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René Lemarchand RUANDA: LA RACIONALIDAD DEL GENOCIDIO. En Issue.

A Journal of Opinion vol. XXIII/2, 1995. P. 8-11

Traducción: Marisa Pineau

La imagen de Ruanda transmitida por los medios masivos de comunicación es la


de una sociedad que enloqueció. ¿Qué otra cosa para explicar la insania colectiva que
llevó a la carnicería de medio millón de civiles - hombres, mujeres y niños? Tanto como
la escala de las matanzas, el impacto visual de las atrocidades aturde y vuelve
singularmente irrelevante preguntar por motivos racionales. El salvajismo tribal se
sugiere como el más plausible subtexto para las escenas de Apocalipsis capturadas por
las cámaras de televisión y los reporteros gráficos.
Irónicamente, justo cuando los medios masivos de comunicación reafirman el
“tribalismo” como la causa de la aflicción del continente, el descenso de Ruanda a los
infiernos convierte a esta sociedad en una no diferente a otras europeas y asiáticas: en
estas últimas el genocidio es intrínseco a sus experiencias históricas recientes. Visto en
el contexto total de los genocidios del siglo XX, la tragedia de Ruanda subraya la
universalidad - uno podría decir la normalidad - del fenómeno africano. La lógica que
pone en movimiento la maquinaria infernal de las matanzas en este país no es menos
“racional” que la que presidió la exterminación de millones de seres humanos en la
Alemania de Hitler o en la Camboya de Pol Pot. Vale la pena tener presente lo que
lúcidamente señaló Helen Fein en una publicación del Instituto para el Estudio del
Genocidio: “El genocidio se puede prevenir porque usualmente es un acto racional: los
perpetradores calculan la probabilidad del éxito, dados sus valores y objetivos”1.
El genocidio de Ruanda no se reduce a una mezcla tribal enraizada en odios
atávicos ni a un incendio espontáneo de furia ciega iniciada por el tiroteo del avión
presidencial el 6 de aril de 1994, como repetidamente proclamaron funcionarios del
régimen de Habyarimana. Aunque muy difundidas, ambas posiciones son travestis de la
realidad. Lo que enmascaran es la manipulación política que subyace debajo de la
masacre sistemática de las poblaciones civiles. Una planeada aniquilación, y no la
erupción de odios largamente arraigados, es la clave de la tragedia de Ruanda.
No es mi intención terminar con un mito para imponer otro que hablara de la
fantasía de una sociedad precolonial donde hutus y tutsis vivían en felicidad y armonía
eternas. No se puede negar que la sociedad de Ruanda fue una de las más centralizadas
y rígidamente estratificadas de todo el continente ni tampoco que se usó la fuerza en la
conquista de los reinos hutus periféricos. Pero esto no significa que el conflicto fuera
necesariamente más intenso o frecuente entre hutus y tutsis que entre tutsis y tutsis:
muchas evidencias históricas sugieren precisamente lo contrario.

El legado de la revolución

Mientras hay un acuerdo generalizado entre los especialistas en Ruanda en que


las raíces del conflicto están en la transformación de las identidades étnicas que
acompañó el advenimiento del régimen colonial, la cadena de hechos que lleva a las
matanzas comienza con la revolución hutu de 1959-62 - una revolución, debo agregar

1
Helen Fein, “Patron, Prevention and Punishment of Genocide: Observations on Bosnia and Rwanda”, in
Helen Fein (ed.), “The Prevention of Genocide: Rwanda and Yugoslavia reconsidered”, A Working
Paper of the Institute for the Study of Genocide, Nueva York, 1994, p. 5.
que rápidamente podría haberse desinflado si no hubiera sido por la sostenida asistencia
política, moral y logística provista a los insurgentes por la Iglesia católica y las
autoridades de la tutelle2. El resultado fue un cambio radical de poder de mano de los
tutsis a la de los hutus y el éxodo de miles de familias tutsis a territorios vecinos.
Pocos podían imaginar que, treinta años después, los hijos de la diáspora de
refugiados en Uganda formarían el núcleo de una organización político-militar
dominada por los tutsis - el Frente Patriótico de Ruanda (FPR) - que exitosamente
lucharía en la capital del país y vencería a un ejército que lo triplicaba en número.
Pero aún muchos menos podrían haber anticipado el precio de sus victorias. En
la víspera de la invasión del 1 de octubre de 1990, ninguno dentro del FPR tenía la
menor idea de la escala del cataclismo que estaban por desatar. La asunción, alimentada
por rumores y autoinducido optimismo, era que el régimen de Habyarimana era una
ganga y que rápidamente colapsaría en cuanto ocurriera la invasión. Mientras
groseramente se sobrestimaba la oposición interna, el FPR no anticipó el masivo apoyo
militar que el presidente Juvenal Habyarimana iba a recibir de los franceses. Tampoco
previeron el efecto catalítico de la invasión en las solidaridades hutus y la creciente
determinación de miembros del gobierno para manipular los odios étnicos para sacar
ventajas políticas. Las percepciones que los líderes del FPR tenían de sí mismos - la de
liberadores, dedicados a derrocar a un dictador corrupto y opresivo - produjeron un
triste resultado de sincronía con la imagen que muchos hutus tenían de sus pretendidos
“liberadores”.

Contra revolucionarios vistos como hamitas

Se pueden encontrar diferentes niveles de significación en la invasión de Ruanda


por el FPR y cada uno corresponde a un grupo distinto de actores. Lo mismo que los
franceses ven como una intolerable amenaza anglosajona a su chasse gardée - “el
síndrome Fashoda” [N. de la Tr.: en 1898 Lord Kitchener retuvo el control británico del
Sudán, sin combatir, frente a la avanzada francesa liderada por el comandante
Marchand] - los duros en el campo de Habyarimana no dudan en denunciarlo como un
intento desvergonzado de los contra revolucionarios, con apoyo externo, para volver el
tiempo atrás, a la era prerevolucionaria, cuando la hegemonía tutsi estaba a la orden del
día.
El marco de referencia “hamítico” agregó aún otra dimensión ominosa a la imagen
contrarrevolucionaria proyectada por los invasores. Es aquí donde el legado de la
historiografía misionera, evolucionando de las especulaciones sobre las afinidades
culturales entre hamitas y los cristianos coptos, hacia un dogma politizado acerca de los
orígenes etíopes de los tutsis, ahora denominados “feudo-hamitas”, contribuyeron a un
sabor distintivamente racista al discurso de los políticos hutus. Con las bases
ideológicas de los revolucionarios hutus de la década de 1950 (que veían en la
“hamitizacion” un complot tutsi para excluir de las posiciones de responsabilidad), las
referencias oficiales al peligro hamítico ganaron renovados bríos al comienzo de la
invasión. Así tenemos el ejemplo de León Musegera, el “jefe” hutu de Gisenyi. Este, en
una frase muy citada, urgió a sus seguidores a enviar a los tutsis a su lugar de origen -
Etiopía - usando la ruta más rápida, esto es, el río Akanyaru (conocido por haber
transportado innumerables cadáveres tutsis hacia el lago Victoria).

2
Este punto esta totalmente desarrollado en René Lemarchand Rwanda and Burundi, Londres, Pall Mall
Press, 1970, p. 175-196.
Lo que surge de las declaraciones de León Musegera y de la incitación a la
violencia destilada por la “Radio Libre de las Mil Colinas”, la usina extremista, es una
imagen de los tutsis como extraños e inteligentes, no diferente de la imagen de los
judíos en la propaganda nazi. Su extrañeza los descalifica como miembros de la
comunidad nacional; su inteligencia los vuelve una amenaza permanente para los
insospechados hutus. Nada menos que la liquidación física puede lidiar con tal peligro.

La dimensión regional del régimen hutu: el Norte versus el Sur

La aceptación del mito hamítico por los políticos hutus no se limitó a ninguna
región o localidad en particular, aunque fue entre los hutus del norte donde encontró
mejor recepción. La razón, en parte, es histórica. A diferencia de los hutus de las
regiones central y del sur, sus parientes del norte fueron incorporados posteriormente a
la monarquía y con considerable asistencia de la Schutztruppe alemana. En esos días,
los norteños, también conocidos como Kiga, formaron una subcultura distintiva. Sus
contactos con la monarquía tutsi, y con esta cultura en general, fueron pocos y
espaciados; muy pocos norteños se casaron con mujeres tutsis, por su conocimiento de
un pasado pre tutsi, habitado por reyezuelos (abahinza) y cabezas de linajes (kaburi
b`imiryango), poseedores de tierras (abakonde) y clientes (abagererwa), brujos y
profetas, sin equivalente entre los hutus del sur. No sorprende la confianza de sus
esfuerzos “revolucionarios” en la década de 1950 para volver el tiempo atrás a la edad
dorada de los días pre tutsi3.
No sorprende que el golpe que llevó al poder a Habyarimana en 1973 tuviera
como su objetivo político principal sacar del poder a los hutus del sur (liderados por el
difunto presidente Grégoire Kayibanda) y colocarlo firmemente en manos norteñas. Y
para asegurar que el poder y los privilegios continuarían siendo un monopolio del norte
¿qué era más natural para el pensamiento de Habyarimana que ordenar la masacre
generalizada de los políticos hutus de entre 40 y 50 años, originarios de las regiones
central y del sur y que estuvieran encarcelados, eliminando así a los “revolucionarios de
la primera hora”? (De este hecho Habyarimana derivó un beneficio adicional, cuando
algunos años después se volvió contra el Mayor Théonese Lizinde, en ese entonces su
jefe de seguridad y ahora una personalidad clave del FPR y lo acusó de haber planeado
personalmente el asesinato de los políticos del sur en Ruhengeri!)4.
Fue esta dimensión regional críticamente importante en la distribución del poder,
que inspiró en las mentes de los del norte las pesadillas sobre el FPR, como un potencial
aliado de los políticos hutus del sur. A la imagen del hamita como alguien
esencialmente extraño y como una criatura predatoria, se agregó la posibilidad que los
aterrorizaba sobre la unión con la oposición hutu y se anulara todo lo que se había
conseguido desde el golpe de 1973.
Desde junio de 1991, cuando se reconoció finalmente la legitimidad de la
democracia multipartidaria, el gobernante Movimiento Nacional para la Revolución y el
Desarrollo (MNRD) tuvo que discutir con muchos grupos de la oposición, notablemente
el étnicamente mixto Partido Liberal (PL), el Partido Social Demócrata (PSD) y el
Movimiento Democrático republicano (MDR). Pudo verse a los tres partidos como
aliados potenciales del FPR, pero por su sustancial apoyo entre las masas hutus de
Butare y Gitarama, en el sur, y por su único pedigrí, relacionado con el histórico

3
Lemarchand, Rwanda and Burundi, p. 97-106.
4
Para más información, véase Shyirambere J. Barahinyura, Habyarimana: Quinze ans de tyrannie et de
tartufferie au Rwanda, Frankfurt am Main, De. Izuba, 1988.
Partido de la Emancipación del Pueblo Hutu (Parmehutu) - liderado por el sur -, la
punta de lanza de la revolución hutu hasta la disolución por Habyarimana en 1973, el
MDR se convirtió en objeto de intensa sospecha por los norteños.
Esto tal vez explica las determinados y muy exitosos esfuerzos para dividirlos.
El resultado fue un creciente quiebre entre moderados y duros (éstos también conocidos
como “poder hutu”), el primero liderado por Faustin Twagiramungu (ahora Primer
Ministro), el último por Dismas Nsengiyaremye, Frodoual Karamira y Donat Murego.
Los tres fueron una vez los más acérrimos opositores de Habyarimana, y se mostraron
después como sus más sólidos apoyos. Es ilustrativo de cómo apropiadas recompensas o
débiles amenazas veladas, pueden provocar cambios espectaculares de lealtad.

La frustración de Arusha

Si no era por ser una amenaza contrarrevolucionaria, vector de la hegemonía hamítica o


aliado potencial de la oposición hutu, para los jefes de la camarilla de Habyarimana, el
FPR tenía que ser destruido como una fuerza política. Esto significaba el rechazo de
cualquier tipo de compromiso político con el FPR, incluyendo alianzas ad hoc con sus
representantes durante la transición a la democracia multipartidaria.
Así el concepto de compromiso estuvo en el corazón de los tratados de Arusha,
firmados el 4 de agosto e 1993, tras un año de negociaciones esporádicas. Por el
acuerdo de poder compartido surgido de allí, el FPR tendría un total de cinco asientos
en el gabinete sobre un total de 21 y 11 de los 70 asientos en la Asamblea Nacional
Transicional, poniéndose a la par del gobernante MNRD. De todos modos, compromiso
fue el nombre del juego en la reestructuración de las fuerzas armadas: 40% de las tropas
y 50% de los oficiales serían elementos del FPR. Se alcanzaron acuerdos también para
la repatriación de refugiados, la desmovilización de tropas y para la realización de
elecciones multipartidarias 22 meses después de la firma de los acuerdos.
Al instigar a la violencia étnica en una escala sustancia el MNRD, asistido por su
constante aliada, la cripto fascista y rabiosamente anti tutsi coalición para la Defensa de
la república (CDR), supo que ellos podían efectivamente descarrilar el proceso de paz.
La matanza de unos 300 tutsis en la prefectura de Gisenyi en febrero de 1993 fue
diseñada para hacerse así. Seguramente no es una coincidencia que las matanzas
ocurrieran apenas después de la firma, el 9 de enero de 1993, de uno de los acuerdos
claves para compartir el poder (técnicamente conocido como “protocolo de acuerdo con
el FPR para compartir el poder dentro de un contexto de un gobierno transicional
amplio”).
La injustificable matanza de civiles tutsis se convirtió en el modo más rápido y
más “racional” de eliminar toda base de compromiso con el FPR: el reaseguro de las
solidaridades hutus podrían pronto trascender las diferencias regionales y hacer
virtualmente impensable que los hutus y los tutsis acordaran nada.
Se sentó la pauta mucho antes de que se llevaran a cabo las conversaciones de
Arusha. En las semanas inmediatamente siguientes a la invasión de octubre de 1990,
cerca de 300 tutsis fueron masacrados a mansalva en Kibilira. Entonces la respuesta al
raid del FPR en Ruhengeri, en enero de 1991, fue la eliminación de al menos unos mil
pastores bugogwe y de sus familias (un subgrupo tutsi). En 1992 cientos de tutsis fueron
muertos en la región Busegera cuando rumores provenientes del gobierno alertaron a los
hutus de que ellos estaban cerca de ser masacrados por los FPR y sus colaboradores
civiles5.
La indiferencia persistente de la comunidad internacional frente al crimen
organizado, junto con los niveles crecientes de asistencia militar francesa a los asesinos,
indujeron al régimen de fortalecer más sus capacidades de organización. Para 1992 el
aparato institucional del genocidio ya estaba en funcionamiento. Involucraba cuatro
niveles distintivos de actividad o grupos de actores: a) el akazu (“casa pequeña” en
Kinyarwanda), el grupo central, que consistía del entorno inmediato de Habyarimana,
como su mujer (Agatha), sus tres cuñados (Protée Zigiranyirazo, Seraphin
Rwabukumba y Elie Sagatwa) y un grupo de asesores confiables (especialmente Joseph
Nzirorera, Laurent Serubuga e Ildephonse Gashumba); b) los organizadores rurales,
entre 200 y 300, surgidos de los cuadros comunales y prefecturales (prefectos,
subprefectos, consejeros comunales, etc.); c) las milicias (interhamwe), estimadas en
unos 30 mil, formando los operativos encargados de hacer las matanzas reales; d) la
guardia presidencial, reclutada exclusivamente entre los norteños y entrenados con una
visión de proveer apoyo auxiliar a la matanza a los escuadrones de la muerte civiles.
Así se creó una estructura organizacional que calzaba exactamente al objetivo.

El asesinato de Ndadaye

Con el asesinato del presidente Melchior Ndadaye de Burundi, el 21 de octubre


de 1993, el genocidio empezó a verse cada vez más por los políticos del MNRD como
la única opción racional, y el compromiso, siguiendo las líneas de Arusha, como
sinónimo de suicidio político. Al ser elegido como el primer presidente hutu en la
historia de Burundi, la elección de Ndadaye terminó con 28 años de hegemonía tutsi 6.
Su muerte en manos de un ejército totalmente tutsi provocó un inmediato y poderoso
efecto de muestra para los hutus de Ruanda. Como la violencia étnica se esparció por el
país, causando que unos 200.000 hutus en pánico buscaran refugio en Ruanda, el
mensaje que surgía del asesinato de Ndadaye se volvió claro y fuerte: “¡Nunca confíes
en un tutsi!”.
Con la muerte de Ndadaye se desvanecieron las pocas esperanzas que se
mantenían de que Arusha proveyera una fórmula viable para el compromiso político con
el FPR. Aunque formalmente comprometidos a implementar los acuerdos, Habyarimana
fue rápidamente perdiendo su control de la situación. Mientras, y como si diera más
fuerza a la postura de los duros de MNRD, decenas de miles de refugiados hutus de
Burundi y altamente politizados por los eventos allí ocurridos, estaban ahora
disponibles para la movilización política precisamente donde eran más necesitados, en
las regiones sur-central, que eran vistas por los akazu como las menos “confiables”.
Combinando los efectos de división del asesinato de Ndadaye, la selección de
candidatos a los órganos transicionales de gobierno desataron una locura de
competición para los despojos tanto en el interior como entre los partidos políticos.
Algunos de ellos, como el Partido Liberal (PL) o el Partido Social Demócrata (PSD), se
encontraron a sí mismos, de la noche a la mañana, inmersos en terribles luchas étnicas;
otros parecieron a punto de desintegrarse en riñas facciones entre extremistas y
moderados. Los asesinatos políticos a veces estaban a la orden del día.
5
Véanse las importantes evidencias recogidas por la Association Rwandaise pour la Défense des Droits
de la Personne et des Libertés Publiques en su “Rapport sur les droits de l’homme au Rwanda,
Septembre 1991- Septembre 1992”, Kigali, 1992.
6
Véase René Lemarchand, Burundi: Ethnocide as Discourse and Practice, Cambridge, Woodrow Wilson
Press y Cambridge U.P., 1994.
De todos modos, orquestar una transición que pudiera alcanzar las expectativas
del “poder hutu” (la frase surgió para designar la periferia extremista entre partidos de
oposición) y efectivamente reducir la influencia de los elementos del FPR en el
gobierno, pareció completamente ilusorios cuando Arusha proveyó el marco
constitucional de referencia básico para institucionalizar un compromiso.

El tiroteo al avión presidencial: ¿un complot racional?

Aquí es donde el tiroteo al avión presidencial del 6 de abril aparece por entero
consistente con la estrategia total de los extremistas del MNRD. A pesar de la ausencia
de evidencias sólidas en apoyo de un complot patrocinado por los akazu, es fácil ver la
lógica que puede haberlo promovido. No sólo la muerte de Habyarimana removió de
una vez y para siempre el espectro de Arusha (aún al costo de perder en el proceso a un
miembro clave de los “akazu”, Elie Sagatwa), pero aclarando que “fue el FPR el que
hizo esto”, los mismos extremistas pudieron ahora señalar a su “crimen miserable”
como una justificación moral para el genocidio. Nunca se sabrá quién disparó el misil
que derribó el avión de Habyarimana, ni quién ordenó ese disparo. Pero si las evidencias
circunstanciales son señal de algo, hay razones claras para ver el tiroteo del avión como
un acto eminentemente racional desde el punto de vista de los objetivos inmediatos de
los extremistas hutus.
En Kigali, la matanza de las figuras de la oposición, tanto hutus como tutsis,
comenzó momentos después del asunto del avión, en base a listas preestablecidas. Hubo
dos categorías de aliados potenciales del FPR en la mira: a) políticos moderados hutus
(diferentes del “poder hutu”) de las regiones sur/central, muchos de ellos afiliados al
Movimiento Democrático Republicano (MDR), y b) líderes de la oposición (hutus y
tutsis) identificados con el Partido Liberal (PL) o Partido Social Demócrata (PSD).
Lejos de haber hecho la selección en base a un criterio étnico, generalmente se vio a las
víctimas como animadas por un sentido de compromiso y conciliación hacia el FPR,
como potenciales traidores. Las dos categorías fueron atacadas en cuestión de horas.
Terminar con los civiles tutsis fue una empresa más difícil y la escala y rapidez de la
carnicería deja dudas acerca de la eficiencia de los escuadrones de la muerte
esgrimiendo machetes7. Si vamos a creer los testimonios de los testigos oculares, hubo
una racionalidad macabra en los métodos empleados por los asesinos. Como le dijo un
sobreviviente a este escritor, “donde deben ser muertas grandes cantidades de gente, tal
como sucedió, donde docenas o cientos buscaron refugio en las iglesias, los escuadrones
de la muerte fueron allí metódicamente: la fase uno involucró quebrarles las rodillas
para evitar que las víctimas huyeran; una vez que las víctimas estaban inmovilizadas,
trabajaban sobre muñecas y brazos, para evitar que pudieran pelear; los asesinos podían
entonces volver a la última fase, usando cachiporras, palos y machetes para romper
cráneos y cuellos”. Horriblemente “racional” también fue el asalto sistemático a los
niños: después de todo, muchos de los soldados del FPR eran bebés cuando sus padres
dejaron sus hogares durante la revolución de 1959; ¿por qué cometer el mismo error dos
veces?
Que una carnicería de esta magnitud pueda haber ocurrido día tras día, semana
tras semana, sin interferencias de la comunidad internacional, habla a los gritos de su
falta para resolver cuestiones relativas con violaciones masivas de los derechos

7
La fuente definitiva de las violaciones de derechos humanos en Ruanda es el devastador informe de
Rakiya Omaar y Alex de Waal para African Rights de Londres, Rwanda: Death, Despair and Defiance,
Londres, 1994.
humanos. Que ellos pudieron literalmente desligarse de los asesinos puede haber sido
una consideración principal de los organizadores de las matanzas. Dada la extensión del
respaldo militar, logístico, político y económico francés, ellos correctamente se dieron
cuenta que podían actuar con impunidad. Conocían que el síndrome Fashoda podía
actuar a su favor; sabían que la Embajada francesa podía mirar a otro lado cada vez que
se confrontaba con evidencias irrefutables de violaciones masivas de derechos humanos;
y sabían, cuando las circunstancias lo requirieran, cómo capitalizar los lazos cerrados de
amistad entre el hijo del presidente François Mitterand, Jean-Cristophe, y su
“compinche”, Juvenal Habyarimana.
Es difícil creer que los franceses no fueran conscientes potenciales del genocidio
creado por la manipulación sistemática de identidades étnicas, por las matanzas de tutsis
durante años y por la incitación a la violencia desde la Radio Mil Colinas. Si así fue,
desafía la lógica cartesiana comprender cómo la autodenominada “patria de los
derechos del hombre” pudo barrer bajo la alfombra unas violaciones a los derechos
humanos tan masivas en nombre de las amenazas formuladas por los más altos intereses
geopolíticos hechas por el caballo de Troya del imperialismo anglosajón. Se tiene en
cuenta sólo una lógica de riesgos calculados por los autores del genocidio para
comprender las implicancias de esta paradoja. La lección a aprender no está más
claramente articulado en ningún lugar que en las palabras de Helen Fein: “Los poderes
abusivos continuarán abusando mientras trabajan: el movimiento para cambiar la
asunción aceptada de que la soberanía implica indiferencia hacia los crímenes de los
vecinos (como el respeto a la familia implicó no mirar abuso de niños en la casa de al
lado) surgirá de las imágenes de vuelos masivos, caos, sangre y muerte”8.

8
Helen Fein, “The Prevention of Genocide”, p. 12.

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