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Identidad Juvenil y Culturas Sociales

El capítulo analiza la construcción de la identidad juvenil en un contexto social cambiante, donde los jóvenes son vistos como actores sociales que negocian su visibilidad a través de instituciones y expresiones culturales. Se presentan conceptos clave como grupo, colectivo, movimiento juvenil e identidades juveniles, que ayudan a entender la diversidad y complejidad de las experiencias juveniles. Además, se aborda la relación entre ciudadanía y juventud, destacando la importancia de la inclusión y la participación activa de los jóvenes en la sociedad contemporánea.

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Identidad Juvenil y Culturas Sociales

El capítulo analiza la construcción de la identidad juvenil en un contexto social cambiante, donde los jóvenes son vistos como actores sociales que negocian su visibilidad a través de instituciones y expresiones culturales. Se presentan conceptos clave como grupo, colectivo, movimiento juvenil e identidades juveniles, que ayudan a entender la diversidad y complejidad de las experiencias juveniles. Además, se aborda la relación entre ciudadanía y juventud, destacando la importancia de la inclusión y la participación activa de los jóvenes en la sociedad contemporánea.

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Reguillo. Capítulo 2 “Nombrar la identidad.

Un instrumento cartográfico”

- La construcción de lo juvenil

Los jóvenes en tanto categoría social construida no tienen una existencia autónoma,
es decir al margen del resto social, se encuentran inmersos en la red de relaciones y de
interacciones sociales múltiples y complejas.
En relación con los modos en que la sociedad occidental contemporánea ha construido la
categoría “joven”, es importante enfatizar que los jóvenes, en tanto sujeto social,
constituyen un universo social cambiante y discontinuo, cuyas características son
resultado de una negociación-tensión entre la categoría sociocultural asignada por la
sociedad particular y la actualización subjetiva que sujetos concretos llevan a cabo a
partir de la interiorización diferenciada de los esquemas de la cultura vigente.
En la actualidad, los jóvenes han adquirido visibilidad social como actores diferenciados
a. a través de su paso, por afirmación o negatividad, por las instituciones de
socialización.
b. por el conjunto de políticas y normas jurídicas que definen su estatuto ciudadano
para protegerlo y castigarlo.
c. por la frecuentación, consumo y acceso a un cierto tipo de bienes simbólicos y
productos culturales específicos.
Mientras las instituciones sociales y los discursos que de ellas emanan (escuela, gobierno,
partidos políticos, etc.), tienden a “cerrar” el espectro de posibilidades de la categoría joven
y a fijar en una rígida normatividad los límites de la acción de este sujeto social, las
industrias culturales han abierto y desregularizado el espacio para la inclusión de la
diversidad estética y ética juvenil. Es pues, de manera privilegiada, en el ámbito de las
expresiones culturales donde los jóvenes se vuelven visibles como actores sociales.

- De mapas y hologramas

Para entender el concepto de lo juvenil, se proponen cuatro nociones claves:


1. El grupo: hace referencia a la reunión de varios jóvenes que no supone organicidad,
cuyo sentido está dado por las condiciones de espacio y tiempo.
2. El colectivo: refiere a la reunión de varios jóvenes que exige cierta organicidad y
cuyo sentido prioritariamente está dado por un proyecto o actividad compartida; sus
miembros pueden o no compartir una adscripción identitaria, cosa que es poco
frecuente.
3. Movimiento juvenil: supone la presencia de un conflicto y de un objeto social en
disputa que convoca a los actores juveniles en el espacio público. Es de carácter
táctico y puede implicar la alianza de diversos colectivos o grupos.
4. Identidades juveniles: nombra de manera genérica la adscripción a una propuesta
identitaria (punks, rockeros, góticos, etc.)

Se proponen además tres conceptos ordenadores cuya pertinencia está dada por el tipo de
mirada privilegiada por el observador externo:
1. Agregación juvenil: permite dar cuenta de las formas de grupalización de los
jóvenes.
2. Adscripciones identitarias: nombra los procesos socioculturales mediante los cuales
los jóvenes se adscriben presencial o simbólicamente a ciertas identidades sociales
y asumen unos discursos, unas estéticas y unas prácticas.
3. Culturas juveniles: hace referencia al conjunto heterogéneo de expresiones y
prácticas socioculturales juveniles.

Uno de los problemas de la categoría estriba en la elaboración de un andamiaje que permita


argumentar que los jóvenes constituyen no sólo un [Link] legítimo,
analíticamente hablando, sino adem´s una categoría sociocultural diferenciable del resto
social, sin caer en la reducción a los rangos de edad pero sin prescindir de estos.

- Entre lo efímero y los compromisos itinerantes

Los jóvenes, en tanto sujetos empíricos, no constituyen un sujeto monopasional, que pueda
ser “etiquetable” ante una heterogeneidad de actores (que se constituyen en el curso de su
propia acción), y prácticas que se agrupan y se desagrupan en microdisidencias
comunitarias en las que caben distintas formas de respuesta y actitudes frente al poder.
La ecología, la libertad sexual, la paz, el rock, etc., se convierten en banderas, en
objetos-emblema que agrupan, que dan identidad y establecen las diferencias entre los
jóvenes. Otros, transitan en el anonimato, en el pragmatismo individualista, en el hedonismo
mercantil y el gozo del consumo; para otros no hay opciones, son desechables, “para los
que la muerte se convierte en una experiencia más fuerte que la vida”. Sin embargo, pese a
las especificidades y diferencias dadas por la situación y la ubicación social que guarda
cada grupo de jóvenes, todos parecen compartir una idea precaria del futuro y experimentar
la vivencia del tiempo discontinuo.
- Los quiebres de la identidad

Para intentar comprender los sentidos que animan a los colectivos juveniles y a los jóvenes
en general, hay que desplazar la mirada de lo normativo, institucionalizado y del “deber ser”,
hacia el terreno de lo incorporado y lo actuado; buscando que el eje de “lectura” sea el
propio joven que, a partir de las múltiples mediaciones que lo configuran como actor social,
“haga hablar” a la institucionalidad. Las identidades juveniles no pueden pensarse al
margen de las transformaciones en las coordenadas espacio-temporales de la llamada
“sociedad red”; no resulta factible hacer su an´lisis si se soslaya el importante papel que el
mercado está jugando en la redefinición de las relaciones entre el Estado y la sociedad.
Hoy, la identidad está atravesada por fuerzas que rebasan la dimensión local y la conectan
a “comunidades imaginarias”, en el sentido manejado por Anderson, que desbordan los
límites geográficos del Estado-nación. Por ello, resulta fundamental indagar sobre las
fuentes que nutren los imaginarios de los jóvenes y ubicar los referentes a los que atribuyen
mayor o menor credibilidad y cómo a partir de estas fuentes se derivan “programas” de
acción.
Sin embargo, si algo parece claro hoy en día, es que a los fenómenos de globalización y
desterritorialización económica y mundialización de la cultura, se le oponen fenómenos de
“relocalización”. Los jóvenes parecen “responder” a estos flujos globales, dotando de
sentido a “nuevos” territorios, que en términos socioespaciales pueden ser pensados como
“comunidades de sentido”, por ejemplo, el grupo en el barrio, el colectivo cultural o político,
etc., que, entre otras funciones, operan como una especie de “círculo de protección” ante la
incertidumbre provocada por un mundo que se mueve mucho más rápido que la capacidad
del actor para producir respuestas.

- Organizar el desconcierto

Los jóvenes constituyen hoy lo que algunos teóricos de los movimientos sociales
denominan “nuevos movimientos sociales”, que en términos muy generales se distinguen
por:
a. No partir de una composición de clase social (aunque no la excluyen).
b. Organizarse en torno de demandas por el reconocimiento social y la afirmación de la
identidad (y no por la búsqueda del poder).
c. Ser más defensivos que ofensivos (lo que no necesariamente se traduce en mayor
vulnerabilidad).
Asumir que los jóvenes se agrupan o deberían agruparse y organizarse alrededor de
principios racionales inscriptos en la lógica de determinadas prácticas políticas, es cada vez
menos un principio operante. Al deterioro de las instituciones y formas de la política
“clasista”, la respuesta, por la vía de la acción colectiva juvenil, ha sido la de formación de
asociaciones de distinta índole que cristalizan intereses parciales de alcance limitado.
La tensión en la escena pública y la emergencia de prácticas más abiertas y tolerantes,
obliga a la cautela. Entonces, más que hablar de “formas organizativas novedosas”, habría
que hablar de “multiplicidad de expresiones juveniles organizativas”.

Capítulo 5. “Naciones juveniles. Ciudadanía: el nombre de la inclusión”

- Tránsitos y mutaciones

Cuando el proceso de la globalización y la desterritorialización de la identidad nacional


avanza, la pregunta por la conformación de las culturas juveniles adquiere una importancia
fundamental, en tanto ellas son portadoras de las contradicciones constitutivas de unas
sociedades en acelerados procesos de transformación.
Quizás uno de los elementos más pertinentes de estos procesos en relación con las
culturas juveniles es lo que podríamos llamar “invención del territorio”, noción que permite
trabajar la relación entre la reorganización geopolítica del mundo y la
construcción-apropiación que hacen los jóvenes de “nuevos” espacios a los que dotan de
sentidos diversos al trastocar o invertir los usos definidos desde los poderes (“la calle”, “el
concierto”, etc.). Al inventar territorios para la acción en una forma de respuesta a las
exclusiones, valores, símbolos y formas de comunicación derivadas de la globalización y
portadoras de sus propios mecanismos de dominación, señalan que todos estos procesos
de escala planetaria no desaparecen el territorio, ni lo convierten en un “no lugar”. El
análisis de las culturas juveniles desde estas lógicas posibilita entender la reconfiguración
de lo local en sus relaciones complejas (de resistencia, negociación y conflicto) con lo
global.
De esta forma, las culturas juveniles se vuelven visibles. Los jóvenes, organizados o no, se
convierten en “termómetro” para medir los tamaños de la exclusión, la brecha creciente
entre los que caben y los que no caben, es decir, “los inviables”, los que no pueden acceder
a este modelo y por lo tanto no alcanzan el estatuto ciudadano.

- El “síndrome Giuliani” y los medios de comunicación

Los jóvenes se han convertido en los destinatarios de un autoritarismo que tiende a fijar en
ellos de manera obsesiva los miedos, la desconfianza, las inquietudes que provoca hoy la
vulnerabilidad extrema en diversos órdenes sociales.
La “doctrina Giuliani”, exportada al mundo desde Nueva York, ha colocado en el ojo del
huracán a los jóvenes de los sectores populares. Gradualmente se ha instalado en el
lenguaje de los medios de comunicación para actuar como caja de resonancia de un
imaginario al que le sobran miedo y le faltan chivos expiatorios.
La configuración de los miedos que la sociedad experimenta ante ciertos grupos y espacios
sociales tiene una estrecha vinculación con ese discurso de los medios que, de manera
simplista ,etiqueta y marca a los sujetos de los cuales habla. Mediante estas operaciones,
ser joven equivale a ser “peligroso”, “drogadicto o marihuano”, “violento”; se recurre también
a la descripción de ciertos rasgos raciales o de apariencia para construir las notas.
Entonces, ser un joven de los barrios periféricos implica la carga de prejuicios y estigmas
sociales.

- Ciudadanías, un relato posible

El debate en torno a la ciudadanía es hoy día uno de los más vigorosos, tanto en los foros
sociopolíticos como académicos, y ello se explica, en parte, por la necesidad de renombrar
un conjunto de procesos de incorporación y reconocimiento social que no se agotan en la
pertenencia a un territorio, en el derecho al voto y a la seguridad social, sino que de manera
creciente se articulan a la reivindicación de la diferencia cultural como palanca para
impulsar la igualdad. A las tres dimensiones clásicas de ciudadanía (civil: que garantiza los
derechos civiles y las libertades personales para los miembros de un territorio delimitado;
política: que busca garantizar el derecho al sufragio y a la participación; y social:que
aparece asociada al fortalecimiento del Estado de bienestar), se le suma una cuarta
dimensión: la cultural. Dimensión que se ha hecho visible en las luchas políticas de minorías
y excluidos de los circuitos dominantes, en las que el reconocimiento de la pertenencia a
una comunidad específica, con los derechos y obligaciones que de ello se derivan, es la
demanda central a la que se integran las otras dimensiones, sin anularlas ni contradecirlas.
Algunas investigaciones empíricas han señalado que los jóvenes son especialmente
sensibles en el tema de la ciudadanía. Quieren participar pero no saben cómo colocarse
ante una sociedad que los exalta y los reprime simultáneamente.
Cuando se indaga en su discurso, lo que va a apareciendo es un conjunto de “prácticas sin
nombre”, es decir, la casi imposibilidad para ellos mismos de nombrar su pertenencia
ciudadana. Una hipótesis es que para la mayoría de los jóvenes, la ciudadanía se define en
la práctica, se trata de una concepción activa que se define en el hacer: “si estudio o
trabajo, hago una revista cultural o toco en un grupo, soy ciudadano”, en cambio, “si no
aparezco en listas o n consigo trabajo, la policía me reprime o carezco de espacios de
expresión, no soy ciudadano”.
Así, la ciudadanía aparece directamente vinculada al eje de la inclusió[Link]ón. Y,
además de las condiciones objetivas que la soportan (instituciones, políticas, servicios,
normas) tiene un componente afectivo importante que se expresa en “nuevas
sensibilidades”, que reorganizan los saberes tradicionales en un contexto de incertidumbre
para ponerlos a funcionar, a veces con un sentido pragmático, a veces crítico, con el objeto
de ganar espacios de inclusión y participación.
Si la ciudadanía se define en el hacer, son las prácticas el territorio privilegiado para
explorar la participación juvenil, que no puede restringirse a los ámbitos explícitamente
formales. En la complejidad de sentidos con que los jóvenes habitan el espacio público,
radican pistas para entender el futuro en nuestras sociedades.

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