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Sistematización
Desde una aproximación existencial – personalista
La aproximación especulativa, que duró por siglos en la teología y la soteriología, ha dado
paso a otra perspectiva de tipo existencial – personalista, que ha intentado acercarse a los datos
revelados a partir de una sensibilidad cultural diversa.
El actuar pro existente de Jesucristo, expresado de modo superlativo en su Pascua, es
manifestación en la economía de su condición trinitaria. Más aún, su pro existencia expresa en
la historia el dinamismo trinitario, en cuanto manifiesta la pro existencia divina que se realiza
en las procesiones y en las relaciones intratrinitarias, y también en la economía salvífica, en la
creación y en las misiones de las personas divinas. Lo cierto es que la categoría “pro
existencia” considera la totalidad de la existencia de Cristo, su vida histórica, su muerte en la
cruz, pero también su preexistencia trinitaria y su existencia glorificada; se trata pues de un
concepto cristológico-fundamental, que sella y conjuga la vida, la acción y la muerte de Jesús,
así como su misma realidad como Señor resucitado.
Por su parte, la actuación pro existente de Jesucristo muestra y realiza totalmente aquella
verdad que afirma que el ser humano no puede encontrar su propia plenitud si no es en la
entrega sincera de sí mismo a los demás. Y esta misma pro existencia, a través de la
espiritualidad y forma de vida de los cristianos, está llamada a impulsar el avance de la
historia hacia formas de reconciliación y convergencia. Los tres últimos pontífices han
enseñado que por la gracia participamos de la pro existencia divina y que la donación de uno
mismo, al tiempo que nos realiza como personas, es lo que hace más humano el mundo en el
que vivimos.
El Papa Juan Pablo II señaló que es la auto donación divina, cuya culminación se alcanza en la
inhabitación trinitaria, la que abre e impulsa nuestro espíritu a la comunión interpersonal con
Dios y con el prójimo, permitiéndonos así alcanzar la plena realización de nuestro ser
personal. En Centesimus Annus sostuvo que esta trascendencia del ser humano, que tiene
como último referente a Dios mismo, debe ser reconocida al momento de definir proyectos
personales y formas de organización social.
El Papa Benedicto XVI sostendrá que en razón de la gracia nos hacemos partícipes del
dinamismo del amor trinitario, pues ella nos une e identifica con Cristo Jesús, con su amor y
entrega a Dios y a los hermanos. En su primera encíclica indica que el Espíritu armoniza el
corazón de los creyentes con el corazón de Cristo y “los mueve a amar a los hermanos como
Él los ha amado, cuando se ha puesto a lavar los pies de sus discípulos (cf. Jn 13, 1-13) y,
sobre todo, cuando ha entregado su vida por todos (cf. Jn 13, 1; 15, 13)”; y en Spe Salvi señala
que “estar en comunión con Jesucristo nos hace participar en su ‘ser para’ todos, hace que éste
sea nuestro modo de ser” y que sólo estando en comunión con Él podemos realmente llegar a
ser para los demás, para todos. En Caritas in Veritate deriva aplicaciones concretas de este
dinamismo de amor y de entrega al afirmar que en la actividad económica, junto a la lógica del
mercado y de la política, ha de tener espacio el principio de gratuidad y la lógica del don; y
sorprendentemente sostiene que esto es una exigencia no sólo de la caridad sino también de la
verdad, ya que, en cuanto crea sociabilidad, viene exigida tanto por la necesaria orientación
ética de toda actividad humana, como por la misma razón económica, pues el mercado
necesita formas de cohesión social para su buen funcionamiento, formas de solidaridad y de
confianza.
Gisbert Greshake: la gracia como libertad donada
Se entiende por gracia al don gratuito por parte de Dios e inmerecido por parte del hombre. Si
bien en este sentido amplio podemos hablar de gracia natural se usará aquí en sentido estricto
para hacer referencia a ella como un don sobrenatural que Dios, por su libre benevolencia,
concede a una creatura racional para su eterna salvación. El sacrificio de Cristo en la cruz ha
sido por pura gracia porque Dios lo ha realizado sin ninguna obligación, por puro amor y de
manera gratuita. Es también gracia la ayuda sobrenatural de Dios que impulsa al hombre a
creer en El y luego a perseverar obrando el bien conforme a su voluntad.
Dios también ha dado al hombre otro don, que es el libre albedrío, posibilidad de elegir entre
el bien y el mal. Para que este don sea realmente del hombre, él tiene que poder ejercerlo con
todas sus consecuencias. Así cuando Dios infunde su gracia al hombre, el hombre es libre de
dejarse mover por la gracia o resistirse a ella. Al momento de la justificación, el hombre se
deja mover cuando cree, pudiendo libremente rechazar la gracia y no creer. Esta elección es
una obra de Dios en el hombre, sin que éste sea un mero actor pasivo de la obra divina en su
persona, pues dicha obra le capacita precisamente para creer y aceptar la gracia. Así, Dios da
su gracia a todos los hombres. La Escritura da testimonio de que Dios quiere que todos los
hombres se salven. La diferencia entre el hombre que decide creer y no creer, no reside en que
Dios no quiso derramar su gracia sobre él, sino que este hombre haciendo ejercicio de su
libertad aceptó o rechazó las gracias que Dios le concedió y que eran suficientes para su
salvación.
La doctrina católica y la protestante enseñan que el hombre caído está tan débil por el pecado,
que es totalmente incapaz de salvarse sin ayuda de la gracia. Sin embargo, los protestantes
afirman que el hombre no puede contribuir en nada. Karl Barth dice “Si el buen pastor (Jn.
10:11ff.) da su vida por las ovejas, lo hace para salvar la vida de las ovejas, sin que ellas
cooperen de ninguna forma”. Por la negación del libre albedrío, Lutero (a diferencia de
Melanchton y Erasmo) trataba de eludir esta responsabilidad indudablemente seria.
En cambio, la postura católica es más positiva y objetiva. El Concilio de Trento enseña que el
hombre coopera con su salvación y que el libre albedrío no está perdido o extinguido después
del pecado de Adán.
Concilio de Trento CAN. IV. “Si alguno dijere, que el libre albedrío del hombre movido y
excitado por Dios, nada coopera asintiendo a Dios que le excita y llama para que se disponga y
prepare a lograr la gracia de la justificación; y que no puede disentir, aunque quiera, sino que,
como un ser inanimado, nada absolutamente obra, y solo se ha como sujeto pasivo; sea
excomulgado.”
Concilio de Trento CAN. V. “Si alguno dijere, que el libre albedrío del hombre está perdido y
extinguido después del pecado de Adán; o que es cosa de solo nombre, o más bien nombre sin
objeto, y en fin ficción introducida por el demonio en la Iglesia; sea excomulgado.”
El Catecismo, por su parte, resume la doctrina del Magisterio diciendo: «La justificación
establece la colaboración entre la gracia de Dios y la libertad del hombre»
Desde el primer momento en que la gracia divina irrumpe en una vida humana se necesita una
respuesta, por muy débil que ésta sea, de penitencia y fe. Ni por un momento se está
sugiriendo que el ser humano inicia la obra -la iniciativa pertenece a Dios- pero si se lleva a
cabo sólo fuera de nosotros, sin nosotros e incluso en contra de nosotros, entonces no puede
llevarse a cabo nada que valga la pena llamarse ´salvación´.
Esta situación aparentemente paradójica está inscrita en el mismo acto de fe; sólo se puede
creer libremente, so pena de prestar un consentimiento superficial y falso a la invitación de
Dios al reino. Pero este consentimiento –totalmente voluntario- no nace por pura
espontaneidad, sino que responde a la iniciativa de Dios que se nos revela al mismo tiempo
que nos hace tomar conciencia de las fuerzas que nos esclavizan (pecado).
Así, desde el primer acto de la vida creyente entran en juego las relaciones de la gracia y la
libertad. La impulsión divina, si no la quebramos nosotros, nos hace pasar del pecado a la
justificación. La gracia actual es la impulsión divina que provoca en nosotros actos de libre
adhesión a Dios, libres sí, libres consentimientos. Dios viene a visitarme para atraerme a El.
Yo puedo interrumpir, arruinar esa moción divina; o, por el contrario, dejar a Dios actuar en
mí y apoderarse de mi libre arbitrio para hacerle decir “si”, sin violentarle. La gracia actual
viene a buscarme en el pecado para llevarme a la justificación; después, cuando ya estoy
justificado, no cesa de volver, de insistir para llevarme a un nivel superior de la gracia
santificante. Dios llama constantemente a la puerta de mi corazón para invitarme a rebasar el
estado en que me encuentro del Amor:
«He aquí, yo estoy a la puerta y llamo: si alguno oyere mi voz y abriere la puerta, entraré á él,
y cenaré con él, y él conmigo.” Apocalipsis 3, 20
Walter Kasper: gracia, amor y libertad
El punto de partida teológico de nuestro autor es la realidad de Dios entendida como sujeto
libre en el amor, hemos recurrido a los conceptos de persona, de relación y de apertura de lo
humano, para destacar la dinamicidad de la relación Dios-hombre, que se hace realidad en el
ser y en el significado de la persona de Cristo. De este modo, Jesucristo no sólo es modelo de
divinidad y de humanidad, sino que él es en sí mismo lo humano y lo divino, aquel que une de
manera admirable e insuperable estas dos formas de existencia en su propio ser histórico.
En su propio ser, Cristo es el que media entre lo trascendente y lo inmanente, entre creador y
creatura, no como realidades antagónicas sin relación alguna, o como realidades que se anulan
en la unión, sino más bien como experiencias del ser que se interrelacionan y que actúan en
dependencia e independencia libre en el amor. El Concilio de Calcedonia (año 451) afirma en
este sentido: «Que se ha de reconocer a un solo y mismo Cristo Señor, Hijo unigénito en dos
naturalezas, sin confusión, sin cambio, sin división, sin separación. La diferencia de
naturalezas de ningún modo queda suprimida por su unión…» [La cursiva es nuestra]
(Denzinger & Hünermann, 2000: 302).
A partir de esto último, a saber, en la relación que se puede establecer entre el misterio
cristológico-trinitario y la antropología podemos afirmar con toda propiedad que Jesucristo es
el universal concreto, es decir, aquel que en su historia concreta realiza la universalidad de lo
divino y de lo humano. En él se realiza definitivamente en la historia lo que significa ser Dios
y lo que significa ser hombre.
Podemos reconocer en Jesucristo, a la luz del Espíritu, la plenitud reveladora de lo que es Dios
y lo que es el hombre. Cristo revela en el Espíritu la libertad de Dios en el amor, su eterna
esencia en las relaciones intra-trinitarias. «El Espíritu llena totalmente la humanidad de Jesús,
le comunica el don de la apertura, que le permite ser libremente hueco y vacío total para la
auto-comunicación de Dios» (Kasper, 2002: 405).
El Espíritu marca la vida del Hijo, en la eternidad y en el tiempo. Hace posible su encarnación
y a la vez la liberación espacio-temporal en su resurrección, convirtiendo su concreción
histórico-salvífica en universal. «Una orientación pneumatológica puede, pues, interpretar
extraordinariamente la unicidad de Jesucristo y su importancia universal. La pneumatología
vuelve a situar a la cristología en un horizonte universal» (Kasper, 2002: 407).
Abordamos aquí la importancia de que nuestra salvación sea concreta, en el sentido de que el
nuevo comienzo que no depende de nosotros, sino del Otro, se realice también desde nosotros
y con nosotros.
En esta perspectiva Kasper resalta la importancia que tiene la humanidad de Cristo para
nuestra salvación. Nuestra humanidad se hace plena y nueva en la relación del Hijo con el
Padre, se hace nueva porque es sostenida por el Hijo eterno que se encarna en el tiempo y para
todos los tiempos.
El Hijo encarnado asume en libertad nuestro ser situados en el mundo, como una
determinación esencial de nuestro ser, y desde esta realidad nos ofrece el nuevo comienzo en
su persona, el que insistimos no depende de nosotros.
Será asumiendo nuestra condición de situados, como el Hijo encarnado hace posible un nuevo
comienzo, en el que lo humano pueda vivir realmente su identidad y su vocación personal,
como relación de comunión con los otros, con el mundo y con el Otro. Se supera así en
Jesucristo, la ambigüedad propia de lo humano que necesita de liberación-redención, como ya
lo hemos afirmado. Se trata de una comunión o ser-con, que realiza y se realiza en la libertad
en el amor, como don del Espíritu (Kasper, 2002: 326-327). «La universalización de la obra de
Cristo acontece de una manera espiritual e histórica, determinada por la libertad en el amor»
(Kasper, 2002: 419).
Recogiendo los aportes de la antropología moderna, en el sentido de comprender al hombre
desde una antropología unitaria (esto es, el hombre como un ser espiritual, o mejor, un espíritu
encarnado), valoramos la experiencia situada del ser humano, experiencia que es, o debe
convertirse, en un lugar de encuentro con el Otro y con los otros, asumiendo el hombre su
vocación original. «Si, a pesar de todo, ha de haber salvación, se necesita un nuevo comienzo,
un hombre que penetre en esta situación y la deshaga» (Kasper, 2002: 331).
Al destacar, como lo hemos hecho, que la concreción de nuestro ser está empecatada, tenemos
presente que nuestra realidad ambigua está marcada por el egoísmo y no por el amor-
comunión que invita al encuentro. Pues bien, es este amor, entendido como comunión entre lo
humano y lo divino el que Cristo realiza de modo pleno en su propio ser histórico, en su
encarnación (Kasper, 2002: 328-330).
En el misterio de su encarnación, es decir, desde nuestra situación concreta, el Hijo une de
modo admirable lo humano con lo divino, en y desde el misterio del amor libre, del amor-
comunión: «la realidad de nuestra salvación y de nuestra redención depende de la venida de
Jesucristo a esta situación concreta… la redención sólo es posible en cuanto concreta e
histórica» (Kasper, 2002: 330). El Hijo encarnado nos muestra en su ser, que lo humano se
realiza como tal, en la unión y en la comunión con el Dios que es Padre y creador.