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El Cristiano y El Arrepentimiento Ayuno 30 de Agosto

El arrepentimiento verdadero en el cristianismo implica un reconocimiento sincero del pecado, una contrición hacia Dios y un cambio de vida que honre a Él. A menudo, las personas confunden el arrepentimiento con la simple confesión o el remordimiento, pero el verdadero arrepentimiento requiere una voluntad activa de apartarse del pecado y, cuando es posible, hacer restitución. La Biblia enfatiza que el arrepentimiento es esencial para la fe genuina y el perdón de los pecados.

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El Cristiano y El Arrepentimiento Ayuno 30 de Agosto

El arrepentimiento verdadero en el cristianismo implica un reconocimiento sincero del pecado, una contrición hacia Dios y un cambio de vida que honre a Él. A menudo, las personas confunden el arrepentimiento con la simple confesión o el remordimiento, pero el verdadero arrepentimiento requiere una voluntad activa de apartarse del pecado y, cuando es posible, hacer restitución. La Biblia enfatiza que el arrepentimiento es esencial para la fe genuina y el perdón de los pecados.

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El cristiano y el arrepentimiento

Hoy día muchos dicen que se han arrepentido, pero siguen


pecando; dicen que Jesucristo es su Señor y Salvador sin ninguna
evidencia de ello en su vida. ¿Qué pasa? ¿Se habrán arrepentido
en verdad? A muchos no les parece importante el vocablo
«arrepentimiento». Es mucho más fácil decir: «Dios te ama y tiene
un plan fabuloso para tu vida» en vez de «Arrepiéntete o
perecerás».

Sin embargo, el evangelio es una espada de dos filos. Un filo es


«creer» y el otro es «arrepentirse». Por cierto, la salvación es
solamente por fe, pero la fe genuina siempre se hace acompañar
del arrepentimiento. Jesús predicaba, «el reino de Dios se ha
acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio» (Marcos 1:15).
Por cierto, la salvación es solamente por fe, pero la fe genuina
siempre se hace acompañar del arrepentimiento.
Cuando el apóstol Pablo resumió su mensaje a los ancianos de
Éfeso, él dijo que había testificado a judíos y a gentiles «acerca del
arrepentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro Señor
Jesucristo» (Hechos 20:21). Y a los de Atenas, dijo que Dios había
pasado por alto la ignorancia de los tiempos pasados, pero
que «ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se
arrepientan» (Hechos 17:30).
¿Qué es el arrepentimiento?
El arrepentimiento es más que confesión, y mucho más que
lamentar o sentirse culpable. El arrepentimiento es un hecho de la
voluntad; es estar dispuesto a dar la espalda al pecado. «El que
encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se
aparta alcanzará misericordia» (Proverbios 28:13).
En la Biblia hallamos a muchos que dijeron: «He pecado» pero no
se arrepintieron. A todos los tales Dios dice: «rasgad vuestro
corazón y no vuestros vestidos» (Joel 2:13). En otras palabras, no
sólo deben decir que lo sienten mucho, sino arrepentirse. Veamos
por los siguientes casos bíblicos que el arrepentimiento verdadero
es una cosa poco común.
El arrepentimiento desesperado
Cuando Dios convence a muchos de sus pecados, se arrepienten
sólo por desesperación. La desesperación del Faraón crecía
mientras Egipto sufría los embates de una plaga tras otra a causa
de su misma rebeldía al rehusar dejar libres a los israelitas. Cuando
Dios envió una tempestad de granizo, «Entonces Faraón envió a
llamar a Moisés y a Aarón, y les dijo: He pecado esta vez; Jehová
es justo, y yo y mi pueblo impíos. Orad a Jehová para que cesen los
truenos de Dios y el granizo, y yo os dejaré ir, y no os detendréis
más» (Éxodo 9:27-28).
«Y viendo Faraón que la lluvia había cesado, y el granizo, y los
truenos, se obstinó en pecar, y endurecieron su corazón, él y sus
siervos» (Éxodo 9:34). Muchos piensan en Dios cuando su
economía falla, durante problemas matrimoniales, enfermedades y
otras crisis. Puede que algunos aún oren: «Dios, si me libras de
esta dificultad cambiaré mi forma de vida». Pero cuando su
problema se ha ido y ya no tienen dicha presión, pronto vuelven a
su pecado.
El arrepentimiento dudoso
Algunos se arrepienten simplemente para tomar ventaja de la
situación. Una mujer cristiana estaba siendo cortejada por un
hombre incrédulo que sabía que ella no se iba a casar con él
mientras siguiera en su incredulidad. Luego hizo una profesión de
fe, se casaron, y después de algunos meses él volvió a su estilo de
vida no regenerado.
El arrepentimiento es más que confesión, y mucho más que
lamentar o sentirse culpable. El arrepentimiento es un hecho de la
voluntad; es estar dispuesto a dar la espalda al pecado.
Algunos pueden arrepentirse cuando se les halla con las manos en
la masa del pecado por cuanto no hay otra opción sino
«arrepentirse». Aún otros son los que negocian con Dios por su vida
en algún peligro inminente. Pero dada la oportunidad de cumplir,
poquísimos son los que lo hacen. Es posible arrepentirse ante la
puerta de la muerte tal como el ladrón en la cruz, pero raras veces
se ha visto sincero este hecho.
El arrepentimiento desesperanzado
Judas Iscariote se arrepintió de traicionar a Jesús al verse sin
esperanza; un remordimiento que en realidad no es
arrepentimiento. «Entonces Judas, el que le había entregado,
viendo que era condenado, devolvió arrepentido las treinta piezas
de plata a los principales sacerdotes y a los ancianos, diciendo: Yo
he pecado entregando sangre inocente» (Mateo 27:3-4). Es posible
sentir lástima o pena por los pecados sin volver a Dios. Muchos se
afligen por su alcoholismo, su drogadicción, su inmoralidad y otros
pecados, pero no se arrepienten. Algunos se hunden tanto en el
remordimiento que se suicidan, pero el remordimiento y el sentirse
apenado no es arrepentimiento.
El arrepentimiento demorado
Las consecuencias del arrepentimiento demorado pueden ser
costosas. En lugar de arrepentirse en una forma inmediata, David
trató de encubrir su pecado con Betsabé, animando a su esposo
Urías a regresar de la batalla para dormir con ella. David sabía que
Betsabé estaba encinta y, de acuerdo a su plan, esto haría que todo
mundo pensara que el bebé era hijo de Urías. Urías rehusó ir a su
casa y David mandó comprometerlo en la batalla para que fuese
muerto a fin de que él pudiera tomar a Betsabé por esposa.
Al no arrepentirse, David tuvo que pagar un precio alto. Su cuerpo
sufrió, perdió su vitalidad y padecía de insomnio (Salmos 32).
Soportó la culpa por más de nueve meses hasta que, por fin, el
profeta Natán le confrontó. Hasta entonces David reconoció su
pecado y escribió su confesión a Dios. «Contra ti, contra ti solo he
pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos…Purifícame con
hisopo y seré limpio: lávame y seré más blanco que la
nieve» (Salmos 51:4-7). Dios perdonó a David pero habría
consecuencias que soportar. Natán dijo. «Por cuanto con este
asunto hiciste blasfemar a los enemigos de Jehová, el hijo que te ha
nacido ciertamente morirá» (2 Samuel 12:14).
Es posible arrepentirse ante la puerta de la muerte tal como el
ladrón en la cruz, pero raras veces se ha visto sincero este hecho.
Sí, Dios es amoroso y pronto para perdonar, pero, «No os engañéis;
Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare,
eso también segará» (Gálatas 6:7). El arrepentimiento demorado
puede ser verdadero, pero habrá consecuencias que no pueden ser
esquivadas.
El arrepentimiento verdadero
Por fin, el hijo pródigo nos retrata el verdadero arrepentimiento
bíblico. Después de derrochar su herencia en una vida perdida, al
fin volvió en sí, regresó a su padre y se arrepintió: «Padre, he
pecado contra el cielo y contra ti» (Lucas 15:21). Fue
completamente perdonado.
En cada uno de estos cinco casos estudiados, los pecadores
confesaron: «He pecado». La mayoría no se arrepintieron de veras,
pero el arrepentimiento es un requisito bíblico de una fe genuina y
del perdón.

El arrepentimiento requiere dos factores:


Reconocimiento, confesión y apartarse del pecado – «El que
encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se
aparta alcanzará misericordia» (Proverbios 28:13). Isaías
dijo: «Buscad a Jehová mientras puede ser hallado; llamadle en
tanto que está cercano. Deje el impío su camino, y el hombre inicuo
sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él
misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en
perdonar» (Isaías 55:6-7).
La restitución del pecado – Tampoco puede haber arrepentimiento
si hace falta restitución por el pecado. A veces no es posible hacer
restitución, pero cuando lo es, es un imperativo. Zaqueo, el
recaudador de impuestos, dijo a Jesús cuando le visitó: «He aquí,
Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he
defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado». Fue entonces
que el Señor le dijo: «Hoy ha venido la salvación a esta
casa» (Lucas 19:8-9). Pablo escribió: «Ahora me gozo, no porque
hayáis sido contristados, sino porque fuisteis contristados para
arrepentimiento; porque habéis sido contristados según Dios, para
que ninguna pérdida padecieseis por nuestra parte. Porque la
tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación,
de que no hay que arrepentirse; pero la tristeza del mundo produce
muerte» (2 Corintios 7:9-10).
El mensaje de la Biblia es claro. Usted que no ha conocido a Cristo
como su único y suficiente Señor y Salvador, arrepiéntase y crea en
Él. Pero asegúrese de que su arrepentimiento es verdadero.

Un ensayo escrito porSam Storms

Definición
El verdadero arrepentimiento cristiano implica una convicción sincera del
pecado, una contrición sobre la ofensa hecha a Dios, un alejamiento del estilo
de vida pecaminoso y un giro hacia una forma de vida que honre a Dios.

Sumario

El arrepentimiento genuino no es simplemente un «replanteamiento» de la


relación que se tiene con el pecado y con Dios. El arrepentimiento debe estar
enraizado primeramente en la comprensión de cuán pecaminosa es una acción,
una emoción, una creencia o una forma de vida. Entonces, uno debe sentirse
afligido por cuán ofensivo y doloroso es el pecado para Dios, no se trata
simplemente de sentir miedo de la retribución de Dios por tu pecado. En otras
palabras, el arrepentimiento debe estar arraigado en una alta estima hacia
Dios, no hacia uno mismo. Solo entonces, alejarse del pecado para buscar la
santidad puede verdaderamente llamarse arrepentimiento. La falta de
arrepentimiento es, pues, una forma de idolatría. Negarse al arrepentimiento es
elevar nuestras propias almas por encima de la gloria de Dios; pero
arrepentirse conduce al perdón del pecado, la eliminación de la disciplina
divina y la restauración de la comunión experiencial con Dios.

El arrepentimiento bíblico es un concepto fácilmente incomprendido y mal


aplicado que merece un examen detenido. Varios textos indican con claridad
que el arrepentimiento, junto con la fe, es esencial para el perdón de los
pecados (Lc 24:47; Hch 2:38; 3:19; 5:31; 11:18). En Hechos
3:19 y 26:20, metanoeō (arrepentirse) y epistrephō (para volver atrás;
véase Hch 26:18) «se colocan uno al lado del otro como términos
equivalentes, aunque en estos casos los primeros pueden centrarse en el
abandono del mal y el segundo en dirigirse a Dios» (ver el Nuevo Diccionario
Internacional de Teología del Nuevo Testamento y Exégesis, 3:292). Nuestra
principal preocupación aquí es el arrepentimiento en la vida del creyente
nacido de nuevo.
El significado del término

El error principal de muchos es que basan su comprensión del arrepentimiento


en la raíz de la palabra griega. El verbo griego metanoeō (arrepentirse) se
construye sobre la preposición meta (”con, después”) y el
verbo noeō (”entender, pensar”). Entonces, la conclusión de algunos es que el
único sentido en el que un cristiano debe arrepentirse es en cambiar de opinión
o repensar el pecado y su relación con Dios. Pero el significado de las palabras
griegas compuestas no está determinado de esta manera, sino más bien en su
uso y contextos en los que aparece en la Biblia. Un cambio de mentalidad o
perspectiva no tiene valor si no va acompañado de un cambio de dirección, de
un cambio de vida y de acción.

El arrepentimiento genuino comienza, pero de ninguna manera termina, con


una convicción sincera del pecado. Comienza con un reconocimiento
inequívoco y doloroso de haber desafiado a Dios abrazando lo que Él
desprecia y aborrece, o al menos, el creyente debe ser indiferente hacia lo que
adora. El arrepentimiento, por lo tanto, implica saber en nuestro corazón que
«esto está mal, he pecado contra Dios». La antítesis del reconocimiento es la
racionalización; que es el intento egoísta de justificar la laxitud moral por
cualquier número de apelaciones, como «soy una víctima. Si supieras por lo
que he pasado y lo mal que la gente me ha tratado, me lo dejarías pasar».

El arrepentimiento de David

El verdadero arrepentimiento, señala J. I. Packer, «solamente comienza


cuando uno pasa de lo que la Biblia ve como autoengaño (cp. Stg 1:22, 26; 1
Jn 1:8) y los consejeros modernos llaman negación, a lo que la Biblia llama
convicción del pecado (cp. Jn 16:8)» (ver J.I. Packer, Redescubriendo la
Santidad, 123—24). Para arrepentirse verdaderamente uno también debe
confesar el pecado abierta y honestamente al Señor. Vemos esto en el Salmo
32 donde David describe su experiencia después de su adulterio con Betsabé.
Cuando finalmente respondió a la convicción en su corazón resultó en una
confesión verbal:

«Cuán bienaventurado es aquel cuya transgresión es perdonada, cuyo pecado


es cubierto! ¡Cuán bienaventurado es el hombre a quien el Señor no culpa de
iniquidad, Y en cuyo espíritu no hay engaño! Te manifesté mi pecado, y no
encubrí mi iniquidad. Dije: “Confesaré mis transgresiones al Señor”; y tú
perdonaste la culpa de mi pecado» (Salmos 32:1-2, 5).

David usa tres palabras diferentes para describir su confesión (Sal 32:5). Él
«manifestó» su pecado; se negó a «cubrir» su iniquidad; y estaba decidido a
«confesar» sus transgresiones. Nada es retenido. No hay atajos ni compromiso
moral. Es totalmente transparente. David no pone excusas, no ofrece
racionalizaciones y se niega a echar la culpa a alguien más (ver Sam
Storms, More Precious Than Gold: 50 Daily Meditations on the Psalms, 92—
96).

Cuando alguien en verdad se arrepiente, hay una conciencia de que el pecado


cometido, cualquiera que sea su naturaleza, fue en última instancia solo contra
Dios. En el Salmo 51:4, David declaró: «Contra ti, contra ti solo he pecado, y
he hecho lo malo delante de tus ojos». Aunque David se aprovechó
sexualmente de Betsabé, conspiró para matar a su marido Urías, deshonró a su
propia familia y traicionó la confianza de la nación Israel, vio su pecado como
preeminentemente solo contra Dios. Stewart Perowne dice: «Cara a cara con
Dios, David no ve nada más, a nadie más, no puede pensar en nada más, sino
solo en Su presencia olvidada, Su santidad ultrajada, Su amor despreciado»
(véase J.J. Stewart Perowne, El Libro de los Salmos, 416). David está tan
quebrantado por haber tratado a Dios con tal desprecio que está cegado a
todos los demás aspectos u objetos de su comportamiento.

El arrepentimiento es más que una catarsis psicológica, hay en ella un


verdadero sentimiento o sensación de remordimiento. Si uno no se ofende
genuinamente por su pecado, no hay arrepentimiento. El arrepentimiento es
doloroso, pero es un dolor que resulta en algo dulce. Exige quebrantamiento
del corazón (Sal 51:17; Is 57:15), pero siempre con miras a la sanación y
restauración, y a una visión renovada de la belleza de Cristo y de la gracia
perdonadora.

Por lo tanto, el arrepentimiento es más que un sentimiento. La emoción puede


ser fugaz, mientras que el verdadero arrepentimiento da fruto. Esto apunta a la
diferencia entre «atrición» y «contrición». La atrición es el arrepentimiento
por el temor a verse afectado uno mismo: «¡Oh, no, me descubrieron! ¿Qué
me pasará?». La contrición, por otro lado, es arrepentimiento por la ofensa
contra el amor de Dios y experimentar dolor por haber afligido al Espíritu
Santo. En otras palabras, es posible «arrepentirse» por miedo a la represalia,
en lugar de por un odio al pecado.

El arrepentimiento de la iglesia de Corinto

El arrepentimiento bíblico también debe distinguirse del arrepentimiento


mundano o carnal. En ninguna parte se ve esta diferencia con más facilidad
que en las palabras de Pablo en 2 Corintios 7:8-12. Pablo había escrito una
carta «severa» a los Corintios. Fue «por la mucha aflicción y angustia de
corazón y con muchas lágrimas» que escribió esta obvia carta dolorosa (2 Co
2:4). Es evidente que Pablo habló enérgica e inequívocamente acerca de la
naturaleza del pecado de la iglesia y de su necesidad de arrepentimiento. Al
hacerlo, Pablo corría el riesgo de alienarlos y acabar con toda esperanza de
una comunión futura. Mientras él lamentó tener que escribir esta carta que al
inicio, sin embargo, más tarde se regocijó:

«Porque si bien les causé tristeza con mi carta, no me pesa. Aun cuando me
pesó, pues veo que esa carta les causó tristeza, aunque solo por poco tiempo;
pero ahora me regocijo, no de que fueron entristecidos, sino de que fueron
entristecidos para arrepentimiento; porque fueron entristecidos conforme a la
voluntad de Dios, para que no sufrieran pérdida alguna de parte nuestra.
Porque la tristeza que es conforme a la voluntad de Dios produce un
arrepentimiento que conduce a la salvación, sin dejar pesar; pero la tristeza del
mundo produce muerte. Porque miren, ¡qué solicitud ha producido esto en
ustedes, esta tristeza piadosa, qué vindicación de ustedes mismos, qué
indignación, qué temor, qué gran afecto, qué celo, qué castigo del mal! En
todo, ustedes han demostrado ser inocentes en el asunto. Así que, aunque les
escribí, no fue por causa del que ofendió, ni por causa del ofendido, sino para
que la solicitud de ustedes por nosotros les fuera manifestada delante de Dios»
(2 Corintios 7:8-12).

La carta suscitó en ellos un dolor «piadoso» por el pecado cometido o, más


literalmente, «conforme a la voluntad de Dios« (1 Co 7:9, 10, 11), lo que
quiere decir que era agradable para la mente de Dios o que era un dolor
provocado por la convicción de que su pecado había ofendido a Dios y no
simplemente a Pablo. Esto contrasta con la «tristeza del mundo» (1 Co 7:10)
que se evoca no porque uno haya pecado contra un Dios glorioso y santo, sino
simplemente porque uno fue descubierto. La tristeza del mundo es
esencialmente autocompasión por haber sido expuesto y haber perdido
credibilidad, favor o respeto a los ojos de los hombres. El dolor piadoso ocurre
cuando uno considera que el pecado en cuestión ha deshonrado a Dios.

Si los corintios antes habían sido apáticos y deslucidos en su respuesta al


apóstol, ahora son fervientes (1 Co 7:11a) en su celo por hacer lo correcto. Si
antes habían negado su duplicidad, esta vez estaban ansiosos de «limpiarse» a
sí mismos (1 Co 7:11b), no queriendo que sus fracasos reflejaran mal a Cristo
y el evangelio. La carta de Pablo, por medio del Espíritu, había encendido una
«indignación» (1 Co 7:11c) hacia sí mismos por no defender a Pablo y por
haber permitido que la situación se fuera de control (y quizás también contra
el impío por la forma en que sus acciones constituían un desafío descarado de
la autoridad de Pablo). En resumidas cuentas, fue al inicio una experiencia
desagradable para todos los interesados. Pero al final, produjo la cosecha del
arrepentimiento, la restauración y el gozo (véase Sam Storms, Una devoción
sincera y pura a Cristo: 100 Meditaciones diarias sobre 2 Corintios, 24-28).
En el verdadero arrepentimiento debe haber repudio hacia todos los pecados
que se han cometido y se deben tomar medidas prácticas para evitar cualquier
cosa que pueda provocar tropiezos (cp. Hch 19, 18-19). Debe haber una
decisión deliberada de dar la vuelta y alejarse de todo indicio u olor a pecado
(Sal 139:23; Ro 13:14). Si, en nuestro «arrepentimiento», no abandonamos el
ambiente en el que nuestro pecado surgió por primera vez y en el que —con
toda probabilidad— continuará floreciendo, nuestro arrepentimiento es
sospechoso. Debe haber una reforma sentida, es decir, una determinación
declarada de buscar la pureza, para hacer lo que agrada a Dios (1 Ts 1:9).

Por qué no nos arrepentimos

Hay muchas razones por las que la gente encuentra difícil arrepentirse. Por
ejemplo, Satanás y el sistema mundial nos han llevado a creer la mentira de
que nuestro valor o importancia como seres humanos depende de algo más
que lo que Cristo ha hecho por nosotros y quiénes somos en Él solamente por
fe. Si alguien cree que otras personas tienen el poder de determinar el valor o
la importancia de un individuo, siempre seremos reacios a revelar algo sobre
nuestra vida interior que pueda hacer que su estima hacia nosotros disminuya.

Por lo tanto, el fracaso para arrepentirse es una forma de idolatría. Negarse a


arrepentirse es elevar nuestras propias almas por encima de la gloria de Dios.
Es poner un valor más alto a la comodidad percibida del secreto que a la gloria
y el honor a Dios. Es decir, «mi seguridad y posición en la comunidad es de
mayor valor que el nombre y la fama de Dios. No me arrepiento porque valoro
mi propia imagen más que la de Dios».

En resumen, las personas no se arrepienten porque están primordialmente


comprometidas con salvar su apariencia. Temen la exposición porque temen al
rechazo, a la burla y a la exclusión. Y estas son realidades temerosas solo para
aquellos que aún no comprenden lo suficiente que son aceptados, apreciados,
valorados e incluidos por Cristo.
Por qué debemos arrepentirnos

La búsqueda sincera y el abrazar fielmente el arrepentimiento nos llevan a la


bendición más grande de todas: ¡el perdón! ¡Cuán bienaventurado es aquel
cuya transgresión es «perdonada» (Sal 32:1). El pecado de David es como un
peso opresivo del que anhela ser aliviado. El perdón levanta la carga de sus
hombros. ¡Cuán bienaventurado aquel cuyo pecado es cubierto! (Sal 32:1). Es
como si David dijera: «Oh, querido Padre, qué alegría saber que si yo
“manifiesto” (32:5) mi pecado y no lo oculto, ¡tú lo harás!». David no quiere
decir que su pecado está simplemente oculto a la vista, pero que de alguna
manera todavía está presente para condenarlo y derrotarlo. El punto es que
Dios ya no lo ve. Lo ha cubierto desde todos los aspectos. Finalmente,
bienaventurado es aquel hombre o mujer, joven o viejo, cuyo pecado el Señor
no «imputa» o «cuenta» contra ellos (Sal 32:2). No se guarda ningún registro.
Dios no es un anotador espiritual para aquellos que buscan su favor
perdonador.

Nuestra renuencia a arrepentirnos a menudo puede resultar en disciplina


divina. Mientras David reflexionaba sobre su pecado y el tiempo durante el
cual guardó silencio, retrata el impacto de su transgresión en términos físicos:

«Mientras callé mi pecado, mi cuerpo se consumió con mi gemir durante todo


el día. Porque día y noche tu mano pesaba sobre mí; mi vitalidad se
desvanecía con el calor del verano» (Salmos 32:3-4).

El problema no era simplemente el pecado que cometió, sino el hecho de que


no se arrepintió. Se mantuvo callado acerca de su pecado. Lo suprimió. Lo
metió en el fondo, pensando que se había ido para siempre. Ignoró el tirón de
su corazón. Negó el dolor en su conciencia. Entumeció su alma ante los
persistentes dolores que su convicción de pecado le infligía.
¿Está David simplemente usando síntomas físicos para describir su angustia
espiritual? Mientras que eso es posible, sospecho que David estaba sintiendo
la peor parte de su pecado también en su cuerpo. Lo que vemos aquí es una
ley de vida en el mundo de Dios. Si embotas el pecado, es decir, tratas de
negarlo en tu alma, eventualmente se filtrará como ácido y te comerá los
huesos. El pecado sin confesar y sin arrepentimiento es como una llaga
supurante. Puedes ignorarlo por un tiempo, pero no para siempre.

Los efectos físicos de sus elecciones espirituales son agonizantemente


explícitos. Hubo disipación: «mis huesos se estremecen» (cp. Sal 6:2). Había
angustia: «Con mi gemir durante todo el día». David se desahogó: «Mi
vitalidad se desvanecía con el calor del verano». Como una planta
marchitándose bajo el tórrido sol del desierto, David se secó y tuvo que dejar
de reprimir su pecado. En otras palabras, estaba literalmente enfermo debido a
su negativa a «estar a cuentas» con Dios. Su cuerpo dolía porque su alma
estaba en rebelión. Las decisiones espirituales a menudo tienen consecuencias
físicas. Dios simplemente no dejará que sus hijos pequen con impunidad. De
hecho, fue la mano de Dios la que yacía fuertemente sobre el corazón de
David. Pecar sin sentir el aguijón de la mano disciplinaria de Dios es signo de
ilegitimidad.

Nuestra comunión experiencial con Cristo depende siempre de nuestro


arrepentimiento sincero y genuino del pecado. Estamos completamente
seguros y confiados en nuestra unión eterna con Cristo, debido a la gloriosa
gracia de Dios de forma total y exclusiva. Pero nuestra capacidad de disfrutar
del fruto de esa unión, nuestra capacidad de sentir, experimentar y descansar
satisfechos en todo lo que implica esa unión salvadora se ve muy afectada, ya
sea para bien o para mal, por nuestra respuesta en arrepentimiento cuando el
Espíritu Santo nos hace conscientes de las maneras en que hemos fallado en
honrar y obedecer las demandas de las Escrituras.

El llamado de nuestro Señor al arrepentimiento


En varias ocasiones, Jesús llama a las siete iglesias de Asia Menor a
arrepentirse. A la iglesia de Pérgamo, Jesús declaró: «Por tanto, arrepiéntete»
(Ap 2:16a). A la iglesia de Sardis, dijo: «Acuérdate, pues, de lo que has
recibido y oído; guárdalo y arrepiéntete» (Ap 3:2). A la iglesia de Laodicea:
«Yo reprendo y disciplino a todos los que amo. Sé, pues, celoso y
arrepiéntete» (Ap 3:19). Las palabras de nuestro Señor a la iglesia en Éfeso
son especialmente útiles:

«Pero tengo esto contra ti: que has dejado tu primer amor. Recuerda, por tanto,
de dónde has caído y arrepiéntete, y haz las obras que hiciste al principio. Si
no, vendré a ti y quitaré tu candelabro de su lugar, si no te arrepientes»
(Apocalipsis 2:4-5).

El arrepentimiento al que Jesús llama a la iglesia implica cesar de un tipo de


comportamiento y abrazar otro. Deja de abandonar tu primer amor y «haz las
obras que hiciste al principio». Eso es un arrepentimiento genuino. Ser rápido
para arrepentirse no es aceptar una vida dominada por la conciencia del
pecado. Pero debemos ser conscientes de nuestro pecado precisamente para
que la realidad perdonadora, renovadora y refrescante de la gracia de Dios
pueda controlar, energizar y potenciar nuestra vida diaria.

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