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La Compasión Infinita de Dios

La lección destaca la profunda compasión y amor de Dios hacia la humanidad, comparándolo con el amor de una madre por su hijo, enfatizando que su amor es inmutable y eterno. A través de diversas escrituras, se ilustra cómo Dios se preocupa por su pueblo, mostrando misericordia incluso ante la infidelidad. La enseñanza central es que, a pesar de nuestras fallas, Dios nunca nos olvida y siempre está dispuesto a perdonar y restaurar nuestra relación con Él.
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La Compasión Infinita de Dios

La lección destaca la profunda compasión y amor de Dios hacia la humanidad, comparándolo con el amor de una madre por su hijo, enfatizando que su amor es inmutable y eterno. A través de diversas escrituras, se ilustra cómo Dios se preocupa por su pueblo, mostrando misericordia incluso ante la infidelidad. La enseñanza central es que, a pesar de nuestras fallas, Dios nunca nos olvida y siempre está dispuesto a perdonar y restaurar nuestra relación con Él.
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Lección 4: Para el 25 de enero de 2025

DIOS ES APASIONADO Y COMPASIVO


Sábado 18 de
enero_____________________________________________________
LEE PARA EL ESTUDIO DE ESTA SEMANA: Salmo 103: 13; Isaías 49: 15;
Oseas 11: 1-9; Mateo 23: 37; 2 Corintios 11: 2; 1 Corintios 13: 4-8.
PARA MEMORIZAR
“¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del
hijo de su vientre? ¡Aunque ella lo olvide, yo nunca me olvidaré de ti!” (Isa.
49: 15).
A menudo se considera que las emociones son indeseables y deben evitarse.
Para algunos, son intrínsecamente irracionales y, por lo tanto, las personas de
bien no deberían ser “emotivas”. Según cierta escuela filosófica griega de la
antigüedad, la persona ideal era “racional”, insensible a las pasiones y soberana
sobre sus emociones mediante el raciocinio.
Las emociones desenfrenadas pueden ser problemáticas. Sin embargo, Dios
nos creó con la capacidad de experimentar emociones. Además, él mismo es
retratado en las Escrituras como quien experimenta emociones profundas. Si es
así, estas no pueden ser intrínsecamente malas o irracionales, pues el Dios de
la Biblia posee una bondad y una sabiduría perfectas.
Aunque hay hermosas verdades derivadas del hecho de que el amor de Dios
por nosotros es profundamente emocional, no debe perderse de vista que ese
amor no es idéntico a las emociones humanas.
ESPÍRITU DE PROFECÍA
El amor de Cristo es profundo y sincero, fluye como una corriente incontenible
hacia todos los que lo aceptan. No hay egoísmo en Su amor. Si este amor
nacido del cielo es un principio permanente en el corazón, se dará a conocer, no
sólo a aquellos que más apreciamos en una relación sagrada, sino a todos
aquellos con quienes entramos en contacto. Nos llevará a conceder pequeñas
atenciones, a hacer concesiones, a realizar actos de bondad, a pronunciar
palabras tiernas, verdaderas y alentadoras. Nos llevará a simpatizar con
aquellos cuyos corazones están hambrientos de simpatía (Hijos e Hijas de
Dios, p. 101).
Dios no nos trata como los hombres finitos se tratan entre sí. Sus pensamientos
son pensamientos de misericordia, de amor y de la más tierna compasión…
Satanás está listo para robar las benditas seguridades de Dios. Desea arrebatar
al todo atisbo de esperanza y todo rayo de luz; pero no debéis permitirle que
haga. No prestes oídos al tentador… En la parábola [del hijo pródigo] vemos
cómo será recibido el extraviado: «Cuando aún estaba, le vio su padre, y tuvo
compasión, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó». Lucas 15:18-20.
Pero incluso esta parábola, por tierna y conmovedora que sea, se queda corta
para expresar la infinita compasión del Padre celestial. El Señor declara por
medio de su profeta: «Con amor eterno te he amado; por eso con bondad
amorosa te he atraído». Jeremías 31:3. Mientras el pecador está todavía lejos
de la casa del Padre, malgastando sus bienes en un país extraño, el corazón del
Padre suspira por él; y todo anhelo despertado en el alma para volver a Dios no
es sino la tierna súplica de su Espíritu, cortejando, suplicando, atrayendo al
errante al corazón de amor de su Padre (Pasos a Cristo, pp. 53, 54).
Nuestro Padre celestial… odia el pecado, pero ama al pecador, y se entregó a sí
mismo en la persona de Cristo, para que todos los que quisieran se salvaran y
tuvieran eterna bienaventuranza en el reino de gloria. ¿Qué lenguaje más fuerte
o más tierno podría haberse empleado que el que Él ha escogido para expresar
Su amor hacia nosotros? Declara: «¿Acaso se olvidará la mujer de su niño de
pecho, para no compadecerse del hijo de sus entrañas? sí, se olvidarán, pero yo
no me olvidaré de ti». Isaías 49:15…
Al leer las promesas, recuerda que son la expresión de un amor y una piedad
indecibles. El gran corazón del Amor Infinito se siente atraído hacia el pecador
con una compasión sin límites. «Tenemos redención por su sangre, el perdón de
los pecados». Efesios 1:7. Sí, sólo cree que Dios es tu ayudador. Él quiere
restaurar Su imagen moral en el hombre. A medida que te acerques a Él con
confesión y arrepentimiento, Él se acercará a ti con misericordia y perdón
(Pasos a Cristo, pp. 54, 55).

Domingo 19 de enero
MÁS QUE EL AMOR DE UNA MADRE
Tal vez el mayor amor común a la experiencia humana sea el de una madre o
un padre por un hijo. La Biblia utiliza a menudo las imágenes de la relación
padre-hijo para describir la asombrosa compasión de Dios por las personas,
haciendo hincapié en que la compasión de Dios es exponencialmente superior
incluso a la expresión humana más profunda y hermosa de ese mismo
sentimiento.
Lee Salmo 103: 13; Isaías 49: 15; y Jeremías 31: 20. ¿Qué transmiten estas
representaciones sobre la naturaleza y la profundidad de la compasión de
Dios?
Salmo 103: 13
13
Como el padre se compadece de los hijos, Se compadece Jehová de los que
le temen.
Isaías 49: 15
15
¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo
de su vientre? Aunque olvide ella, yo nunca me olvidaré de ti.
Jeremías 31: 20
20
¿No es Efraín hijo precioso para mí? ¿no es niño en quien me deleito? pues
desde que hablé de él, me he acordado de él constantemente. Por eso mis
entrañas se conmovieron por él; ciertamente tendré de él misericordia, dice
Jehová.
Según estos textos, Dios se relaciona con nosotros como sus hijos amados y
nos ama como un buen padre y una buena madre aman a sus hijos. Sin
embargo, como explica Isaías 49: 15, incluso una madre humana podría
olvidarse del hijo que “dio a luz” o “dejar de compadecerse del hijo de su
vientre”, pero Dios nunca olvida a sus hijos y su compasión nunca falla (Lam. 3:
22).
En particular, se cree que el término hebreo raham utilizado para referirse a la
compasión aquí y en muchos otros textos que describen el abundante amor
compasivo de Dios, deriva del término hebreo que designa el vientre (rejem). En
consecuencia, como han señalado los eruditos, la compasión de Dios es un
“amor como el del útero maternal”. En verdad, es exponencialmente mayor que
cualquier compasión humana, incluso la de una madre por su recién nacido.
Según Jeremías 31: 20, Dios considera a su pueblo del Pacto como su “hijo
precioso” y “el niño en quien me deleito”, a pesar de que a menudo se rebeló
contra él y le causó tristeza. Aun así, Dios declara: “Mis entrañas se
conmovieron por él, y ciertamente tendré de él misericordia”. El término
traducido aquí como “misericordia” es el utilizado anteriormente para referirse a
la compasión divina (rajam).
Además, la frase “mis entrañas se conmovieron por él” puede traducirse
literalmente como “mis entrañas rugen”. Esta descripción que emplea el lenguaje
profundamente visceral de la emoción divina retrata así la profundidad del amor
compasivo de Dios por su pueblo. Incluso a pesar de su infidelidad, Dios sigue
dispensando su abundante compasión y misericordia a su pueblo y lo hace más
allá de toda expectativa razonable.
 El amor de una madre.
— El amor de una madre por su hijo, incluso en el mundo animal,
le lleva a poner su vida, si es necesario, para protegerlo.
— Este amor es un reflejo del amor de Dios, que Él puso en cada
madre. A causa del pecado, existen madres que abandonan a
sus hijos. Pero el amor de Dios sigue siendo puro, Él nunca deja
de amarnos. Somos sus hijos (Is. 49:15).
— En Jeremías 31:20, Dios habla de su pueblo como “hijo
precioso”, “niño en quien me deleito”. Dice de él que tendrá
“misericordia”. La palabra que se usa es raḥam. Esta palabra
deriva de “vientre”. Es decir, la misericordia divina es “amor
como el del útero materno”.
— Aun cuando le desobedecemos (y nos ocurre a menudo),
somos preciosos para Él; se deleita en nosotros; nos recuerda
constantemente; y sus entrañas se conmueven por nosotros.

Para algunos, el hecho de que la compasión de Dios sea semejante a la de


un padre o una madre cariñosos es profundamente reconfortante. Sin
embargo, algunas personas pueden tener dificultades en ese sentido, pues
sus progenitores no fueron cariñosos. ¿De qué otras maneras podría ser
ilustrada la compasión de Dios por esas personas?
ESPÍRITU DE PROFECÍA
Seguramente habrás oído hablar de la triste historia de la madre que, con su
marido y su hijo, intentó cruzar las Montañas Verdes en pleno invierno. La noche
y la tormenta detuvieron su marcha. El marido fue en busca de ayuda y se
perdió en la oscuridad y la nieve, y tardó en regresar. La madre sintió que el frío
de la muerte se le venía encima, y desnudó su pecho a la ráfaga helada y a la
nieve que caía, para dar todo lo que le quedaba de vida para salvar la de su hijo.
Cuando llegó la mañana, encontraron al niño envuelto en el chal de su madre…
preguntándose por qué no despertaba de su sueño.
Aquí se ve un amor más fuerte que la muerte, que une el corazón de la madre a
su hijo. Y, sin embargo, Dios dice que la madre olvidará antes a su hijo que Él a
un alma que confía en Él. Que el Señor nos ame es suficiente para suscitar la
más profunda gratitud, cada hora de nuestra. El amor de Dios está hablando…
Sólo confía en el amor de Jesús, y te darás cuenta de la alegría profunda (Carta
12, 9 de agosto de 1873).
El amor de Cristo por sus hijos es tan fuerte como tierno. Es un amor más fuerte
que la muerte, porque Él murió por nosotros. Es un amor más verdadero que el
de una madre por sus hijos. El amor de la madre puede cambiar, pero el amor
de Cristo es inmutable. «Estoy seguro», dice Pablo, «de que ni la muerte, ni la
vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo
alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de
Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro» (Romanos 8:38, 39).
En toda prueba tenemos un fuerte consuelo. ¿Acaso no se compadece nuestro
Salvador de nuestras flaquezas? ¿No ha sido tentado en todo según nuestra?
¿Y no nos ha invitado a llevarle toda prueba y perplejidad? Entonces, no nos
hagamos miserables por las cargas de mañana… El que da fuerzas para hoy,
dará fuerzas para mañana (En los lugares celestiales, p. 271).
En las bondadosas bendiciones que nuestro Padre celestial nos ha concedido,
podemos discernir innumerables evidencias de un amor que es infinito, y una
tierna piedad que sobrepasa la anhelante simpatía de una madre por su hijo
descarriado. Cuando estudiamos el carácter divino a la luz de la cruz, vemos
misericordia, ternura y perdón mezclados con equidad y justicia. En el lenguaje
de Juan exclamamos: «Mirad qué amor nos ha dado el Padre, para que seamos
llamados hijos de Dios».
Vemos en medio del trono a Uno que lleva en las manos, en los pies y en el
costado las marcas del sufrimiento soportado para reconciliar al hombre con
Dios, y a Dios con el hombre. Una misericordia incomparable nos revela a un
Padre infinito, que habita en una luz inaccesible, pero que nos recibe en su seno
por los méritos de su Hijo (Reflejemos a Jesús, p. 276).

Lunes 20 de enero
AMOR CONMOVEDOR
La incalculable profundidad del amor compasivo de Dios por la humanidad se
pone de manifiesto en Oseas. Dios había ordenado al profeta: “Ve, toma por
mujer a una prostituta y ten hijos de prostitución con ella, porque la tierra se
prostituye apartándose de Jehová” (Ose. 1: 2). Oseas 11 describe más adelante
la relación de Dios con su pueblo, pero mediante la metáfora de un padre
amoroso con su hijo.
Lee Oseas 11: 1 al 9. ¿De qué manera ilustran las imágenes de estos
versículos la forma en que Dios ama y cuida a su pueblo?
Oseas 11: 1-9
1
Cuando Israel era muchacho, yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo. 2 Cuanto
más yo los llamaba, tanto más se alejaban de mí; a los baales sacrificaban, y a
los ídolos ofrecían sahumerios. 3 Yo con todo eso enseñaba a andar al mismo
Efraín, tomándole de los brazos; y no conoció que yo le cuidaba. 4 Con cuerdas
humanas los atraje, con cuerdas de amor; y fui para ellos como los que alzan el
yugo de sobre su cerviz, y puse delante de ellos la comida. 5 No volverá a tierra
de Egipto, sino que el asirio mismo será su rey, porque no se quisieron
convertir. 6 Caerá espada sobre sus ciudades, y consumirá sus aldeas; las
consumirá a causa de sus propios consejos. 7 Entre tanto, mi pueblo está
adherido a la rebelión contra mí; aunque me llaman el Altísimo, ninguno
absolutamente me quiere enaltecer. 8 ¿Cómo podré abandonarte, oh Efraín?
¿Te entregaré yo, Israel? ¿Cómo podré yo hacerte como Adma, o ponerte como
a Zeboim? Mi corazón se conmueve dentro de mí, se inflama toda mi
compasión. 9 No ejecutaré el ardor de mi ira, ni volveré para destruir a Efraín;
porque Dios soy, y no hombre, el Santo en medio de ti; y no entraré en la
ciudad.
El amor de Dios por su pueblo se asemeja al tierno afecto de un padre por su
hijo. La Escritura utiliza en tal sentido imágenes como las de enseñar a un niño
pequeño a caminar, tomar al hijo amado en los brazos, curar y proporcionar
sustento y cuidar tiernamente. La Escritura también afirma que Dios “trajo” a su
pueblo justo “como trae el hombre a su hijo” (Deut. 1: 31). “En su amor y en su
clemencia los redimió” y “los trajo y los levantó todos los días” (Isa. 63: 9).
En contraste con la fidelidad inquebrantable de Dios, su pueblo fue infiel en
repetidas ocasiones, lo que alejó a Dios, acarreó juicios sobre sí mismos y lo
entristeció profundamente. Dios es compasivo, pero nunca excluye la justicia.
Como veremos en una lección posterior, el amor y la justicia son inseparables.
¿Has estado alguna vez disgustado por algo al punto de experimentar un
malestar estomacal? Ese es el tipo de imagen que se usa para describir la
profundidad de las emociones de Dios respecto de su pueblo. La imagen del
corazón revuelto y la compasión encendida es un lenguaje idiomático típico de
las emociones profundas y es usado tanto por Dios como por los humanos.
Esta imagen, la de la compasión encendida (kamar), se utiliza en el caso de las
dos mujeres que se presentaron ante Salomón, cada una reclamando el mismo
bebé como suyo. Cuando Salomón ordenó cortar al bebé en dos (aunque sin
intención de hacerlo), esa expresión idiomática es usada para describir la
reacción emocional de la verdadera madre (1 Rey. 3: 26; compara con Gén. 43:
30).
 Entrañas conmovidas.
— Cuando Dios habla al profeta Oseas usa un lenguaje
eminentemente humano: “el corazón me da vuelcos, y se me
conmueven las entrañas” (Os. 11:8 NVI).
— ¿Qué le produce a Dios este intenso dolor abdominal?
— Su hijo, Efraím (que representa al pueblo de Dios, y a cada uno
de nosotros en particular), al que ha tomado de la mano en sus
primeros pasos y lo ha llevado en sus brazos (Os. 11:3), al que
ha atraído con “cuerdas de amor” y lo ha alimentado (Os.
11:4), se ha rebelado continuamente contra Él, y no quiere
adorarle (Os. 11:2, 7).
— Su sentimiento es el mismo que el de aquella madre cuyo hijo
iba a ser cortado en dos por Salomón (1R. 3:26): “¡No hagan
daño a mi hijo!” ¡Así nos ama Dios!

Todo progenitor sabe a qué se refiere esta lección. Ningún otro amor
terrenal es comparable. ¿Cómo nos ayuda esto a comprender la realidad
del amor de Dios por nosotros? ¿Qué consuelo podemos y debemos
extraer de esta comprensión?
ESPÍRITU DE PROFECÍA
El Salvador manifestó compasión divina hacia la mujer sirofenisa. Su corazón se
conmovió al ver su dolor. Anhelaba darle de inmediato la seguridad de que su
oración había sido escuchada; pero enseñar una lección a sus discípulos, y por
un tiempo pareció desatender el clamor de su torturado corazón…
Fue Cristo mismo quien puso en el corazón de aquella madre la persistencia que
no sería repelida. Fue Cristo quien dio a la viuda suplicante valor y
determinación ante el. Fue Cristo quien, siglos antes, en el misterioso conflicto
junto al Jaboc, había inspirado a Jacob la misma fe perseverante. Y la confianza
que Él mismo había implantado, no dejó de recompensarla (Christ’s Object
Lessons, pp. 175, 176).
Es obra de Satanás llenar de dudas los corazones de los hombres. Los induce a
considerar a Dios como un juez severo. Los tienta a pecar, y luego a
considerarse demasiado viles para acercarse a su Padre celestial o para
despertar su compasión. El Señor comprende todo esto. Jesús asegura a sus
discípulos que Dios se compadece de ellos en sus necesidades y debilidades. Ni
un suspiro se exhala, ni un dolor se siente, ni una pena traspasa el alma, sino
que el latido vibra hasta el corazón del Padre…
Dios se inclina desde Su trono para escuchar el clamor de los oprimidos. A toda
oración sincera responde: «Heme aquí». Él eleva a los afligidos y oprimidos. En
todas nuestras aflicciones Él es afligido. En toda tentación y en toda prueba, el
ángel de su presencia está cerca para librarnos (El Deseado de todas las
gentes, p. 356).
Al perder de vista el verdadero carácter de Jehová, los israelitas no tenían
excusa. A menudo Dios se les había revelado como «lleno de compasión, y
clemente, sufrido, y grande en misericordia y verdad». Salmo 86:15. «Cuando
Israel era niño», testificó Él, «entonces lo amé, y llamé a mi hijo de Egipto».
Oseas 11:1.
Con ternura había tratado el Señor a Israel en su liberación de la esclavitud
egipcia y en su viaje a la Tierra Prometida. «En toda aflicción de ellos fue
afligido, y el ángel de su presencia los salvó; en su amor y en su piedad los
redimió; y los llevó, y los sustentó todos los días de la antigüedad. Isaías 63:9…
Moisés se basó en su conocimiento de la larga paciencia de Jehová y de su
infinito amor y misericordia para hacer su maravillosa súplica por la vida de
Israel cuando, en las fronteras de la Tierra Prometida, se negó a avanzar
obedeciendo el mandato de Dios. En el colmo de su rebelión, el Señor había
declarado: «Los heriré con la peste y los desheredaré». Pero el profeta alegó las
maravillosas providencias y promesas de Dios en favor de la nación elegida. Y
luego, como la más fuerte de todas las súplicas, exhortó al amor de Dios por el
hombre caído (Profetas y Reyes, pp. 311, 312).

Martes 21 de enero_
LA COMPASIÓN DE JESÚS
En el Nuevo Testamento se utiliza el mismo tipo de imágenes que en el Antiguo
Testamento para describir la compasión de Dios. Pablo se refiere al Padre
como “Padre de misericordias y Dios de toda consolación” (2 Cor. 1:
3). Además, el apóstol explica en Efesios 2: 4 que Dios es “rico en
misericordia” y redime a los seres humanos “por su gran amor con que nos
amó”.
En varias parábolas, Cristo mismo utiliza repetidamente términos de emoción
visceral y desgarradora para describir la compasión del Padre (Mat. 18: 27; Luc.
10: 33; 15: 20). Además, el mismo lenguaje que ilustra la compasión divina en el
Antiguo Testamento y en el Nuevo Testamento es utilizado también en los
Evangelios para describir las respuestas compasivas de Jesús a quienes están
en apuros.
Lee Mateo 9: 36; 14: 14; 23: 37; Marcos 1: 41; 6: 34; y Lucas 7: 13. ¿Cómo
ilustran estos versículos la manera en que Cristo se conmovía ante la
difícil situación de las personas?
Mateo 9: 36
36
Y al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban
desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor.
Mateo 14: 14
14
Y saliendo Jesús, vio una gran multitud, y tuvo compasión de ellos, y sanó a
los que de ellos estaban enfermos.
Mateo 23: 37
37
¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son
enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus
polluelos debajo de las alas, y no quisiste!
Marcos 1: 41
41
Y Jesús, teniendo misericordia de él, extendió la mano y le tocó, y le dijo:
Quiero, sé limpio.
Marcos 6: 34
34
Y salió Jesús y vio una gran multitud, y tuvo compasión de ellos, porque eran
como ovejas que no tenían pastor; y comenzó a enseñarles muchas cosas.
Lucas 7: 13
13
Y cuando el Señor la vio, se compadeció de ella, y le dijo: No llores.
Los Evangelios registran con frecuencia el hecho de que Cristo se compadecía
de las personas que estaban en situaciones difíciles. No solo sintió compasión
de ellas, sino que también se ocupó de sus necesidades.
Jesús también se lamentó por su pueblo. Podemos imaginar las lágrimas en los
ojos de Cristo mientras contemplaba la ciudad de Jerusalén: “¡Cuántas veces
quise juntar a tus hijos como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas,
pero no quisiste!” (Mat. 23: 37). Aquí vemos que el lamento de Cristo coincide
estrechamente con el de Dios por su pueblo a lo largo del Antiguo Testamento.
De hecho, muchos eruditos bíblicos señalan que la imagen de un ave cuidando
de sus crías solo era aplicada a la divinidad en el antiguo Cercano Oriente.
Muchos ven aquí una alusión a Deuteronomio 32: 11, donde Dios es
representado como un ave que vuela en círculos sobre sus crías, las protege y
vela por sus necesidades.
No hay mayor ejemplo del gran amor compasivo de Dios por sus criaturas
humanas que Jesús mismo, quien se entregó por nosotros como la máxima
demostración de amor. Sin embargo, Cristo no es solo la imagen perfecta de
Dios. También es el modelo perfecto de la humanidad. ¿Cómo podemos dar
forma a nuestra existencia de acuerdo con el modelo de la vida de Cristo,
centrándonos en las necesidades de los demás y, de este modo, no
limitándonos a predicar el amor de Dios, sino mostrándolo de forma tangible?
 La compasión de Jesús.
— Hasta aquí, hemos visto el amor de Dios tal como se muestra
en el Antiguo Testamento. Al adentrarnos en el Nuevo
Testamento, vemos la compasión y la misericordia de Dios
manifestadas plenamente en Jesús.
(1) Tocó al leproso porque tuvo misericordia (Mr. 1:41)
(2) Detuvo la procesión fúnebre de Naín porque se
compadeció de la madre viuda (Lc. 7:13)
(3) Se compadeció de las multitudes que le seguían (Mt.
14:14)
(4) Se compadeció de los 5.000 que no habían comido aún
(Mt. 15:32)
— Al contemplar Jerusalén, entristecido por su rechazo, clamó:
“¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta
sus polluelos debajo de las alas!” (Mateo 23:37).
 Así es el amor de Dios.
— ¿1ª de Corintios 13:4-8 describe el amor humano o el amor
divino?
— Podemos decir que ambos. Así es el amor de Dios, y así es el
amor que reflejamos en nuestras vidas como fruto del Espíritu
Santo (Gál. 5:22). ¿Cómo puedo reflejar este amor en mi vida?
(1) Adorando a Dios, que es amor, siendo así
transformados por imitación (2Co. 3:18)
(2) Respondiendo a Su amor, siendo compasivos y
misericordiosos con los demás (Jn. 13:35)
(3) Pidiendo a Dios que nos transforme, pues es el único
que puede hacerlo.
— Así pues, pidamos a Dios que nos dé un corazón nuevo para él
y para los demás, un amor puro y purificado que eleve lo que
es bueno y elimine la escoria de nuestro interior.

Pero, sin duda, la mayor prueba de su compasión fue la de entregar su vida por nosotros (Ef. 5:2).
ESPÍRITU DE PROFECÍA
Cuando Cristo vio las multitudes que se congregaban a su alrededor, «sintió
compasión de ellas, porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas
que no tienen pastor». Cristo vio la enfermedad, el dolor, la necesidad y la
degradación de las multitudes que se agolpaban a su paso. A Él le fueron
presentadas las necesidades y las aflicciones de la humanidad en todo el
mundo. Entre los encumbrados y los humildes, los más honrados y los más
degradados, contempló almas que anhelaban las mismas bendiciones que había
venido a traer, almas que sólo necesitaban un conocimiento de su gracia para
convertirse en súbditos de su reino. «Entonces dijo a sus discípulos: La mies a
la verdad es mucha, mas los obreros pocos; rogad, pues, al Señor de la mies,
que envíe obreros a su mies». Mateo 9:36-38.
Hoy existen las mismas necesidades. El mundo necesita obreros que trabajen
como Cristo por los que sufren y pecan. En efecto, hay una multitud que
alcanzar. El mundo está lleno de enfermedad, sufrimiento, angustia y pecado.
Está lleno de los que necesitan ser atendidos: los débiles, los desvalidos, los
ignorantes, los degradados (Testimonios para la Iglesia, tomo 6, pág. 254).
Cualesquiera que sean tus angustias y pruebas, expone tu caso ante el Señor.
Tu espíritu se fortalecerá para resistir. Se te abrirá el camino para liberarte de la
vergüenza y de las dificultades. Cuanto más débil e indefenso sientas, más
fuerte te sentirás en Su fuerza. Cuanto más pesadas sean tus cargas, más
bendito será el descanso al echarlas sobre tu Cargador.
Las circunstancias pueden separar a los amigos; las aguas agitadas del ancho
mar pueden rodar entre nosotros y ellos. Pero ninguna circunstancia, ninguna
distancia, puede separarnos del Salvador. Dondequiera que estemos, Él está a
nuestra diestra para sostenernos, mantenernos, apoyarnos y animarnos. Mayor
que el amor de una madre por su hijo es el amor de Cristo por sus redimidos. Es
nuestro privilegio descansar en Su amor, decir: «Confiaré en Él, porque Él dio
Su vida por mí».
El amor humano puede cambiar, pero el amor de Cristo no conoce cambio.
Cuando clamamos a Él en busca de ayuda, Su mano está extendida para salvar
(Ministry of Healing, p. 72).
«La porción del Señor es Su pueblo; Jacob es la suerte de Su heredad. Lo halló
en tierra desierta, y en el desierto aullante; condujo, lo instruyó, lo guardó como
a la niña de sus ojos. Como el águila levanta su nido, revolotea sobre sus crías,
extiende sus alas, las toma, las lleva sobre sus alas: así sólo el Señor lo guió, y
no hubo con él dios extraño.» Deuteronomio 32:9-12. Así trajo a sí a los
israelitas, para que morasen como bajo la sombra del Altísimo. Milagrosamente
preservados de los peligros del vagabundeo por el desierto, se establecieron
finalmente en la Tierra de Promisión como una nación favorecida (Profetas y
Reyes, pág. 17).

Miércoles 22 de enero
¿UN DIOS CELOSO?
El Dios de la Biblia es el “Dios compasivo”. En hebreo, Dios se da a sí mismo el
nombre ‘el rahum (Deut. 4: 31). El término hebreo ‘el significa “Dios”, y rahum es
una variación de la raíz de la palabra que significa compasión (rajám). Sin
embargo, Dios no solo es llamado “compasivo” o “misericordioso”, sino también
“celoso” (‘el qanah). Como dice Deuteronomio 4: 24: “Porque Jehová, tu Dios, es
fuego consumidor, Dios celoso [‘el qanah]”. (Ver Deut. 4: 24; 6: 15; Jos. 24: 19;
Nah. 1: 2).
1 Corintios 13: 4 declara que “el amor no es celoso” (NTV). ¿Cómo puede Dios,
entonces, ser un “Dios celoso”?
Lee 2 Corintios 11: 2 y considera la forma en que el pueblo de Dios le fue
infiel a lo largo de la Biblia (ver, por ejemplo, Sal. 78: 58). ¿Qué nos
enseñan estos pasajes sobre el significado de los “celos” divinos?
2 Corintios 11: 2
2
Porque os celo con celo de Dios; pues os he desposado con un solo esposo,
para presentaros como una virgen pura a Cristo.
Salmos 78: 58
58
Le enojaron con sus lugares altos, Y le provocaron a celo con sus imágenes
de talla.
Los “celos” de Dios a menudo son malinterpretados. Cuando el adjetivo “celoso”
se refiere a un cónyuge, no se trata de un elogio. El término “celos” suele tener
connotaciones negativas en muchos idiomas. Sin embargo, ese no es el caso de
los celos divinos en la Biblia, ya que se refieren a la sana expectativa de un
marido amoroso por disfrutar de una relación exclusiva con su esposa.
Aunque existe un tipo de celos contrarios al amor (1 Cor. 13: 4, NTV), también
hay “celos” buenos y justos. Pablo se refiere a ello como “celo de Dios” (ver 2
Cor. 11: 2). Los celos de Dios son solo y siempre del tipo correcto, y se los
puede definir más adecuadamente como el amor apasionado que Dios siente
por su pueblo.
El celo (qanah) de Dios por su pueblo proviene del profundo amor que siente.
Dios desea una relación exclusiva con su pueblo; solo él ha de ser su Dios. Sin
embargo, a menudo se describe a Dios como un cónyuge despechado, cuyo
amor no es correspondido (ver Ose. 1-3; Jer. 2: 2; 3: 1-10). Por lo tanto, los
“celos” –o la “pasión” de Dios– nunca son caprichosos o sin motivo, sino que
siempre responden a la infidelidad y a la conducta indebida de las personas
malvadas. Los celos de Dios (o su “amor apasionado”) no tienen las
connotaciones negativas de los celos humanos. Nunca obedecen a la envidia,
sino al legítimo anhelo de disfrutar de una relación exclusiva con su pueblo y
para el bien de este.
¿Cómo podemos aprender a reflejar el mismo tipo de “celos” positivos
hacia los demás que Dios muestra hacia nosotros?
B ¿De qué tiene celos Dios?
 El celo, aplicado a las personas, tiene dos aspectos: uno positivo
y otro negativo.
— Positivo: tener celo
(1) Cuidado o diligencia que se pone para hacer las cosas
(2) Apasionamiento por una persona
— Negativo: tener celos
(1) Tener envidia y, generalmente, desear el mal a otro
(2) Sospechar infidelidad en la pareja y, generalmente,
actuar con violencia
 El celo divino está exento de aspectos negativos en sí, aunque
sus consecuencias pueden ser negativas para quien es infiel al
amor recibido (Nahum 1:2).
 El celo de Dios procede de un amor apasionado por nosotros,
como el amor entre cónyuges. Le lleva a desear intensamente
nuestro bien. Los celos de Dios nunca provienen de la envidia, ni
son caprichosos o sin motivo, sino del deseo de que Él sea
nuestro único Dios.
 Este mismo celo es el que llevaba a Pablo a amar a las iglesias:
“Porque os celo con celo de Dios; pues os he desposado con un
solo esposo, para presentaros como una virgen pura a Cristo”
(2Co. 11:2).

ESPÍRITU DE PROFECÍA
Nuestro Dios es un Dios celoso; con Él no se juega…
Nunca podremos descubrir a Dios buscando. Él no abre Sus planes a mentes
curiosas e inquisitivas. No debemos intentar levantar con mano presuntuosa la
cortina tras la cual Él vela su majestad. El apóstol exclama: «¡Cuán
inescrutables son sus juicios, e inescrutables sus caminos!». Es una prueba de
Su misericordia que se oculte Su poder, que esté envuelto en las horribles
nubes del misterio y la oscuridad; porque levantar la cortina que oculta la
Presencia Divina es la muerte. Ninguna mente mortal puede penetrar el secreto
en el que el Poderoso mora y obra. No podemos comprender más de sus tratos
con nosotros y de los motivos que le mueven de lo que Él cree conveniente
revelar. Él ordena todo en justicia, y nosotros no debemos sentirnos
insatisfechos y desconfiados, sino inclinarnos en reverente sumisión. Él nos
revelará tanto de sus propósitos como nos convenga saber; y más allá de eso
debemos confiar en la mano omnipotente y en el corazón lleno de amor.
En sus tratos con la raza humana, Dios se ensaña con los impenitentes. Utiliza
los medios que ha designado para llamar a los hombres a la lealtad, y les ofrece
su pleno perdón si se arrepienten. Pero como Dios sufre por mucho tiempo, los
hombres presumen de Su misericordia… La paciencia y la longanimidad de
Dios, que deberían ablandar y someter el alma, tienen una influencia totalmente
diferente sobre los descuidados y pecadores. Los lleva a abandonar la
restricción y los fortalece en la resistencia…
Muy pocos se dan cuenta de la pecaminosidad del pecado; se halagan
pensando que Dios es demasiado bueno para castigar al ofensor. Pero los
casos de Miriam, Aarón, David y muchos otros demuestran que no es seguro
pecar contra Dios de hecho, de palabra o incluso de pensamiento. Dios es un
ser de amor y compasión infinitos, pero también se declara a sí mismo como
un «fuego consumidor, un Dios celoso» (Comentarios de Elena G. de White,
en Seventh-day Adventist Bible Commentary, vol. 3, p. 1166).
El matrimonio, una unión para toda la vida, es un símbolo de la unión entre
Cristo y Su iglesia. El espíritu que Cristo manifiesta hacia la iglesia es el espíritu
que marido y mujer deben manifestar el uno hacia el otro.
Ni el marido ni la mujer deben pedir el gobierno. El Señor ha establecido el
principio que debe guiar este asunto. El marido debe amar a su mujer como
Cristo ama a la Iglesia. Y la esposa debe respetar y amar a su marido. Ambos
deben cultivar el espíritu de bondad, decididos a no afligir ni herir al otro…
No dejéis que vuestra vida matrimonial sea un conflicto. Si lo hacéis, ambos
infelices. Sean amables al hablar y gentiles al actuar, renunciando a sus propios
deseos… Llevad a vuestra vida unida la fragancia de la semejanza a Cristo
(Testimonios para la Iglesia, vol. 7, pp. 46, 47).

Jueves 23 de enero
COMPASIVO Y APASIONADO
El Dios de la Biblia es compasivo y apasionado, y estas emociones divinas se
ponen de manifiesto de manera suprema en Jesucristo. Dios es compasivo
(compara con Isa. 63: 9; Heb. 4: 15), es profundamente afectado por las penas
de su pueblo (Juec. 10: 16; Luc. 19: 41), y está dispuesto a escuchar, responder
y consolar (Isa. 49: 10, 15; Mat. 9: 36; 14: 14).
Lee 1 Corintios 13: 4 al 8. ¿De qué manera nos llama este pasaje a reflejar
el amor compasivo y asombroso de Dios en nuestras relaciones con los
demás?
1 Corintios 13: 4-8
4
El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es
jactancioso, no se envanece; 5 no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se
irrita, no guarda rencor; 6 no se goza de la injusticia, mas se goza de la
verdad. 7 Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. 8 El amor
nunca deja de ser; pero las profecías se acabarán, y cesarán las lenguas, y la
ciencia acabará.
Anhelamos relacionarnos con personas que ejemplifiquen el tipo de amor
descrito en 1 Corintios 13: 4 al 8. Pero ¿cuán a menudo procuramos
convertirnos en este tipo de persona en favor de los demás? No podemos ser
sufridos y amables; no podemos evitar ser envidiosos, engreídos, groseros o
egoístas. No podemos producir en nosotros un amor que “todo lo sufre, todo lo
cree, todo lo espera, todo lo soporta” y que “nunca deja de ser” (1 Cor. 13: 7,
8). Ese amor solo puede ejemplificarse en nuestra vida como fruto del Espíritu
Santo. Alabado sea Dios porque el Espíritu Santo derrama el amor de Dios en
los corazones de quienes permanecen en Cristo Jesús por la fe (Rom. 5: 5).
Por la gracia de Dios y el poder del Espíritu Santo, ¿de qué maneras prácticas
podríamos responder al amor profundamente emocional, pero perfectamente
justo y racional, de Dios y reflejarlo en nuestra vida? En primer lugar, adorando
al Dios que es amor. En segundo lugar, y en respuesta a su amor, mostrando
compasión y amor benevolente a los demás. No debemos limitarnos a sentirnos
reconfortados por nuestra fe cristiana, sino que debemos estar dispuestos a
reconfortar a los demás. Por último, debemos reconocer que no podemos
transformar nuestros corazones, que solo Dios puede hacerlo, y permitírselo.
Así pues, pidamos a Dios que nos dé un corazón nuevo para él y para los
demás, un amor puro y purificador que eleve lo que es bueno y elimine la
escoria de nuestro interior.
Que la oración de Pablo se haga realidad en nuestra vida y en nuestro
medio: “Que el Señor los haga crecer y aumente el amor entre ustedes y hacia
los demás […] para que se fortalezca su corazón y sean ustedes santos e
irreprensibles delante de nuestro Dios y Padre, cuando venga nuestro Señor
Jesucristo con todos sus santos” (1 Tes. 3:12, 13, RVC).
¿Por qué la muerte al yo, al egoísmo y a la corrupción de nuestros
corazones naturales es la única manera de revelar esta clase de amor?
¿Qué decisiones podemos tomar a fin de morir a nosotros mismos?
ESPÍRITU DE PROFECÍA
El amor no es un simple impulso, una emoción transitoria, dependiente de las
circunstancias; es un principio vivo, una fuerza permanente. El alma es
alimentada por las corrientes de amor puro que fluyen del corazón de Cristo,
como un manantial que nunca falla. ¡Oh, cómo se vivifica el corazón, cómo se
ennoblecen sus motivos, cómo se profundizan sus afectos, por esta comunión!
Bajo la educación y la disciplina del Espíritu Santo, los hijos de Dios se aman
unos a otros, verdadera, sincera e incondicionalmente, «sin parcialidad y sin
hipocresía». Y esto porque el corazón está enamorado de Jesús. Nuestro afecto
mutuo brota de nuestra relación común con Dios. Somos una familia, nos
amamos unos a otros como Él nos amó…
Amar como Cristo amó significa manifestar desinterés en todo momento y en
todo lugar, con palabras amables y miradas agradables. El amor genuino es un
atributo precioso de origen celestial, que aumenta su fragancia en la medida en
que se dispensa a los demás (Hijos e Hijas de Dios, p. 101).
El Salvador venció para mostrar al hombre cómo puede vencer. A todas las
tentaciones de Satanás, Cristo respondió con la palabra de Dios. Confiando en
las promesas de Dios, recibió poder para obedecer los mandamientos de Dios, y
el tentador no pudo obtener ventaja alguna. A cada tentación Su respuesta
fue: «Está escrito». Así Dios nos ha dado su palabra para resistir al mal.
Tenemos promesas sumamente grandes y preciosas, para que por
ellas «seamos participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la
corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia». 2 Pedro 1:4.
Pide al tentado que no mire a las circunstancias, a la debilidad de sí mismo o al
poder de la tentación, sino al poder de la palabra de Dios. Toda su fuerza es
nuestra. «Tu palabra», dice el salmista, «he escondido en mi corazón, para no
pecar contra ti». «Por la palabra de tus labios me he guardado de las sendas del
destructor». Salmo 119:11; 17:4 (Temperancia, p. 107).
No puede haber crecimiento ni fecundidad en la vida que está centrada en el yo.
Si has aceptado a Cristo como Salvador personal, debes olvidarte de ti mismo y
tratar de ayudar a los demás. Habla del amor de Cristo, habla de su bondad.
Cumple con todos los deberes que te presenten. Lleva la carga de las almas en
tu corazón, y por todos los medios a tu alcance procura salvar a los perdidos. A
medida que recibas el Espíritu de Cristo -el Espíritu de amor desinteresado y de
trabajo por los demás- crecerás y darás fruto. Las gracias del Espíritu
madurarán en tu carácter. Tu fe aumentará, tus convicciones se profundizarán,
tu amor se perfeccionará. Cada vez reflejarás más la semejanza de Cristo en
todo lo que es puro, noble y hermoso.
«El fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe,
mansedumbre, templanza». Gálatas 5:22, 23. Este fruto nunca perecerá, sino
que producirá según su género una cosecha para vida eterna (Palabras de vida
del gran Maestro, p. 47).

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