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Claves para entender la felicidad humana

La felicidad es un concepto complejo que abarca aspectos emocionales, biológicos e intelectuales, y se considera un componente vital del desarrollo humano. Se puede aprender y construir a través de relaciones sociales sólidas, educación y un entorno familiar adecuado, y no es un estado permanente, sino un proceso continuo que requiere esfuerzo. La felicidad se relaciona con la realización del potencial humano y se manifiesta en la calidad de vida y en la satisfacción de las necesidades básicas.
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Claves para entender la felicidad humana

La felicidad es un concepto complejo que abarca aspectos emocionales, biológicos e intelectuales, y se considera un componente vital del desarrollo humano. Se puede aprender y construir a través de relaciones sociales sólidas, educación y un entorno familiar adecuado, y no es un estado permanente, sino un proceso continuo que requiere esfuerzo. La felicidad se relaciona con la realización del potencial humano y se manifiesta en la calidad de vida y en la satisfacción de las necesidades básicas.
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Felicidad

Introducción
La felicidad es entendida casi siempre como una entidad abstracta, propia de la
esfera ideal y temáticamente circunscrita al coto cerrado de la Filosofía. Desde el
punto de vista fenomenológico es cercana en cuanto cotidianamente es deseable,
aunque pese sobre ella el sambenito de lo inalcanzable. Pero la felicidad es un
asunto vital, un componente de la zona afectiva y espiritual humana que
frecuentemente se entrecruza con lo biológico e intelectual.

La felicidad copa toda la existencia de los seres humanos a lo largo de sus edades.
Como con las demás metas del desarrollo humano integral y diverso, su despliegue
resulta más auspicioso si desde temprano en la vida se ponen las condiciones para
hacer ello posible.

En la antigüedad clásica de Grecia, Aristóteles ya había propuesto el límite de


aspiraciones al respecto cuando señaló que “la felicidad es es tar satisfecho consigo
mismo ”, Desde entonces, quedó sugerida la idea de un dinamismo necesario para
conquistar dicha línea del horizonte de realización humana. Se hizo conciencia
sobre el estatuto de deseabilidad y al mismo tiempo de la existencia de unos
imponderables con incidencia en la consecución del ideal.

La felicidad es dicha, satisfacción, bienestar, fortuna, ventura, bonanza y


prosperidad. No es un evento o un hecho puntual. La periodista colombiana Adriana
Chica, que cubrió una visita del psicólogo estadounidense-israelí Tal BenShahar,
escribió lo siguiente al respecto:

En la antigüedad clásica de Grecia, Aristóteles ya había propuesto el límite de


aspiraciones al respecto cuando señaló que “la felicidad es es tar satisfecho consigo
mismo ”, Desde entonces, quedó sugerida la idea de un dinamismo necesario para
conquistar dicha línea del horizonte de realización humana. Se hizo conciencia
sobre el estatuto de deseabilidad y al mismo tiempo de la existencia de unos
imponderables con incidencia en la consecución del ideal. La felicidad es dicha,
satisfacción, bienestar, fortuna, ventura, bonanza y prosperidad. No es un evento o
un hecho puntual. La periodista colombiana Adriana Chica, que cubrió una visita del
psicólogo estadounidense-israelí Tal Ben- Shahar, escribió lo siguiente al respecto:

Lo que se ha encontrado de manera coherente y constante en los países que llegan


a la cima de esta encuesta, como Colombia, Australia, Dinamarca y Holanda, es que
tienen un elemento común: existe un apoyo social muy fuerte; es decir, las
personas de esos países se centran en las relaciones de familia o de amistades, y
este es el principal proyecto de bienestar.

En ningún caso, ni en lo colectivo ni en lo individual, la felicidad viene


gratuitamente de una especie de cielo de las ideas, de un más allá superior y ajeno.
Casi siempre resulta aquí y ahora, en la vida como es, después de un pro ceso
esforzado, difícil, empeñoso. La felicidad se aprende, se construye. En ello se juega
la suerte del género humano, su continuidad. En los distintos niveles hay avances y
retrocesos, pero la tendencia central que es el desarrollo y consolidación de esa
virtud, triunfa. Lo dice hoy el estado del mundo y del hombre a pesar de los
obstáculos y de lo que queda por ser y hacer.
La felicidad se refiere a la serena alegría por ser y vivir haciendo y teniendo, que es
característica de los humanos. La felicidad es un sentimiento eminentemente
personal. Pero también es una estrategia o mecanismo para la defensa de la
especie. Ello hace tan difícil la di fusión nocional y mucho más la elaboración de
escalas para medirla y hacerla extensiva a toda la colectividad.

No obstante, es menester reconocer que tanto su sentido espontáneo como su


significado compartido culturalmente son aprendidos. Mejor dicho, han sido
mediados por las prácticas de socialización y el lenguaje. Así, por ejemplo, para el
historiador, economista, politólogo y filósofo escocés James Mili, citado por Émile
Durkheim en su libro Educación como socialización, la educación tendría como
objeto convertir al individuo en un instrumento de felicidad, para sí mismo y para
sus semejantes.

Por su parte, el también filósofo Herbert Spencer se ocupó de definir objetivamente


la felicidad. Para él, las condiciones de la felicidad son las de la vida y la felicidad
completa es la vida en su plenitud. ¿Y qué es la vida? Es más que la satisfacción
orgánica de necesidades, es más que la integración organismo-ambiente. Es el
despliegue de la inteligencia y el disfrute espiritual.

La felicidad no es vista como la llegada a un estado de nirvana o como renunciación


al deseo
por carencia, haciendo de la necesidad virtud. Es la admisión del equilibrio entre las
apetencias, las aspiraciones y su cumplimiento, con la condición de que se
reconozca la presencia permanente de algo más por lograr, sin dejar alterar dicho
equilibrio que, por tanto, siempre será precario. La felicidad es un sentimiento
acaballado sobre un delgado e inestable entre dos abismos como son tenerlo todo y
no tener nada.

Para el hombre de la economía y la política, realista y pragmático, la felicidad es


una entidad susceptible de ser concretada en el más corto plazo. En este horizonte
se la puede definir como el desarrollo pleno del potencial humano, la realización
personal, cualquiera sea el oficio que se desempeñe: músico, empresario,
carpintero, ama de casa, ingeniero, jardinero, deportista; pues de esa realización se
deriva la armonía consigo mismo y con los demás y el gozo con las realizaciones
propias o ajenas.

En la ecuación felicidad igual a eficaz ejecución del proyecto de potencial humano


hay que transitar desde la más prosaica preocupación por la adquisición del
mínimum vital material, sopesándolo de manera que no traspase el fiel de la
balanza de la sabiduría, porque sería contra producente (la infelicidad también
proviene del exceso), hasta llegar al sentimiento de bienestar psicosomático y a la
comprensión del sentido de la aventura humana, tanto en la perspectiva individual
como en la colectiva.

Este es un carácter de la existencia experimentado y ampliamente entendido por


los maestros místicos de Oriente y por los occidentales, que concluyen que la
felicidad es el summum del bienestar. En clave de hominización, la felicidad es
como pasar del rictus (plano fisiológico) de la sonrisa a la risa con sentido para
expresar dicha (plano humano).

El refranero popular dice que “no por mucho madrugar amanece más temprano”. El
bienestar o la felicidad vienen de afrontar la vida diaria sin premura. Haciendo bien
lo que toca y recibiendo lo preciso, porque lo excedente perturba. Como en el
arquetípico gesto paulino, se trata de vivir con las cosas como si no se tuvieran.
Con libertad de y libertad para... Solo el libre genuino puede ser feliz porque ha
logrado poner en su sitio los apegos. Quien pospone sus apetencias en favor de la
otredad, para facilitar la realización del prójimo, más rápida y fluidamente se
aproximará a la felicidad.

La felicidad personal, pues, está encadenada a la de los vecinos, así como la


felicidad familiar es un correlato necesario de la felicidad de la sociedad. También
en las fuerzas afectivas y espirituales opera el principio de los vasos comunicantes,
pero lejos de esta apreciación está la idea de que la felicidad llegará
inexorablemente. No. Esta vendrá con el trabajo y del trabajo.
Pero de un trabajo que involucre la creatividad, la pasión, la habilidad y la
satisfacción de hacer un aporte.

Pero no es el trabajo la única aproximación posible a la felicidad, también se logra


mediante una mejor apreciación de cada momento, carpe diem: vivir cada
momento.

La felicidad, siendo una meta del desarrollo humano integral y diverso, no tiene
lugar ni término de tiempo. Es más bien una forma de discurrir por la vida, un estilo,
una actitud que acompaña la evolución y que con tal proceder califica el logro del
propósito implícito en la meta.
Esfuerzo instructivo de la felicidad en distintos niveles
Las humanidades, las ciencias sociales y las ciencias de la educación se han
interpelado al respecto, según las palabras de los psicólogos españoles Toni
Ventura-Traveset y Raquel Albertín: “¿Cómo se aprende y se enseña a ser feliz?”

Esta misma pregunta modificada se hizo en el año 2000 un grupo de investigadores


de la Universidad de Michigan dirigidos por los psicólogos estadounidenses
Christopher Peterson y Martin Seligman. En realidad, la pregunta fue: “¿Cómo
podemos ayudar a nuestros niños y adolescentes para que desarrollen su vida con
plenitud?” En este estudio de cuatro años se concluyó que “aprender a ser feliz
consiste en cultivar las fortalezas personales. Aprender a ser feliz es alimentar cada
día aquello que hay de positivo en cada uno de nosotros”. ¿Pero cuáles son esas
fortalezas?

En el estudio se estableció una clasificación universal de fortalezas, proponiendo


veinticuatro fortalezas humanas agrupadas en seis grupos o virtudes: sabiduría,
coraje, humanidad, justicia, moderación y trascendencia. Entre estas fortalezas
están la curiosidad, la creatividad, el amor por aprender, la inteligencia social, la
honestidad, la perseverancia, el optimismo, el humor, la gratitud... Conocer las
fortalezas que hay en cada niño y adolescente, así como las de sus cuidadores, es
el primer paso para empezar a cultivarlas.
La felicidad supone, pues, esfuerzo constructivo o educativo en varios niveles: el
familiar, el social y el educativo.

Ecología familiar
En este horizonte tiene función principal la satisfacción de las necesidades
nutricionales, lúdicas y de seguridad. La felicidad consiste en el cubrimiento a
plenitud de ellas, concretadas en una pronta atención, en la facilitación del juego y
en una presencia que provea y toque. El ambiente constituido se torna
constituyente de una percepción que finalizará en un etos, una manera de ser.

Con el paso de los meses y años se requiere pasar del gesto y del contorno físico-
arquitectónico, de sesgo pasivo, a los movimientos y explicaciones verbales de los
adultos significativos y en general de todos los participantes del conglomerado
familiar, siempre organizados alrededor de un concepto axial, la armonía.

Tres cosas pueden acercar al niño y al adolescente a la posibilidad de desarrollar


sentido de la felicidad: la salud física y mental completa, la compañía afectuosa y
un ambiente sosegado. Asuntos que conciernen, en primera instancia, a la familia.
Diversos estudios demuestran que los adolescentes y los adultos jóvenes sanos,
felices y seguros de sí mismos son el producto de hogares estables en los que los
padres dedican gran cantidad de tiempo y atención a los hijos, estableciendo, por
tanto, vínculos afectivos más seguros y protectores.

Entorno social
Para la construcción y reconstrucción de la felicidad son necesarias la solidaridad y
la legalidad en las interacciones humanas, así como que la sociedad esté ordenada
de tal manera que garantice una inversión en el futuro de sus miembros.

Solidaridad en la calle, en la televisión, en los lazos de parentesco y amistad, en los


vínculos funcionales (pediatra-paciente o maestro-alumno, por ejemplo) con los que
se crea un tejido cultural compacto del cual solo se esperará tranquilidad,
bienandanza, certidumbre, paz, pilares fundamentales de la felicidad.

Legalidad, esto es, preexistencia de la sociedad civil y los beneficios emanados de


ella, tales como el orden, la previsión, la relación medios-fines.

Por su parte, la inversión en el futuro está representada por una organización


económica y sociopolítica que garantice el acceso a los bienes de mérito y a la
competencia por otras ventajas originadas en el sistema y de cuya conquista se
sigue bienestar, lo que facilita la construcción y reconstrucción de la felicidad.

La educación asistida por la pedagogía


La Pedagogía es arte y ciencia de la formación, es la enseñanza intencional a la cual
corresponde un aprendizaje eficaz traducible en el semblante, el lenguaje y los
comportamientos cotidianos del sujeto formado.

Se entiende que, de la casa a la escuela, la felicidad es asunto dependiente del


control y del ambiente artificioso para terminar en conformidad. Mejor dicho, en
todas las instancias de socialización se pueden diseñar, ex profeso, dispositivos
formativos que impliquen el ver, el sentir, el pensar y el actuar armoniosamente.
Puede haber también una formación para la felicidad. Y, en la medida en que se
avanza en edad y escolaridad, es factible incrementar su complejidad y al mismo
tiempo esperar mayor conocimiento, racionalidad y avenimiento existencial.

Lo anterior supone un cambio de mentalidad, principalmente en los actores de


primer orden (padres, maestros y alumnos), porque mejorando la enseñanza se
puede aprender más en menos tiempo, hacer del conocimiento un factor necesario
para la transformación de la sociedad, el bienestar humano y la libertad. Para ello,
la escuela debe adaptarse a las necesidades de los individuos en lugar de
adaptarlos a las necesidades de la escuela.

Y, lo más importante, actuar con la convicción expresada por la periodista


colombiana Flor Nadyne Millán, refiriéndose a Tal Ben-Shahar:

Puede enseñarse felicidad, pero no hay atajos y requiere de práctica. Esta no es


diferente de cualquier otra habilidad que se pueda aprender, invertir en ello es
fundamental. Todavía más, teniendo en cuenta a niños y alumnos, alentándolos a
pasar más tiempo con amigos y familiares y menos tiempo frente a una pantalla de
computador o televisor. Se deben animar a hacer ejercicio con regularidad, a estar
física mente activos. Es una de las claves para una vida más feliz.

La escuela y la educación tendrán que consultar el acervo cultural para sacar de ahí
el cuerpo de proposiciones con referentes concretos y que han resultado
pedagógicamente exitosos, pues, con todas sus máculas, la sociedad ha per-
manecido e, inclusive así, habrá que asegurar su preservación. Pero también ten-
drán que inventar modalidades educativas novedosas para socie dades móviles,
cambiantes, sin comprometer la cuota correspondiente de felicidad individual y
colectiva: la felicidad posible en un mundo previsible; la que facilitan los padres a
sus hijos y los maestros a sus alumnos y la que tendrán que conseguir y
eventualmente recuperar los jóvenes adultos en su aventura vital.

Pero, con todos los seres humanos de cual quier condición, edad o país se debe
tener en cuenta que cuando el individuo ha satisfecho sus necesidades básicas
puede hacer uso de las energías y la experiencia así liberadas para emprender
proyectos que trascienden la satisfacción de esas necesidades; proyectos en pos de
la libertad, la justicia, la belleza o la verdad, esto es, relativos a la motivación de ser
y a la autorrealización. Para ello, es necesario fijar metas desafiantes, fascinantes y
en las que el compromiso asumido no riña con la libertad mental, la libertad para
cambiar de parecer y de vida.
¡Y esto es felicidad!

Los pasos de la felicidad


Esta meta del desarrollo humano integral y diverso se prepara tempranamente,
mucho antes del nacimiento del niño. Si se entiende como un estado del ánimo que
se contenta con el goce del bien y a esto se le añade la realización del potencial
humano, hay que trasladarse a las fases del primer conocimiento entre los
miembros de la pareja en cuyo seno se traerá a dicho niño a la vida.

La felicidad está en la calidad de la alimentación, la solidez afectiva y la fortaleza de


los ideales de cada uno de quienes llegan a conformar pareja y en la contribución
de la información genética previa. En todo caso, de las ideas individuales de los
padres, o de quienes hagan sus veces, y de aquellas surgidas tras la configuración
de la pareja se desprenderá una estructura y una dinámica familiar proclive a la
consecución de lo propuesto. Este es el paso previo a cualquier posibilidad de
felicidad.

Nacido el niño, y puesto en la cuna, se hace inevitable fijar la atención en él. Allí es
sujeto de cuidados y regulación. Y aunque él no puede caer en la cuenta de ello, sí
va formando como una huella existencial que deja pasar a manera de síntesis en
esa dialéctica, la serenidad, la semilla de la buena vida. Es el paso de la protección
y el orden.

La etapa precedente y los dos primeros años de vida extrauterina suman los mil
primeros días, fundamentales como cimientos en la estructuración de la
personalidad del niño. De aquí hasta los siete hay una preponderancia del yo que se
consolida por encima de cualquier otra llamada. Lo demás y los otros o no existen o
están supeditados a un yo que se crece sin aduanas. Es una fase de enconado
egocentrismo cuyo antídoto en perspectiva de bienestar es la regla coercitiva; el
sentimiento de felicidad puede tener un traspié y colapsar radicalmente si no hay
una fuerte asistencia externa. Por eso coincide con la vigencia de una moral y
educación heterónomas, moderadas por una concepción humanista de la vida. Es el
paso de la disciplina.

De los siete a los dieciocho años, hay una alternancia entre el egoísmo y la
cooperación que funda el bienestar y la felicidad en el re conocimiento, la
aceptación amorosa y la afirmación. Aún se requiere el apoyo de otros para
sobrevivir y vivir bien, pero al mismo tiempo se toma distancia y se ensayan
criterios e iniciativas para satisfacer tales demandas. Es el paso de singularización-
fraternización.

Finalmente, después de los dieciocho años se espera que los seres humanos
respondan a plenitud por sí mismos, incluso algunas veces yendo contra razones
evidentes y en ocasiones contra natura. A esta altura la voluntad está habilitada
para superar el hedonismo, como resultado de un proceso formativo; la felicidad se
opta, depende mucho más de la concepción de la vida y de su efectiva vivencia. Es
el paso de la felicidad como construcción mental con efectos prácticos.

El resto es la sabiduría para admitir que hay múltiples factores que intervienen, que
no hay automatismos que determinen un desarrollo existencial en línea, que hay
avances y retrocesos.

En fin, como bien dice Séneca en Cartas a Lucilio:

No hemos de preocupamos de vivir largos años, sino de vivirlos satisfactoriamente;


porque vivir largo tiempo depende del destino, vivir satisfactoriamente, de tu alma.
La vida es larga si es plena; y se hace plena cuando el alma ha recuperado la
posesión de su bien propio y ha transferido a sí el dominio de sí misma.

Conclusión
La felicidad no se prescribe a los individuos ni se decreta a las naciones. La
felicidad, como el amor, es una consecuencia de la persuasión que media entre
seres humanos que se tratan como tales. Es más una derivación necesaria de hacer
la oferta para ver y vivir la existencia de una determinada manera y no de otra. Los
padres podrán hacerlo con sus hijos, los maestros con sus alumnos, los esposos o
los amantes entre sí; en fin, quienes se entiendan como interlocutores válidos en
toda relación. La propuesta se toma o se deja, y se obra en consecuencia.

Con la felicidad se puede experimentar fruición, sensación de alivio, plenitud


espiritual. Pero igualmente se puede experimentar la mera impasibilidad,
desasimiento.

Es una manera de estar siendo que atraviesa todas las dimensiones de la persona y
que provee de entereza de ánimo para sortear bien cualquier vicisitud; también es
aquella en la cual se pierde. La felicidad no se aprende intempestivamente, no
aparece de sí y de suyo, por generación espontánea. Se desarrolla paso a paso, se
construye y reconstruye permanentemente. En este sentido, la felicidad se percibe
siempre como un eco lejano. En el adulto feliz hay generalmente un niño feliz, o por
lo menos un niño con quien hubo un empeño sostenido para acompañarlo a
desarrollar todo su potencial.

Un niño en el cual se ha fijado la mirada amorosa, y por eso atenta y cuidadosa, se


tomará confiado, esto es, seguro. Y por seguro, capaz de tomar iniciativas, que es la
manera simple de expandir el ser y, finalmente, este es el terreno abonado para la
sensación y la realidad de la felicidad.

Solidaridad
Introducción
La solidaridad es una noción que remite a una relación entre dos o más personas,
caracterizada, progresivamente, por el do ut des (dar condicionado: doy para que
des) y la reciprocidad, hasta llegar a la entrega gratuita.

La solidaridad está presente en todas las dimensiones de las personas; por eso se
ha abordado como tema de estudio de distintos autores y escuelas que la
desarrollan en el contexto de las ciencias o las disciplinas humanas (Antropología,
Psicología, Sociología, Filosofía, Teología y Pedagogía) y desde distintas
perspectivas (de sexo, política, educativa, ética).

La solidaridad no es un término circunscrito a una parcialidad religiosa. De hecho,


es usado en distintos enfoques de la realidad social, muchos de ellos típicos de una
mentalidad secular. Es una cualidad de la relación entre los seres humanos, inscrita
en su modo de ser, en su etos, que es exclusiva de la especie humana, por lo cual,
imperativos como no hagas a otro lo que no quieres que te hagan a ti, ama al
prójimo como a ti mismo, ponte en el lugar del otro y obra en consecuencia
sustentan desde una éticanatural hasta una ética mundial y de los derechos
humanos.

La solidaridad, en la forma más elemental de prácticas de cortesía, es de buen


recibo en una sociedad moderna, porque garantiza la vida conveniente para todos,
convirtiéndose en un universal de la cultura.
Pedagógicamente, solidaridad es familiaridad, es decir, espacio de la confianza en
el cual se encuentran figuras y experiencias arquetípicas acerca de lo que están
llamados a ser, a hacer y a tener los asociados para conseguir acceso a una buena
vida, tanto individual como socialmente. Pero, también es el espacio de la
respuesta libre. La solidaridad, desde este punto de vista, es entendida en clave
ontológica y no solamente de sexo o de grupo o de intereses circunscritos. Es,
éticamente, asunto de todos para garantizar la supervivencia de la especie.

La solidaridad, cabalmente asumida, conduce a la vida buena y bella porque, como


sostiene el ingeniero y matemático colombiano Antonio Vélez, hace parte de la
contradictoria condición humana que propone tanto lo bueno como lo malo, dejando
al libre albedrío de las personas y comunidades la decisión final acerca de cuáles y
cuántos valores interrelacionar.

En efecto, junto con lo reprochable, con los antivalores, está la facilidad para
cooperar y reconocer obligaciones recíprocas, la urgencia inaplazable por hacer lo
mismo que los vecinos, es decir, copiar conductas..., el altruismo recíproco y el
favoritismo luida los parientes más cercanos... Todos los humanos portamos senti-
mientos morales ligados a la reciprocidad.

La solidaridad se entiende como fidelidad, devoción, adhesión, concordia, apoyo,


ayuda, fraternidad. Por este último concepto, queda clara su filiación religiosa
cristiana.

En la modernidad, desde una óptica laica, la solidaridad se fijó en la reciprocidad. El


término reciprocidad alude a la correspondencia mutua de una persona o cosa con
otra. Remite, pues, a igualdad, equidad, semejanza, intercambio entre personas,
grupos o Estados, reconocimiento por uno o dos países o instituciones de la validez
de las licencias o privilegios cedidos por otro. Recíproco tiene sinónimos que
agregan valor a la significación: correspondiente, relacionado, dependiente, mutuo,
bilateral, equitativo, por lo cual la reciprocidad tiene incorporados los sentidos de
cooperación, colaboración, ayuda mutua, por el hecho de ser humanos y sociales.

La solidaridad es una estructura de la mente y del corazón que, constantemente,


procura el beneficio compartido en todas las interacciones humanas. La solidaridad
es un espíritu, es un ánimo, un modo de ser. Significa que los acuerdos o soluciones
son igualmente atractivos y benéficos, mutuamente satisfactorios. La solidaridad ve
la vida como un escenario colaborativo, no competitivo. Se basa en el paradigma de
que hay mucho para todos, de que el bienestar de una persona no se logra a
expensas o excluyendo el bienestar de otros.

La solidaridad no tiene, ni coincide jamás con ello, un enfoque autoritario; no es


proclive a utilizar la posición, el poder, los títulos, las posesiones o la personalidad
para lograr lo que se persigue. Al contrario, la persuasión es el prerrequisito de la
solidaridad.

Son elementos identificatorios fundamenta les de la solidaridad: la amistad, que es


una relación de gratuidad, levantada sobre la confianza entre dos personas que, a
su vez, adelantan un diálogo en profundidad; la unión, que revela cómo el ser
humano está hecho para vivir con los demás y sostenerse mutuamente; la respon-
sabilidad compartida, que sugiere una apertura que da y pide cuentas en orden a la
evolución de los interesados hacia algo más perfecto; la comprensión, que es
conocimiento entre uno y otro basado en la atención y la escucha; así como en la
reciprocidad y la fraternidad. En suma, se configura una pauta colectiva que cubre
todas las expresiones individuales: la familiaridad.

Del sentido común a la vida cotidiana


En el diario transcurrir, entre el hogar, la calle y la escuela, la solidaridad se traduce
en una actitud de cada persona que le permite comunicarse con otra en igualdad de
condiciones y que las motiva a un mutuo perfeccionamiento. Vista así puede llegar
a constituir un estilo de vida. Es una relación de cercanía (proximidad) de un yo
hacia un tú (intersubjetiva), que en un clima de familiaridad (sencillez, presencia y
alegría) se hace propuesta de valor: humano en la reciprocidad y religioso en la
caridad, con miras a la construcción de comunidades genuinas.

Operativamente, la relación de proximidad está hecha de acogida, confianza,


diálogo, res peto a la diferencia, flexibilidad, equidad, amistad, valoración de las
propias posibilidades. Igual mente se manifiesta con vitalidad en la gratuidad, en el
desinterés, en la premura con que se va al encuentro del otro con oportunidad y
asertividad.

La solidaridad humana
En la rama privilegiada de la evolución de los seres vivos que se expresa en la
especie humana hay dos variables conjugadas para explicar su modo de ser y
aparecer, el código genético y la cultura. O, dicho de otra manera, la herencia y el
medio. El psicólogo estadounidense Robert S. Feldman, en su libro Psicología: Con
aplicacio nes en países de habla hispana, afirma:

En la actualidad, los psicólogos del desarrollo están de acuerdo en que ambos,


tanto la heren cia como el medio, interactúan para producir patrones específicos de
desarrollo. El enfoque ha cambiado, de cuál influye en el comportamiento, a cómo y
en qué grado el ambiente y la herencia producen sus efectos.

Valores y sentimientos califican lo humano. Es propia del hombre la disposición


hacia un objeto o circunstancia. Y, aunque de matiz subjetivo, el sentimiento
finalmente confluye en el valor, siendo moderado y canalizado por el mismo. Tal
disposición o inclinación solo puede ser ejercida por hombres, no es de la
competencia de los otros animales. El sentimiento es educable; por tanto, es tarea
de la especie, delegada en la familia, la escuela e individuos preparados espe-
cialmente para ello. Sobre dicha base se levantan sentimientos (o valores)
específicos, como sería el caso de la solidaridad y otros igualmente apreciados.

Trascender las urgencias instintivas de la animalidad irracional, superar las


determinaciones egoístas de la individualidad y promover la expresión colectiva son
responsabilidades de la educación. Y decir responsabilidad remite a moralidad, que
es un típico rasgo humano. Ambas, educación y moralidad, son propiedades de la
especie humana, asociada por necesidad y por libre opción. Ya lo decía,
precisamente, Emile Durkheim a comienzos del siglo XX:
Para ser hombres dignos de llamarse así debemos ponernos en relación, en la
relación más estrecha posible, con la fuente esencial de esa vida mental y moral
característica de la humanidad. Pero esta fuente no está en nosotros, sino en la
sociedad. La sociedad es generadora y poseedora de todas esas riquezas de la
civilización sin las que el hombre volvería a caer en el nivel de los animales.

Se descarta, entonces, la posible dimensión hereditaria de la asociación humana y


se le da un mentís a cualquier explicación que le dé carácter de absoluto al factor
genético; se da más bien una poderosa influencia cultural y una grande y continua
proyección de la conciencia colectiva.

Aquí hay tarea humana de construcción y re construcción. Según Feldman, en el


período fetal, hacia la novena semana, la criatura que avanza “comienza a
responder al tacto y aprieta los de dos cuando se le toca la mano”. Además, una
vez nacidos los niños, siendo “bebés muy pequeños, son capaces de responder a
las emociones y esta dos de ánimo que revelan las expresiones faciales de quienes
les brindan cuidado. Esta capacidad provee las bases de las habilidades de
interacción social de los niños”. El mundo de relaciones cargadas de sentido
potenciará esta competencia y “la naturaleza del desarrollo social temprano de un
niño fundamenta las relaciones sociales que perdurarán toda la vida. Los niños que
poseen un apego seguro hacia sus madres tienden a ser social y emocionalmente
más competentes que sus compañeros poseedores de un apego menos seguro, y se
muestran más cooperadores, capaces y juguetones”.

La solidaridad es un lazo social que une a los seres humanos y los habilita para
remontar los desafíos de una naturaleza inclemente. Por eso las personas se juntan
y en cierta medida la convierten en un mecanismo de defensa de la especie. El
peligro de esta constatación radica en la aceptación pasiva o natural que
prácticamente deja al ser humano en las fronteras de la animalidad. Por eso no hay
lugar a dudas, la solidaridad, la comunidad de intereses, la mutualidad, la
cooperación, en fin, como se la quiera llamar, tiene que ser deseada y realizada
efectivamente, para que adquiera precisos ribetes humanos.

Y no se trata de la satisfacción inmediatista de necesidades materiales, sino de


otras, las espirituales. La filósofa española Adela Cortina se refiere a “La
importancia de reforzar el vínculo que nos une”:

Los seres humanos llegamos a reconocernos como personas, porque otros nos
reconocen como tales. Al fin y al cabo, el niño sabe que es una persona, porque sus
padres, sus maestros, sus amigos lo reconocen como persona. No existe un
individuo abstracto: existe la persona en sociedad, que se sabe persona, porque
otros la han reconocido como tal y ella misma es capaz de reconocer a los otros.

La categoría básica real de nuestras sociedades no es, entonces, el individuo sino el


reconocimiento recíproco de sujetos, la intersubjetividad. Como bien decía Hegel, la
categoría básica de la sociedad no es el individuo, sino sujetos que se reconocen
como personas, que ya están vinculados entre sí. Aprender a degustar los vínculos
que nos unen, es entrar en el camino de una ciudadanía realista y proactiva, capaz
de construir su autonomía en solidaridad con los que son sus iguales.
La solidaridad se torna representación co lectiva que alimenta la mentalidad y
constituye algo así como una segunda naturaleza que se incorpora a la definición
de la especie. Por eso, el hombre es solidario o no es. La religión, la ética y la
educación aseguran a nombre de toda la sociedad el moldeamiento de las
personas, de manera que se aprenda como cosa normal a poner a aquellas en
contacto entre sí, en las buenas y en las malas.

El doble aprendizaje de la solidaridad


En la gran mayoría de aprendizajes significativos nada aparece espontáneamente;
no existe el desdoblamiento de sí y de suyo por una especie de golpe de la gracia o
salto dialéctico desde la ausencia. En lo referente a la solidaridad sí que hay
proceso, camino, algo así como un ejercicio constructivo, paso a paso, hasta
obtener metas con perfiles claros, fácilmente diferenciables.

Las metas de desarrollo humano integral y diverso confluyen finalmente en la plena


humanización que se expresa en la salud integral y en la solidaridad como una
condición para la relación libre con sentido entre los miembros de la especie.

En un permanente contrapunto que va incesantemente de la ontogénesis a la


sociogénesis o de lo genético a la cultura y viceversa, los niños se estructuran como
niños y devienen adultos, a lo largo de un proceso que no está exento de
obstáculos que bien podrían dar al traste con la consecución de la meta por
excelencia: el desarrollo humano integral y diverso.

Sin embargo, para que este sea efectivo y para discurrir exitosamente por el
cúmulo de dificultades sugerido, cuentan mucho el ambiente familiar y,
obviamente, las nociones y prácticas que se derivan de allí. En esta instancia
fundadora de la personalidad social se estable las bases de un etos biófilo o
necrófilo, de una orientación existencial multidimensional o unidimensional, de una
voluntad de triunfar o de fracasar.

Pensar, pues, en metas de desarrollo para los individuos en una cultura, significa
repensar y reformular continuamente esta en virtud del cumplimiento de la
vocación más radical a la que han sido llamados todos: realizarse íntegramente
como humanos.

Operativamente, esta es una demanda que la sociedad necesita satisfacer y que


traslada a los padres de familia, a los maestros, a los puericultores. Como adultos
significativos para los niños y adolescentes, ellos están llamados a responder por lo
específico como crianza, protección, enseñanza, salud, pero igualmente habrán de
dar cuenta de lo que está más allá de la puerta de su especialidad profesional, que
no es otra cosa que la vida buena.

Los seres humanos vienen al mundo con un equipaje predisponente para la


consecución de sus metas con un alto criterio de rendimiento; solo requieren un
entorno facilitante que puede ser aportado por adultos amorosos.

Al respecto, el profesor Femando Corominas, del Instituto Europeo de Estudios de la


Educación, habla de unos períodos sensitivos que comprenden los primeros
dieciocho años de vida, en los cuales, y según el “desarrollo neurológico cerebral, el
sujeto es capaz de asimilar con mayor facilidad determinadas experiencias”; las que
incluyen el despliegue de los instintos guías primarios para desarrollar funciones fí-
sicas y de los que tocan con la imaginación, el arte y el ancho mundo de la ética.
Estos períodos sensitivos, bien aprovechados por una educación intencionalmente
dirigida, conducen sin falta al desarrollo de los sentimientos de inclusión,
solidaridad y felicidad con la consiguiente valoración de los mismos.

En igual horizonte, aunque con otro marco teórico, Sigmund Freud dice:

El niño no muestra durante mucho tiempo signo ninguno de un instinto gregario o


de un sentimiento colectivo. Ambos comienzan a for marse poco a poco en la
nursery, como efectos de las relaciones entre los niños y sus padres y precisamente
a título de reacción a la envidia con la que el hijo mayor acoge en un principio la
intrusión de su nuevo hermanito.

El primero suprimiría celosamente al segundo, alejándole de los padres y


despojándole de todos sus derechos; pero ante el hecho positivo de que también
este hermanito (como todos los posteriores) es igualmente amado por los padres, y
a consecuencia de la imposibilidad de mantener sin daño propio su actitud hostil, el
pequeño sujeto se ve obligado a identificar se con los demás niños, y en el grupo
infantil se forma entonces un sentimiento colectivo o de comunidad que luego
experimenta en la escuela un desarrollo ulterior.

La primera exigencia de esta formación reaccional es la justicia y trato igual para


todos.

Sabido es con qué fuerza y qué solidaridad se manifiesta en la escuela esta


reivindicación. Ya que uno mismo no puede ser preferido, por lo menos que nadie lo
sea. Esta transformación de los celos en un sentimiento colectivo entre los niños de
una familia o de una clase escolar parecería inverosímil si más tarde y en circuns-
tancias distintas no observásemos de nuevo el mismo proceso.

Lo que sucede es la constricción del impulso primitivo mediante la crianza y la


educación formal, de tal manera que la coacción externa, gradualmente, se vaya
cambiando en coacción interna; así se incorpora el niño a la civilización, a la
sociedad. Así se apropia de todo aquello que es apreciado en la comunidad. El niño
aprende, como sostiene con humor el filósofo español Fernando Savater, que “los
animales no tienen más código que el código genético; nosotros tenemos también
el genético, desde luego, pero además el código penal, el código civil y el código de
la circulación..., entre muchos otros”.

Esto último remite a una situación embarazosa, pues empuja a razonar y escoger
en la historia personal, dejando una impronta biográfica. Como no es algo
inevitable, quiere decir que es susceptible de acogida y renuncia. Es un asunto de la
vida que discurre paso a paso, cada uno de los cuales se desdobla en condiciones o
requisitos para los momentos siguientes.

La construcción y reconstrucción de las metas de desarrollo humano


integral y diverso y la solidaridad
La raíz de la construcción y reconstrucción de las metas de desarrollo humano
integral y diverso está sin duda en el continuum hogar- escuela, o si se quiere, en la
interacción con los adultos significativos, que son una pléyade de padres, naturales
y sustitutos (puericultores). Ciertamente, entre abuelos, papás, tíos, maestros y
pediatras se resuelve todo lo atinente a la manera como hay que ser, a aquello que
hay por hacer y a lo que hay que tener para pasar bien por la vida.

Así como en el plano biológico la carencia de ciertos nutrientes en la edad temprana


deja secuelas graves para la vida adulta, en la esfera física y mental la privación
afectiva rompe los lazos de identidad y pertenencia a la especie, de tal manera que,
si sobrevive, la criatura humana, siendo gregaria, llevará una vida solitaria e infeliz.

Adela Cortina plantea este concepto en estrecha relación con la sociabilidad:

El gregarismo es un mal consejero. Mostraba Aristóteles en el libro I de la Política


cómo el hombre es un animal social, a diferencia de los animales, que solo son
animales gregarios. Los animales son solo gregarios, decía, porque solo tienen voz,
que les sirve para expresar el placer y el dolor.

Sin embargo, los hombres son sociales porque tienen también logos, palabra. Y la
palabra es la que nos sirve para deliberar conjuntamente sobre lo justo y lo injusto,
sobre el bien y sobre el mal. Es social, pues es el que tiene la capacidad para
reunirse con las demás personas y deliberar con ellas sobre lo justo y lo injusto, lo
bueno y lo malo. Y añadía Aristóteles: Eso es la casa y eso es la ciudad. La casa, la
comunidad doméstica y la comunidad política son el conjunto de personas que
deliberan conjuntamente sobre lo justo y lo injusto, no el gregarismo del animal del
rebaño.

Reforzar los vínculos familiares (“el hogar”) es central para cualquier ser humano y
sobre todo para los jóvenes y los mayores, que son los grupos más débiles y
vulnerables. La familia responsable sigue siendo una auténtica red de protección.

Estudios modernos muestran que desde aproximadamente el año y medio de vida


los niños tienen esbozos de empatia, esto es, de entristecerse cuan do otros se
entristecen o de alegrarse cuando otros se alegran o, utilizando el neologismo del
educador español Saturnino de la Torre, sentipensar con el otro y para el otro.

Este concepto de moralidad incipiente diametralmente opuesto al concepto


tradicional de amoralidad de los niños pequeños es desarrollado a profundidad por
la psicóloga estadounidense Alison Gopnik en su libro El filósofo entre pañales y se
constituye en la base fundamental de la solidaridad.

Los niños, así como las niñas, en su primer año de vida dependen enteramente de
su madre y derivan toda satisfacción de ella; por eso su presencia y su acción es
crucial para superar la agresividad y para proponer suave y lentamente la
incorporación al grupo humano de manera razonablemente tierna.

Para niños y niñas, la madre es sinónimo de comodidad, bienestar y placer; de


hecho, una vez respondidas sus urgencias, todos se acuestan y duermen tranquilos
hasta que el hambre y la fatiga inicien nuevamente el ciclo. Se puede decir sin
temor a equívocos que la madre es un instrumento para que tanto el niño como la
niña resuelvan asuntos muy concretos de la vida cotidiana; su vínculo con ella es
material y ciertamente está inscrito en un horizonte egoísta. En el principio de las
relaciones humanas está, pues, el egoísmo.

Sin embargo, esta tendencia cambia al aproximarse el fin del primer año de vida. La
impresión que va dejando esa relación cambia el sentido de la misma aunque sus
infantiles y juveniles actores no caigan en la cuenta de este proceso. A estas
alturas, como lo afirman Ana Freud y Dorothy Burlingham:

El niño comienza a interesarse por la madre aun en los momentos en que no


requiere material mente su atención; gusta de su compañía, busca sus mimos y no
quiere que esta lo abandone!...J En esta segunda fase, el hijo quiere a la madre, la
echa de menos, no porque la necesite, sino por ella en sí; es consciente ya de su
presencia, sus ojos la siguen por doquier y contesta su sonrisa.

La madre es indudablemente un antecedente de la solidaridad y ella entiende este


lazo independientemente del do ut des\ se prefiguran la gratuidad y la generosidad
que son los primeros gradientes de la comunión, hermoso y sugestivo sinónimo de
solidaridad. Por esta vía se va generando en los niños una marca vital, una
singularidad, una fisonomía. Se podría resumir esto bajo la expresión orientación de
la personalidad, que posteriormente incide sobre los valores, las normas y las
pautas de comportamiento.

En esta etapa de construcción de la solidaridad, como en muchas otras en el futuro,


hay un paso de la necesidad a la libertad. De la urgencia de contar con una madre
protectora y nutricia, se pasa muy rápidamente a la necesidad de una madre
cariñosa; solo por esto último se la extrañaría y se la aguardaría.

En este tránsito obligado, el niño descubre rivales (el padre del sexo contrario y sus
hermanos) con quienes a la postre tendrá que transigir, y situaciones (como las
ausencias de la madre), aceptadas aun de mal grado, pero que le introducirán en
una realidad que solo se acabará con la muerte: la admisión de los otros en la
propia vida y el principio rector de la negociabilidad con los mismos y las
circunstancias; naturalmente, en esta fase del desarrollo, de manera muy ru-
dimentaria; en la juventud y la adultez, con más claridad y fuerza.

De todas formas, en estas modalidades de relación se vislumbra la solidaridad. Y


tras la solidaridad, otras metas del desarrollo que se potencian, como la
autoestima, la autonomía, la creatividad, la felicidad y la salud integral.

Hasta los cinco años, más o menos, tanto los niños como las niñas se desarrollan
con cierta similitud. Van adquiriendo mayores competencias para entender y obrar,
siempre contando con sus adultos significativos para la identificación. El modelo y la
imitación cumplen su función pedagógica espontánea, concepto que clarifican ma-
gistralmente Ana Freud y Dorothy Burlingham:

A esa edad, sin embargo, el niño y la niña seguirán definitivamente caminos


diferentes. El varón empezará a identificarse con el padre, imitándole en varios
sentidos. Este cambio modificará su actitud con respecto a la madre; dejará de
depender enteramente de ella, transformándose en un hombrecito que reclama su
atención y que busca su admiración, deseándola de una manera más posesiva y
menos infantil.

Por su parte la niña se ha independizado también de la madre, y a su vez ha


comenzado a imitarla, convirtiéndose en la madre de sus muñecas y de sus
hermanitos menores. Su atención y su afecto se vuelven hacia el padre, y desea
que este la admire en su papel de madre. De esta manera tienen los seres humanos
su primera experiencia de amor, la cual es, a su vez, la primera frustración. Frente
al rival, padre o madre, el niño se siente empequeñecido, inferior e im potente;
siente encono por uno y celos del otro, y se lamenta de que sus deseos de ser
mayor no se cumplan más allá de su fantasía.

En este momento de la construcción de la solidaridad interviene la educación; esta


es un pro ceso formativo de hábitos duraderos que se lleva a cabo con la mediación
de las recompensas, las correcciones y, sobre todo, con la determinación de lograr
una personalidad. Por eso, la educación constriñe, pule o recorta las aristas del
instinto. Se podría certificar sin temor a equívocos que el pequeño niño está muy
próximo al prototipo del buen salvaje. La educación lo civiliza, vale decir, lo adapta
a las crecientes expectativas del mundo adulto, lo torna social.

Una educación que se propone desarrollar en cada niño el contacto con sus propios
sentimientos y los de los demás, así como la expresión, libre de falsa vergüenza,
ante sí mismo y ante los otros, culminará seguramente en la compasión o
misericordia que hacen parte del suelo fértil de la solidaridad.

Este sentimiento de solidaridad muy rápidamente pasa de lo personal a lo social,


con la importancia de esta transición para la convivencia humana, como lo afirma el
sentido común. La solidaridad recuerda aquel dicho tan conocido: todos somos
hermanos. Solidaridad es poner en práctica las acciones que brotan de ese
sentimiento de hermandad o fraternidad que une con otros seres humanos.

Se puede ser solidario con la gente que se conoce y con las causas cercanas, como
apoyar a un miembro de la familia que pasa por un problema, prestarle dinero a un
amigo para completar el precio del boleto del cine o hasta ayudar a un grupo de
vecinos que se une para renovar el parque del barrio, pero la solidaridad también
debe surgir con las personas que no se conocen, ya sea que vivan en nuestro país o
en algún otro.

Como tantas veces se plantea, talvez se pueda participar en campañas para


recolectar medicinas para las víctimas de un terremoto en Turquía, para eliminar
las minas antipersonales o para protestar por la pena de muerte en Estados Unidos,
es decir, la solidaridad no solo se dirige hacia las personas, sino también hacia
causas como la defensa de los derechos humanos, la igualdad de las minorías
raciales o la ecología.
La solidaridad primera es consigo mismo y comienza en el hogar; de su consistencia
se deriva la extensión a los otros que como resultado producirá un nosotros. Este es
el culmen de la solidaridad.
Para construir la solidaridad son necesarios dos ingredientes, aunque no se ven:
tiempo y voluntad. Tal ejercicio de construcción, como muchos otros en los cuales
está envuelta la condición humana, genera temor, pero ese es el precio que se
debe pagar. Al respecto, dijo Juan Pablo II: “la solidaridad no es un sentimiento
superficial, es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien
común, es decir, el bien de todos y cada uno para que todos seamos realmente
responsables de todos”. El filósofo, economista y político inglés John Stuart Mili ya
había expresado en el siglo XIX: “no existe una mejor prueba del progreso de una
civilización que la del progreso de la cooperación”.

Por eso, la configuración del perfil solidario no es fácil, cuesta mucho en el orden de
la inversión existencial, pero allí se juega la permanencia de la humanidad y esta no
responde finalmente a la lógica coercitiva. Para que tenga efectos duraderos, de
largo plazo, la solidaridad debe nacer del acuerdo y del consenso, de manera que
haga las veces de naturaleza subsidiaria de cada ser humano. A estas alturas queda
superada, que no eliminada, la condición animal irracional. Resplandece, pues, la
humanidad y sus más excelsas galas, sobre todo esta que pone en la primera línea
del horizonte interactivo de convivencia la misma expectativa, igual empatia,
parecidas reacciones al sufrimiento y a la alegría; dicho de otro modo, fraternidad o
solidaridad.

La educación, por sí sola, no garantiza la incorporación del niño a la cultura vigente,


también se requiere el amor. El lazo de influencia se mantiene sólido si este existe
como precondición de la relación, como lo explican Anna Freud y Dorothy
Burlingham:

Los adelantos que leí niño] ha hecho en higiene, en modestia, en el apaciguamiento


de su instinto de destrucción; el sentimiento de piedad que ha adquirido, y la
disminución de su egoísmo, vale decir, el primer conjunto de ideas morales, no ha
sido tan solo un sacrificio para él. Ha encontrado placer en estas adquisiciones
porque con ellas ganaba el cariño de sus padres, lo cual lo compensaba
ampliamente.

La fuerza del ejemplo y la fuerza del amor se superponen y con la ayuda de la


educación abren paso a un etos, un modo de ser y aparecer en el cual se conjugan
en alto grado y con signo positivo las metas del desarrollo humano integral y
diverso, principalmente la solidaridad.

La solidaridad es un asunto de humanos mediado por la razón que a su vez


presupone la cooperación y la reciprocidad, condiciones definitorias de lo
típicamente humano que se van desarrollando paso a paso con base en la experien-
cia y el aprendizaje; inicialmente en el hogar, como ya se describió, luego en la
escuela, y por último en la vida, como será hasta el final, con los demás adultos del
entorno con quienes se pasará de la imitación mecánica a una imitación crítica. Así
se despliega, pues, la solidaridad, un valor humano que se aprende, que se
construye y reconstruye permanentemente.

Salud
Concepto
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la salud es el completo bienestar
físico, mental y social, y no solamente la ausencia de enfermedad; este es un
concepto aún vigente pero que se ha considerado impersonal, atemporal y
absolutista, lo que ha llevado a muchos estudiosos a aventurarse a proponer
alternativas que permitan una aproximación conceptual más práctica y cercana a la
realidad.

Es así como algunos han planteado la salud simplemente como una sensación
subjetiva de bienestar; otros, como un equilibrio físico, psicológico y social; otros,
como la capacidad de adaptación y funcionalidad social; otros más, como la
armonía del ser humano consigo mismo, con los demás y con su entorno, como el
resultado combinado de varios factores que interactúan entre sí y se pueden
agrupar en herencia biológica, ambiente, comportamiento y servicios de salud. O,
simplemente, como el buen vivir.
La Asociación Latinoamericana de Pediatría (Alape) propuso, en comunicación
enviada al director de la OMS, una definición de salud como el “pleno ejercicio del
proceso vital humano”, que insiste especialmente en el impulso al res peto por los
derechos humanos, la justicia social y la armonía con el ambiente como elementos
fundamentales para poder gozar del bienestar biopsicosocial, la salud.

Ya sea que se tome una u otra definición, la salud estará siempre en una relación
dinámica con la enfermedad en una persona o comunidad específica y en un
momento histórico determinado. En la estructura causal, tanto de la salud como de
la enfermedad, intervienen factores protectores o de riesgo, que pasan a ser de
terminantes y contribuyentes tanto de la salud como de la enfermedad, sin ser
excluyente la una de la otra.

El concepto de salud como sinónimo de bienestar, de equilibrio, armonía o


funcionalidad social, implica un proceso de construcción permanente por medio de
la promoción de la salud y la prevención de la enfermedad; ambas están orientadas
a mantener y mejorar la salud, en forma general e inespecífica la primera y en
forma particular y específica la segunda. Por ejemplo, la equidad y la solidaridad
social son elementos fundamentales en la promoción de la salud, mientras que las
inmunizaciones y la ingestión de yodo sirven para la prevención de enfermedades
específicas.

Promoción a la salud
En la Primera Conferencia Internacional sobre Promoción de la Salud, celebrada en
Ottawa (Canadá), en 1986, se dio el paso definitivo para consagrar la doctrina de la
estrategia de la promoción de la salud. Allí se definió esta como la acción dirigida a
“proporcionar a los pueblos los medios necesarios para mejorar su salud y ejercer
un mayor control sobre la misma”, y se consideraron como requisitos
fundamentales “la paz, la educación, la vivienda, la alimentación, el ingreso, un
ecosistema estable, la conservación de los recursos, la justicia social y la equidad”.

Resulta claro que con la promoción de la salud se busca un mayor compromiso de


todos para disminuir las inequidades sociales y aumentar el nivel de bienestar
colectivo, en un trabajo de construcción día a día por la salud de cada uno y de la
comunidad en su conjunto.
Es bien sabido que las principales diferencias en salud se deben más a factores
socioeconómicos y ambientales que a factores biológicos; la equidad, por tanto, es
una condición esencial para la promoción de la salud, es su principal objetivo y
quizá su principal medio; según el doctor Carlyle Guerra de Macedo, exdirector de la
Organización Panamericana de la Salud (OPS), es necesario entonces, para el logro
de la equidad, eliminar las diferencias innecesarias, evitables e injustas que
restringen el derecho al bienestar.

Además de lograr la equidad como elemento indispensable de la promoción de la


salud, acompañada de los otros requisitos fundamentales planteados por la Carta
de Otawa, es necesario elaborar políticas públicas saludables, reorientar los
servicios de salud, fortalecer la participación ciudadana, crear ambientes
favorables, establecer una coordinación intersectorial e impulsar el desarrollo de
habilidades personales para mejorar la salud. Como estrategias básicas esta rían la
utilización de la comunicación social en la educación para la salud, la
democratización del conocimiento científico y la organización comunitaria que
conlleve al fortalecimiento del poder ciudadano y al fomento de estilos de vida
saludables.

La promoción de la salud en la niñez y la adolescencia debe favorecer ambientes


adecua dos para su crecimiento y su desarrollo, que estimulen la incorporación
progresiva de hábitos saludables en su vida cotidiana; la Puericultura adquiere
entonces una gran relevancia para influir en el proceso vital humano, en el proceso
salud-enfermedad; esta es una influencia que, sin dejar de lado la enfermedad y la
muerte como fenómenos significativos, debe orientarse a trabajar con mayor
intensidad y entusiasmo en la salud y la vida, para favorecer así el desarrollo de la
cultura de la salud, fundamentada en la equidad, la paz y la convivencia
democrática.

En las últimas décadas se avanzó mucho en la conceptuación de la promoción de la


salud y en la aplicación de ella mediante programas y proyectos concretos. Se
presentan a continuación, muy esquemáticamente, algunos de ellos, que han sido
analizados, estructurados, difundidos y aplicados por equipos de profesionales de la
Universidad de Antioquia en Medellín (Colombia): Crianza Humanizada,
Acompañamiento a la Familia Gestante, Salud Integral para la Infancia, Escuelas
Saludables y Municipios Saludables, entre otros.

Crianza humanizada
Es la aplicación de la Puericultura, es el acompañamiento inteligente y afectuoso a
niños y adolescentes durante su proceso vital con base en los derechos y las
necesidades en el transcurso de su crecimiento y desarrollo.

Acompañamiento a la familia gestante


Es un programa en el que un equipo de salud asesora, orienta y acompaña a la
familia en su proceso de gestación, mediante el diálogo de saberes y la ejecución
de acciones de intervención favorecedoras del bienestar del niño, la madre y su
familia.

Salud integral para la infancia


El propósito de este programa de promoción de la salud es impulsar las metas del
desarrollo humano integral y diverso propuestas en esta obra y su objetivo general
es acompañar al niño y a su familia durante su proceso de crecimiento y desarrollo
integral, mediante sesiones de diálogo de saberes, evaluación y estimulación
adecuada del desarrollo y aplicación de acciones puericultoras por parte del equipo
de salud y la familia.

Estrategia escuela saludable


Es un proyecto de trabajo por el desarrollo humano que se plantea a las
comunidades educativas y está orientado a la formación integral en las
instituciones educativas y comunitarias. Estimula el trabajo por ambientes
educativos saludables (naturales, físicos, psicológicos y sociales), políticas públicas
educativas saludables (proyecto educativo institucional, manual de convivencia),
participación de la comunidad educativa (junta directiva, personeros escolares,
asociación de padres de familia), educación para la salud y formación de hábitos
saludables (actividad física regular, alimentación sana, habilidades para la vida).
Además, estimula el trabajo por los aprendizajes planteados por la Unesco:
aprender a ser, conocer, hacer y convivir.

Estrategia municipio saludable


Es una opción de desarrollo humano integral, sostenible y diverso que se propone a
los líderes naturales e institucionales de las localidades para que, mediante un
trabajo de concienciación, participación comunitaria, educación, comunicación,
coordinación interinstitucional e intersectorial se impulse el desarrollo integral en
las dimensiones o esferas ontológica, política, sociocultural, ambiental, tecnológica
y económica.

Prevención de la enfermedad
La Declaración de Medellín, emitida en el Congreso Internacional sobre Prevención
en Salud, efectuado en Medellín (Colombia), en 1994, considera la prevención como
una construcción social que tiene como objetivo lograr poblaciones saludables, en
busca del fomento y la protección de la salud, y la define como “el conjunto de
principios y acciones que se hacen antes de que aparezcan los problemas de salud,
con el fin de evitar que se presenten, bien en un individuo o en la colectividad”,
considera además que “la prevención para un ciudadano común es una opción,
para el trabajador de la salud es una obligación y para el Estado es un reto”.

El concepto de prevención está, sin duda, íntimamente ligado al concepto de


enfermedad y al de salud; tales conceptos cambiarán según el momento histórico y
la concepción de causalidad que se tenga. Los directores de este libro comparten la
tesis de que las enfermedades tienen su génesis en una estructura causal, en la
cual intervienen factores determinantes y contribuyen tes, que se interrelacionan
en forma dinámica en los individuos y comunidades, para producir, en
determinadas condiciones de vida, la enfermedad. En consecuencia, para prevenir
las enfermedades, se deben intervenir oportunamente los factores de riesgo, que
pasarían a ser sus factores causales.

Con el avance de la ciencia y la tecnología, y muy especialmente con los estudios


epidemiológicos orientados a esclarecer la causalidad de las enfermedades, se ha
llegado a proponer acciones efectivas y eficaces para el control de muchas de ellas;
como ejemplos se pueden señalar las enfermedades perinatales, las infecciones
respiratorias agudas, la enfermedad diarreica aguda y las enfermedades
cardiovasculares.

Enfermedades perinatales
Son la primera causa de mortalidad de niños menores de un año en América Latina
y el Caribe. Se ha demostrado que estas enfermedades pueden disminuirse
drásticamente con una atención adecuada del parto y con buenos programas de
consulta prenatal en los que se detecten los riesgos y se dé una orientación
adecuada y un tratamiento oportuno a las madres y familias gestantes.

Infecciones respiratorias agudas


Son la primera causa de morbimortalidad de los niños de uno a cuatro años en
América Latina y el Caribe. Resulta evidente que mejorando la calidad del aire, la
alimentación de los niños (especialmente con el fomento de la lactancia natural), la
calidad de la vivienda, la educación, las inmunizaciones (especialmente contra el
sarampión y la tos ferina), se reduce considerablemente la frecuencia y gravedad
de estas enfermedades.

Enfermedad diarreica aguda


Es una de las primeras causas de enfermedad y muerte en los niños menores de
cinco años en los países atrasados. La OMS propone siete intervenciones efectivas y
factibles para su prevención: la promoción de la lactancia natural; el mejoramiento
de las prácticas de crianza; las inmunizaciones contra el rotavirus, el cólera y el
sarampión; la promoción de la higiene personal y doméstica, y el mejoramiento de
la calidad del agua y de las condiciones sanitarias.

Enfermedades cardiovasculares
Están entre los principales problemas de salud que afectan a los adultos de todo el
mundo. Su prevención, que debe hacerse desde la niñez, debe orientarse a la
promoción de prácticas alimentarias sanas, el desestímulo del hábito de fumar, la
promoción del ejercicio físico regular, la evaluación periódica de la presión arterial y
el impulso de prácticas para el control del estrés.

Así como estas, muchas otras enfermedades se pueden prevenir. Es tarea del
puericultor hacer un el acompañamiento del niño y el adolescente en estos
procesos preventivos orientados a man tener la salud en la niñez y, de paso,
prevenir muchos trastornos en la adultez.

La salud es un derecho de la niñez y la adolescencia


Los derechos son facultades naturales, sociales y legales que tiene la persona para
hacer o exigir legítimamente determinadas acciones orientadas a su propio
beneficio. Además de los derechos como ser humano, el niño y el adolescente en su
calidad de tales tienen otros derechos especiales.

El derecho a la salud de niños y adolescentes es un derecho natural, un derecho


social y un derecho legal.

La salud en la niñez y la adolescencia como derecho natural


Para el cabal desarrollo de sus potencialidades genéticas, el ser humano requiere la
salud; para el niño y el adolescente, por estar en las primeras etapas del proceso
vital humano, este requerimiento es más imperioso.

La salud es un derecho natural inalienable del niño y el adolescente para su


crecimiento y desarrollo integral y diverso, tanto para el logro de su desarrollo
biológico, como para el de su desarrollo cognoscitivo, psicosexual y psicosocial.

El estado de salud favorece el crecimiento y la maduración orgánica; en él, los


procesos de in gestión, absorción y utilización de los alimentos son óptimos.
También el desarrollo integral del niño y el adolescente en sus relaciones consigo
mismo, con los demás y con el mundo que lo rodea, se ve facilitado y estimulado
con la salud; durante la enfermedad estas relaciones se distorsionan o bloquean,
tanto para la generación y captación de estímulos como de sentimientos, y, en
general, se ve afectada la capacidad de res puesta del individuo.

El niño y el adolescente son gestores de su propio desarrollo; para el cumplimiento


eficaz y eficiente de esta tarea que emprenden y con solidan, necesitan estar
sanos. Entonces, en la niñez y la adolescencia, la salud es un derecho natural, y
favorecerlo constituye un deber moral para el adulto.

La salud en la niñez y la adolescencia como derecho social


En abril de 1994 se efectuó en Bogotá (Colombia), la Segunda Reunión Americana
sobre Infancia y Política Social. Como producto de este encuentro se publicó la
Agenda 2000: ahora los niños; en ella se adquiere un compromiso político que debe
ser apoyado por las naciones signatarias y que entiende al niño y al adolescente en
tres dimensiones:

1. Como sujetos de derechos, para ello se apoya en la Convención sobre los


Derechos del Niño.
2. Como agentes de desarrollo, pues la in versión en ellos es el eje de la inversión
en recursos humanos, debido a que se hace en el momento más adecuado y
ofrece las ex pectativas de retorno más prolongadas en el tiempo.
3. Como constructores de democracia, ya que la formación de valores individuales
y colectivos para la organización social se construye en los primeros años de la
vida.

Los valores, actitudes y prácticas para la construcción de una cultura política y una
democracia participativa se crean en los primeros años de la vida, no en la edad
adulta. La inversión en el desarrollo de los niños y adolescentes, concretamente en
su salud, es además de una inversión económica una inversión social, puesto que
con la construcción de las metas planteadas para el desarrollo del niño se
construyen y perfeccionan simultáneamente las prácticas democráticas y se
fortalecen las instituciones dedicadas a la
justicia, la equidad y la paz.

A manera de conclusión de la Segunda Reunión Americana sobre Infancia y Política


Social, en el Compromiso de Nariño, se escribe: “la inversión en la niñez es garantía
para el as censo de la región al siglo XXI en un marco de paz, libertad, solidaridad y
progreso social; por todo lo expuesto es este el momento de afirmar: ahora la
infancia”.

La salud del niño como derecho legal


La Organización de las Naciones Unidas, reunida en 1989, aprobó la Convención
sobre los Derechos del Niño. En esta convención, los derechos a la vida y la salud
fueron prioritarios.
En el texto oficial de la Convención aparecen, entre otros, los siguientes:

1. Derecho intrínseco a la vida (artículo 6). Derecho a disfrutar del más alto nivel
posible
2. de salud y a servicios médicos y de rehabilitación (artículo 24).
3. Derecho a beneficiarse de la seguridad social (artículo 26).
4. Derecho a un nivel de vida adecuado para un desarrollo físico, mental, espiritual,
moral y social (artículo 27).
5. Derecho a que prime el interés superior del niño en todas las medidas que,
concernientes a él, tomen las instituciones públicas o privadas, los tribunales, las
autoridades administrativas o los órganos legislativos (artículo 3).

Estos derechos, aceptados por la gran mayoría de los países del mundo, se
convierten en una obligación estatal; para el caso de Colombia, quedaron
consignados en la Constitución Política (artículos 44 y 45) y en el Código de la Infan-
cia y la Adolescencia (Ley 1098 de 2006).

Es entonces la salud un derecho legal que los niños pueden exigir al Estado, al
Gobierno, a las instituciones y a los adultos que tienen responsabilidades con ellos.

Por todo lo anterior, se puede afirmar que la salud de los niños y adolescentes es un
derecho natural, social y legal.

La salud como meta del desarrollo humano integral y diverso


La salud, entendida como bienestar, equilibrio, armonía o funcionalidad social, se da
como resultado de la interacción dinámica de varios factores que intervienen
durante el proceso vital humano.

El estado de bienestar o de malestar, salud o enfermedad, que se da en un


momento del proceso vital, es resultante del predominio de los factores
estabilizadores o desestabilizadores de ese equilibrio armónico llamado bienestar o
salud. Por esta razón, la salud debe construirse día a día, momento a momento,
mediante el apoyo a los factores favorecedores o de protección de la salud, o a
través del desestímulo o bloqueo de los factores de riesgo para ella.

La concepción, inicio del proceso vital, es un acontecimiento trascendental en la


génesis de la salud o la enfermedad en el ser humano, pues la herencia genética es
la base del comienzo de este proceso, que, de entrada, favorece o desfavorece la
salud; pero según las características del ambiente y el comportamiento humano, los
resultados se darán en una u otra dirección.
Al respecto, la Puericultura (preconcepcional, concepcional, prenatal, natal y
posnatal) hace propuestas concretas para la conservación de la vida y la salud en
cada una de las etapas del proceso vital humano.

Son tareas del puericultor la promoción de la salud y la prevención de la


enfermedad, según las necesidades concretas del momento vital por el que se
transcurre en la niñez y la adolescencia. El asesoramiento genético, los cuidados
durante la gestación, la adecua da atención del parto y, posteriormente, el
acompañamiento inteligente y afectuoso a niños y adolescentes en su proceso de
crecimiento y desarrollo son aportes al proceso de construcción de la salud. Pero los
gestores de su propio desarrollo y de su propia salud son los niños y adolescentes;
son ellos quienes, en relación consigo mismos, con los demás y con el mundo que
los rodea, van conformando progresivamente su estilo de vida y su relación con el
ambiente externo.

La salud o la enfermedad serán entonces el resultado de la relación dinámica


interactuante de factores de riesgo y factores protectores para la salud en un
individuo o comunidad determinados. El niño y el adolescente, con su código
genético propio, sus relaciones, sus condiciones y su estilo de vida, van
construyendo día a día, momento a momento, su estado de salud; los puericultores,
en forma progresiva, estimularán la incorporación del concepto y las prácticas
cotidianas que llevan a considerar la salud como una meta del desarrollo humano
integral y diverso.

La salud y su relación con las demás metas del desarrollo humano integral
y diverso
El acompañamiento inteligente y afectuoso al niño y al adolescente en su proceso
de crecimiento y desarrollo, con base en las seis metas propuestas (autoestima,
autonomía, creatividad, felicidad, solidaridad y salud) y que deben estar
interrelacionadas entre sí, facilita al puericultor disponer de una orientación clara
sobre su aporte al desarrollo de niños y adolescentes, en función de fomentar la
capacidad de tejer resiliencia.

La salud y el autoestima
En la medida en que el niño y el adolescente se quieran a sí mismos, es decir,
tengan alta autoestima, buscarán los medios para mantener y mejorar su salud,
evitarán los factores de riesgo y buscarán los factores de protección. La autoestima
constituye entonces una motivación permanente para la construcción de la salud.

La salud y la autonomía
Gobernarse a sí mismo, es decir, ser autónomo, es una meta libertaria que implica
una lucha permanente contra la dependencia, un avanzar por el camino de la
autorrealización, lo que conlleva una búsqueda simultánea del bienestar. Con fines
de análisis académico, la relación de la salud con la autonomía se puede subdividir
en los diferentes elementos de esta: biológica, cognoscitiva, afectiva y social.

Salud y autonomía biológica


La salud tiene íntima relación con el desarrollo de la autonomía biológica
manifestada por el crecimiento, la maduración y la funcionalidad orgánica. A
manera de ejemplos, se podrían tomar las relaciones de la salud con el desarrollo
de la autonomía motriz gruesa y el de la autonomía inmunológica, entre otros.

La capacidad de desplazamiento individual no solo contribuye a una mejor relación


de niños y adolescentes con las personas y el mundo que los rodean, sino que
constituye un factor de protección para la salud, pues estimula el sistema
cardiorrespiratorio, el metabolismo y la oxigenación corporal, y disminuye factores
de riesgo para la salud como el sedentarismo y la obesidad. Simultáneamente,
aumenta el riesgo de presentar lesiones físicas no intencionales (mal llamadas
accidentes). Además, está comprobado que, por ejemplo, las actividades
fisicodeportivas (en las que se ejercita la capacidad de desplazamiento) bien
orientadas disminuyen la violencia y mejoran las relaciones entre las personas de
una comunidad social.

A su vez, el desarrollo de la autonomía inmunológica disminuye drásticamente el


riesgo de padecer enfermedades infecciosas, aunque simultáneamente aumenta el
de padecer enfermedades alérgicas y autoinmunes.

Salud y autonomía cognoscitiva


El bienestar humano en general tiene una relación directa con el desarrollo
intelectual; al mejorar este, la salud también lo hace, esto ha sido corroborado por
numerosos estudios internacionales. Pasar de la heteronomía a la autonomía
intelectual facilita una mirada más reflexiva al proceso salud enfermedad y, por
supuesto, una deducción y aplicación creativa de actividades orientadas a mejorar y
mantener la salud.

Salud y autonomía afectiva


El vínculo afectivo inicial, las identificaciones y, en general, el desarrollo de la
estructura del yo facilitan la construcción de una personalidad sana, independiente
y feliz. Buena parte de las enfermedades mentales se presentan en individuos con
personalidades heterónomas, es decir, que son incapaces de gobernarse a sí
mismos.

Salud y autonomía social


El desarrollo de la autonomía es un elemento básico para la libertad, la equidad, la
justicia y el respeto por los demás, valores fundamentales en la promoción de la
salud. El desarrollo de la autodeterminación social propicia un ambiente saludable
en la relación con los demás, el cual no se daría en relaciones de dependencia o
heterónomas.

La salud y la creatividad
La creatividad, entendida como innovación, como la búsqueda de alternativas a
problemas planteados, tiene su aplicabilidad práctica y efectiva a la problemática
de la salud, ya sea en su mantenimiento o en su recuperación. La recursividad o
creatividad para aclarar la estructura causal del fenómeno de la salud o la
enfermedad facilitará la selección de actividades de promoción, prevención,
curación y rehabilitación en salud.
El ser humano creativo y las comunidades creativas tienen un mayor acceso al
desarrollo, el cual proporciona mejor calidad de vida, bienes tar... salud. Por tanto,
educar para la creatividad es también educar para la salud.

La salud y la felicidad
Si la salud es bienestar, si es la plena realización del potencial humano, si es la
sensación subjetiva placentera del pleno ejercicio de la vida, entonces la felicidad
es tal vez la meta que más se parece al concepto de salud, pero, al igual que esta,
necesita una construcción y reconstrucción permanente, y siempre está en alto
riesgo de perderse.

No obstante lo anterior, la sensación subjetiva y romántica de la felicidad (que


también segura mente puede ser constatada por medios objetivos) no ha caído en
la trampa de la medicalización (ejercida en clínicas, hospitales y laboratorios) en
que ha caído la salud. Es necesario que la salud se analice en el disfrute del diario
vivir de la familia, el estudio y el trabajo, es decir, en el convivir armónico con los
demás seres humanos y la naturaleza. En resumen, es necesario rescatar la salud
de la medicalización y establecerla como un proyecto individual y colectivo para el
pleno ejercicio de la vida.

La salud y la solidaridad
El hombre es un ser social, y si “la solidaridad es lo mejor de la humanización y esto
se expresa en la salud integral”, como lo afirma el profesor Vladimir Zapata,
entonces el concepto de bienestar biopsicosocial (planteado en la conceptualización
de la salud) adquiere mayor solidez. Pero una de las mayores enfermedades que
padece la sociedad actual es la insolidaridad humana, el individualismo a ultranza,
el pasar por encima de quien sea (sin importar los daños que se ocasionen), el
irrespeto por el otro en sus ideas y aun en su integridad física, ese sumar la
violencia y la lucha fratricida.

Esta falta de solidaridad humana, que en buena parte explica muchos de los males
de nuestro tiempo, es necesario extirparla urgente y radical mente, igual que un
tumor canceroso que amenaza la vida del planeta. En su reemplazo, se deben
construir y desarrollar la justicia, la seguridad, la equidad, la armonía y la
solidaridad humana; la salud social incluye la solidaridad.

La salud como meta integral


Con base en todo lo expuesto en los apartados precedentes, se puede concluir que
en la construcción de la meta salud es necesario incorporar la autoestima, la
autonomía, la creatividad, la felicidad y la solidaridad humana; si se quiere lograr
una salud integral se
deben incluir todas estas metas. En resumen: la construcción de la salud es un
proyecto de vida que se constituye en la mejor manera para tejer resiliencia.

Resilencia
Definiciones
Según el médico psicoanalista argentino Aldo Melillo, la psicóloga chilena Francisca
Infante y el investigador argentino Elbio Néstor Suárez Ojeda, el concepto de
resiliencia ha evolucionado desde la década de los setenta del siglo XX, cuando la
psicóloga estadounidense Emily Werner efectuó un estudio de epidemiología social
en la isla Kauai (Hawái), haciendo seguimiento al proceso de crecimiento y desa-
rrollo de aproximadamente quinientos niños que padecieron situaciones de extrema
pobreza, muchos de ellos víctimas del abuso y el abandono de sus padres
alcohólicos o con enfermedades mentales diagnosticadas.

En dicha investigación se descubrió que muchos de estos niños se convirtieron en


adultos sanos, equilibrados, felices, productivos, capaces de conformar una familia
estable y funcional, a pesar de las condiciones adversas en las cuales crecieron, e
incluso algunos de ellos lo lograron, precisamente, gracias a las adversidades que
vivieron.

Se llamó resiliencia a este fenómeno, toman do en préstamo el concepto de la


Física, ciencia en la que se emplea para referirse a aquellos materiales que son
capaces de recobrar su forma original después de haber sido sometidos a presiones
deformadoras intensas. El vocablo llegó al español por la vía de las palabras
inglesas resilience y resiliency, originadas en el verbo latino resilio - resilire - resilui,
que significa volver atrás, volver de un salto, repuntar, rebotar.

La connotación que tiene el vocablo en la Física condujo a pensar que así como
sucede con algunos materiales también existen personas invulnerables, con
características genéticas especiales y con una capacidad cognitiva superior a la del
promedio de la población, capaces de fortalecerse y sobrevivir a las adversidades.

Los primeros estudios que se hicieron mostraron también que todos los niños
observados tenían contacto cercano con algún adulto significativo, pariente o no,
que los aceptaba como eran, los amaba incondicionalmente y siempre estaba
disponible para ellos.

Este hecho abrió el camino para que en los últimos diez años, a partir del modelo
ecológico del psicólogo estadounidense Urie Bronfen- brenner, haya ocurrido un
cambio radical en la orientación de las investigaciones sobre este tema, hacia un
enfoque interaccional-ecológico, gracias al cual hoy se comprende la resiliencia
como un fenómeno al mismo tiempo individual y colectivo, directamente
relacionado con otros como los traumatismos y los vínculos, todo ello visto desde
una perspectiva sistémica y del equilibrio entre los factores de protección y de
riesgo.

Francisca Infante define la resiliencia como “un proceso dinámico en el cual


ambiente y sujeto se influyen mutuamente en una relación recíproca que permite a
la persona adaptarse y funcionar apropiadamente a pesar de la adversidad”. En
esta definición aparecen tres elementos que no habían sido tenidos en cuenta
anteriormente:

• El concepto de adversidad, que es lo que afronta la persona resiliente. Se


entiende como trauma, riesgo o amenaza para su desarrollo como ser humano.
• El concepto de adaptación positiva, que consiste en la superación de la
adversidad, es decir, cuando se alcanza un nivel de desarrollo ajustado a los
estándares establecidos para cada rango de edad, y hay ausencia de indicadores de
desajuste emocional o físico.
• El concepto de proceso, que se refiere a la interacción dinámica entre los factores
de protección y de riesgo, tanto familiar como fisiológico, afectivo, histórico,
social, económico y cultural, que influyen en que se logre un apropiado nivel de
desarrollo.

Sobre la adversidad o trauma, el psiquiatra francés Michel Delage precisa que, a


diferencia del infortunio, el traumatismo ejerce en la vida de la persona una
violencia inesperada de tal magnitud que la deja desarmada, producto de un acto
imprevisto, incontrolable, incomprensible, insensato, que produce en ella una total
pérdida de control sobre su vida y una profunda sensación de impotencia.

Además, aclara que se trata de un fenómeno que, al mismo tiempo que concierne
individual mente a quien lo padece, ocurre en contextos co lectivos, lo que puede
llegar a producir un efecto amplificador de los sufrimientos individuales.

Delage afirma que la resiliencia no tiene nada que ver con la ausencia de
sufrimiento, sino más bien con la capacidad, tanto individual como grupal, de sacar
partido del sufrimiento mediante un proceso que supone contar con estrategias que
hagan posible la adaptación de la familia y de cada uno de sus miembros, así como
de la posibilidad de adquirir la actitud mental necesaria para salir adelante.

Lo anterior equivale a decir que la resiliencia no es simplemente una característica


personal con la cual se nace y se permanece, sino que evoluciona para hacerse más
consciente y estruc turada, por tanto, exige responsabilidades individuales y
colectivas que posibiliten establecer equilibrio entre los factores de riesgo y los de
protección, mediante procesos de comunicación, formación de vínculos, e
intercambios entre todos los sistemas del nicho ecológico.

En síntesis, quiere decir que, aunque se trata de un rasgo de la persona, la


resiliencia solo se activa cuando el medio propicia interacciones mediante las
cuales se le proporcionan los elementos necesarios para lograrlo. Esto compro mete
de manera ineludible a las instituciones y al Estado a constituirse en ámbitos
generadores de resiliencia, de tal forma que las familias afectadas por situaciones
cada vez más adversas puedan ayudar a tejerla en sus miembros, en aras de que
sus prácticas de crianza sean útiles para que niños y adolescentes crezcan
habiendo aprendido a aprovechar las dificultades y los traumas para su propio
beneficio y el de aquellos que se encuentran a su alrededor.

Familia y resilencia
Los más recientes desarrollos teóricos con ceden cada vez una mayor y más clara
importancia a la función de la familia en los procesos de activación de la resiliencia.
Los estudios demuestran que la familia puede ser un ámbito potencialmente
generador de resiliencia, factor fundamental al cual necesitan prestar la mayor
atención los puericultores científicos, llamados a orientar y acompañar a las familias
en los procesos de crianza de sus hijos.

Al respecto, Delage afirma que un trauma no golpea solamente a una persona sino
a toda su familia, a cada miembro de manera diferente, incluidos aquellos que no
presenciaron el hecho que lo ocasionó. Y es en ese espacio privado, propio de
quienes lo componen, en el que se puede construir una respuesta disfuncional o
una resiliente.

Si la respuesta es disfuncional, se da lugar a la persistencia del trauma en el


tiempo, con el inconveniente adicional de que lo que se transmite de una
generación a otra no es el recuerdo de los hechos sino el sufrimiento asociado a
ellos, impidiendo así que las víctimas directas sean reconocidas como tales, se les
reconozca su sufrimiento y se les dé la oportunidad de dejar de serlo gracias a la
acción de la resiliencia, es decir, que se pueda tejer un ámbito de resiliencia en la
familia.

Cuando la respuesta es funcional, entran en juego los que Delage llama círculos de
la resiliencia, con base en la noción de nicho ecológico originada en el modelo
ecológico de Bronfenbrenner:

• El ontosistema o círculo del individuo.


• El microsistema o círculo del entorno cercano.
• El mesosistema o círculo de la familia ampliada y los allegados más cercanos.
• El exosistema o círculo económico, social y laboral.

La respuesta resiliente es aquella en la cual la familia en situación de adversidad


logra movilizar recursos de diferente índole estableciendo interacciones entre estos
cuatro círculos, así se propicia equilibrio entre los factores de riesgo y los de
protección, y con ello la activación de la resiliencia, que implica la reestructuración
y el aprendizaje de toda la familia como grupo, así como el de cada miembroen
particular.

Ambas respuestas están directamente relacionadas con los apegos. En la respuesta


disfuncional pueden presentarse dos tipos de comportamientos:

• Una activación excesiva de los apegos, que constituye un obstáculo para que cada
uno de los miembros de la familia pueda tomar suficiente distancia como para
diferenciar entre lo que le compete a sí mismo y lo que afecta a los demás.
• Una inhibición de los apegos, en la cual se bloquea la necesidad de proximidad,
consuelo y ternura, fundamentales en las situaciones traumáticas.

En cualquiera de estos dos casos, es necesario ayudar a las familias a buscar y


encontrar un punto de equilibrio entre factores de riesgo y de protección,
estimulando en todos sus miembros las interacciones entre todos los círculos de la
resiliencia y promoviendo la generación de vínculos sanos en todos los casos.

En la respuesta resiliente, por el contrario, se establecen todo tipo de vínculos


basados en el apego seguro, lo que facilita a todos los miembros de la familia, en
especial a los niños y adolescentes, adquirir la percepción de apoyo incondicional
en momentos de dificultad.

Indicadores de resilencia
Según los estudios del psiquiatra estadouni dense Steven J. Wolin y de la psicóloga
esta dounidense Sybil Wolin, basados en el análisis de casos que han atendido y en
la recopilación de experiencias de otros investigadores, la resiliencia se puede
manifestar de siete maneras diferentes, que ellos han llamado resiliencias:

Perspicacia (insigth): capacidad para observar y observarse a sí mismo simultá-


neamente, para hacerse preguntas difíciles y darse respuestas honestas. Es la
puerta que se abre a la mente para encontrarle un nuevo significado a la tragedia,
para ver lo imperceptible a simple vista, para descubrir lo que se puede aprender
de ella. Cuando un niño o adolescente se da cuenta de que precisamente gracias a
su limitación o a su adversidad ha desarrollado alguna habilidad que le resulta de
gran valor para su vida actual se puede afirmar que su resiliencia ha sido activada
en la perspectiva de la perspicacia.
Creatividad (creativity): capacidad de crear orden, belleza y objetivos a partir del
caos y del desorden. Constituye un puerto seguro para la imaginación, en el que
cada uno puede refugiarse y reestructurar sus experiencias. Permite idear
alternativas y caminos de salida ante la adversidad. Un niño o un adolescente
creativo generalmente está intentando encontrar alternativas, nuevas ideas, más
que quejarse y tratar de refugiarse en la dificultad, cualquiera que esta sea.

Iniciativa (initiative): tendencia a exigirse a sí mismo y a ponerse a prueba en


situaciones cada vez más exigentes. Es la capacidad para la autorregulación y la
responsabilidad personal, necesarias ambas para construir y reconstruir autonomía
e independencia. Es la fuerza que impulsa a poner en práctica lo que la creatividad
propone. El niño o el adolescente con iniciativa suele actuar más por la convicción
de que aquello que hace es bueno y vale la pena, que porque hay un adulto vigi-
lando para que no incumpla las normas. Por lo general busca recursos y
oportunidades para hacer funcionar las ideas que se le ocurren y no se detiene
fácilmente ante los obstáculos que se le presentan.

Humor: es la capacidad para encontrar el lado divertido de una tragedia, para ver lo
absurdo en los problemas y dolores propios, para reírse de sí mismo. Generalmente
es la manifestación de que la adversidad ya ha sido superada.

Etica (morality): abarca dos variables fundamentales: la capacidad de desearle a


otros el mismo bien que se desea para sí mismo y, al mismo tiempo, de
comprometerse con valores específicos. Es la actividad de una conciencia
informada. Tiene que ver con la capacidad para darle sentido a la propia vida en
cada momento y a pesar de cualquier situación.

Autonomía (independence): capacidad para fijar los propios límites en relación con
un medio problemático y para mantener distancia física y emocional con respecto a
los problemas y a las personas, sin llegar a caer en el aislamiento. Se manifiesta en
la claridad mental con respecto a la propia identidad, a las fortalezas y las
debilidades propias. Por ejemplo, un niño o adolescente con esta clase de resiliencia
es capaz de evitar con firmeza y al mismo tiempo con respeto que sus padres en
disputa lo utilicen para herirse mutua mente o para averiguar intimidades el uno del
otro. De igual manera, toma con naturalidad sus propias decisiones con respecto a
aquellas pequeñas cosas que tienen que ver con su vida y en las cuales no es
necesaria la intervención de los mayores.
Interrelación (relationships): capacidad para crear vínculos íntimos fuertes y equi-
tativos con otras personas, con quienes se sabe que se puede contar cuando se
necesita apoyo incondicional. Se trata, por un lado, de la capacidad para expresar
con naturalidad, con claridad y al mismo tiempo con respeto las necesidades,
opiniones, expectativas y, sobre todo, los propios sentimientos; y por otro lado, de
la capacidad para escuchar, para ponerse en el lugar del otro, para aceptarlo tal y
como es, sin quererlo cambiar ni tampoco llegar a depender de él. Está
directamente relacionada con la solidaridad y la amistad.

Los niños y adolescentes resilientes suelen manifestar algunas o todas las


características mencionadas, las cuales constituyen su sello personal, la manera
como afrontan las dificultades. La mayoría de los autores se refieren a unas o a
otras, empleando para ello diferentes términos que coinciden con los mismos
significados.

Factores indicadores de resilencia


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La resilencia con enfoque de resilencia

El apego y la empatía como fundamento de la capacidad residente en la


familia

Practicas de crianza residente

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