Historia social de la Comunicación
Prof. Ángel Acosta Romero
CURSO 2024-2025
HISTORIA SOCIAL DE LA COMUNICACIÓN
Prof. Ángel Acosta Romero
LA COMUNICACIÓN EN LA POLIS GRIEGA
(Documentos complementarios del tema)
***
ARISTÓTELES Y LA ESCLAVITUD
“Ahora que conocemos de una manera positiva las partes diversas de que
se compone el Estado, debemos ocuparnos ante todo del régimen
económico de las familias, puesto que el Estado se compone siempre de
familias. Los elementos de la economía doméstica son precisamente los de
la familia misma, que, para ser completa, debe comprender esclavos y
hombres libres. Pero como para darse razón de las cosas, es preciso ante
todo someter a examen las partes más sencillas de las mismas, siendo las
partes primitivas y simples de la familia el señor y el esclavo, el esposo y la
mujer, el padre y los hijos, deberán estudiarse separadamente estos tres
órdenes de individuos, para ver lo que es cada uno de ellos y lo que debe
ser (…)
Ocupémonos desde luego del señor y del esclavo, para conocer a fondo las
relaciones necesarias que los unen, y ver al mismo tiempo si podemos
descubrir en esta materia ideas que satisfagan más que las recibidas hoy
día.
Se sostiene, por una parte, que hay una ciencia, propia del señor, la cual se
confunde con la del padre de familia, con la del magistrado y con la del rey,
de que hemos hablado al principio. Otros, por lo contrario, pretenden que el
poder del señor es contra naturaleza; que la ley es la que hace a los
hombres libres y esclavos, no reconociendo la naturaleza ninguna
diferencia entre ellos; y que por último la esclavitud es inicua, puesto que
es obra de la violencia.
Por otro lado, la propiedad es una parte integrante de la familia; y la ciencia
de la posesión forma igualmente parte de la ciencia doméstica, puesto que,
sin las cosas de primera necesidad, los hombres no podrían vivir y menos
vivir dichosos. Se sigue de aquí que, así como las demás artes necesitan,
cada cual, en su esfera, de instrumentos especiales, para llevar a cabo su
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obra, la ciencia doméstica debe tener igualmente los suyos. Pero entre los
instrumentos, hay unos que son inanimados y otros que son vivos; por
ejemplo, para el patrón de una nave, el timón es un instrumento sin vida, y
el marinero de proa un instrumento vivo, pues en las artes al operario, se le
considera como un verdadero instrumento. Conforme al mismo principio,
puede decirse que la propiedad no es más que un instrumento de la
existencia, la riqueza una porción de instrumentos, y el esclavo una
propiedad viva; sólo que el operario, en tanto que instrumento, es el
primero de todos. Si cada instrumento pudiese, en virtud de una orden
recibida o, si se quiere, adivinada, trabajar por sí mismo (…) si las
lanzaderas tejiesen por sí mismas; si el arco tocase solo la cítara, los
empresarios prescindirían de los operarios, y los señores de los esclavos.
(…) Lo mismo sucede con la propiedad; el señor es simplemente señor del
esclavo, pero no depende esencialmente de él; el esclavo, por lo contrario,
no es sólo esclavo del señor, sino que depende de éste absolutamente. Esto
prueba claramente lo que el esclavo es en sí y lo que puede ser. El que por
una ley natural no se pertenece a sí mismo, sino que, no obstante ser
hombre, pertenece a otro, es naturalmente esclavo. Es hombre de otro el
que en tanto que hombre se convierte en una propiedad, y como propiedad
es un instrumento de uso y completamente individual.
Es preciso ver ahora si hay hombres que sean tales por naturaleza o si no
existen, y si, sea de esto lo que quiera, es justo y útil el ser esclavo, o bien
si toda esclavitud es un hecho contrario a la naturaleza. La razón y los
hechos pueden resolver fácilmente estas cuestiones. La autoridad y la
obediencia no son sólo cosas necesarias, sino que son eminentemente
útiles. Algunos seres, desde el momento en que nacen, están destinados,
unos a obedecer, otros a mandar; aunque en grados muy diversos en ambos
casos. La autoridad se enaltece y se mejora tanto cuanto lo hacen los seres
que la ejercen o a quienes ella rige. La autoridad vale más en los hombres
que en los animales, porque la perfección de la obra está siempre en razón
directa de la perfección de los obreros, y una obra se realiza donde quiera
que se hallan la autoridad y la obediencia. Estos dos elementos, la
obediencia y la autoridad, se encuentran en todo conjunto formado de
muchas cosas, que conspiren a un resultado común, aunque por otra parte
estén separadas o juntas. Esta es una condición que la naturaleza impone a
todos los seres (…).
Por lo pronto el ser vivo se compone de un alma y de un cuerpo, hechos
naturalmente aquella para mandar y éste para obedecer. Por lo menos así lo
proclama la voz de la naturaleza, que importa estudiar en los seres
desenvueltos según sus leyes regulares y no en los seres degradados. Este
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predominio del alma es evidente en el hombre perfectamente sano de
espíritu y de cuerpo, único que debemos examinar aquí. En los hombres
corrompidos o dispuestos a serlo, el cuerpo parece dominar a veces como
soberano sobre el alma, precisamente porque su desenvolvimiento irregular
es completamente contrario a la naturaleza. Es preciso, repito, reconocer
ante todo en el ser vivo la existencia de una autoridad semejante a la vez a
la de un señor y la de un magistrado; el alma manda al cuerpo como un
dueño a su esclavo; y la razón manda al instinto como un magistrado, como
un rey; porque evidentemente no puede negarse, que no sea natural y bueno
para el cuerpo el obedecer al alma, y para la parte sensible de nuestro ser el
obedecer a la razón y a la parte inteligente. La igualdad o la dislocación del
poder, que se muestra entre estos diversos elementos, sería igualmente
funesta para todos ellos. Lo mismo sucede entre el hombre y los demás
animales: los animales domesticados valen naturalmente más que los
animales salvajes, siendo para ellos una gran ventaja, si se considera su
propia seguridad, el estar sometidos al hombre. Por otra parte, la relación
de los sexos es análoga; el uno es superior al otro; éste está hecho para
mandar, aquél para obedecer.
Esta es también la ley general que debe necesariamente regir entre los
hombres. Cuando es uno inferior a sus semejantes, tanto como lo son el
cuerpo respecto del alma y el bruto respecto del hombre, y tal es la
condición de todos aquellos en quienes el empleo de las fuerzas corporales
es el mejor y único partido que puede sacarse de su ser, se es esclavo por
naturaleza. Estos hombres, así como los demás seres de que acabamos de
hablar, no pueden hacer cosa mejor que someterse a la autoridad de un
señor; porque es esclavo por naturaleza el que puede entregarse a otro; y lo
que precisamente le obliga a hacerse de otro, es el no poder llegar a
comprender la razón, sino cuando otro se la muestra, pero sin poseerla en sí
mismo. Los demás animales no pueden ni aun comprender la razón, y
obedecen ciegamente a sus impresiones. Por lo demás, la utilidad de los
animales domesticados y la de los esclavos son poco más o menos del
mismo género. Unos y otros nos ayudan con el auxilio de sus fuerzas
corporales a satisfacer las necesidades de nuestra existencia. La naturaleza
misma lo quiere así, puesto que hace los cuerpos de los hombres libres
diferentes de los de los esclavos, dando a éstos el vigor necesario para las
obras penosas de la sociedad, y haciendo, por lo contrario, a los primeros
incapaces de doblar su erguido cuerpo para dedicarse a trabajos duros, y
destinándolos solamente a las funciones de la vida civil, repartida para ellos
entre las ocupaciones de la guerra y las de la paz.
Muchas veces sucede lo contrario, convengo en ello; y así los hay que no
tienen de hombres libres más que el cuerpo, como otros sólo tienen de tales
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el alma. Pero lo cierto es que si los hombres fuesen siempre diferentes unos
de otros por su apariencia corporal como lo son las imágenes de los dioses,
se convendría unánimemente en que los menos hermosos deben ser los
esclavos de los otros; y si esto es cierto, hablando del cuerpo, con más
razón lo sería hablando del alma; pero es más difícil conocer la belleza del
alma que la del cuerpo.
Sea de esto lo que quiera, es evidente que los unos son naturalmente libres
y los otros naturalmente esclavos; y que para estos últimos es la esclavitud
tan útil como justa.
Por lo demás, difícilmente podría negarse que la opinión contraria encierra
alguna verdad. La idea de esclavitud puede entenderse de dos maneras.
Puede uno ser reducido a esclavitud y permanecer en ella por la ley, siendo
esta ley una convención en virtud de la que el vencido en la guerra se
reconoce como propiedad del vencedor; derecho que muchos legistas
consideran ilegal, y como tal le estiman muchas veces los oradores
políticos, porque es horrible, según ellos, que el más fuerte, sólo porque
puede emplear la violencia, haga de su víctima un súbdito y un esclavo.
Estas dos opiniones opuestas son sostenidas igualmente por hombres
sabios. La causa de este disentimiento y de los motivos alegados por una y
otra parte es, que la virtud tiene derecho, como medio de acción, de usar
hasta de la violencia, y que la victoria supone siempre una superioridad
laudable en ciertos conceptos. Es posible creer por tanto que la fuerza
jamás está exenta de todo mérito, y que aquí toda la cuestión estriba
realmente sobre la noción del derecho, colocado por los unos en la
benevolencia y la humanidad y por los otros en la dominación del más
fuerte. Pero estas dos argumentaciones contrarias son en sí igualmente
débiles y falsas; porque podría creerse en vista de ambas, tomadas
separadamente, que el derecho de mandar como señor no pertenece a la
superioridad del mérito.
Hay gentes que, preocupadas con lo que creen un derecho, y una ley tiene
siempre las apariencias del derecho, suponen que la esclavitud es justa
cuando resulta del hecho de la guerra. Pero se incurre en una contradicción;
porque el principio de la guerra misma puede ser injusto, y jamás se
llamará esclavo al que no merezca serlo; de otra manera los hombres de
más elevado nacimiento podrían parar en esclavos, hasta por efecto del
hecho de otros esclavos, porque podrían ser vendidos como prisioneros de
guerra. Y así los partidarios de esta opinión tienen el cuidado de aplicar
este nombre de esclavos sólo a los bárbaros, no admitiéndose para los de su
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propia nación. Esto equivale a averiguar lo que se llama esclavitud natural;
y esto es precisamente lo que hemos preguntado desde el principio.
Es necesario convenir en que ciertos hombres serían esclavos en todas
partes, y que otros no podrían serlo en ninguna. Lo mismo sucede con la
nobleza: las personas de que acabamos de hablar, se creen nobles, no sólo
en su patria, sino en todas partes; pero, por el contrario, en su opinión los
bárbaros sólo pueden serlo allá entre ellos; suponen, pues, que tal raza es
en absoluto libre y noble, y que tal otra sólo lo es condicionalmente (…).
Esta opinión viene precisamente a asentar sobre la superioridad y la
inferioridad naturales la diferencia entre el hombre libre y el esclavo, entre
la nobleza y el estado llano. Equivale a creer que de padres distinguidos
salen hijos distinguidos, del mismo modo que un hombre produce un
hombre y que un animal produce un animal. Pero cierto es que la
naturaleza muchas veces quiere hacerlo, pero no puede.
Con razón se puede suscitar esta cuestión y sostener que hay esclavos y
hombres libres que lo son por obra de la naturaleza; se puede sostener que
esta distinción subsiste realmente siempre que es útil al uno el servir como
esclavo y al otro el reinar como señor; se puede sostener, en fin, que es
justa, y que cada uno debe, según las exigencias de la naturaleza, ejercer el
poder o someterse a él. Por consiguiente, la autoridad del señor sobre el
esclavo es a la par justa y útil; lo cual no impide que el abuso de esta
autoridad pueda ser funesto a ambos. El interés de la parte es el del todo; el
interés del cuerpo es el del alma; el esclavo es una parte del señor, es como
una parte viva de su cuerpo, aunque separada. Y así, entre el dueño y el
esclavo, cuando es la naturaleza la que los ha hecho tales, existe un interés
común, una recíproca benevolencia; sucediendo todo lo contrario, cuando
la ley y la fuerza por sí solas han hecho al uno señor y al otro esclavo.
Esto muestra con mayor evidencia que el poder del señor y el del
magistrado son muy distintos, y que, a pesar de lo que se ha dicho, todas
las autoridades no se confunden en una sola: la una recae sobre hombres
libres, la otra sobre esclavos por naturaleza; la una, la autoridad doméstica,
pertenece a uno sólo, porque toda familia es gobernada por un solo jefe; la
otra, la del magistrado, sólo recae sobre hombres libres e iguales. Uno es
señor, no porque sepa mandar, sino porque tiene cierta naturaleza; y por
distinciones semejantes es uno esclavo o libre. Pero sería posible educar a
los señores en la ciencia que deben practicar ni más ni menos que a los
esclavos (…) Saber emplear a los esclavos constituye la ciencia del señor,
que lo es, no tanto porque posee esclavos, cuanto porque se sirve de ellos.
Esta ciencia en verdad no es muy extensa ni tampoco muy elevada;
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consiste tan sólo en saber mandar lo que los esclavos deben saber hacer. Y
así, tan pronto como puede el señor ahorrarse este trabajo, cede su puesto a
un mayordomo para consagrarse él a la vida política o a la filosofía.
Aristóteles, Política, Libro I, Capítulo II
SÓCRATES Y LA ESCRITURA
SÓCRATES: Tengo que contarte algo que oí de los antiguos, aunque su
verdad sólo ellos la saben. Por cierto, que, si nosotros mismos pudiéramos
descubrirla, ¿nos seguiríamos ocupando todavía de las opiniones humanas?
FEDRO: Preguntas algo ridículo. Pero cuenta lo que dices haber oído.
SOC.: Pues bien, oí que había por Náucratis, en Egipto, uno de los antiguos
dioses del lugar al que, por cierto, está consagrado el pájaro que llaman
Ibis. El nombre de aquella deidad era el de Theuth. Fue éste quien, primero
descubrió el número y el cálculo y, también, la geometría y la astronomía
y, además, el juego de damas y el de dados, y, sobre todo, las letras. Por
aquel entonces, era rey de todo Egipto Thamus, que vivía en la gran ciudad
de la parte alta del país, que los griegos llaman la Tebas egipcia, así como a
Thamus llaman Ammón. A él vino Theuth, y mostrándole sus artes, le
decía que debían ser entregadas al resto de los egipcios. Pero Thamus le
preguntó cuál era la utilidad que cada una tenía, y, conforme se la iba
minuciosamente exponiendo, lo aprobaba o desaprobaba, según le
pareciese bien o mal lo que decía. Muchas, según se cuenta, son las
observaciones que, a favor o en contra de cada arte, hizo Thamus a Theuth,
y tendríamos que disponer de muchas palabras para tratarlas todas.
Pero cuando llegaron a lo de las letras, dijo Theuth: “Este conocimiento, oh
rey, hará más sabios a los egipcios y más memoriosos, pues se ha
inventado como un fármaco de la memoria y de la sabiduría”. Pero él le
dijo: “¡Oh artificiosísimo Theuth! A unos les es dado crear arte, a otros
juzgar qué de daño o provecho aporta a los que pretenden hacer uso de él.
Y ahora tú, precisamente, padre que eres de las letras, por apego a ellas, les
atribuyes poderes contrarios a los que tienen. Porque es obvio lo que
producirán en las almas de quienes las aprendan, al descuidar la memoria,
ya que, fiándose de lo escrito, llegarán al recuerdo desde fuera, a través de
caracteres ajenos, no desde dentro, desde ellos mismos y por sí mismos. No
es, pues, un fármaco de la memoria lo que has hallado, sino un simple
recordatorio. Apariencia de sabiduría es lo que proporcionas a tus alumnos,
que no verdad. Porque habiendo oído muchas cosas sin aprenderlas,
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parecerá que tienen muchos conocimientos, siendo, al contario, en la
mayoría de los casos, totalmente ignorantes, y difíciles, además, de tratar
porque han acabado por convertirse en sabios aparentes en lugar de sabios
de verdad”.
FED.- ¡Qué bien se te da, Sócrates, hacer discursos de Egipto, o de
cualquier otro país que se te antoje!
SOC.- El caso es, amigo mío, que, según se dice que se decía en el templo
de Zeus en Dodona, las primeras palabras proféticas habían salido de una
encina. Pues a los hombres de entonces, como no eran sabios como
vosotros los jóvenes, tal ingenuidad tenían que se conformaban con oír a
una encina o a una roca, sólo con que dijesen la verdad. Sin embargo, para
ti tal vez hay diferencia según quién sea el que hable y de dónde. Pues no te
fijas únicamente en si lo que dicen es así o de otra manera.
FED.- Tienes razón al reprenderme, y creo que con lo de las letras pasa lo
que el tebano dice.
SOC.- Así pues, el que piensa que ha dejado un arte por escrito, y, de la
misma manera, el que lo recibe como algo que será claro y firme por el
hecho de estar en letras, rebosa ingenuidad y, en realidad, desconoce la
predicción de Ammón, creyendo que las palabras escritas son algo más,
para el que las sabe, que un recordatorio de aquellas cosas sobre las que
versa la escritura.
FED.- Exactamente
SOC.- Porque es que es impresionante, Fedro, lo que pasa con la escritura,
y por lo que tanto se parece a la pintura. En efecto, sus vástagos están ante
nosotros como si tuvieran vida; pero, si se les pregunta algo, responden con
el más altivo de los silencios. Lo mismo pasa con las palabras escritas.
Podrías llegar a creer que lo que dicen fueran como pensándolo; pero si
alguien pregunta, queriendo aprender de lo dicho, apuntan siempre y
únicamente a una y la misma cosa. Pero, eso sí, con que una vez algo haya
sido puesto por escrito, las palabras ruedan por doquier, igual entre los
entendidos que como entre aquellos a los que no les importa en absoluto,
sin saber distinguir a quiénes conviene hablar o a quiénes no. Y si son
maltratadas o vituperadas injustamente, necesitan siempre la ayuda del
padre, ya que ellas solas no son capaces de defenderse ni de ayudarse a sí
mismas.
FED.- Muy exacto es todo lo que has dicho.
SOC.- Entonces, ¿qué? ¿Podemos dirigir los ojos hacia otro tipo de
discurso, hermano legítimo de éste, y ver cómo nace y cuánto mejor y más
fuertemente se desarrolla?
FED.- ¿A cuál te refieres y cómo dices que nace?
SOC.- Es ese que se escribe con fundamento en el alma del que aprende;
capaz de defenderse a sí mismo, y sabiendo con quiénes hablar y ante
quiénes callarse.
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FED.- ¿Te refieres al discurso lleno de vida y de alma, que tiene el que
sabe y del que el escrito se podría justamente decir que es el reflejo?
SOC.- Sin duda. Pero dime ahora esto. ¿Un labrador sensato que cuidase de
sus semillas y quisiera que fructificasen, las llevaría, en serio, a plantar en
verano, a un jardín de Adonis, y gozaría al verlas ponerse hermosas en
ocho días, o solamente haría una cosa así por juego o por una fiesta, si es
que lo hacía? ¿No sembraría, más bien, aquellas que le interesasen en el
lugar adecuado de acuerdo con lo que manda el arte de la agricultura, y no
se pondría contento cuando, en el octavo mes, llegue a su plenitud todo lo
que sembró?
FED.- Así es, Sócrates. Tal como acabas de expresarte; en un caso obraría
en serio, en otro de manera muy diferente.
SOC.- ¿Y el que posee el conocimiento de las cosas justas, bellas y buenas,
diremos que tiene menos inteligencia que el labrador con respecto a sus
propias simientes?
FED.- De ningún modo.
SOC.- Por consiguiente, no se tomará en serio el escribirlas en agua, negra
por cierto, sembrándolas por medio del cálamo, con discursos que no
pueden prestarse ayuda a sí mismos, a través de las palabras que los
constituyen, e incapaces también de enseñar adecuadamente la verdad.
FED.- A menos, no es probable.
SOC.- No lo es, en efecto. Más bien, los jardines de las letras, según
parece, los sembrará y escribirá como por entretenimiento; atesorando, al
escribirlos, recordatorios para cuando llegue la edad del olvido, que les
servirán a él y a cuantos hayan seguido sus mismas huellas. Y disfrutará
viendo madurar tan tiernas plantas, y cuando otros se dan a otras
diversiones y se hartan de comer y beber y todo cuanto con esto se
hermana, él, en cambio, pasará, como es de esperar, su tiempo
distrayéndose con las cosas que te estoy diciendo.
FED.- Uno extraordinariamente hermoso, al lado de tanto entretenimiento
baladí, es el que dices, Sócrates, y que permite entretenerse con las
palabras, componiendo historias sobre la justicia y todas las otras cosas a
las que te refieres,
SOC.- Así es, en efecto, querido Fedro. Pero mucho más hermoso, pienso
yo, es ocuparse con seriedad de esas cosas, cuando alguien, haciendo uso
de la dialéctica y eligiendo un alma adecuada, planta y siembra palabras
con fundamento, capaces de ayudarse a sí mismas y a quienes las planta, y
que no son estériles, sino portadoras de simientes de las que surgen otras
palabras que, en otros caracteres, son canales por donde se transmite, en
todo tiempo, esa semilla inmortal, que da felicidad al que la posee en el
grado más alto posible para el hombre.
FED.- Así será. Pero vámonos yendo, ya que el calor se ha mitigado.
SOC.- ¿Y no es propio que los que se van a poner en camino hagan una
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plegaria?
FED.- ¿Por qué no?
SOC.- Oh querido Pan, y todos los otros dioses que aquí habitéis,
concededme que llegue a ser bello por dentro, y todo lo que tengo por fuera
se enlace en amistad con lo de dentro; que considere rico al sabio; que todo
el dinero que tenga sólo sea el que puede llevar y transportar consigo un
hombre sensato, y no otro. ¿Necesitamos de alguna otra cosa, Fedro? A mí
me basta con lo que he pedido.
FED.- Pide todo esto también para mí, ya que son comunes las cosas de los
amigos.
SOC.-Vayámonos.
Platón: Fedro
DISCURSO FÚNEBRE DE PERICLES
I. La mayor parte de quienes en el pasado han hecho uso de la palabra en
esta tribuna, han tenido por costumbre elogiar a aquel que introdujo este
discurso en el rito tradicional, pues pensaban que su proferimiento con
ocasión del entierro de los caídos en combate era algo hermoso. A mí, en
cambio, me habría parecido suficiente que quienes con obras probaron su
valor, también con obras recibieran su homenaje –como este que veis
dispuesto para ellos en sus exequias por el Estado–, y no aventurar en un
solo individuo, que tanto puede ser un buen orador como no serlo, la fe en
los méritos de muchos.
Es difícil, en efecto, hablar adecuadamente sobre un asunto respecto del
cual no es segura la apreciación de la verdad, ya que quien escucha, si está
bien informado acerca del homenajeado y favorablemente dispuesto hacia
él, es muy posible que encuentre que lo que se dice está por debajo de lo
que él desea y de lo que él conoce; y si, por el contrario, está mal
informado, lo más probable es que, por envidia, cuando oiga hablar de algo
que esté por encima de sus propias posibilidades, piense que se está
cayendo en una exageración. Porque los elogios que se formulan a los
demás se toleran sólo en tanto quien los oye se considera a sí mismo capaz
también, en alguna medida, de realizar los actos elogiados; cuando, en
cambio, los que escuchan comienzan a sentir envidia de las excelencias de
que está siendo alabado, al punto prende en ellos también la incredulidad.
Pero, puesto que a los antiguos les pareció que sí estaba bien, debo ahora
yo, siguiendo la costumbre establecida, intentar ganarme la voluntad y la
aprobación de cada uno de vosotros tanto como me sea posible.
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II. Comenzaré, ante todo, por nuestros antepasados, pues es justo y, al
mismo tiempo, apropiado a una ocasión como la presente, que se les rinda
este homenaje de recordación. Habitando siempre ellos mismos esta tierra a
través de sucesivas generaciones, es mérito suyo el habérnosla legado libre
hasta nuestros días. Y si ellos son dignos de alabanza, más aún lo son
nuestros padres, quienes, además de lo que recibieron como herencia,
ganaron para sí, no sin fatigas, todo el imperio que tenemos, y nos lo
entregaron a los hombres de hoy.
En cuanto a lo que a ese imperio le faltaba, hemos sido nosotros mismos,
los que estamos aquí presentes, en particular los que nos encontramos aún
en la plenitud de la edad, quienes lo hemos incrementado, al paso que
también le hemos dado completa autarquía a la ciudad, tanto para la guerra
como para la paz. Pasaré por alto las hazañas bélicas de nuestros
antepasados, gracias a las cuales las diversas partes de nuestro imperio
fueron conquistadas, como asimismo las ocasiones en que nosotros mismos
o nuestros padres repelimos ardorosamente las incursiones hostiles de
extranjeros o de griegos, ya que no quiero extenderme tediosamente entre
conocedores de tales asuntos. Antes, empero, de abocarme al elogio de
estos muertos, quiero señalar en virtud en qué normas hemos llegado a la
situación actual, y con qué sistema político y gracias a qué costumbres
hemos alcanzado nuestra grandeza. No considero inadecuado referirme a
asuntos tales en una ocasión como la actual, y creo que será provechoso
que toda esta multitud de ciudadanos y extranjeros lo pueda escuchar.
III. Disfrutamos de un régimen político que no imita las leyes de los
vecinos; más que imitadores de otros, en efecto, nosotros mismos servimos
de modelo para algunos. En cuanto al nombre, puesto que la administración
se ejerce en favor de la mayoría, y no de unos pocos, a este régimen se lo
ha llamado democracia; respecto a las leyes, todos gozan de iguales
derechos en la defensa de sus intereses particulares; en lo relativo a los
honores, cualquiera que se distinga en algún aspecto puede acceder a los
cargos públicos, pues se lo elige más por sus méritos que por su categoría
social; y tampoco al que es pobre, por su parte, su oscura posición le
impide prestar sus servicios a la patria, si es que tiene la posibilidad de
hacerlo.
Tenemos por norma respetar la libertad, tanto en los asuntos públicos como
en las rivalidades diarias de unos con otros, sin enojarnos con nuestro
vecino cuando él actúa espontáneamente, ni exteriorizar nuestra molestia,
pues ésta, aunque innocua, es ingrata de presenciar. Si bien en los asuntos
privados somos indulgentes, en los públicos, en cambio, ante todo por un
respetuoso temor, jamás obramos ilegalmente, sino que obedecemos a
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quienes les toca el turno de mandar, y acatamos las leyes, en particular las
dictadas en favor de los que son víctimas de una injusticia, y las que,
aunque no estén escritas, todos consideran vergonzoso infringir.
IV. Por otra parte, como descanso de nuestros trabajos, le hemos procurado
a nuestro espíritu una serie de recreaciones. No sólo tenemos, en efecto,
certámenes públicos y celebraciones religiosas repartidos a lo largo de todo
el año, sino que también gozamos individualmente de un digno y
satisfactorio bienestar material, cuyo continuo disfrute ahuyenta a la
melancolía.
Y gracias al elevado número de sus habitantes, nuestra ciudad importa
desde todo el mundo toda clase de bienes, de manera que los que ella
produce para nuestro provecho no son, en rigor, más nuestros que los
foráneos.
V. A nuestros enemigos les llevamos ventaja también en cuanto al
adiestramiento en las artes de la guerra, ya que mantenemos siempre
abiertas las puertas de nuestra ciudad y jamás recurrimos a la expulsión de
los extranjeros para impedir que se conozca o se presencie algo que, por no
hallarse oculto, bien podría a un enemigo resultarle de provecho
observarlo. Y es que, más que en los armamentos y estratagemas,
confiamos en la fortaleza de alma con que naturalmente acometemos
nuestras empresas. Y en cuanto a la educación, mientras ellos procuran
adquirir coraje realizando desde muy jóvenes una ardua ejercitación,
nosotros, aunque vivimos más regaladamente, podemos afrontar peligros
no menores que ellos.
Prueba de esto es que los espartanos no realizan sin la compañía de otros
sus expediciones militares contra nuestro territorio, sino junto a todos sus
aliados; nosotros, en cambio, aun invadiendo solos tierra enemiga y
combatiendo en suelo extraño contra quienes defienden lo suyo, la mayor
parte de las veces nos llevamos la victoria sin dificultad. Además, ninguno
de nuestros enemigos se ha topado jamás en el campo de batalla con todas
nuestras fuerzas reunidas, pues simultáneamente debemos atender la
manutención de nuestra flota y, en tierra, el envío de nuestra gente a
diversos lugares. Sin embargo, cada vez que en algún lugar ellos se trenzan
en lucha con una facción de los nuestros y resultan vencedores, se ufanan
de habernos rechazado a todos, aunque sólo han vencido a algunos, y si
salen derrotados, alegan que lo fueron ante todos nosotros juntos. Pero lo
cierto es que, ya que preferimos afrontar los peligros de la guerra con
serenidad antes que habiéndonos preparado con arduos ejercicios,
ayudados más por la valentía de los caracteres que por la prescrita en
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ordenanzas, les llevamos la ventaja de que no nos angustiamos de
antemano por las penurias futuras, y, cuando nos toca enfrentarlas, no
demostramos menos valor que ellos viven en permanente fatiga.
Pero no sólo por éstas, sino también por otras cualidades nuestra ciudad
merece ser admirada.
VI. En efecto, amamos el arte y la belleza sin desmedirnos, y cultivamos el
saber sin ablandarnos. La riqueza representa para nosotros la oportunidad
de realizar algo, y no un motivo para hablar con soberbia; y en cuanto a la
pobreza, para nadie constituye una vergüenza el reconocerla, sino el no
esforzarse por evitarla. Los individuos pueden ellos mismos ocuparse
simultáneamente de sus asuntos privados y de los públicos; no por el hecho
de que cada uno esté entregado a lo suyo, su conocimiento de las materias
políticas es insuficiente. Somos los únicos que tenemos más por inútil que
por tranquila a la persona que no participa en las tareas de la comunidad.
Somos nosotros mismos los que deliberamos y decidimos conforme a
derecho sobre la cosa pública, pues no creemos que lo que perjudica a la
acción sea el debate, sino precisamente el no dejarse instruir por la
discusión antes de llevar a cabo lo que hay que hacer. Y esto porque
también nos diferenciamos de los demás en que podemos ser muy osados
y, al mismo tiempo, examinar cuidadosamente las acciones que estamos
por emprender; en este aspecto, en cambio, para los otros la audacia es
producto de su ignorancia, y la reflexión los vuelve temerosos. Con justicia
pueden ser reputados como los de mayor fortaleza espiritual aquellos que,
conociendo tanto los padecimientos como los placeres, no por ello
retroceden ante los peligros.
También por nuestra liberalidad somos muy distintos de la mayoría de los
hombres, ya que no es recibiendo beneficios, sino prestándolos, que nos
granjeamos amigos. El que hace un beneficio establece lazos de amistad
más sólidos, puesto que con sus servicios al beneficiado alimenta la deuda
de gratitud de éste. El que debe favores, en cambio, es más desafecto, pues
sabe que al retribuir la generosidad de que ha sido objeto, no se hará
merecedor de la gratitud, sino que tan sólo estará pagando una deuda.
Somos los únicos que, movidos, no por un cálculo de conveniencia, sino
por nuestra fe en la liberalidad, no vacilamos en prestar nuestra ayuda a
cualquiera.
VII. Para abreviar, diré que nuestra ciudad, tomada en su conjunto, es
norma para toda Grecia, y que, individualmente, un mismo hombre de los
nuestros se basta para enfrentar las más diversas situaciones, y lo hace con
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gracia y con la mayor destreza. Y que estas palabras no son un ocasional
alarde retórico, sino la verdad de los hechos, lo demuestra el poderío
mismo que nuestra ciudad ha alcanzado gracias a estas cualidades. Ella, en
efecto, es la única de las actuales que, puesta a prueba, supera su propia
reputación; es la única cuya victoria, el agresor vencido, dada la
superioridad de los causantes de su desgracia, acepta con resignación; es la
única, en fin, que no les da motivo a sus súbditos para alegar que están
inmerecidamente bajo su yugo.
Nuestro poderío, pues, es manifiesto para todos, y está ciertamente más que
probado. No sólo somos motivo de admiración para nuestros
contemporáneos, sino que lo seremos también para los que han de venir
después.
No necesitamos ni a un Homero que haga nuestro panegírico, ni a ningún
otro que venga a darnos momentáneamente en el gusto con sus versos, y
cuyas ficciones resulten luego desbaratadas por la verdad de los hechos.
Por todos los mares y por todas las tierras se ha abierto camino nuestro
coraje, dejando aquí y allá, para bien o para mal, imperecederos recuerdos.
Combatiendo por tal ciudad y resistiéndose a perderla es que estos hombres
entregamos notablemente sus vidas; justo es, por tanto, que cada uno de
quienes les hemos sobrevivido anhele también bregar por ella.
VIII. La razón por la que me he referido con tanto detalle a asuntos
concernientes a la ciudad, no ha sido otra que para haceros ver que no
estamos luchando por algo equivalente a aquello por lo que luchan quienes
en modo alguno gozan de bienes semejantes a los nuestros y, asimismo,
para darle un claro fundamento al elogio de los muertos en cuyo honor
hablo en esta ocasión.
La mayor parte de este elogio ya está hecha, pues las excelencias por las
que he celebrado a nuestra ciudad no son sino fruto del valor de estos
hombres y de otros que se les asemejan en virtud. No de muchos griegos
podría afirmarse, como sí en el caso de éstos, que su fama está en
conformidad con sus obras. Su muerte, en mi opinión, ya fuera ella el
primer testimonio de su valentía, ya su confirmación postrera, demuestra
un coraje genuinamente varonil. Aun aquellos que puedan haber obrado
mal en su vida pasada, es justo que sean recordados ante todo por el valor
que mostraron combatiendo por su patria, pues al anular lo malo con lo
bueno resultaron más beneficiosos por su servicio público que perjudiciales
por su conducta privada.
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Prof. Ángel Acosta Romero
A ninguno de estos hombres lo ablandó el deseo de seguir gozando de su
riqueza; a ninguno lo hizo aplazar el peligro la posibilidad de huir de su
pobreza y enriquecerse algún día. Tuvieron por más deseable vengarse de
sus enemigos, al tiempo que les pareció que ese era el más hermoso de los
riesgos. Optaron por correrlo, y, sin renunciar a sus deseos y expectativas
más personales, las condicionaron, sí, al éxito de su venganza.
Encomendaron a la esperanza lo incierto de su victoria final, y, en cuanto al
desafío inmediato que tenían por delante, se confiaron a sus propias
fuerzas. En ese trance, también más resueltos a resistir y padecer que a
salvarse huyendo, evitaron la deshonra e hicieron frente a la situación con
sus personas. Al morir, en ese brevísimo instante arbitrado por la fortuna,
se hallaban más en la cumbre de la determinación que del temor.
IX. Estos hombres, al actuar como actuaron, estuvieron a la altura de su
ciudad. Deber de quienes les han sobrevivido, pues, es hacer preces por una
mejor suerte en los designios bélicos, y llevarlos a cabo con no menor
resolución. No sólo oyendo las palabras que alguien pueda deciros debéis
reflexionar sobre el servicio que prestáis –servicio que cualquiera podría
detenerse a considerarse ante vosotros, que muy bien lo conocéis por
propia experiencia, señalándoos cuántos bienes están comprometidos en el
acto de defenderse de los enemigos–; antes bien, debéis pensar en él
contemplando en los hechos, cada día, el poderío de nuestra ciudad, y
prendándoos de ella. Entonces, cuando la ciudad se os manifieste en todo
su esplendor, parad mientes en que éste es el logro de hombres bizarros,
conscientes de su deber y pundonorosos en su obrar; de hombres que, si
alguna vez fracasaron al intentar algo, jamás pensaron en privar a la ciudad
del coraje que los animaba, sino que se lo ofrendaron como el más hermoso
de sus tributos. Al entregar cada uno de ellos la vida por su comunidad, se
hicieron merecedores de un elogio imperecedero y de la sepultura más
ilustre. Esta, más que el lugar en que yacen sus cuerpos es donde su fama
reposa, para ser una y otra vez recordada, de palabra y de obra, en cada
ocasión que se presente.
La tumba de los grandes hombres es la tierra entera: de ellos nos habla no
sólo una inscripción sobre sus lápidas sepulcrales; también en suelo
extranjero pervive su recuerdo, grabado no en un monumento, sino, sin
palabras, en el espíritu de cada hombre.
Imitad a éstos ahora vosotros, cifrando la felicidad en la libertad, y la
libertad en la valentía, sin inquietaros por los peligros de la guerra. Quienes
con más razón pueden ofrendar su vida no son aquellos infortunados que ya
nada bueno esperan, sino, por el contrario, quienes corren el riesgo de
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sufrir un revés de fortuna en lo que les queda por vivir, y para los que, en
caso de experimentar una derrota, el cambio sería particularmente grande.
Para un hombre que se precia a sí mismo, en efecto, padecer cobardemente
la dominación es más penoso que, casi sin darse cuenta, morir
animosamente y compartiendo una esperanza.
X. Por tal razón es que a vosotros, padres de estos muertos, que estáis aquí
presentes, más que compadeceros, intentaré consolaros. Puesto que habéis
ya pasado por las variadas vicisitudes de la vida, debéis de saber que la
buena fortuna consiste en estar destinado al más alto grado de nobleza –ya
sea en la muerte, como éstos; ya en el dolor, como vosotros–, y en que el
fin de la felicidad que nos ha sido asignada coincida con el fin de nuestra
vida. Sé que es difícil que aceptéis esto tratándose de vuestros hijos, de
quienes muchas veces os acordaréis al ver a otros gozando de la felicidad
de que vosotros mismos una vez gozasteis. El hombre no experimenta
tristeza cuando se lo priva de bienes que aún no ha probado, sino cuando se
le arrebata uno al que ya se había acostumbrado. Pero es preciso que sepáis
sobrellevar vuestra situación, incluso con la esperanza de tener otros hijos,
si es que estáis aún en edad de procrearlos. En lo personal, los hijos que
nazcan representarán para algunos la posibilidad de apartar el recuerdo de
los que perdieron; para la ciudad, entretanto, su nacimiento será
doblemente provechoso, pues no sólo impedirá que ella se despueble, sino
que la hará más segura, ya que nadie puede participar en igualdad de
condiciones y equitativamente en las deliberaciones políticas de la
comunidad, a menos que, tal como los demás, también él exponga su prole
a las consecuencias de sus resoluciones.
Y aquellos de vosotros que habéis llegado ya a la ancianidad, tened por
ganancia el haber vivido felizmente la mayor parte de vuestra vida,
considerad que la que os queda ha de ser breve, y consolaos con la fama
alcanzada por éstos vuestros hijos. Lo único que no envejece, en efecto, es
el amor a la gloria; y cuando la edad ya declina, no es atesorar bienes lo
que más deleita, como algunos dicen, sino recibir honores.
XI. Y en cuanto a vosotros, hijos o hermanos, aquí presentes, de estas
víctimas de la guerra, veo grande el desafío que tenéis por delante, porque
solamente aquel que ya no existe suele concertar el elogio de todos; a duras
penas podréis conseguir, por sobresalientes que sean vuestros méritos, ser
considerados no ya sus iguales, sino incluso sus cercanos émulos. La
envidia de los rivales la sufren quienes están vivos; el que, en cambio, ya
no representa un obstáculo para nadie, es honrado con generosa
benignidad.
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Y si, para aquellas esposas que ahora quedan viudas, debo también decir
algo acerca de las virtudes propias de la mujer, lo resumiré todo en un
breve consejo: grande será vuestra gloria si no desmerecéis vuestra
condición natural de mujeres y si conseguís que vuestro nombre ande lo
menos posible en boca de los hombres, ni para bien ni para mal.
XII. En conformidad con nuestras leyes y costumbres, pues, queda dicho en
mi discurso lo que me parecía pertinente. Ahora, en cuanto a los hechos,
los hombres a quienes estamos sepultando han recibido ya nuestro
homenaje.
De la educación de sus hijos, desde este momento hasta su juventud, se
hará cargo la ciudad. Tal es la provechosa corona que ella impone a estas
víctimas, y a los que ellas dejan, como premio de tan valerosas hazañas.
Cuando los más preciados galardones que una ciudad otorga son los que
recompensan la valentía, entonces también posee ella los ciudadanos más
valientes.
Y ahora, después de haber llorado cada uno a sus deudos, podéis
marcharos.
Tucídides, La Guerra del Peloponeso, Libro II.
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