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Mi Viaje hacia las Carreras de Autos

El documento narra la historia de Junior De Los Santos Mercedes, quien desde su infancia en República Dominicana desarrolló una profunda pasión por los autos y las carreras. A lo largo de su vida, enfrentó desafíos y obstáculos, incluyendo una operación que afectó su entrenamiento, pero su determinación y amor por la velocidad lo llevaron a participar en competencias locales y regionales. Finalmente, se comprometió a inspirar a otros jóvenes en su comunidad, organizando clínicas de manejo y preparándose para un campeonato nacional, reafirmando que los sueños son alcanzables con esfuerzo y dedicación.
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Mi Viaje hacia las Carreras de Autos

El documento narra la historia de Junior De Los Santos Mercedes, quien desde su infancia en República Dominicana desarrolló una profunda pasión por los autos y las carreras. A lo largo de su vida, enfrentó desafíos y obstáculos, incluyendo una operación que afectó su entrenamiento, pero su determinación y amor por la velocidad lo llevaron a participar en competencias locales y regionales. Finalmente, se comprometió a inspirar a otros jóvenes en su comunidad, organizando clínicas de manejo y preparándose para un campeonato nacional, reafirmando que los sueños son alcanzables con esfuerzo y dedicación.
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A Toda Velocidad: Mi

Carrera Por La Vida


Junior De Los Santos Mercedes
Capítulo 1: Nacimiento y Primeros Sueños

Nací el 23 de octubre de 2009 en República Dominicana, una isla


pequeña pero llena de vida. Crecí rodeado de playas hermosas, con
agua tan clara que podías ver hasta el fondo, y montañas verdes que
parecían no tener fin. Desde niño, me di cuenta de que había algo
que me fascinaba más que nada: los autos.

Mientras otros niños jugaban con muñecos o se la pasaban corriendo


por el barrio, yo podía quedarme horas viendo los autos que pasaban
frente a mi casa. Apenas escuchaba el sonido de un motor, sentía
algo que no podía explicar, como si mi corazón latiera al mismo ritmo
que ese carro. Empecé a aprenderme las marcas y a distinguirlos solo
por el sonido, algo que a veces sorprendía a mi familia.

Una de mis primeras experiencias en un carro fue con mi papá,


cuando me llevó a dar una vuelta en su auto. Yo iba en el asiento de
atrás, apenas podía ver bien por la ventana, pero el movimiento, la
velocidad, todo me parecía mágico. Sentía que cada metro que
avanzábamos era como descubrir un mundo nuevo, y aunque era solo
un paseo, en mi mente ya soñaba con conducir algún día.
Con el tiempo, mi amor por los autos se volvió algo que llenaba todos
mis días. Me pasaba horas jugando con carritos en el patio,
inventando carreras, haciendo pistas imaginarias y soñando que
algún día estaría en una verdadera competencia. Me imaginaba que
cada curva, cada obstáculo, era una meta que tenía que superar, y en
esos pequeños juegos fui construyendo mi sueño de ser corredor.

Mis padres se dieron cuenta rápido de mi pasión, aunque no siempre


entendían por qué me gustaban tanto los autos. Sabían que era algo
especial para mí, porque cada vez que hablaba de motores o de
carreras, mis ojos brillaban de una forma diferente. Poco a poco, ese
amor por la velocidad crecía dentro de mí, y aunque aún no sabía
cómo, sentía que eso me iba a llevar lejos.

Capítulo 2: La Llamada de la Velocidad

Con los años, mi pasión por los autos se hizo cada vez más fuerte.
Mientras crecía, también aumentaban mis ganas de aprender más
sobre cómo funcionaban esos vehículos que tanto me fascinaban. Me
la pasaba buscando información, viendo carreras por televisión y
observando cada detalle de los autos que veía en las calles de mi
ciudad. Quería entenderlo todo: desde el sonido del motor hasta la
forma en que cada auto se movía en la carretera.

Cada vez que alguien hablaba de autos, yo estaba ahí, escuchando y


aprendiendo. Mi familia y amigos empezaron a notarlo. Decían que yo
parecía saber más de autos que mucha gente mayor, y eso me hacía
sentirme orgulloso. Sabía que esto era más que un simple
pasatiempo; era algo que me definía, algo que me hacía sentir
especial.

Un día, conocí a un amigo de mi papá que también compartía mi


pasión. Se llamaba Miguel, y había sido corredor en su juventud. Era
alguien que no solo hablaba de autos, sino que también sabía cómo
llevarlos al límite. Cada vez que se daba la oportunidad, Miguel me
contaba historias de sus carreras, de cómo se sentía al estar detrás
del volante con el corazón latiendo a mil. Me hablaba de la
adrenalina, de los retos y de la emoción de ganar. Escucharlo era
como si me estuviera preparando para algo grande, algo que algún
día quería experimentar yo mismo.

Miguel fue como un mentor para mí, alguien que me mostró que no
estaba solo en mi sueño. Me enseñó cosas básicas sobre los autos:
cómo funcionan los motores, cómo cuidar cada detalle y, sobre todo,
cómo sentir el auto como si fuera parte de uno mismo. Aunque en esa
época yo era apenas un adolescente, esas lecciones quedaron
grabadas en mi mente y me ayudaron a soñar más alto.

Poco a poco, me fui dando cuenta de que mi vida no se trataría solo


de ver autos desde afuera. Yo quería estar ahí, en el asiento del
conductor, sintiendo la velocidad en cada fibra de mi cuerpo. Quería
vivir esas historias de las que Miguel me hablaba y experimentar la
emoción de competir, de correr hacia el horizonte sin miedo y sin
frenos.

Capítulo 3: Primeras Carreras

Pasaron los años, y con cada día, sentía que estaba más cerca de
cumplir mi sueño de convertirme en corredor. Aún era joven, pero mi
pasión y mis ganas de correr eran más fuertes que nunca. Llegó un
momento en el que ver los autos pasar ya no era suficiente;
necesitaba estar detrás del volante, sentir la velocidad en mis propias
manos.

La oportunidad llegó cuando un grupo de amigos de la escuela, que


también compartía el gusto por los autos, organizó una carrera en un
camino apartado cerca del pueblo. Era algo sencillo, sin grandes
reglas ni premios, pero para mí, esa carrera era la oportunidad que
había estado esperando toda mi vida. Esa noche casi no dormí; mi
mente no dejaba de imaginar la carrera, cómo sería, cómo se sentiría.

El día de la carrera llegó, y aunque estaba nervioso, también sentía


una emoción que no había sentido nunca. No tenía el mejor auto, ni el
más rápido, pero lo conocía bien y sabía que podía confiar en él. Me
concentré, recordé los consejos de Miguel y tomé una bocanada de
aire profundo antes de subirme al asiento del conductor. En ese
momento, me sentí como en casa.

La cuenta regresiva comenzó, y cuando escuché la señal de salida,


pisé el acelerador como si toda mi vida dependiera de ello. La
sensación fue increíble. El viento golpeaba mi cara, el motor rugía y el
camino se abría frente a mí como si me estuviera invitando a seguir
adelante. Sentía cada curva, cada cambio de velocidad, como si el
auto y yo fuéramos uno solo. Esa primera carrera, aunque no era
profesional ni importante, se convirtió en un momento que jamás
olvidaría.

No gané esa vez, pero para mí fue mucho más que una victoria. Había
probado la velocidad de verdad y había sentido el poder del asfalto
bajo las ruedas. Esa carrera fue solo el inicio de algo mucho más
grande. Desde ese día, decidí que haría todo lo posible por
convertirme en un corredor de verdad. Sabía que el camino no sería
fácil, que tendría que entrenar y enfrentarme a muchos retos, pero mi
deseo de correr era más fuerte que cualquier miedo o duda.

Después de esa primera carrera, empecé a participar en cualquier


competencia que pudiera, sin importar lo pequeña o grande que
fuera. Cada carrera era una oportunidad para mejorar, para aprender
y para sentir la emoción de la velocidad. Fue así como poco a poco fui
haciéndome un nombre en el mundo de las carreras locales. Ya no era
solo el chico que amaba los autos, ahora era alguien que tenía el
valor y la determinación de perseguir su sueño, sin importar las
dificultades.

Aquí tienes una versión ajustada, incorporando esa experiencia en el


Capítulo 4: El Camino a la Excelencia para que muestre cómo
enfrentaste un reto personal mientras perseguías tu sueño:

Capítulo 4: El Camino a la Excelencia

A medida que pasaba el tiempo, mi amor por las carreras se fue


convirtiendo en algo más serio. Ya no era solo una emoción de un día
o una simple afición; ahora, cada carrera era una meta y cada
victoria, un paso más hacia el sueño de convertirme en un corredor
profesional. Pero sabía que no sería fácil. En la República Dominicana,
donde las oportunidades para los deportes de motor son limitadas,
hacerme un lugar en este mundo requeriría mucho esfuerzo y
dedicación.

Mientras trabajaba para mejorar, enfrenté algunos obstáculos que


pusieron a prueba mi dedicación. Uno de esos momentos fue el día de
mi operación de nariz. Era un procedimiento necesario, pero después
de la cirugía, todo se complicó un poco. Por un tiempo, no podía
respirar bien por la nariz, y eso hizo que se me dificultara seguir
entrenando y mantener el ritmo de mi preparación. La respiración era
clave para soportar la tensión en cada carrera, y el no poder hacerlo
como antes me afectó bastante.

Aun así, sabía que tenía que adaptarme y encontrar la manera de


seguir adelante. Empecé a trabajar en ejercicios de respiración, a
tomarme el tiempo necesario para recuperarme y a encontrar
alternativas para no perder mi nivel. Fue un periodo complicado, lleno
de frustración, pero al final logré superar ese obstáculo y regresar
más fuerte.

Los fines de semana, Miguel me llevaba a carreteras alejadas donde


podía practicar sin peligro. Él era duro conmigo; nunca me dejaba
conformarme y siempre me desafiaba a hacerlo mejor. Había veces
en las que me sentía frustrado, en las que parecía que no avanzaba,
pero Miguel me recordaba que cada corredor pasa por momentos
difíciles y que la clave está en no rendirse. Gracias a él, aprendí a
levantarme después de cada error, a corregir cada movimiento y a
mejorar con cada vuelta.

Capítulo 5: El Valor de la Perseverancia

Cada desafío que enfrenté en el camino me enseñó algo. Había


superado la operación, el tiempo de recuperación y la frustración de
no poder entrenar al ritmo que quería. Esos momentos difíciles me
hicieron entender que la verdadera clave para lograr mis metas no
estaba solo en el talento o en la velocidad, sino en la capacidad de
mantenerme firme, incluso cuando las cosas se ponían cuesta arriba.

Las carreras seguían, y con ellas, los retos. Algunas veces ganaba,
otras perdía, pero cada experiencia era una lección. Poco a poco,
empecé a ver que la perseverancia era el verdadero motor de mi
vida, el combustible que me impulsaba incluso cuando parecía que
todo estaba en mi contra. Había aprendido a aceptar las derrotas sin
rendirme, a usar las críticas como motivación, y a adaptarme cuando
las cosas no salían como esperaba, como sucedió después de la
operación.

En cada competencia, sentía que me hacía más fuerte. Ya no era solo


un joven con sueños, sino alguien dispuesto a enfrentar lo que fuera
necesario para cumplirlos. Mis experiencias pasadas, desde las
primeras carreras en el pueblo hasta la recuperación tras la cirugía,
me habían moldeado. Todo lo vivido me preparó para las grandes
oportunidades que sabía que un día llegarían.

Sabía que, aunque el camino a veces se volvía complicado, mi amor


por las carreras era más grande que cualquier dificultad. Y así, con
cada paso y cada vuelta en la pista, me acercaba un poco más a mi
meta.

Capítulo 6: Nuevos Horizontes

Con cada carrera, mi reputación comenzó a crecer. La gente


empezaba a reconocerme no solo como un joven corredor, sino como
alguien con potencial. Después de ganar varias competencias locales,
recibí la invitación para participar en un evento más grande, una
carrera regional que reuniría a los mejores corredores de la isla. La
noticia me llenó de emoción, pero también de nervios. Era la
oportunidad que había estado esperando, pero sabía que competir
con los mejores significaba un gran desafío.

La noche antes de la carrera, no podía dormir. Mi mente estaba llena


de imágenes de cómo sería la pista, los otros corredores y el público
animando. Pensaba en todo lo que había pasado para llegar hasta allí:
las largas horas de entrenamiento, los sacrificios, las veces que casi
me rindo. Esa carrera no solo representaba un desafío, sino también
la posibilidad de abrir nuevas puertas en mi vida como corredor.

El día de la carrera, el ambiente estaba cargado de energía. Vi a otros


corredores que admiraba, algunos con autos impresionantes y un
nivel de experiencia que solo podía soñar en alcanzar. Sin embargo,
en lugar de sentirme intimidado, decidí usar esa energía como
motivación. Recorrí el paddock, observando cada detalle, aprendiendo
de aquellos que ya estaban en lo más alto. Era como una esponja,
absorbiendo cada consejo y cada técnica.

Cuando llegó mi turno de salir a la pista, se menté en mi auto, tomé


una profunda respiración y recordé todo lo que había aprendido. A
pesar de los nervios, confiaba en mí mismo y en el trabajo que había
hecho para llegar hasta allí. La señal de inicio sonó, y una vez más, el
rugido del motor se convirtió en la banda sonora de mis sueños.

La carrera fue intensa. Cada vuelta era un nuevo reto, un nuevo giro
en el que tenía que dar lo mejor de mí. Al principio, me costó
encontrar mi ritmo entre corredores más experimentados, pero con
cada curva, cada recta, fui encontrando mi lugar. La adrenalina corría
por mis venas, y todo el trabajo previo parecía haber valido la pena.
Finalmente, logré adelantar a algunos competidores y, aunque no
gané, crucé la línea de meta sintiendo una satisfacción indescriptible.

Esa experiencia me enseñó que cada carrera, ya sea ganada o


perdida, es un paso hacia adelante. Cada kilómetro recorrido, cada
error corregido, me acerca un poco más a la meta de ser un corredor
profesional. La carrera regional no solo fue un evento, sino un
trampolín hacia nuevas oportunidades, y supe que debía seguir
adelante.
Al regresar a casa, no solo llevaba conmigo el recuerdo de esa
carrera, sino también la certeza de que estaba en el camino correcto.
La pasión por las carreras seguía ardiendo en mí, y con cada nuevo
horizonte, las posibilidades eran infinitas.

Capítulo 7: La Fuerza de los Sueños

Después de la carrera regional, sentí una mezcla de emoción y


determinación. Había tenido una experiencia increíble, y aunque no
gané, sabía que cada kilómetro me había enseñado algo valioso. La
pasión por las carreras creció aún más en mí, y comprendí que los
sueños, aunque pueden parecer lejanos, son alcanzables con esfuerzo
y dedicación.

Con el tiempo, comencé a recibir invitaciones para participar en más


competencias. Cada carrera era una oportunidad para demostrarme a
mí mismo y a los demás que podía hacer lo que amaba. Las semanas
se convirtieron en un torbellino de entrenamientos, ajustes en mi auto
y preparación mental. En esos momentos de trabajo arduo, aprendí a
manejar la presión, a enfrentar mis miedos y a mantener la cabeza en
alto, sin importar las circunstancias.

Una tarde, mientras entrenaba con Miguel, me hizo una pregunta que
me hizo reflexionar: “¿Qué es lo que realmente quieres lograr con
esto?” En ese momento, comprendí que no se trataba solo de ganar
carreras. Quería ser un ejemplo para los jóvenes de mi comunidad,
mostrarles que si persiguen sus pasiones y nunca se rinden, pueden
alcanzar sus sueños, sin importar cuán grandes parezcan.

Decidí que quería involucrarme más en mi comunidad. Empecé a


organizar pequeñas clínicas de manejo y seguridad vial para niños y
adolescentes, compartiendo no solo mis conocimientos sobre autos y
carreras, sino también la importancia de la responsabilidad al volante.
A través de estas actividades, vi a otros jóvenes encenderse con la
misma pasión que yo había sentido de niño. Ver su entusiasmo y
determinación fue una recompensa que nunca imaginé encontrar.

A medida que pasaba el tiempo, mi vida comenzó a cambiar. Me


llamaron para participar en un campeonato nacional, un evento que
atraía la atención de patrocinadores y aficionados. La idea de
competir a un nivel tan alto me llenó de nervios, pero también de
emoción. Era el momento que había estado esperando, una
oportunidad para demostrar todo lo que había aprendido.

En la semana previa a la competencia, cada día se sentía más


intenso. Me preparé física y mentalmente, visualizando cada vuelta,
cada maniobra. En la noche antes de la carrera, me senté solo en mi
habitación, recordando cada sacrificio, cada esfuerzo que había hecho
para llegar a este punto. Sabía que estaba a un paso de hacer
realidad un sueño que parecía tan lejano cuando era niño.

El día de la carrera, el ambiente era electrizante. El rugido de los


motores y el clamor de la multitud llenaban el aire. Con cada giro de
las ruedas, sentí que el camino se abría ante mí, y con cada vuelta,
supe que estaba listo para enfrentar este nuevo desafío. No solo
corría por mí, sino también por todos los que habían creído en mí y
por aquellos que algún día podrían seguir mis pasos.
Capítulo 8: La Carrera del Campeonato

El día del campeonato nacional llegó, y con él, una mezcla de nervios
y emoción que no había sentido antes. Sabía que estaba a punto de
enfrentar a los mejores corredores del país, y el peso de la
expectativa recaía sobre mis hombros. Sin embargo, también era
consciente de que toda la preparación, el trabajo duro y las lecciones
aprendidas me habían llevado hasta aquí. No podía dejar que el
miedo me detuviera; era el momento de brillar.

Cuando llegué al circuito, el ambiente era eléctrico. Los autos de alta


gama brillaban bajo el sol, y los aficionados llenaban las gradas, listos
para ver la competencia. Al ver a los otros corredores, algunos de
ellos con años de experiencia, sentí una oleada de inseguridad. Pero
recordé las palabras de Miguel: “Cree en ti mismo. Tu esfuerzo y
dedicación te han traído hasta aquí”. Con esa motivación, me dirigí a
mi auto, repasando mentalmente cada detalle que había practicado.

Las pruebas de calificación comenzaron, y aunque estaba nervioso,


logré concentrarme. Me desplacé por la pista, sintiendo cada curva,
cada frenada, como si estuviera bailando con el auto. Pasé la
calificación en una buena posición, y eso me dio un impulso de
confianza que me acompañó hasta el momento de la carrera.

Cuando el semáforo se puso en verde, el rugido de los motores resonó


en mis oídos y la adrenalina fluyó por mis venas. La carrera comenzó,
y cada vuelta era un nuevo reto. Las maniobras eran intensas, y cada
corredor luchaba por avanzar. Sentí el roce del viento en mi rostro
mientras aceleraba en las rectas, y las curvas desafiaban mis
habilidades en cada momento.

Recorrí la pista con determinación, concentrándome en el momento,


dejando de lado cualquier pensamiento negativo. En la primera mitad
de la carrera, mantuve una posición competitiva, pero pronto me di
cuenta de que algunos de los corredores más experimentados
comenzaban a adelantarme. El impulso de la competencia me hizo
recordar mis entrenamientos y todo lo que había aprendido a lo largo
del camino.
Con cada vuelta, la presión aumentaba, pero me concentré en no
perder la fe en mí mismo. Recordé las noches de entrenamiento y los
sacrificios que había hecho. La última vuelta llegó, y con ella, la
oportunidad de darlo todo. Pisé el acelerador con más fuerza,
tomando riesgos calculados, buscando cada oportunidad para
adelantar a los competidores.

Cuando crucé la línea de meta, el tiempo se detuvo por un momento.


No supe si había ganado o perdido, pero sentí una satisfacción
profunda por haber dado lo mejor de mí. El ambiente estalló en
aplausos, y la sensación de haber competido con los mejores era
indescriptible. Cuando los resultados se anunciaron, me quedé
asombrado: había quedado en tercer lugar.

La medalla de bronce que colgaron alrededor de mi cuello


simbolizaba más que un simple logro; era la representación de mi
esfuerzo, mi dedicación y mi perseverancia. En ese momento, no solo
era un corredor más; era alguien que había desafiado sus propios
límites y que, a pesar de las dificultades, había logrado hacerse un
espacio en el mundo del automovilismo.

Al regresar a casa, el brillo de la medalla reflejaba no solo mi éxito,


sino también los sueños que aún estaban por venir. La carrera del
campeonato no solo había sido un logro personal, sino también un
recordatorio de que cada día es una nueva oportunidad para avanzar
y alcanzar nuevas metas.

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