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Norma Lazo. El Monstruo de Dos Cabezas

El relato narra la experiencia de una mujer que, tras un encuentro casual en una cafetería, comienza una relación con un hombre que invade su espacio personal y altera su rutina. A medida que su relación se desarrolla, ella se siente atrapada y anhela recuperar su independencia, mientras lidia con la incomodidad de su presencia constante. La historia culmina en un momento de revelación y desesperación, donde la protagonista considera tomar medidas drásticas para recuperar su libertad.

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Norma Lazo. El Monstruo de Dos Cabezas

El relato narra la experiencia de una mujer que, tras un encuentro casual en una cafetería, comienza una relación con un hombre que invade su espacio personal y altera su rutina. A medida que su relación se desarrolla, ella se siente atrapada y anhela recuperar su independencia, mientras lidia con la incomodidad de su presencia constante. La historia culmina en un momento de revelación y desesperación, donde la protagonista considera tomar medidas drásticas para recuperar su libertad.

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EL MONSTRUO DE DOS CABEZAS

(2014)
NORMA LAZO

El favor del público me molesta tanto como el amor de


una mujer. Ambos son como una miel resinosa
vertida sobre las alas de la independencia.
KEATS

Acostumbraba escuchar mis pisadas, el sonido delicado de mis


tenis besando el suelo; a veces, alguna piedrita se rompía,
convirtiéndose en arena con la opresión de la suela, pero no era en
realidad nada molesto, pues estaba habituada a caminar entre mis
pasos silenciosos: uno, dos, uno, dos; primero izquierdo, luego derecho,
fijando bien la vista en el piso, para que mis pies ni siquiera rozaran las
hendiduras entre las losas de cemento.
Mi cuerpo vivía adecuado a mi departamento, girando
despreocupado en la cama, batiendo los brazos para imitar a los pájaros,
sumido en el agua caliente de la pequeña tina. Ahora Él está aquí,
inhalando mi propio aire.
Todo fue una estupidez. Nuestras miradas se cruzaron de manera
fortuita, mientras yo sostenía una taza de café y levantaba el rostro
discretamente para observar a las personas que se hallaban a mi
alrededor. Él también estaba solo, me miraba con fijeza sujetando la
taza de la misma manera que yo. Quise esquivar su mirada, no pude,
entonces sonrió. Respondí con una mueca intentando imitar la forma de
sus labios. Lo hice porque pensé que debía hacerlo. Cortesía, creo. Él se
levantó con la taza aún en las manos y se dirigió a mi mesa.
—¿Te molesta si me siento? —dijo.
—No, hazlo si quieres —me vi obligada a responder.
Al cabo de un rato conversábamos como si fuéramos conocidos de
hace tiempo.
~2~

—No, no, eran mejor las letras de Peter Sinfield o las de John
Wetton; más profundas, creo.
—Todo lo que hagan esos cabrones para mí está bien —respondí—,
¿pedimos otra cosa?
—Claro —contestó.
El mesero se acercó. No soy una dama. No acostumbro aceptar
que los hombres me sugieran qué comer o beber. En el momento en que
iba yo a decir, un exprés cortado con un chorrito de crema, Él se
adelantó:
—Un exprés cortado con muy poquita crema.
—Igual —dije.
Por alguna razón me acompañó hasta el lugar donde yo vivía.
Traté de ser discreta, evitar las conversaciones acerca de nuestras
intimidades, mas fue Él quien comenzó a hablar de su anterior relación
amorosa, de lo difícil que resultó salirse de ella y de lo feliz que se
encontraba solo y libre. Nunca entendí por qué, desde entonces, no dejó
de llamarme todos los días.
Yo solía ir a la misma cafetería cada jueves y nos veíamos allí casi
a diario. Se hizo un hábito hablar durante largo rato, con incómodos
intervalos de silencio que él suprimía, sugiriendo nuevos temas; un
torrente de palabras lacerando mis oídos. Después de cada sesión
vespertina, insistía en acompañarme a casa. Imagino que sin darme
cuenta me obligó a ser una dama, porque incluso comencé a caminar
pegada a la pared, mientras Él me defendía de no sé qué peligros que
estaban en la orilla de la acera.
—¿Puedo subir? —me preguntó en una ocasión en la entrada del
edificio.
Estaba cansada y accedí por cortesía. Le mostré mi departamento
con cierta desgana. Él opinó que no era igual al de otras mujeres, a
quienes había conocido antes. No tengo idea qué quiso decir.
~3~

—¿Discipline o The Lars Tongue in Aspic? —preguntó, mientras


revisaba mis discos.
No supe qué responder. El entusiasmo depositado en cada
comentario me parecía verdaderamente molesto; quise decir, el que se
te hinche tu gana, pero murmuré:
—Discipline.
—¿Puedo ser anfitrión en tu casa? —y caminó a la cocina en busca
de unos vasos. Sin preguntarme qué deseaba tomar, sirvió un tequila
para mí y otro para él.
—No me gusta el tequila.
—¿Entonces por qué lo tienes?
—Porque a mi hermano le gusta.
—Es la primera cosa en la que no estamos de acuerdo —añadió.
Jamás pensé que preferir el silencio a las palabras, significara estar
de acuerdo con algo. Nunca entendí cómo, en el tiempo que llevábamos
saliendo, no se había percatado de que Él practicaba un insufrible
soliloquio. Sin embargo, preferí callar para propiciar el refrán más vulgar
de todos: el que calla otorga.
—Una cuba está bien, ¿o no bebes?
—Prefiero un Etiqueta negra.
Se acercó con el vaso en la mano y, a pesar del espacio en el sofá,
se acomodó, colocando sus piernas muy cerca de las mías. Quise
extender mis alas como acostumbro, pero su cuerpo cortaba el aire que
mis brazos buscaban. Dejó el tequila sobre la mesita de centro y se
abalanzó hacia mi boca con los labios abiertos. La humedad de su
lengua me pareció agradable, tomé su cuello entre mis manos, de la
misma forma en que suelo tomar la taza de café, y lo jalé para prolongar
el beso. Él deslizó sus dedos sobre mi piel. Desabotonó mi blusa y apretó
mi pecho de forma salvaje. Yo me desentendí de su cuello y busqué bajo
el cierre del pantalón para presionarlo de la misma forma.
~4~

Continuamos asistiendo a la cafetería, si bien las cosas tomaron


otro giro. Cada noche, al acompañarme de regreso me inquiría: ¿Tu casa
o la mía? Desde entonces dormimos juntos. Sus objetos fueron llegando
poco a poco. Primero el rastrillo y la crema de rasurar, luego las cajas de
condones y las pastillas para la virilidad, después alguna ropa interior y
su pijama; al final su almohada, ya que sólo podía dormir a gusto con
esa pinche almohada. Un día llegó para nunca marcharse. Escuché
decirle a su compañero de apartamento:
—Creo que ya me voy a quedar por acá, no lo hemos hablado,
estamos tan compenetrados que no será necesario.
Ahora su figura deambula por mi casa. Intenta estar el mayor
tiempo asido a mi cuerpo. Con el mínimo pretexto de un abrazo pega su
pene a mis nalgas. Cuando giro la cabeza, siempre está la suya a mi
lado, y las suaves pisadas de mis tenis han sido enmudecidas por el
estruendo de sus zapatos sin suelas. Parece que no hay forma de que se
largue.
Hace dos semanas mi hermano llamó desde León, dijo extrañarme
y que deseaba verme. Acepté su visita. Nos citamos en un restaurante
del centro. Teníamos la necesidad de vernos a solas y recordar en
silencio viejos pasajes de nuestra infancia. No obstante, el tonto olvidó la
calle donde se encontraba el restaurante y llamó a mi casa para pedirme
la dirección. Yo había salido, imagino que en busca de un lugar donde
pudiera mover mis brazos sin soportar una hilera de dientes
sonriéndome. Por desgracia fue Él quien contestó el teléfono. Le sugirió
a mi hermano que comiéramos los tres juntos en la casa. De esa manera
podría conocer a su cuñado. A mi regreso descubrí los nuevos planes
mientras Él preparaba la comida, hacendoso. Respiré profundamente.
—Come back, you’ll see my return, my returning face smilling,
smile of a waiting man —cantaba aderezando los filetes.
Entré a la cocina. Le pedí que bajara el volumen del equipo de
sonido. Ese grupo había comenzado a fastidiarme. No soportaba que Él
~5~

lo exhibiera como muestra de buen gusto. Parece pensar que escuchar


al Rey carmesí lo convierte en un hombre especial ante mis ojos.
Extraño el suave roce de mis tenis y la facilidad con la cual
extendía mis brazos cuando vivía sola. Ahora, cada vez que entro a una
habitación, Él está ahí. Ha memorizado mis costumbres: Lo primero que
hago al despertar es entrar en la tina, de modo que allí está Él, listo para
enjabonarme la espalda. Después de bañarme suelo poner la cafetera;
no obstante, a punto estoy de prepararme el café a mi gusto, y descubro
que Él ya lo hizo a su manera. Más tarde me recuesto un momento para
ver el noticiario de la mañana, sin embargo, Él ya está recostado con su
sexo casualmente descubierto. El pobre cree que eso me excita. Al
darse cuenta de mi indiferencia se apodera con su cuerpo de toda la
cama, obligando a mi piel a entrar en contacto con la suya.
—Me estás empujando…, hazte para allá —le reprocho.
—Abrázame —me dice frotando su sexo en mi pierna.
A veces lo siento asido a mí y su cabeza pegada a la mía. Ya me
resulta imposible ver sus ojos humedecidos de amor, sostenidos por su
sonrisa complaciente. Intento alzar mis alas para tomar el vuelo, mas su
brazo se aferra al mío como una enredadera. Quisiera gritarle que se
largue de una vez por todas, pero me ahoga con su soga de melancolía.
Por fortuna mi hermano llega puntual a la casa y con su ofrenda de
paz. Me abraza durante largo rato y dice que deberíamos estar más en
contacto. Le pido discreción y que no se le vaya a soltar la lengua. Lo
beso en la mejilla mientras saca la botella de Etiqueta negra del
envoltorio. Él y mi hermano conversan, hacen bromas, parece que se
conocieran de antaño. Les pido que pasemos al comedor. Su parlotear
me aturde, prefiero distraerme de la conversación. No puedo despegar
la vista del líquido rojo escurriendo de mi filete. Si tanto sabe Él de mí,
cómo no recuerda que únicamente lo tolero bien cocido.
—¿Cómo la aguantas…? —le pregunta mi hermano en un tono de
complicidad que me caga.
~6~

—Nos hemos adaptado súper bien —le responde, al mismo tiempo


me toma de la mano—, estamos compenetrados. ¿Has escuchado esas
historias sobre mellizos? Así nos sentimos, nos adivinamos todo, nos
gusta casi lo mismo, al igual que si estuviésemos pegados.
—A ver, déjame verte —dice mi hermano, levantándose de la silla.
Me jala de la mano y me invita a hacer lo mismo. Nos damos otro
largo abrazo, para así olvidar los años de abandono. Es nuestro
momento íntimo, reconciliador. Cierro los ojos con emoción, aunque al
abrirlos, lo primero que veo es la cara de Él, muy cerca de la mía, con la
mirada enternecida por nuestro reencuentro. Trato de ignorarlo, pero Él
se une a nuestro abrazo. En ese instante se disipa toda incertidumbre.
Ya no me queda la menor duda. Ahora lo sé. Su cabeza emerge de mi
propio cuello. Salto hacia atrás, asustada por lo que he descubierto. A
pesar de la reacción tan abrupta, mi hermano me pregunta sin ninguna
sorpresa, olvidando mi pedido de discreción:
—¿Qué pasó? ¿Todavía sufres alucinaciones?
—¿Alucinaciones? —interroga Él en tono temeroso.
—Hace tiempo que no… —respondo, con una sonrisa afilada,
dirigida a mi “amado”.
Continuamos comiendo entre comentarios burlones y carcajadas.
Por primera vez en varios meses, Él guarda silencio y esquiva mi mirada.
Miedo quizá, pienso. Me disculpo para ir a la cocina porque recuerdo su
comentario acerca de los mellizos y la opresión que me provoca su
cabeza recargada sobre la mía. Reviso los cuchillos, escojo el más
grande y filoso; lo oculto debajo de mi chamarra. Regreso a la mesa
para apresurar la partida de mi hermano argumentando que me siento
muy cansada. Lo acompaño hasta la puerta y lo despido amorosa con la
promesa de vernos pronto. Volteo hacia Él, quien me observa intrigado
desde la mesa del comedor. Le sonrío al acercarme lentamente. Por
suerte existe el milagro de la cirugía.
~7~

LAZO, Norma. Medidas extremas. Ediciones Cal y Arena, México, 2014,


pp. 45-53.

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