El viento canta en la cima del monte,
susurra verdades que nadie responde.
En su brisa trae memorias lejanas,
de mares inmensos y tierras hermanas.
Las rocas aguardan, testigos silentes,
marcando el paso de siglos recientes.
Su piel se desgasta bajo el sol ardiente,
pero guardan secretos de un tiempo latente.
El cielo se extiende, un azul sin medida,
refugio del alma que busca la vida.
Las nubes se tiñen de colores suaves,
como pinceladas de artistas errantes.
En el horizonte el sol se desploma,
dará paso pronto a la noche que asoma.
El ocaso arde en tonos dorados,
un último beso de rayos cansados.
La tierra respira, un latido profundo,
conecta al viajero al alma del mundo.
Sus pasos resuenan en ecos fugaces,
un compás eterno que nunca deshaces.
Oh, naturaleza, poema viviente,
cada rincón tuyo es puro y latente.
Tu canto resuena en el corazón,
tu música es vida, tu música es sol.
Cuando el sueño alcance mis ojos cansados,
volveré a tus brazos de campos dorados.
Tu abrazo será mi refugio sereno,
un eco de paz, un amor pleno.
Y así me quedo, perdido en tus huellas,
tu luz me envuelve, tus sombras me sellan.
Naturaleza inmensa, eterna poesía,
guardas el alma de toda alegría.