CRISTOLOGÍA DEL NUEVO TESTAMENTO
JESÚS, EL PROFETA1
Podría pensarse que a Jesús le llamaron profeta para indicar su profesión, lo mismo que hicieron
al llamarle rabbí (=maestro). Pero conviene notar que en la época del nuevo testamento el
profetismo, en cuanto profesión regular y organizada, ya no existía en el judaísmo.
En la mayoría de los casos en los que recibe ese título, Jesús no aparece solamente como un
profeta, sino como el Profeta, es decir, como el último profeta, aquel que, al final de los tiempos,
debía cumplir toda profecía.
1. El Profeta del fin de los tiempos en el judaísmo
En la región de Israel la palabra nabí poseía originalmente diversos sentidos. Al principio
designaba, por un lado, a un (vidente) extático y, por otro, al profeta profesional que
proclamaba sus oráculos. Pero estas dos concepciones no bastan para explicar el profetismo
específicamente israelita, el único que está en la base de la idea del Profeta del fin de los
tiempos.
Lo que define esencialmente a los profetas clásicos de Israel es el hecho de que ellos reciben
su ministerio de una vocación personal y directa de Dios y no de su pertenencia a una
corporación profesional de profetas. Por otra parte, cuando proclaman el mensaje que les ha
sido encargado, actúan bajo una especie de coacción sin perder por ello su personalidad. Esa
personalidad aparece incluso reforzada por el hecho de que Dios se sirve de ella (del juicio
moral del profeta) para hablar a su pueblo.
El profeta no se limita a transmitir revelaciones aisladas: su profecía se vuelve predicación,
mensaje; el profeta explica al pueblo el verdadero sentido de los acontecimientos, mostrándole
en cada momento el designio y voluntad de Dios, y predice -siempre que sea necesario- el
juicio y castigo de Dios.
En la época de Jesús este profetismo se había extinguido desde hacía tiempo en Israel. Por eso,
el don de profecía (como muestra Joel 3,1ss) viene a presentarse cada vez más como un
fenómeno escatológico que sólo reaparecerá al fin de los tiempos. Por eso, la aparición de Juan
el Bautista fue considerada como acontecimiento escatológico: un profeta vivo ha surgido de
nuevo, semejante a los antiguos profetas. Su mismo bautismo pudo ser considerado gesto
profético, semejante a los gestos simbólicos que, en determinadas circunstancias, realizaron los
profetas de antaño como Jeremías, y también Elías, Eliseo, Isaías y, sobre todo, Ezequiel.
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Cfr. CULLMAN, Óscar. Cristología del Nuevo Testamento. Ediciones Sígueme. Salamanca. 1998. Pp 65-103.
Cristología del Nuevo Testamento – Jesús, el Profeta – Pág 2
Juan Bautista fue considerado pues como profeta en el sentido del antiguo testamento. Así lo
muestra todavía un pasaje como Lc 3,2, que dice de él lo que decía el antiguo testamento de
los antiguos profetas: Vino la palabra de Dios sobre Juan. A los ojos de los judíos, eso era una
prueba de que los últimos tiempos se encontraban ya a las puertas: Dios habla de nuevo por
boca de su profeta. Juan Bautista cumplió aquello que la esperanza judía aguardaba desde
hacía largo tiempo: el despertar escatológico del profetismo.
Esta esperanza había tomado ya una forma concreta: para el fin de los tiempos se aguardaba
la llegada de un profeta único en quien culminaría, por así decirlo, toda la profecía anterior.
Desde el punto de vista cristológico, nos interesa mostrar sobre todo la forma en que la
esperanza de la venida de este profeta único, final, se aplicó a Jesús.
La idea judía de un único profeta, que resume y realiza el profetismo entero, tiene sin duda
también otra raíz menos escatológica y más especulativa: dado que todos los profetas han
anunciado, en el fondo, la misma verdad divina, no debe haber más que uno solo y mismo
profeta, que se ha venido encamando sucesivamente en diferentes hombres, cada vez en forma
diferente. La espera del profeta escatológico se vincula aquí con las especulaciones sobre la
reencarnación o resurrección de un mismo profeta que ya habría sucedido muchas veces en
tiempo pasado. El Profeta aparece, pues, al fin de los tiempos en su forma definitiva y plena, y
entonces, en su persona, la profecía llega a su término y cumplimiento.
La fe judía espera más particularmente al final de los tiempos el retomo de un profeta
determinado. Así se anuncia ya en las palabras que Moisés dice a Israel (Dt 18, 15): «El Señor tu
Dios, te suscitará de entre tus hermanos un profeta como yo». Este pasaje tiene gran
importancia para la noción del Profeta. Ciertamente, no anuncia el retomo de Moisés en cuanto
tal sino la aparición, al fin de los tiempos, de un profeta como él. Pero se esperaba sobre todo
el retomo de Elías. Esta es una creencia relativamente antigua. Ya Mal 4,5 identifica a Elías con
el mensajero que debe preparar el camino de Yahvé; y la misma creencia aparece en Eclo
48,10ss y en diversos textos rabínicos: al final de los tiempos, Elías deberá establecer la
comunidad futura y su recta doctrina.
Ciertamente, en su principio, la esperanza judía aludía a un único profeta. Las variantes de esa
figura (entre las cuales se menciona también a Jeremías), han surgido porque se ignoraba con
quién de los antiguos profetas se identificaba el que debía venir. Esta esperanza se hallaba muy
extendida, pues incluso los grupos religiosos de la periferia del judaísmo esperaban la llegada
de este Profeta escatológico. Los samaritanos (cf Jn 14,19.25), fundados en el texto ya citado de
Dt 18, 15ss, esperaban la venida del Ta'eb o Maestro, a quien representaban como a un Moisés
redivivo, con los rasgos característicos del Profeta: realiza milagros, restablece la ley y el culto
verdadero en el pueblo y conduce también a otros pueblos al conocimiento de Dios.
El judaísmo tardío ha vinculado la esperanza del final de los tiempos con la esperanza de un
despertar de la profecía: se trata de la profecía definitiva, absoluta, encarnada en la persona del
único profeta verdadero, que pondrá fin a toda falsa profecía. Si ahora reunimos los diversos
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elementos de esta creencia generalizada, la función del profeta aparece con los siguientes
rasgos: predica, revela los últimos misterios y, sobre todo, restaura la revelación tal y como Dios
la había dado en la ley de Moisés. Pero no se limita a predicar como hicieron los antiguos
profetas: su mensaje anuncia el fin del mundo, su llamada al arrepentimiento ofrece la última
oportunidad de salvación de Dios para los humanos. Por tanto, su aparición y mensaje
constituyen en cuanto tales un acontecimiento escatológico que forma parte del gran drama
final.
Originalmente, el Profeta del fin de los tiempos no era un simple precursor del Mesías. La
esperanza del retorno del Profeta resulta valiosa por sí misma y se despliega, en cierto modo,
en forma paralela a la esperanza del Mesías. Esto significa que el Mesías no tiene necesidad de
precursor puesto que realiza él mismo la función de profeta escatológico. Por eso puede
suceder --como ya hemos visto- que Profeta y Mesías aparezcan reunidos en una sola persona".
Es posible incluso que ambos se encuentren unidos por un denominador común".
2. El Profeta del fin de los tiempos según el nuevo testamento
a) Juan Bautista
Por una parte, hemos visto ya que Juan Bautista es situado mediante este título al mismo nivel
que los profetas del antiguo testamento. Así lo muestra, por ejemplo, Lc 3,2, utilizando una
fórmula de introducción idéntica a la de los libros proféticos del antiguo testamento: Vino la
Palabra de Dios sobre Juan. Dado que el don de profecía se había extinguido, la «venida de la
Palabra» sobre Juan Bautista hace que él aparezca como anunciador del final de los tiempos,
época en que debla renacer ese don.
Por otra parte, y superando la visión general de Juan como un profeta debemos estudiar ahora
la manera en que él ha sido identificado más precisamente con el Profeta prometido para el
final de los tiempos. Esto ha sucedido de dos maneras: por un lado, su venida se identifica con
el retorno de Elías entendido ya tardíamente como precursor del Mesías; por otro, el Profeta
aparece en el sentido más antiguo, como Elías que vuelve, como precursor del mismo Dios.
Al decir que Juan es más que un profeta, Jesús está indicando sin duda que es el Profeta que
debe venir al final de los tiempos. Jesús ha visto a Juan Bautista como precursor del Mesías,
partiendo del presupuesto de que Jesús tenía conciencia de que él mismo era el Mesías.
A juicio del evangelio de Jn, el mismo Bautista rechazó expresamente el honor de ser
considerado el Profeta, incluso en el segundo sentido. El no quiso ser tomado como el Profeta
escatológico e incluso rechazó toda asimilación con Elías. Él se contentó con ser una simple voz
que clama en el desierto como el antiguo profeta. En otras palabras: él quiere ser solamente un
profeta a la manera de los del antiguo testamento. Pero después de su muerte, Juan Bautista
fue considerado por sus discípulos como el Profeta (sin duda, como Elías que vuelve a la tierra),
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es decir, como precursor de Dios, de tal manera que la función de otro Mesías especial se vuelve
inútil. Por ello, todo el cuarto evangelio y en particular el prólogo contiene una polémica
dirigida no contra Juan Bautista en sí sino contra la secta de sus discípulos, es decir, contra
aquellos que después de su muerte le han considerado el Profeta del fin de los tiempos, el
precursor de Dios, atribuyéndose así un papel definitivo que excluye la venida ulterior de un
Mesías.
b) Jesús
Hay que distinguir los pasajes que presentan a Jesús como un profeta (entre otros muchos que
existieron) y aquellos donde aparece como el Profeta único del fin de los tiempos.
Lc 7, 16, al final del relato de la resurrección del joven de Naín, dice: «Todos fueron sobrecogidos
de temor y glorificaron a Dios diciendo: Un gran profeta ha surgido entre nosotros». el juicio
de la muchedumbre no reviste un carácter directamente escatológico: aquí no se designa a
Jesús como el Profeta de los últimos tiempos. Mt 21, 46; Mc 6, 4; Mt 23,37: también en estos
casos se trata de un profeta y no del Profeta escatológico.
Mc 6,14-16: “Decían: Juan Bautista ha resucitado de entre los muertos, y por eso actúan en él
[Jesús] milagros. Otros decían: Es Elías. Y otros decían: Es (un profeta como) uno de los profetas.
Pero oyéndolo Herodes, dijo: Es Juan, al que yo hice decapitar, que ha resucitado” (Cfr Mc 8,28).
El evangelista relata aquí tres afirmaciones con las cuales el pueblo y Herodes tratan de
responder a la pregunta sobre quién es Jesús: se encuentran entre las explicaciones más
antiguas del misterio de su obra y persona.
Llegamos, pues, a la siguiente conclusión: tanto en los sinópticos como en el evangelio de Juan,
una parte del pueblo expresa su fe en Jesús dándole el título «el» Profeta, con el sentido que
este término implica en la esperanza judía. Este título no ha servido a los sinópticos para
expresar su propia fe en Jesús. Parece, sin embargo, que ha tenido cierta importancia para el
autor del cuarto evangelio. Recordemos la insistencia con que el Bautista ha rechazado este
título de Profeta o Elías redivivus. Sin duda el autor del cuarto evangelio quiere reservarlo para
Jesús, lo mismo que hace con los demás títulos cristológicos.
Para el evangelio de Juan los títulos mesiánicos encuentran su cumplimiento sólo en Jesucristo.
Por esta misma razón, Jn ha tenido mucho cuidado en distinguir a Jesús de una figura como la
de Moisés: Jesús, siendo Logos y Cristo, es al mismo tiempo el Profeta; por eso, Moisés no
puede ser ya considerado como el profeta por excelencia; por eso, Juan ha negado de forma
tan enérgica que Moisés sea el que da «el pan que viene del cielo» (Jn 6, 32; cf. 1, 17).
La primera parte de Hechos (es decir, aquella que contiene principalmente tradiciones judea-
cristianas) afirma por dos veces (3,22; 7,37) que Jesús es el profeta anunciado por Moisés (Dt
18, 15). En la segunda parte del libro de los Hechos, que trata de la misión de Pablo, igual que
en las cartas paulinas, no se identifica nunca a Jesús con el Profeta. Fuera del evangelio de Juan
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y de la primera parte (judeocristiana) de Hechos, Jesús no aparece nunca como el Profeta que
al fin de los tiempos debe preparar los caminos de Dios.
Si consideramos ahora la misión de este Profeta, debemos confesar que corresponde
perfectamente a un aspecto de la obra de Jesús, o que, al menos, no contiene nada que se
oponga a la esencia y finalidad de esta obra, tal como la presentan los evangelios. Según los
textos judíos, la función del Profeta escatológico consiste, ante todo, en preparar por su
predicación al pueblo de Israel y al mundo entero para la venida del reino de Dios. Esto lo debe
realizar no a la manera de los profetas del antiguo testamento sino de un modo mucho más
directo: como precursor inmediato del advenimiento de este Reino. Se le inviste para eso con
una autoridad escatológica que es propia (exclusiva) de él. Su llamada al arrepentimiento es
definitiva y definitiva la decisión que exige. Por eso, su predicación tiene un carácter final,
absoluto, algo que no poseía la palabra de los antiguos profetas.
Para concluir, diremos, pues, que la noción de Profeta de los últimos tiempos es demasiado
estrecha para explicar la fe primitiva en Jesucristo. En rigor esta noción solo abarca un aspecto
de la vida terrena de Jesús; pero aún en este caso, debe ser completada por otras nociones más
centrales, como la del Siervo de Dios. Además, esta cristología no puede vincularse a los títulos
cristológicos referidos al Señor presente, pues en ella se excluye la idea de un intervalo entre la
resurrección y la parusía.
La cristología dogmática posterior no ha incluido los rasgos de la cristología del Profeta, a no
ser en la visión del munus propheticum Christi (oficio o tarea profética de Cristo). Pero aun en
este caso, de una forma bien distinta.