JUVENAL
Cualquier tiempo pasado fue mejor.
- Creo que cuando reinaba Saturno la Castidad se quedó en la tierra y fue vista
en ella mucho tiempo, cuando una caverna fría servía de pequeña morada, y hogar,
lares, ganado y amos encerraba dentro de su penumbra común; cuando la esposa
montaraz extendía un lecho silvestre con hojas y rastrojos y las pieles de alimañas que
vivían alrededor, bien distinta de ti, Cintia, y de ti, a quien la muerte de un gorrión
enturbió sus luminosos ojitos.
- Pero me preguntas de dónde salen estos monstruos 1, de que fuente. Antes la
parquedad de sus peculios preservaba la castidad de las mujeres latinas, la pequeñez de
las viviendas, el trabajo, la brevedad del sueño, las manos duras y encallecidas por la
lana toscana, la proximidad de Aníbal a la ciudad y a los maridos vigilantes en la Torre
Colina no permitían que se introdujeran vicios. Pero ahora padecemos los males de una
larga era de paz. Más cruel que las armas, se nos echó encima el lujo y se venga del
mundo que hemos conquistado.
Consejo a un amigo:
- Con todo, preparas en nuestro tiempo un acuerdo, contrato y esponsales y ya te
dejas arreglar por el maestro barbero y posiblemente has entregado un anillo para el
dedo de la novia. Desde luego, estabas en tus cabales. ¿Y tomas esposa, Póstumo? Dime
que clase de Tisífone, qué culebras te andan persiguiendo. ¿Eres capaz de aguantar
dueña alguna, cuando tienes a tu alcance tantas cuerdas, cuando se abren ventanas altas
y llenas de vértigo, cuando se te ofrece ahí al lado el puente Emilio?
Mujeres adúlteras
- Tomas mujer, y ella hará padre al citarista Equión, a Glafiro o al flautista
Ambrosio2. Dispongamos largas tribunas por los angostos callejones, adornemos los
postigos y las puertas con grandes ramas de laurel para que tu noble hijo, ¡oh Léntulo!
colocado en una cuna de carey cubierta por una gasa, se parezca a Euríalo el mirmidón.
- Mujer de un senador, Epia siguió a una escuela de gladiadores hasta Faros,
junto al Nilo, y hasta la infame fortaleza de Lago, allí donde incluso Canopo condena
las monstruosas costumbres de la ciudad. No recordó su casa, ni su marido ni a su
hermana, no pensó en su patria; desvergonzada abandonó a sus hijos, que lloraban, y
pásmate aún, a los Juegos y a Paris. Y aunque de niña había dormido entre grandes
riquezas, en las plumas de una cuna con engastes de oro, despreció el mar (no tuvo
miedo a la incomodidades del mar).Si la razón de afrontar un peligro es justa y es
honesta, se asustan, en el miedoso pecho se les hiela el corazón, y no logran ni
sostenerse encima de las trémulas piernas; si se arriesgan a empresas escandalosas,
entonces aportan un coraje firme.
¿Qué fue lo que vio que hizo que consintiera en llamarse gladiadora?
1
Monstruos=mujeres
2
Los actores, músicos y gladiadores estaban en lo más bajo de la escala social.
- Escucha lo que soportó Claudio. Cuando su esposa lo notaba dormido, se
atrevía a preferir la estera a su lecho del Palatino; augusta meretriz, cogía de noche la
capucha y salía seguida de una esclava. Una peluca rubia le tapaba la negra cabellera, y
ella se metía en un prostíbulo bochornoso por sus raídas cortinas, instalándose en un
cuarto que tenía reservado. Allí, desnuda bajo el nombre ficticio de Licisca, exhibió, ¡oh
noble Británico! el vientre del que nacieras. Acogió mimosa a los que entraron y
reclamó su paga
- Ya escucho lo que hace rato me advertís, mis viejos amigos: <<Enciérrala. No
la deje salir>>. ¿Pero quién me vigilará los propios guardianes? Una esposa es
precavida y empieza por ellos. Y la libido es la misma en las plebeyas y en las
aristócratas, y no es mejor la que pisa el negro sílice que la que es conducida a hombros
de fornidos esclavos sirios.
Mujeres malvadas y mandonas.
- Si amas ingenuamente a tu mujer, si sólo a ella has entregado el alma, inclina
la cabeza, con la cerviz dispuesta a soportar el yugo. No encontrarás una sola que
perdone algo a su marido. Aunque esté locamente enamorada, se goza en atormentarle y
en despojarle.
- Nada darás si tu esposa se opone, si ella se niega, nada podrás vender.
Tampoco comprarás si ella no quiere.
Mujeres crueles.
- <<Manda crucificar a este esclavo>>. <<¿A éste esclavo? ¿Por qué crimen
merece tal suplicio? ¿Qué testigos hay? ¿Quién lo ha delatado?. Oye, si se trata de la
vida de un hombre no hay reflexión que resulte excesiva. <<¡Loco!>> ¡De manera que
un esclavo es un hombre? No ha hecho nada, de acuerdo, pero lo quiero, lo ordeno.
Sirva como razón mi voluntad>>.
- Mujer hay que alquila verdugos para todo el año. Manda azotar; ella entretanto
se va pintando la cara, escucha a sus amigas o bien examina la ancha franja de oro de su
vestido de colores. Y los azotes siguen. Por fin, cuando los verdugos ya están exhaustos,
ruge un horrendo: <<¡Basta!>>, porque se acabó el examen.
- Ven en el teatro como Alcestis acepta morir en vez de su marido, y si a ellas se
les permitiera semejante trueque desearían salvar la vida de su perrilla a cambio de la de
su esposo.
La mujer se igual al hombre:
- Deja las jambas recién adornadas de las puertas, las cortinas todavía colgadas
de la nueva mansión, y los ramos, todavía frescos, en la entrada. Así crece el número,
así sus maridos llegan hasta ocho en cinco otoños.
- Apenas hay causa judicial en la que la mujer no haya introducido la querella.
Manilia, si no es la acusada es la acusadora. Componen por sí mismas los expedientes y
los agrupan, dispuestas a dictar a Celso la introducción y los puntos capitales.
- ¿Qué pudor puede haber en una mujer que se cubre con un casco, que renuncia
a su sexo y prefiere la fuerza?
- <<Pues habla tú misma>>. <<Ya al principio convinimos en que tú harías lo
que quisieras, e igualmente yo podría ir por las mías. Ya puedes gritar y confundir cielo
y tierra; soy como un hombre>>.
Mujer derrochadora.
- Para ir a los juegos, Ogulnia alquila un vestido, alquila acompañantes, una
litera, un cojín, amigos, una nodriza y una muchacha rubia, para poder darle órdenes. Lo
que le queda de la herencia paterna lo da a los ágiles atletas, hasta la última copa.
Muchas en su casa sufren estrecheces, pero no hay mujer que experimente vergüenza de
su pobreza y que se ajuste al límite que ésta le dio y le impuso.
- Los hombres, al menos, alguna vez examinan lo que les conviene y bajo el
maestrazgo de la hormiga al final llegan a temer al frío y al hambre; la mujer es pródiga
y no ve cómo se le agota el capital. Y como si las monedas se multiplicaran al vaciarse
su arca y cogiera de un montón que nunca disminuye, jamás echa cuentas de lo que le
cuestan sus placeres.
Mujer cotilla.
- Esta misma mujer sabe lo que sucede en todo el mundo, lo que hacen los seres
y los tracios, los secretos de la madrastra y el niño, quien se ha enamorado y quién ha
disputado como adúltero. Te dirá de quien es la preñez de esta viuda y en qué mes está,
y las palabras y los modos de cada una en el amor.
Mujer sabelotodo.
- Más molesta aun es la que así ha tomado asiento alaba a Virgilio y le perdona
por el suicidio de Dido, junta los poetas y los compara, aquí cuelga al mantuano y en el
otro platillo de la balanza a Homero. Retroceden los gramáticos, los oradores se dan por
vencidos, calla toda la turba, no hablan ni picapleitos ni pregoneros, ni tampoco otra
mujer.
- Que la mujer que se acueste contigo carezca de estilo oratorio, que no dispare
un entimema retorcido en párrafos redondeados. Que no conozca todas las historias y
que se quede sin entender algo de los libros. Odio a la mujer que repite y da vueltas a la
Gramática de Palemón sin infringir nunca las leyes y las reglas de la lengua, que
chiflada por lo antiguo, me repite versos que desconozco y reprende a su amiga
analfabeta por palabras que no preocupan a los hombres.
Mujer envenenadora.
- Un tipo suministra conjuros amatorios, otro que vende filtros tesalios capaces
de vejar la mente del marido, y cuando han surtido su efecto ella le muele a zapatazos.
De ahí te viene que chochee, de ahí que tu ánimo se oscurezca y que olvides al punto
incluso lo que acabas de hacer.
- Y profesan un odio mortal a los hijos de la concubina; que nadie lo desapruebe
ni lo prohíba: desde ahora será legal matar a los hijastros. A vosotros, huérfanos dueños
de un cierto patrimonio, os lo advierto: velad por vuestras vidas y no os fieis de las
mesas, pues los pasteles amarillentos bullen del veneno que les metió una madre. Que
antes de que lo hagáis vosotros muerda alguien lo que os dio una mujer con hijos, que,
aunque ponga reparos, pruebe ante las bebidas vuestro preceptor.