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Nietzche

La filosofía de Nietzsche se enmarca en el vitalismo, rechazando el racionalismo y el idealismo, y abogando por una vida guiada por la intuición y el sentimiento. Critica la cultura occidental, la moral tradicional, la religión y la ciencia, argumentando que todos estos aspectos han contribuido a una decadencia de los valores vitales y han fomentado el nihilismo. Propone la 'voluntad de poder' como la esencia de la vida y el 'eterno retorno' como una afirmación de la existencia, instando a la creación de nuevos valores en un mundo donde 'Dios ha muerto'.
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Nietzche

La filosofía de Nietzsche se enmarca en el vitalismo, rechazando el racionalismo y el idealismo, y abogando por una vida guiada por la intuición y el sentimiento. Critica la cultura occidental, la moral tradicional, la religión y la ciencia, argumentando que todos estos aspectos han contribuido a una decadencia de los valores vitales y han fomentado el nihilismo. Propone la 'voluntad de poder' como la esencia de la vida y el 'eterno retorno' como una afirmación de la existencia, instando a la creación de nuevos valores en un mundo donde 'Dios ha muerto'.
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LA FILOSOFÍA DE NIETZSCHE

1. Nietzsche, filósofo vitalista

La filosofía de Nietzsche, a pesar de su marcada originalidad, puede


encuadrarse dentro de la tendencia filosófica del vitalismo.
El término “vitalismo”, en general, se aplica a aquel planteamiento o
doctrina filosófica que considera la vida como la realidad fundamental y, en este
sentido, como algo irreductible a cualquier otro tipo de realidad. El vitalismo
supone una reacción tanto contra los excesos del racionalismo y el idealismo
filosóficos como contra el pensamiento positivista, defensor a ultranza de la
ciencia como única forma de conocer el mundo. Desde la óptica vitalista, lo
racional debe subordinarse a lo vital pues es una manifestación más de la vida;
ésta constituye el trasfondo profundo del que todo surge y se caracteriza por un
impulso preintelectual del que brota cualquier acción humana. El hombre ha de
guiarse sobre todo por el sentimiento y la intuición y no por ideas o preceptos
racionales, que generalmente contradicen los impulsos vitales.
Nietzsche, desde esta perspectiva vitalista, se erige en uno de los más
radicales críticos de los principales aspectos de nuestra cultura, que
tradicionalmente han servido para explicar –en su opinión- erróneamente el
mundo, al oponerse sistemáticamente a la vida y a los valores vitales. Pero
Nietzsche no hace una exposición sistemática de sus ideas, sino que emplea el
aforismo y el poema. Tiene un estilo fascinante, pero la ausencia de un
vocabulario técnico y bien definido crea serias dificultades de comprensión.
Emplea el método genealógico, es decir el análisis etimológico, histórico, incluso
psicológico de los conceptos a fin de investigar cómo se han originado a lo largo
del tiempo y qué se oculta tras ellos, sometiéndolos así a un proceso de
desenmascaramiento. Por esta actitud ante los conceptos y la racionalidad
vigente en su época, P. Ricoeur lo ha considerado, junto a Marx y Freud, un
“maestro de la sospecha”, uno de los grandes críticos de la sociedad occidental.
Los temas principales de su filosofía son “la muerte de Dios”, “la
voluntad de poder”, “el eterno retorno” y el “superhombre”; y sus obras más
representativas El nacimiento de la tragedia, Aurora, El gay saber, Así habló
Zaratustra, Más allá del bien y del mal, Crepúsculo de los ídolos, El Anticristo.

2. Crítica de la cultura occidental y el nihilismo

2.1. Crítica de la tradición cultural de Occidente

Nietzsche considera que toda la cultura occidental está viciada desde su


origen: es, dice, una cultura racional, opuesta a la vida y, por eso, decadente. Su
exhaustivo conocimiento del mundo griego -debido a su formación como filólogo-
le hace distinguir un antes y un después de Sócrates y Platón, considerando que,
a partir de estos filósofos, la cultura inicia su declive. En El nacimiento de la
tragedia describe la gestación de esta decadencia, atendiendo a la evolución de
la tragedia griega. Ésta es presentada como la fusión de dos principios que
simbolizan distintos aspectos de la vida: lo apolíneo y lo dionisiaco o, lo que es

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lo mismo, la razón y los instintos. En sus orígenes el elemento dominante era lo
dionisiaco, pero finalmente se impuso lo apolíneo; y este proceso de
racionalización, de sustitución del “héroe trágico” por el “hombre teórico”,
encarnado en la filosofía de Sócrates, es representativo de la evolución de toda la
cultura griega y, como consecuencia, de toda la cultura occidental.
La crítica nietzscheana a esta última abarca todos los ámbitos culturales: la
filosofía, la moral, la religión, la ciencia.

A. Crítica a la Filosofía
La crítica de Nietzsche se dirige contra la filosofía dogmática, entendiendo
por tal, en primer lugar, el socratismo y el platonismo. Sócrates hizo triunfar la
razón contra la vida, a Apolo contra Dionisos (Apolo, dios del Sol, símbolo del
orden, la serenidad, la claridad, la armonía, la lógica, la razón, frente a Dionisos,
dios del vino, que representa el frenesí, lo excesivo y desbordante, los instintos,
la voluntad irracional, la afirmación de la vida, incluso la orgía como culminación
del afán de vivir a pesar de todos los dolores) y desde ese momento comienza la
época del predominio de lo racional y del hombre teórico. En la misma línea,
Platón, según Nietzsche, duplicó el mundo, es decir, creó la ilusión del “mundo
verdadero” -el mundo eterno de las Ideas- como distinto de éste: el mundo de los
sentidos. Desde entonces la filosofía occidental ha quedado corrompida, ya que al
inventar un mundo distinto de éste se ha creído siempre que las cosas de valor
supremo tenían un origen distinto, propio, que en absoluto podían derivarse de
este mundo terreno y efímero, sino que venían directamente de “otro mundo”.
Tras este idealismo de Platón (y también de Sócrates) y de toda la metafísica
tradicional (Descartes, Kant, etc.) se esconde el menosprecio por la vida tal y
como ella es.
Nietzsche no perdona casi nada a los filósofos -sólo parece salvar a
Heráclito, único que no falseó la realidad, al concebirla como algo siempre
cambiante, en devenir-. Ataca, asimismo, los principales conceptos
metafísicos considerándolos como engaños gramaticales o del lenguaje. El
peor de todos ellos es el concepto de “ser”, una ficción vacía. Igualmente rechaza
los conceptos de “yo”, “cosa en sí”, “sustancia”, “causa”, etc. Todas estas
nociones, según Nietzsche, proceden de una desestimación del valor de los
sentidos y una sobreestimación de la razón. Por el contrario, Nietzsche afirma que
hemos de aceptar el testimonio de los sentidos: lo real es el devenir, el fenómeno,
la apariencia. Frente a la metafísica hay que defender que el único mundo real es
el que ha sido calificado por Platón como “aparente” y percibido por los sentidos.
De otro lado, Nietzsche modifica el concepto de verdad. No admite
verdades en sí. Primero porque sostiene que la realidad es una incógnita, es
incognoscible; y, en todo caso, la mejor forma de acercarse a ella no es la teoría,
sino la intuición y el arte. Y, en segundo lugar, porque cree que el hombre no
desea el conocimiento por sí mismo, sino que emplea igualmente la verdad y la
mentira en la medida en que le son útiles. En este sentido, algo es verdadero por
su valor pragmático: es verdad lo que aumenta el poder, lo que sirve a la vida.
Así, contra el dogmatismo metafísico, defiende un planteamiento perspectivista:
conocer el mundo es interpretarlo -valorarlo- desde perspectivas siempre
distintas.

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B. Crítica a la Moral
La moral que Nietzsche impugna, la moral vigente y enseñada hasta ahora
en la sociedad, es la moral entendida como contranaturaleza, que establece
preceptos y valores opuestos a la vida.
La base filosófica de esta moral es, de nuevo, el platonismo; y la herencia
de Platón la recogió el cristianismo, de tal modo que el mundo de las Ideas sirve
de “más allá” religioso para los cristianos. Así esta moral platónico-cristiana pone
el centro de gravedad del hombre no en esta vida, sino en la otra y constituye un
síntoma de la decadencia de nuestra sociedad, al pretender instaurar un orden
moral que procede de Dios, que es alguien fuera del mundo, de la vida. Por ello,
hay que negar a Dios.
Realiza Nietzsche -utilizando el método genealógico- un análisis del origen
de la moral entre los griegos y de la transformación de los conceptos morales a
partir de Sócrates y Platón. Los primeros griegos practicaban la virtud
(equivalente a fuerza, nobleza, poder y cuyo modelo es el héroe); a partir de
Sócrates y Platón sufren la virtud (identificable ahora con la renuncia a los
placeres y a las pasiones representada por el filósofo) y sólo se admite como
único bien la sabiduría. Así originariamente el término “malo” aludía al hombre
vulgar y miserable, y el vocablo “bueno” al hombre lleno de vida, poderoso y
orgulloso; pero estas nociones sufren una inversión, pasando a llamarse
“malvado” al que antes era “bueno” y viceversa. Más tarde, en virtud del
resentimiento característico de los sacerdotes, se reivindicarán estos valores y
con el cristianismo se acabarán instaurando socialmente.
Nietzsche distingue dos tipos básicos de moral. El primero es la moral de
los señores, que es una moral creadora de valores. En ella la antítesis entre
bueno y malo es sinónimo de aristocrático y despreciable. Es despreciable el
cobarde, el mezquino, el desconfiado, el que se deja maltratar, el adulador, el
mentiroso. Es aristocrático el hombre que se siente a sí mismo como
determinador de los valores y admite jovialmente su destino terrenal. El segundo
tipo es la moral de los esclavos, que se caracteriza por el instinto de venganza
hacia toda forma de vida superior. El escepticismo, la desconfianza y la no
creación de valores son sus caracteres. Esta moral pretende nivelar e igualar a
todos los hombres mediante la compasión, la paciencia y la humildad, sojuzgando
los instintos vitales y anulando las pasiones y virtudes del hombre superior; razón
por la cual Nietzsche critica también las propuestas igualitarias del socialismo (“la
igualdad es una artimaña de los débiles de espíritu”).
Nietzsche insiste en que la moral de los esclavos, que reduce a los
hombres a “animales de rebaño”, domesticados y mediocres, es la moral que ha
dominado nuestra cultura. Frente a ella él quiere instaurar una nueva moral
fundada en la naturaleza, en la que la vida esté antes o más allá del bien y del
mal ético.

C. Crítica a la religión
Respecto al origen de la religión, Nietzsche afirma que toda religión nace
del miedo, de la angustia y de la impotencia del hombre. Por eso, “ninguna
religión ha contenido nunca ninguna verdad”.

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Pero la crítica de Nietzsche se dirige especialmente al cristianismo, al que
considera particularmente beligerante contra la vida, por la creación del mundo
celestial que implica la desvalorización del mundo terrenal (“platonismo para el
pueblo”) y la noción de “pecado”. El cristianismo ha invertido los valores
dionisiacos de la Grecia antigua, mediante el fomento de valores mezquinos como
la obediencia, el sacrificio y la humildad, que son propios de seres sumisos y
contrarios a los auténticos valores vitales. El paradigma de todo ello es la figura
del sacerdote, que para Nietzsche es sinónimo de resentido.

D. Crítica a la Ciencia
Nietzsche critica de la ciencia la matematización de la realidad que, lejos
de ayudarnos a conocerla, sólo nos permite cuantificarla. Con ella no alcanzamos
nunca los grandes interrogantes de la existencia. Se opone expresamente a la
metodología del positivismo de su época y a su pretensión de poder conocer
científicamente las cosas, cuando lo único que hace es establecer relaciones
puramente formales, externas y superficiales entre ellas sin penetrar en su fondo
último.
Su crítica a la ciencia tiene dos vertientes: a) la ciencia investiga el curso
de la naturaleza, pero no toca los problemas auténticamente importantes pues no
nos permite hacer juicios sobre la vida ni hacer una ley moral para el hombre, y b)
la ciencia está al servicio de intereses creados, no es neutral; concretamente, el
Estado la toma a su servicio con el fin de explotarla con objetivos espurios.

2.2. El Nihilismo

El nihilismo (del latín nihil, nada) no es una doctrina filosófica, sino la


consecuencia de la historia de nuestra cultura, según Nietzsche. La cultura
occidental se encuentra sumida en el nihilismo, en su propia autodestrucción,
porque es una cultura que procede de un instinto único: el odio o el temor a la
vida.
Nietzsche emplea el término “nihilismo” en un doble sentido. Habla, en
primer lugar, del nihilismo pasivo, que está a punto de llegar. Todos los valores
creados por la cultura occidental son falsos valores, son la negación misma de la
vida, pero cuando esos valores se derrumben, entonces nuestra civilización se
quedará sin los valores que ha poseído hasta ahora, se perderá el sentido de la
existencia, toda meta, todo “para qué”. Tal situación inminente se anuncia en el
agotamiento y decadencia de nuestra civilización. En segundo lugar, habla
Nietzsche del nihilismo activo, que consiste en ayudar a caer o destruir los
falsos y vacios valores tradicionales antes de que se derrumben por sí solos. Sólo
así se establecerán las bases para poder crear valores nuevos. De hecho la
propia crítica nietzscheana a la cultura occidental es manifestación de este
nihilismo activo que intenta adelantarse al nihilismo pasivo y crear una nueva
cultura antes de que se desmorone definitivamente la antigua.
Este es el doble sentido, asimismo, de la célebre expresión “Dios ha
muerto”. La muerte de Dios tiene para Nietzsche, en primer lugar, un sentido
sociológico: la pérdida de las creencias religiosas en Europa. Pero por otro lado
simboliza, más que el descrédito de la religión, el declive de todo un sistema

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axiológico: la destrucción de los antiguos ideales, conceptos, valores y normas
(todos ellos falsificaciones o inventos de la razón humana), que sostenían la
forma de vida, la historia y la cultura de Occidente. Más aún, “Dios ha muerto”
equivale al surgimiento de un nuevo humanismo; significa reivindicar al hombre
como ser capaz de crear nuevos ideales. Ha de ser posible, según Nietzsche, que
el hombre, liberado de mitologías y supersticiones, se pueda convertir en creador
de su propio destino y llegar, por fin, a ser hombre.

3. La voluntad de poder

Si bien Nietzsche sostiene con frecuencia que la vida es insondable y sólo


podemos conocer sus manifestaciones, hay una fórmula con la que él mismo
constantemente la caracteriza: voluntad de poder. El hombre (como todo ser
vivo en el mundo) es voluntad de poder: “Donde he hallado algo vivo, he hallado
voluntad de poder”, escribe. Aunque no se precisa con claridad su significado en
ningún lugar, podríamos decir que para Nietzsche la voluntad de poder es
voluntad de ser más, vivir más, superar obstáculos y superarse a sí mismo,
demostrar una fuerza creciente, es también voluntad de dominio e impulso vital;
en una palabra, es voluntad de crear. Los caracteres de la voluntad de poder son
los mismos que los de la vida. La voluntad de poder es la esencia del único
mundo material que hay. Es “la lucha de la vida que tiene que superarse a sí
misma continuamente”; y no sólo la lucha por la supervivencia, como la describe
el darwinismo, al que Nietzsche también critica.
Que la voluntad de poder es voluntad de crear significa, en gran medida,
que es creadora de valores y aniquiladora de los anteriores valores. Los valores
que afirma suponen la plena aceptación de la vida como algo incesantemente
cambiante, carente de sentido y que determina todo lo existente. Constituye, en
definitiva, “un sí a la vida”.

3.1. El eterno retorno

Entre las propuestas de la filosofía de Nietzsche (“la parte de mi filosofía


que dice sí”), en su libro mayor, Así habló Zaratustra, la idea de eterno retorno
aparece como la más profunda. Nietzsche presenta el eterno retorno (una
doctrina que procede de Heráclito) como la más alta fórmula de la afirmación de
la vida. Por eso, la voluntad de poder alcanza su mayor grado de expresión en el
eterno retorno.
A pesar de su origen mitológico, la idea de eterno retorno es acogida por
Nietzsche porque se opone a una concepción lineal del tiempo (que empieza y
acaba), como la del cristianismo, pues una historia lineal conduce siempre hacia
otro mundo. Por el contrario, si el tiempo de este mundo se repite eternamente,
entonces no hay un fin y un sentido del mundo que esté fuera de él o más allá de
él. Aunque, en realidad, para Nietzsche esta concepción no tiene tanto un
significado cosmológico como ético: debemos amar la vida como si quisiéramos
que se repitiera eternamente. Hay que querer volver a vivirla de manera que,
efectivamente, todo vuelva a repetirse eternamente.

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El eterno retorno implica ser fiel a la tierra (es “la suprema expresión de
fidelidad a la tierra”) aceptar la vida tal y como ella es, en el placer y en el dolor,
sin ningún tipo de disimulo o subterfugio. El eterno retorno simboliza, en su eterno
girar, como una danza, como un juego alegre, que este mundo es el único que
hay, que no hay otro sentido de la vida que ella misma y que, además, todo es
necesario y justificable, puesto que debe repetirse. Con el eterno retorno
Nietzsche enuncia el deseo de que todo sea eterno: el no querer que nada sea
distinto, ni en el pasado, ni en el futuro, ni por toda la eternidad.

3.2. El superhombre

Para Nietzsche, el amor eterno hacia la vida misma proporciona al hombre


el medio de ir superándose continuamente. “El hombre –escribe- sólo es un
puente hacia el superhombre”. Se refiere al nuevo hombre que ha de llegar, en el
que se presentarán nuevas virtudes, que traerá nuevos valores. La teoría del
superhombre –Übermensch- es así la culminación de la antropología
nietzscheana, ya que, tal como hemos visto, en su obra el hombre real aparece
siempre como un ser defectuoso, mediocre, gregario, miserable, incapaz de
grandes tareas y sólo dispuesto a disfrutar de pequeñeces. (“Habeis evolucionado
del gusano al hombre –escribe- y hay en vosotros todavía mucho de gusano”).
Pero no se trata de una teoría racista –ni un antecedente del nazismo tal
como ha sido interpretada por algunos-, pues el superhombre no representa un
tipo físico sino moral. El superhombre es el héroe del futuro; no ha de
entenderse como alguien que supera al hombre en general sino como un hombre
superior, un nuevo hombre que comprenderá la esencia de la vida, expresada
en la voluntad de poder. De ahí que Nietzsche lo describa metafóricamente como
un niño que no tiene prejuicios, que juega con la vida, que es inocente, libre y
acepta sin culpa por sus propios impulsos vitales. Es también el hombre capaz de
crear nuevos valores y hacerse cargo solo y sin miedo de su propia existencia.
En resumen, los caracteres del superhombre son: A) ansia de vivir; es
decir, valora la vida sin traba alguna; las virtudes que ama son la fuerza, las
pasiones, la creatividad, el poder, la rebeldía del poderoso, representando la
afirmación dionisiaca del mundo. B) Superación de la moral tradicional; el
superhombre no está sometido a ningún precepto moral, porque se sitúa más allá
del bien y del mal; su conciencia es la conciencia de la naturaleza: lo que
favorece la naturaleza y la vida es bueno y lo que la perjudica es malo. Se ríe de
los valores tradicionales y los transmuta. C) Supone la muerte de Dios, en la
medida en que Dios representa lo contrario de la vida (“Dios ha muerto, hagamos
que vida el superhombre”). Rechaza toda trascendencia, todo más allá; es el más
acá lo que le preocupa y quiere vivir con intensidad.

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