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De Marcha Por La Marcha

El documento reflexiona sobre el ocio juvenil y la percepción de la 'marcha', destacando la complejidad de definir qué significa ser joven en la actualidad. Se enfatiza que el ocio de los jóvenes está influenciado por su contexto social y económico, y que la marcha puede ser vista como una forma de transgresión y socialización, aunque no todos los comportamientos asociados son negativos. Además, se critica la simplificación de la juventud a través de encuestas y se aboga por una comprensión más profunda de sus realidades y necesidades.

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De Marcha Por La Marcha

El documento reflexiona sobre el ocio juvenil y la percepción de la 'marcha', destacando la complejidad de definir qué significa ser joven en la actualidad. Se enfatiza que el ocio de los jóvenes está influenciado por su contexto social y económico, y que la marcha puede ser vista como una forma de transgresión y socialización, aunque no todos los comportamientos asociados son negativos. Además, se critica la simplificación de la juventud a través de encuestas y se aboga por una comprensión más profunda de sus realidades y necesidades.

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Título: DE MARCHA POR LA MARCHA. Reflexiones sobre el ocio juvenil.

Autor: Óscar Trujillo Díaz. Trabajador Social.

1.- NI SOY YA JOVEN, NI SOY MARCHOSO

Para no engañarnos, antes de nada quiero hacer algunas precisiones. A) Ya no soy


joven, tengo 36 años y –según los sociólogos- hace tiempo que he entrado en la etapa adulta
(aunque con ciertas imprecisiones). B) Nunca he sido marchoso. Yo “no he ido a muerte”, “no
he cerrado las discotecas” ... Soy más bien soso. Mejor dicho, muy soso. Y siempre lo he sido
(no es por haber abandonado la juventud). Mi idea de “marcha” es mas bien casera. Puede
empezar con un “Madrid-Barca” con los amigos, una “cena medieval” (o sea, que no utilizamos
los cubiertos) regada con cerveza y, de postre, unos orujos de hierba escuchando música tan
“marchosa” como el “Angie” de los Rolling o el “Déjame” de Los Secretos. Ya ni eso. Se me
ocurrió pesarme y resulta que mis 94 kilos no son compatibles con mis 171 centímetros (¿quién
me manda pesarme?) y la médico me ha dicho (¡tantos años de carrera para eso!) que ni alcohol,
ni cenas medievales, pero que sí más marcha (pero no la del artículo, sino la del chándal). C) No
me considero directamente afectado por la marcha. Por suerte vivo en una zona tranquila y mis
noches no son violentadas por los tambores, los gritos, las carreras, restos orgánico ... que
suelen acompañar a ciertas manifestaciones del ocio juvenil. Lo digo porque, seamos sinceros,
no sé si estas reflexiones me saldrían igual si viviera en la Plaza del Dos de Mayo de Madrid y
tuviera como telón de fondo el “atrezzo” que acompaña a los “botellones”. D) Mi experiencia
profesional se ubica en el campo de las personas con problemas de drogodependencias. Durante
más de diez años he estado compartiendo buena parte de mi vida con personas jóvenes –o que
iniciaron durante su juventud los consumos- que han hecho del centro de su vida unas
determinadas sustancias. Pretendo desvincularme –si es posible- de esta experiencia, ya que
estaría hablando de la marcha desde “el final del camino” de muchos chavales que no pudieron
escapar a tiempo de esas ataduras. No sería una buena perspectiva, ya que estaríamos generando
problemas donde en muchos casos no hay más que unos ritos de socialización, más o menos
escandalosos.

En fin, ¿estoy legitimado para hablar de marcha, de jóvenes, de ocio ...? Vamos a
intentarlo.

Lo primero que quiero es curarme en salud. En estas páginas trato de plantear una serie
de elementos para reflexionar sobre los jóvenes y el ocio, pero hay una primera complicación en
esta cuestión: delimitar el ámbito del análisis. Más o menos podemos estar de acuerdo en qué es
el ocio, pero no es tan fácil acotar qué y quiénes son los jóvenes. Vivimos en una sociedad

1
compleja y en continua transformación y los jóvenes no se encuentran al margen de esta
complejidad y de este dinamismo, con lo que ninguna afirmación que aquí plantee puede
tomarse –nada más lejos de mi intención- como una afirmación genérica, válida para la
“juventud” (todos los jóvenes).

Por otra parte este artículo es un artículo “intencionado” que trata de definir elementos
positivos relacionados con los jóvenes y con su ocio, frente a tanto discurso –político,
ciudadano, eclesial ...- que lo ubica dentro de la pérdida de valores y la cuasi-barbarie.

En alguna de esas páginas estivales que publican los diarios en los meses de verano,
advertía Maruja Torres que en los sondeos de opinión, al igual que en las cajetillas de tabaco, se
debía incluir una leyenda advirtiendo de que “Los resultados de esta encuesta producen
enfermedades psicosomáticas, insomnio, dolor y según el sujeto, frecuentes ataques de
hilaridad inmotivados que pueden terminar con su salud mental. También predisponen al
nihilismo, la resignación, el gregarismo y la desesperanza”. i Pues eso, cuidado con los sondeos
y con las encuestas de opinión. Es muy fácil, a través de lecturas cuantitativas de la realidad,
falsear la realidad (si no, ¿cómo se puede explicar que tras cualquier elección todos los partidos
políticos están satisfechos?). Los jóvenes no son las imágenes que dan las encuestas ni la
realidad es tan simple.

Nos preocupa el ocio de los jóvenes (pero, ¿nos preocupa lo que le pasa a los jóvenes?).
Dice Jaume Funes que antes de preocuparnos de los jóvenes, deberíamos ocuparnos de los
jóvenes. Asociamos su ocio al consumo de alcohol –pero, curiosamente, en el borrador de la
futura Ley Nacional “antibotellón” se plantea en su disposición adicional cuarta que el vino va a
quedar excluido de la misma-, que ocio y violencia van dadas de la mano –maravilloso y
enternecedor, en cambio, el espectáculo de cualquier programa del “corazón”-, oímos que los
jóvenes carecen de valores -¿Asamblea de Madrid?- ... Es decir, vivimos en una sociedad
profundamente contradictoria ¿y queremos que el ocio de los jóvenes sea coherente? Vamos a
analizar algunas cuestiones relacionadas con este ocio.

2.- EL OCIO Y EL PROYECTO DE VIDA ADULTO

Hablar de ocio y hablar de jóvenes requiere hablar de sociedad, del proyecto de vida
adulto, de expectativas, de significados vitales. Hace algunos años estaba más o menos claro el
final de la juventud y el principio de la vida adulta, ya que dos elementos marcaban ese paso: la
incorporación al mercado de trabajo y la salida del hogar paterno. Actualmente estos dos
factores se han retrasado considerablemente en relación a la edad en la que ocurren, ¿cuándo

2
termina la juventud? Eduardo Verdú acuña un nuevo concepto para referirse a esta realidad:
ii
los “adultescentes” . Nuestros padres vivieron su juventud esperando un futuro distinto. Este
futuro es nuestro presente, pero muchos jóvenes tienen la sensación de haberse quedado sin
pasado y, lo que es peor, tampoco tener futuro. Sólo nos queda el presente y queremos
disfrutarlo.

Robert Castels, tratando de superar el concepto de pobreza, se va a acercar al concepto


de “exclusión social”. Según este autor nos movemos en tres espacios en los que nos vamos a
definir: espacio económico, espacio relacional y espacio de los significados vitales. En cada uno
de esos espacios nos podemos situar en tres zonas: zona de integración, zona de vulnerabilidad
y zona de exclusión social. Nuestros padres, como refleja de forma magistral el “Informe
Petras”, se incorporaron –normalmente- de manera rápida al mercado laboral, vivían dentro de
un espacio familiar amplio que en muchos casos funcionaba como espacio de protección, la
religión (o algo parecido) daba significado a cuestiones cotidianas (y a otras que iban más allá
de lo cotidiano), había proyectos por cambiar o por mantener una determinada visión del
mundo...

Nosotros hemos nacido en medio del “Estado de Bienestar”, cuyos fundamentos


encontramos en la Constitución Española, pero en España este modelo se empieza a construir
cuando este planteamiento había entrado en crisis en el resto del mundo occidental arrastrado
por la crisis del 73 (y, frente a ese marco más teórico que real, algunos estudios señalan que
nuestro país tiene actualmente –junto a Irlanda- el menor porcentaje de gasto social de toda la
Unión Europea: son las consecuencias del déficit cero). Hemos asistido a la caída del muro de
Berlín y a lo que ciertos “profetas” han denominado “el final de la historia” iii. Frente al Estado
de Bienestar nos encontramos con “la sociedad del riesgo”como analiza Ulrich Beck. El hecho
de ser “jóvenes, aunque sobradamente preparados” (aunque sea un tópico) no nos asegura un
puesto de trabajo. Nos movemos en el trabajo precario, vivimos en casa con nuestros padres
(donde por otra parte se está muy a gusto ya que muchos de nuestros padres han querido ser
nuestros mejores amigos -¿?-)... Somos una generación no de pobres, pero sí de vulnerables (ver
“Barrio”, “Los lunes al sol”, “Historias del Kronen”, muchas películas de Ken Loach ...).

En definitiva, y ya terminamos con el concepto de “adultescentes”, la juventud se alarga


hasta no sabemos dónde. El Instituto de la Juventud dice que hoy se es joven hasta los 34 años
i
“El País”. Sábado 30 de agosto de 2.003. Pág. 56.
ii
Verdú, Eduardo; “Adultescentes. Autorretrato de una juventud invisible”. Ediciones Temas
de Hoy. Colección Ensayo. Madrid, 2.001.
iii
Este concepto lo plantea el neoliberal Francis Fukuyama. Nos encontramos en el mejor de
los mundos posibles, definido por la economía liberal y la democracia formal. No hay, pues,
alternativas.

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(hace una década era hasta los 25). Muchos jóvenes llevan a los 30 años prácticamente la misma
vida que hacían a los 15 años (casa-estudios/trabajo). Muchos jóvenes a los 30 años se divierten
igual que se divertían a los 15 años –quizá con más dinero, llegando a casa a otras horas o
escuchando música diferente, pero en el fondo de la misma forma-. Muchos jóvenes tienen la
misma relación con las drogas, visten la misma ropa ... que a los 15, a los 20, a los 25... Y eso
afecta a sus relaciones con el alcohol, con el ocio, con los adultos, a sus relaciones sexuales y de
pareja.

3.- DIMENSIONES DEL OCIO JUVENIL

Las encuestas afirman que la actividad preferida por los jóvenes españoles es “salir con
los amigos de copas” (el 36% de los encuestados); en el último fin de semana el 54% “salieron
de copas”, el 37,5% declaraba haber “visto bastante la tele” y el 44,5% estaba “en casa tranquilo
con la familia”. Seguimos, por tanto, profundizando en la “marcha” iv. Antes quiero comentar
que no hay un único tipo de marcha, y que un mismo contexto de marcha no tiene las mismas
consecuencias sobre todos los “marchosos”, y que no siempre la marcha empieza a los mismos
años, y que no es lo mismo la marcha teniendo claro el futuro que cuando el futuro es más
parecido a un agujero negro, y que la marcha depende de la “tribu” a la que se pertenece, y que
no hay marcha sin “colegas” (y los colegas son lo más importante), y que se puede asumir un
escenario de marcha para ser aceptado por los “guais” o para distinguirse de los “petardos”... O
sea, que aquí tampoco vamos a encontrar verdades universales.

La marcha no está exenta de valores. Es una primera afirmación importante y que si no


tenemos en cuenta no nos va a permitir acercarnos al ocio de los jóvenes. No todos los valores
de la marcha podemos considerarlos como valores “sospechosos”. Algunos son valores que
podemos encontrar en otros ámbitos del ocio: relacionarse, compartir, experimentar, agruparse...
La cuestión es que en el contexto de la marcha van a tener una expresión diferente (y
confundimos la forma con el fondo).

La marcha es algo llamativo, ya que casi por definición va a constituir una fuente de
transgresión. Pero es que es precisamente ahí donde radica uno de los mayores atractivos de la
marcha para los adolescentes y los jóvenes. Cuando estamos de marcha hacemos cosas que en
otros contextos resultan inapropiadas, que no nos atreveríamos a hacer (pero, ¿cuántas
conductas no apropiadas nos ofrecen los adultos en un partido de fútbol o en una despedida de
soltero?).
iv
Plan Nacional sobre Drogas. “Salir de marcha y consumo de drogas”. Ministerio del Interior, Plan
Nacional sobre Drogas. Madrid, 2.002.
Fundación de Ayuda contra la Drogadicción (FAD). “Dossier: Y tú, ¿qué piensas?”. Madrid, 1.996.

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Una de las formas de transgresión y de enfrentamiento con el mundo de los adultos –
especialmente el de los padres- es la ruptura de horarios. Se mide la “calidad de la marcha” con
la “cantidad” de noche consumida. Muchas veces se prolonga la noche para así prolongar la
marcha. No importa lo que se está haciendo, importa que se hace a altas horas de la madrugada.
No queda bien irse pronto a casa, al día siguiente hay que presumir de quién se ha acostado más
tarde. El enemigo no es el aburrimiento, es el cansancio.

La forma de comportarnos por la noche es diferente: actuamos con mayor confianza y


desinhibición. Toda la gente de marcha está predispuesta a vivir nuevas experiencias, a dejarse
sorprender... y esto facilita el acercamiento. Somos más ruidosos y escandalosos. O no somos
conscientes de que estamos molestando, o lo somos pero nos da igual. Si un adolescente bebe
cerveza lo va a hacer de la forma más ruidosa posible, en el envase más transgresor –una botella
de cristal o un vaso de plástico que se pasa de boca en boca-, en cantidades desproporcionadas...
(gráficamente se habla de “ir a muerte”), arrojándolo al suelo para que se haga añicos, en
espacios no preparados para el consumo –es mejor hacerlo en la calle o en una plaza que dentro
de un local-...

La marcha, por todo esto, es un momento de ruptura. El joven (y los no tan jóvenes)
hace una separación muy clara entre los tiempos en los que estructura la semana. Por una parte
está el tiempo de las obligaciones, los límites, los horarios... que se extiende del lunes al viernes
(más o menos). Es el tiempo en el que nos encontramos definidos por los espacios
socializadores formales: la escuela (o la universidad) y/o el trabajo. El viernes (o la noche del
jueves como adelanto) empieza otro espacio, otro significado definido por otros agentes
socializadores (que, a pesar de las apariencias no son tan libremente elegidos como pudiera
parecer): los iguales (las diferentes “tribus”), la diversión, la música...

El consumo de alcohol es un elemento importante de la marcha. Pero el consumo de


alcohol no es considerado, en sí mismo, como un acto trangresor (salvo en edades muy
tempranas). El alcohol es una sustancia legal y socializada. El elemento transgresor del alcohol
no se sitúa en el consumo de la sustancia sino en la cantidad que se consume. Una borrachera no
rompe el orden social por sus efectos individuales sino por sus consecuencias colectivas. ¿Sería
tan importante el debate en torno al “botellón” si este tipo de consumo no produjera toda una
serie de “efectos colaterales”: suciedad, ruidos, desperfectos...? En la Comunidad de Madrid se
aprobó una ley sobre drogodependencias y otros trastornos adictivos que se ha popularizado
simplemente como “ley antibotellón”, siendo sus efectos sobre estos fenómenos claramente

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insuficientes (como por otra parte ya esperábamos, no se puede pretender cambiar toda una
cultura del tiempo libre a base de leyes y policías municipales).

La marcha no es el contexto en el que el joven puede tomar alcohol sino en el que sale
para emborracharse. Para salir de marcha, previamente, “hay que pillar el punto”. Ese estado
nos permite mayores posibilidades de relación, de encuentro. El chaval que es tímido esa noche
intenta ligar y hacerse unas risas. Si le sale bien pensará que es por el “puntillo”, con lo que el
fin de semana siguiente volverá a pillarlo (vamos, puro condicionamiento).

El consumo de drogas ilegales es también un factor transgresor, que suele potenciarse


los fines de semana. Quizá hace unos años se empezó a consumir alcohol para parecer más
mayor, pero hoy el consumo del alcohol es un consumo grupal, un fuerte elemento de cohesión.
Los minis, los litros... no se consumen individualmente, se consumen en grupo, constituyendo
un elemento de aceptación (y, por tanto, de rechazo). En estos consumos, la mitad de los
jóvenes españoles (14-29 años) mezcla el alcohol con otras sustancias (hachís, éxtasis, cocaína).

El joven hoy consume drogas dentro de una visión de profundo odio al “yonkee”,
entendiendo a éste como el politoxicómano cuya droga principal de abuso es la heroína y que
vive de forma marginal. El joven de hoy ha aprendido a consumir “pastillas”, pero es que
también ha visto en su casa que ante cualquier problema –físico o psíquico- nos tomamos una
pastilla. ¿Con qué legitimidad exigirle que no se tome pastillas para aguantar bailando toda la
noche? Ya han muerto varios jóvenes por las pastillas (de nuevo, en los medios de
comunicación la alianza entre drogas y muerte), pero hay que tener cuidado: muchas de esas
muertes no se han producido por el MDMA (principio anfetamínico de todas estas pastillas),
sino por adulteraciones de las mismas; muchas de esas muertes se han producido por “golpes de
calor” o por deshidrataciones (y no son precisamente los chavales los que cerraban los grifos de
agua en los baños de las discotecas para que se comprara agua en la barra, ¡agua que costaba
más cara que las consumiciones con alcohol!)... ¿Son únicamente los jóvenes los responsables?,
¿qué papel han jugado los adultos que se enriquecen con todo lo que rodea a ese ocio?

Siguiendo con esta última línea de reflexión quisiera hacer algunos matices... la
marcha, ¿es realmente una actividad transgresora? El adolescente, el joven que sale de marcha
¿es realmente libre? En las actividades de marcha tienen una gran influencia los negocios, las
marcas, las modas ... ¿Puede ser una transgresión una actividad perfectamente integrada y
planeada por los agentes económicos de una sociedad?, ¿es ir en contra del orden hacer lo
mismo, a las mismas horas y de la misma forma?... ¿Quién decide dónde se sale de marcha, qué

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música se escucha, qué se consume?... Son adultos que van a sacar un claro beneficio
económico.

La entrada de los “garitos” suele ser estrecha con lo que se suelen producir
aglomeraciones en las puertas -¿no da la sensación de que quiere entrar mucha gente y de que
cuesta entrar?-, la barra está en lugares de paso por donde tiene que ir todo el mundo -¿no da la
sensación de que continuamente hay gente pidiendo bebidas?-, los servicios están al fondo –de
nuevo hay que pasar por la barra-, no hay sitios para sentarse –predomina el mogollón y el
contacto físico-, no hay lugares donde reposar las copas –se consume con mayor rapidez o las
consumiciones colectivas “rulan” más deprisa-... En definitiva, sobre todo en las grandes
ciudades, ocio y estrategias comerciales están absolutamente unidas.

El tiempo libre, la noche, los fines de semana, la pandilla... aportan una serie de
conductas atractivas y que son muy difíciles de sustituir por actividades planificadas y
organizadas desde otros ámbitos (actividades municipales tipo “la noche más joven”). La
desinhibición, la fusión con el grupo, la exploración y el riesgo, la autoestima disparada, la
diversión... hacen atractiva ¿e insustituible? la marcha.

4.- LA SOLEDAD DE LA MARCHA

Pero la marcha termina siendo repetitiva. La marcha es una secuencia de garitos,


bebidas, noches ... que terminan repitiéndose unas y otras. La marcha como actividad grupal es
una alternativa a la soledad y a los modelos de comportamiento que hay que asumir durante la
semana.

La marcha cansa. La marcha puede crear “paraísos”, pero son artificiales, efímeros
(“toda la semana esperando por el finde, y ¿para esto?”). Después del fin de semana llega la
semana, y el problema es que ya no cuela eso de “estudia, porque estudiando llegarás a ser
alguien en la vida”.

No me queda mucho espacio, pero quizá por aquí pueda ir nuestro papel de “adultos
significativos” en la familia, la escuela, la comunidad ... Abrir espacios de sentido a la vida
cotidiana. De esa forma quizá no podamos evitar que los chavales hagan algún paseo por esos
paraísos (no podemos educar para una sociedad sin drogas porque esa sociedad no existe), pero
sí evitar que se queden anclados en ellos (y me da lo mismo que el paraíso se llame marcha,
droga, talla de ropa, internet, religión o lo que sea).

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5.- ¿UNA IGLESIA CON MARCHA?

Hoy he leído en el periódico que en una encuesta hecha a jóvenes españoles en relación
a doce instituciones, la Iglesia Católica aparecía en último lugar (he tirado el periódico, así que
no puedo citar la fuente, pero no importa). ¿Tiene marcha la Iglesia?, ¿puedo ser sincero?

El Papa tuvo un amago de “marcha” cuando se posicionó en contra de la intervención


militar en Irak, pero nos decepcionó cuando recibió a la familia Aznar y ni siquiera le dio un
pequeño tirón de orejas (al estilo del que dio a Ernesto Cardenal en su visita a Centroamérica).
Hoy, y es una opinión personal, la Iglesia es arrogante (me refiero siempre a esa “Iglesia” en la
que estamos todos pensando, no a la iglesia sin mayúsculas), sus representantes están lejanos (y
se uniforman para diferenciarse todavía más), en la Iglesia hay miedo al diálogo y al encuentro
(las reflexiones de Moltmann siguen siendo tremendamente actuales)...

¿Va a plantear la Iglesia, o desde la Iglesia, alternativas al ocio de los jóvenes? Sí,
probablemente hagamos “locales” para los chavales, pero luego cuando terminen la reunión
semanal volverán a ser “chavales” con todas sus consecuencias. Algunos de esos chavales no
estarán en los grupos y en las parroquias más atrevidas se plantearán “pastorales de alejados”.
Pero creo que no es bastante. Las catequesis de Confirmación pasan... y los jóvenes, también.

No me enrollo más (me voy de marcha .. a la bicicleta estática que me espera “del salón
en el ángulo oscuro”). Si la Iglesia quiere tener marcha lo único que debe hacer es volver a las
Bienaventuranzas (pero cuidado con la traducción y con las notas a pie de página, mejor leerlas
sin aditivos ni excipientes autorizados).

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