Historia, lengua, derecho común y equidad (El surgimiento del
derecho inglés)
History; language; common law and equity
Roberto Puig
Profesor Emérito de la Licenciatura en Traductorado Público, Facultad de
Derecho, Universidad de la República.
[email protected]
Resumen: Este trabajo trata del origen del derecho inglés, a partir de la
conquista normanda del siglo XI, en que la centralización oficial va
gradualmente cambiando y uniformando las instituciones, hasta crearse lo
corrientemente llamado “derecho común” (common law), complementado
posteriormente por otro sistema llamado “de equidad” (equity). A lo largo
de los siglos se va así configurando uno de los grandes sistemas jurídicos
actuales, en que se destaca la importancia del jurado y la del precedente.
Palabras clave: common law; equity; jurado; precedente; lenguaje;
judicatura
Abstract: This paper deals with the origin of English law as from the Norman
conquest of the 11th century, in which official centralisation gradually
changes and provides uniformity to the sundry legal institutions, this fact
leading to the creation of what is commonly called “common law”,
additionally supplemented later by another system called “equity”. Along
the following centuries one of the great present legal systems is thus
gradually created, in which the importance of the jury and precedent is to
be highlighted.
Keywords: common law; equity; jury; precedent; language; judicature;
history; language
Introducción
El derecho está siempre junto a nosotros en el ambiente que nos rodea, lo
advirtamos o no. Aún antes de los códigos más antiguos que se recuerdan,
las prácticas y las costumbres eran equivalentes a la ley. La historia del
derecho se refiere, por lo menos, al desarrollo de conceptos, doctrinas y
reglas que fueron creadas y utilizadas para mantener el orden en la
sociedad. Surgieron en tiempos de circunstancias específicas que deben ser
examinadas e interpretadas a la luz de tales tiempos y circunstancias. En
la historia jurídica, como en la general, los primeros esfuerzos del
investigador se dirigen habitualmente a descubrir lo que sucedió. Luego, el
porqué de lo ocurrido. Las conclusiones del primer problema están siempre
sujetas a que nuevos hallazgos las modifiquen o desvirtúen; las del
segundo son también inseguras, porque el conocimiento de los elementos
que ayudan a la interpretación se amplía. Las conclusiones definitivas
pueden, entonces, ser difíciles de alcanzar. Mas la historia ayuda y enseña,
y nos da mejores fundamentos para actuar. Con referencia al derecho de
Inglaterra, los hechos son muchos y complejos. Siglos han transcurrido
desde sus comienzos. Sólo es posible aquí una breve reseña; trataremos
solamente de las generalidades. Para empezar, entonces, volvamos a la
Edad Media.
Después de la Conquista Normanda y hasta bien entrado el siglo dieciocho,
Inglaterra fue predominantemente un país agrícola. Bajo los normandos la
economía era la de la comunidad que se autoabastecía. Salvo por Londres
y los puertos de mar como Bristol e Ipswich, las ciudades eran pocas e
insignificantes, y no se concebían diferencias urbanas y rurales. Guillermo
el Conquistador (1027-1087) fue coronado en la Abadía de Westminster en
la Navidad de 1066. Había invadido Inglaterra dos meses antes. No era la
primera vez que sucedía tal cosa; anteriormente las islas habían sufrido
otras incursiones y ocupaciones, desde las de los pueblos celtas, que
precedieron a los romanos y germánicos como anglos, jutos, sajones, y
luego vikingos, etc.; pero fue, en cambio, la última, puesto que en los siglos
siguientes, más lejanos o cercanos a nosotros, otros personajes lo
intentaron, sin lograrlo (Felipe II, Napoleón, Hitler). El país no era, por
cierto, ningún erial o lugar salvaje; por el contrario, poseía un sistema de
gobierno bastante bien definido, si bien fragmentado, que contaba con
normas jurídicas y tribunales, cuyos valores sociales básicos eran comunes
entre los pueblos germánicos. Durante la dominación romana había regido
en Inglaterra el derecho del Imperio, pero luego de las invasiones sajonas
del siglo V fue sustituido por el sistema con que se encontraron los
franceses al llegar en el siglo XI. Los elementos romanos o romanizantes
que surgieron después fueron, entonces, no el resabio del derecho de los
anteriores ocupantes romanos sino el resultado de la influencia del derecho
canónico y de los estudios de derecho romano de algunos jueces y
jurisconsultos, en plena época normanda. En tanto que invasor, Guillermo
se sintió como el legítimo ocupante del trono, pero aun así no hubiera
podido fácilmente arrasar el sistema jurídico allí existente; los franceses no
tenían tampoco demasiado con qué sustituirlo. Pero sí quiso organizar el
gobierno de las tierras conquistadas según el sistema que había dado sus
frutos en Normandía, es decir, el sistema feudal basado en la propiedad de
la tierra. Dividió a ésta entre los 5000 caballeros que habían combatido en
Hastings, que le habían jurado fidelidad y aportado hombres a su servicio.
Era característico de Guillermo darle un aspecto de justicia a las acciones
más arbitrarias. Así, para distribuir bienes entre sus compañeros invasores
tenía que robar a los sojuzgados; pero lo hizo con la debida propiedad,
privando primero a los traidores de sus tierras (traidores eran los que
habían combatido junto a Haroldo II, el rey sajón que había sido vencido
tras un breve reinado); por cierto, una ficción jurídica. Sobrevive un
maravilloso testimonio, sin embargo, de los acontecimientos del momento,
hecho quizás alrededor de 1077, posiblemente en Inglaterra más que en
Francia, sumamente apreciado en el mundo del arte: es el famoso tapiz de
Bayeux. Hay cierta incertidumbre acerca de quién lo hizo. Se le suele
atribuir a la esposa de Guillermo, Matilde (que, curiosamente, no aparece
en él, quizás por figurar en alguna parte que ya no se conserva), aunque
más probablemente haya sido encargado por el medio hermano del
conquistador, el Obispo Odo de Bayeux. La tela, que actualmente –puesto
que algunos trozos finales se han perdido– cuenta con unos 68 metros de
largo por 53 centímetros de ancho, y comprende más de sesenta escenas
bordadas que muestran a los principales personajes, Eduardo el Confesor
(c. 10031066), el último rey sajón de la vieja línea, Haroldo y Guillermo, y
muchos otros, gobernantes, soldados, siervos, labriegos, artesanos, junto
con cientos de animales e implementos varios, buques también, es decir,
el pueblo de la época, con leyendas en latín; en una palabra, la vida como
era hace tantos siglos. Podemos incluso ver en él al cometa de Halley,
considerado entonces como una maravilla, e interpretada como de mal
agüero, aparecido en el mismo año de la batalla. En resumen, esta tela
pinta una asombrosa historia en forma de secuencia, que comienza antes
de la conquista y termina con la huida de las fuerzas sajonas de Hastings,
derrotadas por los franceses. Puede también considerarse como un
manifiesto político, una representación llevada a cabo claramente desde el
punto de vista normando, que glorifica la victoria del invasor. El análisis de
la misma revela aspectos sumamente curiosos, porque, por ejemplo, los
soldados figuran inicialmente sin mayor actividad, pero luego de aparecer
Guillermo se les muestra cumpliendo sus tareas. Se les ve en el combate y
en el trabajo, en un período que abarca unos dos años, desde que Haroldo
se encamina a Normandía en 1064, hasta que sin detenerse los
acontecimientos, sus fuerzas caen derrotadas en Hastings en 1066 bajo las
armas de la flota invasora. La distribución formal de los elementos llama
asimismo la atención. Lo que a nuestros ojos pueden parecer siluetas
deformadas o demasiado alargadas en ciertos casos, obedece a que en
aquella época se consideraba un medio estilístico que otorgaba elegancia y
distinción. Muchas escenas se inspiran en motivos usuales del momento,
tal como se ven en la iluminación de los libros. Se advierte quizás una cierta
inspiración bizantina en la forma narrativa que adopta, que revela
muchísimos detalles no sólo de la vida cultural e histórica, sino de la misma
existencia cotidiana. Las secuencias están separadas mediante estilizados
elementos paisajísticos y arquitectónicos, que no alteran el flujo narrativo,
sino que preparan las escenas siguientes. La historia posterior de este
maravilloso documento gráfico textil tuvo también sus vicisitudes; fue
empleada para diversos usos, incluso para cubrir carros, en el siglo XVIII;
se la trasladó varias veces a otros lugares para protegerla de las diversas
guerras que asolaron al país –en la segunda mundial se custodió en París–
, hasta volver a Bayeux, donde se expone actualmente en el Centro
Guillaume le Conquérant. Un interesante e importante resultado de la
conquista normanda –que, por otra parte, llevó algún tiempo consolidar–
fue el surgimiento de la lengua inglesa. Las clases altas hablaban francés
en Inglaterra, y los ingleses sintieron la influencia también de la música y
la literatura de Francia, así como de la forma feudal de vida de esta nación.
A resultas de Hastings, la lengua anglosajona, el habla de Alfredo y de Beda
el Venerable, quedó apartada de los palacios, cortes y claustros, y fue
objeto de desprecio como jerga de campesinos, como el habla de siervos
ignorantes. Cesó casi de ser una lengua escrita. Los educados y los
pedantes perdieron todo interés en sus formas, puesto que los clérigos
hablaban latín y los gentilhombres francés. Las clases gobernantes, la
corte, los señores y jueces hablaban francés; el alto clero hablaba francés
y latín, y su habla era conservadora. Hasta el día de hoy se utilizan en
Inglaterra algunas arcaicas fórmulas de los reyes normandos. Los
representantes locales del rey y los señores tenían que hablar ambas
lenguas simultáneamente, mientras que la gente común hablaba inglés,
lengua que casi durante tres siglos careció prácticamente de literatura o
gramática. Ahora bien, cuando una lengua raramente se escribe y no es
objeto de interés para los eruditos o los estudiosos, rápidamente se adapta
en la boca de la gente común a los usos y necesidades de la vida. Esto
puede ser bueno o malo, según las circunstancias. Si la gramática es tosca
y carente de gracia, puede ser alterada tanto más fácilmente cuando no
hay gramáticos que protesten. Y así sucedió en Inglaterra. Durante los tres
siglos en que la lengua fue un dialecto campesino, perdió sus embarazosas
inflexiones y elaborados géneros, y adquirió la gracia, flexibilidad y
adaptabilidad que son sus más grandes méritos; de tal suerte simplificada,
se desarrolló rápidamente. Al mismo tiempo, se vio enriquecida con muchos
vocablos e ideas francesas; es un hecho bien conocido que el vocabulario
inglés es fundamentalmente francés en palabras referentes a la guerra, a
la política, religión, caza, cocina y arte. Muchas palabras francesas se
convirtieron en inglesas con poco o ningún cambio: términos eclesiásticos,
como prior, chapel, mass, charity, grace (prior, caoilla, misa, caridad,
gracia); militares, como tower, standard, castle, peace (torre, estandarte,
castillo, paz). Si nos volvemos al inglés jurídico, no puede imaginarse sin
palabras como court, crown, prison, justice, debt, contract, heir, trespass,
pay, money, jury (corte, corona, prisión, justicia, deuda, contrato,
heredero, intromisión o infracción, jurado, dinero). Así mejorada, la lengua
nativa gradualmente fue ingresando en la sociedad pulida y culta, como el
inglés de los Cuentos de Canterbury de Chaucer y la Biblia de Wycliff
(ambos del siglo XIV), para ser ulteriormente más enriquecida con el inglés
de Shakespeare y Milton en los siglos siguientes. En la Inglaterra medieval
la vida era local más que nacional, y la unidad económica, y en gran parte
para la ley y la política, era la hacienda solariega o señorío, la manor,
palabra que designa a una gran casa en el campo, rodeada de tierra que le
pertenece, o una zona de terreno con una casa. La gente común que vivía
en tales haciendas tenía que servir al señor como granjeros, no como
soldados, a menos que el rey les pidiera que lo hicieran. Había igualmente
una pequeña clase de hombres libres allí. Cada señorío tenía su señor, o
bien el propio rey o algún súbdito, laico o religioso, que tenía directamente
del rey la obligación de servicio. La expresión “señor de la casa”, lord of the
manor tiene un sabor literario familiar también. La organización interna de
esta hacienda reflejaba a la vez la incidencia de las obligaciones feudales y
de la economía de una comunidad de granjeros labradores. Una parte de
la tierra podía ser entregada a un tenedor para que la tuviera por servicios
similares a los que el señor debía a su propio superior. El derecho común
inglés medieval, como el derecho romano, organizaba o regulaba
solamente dos clases de hombres –los libres y los no libres. La cuestión del
estatus de libertad era siempre asunto de las cortes reales. Aunque los
jueces favorecían la libertad, la distinción entre el estado libre y no libre se
mantuvo durante siglos. La mayor parte de la población estaba constituida
no por esclavos sino por villanos, si bien atados a la tierra, sin integrar la
sociedad feudal o estar comprendidos en el derecho feudal, unidades no de
un estado sino de un señorío. Un rasgo singular de la economía medieval,
sin embargo, unía al señor, al tenedor libre y al villano en un interés común.
La agricultura era asunto comunal; el arado era arrastrado por bueyes que
podían pertenecer a varios campesinos, el ganado podía ser alimentado
indiscriminadamente sobre tierras sin propietario oficial, y los cerdos hurgar
su comida en bosques a cargo de un cuidador de la aldea. Un principio del
feudalismo inglés era que todo hombre que tuviera inquilinos o tenedores
a su cargo en tierras suyas por y según cualquier tipo de tenencia tenía el
derecho, y por cierto el deber, de organizar algún tribunal para tales
tenedores, en el que debieran resolverse cualesquiera disputas que
pudieran surgir entre los mismos. En los procedimientos de cada uno de
esos tribunales, como en un espejo, se reflejaban las múltiples facetas de
su pequeño mundo. La jurisdicción privada es el derecho de tales dueños
de tierras de establecer un tribunal de justicia; era un tipo de privilegio. Y
tales tribunales, entre ellos los señoriales, por ejemplo, se llamaban
tribunales de franquicia, franchise courts. En realidad, el rey medieval era
el único terrateniente, siguiendo la idea normanda: todos los súbditos
“tenían” su tierra a cambio de obligaciones definidas y continuadas. La
tenencia por servicios, militares, espirituales o económicos, los poderes del
caballero, las plegarias del monje o la labor del inquilino con obligaciones
(socager), constituían la esencia del ideal feudal, el fundamento del
ejército, la explicación de sus finanzas y el principio de su derecho, y la
estructura de la sociedad era la suma total de la relación del señor y el
hombre expresada en términos de la tierra. Los jueces no se conocían antes
de la Conquista. Los tribunales se componían de laicos llamados suitors,
que respondían a cuestiones de derecho sobre la base de su conocimiento
de las costumbres locales. Según la ley feudal, un suitor era una persona
que debía asistir al tribunal de su señor, especialmente como obligación de
su tenencia, y actuar como juez asistente o asesor (assessor) de un juez o
magistrado en cuestiones técnicas. Estos asesores eran útiles porque
Guillermo había prometido respetar las antiguas leyes inglesas. Sus
agentes (sheriffs) normandos, que no las conocían, tenían que ser
informados acerca de las mismas para cumplir con su deber. La palabra
suitor, por su parte, luego pasó a designar al litigante, especialmente al
actor. Los jefes de esos organismos –los reeves, sheriffs, señores y
administradores (stewards)– meramente presidían. El derecho no era aún
un cuerpo especializado de conocimientos que necesitara jueces
profesionales. El Conquistador entonces, conservó las instituciones
anteriores en cuanto servían a sus planes; entre otras cosas, no suprimió
los tribunales de los señoríos, pero sí los controló. De hecho, la ley
normanda no era muy diferente en la práctica de la ley anglosajona, pero
en materia de administración los normandos estaban mucho más
adelantados que sus contemporáneos ingleses. Los tribunales al tiempo de
la Conquista eran los tribunales comunales de los condados (shires), y
hundreds, así llamados en el sur del país (wapentakes en el norte) por tener
una base territorial de 100 medidas de tierra, bastantes para una familia,
los tribunales señoriales y los de distrito, prácticamente sin ningún control
de la autoridad central. La corte del rey era la Curia Regis, cuya actividad
en el reinado del Conquistador y sus hijos estuvo principalmente dirigida a
los asuntos que afectaban directamente los intereses reales, especialmente
el cobro de tributos, pero que posteriormente habría de desempeñar un
papel muy importante.
Tabla de significados de algunos de los nombres de los diferentes
institutos y personajes del momento citados en este trabajo:
Assessor – juez o magistrado, asistente y asesor en cuestiones técnicas.
Borough – burgo, comunidad, distrito, generalmente con gobierno local.
Borough Court – tribunal del burgo.
Constable – funcionario jerárquico administrativo y/o militar principal de
una casa.
Craven – cobarde, blando.
Danelaw - región norte, central y oriental de Inglaterra colonizada por los
daneses.
Demesne - propiedad de tierra, con casa habitación, no arrendada o
cedida a tenedores.
Eyre – viaje en un circuito determinado.
Franchise Court – tribunal de franquicia.
Hide – medida de la tierra, de superficie variable, de alrededor de 4000
m2, estimada suficiente para mantener una familia libre con sus
dependientes.
Hundred – división territorial de un condado, equivalente a 100 hides, que
solía poseer un tribunal.
Hundred and Shire Courts – tribunales de zonas y de condado. Justiciar –
regente y delegado de los reyes normandos y primeros Plantagenets, que
presidía el tribunal real.
Justiciary – juez, administrador de justicia, esp. Chief Justiciary.
Laches – negligencia y demora en hacer cumplir un derecho “equitativo”.
Manor – señorío; casa solariega. Reeve – funcionario con jurisdicción local
bajo el rey anglosajón; magistrado principal de un distrito.
Seigniorial – señorial.
Seigniorial Courts – tribunales señoriales.
Serf – siervo. Sheriff – (< shire reeve) funcionario o agente representante
del rey en los condados, con funciones judiciales y deberes ceremoniales.
Shire – condado.
Socage – tenencia especial de tierras, que implica servicios no militares
fijos y determinados para con un superior.
Socager – tenedor de “socage”.
Steward – funcionario de la casa real con cometidos administrativo y de
supervisión semejantes a los de otras casas comunes; supervisor,
asistente de un funcionario municipal. Suit – asistencia de un tenedor de
tierras inicialmente, con testigos y seguidores del litigante; luego, juicio.
Suitor – tenedor de tierras que asiste al tribunal de su señor, también
como asesor; posteriormente, actor o demandado.
Villein – villano, campesino sujeto a su señor o agregado al señorío.
Wapentake – en el norte, subdivisión de territorio llamada “hundred” al sur.
El sheriff era el representante del rey en cada condado, que tenía la
jerarquía de señor (lord). Regía los tribunales distritales sin interferencia
de la Iglesia, porque Guillermo había dado a los obispos sus propios
tribunales. Esto permitió a la ley común a todos (common law) que se
desarrollara libremente, mientras que los tribunales eclesiásticos estaban
ligados a las leyes de Roma. Los tribunales de condado asumían casos
importantes, pero los de los señoríos, o manors, trataban asuntos locales,
y aun los señores tenían sus propios tribunales para proteger sus intereses
feudales. Los sheriffsnormandos de Guillermo y los terratenientes no
conocían el derecho, de modo que un grupo de personas de la localidad
tenía que asistir a esos tribunales en calidad de asesores. La Curia Regis, a
su vez, estaba primariamente compuesta de tenedores-enjefe (tenants-in-
chief oin-capite), vasallos tenedores de tierras, tanto laicos como
eclesiásticos, y como tal era un organismo de cierta envergadura, que
sesionaba a intervalos irregulares, unas tres veces por año cuando el rey
estaba en Inglaterra. Pero el soberano contaba asimismo con otro cuerpo
menor, el llamado Consejo del Rey, integrado por unos pocos individuos de
confianza –el juez superior (justiciar), el Canciller, un funcionario de
jerarquía administrativa y/o militar (constable, en español literalmente
condestable), algunos tenientes en jefe laicos o religiosos, y quizás algunos
miembros de la casa real– para la transacción de los asuntos diarios. El
cargo de justiciar, personaje que podía asimismo presidir la Curia Regis,
dejó de existir con Enrique III (S. XIII). En un sentido, eran también
tribunales de equidad mucho antes de que la Cancillería comenzara su
actividad judicial, que más tarde se distinguiría de la de los tribunales de
derecho común, especialmente a partir del siglo XIV. No había una
diferenciación clara entre los poderes y funciones de estos dos organismos;
pero en el curso de los siglos el principal habría de evolucionar para
constituir el Parlamento, y el otro los tribunales más pequeños de derecho
común y equidad, y más tarde el Consejo Privado y las modernas
dependencias del gobierno. La gran hazaña inicial de la Curia Regisfue la
compilación en 1086 de un relevamiento general de toda Inglaterra, un
documento omnicomprensivo llamado Domesday Book (literalmente, el
“Libro del Día del Juicio Final”, así llamado por considerársele tan autorizado
y digno de fe como el citado día), que es un registro catastral elaborado
principalmente para evaluar los impuestos a la tierra, o contribución
inmobiliaria, como decimos, pero que es asimismo un libro de referencia
para la población, escrito en latín. Menciona 13.418 lugares y en ellos están
inventariados 15.000 feudos o señoríos y 200.000 hogares. Los
procedimientos en los tribunales reales se iniciaban invariablemente por
writs, formalmente definidos como órdenes reales, provistas del Gran Sello,
que suelen además llevar un nombre según su contenido, fundadas en un
principio de derecho, usualmente dirigidas al sheriff del condado en que
surgía la disputa o causa de acción o donde residía el demandado, y a veces
al señor feudal cuyos tenedores eran los litigantes, ordenándole que hiciera
comparecer a la parte demandada ante el tribunal del rey en fecha cierta
para contestar la demanda o queja. El número de estos documentos
aumentó en cantidad y variedad, a fin de adaptarse a las nuevas
circunstancias de las que el tribunal deseaba tomar conocimiento; los writs
se emplean mucho todavía hoy. Mediante estos procedimientos los súbditos
podían instaurar muchos tipos de acciones en el tribunal del rey más bien
que ante los tribunales locales y particulares. Poco a poco se fueron creando
nuevos recursos, nuevas formas de litigar, nuevas formas de acción, en
detrimento de la actividad de los antiguos tribunales feudales y
eclesiásticos. Al mismo tiempo, el procedimiento por jurado se fue
introduciendo subsiguientemente, como veremos. Hablando en general, las
reglas del common law estaban impregnadas del principio de que el dinero
era la cura de toda lesión jurídica. A menos que la compensación fuera el
fundamento de la demanda, había pocos casos que el common lawtenía
posibilidades de atender. El remedio usual era, entonces, el pago de una
suma de dinero, “daños y perjuicios monetarios”, hecho que, con todo, no
era a veces la mejor solución. Finalmente, el tribunal real, la Curia Regis,
se dividiría para dar lugar a tres tribunales principales: el primero es el
tribunal fiscal, Court of Exchequer (literalmente, “Tribunal de los Escaques”,
o del “Damero”) a cargo de los asuntos financieros, cuyo nombre deriva del
diseño con cuadrados del tapete de la mesa sobre la cual los sheriffs tenían
que presentar cuentas, marcado con líneas horizontales cruzadas por siete
verticales, para los peniques, chelines, libras, decenas de libras, cientos,
miles y decenas de miles de libras. (Debe recordarse que el signo “0”, ese
ingenioso símbolo oriental, no era todavía conocido a los ingleses). El
segundo era el Tribunal de Causas Comunes, o Corrientes (Court of
Common Pleas), y el tercero era el Tribunal del Banco del Rey –que en
español no tiene mayor significado, aunque “bench” en inglés designa, a su
vez, al grupo de magistrados actuantes en un tribunal– (Court of King’s
Bench), o Tribunal Real, el de mayor jerarquía. Cuando Guillermo falleció,
dejó Normandía a su hijo mayor, Roberto (Robert), e Inglaterra a su
segundo hijo, Guillermo II (William, llamado también Rufus, o Rufo), que
no era exactamente una buena persona –era un patán, bastante rapaz
también– pero tenía interés en el derecho, y construyó Westminster Hall
en Londres, que fue la sede nacional de justicia hasta el siglo XIX. Cuando
Rufus murió en 1100, su otro hermano, Enrique (Henry) I (1068-1135) –el
más joven y único hijo de Guillermo el Conquistador nacido en Inglaterra–
que era un conspicuo jurista, tomó su lugar. Su primer pensamiento fue el
de reunir Inglaterra y Normandía, lo cual hizo en 1106, derrotando a
Roberto y apoderándose de Normandía. Enrique II (1133-1189), nieto del
anterior, hombre culto y activo, nacido en Francia, donde pasó casi las dos
terceras partes de su turbulento reinado de treinta y cinco años, suele ser
recordado como el monarca más importante de la historia jurídica de
Inglaterra, por su reforma de los tribunales y sus funciones, pero también
más especialmente por su dudosa vinculación con el asesinato del obispo
Tomás Becket, en una época de grandes tensiones religiosas entre la Iglesia
y el Estado. Fue en su momento el rey más poderoso de Europa; sus
dominios en Francia eran muy superiores al de los reyes franceses;
Inglaterra poseía allí tierras que llegaban hasta los Pirineos en los tiempos
de mayor extensión. El common law le debe mucho. Hizo a ingleses y
normandos iguales ante la ley. Sus funcionarios itinerantes –algunos de
ellos conocidos como justices-in-eyre (el eyreera un viaje en un circuito
predeterminado)– controlaban la labor de los sheriffs y sus tribunales.
Inicialmente sus sentencias se basaban en las costumbres locales, de modo
que así la ley difería de lugar en lugar; además, los tribunales tenían
jurisdicción concurrente y competitiva, pero el procedimiento formal de los
antiguos tribunales de condado y hundreds siguió estando en gran parte
incambiado durante un tiempo. Cuando el rey enviaba a sus propios jueces
a hacer jiras regulares por el país, cualquier hombre libre podía
presentarles su caso, si no confiaba en los tribunales locales. Los delitos
más graves, como el homicidio, los hurtos de entidad y los casos de
disputas sobre tierras sólo podían tratarse por jueces reales, es decir,
funcionarios del rey, el dispensador de justicia, y no meramente a
instancias de la parte lesionada, como en casos menores, de modo que los
señores no podían ya utilizar sus propios tribunales en beneficio propio.
Estos jueces crearon gradualmente un sistema de decidir casos en base a
principios generales, frecuentemente apoyándose en sus opiniones
personales sobre la justicia natural, de modo que poco a poco la misma ley
se fue aplicando en todo el territorio, por lo cual se vino a llamar “common
law”,ley o derecho común, administrado por un fuerte gobierno central, que
jerárquicamente estaba por encima de los usos locales y señoriales. Con
todo, hacia fines del siglo XII, tales jueces eran hombres con verdaderos
conocimientos de derecho; viajando de lugar en lugar administraban la
misma ley dondequiera que fueran. Esto podría parecer obvio ahora, pero
luego de las prácticas usuales en los tiempos de los gobernantes sajones
era un cambio, ciertamente; así, resulta adecuado llamarlo “derecho
común”, porque se utilizaba en todas partes. Corresponde agregar,
además, que por esa época existió un jurista que llegó a ser juez superior
(chief justiciary) y asesor de Enrique II llamado Ranulf de Glanvill, fallecido
en 1190 y autor del posiblemente primer tratado que lúcidamente expone
las leyes del reino, titulado Tractatus de Legibus et Consuetudinibus
Angliæ, que vio la luz alrededor de 1187. Posteriormente, los jueces
adoptaron la costumbre de expresar en qué principios generales se basaban
sus fallos. Esta práctica de hacer constar por escrito las razones de sus
sentencias era entonces un paso revolucionario, especialmente útil en los
comienzos de la administración real. Más tarde, sin embargo, tales breves
constancias de razones hicieron posible a los jueces decidir casos
posteriores de naturaleza semejante teniendo delante de sí los principios
en que se habían basado decisiones o sentencias anteriores. Este
procedimiento de remitirse a los principios generales de las sentencias de
casos precedentes y continuar empleándolos, conocido después como la
“doctrina del precedente” (stare decisis), habría de convertirse en la base
del derecho angloamericano. No obstante, la verdadera difusión de los
informes de los casos no pudo desarrollarse sino hasta los comienzos de la
imprenta, en el siglo XV. La nueva clase de jueces del período al que me
estoy refiriendo, se interesaba asimismo por la forma en que se
desarrollaba el derecho, y la clase de castigos que se empleaban. Desde
los tiempos anglosajones habían existido dos maneras de decidir los casos
difíciles cuando no quedaba claro si un hombre era inocente o culpable. El
acusado podía ser examinado mediante la “ordalía” o en combate contra
un contendiente hábil. En los casos penales el juicio se llevaba a cabo por
medio de la ordalía. Era ésta una supersticiosa práctica judicial según la
cual se determinaba la culpa o inocencia del acusado sujetándolo a una
experiencia siempre desagradable, a menudo peligrosa. La ordalía
mediante prueba física (una entre varios tipos), particularmente por el
fuego o el combate, era la más común. En el primer caso, el acusado tenía
que sostener en la mano o en la lengua un trozo de carbón encendido o de
hierro al rojo (el origen es pagano, adoptado por los cristianos luego). Si la
herida sanaba tres días después, el individuo era hallado inocente; si no,
culpable. Por el agua, el infeliz era sumergido durante un tiempo, y si se lo
sacaba vivo, era inocente; si no, culpable. (Lo opuesto podía también
sostenerse como verdadero, pensando en las bendiciones de la vida del
más allá). Si la ordalía era por combate, o combate ritual, institución
normanda que se adoptó, se decía que el vencedor ganaba –cuando su
oponente moría o gritaba “Craven” (palabra de desgracia y oprobio, que lo
sindicaba como no aguerrido, cobarde, blando), lo cual significaba que
admitía la derrota– no por su propia fuerza o debilidad sino porque poderes
sobrenaturales habían intervenido a su favor si tenía razón; era un judicium
Dei, un juicio de Dios. Si todavía permanecía con vida después del combate,
el vencido podía ser colgado o quemado en castigo por un delito penal, o
se le cortaba una mano o se confiscaban sus bienes en acciones civiles.
Como puede verse, estos métodos bárbaros resultaban quizás a menudo
en un veredicto erróneo, frecuentemente en una sentencia injusta, en
mutilación o muerte. Tales crueles prácticas dieron resultado mientras la
gente creyó en ellas, pero para fines del siglo XII, habían dado lugar a
serias dudas, y duraron hasta que fueron suprimidas por orden de las
autoridades de la Iglesia en 1215, el mismo año de la Carta Magna. El Papa,
en consejo, prohibió a todos los clérigos que tomasen parte en ellas,
prohibición que los más acataron. Pero Enrique había impedido, o tratado
ya de impedir, la ordalía por combate en casos privados, porque esto
permitía que un rudo y fuerte combatiente tratara y zamarreara a sus
oponentes como quisiera. Otro método anglosajón para zanjar pleitos era
la compurgación, es decir, un hombre probaba su caso trayendo amigos y
parientes en número suficiente como para jurar que creían en su juramento
de inocencia. Afortunadamente, todo esto fue reemplazado por el sistema
de jurados de Enrique, uno de los más importantes logros de la época, y
una característica típica del common law, que aportaba ulteriores garantías
al litigante. El jurado era un grupo de personas que ayudaban al juez en el
tribunal. Pero no era el jurado que conocemos hoy. Actualmente escucha a
los testigos y evalúa la prueba para decidir si el interesado es culpable o
no, pero esta práctica no se desarrolló hasta el siglo XV. En los días de
Enrique los miembros del jurado eran los propios testigos, y nadie podía
ser juzgado a menos que un jurado de doce miembros jurara que había
causa justa para proceder contra él. La idea del jurado databa de los
daneses de Danelaw –que así se llamaba la región norte, central y oriental
de la Inglaterra anglosajona, colonizada por los ejércitos daneses invasores
en el siglo IX– y anteriormente de la corte de los reyes carolingios de
Francia, pero el instituto había sido utilizado en disputas acerca de la
propiedad de la tierra. Enrique II (nieto del Conquistador, nacido en 1133,
que reinó entre 1154 y 89), cuyo prolongado gobierno fue notable en la
historia del derecho inglés, como se ha dicho anteriormente, ya había
introducido el uso de los jurados para algunos casos en la segunda mitad
del siglo XII. En 1179 permitió a un acusado en algunos casos reclamar
“juicio por jurados”; el interesado podía elegir a doce vecinos, “doce buenos
hombres y veraces”, que le ayudarían a probar que no era culpable.
Lentamente, durante la Edad Media, la labor de estos jurados evolucionaría,
como se dijo antes. Mas es preciso hacer una distinción: los jurados eran
de dos tipos: el llamado “Petty o Petit Jury” y el “Grand Jury”. Este último,
reconocido ya en las sesiones de Assizes de Clarendon a mediados del siglo
XII (1166), se componía de un número impar de caballeros, que presentaba
casos de delitos, originariamente de su propio conocimiento, y más tarde
por otros medios; tenía carácter acusatorio, no juzgaba sino que veía si
había méritos para proseguir la acción; no decidía cuestiones de
culpabilidad o inocencia. Dada su naturaleza y su menor interés, no aparece
nunca en las películas, a diferencia del otro, pero sigue existiendo en
Estados Unidos, habiendo sido abolido en Inglaterra antes de mediados del
siglo pasado (1932). El primero, más conocido, que existió en nuestro país,
sí responde a las cuestiones de culpabilidad o inocencia, responsabilidad o
no responsabilidad; el segundo, en cambio, meramente determina hoy si
hay prueba suficiente para garantizar un juicio penal. Esta institución del
jurado está claramente consagrada, además, en la propia Constitución de
Estados Unidos en su Artículo III y Enmiendas VI y VII. Prácticamente,
aquellos jurados no tenían educación jurídica. Eran gente ordinaria, que se
valía del sentido común. Debe notarse que nunca se les requería en casos
de equidad, y de que su tarea estaba –y está– limitada a la decisión (que
se llama veredicto),es decir, verum dictum, que en latín significa “dicho
verdadero”) de cuestiones de hecho, –a saber, decir si el acusado es
culpable o no-, pero no de derecho, que corresponden al juez. Puede
agregarse, naturalmente, que los veredictos no crean precedentes. Pronto
resultó obvio, también, que los jurados necesitaban alguna guía. A resultas
de esto, las escuelas de derecho crecieron a fines del siglo XIII, produciendo
abogados que podían asesorar a los jurados acerca de sus cometidos,
incluso en algunos temas de derecho, sobre los cuales no habían de
pronunciarse, a fin de comprender debidamente el sistema. En la época
sajona, cada distrito tenía sus leyes y costumbres, y la justicia a menudo
había sido asunto de familia. Después de la conquista normanda se permitió
a los nobles administrar justicia entre las aldeas y las gentes de sus tierras.
Tenían libertad para actuar más o menos como les parecía bien. Los delitos
más graves, sin embargo, se ventilaban en los tribunales del rey. La justicia
moderna es en Inglaterra justicia real; la justicia medieval no era el
monopolio de persona alguna, por más encumbrada que fuera, sino que
estaba parcelada entre una diversidad de tribunales y juzgados dentro de
una diversidad de costumbres, y el juez real en el mejor de los casos era
el primus inter pares. El rey medieval era el responsable de la ley y la
justicia. Pero los reyes usualmente tenían que dejar la administración de
este importante rubro a alguien que viviera cerca del lugar donde había
ocurrido el delito. En el siglo XII, Enrique I introdujo la idea de que todos
los delitos, aun los ocurridos dentro de la familia, no eran ya cosa de familia
sino un quebrantamiento de “la paz del rey”, como se dijo antes. Era, por
ende, el deber del rey juzgar y castigar a la gente, por ser el responsable
de la ley y la justicia. Al comienzo, los nobles actuaban por el rey en sus
propias tierras, pero Enrique quería que se empleara el mismo tipo de
justicia en todas partes. Por eso nombró a una serie de jueces que viajaban
de lugar en lugar administrando justicia, como ya se anotó. (Jueces “de
circuito” existen en la actualidad, aunque con otras funciones, en los
Tribunales de la Corona). Trataban tanto de delitos como de desacuerdos
sobre bienes. De este modo, el rey fue apropiándose de la administración
que ejercían los nobles. En la Edad Media, al principio los jueces reales
carecían de conocimientos especiales o de capacitación. Se confiaba
simplemente en que utilizaran el sentido común. Muchos de ellos eran
nobles u obispos que seguían directamente las órdenes del monarca. No es
sorprendente que la calidad de los jueces dependiera de la elección del rey,
pero el citado Enrique II, el rey inglés más poderoso del siglo XII, era
conocido en Europa por el alto nivel de sus tribunales. “La prueba
convincente de la fuerza de nuestro rey” escribió alguien, “es que
quienquiera tenga una causa justa quiere que se la tramite ante él, y
quienquiera tenga una débil no acude a menos que lo traigan a rastras”. Al
mismo tiempo, Enrique aumentó el prestigio de la lengua francesa en la
corte y su desarrollo en círculos literarios y culturales. Sin embargo, a lo
largo de los siglos siguientes, poco a poco la lengua francesa va perdiendo
sus privilegios, convirtiéndose en una “lengua que se aprende por razones
de prestigio”. Durante la Guerra de los Cien Años, esa larga disputa (1337-
1453) acerca de las posesiones inglesas en Francia, se le da el golpe de
gracia, y los gobernantes franceses son expulsados de Inglaterra; no
obstante, se la emplea todavía en el Parlamento. En 1356, los alcaldes y
regidores de Londres decretaron que los procesos de la jurisdicción de los
sheriffs de Londres y Middlesex se instruyeran en inglés. Un paso más
adelante lo dio el Parlamento, cuando en 1362, una famosa ley promulgada
por el rey Eduardo III, llamada Statute of Pleading (literalmente la “Ley de
los alegatos”), cuya intención era la de fomentar el conocimiento del
derecho, estipulaba literalmente que “Todos los pleitos que sean tratados
en (cualesquiera) tribunales de que se trate, ante cualesquiera jueces de
que se trate, o en sus otros Lugares, o ante cualquiera de sus otros
Ministros cualesquiera, o en los Tribunales y Lugares de cualesquiera otros
Señores de que se trate dentro del Reino, serán litigados, demostrados,
defendidos, contestados, debatidos y juzgados en la Lengua Inglesa, y
serán registrados en los rollos (se refiere a los oficiales de pergamino) en
Latín”. No en francés, porque las leyes, costumbres y reglas del reino no
se conocen usualmente porque se debaten en francés, lengua que no es
bien conocida de la gente, de modo que aquéllos que demandan o son
demandados en los tribunales del Rey y otros tribunales no entienden lo
que los abogados dicen en favor o contra ellos. Sin embargo, todos estos
procedimientos habían de registrarse en latín. Esta ley, entonces, parece
probar la creciente importancia de la lengua inglesa, aunque, por otra
parte, la práctica del derecho estaba en manos de profesionales que
continuaban usando el francés en los petitorios formales, aunque hicieran
los alegatos en inglés. Como lenguaje técnico, el francés no admitía
interferencias foráneas, y se protegió así de los posibles ataques e
influencia de muchas generaciones. (Por eso se ha dicho, paradójicamente,
que el derecho siguió siendo inglés porque era francés, y trescientos años
más tarde, Roger North –abogado, biógrafo y músico aficionado que vivió
en el siglo XVII–, aún diría todavía que “realmente, el derecho es casi
inexpresable con propiedad en inglés”). Empero, desde el último año citado,
tres legislaturas sucesivas se inauguraron con discursos en inglés. En los
dos siglos precedentes, Londres había sido la mayor ciudad de habla
francesa de Europa, resabio de lo cual, en algunos tribunales del mundo
angloamericano todavía se oye a veces decir “Oyez, Oyez!” al funcionario
que llama a silencio en voz alta para comenzar la audiencia. Mas ya el rey
Plantagenet Enrique IV a principios del siglo XV se dirige en inglés en sus
mensajes al Parlamento. Las primeras leyes formales (statutes) registradas
en inglés datan del período de Ricardo III (fines del mismo siglo), monarcas
ambos que Shakespeare hace aparecer en sus obras históricas, cuando los
destinos de Francia e Inglaterra estaban íntimamente ligados. En inglés se
impartía asimismo la instrucción escolar, especialmente a partir de la
desaparición de la Peste Negra (S. XIV). Refiriéndonos un poco más a lo
meramente lingüístico, digamos que los fundamentos de la lengua inglesa
fueron constituidos por las tribus teutónicas que emigraron del continente
hacia las islas en los primeros siglos de la era cristiana, jutos, sajones y
anglos, que hablaban dialectos de esa gran familia lingüística a que
pertenecían el alemán, el danés, el holandés, el noruego y el sueco. A fines
del siglo VII tales dialectos eran corrientes en el territorio, salvo en el
extremo norte y el extremo oeste. Es quizás imposible decir si el llamado
anglosajón es la forma inicial de la lengua inglesa. Había entonces por lo
menos cuatro dialectos fundamentales: el de Northumbria, el de Mercia, el
Sajón del oeste y el de Kent. Las diversas invasiones complicaron, a su vez,
el panorama. Hay que esperar al siglo XIV para que el dialecto de las tierras
medias del este, East Midland, comenzara a destacarse sobre los demás
para convertirse en lo que podría llamarse “standard English”. De paso,
digamos que el vocablo Englisc (English), derivado, a su vez, del vocablo
Angelcynn, es decir, Angle-kin, raza o familia de los anglos, es anterior al
nombre del país, Engla-land, tierra de los anglos, que comienza a circular
hacia el año 1000. De este período inicial de la lengua, llamado del Inglés
Antiguo, la obra literaria más conspicua es el poema épico-folclórico
Beowulf, que narra las aventuras de este héroe, proveniente quizás de los
siglos VII u VIII, y del que se conservan copias posteriores, del citado año
1000. Mas el período a que nos estamos refiriendo fundamentalmente se
conoce como el del Inglés Medio (Middle English), que coincide con el de
consolidación del castellano en España, y abarca desde el siglo XII al XV,
subdivisible en tres secciones: Inglés Medio anterior (Early Middle English,
aproximadamente desde 1100 a 1250), Inglés Medio propiamente dicho
(aproximadamente de 1250 a 1400), y Bajo Inglés Medio (Late Middle
English, de 1400 a 1500). Desde el punto de vista lingüístico, el
debilitamiento de las inflexiones, la sobrevivencia azarosa y por último la
desaparición de la “e” final de muchos vocablos, que ocurría en lugar de
terminaciones vocálicas diversas claramente distinguibles desde el siglo
XII, particularmente en plurales (y que ya en tiempos de Chaucer –S. XIV–
eran últimos vestigios), hacían al verso ostensiblemente irregular y sin
forma. Luego se fueron dando otros cambios, suavizando más asperezas
en los plurales, etc., dándose un paso adelante en la sencillez gramatical,
uno de cuyos promotores es el cambio fonético –sea por unión, sea por
desaparición de sonidos– y otro, la mezcla de pueblos que hablaban
lenguas diferentes o dilectos de la misma lengua, que son elementos que
se advierten en la evolución a la que aludimos, todo lo cual iba llevando al
período moderno de la lengua, a partir de 1500. (A todo esto nos hemos
referido alguna vez, en diversas publicaciones, entre ellas la Revista del
Colegio de Traductores Públicos del Uruguay, especialmente en el número
6/95). La historia general de Occidente, por su parte, está hecha de
numerosos acontecimientos importantes y recordables, coincidentes con
los hechos que comentamos, como la creación del Califato de Córdoba, en
la España del siglo X, las Cruzadas, la caída de Constantinopla en 1453, el
descubrimiento del Nuevo Mundo a fines del siglo, así como otros tantos
sucesos que es imposible siquiera intentar mencionar aquí. Y el
Renacimiento llega con todo su esplendor artístico y literario, ya comenzada
la Edad Moderna. Resumiendo, entonces, hacia la terminación del siglo XV
las tres lenguas antemencionadas –latín, francés e inglés,
respectivamente– eran comunes en los tribunales. El inglés no era ya el
Antiguo Inglés de los viejos sajones, porque el predominio del elemento
angevino y normando lo había casi hecho desaparecer; solamente
sobrevivían algunas palabras, porque determinadas prerrogativas del
monarca sajón habían parecido útiles a los franceses, que las habían
conservado. Sir Edward Coke (S. XVI-XVII) decía que los términos y
vocablos franceses antiguos “se habían convertido en vocabula artis, tan
aptos y significativos para expresar el verdadero sentido de las leyes, y tan
impregnados de ellas, que es imposible cambiarlos...” Pero es evidente
también que se fueron anglicizando hasta desvirtuarse hasta cierto punto.
Por otra parte, la lengua del derecho, dentro de su especialidad, requería
una base lógica de pensamiento y exactitud, que contribuyó a cimentar el
“common law”, y a minimizar influencias foráneas. El francés que empleaba
tenía tanta precisión como el de las lenguas jurídicas de los países del
sistema romano-germánico. Frederick William Maitland, esclarecido jurista
e historiador decimonónico, decía que la ley es el punto donde se
encuentran la vida y la lógica. Si los aboga dos emplean habitualmente un
lenguaje abstracto y técnico que no admite el menor cambio, tanto la ley
como la lengua tenderán a perder contacto con la vida; ésta se sacrificará
en aras de la lógica, y los abogados se convertirán en esclavos de sus
propias abstracciones. Mas en el período que tratamos todos advertían las
ventajas del lenguaje técnico que habían contribuido a crear. Ulteriores
desarrollos habrán de variar, naturalmente, este panorama hasta llegar al
actual, porque la lengua, común o técnica, es una entidad viva. Pero
evolución no significa total abandono de formas pretéritas; se conservan
todavía muchos moldes ingleses, de los que algunos fonéticamente no
ocultan su origen, a manera de antiquísimos y significativos resabios de
otrora. Cien años después de la mencionada ley eduardiana, los jueces
todavía hablan francés. De paso, hasta los días de Isabel I, hace
cuatrocientos años, no vemos a seglares actuando como jueces. Más tarde,
bajo Cromwell, esta práctica de litigar en francés va desapareciendo, pero
Carlos II Estuardo, que lo sucedió, la mantuvo como la lengua jurídica del
foro, hasta que en 1731 es finalmente suprimida. A pesar de esto, como es
sabido, todavía subsisten muchos vocablos y expresiones francesas en la
lengua del derecho. En lo que al latín se refiere, que había sido la lengua
de los tribunales durante los siglos XII y XIII, y era la forma oficial de
expresarse de la Curia Regis y del common law, y se registraba usualmente
en pergaminos, práctica conservadora, en ese mismo año de 1731 fue
eliminado de los registros también. El siglo XIII es asimismo el momento
en que el famoso jurista y juez Henry de Bracton (1210-68) escribe su
excelente tratado sobre las leyes de Inglaterra, dentro de un esquema
romanizado, que en su omnicomprensivo alcance permanece sin rivales
hasta al obra de Sir Edward Coke (1552-1634), un personaje peculiar, sin
duda, sobre las Instituciones y Leyes de Inglaterra, que defiende el estado
de derecho. Otros bien conocidos tratadistas, como William Blackstone
(1723-1780), con sus Comentarios sobre las Leyes de Inglaterra (1766) o,
más recientemente, Frederic William Maitland (1850-1906), ya citado, son
también importantes historiadores del derecho. Bracton estaba bien
familiarizado con el derecho romano, pero es preciso aclarar que el vigente
en la Edad Media no era todo el cuerpo de leyes de la República Romana o
del Imperio unificado. Consistía, diríamos, en disposiciones de dos tipos: el
primero, llamado “el derecho romano vulgar” de Occidente, era el
sobreviviente en esa parte del imperio luego de las invasiones germánicas
del siglo V; el segundo era el corpus de derecho romano compilado por
orden del emperador bizantino Justiniano (527-565). A su vez, la
codificación justinianea comprendía cuatro partes: a- el Codex, colección
de edictos imperiales, leyes y constituciones, comparable al derecho
legislado y promulgado inglés (statutory law); b- el Digesto o Pandectas,
más importante, extractado de los escritos de notables jurisconsultos; c-
las Institutas, texto para estudiantes, y d- las Novelas, agregadas para
poner al día la compilación. En todo este de por sí complejo panorama,
cabría aun citar otro tribunal muy particular, uno de los más importantes
creados antes de los cambios parlamentarios del siglo XVII, de origen algo
incierto (¿S. XIV-XV?), que parece haber sido un remanente del Consejo
del Rey medieval luego de la separación de éste del Tribunal de Cancillería,
que funcionó inicialmente en parte como tribunal de equidad y luego de
derecho común y que fue remodelado en tiempos de Enrique VII en 1487,
donde pasó a ser asimismo tribunal de primera instancia. Se conoció como
Star Chamber o Camera Stellata, probablemente porque sesionaba en una
sala en cuyo techo había estrellas doradas, y sus componentes eran lores
en lo espiritual y en lo temporal, consejeros privados y jueces del reino,
con jurisdicción sobre ciertos asuntos necesarios y complementarios de
otros tribunales, por ejemplo, motines, perjurio, mal comportamiento de
sheriffs y jueces, y otras notorias conductas ilícitas contrarias a la ley de la
tierra o que amenazaran la seguridad. Bajo los Estuardos aumentaron sus
poderes, pero como sus procedimientos a veces estaban signados por el
secreto, la tortura, la ausencia de jurados, en un proceso inquisitorio,
diferente del normal contradictorio, en que la justicia se veía obstruida
mediante writs, interferencias o influencias indebidas, políticas y no
políticas, poco a poco fue cayendo en descrédito, y fue finalmente abolido
por el Parlamento y Carlos I en 1641, antes de la revolución militar,
quedando su jurisdicción distribuida entre otros tribunales. Puede
agregarse que los siglos XIV y XV fueron testigo del comienzo de los
informes judiciales, y de los argumentos escritos, orales hasta entonces.
Los Anuarios (Year Books), en francés normando, también datan de los
siglos XIII a XV. Las causas y consecuencias de estas divergencias y
desarrollos requieren alguna explicación.
II
Con anterioridad a la conquista normanda, en 1066, el sistema judicial
estaba descentralizado, como se dijo anteriormente. Comprendía los
citados tribunales locales, los de distrito, condado y demás que hemos
visto, cada uno de los cuales aplicaba su propio derecho local
consuetudinario. Los reyes normandos pudieron haber adoptado este
sistema permitiendo al barón a quien se le había dado una región para
regir que estableciera su tribunal en tal región. Por cierto, al tomar el
cargo de sheriff y con él la administración del tribunal de condado,
algunos barones trataron de hacer precisamente eso. Sin embargo, el
temor de que los barones se convirtieran en príncipes provinciales que
rivalizaran con el poderío del rey fue una de las principales razones que
llevaron a una estrategia de centralización judicial bajo Enrique II. Su
reinado vio la creación del citado tribunal permanente llamado King’s
Bench,como se le conoció, que, como se recordará, sesionaba en Londres
y estaba a cargo de jueces especialistas. Además, el rey comisionó a
funcionarios, usualmente jueces del tribunal central, para que viajaran en
un circuito de la región atendiendo casos. Estas audiencias regionales se
llamaron Assizes (por el hecho de que sus integrantes se sentaban
juntos), y trataban casos tanto civiles como penales. El control central de
la ley se aseguraba por el procedimiento según el cual el asunto a
tratarse en un caso primero podía decidirse por los tribunales reales de
Londres, y luego un mandato o una orden así emanados sería llevado por
el juez itinerante a la región involucrada, donde serían tratados los
hechos y aplicada la orden a los hechos probados en el juicio. Esta
estrategia, aunque algo lenta, permitía a los jueces reales aplicar
principios jurídicos comunes en la mayor parte del territorio. De ahí el
término “common law”, derecho común, que todavía se emplea para
describir el sistema jurídico hecho por los jueces. No es, por ende, el
common law un código escrito, ni la legislación de ningún grupo o interés
especial o de costumbres locales, sino un conjunto de reglas generales
que prescriben la conducta social, marcado por la doctrina de la
supremacía del derecho. En la administración de todo sistema jurídico es
necesario considerar dos factores, ambos igualmente apremiantes y que a
veces necesitan ajuste. Si por un lado la ley busca dar expresión a ideas
de uniformidad, presentarse como el nivelador universal, “con intención
de arreglar las cosas y lograr la paridad y la comunidad en el reino”, la
infinita variedad de carácter y circunstancias demanda, por otro, una
aplicación discrecional de los principios jurídicos para satisfacer la
necesidad de reconciliar los ideales hermanos de Igualdad y Equidad. Este
no es problema nuevo; la “Justicia enredada en su tela de derecho” es
una figura familiar en la poesía desde Sófocles hasta Pope y en filosofía
de Aristóteles a Kant. Los requisitos primarios del derecho son de que
éste sea cierto y aplicable a todos, de manera de que todos lo conozcan y
sientan su fuerza imparcialmente. A este fin están dirigidos por igual el
curso de la legislación y la creación de reglas judiciales. Pero tarde o
temprano, debido no al vicio inherente de la regla misma, sino a la
presión de consideraciones prácticas que no admiten una solución
universal, la rígida aplicación de la ley aparejará injusticia. En alguna
parte en todo estado deberá haber un poder de reserva que pueda resistir
el impulso de uniformidad y, en un caso adecuado, arreglar las cosas para
satisfacer al elemento más débil.
La idea que subyace a la divergencia entre el Common Law –esas
“costumbres generales que son la regla común en todo el reino”– y la Equity
–“la mitigación del rigor de la ley”– es por lo tanto no local y accidental sino
universal e inevitable. La peculiaridad de la Equity inglesa no está en su
concepción sino en su forma, en su evolución como un cuerpo de reglas
hechas por los jueces independientemente de las reglas del common law,
y administradas hasta 1875 en tribunales separados. La historia inicial del
derecho inglés, por cierto, no sugería que tal desarrollo fuera inevitable.
Hasta mediados del siglo XIV los jueces reales, por lo menos cuando
procedían como comisionados reales, “puestos en el lugar de Nuestro Señor
el Rey para hacer justicia a pobres y a ricos”, en sus visitas periódicas a
todas partes del país, se concebían a sí mismos ”con derecho a modificar
las reglas de la ley en los casos apropiados”. Pero desde el reinado de
Eduardo III (S. XIV) se aplicaron, como aptos miembros de una profesión
educada, a la elucidación y aplicación literal de principios jurídicos, al
desarrollo del derecho más que a la administración de justicia. Así se
establecieron ”el primer y fundamental pilar o piedra angular de las leyes
de Inglaterra”, el common law, ”de tiempo en tiempo declarado en las
sentencias de los tribunales de justicia”, y los fundamentos sobre los
cuales, hasta la fecha, descansa la totalidad de la estructura jurídica
inglesa, dando énfasis a las formas de acción más que a las
compensaciones, como ocurre en Equity. Aquí es importante el papel de la
razón. El mérito del common law es que siguió siendo “la perfección de la
razón”, como Sir Edward Coke, el famoso jurista que hemos citado, lo dijo
en el siglo XVII, al afirmar que “la razón es la vida del derecho”. Pero la
razón no es el sentimiento impreciso y corriente de la gente de lo que
debiera ser la justicia; es como la entienden los jueces preocupados por la
cuestión fundamental de construir un sistema jurídico coherente. El proceso
resultó esencial para el establecimiento de una ciencia nacional del
derecho; pero su formulación llevó a los jueces a buscar tecnicismos que,
por lo menos al principio, dejaban poco lugar a una interpretación liberal.
La víctima de este tecnicismo se veía forzada a llevar la carga de su
demanda a otra parte, y de ahí surgió la práctica de peticionar al Canciller,
que tenía que ser un hombre de educación, generalmente un obispo, el
“guardador de la conciencia del rey”, en busca de ayuda. El Rey Eduardo el
Confesor, que ocurrió que fue el primer monarca que tuvo un sello, fue
también el primer rey en tener un Canciller. (No obstante, la administración
de lo que se llamaría técnicamente equity no comenzó propiamente con a
Cancillería; la Curia Regis y el Consejo de Rey eran tribunales de equidad
mucho antes de que la Cancillería comenzara su actividad judicial, y el
Consejo del Rey continuó actuando un tiempo más en este carácter después
de que el tribunal de Cancillería se distinguiera de los demás tribunales de
common law.) Así, cuando los tribunales de common law no lograban dar
reparación en ciertos tipos de casos donde se necesitaba tal reparación, los
desilusionados litigantes peticionaban al rey, que era “la fuente de justicia”,
una reparación extraordinaria. El rey, a través de su Canciller, finalmente
estableció un tribunal especial, el Tribunal de Cancillería (Court of
Chancery), ya aludido, para que tramitara estas peticiones “secundum
equitatem”. Las reglas aplicadas por el mismo se fueron consolidando en la
ley y se convirtieron en una parte regular del derecho de la tierra. Y aquí
tenemos el origen de Equity, en este sentido particular del vocablo. No
obstante, los cancilleres tenían incluso alguna limitada jurisdicción de
common law, de escasa importancia en comparación con su jurisdicción de
equidad; a menudo consultaban a los jueces sobre temas puros de common
law que surgían en casos que trataban, mas también sobre principios sobre
los cuales debían dar compensación equitativa. Pero intervenían con
completa discreción en asuntos de “conciencia”, corrigiendo la rudeza del
common law, más interesado en los hechos que en establecer principios a
seguirse por sus sucesores. Los tribunales de equidad, siguiendo en esto
como en otras cosas a los tribunales de derecho, observaban la regla del
precedente. Pero no hay informes de casos de equidad (las sentencias de
los Cancilleres) anteriores a 1550, aproximadamente, y sus repertorios
regulares aparecen unos cien años más tarde con Heneage Finch, Lord
Nottingham, que generalmente es merecidamente conocido como “el padre
de la Equidad”. La rama más importante de este derecho-equidad es la ley
de los fideicomisos, que es quizás la más grande creación de los abogados
ingleses. Compensaciones típicamente equitativas (equitable) son specific
performance (cumplimiento específico) e injunction (mandamiento,
especialmente prohibitivo), sumamente empleados; otro era declaratory
judgment (sentencia declarativa). (Por otro lado, la compensación
característica de common lawes daños y perjuicios (damages) monetarios,
como se dijo antes, usualmente punitivos o de compensación). En caso de
conflicto o variación entre las reglas del common law y las de equity, equity
vino a prevalecer. Esto fue por medio de lo que se llamó common
injunction, es decir, el medio para evitar la institución o continuación de
procedimientos no equitativos (inequitable) en common law, estableciendo
así límites en éste. Supongamos que A inicia acción contra B en un tribunal
de common law, y en opinión del Tribunal de Cancillería la acción no es
equitativa. El camino propio para B era solicitar al Tribunal de Cancillería
una orden, llamada common injunction, dirigida a A y ordenándole que no
continúe con su acción. Si A desafiaba esta orden, el Tribunal de Cancillería
lo podría llevar a la cárcel por contempt of court, es decir, desacato. Equity
obraba así “detrás de la escena” de la acción en common law; los principios
del common law quedaban teóricamente intactos, pero por medio de este
intrincado mecanismo eran reemplazados o abrogados por reglas de
equidad en todos los casos de “conflicto o variación”. Alguien podría pensar
que a veces la equity podía utilizar sus poderes maliciosamente, porque,
aunque nunca podía directamente abrogar una sentencia de los tribunales
de common law, tenía facultades para otorgar una injunction, en casos
adecuados, para hacer abstenerse a un litigante de seguir adelante con su
acción en common law.Esto podría justificar el sarcasmo de un crítico que
dijo que en Inglaterra un tribunal se establecía para hacer injusticia y otro
para impedirla. Aparte del writ, del que ya tratamos, una forma común y
menos formal de comenzar una acción en equity es el llamado “originating
summons” (citación de origen), que solamente mencionamos aquí. A fin de
ilustrar las famosas compensaciones de equidad (remedies), podemos
poner un ejemplo elemental, que a menudo solía utilizar, con otros
semejantes, en mis clases. Supongamos que un hombre, A, que quiere
pintar su casa, celebra un contrato con otro, B, para hacer la tarea. Sin
embargo, B no cumple con su cometido, y A lo demanda. De acuerdo con
las reglas de common law, cobrará daños y perjuicios, que le pagará B, es
decir, dinero como compensación. Pero no le interesa cobrar dinero; quiere
pintar su casa. Por lo tanto, tiene que pedirlo a un tribunal de equidad, que
puede obligar a B a cumplir su parte del contrato, por medio de la citada
compensación de specific performance. En caso de no cumplir, es pasible
de la pena correspondiente. Otro caso: un granjero se queja de un vecino
que quema leña en su terreno vecino, y el humo le entra en su casa. En
common law,le corresponderá cobrar daños y perjuicios, pero él quiere que
su vecino deje de prender ese fuego. El tribunal de equidad podrá emitir
una injunction contra su vecino, limitándole o prohibiéndole quemar
madera, satisfaciendo así al demandante. Las sentencias declarativas son
asimismo un desarrollo de las prácticas de equidad, que permiten afirmar
de este modo, por ejemplo, qué derechos corresponden a un demandante.
Recursos adicionales se crearon y desarrollaron también en equity para
hacer cumplir los derechos individuales, tales como la designación de un
depositario para evitar que el demandado destruyera o se deshiciera de sus
bienes durante el intervalo entre la institución de los procedimientos y el
juicio final de la acción, o una orden contable, a fin de informar sobre la
situación financiera o los bienes de una parte, por ejemplo, que son
absolutamente necesarios para asegurar que se haga completa justicia al
actor, que eran prácticamente desconocidos en los tribunales de common
law. Otro rasgo característico de equity es el sistema mediante el cual las
partes mismas prestan juramento en apoyo de sus reclamos o defensas, y
que desarrolló también ese valuable agregado del procedimiento inglés
conocido como “discovery”, es decir, “descubrimiento”, o sea, la regla de
que cada una de las partes debe revelar a la otra los documentos en su
poder o control que digan relación con el caso a juzgarse. Esto simplemente
lo mencionamos a vía de ejemplo, porque este tema es interminable. Por
otra parte, el common law procedía según la opinión de que el juicio por
jurados era un elemento esencial, mientras que los jurados eran ajenos al
procedimiento en equidad; no hay jurado en equity. Los remedios o
compensaciones en equidad pueden solamente ser dispensados por un
juez; la sola intervención del jurado es la de juzgar hechos, en cambio. El
veredicto es el resultado o decisión; la ley la aplica el juez. Este sistema
continuó hasta 1875, año en que, a resultas de entrar en vigencia la ley de
la Judicatura (Judicature Act) de 1873, los viejos tribunales de common law
y el Tribunal de Cancillería fueron abolidos, y en su lugar se estableció una
única Corte Suprema de la Judicatura, cada una de cuyas ramas tiene
plenos poderes para administrar tanto common law como equity. Hoy en
día un lego puede pasar su vida sin advertir el impacto. También, las
common injunctions, según las definimos anteriormente, fueron abolidas y
en su lugar se resolvió que en los casos de “conflicto o variación” entre las
reglas de equidad y las del derecho común, las reglas de equidad, como ya
se adelantó, han de prevalecer. El principio según el cual el Canciller
procedía originariamente, era, entonces, la antítesis directa de la
regularidad científica del common law.Apelaba, no a la autoridad o a la
elegantia juris, sino a los dictados instintivos de la “razón y la buena
conciencia”. Para corregir las anomalías de la ley feudal, por lo tanto, para
cumplir las obligaciones de la buena fe, para proporcionar compensaciones
más rápidas y satisfactorias, todo esto “bien hecho de acuerdo con la
conciencia”, no se requería una justificación jurídica. Pero ninguna
administración de justicia, sin embargo, puede resistir las tensas ataduras
de la rutina. No obstante, a medida que Canciller sucedía a Canciller, y se
acumulaban los registros de sentencias anteriores, la autoridad del
precedente comenzó a eclipsar los meros nebulosos dictados de la
conciencia. Pero, claro está, el propósito de equityera lograr justicia y
equidad, en el sentido corriente del vocablo; y para eso, para lograr eso,
los tribunales gradualmente elaboraron un grupo de reglas para regir la
aplicación del sistema, que se llaman las “máximas de equidad”. Ésa es la
razón por la que continuamos distinguiendo entre common law y equity.
Veamos algunos ejemplos. He aquí algunas de tales máximas:
Equity acts in personam (La equidad actúa in personam). Originariamente,
por su naturaleza, equity dirigía su decreto a la persona que había cometido
o pensaba cometer un ilícito, el demandado, y le ordenaba personalmente
que mantuviera su conciencia limpia obedeciendo el mandato. Si no lo
hacía, se le arrestaba por desacato al tribunal y se le encarcelaba hasta que
purgaba su desacato obedeciendo la orden. Este carácter personal tiene
relevancia especial en relación a bienes e intereses en el exterior. Aunque
actualmente las compensaciones de equidad pueden hacerse cumplir como
si fueran de derecho común, esta característica es aún una distinción capital
entre el cumplimiento de las sentencias de equidad y las de derecho común.
Equity will not suffer a wrong without a remedy (La equidad no tolerará un
ilícito sin una compensación). Esto significa que la equidad sólo intervendrá
cuando no hay una compensación adecuada en derecho común. Equity
follows the law. (La equidad sigue al derecho). Éste es un intento de indicar
la compleja relación entre common lawy equity. Equity no tolerará una
compensación contraria al derecho común. No intenta abrogar las
sentencias de derecho común, sino más bien actuar in personam para evitar
injusticias, permitiendo cuando corresponda, que subsistan los efectos del
derecho común. Equity breaks in upon the common law, where necessity
and conscience require it. (La equidad irrumpe en el derecho común cuando
la necesidad y la conciencia lo requieren). Where there is equal equity
(when equities are equal) the law shall prevail. (Cuando hay igual equidad
(cuando la equidad es igual) el derecho común prevalecerá). Where the
equities are equal, the first in time shall prevail. (Cuando las equidades son
iguales, la primera en el tiempo prevalecerá). Esto se relaciona con la
doctrina de las prioridades, aunque puede haber excepciones. Equity looks
to the intent (substance) rather than to the form. (La equidad mira la
intención (sustancia) más bien que a la forma). Esto significa que el tribunal
de equidad puede dispensar con el cumplimiento de formalidades legales si
fueran incompatibles con la verdadera intención de las partes. Delay
defeats equity.(La demora vence a la equidad). Las compensaciones por
equidad no están sujetas a la ley de plazos (Statute of Limitations), es
decir, a las disposiciones que regulan los plazos procesales; pero la equidad
considera contrario a la conciencia de los demandantes aprovechar
ventajas de tiempo para acosar a los demandados por indebida demora al
solicitar sus compensaciones. De acuerdo con ello, si la compensación
equitativa que se persigue es alternativa o correspondiente a una
compensación de derecho común, se aplicará por analogía a la
compensación equitativa; y si la compensación equitativa no tiene
alternativa o compensación en derecho común equivalente, se rehusará
ésta cuando el actor ha sido culpable de demora no razonable
(técnicamente llamada laches) al solicitarla. He who comes to equity must
come with cleanhands(El que acude a equidad debe venir con las manos
limpias). A un litigante que se ha comportado injustamente se le denegará
una compensación en equidad. Equitable remedies are discretionary. (Las
compensaciones en equidad son discrecionales). Los litigantes no tienen
necesariamente derecho a una compensación en equidad. El tribunal habrá
de decidir el otorgamiento de la compensación luego de considerar las
circunstancias individuales del caso. Esta máxima es un rasgo importante
de la equidad, que lo distingue del derecho común. Equity acts on the
conscience.(La equidad actúa sobre la conciencia). El Tribunal de
Cancillería, que no era tribunal de derecho común sino de conciencia, tenía
por objeto la guarda no ya de los derechos sino de la conciencia de las
partes que acudían a él. De ahí que las compensaciones se dirigieran,
mediante la acción de sus funcionarios, no a asegurar una compensación
al actor cuyos derechos habían sido lesionados, sino a asegurar que tanto
el demandante como el demandado actuaran de tal manera que sus
conciencias quedaran limpias de toda ofensa. Equity looks on that done
which ought to be done. (La equidad mira como hecho lo que debe ser
hecho). Esto se aplica a la ley de los contratos y a la doctrina de la
conversión. Así, un contrato para hacer algo es tratado en equidad como si
la cosa ya hubiera sido hecha, en tanto que el contrato sea específicamente
pasible de hacerse cumplir. (La citada doctrina tiene que ver con el cambio
de tierras por dinero, o viceversa, o la alteración de su condición o la
exclusión de derechos del propietario). Equity imputes an intent to fill an
obligation. (La equidad imputa la intención de cumplir una obligación).
Cuando una persona ha asumido una obligación, su conducta ulterior, si es
posible, se interpretará como el cumplimiento de aquélla. He who seeks
equity must do equity. (El que busca equidad debe actuar con equidad).
Éste es un aspecto de la cualidad discrecional del instituto. Para contar con
compensación en equity, el interesado debe, de la misma manera, querer
cumplir con sus obligaciones.
Equity regards the balance of convenience.(Equity atiende al equilibrio de
la conveniencia). Se trata de actuar con justicia, estudiado el caso concreto.
Equity, like nature, does nothing in vain. (La equidad, como la naturaleza,
no hace nada en vano). Todo debe tener su razón y justificación en el
ejercicio de la justicia. Equity never wants (lacks) a trustee. (Equity never
allows a trust to fail for want of a trustee). (La equidad nunca carece de un
fideicomisario. / La equidad nunca deja que fracase un fideicomiso por falta
de fideicomisario). El fideicomiso, como se ha dicho, es el instituto
fundamental de la equidad. Donde especialmente se establece en un
documento, el problema de hacerse cumplir es relativamente sencillo: es
cuestión de interpretar y luego dar efecto a sus términos. Éste es un campo
enorme e importante de las relaciones humanas al cual afecta esta máxima
fundamental de equidad. Equality is equity (Igualdad es equidad). A falta
de prueba en contrario, equity tenderá, por ejemplo, a la igual división de
cualquier fundo al que varias personas tengan derecho; lo mismo ocurre
con fideicomisos testamentarios. Equity aids the vigilant and not the
indolent, o Equity will not aid those who slumber on their rights (La equidad
ayuda al que está alerta y no al indolente, o La equidad no ayudará a
quienes se duermen en sus derechos). Equity forbids contemplated and
undoes completed wrongs.(La Equidad prohíbe los ilícitos planeados y
deshace los realizados). Equity does not permit a wrong to be done which
it can prevent (La equidad no permite que se efectúe un ilícito cuando
puede evitarlo). Equity will not concern itself with trifles. (La equidad no se
ocupa de bagatelas). Debe haber algo sustancial a considerar. Equity acts
specifically (La equidad actúa específicamente). Se tratan siempre asuntos
concretos. Equity abhors a forfeiture (La equidad aborrece la pérdida de un
derecho por incumplimiento). Una pérdida total es una penalidad muy
grave si no es razonable, que por una razón de conciencia equity deberá
regular, y en lo posible evitar por sus graves consecuencias. Equity will not
allow a statute to be used as a cloak for a fraud. (Equity no permitirá que
una ley sea utilizada para cubrir un fraude). La equidad impedirá que una
parte se base en la ausencia de una formalidad dispuesta por la ley para
actuar fraudulenta e inescrupulosamente.
Por lo tanto, las palabras “equitable” y “legal” han de interpretarse
usualmente dentro del contexto jurídico en el sentido de “existente en
equidad, disponible o sostenible de acuerdo con las reglas o principios del
sistema del derecho-equidad”, y en el significado de “disponible o existente
de acuerdo con las reglas del common law o derecho común”,
respectivamente, lo cual es importante destacar. Es corriente interpretar
mal estos adjetivos en un texto, porque el sentido aparente más sencillo
puede ser engañoso, toda vez que en español ambos adjetivos tienen un
significado más general. Se puede decir que una sentencia es “legal” pero
no “equitable”, y viceversa, en el sentido inglés de los términos, siendo en
ambos casos perfectamente justa y ajustada a derecho. Hay que tener
cuidado, por ende, con estos vocablos. Más de un error de interpretación
de esta naturaleza hemos visto en nuestra prolongada práctica profesional.
Lo mismo ocurre en la traducción de poderes, por ejemplo, cuando el
mandatario está habilitado para actuar “at law” e “in equity”, cosa que en
nuestro derecho no tiene sentido, y que equivaldría a decir, sencillamente
“actuar de acuerdo a derecho”, en general. Aparte de lo anterior, el vocablo
“equity” tiene diez o doce acepciones más, que cualquier buen diccionario
registrará. Las reglas de equidad, como las de derecho común, son en gran
medida la resultancia y el producto de la experiencia procesal. Las fórmulas
procesales inglesas –tan importantes en sí mismas– pueden explicar
muchas diferencias entre el derecho inglés y el romano, por cierto. La
prerrogativa de otorgar compensaciones fuera del derecho común,
aplicable sólo cuando la justicia lo requiriera, podía ejercerse en asuntos de
tres tipos: 1. asuntos en los que el derecho común no otorgaba derechos
(rights), pero la conciencia requería que se otorgaran ciertos derechos, que
se dicen estar dentro de la jurisdicción exclusiva de equity; 2. asuntos en
que la ley otorgaba los derechos requeridos por la conciencia pero las
compensaciones que daba para hacerlos cumplir eran insuficientes para
satisfacer la justicia, que se enmarcan dentro de la jurisdicción concurrente
de equity, y 3. asuntos en que el derecho común otorgaba derechos
requeridos por la conciencia y compensaciones suficientes para satisfacer
la justicia, pero cuyo proceso era defectuoso para asegurar las
compensaciones sin la asistencia de la equidad, que caen dentro de la
jurisdicción auxiliar de equity.
La historia subsiguiente del sistema inglés de Equity, desde el siglo XVI al
XVIII, es un registro de su gradual cristalización como sistema jurídico tan
estable como las doctrinas cuya inelasticidad originariamente se propuso
mitigar, y desde 1875 el nombre indica solamente un cuerpo de reglas,
imperativas y arbitrarias, administradas igualmente por los jueces de todas
las divisiones de la Alta Corte inglesa.
Con anterioridad a ese año, la justicia era administrada principalmente a
través de tribunales independientes situados en todos los rincones de
Londres. Tres antiguos tribunales de primera instancia, King’s Bench,
Common Pleas y Exchequer, ya citados, celosamente guardaban las
doctrinas del derecho común y compartían en incómoda competencia los
restos y ventajas de los litigios. Equityera el monopolio del tribunal de
Cancillería. El resultado era más bien absurdo, casi escandaloso, diríamos.
La sentencia podía ser pronunciada acerca de los mismos hechos en favor
del actor, por los jueces de Westminster Hall, y en favor del demandado
por Canciller en Lincoln’s Inn. El derecho común podría negarse a reconocer
argumentos y excepciones que un tribunal de equidad permitía; equity, a
su vez, podía limitar por su peculiar procedimiento de injunction,al que ya
nos referimos, a la ejecución de una sentencia obtenida en derecho común.
En otros casos un demandante tenía que acudir a dos tribunales para
obtener sustancial justicia. En common law podía cobrar daños y perjuicios
por un indudable incumplimiento de un contrato, pero si deseaba que el
demandado llevara a cabo al pie de la letra el acuerdo, debía seguir más
allá y obtener un decreto de specific performance, anteriormente explicado,
de la Cancillería. Este último tribunal, por otra parte, no tenía medios para
decidir acerca de hechos controvertidos, los que tenían que enviarse para
su estudio en juicio por jurados en Assizes o en Westminster Hall. Los
tribunales eclesiásticos sesionaban en Doctor’s Commons, cerca de la
Catedral de San Pablo, como leemos en las novelas de Dickens, para
aprobar la convalidación de testamentos y decidir causas matrimoniales, y
aquí también sesionaba el Tribunal de Almirantazgo hasta que fue
trasladado en 1860 al llamado “Cock-Loft” (literalmente, la galería de los
gallos, o el gallinero) en Westminster Hall. En el derecho administrado en
tales tribunales, los jueces, aun los títulos mismos de los profesionales, no
tenían afinidad con sus paralelos, ya sea en derecho común o equidad. El
panorama era, como puede advertirse, engorroso y complejo. Pero en
1875, entonces, los muchos y divididos tribunales y jurisdicciones fueron
finalmente reunidos por la erección, o re-erección de una Corte Suprema
de la Judicatura, que ejercería una sola e indivisa jurisdicción, uniendo
todos los tribunales superiores separados de derecho y de equidad
entonces en existencia. Por lo tanto, Inglaterra fue diferente al resto de
Europa, porque creó y utilizó un sistema jurídico mixto, que sería empleado
siglos después en Estados Unidos (las colonias norteamericanas) y en
muchas otras posesiones coloniales británicas, y aceptado cuando las
mismas se convirtieron en países independientes por derecho propio. En
otras partes de Europa la práctica judicial se basó en el derecho civil del
Imperio Romano, y en el derecho canónico de la Iglesia. A los países en
que rige este sistema se les llama en inglés ”civil law countries” (en una
acepción especial de los términos “civil law”, opuesta a “common law
countries”). Pero aunque los abogados ingleses se referían a estos sistemas
como ejemplos de método y ciencia jurídicos, crearon un sistema
enteramente diferente de derecho, basado en la costumbre, las
comparaciones, los casos y sentencias precedentes. De este modo las leyes
locales tradicionales fueron sustituidas por el derecho común en todo el
territorio. Técnicamente, no obstante, desde el punto de vista geográfico o
territorial, la aplicación de la ley “inglesa” propiamente dicha se limita a
Inglaterra y Gales; no es la del Reino Unido ni la de Gran Bretaña, puesto
que Irlanda del Norte, Escocia, las Islas del Canal y la Isla de Man no se
rigen estrictamente por la misma, razón por la cual la expresión “ley
británica” no puede usarse. Esto contrasta con el sentido amplio del
vocablo, referido a un sistema difundido por todo el mundo, consistente en
esa peculiar mezcla de experiencia y costumbre que citamos, que es la base
del derecho angloamericano aún hoy, en que los jueces actuales todavía
suelen basar sus sentencias en la manera en que fueron resueltos casos
similares anteriormente. No obstante, la prolongada historia que estamos
esbozando, como ocurre en todas partes, dada la condición imperfecta del
ser humano, no ha discurrido siempre plácida o sosegadamente; Inglaterra,
por diversas y conocidas razones, comunes en todos los pueblos, ha
experimentado abusos, traiciones, motines, fricciones partidarias,
conflictos entre la corona y el parlamento, nombramientos de dirigentes
poco capacitados, debidos a bajas y mezquinas razones políticas ajenas al
buen gobierno, envidias, corrupción, rencores y resentimientos, amén de
otros tantos males conocidos; en una palabra, ha experimentado también
los azares y altibajos de toda política, lo cual no ha impedido, ciertamente,
que gradualmente sus grandes logros hayan tenido lugar y sirvan de
modelo para otras naciones, dado lo positivo del sistema. Por último,
podemos también agregar que el derecho común debe poco a los códigos
anglo-daneses; y algo a las costumbres feudales de toda Europa,
particularmente lo que dice relación con la tenencia de la tierra. El tema
favorito de estudio en el siglo XII era el Derecho Civil de los antiguos
emperadores romanos, y el Derecho Canónico de la Iglesia, entonces en
proceso de elaborada definición. Estos dos derechos “romanos” sirvieron
como ejemplos en el método y ciencia jurídicos para los hombres que
estaban creando el muy diferente derecho común en Inglaterra, como se
anotó inicialmente, que no fue una imitación de aquéllos sino un laberinto
de precedentes, casos y sentencias de los diferentes tribunales reales bajo
una autoridad central, es decir, un cuerpo de reglas susceptibles de hacerse
cumplir, que prescribían la conducta social, marcada por la doctrina de la
supremacía del derecho, que se entendería con la ayuda de las claves que
tenían los curiales.
Por su parte, la equidad surgió, entonces, como un sistema
complementario, a fines del siglo XIII y comienzos del siguiente –el período
en que el Parlamento adquirió vida–, con la intención de mitigar los rigores
y mejorar las soluciones del derecho común, con sus propios recursos y
peculiaridades. La gran virtud de la equidad inglesa es que sus principios
están a menudo ilustrados pero raramente expresados, y nunca
definitivamente manifestados, y ambos sistemas continúan siendo
aplicados con éxito hasta el presente en todos los tribunales
angloamericanos y dondequiera hayan echado raíces. Digamos, finalmente,
que el estudio de este importante tema que acabamos de hacer nos revela
claramente la vitalidad del common law. Entre las naciones de Europa
occidental, los ingleses han logrado traer elementos de su sistema jurídico
medieval consuetudinario al mundo moderno. A través de vicisitudes
varias, puesto que hubo períodos de guerra y absolutismo, violencia y
desorden, esta continuidad de más de ocho siglos es un fenómeno único y
singular. En el siglo XVI, en muchas partes de Europa las monarquías
alentaban la recepción del derecho romano a expensas de sus costumbres
medievales. En Francia, Alemania, Holanda, por ejemplo, los resultados de
esta recepción han sido permanentes. En las Islas Británicas, Escocia ha
sufrido gran influencia de este sistema; pero la recepción del derecho
romano nunca se dio en Inglaterra, si bien Enrique VIII lo veía con buenos
ojos, pero se conformó con manipular el derecho común para satisfacer sus
fines políticos, sin perturbar las instituciones tradicionales. Luego de la
época Tudor vinieron los Estuardos y Cromwell, pero tras otras vicisitudes,
la soberanía legislativa del Parlamento dio impulso a las leyes formales,
statutes, que abolieron ciertas características del derecho común, y
finalmente se reorganizaron los tribunales con la citada reforma de 1873.
Pero subsistieron la doctrina del stare decisis y los principios esenciales del
common law. Su supervivencia se debió en gran parte a la habilidad de los
interesados en el sistema, jueces y abogados, a adaptarlo según las
necesidades lo requerían, para estar a la par de las nuevas circunstancias
sociales y económicas. Por las características reseñadas, se ha dicho
también que el common law sería bárbaro sin la equity, y que ésta sería
absurda sin aquél. La expansión del sistema que se dio a partir del siglo
XVIII lo ha llevado a todas partes del mundo donde hubo colonias y
dependencias británicas. En América tanto españoles como franceses
divulgaron el otro sistema, que aun sobrevive incluso en ciertas zonas de
Estados Unidos (Louisiana, como es notorio), con características locales.
Los colonos ingleses en América lo trajeron consigo porque era el único
derecho que conocían, pero cuando los estados norteamericanos se
independizaron promulgaron en general leyes “de recepción”, a efectos de
dar efectos jurídicos al cuerpo existente de common law inglés que regía
en América, puesto que su flamante constitución no rechazaba la ley
inglesa. Por eso subsistieron en el Nuevo Mundo instituciones muy
conocidas, como el habeas corpus, los juicios por jurados y otras varias. En
algunos estados aún subsisten hoy significativos elementos del derecho
inglés anterior a 1776. Durante décadas los abogados estadounidenses
leyeron los Comentarios de Blackstone para capacitarse. Para el lego, las
coincidencias son muchísimo mayores que las discrepancias entre los
sistemas británico y estadounidense. La gran diferencia fundamental es,
obviamente, que un sistema es monárquico y el otro presidencial, con todo
lo que ello supone. Hay detalles superficiales conocidos, como el hecho de
que en América no usan peluca los magistrados; otros son de otra índole,
como que los abogados ingleses no coinciden en sus funciones y jerarquía
con los norteamericanos y demás, aparte de muchas pequeñas diferencias
técnicas procesales. El panorama judicial es sumamente complejo, como
puede verse por el solo hecho de que en Estados Unidos rigen nada menos
que cincuenta y un sistemas, el federal y los estaduales, que tampoco son
uniformes entre sí. La judicatura inglesa –que cuenta desde jueces legos
hasta los más técnicos y encumbrados– no es tampoco sencilla; si la
comparamos con la nuestra vemos un número importante de diferencias;
todo ello justificaría un estudio especial, imposible aquí. Digamos
solamente, para no dejar de mencionar este aspecto, que hasta la década
pasada, el cuerpo más elevado en Inglaterra con funciones judiciales era la
Cámara de los Lores, donde algunos miembros, llamados “Law Lords”
tenían a su cargo tales cometidos, interfiriendo las funciones de un poder
con las de otro; pero, finalmente, la ley de reforma de 2005, vigente desde
2009, creó en la esfera judicial una Suprema Corte del Reino Unido, de
apelaciones y última instancia para Inglaterra, puesto que en Escocia está
la Alta Corte de lo Judicial (High Court of Justiciary), autoridad superior
para casos penales. A causa de la doctrina de la soberanía parlamentaria,
esta Suprema Corte tiene poderes más limitados que en otros países en
materia de revisión y control de disposiciones inconstitucionales (judicial
review), porque no puede abrogar leyes emanadas del Parlamento, pero sí
legislación secundaria; puede asimismo, entre otros cometidos, hacer
declaraciones de incompatibilidad con los derechos establecidos en la
Convención Europea de Derechos Humanos. Pero, de un modo u otro, el
legado medieval de Inglaterra, este país territorialmente más pequeño que
nuestro Uruguay, es sumamente importante, sobre todo en cuanto a la idea
de la supremacía del derecho, que está ínsita en las frases corrientes como
“Estado de derecho” y “debido juicio legal”, por ejemplo. En cuanto al
precedente, entre nosotros se tiende a darle más importancia, quizás al
contrario de lo que muchos observan en el régimen del common law, donde
la codificación tiende a avanzar. Decía Couture que algún día ambos
sistemas habrían de encontrarse; es probable, después de todo. Otro
importante elemento del legado medieval al presente es el writ, de que ya
tratamos, no obstante la abolición de unas cuantas de sus formas en el
siglo XIX. Resumiendo, entonces, y ahora sí para terminar, los notables
institutos conocidos como common law y equity no pueden apreciarse sin
una consideración de su centenaria historia, que nos revela que estas dos
ramas del derecho son, pues, en gran medida el resultado y el producto de
la experiencia procesal: la parte adjetiva del derecho desarrollada antes
que la sustantiva, con notable influencia, por cierto, en lo lingüístico,
privando el procedimiento contradictorio ante el inquisitorio de regímenes
como el nuestro. Sus reglas, nunca apartadas de la vida, son
complementarias de las de los tribunales eclesiásticos y del Almirantazgo,
que juntos han formado un todo omnicomprensivo y coherente, el corpus
juris Angliæ, uno de los grandes y fundamentales sistemas jurídicos del
mundo.
Nota: Lo que antecede es la versión española de dos clases-conferencia
dictadas recientemente en lengua inglesa en la Facultad para los
estudiantes del último año de Traductorado, sección área Práctica
Profesional Inglés (traducción jurídica), acompañadas de numerosas
ilustraciones y estudio de algunos documentos medievales y renacentistas,
entre ellos una compra de un inmueble hecha por Shakespeare, omitidos
en esta publicación. La actual docente Prof. T. P. Beatriz Sosa, actualmente
a cargo de la disciplina que creé y regenté durante varias décadas, tuvo la
gentileza de invitarme a participar en ambos casos.