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Reseña Performatividad y Vulnerabilidad Alejandro Vizcaíno

Judith Butler en 'El género en disputa' cuestiona la estabilidad de la categoría 'mujeres', argumentando que la representación política puede distorsionar la realidad de esta categoría. La autora sostiene que el género es una construcción cultural que no se puede separar de las intersecciones de clase, raza y etnicidad, lo que complica la noción de identidad femenina. Butler aboga por una crítica de las estructuras de poder que limitan la comprensión del género y su representación en la política, sugiriendo que el feminismo debe replantear sus fundamentos para ser verdaderamente inclusivo y representativo.

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Reseña Performatividad y Vulnerabilidad Alejandro Vizcaíno

Judith Butler en 'El género en disputa' cuestiona la estabilidad de la categoría 'mujeres', argumentando que la representación política puede distorsionar la realidad de esta categoría. La autora sostiene que el género es una construcción cultural que no se puede separar de las intersecciones de clase, raza y etnicidad, lo que complica la noción de identidad femenina. Butler aboga por una crítica de las estructuras de poder que limitan la comprensión del género y su representación en la política, sugiriendo que el feminismo debe replantear sus fundamentos para ser verdaderamente inclusivo y representativo.

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VIZCAÍNO GUILLÉN, Alejandro Filosofía, género e igualdad (2019/2020)

EL GÉNERO EN DISPUTA
Judith Butler
Capítulo 1
¿Existe la categoría de “las mujeres”? Butler comienza el capítulo preguntándose esta cuestión.
Para ella, política y representación son dos términos que suscitan opiniones contrarias. Por un
lado, representación funciona como “término operativo dentro de un procedimiento político
que pretende ampliar la visibilidad y la legitimidad hacia las mujeres. Por otro lado, la
representación también es, según la autora, una función normativa que “muestra o distorsiona
lo que se considera verdadero acerca de la categoría de las mujeres 1. Y es que esta categoría
ya no es estable, hay muy poco acuerdo acerca de qué es o debería ser la categoría de las
mujeres.
La autora habla de Foucault para argumentar cómo los sistemas jurídicos de poder
producen a los sujetos a los que más tarde representan, mediante la limitación, la prohibición,
la reglamentación, el control y hasta la “protección” de las personas vinculadas a esa estructura
política a través de la elección. Los sujetos regulados por estas estructuras se constituyen, se
definen y se reproducen de acuerdo con las imposiciones de dichas estructuras. El problema
del “sujeto” es fundamental en política, porque, como vemos, los sujetos jurídicos siempre se
construyen mediante ciertas prácticas excluyentes que, una vez determinada la estructura
jurídica de la política, no “se perciben”. El poder jurídico “produce” ineludiblemente lo que
afirma solo representar, y de este modo la política debe preocuparse por esta doble función del
poder: la jurídica y la productiva. Por ello, no basta con investigar de qué forma las mujeres
pueden estar representadas de manera más precisa en el lenguaje y la política. Butler dice que
la crítica feminista debería también comprender que las mismas estructuras de poder mediante
las cuales se pretende la emancipación crean y limitan la categoría de “las mujeres”, sujeto del
feminismo. Esta cuestión plantea la posibilidad de que no haya un sujeto que exista “antes”
de la ley, esperando la representación en y por esta ley. La hipótesis de la integridad ontológica
del sujeto antes de la ley debe ser entendida, dice la autora, “como el vestigio contemporáneo
de la hipótesis del estado de naturaleza” 2.

1
Butler, J. (2007). El género en disputa. Barcelona: Paidós, pág. 46
2
Ibid, pág. 48

1
VIZCAÍNO GUILLÉN, Alejandro Filosofía, género e igualdad (2019/2020)

Si una “es” una mujer, es evidente que eso no es todo lo que una es; el concepto “mujer”
no es exhaustivo, dado que el género no siempre se constituye de forma coherente o consistente
en contextos históricos distintos, y porque se entrecruza con modalidades raciales, de clase,
étnicas, sexuales y regionales de identidades discursivamente constituidas. De esta forma, no
es posible separar el “género” de las intersecciones políticas y culturales en las que
constantemente se produce y se mantiene. Por lo tanto, ¿qué tienen en común las mujeres?
¿Algún elemento anterior a su opresión o ellas comparten un vínculo únicamente como
resultado de su opresión? La oposición binaria masculino/femenino no solo es el marco
exclusivo en el que puede aceptarse esa especificidad, sino que de cualquier otra forma la
“especificidad” de lo femenino se descontextualiza completamente y se aleja analítica y
políticamente de la constitución de clase, raza, etnia y otros ejes de poder que conforman la
“identidad” y que hacen que la noción concreta de identidad sea errónea 3.
Las limitaciones del discurso de representación en el que participa el sujeto del
feminismo socavan sus supuestas “universalidad” y “unidad”. De hecho, la reiteración
prematura en un sujeto estable del feminismo provoca inevitablemente un gran rechazo para
admitir la categoría de “las mujeres”, nos dice Butler. La división en el seno del feminismo y
la oposición paradójica a él por parte de “las mujeres” a quienes dice representar muestran los
límites necesarios de las políticas de identidad. Los objetivos feministas podrían frustrarse si
no tienen en cuanta los poderes constitutivos de lo que afirman representar.
Sin embargo, la autora dice que es obvio, por tanto, que la labor política no es rechazar
la política de representación (no sería posible). Las estructuras jurídicas del lenguaje y de la
política crean el campo actual de poder; no hay ninguna posición fuera de él. La tarea política
que define Butler, por consiguiente, sería una crítica de las categorías de identidad que
generan, naturalizan e inmovilizan las estructuras jurídicas actuales. Dentro de la práctica
feminista, parece necesario replantearse de manera radical las construcciones ontológicas de la
identidad con el objetivo de plantear una política representativa que pueda renovar el
feminismo sobre otras bases. “Si una noción estable de género ya no es la premisa principal de
la política feminista, quizás ahora necesitemos una nueva política feminista para combatir las
reificaciones mismas de género e identidad, que sostenga que la construcción variable de la
identidad es una requisito metodológico y normativo, además de una meta política”. La autora
deja claro que hay que examinar los procesos políticos que originan y esconden lo que
conforma las condiciones al sujeto jurídico del feminismo, y esto conformaría la labor de una

3
Pág. 51

2
VIZCAÍNO GUILLÉN, Alejandro Filosofía, género e igualdad (2019/2020)

genealogía feminista de las categorías de las mujeres. La aplicación no problemática de esa


categoría puede tener como consecuencia que se decante la opción de que el feminismo sea
considerado una política de representación y, tal vez, paradójicamente, se demuestre que la
“representación” tendrá sentido para el feminismo únicamente cuando el sujeto de las
“mujeres” no se dé por sentado en ningún aspecto 4.

El orden obligatorio de sexo/género/deseo

La diferenciación entre sexo y género plantea una fragmentación en el sujeto feminista.


El género no es el resultado causal del sexo ni tampoco es tan aparentemente rígido como el
sexo. Si “la biología es destino”, la unidad del sujeto ya está potencialmente refutada por la
diferenciación que posibilita que el género sea una interpretación múltiple del sexo.
Si entendemos el género como los significados culturales que acepta el cuerpo
sexuado, entonces no puede afirmarse que un género sea única y exclusivamente el producto
de un sexo. La distinción sexo/género muestra una discontinuidad radical entre cuerpos
sexuados y géneros culturalmente construidos. Aunque los sexos parezcan ser claramente
binarios en su morfología y constitución (cuestión que puede ponerse en duda), no hay ningún
motivo para creer que los géneros seguirán siendo únicamente dos. La hipótesis de un sistema
binario de géneros sostiene de manera implícita la idea de una relación mimética entre género
y sexo. Y es que cuando la condición construida del género se teoriza como algo
completamente independiente del sexo, el género en sí pasa a ser algo ambiguo, ya que el
resultado nos muestra que “hombre” y “masculino” pueden significar tanto un cuerpo de mujer
como uno de hombre, y “mujer” y “femenino” tanto uno de hombre como uno de mujer.
Por consiguiente, ¿podemos hacer referencia a un sexo “dado” o a un género “dado”?
¿Qué es el sexo? ¿Algo anatómico, cromosómico, hormonal…? ¿Cómo puede la crítica
feminista apreciar estos discursos que establecen arbitrariamente ciertos “hechos”? Si se refuta
el carácter invariable del sexo apelando a su historicidad, quizás esta construcción denominada
“sexo” esté igualmente construida que el género, o quizá siempre fue género, con el resultado
de que la distinción entre sexo y género no existe como tal.
En este caso, no tendría sentido definir el género como la interpretación cultural del sexo,
si este es ya de por sí una categoría dotada de género. Como consecuencia de todo esto, el
género no es a la cultura lo que el sexo es a la naturaleza; el género es también el “medio

4
Ibid, pág. 53

3
VIZCAÍNO GUILLÉN, Alejandro Filosofía, género e igualdad (2019/2020)

discursivo/cultural a través del cual la “naturaleza sexuada” o “un sexo natural” se forma
y establece como “prediscursivo”” 5, un medio anterior a la cultura, una superficie
políticamente neutral sobre la cual opera la cultura. En esta coyuntura se quedaría patente una
de las formas de asegurar de manera efectiva la estabilidad interna y el marco binario del sexo,
situando la dualidad del sexo en un campo prediscursivo.

Género: las ruinas circulares del debate actual

Si partimos de la premisa de que el género se construye, ¿podría construirse de distinta


manera, o acaso su construcción conlleva alguna forma de determinismo social que niegue
la posibilidad de que el agente actúe y cambie? La afirmación de que el género está construido
sugiere cierto determinismo de significados de género inscritos en cuerpos anatómicamente
diferenciados, y se cree que esos cuerpos son receptores pasivos de una ley cultural inevitable.
Entonces, parece que el género es tan fijo y preciso como lo era bajo el mandato cientifista de
que dice que “la biología es destino”. En tal caso, la cultura, y no la biología, se convierte en
destino.
Simone de Beauvoir afirmó que mujer no se nace, sino que se hace. Analizando la
metodología existencialista, Butler comenta cómo Beauvoir sostenía que el género se
“construye”. No obstante, en su planteamiento queda implícito un sujeto, un cogito, el cual en
cierto modo adopta o se adueña de ese género y, en principio, podría adoptar otro. Además,
Beauvoir sostiene que una mujer “llega a serlo”, pero siempre bajo la obligación cultural de
hacerlo. Y es evidente que esta obligación no la crea el “sexo”, sino la cultura hegemónica del
momento histórico. Si “el cuerpo es una situación”, tal y como dicen los existencialistas, no se
puede aludir a un cuerpo que no haya sido desde siempre interpretado mediante significados
culturales.
La polémica surgida respecto al significado de “construcción” parece desmoronarse con
la polaridad filosófica clásica entre libre albedrío y determinismo. En este marco, el “cuerpo”
se manifiesta como un medio pasivo sobre el cual se circunscriben los significados culturales,
o como el instrumento mediante el cual una voluntad apropiadora e interpretativa establece un
significado cultural para sí misma. En ambos casos, el cuerpo es un mero instrumento o medio
con el cual se relaciona solo externamente un conjunto de significados culturales. Lo curioso y
característico de Butler es que a continuación nos dice que el “cuerpo” en sí es una

5
Ibid, pág. 56

4
VIZCAÍNO GUILLÉN, Alejandro Filosofía, género e igualdad (2019/2020)

construcción, como lo son los diferentes “cuerpos” que conforman el campo de los sujetos con
género. No puede afirmarse que los cuerpos posean una existencia significable antes de la
marca de su género.
El hecho de que el género o el sexo sean fijos o libres está en función de un discurso
que, como se verá, intenta limitar el análisis o defender algunos principios del humanismo
como presuposiciones para cualquier análisis de género. Y es que los límites del análisis
discursivo del género aceptan las posibilidades de configuraciones imaginables y realizables
del género dentro de la cultura y las hacen suyas. Estos límites siempre se establecen dentro de
los términos fijados por un discurso cultural hegemónico basado en estructuras binarias
que se manifiestan como el lenguaje de la racionalidad universal y eterna. De esta forma, se
elabora la restricción dentro de lo que ese lenguaje establece como el campo imaginable del
género.
El género puede verse como cierto significado que adquiere un cuerpo ya sexualmente
diferenciado. Algunas teóricas feministas aducen que el género es “una relación” o incluso un
conjunto de relaciones y no un atributo individual. Y a su vez, en un movimiento que dificulta
todavía más la discusión, Luce Irigaray afirma que las mujeres son una paradoja, cuando no
una contradicción, dentro del discurso mismo de la identidad. Las mujeres son el “sexo” que
no es “uno”, el sexo que no puede pensarse, el sexo caracterizado por la ausencia y la opacidad
lingüística. En este sentido, las mujeres son el sexo que no es “uno”, sino “múltiple”. Al
contrario que Beauvoir, quien piensa que las mujeres están designadas como lo Otro, como lo
negativo de los hombres, la carencia frente a la cual se distingue la identidad masculina.
En este capítulo Butler introduce también la cuestión de la metafísica de la sustancia.
¿Qué es y cómo influye en la reflexión sobre las categorías atribuidas al sexo? En primer lugar,
las concepciones humanistas del sujeto tienen tendencia a dar por sentado que hay una persona
sustantiva portadora de diferentes atributos esenciales y no esenciales. Una posición feminista
humanista puede sostener que el género es “un atributo de un ser humano caracterizado
esencialmente como una sustancia o “núcleo” anterior al género, denominada “persona”, que
designa una capacidad universal para el razonamiento, la deliberación moral o el lenguaje” 6.
No obstante, la concepción universal de la persona ha sido sustituida como punto de partida
para una teoría social del género por las posturas históricas y antropológicas que consideran el
género como una relación entre sujetos socialmente constituidos en contextos concretos
(Irigaray). Esta perspectiva relacional o contextual, que señala lo que “es” la persona y, de

6
Ibid, pág. 60

5
VIZCAÍNO GUILLÉN, Alejandro Filosofía, género e igualdad (2019/2020)

hecho, lo que “es” el género, que siempre es relativo a las relaciones construidas en las que se
establece. Como un fenómeno variable y contextual, el género no designa a un ser sustantivo,
sino a un punto de unión relativo entre conjuntos de relaciones culturales e históricas
específicas.
Irigaray sostiene que el sexo femenino no es una “carencia” ni un “Otro” que
inherentemente define al sujeto en su masculinidad. Todo lo contrario. El sexo femenino
evitaría las exigencias mismas de representación, porque ella no es ni “Otro” ni “carencia”,
pues esas categorías siguen siendo relativas al sujeto sartreano y falogocéntrico. Así pues, para
Irigaray lo femenino nunca podría ser la “marca de un sujeto”, como afirmaría Beauvoir.
Asimismo, lo femenino no podría teorizarse en términos de una relación específica entre lo
masculino y lo femenino dentro de un discurso que viene ya dado, ya que aquí el discurso no
es una noción adecuada.
El resultado de divergencias tan agudas sobre el significado del género, divergencias
como si “género” es realmente el término que se debe examinar o si la construcción discursiva
relativa al sexo es, de hecho, más fundamental, o tal vez “mujeres” o “mujer” u “hombre” /
“hombres”; el resultado de estas disquisiciones hace necesario replantearse las categorías de
identidad en el ámbito de relaciones de radical asimetría de género. Para Simone de Beauvoir,
el “sujeto” dentro del análisis existencial de la cuestión de la misoginia, es siempre masculino,
y se distingue de un “Otro” femenino fuera de las reglas universalizadoras de la calidad de
persona, irremediablemente “específico”, personificado y condenado a la inmanencia.
De esta forma, el análisis de Beauvoir formula de manera implícita la siguiente
pregunta: ¿a través de qué acto de negación y desconocimiento lo masculino se presenta como
una universalidad desencarnada y lo femenino se construye como una corporeidad que no
es aceptada? Beauvoir afirma que el cuerpo femenino debe ser la situación y el instrumento
de la libertad de las mujeres, no una esencia definidora y limitadora. La teoría de la encarnación
en que se asienta el análisis de Beauvoir está restringida por la reproducción sin reservas de la
distinción cartesiana entre libertad y cuerpo. En consecuencia, toda reproducción sin reservas
de la diferenciación entre mente y cuerpo tenemos que replanteárnosla en virtud de la jerarquía
que viene implícita en los géneros que esa diferenciación ha creado, mantenido y
racionalizado7.

7
Ibid, pág. 64

6
VIZCAÍNO GUILLÉN, Alejandro Filosofía, género e igualdad (2019/2020)

Teorizar lo binario, lo unitario y más allá

¿Se puede reconocer una economía masculina monolítica y monológica que traspase la
totalidad de contextos culturales e históricos en los que se produce la diferencia sexual? Con
esta pregunta empieza Butler este apartado. La autora habla de hechos como el empeño de
incluir términos como “lo Otro” para referirse a la mujer, seña del falogocentrismo global que
se expone al autoexaltar lo masculino de esta manera tan totalizadora. Pero Butler también
critica en este apartado al propio movimiento feminista del momento que intenta imponer una
idea totalizadora de la “mujer”.
Por ello, acto seguido vuelve a atacar la categoría “mujeres” como algo incapaz de
abarcar a todas las “mujeres”, y la falsedad de la creencia de un feminismo universal y de un
patriarcado universal. “La crítica feminista, dice Butler, debe explicar las afirmaciones
totalizadoras de una economía significante masculinista, pero también ser autocrítica respecto
de las acciones totalizadoras del feminismo” 8. Explica además que insistir en la coherencia y
unidad de la categoría de las mujeres ha negado, en efecto, la multitud de intersecciones
culturales, sociales y políticas en que se construye el conjunto concreto de ‘mujeres’. La
obsesión del feminismo por crear una unidad de acción y demanda ha llevado a que se cree una
identidad “mujer” obviamente dentro de los límites culturales patriarcales que no puede tener
como fin la ampliación de los conceptos existentes de identidad.
La propuesta alternativa de Butler es una coalición abierta que “cree identidades
alternadamente”9 y que permita múltiples coincidencias y discrepancias sin obediencia a un
objetivo normativo de definición cerrada. El movimiento feminista sería pues un amasijo de
identidades sin un significante principal que las envuelva. Una propuesta interesante pero,
¿sería eficaz políticamente?

Identidad, sexo y la metafísica de la sustancia

Aquí, la filósofa carga contra la idea de identidad como algo continuo y coherente,
pues los conceptos de coherencia y unidad son normas de inteligibilidad socialmente

8
Ibid, pág. 66
9
Ibid, pág. 68

7
VIZCAÍNO GUILLÉN, Alejandro Filosofía, género e igualdad (2019/2020)

instauradas, no rasgos lógicos de la persona. Es decir, la idea de que una persona tenga ciertos
rasgos fijos o sea una cosa (por ejemplo, mujer u hombre) es una forma que tenemos de
entender al sujeto, de ordenarnos la realidad, pero no es en ningún caso algo real ni lógico.
Butler llama la atención aquí sobre las personas de sexo o género fluido, que no se
corresponden con las normas culturales imperantes mediante las cuales definimos a las
personas 10.
Esta teoría de la identidad remite de nuevo a Lacan, quien dice que la identidad de una
persona le viene de fuera. Por ejemplo, yo creo que soy un hombre, pero esa identidad me ha
venido de fuera, no está en ninguna esencia ni hormona ni nací con ella. Puedo conocer otros
hombres biológicos que no comparten mi identidad en absoluto, que creen ser otra cosa y por
ello lo son. Al ocupar una identidad imaginaria (o, más bien, al ocuparnos ella) actuamos,
pensamos y deseamos de acuerdo a ella. Y por otro lado tenemos el yo simbólico, es decir, el
lugar que ocupamos en la red de relaciones intersubjetivas que es la sociedad. Por ejemplo, un
profesor es un profesor en tanto lo sea para sus alumnos.
Se prohíben pues, en nuestras sociedades, la discontinuidad y el caos de la persona.
Se apela a una unidad personal, y se instaura una coherencia y una continuidad entre sexo,
género, práctica sexual y deseo. Lo normal de alguien con pene es que sea un hombre, que sea
masculino, que le gusten las prácticas sexuales masculinas y que desee a la mujer. No se
admitiría por tanto a una persona con pene que se sintiera mujer y a la que le gustasen tanto
mujeres como hombres, por poner un ejemplo. Es que esto rompería la unidad y coherencia de
la identidad 11
La idea de consecuencia es una relación política de vinculación creada por leyes
culturales. Un ser con pene es consecuentemente un hombre y consecuentemente le gustan las
mujeres. Hay una lógica, es como si de un rasgo saltásemos obligatoriamente a otro, y como si
solo existiese un camino. Esa idea de que un rasgo lleva a otro es una arbitrariedad cultural
según Butler. Nacer con pene no te hace hombre, ser hombre no hace que te gusten las mujeres.
En cuanto se deja algo de libertad social y se relajan las normas de género y sexualidad vemos
aparecer a no pocas personas que no encajan en los esquemas binarios (hombre/mujer,
heterosexual/no-heterosexual…) y a otros tantos que contestan la masculinidad y la feminidad.
A veces incluso basta un momento de relajación o el consumo de estupefacientes para que un

10
Ibid, pág 72
11
Ibid, pág. 74

8
VIZCAÍNO GUILLÉN, Alejandro Filosofía, género e igualdad (2019/2020)

ser que aparentaba ser una unidad de género y sexualidad muestre los subterfugios que
atraviesan su ser.

Butler en este apartado apela a Nietzsche (pensador que para algunos inicia la
deconstrucción e inaugura involuntariamente muchas de las temáticas que se están tratando),
concretamente habla de su obsesiva crítica a la metafísica, donde llegó a enunciar el concepto
de “metafísica de la sustancia”12. Esto es, una crítica de la noción misma de la persona como
una cosa sustantiva. Todas las categorías psicológicas (el yo, el individuo, la persona…) serían
causadas por la ilusión de una identidad sustancial. Esto tiene una implicación importante: el
sujeto, el yo, el individuo, serían tan sólo falsos conceptos que vienen de una ficción
lingüística. Esta ficción lingüistica es la idea de sujeto y predicado, una estructura que, lejos de
existir tan solo en el papel, condiciona nuestra visión del mundo. Entonces, ¿qué somos? Somos
lo que hacemos. No existe un yo que haga, existen actos, existe el hacer. Ese sujeto previo al
actuar es metafísico.
Butler lleva esto al género y establece una de sus más famosas ideas: el género es un
acto performativo. “El género conforma la identidad que se supone que es”, dice la autora. El
género (ser hombre o ser mujer) es un mero hacer, pero no un hacer por parte de un sujeto
previo a la acción, sino que el sujeto es mientras hace. Por decirlo simplemente: eres hombre
cuando actúas como un hombre. Y para acabar Butler cita a Nietzsche, el cual en su
famosa Genealogía de la moral expone que “no hay ningún ser detrás del hacer, del actuar, del
devenir, el agente (el yo) ha sido ficticiamente añadido al hacer, pero el hacer es todo”
Ya al final del apartado, la autora comenta lo paradójico que alguien con la mentalidad
de Nietzsche esté dando pie a una idea feminista tan subversiva y sentencia: “no existe una
identidad de género detrás de las expresiones de género; esa identidad se construye
performativamente por las mismas expresiones que, al parecer, son resultado de esta”13. Si
Beauvoir dice que la mujer no nace, sino que se hace, Butler diría que la mujer no nace, sino
que hace.

12
Ibid, pág. 77
13
Ibid, pág. 84

9
VIZCAÍNO GUILLÉN, Alejandro Filosofía, género e igualdad (2019/2020)

Lenguaje, poder y estrategias de desplazamiento

Aquí la autora nos presenta un debate entre dos feministas ya mencionadas: Wittig e
Irigaray. Para la primera el lenguaje es un instrumento que en ningún caso es misógino per se,
en su estructura, pero que lo es en un sistema patriarcal. Sin embargo, Irigaray opina que si
queremos evitar la “marca de género” (ser señalados binariamente como estando en uno u otro
género) debemos crear “otro lenguaje” o economía significante. También hace referencia al
papel del psicoanálisis en la construcción del binarismo de género.
A su vez, explica Butler que su objetivo es entender cómo se hace aceptable esta
relación binaria de los géneros y cómo hacen de una construcción cultural algo “real” y natural.
Dicho sea de paso, según la autora no podemos afirmar que el género es falso por ser
construido. La construcción social no equivale a falsedad, pues eso daría pie a pensar en un
“género absoluto y verdadero” sobre el cual se levantaría algo artificial. Y no olvidemos que
lo discursivo, que la construcción cultural, es la propia realidad. No hay nada más allá de la
construcción, o al menos nada “verdadero”, pues “las configuraciones culturales ocupan el
lugar de lo real” 14.

Y para finalizar el capítulo vuelve a referirse a la famosa afirmación de Beauvoir que


ya mencionamos al principio de la reseña de que no se nace mujer, sino que se llega a serlo, y
añade que esa idea implica que “mujer es un término en procedimiento, un convertirse, un
construirse del que no se puede afirmar tajantemente que tenga inicio o final”. Pese a que vemos
el género como algo congelado (“ella es una mujer”) en realidad esto es “una ficción
maliciosa”, pues el género, recordemos, es un actuar constante y que por ello está abierto a
la intervención y a la resignificación. O, dicho de otro modo: una mujer que actúe como
mujer (de eso se trata ser mujer) puede de repente actuar como un hombre y salirse de su
género, porque su ser-mujer no es algo congelado, algo fijo, sino unas formas de actuación que
pueden interrumpirse sin ningún problema.

14
Ibid, pág. 97

10

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