueno. Ella hace lo mismo, y aprieta mi mano antes
de volver a comer.
La conversación va cambiando a medida que todos comen hasta que la
comida termina.
―¿Queréis uniros a mí para tomar una copa? Dejemos que las mujeres
tengan un poco más de tiempo a solas ―dice Callum apartándose de la mesa.
Kai, Kenji y Declan besan a sus mujeres al levantarse. Quiero inclinarme y
besar a Lucy, pero no lo haré aquí. La miro y compruebo que sigue estando de
acuerdo con estar a solas con las chicas. Como si esperara que comprobara su
estado, ya me está mirando.
Se inclina y me besa suavemente, sorprendiéndome.
―Ve. Estaré bien.
Siento que todos nos miran cuando me incorporo y salgo primero del
comedor. Cuando los chicos se unen a mí, espero a que Callum tome la iniciativa,
dirigiéndose hacia su estudio. Cuando entramos, se acerca a su barra empotrada
y coge vasos.
―Espero que mi whisky irlandés no ofenda tus sentidos. ―Sonríe a Kai por
encima del hombro.
Kai se sienta en el sofá y se ajusta las gafas.
―Tu whisky mediocre servirá.
Tomo asiento en uno de los sillones cuando Declan se acerca a Callum y le
ayuda a traernos el whisky. Cuando Declan me tiende un vaso, le doy las gracias
con la cabeza antes de dejarlo sobre la mesita auxiliar.
―Mierda, lo siento, Kado. Olvidé que no bebes ―dice Callum.
Me encojo de hombros, haciéndole saber que no me importa. No somos
íntimos ni mucho menos, así que es comprensible que no se acuerde.
―Así que... ―dice Kenji sentándose junto a Kai.
Los tres hombres se vuelven y me estudian.
―¿Fueron mis ojos los que me engañaron, o vi a Lucy besar a Kado?
―Oh, definitivamente lo has visto ―dice Callum.
―¿Es raro que casi me sienta como un papá orgulloso? Llevo años
esperando este momento, y nunca pensé que llegaría ―dice Kenji, limpiándose
una lágrima falsa del ojo.
―Sí, debo admitir que ha sido una sorpresa ―añade Kai.
Lucho contra el impulso de moverme en la silla. He sido testigo de cómo
estos tres se burlaban unos de otros de vez en cuando, pero nunca me habían
apuntado a mí. No sé qué pensar al respecto. ¿Es... incómodo?
―Parecéis felices. Felicidades ―dice Callum levantando su copa, casi como
si percibiera mi malestar.
Inclino la barbilla hacia él, dándole las gracias.
―¿Vas a estar en la próxima reunión del club de caballeros? ―pregunta
Callum a Kai.
―Por desgracia, nunca me lo pierdo ―le dice Kai.
―Estaría bien que pudiéramos ―musita Callum.
Los cuatro comienzan a hablar de los demás miembros del club de
caballeros que se reúnen una vez al mes. Solo se permite la entrada a los
miembros masculinos más altos de la comunidad, y se hacen tratos de los que el
público en general no se entera.
Mientras ellos charlan, yo miro el reloj, contando los minutos que faltan
para que podamos irnos. Cuando finalmente transcurre una hora, me pongo en
pie. Los chicos me miran cuando comienzo a caminar hacia la puerta.
―Gracias por venir esta noche, Kado. ―Callum se ríe.
Me giro y me inclino hacia él, dándole las gracias antes de salir.
Abriéndome paso por su casa, encuentro a las mujeres en el salón. Cuando Lucy
me ve, sonríe.
―¿Es hora de irnos? ―pregunta ella.
―No, tienes que quedarte un poco más ―suplica Cleo.
Lucy la ignora y se levanta. Me reúno con ella a medio camino y cojo su
mano entre las mías. Me giro hacia Autumn y le hago una reverencia.
―De nada, Kado. Espera un momento y deja que coja un poco de té para
Lucy. ―Autumn sonríe y se levanta.
―Sí, gracias por invitarnos. Ha sido un placer conoceros, Autumn y Nikita,
y me ha alegrado volver a veros ―dice Lucy en dirección a Cleo y Miya.
―Tendremos que volver a vernos alguna vez ―le dice Miya.
―Me gustaría. ―Sonríe Lucy.
Después que las mujeres se despidan y Lucy tome su té de Autumn, la
conduzco fuera de la casa y hacia mi coche. Le abro la puerta y espero a que
entre antes de rodear el capó y hacer lo mismo. Cuando salgo a la carretera,
suspira, haciéndome mirar hacia ella.
―Eso fue divertido. No sabía qué esperar exactamente, pero me lo he
pasado bien. Gracias por llevarme contigo.
Me acerco, apoyo una mano en su muslo y aprieto, el orgullo me invade. He
hecho algo bien y la he hecho feliz. Ahora a seguir haciéndola feliz.
CapíTulo 15
Lucy
No puedo evitar suspirar al relajarme, adorando cómo se siente su piel
contra la mía. Estoy tumbada sobre el pecho de Kado como un gato al tiempo
que él juega con mi cabello. Si me hubieras dicho que el lenguaje amoroso de este
hombre tranquilo era el tacto físico cuando nos conocimos, habría pensado que
estabas loca, pero ahora puedo verlo. Para él, poder alcanzarme y tocarme
siempre que quiere es una prueba física evidente de estar aquí y que no me voy a
ninguna parte, incluso cuando creo que le estoy volviendo loco.
―¿Cuándo vas a enseñarme a disparar y a luchar? ―vuelvo a preguntar por
lo que parece la millonésima vez desde que saqué el tema.
Kado respira hondo y lo suelta lentamente. Con la mano libre, se acerca a la
mesilla y coge su cuaderno y su bolígrafo. Cierro los ojos esperando su respuesta.
Cuando está listo, me da un golpecito en el brazo para llamar mi atención.
¿No confías en que cuide de ti?
Lucho contra el impulso de poner los ojos en blanco.
―Por supuesto, y como te he dicho, no se trata de eso. Quiero poder
protegerte.
Como siempre, sus oscuros ojos se ensombrecen con mi afirmación. Si algo
he aprendido de este hombre, es que le encanta que quiera hacer cosas por él. Es
casi como si no pudiera creer que alguien le quiera.
Rompe el contacto visual y comienza a escribir de nuevo.
¿Estás segura?
―Nunca he estado tan segura de nada. Por favor...
Suelta una muda carcajada y sacude la cabeza.
Tengo la sensación que me voy a arrepentir.
Me levanto de su pecho y le sonrío. ―¿Eso es un sí?
Asiente.
No puedo evitar chillar mientras brinco de un salto.
―¡Vámonos antes que cambies de opinión!
Rápidamente, me pongo la ropa. Nunca he tocado un arma, y mucho menos
disparado, pero siempre he querido probarlo, y ahora puedo hacerlo gracias a él.
Completamente vestido, Kado me coge de la mano, salimos del
apartamento y bajamos un tramo de escaleras. En lugar de dirigirse a su coche,
tira de mí hacia un lado al que nunca antes había prestado atención. Abre una
puerta y la cierra tras nosotros. Bajamos por un tramo oculto de escaleras, y el
pasillo se ilumina cuanto más bajamos.
Finalmente, el pasillo se abre a un gimnasio.
―¿Has tenido un gimnasio aquí abajo todo este tiempo y es la primera vez
que lo veo? ―le pregunto incrédula.
Kado se encoge de hombros, tirando de mí por el gimnasio y atraviesa otra
puerta. No puedo evitar jadear ante la enorme sala cuando la puerta se cierra tras
nosotros.
Madre mía. Justo cuando creo que conozco a Kado, va y me sorprende de
esta manera.
―¿Es un campo de tiro? ¿Tienes un campo de tiro en tu casa?
Asiente y suelta mi mano. Observo cómo cruza la sala hasta una pared de
taquillas. Abre una puerta y saca algunas cosas. Kado vuelve a acercarse a mí y
me indica dónde quiere que me ponga. Me meto entre dos paredes parciales
acolchadas y apoyo las manos en la mesa. Kado se acerca a mí y me tiende un
arma y una caja de balas.
Esto es todo, pienso con el corazón intentando salirse de mi pecho.
Se saca el teléfono del bolsillo y lo empuja hacia mí.
¿Estás segura?
―Sí, enséñame, maestro ―bromeo, haciendo que sus fosas nasales se
enciendan.
Con su aplicación de notas, me explica las distintas partes del arma y lo que
hacen. Kado me explica que esta pistola no tiene un seguro que haya que
accionar antes de disparar, sino uno de varios pasos integrado en el diseño. Me
enseña a cargarla, a colocarme y a sujetar el arma.
―Bien, estoy lista.
Kado deja la pistola cargada sobre la mesa, delante de mí, y me coloca el
protector auditivo en la cabeza, tapándome los oídos.
En el momento en que se sella, no oigo nada. Cierro los ojos y asimilo el
silencio. Luego vuelvo a abrirlos.
Kado retrocede un paso, y mi respiración se paraliza cuando se pega a mi
espalda. No sé por qué, pero pensaba que se apartaría por completo y me dejaría
hacerlo sola, pero no me molesta que se quede cerca. Después de todo, es mi
primera vez.
Kado me da un golpecito en el brazo y señala el arma. Con mucho cuidado,
la cojo y la sostengo delante de mí, tal y como me ha indicado. Sus manos bajan
por mis brazos hasta tocarme las muñecas, sosteniéndome silenciosamente por si
lo necesito. Respirando hondo, señalo y apunto. Con el objetivo a la vista, aprieto
el gatillo. Incluso con las orejeras puestas, es ruidoso, pero no incómodo.
Sonriendo, lo hago una y otra vez, hasta que se me acaban las balas.
Deposito el arma sobre la encimera y me giro hacia Kado. Se acerca a mí y
cogiéndome la cara, me besa hasta dejarme sin aliento. Cuando se separa, me rio
ligeramente mientras mi mano recorre su pecho.
―¿Te ha gustado? ―pregunto apretando su polla por encima de sus
vaqueros.
Asiente con la cabeza.
―¿Qué te parece si luego me encargo yo de esto? Me estoy divirtiendo y
quiero seguir disparando. ―Le señalo por encima del hombro, hacia el blanco.
Él retrocede y me deja girar para que mire hacia el otro lado. Una vez más,
pega su cuerpo a mi espalda.
―¿Crees que podría bajar aquí y practicar cuando tú no estés? ―pregunto
viéndolo cargar el arma por mí.
Cuando la tiene cargada, coge su teléfono y teclea un mensaje.
Solo si tienes cuidado.
―Sabes que lo tendré.
Siento su asentimiento cuando roza con sus labios mi hombro. Señala el
arma, indicándome en silencio que comience a disparar de nuevo.
―Sí, señor.
Kado
Si alguien me pregunta alguna vez, lo negaré, pero dudaba si dejar disparar
a Lucy.
No me gusta que ella tenga que disparar a alguien para salvarme. Debería
ser al revés. Sin embargo, cuando me miró con esos ojos color caramelo, supe que
no podía negarme. Así que imagínate mi sorpresa cuando me di cuenta de lo
atractivo que resulta verla empuñar un arma de fuego, por no hablar de
dispararla.
Se me puso la polla tan dura que pensé que me iba a correr en los
pantalones, como me había corrido en su boca.
Mi polla se estremece al pensar en su boca caliente y húmeda, y me ajusto
caminando detrás de ella, de vuelta al gimnasio. Ella no necesita saber lo que me
provoca ahora mismo.
Se gira y me echa los brazos al cuello. Tengo que desplazar mi peso en el
último segundo y rodear su cintura con las manos para evitar que caigamos.
―¿Y ahora qué?
Mis manos se mueven desde sus caderas hasta justo debajo de su culo, y la
levanto, sus piernas rodeando mi cintura. Me besa justo detrás de la oreja,
haciéndome estremecer a medida que la acompaño hasta el medio de la estancia.
De mala gana, la bajo. Inmediatamente noto su pérdida y ella da un paso atrás,
separándose un poco de mí.
Levanto el puño, mostrándole la forma en que quiero que me toque. Ella lo
intenta, pero mete el pulgar detrás del resto. Sacudo la cabeza y lo ajusto para
que el pulgar quede por fuera.
Lucy suelta una risita.
―Sé cómo cerrar el puño, pero tenía que ver qué harías si lo hacía mal.
Entrecierro los ojos e intento contener una sonrisa. Niña tonta.
Me muevo detrás de ella y recorro su brazo con los dedos. Se estremece bajo
mi contacto, haciéndome saber que la afecto tanto como ella a mí. No hay nada
unilateral en nuestra atracción mutua.
Eso es lo más chocante de todo esto. Esperaba y rezaba para que me
aceptara, pero ni en un millón de años creí que ocurriría. Especialmente no tan
rápido como lo ha hecho. Es como si hubiera accionado un interruptor en ella, y
ahora está hipnotizada por mí.
No estoy seguro cómo me siento al respecto. Por un lado, me encanta, pero
por otro, me preocupa si se trata o no de un montaje. O tal vez esté sufriendo una
crisis nerviosa. Me preocupa que un día entre en razón y se dé cuenta que se
merece algo mucho mejor que un tipo como yo.
Pero ya es demasiado tarde. Ya la he probado, y ahora no dejaré que
desaparezca.
Una vez detrás de ella, muevo su cuerpo, mostrándole cómo quiero que
lance un puñetazo correctamente. Cuando domina la mecánica, me alejo de ella y
cojo unas almohadillas.
Con ellas cubriéndome las manos, retrocedo frente a ella. Sin dudarlo, Lucy
comienza a lanzar puñetazos. alocados en lo que a velocidad se refiere, pero
consistentes. Cuando es evidente que está comenzando a perder fuelle,
retrocedo.
―¿Y ahora qué? ―resopla.
Dejo caer las almohadillas y me acerco a ella. Coloco sus brazos sobre mis
hombros. Utilizando suavemente mi cuerpo, le muestro cómo quiero que se
libere de un agarre cuando esté cara a cara.
―Entendido. ¿Puedo intentarlo? ―pregunta ella.
Cambiamos de posición para que mis manos estén sobre sus hombros. Ella
realiza las acciones, y cuando su brazo choca con el mío, yo suelto el mío.
Frunzo el ceño y niego con la cabeza. Levanto el brazo entre los dos y lo bajo
rápidamente, mostrándole que quiero que lo haga con todas sus fuerzas. Si
intenta hacerlo con otra persona, como acaba de hacer conmigo, no podrá
escapar.
Lucy se encoge. ―No quiero hacerte daño.
Inclino la cabeza y le dirijo una mirada como diciendo, ¿en serio?
Debe entenderlo porque pone los ojos en blanco y vuelve a su posición. Esta
vez, pone mucha más fuerza en el movimiento. No es toda su fuerza, pero le doy
un respiro. De todos modos, se trata más de acostumbrarse al movimiento que
de hacer fuerza. La fuerza estará ahí si realmente la necesita.
Se lo hago repetir una y otra vez hasta que parece que se cansa. Entonces
cambio.
Me muevo rápidamente barriendo sus piernas, pero la atrapo cuando cae.
Jadea y me mira.
Le ofrezco una sonrisa arrogante antes de volver a levantarla. Luego vuelvo
a hacer el movimiento. Esta vez, ella intenta esquivarlo, pero acaba de culo. La
tercera vez me sorprende, abalanzándose sobre mí en lugar de intentar escapar.
Ambos caemos, pero giro el cuerpo para golpearme contra el suelo y no
contra ella. Aun así, suelta un gruñido al chocar contra mi cuerpo.
Rápidamente, le acaricio la mejilla y se la beso suavemente. La miro
fijamente, preocupado.
―Estoy bien, grandullón. Gracias por atraparme.
Asiento y le beso la punta de la nariz. Ella suelta una risita.
La miro y no puedo evitarlo. Le aparto un mechón de la cara.
Entonces le susurro: ―Hermosa.
Sus ojos se abren. Luego me tapa la boca con la mano.
―No me gusta que hables sabiendo que te perjudica.
Me encojo de hombros. Sinceramente, me causa molestias, pero ya no me
duele tanto como antes. O quizá es porque estoy hablando con ella y el dolor no
se siente.
En cualquier caso, quería que supiera que es hermosa.
Suspira, sacudiendo la cabeza. Se aparta de mi pecho y se incorpora antes
de ofrecerme la mano.
La acepto, pero me levanto por mí mismo. Nunca dejaría que soportara mi
peso. Una vez de pie, vuelve a su posición, pero su estómago gruñe.
Me acerco a ella y le pongo la mano en el estómago.
―Estoy algo hambrienta, aunque podemos hacer algo más. Quiero
aprender.
Niego con la cabeza y señalo las escaleras.
Hace un mohín.
―Bien. Se acabó la diversión.
Suelto una muda carcajada, sacudiendo la cabeza cuando ella se dirige
hoscamente hacia las escaleras. Tras varios pasos, le alcanzo tomándola en
brazos y echándomela al hombro.
Chilla, pero ahora se ríe.
Así es como me gusta. Alegre y juguetona.
Nunca me cansaré de vivir con ella.
CapíTulo 16
Lucy
Kado entra en el salón, con el cabello aún húmedo de la ducha.
―¿Qué pasa? ―pregunto desde mi sitio en el sofá.
Me mira con pesar y señala hacia la puerta.
Apartándome del respaldo del sofá, me siento erguida.
―¿Puedo ir contigo?
Sacude lentamente la cabeza.
―Por favor, Kado. Llevo dos semanas practicando en el gimnasio y en el
campo de tiro todos los días. Puedo hacerlo si me dejas.
Saca su pequeño cuaderno del bolsillo y garabatea en él. Da un paso
adelante y me lo entrega.
El trabajo de hoy no es vigilar. Ahora es cuando hago las otras cosas.
Le miro y le devuelvo el cuaderno.
―Ahora es cuando los matas, ¿no?
Inclina la barbilla hacia el pecho, esperando mi reacción.
Me aseguro de mantener el rostro inexpresivo, no quiero que sepa lo
insegura que estoy de esa parte. Moralmente, no debería querer verle matar a
alguien, ¿verdad? Pero, al mismo tiempo, la idea no me repugna tanto como
debiera.
―Te prometo que si me dejas ir contigo, no cambiará lo que siento por ti. Me
apartaré de tu camino.
Vuelve a garabatear en su cuaderno.
¿Por qué?
―¿Por qué quiero hacer esto? ―Respirando hondo, elijo mis palabras con
cuidado. Tengo que convencerle.
―Quiero ser tu compañera. Odio la idea que estés ahí fuera solo, sin nadie
que te cubra las espaldas mientras trabajas. Quiero ser esa persona para ti.
Quiero ser tu compinche. ―Siento que las comisuras de mis labios se curvan―.
Quiero ser tu compañera de fechorías. ¿Quieres?
Kado aparta la mirada, pensándoselo. Cuanto más lo piensa, más me cuesta
no caer de rodillas y suplicarle. Finalmente, asiente.
―Espera, ¿sí? ¿Dejarás que te ayude?
Deja escapar un profundo y silencioso suspiro, inclinando de nuevo la
barbilla.
―Déjame cambiarme muy rápido. ―Salto del sofá y me precipito al
dormitorio.
¿Qué se pone uno para un asesinato? Pienso, abriendo el vestidor. Una vez
más, opto por un look totalmente negro, como el de Kado. Vestida de negro, me
recojo el cabello en un moño apretado.
Esto es lo mejor que me va a pasar, pienso, saliendo de la habitación.
Kado sonríe al verme y señala hacia la puerta.
―Vamos ―le digo, cogiéndole la mano.
Subimos al coche y salimos. Veo pasar la ciudad por la ventanilla, todos
ignoran lo que estamos tramando.
Si lo supieran.
Pronto nos detenemos al final de la calle de la casa en la que nos sentamos la
otra noche. Kado apaga el motor y se inclina hacia mí, abriendo la guantera. Saca
una máscara negra y me la entrega.
―¿Y tú? ―pregunto mientras me lo pongo en la cabeza.
Kado sacude la cabeza.
Por supuesto, este loco deja que sus víctimas vean su cara.
―Si solo van a morir, ¿por qué necesito taparme la cara?
Kado ignora mi pregunta, saliendo del coche. Siguiéndole, salto fuera,
cerrando la puerta lo más silenciosamente posible. La calle está muy silenciosa, y
mi corazón se acelera, haciéndome sentir que el chasquido de la puerta al
cerrarse sonaba como si hubiera estallado una bomba.
Le sigo por la parte trasera de la casa, manteniéndome en las sombras para
que ningún buen samaritano pueda vernos si se asoma al exterior. Con unas
herramientas que saca del bolsillo, abre la puerta. Kado me mira por encima del
hombro y se lleva el dedo a los labios, indicándome que guarde silencio.
En silencio, atravesamos la casa y nos acercamos al hombre. Está tumbado
en un sillón reclinable, viendo porno en la tele a la vez que manosea su pequeña
polla.
Qué asco. Me estremezco.
Rápidamente, Kado inclina hacia atrás al hombre de la silla, agarrándolo
por el cuello.
―¡Qué coño! ―grita el hombre al tiempo que Kado lo pone boca arriba y lo
esposa con una brida que ha sacado de Dios sabe dónde, antes que nuestra
víctima pueda siquiera hacer un movimiento. Luego le sujeta los tobillos para
que no pueda darle patadas.
Eso fue mucho más excitante de lo normal.
―¿Quién coño eres? ―exige el hombre.
―Toma. ―Doy un paso adelante y deslizo un calcetín hacia Kado con el pie.
Realmente no quiero saber por qué tenía un calcetín junto a su sillón
reclinable cuando tiene los suyos puestos.
A Kado le da un escalofrío cuando se lo mete en la boca al hombre con la
mano enguantada. El hombre se atraganta con el calcetín. Al empujarlo hacia él,
pensé que pretendía taparlo, pero supongo que una mordaza también funciona.
Me pregunto si alguna vez lo habrá lavado.
A duras penas contengo mis propias arcadas al pensarlo.
Con el corazón acelerado, espero a ver qué hace Kado a continuación.
¿Es aquí donde lo matamos?
Me pilla desprevenida cuando levanta al hombre del suelo y señala hacia la
puerta por la que entramos.
―¿Nos vamos? ―pregunto bajito.
Kado asiente, señalando hacia la puerta.
―¿Deberíamos tapar todo eso? ―pregunto, señalando hacia la ropa del
hombre desnudo.
Kado niega con la cabeza.
De acuerdo. Sabiendo que no debo hacer demasiadas preguntas, vuelvo por
donde hemos venido. Entre las sombras, compruebo que la carretera sigue
despejada antes de salir hacia el coche. Kado hace un ruidito desde el fondo de
su garganta, haciendo que lo mire. Inclina la barbilla hacia el maletero.
Quiere que lo abra.
Rápidamente, me meto en el coche por el lado del acompañante, me inclino
sobre la consola y pulso el botón para abrir el maletero que está junto a su
puerta.
Joder, tenemos a un tío vivo metido en el maletero, pienso cuando oigo el clic del
maletero al cerrarse. Kado entra en el coche y comienza a conducir. Tiene
cuidado de respetar el límite de velocidad mientras conduce con la mano en mi
muslo. Extiendo mi mano hacia abajo y la giro, entrelazando mis dedos con los
suyos.
Conducimos en silencio. Una hora más tarde, cuando llegamos a un
almacén, no sé qué esperar. Kado sale del coche y le sigo. Veo cómo saca al
hombre del maletero, y luego me pongo a su lado cuando lo introduce en el
edificio.
Las luces se encienden nada más entrar. Parece un almacén corriente, pero
sé que es cualquier cosa menos eso. Kado lleva al hombre hasta una mesa. Me
mira y ladea la cabeza.
Mierda, quiere ayuda.
Me acerco corriendo, agarro al tipo por los tobillos y gruño levantando el
peso muerto de la mitad inferior del hombre sobre la mesa.
¿Cómo demonios suele hacer esto solo?
Kado ata al hombre a la mesa. Me aparto y observo cómo se acerca a una
pared de armarios. Se queda allí unos minutos y, cuando vuelve, tiene diferentes
herramientas dispuestas en una bandeja.
Ahora es cuando debería sentir miedo y horrorizarme por lo que está a
punto de hacer. En lugar de eso, estoy fascinada y no puedo esperar a ver lo que
hace a continuación, lo cual no sé si eso dice más de mí o de él.
Kado
¿Por qué pensé que era inteligente dejarla venir otra vez?
Ah, es verdad. Tiene mis pelotas en sus manos. No puedo decirle que no.
Es la única razón por la que la dejaría acercarse a algo así. Tenerla aquí me
desconcentra. Estoy tan centrado en ella como en el hombre que tengo delante.
Es peligroso para ambos. Por suerte, todo ha salido bien hasta ahora, pero aún no
ha terminado.
¿Qué pensará cuando me vea mutilar a este hombre para obtener
información?
¿Saldrá corriendo y gritando? ¿Quizá vomitará?
He hecho vomitar a algunos hombres antes. Hombres a los que Kai quería
que entrenara. Maricas.
Sin embargo, si vomita, voy a querer acortar esto. Puede que no haga todo
lo necesario.
Fue una mala idea.
Recogiendo un martillo y clavos, me giro hacia el hombre. Dejo el puñado
de clavos sobre la mesa junto a él, justo fuera de su alcance. Cojo un clavo, se lo
pongo en el dorso de la mano y lo golpeo contra la mesa. El hombre se sacude y
grita, meándose encima en el proceso. Miro por encima del hombro a Lucy para
comprobarla. Anticipo repugnancia u horror, pero en lugar de eso, me mira
asombrada.
No estoy seguro cómo sentirme al respecto.
Sacudiendo la cabeza, me dirijo al extremo de la mesa y muevo la barra
sujeta a las correas que mantienen sus tobillos atados, obligándole a doblar las
piernas y a apoyar los pies en la mesa. Coloco un clavo en la parte superior de
cada pie antes de hacer lo mismo con su otra mano.
Una vez clavado en la mesa, retrocedo y guardo el martillo por ahora.
Vuelvo a mirar a Lucy, y esta vez la veo fruncir el ceño. Me acerco a ella y le
señalo la puerta, preguntándole en silencio si quiere marcharse antes de
comenzar realmente.
Lucy niega con la cabeza.
―Me quedo, pero ¿puedo hacerte una pregunta?
Asiento con la cabeza, luchando contra el impulso de tocarla. No puedo
tocarla con las manos sucias. No, mi chica no necesita que la toquen con
suciedad.
―¿Por qué no le has hundido los clavos en pies y manos hasta el fondo?
―pregunta, cogiéndome desprevenido.
Sacudiendo la cabeza, saco el cuaderno del bolsillo.
Por lo que tengo planeado a continuación, necesitaré acceder a la parte superior de los
clavos.
Lucy asiente como si eso tuviera sentido.
―¿Quieres que le haga yo las preguntas? Si lo escribes, puedo hacerlo yo, así
no tendrás que hablar.
Nunca hablo con nadie más que contigo.
Un bonito rubor cubre sus mejillas.
―Escribe tus preguntas.
Paso la página y comienzo a escribir las típicas preguntas antes de
entregarle mi cuaderno. Levanto un dedo, indicándole que me dé un minuto.
Vuelvo hacia mi víctima y le doy una bofetada en la mejilla, devolviéndole a la
tierra de los vivos.
El maldito cabrón se ha desmayado por un poco de dolor. Va a odiar de
verdad lo que tengo planeado a continuación. Se sobresalta y sus ojos se abren al
verme. Cojo el bisturí y le paso el filo de la hoja por un lado de la cara,
haciéndole gemir.
―¿Para quién trabajas? ―pregunta Lucy detrás de mí.
―No sé de qué estás hablando. Te has equivocado de persona ―sisea.
Lucy se burla y se sale del guión.
―¿En serio? ¿Esa es tu respuesta? Te das cuenta que eso no funcionará,
¿verdad? A mi hombre le gusta matar, y ha pasado demasiado tiempo desde la
última vez. Así que o nos das la información que necesitamos y él te mata sin
dolor, o podemos hacerlo por las malas y alargar tu muerte.
Intento no arquear el ceño por sus palabras. ¿Es eso realmente lo que
piensa? ¿Cree que necesito matar? Sacudiendo la cabeza, vuelvo a lo que estoy
haciendo y aprieto la hoja un poco más contra su piel arrastrándola por el lateral
de su cuello hasta que la hoja se apoya justo encima de su clavícula.
―Estás como una puta cabra ―escupe el hombre.
Presiono la hoja contra su piel, haciendo que brote sangre. ¿Cómo se atreve
a llamar loca a mi dulce chica?
―Dinos lo que queremos saber ―exige.
―¡Que te jodan!
Resoplando, vuelvo a dejar el bisturí en la bandeja y atravieso la habitación
para coger lo que necesito.
Nadie le habla así a mi chica. Pensaba tomarme las cosas con calma, pero el
cabrón ha entrado en estúpidos jueguecitos y está a punto de ganar el premio
gordo.
Los ojos del hombre se agrandan cuando ve la máquina que tengo en la
mano.
―¿Qué coño es eso?
Ignorando su pregunta, coloco el motor portátil de arranque entre sus pies y
comienzo a soltar los cables de arranque. Le coloco uno en la mano y otro en el
pie. Uno a cada lado de su cuerpo. Después de poner la máquina al mínimo,
porque no quiero matarlo antes de obtener respuestas, vuelvo a mirarla para
asegurarme que sigue conmigo.
Está sentada en el borde de otra mesa, balanceando las piernas y
observándome. ¿No debería estar cuestionándose ahora mismo sus opciones
vitales?
Lucy debe ver la pregunta en mi cara porque me ofrece una sonrisa,
haciéndome saber que, de hecho, está presente y de acuerdo con lo que está a
punto de ocurrir.
―Ahora vamos a intentarlo otra vez. ¿Para quién trabajas? ―le dice Lucy al
hombre sin apartar la mirada de mí.
Le doy varios segundos para que hable, pero cuando no lo hace, enciendo la
máquina y le doy una pequeña descarga. El cuerpo del hombre se estremece,
grita, y apago la máquina.
―¿Estás con los ucranianos? ―presiona ella.
―Sí ―solloza.
―¿Dónde retenéis a las chicas? ―pregunta Lucy con ira apenas contenida al
leer la pregunta.
Una y otra vez, damos vueltas. Cada vez que no contesta con suficiente
rapidez, le aplico un poco más de energía y durante más tiempo, hasta que nos
dice lo que queremos saber. Para cuando termina de responder a nuestras
preguntas, apenas respira, su pulso es errático.
Me acerco a la manguera que está pegada a la pared y lleno el cubo de cinco
litros que hay junto a ella. Levanto el cubo, lo acerco al hombre con un billete de
ida al infierno y lo derramo sobre él, cubriéndolo de pies a cabeza. Me dirijo al
extremo de la mesa, cojo la máquina y retrocedo todo lo que me permiten los
cables antes de encenderla.
Un zumbido suena en el aire a medida que el hombre se convulsiona sobre
la mesa. No tarda ni un minuto en morir, pero la mantengo encendida un minuto
más, por precaución. Con él muerto, apago la máquina y me acerco a su mano,
retirando el cable del clavo.
Un movimiento por el rabillo del ojo me hace levantar la vista. Veo cómo
Lucy camina hacia mí y me preparo para que me diga que esto es demasiado.
Que ya no le importo como antes de todo esto.
En lugar de eso, me sorprende soltándole el otro cable del pie.
―¿Supongo que ahora limpiamos? ―pregunta ella.
Me invade la incredulidad. ¿Ya está? ¿Es todo lo que tiene que decir?
Lucy levanta una ceja caminando hacia mí.
―Pensabas que esto me asustaría, ¿verdad?
Asiento con la cabeza.
Lucy sonríe.
―¿Qué pensarías si te dijera que hace exactamente lo contrario?
Dejo la máquina y la estrecho entre mis brazos, besándola duramente.
Mis manos siguen sucias y no debería tocarla, pero mi necesidad en ese
momento pesa más que todo.
Es perfecta.
CapíTulo 17
Lucy
Lo juro, estoy ardiendo.
Ver trabajar a Kado no debería haberme afectado como lo ha hecho. Quizá
haya algo roto dentro de mí. Es la única explicación que tengo por el modo en
que mi cuerpo le anhela ahora mismo.
Si él no estuviera conduciendo, ya estaría en su regazo.
Estaba tan serio cuando salimos del almacén. No dejaba de mirarme, como
si quisiera comprobar si estaba bien.
La limpieza no fue nada. Ya tiene un sistema eficaz. Salté y ayudé en lo que
pude. Fue como si mis viejos hábitos se activaran. Antes de darme cuenta,
habíamos terminado y Kado me llevaba al coche.
Ahora conduce silencioso y estoico, como de costumbre, y por una vez
quiero saber qué está pensando. Pero me niego a preguntárselo. No quiero que se
haga daño hablándome. Podría escribir un mensaje, pero escribir y conducir es
peligroso.
Así que, en su lugar, me siento aquí, dejando que mi mente reproduzca una
y otra vez la escena en que tortura a ese hombre. No es la tortura lo que me
excita. Es lo masculino que se veía al hacerlo. La forma en que se contraían sus
músculos. Cómo pasaba sin esfuerzo de una tarea a otra, como si fuera algo
natural para él. Sí, eso le hace peligroso, y yo estoy loca por quedarme, pero al
mismo tiempo me hace sentir segura y cuidada. Este es un hombre que podría
haberme degollado sin pensarlo la noche que nos conocimos, pero me retuvo.
Me eligió.
¿Cómo puede uno no dejar que eso le afecte? Saber que alguien tan
mortífero como Kado se esforzó por salvarme la vida cuando él está tan
acostumbrado a quitarlas.
Puedo sentir los latidos de mi corazón golpeándome el pecho conforme me
humedezco más por su necesidad. Le prometí que podríamos ir despacio, pero
ahora mismo lo único que quiero es arrancarle la ropa y hacer lo que quiera con
él. Demostrarle cuánto lo deseo.
Esos pensamientos se desvanecen al entrar en un garaje que me resulta
familiar. Intento no fruncir el ceño cuando sale y rodea el coche para ayudarme.
Aunque debo de estar haciendo algo mal, ya que alza mi barbilla y me mira a los
ojos.
Sé lo que quiere. Desea que le explique por qué tengo este aspecto. Se le ve
preocupado. Como si fuera por él.
Sin embargo, no puedo dejar que piense eso. Me acerco y mordisqueo su
labio con los dientes antes de besarlo suavemente. Dejo que mi mano recorra su
cuerpo hasta estrujar su polla. Él suelta una pequeña bocanada de aire al
contacto y crece lentamente en mi mano.
―Estoy bien. Solo me decepciona que me hayas traído aquí en lugar de
volver a casa. Verte trabajar me hizo cosas. ―Tomo su mano y la coloco en el
borde de la cinturilla de mis leggins y empujo su muñeca hacia abajo. Su mano se
mueve hasta que sus dedos están donde más los deseo―. Estoy excitada por ti.
Su mirada se vuelve feroz cuando sus dedos se mueven contra mi clítoris.
Jadeo al contacto, mi cabeza quiere caer hacia atrás, pero entonces se oye un
carraspeo. Kado lanza una mirada fulminante por encima del hombro, saca la
mano y la lame antes de deslizar los dedos entre los míos.
Casi fulmino también con la mirada al hombre que está junto al ascensor,
pero consigo contenerme. Presiento que si él no hubiera estado allí, Kado se
habría ocupado de este dolor por mí.
En lugar de eso, tengo que esperar a que termine lo que tenga que hacer
aquí.
―Hazlo rápido ―le susurro, mirándole por debajo de las pestañas.
Sonríe y asiente.
Bien. Estamos de acuerdo.
Esta vez, cuando llama a la puerta, no estoy ni un poco nerviosa. Se abre y
aparece Cleo.
―Hola chica. No sabía que venías. Pasa. ―Estira la mano, tirando de mí
hacia el interior de la puerta.
Kado me sigue, sin soltar mi otra mano.
―Kai está en su despacho. Nosotras estaremos en la cocina―. Cleo ahuyenta
a Kado.
Me hace reír cuando él hace lo que ella dice. Cada vez que aprendo algo
nuevo sobre él, solo hace que me interese más. Es como un puzzle sin fin. Cada
pieza que cae en su sitio me muestra una imagen más amplia del hombre. El
problema es que creo que me estoy enamorando de él con tanta fuerza y rapidez
que nunca estaré motivada para terminar el puzzle. Quiero saberlo todo sobre él
al mismo tiempo que quiero pasarme toda la vida aprendiéndolo.
Es un sentimiento fuerte. Uno que me asusta un poco.
―¿En qué andabais? ―pregunta Cleo, sacándome de mis pensamientos.
Va a preparar un té y pienso qué decirle.
―Tenía trabajo. Le pedí que me llevara ―Admito finalmente.
Me mira con los ojos muy abiertos.
―¿De verdad? No me lo habría esperado de él. O de ti, si te soy sincera.
―¿Por qué no? ―pregunto.
―Pues pareces muy inocente. Quizá inocente no sea la palabra adecuada.
No pareces una especie de Virgen María, pero tampoco pareces saber mucho
sobre el submundo criminal. No creo que quieras ver el lado oscuro de la
realidad. En cuanto a Kado, bueno, es tan alfa como los demás. No habría
pensado que quisiera arriesgarte de ese modo.
―Oh, estoy aprendiendo defensa personal y a disparar. Creo que eso ha
ayudado, pero también creo que le gusta que esté con él. Además, ¿nunca te
preocupas por Haruaki cuando está en el mundo haciendo de las suyas? ―le digo
cuando empuja una taza de té caliente por la encimera.
Toma asiento en el taburete junto a mí, reflexionando sobre mis palabras.
―En realidad, no. Siempre tiene a alguien más con él. Kenji o Kado, casi
siempre.
―Kado trabaja solo la mayor parte del tiempo. Está ahí fuera haciendo cosas
peligrosas, y aunque sé que puede hacerlas y que lo ha hecho durante mucho
tiempo, ya no está solo. No quiero que esté ahí fuera sin alguien que cubra sus
espaldas. ―Miro mi té.
Cleo extiende la mano y me aprieta el brazo.
―Es increíble. Kado ha tenido a Kai y a Kenji para cuidar de él. También
tuvo a Akito durante un tiempo, hasta que falleció. Sin embargo, los chicos no
son buenos con las emociones. Probablemente vieron a Kado luchando y no
supieron cómo ayudarle. En realidad, no es probable. Él mismo me lo dijo. Kado
ha tenido una vida dura. Se merece algo de felicidad. Me alegro mucho que la
encuentre en ti. Que quieras mantenerle a salvo porque él hará lo mismo por ti.
La mención de su pasado me ha hecho descubrir que no he hecho las
preguntas adecuadas. Debería intentar saber quién es, y lo estoy haciendo, pero
ni siquiera se me ha ocurrido preguntarle por su pasado. Quizá debería hacerlo.
―Puedo verlo. Admito que al principio no estaba de acuerdo, pero ahora
que lo conozco... No puedo imaginarme estar en otro sitio.
―Me alegra oírlo. Os merecéis toda la felicidad del mundo ―me dice Cleo.
Dando un sorbo a mi té, pienso en ello, en que tiene razón. Kado y yo
merecemos ser felices, y haré lo que sea para proteger nuestra paz. Ahora, si se
diera cuenta que quiero estar con él tanto como él quiere que esté.
Kado
Al entrar en el despacho de Kai, lo encuentro sentado detrás del ordenador,
tecleando. Tomo asiento y él continúa trabajando sin levantar la vista.
Sabe que estoy aquí e intenta hacerme sudar. Es probable que ya sepa que
me he llevado a Lucy. No le hará ninguna gracia.
Me da igual.
―¿Cómo te ha ido? ―pregunta mirándome.
Le doy un doble pulgar hacia arriba.
Se quita las gafas y saca un paño de limpieza del cajón de la derecha.
―¿Te ha dicho lo que necesitamos saber? ―pregunta mientras se limpia las
gafas.
Le disparo otro pulgar hacia arriba.
Asiente mientras vuelve a dejar el paño en el cajón y se coloca de nuevo las
gafas en la cara.
―Dime.
Saco el móvil del bolsillo y comienzo a teclear.
Admitió trabajar para los ucranianos, confirmó que estábamos en lo cierto sobre las
ciudades que atacan y nos dio varios lugares más para atacar aquí en la ciudad. Dijo que
dentro de dos meses habrá una venta de chicas en California. Dio nombres y admitió que
tienen en nómina a algunos policías que miran para otro lado.
Le paso a Kai mi teléfono y observo cómo su mandíbula titila mientras lee.
Me devuelve el teléfono.
―Necesito saber quién en esta ciudad se ha puesto en nuestra contra. Al
hacer esto se han declarado en guerra contra nosotros y los Westies al hacer esto
y deben ser detenidos.
Asintiendo con la cabeza, le entrego la lista de nombres, incluido nuestro
jefe de policía, junto con la ciudad en la que tendrá lugar la venta y la
información de acceso para saber cuándo se producirán los detalles de la venta.
Cuando le devuelvo el teléfono, coge un bolígrafo y lo anota todo.
Normalmente, no me importan mis reuniones con Kai después de recuperar
información, pero esta noche preferiría estar en casa con anata. Especialmente
después de lo que acaba de ocurrir.
La sensación de su suave piel bajo las yemas de mis dedos...
―¿El jefe de policía, o sea, Steven Johnson, al que nosotros pusimos en el
puesto, está corrupto? ―pregunta Kai con frialdad, sacándome de mis
pensamientos.
Inclino la barbilla hacia el pecho.
Kai sacude lentamente la cabeza
―Realmente no debería haber hecho eso.
No se equivoca. El jefe fue elegido a dedo por Kai y Callum para el cargo. Se
suponía que su lealtad estaba con ambas familias, mirando hacia otro lado
cuando se trataba de nuestros negocios, siempre que no comenzáramos una
guerra total en sus calles.
El hombre firmó un contrato de sangre en el que afirmaba que renunciaría a
su vida y a la de su familia si nos traicionaba. Haber sido tan arrogante como
para pensar que no nos enteraríamos... ahora debe pagar con su vida. Respecto a
su familia, bueno, el tiempo dirá lo que Kai quiere hacer. Normalmente no
hacemos daño a niños y mujeres, pero los hijos de ese hombre son adultos y,
dependiendo de lo que sepan ellos y su mujer, podrían pagar por sus crímenes.
Acabaré entrando en sus casas y buscando todas las pruebas que pueda
encontrar.
―Entonces, ¿supongo que fuiste a casa a buscar a Lucy antes de venir aquí?
―dice Kai, reclinándose en su sillón tras entregarme el teléfono―. ¿Tan
encaprichado estás que no puedes pasar un par de horas lejos de ella? ―bromea.
Su tono es cortante. Me está diciendo lo que quiere oír, pero también me
está retando a que le mienta. Pero nunca le mentiré. Ha sido una de las personas
más importantes de mi vida. Me niego a traicionarle así. Aunque no le guste la
respuesta, tendrá la verdad.
Se vino conmigo.
Sus ojos se entrecierran al leer mi mensaje.
―¿Lo hizo? Dime, Kado, ¿crees que ha sido buena idea llevar a alguien
contigo sin mi permiso y que presencie cómo realizas negocios para mí?
Casi resoplo en voz alta entornando los ojos. Eso sí que le escandalizaría. No
necesito su permiso. Mis puños se flexionan intentando calmarme. ¿Quién se cree
que es para interrogarme? Llevo años haciendo su trabajo sucio sin quejarme.
Siempre me ha dejado los detalles a mí. Sucede que esta vez he llevado a Lucy.
Puede ocuparse de ello.
No se lo dirá a nadie.
―¿Estás seguro de ello? ¿Te jugarías la vida?
La ira me invade. ¿Cómo se atreve a cuestionarme después de todo lo que
he hecho por él? Nunca se lo pensó dos veces sobre Cleo o Miya, así que ¿por qué
lo hace cuando se trata de mi anata?
Sí.
Se lleva las manos a la cara y me estudia. Ninguno de los dos, aparta la
mirada del otro.
―No puedes culparme por estar preocupado, Kado. La secuestraste y
técnicamente la retienes contra su voluntad. Podría estar jugando a largo plazo.
Podría estar intentando ganarse tu confianza para poder huir de ti cuando menos
te lo esperes y llevar todo lo que sabe a alguien como el jefe de policía, quien
evidentemente no está de nuestro lado.
Sacudo la cabeza con fuerza, haciendo que mi cabello me azote la cara. No
lo haría.
―¿No crees que se ha tomado todo esto con demasiada calma? Le dieron
opciones, y te eligió a ti porque era la mejor. Y, de repente, ¿se te echa encima?
Me preocupas, amigo mío. Las mujeres son criaturas volubles, Kado, y pueden
volverse contra ti en un abrir y cerrar de ojos. Es la primera vez que estás con
una mujer, que yo sepa, y no quiero que te destroce. Eres muy inteligente y
valiente. Puedes matar sin remordimientos y escabullirte incluso mejor que yo.
Tienes habilidades muy valiosas, pero no aprendiste las que implican socializar.
Me preocupa que ella lo vea y se aproveche de tu debilidad. Quién sabe, puede
que me equivoque y te sea completamente leal. Solo el tiempo lo dirá, pero no
puedes culparme por desconfiar.
Aprieto las manos en puños. Nunca le había pedido nada hasta ella, ¿por
qué no puede simplemente permitirme estar tranquilo? Aunque esté jugando
conmigo, déjame tenerla el tiempo que quiera. Nunca me había sentido así por
nadie. Es como si ella hubiera entrado en mi vida y llenado un agujero que lleva
pudriéndose desde que murió mi madre. Finalmente estoy comenzando a
sentirme completo nuevamente.
Entonces aparece él, sembrando la duda en mi cabeza.
Que se joda.
Sus ojos se posan en mis manos y suspira.
―Lamento haber herido tus sentimientos. No era mi intención. Solo estoy
preocupado. Si confías en ella, le daré el beneficio de la duda hasta que me
demuestre lo contrario, ¿de acuerdo?
Asiento, aunque su respuesta me rechina. Todos los que entran en la familia
son vigilados e investigados hasta que se les exculpa. No sé por qué pensé que
ella sería diferente, pero así es.
Rápidamente, escribo un mensaje.
No te defraudará.
―Vas a seguir llevándotela a trabajar contigo de vez en cuando, ¿no?
No puedo decirle que no.
Kai niega lentamente con la cabeza.
―Podrías, amigo mío, solo que no quieres.
No se equivoca. Podría decir que no, pero ¿por qué iba a hacerlo cuando
podría estar con ella y hacer mi trabajo al mismo tiempo?
Además, se lo tomó como una campeona. Incluso me ayudó a limpiar,
haciendo el trabajo el doble de rápido que cuando lo hago yo. Tengo que admitir
que ayuda que ella haga las preguntas. Abre la puerta a nuevas formas de
torturar a alguien. Normalmente les dejo los ojos. Los necesito. Ahora, puedo
jugar con ellos siempre que deje en paz los oídos.
―Es tarde y mi mujer me está esperando. ¿Por qué no coges a tu chica y te
vas a casa? ―dice levantándose.
Siguiendo su ejemplo, me levanto y me dirijo a la puerta.
―Kado ―dice, haciendo que le mire―. Cuídate las espaldas, ¿vale? No me
gustaría que te pasara nada.
Asiento y salgo del despacho. Aunque su preocupación es agradable, es
injustificada. Lucy nunca me haría daño. Pronto se dará cuenta.
Tiene que hacerlo.
CapíTulo 18
Lucy
Todo el camino de vuelta a casa fue tenso.
No sé qué le pasó a Kado en aquel despacho con Haruaki, pero quiero
regresar y cargarme al príncipe oscuro por lo que sea que dijera que ha puesto a
mi Kado de este humor. No me gusta su aspecto. Como si algo le preocupara.
Mi único consuelo es que me lleva de la mano todo el camino de vuelta a
casa. Eso me ayuda a calmarme, pero no hace nada por mi libido. Aún no puedo
quitarme de la cabeza su forma de ser tan dominante.
Necesitamos hablar. Necesito saber qué ha pasado, pero en lugar de eso, me
abalanzo sobre él nada más cruzar la puerta.
Kado sisea, pero me atrapa. Sonrío contra sus labios y comienzo a besarle
profundamente.
Casi le exijo que se duche. Se duchó en el almacén antes de irnos y se
cambió de ropa, pero el jabón de allí huele tan genérico. Como el de hospital.
Sus manos agarrándome el culo hacen que el pensamiento salga corriendo
de mi cabeza, dejando solo lujuria en su lugar.
Estoy desesperada por él. Todo lo demás puede esperar. Todo lo que quiero
es a mi hombre entre mis piernas, follándome con toda esa confianza y dominio
que demostró antes.
Me echo hacia atrás y le miro directamente a los ojos. Entonces le suelto la
verdad.
―Quiero tener sexo, Kado.
Sus ojos se redondean como si estuviera conmocionado. Niega con la
cabeza, pero le hago un gesto con la cabeza.
―Quiero. Si no quieres, lo entiendo, pero necesito esto de ti. Necesito estar
cerca de ti. Verte trabajar esta noche me hizo cosas. Me ha hecho desearte más, y
no creía que eso fuera posible. ¿Por favor?
Se queda en silencio unos instantes, mirándome fijamente. Parece cuestionar
mis motivos. Lo entiendo. entre nosotros han ido muy deprisa. Ni siquiera sé
cómo hemos acabado aquí.
Eso es mentira. Sí lo sé.
Creí que me estaba secuestrando, pero en realidad fue un rescate. Tardé en
darme cuenta, pero Kado nunca fue el monstruo de mi cuento de hadas. Era el
príncipe, solo que dañado. Necesitaba encontrar una princesa dispuesta a
amarle, con cicatrices y todo.
Me necesitaba.
No me importa cómo hemos llegado hasta aquí ni nada del resto. Sé lo que
quiero, y es a él. Solo espero que él también me quiera.
Cuando cierra los ojos, me preparo para el no. En lugar de eso, los vuelve a
abrir antes de girarme e inmovilizarme contra la puerta.
Entonces toma mi boca, besándome profundamente.
Gimo contra él, mi cuerpo se distiende tratando de presionar mi dolorido
clítoris. Empuja contra mí, enviando una sacudida de placer por todo mi cuerpo.
Vuelve a hacer el movimiento y se retira, esta vez observando cómo cambia
mi rostro ante el placer. Acaricia mi rostro con una mano antes de quitarme la
camiseta y pasarla por encima de la cabeza. Mi sujetador le sigue rápidamente.
Empieza a lamerme y chuparme los pechos. Me encanta lo dispuesto que
está a aprender. Quiere hacer cualquier cosa que me haga gritar su nombre. Para
él es como un juego.
Ha descubierto que jugar con mis pechos me hace hacer todo tipo de ruidos
tontos. Pero no me importa. Me gusta el juego tanto como a él.
Continúo meciéndome contra él, necesitando más. Pero no quiero exigírselo.
Necesito que me acepte. Necesito que me tome.
―Kado, necesito que seas el hombre de esa habitación esta noche. Me
encanta el Kado dulce y cariñoso, pero ahora mismo necesito al que me follaría
contra una pared y me dejaría dulces moratones en la piel. ¿Lo entiendes?
―susurro finalmente.
Se queda un momento indeciso, pero luego asiente. Me aparta de la pared y
me lleva al dormitorio. Una vez allí, me pone de pie y me desnuda. Me señala la
cama, así que me tumbo y miro cómo se desnuda.
Nunca me cansaré de verle. Puedo ver cuánto tiempo ha pasado en el
gimnasio. Se nota en el paquete de seis que tiene en los abdominales. Se cuida
mucho.
Kado me mira, inseguro. Me preocupa que quizá le esté presionando
demasiado.
―Quiero esto. Te lo prometo. Quiero que te dejes llevar. Que pierdas el
control.
Sus ojos cambian, con un hambre subyacente brillando a través de ellos.
Me pregunto si habrá pensado en esto tanto como yo.
Trepa sobre mí, dejando un rastro de besos por mi cuerpo. Cuando llega a
mis labios, los besa suavemente una vez y tira de mis brazos por encima de la
cabeza, inmovilizándolos.
Esto es lo que quiero. Lo que he pedido.
Ya respiro con dificultad solo de pensar en lo que podría ocurrir.
Me besa en el cuello, deteniéndose para succionar mi piel. Estoy segura que
dejará un chupetón, pero me encanta el dolor ardiente que me produce.
Me pregunto si me está marcando. Me está reclamando físicamente.
¿O simplemente hace lo que le pido?
Abandono todos mis pensamientos cuando su mano recorre mi estómago y
desaparece entre mis piernas. Le lleva un instante encontrar mi abertura. No
duda. Tres dedos se deslizan por mi húmedo calor, haciendo que mi espalda se
arquee sobre la cama.
Gimo su nombre cuando sincroniza su succión con sus embestidas. Cada
vez que se ralentiza, moviendo su boca hacia una parte nueva de mi piel, quiero
estrangularle. Solo que no puedo, porque sigue teniendo mis manos
inmovilizadas utilizando únicamente una de las suyas.
Es muy excitante lo fuerte que es. Su demostración de fuerza hace que casi
me corra con solo pensarlo.
Finalmente, pone fin a mi tortura, apartándose de mí. Suelta mis manos,
haciéndome fruncir el ceño. Cuando va a chuparse los dedos, le agarro la mano y
los chupo todos. Luego le agarro la nuca y le meto la lengua en la boca para que
me saboree.
Suelta un pequeño gemido que me estremece.
Solo hablo para ti.
Ya lo ha dicho antes, y me lo creo. Hace que cada pequeño ruidito que hace
sea especial. Estoy ávida de él. Quiero recoger cada uno y embotellarlo.
Se aparta de mí casi como si no pudiera soportarlo, y luego se dirige a la
cómoda. Saca una caja de preservativos y me la acerca.
Mis ojos se agrandan. Imagino que realmente ha pensado en esto. Nunca se
me había ocurrido husmear en su cajón después de la primera vez. Supongo que
debería ser un poco más curiosa con mi hombre.
Saca un paquete y me lo entrega.
Lo abro, extendiendo la mano hacia él. Lentamente, lo deslizo, pellizcando
el extremo para asegurarme que queda un poco de espacio para su liberación.
Me observa y caigo en la cuenta. Puede que no sepa cómo hacerlo.
Eso me tiene aún más ansiosa. Tengo que ser su primera vez. Quiero todas
sus primeras veces.
Lo vuelvo a poner encima de mí, coloco su cabeza en mi entrada y lo miro
fijamente a los ojos cuando me penetra lentamente. Se siente tan bien, y me llena
hasta el fondo.
Observar el asombro en sus ojos es lo que realmente me convence. Está
experimentando el paraíso, y me alegro que sea conmigo.
No me gustaría que fuera de otra manera.
Kado
Si esto es el sexo, no quiero renunciar a él nunca.
Antes, oía a los chicos hablar de sexo, pero nunca entendí su atractivo. Era
como besar. No entendía por qué querrías intercambiar saliva con otra persona.
Lucy ha cambiado todo eso para mí.
A medida que me deslizo en su cálido y húmedo coño, me doy cuenta que
me lo he estado perdiendo. El sexo es algo increíble. Me hace sentir mejor que
nunca.
Lucy me mira fijamente.
No, no cualquier sexo sería tan bueno. Solo el sexo con ella. Mi anata. Ella es
lo que hace que esto sea tan especial. Es paciente conmigo. Se desvive por
hacerme sentir cómodo o intenta comprenderme, y eso significa mucho para mí.
Ahora incluso me confía su cuerpo.
Aparto todos mis pensamientos y comienzo a embestir lentamente. No
estoy seguro al cien por cien de lo que hago, pero me siento bien. Escucho sus
señales de placer. Habla mucho cuando se siente bien.
Estoy agradecido por ello. Me da algo a lo que aspirar. Quiero que grite tan
fuerte que pierda la capacidad de hablar durante horas después. Puede que
incluso días.
Agarrándola por las muñecas, le inmovilizo las manos por encima de la
cabeza como antes. Parece que le gusta. La forma en que su coño se contrae
cuando lo hago, me dice que voy por buen camino.
Dijo que quería un Kado dominante, así que me dejo llevar por mis
instintos. Dejo sus muñecas sujetas con una mano y uso la otra para inclinar sus
caderas hacia arriba mientras embisto. Sonrío cuando emite un gemido agudo
con cada penetración.
Mi propio placer intenta superarme, pero no hasta que ella consiga el suyo.
Me niego a terminar primero.
―Kado, por favor. Ponme una mano en el cuello.
Me sorprende su petición. ¿Por qué iba a querer mi mano en su cuello?
Retiro la mano de entre las suyas y hago lo que me pide, pero con
delicadeza. No quiero hacerle daño. Me siento culpable por las marcas que le he
dejado en el cuello con la boca. Ella parecía disfrutarlas, y a mí me encanta
mirarlas, pero no quiero que sufra.
Sin embargo, ella tiene otros planes. Desliza la mano desde mi hombro hacia
abajo, hasta que pasa por encima de mi mano en su cuello. Entonces aprieta.
Me paralizo.
Sigue mirándome aumentando la presión. La miro con el ceño fruncido.
―No vas a hacerme daño, Kado. Me gusta. Aprieta lo suficiente para que
jadee, pero no tanto como para que no pueda respirar.
Cuando no lo hago enseguida, me suplica:
―Por favor, Kado. Si después de hoy no te gusta, no volveré a pedírtelo.
Asiento con la cabeza, apretando un poco.
―Eso es. Un poco más ―dice ella.
Siento cómo se estrecha a mi alrededor a medida que añado un poco más de
placer. Entonces inclina las caderas, jadeando lo poco que puede cuando vuelvo
a introducirme.
Capto la indirecta y dejo la mano en su sitio empezando a embestir. Los
ruiditos que escapan de sus labios me hacen sentir cada vez más cerca de la
liberación. Aprieto un poco más con la mano y acelero el ritmo. Oigo cómo mi
piel choca contra la suya al moverme implacablemente contra ella.
Es entonces cuando lo siento. Un torrente de líquido y sus ojos en blanco.
Continúo así hasta que me asusta que no despierte. Cuando suelto su cuello,
aspira aire y su cuerpo sigue temblando.
Preocupado por haberle hecho daño, beso su rostro una y otra vez hasta que
su respiración se ralentiza. Entonces me elevo para mirarla. Me sonríe felizmente.
―El. Mejor. Orgasmo.
Me siento aliviado cuando me dedica esa sonrisa tonta que suele hacer
después de un buen orgasmo. Le ha gustado. Eso es lo que importa.
Cuando me toca el hombro, me separo de ella y me siento sobre los talones.
Ella se pone de rodillas antes de darse la vuelta.
―Ahora quiero que me azotes y me tires del cabello mientras me follas por
detrás. ¿Crees que puedes hacerlo?
Asiento con la cabeza, agarrando sus caderas. Al deslizarme dentro de ella,
casi suelto un gemido, al diablo con el dolor. Se siente tan bien.
Pero esta vez no voy a durar. Ya estoy muy cerca del límite.
Le doy una palmada en el culo y luego otra mientras continúo
penetrándola. Cada vez la aprieto más contra mí. Cuando la agarro del cabello,
suelta un gemido largo y grave. La follo como si fuera un caballo salvaje al que
quiero domar.
Cuando finalmente me corro, la estrecho contra mí, con mi polla
sacudiéndose dentro de ella. Pero aún no he terminado con ella. Salgo de ella y
entierro mi cara entre sus piernas. Suelta un grito sorprendida que se convierte
en gemido cuando la devoro como si fuera lo último que fuera a hacer. Sigo
lamiéndola y utilizando mis dedos para penetrarla. No pasa mucho tiempo antes
de volver a correrse contra mí.
Esta vez, se desploma sobre la cama. Me arrastro junto a ella, me quito el
preservativo usado y lo tiro al suelo.
Se recuesta contra mí, con los ojos cerrados.
―¿Te ha gustado? ―pregunta ella.
Le doy dos golpecitos en la nariz, haciéndola sonreír.
―Me ha encantado. No sé por qué, pero cuando eres brusco conmigo, me
hace explotar. Me gusta sentir lo poderoso que eres, saber que nunca harías nada
para hacerme daño. Es un afrodisíaco.
Le beso la parte superior de la cabeza.
Me ha gustado lo que hemos hecho. Nunca me lo habría planteado antes,
pero si eso es lo que le gusta, entonces quiero hacerlo. Quiero que me enseñe a
utilizar su cuerpo para proporcionarle todo el placer del mundo. No quiero que
se quede sin nada por mi culpa.
Puede que no sepa hablar, pero soy un tipo listo. Capto las cosas y aprendo
muy deprisa.
Ahora mismo, el único tema que quiero aprender es su cuerpo.
Su respiración empieza a ralentizarse mientras sigue hablando.
―Necesito una siestecita, luego podemos volver a hacerlo. Tengo otras
posturas que quiero que probemos. Siempre he querido tener sexo en la ducha.
Ah, y follar contra una pared. Eso sería divertido.
Murmura algunas palabras más, pero se desvanece rápidamente.
¿Paredes y duchas? No tenía idea que el sexo pudiera ser tan versátil. Es
diferente de lo que imaginaba, eso seguro.
Sin embargo, me alegro de haber esperado. Podría haber perdido la
virginidad hace años, pero no habría significado nada.
Me gusta que Lucy sea la única mujer con la que he estado en ese sentido.
Significa más para mí de ese modo. Espero que también lo sea para ella.
Espero que sepa que ella sola se ha convertido en lo más importante de mi
vida.
CapíTulo 19
Lucy
Una cosa de Kado es que aprende rápido. Cuando adquiere confianza en
cualquier habilidad, se convierte en un maestro.
Desde que nos acostamos por primera vez hace varios días, no hemos
podido dejar de tocarnos. Estar desnuda con él metiéndome los dedos o la polla
se ha convertido en mi pasatiempo favorito, y me encanta.
Cuando no estamos desnudos y explorando mutuamente nuestros cuerpos,
estamos ocupados trabajando. La única vez que se ha separado de mí desde que
electrocutamos juntos a aquel hombre es cuando tiene asuntos de la Yakuza con
la familia. Me dijo que no quería que los soldados vieran lo que era suyo, todavía
no, y que quería reservarme para él.
Aunque eso debería haberme cabreado, por alguna razón me pareció
entrañable. ¿Quién iba a pensar que aquel hombre tranquilo, que nunca había
tenido una relación, sería un tipo celoso? Yo desde luego no. De nuevo, no estoy
enfadada por ello.
El hombre me tiene tan imbécil que ya ni siquiera pruebo manualidades
nuevas, y me he deshecho de las que estaba haciendo. Nuestra casa está llena de
proyectos a medio terminar, pero no me atrevo a terminar ninguno cuando
preferiría estar con él, cazando lo peor de lo peor. He encontrado mi propósito
junto a él, y me encanta. Creo que eso nos ha sorprendido a ambos.
Unos golpecitos en la pierna me sacan de mis pensamientos y miro a Kado.
Ladea la cabeza, preguntándome en silencio si estoy bien.
―Estoy bien ―digo en voz baja.
Mirando hacia delante, escudriño el almacén en el que nos hallamos
situados. Nuestro crujiente amiguito nos dio la dirección de este lugar antes de
quedarse súper frito. Kado espera que contenga las respuestas que necesita
desesperadamente.
―Háblame más acerca de esta alianza.
Kado me mira para comprobar que estoy vigilando el edificio antes de coger
su teléfono. Teclea durante lo que parecen horas, cuando solo tarda unos
minutos en entregármelo.
Él vigila mientras yo leo.
Hace un tiempo, las familias irlandesas e italianas de Nueva York se pusieron en
contacto con nosotros y con otro sindicato. Llevaban un tiempo vigilando una situación y
descubrieron que afectaba a todas nuestras ciudades. Lo que descubrieron es que, de forma
rotatoria, cada una de nuestras ciudades se veía afectada, los informes de personas
desaparecidas se disparaban durante una semana o dos y luego se calmaban antes de volver a
suceder en otra ciudad.
A ninguno de nosotros nos gusta que los forasteros se metan con nuestra gente, así que
nos unimos para intentar acabar con ellos. Ha sido un reto, como mínimo. Aunque hemos
salvado a muchos adultos y niños, no ha sido suficiente. Necesitamos un pez gordo para
reventar esto por completo. Espero que lo que tenga que ocurrir aquí lo consiga.
Rápidamente, despejo la pantalla al tiempo que digiero lo que acaba de
decirme. Sabía que era un asunto grave y que tenía que ver con el tráfico sexual,
pero no me había dado cuenta de la gravedad de la situación.
Miro a Kado. ―¿Niños?
Asiente.
Mi mente piensa en un niño de cara regordeta jugando al aire libre.
Montando en bicicleta o sentados en el jardín, y de repente, BAM. Desaparecen.
Se los llevan para venderlos con fines horribles que uno ni siquiera puede
imaginar. Es verdaderamente terrible.
―Ni siquiera tengo palabras para eso, pero ¿has salvado a algunos?
Vuelve a coger el teléfono.
Sí, al mejor amigo de Declan, miembro de la familia Catalini de Nueva York, le
raptaron a su mujer, y conseguimos salvarla aquí, en Chicago, junto con varias otras.
Mis ojos se agrandan.
―¿Fueron tan tontos como para llevarse a la mujer de un mafioso?
Pienso en Declan. Un tipo divertido. Bromeaba mucho y nos hizo reír a
todos durante la cena. Me pregunto si su amigo se parece en algo a él. No puedo
imaginarme cómo se sintió al saber que habían secuestrado a su mujer.
Las comisuras de los labios de Kado se inclinan hacia arriba.
Bueno, según ellos, no estaban saliendo, y ella era una agente de policía, pero sí, se la
llevaron.
Sacudo la cabeza. ―Tengo tantas preguntas, que no sé por dónde comenzar.
Ahora entiendes la urgencia de acabar con esto. Estamos hartos de juegos.
―Los cogeremos. Tenemos que hacerlo ―le digo dejando su teléfono en el
portavaso.
Mi mente se acelera con lo que acaba de decirme. ¿Cómo es posible que esto
ocurra en mi ciudad y nunca me haya enterado? Chicago es una gran ciudad y
todos los días desaparece gente, lo cual no es sorprendente, pero que haya un
repunte lo bastante grande como para que la mafia de otra ciudad se dé cuenta es
una locura.
¿Acaso les importa a los polis? Seguramente, si les importara, darían ruedas
de prensa y avisarían a la gente, ¿no?
Entonces, ¿cómo demonios acaba una mujer policía con un tipo que trabaja
para una organización criminal? Eso tiene que ser un conflicto de intereses, si es
que alguna vez he oído uno. ¿Pero quién sabe? Quizá cambió de bando.
La mano de Kado pasa de mi pierna a mi mano, haciéndome volver a
mirarle. Me coge la mano y se la lleva a los labios, besándola. Ni siquiera creo
que se haya dado cuenta que lo ha hecho, porque sigue mirando fijamente hacia
delante. Sonriendo, aprieto mis dedos entre los suyos y suspiro.
El tiempo comienza a mezclarse, el cielo nocturno se vuelve cada vez más
claro a medida que se acerca la mañana. Kado emite un gruñido desde el fondo
de su garganta al poner en marcha el coche. Quiero reñirle por hacer ese sonido
ya que sé el daño que le habrá hecho, pero al mismo tiempo sé que está frustrado
y no puedo culparle. Diablos, yo estoy molesta, y solo llevo un minuto en esto en
comparación con él.
―¿Nos vamos a casa?
Kado inclina bruscamente la barbilla hacia el pecho al volante.
Alargo la mano y se la paso por el muslo. Cuando nos detenemos junto a un
semáforo, le miro y sonrío.
―¿Sabes lo que estoy deseando?
Inclina la cabeza hacia un lado, prestándome atención.
―Meterme en la cama contigo y desmayarme. Estoy jodidamente cansada.
Los hombros de Kado suben y bajan al reírse silenciosamente.
Misión cumplida. He conseguido distraerle.
El semáforo se pone en verde y algún capullo detrás de nosotros toca el
claxon, haciendo que los ojos de Kado se estrechen al mirarlo por el retrovisor.
O no, pero ¿sabes qué? El capullo se merece la ira mental de Kado. ¿Quién
coño le toca el claxon a alguien cuando comienza a salir el sol?
Kado
De pie en la ducha, el fastidio me recorre. Se suponía que anoche iban a
cambiar las cosas. Se suponía que íbamos a conseguir una pista, pero en lugar de
eso resultó ser un callejón sin salida.
O se siente como un callejón sin salida.
Golpeo mi cabeza contra las baldosas dejando caer el agua por mi espalda.
Siento que estoy fracasando. Normalmente, cuando Kai me encarga un trabajo, lo
hago en poco tiempo, solo que con cada paso adelante, nos vemos obligados a
dar diez hacia atrás, sin ganar nunca verdadero terreno.
Unas manos frías envuelven mi cintura hasta mi pecho y su frente presiona
mi espalda.
―¿Estás bien? ―murmura detrás de mí.
Lentamente, niego con la cabeza, con el agua cayéndome en los ojos.
Lucy se mueve a mi alrededor, haciéndome dar un paso atrás al colocarse
entre la pared de la ducha y yo, con las manos apoyadas en mis caderas.
―¿Te molesta que lo de anoche no saliera bien?
¿Cómo es que me entiende tan bien? No creo que nadie me haya entendido
nunca como ella.
Inclino la cabeza hacia mi pecho, acercando mi nariz a la suya.
Lucy suspira y me aparta el cabello de la cara para poder mirarme a los ojos.
―No puedo imaginar lo difícil que es esto para ti. Llevas tanto tiempo
trabajando en esto y aún no has encontrado lo que necesitas, pero si algo he
aprendido de ti desde que estoy contigo es que no te rindes. Eres como un perro
con un hueso, y no te detendrás hasta que tengas toda la información.
Conseguirás las respuestas que necesitas y acabarás con esos tipos, Kado. Puedo
sentirlo en mis huesos. Solo tienes que aguantar un poco más y tener un poco de
fe.
Siento que el corazón se me va a salir del pecho. ¿Cómo sabe lo que más
necesitaba oír?
Me inclino hacia delante y rozo sus labios, dándole las gracias en silencio.
Cuando me retiro, tiene una pequeña sonrisa en los labios.
Joder, es tan hermosa.
Y toda mía.
Lucy suelta una risita cuando mi polla se retuerce contra ella.
―Esta noche no vamos a tener sexo.
Frunzo los labios, dando a conocer mi disgusto, haciendo que ponga los ojos
en blanco.
―No me mires así. Aunque me encanta acostarme contigo ―dice, haciendo
que mi polla vuelva a crisparse―. No es en eso en lo que se va a basar toda
nuestra relación. La intimidad emocional es tan importante como la física. Quiero
estar ahí para ti de todas las formas posibles. Así que nada de sexo.
Abro la boca para protestar, pero antes de poder hacerlo, su manita me tapa
los labios.
Los ojos de Lucy se entrecierran. ―Nada de hablar. Ya lo sabes.
Dibujo un signo de interrogación en su estómago, preguntándole qué se
supone que debemos hacer ya que ambos estamos desnudos si no me deja
complacerla.
Lucy alarga el brazo y coge un frasco de champú que le he comprado. Se
echa un poco en la palma de la mano y vuelve a colocarlo en la estantería.
―Cierra los ojos e inclínate un poco.
Hago lo que me dice, frotándose las manos. Mis hombros se relajan cuando
ella comienza a pasarme las manos por el cabello, masajeándome el cuero
cabelludo con los dedos.
Apoyo la frente en su hombro y me dejo tocar por ella.
¿Por qué cuando ella me lava el cabello me siento mucho mejor que cuando
me lo hago yo mismo?
―Vuelve la cabeza―me dice demasiado pronto.
Como no quiero defraudarla, hago lo que me dice. Mientras me enjuago el
cabello, ella pone jabón en una esponja y empieza a pasármela por el cuerpo.
Comienza por el cuello y desciende lentamente por mi cuerpo.
Cuando llega a mi endurecida polla, me bombea unas cuantas veces,
extendiendo jabón a lo largo de mi tronco. Sus manos sobre mi cuerpo me están
volviendo loco.
Demasiado pronto, se mueve hacia el sur, haciéndome gemir en señal de
protesta. Lucy me lanza una mirada furtiva a través de las pestañas. Desciende
por mis piernas, pero cuando llega a mis pies, la detengo con una mano en el
hombro.
Me mira y ladea la cabeza. ―¿Qué ocurre?
Le quito la esponja y me alejo.
Lucy se levanta mientras me observa con una sonrisa en la cara.
―¿No quieres que te lave los pies?
Niego con la cabeza.
―¿Tienes cosquillas, Kado? ―se burla ella.
Me encojo de hombros. No sé si realmente las tengo, pero no me gusta que
me toque los pies de rodillas. No me sienta bien.
Cuando termino de enjuagarme el cuerpo, me acerco a ella y la lavo igual
que ella ha hecho conmigo. Al final, le pesan los ojos y apenas se mantiene
despierta apoyada contra la pared. La meto bajo el agua y la enjuago antes de
cerrar el grifo.
Salgo de la ducha y cojo una toalla. Lucy me mira con ojos soñolientos y una
sonrisa cuando la seco antes de hacer lo mismo conmigo. Después de colgar la
toalla en el gancho, la cojo de la mano y tiro de ella hacia el dormitorio. Retiro las
sábanas, ella se mete primero, y yo me apresuro a seguirla. Con la manta por
encima, la coloco donde más la quiero, bien arropada contra mi cuerpo. Me
inclino hacia delante y le beso la parte superior de la cabeza; su respiración ya se
ha ralentizado, el sueño tira de ella.
A medida que mi respiración se ralentiza, por mi mente fluyen
pensamientos sobre lo perfecta que es para mí. Está hecha para mí, y nunca
podrás convencerme de lo contrario. Aunque nunca descubramos esa red de
tráfico sexual, con ella a mi lado, creo que podré vivir con ello.
CapíTulo 20
Lucy
―¿Estás seguro que no quieres que te acompañe? En cualquier caso, prefiero
pasar el rato contigo ―le digo a Kado al acercarnos al casino.
Aparca antes de volverse hacia mí. Luego frunce el ceño.
―Oye, nada de eso. Prefiero tu sonrisa.
Pone los ojos en blanco y coge el móvil.
Creí que querías salir con ellas. Puedes venir conmigo si quieres. No te obligaré a hacer
algo que no quieres.
Sacudo la cabeza. Tiene razón. Quería salir con Autumn, Nikita, Cleo y
Miya cuando hicimos los planes, pero cuando me desperté esta mañana, no me
gustó la idea de dejar a Kado. Dice que hoy no va a hacer nada peligroso, pero la
ansiedad es real.
Aun así, no quiero que las chicas piensen que soy imbécil.
―Sí quiero salir con ellas. Supongo que todavía estoy nerviosa. Cuando solo
estamos tú y yo, todo es tan fácil, pero no se me da bien hacer amigas. Las
mujeres pueden ser maliciosas. Además, todas son amigas desde hace tiempo y
se conocen, y yo soy la chica nueva. Supongo que me siento como una intrusa.
Acaricia mi mejilla antes de besarme. Luego teclea otro mensaje.
No eres una extraña. Las he conocido con otras personas. Te han aceptado. Depende de
ti decidir si quieres aceptarlas también. Tendré a alguien vigilándote todo el día, así que no
te sientas insegura. Te tengo cubierta. Siempre.
―¿Me has puesto un guardia? No eres tú, ¿verdad? ―Entorno los ojos
mirándole.
Deja escapar esa adorable bocanada de aire soltando una risa insonora.
Luego sacude la cabeza antes de levantar un dedo. Observo cómo sale del coche,
rodeándolo para ayudarme a salir.
Deslizo mis dedos entre los suyos y cierra la puerta. Aún me sorprende lo
natural que es todo con él. Ni siquiera recuerdo cómo era la vida sin él. Y no
quiero hacerlo.
Dejo que me lleve hasta el ascensor y que vuelva a salir de él cuando
llegamos a nuestro destino. En lugar de llevarme hasta las chicas que veo
esperándome, se detiene delante de otro hombre.
Kado me señala a mí y luego al hombre.
―Supongo que eres mi escolta por hoy. ―Le sonrío.
―Sí, señora ―dice el hombre, pero mantiene la mirada fija en Kado.
―¿Cómo te llamas? ―pregunto.
Kado tira de mi mano, obligándome a mirarle. Él niega con la cabeza, pero
yo le devuelvo la mirada.
―De ninguna manera. Si va a protegerme, al menos merezco saber su
nombre. ¿Y si tiene que recibir un balazo por mí? Me sentiría como una idiota si
ni siquiera supiera su nombre.
Kado se pasa una mano por la cara antes de asentir al tipo.
―Yuto, señora ―dice, pero de nuevo no me mira a los ojos. Presiento que
Kado le ha dicho que no lo haga.
―Bueno, espero que aprendas a mirarme tarde o temprano, si no, ¿cómo se
supone que vas a protegerme? ―Pongo los ojos en blanco y se vuelve hacia
Kado―. Eres ridículo, pero gracias. Siento que estoy en buenas manos con Yuto.
Kado saca algo de su bolsillo y me lo pone en la mano. Sonrío cuando veo el
móvil. Se enciende fácilmente, con una foto que nos hice a Kado y a mí en su
móvil como fondo. Dentro hay varios números, pero el único que me interesa es
el de Kado.
―¿Esto significa que ahora puedo enviarte mensajes todo el tiempo?
Sonríe asintiendo.
―Bien. Te enviaré un mensaje si necesito algo.
Me quita el teléfono de la mano y señala el número de Yuto, Kenji y
finalmente el de Kai. Pienso cambiar su nombre por el de Haruaki
inmediatamente, pero vuelvo a mirar a Kado.
Articula con la boca la palabra peligro y luego vuelve a señalar el teléfono.
―Te llamaré a ti primero, pero sí, luego les llamaré a ellos.
Me golpea la nariz antes de inclinarse para besarme. Luego me coge de la
mano y me lleva hacia las chicas.
―Pensé que nunca te dejaría marchar ―bromea Miya.
―No me importaría ―le digo, sonriéndole.
Me aprieta la mano antes de alejarse.
Nikita se acerca a mi lado mientras Autumn, Cleo y Miya deciden adónde
vamos.
―¿Sigue todo bien? ―pregunta ella.
―Realmente lo está. Sé que parece una locura, pero me gusta de verdad ―le
susurro.
Ella asiente.
―Ayuda que paséis tanto tiempo juntos. La mayoría de la gente no puede
imaginar enamorarse de alguien tan rápido porque, en una vida normal, es
insondable conocer a alguien tan bien en tan poco tiempo, pero si te empujan y
pasas casi todo el tiempo con una persona, eso acelera el proceso. Te hace sentir
como si a alguien que solo conoces de un mes lo conocieras de toda la vida.
Tengo la sensación que lo sabe por experiencia.
―Es como si me gustara aún más a medida que aprendo sobre él.
―Eso nunca se acaba. No cuando los amas de verdad ―asiente ella.
Mi corazón tartamudea ante sus palabras. Amor. Aún no me he atrevido a
decirlas en voz alta.
―Vamos a comer a ese sitio tan elegante que hay al final de la calle. Kenji
invita. ―Miya muestra una tarjeta.
Me rio con ellas comenzando a andar. Doy gracias cuando Nikita se queda a
mi lado.
―Son buenas chicas. Se preocupan, aunque pueden ser un poco exageradas.
Ya te acostumbrarás.
―Gracias. Estaba un poco nerviosa. ―Le sonrío.
Ella asiente.
―Yo también. Siempre. Pero te harán sentir como en casa. Dale tiempo.
Cuando llegamos al restaurante, me siento mucho mejor. Saco el móvil y
decido enviar un mensaje a Kado.
Su respuesta es instantánea.
Kado: Bien. Yo también te echo de menos. Disfruta de tu tiempo de chicas. Más tarde
serás toda mía.
Me ruborizo al oírlo mientras nos detenemos junto a una mesa. Las chicas
esperan a que nos sentemos para lanzarse.
―Chica, tenemos que saber qué te ha hecho sonrojar―dice Cleo.
―Cleo, ten un poco de decencia ―empieza Autumn, pero luego se vuelve
hacia mí―. Tu aura tiene la tonalidad del amor. Me alegro mucho por ti.
―La estáis avergonzando ―dice Nikita mirando el menú.
―Queremos asegurarnos que Kado la trata bien. Ahora es nuestra amiga.
Kado es el chico más dulce, pero nos preocupa que no sepa tratar a una mujer
―admite Miya.
Como no quiero que piensen mal de Kado, accedo.
―Me trata muy bien. Digamos que el hombre se deja guiar. Es exagerado,
pero nunca me quejaré de ello.
Mi cara arde, pero me siento orgullosa cuando las otras chicas sonríen como
si estuvieran orgullosas. Realmente se preocupan por mí y por Kado. Me gusta
que tengamos eso. Es como si tuviéramos una pequeña familia. Una que hemos
creado nosotras mismas.
―Seré sincera, no puedo creer que estés con Haruaki, Cleo ―digo,
cambiando de tema.
Pone cara de ensueño.
―La mayoría de la gente no puede. Kai es un hombre peligroso para
cualquiera que no le importe. Tengo suerte que decidiera preocuparse por mí.
Especialmente cuando era la hija de su enemigo.
Miya interviene:
―Él es el afortunado. Te tiene a ti, nena. Le haces la vida imposible a ese
hombre.
―La frase del año viniendo de la mujer a la que le gusta ser una mocosa con
su hombre. Dime, ¿cuánto tiempo te ha castigado Kenji por todos esos años que
se ha perdido por ser tan cabezota? ―bromea Cleo.
―Touché. ―Miya se ríe antes de mirarme―. Kenji era mi jefe. Tenía que
solucionar algunos problemas antes de volver a estar con un hombre.
Asiento con la cabeza. ―Lo entiendo. Es duro estar ahí fuera.
Viene el camarero y toma nuestro pedido. Cuando se van, Autumn continúa
la conversación.
―Callum y yo fuimos una sorpresa. Me encontró cuando más lo necesitaba
y me acogió durante una semana. Esa semana dio lugar a nuestra pequeña, y no
lo habría hecho de otra forma. Encontramos nuestro camino de vuelta el uno al
otro. El universo tiene una forma de resolverlo todo.
Nikita suspira.
―Supongo que deberías saber lo mío con Declan. Fui prisionera de Kai. Mi
padre la cagó y me dejó a su cuidado como garantía. Declan, en un esfuerzo por
salvarme la vida, se ofreció a casarse conmigo. Al principio no dije que sí, pero
acabé aceptando. Aprendimos a amarnos.
―Vaya. Me pregunto si es por eso por lo que me sentí atraída por ti. Las
similitudes en nuestras situaciones son asombrosas ―le digo, y luego me vuelvo
hacia las demás―. No es que no me gustéis, pero enseguida sentí una conexión
con ella.
―Espíritus afines. En realidad, puedo veros como almas gemelas. Lo
investigaré por ti. ―Autumn abre el móvil para apuntar algo.
No entiendo la mitad de las cosas que salen de la boca de Autumn, pero le
sigo la corriente. Estoy segura que con el tiempo me sentiré lo bastante cómoda
con ella como para hacerle preguntas.
Entonces llega nuestra comida. Las chicas siguen hablando mientras
comemos, pero de repente me siento incómoda.
Echo un vistazo al restaurante, pero no veo nada. No lo veo hasta que me
levanto para ir al baño.
Ben. El hombre que estaba en la tienda la última vez que Miya y yo salimos.
Juraría que está al final de la barra, pero cuando alguien se interpone entre
nosotros, desaparece.
Voy corriendo al baño y hago mis necesidades. Me alegro cuando todas en
la mesa han terminado.
―Creo que quiero volver a Kado ―les digo, no dispuesta a admitir lo que he
visto. Puede que esté loca. Sin embargo, me mantengo alerta.
―Desde luego que sí. Llama entonces a tu hombre y podemos volver
paseando.
Mientras pagan la cuenta, envío un mensaje a Kado.
La indecisión pesa sobre mí. Una parte de mí quiere coger a Lucy y llevarla
a casa, pero no quiero perder a este hombre. Si podemos seguirle la pista ahora,
debemos hacerlo.
En cuanto entro en el aparcamiento del casino, salgo del coche, y corro hacia
mi chica.
La forma en que se ilumina cuando salgo del ascensor me conmueve. Nunca
pensé que pudiera gustarme el contacto físico. A menudo lo evito, pero cuando
Lucy corre hacia mí, la cojo en brazos y la beso profundamente.
Yo también te he echado de menos.
La dejo sobre sus pies e inclino ligeramente la cabeza hacia las otras
mujeres.
Poniéndola en pie, inclino ligeramente la cabeza hacia las demás mujeres.
―Consíguelo, Kado ―se burla Miya.
Tiene suerte que ella me guste.
―Nos vemos luego ―les dice Lucy.
―Te llamaré para quedar ―dice Nikita.
Lucy sonríe, asintiendo con la cabeza antes de volverse hacia el ascensor.
Permanece en silencio todo el camino hasta el coche, pero percibo que algo
le preocupa. En cuanto se acomoda en el coche, rodeo el capó y me subo al
asiento del conductor. Luego me vuelvo hacia ella, acariciándole la mejilla.
―Estoy bien ―me promete.
Aún no estoy seguro, pero sé que la animará.
Le doy dos golpecitos en la nariz para llamar su atención. Ella gira la cabeza
hacia mí, sonriendo.
Articulo la palabra 'trabajo'.
―¿Tenemos trabajo?
Asiento con la cabeza.
Si antes pensaba que se iluminaba, ahora está radiante. Apenas puede
estarse quieta en el asiento cuando salgo del aparcamiento. Está callada durante
todo el trayecto, pero hay un zumbido de energía en su interior.
Cuando llegamos al viejo bar, me mira.
―¿Un bar?
Me encojo de hombros y señalo mi teléfono. El mensaje de Isamu está ahí,
indicándome dónde se encuentra el hombre.
Su rostro se vuelve serio. ―¿Lo hemos encontrado?
Asiento.
―Vamos pues.
Salgo y me acerco a su lado del coche. Me encanta comprobar que sabe
cuánto quiero que ella espere por mí. Es mejor asegurarme antes que ella salga.
Una vez escaneada la zona, la ayudo a salir. Luego la inmovilizo en el coche
sacando el móvil. Le escribo un mensaje.
Esto es peligroso. Hay demasiadas incógnitas ahí dentro. Quédate a mi lado. Si ocurre
algo malo, vienes al coche y te vas.
Giro el teléfono hacia ella. Ella asiente y le pongo las llaves en la mano.
―Lo tengo. No dejarás que me pase nada. Vamos a atrapar a un
depredador.
La rodeo con el brazo y entramos. Es un lugar oscuro. Hay gente en grupos,
pero nadie que destaque.
La conduzco a una cabina vacía, la siento a un lado y yo al otro. Me aseguro
que pueda ver todas las salidas.
Señalo sus ojos y luego alrededor del local.
―Mantente alerta. Entendido.
Una camarera se acerca y pide las bebidas. Me sorprendo cuando pide dos
cervezas.
―Apariencias. No las beberemos ―susurra, cuando la miro.
Es inteligente. No es algo que yo hubiera hecho. Le habría hecho un gesto a
la mujer para que se fuera.
Soy bueno en mi trabajo. El mejor, en realidad. Por eso consigo tantos
contratos fuera de la Yakuza, pero ella aporta una nueva perspectiva a todo ello.
Tenerla conmigo me hace mejor.
Emite un jadeo, captando mi atención.
Alargo la mano y la cojo. Pero sus ojos no están fijos en mí. Miro en la
dirección en la que está mirando y veo al hombre del almacén riéndose con unos
tipos junto a la mesa de billar.
¿Por qué iba a conocer mi preciosa chica a un guarro como ese?
Le doy un golpecito en la muñeca hasta que me mira.
―La primera vez que salí con Miya, me encontré con aquel hombre. Dijo
que se llamaba Ben. Juraría que también le vi antes en el restaurante, pero
cuando miré hacia atrás, ya no estaba. Pensé que me estaba volviendo loca. Por
eso quise volver a casa tan rápido. Necesitaba estar contigo, donde me siento
más segura.
Mi corazón quiere aferrarse a sus palabras, pero en lugar de eso me centro
en el hombre. No nos ha visto. Probablemente no esperara verla aquí. Aun así,
conoce su rostro.
De repente, esta pequeña misión de reconocimiento se ha convertido en algo
más. Tengo que sacarla de aquí lo antes posible.
Me muevo con rapidez y me deslizo junto a ella. Sus ojos se agrandan
cuando le quito la goma del pelo y se lo alboroto. Luego la beso con fuerza.
Muevo mis labios contra los suyos en un beso descuidado.
Tiene el efecto deseado. El poco carmín que llevaba se ha corrido. Ahora
parece desaliñada. Como si hubiéramos tenido una cita. Ahora encajaría
perfectamente en un sitio así. Bueno, eso no es cierto. Ella es de una clase mucho
más alta que ellos, pero es suficiente.
Arrojando algo de dinero sobre la mesa, tiro de ella hacia arriba y la llevo
bajo el brazo. La mantengo protegida por mi cuerpo al acompañarla fuera del
bar.
No habla hasta que estamos en la carretera.
―No es bueno que se fijara en mí, ¿verdad?
Aprieto un poco más su muslo.
―Me parece que no.
Ahora tengo que averiguar cómo supo este hombre que su objetivo era
Lucy. Su alcance es mayor de lo que podríamos haber imaginado para que
averiguara quién era ella incluso antes de tenerla todo ese tiempo.
Hay un informante interno. Es lo único que se me ocurre.
Vamos a averiguar quién es y voy a acabar con ellos.
No hay muerte honorable para los traidores.
CapíTulo 21
Lucy
Suena música mientras limpio mi desorden. El lugar huele a las galletas de
chocolate y mantequilla de cacahuete que tengo en el horno, y estoy deseando
probarlas cuando salgan.
Silenciosamente, canto para mí sobre un tipo de amor eléctrico. Kado se
acerca por detrás y envuelve mi cintura con sus brazos. Me besa el pliegue entre
el hombro y el cuello y se balancea conmigo al ritmo de la música. Cierro los ojos
y saboreo el momento.
Dios, lo amo.
Respiro cuando el pensamiento me golpea de lleno. Llevo dándole vueltas a
la idea de estar enamorada de él desde mi comida con las chicas, pero no sabía si
era real o no. No porque dudara de mis sentimientos hacia él, sino porque no sé
qué se siente ni qué aspecto tiene el amor.
Amar a Kado es fácil. Me encantan sus rarezas, su seriedad y su deseo de
complacer. Me encantan nuestros ratos tranquilos juntos, cuando juega con mi
cabello, y me encanta cuando salimos a trabajar, esperando acabar con los malos.
En pocas palabras, me encanta la vida que estamos construyendo juntos, y no me
imagino haciéndolo con nadie más.
Kado, tocándome el estómago me saca de mis pensamientos.
―¿Qué? ―pregunto meneando con la cabeza.
Me dibuja un signo de interrogación en el estómago y luego señala el horno,
registrando finalmente el pitido.
Mierda, ¿cuánto tiempo lleva sonando? Estaba tan absorta pensando en que
lo amo que ni siquiera me percaté del temporizador del horno. Me zafo de él,
cojo el guante de cocina y saco la bandeja de galletas del horno.
Tienen un bonito color dorado y todas formas diferentes.
Hmm, tengo que encontrar la mejor manera de colocarlas en la bandeja para que
tengan la forma circular perfecta, o averiguar cómo arreglarlas mientras aún están
calientes.
Eso será un problema que habrá que resolver la próxima vez. ¿Por qué
parecía tan fácil cuando está claro que no lo es? Por otra parte, ¿importa
realmente la forma cuando nadie más que nosotros va a verlas?
Oigo la nevera abrirse y cerrarse detrás de mí. Me asomo por encima del
hombro y veo cómo Kado sirve dos vasos de leche. Parece tan entusiasmado por
probarlas que me olvido por completo de sus extrañas formas.
―Sabes que tienen que enfriarse un poquito, ¿verdad? Si no, te quemarás la
boca ―bromeo.
Me lanza una mirada indiferente y me dice que quiere las galletas.
Riéndome, emplato algunas con cuidado. Con el plato en la mano, sigo a Kado
hasta el salón y nos sentamos uno junto al otro en el sofá. Kado deja los dos vasos
sobre la mesita y coge una galleta en cuanto el plato toca la mesa, haciéndome
reír.
Lo observo cuando da un mordisco, esperando que me dé algún indicio de
estar ricas. Quiero que le encanten. Mi sonrisa crece cuando termina rápidamente
la primera y luego va a por la segunda y la tercera. No puedo evitar sonreír.
Gracias a Dios. Puede que sean feas, pero es evidente que saben bien si se las
come tan rápido.
―Guárdame alguna ―bromeo, inclinándome hacia delante y cogiendo una
galleta.
Mientras él se mete el resto de una galleta en la boca, yo doy un pequeño
mordisco. No me gustan mucho las galletas, pero sé que a él le gustan. En cuanto
siento el sabor en la boca, me entran arcadas. Instintivamente, la escupo en la
mano. Dejo caer la galleta blanda de la mano sobre el plato, deseando haber
cogido una servilleta antes de salir de la cocina.
―¡Oh, Dios, Kado! ¿Por qué te las comes? ¡Están horribles! ―grito
arrancándole otra galleta de la mano.
Hace un mohín mirando el plato con anhelo.
Sé que antes de mí sus papilas gustativas eran cuestionables con toda la
comida procesada que comía, pero seguro que no eran así de malas.
Finalmente caigo en cuenta que nunca antes había tenido problemas en
decirme que algo no le gustaba, así que es evidente que se lo come para no herir
mis sentimientos.
―Son horribles ―gimo, echando la cabeza hacia atrás sobre el respaldo del
sofá.
Lo peor es que ni siquiera sé dónde metí la pata, pero está claro que cogí el
ingrediente equivocado en algún momento del proceso de mezcla.
Kado se mueve a mi lado y noto que saca su móvil. Cierro los ojos y espero
a que teclee lo que quiera decirme. Cuando termina, me da un golpecito en la
pierna y abro los ojos.
Le quito el teléfono, respiro hondo y comienzo a leer.
Me las comía porque las hiciste tú. No te gustan las galletas, de modo que las hiciste
solo para mí cuando no tenías por qué hacerlo. Nadie ha hecho eso desde que murió mi
madre. Comiéndolas, te mostraba mi agradecimiento.
Mi corazón da un vuelco al leer sus palabras. Realmente, ¿quién podría
enfadarse cuando escucha ese razonamiento? Sin embargo, mis ojos vuelven una
y otra vez a una palabra.
Su madre.
―Nunca la habías mencionado. ¿Puedes hablarme de ella?
Kado se revuelve en el sofá, apretando las manos sobre las rodillas y
frunciendo el ceño.
Sacudo la cabeza, dejando su teléfono entre nosotros.
―No importa, no tienes por qué hacerlo. Siento haber preguntado.
Me pone una mano en la pierna y me paralizo. Vuelvo a mirarle y veo una
expresión de determinación en su rostro cuando coge el teléfono y comienza a
escribir. No sé lo que está a punto de decirme, pero algo me dice que no me va a
gustar lo que me diga.
Quiero ahorrarnos a ambos el dolor por nuestros pasados, pero a veces las
conversaciones difíciles tienen que producirse para que avancemos, así que creo
que este podría ser nuestro momento.
Kado
Releo todo lo que he escrito y compruebo que esté todo detallado, desde
que era un niño hasta ahora. Reticente, le entrego el móvil y espero. Las palabras
se repiten en mi mente a medida que ella las lee.
Cuando era pequeño, mi padre se marchó. Mi madre entristeció, pero yo era más feliz
sin él. No teníamos mucho, pero era obvio que ella me quería. Se desvivía por hacerme reír y
siempre se aseguraba que tuviéramos una hornada de galletas recién hechas. Para ella era
importante que aprendiera inglés, pero también quería que conociera nuestra cultura y
supiera hablar japonés.
Entonces, una noche, me arropó y me leyó un cuento para dormir. Me besó en la frente
y me dijo que me vería por la mañana. Cuando me desperté, advertí que era más tarde de lo
normal. La llamé buscándola, pero no respondió. Pensé que estaría enfadada conmigo por
dormir hasta tarde. Entonces la encontré tendida en un charco de sangre. Casi resbalo al
intentar llegar hasta ella. Al principio pensé que estaba jugando a castigarme por
despertarme tarde. Luego me di cuenta que había muerto, aunque seguí gritando su nombre
cada vez más fuerte llorando, abrazado a ella.
Una vecina me encontró y me limpió. No sé qué pasó exactamente después, pero
acabé con el padre de Kai. Me prometió que me ayudaría a vengarme. Me tomó bajo su
protección y me entrenó. Y cuando llegó el momento, estuvo a mi lado cuando maté por
primera vez al hombre que mató a mi madre.
Me dio un propósito y me enseñó lealtad a la vez que me daba un techo. De lo que no
se dio cuenta es que mi lealtad no era para él, sino para su hijo. Kai y yo estrechamos lazos a
raíz de lo que sufrimos con su padre, y así es como me convertí en lo que soy.
―Te dañaste las cuerdas vocales al llorar por ella, ¿verdad? ―pregunta Lucy
entre lágrimas, sobresaltándome.
Asiento con firmeza.
Como siempre, Lucy me pilla desprevenido y se arrastra hasta mi regazo,
rodeándome el cuello con los brazos y hundiendo el rostro en mi hombro. Sus
lágrimas mojan mi camisa al llorar.
Cojo el móvil y escribo un mensaje rápido antes de ponérselo en la pierna.
No llores por mí.
―Lloro por el chico que se vio obligado a crecer mucho antes de lo que
nadie debería tener que hacerlo. Lloro por el chico que perdió a su única familia,
pero Kado, no lloro por cómo acabaste. Me alegra que te vengaras.
La estrecho contra mí abrazándola.
―¿Por eso tienes este lugar tan herméticamente sellado? ¿Sin ventanas y con
un enorme dispositivo de seguridad?
Antes era para que nadie pudiera sorprenderme, pero ahora es todo por
ella.
Quiero mantenerte a salvo.
Sus ojos se suavizan al leer mi mensaje. ―Y lo haces muy bien.
Se inclina hacia delante, rozando sus labios con los míos.
Gracias a Dios, ella lo entiende. El único que conoce toda la historia de mi
infancia es Kai, y ahora ella. Me siento bien al tener a alguien que conoce mi
infancia como él.
―Entonces debería hablarte de mi infancia, ¿eh?
Me encojo de hombros. ¿Quiero saberlo? Sí, aunque puedo vivir
ignorándolo si hablar de ello puede causarle dolor. Que sufra es lo último que
quiero.
Lucy suspira y luego empieza a hablar en voz baja.
―No recuerdo a mis padres. No sé si tuve hermanos o algún otro familiar.
Según el expediente de mi caso, me dejaron en un parque de bomberos cuando
tenía unos dos años, en mitad de la noche. Me hicieron una foto antes de
limpiarme, estaba cubierta de mugre y tenía el cabello enmarañado. Así que está
claro que mis padres no me cuidaron bien, y lo mejor que hicieron fue dejarme
allí.
Respira hondo.
―Me metieron en una casa de acogida. Pensaron que, como era tan pequeña,
me adoptarían rápidamente, pero eso nunca ocurrió. Una familia lo intentó
cuando era un poco más mayor, los Quinn. Viví con ellos año y medio. Estaba
muy ilusionada por convertirme en su hija, pero justo antes de llevarse a cabo,
tuvieron que echarse atrás. Él aceptó un trabajo en el extranjero, y si me hubieran
adoptado, habría tenido que rechazarlo. No puedes irte durante un tiempo
después de adoptar. A partir de ahí, fui saltando de casa de acogida en casa de
acogida hasta la mayoría de edad. El día que cumplí dieciocho años, encontré
todas mis cosas esperándome en la acera cuando llegué del instituto. No me
permitieron volver a esa casa de acogida y me dijeron que me las arreglara. Así
lo hice. Encontré un trabajo precario que podía hacer por la noche mientras iba al
instituto durante el día hasta que me gradué. Antes de ti, a lo largo de varios
años, funcioné en modo supervivencia. Acepté todos los trabajos raros que pude
para mantener un techo sobre mi cabeza y comida en mi estómago.
Probablemente debería haber presentado más resistencia cuando me llevaste e
intentar huir, pero estaba tan cansada. Sabía que no podría huir lo bastante lejos
de ti, así que me quedé ―dice con voz cansada―. Pero me diste un lugar donde
descansar y, aunque al principio lo odié, lo necesitaba desesperadamente. Ahora,
me encanta lo que tenemos aquí. Sé que estoy a salvo contigo y, por primera vez
en años, no tengo que mirar constantemente por encima del hombro pues sé que
no dejarás que nada me lastime. Me siento segura en este lugar que llamamos
hogar y sé que nada atravesará esa gran puerta y llegará hasta nosotros porque
tú no lo permitirás. Tú me diste eso, Kado, y por ello siempre te estaré
agradecida.
Mi corazón duele al estrecharla contra mí. Quiero encontrar a su familia
biológica y al que se burló de ella con la adopción y matarlos. Mi chica se merece
el mundo, y la han defraudado.
Sin embargo, si no hubiera pasado por todo eso, ¿la habría encontrado?
¿Sería mía ahora?
Por mucho que odie admitirlo, debería dar las gracias a sus padres y a todos
los padres de acogida de mierda que tuvo.
Echándome hacia atrás, le inclino la barbilla para que me mire.
―Gracias ―digo áspero.
Las lágrimas ruedan por sus mejillas mientras sus ojos se entrecierran al
mirarme.
―No hables. Si tienes algo que decir, escríbelo.
Pongo los ojos en blanco y cojo el móvil, tecleando con una mano.
Nunca dejaré que nada ni nadie te haga daño.
Sus ojos se suavizan. ―Lo sé, Kado. Lo sé.
Vuelvo a atraerla hacia mí, apoyo los labios en su frente y me hago una
promesa. En el momento en que ayude a acabar con esta red de tráfico sexual, le
daré la vida que se merece. Se la ha ganado, y puede que yo también.
CapíTulo 22
Lucy
Los nervios recorren mi cuerpo al pasar las palmas sudorosas por la parte
superior de los muslos. Anoche, recibí un mensaje de Nikita preguntándome si
me gustaría almorzar solo con ella en su casa. No la conozco muy bien, pero lo
que sé, me gusta. Podría sentirme más unida a ella que a las otras chicas. Creo
que podría intimar más con ella que con las demás.
Cuando le enseñé el texto a Kado, me preguntó si quería y se ofreció a
llevarme, lo que solo hizo que le quisiera más. No me dijo que no podía, aunque
el marido de Nikita forma parte de otra familia.
También he ido aprendiendo poco a poco. Kado me ha estado enseñando
todo sobre cómo funcionan las familias. Ahora sé quién es importante y quién
no. Sé con quién nos llevamos bien y a quién debo evitar a toda costa. Es como
un curso acelerado.
Nos detenemos ante un edificio y mi estómago se agita. ¿Por qué estoy tan
nerviosa? Solo es un almuerzo.
Kado me da unos golpecitos en el muslo, llamando mi atención. Le miro y
veo que tiene el ceño fruncido, estudiándome.
―Estoy bien. Solo estoy un poco nerviosa. ¿Y si esto sale fatal? Al parecer
nos llevamos bien como grupo, pero seremos únicamente nosotras dos. Ni Miya,
ni Cleo, ni Autumn para hacer de amortiguador.
Kado coge su teléfono y teclea un mensaje rápido antes de pasármelo. Sale
del coche y rodea el capó mientras leo.
Sería estúpida si no te quisiera.
Las mariposas invaden mi estómago. ¿Cómo sabe qué decir cuando necesito
oírlo?
Me abre la puerta del coche y me ayuda a salir. De la mano, me acompaña al
interior. Tras recibir el visto bueno de la gente de Declan, nos permiten acceder a
su planta. Kado llama a la puerta cuando nos detenemos ante ella.
Rápidamente, se abre y una Nikita igual de nerviosa se encuentra al otro
lado.
―Bienvenida ―dice, haciéndose a un lado.
Kado aprieta mi mano, atrayendo mi atención hacia él. Se inclina hacia
delante y me besa dulcemente. Demasiado pronto, se aparta y suelta mi mano.
Extiende la mano hacia delante y toca mi bolsillo.
―Llamaré cuando esté lista ―confirmo.
Se vuelve hacia Nikita y hace una reverencia antes de alejarse por el pasillo.
―¿Estás tan nerviosa como yo? ―pregunta Nikita cuando entro.
―Dios, sí. ―Suelto una risita y cierra la puerta.
―Ven conmigo. ¿Quieres beber algo? ¿Café, té, agua?
―Té estaría bien ―le digo.
La sigo a la cocina y me quedo de pie junto a la isla, al tiempo que ella se
dedica a preparar el té.
―¿Qué tal estás desde la última vez que te vi? ―pregunto rompiendo el
silencio.
―He estado bien. Estoy bien. El malestar ha remitido, así que me muevo con
más facilidad.
―¿Malestar? ―Frunzo el ceño.
Seguro que no me habría invitado si fuera contagioso, ¿verdad?
Nikita se encoge de hombros. ―Náuseas matinales.
―¡Oh, oh! Felicidades ―digo cuando sus palabras toman sentido―. ¿De
cuánto estás?
Mis ojos se posan en su vientre y, efectivamente, tiene un pequeño bulto
oculto bajo la ropa. ¿Cómo no me había dado cuenta?
―Aún no estoy ni a la mitad.
―¿Estás emocionada?
Nikita inclina la cabeza hacia un lado.
―Sí, al principio tenía miedo. No creí que fuera a ser una buena madre, y no
sabía cómo se lo tomaría Declan. Pensé que un hijo sería todo lo que tendría,
pero cuando me enamoré de Declan, eso cambió. Imaginaba que dispondríamos
de más tiempo, ya que no llevábamos mucho juntos cuando sucedió, pero los dos
estamos encantados.
―Me alegro por ti. Un hijo es una bendición.
―¿Has pensado en tener hijos? ¿Los tendrás con Kado?
Su pregunta me pilla desprevenida, no porque me parezca espantosa, sino
porque es algo en lo que nunca he pensado en realidad.
―No lo sé. Es una conversación que no hemos tenido.
Sacudo la cabeza, pensando en ello. ¿Quiere tener hijos? Una imagen de un
niño medio asiático con su tez y mi color de ojos recorre mi mente, haciendo que
mi corazón se estremezca de la mejor manera posible.
Nikita asiente.
―Lo comprendo. Cuando se ha vivido como nosotras, es difícil pensar en la
posibilidad de un futuro.
―Lo entiendes.
―Sí, pero por lo que veo, eres feliz, ¿no?
―Mucho. Kado es un gran hombre.
Nikita inclina la cabeza de un lado a otro.
―No conozco bien a tu Kado, pero por lo poco que he estado con él, parece
simpático. Conozco a hombres como él. Son duros por fuera, pero blandos por
dentro, solo dispuestos a quebrarse por aquellos que pueden meterse en su piel.
Apoyo la barbilla sobre la palma de la mano y el codo sobre la encimera.
―¿Has conseguido meterte en la piel de tu marido?
Una pequeña sonrisa se dibuja en sus labios al servir el té en las tazas.
―Así es. Aunque al principio no lo supe.
Desliza una taza de té hacia mí y coge la suya.
―Basta ya de hablar de nuestros hombres, vamos a sentarnos a hablar de
otra cosa.
La sigo hasta el salón y me siento en una butaca y ella en el sofá, con las
piernas extendidas hacia delante y los pies en alto.
Frunce el ceño mirándose las piernas.
―Ya estoy hinchada como un globo.
Pongo los ojos en blanco. ―No lo estás.
Aunque tenga las piernas ligeramente hinchadas, no es más de lo que
tendría alguien que lleva todo el día de pie trabajando. Tiene buen aspecto,
aunque parece que siempre vemos más nuestros defectos que los demás.
―Confía en mí, lo estoy. Ahora dime, ¿tú también creciste en la mafia?
Sacudo la cabeza. ―Dios, no, todo esto es nuevo para mí. ¿Y tú?
―Sí, mi padre forma parte del sindicato ruso, aunque no el que estamos
investigando.
―¿Así que sabes lo del tráfico? ―Me siento más erguida.
Pensé que Kado sería el único con quien podría hablar de esto, pero si ella lo
sabe, también podría comentarlo con ella.
Nikita asiente bebiendo un sorbo.
―Tristano, el mejor amigo de Declan, secuestraron a su mujer, Serena.
―Ella es la poli, ¿no?
―Ex policía. ―Una pequeña sonrisa se dibuja en los labios de Nikita―. Lo
dejó y se unió al lado oscuro cuando se enamoró.
―¿El lado oscuro? ―Me rio.
Nikita levanta una ceja.
―Es el lado oscuro, ¿no? No somos los buenos, sino los villanos que se
cargan lo peor de lo peor.
―Nunca lo había pensado así, pero tienes razón.
Quizá por eso no me molesta lo que hace Kado. Puede que no estemos del
lado del bien per se, pero tampoco permitimos que otros hagan cosas
desmesuradas.
―Te gustaría Serena. Quizá la próxima vez que nos visiten puedas
conocerla.
―Me gustaría ―le digo―. ¿Puedo hacerte una pregunta?
―Por supuesto, si tengo la respuesta, te la diré.
―¿Qué pasa con las cosas raras que suelta Autumn? La mitad de las veces
que habla, no sé lo que dice, y a veces es como si pudiera ver directamente
dentro de mi alma.
Nikita echa la cabeza hacia atrás y se ríe tan fuerte que su cuerpo tiembla.
Cuando finalmente se calma, se seca las lágrimas de debajo de los ojos.
―Déjame que te haga un resumen de las chicas.
Durante las dos horas siguientes, me cuenta todo lo que necesito saber sobre
las chicas y sus hombres. Por primera vez en la vida, siento que tengo una amiga
con la que cotillear, y me encanta.
Pensé que haber sido secuestrada por Kado era el final de mi vida, pero
poco sabía que no era más que el principio.
Ahora tengo un hombre, una mejor amiga y un grupo de chicas que me
cubre las espaldas. No solo eso, sino que tengo un propósito más allá de trabajar
para sobrevivir.
Estoy viviendo de verdad.
Kado es lo mejor que me ha pasado nunca.
Kado
Entretanto Lucy mantiene su cita con Nikita, yo me dirijo a la oficina de Kai.
Descubrir que el hombre al que estoy investigando, ha encontrado también
una razón para toparse con Lucy me hiela la sangre. Es evidente que el hombre
nos observa, igual que nosotros a él. Me pregunto si habrá presenciado lo que
hice a su pequeña marioneta. Debería haberle matado más despacio.
Hasta que no estoy en el despacho de Kai no puedo desatar por completo
toda esta energía negativa que hay en mi cuerpo.
―Algo va mal. ¿El ring primero o después?
Hago un gesto con la cabeza hacia la puerta que da al gimnasio que ha
montado junto a su despacho. Se desabrocha las mangas de la camisa,
subiéndoselas.
Recuerdo cuando Kai ni muerto se ponía traje y corbata. Ahora lleva uno
casi a diario para mantener las apariencias ante el público como hombre de
negocios.
Madre mía, cómo cambian las cosas.
Una vez que sube al ring, me pongo a su altura.
Entonces nos movemos. Es como un baile entre nosotros. Saltamos en
círculos el uno alrededor del otro, cada uno dando un paso adelante cuando
vemos un hueco para dar un golpe.
Hacemos esto una y otra vez hasta que finalmente estalla la presión en mi
interior.
Me muevo rápidamente, poniendo a Kai a la defensiva. Apunto a su cara
con un puño, sabiendo que lo bloqueará, y luego golpeo su riñón con el otro.
Gruñe, pero no me detengo.
Le golpeo una y otra vez hasta que empiezo a sentirme agotado. Entonces
salto hacia delante, rodeándole el cuello con los brazos y ambos caemos al suelo.
Tarda unos segundos, pero al final Kai se rinde.
Sonrío interiormente, finalmente la tensión desaparece.
No gano a menudo contra Kai, pero cuando lo hago, es una dulce victoria.
Nos ponemos de pie, sudando. Me sacude la cabeza, dándome una palmada
en el hombro.
―Volvamos a mi despacho y charlemos ahora.
Le sigo hasta su despacho, aceptando la botella de agua fría que me ofrece.
Luego me desliza un portátil por el escritorio.
―Isamu tenía esto encriptado para que lo utilizaras. Pensé en quedármelo
por ahora, pero si te gusta, trabajaremos para conseguirte uno portátil en el
futuro.
Asiento y abro el ordenador. Ya está conectado y abierto al programa.
―Escribe lo que quieras decir ―me anima Kai.
Así que comienzo a teclear.
Tenemos un problema.
Una voz robótica repite mis palabras.
―Tenemos un problema.
Ladeo un poco la cabeza al oírlo. Kai se ríe.
―Trabajaremos en la voz. ¿Cuál es el problema?
―El hombre que buscamos le dijo a Lucy que se llamaba Ben. ―Frunzo el
ceño ante la máquina, pero miro a Kai.
―¿Cuándo le conoció? ―pregunta él.
―Ese es el problema. ―La voz hace una pausa―. Dice que se encontró con
ella en una de las boutiques con Miya hace meses. Ni tan siquiera tendría que
saber que existía.
Kai frunce el ceño.
―¿Crees que iba detrás de Miya? No es como si Kenji y ella mantuvieran su
conexión en secreto. Podría verlos vigilándonos.
Considero sus palabras. Tiene razón. Es posible que Lucy estuviera en el
lugar equivocado en el momento equivocado. Incluso cuando creyó verle la
segunda vez, estaba con Miya.
Sin embargo, tengo la sensación que no es así. Mi instinto me dice que iba a
por Lucy por su conexión conmigo.
―Creo que Lucy es el objetivo. Quiere llegar hasta mí. Soy yo quien ha
estado matando a su gente. Él ya lo sabe. Le he hecho saber el trato que tendría
cualquier persona relacionada.
Frunzo el ceño al pensarlo. Cuando comencé esta cruzada, no me importaba
si vivía o moría. Solo quería hacer algo bueno en el mundo. Acabar con esa
repugnante gente que secuestra y vende a otros humanos. Nunca se me ocurrió
que algún día podría tener a alguien a quien pudieran utilizar en mi contra.
Si llegara a atrapar a Lucy, me haría el seppuku 7. Me atravesaría el
estómago con una espada corta y tendría una muerte dolorosa. Tendría que
hacerlo. No sería capaz de vivir sin ella.
―Siempre has tenido buenos instintos. Confío en ellos. ¿Dónde está ahora?
Golpeo las teclas, odiando que le hayamos perdido una vez más.
―Después de salir del bar, apagó el teléfono. Creo que no nos vio, pero
pienso que esperaba que le siguiéramos. Es más listo de lo que parece. Creo que
todo esto ha sido una trampa. Ahora estamos como al principio. Su nombre es un
alias. No conocemos el auténtico. La casa que ha registrado a su nombre está
vacía. Allí no vive ni un ratón. Estoy en un callejón sin salida.
Kai se frota la cara.
―No la pierdas de vista. No más salidas. Especialmente sin ti.
Casi suena como si se preocupara por mi Lucy.
―Pensaba que no confiabas en ella.
Se encoge de hombros.
―Yo no, pero tú sí y confío en ti. Si me dices que no nos va a joder, no me
involucraré. Pero si te hace daño a ti o a alguien de esta familia, acabaré con ella.
Lo sabes, ¿verdad?
Le muestro los dientes.
Se lo toma a risa.
―Lo sé. Aunque así fuera, seguirías amándola. Lo entiendo, hombre.
Amor. Es un concepto novedoso. Algo de lo que siempre he oído hablar,
pero que nunca he experimentado.
Hasta ahora.
Amo a mi Lucy.
―Ve con tu chica. Tal vez deberías dejar de llevarla a trabajar por el
momento. Al menos hasta que sepamos que es seguro ―dice Kai, poniéndose en
pie.
7 El seppuku, harakiri, haraquiri o hara-kiri (腹切 o 腹切り lit. 'corte del vientre') es el ritual de
suicidio japonés por desentrañamiento.
―Está con Nikita. ¿Estás diciendo que, cuando sea seguro, podré volver a
llevármela? ―Levanto la vista de la pantalla hacia él.
―Ella te hace feliz, y creo que te aporta una ventaja que te faltaba. Si ella está
contigo, creo que te esforzarás un poco más por volver a casa cada noche. Solo
por eso, abrazo a la chica. Me alegra que hayas encontrado a alguien.
Me levanto, inclinando ligeramente la cabeza hacia él.
―Ponte en marcha. Haré que Kenji investigue esto más a fondo. Si ella es
realmente el objetivo, debes mantenerte cerca.
Le agradezco que lo comprenda. Que él también quiera protegerla.
Kai es mi jefe, pero también es como un hermano para mí. Cuando su padre
me acogió, me introdujo en su círculo y castigó a cualquiera que se burlara de mí
por no ser capaz de hablar.
Saber que me apoya en esto significa mucho para mí.
Ahora solo tengo que asegurarme que mi chica se mantiene a salvo.
CapíTulo 23
Lucy
Kado ha estado raro toda la semana. Ha estado más apegado de lo normal,
no es que me moleste, pero no es propio de él. Si a eso le añadimos que no ha
salido ni una sola vez a trabajar, sé que algo va mal.
Sin embargo, no quiere hablar de ello. Cada vez que le pregunto, me distrae.
Ya sea con su cuerpo o entrenando. Es lo único que hemos estado haciendo. Ni
siquiera hemos salido de casa. Si no lo hacemos pronto, nos quedaremos sin
comida.
Me está volviendo loca.
No es que me haya importado todo el sexo loco y salvaje que hemos estado
teniendo. Debería haber sabido que algo pasaba cuando me pidió que hiciera una
lista de cosas que quería probar. Pensé que era una forma divertida para él de
aprender más sobre sexo.
Hasta que empezó a repasar la lista una por una. Me ha follado contra la
pared, inclinada sobre la encimera de la cocina y mientras leía un libro.
Incluso inició el sexo esta noche estando yo dormida, por lo que acabamos
abrazados, mirando al techo.
―Kado, ¿podemos hablar ahora? ―le susurro acostados en la cama.
Sacude la cabeza.
―Sé que algo va mal. Quiero saber qué es. Esto es una asociación,
¿recuerdas? ¿Al estilo de Bonnie y Clyde? Confiamos el uno en el otro.
Compartimos. No me dejes fuera ―le miro desde mi posición sobre su pecho.
Me mira como si mis palabras le dolieran. No quiero que se sienta así, pero
tiene que saber que yo tampoco me conformaré con vivir así.
Finalmente, coge el teléfono de la mesilla y teclea.
No es que no confíe en ti. No quiero que esto te afecte. Quiero protegerte.
―Protegerme, pero si no me lo dices, ¿cómo voy a saber de qué me
proteges? ¿O que pueda protegerme yo misma?
Deja escapar un suspiro antes de teclear durante varios minutos.
Cuando finalmente me lo entrega, comprendo por qué dudaba tanto.
El hombre que viste en el bar, creo que va a por ti. No por nada que hayas hecho, sino
porque estás conmigo. He eliminado a muchos hombres de su organización. Creo que ocupa
un puesto bastante alto, pero no el más alto. Creo que ha estado jugando conmigo.
Dejándome migajas a seguir para caer en su trampa. Ahora me preocupa que te haga caer en
ella. No puedo soportar la idea de perderte, Lucy. Me mataría. Así que te protejo de la mejor
manera que sé.
Es tan dulce y a la vez trágico. Ha detenido su vida porque le preocupa que
la mía esté en peligro.
―Sin embargo, no podemos dejar de vivir por ello. Ya viví una vida en la
que solo sobrevivía. Era aburrida y gris. Tú me abriste los ojos y me mostraste
todos los colores. No quiero volver a eso nunca más. ¿Cómo sabes que no puede
atraparnos aquí? Supongo que por eso no hemos salido en casi una semana.
Asiente a mis palabras antes de teclear.
Este lugar es seguro. Nadie sabe dónde está. Ni siquiera Kai.
―¿En serio? Pensaba que se lo habrías dicho a alguien.
Si saltan las alarmas y no respondo a ellas en el plazo de un minuto, Kai y Kenji son
alertados y se les envía un pin con nuestra ubicación. Aunque jamás lo he necesitado. Espero
no hacerlo nunca. Este lugar es nuestra casa segura. Donde nada puede tocarnos.
―Esta casa no es mi lugar seguro, Kado. Tú lo eres.
Me apoyo en su pecho y le beso suavemente. Cuando voy a retroceder, deja
caer el teléfono antes de deslizar su mano por mi cabello y sujetarme, tomándose
su tiempo para explorar mi boca con su lengua.
Esto es diferente. Normalmente, somos más bruscos. Así es como me gusta,
pero ahora mismo, esto no es por mí. Es por él.
Es más suave. Más como hacer el amor. Nunca pensé que me gustaría el
sexo lento y sensual, pero cuando me tumba boca arriba, me siento realmente
atraída.
Me besa el cuerpo, asegurándose de no perderse ni un centímetro de mi
piel. Cuando llega a mi tobillo, cambia de pierna y vuelve a subir. Me besa
suavemente los labios antes de coger un preservativo. Lo levanta en forma de
pregunta, a lo que yo respondo que sí, como siempre.
Se la pone, pellizcándola como le enseñé. Luego se desliza dentro de mí
lentamente.
Es diferente de lo habitual, pero de algún modo mejor. Como si en este
momento estuviéramos realmente conectados.
Me mira fijamente a los ojos y empieza a penetrarme lentamente. Mueve
mis caderas para llegar a ese punto dulce antes de inclinarse y besarme los labios.
Continúa atormentando mi cuerpo una y otra vez, bañando mi cara de
besos.
El amor que siento en mi corazón se refleja en sus ojos. He estado tan
perdida en mis sentimientos por él, que nunca me había planteado si él sentía lo
mismo.
El hombre que me mira ahora está tan enamorado de mí. Puedo sentirlo en
su mirada. El tacto de sus manos sobre mi cuerpo. Cómo se toma su tiempo,
proporcionándome placer lentamente y con cuidado. Cuando mete la mano entre
nosotros para acariciarme el clítoris, finalmente me corro.
Esas dos palabritas amenazan con salir de mis labios, pero en su lugar se
escapa su nombre.
Él me sigue con su propio placer, jadeando sobre mí.
Después de asearnos ambos, vuelvo a acurrucarme contra su pecho.
En la tranquilidad de la noche, le susurro:
―Gracias por cuidarme.
El ligero roce de su mano en mi cabello me dice que me ha oído.
Con eso, caigo en un letargo profundo, soñando con mi hombre grande y
silencioso.
El mismo hombre del que estoy locamente enamorada.
Kado
Abro los ojos tan pronto como comienza a sonar la alarma.
Mierda. Por favor, que sea un animal.
Incluso al pensarlo, sé que no es cierto. Ni una sola vez un animal ha hecho
saltar mis alarmas.
Me incorporo, tirando de Lucy conmigo, quien sigue tumbada sobre mi
pecho.
―¿Qué es ese ruido? ―gime.
Joder. Está desnuda y vulnerable. Yo también, pero ¿a quién coño le
importo cuando mi mundo está aquí mismo?
Levanto a Lucy, salgo de la cama y me dirijo al armario. La dejo dentro y
levanto la mano para decirle que se quede aquí.
Ahora está totalmente despierta. Me mira con los ojos muy abiertos. Se da
cuenta que esto va en serio. Aquí no hay falsas alarmas.
La encierro en el armario, esperando como el infierno poder detenerlo antes
que entre aquí.
A él, porque sé quién es. Es Ben, o como se llame en realidad. Nos ha estado
vigilando mucho más de lo que pensaba.
La he cagado.
He estado tan centrada en Lucy que no he sido tan diligente como debería.
Me he descuidado. No volverá a ocurrir.
Si soy capaz de sacarnos de esta sin sufrir daños, nunca volveré a ser
negligente. Ni siquiera me había dado cuenta del riesgo que corría Lucy. No
podré vivir conmigo mismo si le ocurre algo.
No me molesto en ponerme ropa. Es una pérdida del poco tiempo que
tengo. El hombre ya nos estará buscando.
Saliendo a hurtadillas de la habitación, cierro la puerta con cuidado tras de
mí. Todo el lugar está a oscuras. Lo tengo programado de ese modo para que no
exista ninguna ventaja ante un intruso. Corto la electricidad de la vivienda al
introducir el código.
Escucho un raspón y luego una palabrota ahogada. Está en el salón. Pensé
que Lucy estaba loca al necesitar una mesa de centro y dos auxiliares, sin
embargo, a juzgar por la dirección del sonido, acaba de chocar con una de ellas.
Quizá sí tengan una finalidad.
Mis ojos ya están bien adaptados a la oscuridad, así que veo al hombre
inmediatamente al acercarme.
Lleva gafas de visión nocturna. Pues claro que las lleva.
Permaneciendo en silencio, me dirijo al panel situado junto a la puerta.
Introduzco el código, desactivo la alarma y enciendo todas las luces.
―Joder ―le oigo murmurar.
No me lo pienso dos veces. Corro hacia la sala aprovechando su ceguera
momentánea para emboscarle. Caemos al suelo al hacerle un placaje. Comienzo a
lanzar puñetazos y golpes, intentando incapacitarle. Consigo hacerme con la
pistola que llevaba en la mano y la arrojo al otro lado de la sala hasta la cocina.
Estaba en lo cierto. Es Ben. Va vestido completamente de negro, con aspecto
de improvisado asesino. El problema es que soy el mejor que hay. No debería
haberme jodido.
Me empuja con todo su peso, haciéndome caer a un lado.
Me pongo en pie de un salto para rodearle, pero me está esperando.
―Ay, qué monada. ¿Crees que tienes alguna posibilidad? Llevo meses
observándote. Os he visto a ti y a esa zorrita juntos. ¿Tan patética es que la
secuestraste y aun así se enamoró de ti? Tsk tsk. Ya traté de rescatarla una vez.
Entonces debería haber venido conmigo.
Quiero decirle que es mucho peor que yo. Si se hubiera ido con él, la habrían
vendido al mejor postor.
Ese pensamiento me enloquece.
Me abalanzo sobre él, pero lo esperaba. O tal vez lo deseaba, ya que me
golpea en el culo antes de subirse encima de mí.
Me rodea el cuello con las manos y aprieta al tiempo que habla.
―Me pregunto cómo se sentirá tu pequeña Lucy cuando libere a este mundo
del monstruo que le robó la vida. ¿Crees que estará lo bastante agradecida como
para chuparme la polla? Seguro que tendría que entrenarla. Soy mucho más
grande que tú.
Vuelve a mirar mi polla flácida apoyada en mi pierna.
Sin embargo, es el momento que necesito.
Me revuelvo contra él, haciéndole retroceder. Le agarro de las piernas,
cambiando de posición, hasta que sus piernas quedan aplastadas contra su
pecho. Intenta por todos los medios zafarse, pero lo tengo atrapado.
Sin embargo, mi agarre resbala. Entre el sudor de mi cuerpo y su piel
desnuda, voy a perder el control sobre él. Intento pensar qué hacer a
continuación, pero antes de poder hacerlo, Ben se lanza hacia delante, dándome
un cabezazo.
Gruño de dolor, pero consigo sujetarle. Sin embargo, consigue destensarme
lo suficiente como para que él se contonee. Cuando intento reajustar mi agarre,
consigue soltarse, poniéndose en pie.
―Tengo que admitir que eres más duro de lo que creía. Aunque no lo
bastante para salvarla. Cuando te mate, me la follaré en tu cama. La penetraré
por los tres agujeros hasta que me ruegue que pare. Entonces se la entregaré a
Artem para que la venda en el próximo mercado. No será hasta dentro de tres
semanas, pero una belleza como ella se llevará una buena pasta, y luego yo me
llevaré una buena comisión por conseguirla. Quién sabe, quizá renuncie a mi
comisión por la oportunidad de follármela una y otra vez hasta que se venda.
―Se lame los labios, mirándome fijamente.
La ira me ciega, pero intento mantener el control. No puedo perder los
estribos. Tengo que mantener la calma y la serenidad.
No cometer más errores.
De forma más calculador, doy un paso a mi izquierda, de modo que me
coloco de espaldas a la cocina. Él refleja mi paso, colocándose justo enfrente de
mí. Luego amago a la derecha, haciéndole repetir lo mismo mientras corro hacia
él a toda velocidad. La pared de metal golpea cuando chocamos contra ella,
haciendo que el metal se doble ligeramente.
Caemos al suelo, forcejeando el uno con el otro para ganar ventaja. Él
mueve el brazo hacia abajo, dejando una abertura. Lo cojo e intento tumbarle
boca arriba, pero entonces siento un dolor punzante en las tripas. Lo reconozco
inmediatamente. Ya me habían apuñalado antes. Muchas veces, en realidad.
Quizá once o doce.
Este es la peor.
No por el dolor ni por el lugar.
No, es lo peor porque significa que seré más lento. Un blanco más fácil para
este hombre.
Podría ganar este combate, y si lo hace, mi mujer estará en peligro.
Eso es suficiente para ponerme en movimiento. Le empujo hacia atrás,
apartándole de mí, haciéndole tropezar hacia la mesa de café. Antes que consiga
caerse, suenan varios disparos en el aire.
Mi estómago cae.
Por favor, que sean mis refuerzos y no los suyos.
CapíTulo 24
Lucy
Estar sentada en el armario no hace nada por aliviar mi ansiedad. Al
principio, está oscuro y silencioso. Tanteo a mi alrededor, tirando de algunas
prendas en la oscuridad. Ni siquiera sé si son mías o suyas.
Luego permanezco inmóvil y espero. No sé si ha pasado un minuto o una
hora entera. Estar en ese armario parece haber distorsionado el tiempo.
El corazón se me acelera en el pecho al intentar escuchar cualquier señal de
Kado.
Necesito que vuelva conmigo.
De repente, la luz del armario se enciende y la alarma se detiene. Entonces
oigo un gran estruendo procedente del exterior del dormitorio. Kado me dijo que
le esperara aquí, pero no puedo. No cuando sé que está ahí fuera luchando.
¿Y si tiene problemas?
Peor aún, ¿y si muere?
Nunca podré vivir conmigo misma si él muere mientras yo me escondo en
un armario. Yo no soy así. No soy una pudorosa mujer, dispuesta a sentarse y
esperar a que la rescaten. Soy la heroína de mi propia historia.
Con cuidado, salgo del armario. Dejo escapar un suspiro aliviada cuando
veo que la puerta del dormitorio está cerrada.
Tan silenciosamente como me es posible, me dirijo a la mesilla de noche de
mi lado de la cama. Dentro, encuentro mi pistola donde la dejé. Tras revisarla
como me enseñó Kado, quito el seguro.
Suena otro fuerte estruendo, haciendo acelerar mis pasos.
Mirando a ambos lados tras abrir la puerta del dormitorio, determino que el
ruido procede del salón o de la cocina. Lo que veo al doblar la esquina me
perseguirá el resto de mi vida.
Allí, en el suelo, Kado yace con un hombre encima. No puedo verle la cara,
pero tengo la sensación de saber quién es. De repente, Kado empuja al hombre
lejos de él. Se tambalea ligeramente, intentando recuperar el equilibrio.
No vacilo. Le apunto, rogando a Dios que no le dé a Kado. Luego aprieto el
gatillo varias veces.
El hombre cae al suelo.
Me pitan los oídos por disparar sin protección auditiva. Ahora entiendo por
qué Kado insiste siempre.
Me acerco al hombre al que he disparado. Es Ben. Lo reconozco enseguida.
No estoy segura si respira.
El pánico se adueña de mi pecho.
¿Le he matado?
No puedo hacerme a la idea que podría haberle quitado la vida a este tipo.
Se lo merecía. Intentaba herir a Kado, aun así. Me pesa enormemente. Siento que
se me llenan los ojos de lágrimas.
―Lucy.
Mi cabeza se dirige hacia Kado cuando el zumbido comienza a retroceder,
mirando fijamente a mi hombre en el suelo, sujetándose el abdomen.
―No hables. Estás herido. Oh, Dios. Tenemos que hacer presión.
Cojo una manta del sofá y corro a su lado, presiono en la herida, haciéndole
sisear.
―Lo siento. Sé que te duele.
―Lucy ―comienza de nuevo.
―No, Kado. Deja de hablar. Voy a cuidar de ti. No vas a morir. No mientras
yo esté aquí.
Gruñe, y su mano ensangrentada se acerca a mi cara.
―Te amo.
―Shhh. Hablar te hace daño. Por favor. No soporto verte herido. ―Las
lágrimas comienzan a correr por mi rostro.
Él las limpia con sus manos ensangrentadas.
―Necesitas saberlo. Te amo.
Sacudo la cabeza.
―No necesito que digas las palabras, Kado. Las siento. Aquí mismo.
Coloco una mano sobre mi corazón, la otra sigue presionando contra su
herida.
Luego me inclino hacia delante y le beso suavemente.
―Yo también te quiero, mi grande, fuerte y silencioso hombre.
Me acerca la cara a la suya hasta que nuestras frentes se tocan. Me aseguro
de mantener su herida taponada al tiempo que me impregno del consuelo que
me produce el gesto.
―¿Le he matado? ―Hago finalmente la pregunta que me ha estado
agobiando.
Kado acaricia mi rostro, haciéndome abrir los ojos.
Luego sacude rápidamente la cabeza. Agarra el cuchillo que hay en el suelo
y se aleja de mí en dirección a Ben.
―Oye, detente. Estás herido.
Me mira fijamente y me rodea. Tantea su pulso antes de señalarme con la
cabeza.
Me quito un peso de encima. No he matado a ese hombre. Sigue vivo.
En el instante siguiente, jadeo. Kado se inclina y utiliza el cuchillo para
degollar al hombre. Luego suelta el cuchillo y se arrastra hacia atrás para
apoyarse contra la pared. Agarra mis manos, que aún sujetan la manta, y vuelve
a apretarla contra su herida.
Nunca me he sentido más segura que en los brazos de Kado. Incluso ahora,
con él herido, sé que lucharía hasta su último aliento para que no me hiciera
daño.
Sé sin lugar a dudas que Kado es el hombre para mí y siempre lo será.
Nadie podrá ocupar el lugar que él se ha labrado en mi corazón. Está bien, de
todos modos. Ya tengo mi propia casita dentro del suyo.
Ahora, si pudiéramos ocuparnos de esta hemorragia, creo que me sentiría
mejor.
―Tenemos que ir a un hospital ―le digo.
Niega con la cabeza.
Estoy a punto de discutir cuando escucho unos pasos subiendo las escaleras.
Cojo mi arma, me giro hacia la puerta y apunto con ella a la abertura.
La mano de Kado se levanta, empujando el arma hacia abajo, justo cuando
Kenji y Haruaki entran corriendo por la puerta. La sala se llena de hombres de la
Yakuza, dirigiéndose hacia nosotros.
Dejo caer el arma y me vuelvo hacia Kado para presionar una vez más sobre
la herida.
―Está herido. Una cuchillada en la tripa, creo ―Kado asiente,
confirmándolo―. Necesita un hospital.
Kenji se mueve a mi lado. ―Yo me encargo.
Me muevo al otro lado de Kado a la vez que Kenji saca un equipo médico y
comienza a hacerle a Kado cosas que yo desconozco.
―Quiero aprender a hacer eso ―le digo.
Me sonríe.
―También quiso Cleo. Puedo enseñarte. O él puede. Sabe curar heridas.
Levanto la vista hacia Kado, pero ya me está mirando fijamente. Me tira del
cabello y arruga la nariz ante la sangre.
Articula con la boca, dúchate.
―No me ducharé contigo herido.
Gruñe, haciendo que Kenji se paralice por un momento.
―¿En serio? ―Me cruzo de brazos.
Asiente con la cabeza y se señala a sí mismo.
―¿Quieres que me duche por ti? ―Suspiro.
―Probablemente le enfurece ver la sangre que llevas encima. Sé que me
pondría furioso si fueras Miya ―murmura Kenji, sin levantar la vista de su tarea.
Miro a Kado, quien asiente entristecido.
―Bien. Pero una rápida.
Sonríe, asintiendo.
Inclinándome hacia delante, le doy un beso.
Luego me levanto, ignorando a los hombres que se deshacen del cuerpo de
Ben y me dirijo por el pasillo a nuestro cuarto de baño.
Lo único que puedo pensar es que me alegro que Kado me enseñara a
disparar y me comprara una pistola. Sin ella, no creo que ahora estuviera vivo.
Sin él, mi vida no significa nada.
Kado
Las palabras de Kenji eran ciertas.
Ver a Lucy cubierta de sangre me estaba sumiendo en un estado furioso.
Quería volver a matar a ese cabrón.
Solo que no puedo.
Cuando me arrastré hasta allí, realmente pensé que Ben seguía vivo. Pero no
respiraba.
Sé que prometí no mentir nunca a Lucy, pero al ver el pavor en su cara, no
podía dejar que soportara ese peso. Así que se lo quité. Como siempre haré.
Nunca habrá algo que ella cargue sin que yo la ayude.
Así que me llevaré a la tumba el saber que ella mató a Ben. Ya tengo tantos
cadáveres en mi alma, uno más no hará daño.
Puede que crea que está de acuerdo con el asesinato, pero no creo que ella
misma lo cometa alguna vez. Es demasiado buena para eso. Su alma es
demasiado brillante.
Ella puede ser la luna que ilumine mi oscuridad. La única cosita brillante
que me haga compañía y me ofrezca compañerismo durante las noches oscuras.
No puedo creer que me ame.
¿Cómo he tenido tanta suerte?
Siseo mientras Kenji presiona un poco más fuerte.
―Lo siento. Hay mucha sangre, aunque realmente no ha penetrado muy
profundo. Por lo que veo, no te ha dado en nada. Podemos llevarte al médico
para que lo confirme, no obstante, voy a limpiar la zona y a suturarla. ¿Estás
bien?
Asiento con la cabeza, manteniendo la mirada fija en el lugar por donde
desapareció Lucy.
―Pasemos entonces a la mesa.
Kenji me ayuda a levantarme. Duele mucho, pero me aguanto. Si hago
algún ruido y Lucy lo oye, se enfadará.
Una vez que me tiene en la mesa, me tumbo.
―¿Quieres que te consiga unos pantalones o algo? ―pregunta Kenji.
Le sonrío y niego con la cabeza.
―Claro que no ―murmura mientras me echa alcohol en la herida.
Giro la cabeza, mirando hacia el pasillo mientras él trabaja. A veces me
duele, pero no me importa.
―El cuerpo ya está atendido. ¿Quieres que envíe a alguien a limpiar, o te
encargarás tú mismo? ―dice Kai, interponiéndose en mi camino.
Frunzo el ceño y me señalo a mí mismo.
―Por supuesto. Tienes todo este solar aquí fuera, ¿y únicamente nos
enteramos porque has puesto una alarma? Estoy dolido ―dice Kai sin más.
Me encojo de hombros y señalo hacia la puerta.
―Ni idea de lo que dices, pero lo entiendo. Es más seguro si nadie sabe
dónde vives. ¿Crees que te ha seguido hasta aquí?
Me encojo de hombros y extiendo mi mano hacia su teléfono.
O eso, o le puso un rastreador a Lucy cuando se conocieron. Habría detectado un
rastro. Creo que si comprobamos las prendas que llevaba ese día, descubriremos que la
marcaron.
Kai tararea un momento, dándose golpecitos en la barbilla. ―Es posible.
Comienzo a teclear de nuevo.
Artem es el hombre al que estaba llevando la mercancía. Le pagaban una comisión en
función de lo que llevara. Artem es un nombre ucraniano. Dijo que la próxima subasta es
dentro de tres semanas. No dijo dónde.
―Entendido. Transmitiré la información a nuestros amigos. ¿Estás bien?
―pregunta cuando Kenji termina la última puntada, echándole más alcohol.
Asiento con la cabeza, devolviéndole el teléfono.
Me incorporo, observando cómo se marchan, cerrando la puerta tras ellos.
Me acerco y la bloqueo, reiniciando la alarma. No tengo idea cómo entró
Ben aquí, pero mañana lo averiguaré.
Esta noche me quedaré despierto velando a Lucy.
Hablando de Lucy, entro en la habitación. Tardo varios minutos en
encontrar la ropa que llevaba ese día, pero no encuentro nada.
Elle entra cuando estoy pensando cómo ha podido encontrarnos.
―¿Qué ocurre? ―pregunta ella.
Saco mi teléfono para contárselo.
Pensé que podría haberte rastreado, pero no hay nada.
Frunce el ceño antes que su rostro se ilumine. Va a la cómoda y saca un
conjunto que no le he visto nunca.
―Estaba probando este cuando se topó conmigo. ¿Quizá esté aquí?
Registrando su ropa, encuentro lo que busco. Gruño al verlo. Quiero
destruirlo, pero es posible que Isamu pueda obtener información de él.
Él me pide que lo deposite en algún lugar exterior y que le envíe una foto. Él
vendrá a buscarlo.
Ni siquiera me pregunto cómo sabe dónde vivo. Él es quien me ayudó a
configurar a distancia mi sistema de seguridad. Seguro que echó un vistazo
dónde estaba.
Levanto la mano para que Lucy se quede y me apresuro a hacer lo que él
dice.
Cuando vuelvo al dormitorio, Lucy está tumbada con una camisetita de
tirantes y unos pantalones cortos de dormir. No la culpo. Después de nuestro
despertar anterior, yo tampoco dormiría desnudo.
Me pongo una sudadera y me dirijo a la cama. Me tumbo a su lado,
ignorando el dolor de abdomen.
Tras varios minutos de inquietud, le acaricio la nariz y me sonríe.
―Tengo esta energía dentro. Estoy muy excitada.
Paso la mano por la parte delantera de su cuerpo y dejo que se deslice por
debajo de sus pantaloncitos.
―Estás herido, Kado. ―Intenta detenerme.
―Te deseo ―le susurro.
Parece indecisa, pero al final mueve la mano.
Paso los dedos por sus pliegues antes de comenzar a acariciar su clítoris.
Gime mi nombre cuando acelero el ritmo. Luego deslizo mis dedos dentro de
ella, follándola con fuerza.
Siento el momento en que se corre, inundando mis dedos con su fluido. Me
los llevo a la boca, chupándolo, antes de besar ligeramente su mejilla.
―Oh no. Yo no me corro sin que tú te corras. ¿Crees que puedes quedarte lo
suficientemente quietecito para una mamada? ―pregunta ella.
Asiento con la cabeza.
Ella sonríe, me besa profundamente antes de tumbarme de espaldas y
bajarme el chándal. Ya la tengo dura.
Entonces se inclina y se mete toda mi polla en la boca. Empieza despacio,
provocándome. Me pone a cien, pero dejo que ella lleve el ritmo.
Al menos, lo hago hasta que me mira con una mirada diabólica.
Es entonces cuando deslizo mis manos por su cabello y la sujeto sobre mi
polla, haciéndola tragar a mi alrededor. La dejo subir para que tome aire, pero
repito el movimiento una y otra vez.
Finalmente, me corro, cubriendo la parte posterior de su garganta con mi
liberación.
Sonríe, mirándome al incorporarse.
―Te amo, Kado. Siempre y para siempre.
Me doy dos golpecitos en el pecho, haciéndola sonreír.
―Así es como lo diremos a partir de ahora. ―Se da dos golpecitos en el
pecho, haciendo que mi corazón se llene de alegría.
Mi mujer me ama.
Ya no importa nada más en este mundo.
Solo ella.
Mi Lucy.
CapíTulo 25
Lucy
Lentamente, me despierto entre gemidos.
Mis ojos se abren de golpe mirando a la pared. Sigo de lado, pero puedo
sentir a Kado deslizándose entre mis piernas, follándome por detrás estando
dormida.
Me presiono con fuerza contra él.
Una de mis fantasías es que me folle estando dormida. No sé por qué, pero
una vez lo leí en un libro y me puso cachonda con Kado antes del siguiente
capítulo. La idea de dormir y que te despierte alguien en quien confías y a quien
amas dándote el mayor placer suena como el paraíso.
Mi cuerpo reacciona ante él, apretándose. Su mano cae sobre mi cadera y
continúa su ritmo. Quiero decirle que vaya más rápido. Más fuerte. Pero no lo
hago. En lugar de eso, me permito saborear este momento un rato más.
Como no estoy dispuesta a acabar con la ilusión, dejo que mis ojos vuelvan
a cerrarse, esperando a ver qué hace a continuación.
Me lame y me pellizca el cuello mientras me folla con más fuerza. Intento
actuar con naturalidad, pero cuando siento que estoy a punto de llegar al
orgasmo, gimo su nombre.
Me retuerzo salvajemente a su alrededor y mi cabeza comienza a dar
vueltas. Algo de estar solo medio despierta ha intensificado mi orgasmo. Siento
un hormigueo en todo el cuerpo a causa de mi liberación, y noto cómo él se
sacude dentro de mí al encontrar su propia liberación.
Permanecemos así varios minutos antes que él se separe y se dirija al baño.
Cuando vuelve, le sonrío y le beso suavemente antes de ir yo también al baño.
Me sorprende encontrar a Kado sentado y esperándome cuando vuelvo a
entrar en la habitación.
―Me ha gustado mucho ―le digo―. Pero estás herido. No deberíamos hacer
eso mientras te recuperas.
Pone los ojos en blanco y gira el ordenador para mostrarme que tiene algo
escrito de antemano.
Me ha gustado mucho lo que acabamos de hacer. No creí que me gustara que no
estuvieras despierta, pero me excitó saber que podía hacerte lo que quisiera. Como a una
muñequita.
Me deslizo contra él.
―Saber que me estabas haciendo cosas dormida y que no tengo idea de lo
que era, me excitó. Creo que deberíamos volver a intentarlo. Quizá un poco de
sexo más agresivo cuando no estés herido. O podríamos convertirlo en un juego.
Ver hasta dónde puedes llevarme antes de despertarme.
Asiente con entusiasmo.
Me alegro que su apetito sexual coincida con el mío. Nos vamos a divertir
mucho juntos.
Al cabo de unos instantes, vuelve a teclear.
Tenemos que mudarnos. Este lugar ya no es seguro.
Asiento con la cabeza.
―Me lo imaginaba. ¿Tienes algún sitio en mente?
Sacude la cabeza.
Le cojo el portátil y comienzo a buscar. Al principio, miro casas, pero no me
gusta nada. Ninguna tiene la seguridad que nos gustaría. Necesitaríamos algo en
lo que alguien no pudiera entrar. Algo solo para nosotros.
Me viene una idea a la cabeza.
―¿Podríamos conseguir una casa provisional por ahora? ―Me giro y le miro.
Asiente con la cabeza.
―Bien. Esta es mi idea. Compramos un terreno como este. ―Muevo el
ordenador para mostrárselo―. Este es un gran terreno fuera de la ciudad. Es
rural, así que no tendríamos que preocuparnos por los vecinos. Construimos en
esta zona, pero no de este modo. Me encanta este lugar, pero es demasiado
vulnerable. Estoy pensando que deberíamos construir una casa subterránea.
Como un búnker. Tendría varias habitaciones. Me gustaría una sala de estar y
una pequeña ramificación de la cocina para que comiéramos. Dos cuartos de
baño por lo menos. Sé que podemos compartirlos, pero deberíamos tener un
repuesto. ¿Quieres niños?
Me detengo de repente, al darme cuenta de lo que he preguntado.
Lentamente, miro a Kado.
Sonríe. Me señala y luego asiente con la cabeza.
―¿Conmigo sí?
Me da dos golpecitos en la nariz. Le sonrío.
―Bien, pues tres o cuatro habitaciones para los hijos que tengamos. Las
habitaciones que no utilicemos para eso pueden ser para otras cosas. Ya lo
pensaremos más adelante. Necesitamos un gimnasio grande. Oh, y también
podríamos construir un túnel que lleve a un campo de tiro subterráneo. Me gusta
esa idea.
Gira el ordenador hacia él, saca su documento y comienza a teclear.
Me gusta lo ilusionada que te pone esto. Tú lo sueñas y yo lo construyo.
―¿Estará bien que alguien lo construya?
Tengo unos amigos moteros en Pensacola que tienen una empresa de construcción.
Haré que vengan a hacerlo.
―Es una gran idea. Así podríamos añadir la seguridad que tienes aquí. Me
gustaría que nadie supiera dónde vivimos, pero si ocurriera algo, la gente
importante sabría dónde encontrarnos. Encima del búnker, también podríamos
cultivar. Producir nuestros propios alimentos.
Sus ojos se suavizan mirándome amorosamente.
―¿Qué? ―le pregunto.
―Eres perfecta ―dice con su tono rasposo.
―Odio que hables cuando te duele.
Se encoge de hombros, señalándome.
―Solo para mí. Ya lo sé. Yo también te quiero ―le digo, dándome dos
golpecitos en el pecho.
Refleja la acción.
―No veo la hora de construir esta vida contigo. Nunca he tenido nada
propio. Este será nuestro hogar. Tendrá un poco de ti y un poco de mí ―le digo,
volviendo a mirar al ordenador.
Se inclina más hacia mí y me besa la mejilla. Luego me pellizca la oreja,
haciéndome soltar una risita.
―Tú eres mi hogar, anata.
Esta vez, no me molesto en renegarle. No puedo. Estoy demasiado ocupada
limpiándome las lágrimas de felicidad de la cara.
¿Quién me iba a decir que el peor día de mi vida se convertiría en lo mejor
que me podía pasar?
Kado
Cuando los guardias me ven acercarme, se inclinan a abrir la puerta,
mostrándome respeto. Me dirijo por el pasillo hasta el despacho de Kai y llamo a
su puerta cerrada.
―Adelante.
Abro la puerta y paso al interior, cerrándola tras de mí. Hago una reverencia
a Kai y luego a Kenji.
―Siéntate ―Kai dice detrás de su escritorio.
Me dirijo a la silla que hay junto a Kenji y me dejo caer en ella.
―¿Estás bien? ―pregunta Kenji.
Abro el portátil que Kai me tiene preparado y saco el programa que habla
por mí.
―Ha estado cerca, pero estamos bien ―les digo.
―¿Lucy? ¿Está bien? ―pregunta Kai.
Recuerdo la expresión de su rostro cuando creyó que yo había matado a
Ben. Era como si yo fuera un héroe, quitándole todo ese estrés.
―Lucy está bien. Hizo lo que tenía que hacer ―les digo.
Kenji sacude la cabeza.
―Es difícil creer que se colara en tu casa.
―Es inquietante que algo así ocurra en tu refugio seguro ―añade Kai.
―Sí, en realidad estamos pensando en comprar una casa, a las afueras de la
ciudad ―les dice la voz del ordenador.
Kai se echa hacia atrás en su sillón y se ajusta las gafas.
―¿En serio? ¿Ha sido idea tuya o suya? Sé que en el pasado siempre has
dicho que te gusta estar cerca por si te necesitamos.
Rápidamente, tecleo.
―Si me necesitáis, siempre estaré ahí, pero esto es algo que queremos
ambos.
Kai asiente.
―Entonces tienes mi bendición. Aunque solo puedo suponer que lo habrías
hecho con o sin mi bendición.
Me encojo de hombros.
―¿Y qué pasa a partir de ahora?
―Ahora tenemos una reunión con los demás ―dice Kai levantándose.
Kenji y yo hacemos lo mismo y le seguimos fuera de su despacho hasta la
sala de conferencias. Kenji activa la videollamada con los demás en el proyector
para que podamos verlos a todos y ellos a nosotros.
―Hola a todos, asegurémonos que las comunicaciones funcionan antes de
comenzar ―dice Greer O'Reilly, la esposa de Killian, jefe de los Westies.
Todo el mundo murmura.
―Perfecto. ¿Quién quiere comenzar? ―pregunta ella.
Su hermano Bastiano Catalini toma la palabra.
―Llevamos a cabo una redada después de ver a unos hombres entrar en el
astillero. Los detuvimos y los trajimos para interrogarlos.
Continúa contándonos la información que les dieron.
Killian asiente.
―Sé que llevamos un tiempo jodiéndoles el trabajo, pero esta vez parecía
que les sacábamos algo útil.
―¿Quién quiere ser el siguiente? ―pregunta Greer.
Me siento silenciosamente y escucho a Kai informarles de lo que ocurre en
Chicago, con Callum interviniendo de vez en cuando.
―¿Tres semanas? ¿Estás seguro? ―pregunta Nikolai.
Asiento con la cabeza, tecleando en mi ordenador.
―Dijo que la subasta era dentro de tres semanas y que Artem era su
intermediario. No dijo dónde.
Nikolai maldice en voz baja.
―Los polacos tienen una subasta dentro de tres semanas. No está en mi
territorio, de modo que no puedo hacer nada al respecto sin provocar una
guerra, pero apostaría a que es allí donde se dirigen.
―Suena como si necesitaras más hombres. ¿Quieres que enviemos algunos?
―Habla Callum.
Todas las miradas se dirigen a Nikolai, jefe de la Bratva en California.
―Aún no. Deja que averigüe qué está pasando aquí ―dice.
―¿Tienes noticias de Maxim? ―le pregunta Greer.
Maxim es uno de sus hombres de confianza y en estos momentos está
infiltrado. Habla ucraniano, gracias a su abuela, así que encajaba perfectamente
en el trabajo.
―Si todo va según lo previsto, podremos acabar con la organización en dos
meses. Las pruebas que ha conseguido colarnos son... ―Nik frunce el ceño
intentando encontrar la palabra.
―Nauseabundo ―dice Alexei, su informático.
―Inquietante ―dice finalmente Nik.
―Si abrís el archivo que acabo de enviaros a cada uno, veréis lo que quiero
decir ―dice Alexei.
El archivo aparece en la pantalla y Kenji lo abre. Todos guardamos silencio
al leerlo. El estómago se me revuelve más y más cuanto más leo. He visto y he
hecho cosas muy jodidas, pero esto es crueldad a un nivel totalmente distinto.
Siento a Kai tensarse al leer sobre la Bratva que ayuda a los ucranianos y a
los polacos. Guarda una venganza personal contra ellos, teniendo en cuenta que
querían la mano de Cleo en matrimonio. Gracias a Dios que nunca acabó con esa
familia, de lo contrario, quién sabría cómo sería su vida ahora.
―Tenemos que idear un plan ―dice Kai al cabo de un momento.
―No podría estar más de acuerdo. ¿Alguien tiene alguna sugerencia?
―pregunta Killian.
―¿Torpedear el lugar con todos los compradores y los ucranianos dentro
después de sacar a los supervivientes? Luego eliminaremos a los que consigan
dispersarse como cucarachas y salir al exterior ―Ofrece Tristán, el informático de
Bastiano.
―No hay forma de poder acabar con esto sin entrar en su territorio. Si todos
te apoyamos, ¿te parece bien ir a la guerra, Nikolai? ―pregunta Callum.
Nikolai se sienta, estoico como de costumbre, y lo considera.
―Sería difícil, pero podríamos arreglárnoslas. Yo iría personalmente a
ayudar ―ofrece Bastiano.
Greer asiente.
―Es un equilibrio delicado, eso seguro, pero si lo mantienen en su territorio
y los eliminamos a todos...
Bastiano asiente.
―Entonces podríamos erradicarlos a todos.
―Me gusta esa línea de pensamiento. Entonces podríamos poner a alguien
de nuestra elección al mando de esa zona ―dice Kai limpiando sus gafas.
―¿Cómo lo lleva Maxim? No puedo imaginar lo difícil que resulta estar tan
metido como él ―pregunta Callum.
―Está aguantando. Sabía lo que estaba en juego antes de entrar. No nos
defraudará ―dice Dimitri, mano derecha y cuñado de Nikolai.
Nikolai asiente. ―Se habrá ganado unas vacaciones cuando vuelva a casa.
Tristano sonríe.
―Quién sabe, quizá vuelva a casa con una esposa.
Enzo, el guardaespaldas de Greer, golpea a Tristano en la nuca, haciendo
que el otro gima.
―La corriente está cambiando, chicos. ―Greer se reclina en su silla con una
sonrisa siniestra dibujada en el rostro―. Me encantaría que una mujer se hiciera
cargo de cualquier zona en la que nos encontremos.
Ninguno de nosotros dice nada, solo sonreímos y sacudimos la cabeza
porque sabemos que tiene razón. Las cosas están cambiando y está naciendo una
nueva generación de líderes.
―Acabaremos con esto de una forma u otra, pero quiero que todos
recordemos que cuando arrancas una mala hierba, crecen más en su lugar. Esta
no es una solución permanente, solo una forma de aliviar algunos de los horrores
―les dice Kai a todos.
Las sonrisas se desvanecen. No intenta ser un capullo. Seguimos pensando
que se trata de un problema aislado, incluso si el tráfico de seres humanos
acabara en nuestras zonas, siempre existirá el problema en alguna otra. Lo único
que podemos hacer es poner nuestro granito de arena e intentar acabar con la
mayor parte posible.
Tras finalizar la llamada, no puedo evitar preguntarme si los futuros hijos
de Lucy y míos, si es que los tenemos, estarán sentados en una mesa como esta,
haciendo tratos con otras familias del crimen.
Probablemente no debería, pero me gusta la idea que puedan hacerlo. No
quiero que les pase nada, pero también me gusta que tengan la oportunidad de
formar parte de algo grande.
Supongo que el tiempo lo dirá.
EpíLogo
Lucy
Varios meses después
Ajusto la manta para que quede tendida sobre el lateral del sofá justo antes
de mirar la foto en mi teléfono.
Perfecto.
Nunca antes había decorado un lugar, y cuando nos mudamos aquí y la
vida se calmó ligeramente, decidí probar suerte en la decoración de interiores. Sé
que solo es nuestro alojamiento temporal, pero pasará otro año más o menos
antes que el búnker esté terminado, así que pensé en hacer de este lugar mi
hogar. No soy la mejor ni mucho menos, y estoy segura que mi estilo
horrorizaría a otros, pero a mí me hace feliz, lo que a su vez hace feliz a Kado.
Me desplazo hasta la siguiente foto y estudio cómo tienen las plantas
colgadas del techo. Me acerco a la esquina donde Kado ya ha puesto ganchos en
el techo. Rápidamente, coloco la escalera que ha dejado fuera. Agarrando una
planta, subo con cuidado por la escalera. Subo y bajo varias veces, llevando
plantas de distintos tamaños y colgándolas.
Cuando empiezo a bajar por última vez, miro por encima del hombro
cuando oigo abrirse la puerta.
―Hola ―digo, sabiendo que es Kado.
Cuando aparece, veo que su aspecto es más cansado que de costumbre, pero
era de esperar, ya que ha estado fuera toda la noche y cubierto de sangre. Me
saluda distraídamente al entrar en nuestra sala de limpieza situada junto a las
escaleras.
Una vez en el suelo, coloco las manos en las caderas y frunzo el ceño. Eso no
es propio de él. Cada vez que Kado se va sin mí, lo primero que hace al volver a
casa es darme un beso.
No te lo tomes como algo personal. Probablemente fue un trabajo muy duro. Eso es
todo, intento recordarme a mí misma. Intento encogerme de hombros recogiendo
la escalera y llevándola de nuevo a su armario para que no se quede en el salón.
Cuando vuelvo a salir, Kado sigue en la ducha, con el agua corriendo.
A la mierda.
Me quito la ropa de camino al baño. Cuando entro, ya estoy completamente
desnuda. Se me corta la respiración cuando veo a Kado en la ducha de cristal,
apoyado en la pared su cabeza echada hacia atrás, y su cuerpo expuesto para que
yo lo vea.
Se me hace la boca agua al ver su polla erecta, consciente que es solo para
mí. Kado ni siquiera se mueve para darse placer.
No, mi hombre reserva todos sus orgasmos para mí.
Cuando doy un paso adelante, abre los ojos y me observa cómo atravieso el
cuarto de baño y me meto en la ducha. Sin decirnos nada, nos abrazamos.
―¿Estás bien? ―murmuro contra su pecho.
Tras una ligera vacilación, asiente. Interesante.
―¿Quieres que lo mejore? ―pregunto comenzando a depositar besos sobre
su piel.
La respiración de Kado se entrecorta, y siento cómo se aceleran los latidos
de su corazón bajo mi palma. Su mano encuentra mi nuca y tira de mi cabello,
haciendo que le mire. Sus ojos están más negros aun cuando asiente con la
cabeza, las últimas veinticuatro horas abandonando su mente.
―Vamos a tener que darnos prisa. No queremos seguir desnudas cuando
lleguen nuestros invitados ―bromeo, cayendo de rodillas.
Me observa lamiendo la punta de su polla.
―Necesito que saques esa agresividad. Estás demasiado tenso. Fóllame la
cara, Kado.
Sus ojos brillan con mis palabras.
Es algo en lo que he estado trabajando con él. Me follará por la cara, pero
aun así es suave. Quiero que pierda todo el sentido y me folle como si fuera lo
único que le mantiene en pie. Quiero que esté tan loco de necesidad por mí como
yo lo estoy por él.
Sus manos se hunden en mi cabello húmedo cuando golpea mis labios con
la cabeza de su polla. Me abro lentamente, dejando que se deslice en mi interior.
Su cabeza cae hacia atrás al pasar mi lengua por la raja del final.
Entonces comienza a empujar contra mí. Mantengo las mejillas hundidas y
dejo que me utilice como necesite. La saliva empieza a resbalarme por la barbilla
y mis ojos lloran, pero me encanta la expresión de su cara. Está feliz. Todas las
cosas que le agobian se van a medida que su cuerpo comienza a relajarse.
Finalmente, me mira. Trago saliva cuando golpea el fondo de mi garganta,
haciéndole gemir.
Se detiene, apartándose de mis labios. Luego me ayuda a levantarme,
girándose para inmovilizarme contra la pared. Me golpea el culo una vez antes
de deslizarse detrás de mí, desnudo. Me sorprende el movimiento, porque suele
ser muy cuidadoso.
Hoy no.
En lugar de eso, me folla como un salvaje. Es exactamente lo que pedí.
Estoy tan excitada que me corro dos veces antes que finalmente vacíe su
carga dentro de mí. El calor que me llena provoca una réplica en mi coño, que
nos hace gemir a ambos.
Cuando finalmente se retira, se vuelve y me besa.
―¿De qué iba eso?
Me frota la barriga antes de sonreírme.
―¿Intentas ponerme un bebé? ―pregunto, escandalizada.
Articula con la boca la palabra crianza.
Eso me hace reír y comienza a lavar mi cuerpo. Supe que no debí dejar que
leyera ninguno de esos libros románticos que compré. Ha estado aprendiendo
cosas y utilizándolas contra mí.
Sin embargo, una inclinación por la procreación sería excitante.
Cuando salimos y nos secamos, me vuelvo hacia él, abrazándole.
―¿Todo bien ahora?
Coge su teléfono del mostrador.
Me manché la boca de sangre. Tuve que limpiarme antes de poder acercarme a ti.
Por supuesto, era eso. No entiendo por qué dudé de él.
Le doy dos golpecitos en el pecho, sobre el corazón. Él sonríe, haciendo lo
mismo conmigo.
Nunca debí pensar que algo fuera mal.
Este hombre me quiere y siempre me querrá.
Kado
Lucy revolotea por nuestra casa, preparándose para la llegada de todos, y
no puedo evitar observarla. Le sorprendió descubrir que nadie había estado en
nuestra antigua casa excepto ella. Estaba segura que Kai y Kenji, como mínimo,
habrían estado allí. Entonces me preguntó si podíamos celebrar una cena familiar
en nuestra casa con ellos.
No tenemos que invitar a los irlandeses, pero creo que deberíamos invitar a los más
cercanos como mínimo.
Como cada vez que me pedía algo, accedí rápidamente.
Ayuda que este sea nuestro hogar temporal. Espero que no me lo vuelva a
pedir cuando nos mudemos al búnker. Sin embargo, apuesto a que diré que sí de
todos modos. Al menos a ellos.
Ella tiene razón. Son nuestra familia.
El timbre de la puerta suena en toda la casa y los ojos abiertos de Lucy se
cruzan con los míos. Camino hacia ella y la estrecho entre mis brazos, besándole
el costado de la cabeza, haciéndole saber en silencio que todo irá bien y que se
preocupa en vano.
Con ella a mi lado, nos dirigimos a la puerta. En la pantalla instalada en la
pared, veo a Kai, Cleo, Kenji y Miya de pie al otro lado.
―Ahora mismo hay muchas cámaras sobre nosotros ―dice Cleo.
―¿Te sorprende? Es Kado. ―Miya se ríe.
Lucy se ríe suavemente cuando pulso el botón de desbloqueo. Vemos cómo
entran y la pesada puerta se cierra tras ellos.
―Espeluznante ―murmura Kenji.
Kai se adelanta a todos y se dirige por el pasillo hacia la siguiente puerta, la
cual se abre cuando él se acerca a ella. Finalmente, el grupo llega a la puerta que
conduce a nuestra casa.
―Bienvenidos, pasad ―dice Lucy abriendo la puerta.
―¿Tienes suficientes puertas en este lugar? ―se burla Miya abrazando a
Lucy antes de pasar a abrazarme a mí.
―Nunca se es demasiado precavido ―le dice Lucy.
Cleo abraza a Lucy y luego a mí. Los chicos me saludan con la cabeza antes
de darle a Lucy un beso en la mejilla.
―Gracias por invitarnos a tu casa ―le dice Kai.
―De nada. Venid. Ah, y disculpad el desorden. Aún nos estamos instalando
―les dice Lucy, comenzando a dirigirles hacia nuestra casa.
―Sé que nos dijisteis que os mudaríais a un búnker, pero imaginé que eso
llevaría un tiempo. Este lugar bien podría ser uno. Mierda, ¿tiene ventanas? ―me
pregunta Kenji en voz baja.
Me encojo de hombros, sin ver el problema. En mi última casa no había
ventanas, pero tampoco ellos lo sabían.
Cuando necesitamos una casa provisional, me aseguré que los Proscritos de
Pensacola vinieran y equiparan nuestra casa provisional lo mejor que pudieron.
Ahora están trabajando en nuestro búnker. Estoy deseando que lo terminen.
Las chicas se dirigen a la cocina, donde Lucy deposita aperitivos en la isla.
―¿Queréis una copa de vino o algo? ―les pregunta Lucy mientras las chicas
se sientan.
―Me encantaría ―le dice Miya.
―Sí, por favor ―añade Cleo.
Kenji se vuelve hacia mí al sentarnos en el salón.
―¿Qué, no vas a ofrecernos una copa?
Señalo al otro lado del salón, donde Lucy ha montado como un bar sobre
ruedas. Me ha dicho que piensa dejar otras cosas encima la mayor parte del
tiempo, pero que cuando tengamos gente en casa, puede ser un puesto de
bebidas. Me da igual cómo decore nuestra casa, mientras ella esté contenta, yo
también.
Kai se ríe en voz baja, acercándose a por una bebida.
Cuando vuelve, Kenji frunce el ceño.
―¿Dónde está la mía?
―Puedes conseguirte la tuya. La última vez que lo comprobé, tenías dos pies
y dos manos que funcionaban ―le dice Kai sentándose.
Kenji resopla, pero no se mueve, está claro que no tiene tantas ganas de
beber si no está dispuesto a hacerlo él mismo.
―Es un bonito lugar el que tienes aquí, Kado ―me dice Kai.
Inclino la cabeza en señal de agradecimiento.
―¿Te gusta vivir fuera de la ciudad?
No tenía previsto que el hogar temporal estuviera tan lejos, pero era una
necesidad. Quiero estar cerca del búnker durante su construcción y así
asegurarme que se está haciendo bien.
Asiento con la cabeza, saco el móvil y escribo un mensaje rápido en el nuevo
teléfono que me regaló Kai. Tiene el mismo software que su ordenador, así que
lee mis palabras. Facilita la comunicación con los demás. Aunque sigo sin usarlo
con Lucy.
―Es silencioso, y si alguien me sigue, es fácil detectarlo incluso antes de
acercarse. ―La voz automatizada lee en voz alta para él.
―Sí, podría ser conveniente ―me dice.
Las chicas se ríen y nos hacen mirar hacia ellas. No puedo evitar sonreír
cuando veo a Lucy riendo con ellas.
Ella es todo lo que no sabía que necesitaba. Observé cómo los dos hombres
que tengo delante se enamoraban de las mujeres que estaban a mi alrededor, y
les envidié. Creí que nunca tendría una relación física. Pensaba que estaba roto.
Lo único que quería era compañía, alguien con quien pasar el tiempo. Alguien
que llenara el silencio cuando este se volvía demasiado ruidoso y no pudiera
hacerlo por mí mismo.
Entonces conocí a Lucy, y ella lo cambió todo. Me demostró que no estaba
roto y que podía amar y ser amado. Mis demonios no la asustaron, ella los
abrazó. No teme bailar en las sombras conmigo y librar al mundo del mal.
Es perfecta, y mía.
Debe sentir mis ojos clavados en ella porque mira hacia mí. Sus ojos se
suavizan y se da dos golpecitos en el pecho. Me pongo la mano sobre el corazón
e imito el gesto.
Suena el temporizador del horno, y Lucy se gira y avanza hacia él.
―¿Necesitas ayuda? ―le pregunta Miya.
―Estoy bien. Si todos queréis dirigiros hacia la mesa y buscar vuestros
asientos, enseguida estaré allí ―dice Lucy por encima del hombro.
Todos se levantan y se dirigen hacia la mesa menos yo. Me dirijo a la cocina.
―Te pedí que te sentaras ―dice en voz baja.
La miro de reojo, haciéndole saber que de ninguna manera la dejaré llevar
esta fuente a la mesa.
Lucy resopla y pone los ojos en blanco. ―Gracias.
Inclinándome, la beso rápidamente y luego abro el horno. Saco la bandeja y
la llevo a la mesa, colocando los dos pollos asados en el centro.
Lucy toma asiento a mi lado y se frota las manos en la parte superior de los
muslos.
―Bueno, a comer. Espero que a todos os guste.
―Seguro que está buenísimo ―dice Cleo tranquilizadoramente.
Kai se aclara la garganta, llamando la atención de todos.
―Me gustaría hacer un brindis, si a nuestros anfitriones les parece bien.
Lucy me mira y yo asiento con la cabeza. Se vuelve hacia Kai.
―Adelante.
Kai levanta su copa y todos le seguimos.
―Me gustaría dar oficialmente la bienvenida a Lucy a nuestra familia. Eras
la pieza que le faltaba a Kado, y sé que yo personalmente no podría sentirme más
agradecido por haberte capturado. Le has aportado, y por extensión a nosotros,
nada más que felicidad. Espero que esta sea la primera de muchas cenas
familiares juntos.
―¡Salud! ―dice todo el mundo.
―Gracias ―dice Lucy quedamente, conteniendo su emoción.
Alargo la mano y froto su espalda. Kai lo ha expresado mucho mejor que
yo. Lucy era la pieza que faltaba y lo cambió todo.
―Ahora vamos a comer, esto tiene una pinta increíble ―dice Kenji mientras
se frota las manos, haciendo reír a todos.
Me mira y sonríe.
―Te amo.
Yo también te amo.
Y mañana te amaré aún más.
SobRe las AuToRas
Cala Riley, más conocidas como Cala y Riley, son un par de amigas con un
profundo amor por los libros y la escritura. Cala y Riley están felizmente casadas
y tienen hijos, Cala de cuatro patas y Riley de dos y cuatro. Aunque viven
separadas, eso no afecta a su conexión. Son la verdadera definición de familia. Lo
que comenzó como una idea se convirtió rápidamente en una obra completa y en
un vínculo que nunca terminará.
CRédiTos
Traducción, Diseño y Diagramación
Correctora