“EL LECTOR MODELO”
El papel del lector
Un texto, tal como aparece en su superficie (o manifestación) lingüística, representa una cadena
de artificios expresivos que el destinatario debe actualizar. (...) En la medida en que debe ser
actualizado, un texto está incompleto. (...) Sin embargo, un texto se distingue de otros tipos de
expresiones por su mayor complejidad. El motivo principal de esa complejidad es precisamente el
hecho que está plagado de elementos no dichos (cf. Ducrot, 1972).
«No dicho» significa no manifiesto en la superficie, en el plano de la expresión: pero precisamente
son esos elementos no dichos los que deben actualizarse en la etapa de la actualización del
contenido. Para ello, un texto (con mayor fuerza que cualquier otro tipo de mensaje) requiere
ciertos movimientos cooperativos, activos y conscientes, por parte del lector. (...)
No hay dudas de que en la actualización inciden otros movimientos cooperativos. En primer lugar,
el lector debe actualizar su enciclopedia para poder comprender que el uso del verbo /volver/
entraña de alguna manera que, previamente, el sujeto se había alejado (una gramática de casos
analizaría esta acción atribuyendo a los sustantivos determinados postulados de significación: el
que vuelve se ha alejado antes, así como el soltero es un ser humano masculino adulto). En
segundo lugar, se requiere del lector un trabajo de inferencia para extraer, del uso del
adversativo /entonces/, la conclusión de que María no esperaba ese regreso, y de la
determinación /radiante/, el convencimiento de que, de todos modos, lo deseaba ardientemente.
(...)
Cómo el texto prevé al lector
(...) Ya se ha criticado ampliamente (y en forma definitiva en el Tratado, 2.15) el modelo
comunicativo vulgarizado por los primeros teóricos de la información: un Emisor, un Mensaje y un
Destinatario, donde el Mensaje se genera y se interpreta sobre la base de un Código. Ahora
sabemos que los códigos del destinatario pueden diferir, totalmente o en parte, de los códigos del
emisor; que el código no es una entidad simple, sino a menudo un complejo sistema de sistemas
de reglas; que el código lingüístico no es suficiente para comprender un mensaje lingüístico: |
¿Fuma?| |No| es descodificable lingüísticamente como pregunta y respuesta acerca de los hábitos
del destinatario de la pregunta; pero, en determinadas circunstancias de emisión, la respuesta
connota «mala educación» sobre la base de un código que no es lingüístico, sino ceremonial:
hubiese debido decirse |no, gracias |. Así, pues, para «descodificar» un mensaje verbal se
necesita, además de la competencia lingüística, una competencia circunstancial diversificada, una
capacidad para poner en funcionamiento ciertas presuposiciones, para reprimir idiosincrasias,
etcétera. (...)
[G]enerar un texto significa aplicar una estrategia que incluye las previsiones de los movimientos
del otro; como ocurre, por lo demás, en toda estrategia. En la estrategia militar (o ajedrecística,
digamos: en toda estrategia de juego), el estratega se fabrica un modelo de adversario. Si hago
este movimiento, arriesgaba Napoleón, Wellington debería reaccionar de tal manera. (…)
Textos “cerrados” y textos “abiertos”
Ciertos autores (…) determinan su Lector modelo son sagacidad sociológica y con un brillante
sentido de la media estadística: se dirigirán alternativamente a los niños, a los melómanos, a los
médicos, a los homosexuales, a los aficionados al surf, a las amas de casa pequeñoburguesas, a los
aficionados a las telas inglesas, a los amantes de la pesca submarina, etc. Como dicen los
publicitarios, eligen un target (y una «diana» no coopera demasiado: sólo espera ser alcanzada).
Se las apañarán para que cada término, cada modo de hablar, cada referencia enciclopédica sean
los que previsiblemente puede comprender su lector. Apuntarán a estimular un efecto preciso;
para estar seguros de desencadenar una reacción de horror dirán de entrada «y entonces ocurrió
algo horrible». En ciertos niveles, este juego resultará exitoso. (...)
Pero también puede ocurrir (...) que la competencia del Lector Modelo no haya sido
adecuadamente prevista, ya sea por un error de valoración semiótica, por un análisis histórico
insuficiente, por un prejuicio cultural o por una apreciación inadecuada de las circunstancias de
destinación. (...)
Nada más abierto que un texto cerrado.
Uso e interpretación
(...) [A]unque, como nos ha mostrado Peirce, la cadena de las interpretaciones puede ser infinita,
el universo del discurso introduce una limitación en el tamaño de la enciclopedia. Un texto no es
más que la estrategia que constituye el universo de sus interpretaciones, si no «legítimas»,
legitimables. Cualquier otra decisión de usar libremente un texto corresponde a la decisión de
ampliar el universo del discurso. La dinámica de la semiosis ilimitada no lo prohíbe, sino que lo
fomenta. Pero hay que saber si lo que se quiere es mantener activa la semiosis o interpretar un
texto. (...)
Autor y lector como estrategias textuales
(...) Cuando se enfrenta con mensajes cuya función es referencial, el Destinatario utiliza esas
marcas gramaticales como índices referenciales (|yo| designará al sujeto empírico del acto de
enunciación del enunciado en cuestión, etc.). Otro tanto puede ocurrir en el caso de textos
bastante extensos, como cartas, páginas de diarios y, en definitiva, todo aquello que se lee para
adquirir información sobre el autor y las circunstancias de la enunciación. Pero cuando un texto se
considera como texto, y sobre todo en los casos de textos concebidos para una audiencia bastante
amplia (como novelas, discursos políticos, informes científicos, etc.), el Emisor y el Destinatario
están presentes en el texto no como polos del acto de enunciación, sino como papeles actanciales
del enunciado (cf. Jakobson, 1957). (...)
El autor como hipótesis interpretativa
Si el Autor y el Lector Modelo son dos estrategias textuales, entonces nos encontramos ante una
situación doble. Por un lado, como hemos dicho formula una hipótesis de Lector Modelo y, al
traducirla al lenguaje de su propia estrategia, se caracteriza a sí mismo en cuanto sujeto del
enunciado, con un lenguaje igualmente «estratégico», como modo de operación textual. Pero, por
otro lado, también el lector empírico, como sujeto concreto de los actos de cooperación, debe
fabricarse una hipótesis de Autor, deduciéndola precisamente de los datos de la estrategia textual.
(...)
(Umberto Eco (1987), “El lector modelo”, en Lector in fabula, Barcelona, Lumen, selección de
fragmentos p.73-95).