Anuncio Divino A María
Anuncio Divino A María
Al sexto mes el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a
una virgen desposada con un varón que se llamaba José, de la casa de David; y el nombre de la
virgen era María. Y entrando el ángel en donde ella estaba, dijo: ¡Salve, muy favorecida! El Señor
es contigo; bendita tú entre las mujeres. Mas ella, cuando le vio, se turbó por sus palabras, y
pensaba qué salutación sería esta. Entonces el ángel le dijo: María, no temas, porque has hallado
gracia delante de Dios. Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su
nombre JESÚS. Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el
trono de David su padre; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.
(1:26-33)
Pero yo he puesto mi rey sobre Sion, mi santo monte. Yo publicaré el decreto; Jehová me ha dicho:
Mi hijo eres tú; yo te engendré hoy. Pídeme, y te daré por herencia las naciones, y como posesión
tuya los confines de la tierra. Los quebrantarás con vara de hierro; como vasija de alfarero los
desmenuzarás.
Isaías predijo que “la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su
nombre Emanuel” (Is. 7:14).
Isaías también predijo con detalle la muerte expiatoria del Mesías como
sustituto por los pecados de su pueblo (52:13—53:12); Daniel predijo el tiempo
de su venida (Dn. 9:25-26); Miqueas mostró el lugar de su nacimiento (Mi. 5:2).
El Antiguo Testamento está repleto con otras profecías relacionadas con la
vida y el ministerio del Mesías (p. ej., Sal. 40:7-8; 110:1, 4; 118:22, 26; Is. 8:14;
11:2, 10; 28:16; 61:1-2; Jer. 23:5; Zac. 9:9; 12:10; 13:7), a tal punto que, en el
camino a Emaús, el Cristo resucitado reprendió a sus seguidores por no
reconocer el significado y relevancia de tales profecías en relación con Él:
¡Oh insensatos, y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho! ¿No era
necesario que el Cristo padeciera estas cosas, y que entrara en su gloria? Y comenzando desde
Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él
decían (Lc. 24:25-27; cp. vv. 44- 47).
EL MENSAJERO DIVINO
Al sexto mes el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret,
(1:26)
LA ELECCIÓN DIVINA
a una virgen desposada con un varón que se llamaba José, de la casa de David; y el nombre de la
virgen era María. (1:27)
El anuncio angelical del nacimiento de Juan el Bautista le llegó a un anciano
sacerdote en el templo de Jerusalén (1:11-13), pero la noticia del milagroso
nacimiento de Jesús llegó a una joven en una aldea pequeña e insignificante. A
ella se le describe en primer lugar como una virgen.
Parthenos (virgen) se refiere a una persona que nunca ha tenido relaciones
sexuales, y nunca se utilizaría para describir a una mujer casada. En la
costumbre judía, por lo general una muchacha estaba desposada a los doce o
trece años y se casaba al final del período de esponsales de un año. Los
esponsales, dispuestos por los padres, eran un arreglo legal más vinculante
que el compromiso moderno. Únicamente la muerte o el divorcio podían anular
el contrato, y a la pareja se le podía hacer referencia como esposo y esposa. Si
el esposo comprometido moría, a la muchacha se le consideraba viuda. La
pareja no vivía junta ni tenía relaciones sexuales durante el período de
esponsales. En ese año la muchacha debía demostrar su fidelidad y pureza, y
el muchacho iría a preparar un hogar para su futura esposa.
Al concluir el año se realizaba una fiesta de bodas de siete días (cp. Mt. 25:1-
13; Jn. 2:1-11), tras la cual la pareja comenzaba su vida en común como
marido y mujer. Solo entonces se consumaba el matrimonio. Esta virgen en
particular estaba desposada con un varón que se llamaba José. Aunque solo
era un carpintero común y corriente, él venía de la casa de David, el más
grande de los reyes de Israel, de cuyas entrañas vendría el Mesías (2 S. 7:12,
16; Sal. 89:35-36; Jer. 23:5; Mt. 22:42; Mr. 10:47; Hch. 2:30; 13:23; Ro. 1:3).
La genealogía que Mateo hace de Cristo traza su ascendencia hasta José (1:1-
17), demostrando que desciende de David, por lo que a Jesús también se le
llama “hijo de David” (Mt. 1:1). Aunque José no era el padre biológico de Jesús,
su adopción de Jesús lo convirtió legalmente en parte de la casa de David, por
consiguiente, la genealogía en Mateo establece la afirmación de Cristo en el
trono de David como heredero legal de José. Lucas informa simplemente que
el nombre de la virgen era María. A diferencia del elogio a Zacarías y Elisabet
que Lucas registró antes (1:6), no atribuye nada a María excepto su condición
de virgen; no añade nada que la distinguiera como una joven digna de
mención. Aunque ella debió haber sido justa y obediente (como demuestra su
testimonio en los vv. 46-55), quizás el Espíritu Santo estaba evitando algo que
pudiera empeorar el “culto romano a María”, si esto fuera posible.
Al igual que José, a María también se traza su ascendencia hasta David; según
se observa en la exposición de 3:23-38 en el capítulo 21 de esta obra, la
genealogía que Lucas hace de Jesús registra su ascendencia a través de su
madre. Por tanto, Jesús heredó de su padre adoptivo, José, el derecho legal al
trono de David, mientras que su descendencia física de David vino de su
madre, María. En todo sentido legítimo, tanto legal como físicamente,
Jesucristo era el Hijo de David y nacido para ser el verdadero Rey de Israel.
LA BENDICIÓN DIVINA
Y entrando el ángel en donde ella estaba, dijo: ¡Salve, muy favorecida! El Señor es contigo; bendita
tú entre las mujeres. Mas ella, cuando le vio, se turbó por sus palabras, y pensaba qué salutación
sería esta. Entonces el ángel le dijo: María, no temas, porque has hallado gracia delante de Dios.
(1:28-30)
La frase entrando en sugiere claramente que María se hallaba en su casa, al
parecer sola, cuando Gabriel apareció. Sin duda ella estaba haciendo las tareas
hogareñas normales de una muchacha judía de doce o trece años de edad. La
primera palabra para ella fue el saludo común cotidiano salve, u “hola”. Puesto
que Zacarías se llenó de pánico cuando Gabriel se le apareció (cp. el estudio
de la aparición de Gabriel a Zacarías en el cap. 2 de esta obra), es probable
que la sencilla introducción y las inmediatas palabras de bendición tuvieran el
propósito de tranquilizar a María.
Al dirigirse a ella como muy favorecida, Gabriel señaló que María no debía
temer nada, sino que se iba a convertir en receptora de la gracia de Dios. No
hay nada intrínsecamente digno en la joven que la pusiera por encima de otros
creyentes, como si fuera perfectamente santa; igual que todas las personas,
María era pecadora (cp. Job 25:4; Sal. 14:1-3; Ec. 7:20; Is. 53:6; Ro. 3:12, 23)
con necesidad de la gracia de Dios (Hch. 15:11; 18:27; Ro. 3:24; 5:15, 17; Ef.
1:7; 2:5, 8; 2 Ti. 1:9; Tit. 3:7).
El saludo de Gabriel ha sido confiscado para formar la base de la
conocida oración católico romana conocida como el Ave María. La
errónea hipótesis de esa oración, basada en la traducción de la Vulgata latina
de muy favorecida como gratia plena (“llena de gracia”), es que a María se le
ha concedido, y posee, plenitud de gracia, la cual entonces otorga a otros. En
su encíclica Ad Diem Illum Laetissimum, el papa Pío X, en una extraña
distorsión de la verdad, ha llamado a María no receptora de gracia, sino
“dispensadora de todos los bienes que Jesús nos ganó con su muerte y con su
sangre; ministro principal en la concesión de gracias; administradora de los
tesoros de los méritos de Jesús con derecho”. El papa León XIII estuvo de
acuerdo, y declaró en su encíclica Octobri Mense que “de aquel grandísimo
tesoro de todas las gracias que trajo el Señor… absolutamente nada se nos
concede… sino por medio de María”.
La encíclica Ineffabilis Deus del papa Pío IX citó la creencia de la Iglesia
Católica de que María es “inefable abundancia y grandeza de todas las gracias,
virtudes y privilegios… adornada de todos los carismas del divino Espíritu…
tesoro casi infinito de los mismos, y abismo inagotable”.
Para resumir el punto de vista católico de que María es la mediadora de todas
las gracias, Ludwig Ott escribe: “Desde su asunción a los cielos, no se concede
ninguna gracia a los hombres sin su intercesión actual” (Manual de teología
dogmática [Barcelona: E. Herder, 1966], p. 331). Esa visión falsa y antibíblica
de María es parte integral de la práctica de mariolatría (veneración y adoración
a María) de la iglesia romana, que blasfema al Señor Jesús al adorar a alguien
más. En realidad, María fue una pecadora humilde y redimida. Ella no fue sin
pecado desde su concepción hasta su asunción corporal al cielo, como
sostiene el dogma católico, ya que Jesús mismo declaró: “Ninguno hay bueno,
sino sólo Dios” (Lc. 18:19; cp. Ro. 3:10).
Tampoco María es la co-redentora de la humanidad, ya que los pecadores son
“justificados gratuitamente… mediante la redención que es en Cristo Jesús”
(Ro. 3:24; cp. 1 Co. 1:30; Ef. 1:7; Col. 1:13-14; He. 9:12). Ella no oye ni
contesta oraciones ni intercede por nadie, ya que hay “un solo mediador entre
Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1 Ti. 2:5). La enseñanza del
catolicismo romano de que “no hay un camino más seguro y más expedito
para unir a todos con Cristo que el que pasa a través de María, y que por ese
camino podemos lograr la perfecta adopción de hijos, hasta llegar a ser santos
e inmaculados en la presencia de Dios” (papa Pío X, Ad Diem Illum
Laetissimum) es totalmente falsa y blasfema. La exaltada y cuasi deificada
María del dogma católico romano está muy lejos de la sumisa y modesta
“sierva del Señor” (Lc. 1:38) revelada en la Biblia.
EL HIJO DIVINO
Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS. Este será
grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre; y
reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin. (1:31-33)
Después del saludo de Gabriel, María oyó por primera vez lo que la
misericordiosa obra de Dios iba a ser en la vida de ella. Si el saludo la había
turbado, debió haber quedado perpleja ante lo que él dijo a continuación.
María solo conocía una manera en que podía concebir un hijo, por medio de
relaciones sexuales con un hombre. También era consciente de que ella no
había tenido tales relaciones, como indica su pregunta en el versículo 34:
“¿Cómo será esto? pues no conozco varón”. El concepto de una virgen
embarazada era totalmente inconcebible para ella; una imposibilidad, una
contradicción en términos comparables a un soltero casado, o un círculo
cuadrado. Sin embargo, el asombroso anuncio de Gabriel, en palabras de
cumplimiento de la profecía de Isaías acerca del nacimiento virginal del Mesías
(Is. 7:14; cp. Mt. 1:23), era que sin la simiente de un hombre María concebiría
en [su] vientre, y [daría] a luz un hijo.
Esa desconcertante promesa de un milagro divino estaba más allá de la
comprensión de la joven o de cualquier entendimiento humano. Entonces, con
impresionante brevedad, en una gran y gloriosa revelación Gabriel resumió, de
manera sucinta, todo el ministerio del Señor Jesucristo:
a) obra salvadora,
b) vida justa
c) deidad
d) resurrección
e) ascensión
f) glorioso regreso
g) gobierno del reino.
El ángel comenzó con la orden: llamarás su nombre JESÚS, calificativo que era
la forma griega del nombre hebreo Yeshua (“Yahvé salva”), que presentaba la
realidad de la obra salvadora del Mesías. Dios es un Dios salvador, y “buscar
y… salvar lo que se había perdido” (Lc. 19:10; cp. 2:11, 30, 38; Mt. 1:21; 1 Ti.
1:15; cp. Jn. 12:27; Ro. 8:3-4; 2 Co. 8:9) fue la razón de que Jesucristo viniera
al mundo. Su obra de salvación es el tema central del Nuevo Testamento (cp.
Mt. 11:28-30; Jn. 14:6; Hch. 4:12; 5:31; 13:23, 38; Ro. 5:1-2; 2 Co. 5:21; He.
7:25; Ap. 1:5). En obediencia a la orden del ángel, María y José llamaron Jesús
a su Hijo recién nacido (Lc. 2:21).
Gabriel le dijo entonces a María que su Hijo Jesús sería grande (megas). Una
vez más la declaración mesurada es impactante. Pero todos los sinónimos que
se pudieran agregar, tales como extraordinario, espléndido, magnífico, noble,
insigne, poderoso o eminente, serían igualmente inadecuados. Resulta difícil
que el lenguaje humano haga justicia a la majestuosa y gloriosa persona del
Señor Jesucristo. Los adjetivos y superlativos no se utilizan porque sean
superfluos. La vida de Jesús definirá lo grande.
Y los creyentes en adoración siempre serán conscientes de que el lenguaje es
inadecuado para expresar el honor y la gloria de la persona de Jesús. A
diferencia de Juan el Bautista, cuya grandeza fue calificada como delante de
Dios (1:15), la grandeza de Jesús es absoluta. Él es grande en sí y por sí
mismo; su grandeza es intrínseca a su misma naturaleza como Dios, y no se
deriva de ninguna fuente exterior a sí mismo. Jesucristo está por “sobre todo
principado y autoridad y poder y señorío, y sobre todo nombre que se nombra,
no sólo en este siglo, sino también en el venidero” (Ef. 1:21).
La verdadera medida de la grandeza de Cristo se puede ver en su participación
de la gloria de Dios, de la cual Dios declaró: “A otro no daré mi gloria” (Is.
42:8). Al referirse a la visión de Isaías de la majestad y la gloria de Dios (Is.
6:1-10), el apóstol Juan escribió: “Isaías dijo esto cuando vio su gloria [de
Cristo] y habló acerca de él” (Jn. 12:41). Juan pudo decir que cuando Isaías vio
la gloria de Dios en el templo, vio la gloria de Cristo, porque Él participa de la
gloria del Padre. Esa gloria, aunque velada en su carne humana, se manifestó
sin embargo durante la vida terrenal de Cristo. Juan escribió: “Y aquel Verbo
fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del
unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad” (1:14). Y por breves
instantes en el monte de la transfiguración se reveló a Pedro, Jacobo y Juan la
majestuosa gloria de Jesús (Mt. 17:1-8). Cristo posee la gloria de Dios porque
como el Hijo del Altísimo (cp. 1:35, 76; 6:35; Hch. 7:48) posee la naturaleza de
Dios.
Altísimo (hupsistos) es el equivalente griego del título del Antiguo Testamento
frecuentemente usado para Dios El Elyon (Gn. 14:18-20; Dt. 32:8; 2 S. 22:14;
Sal. 7:17; 9:2; 21:7; 46:4; 47:2; Is. 14:14; Lm. 3:35, 38; Dn. 4:17, 24; 5:18, 21).
Este es un título que se refiere a su posición como gobernante soberano
supremo. Identificar a Jesús como Hijo del Altísimo es afirmar que Él tiene la
misma esencia de Dios. En las palabras del escritor de Hebreos, Jesús es “el
resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia” (He. 1:3; cp. Mt.
1:23; Jn. 10:30; Fil. 2:6-9; Col. 2:9)
Este asombroso niño sería el Dios encarnado, perfectamente justo en todo lo
que pensó, dijo e hizo. Moriría como sacrificio inmaculado, ofreciéndose como
sustituto por los pecadores, presentando su muerte expiatoria para salvarlos
de los pecados. Pero ese no es el final de la historia. Este justo no
permanecería muerto, sino que resucitaría para reinar.
La culminación de la obra de Cristo vendrá cuando el Señor Dios le dé
el trono de David su padre; y reinará sobre la casa de Jacob para
siempre, y su reino no tendrá fin. Como se señaló anteriormente, el Señor
Jesucristo fue el heredero legítimo del trono de David su padre por medio de su
padre legal, José. Las palabras de Gabriel resaltan tanto el carácter judío del
reino de Cristo, ya que reinará sobre la casa de Jacob (Is. 65:17-19; Sof. 3:11-
13; Zac. 14:16-21, así como en el resto de la humanidad; cp. Dn. 7:14, 27), y
en la eternidad, ya que su reino no tendrá fin (Ap. 11:15).
El reino prometido no está limitado al actual reino espiritual de Cristo, como
sostienen los amilenialistas. La Biblia enseña que Satanás estará atado
durante el milenio (Ap. 20:1-3); pero ahora, como Pedro advirtió, el diablo
“anda alrededor buscando a quien devorar” (1 P. 5:8). Por tanto, la era actual
no puede ser el milenio. Tampoco la Iglesia es la que da lugar al reino milenial,
al final del cual Cristo regresa, como postulan los posmilenialistas. Jesús mismo
planteó la pregunta retórica: “Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en
la tierra?” (Lc. 18:8).
El Señor Jesucristo claramente no estableció su reino en su primera venida.
Según Juan indicara en el prólogo de su evangelio, “a lo suyo [Israel] vino, y los
suyos no le recibieron” (Jn. 1:11; cp. 11:53; Mt. 9:34; 12:14; 21:37-43; Mr. 6:3;
16:14; 1 Ts. 2:14-16). El pueblo judío (en particular sus líderes), “no
conociendo a Jesús, ni las palabras de los profetas que se leen todos los días
de reposo, las cumplieron al condenarle. Y sin hallar en él causa digna de
muerte, pidieron a Pilato que se le matase” (Hch. 13:27-28; cp. 2:23; 7:52; Mt.
27:22-23; Lc. 23:13-24; Jn. 19:12-16).
Jesucristo reina espiritualmente en el corazón de cada creyente (cp. Col. 1:13),
y ese gobierno espiritual durará para siempre porque la salvación es eterna.
Pero eso no excluye el literal y terrenal reino milenial futuro. Durante ese
tiempo de bendición, Jesucristo, “la raíz y el linaje de David” (Ap. 22:16; cp. Is.
11:1, 10; Mt. 1:1; Ro. 15:12), el León de la tribu de Judá (Ap. 5:5), se sentará
en su trono glorioso para juzgar a las naciones con vara de hierro (Sal. 2:9; Ap.
12:5; 19:15) durante mil años (Ap. 20:4-5). Al final de ese tiempo, Dios
destruirá el universo y creará un cielo nuevo y una tierra nueva que durarán
por toda la eternidad. El apóstol Pablo escribió:
Luego [vendrá] el fin, cuando entregue el reino al Dios y Padre, cuando haya suprimido todo
dominio, toda autoridad y potencia. Porque preciso es que él reine hasta que haya puesto a todos
sus enemigos debajo de sus pies. Y el postrer enemigo que será destruido es la muerte. Porque
todas las cosas las sujetó debajo de sus pies. Y cuando dice que todas las cosas han sido sujetadas
a él, claramente se exceptúa aquel que sujetó a él todas las cosas. Pero luego que todas las cosas
le estén sujetas, entonces también el Hijo mismo se sujetará al que le sujetó a él todas las cosas,
para que Dios sea todo en todos (1 Co. 15:24-28).
Entonces María dijo al ángel: ¿Cómo será esto? pues no conozco varón. Respondiendo el ángel, le
dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual
también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios. Y he aquí tu parienta Elisabet, ella
también ha concebido hijo en su vejez; y este es el sexto mes para ella, la que llamaban estéril;
porque nada hay imposible para Dios. Entonces María dijo: He aquí la sierva del Señor; hágase
conmigo conforme a tu palabra. Y el ángel se fue de su presencia. (1:34-38)
De igual modo, Dios permitió que Ana, quien también había sido -estéril
(1 S. 1:2, 5) quedase embarazada de su hijo Samuel.
SÚPLICA DE MARÍA
Entonces María dijo al ángel: ¿Cómo será esto? pues no conozco varón. (1:34)
El sorprende anuncio de parte de un ángel de Dios de que María iba a ser la
madre del tan esperado Mesías (1:30-33) la dejó estremecida y confundida (cp.
v. 29). Abrumada por las repercusiones de tal anuncio, y preguntándose cómo
podría implementarse en la práctica, ella preguntó a Gabriel: ¿Cómo será esto?
pues no conozco varón. La idea de tener un hijo sin la fecundación de un
hombre era inconcebible. Pero la pregunta de María no refleja duda o
incredulidad (a diferencia de la de Zacarías [1:18-20]); ella creyó lo que el
ángel le dijo, pero no entendía cómo iba a ocurrir. Se debe recordar que los
milagros eran sumamente raros en la historia, como muestra el registro del
Antiguo Testamento. En la época de María no había habido revelación divina ni
milagros durante cuatro siglos. Tampoco nadie había visto un ángel en todo
ese tiempo, hasta la aparición de Gabriel a Zacarías (de la que era probable
que María no supiera nada ya que el ángel debió contarle lo del embarazo de
Elisabet [v. 36] unos meses antes). María se dio cuenta de que el ángel no
quiso decir que ella quedaría embarazada de manera natural, después de
consumar su matrimonio con José. La joven comprendió que él le estaba
diciendo que ella se embarazaría mientras aún fuera virgen; la pregunta de
María no era una expresión de duda sino una petición de una explicación de
los medios para tal imposibilidad.
ESTRATEGIA DE DIOS
Respondiendo el ángel, le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá
con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios. (1:35)
En respuesta al ruego de aclaración por parte de María, Gabriel le dijo: El
Espíritu Santo vendrá sobre ti. El Espíritu representa un papel destacado en la
narración de Lucas respecto al nacimiento del Señor (1:15, 41, 67; 2:25-27), y
también sería la fuente de poder a lo largo de su vida y ministerio terrenal (cp.
3:21-22; Mt. 3:13-17; Jn. 1:32-34). El hecho de que el Espíritu Santo estuviera
involucrado en el creativo milagro de la concepción del Dios-hombre no es una
sorpresa, ya que Él es Dios y participó en la creación del mundo. Cuando “la
tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del
abismo… el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas” (Gn. 1:2). El
Espíritu Santo, el agente original de la creación, se volvería a convertir en
agente de creación, esta vez en la matriz de María. No existe la más leve
sugerencia en este texto, ni en cualquier otro lugar de la Biblia, de
participación de actividad sexual humana en la concepción del Señor
Jesucristo.
Al reafirmar la profunda realidad de la intervención del Espíritu con el fin de
resaltar su importancia, Gabriel le dijo a María: El poder del Altísimo te cubrirá
con su sombra. El conocido título del Antiguo Testamento Altísimo (heb. El
Elyon) representa a Dios como el gobernante soberano y omnipotente de
cielos y tierra. (Véase la exposición de 1:31-33 en el cap. anterior de esta
obra). El Dios que creó el universo y lo sustenta (Sal. 104:30; Col. 1:16-17) por
medio de su Espíritu (Job 33:4) crearía vida en el vientre de María.
SEÑAL DE DIOS
Y he aquí tu parienta Elisabet, ella también ha concebido hijo en su vejez; y este es el sexto mes
para ella, la que llamaban estéril; (1:36)
Aunque María no pidió explícitamente una señal para eliminar dudas, Dios en
su gracia le ofreció una para fortalecerle la fe. Esa señal divina involucró a su
parienta mayor Elisabet. Sungenis (parienta) es un término amplio para un
familiar, y la relación exacta entre María y Elisabet no se explica en detalle.
Según el registro de Lucas respecto a la genealogía de ella (3:23-38),
María era descendiente de David (v. 32) y a través de él de Judá (v. 30.
Elisabet, por el contrario, era descendiente de Aarón (Lc. 1:5), y por medio de
él de Leví (Nm. 26:59). De ahí que María debió haber estado emparentada con
Elisabet por medio de su madre. La sorprendente noticia (presentada por la
exclamación he aquí), que sin duda María estaba oyendo por primera vez, fue
que su parienta había concebido un hijo en su vejez.
María era muy consciente de la esterilidad de Elisabet y de que ya le había
pasado la edad fértil. Se debió haber asombrado y llenado de gozo al oír que
aquella a la que de manera desdeñosa y burlona llamaban estéril (cp. 1:25;
Gn. 30:22-23; 1 S. 1:6) estaba ahora en el sexto mes de embarazo. El milagro
que vivió Elisabet fue el de la concepción a edad avanzada, no el de la
concepción virginal que María iba a experimentar. No obstante, la concepción
de Elisabet fue una señal de parte de Dios para María de que Él aún podía
realizar milagros, de que podía hacer lo humanamente imposible (cp. Jer.
32:17, 27; Mt. 19:26). Dios concedió la señal, no porque María dudara de las
palabras del ángel, sino a fin de proporcionarle un ancla (cp. He. 6:19) para su
fe
SOBERANÍA DE DIOS
porque nada hay imposible para Dios. (1:37)
Una cosa es decir que algo va a suceder, pero otra muy distinta es hacer que
suceda. María comprendió que lo que había oído era humanamente imposible.
Por tanto, Gabriel le recordó que debido al poder ilimitado de Dios, nada hay
imposible para Él. La prueba que Gabriel ofreció, según se indicó antes, fue
que Elisabet había concebido a Juan. Pero hubo otra pareja más anciana a la
que Dios milagrosamente le permitió concebir un hijo. María sin duda habría
estado al tanto del relato en el Antiguo Testamento acerca del nacimiento de
Isaac a Abraham y Sara (Gn. 18:1-15).
SUMISIÓN DE MARÍA
Entonces María dijo: He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra. Y el
ángel se fue de su presencia. (1:38)
Además de la conocida historia de Abraham y Sara, María conocería muy bien
otro relato del Antiguo Testamento de una concepción milagrosa que ella
debió haber recordado. En 1 Samuel 1:1—2:10 se narra la historia del
nacimiento de Samuel a Ana. En 1:10-11 esta mujer, quien era estéril (1:2, 5),
apeló a Dios por un hijo: ella con amargura de alma oró a Jehová, y lloró
abundantemente. E hizo voto, diciendo: Jehová de los ejércitos, si te dignares
mirar a la aflicción de tu sierva, y te acordares de mí, y no te olvidares de tu
sierva, sino que dieres a tu sierva un hijo varón, yo lo dedicaré a Jehová todos
los días de su vida, y no pasará navaja sobre su cabeza. Así como Ana, quien a
sí misma se llamó “sierva”, María también se veía como la sierva del Señor
(cp. v. 48). La palabra griega traducida sierva (doulē, que siempre se debería
traducir exactamente “esclavo”) es la que se usa en la versión de la
Septuaginta en 1 Samuel 1:11, que vincula, por tanto, la sumisa actitud de
María con la de Ana. Esa humilde respuesta demostró la disposición voluntaria
de María al propósito de Dios que estaba desarrollándose. Ella se vio como
nada más que la humilde y dispuesta esclava, y respondió diciendo: hágase
conmigo conforme a tu palabra. María no preguntó por José, quien
evidentemente sabría que el bebé no era suyo. Por ello, María tendría que
enfrentar el estigma de la maternidad fuera del matrimonio y la apariencia de
haber cometido adulterio, el castigo por lo cual era la muerte por
apedreamiento [Dt. 22:13-21; Lv. 20:10; cp. Jn. 8:3-5]). No obstante, en fe
humilde y obediente María confió de buena voluntad en que Dios la defendería
(cp. Mt. 1:19-25). Una de las equivocaciones más atroces de la Iglesia Católica
Romana es convertir a esta humilde esclava de Dios en la exaltada reina del
cielo. Tal adoración a María, que a ella le habría consternado y aterrado, es
nada menos que idolatría. No existe reina del cielo, sino solamente el
verdadero y eterno Rey (Sal. 29:10; 47:8; Dn. 4:37; cp. Mt. 11:25; Hch. 17:24):
el Dios trino. La elevación que el catolicismo hace de María no encuentra
fundamento en las Escrituras; el concepto de la “reina del cielo” sí aparece en
el Antiguo Testamento en relación con la antigua religión pagana. La idea se
deriva de creencias y