Un encuentro con la humildad
Jesús modeló humildad en cada ocasión, culminando con Su muerte en la cruz. Su
encuentro con Salomé nos obliga a preguntarnos sobre nuestros propios corazones.
Vivimos en una cultura que celebra la exaltación del yo. Las celebridades de nuestra cultura
son personas que lograron el éxito por su propio esfuerzo, que lucharon por lo que merecían
y llegaron a la cima. En una cultura que grita: «Todo se trata de ti!», la humildad es como
un susurro que dice: «Considera a los otros primero». Es difícil, es extremadamente
contracultural. Va contra la fibra de la forma en que queremos interactuar con otras
personas.
Y lo que difícilmente me cabe en la cabeza, sobre Jesús, es que Él es la única persona en
todo el mundo que es digna de adoración. Si hubiera una persona que pudiera decir: «Yo
merezco», sería Él.
Apocalipsis 19:16 nos dice que Él es el «Rey de reyes». Él es el «Señor de señores».
Debemos demostrar humildad porque somos diminutos. Somos solo puntitos en la gran
extensión de la existencia humana. Pero Jesús lo hizo todo. Él lo gobierna todo y aun así, lo
vemos demostrar humildad una y otra vez.
No tengo duda de que esto es parte de lo que alborotó tanto a los líderes religiosos de sus
días, porque les gustaba el poder, les gustaba la autoridad, la adoración. Y aquí entra Él en
escena y dice: «Yo soy el Hijo de Dios», pero lo hizo con humildad, y esto frecuentemente
agita nuestros espíritus.
Hemos visto Su humildad en cada uno de los encuentros en esta serie. Fue muy humilde
cuando sanó al hijo de la viuda. Fue muy humilde mientras interactuaba con María y Marta,
cuando murió Lázaro. Fue muy humilde en cada historia que hemos contado en esta serie.
Pero tal vez no tanto como en el encuentro que vamos a ver hoy, que es con Salomé. Ella
es una de mis mujeres favoritas en toda la Biblia, y les voy a decir por qué en un momento.
Miremos en Mateo 20:20-23.
Déjenme explicar un poco aquí. Jacobo y Juan eran los hijos de Zebedeo y Salomé. ¿Qué tal
ese par de nombres? Si regresamos a Mateo 4:20-21 vemos que son llamados a ser
discípulos de Jesús.
Mateo 4:20: «Y pasando de allí, vio a otros dos hermanos, Jacobo, hijo de Zebedeo, y Juan
su hermano, en la barca con su padre Zebedeo, remendando sus redes, y los llamó. Y ellos,
dejando al instante la barca y a su padre, le siguieron».
Así que seguir a Cristo le ha costado mucho a esta familia. Jacobo y Juan dejaron a su
padre manejando el negocio de pesca de la familia, sin aviso ni explicación.
En un momento Jacobo y Juan están con su padre en el bote. Están remendando las redes.
Jesús aparece en la orilla y dice: «Vengan». Ellos dicen, «sí». Y Zebedeo es dejado ahí en el
bote.
No sé si sus padres estaban a bordo o no. No lo dice. Pero creo que muchas veces cuando
Jesús llama a nuestros hijos para algo grande, nuestra primera reacción es de resistencia,
porque el costo es realmente alto. Así que tenemos esta idea de cómo nuestros hijos deben
servir al Señor y eso nos hace sentir seguras, y se ajusta a nuestra imagen, y la mayoría de
las veces se trata de que ellos vivan en nuestra misma calle. Luego el Señor los llama a algo
grande y costoso y decimos: «Oh, no estoy segura de que esa sea la voluntad de Dios».
Pero aquí Dios llama a Jacobo y a Juan a salir del bote en el que su padre está sentado, y
eventualmente, al menos Salomé se hace a la idea, porque se hace seguidora de Jesús.
¿Qué sabemos de Jacobo y de Juan? Marcos 3:17 lo resume: «J acobo, hijo de Zebedeo, y
Juan hermano de Jacobo (a quienes puso por nombre Boanerges, que significa, hijos del
trueno)». Jesús los llama los «hijos del trueno». No creo que se hayan ganado este apodo
por ser los miembros más dóciles y agradables del grupo.
Estos son muchachos con cierta ferocidad. ¿Cierto? Estos son tipos rudos. Son chicos con
presencia. Y probablemente se peleaban como lo hacen los hermanos. Y tal vez la razón por
la que me gusta tanto la historia de Salomé es porque yo también tengo mis propios «hijos
del trueno».
Les he estado contando en esta serie lo dulces y adorables que son mis hijos, y eso es verdad
cuando están en una fotografía. Y son lindos, pero caramba, son «hijos del trueno». Son
hombrecitos hasta la médula. Son de carácter fuerte. Me digo muchas veces al día: «Los
chicos débiles nunca cambian el mundo. Los chicos débiles nunca cambian el mundo. Los
chicos débiles nunca cambian el mundo». Porque tengo «hijos del trueno».
El otro día limpié la casa, y encontré nueve palos de por lo menos tres pies de largo en mi
casa. Y yo dije, «bueno chicos, los palos tienen que quedarse afuera». Pero estos son chicos
a los que les gusta pelear y hacer valer su voluntad.
Y estoy segura que así eran Jacobo y Juan. Porque Jesús les pone ese apodo de «los hijos
del trueno».
Ella ha criado a estos muchachos. Ella solo quería sobrevivir. Solo quería que ellos
sobrevivieran. Y sobrevivieron. Son hombres adultos. Están pescando con su papá y
entonces reciben este llamado, este peligroso llamado a seguir a Jesús, y lo hacen.
Así que Salomé viene a Jesús y le hace esta petición: «¿Pueden mis hijos sentarse uno a tu
izquierda y otro a tu derecha?». Ella obviamente no sabe lo que está pidiendo y Jesús le
muestra compasión al interactuar con ella. Pero lo que ella realmente está pidiendo para
sus hijos es que tengan prestigio, poder y autoridad, porque, estoy segura de que tú sabes,
muchas personas esperaban que Jesús estableciera Su reino en la tierra.
Ellos asumieron que en cualquier momento Él iba a apoderarse del trono e iba a estar a
cargo. Y ella está diciendo: «Quiero que mis hijos sean Tu mano derecha y Tu mano
izquierda cuando hagas eso». Ella quería que sus hijos ocuparan posiciones de honor.
Ahora, voy a asumir que Jacobo y Juan le pidieron a su pobre mamá que lo hiciera, porque
los discípulos habían tenido ya esta conversación antes.
Si miramos en Lucas 9:46-48, dice así: «Y se suscitó una discusión entre ellos, sobre quién de
ellos sería el mayor. Entonces Jesús, sabiendo lo que pensaban en sus corazones, tomó a un
niño y lo puso a su lado, y les dijo: El que reciba a este niño en mi nombre, a mí me recibe; y
el que me recibe a mí, recibe a aquel que me envió; porque el que es más pequeño entre
todos vosotros, ese es grande».
Así que Jesús ya había tratado de enseñarles qué es la humildad. Él dice: « porque el que es
más pequeño entre todos vosotros, ése es grande». Jesús tiene esta costumbre de voltear
las cosas. Él está diciendo: si quieres ser grande tienes que ser el más pequeño. Creo que
los discípulos dijeron a una, «¿qué?» Porque no habían entendido.
Eso es lo que yo pensaría. No entiendo. ¿Cómo puedes ser grande siendo el más
pequeño?¿Cómo puedo estar arriba si tengo que quedarme abajo? Jesús realmente no
contesta esas preguntas. Él sienta un niño en Su regazo y dice: Si quieres ser grande tienes
que ser pequeño. Y ellos dicen, oh está bien, todavía quiero ser grande. No lo entiendo.
Entonces más tarde llega una oportunidad y Salomé hace la pregunta de nuevo. Jacobo y
Juan probablemente no lo entendieron tampoco y todavía quieren realmente esa posición
en el reino de los cielos. Así que Salomé hace lo que haría cualquier buena mamá,
valientemente pide para sus hijos, lo que ella piensa que necesitan .
Ustedes saben sobre las mamás oso, ¿verdad? Hay algo que pasa en las mamás cuando
sentimos que hay algo que nuestros hijos necesitan. Eso no siempre es lindo.
Salome estaba siendo mamá oso y dijo, «voy a pedir lo que mis hijos necesitan». Sus hijos
eran hombres adultos y probablemente no estaban tan avergonzados, pero de todas
maneras, Jesús responde con tanta humildad al enfrentar eso.
Ella estaba fuera de lugar. No sabía lo que estaba pidiendo, pero Él fue tan humilde con
ella. Él no la avergonzó. Él restringe su poder, pero aprovecha la oportunidad para
enseñarle a ella y a todos los discípulos sobre la humildad.
Regresemos a Mateo 20 y veamos cómo le responde Jesús a ella en los versículos 24-28.
« Al oír esto, los diez (los otros discípulos más Jacobo y Juan) se indignaron contra los dos
hermanos. Pero Jesús, llamándolos junto a sí, dijo: Sabéis que los gobernantes de los gentiles
se enseñorean de ellos, y que los grandes ejercen autoridad sobre ellos. No ha de ser así
entre vosotros, sino que el que quiera entre vosotros llegar a ser grande, será vuestro
servidor, y el que quiera entre vosotros ser el primero, será vuestro siervo; así como el Hijo
del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por
muchos».
Jesús establece aquí, algunas definiciones extrañas. La definición de grandeza es
servicio. Para ganar el primer lugar, tienes que ser un esclavo. Y Él no está hablando de
convertirse en un esclavo literalmente. Lo que Él nos pide es que pensemos como esclavos
al poner a los otros primero. La grandeza no viene a través del poder, la riqueza o los
logros. Viene a través del servicio. Eso es lo que Él está enseñando. Él usa el atrevimiento
de Salomé para enseñarles, a ella y a los discípulos sobre la humildad. Por supuesto, ellos
no sabían lo que venía.
Él les dice, a Jacobo y a Juan: «¿Pueden beber la copa que Yo voy a beber?» Y ellos dicen:
«Seguro, ¿dónde está?» Por supuesto que la copa de la que Él está hablando es la copa de
la que solo unos pasajes más tarde en el Jardín de Getsemaní, Él le dice a Dios: «Si es tu
voluntad, aparta esta copa de mí».
Ellos no podían beber la copa que Él estaba a punto de beber, pero ellos no lo sabían. Ellos
pensaban que Él estaba alistándose para establecer un reino en la tierra. Pero Jesús les
enseñó sobre lo que ellos todavía no sabían.
El versículo 28 es extremadamente poderoso y cambia la vida. Te animo a que después de
escuchar esto, leas el pasaje una y otra vez, hasta que sientas que lo comprendes. Dice: « el
Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por
muchos».
Jesús, de quien hemos estado hablando en esta serie. Jesús, cuya compasión vimos con la
viuda de Naín. Jesús, quien modeló la verdadera amistad.
Jesús, que es el Rey de reyes y el Señor de señores, a través de quien fueron hechas todas
las cosas, el que es Emanuel, el Hijo de Dios, el Príncipe de paz. Él dice: «No vine para que
me sirvieras, vine para servirte».
Así que Salomé aparece en escena, y dice: «¿Pueden mis hijos tener poder en tu reino?» Y
Él dice: «El poder viene a través del servicio. La grandeza viene por ser el más pequeño. No
he venido para que me sirvas, he venido para servirte».
Jacobo, Juan y Salomé no entendieron lo que Él les estaba tratando de decir porque sus
corazones malvados difícilmente procesaban la humildad. Ciertamente en este punto, yo
difícilmente puedo procesar lo que Jesús estaba diciendo aquí, pero Él lo modeló y nos llamó
a ello.
Entonces, ¿Salomé lo entendió? ¿Aprendió la lección que Jesús quería que aprendiera?
¿Aprendió humildad estando cerca de Jesús? ¿Tuvo importancia el momento de enseñanza
que Él usó ese día?
Vamos a adelantarnos a Marcos 15:40-41 «Había también unas mujeres mirando de lejos,
entre las que estaban María Magdalena, María, la madre de Jacobo el menor y de José, y
Salomé, las cuales cuando Jesús estaba en Galilea, le seguían y le servían; y había muchas
otras que habían subido con Él a Jerusalén».
Durante el proceso de la crucificción, Salomé le ministró a Jesús. No sé en dónde estaban
sus pensamientos o si la esperanza de que sus hijos se sentaran a Su derecha y a Su izquierda
se había desvanecido en ese momento. De hecho, dudo mucho de que ella estuviera
pensando sobre eso, ese día. Pero ella se apegó a Él, se quedó con Él. La Biblia dice que
ella le ministró durante la crucificción. Eso es humildad.
Veamos Marcos 16:1 «Pasado el día de reposo, María Magdalena, María, la madre de
Jacobo, y Salomé, compraron especias aromáticas para ir a ungirle».
Jesús soportó una muerte extremadamente gráfica y dolorosa y Salomé se quedó a Su lado,
sirviéndole de cualquier manera que le fuera posible en este proceso, y luego trae especias
para ungir Su cuerpo. Comprar especias debió haber sido costoso y ungir su cuerpo,
ciertamente, debió haber sido tedioso y horrible. No hubo nada glamoroso en ese
trabajo. No había nada poderoso en ese trabajo. Pero ciertamente era un trabajo humilde
y ella estaba dispuesta a hacerlo.
Al escuchar la historia de Salomé, vemos este patrón claro de crecimiento, y eso me
consuela mucho. Creo que tenemos esta idea de que cuando venimos al Señor, se supone
que lo entendamos todo. Se supone que seamos quienes Él quiere que seamos y que
entendamos todo lo que Él quiere que entendamos. Pero eso no es lo que pasa con Salomé.
Ella ya es una seguidora de Cristo y Él le está enseñando sobre la humildad. Y cuando la
vemos un poco más tarde en su historia, ella lo ha entendido. Está viviendo en humildad,
está ministrándole a Jesús mientras muere. Ella está dispuesta y es capaz de ungir el cuerpo
de Jesús después de Su muerte. Y la última vez que leemos de ella en las Escrituras, ella está
totalmente dedicada a Él, sirviéndole humildemente y sin pretensiones.
Jesús modeló humildad en cada ocasión, culminando con Su muerte en la cruz. Su
encuentro con Salomé nos obliga a preguntarnos sobre nuestros propios corazones.
• ¿Buscamos ser grandes a través del servicio a otros? ¿O buscamos ser grandes al ser
grandes? Lo que no funciona, esto es lo que Jesús nos está diciendo.
• ¿Queremos ser las primeras? ¿O vemos el valor en ser las últimas?
• ¿Llegamos a nuestras familias, nuestros lugares de trabajo, nuestras relaciones,
esperando ser servidas o a servir?
Ahora ustedes saben cuáles son las respuestas que deben dar. Saben que deben decir: «Yo
espero servir», y tal vez lo hagan.
• Pero, ¿está tu corazón llevando la cuenta de todo lo que haces por otros? Porque eso no
es humildad, es cambio de comportamiento.
• ¿Sientes resentimiento cuando la gente no te da como tú le das? Porque eso tampoco es
humildad.
Supongo que es posible para nosotras hacer cosas humildes sin ser humildes.
Me temo que Jesús me hubiese sentado, o le gustaría sentarme y tener una conversación
conmigo como la que tuvo aquí con Salomé: «Serás la primera al ser la última. Mira Mi vida,
no vine para ser servido sino para servir».
Es esencialmente el mismo intento de Salomé por el poder cuando yo hago eso. Quiero ser
vista, quiero estar a cargo, quiero tener autoridad. Quiero que la gente preste atención a lo
que hago. Y Jesús nos anima a modelar la humildad.
Déjenme ser muy clara al decir que la humildad no es el resultado de pensar menos de ti.
La humildad no es lo mismo que una baja autoestima u odiarse a sí misma. En cambio, es
entender nuestra verdadera posición delante de un Dios santo. Salomé aprendió esa
lección a través de sus hijos, «los hijos del trueno».
Y mis «hijos del trueno» me están enseñando mucho también sobre la humildad. Y espero
que cuando mi historia sea contada, ellos digan: «Erin luchó con la humildad y sus «hijos
del trueno» la desafiaron, pero ella lo logró. Cuando vemos el final de su vida, ella sirvió a
los demás, en vez de esperar que ellos le sirvieran».
Así que mi pregunta para ti es: ¿Qué está usando Dios para enseñarte la belleza y el poder
de la humildad? No hay mejor lección que Su propia vida.
¿Hay alguna área de tu vida, en la que te sientas tentada a ser servida en lugar de servir?
Ahora, la respuesta de todas nosotras es «sí». Haciéndote la pregunta de una forma más
directa: ¿Hay alguna área en la que quieras estar en la cima, estar a cargo, ser servida, y
donde ese tipo de orgullo está asomando su cabeza en tu vida?
Vamos a resumir esta lección que hemos oído con otro pasaje del Nuevo Testamento. Es
uno familiar, pero vino a mi mente, cuando enseñabas sobre Salomé y el ejemplo de Jesús.
Está en Filipenses 2:3 « Nada hagáis por egoísmo o por vanagloria».
¿Crees que había en Salomé algo de eso cuando fue por primera vez a Jesús y le dijo: «Dales
a mis hijos el lugar de preeminencia»? Había aquí alguna ambición personal, ¿verdad? No
solo para ella sino para sus hijos.
Aquí Pablo nos dice que no hagamos nada con ese corazón, sino que este es el corazón que
Él quiere:
«Sino que con actitud humilde cada uno de vosotros considere al otro como más importante
que a sí mismo, no buscando cada uno sus propios intereses, sino más bien los intereses de
los demás. Haya, pues, en vosotros esta actitud que hubo también en Cristo Jesús, el cual,
aunque existía en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse
(una traducción dice «no se aferró a su derecho como Dios»), sino que se despojó a sí mismo
tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres. Y hallándose en forma de
hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de
cruz». (vv. 3-8)
Conocemos a algunas personas que sirven y sirven y sirven, y algunas personas pueden
escuchar eso y decir: «Estás loca, ¿quién querrá tener esa vida?» Bueno, mira como esto
terminó para Jesús. Él se humilló a sí mismo, se hizo obediente y murió en una cruz.
«Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le confirió el nombre que es sobre todo
nombre, para que al nombre de Jesús se doble toda rodilla» (vv. 9-10)
Es por eso que el Nuevo Testamento dice repetidamente: «Humillaos, pues, bajo la
poderosa mano de Dios, para que Él os exalte a su debido tiempo» (1 Ped. 5:6). El camino
hacia arriba es hacia abajo y eso fue algo que Salomé aprendió. Me encanta ver esa
progresión en su vida, desde que quería estar arriba. Luego ella se dio cuenta de que debes
ir primero hacia abajo a servir y ese es el camino en el que experimentas verdadera
exaltación.
Gracias Señor por tan dulce lección de tu Palabra y oro que tú nos des corazones humildes,
serviciales y compasivos centrados en Cristo, centrados en los demás. Danos corazones de
siervas; que sepamos que en la medida en que servimos a los demás estamos sirviendo al
Señor Jesús a quien le debemos todo. Y te damos gracias; por Su precioso Nombre, amén.