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Zapata

El artículo reflexiona sobre la importancia de estudiar la historia del Cercano Oriente antiguo en el contexto actual de multiculturalismo e interculturalidad, destacando su relevancia en la formación humanística y la comprensión de problemas contemporáneos. Se argumenta que la historia no solo ayuda a entender sociedades pasadas, sino que también ofrece claves para abordar la diversidad cultural y los desafíos de la globalización. Además, se critica la influencia del neoliberalismo en la valoración de las ciencias sociales y humanísticas, sugiriendo que el conocimiento histórico es esencial para el desarrollo de una percepción intercultural.

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El artículo reflexiona sobre la importancia de estudiar la historia del Cercano Oriente antiguo en el contexto actual de multiculturalismo e interculturalidad, destacando su relevancia en la formación humanística y la comprensión de problemas contemporáneos. Se argumenta que la historia no solo ayuda a entender sociedades pasadas, sino que también ofrece claves para abordar la diversidad cultural y los desafíos de la globalización. Además, se critica la influencia del neoliberalismo en la valoración de las ciencias sociales y humanísticas, sugiriendo que el conocimiento histórico es esencial para el desarrollo de una percepción intercultural.

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Revista Historiar ISSN: 2683-8702

Vol. 2 Numero 2

¿POR QUÉ ES IMPORTANTE ESTUDIAR LA HISTORIA DEL CERCANO ORIENTE


ANTIGUO? REFLEXIONES DESDE (Y PARA) UNA PERSPECTIVA INTERCULTURAL *

Horacio Miguel Hernán Zapata


horazapatajotinsky@[Link]
UNCAus/UNNE/ICSOH-CIUNSa

Resumen
En las décadas recientes, la vieja pregunta sobre por qué es necesario estudiar historia se
instaló nuevamente dentro de los diferentes ámbitos académicos de enseñanza e investigación,
ya sea porque la misma producción historiográfica –a nivel nacional e internacional– multiplicó
y renovó miradas, métodos y problemáticas, ya sea porque los historiadores han desbordado
sus modos tradicionales de intervención pública. Además, ha sido inevitable tener que
reformular nuevas respuestas a la pregunta acerca del sentido y funcionalidad de la historia
frente a las novedosas realidades, sumamente diversas y contradictorias que la globalización
representa bajo los conceptos hoy en boga de multiculturalismo e interculturalidad. Sin
embargo, también vivimos en una época en la cual los conocimientos producidos por las
ciencias sociales y humanísticas, entre los que se encuentran aquellos vinculados con la
historia, traen las de perder en un contexto atravesado por el influjo del neoliberalismo,
ideología según la cual ciertas áreas del conocimiento son consideradas como válidas y
prioritarias por tener un impacto relevante en el avance socioeconómico y técnico-científico,
mientras otras son tenidas por superfluas e innecesarias. Ubicada en este contexto, la pregunta
de cuán importante es estudiar Historia del Cercano Oriente adquiere, sin duda, nuevos
sentidos y perspectivas. En el presente artículo buscamos presentar algunas claves y
reflexiones sobre el valor del conocimiento histórico de las sociedades del Cercano Oriente
antiguo en la formación humanística y, en particular, para afianzar una percepción
historiográfica intercultural que pueda traducirse no sólo en una aproximación a vida de
varones y mujeres tan lejanos en tiempo, espacio y cultura, sino también a una mejor
comprensión de nuestro propio mundo y sus múltiples problemas.

Palabras clave: historia del Cercano Oriente antiguo, importancia social, interculturalidad

*El presente trabajo se basa en una versión revisada y ampliada de la ponencia presentada en las PRIMERAS JORNADAS
DE ESTUDIO Y REFLEXIÓN SOBRE LA HISTORIA. DIÁLOGOS Y DESAFÍOS, organizadas por el Departamento de Historia de la
Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional del Nordeste. Fue elaborada como parte de las actividades de
docencia e investigación que desarrollo en el marco del Proyecto CIUNSa N° 2608 “Prácticas sociales y
configuraciones culturales en las sociedades antiguas del Mediterráneo oriental: una aproximación histórica y
didáctica” bajo la dirección de la profesora Perla Rodríguez, financiado por el Consejo de Investigaciones de la
Universidad Nacional de Salta y radicado en el Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades (ICSOH) de la Facultad
de Humanidades de la Universidad Nacional de Salta.
Revista Historiar ISSN: 2683-8702
Vol. 2 Numero 2
Abstract:
In recent decades, the old question about why it is necessary to study history was installed
again within the different teaching and research academic fields, either because the same
historiographic production –nationally and internationally– multiplied and renewed views,
methods and problematic, either because historians have overflowed their traditional modes
of public intervention. In addition, it has been inevitable to reformulate new answers to the
question about the meaning and functionality of history in a context characterized by the novel,
highly diverse and contradictory realities that globalization represents under the concepts in
vogue of multiculturalism and interculturality. However, we also live in an era in which the
knowledge produced by the social and humanistic sciences, among which are those linked to
history, bring those to lose in a context traversed by the influence of neoliberalism, an ideology
according to which certain knowledge areas are considered valid and priority because they
have a relevant impact on socioeconomic and technical-scientific progress, while others are
considered superfluous and unnecessary. Located in this context, the question of how
important it is to study the Ancient Near East History acquires new meanings and perspectives
without doubt. In this article we seek to present some clues and reflections on the value of
historical knowledge of ancient Near Eastern societies in humanistic formation and, in
particular, to strengthen an intercultural historiographic perception that can be translated not
only into an approach to different human lives so distant in time, space and culture, but also to
a better understanding of our own world and its multiple problems.

Key words: Ancient Near East History, social value, interculturality


_____

Quizá el objetivo más importante de todos sería (...) preguntarse cómo se pueden
estudiar otras culturas y pueblos desde una perspectiva libertaria, y no represiva
o manipulativa. Pero entonces habría que replantearse el complejo problema del
conocimiento y el poder
EDWARD SAID55
… la ampliación del horizonte cultural internacional y la revolución en los sistemas
de transmisión de ideas y conocimientos nos obligan a salir del cascarón
egocéntrico para conocer experiencias y recorridos que hasta ahora habían sido
objeto de otros etnocentrismos
MARIO LIVERANI56

55
EDWARD SAID, Orientalismo, Barcelona, Del Bolsillo, 2004 [1980], p. 49.
56
MARIO LIVERANI, El Antiguo Oriente. Historia, sociedad, economía, Barcelona, Crítica, 2012 [1991], p. 22.
Revista Historiar ISSN: 2683-8702
Vol. 2 Numero 2

A MODO DE INTRODUCCIÓN

En las décadas recientes, la vieja pregunta sobre por qué es necesario estudiar historia se
instaló nuevamente dentro de los diferentes ámbitos académicos de enseñanza e investigación.
Sin embargo, no se trata de un hecho fortuito. Por un lado, se trata de un interrogante que
conserva plenamente su pertinencia y legitimidad, ya sea porque la misma producción
historiográfica –tanto a nivel nacional como internacional– multiplicó y renovó miradas,
métodos y problemáticas, ya sea porque los propios historiadores han desbordado sus modos
tradicionales de intervención pública. Y, por otro lado, ha sido inevitable tener que reformular
nuevas respuestas a la pregunta acerca del sentido de Historia como contenido de enseñanza
frente a la irrupción de novedosas realidades políticas, sociales, económicas y culturales,
sumamente diversas y contradictorias, pero todas ellas relacionadas con el gran impacto –a
nivel local, nacional y mundial– de la reconfiguración del orden capitalista en su etapa
globalizadora, de la ampliación de las tecnologías de la información y comunicación y de los
nuevos procesos migratorios a escala planetaria 57.
Como ha afirmado el historiador Luis Villoro, “El mundo habitado por la especie humana es un
mundo plural. Está constituido por una multiplicidad de culturas, de puntos de vista diferentes
sobre la realidad. Siempre lo hemos sabido; pero ahora la conciencia de esa pluralidad se
acentúa porque estamos viviendo el despertar de una ilusión” 58. De allí que las problemáticas
asociadas con la diversidad cultural, cuestión sumamente presente en el pensamiento político,
social y pedagógico contemporáneos, resulten dimensiones fundamentales para poder avanzar
en la comprensión del rol que la Historia tiene actualmente, si es que de verdad llegamos al
convencimiento de que posee algún tipo de significado y/o funcionalidad concerniente a los
nuevos retos que la globalización representa bajo los conceptos hoy en boga de
multiculturalismo e interculturalidad. En todo caso, una condición sine qua non para avanzar
en una explicación del valor del discurso histórico es, pues, el reconocimiento del amplio
espectro de procesos sociales y simbólicos de interacción, de construcción de identidades
existentes dentro de una misma sociedad, así como los problemas derivados de las nuevas
condiciones de convivencia cultural entre personas que transitan espacios concretos comunes
y practican modos de vida diferentes59.

57 A modo de ejemplo, cfr. MANUEL TUÑÓN DE LARA, Por qué la historia, Barcelona, Salvat, 1981; CARLOS PEREYRA et al,
Historia, ¿para qué?, Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 1984 [1980]; ENRIQUE FLORESCANO, Por qué estudiar y enseñar
la historia, México D. F., Instituto de Estudios Educativos y Sindicales de América, 2000; JORGE CERNADAS y DANIEL
LVOVICH (eds.), Historia, ¿para qué? Revisitas a una vieja pregunta, Buenos Aires, Universidad Nacional de General
Sarmiento & Prometeo, 2010.
58 LUIS VILLORO, Los retos de la sociedad por venir, México D. F., Fondo de Cultura Económica, 2007, p. 188.
59 Cfr. GIOVANNI SARTORI, La sociedad multiétnica. Pluralismo, multiculturalismo y extranjeros, Madrid, Taurus, 2001;

HÉCTOR DÍAZ POLANCO, Elogio de la Diversidad, México D. F., Siglo XXI Editores, 2005; ALDO AMEIGEIRAS y ELISA JURE
(comps.), Diversidad cultural e interculturalidad, Buenos Aires, Universidad Nacional de General Sarmiento &
Prometeo, 2006.
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Ubicada en este contexto, la pregunta de cuán importante es estudiar Historia del Cercano
Oriente Antiguo constituye un interrogante que, sin duda, adquiere nuevos sentidos y
perspectivas en función de los avances del paradigma intercultural en distintos ámbitos de la
sociedad y de las consecuentes reflexiones sobre la gran complejidad actual de las culturas a lo
largo y ancho del planeta. En el presente artículo buscamos presentar algunas claves y
reflexiones sobre el valor del conocimiento histórico de la vida de varones y mujeres tan
lejanos en tiempo, espacio y cultura para la formación humanística y, en particular, para que
cualquier persona pueda afrontar un reencuentro con las sociedades del Cercano Oriente
antiguo, subrayando la importancia de una percepción historiográfica intercultural sobre esos
"otros" mundos del pasado que contribuya, a su vez, en una mejor comprensión de nuestro
propio mundo y sus múltiples problemas.

EL CERCANO ORIENTE ANTIGUO: LECTURAS TRADICIONALES

La introducción de la Historia en el sistema de enseñanza media y superior del país formó parte
de una compleja red de convergencias, consensos, interrelaciones y dependencias entre elites
estatales, historiadores profesionales y docentes en el marco más amplio de las
transformaciones que experimentaron la sociedad y la política argentinas desde fines del siglo
XIX. Durante ese tiempo, tuvo lugar la institucionalización y expansión de los sistemas estatales
de escolarización masiva –primaria sobre todo y también secundaria, aunque en menor
medida–, donde la Historia constituyó una asignatura central de los currículos escolares, y
posteriormente la creación de carreras de enseñanza de la historia a nivel superior y
universitario y el inicio de la expedición de títulos de profesor y doctor en la materia. La
consolidación institucional de la historiografía sobrevino a través de un proceso irregular y
fluctuante que se extendió durante las primeras cinco décadas del siglo XX y sufrió reiterados
desvíos e interrupciones60.
En aquellos años, el tipo de historia que se enseñaba en dichos ámbitos correspondía a una
versión de la disciplina que, además de ser científica, constituía un instrumento que debía
ayudar a la “cultura general” y al aprendizaje de comportamientos virtuosos. Como en muchas
repúblicas de Europa y América Latina, la idea de que la Historia –y también algunas otras
Ciencias Sociales– podía contribuir a consolidar las identidades nacionales se hallaba muy
difundida en nuestro país. En efecto, autoridades y funcionarios estatales, organizaciones de la

60 Acerca del proceso de institucionalización de la historia como disciplina académica en universidades nacionales
y otras instituciones educativas habilitadas igualmente para entregar el título para la docencia media y superior de
nuestro país, cfr. PABLO BUCHBINDER, Historia de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires,
Buenos Aires, Eudeba, 1997, pp. 73-79 y 139-144; ADRIAN G. ZARRILLI, TALÍA V. GUTIÉRREZ y OSVALDO GRACIANO, Los
estudios históricos en la Universidad Nacional de La Plata, 1905-1990, Buenos Aires, Academia Nacional de la
Historia/Fundación Banco Municipal de La Plata, 1998.
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sociedad civil y no pocos intelectuales argentinos estaban convencidos de que la enseñanza del
pasado fomentaba el sentimiento de pertenencia política de los ciudadanos a la comunidad
nacional. De allí la atención prioritaria a los sucesos políticos e institucionales y la preferencia
por los grandes hombres, en tanto emergía del convencimiento general que tales egregios eran
los únicos y verdaderos actores del proceso histórico y, en tal sentido, la historia brindaba –en
tanto magistra vitae– un repositorio de ejemplos edificantes por imitar. Toda reconstrucción
histórica consistía en un relato sobre el pasado con una tónica mucho más descriptiva que
explicativa y/o comprensiva, asertiva y no problemática, con un estilo de escritura en general
opaco y escrito sin gracia, basado en la acumulación de datos aprehensibles a través de
ejercicios memorísticos que incorporaban fugazmente conocimientos. En esta característica
influía, indudablemente, la noción muy extendida de que la historia era un género
completamente distinto de la literatura y de que, por lo tanto, debía mantenerse lo más distante
posible de las estrategias narrativas de ésta. De ese modo, las asignaturas de historia argentina
y americana buscaban transmitir una versión científica del pasado nacional y americano, pero
a su vez uno que estuviera en consonancia con la construcción de la memoria pública –y de eso
se trataba, de memoria cívica, no de historia– en la que todos los ciudadanos debían
reconocerse61.
Planteada de esta manera la función social de la historia, ¿qué lugar ocupaban las antiguas
sociedades del Cercano Oriente en la estructuración de este relato histórico? En términos
generales, la variedad de sociedades y culturas antiguas desempeñaron, tradicionalmente, un
rol fundamental en la estructuración de tal relato: detentaban el papel de “cuna de la
civilización”62. En efecto, un estudio del pasado humano que permitiera rastrear los supuestos
antecedentes de los caracteres constitutivos de las sociedades contemporáneas debía
comenzar por remontarse –según una periodización cuadripartita de carácter lineal y
universalista63– a aquella “primera fase” de la Edad Antigua que se iniciaba con los primeros

61 Acerca del papel del discurso histórico en la construcción de la identidad argentina, cfr. LILIA ANA BERTONI,
Patriotas, cosmopolitas y nacionalistas. La construcción de la nacionalidad argentina a fines del siglo XIX, Buenos
Aires, Fondo de Cultura Económica, 2001; FERNANDO DEVOTO, “Relatos históricos, pedagogías cívicas e identidad
nacional”, en: Margarita Gutman (ed.), Construir bicentenarios: Argentina, Buenos Aires, New School & Caras y
Caretas, 2005, pp. 65-78; FERNANDO DEVOTO, “En torno a un problema: la enseñanza de la historia”, en: Emilio Tenti
Fanfani (coord.), Diversidad cultural, desigualdad social y estrategias de políticas educativas, Buenos Aires, IIPE-
UNESCO, 2009, pp. 160-164; MICHAEL GOEBEL, La Argentina partida. Nacionalismos y políticas de la historia, Buenos
Aires, Prometeo, 2013, pp. 43 y ss; NADIA ZYSMAN, “Los usos del pasado en la escuela: identidad nacional y enseñanza
de la historia en el sistema educativo argentino, 1880-2010”, en: Iberoamericana 16 (61), Berlín, 2016, pp. 127-132.
62 Acerca del mito occidental de Oriente como “cuna de la civilización”, cfr. ZAINAB BAHRANI, “Conjuring Mesopotamia:

imaginative geography and a world past”, en: Lynn Meskell (ed.), Archaeology under fire: Nationalism, politics and
heritage in the Eastern Mediterranean and Middle East, New York, Routledge, 1998, pp. 162-163; MARIO LIVERANI, El
Antiguo Oriente…, pp. 19-22; MARIO LIVERANI, “Ancient Near Eastern History: from Eurocentrism to an “Open” World”,
en: Isimu. Revista sobre Oriente Próximo y Egipto en la antigüedad 2, Madrid, 1999, p. 5.
63 Es sabido que desde la constitución de la historia como disciplina científica, los historiadores decimonónicos

formularon una periodización de carácter lineal y universalista, dividida en amplios períodos temporales
denominados "Edades", estructurada según los criterios provistos tanto por una visión judeo-cristiana (que se
mantuvo vigente hasta el siglo XVIII) como por una perspectiva científico-progresista (formulada en pleno siglo
XIX). Para la comprensión del pasado, se fijaron como requisitos que las Edades debían poseer unos rasgos comunes
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textos escritos y finalizaba con la conquista alejandrina, una etapa más próxima en términos
espacio-temporales y culturales a la sociedad occidental, pero distante respecto de un “Lejano”
Oriente64. Dentro de este esquema, las realidades de los antiguos egipcios, babilonios, asirios,
persas, fenicios y hebreos personificaban desarrollos sociales primigenios de una larga cadena
evolutiva que era imaginada de forma lineal, ascendente y cronológica. Dicha evolución
histórica no sería otra cosa que la plasmación de un supuesto progreso indefectible de las
naciones modernas, cuyo inicio se ubicaba en aquel Oriente exótico, glorioso y monumental y
su final en un Occidente blanco, moderno y capitalista, en tanto su despliegue descubría los
grandes logros institucionales, culturales y tecnológicos que legaron esas antiguas
civilizaciones de Egipto y Próximo Oriente a toda la humanidad. En consecuencia, en lugar de
ser analizadas en su propia especificidad, las sociedades de Egipto y Próximo Oriente fueron
valoradas en función de sus aportes a lo que por aquel entonces se consideraba el mundo
civilizado, el cual incluía –entre otras cosas– el Estado, las ciudades, la escritura, el derecho, la
metalurgia, las ciencias y las artes. Desde este punto de vista, por ejemplo, a los sumerios se les

entre sí, lo suficientemente importantes para hacerlas cualitativamente distintas de otras edades, y que los
acontecimientos históricos debían volcarse cronológicamente entre un "antes" y un "después" dentro una secuencia
temporal. Entre los distintos modelos de periodización propuestos, se encuentra el denominado “cuadripartismo
histórico”, esquema basado en la división del proceso histórico general en cuatro grandes “Edades” (Antigua,
Medieval, Moderna y Contemporánea). El mismo continúa siendo importante en los esquemas de historia universal
empleados en las escuelas, institutos terciarios y universidades, importancia que se deriva de lo que podría
denominarse, en forma burda, un "potencial didáctico" que posibilita ordenar y clasificar las sociedades concretas
y facilita el estudio de forma particular y general. Cf. ÁNGEL CASTELLÁN, "Proposiciones para un análisis crítico del
problema de la periodización histórica", en Anales de Historia Antigua y Medieval 8, Buenos Aires, 1958, pp. 7-48. De
ahí que la misma mantenga el consenso en los ambientes académicos, aunque esta aparente ventaja no nos debe
hacer olvidar que como toda convención, es sumamente discutible y más aún si, fundamentándose en la utilidad
pedagógica, se sacrifica la complejidad en beneficio de la superficialidad. Pero, además, ciertos señalamientos
críticos, como el hecho de ser demasiado eurocéntrica, de dejar la sensación de que el devenir histórico se desarrolló
con líneas de ruptura puntuales y nítidas y de encerrar los hechos del pasado en intervalos temporales sin conexión,
nos muestran que esta periodización no está exenta de limitaciones como herramienta para hacer comprender
realmente los procesos históricos. Cfr. JEAN CHESNEAUX, J., ¿Hacemos tabla rasa del pasado? A propósito de la historia
y los historiadores, México D. F., Siglo XXI Editores, 2005 [1976], pp. 97-105; MARÍA LUZ GONZÁLEZ y LUIS GABRIEL PORTA,
"Periodización y Modernidad. Una problematización desde los procedimientos de enseñanza", en: Clío & Asociados.
La historia enseñada 2, Santa Fe, 1997, pp. 49-57; SUSANA MURPHY, “La enseñanza universitaria de los estudios del
Cercano Oriente Afrosiático y la historiografía de la alteridad”, en: Pasado Por-Venir 7 (7), 2013, pp. 178-179.
64 El concepto de Antigüedad constituye, en principio, la proyección de los fragmentos de una memoria que una

sociedad conserva acerca de una época precedente y que considera una instancia clave en su formación como
cultura histórica, esto es, como aquel pasado en que una comunidad encuentra sus orígenes y sus miembros se
referencian de modo colectivo, al punto de constituir una tradición común. En este sentido, Ángel Castellán afirma
que "… la antigüedad es para cada complejo cultural, la cultura madre antecedente, algunos de cuyos elementos,
trasvasados y reelaborados, se proyectan en nuevas direcciones en los productos de la cultura-hija" (citado en
SUSANA MURPHY, “La enseñanza universitaria….”, p. 180). En efecto, la noción de historia antigua derivaba de una
percepción subjetiva de quienes, desde temprano y en Europa, se interesaron por las referencias a un pasado
antiguo que proporcionaban diversas instituciones políticas, prácticas culturales, obras literarias y demás objetos
materiales, un imaginario del mundo de antaño ya superado pero continuaba latente. En efecto, la idea de la
existencia de una Historia Antigua fue desarrollada por los pensadores del Renacimiento. Presuponía, al mismo
tiempo, una ruptura y una recuperación, religiosa y cultural, entre dos mundos. Una ruptura que daba un cierto
sentido a la historia, como la recuperación de algo perdido, como la restauración de un lazo que había sido quebrado
durante la así llamada Historia del Medio, la Historia Medieval. De este modo, se asociaba su mundo contemporáneo,
la Europa de los siglos XV y XVI, con un cierto pasado. Para los hombres de ese tiempo, era la Historia Antigua de su
mundo. De hecho, la propia idea de historia antigua representa una visión europea de historia, un cierto modo de
considerar la historia mundial desde una perspectiva occidental. Cfr. NORBERTO LUIZ GUARINELLO, "Uma morfologia da
História: as formas da História Antiga", en: Politeia. História e Sociedade 3 (1), 2003, pp. 41-61 y NORBERTO LUIZ
GUARINELLO, História Antiga, São Paulo, Contexto, 2013, pp. 17-28.
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debía la escritura, a los fenicios el alfabeto, los códigos legales a los babilonios y el monoteísmo
a los hebreos.
Además, independientemente de su legado cultural, las sociedades antiguo orientales eran –en
muchos casos– caracterizadas como poblaciones atemporales, estáticas y cerradas sobre sí
mismas, por lo que habrían permanecido sin alteraciones significativas por largos períodos de
tiempo. Los procesos de cambio eran explicados, en todo caso, con argumentos que cargaban
tintas sobre la supuesta existencia de civilizaciones descriptas a partir de los conceptos de
“áreas nucleares” o “culturas madres”, esto es, como las únicas zonas de verdadera invención
y progreso cultural, desde donde las ideas y las tecnologías se difundían por contacto,
migraciones o invasiones. Según esta perspectiva difusionista, las grandes civilizaciones
originadas junto a los ríos Nilo, Tigris y Éufrates eran, al menos desde el Neolítico, los
principales centros de irradiación cultural del Viejo Mundo, mientras que sus poblaciones
vecinas eran apenas culturas inferiores que imitaban pobremente a aquéllas. Así, conforme a
estas ideas, la invención de la agricultura habría sucedido sólo una vez, en el Creciente Fértil,
desde donde se difundió por África, Asia y Europa, o bien la adopción del carro de guerra por
las poblaciones semíticas se explicaba a partir de la ola de invasiones de tribus indoeuropeas
que tuvieron lugar en diferentes partes del Mediterráneo 65.
Sin embargo, esos elementos no se presentaban en sus formas plenas o acabadas, pues el
Cercano Oriente antiguo era apenas un trasfondo arquetípico que –empleando las metáforas
biologicistas de la época– abrigaba los desarrollos primigenios y “embrionarios” de la cultura
universal; entonces, el desarrollo y perfeccionamiento de todos esos atributos estimados
trascendentes se encontraban naturalmente expresados bajo formas “adultas” y “superiores”
en Europa y, más tarde, en Estados Unidos. En efecto, al amparo de estos esquemas
evolucionistas del desarrollo social y cultural, así como también de la idea decimonónica del
progreso, la historia del Cercano Oriente antiguo fue traducida como el "punto de partida" de
una prolongada trayectoria lineal, ascendente y direccionada cada vez más al poniente: la
democracia griega, el imperio romano, la Europa medieval y cristiana, el Renacimiento, la
modernidad ilustrada, la Belle Epoque burguesa y el mundo contemporáneo. Inmersas en el
curso de esa secuencia histórica unilineal, las instituciones, los conocimientos y las invenciones
eran pasadas como una suerte de “antorcha” en una carrera de postas y relevos hasta alcanzar
su meta final en el mundo occidental actual, cuyas principales capitales y metrópolis eran
presentadas como pináculos del progreso y la civilización. Vistos así, los grandes logros
culturales y tecnológicos de la historia tenían su origen temprano en Egipto y Mesopotamia y,

65 Acerca de las teorías difusionistas, cfr. ISABEL RUBIO DE MIGUEL, “Las primeras investigaciones del Próximo Oriente
y la formación del paradigma difusionista en la investigación prehistórica”, en: Joaquín María Córdoba Zoilo, Rafael
Jiménez Zamudio y Covadonga Sevilla Cueva (eds.), El Redescubrimiento de Oriente Próximo y Egipto, Universidad
Autónoma de Madrid, Madrid, 2001, pp. 81-95.
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apenas emergía, eran "recuperados" por griegos y romanos, quienes son los primeros –aunque
no los únicos– en “modificar" y "perfeccionar" ese arsenal de artefactos, ideas y técnicas hasta
transformarlo en un acervo del mundo latino, occidental y cristiano, capaz de ser transmitido
y generalizado ampliamente como legado universal.
A partir de ese tamiz occidentocéntrico, las sociedades antiguas próximo-orientales fueron
ambivalentemente apreciadas como vórtice histórico del cual emanaron los principales
elementos civilizatorios que sentarían las bases del desarrollo futuro de la humanidad y, al
mismo tiempo, como antípoda cultural de los valores y creencias de Occidente. En efecto, la
antigüedad oriental era concebida como verdadera antítesis de la antigüedad occidental. A
partir de esta premisa, Oriente pasó a ocupar el “...lugar geométrico de los elementos de
polaridad respecto al Occidente 'nuestro'”66 y, en consecuencia, las explicaciones sobre las
características de las sociedades que vivieron en los actuales territorios de Egipto y Asia
occidental apelaron a pares polares que, con el correr del tiempo, resultaron tópicos o
metáforas recurrentes en el discurso historiográfico, como por ejemplo, las oposiciones entre
despotismo oriental y la democracia occidental; entre el palacio oriental y la polis griega o la
civitas romana; entre el inmovilismo tecnológico y cultural de Oriente y el progreso
acumulativo de las civilizaciones europeas; entre una sabiduría mística, oculta y mágica de
Oriente y la reflexión laica, racional y científica de Occidente67. Por tanto, estudiar la historia
de tales sociedades significaba acercarse, aunque de manera superficial, a los orígenes más
profundos de la Historia Universal, la cual –como vimos– era identificada sin más con la
Historia de la Cultura Occidental. La sociedad argentina se sentía tributaria directa de ese
pasado lo suficientemente pródigo como para reconocer en éste sus propios orígenes histórico-
culturales como comunidad nacional. Así las cosas, la relevancia del estudio de las dinámicas
sociohistóricas que tuvieron lugar durante la antigüedad en Próximo Oriente era comprendida
en estos términos debido, básicamente, al influjo de esta perspectiva historiográfica asentada
en una antropología eurocéntrica, una periodización evolucionista y una metodología
positivista. Originada en una preocupación cultural y política de Europa por identificar en el

66 MARIO LIVERANI, El Antiguo Oriente…, p. 20.


67 Si bien tales modalidades de no-reconocimiento y estigmatización de la alteridad no-europea pueden parecer
apenas una deriva de un discurso moderno, es indudable que los principios que cimentaron progresivamente este
paradigma de la superioridad occidental se remontan al menos a las tradicionales orales del período de la llamada
“Edad Oscura” (ca. 1100-800 a. C.), pero con más claridad a las composiciones cuasi historiográficas –o, con mayor
precisión terminológica, cuasi etnográficas– de Heródoto, Polibio, Estrabón, Dionisio de Halicarnaso, Diodoro Sículo,
Plutarco y Flavio Arriano, autores oriundos de los universos helénicos, helenísticos y romanos contemporáneos a
las civilizaciones orientales en su fase más tardía. Al respecto, cfr. MARTIN L. WEST, “Ancient Near Eastern myths in
classical Greek religious thought”, en: J. M. Sasson (ed.), Civilizations of Ancient Near East, Massachusetts, Hendrikson
Publishers, 2006 [1995]; FRANÇOIS HARTOG, Memoria de Ulises, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 1999
[1996]; FRANÇOIS HARTOG, El espejo de Heródoto, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2002 [1980]; FAHAD M.
AL-OTAIBI, "Towards a Contrapuntal Reading of History: Orientalism and the Ancient Near East", en: Journal of King
Saud University. Science & Arts 19 (2), 2006, pp. 55-66; FRACISCO JAVIER GÓMEZ ESPELOSÍN, Memorias perdidas. Grecia y
el mundo oriental, Madrid, Akal, 2013.
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pasado sus raíces idiosincráticas, tal paradigma estuvo vigente en centros académicos de
investigación y sistemas educativos de Occidente68.
Por el tipo de representación que propone del pasado –de carácter más mítico y preconcebido
antes que histórico y documentado–, dicha matriz intelectual eurocéntrica ha logrado
sedimentar progresivamente cierto imaginario de las culturas preclásicas del Cercano Oriente
en el sentido común. En efecto, esta visión ha hecho que la importancia de tales sociedades se
reduzca a ciertas vicisitudes históricas y rasgos culturales exóticos y monumentales que son
dotados de un sentido particular en la trama histórica de un modelo civilizatorio asociado al
contenido y los límites de la memoria histórica deseada por las sociedades occidentales. En la
medida en que busca proveer los parámetros ontológicos y epistemológicos para la
comprensión del mundo desde matrices europeas, dicha memoria ha tenido un rol importante
en la invención de pasados y tradiciones, pero también –y en particular– en la formulación de
interpelaciones subjetivas y comunitarias, un aspecto que haríamos mal en subestimar. Sobre
todo porque la historia que es enseñada o producida en muchos países aún hoy es, en buena
medida, tributaria de esa visión histórica, incluida la propia Argentina. Podemos señalar, a
modo de ejemplo, que los currículos de las escuelas medias, los planes de estudio de las
carreras terciarias y universitarias de Historia del país y los distintos manuales escolares
presentan una secuenciación y tratamiento de los contenidos históricos que determina un
abordaje de las sociedades del Cercano Oriente antiguo desde los parámetros sintomáticos de
la experiencia tardo-moderna occidental69.

68 Esta particular visión, en efecto, surgió en Europa a fines del siglo XVIII, fue refinándose a lo largo del XIX y se
consolidó a principios del XX, coyuntura en la que asistimos a profundas transformaciones del escenario geopolítico
mundial y a la consolidación de la economía capitalista, con la consecuente búsqueda de materias primas, nuevas
fuentes de energía y la ampliación de los mercados en el marco de la expansión territorial de las potencias europeas
–primero Gran Bretaña y Francia, posteriormente Alemania, Bélgica, Italia, Portugal y España– y de la constitución
de un nuevo orden económico y político-administrativo sobre gran parte de África y de Asia. Se trató de un momento
cuando la sociedad europea se encontraba en una posición tal como para plantearse a sí misma contra un otro,
cuando –en otras palabras– fue capaz de auto constituirse como un otrora y unificado ego explorando, conquistando
y colonizando una alteridad que le devolvía una imagen de sí misma (sensu ENRIQUE DUSSEL, “Europa, modernidad y
eurocentrismo”, en: Erick Lander, (ed.), La colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales. Perspectivas
latinoamericanas, Buenos Aires, CLACSO-UNESCO, 2000), pero a partir de una relación dialéctica con la alteridad
no-europea que finalmente conforma su foco de atención y contenido, un efecto de un patrón histórico de poder que
“[…] consiste en la articulación entre: 1) la colonialidad del poder, esto es la idea de raza como fundamento del
patrón universal de clasificación social básica y de dominación social; 2) el capitalismo, como patrón universal de
explotación social; 3) el Estado como forma central universal de control de la autoridad colectiva y el moderno
estado-nación como su variante hegemónica; 4) el eurocentrismo como forma hegemónica de control de la
subjetividad/intersubjetividad, en particular en el modo de producir conocimiento” (ANIBAL QUIJANO, “Colonialidad
del poder, eurocentrismo y América Latina”, en: Erick Lander (ed.), La colonialidad del saber…, p. 1).
69 Cfr. ANDREA ZINGARELLI, “Algunas consideraciones sobre la propuesta editorial para enseñanza de Historia Antigua”,

en: Clío y Asociados. La historia enseñada 1, Santa Fe, 1996, pp. 81-89; EMANUEL PFOH, “¿Por qué enseñar historia
antigua? Hacia una pedagogía de la tolerancia”, en Cambios y Continuidades 6, Paraná, 2007, pp. 185-192; SUSANA
MURPHY, “La enseñanza universitaria…”; HORACIO MIGUEL HERNÁN ZAPATA, "La historia de las sociedades del Cercano
Oriente Antiguo en los ámbitos argentinos de educación e investigación", en: Roberto R. Rodríguez (ed.), Sociedades
Antiguas del Creciente Fértil. Aportes para su estudio histórico, Ushuaia, Editorial Utopías, pp. 296-402; HORACIO
MIGUEL HERNÁN ZAPATA, “La enseñanza de la Historia del Cercano Oriente Antiguo: Repensando las categorías de
tiempo, espacio y cultura”, en: Revista de Historia y Geografía 35, 2016, pp. 125-154; SERGIO CUBILLA, “Los manuales
de Historia Antigua de la primera mitad del siglo XX en Argentina”, en: Roberto R. Rodríguez (coord.), Sociedades
Antiguas del Creciente Fértil. Poder, ideología y violencia, Ushuaia, Utopías, 2018, pp. 217-247.
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POR EL CAMINO DE LA RENOVACIÓN: ALGUNOS APUNTES CRÍTICOS

El conjunto de certezas referidas a la necesidad de practicar una historia de tipo científica y


objetiva que participara en la empresa política de construcción y afirmación de la nación ha ido
resquebrajándose y complicándose a lo largo del último cuarto del siglo XX y principios del XXI,
cuando quienes ejercían la profesión de historiador debieron articular otras posibles
respuestas a ese interrogante desde presupuestos teóricos y empíricos que resultaban
impensables de considerar hasta hace no pocas décadas atrás, en la medida en que los mismos
derivaban de, al menos, tres cuestiones.
En primer lugar, de los nuevos desafíos que acarreaban el fortalecimiento de la dimensión
“científica” de la historia y la emergencia de diferentes corrientes dentro del campo
historiográfico que enfatizaban el relativismo en la lectura del pasado, proponían la
recuperación del rol de los individuos y de lo particular por encima del conjunto social y por el
uso de diferentes escalas de análisis para comprender la diversidad que el mundo mostraba a
fines del siglo XX70. En segundo lugar, de los múltiples dilemas que planteaba un mundo
asimismo nuevo, que nada o muy poco tenía que ver con los contextos políticos y
socioculturales de épocas anteriores. En efecto, la gama de reflexiones epistemológicas
suscitadas alrededor del problema del estatuto científico de la Historia y –por tanto– de la
desarticulación de las funciones tradicionales de la práctica profesional de la disciplina, han
dejado sentir su incidencia en la discusión sobre el sentido, la razón y las formas de su
enseñanza vis a vis una situación caracterizada por lo fugaz, la rapidez y la disolución de
múltiples referentes identitarios hasta hace poco aceptados en la imagen del mundo de muchas
sociedades, producto de un dato que ya es un factor estructural de nuestras realidades
actuales: la presencia de individuos y grupos que afirman identidades particulares y demandan
reconocimiento de valores, normas, políticas e instituciones acordes con ellas 71. Y en tercer
lugar, de los debates producidos a partir de la década de los noventa tras la irrupción de la
cuestión poscolonial en el seno de las ciencias sociales y la consecuente necesidad de
reflexionar sobre las diversas realidades de las sociedades asiáticas y africanas tras los
procesos de descolonización en pleno siglo XX. Ambas tendencias condujeron, a su vez, a
impugnar la presencia de una episteme profundamente eurocéntrica que no sólo animó el
surgimiento de las concepciones, metáforas y tropos más importantes del pensamiento social

70 Acerca de los nuevos paradigmas historiográficos, cfr. LAWRENCE STONE, “El renacimiento de la historia narrativa:
reflexiones sobre lo nuevo y viejo de la Historia”, en: Debats 4, 1978, pp. 91-110; FRANCOIS DOSSE, La historia en
migajas. De “Annales” a la “nueva historia”, Valencia, Edicions Alfons el Magnanin, 1988; GIOVANNI LEVI, “Sobre la
microhistoria”, en: Peter Burke (comp.), Formas de hacer historia, Alianza, Madrid, 1998; CARLOS BARROS, “Hacia un
nuevo paradigma historiográfico”, en: Prohistoria 3 (3), 1999, pp. 44-58; ANACLET PONS, “De los detalles al todo:
historia cultural y biografías globales”, en: História da Historiografa 12, 2013, pp. 156-175.
71 Acerca de los procesos de construcción identitaria a principios del tercer milenio, cfr. ALFRED GROSSER, Las

identidades difíciles, Barcelona, Bellaterra, 1999.


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contemporáneo, sino también la consolidación de una política científica de considerar
únicamente las experiencias –del pasado y del presente– que se conectan más directamente
con las de Occidente, configurando así una nueva forma de colonialismo, denominado
“colonialismo epistemológico”, que se asienta centralmente en la estigmatización e
invisibilización de cualquier forma histórica de alteridad no-occidental72.
Merced a esos debates, hoy contamos con suficientes argumentos para deconstruir los
anacronismos teóricos subyacentes y superar –en buena medida– los principales criterios con
que ha sido concebido el valor formativo de los estudios antiguo-orientales. En esta dirección,
no podemos pretender continuar argumentando la relevancia de las sociedades del Cercano
Oriente antiguo desde esa perspectiva eurocéntrica. Hacerlo implicaría, en principio, quedar
enfrascados en la lógica del “ídolo de los orígenes” –como lo hizo notar Marc Bloch–, esto es, la
tendencia a pensar que al hallar los antecedentes temporales de un proceso, descubrimos
también los fundamentos que lo explican 73. Además, entre otras principales objeciones críticas,
se subraya que este esquema de explicación del cambio histórico se ampara en una visión
eurocéntrica que otorga una dirección unitaria y acabada al proceso histórico en su trayectoria
hacia el presente, en la que los antiguos pueblos de Egipto y Oriente Próximo se ubican como
el origen incipiente de la civilización. Si bien es cierto que una serie de hechos significativos
para la historia de la humanidad (como las primeras manifestaciones de la vida aldeana, la
consolidación del patriarcado, el inicio de la urbanización, el surgimiento de Estados, la
aparición de la escritura, la formación de los primeros imperios, etc.) han tenido lugar en el
Cercano Oriente, aquella visión conduce a plantear el problema de la interpretación de la
dinámica histórica desde enfoques evolucionistas y difusionistas y, en consecuencia, a
adherirse al postulado de que "… la humanidad se ha lanzado a una carrera mundial en pos del
triunfo universal de la razón y los valores occidentales, y que las antiguas costumbres son
reemplazadas por otras nuevas y mejores” 74.
En efecto, desde el evolucionismo, las grandes civilizaciones de Egipto y Mesopotamia
representaban el primer gran estadio en la historia del progreso humano, en la medida que sus
panoramas histórico-culturales mostraban que las tecnologías, las prácticas económicas y los
modos de agregación social avanzan desde formas simples y menos desarrolladas hasta otras
más complejas y elaboradas. Además, dado que la ideología evolucionista traducía la noción de

72
Acerca del eurocentrismo y sus críticas, cfr. ROY PREISWERK y DOMINIQ PERROT, Etnocentrismo e Historia. América
indígena, África y Asia en la visión distorsionada de la cultura occidental, México D. F., Nueva Imagen, 1979 [1975];
SAMIR AMIN, El eurocentrismo. Crítica de una ideología, México D. F., Siglo XXI Editores, 1989; IMMANUEL WALLERSTEIN,
“El Eurocentrismo y sus avatares: los dilemas de las Ciencias Sociales”, en: Revista de Sociología 15, Santiago de
Chile, 2001 [1996], pp. 27-39; EDUARDO LANDER (ed.), La colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales.
Perspectivas latinoamericanas, Buenos Aires, CLACSO-UNESCO, 2000.
73 Respecto del "ídolo de los orígenes", cfr. MARC BLOCH, Apología para la historia o el oficio de historiador. Edición

anotada por Étienne Bloch, México D. F., Siglo XXI Editores, 2001 [1944], pp. 59-64.
74 BARRY KEMP, El Antiguo Egipto. Anatomía de una civilización Barcelona, Crítica, 1992 ⦋1989⦌, p. 13.
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unidad del género humano a una línea temporal única de desarrollo histórico inevitable, las
diferencias sociopolíticas y socioculturales eran necesariamente concebidas como diferencias
evolutivas, por lo que la diversidad de modos de vida que no se ajustaban al concepto
etnocéntrico y occidental de civilización eran básicamente una expresión del atraso de las
sociedades. Desde el difusionismo, a su vez, los rasgos culturales más significativos tenían su
único origen –exacto en términos cronológicos y espaciales– en esas civilizaciones
evolucionadas, a partir de las cuales se dispersaban geográficamente y eran adoptados
pasivamente por otras sociedades con menor grado de desarrollo. Este planteo polémico de la
influencia directa a partir de un único foco no sólo desconsidera, sino que además obstaculiza
la identificación de las distintas resignificaciones que las ideas, las prácticas y/o los artefactos
experimentan cuando efectivamente son incorporados por una sociedad que no los ha
inventado de forma independiente. Así las cosas, una clave teórica evolucionista se sumaba a
otra difusionista con el objeto de explicar la aparición de ciertas creaciones materiales e
intelectuales que, para nosotros, forman parte del bagaje normal de las sociedades
contemporáneas y, a través de este camino, fundamentar la significación de los procesos
históricos del antiguo Cercano Oriente desde la perspectiva temporal solidaria con el discurso
hegemónico de un modelo civilizatorio específico. Nos referimos al discurso según el cual hoy,
luego de varios siglos de extraordinarias articulaciones dialécticas de saberes y valores,
Occidente representa el modelo de vida ideal, universal y globalizado. En efecto, como afirma
el historiador Marcelo Campagno,
No hace falta abundar demasiado en detalles para poder advertir que tal versión de la
historia, al amparo de una concepción evolucionista aún dominante en la percepción de los
procesos sociales, legitima abiertamente la expansión de ese Occidente sobre el resto del
planeta, naturalizando su experiencia histórica como la experiencia histórica y
jerarquizando las sociedades por su mayor o menor similitud con el decurso de esa
experiencia75.
Más allá de las consecuencias teóricas que conlleva esta visión para el análisis de los procesos
históricos, sus contenidos tienen además consecuencias de peso sobre los terrenos actuales de
la política y la ideología en una importante medida. La expresión más potente y extrema de
tales percepciones –especialmente en sus expresiones tecnocráticas y neoliberales vigentes en
la actualidad– es lo que puede ser descripto literalmente como la “naturalización de las
relaciones sociales”, la noción de acuerdo a la cual las características de una determinada
sociedad son la expresión de las tendencias espontáneas y naturales de la evolución histórica.
La sociedad occidental, moderna y capitalista se constituye, desde esta perspectiva, no sólo en

75MARCELO CAMPAGNO, "Próximos y Distantes: Egipto y África, del Período Predinástico al Reino Antiguo", en Roxana
Flammini (comp.), Aproximación al Antiguo Egipto, Buenos Aires, Editorial de la Universidad Católica Argentina,
2004, p. 52.
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el orden social deseable, sino en el único posible, imponiendo la "falsa coartada" de que la
política y el debate son elementos innecesarios, en la medida en que ya no hay alternativas
posibles a ese modo de vida76. En esta línea, las historiadoras Cristina De Bernardi y Eleonora
Ravenna señalan que
La pervivencia de esta forma de pensar la Historia demuestra, además, que los viejos
prejuicios –propios del paradigma evolucionista del progreso– se resisten a morir y, por el
contrario, se ven alentados por un mundo de poder que ha demostrado ser unipolar y por
la imposición de un pensamiento único. Cuando los modelos económicos determinan la
exclusión social de gran parte de la población de cada país, y de países y continentes
enteros del concierto mundial, no es sorprendente la reaparición, solapada o abierta, de
posiciones a las que otrora denomináramos eurocéntricas y que ahora con mayor precisión
podríamos definir como “occidentocéntricas”, con todo lo cultural e histórico que la noción
de Occidente contiene. Esto no sólo afecta los alineamientos políticos, sino también el
campo académico y científico en general, por el riesgo de que en cualquier momento la
autonomía del pensamiento pueda ser interpretada como amenaza a los intereses
coyunturales o de largo plazo del poder instituido77.

Aunque las propuestas evolucionistas y difusionistas han ido perdiendo numerosos adeptos,
aún hoy se encuentran muy arraigadas en la cultura académica. Referencias de esta proyección
pueden encontrarse, por ejemplo, en las ideas de "sociedades evolucionadas" o de "cultura
madre" empleadas en artículos de revistas de divulgación científica o en manuales escolares
de historia y ciencias sociales de uso corriente. Independientemente del formato de tales
productos, a lo largo de las páginas el mayor peso explicativo recae en la hipótesis de una
supuesta evolución de carácter inevitable que experimentan en un determinado momento uno
o más centros poblacionales, por lo general localizados en los valles de los ríos Nilo, Tigris y
Éufrates, para luego comenzar a operar como "focos de irradiación cultural" hacia otras
regiones. En consecuencia, la narración elaborada sobre la historia del antiguo Cercano
Oriente, lejos de brindar una clave interpretativa más compleja, asume la forma de una
esquemática sinopsis, plagada de lugares comunes y prejuicios etnocéntricos, lo que Liverani
ha descripto como "… una sucesión de invenciones, introducciones de nuevos elementos
técnicos y culturales, modos de producción cada vez más eficaces, formaciones políticas cada
vez más complejas y expresiones humanas cada vez más libres y elevadas"78.

76 Cfr. ATILIO BORÓN, “Pensamiento único y resignación política: los límites de una falsa coartada”, en: Atilio A. Borón,
Julio Gambina y Naum Minsburg (comps.), Tiempos violentos. Neoliberalismo, globalización y desigualdad en América
Latina, Buenos Aires, CLACSO, 1999.
77 CRISTINA I. DE BERNARDI y ELEONORA RAVENNA, “«Orientalism» in Latin American Prospect”, en: Giuseppe Regalzi (ed.)

Mutuare, interpretare, tradurre: storie di culture a confronto. Atti del 2º Incontro «Orientalisti» (Roma, 11-13 dicembre
2002), Roma, Università degli Studi «La Sapienza», 2006, p. 25. Traducción nuestra.
78 MARIO LIVERANI, El Antiguo Oriente…, p. 728.
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Una segunda réplica se resume básicamente en la influencia nociva que ha tenido un
imaginario etnocéntrico en el modo en que ha sido delimitado y caracterizado el espacio
habitado por las sociedades antiguas. Por lo general, el área en el que solemos movernos a lo
largo de esa historia de muchos milenios corresponde, en grandes líneas, al valle del Nilo, la
Mesopotamia asiática, el corredor sirio-palestino, la península anatólica, el golfo pérsico y la
península arábiga. Esta macro-región tiene algunos límites bien precisos (el mar Mediterráneo
al norte y oeste, el mar Negro al noroeste y el mar Rojo) y otros más imprecisos, aunque
claramente perceptibles (las estepas del Asia central al norte, el desierto del Sahara al suroeste
y el desierto de Arabia al sur). Sobre esa realidad espacial se estructuró, a lo largo del siglo XX,
una abigarrada superposición de mapas mentales que formaron una especie de "palimpsesto"
de cartografías constantemente reelaboradas y precisadas al ritmo de las investigaciones y
agendas políticas, pero que conservaban tenues –y, en algunos casos, no tan tenues– trazos de
la visión anterior.
Así, un primer mapa mental consagraba la idea de Creciente Fértil –o, como también suele
encontrarse, “Media Luna de las Tierras Fértiles”–, categoría acuñada por quien fuera el
fundador del Instituto Oriental, el reputado arqueólogo estadounidense James Henry Breasted
(1865-1935), para referirse a la región histórica integrada por los territorios del Levante
mediterráneo, Mesopotamia y Persia y que, incluyendo Egipto, se asemejaba por su forma a
una extensa Luna creciente. Es un claro ejemplo de una temprana representación cartográfica
que proveyó no sólo una explicación de las interacciones entre ambiente y sociedad desde un
enfoque geográfico determinista, sino también para justificar la implementación de programas
políticos en la región. Por su parte, el término “Oriente Medio”, acuñado por los británicos, no
estuvo basado estrictamente en consideraciones históricas y culturales, sino que reflejaba los
intereses estratégicos occidentales. Respaldado por instituciones militares y económicas, este
concepto devino en una realidad espacial con fuerte performatividad política, ya que incluso
fue incorporada por los propios actores políticos de la región. A estos dos conceptos podríamos
agregar las múltiples acepciones del término “Cercano Oriente”, ya que su uso comprende
valoraciones contradictorias del papel de Egipto y el Asia suroccidental en la formación del
mundo mediterráneo antiguo, medieval y moderno, estereotipos románticos e imperialistas
acerca de la correspondencia entre el Islam y el desierto, así como también referencias sobre
la fertilidad y potencial productivo del área en el pasado frente a las amargas postales de
desertificación, erosión del suelo y deforestación que sufre en la actualidad 79.
Los diferentes imaginarios cartográficos sobre Oriente sedimentaron sentidos en las
percepciones del espacio que además de evocar cierta memoria de un territorio controlado

79Cfr. THOMAS SCHEFFLER, "«Fertile crescent», «Orient», «Middle East»: the changing mental maps of Souhwest Asia",
en: European Review of History 10 (2), 2003, pp. 253-272.
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antiguamente por pueblos avanzados, tornaron factible ciertas dinámicas de hegemonía en la
geopolítica regional. Pero no debemos pasar por alto el hecho de que las diversas imágenes de
ese "otro" espacio poseen un denominador común: todas ellas han estado fuertemente
apegadas a una vieja delimitación proveniente de los estudios orientales de principios del siglo
XX –conectada con la visión de un pasado cultural monumental dejado por las primeras
exploraciones arqueológicas 80– para hacer referencia a las tierras situadas al este de Europa.
Ahora bien, si aceptamos que la división entre Oriente y Occidente constituye un dato objetivo
de la realidad, es necesario que nos preguntemos si ese Oriente engloba únicamente Asia. De
ser así, dejaríamos fuera de toda consideración a Egipto, el cual ha sido tradicionalmente
incorporado en los estudios del antiguo Oriente como una entidad sociopolítica y cultural única
del África antigua y desprovista de vínculos con otras poblaciones contemporáneas que
poblaron la región noreste del continente. Y cómo debemos interpretar, según esos
parámetros, la fundación de una serie de colonias por parte de los fenicios en las principales
costas e islas del mar Mediterráneo occidental o inclusive aquellas establecidas por los griegos
en los bordes de Asia Menor durante su expansión. Tales interrogantes no hacen otra cosa que
suscitar más críticas y hacer tambalear la supuesta solidez la perspectiva determinista. Como
afirma Cristina De Bernardi,
Es evidente que tomar como base para una división de la historia la cuestión geográfica es
cuanto menos insuficiente. Si el determinismo geográfico hace ya mucho tiempo fue a parar
al desván de las teorías sociales ¿qué circunstancias autorizan a que dividamos la historia
en Asia, África, Europa sin tener en cuenta los elementos propios de la configuración
histórica (la compleja integración que constituye su unicidad)? ¿Y qué prejuicio
etnocentrista ha llevado a los científicos a imponerle hasta a la realidad física una división
que en ella no existe? ¿Acaso podemos darle a Europa el pomposo nombre de continente
siendo que morfológicamente es una península del bloque euroasiático?81

80 Cfr. MOGENS TROLLE LARSEN, "Orientalism and the Ancient Near East", en: Culture and History 2, 1987, pp. 96-115;
MOGENS T. LARSEN, “Orientalism and Near Eastern archaeology”, en: Daniel Miller, Michael Rowlands y Charles Tilley
(eds.), Domination and Resistance, New York, Taylor & Francis, 1989; JAMES MAIER, “The Ancient Near East in Modern
Thought”, en: Jack M. Sasson (eds.), Civilizations of Ancient Near East, vol. 1. Massachusetts, Hendrikson Publishers,
2006 [1995]; JOAQUÍN MARÍA CÓRDOBA y COVADONGA SEVILLA CUEVA, “El redescubrimiento del Oriente Próximo y Egipto
antiguos”, en: La Aventura de la Historia 1 (6), Barcelona, 1999, pp. 1-19; JAVIER GÓMEZ ESPELOSÍN y ANTONIO PÉREZ
LARGACHA, Egiptomanía. El mito de Egipto de los griegos a nosotros, Madrid, Alianza, 2003; HELEN WHITEHOUSE, “Egypt
in European Thought”, en: Jack M. Sasson (ed.), Civilizations of Ancient Near East. vol. 1, Massachusetts, Hendrikson
Publishers, 2006 [1995]; JAN ASSMANN, “El lugar de Egipto en la historia de la memoria de Occidente”, en: Gerhard
Schroeder y Helga Breuninger (coords.), Teoría de la cultura. Un mapa de la cuestión, Buenos Aires, Fondo de Cultura
Económica, 2005; FAHAD M. AL-OTAIBI, "Towards a Contrapuntal Reading of History: Orientalism and the Ancient
Near East", en: Journal of King Saud University. Science & Arts 19 (2), 2006, pp. 55-66; GREGORIO DEL OLMO LETE,
“Descubrimiento del Oriente Antiguo y su impacto cultural en Occidente”, en: Séptimo Centenario de los Estudios
Orientales en Salamanca, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 2012; ROCIO DA RIVA y JORDI VIDAL (eds.),
Descubriendo el Antiguo Oriente. Pioneros y arqueólogos de Mesopotamia y Egipto a fines del s. XIX y principios del s.
XX, Barcelona, Ediciones Bellaterra, 2015.
81 CRISTINA I. DE BERNARDI, "Algunas reflexiones sobre los estudios de Historia Antigua Oriental", en: Anuario de la

Escuela de Historia (UNR) 12, Rosario, 1987, p. 525.


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La idea de que existe un mundo "occidental" y un mundo "oriental" se ampara en el ingenuo
planteo de que la humanidad se ordena espacial y culturalmente en civilizaciones homogéneas,
más o menos herméticas y mutuamente inconmensurables, producto del supuesto vínculo
existente entre territorio, cultura y moral, reforzando así los postulados del fundamentalismo
cultural. Tales predicados no sólo han obstaculizado la comprensión de los espacios,
sociedades y culturas de Oriente, sino que además fueron retomados por pretendidos análisis
racionales para explicar la geopolítica internacional y la codificación de diversos conflictos
sociales y bélicos a principios del siglo XXI, reintroduciendo el eufemístico concepto de "choque
de civilizaciones"82.
Sin embargo, cuando escrutamos esta tesis desde el discurso historiográfico, es perceptible que
constituye el efecto de una representación occidentocéntrica de vieja data, suficientemente
arraigada en el imaginario colectivo, pero que resulta ser apenas la “punta del iceberg” de ese
largo, complejo, híbrido y sinuoso proceso de construcción social que Edward Said estudió en
su libro Orientalismo. La conclusión a la que arribaba este autor es que el orientalismo
constituye “un discurso que habilita una disciplina sistemática a través de la cual la cultura
europea ha sido capaz de manipular –e incluso de dirigir– a Oriente desde un punto de vista
político, militar, sociológico, ideológico, científico e imaginario”83. Aunque simple y breve, esta
definición nos posibilita comprender que Oriente no es una realidad dada, natural y objetiva
que simplemente está allí, sino que se trata de una entidad tanto geográfica como cultural e
histórica que permite definir, en el contraste, la imagen, personalidad y experiencia de
Occidente. Entonces, a través de esta serie de procesos históricos, juegos de poder y jerarquías
axiomáticas, Europa y más tarde Estados Unidos imaginaron fronteras fijas y delimitadas que
escindían a dos mundos homogéneos en su interior. De este modo, tanto la política como la
academia produjeron –al menos desde el discurso– un mundo del Cercano Oriente Antiguo
propio, interiormente homogéneo y sin fracturas, cercano a la civilización occidental y
uniformizado tanto en términos geográficos como culturales y, en consecuencia, tal imaginario

82 Mientras que el concepto moderno de civilización es popularizado por Oswald Spengler en sus dos volúmenes La
decadencia de Occidente (1922), la noción de "choque de civilizaciones" fue introducida por Arnold J. Toynbee a
partir de su gran colección de Estudio de la Historia (1955), aunque éste la restringe al ámbito geopolítico,
simplificando los fenómenos de contactos culturales entre civilizaciones. Toynbee considera el fenómeno como un
"contacto espacial entre civilizaciones", y lo refiere como un fenómeno de desafío y respuesta: el primer "empujón"
que una civilización da a otra, es contestado por ésta, lo que a su vez mueve a la primera a enviar un tercer empujón,
y así sucesivamente hasta que una de ellas termina derrotada. En un artículo publicado en la revista Foreign Affairs
de 1993, Samuel Huntington retoma el concepto de Toynbee afirmando que los actores políticos principales del
siglo XXI serían las civilizaciones y que los principales enfrentamientos serían los “conflictos entre civilizaciones”, y
no entre Estados-nación, ideologías políticas o sistemas económicos como lo fue durante la mayor parte del siglo
XX. Más tarde amplió sus argumentos en un libro que tituló El choque de las civilizaciones y la reconfiguración del
orden mundial (1996), una obra que, desde el momento de su difusión, ha recibido críticas desde múltiples ángulos.
Acerca de las diferentes respuestas críticas a la tesis formulada por Huntington, cfr. ZIAUDDIN SARDAR, Extraño Oriente.
Historia de un prejuicio, Barcelona, Gedisa, 2004 [1999], p. 148; EDWARD SAID, “The Myth of "The Clash of
Civilizations" [Transcripción de la Conferencia]. Northampton, Media Education Foundation, 1998
<[Link]
83 EDWARD SAID, op. cit., p. 21.
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constituyó un componente central en la gestación de la propia idea de un Occidente que venía
construyéndose desde la época greco-latina84. Además, esta supuesta uniformidad imaginaria
acarrea importantes limitaciones para el reconocimiento de problemas históricos de hondas
raíces y relevancia actual. No sólo hace pasar por alto las características internas de un marco
geográfico y ecológico tan extenso como diverso, obstaculizando la reflexión sobre sus
implicancias en las estrategias y modos de vida configurados por el hombre a lo largo de la
historia para adaptarse a un medio a veces hostil y, viceversa, sobre el profundo impacto de las
acciones humanas sobre el ambiente y los recursos. Dicho constructo conceptual también
conlleva a la simplificación de la propia dinámica sociohistórica, especialmente en lo que se
refiere a las antiguas redes de contacto que articulaban internamente la macro-región y
externamente con otros espacios, al subrayar la gama de interacciones con determinadas zonas
e invisibilizar –hasta lo inimaginable– la existencia de otros vínculos en función de su
significación para la experiencia occidental y su escala de valores.
Existe, sin embargo, una tercera impugnación crítica al modo en que se valorizan las formas de
organización de las sociedades del Cercano Oriente antiguo desde este paradigma y se refiere
al concepto de “cultura” que subyace en el tratamiento de estas experiencias históricas. Si
revisamos buena parte de la producción académica y manualística-escolar referida a la historia
antigua de la primera mitad del siglo XX, será sencillo notar la presencia de definición de
“cultura” asociada a una noción evolucionista de “civilización”, haciendo referencia por lo
general a una etapa por la cual pasaron ciertas sociedades, logrando un alto nivel de
complejidad y sofisticación en sus expresiones materiales y simbólicas, además de haber
desarrollado centros urbanos y organizaciones políticas estables. Con semejante criterio, es
fácil comprender por qué ciertas elecciones temáticas sobre el desarrollo cultural de los
antiguos pueblos del Próximo Oriente resulten preponderantes, como por ejemplo, a) el énfasis
en el estudio de sociedades urbanas y estatales en detrimento de otras poblaciones con modos
de vida diversos; b) la preponderancia de una visión desde arriba, con atención centrada en las
hazañas de los grandes hombres y la vida de las elites, mientras que al resto de los grupos de
la sociedad se le asignaba un papel menor en el drama de la historia; c) el tratamiento de las
creaciones en materia tecnológica, científica, arquitectónica, artística y religiosa como prueba
de su avanzada evolución cultural, relevando aquellos legados que se encontraban en la raíz de
los logros de todas las épocas; y d) la presencia de dispositivos escriturarios como criterio
fundante de lo "histórico" y, por contraste, su ausencia como marcador por excelencia de una

84Acerca del discurso orientalista como componente de la identidad occidental, cfr. ZIAUDDIN SARDAR, op. cit.; JACK
GOODY, El robo de la historia, Madrid, Akal, 2011 [1996]; ZACHARY LOCKMAN, Contending Visions of the Middle East. The
History and the Politics of Orientalism, Cambridge, Cambridge University Press, 2004; SUSANA B. MURPHY (comp.),
Repensando Oriente-Occidente, Buenos Aires, Oficina de Publicaciones de la Facultad de Filosofía y Letras,
Universidad de Buenos Aires, 2006; AAYESHA RAFIQ, "From European to American Orientalism", en: Academic
Research International 5 (4), 2014, pp. 287-295.
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supuesta “prehistoria” o “edad oscura” 85, descartando del análisis a las sociedades ágrafas –
tanto aquellas que gestaron alguna modalidad específica de registro sobre ciertos materiales
como aquellas que simplemente no desarrollaron ninguno86.
En efecto, la atomización del conocimiento impuesta por los enfoques evolucionistas y
positivistas condujo a una descripción insuficiente de las sociedades antiguas de Egipto y
Próximo Oriente, centrando la lente de análisis en aquellas que configuraron sofisticas
estructuras estatales de vasta extensión territorial y dominio político sobre etnias diversas,
que dieron lugar a economías excedentarias (caracterizadas por el autoabastecimiento,
producción e intercambio de productos) e inventaron complejos sistemas de escritura; en
suma, aquellas que crearon grandes "civilizaciones" y constituyeron una suerte de telón de
fondo de acontecimientos que significaron la incorporación plena y definitiva de Oriente en
entidades políticas de escala suprarregional. Esta preferencia significó, además, que las
comunidades que no encajaban en esos parámetros por tratarse de poblaciones ágrafas, con
organizaciones políticas no estatales y estilos de vida nómade, fueran caracterizadas como
pueblos inferiores, "salvajes" o "bárbaros" y consideradas irrelevantes en el marco de la
búsqueda de las raíces de la cultura occidental, quedando no sólo sin lógica explicativa, sino
también –y directamente– fuera de la historia, relegadas al silencio y al olvido. Sin embargo, es
necesario evitar la apreciación errónea de que la importancia histórica de una sociedad deriva
de –o es proporcional a– sus logros culturales o a su forma de organización sociopolítica.
Cuando se piensa bajo esos parámetros, en el fondo se está sosteniendo que existen un
conjunto de cualidades que permiten medir la inteligencia de una sociedad y determinar si se
corresponden (o no) al desarrollo intelectual y moral de una civilización, siendo esta última
concebida como el producto de una mentalidad superior. Además, es un acto muy grave a nivel
ético pensar que existen grupos humanos inferiores a otros por el simple hecho de no
compartir las mismas formas de gobierno, creencias religiosas y estilos de vida y que, en virtud
de éstas, puedan ser objeto de burlas y humillaciones, cuando no de olvido.
Buena parte de esas impresiones y argumentos etnocéntricos sobre la utilidad del estudio
histórico de las sociedades antiguo-orientales en la formación humanística han caído en un

85 Acerca de la definición de cultura asociada a la noción evolucionista de “civilización”, cfr. JOSEP CERVELLÓ AUTUORI,
Egipto y África. Origen de la civilización y la monarquía faraónicas en su contexto africano, Sabadell, Editorial Ausa,
1996, pp. 14-15. Acerca de los conceptos “prehistoria” y “edad oscura” y sus críticas, cfr. JUAN A. SANTOS VELASCO,
“Sobre el término y el contenido de la Prehistoria”, en: Iberia 1, 1998, pp. 19-35; CARLO EMILIO PIAZZINI, “Prehistoria:
Formación y Consecuencias de un Concepto Negativo”, en: International Journal of South American Archaeology 3,
2008, pp. 15-27; PETER JAMES, Siglos de oscuridad. Desafío a la cronología tradicional del mundo antiguo, Barcelona,
Crítica, 1993.
86 Acerca de las sociedades letradas y ágrafas en la antigüedad, cfr. JACK GOODY, La domesticación del pensamiento

salvaje, Madrid, Akal, 1985 [1977]; JACK GOODY, La lógica de la escritura y la organización de la sociedad, Madrid,
Alianza, 1990 [1986]; JACK GOODY, Cultura escrita en sociedades tradicionales, Madrid, Gedisa, [1968]; WALTER J. ONG,
Oralidad y escritura. Tecnologías de la palabra, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2000 [1982]; ALAN K.
BOWMAN y GREG WOOLF, (comps.), Cultura escrita y poder en el Mundo Antiguo, Madrid, Gedisa, 2000 [1994]; ANA R.
MAYORGAS, Arqueología de la palabra. Oralidad y escritura en el mundo antiguo, Barcelona, Bellaterra, 2000.
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notable descrédito a partir de los resultados brindados por historiadores, arqueólogos y
antropólogos desde, al menos, el último cuarto del siglo XX, dentro de las tradiciones
académicas más reputadas a nivel mundial e, inclusive, dentro de aquella fundada
tempranamente en nuestro país87. En efecto, ya sea porque se han ampliado los materiales
documentales disponibles –lo que en sí mismo constituía el mayor factor condicionante–, ya
sea porque los especialistas han protagonizado una importante renovación desde el punto de
vista de las temáticas y los principios teórico-metodológicos, o bien porque nuevos y jóvenes
elencos de investigadores se han sumado a los esfuerzos por dilucidar ciertos procesos
sociohistóricos que hicieron a la conformación de tales sociedades, los estudios antiguo-
orientales tomaron distancia de los clichés historiográficos que los retrataban como saberes
inmóviles, propios de un “quehacer de anticuarios”, y presentaron interpretaciones
alternativas y superadoras respecto de lo conocido hasta el momento.
En esa dirección, tomar conciencia de los prejuicios etnocéntricos y retóricas esencialistas que
inducen tales posiciones historiográficas nos debe conducir a repensar el modo en que
transmitimos la historia de estos antiguos pueblos y proponer perspectivas nuevas y
alternativas. Se trata de cuestiones no siempre advertidas y problematizadas, ya que somos
conscientes que modificar nuestras formas de pensar no constituye una tarea fácil. Nada fácil,
pero necesaria y –de algún modo– urgente debido al fuerte contenido ideológico y político de
tales perspectivas, las cuales en la superficie pudieran representar meros matices de carácter
narrativo, pero que en el fondo resultan ser una peligrosa fachada para planteos teóricos
funcionales con el rebrote de posiciones fundamentalistas, racistas y xenófobas en el panorama
internacional reinante y de una ideología neoliberal que se muestra aún muy fuerte a
comienzos de este tercer milenio88.

87 Acerca de los estudios antiguo-orientales a nivel mundial, cfr. MARC VAN DE MIEROOP, “Recent Trends in the Study
of Ancient Near Eastern History: Some reflections”, en: Journal of Ancient History 1 (1), 2013, pp. 83-98; JUAN CARLOS
MORENO GARCÍA, “Recent developments in the Social and Economic History of Ancient Egypt”, en: Journal of Ancient
Near Eastern History 1-2, 2014, pp. 1-31; JUAN CARLOS MORENO GARCÍA, "The cursed discipline? The peculiarities of
Egyptology at the turn of the Twenty-First century", en: W. Carruthers (ed.), Histories of Egyptology: Interdisciplinary
Measures, Londres, 2014, pp. 50-63. Sobre la situación de los estudios antiguo-orientales en nuestro país, cfr.
HORACIO MIGUEL HERNÁN ZAPATA, “Los estudios sobre el Cercano Oriente Antiguo en Argentina: breves apuntes sobre
algunos recorridos de una historiografía renovada”, en: Épocas. Revista de Historia 14, 2016, pp. 9-42.
88 Cfr. ETIENNE BALIBAR, Violencias, identidades y civilidad. Para una cultura política global, Madrid, Gedisa, 2005

[1997], pp. 47-59. Es un hecho conocido que el ataque terrorista a las Torres Gemelas –denominado el atentado del
11/9– y la respuesta estadounidense –la invasión político-militar a Irak– produjeron un escenario que renovó estas
imágenes ya profundamente arraigadas. La antigua oposición entre civilización occidental (representada por la
democracia y el "estilo de vida estadounidense") y barbarie oriental (personificada por Osama Bin Laden y el Islam)
recuperó sus bríos y exacerbó el conjunto de acciones que ponían de manifiesto de que se trataba de un
enfrentamiento absoluto entre nosotros y los otros. A comienzos de enero de 2015, el atentado reaccionario
perpetrado en las oficinas del semanario satírico parisino Charlie Hebdo, acto brutal y criminal sin justificación
alguna condenado por la opinión internacional, ocupó el centro de la escena mundial y actualizó la problemática. Se
trató de otro nuevo suceso que concitó múltiples interrogantes sobre lo que está implicado en el mismo, sobre su
contexto y precedentes, así como también sobre su impacto directo en la sociedad francesa y sus repercusiones
futuras a nivel global. En las distintas respuestas, forjadas en un espacio determinado –París, la gran metrópolis
política y cultural de Europa–, sus productores hicieron valer diagnósticos contrapuestos sobre los problemas
políticos y éticos que acarrea inexcusablemente el respeto y la defensa de la “libertad de expresión” y “libertad de
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UNA PERSPECTIVA INTERCULTURAL DEL CERCANO ORIENTE ANTIGUO

Practicada una lectura crítica de ese discurso que moldeó el lugar de las sociedades antiguas
del Cercano Oriente en la historia desde una operación historiográfica y epistémica centrada
en Occidente, es preciso ofrecer visiones alternativas a las predominantes y, de ese modo,
resituar y problematizar el sentido de las sociedades y culturas del Cercano Oriente Antiguo en
el curso de la historia. Si ya no podemos continuar apelando a esa definición que aprendimos
en la escuela de que historia humana comienza con el origen de la escritura; o al planteo de que
Oriente Próximo constituye la cuna de la civilización occidental, o a la idea de que tales
sociedades alcanzaron un nivel de evolución cultural tal que les permitió difundir sus
"adelantos" en múltiples direcciones. Si, en definitiva, esos lugares comunes acerca del Cercano
Oriente antiguo ya no tienen razón de ser y merecen ser sepultados (o enriquecidos con otras
perspectivas acordes al estado actual de los debates teóricos e historiográficos), resta entonces
que nos preguntemos ¿qué importancia podemos atribuir al estudio histórico de las antiguas
sociedades afroasiáticas? ¿Cuál otro valor podría tener la rememoración de procesos
socioculturales tan remotos en tiempo y espacio para la vida en el presente?
El estudio del Cercano Oriente antiguo es relevante porque, en primer lugar, recapitular su
historia significa, nada más y nada menos, que acceder al conocimiento del origen de una serie
de artefactos, de instituciones y de ideas significativas que siguen existiendo en nuestra vida
cotidiana e integran el gran acervo cultural moderno. Si queremos conocer el presente en su
integridad, es conveniente que lo hagamos a partir del pasado que ha construido este presente
y es justamente la historia la que nos proporciona ese conocimiento global de los hombres
viviendo en sociedades. Ni el mundo contemporáneo –capitalista y globalizado– ni tampoco las
actuales realidades americana y argentina han nacido en el vacío. Existen, entonces, numerosos
elementos –unos de orden material, otros de orden simbólico y acaso trascendentes– de
nuestra civilización actual, tan engreída e inmodesta, que tienen sus raíces directas en los
principios organizacionales de aquellas antiguas sociedades desarrolladas en las riberas de los
ríos Nilo, Tigris y Éufrates y en sus áreas circundantes. Señalando esto no queremos volver a
invocar el viejo paradigma de Ex Orient Lux para fundamentar la trascendencia de este período

conciencia”. Las posiciones fueron polarizándose aún más cuando salió a la luz el hecho de que la comunidad
islámica –una de las mayores comunidades religiosas de Europa–, aquella señalada por la opinión mayoritaria como
única responsable del atentado, haya sido una de las primeras colectividades confesionales que se solidarizara y
manifestara en contra de esta tragedia a pesar de haber sido sistemáticamente humillada por la línea editorial de
esta publicación a lo largo de los años. Las diversas percepciones articuladas alrededor de este trágico
acontecimiento conllevaron la resignificación de viejos estereotipos y prejuicios a través de un discurso
islamofóbico. Este discurso, de cuño orientalista, eurocéntrico y racista, concibe a las comunidades de origen árabe
y que practican la religión musulmana como poblaciones bárbaras a las cuales hay que controlar, reprimir, oprimir
y exterminar. Acerca de los conflictos generados a partir del discurso islamofóbico en el escenario político mundial,
cfr. HICHEM DJAIT, Europa y el Islam, Madrid, Libertarias, 1990; Z. SARDAR, op. cit., pp. 41-86; UMBERTO ECO, MICHEL
CAMDESSUS, JEAN DANIEL y ANDREA RICCARDI, Islam y Occidente. Reflexiones para la convivencia, Buenos Aires,
Sudamericana, 2005 [2003]; MUSTAPHA CHÉRIF, El Islam y Occidente, Buenos Aires, Nueva Visión, 2007.
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histórico, sino simplemente señalar la necesidad que tenemos de explorar, según la
denominación esgrimida por Mario Liverani, las “formas simples” de las grandes invenciones
materiales e intelectuales del hombre y que conformaron una suerte de “gramática elemental
de la historia” para conseguir una mejor percepción de la naturaleza humana. A la luz de esas
metáforas conceptuales, comprobamos que la historia del Próximo Oriente puede constituirse
en
… un muestrario bastante rico y completo de… estas formas simples en el proceso de su
formación, y más tarde en su despliegue todavía bastante libre de complicaciones... es como
un “laboratorio” histórico privilegiado en el que ciertos fenómenos pueden ser estudiados
en estado puro (por así decirlo), al no existir las interferencias que dificultan su
reconocimiento y análisis en fases más avanzadas de la historia. Las formas simples son
más fáciles de descubrir en su estadio inicial y a nivel ingenuo, pero una vez descubiertas
es fácil seguirles la pista como elementos de construcciones mucho más sofisticadas89.

En efecto, es innegable que en aquel período, que se extiende a lo largo de varios milenios y
que ocurre en un marco geográfico tan extenso como diverso, han tenido lugar una serie de
procesos de cambio decisivos y trascendentales para la humanidad a nivel histórico, derivados
del asentamiento de diferentes grupos étnicos en comunidades permanentes y del tránsito de
economías cazadoras-recolectoras a agrícola-ganaderas, como las primeras manifestaciones
de la vida aldeana; la producción organizada de alimentos, herramientas y otros enseres; la
consolidación del patriarcado y relaciones desiguales de género; la ordenación del comercio y
la circulación de los bienes de intercambio; la aparición de las primeras ciudades; el
surgimiento y la disolución de dinámicas estatales prístinas; la invención de sistema de
escrituras y otros dispositivos que permiten fijar y propagar el saber; la sistematización de
prácticas judiciales y normas sociales; el funcionamiento de los primeros mecanismos de
control social; las primeras modalidades de guerra; la sanción de acuerdos y tratados de paz;
la plasmación de modos de representación del mundo determinados por la condición sagrada,
entre otros. Ahora bien, hasta qué punto esas sociedades vivieron dichos procesos de
transformación de forma propia o si, en todo caso, capitalizaron viejas ideas y prácticas en un
nuevo contexto sociocultural son, en todo caso, preguntas interesantes y cruciales, pero cuya
discusión no corresponde a este lugar 90.

89MARIO LIVERANI, El Antiguo Oriente… cit., pp. 726-727.


90La polémica sobre este punto ha sido muy viva en estos últimos tiempos y no nos atreveríamos a darla como
resuelta. Algunos autores sostienen que ya existía un número importante de elementos y prácticas sociales cuando
se estructuraron en la Mesopotamia asiática meridional y en valle del Nilo las condiciones de posibilidad que
condujeron al surgimiento a gran escala de un nuevo tipo de dinámicas sociopolíticas y económicas en estas zonas.
De momento da la impresión de que estas dos regiones adoptaron unos conocimientos y técnicas perfeccionadas ya
en otros rincones de Oriente Próximo y que, probablemente debido a la existencia de determinados circunstancias
que permanecen en el terreno de las hipótesis, acabaron diferenciándose tanto en su forma de organización como
en la dimensión de sus prácticas respecto de esas otras zonas habitadas. Cfr. MARIO LIVERANI, El Antiguo Oriente…, pp.
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Habiendo planteado esa cuestión, no podemos afirmar simple y categóricamente que “la
historia empieza” y, por tanto, la génesis de nuestra civilización tenga lugar en el Cercano
Oriente –por parafrasear el título de un libro clásico y retomado recientemente91. Esos antiguos
pueblos no fueron, en absoluto, los únicos autores de realidades y pensamientos
fundamentales para el género humano. En la actualidad, la gran cantidad de testimonios
disponibles viene a subrayar que existieron distintos asentamientos de población localizados
en otros puntos del planeta cuyos habitantes gestaron, de forma autónoma, verdaderos
“procesos civilizatorios”, materializados en novedosos modos de adaptación al medio
ambiente y aprovechamiento de sus recursos, sistemas de organización social, económica y
política, formas de adquisición, registro y transmisión de los conocimientos, expresiones
culturales y concepciones ideológicas que pasaron a componer, en última instancia, parte
importante de las grandes creaciones culturales. Fuera de Egipto y Próximo Oriente, pero
continuando en el ámbito asiático, pueden identificarse dos núcleos civilizatorios: aquellos con
centro en los valles del río Indo y del río Amarillo respectivamente. No podemos decir lo mismo
de Grecia y Roma, ya que ambas sociedades no emergen de una forma espontánea, sino que lo
hacen dentro del marco de interacciones con las demás civilizaciones contemporáneas del
espacio mediterráneo. Y en la América precolombina, surgieron otros dos importantes núcleos
civilizatorios: Mesoamérica y el área andina. Cabe mencionar que estas últimas civilizaciones,
así como la india y la china, no lograran influenciar sino hasta más adelante a las demás
sociedades, debido a su aislamiento histórico.
En vista que esos “acontecimientos” –en un sentido foucaultiano del término92– tuvieron lugar
en diversas coordenadas espacio-temporales, el conocimiento histórico de las sociedades
orientales antiguas es importante, entonces, porque abre la posibilidad de situar la
multiplicidad de estructuras y procesos que caracterizaron tal período histórico dentro de un
panorama más amplio de civilizaciones originales y examinarlos desde un enfoque histórico
comparado93. A modo de digresión, cabe anotar aquí que suele ser frecuente entre los cientistas

62-94; AMELIE KUHRT, El Oriente Próximo en la Antigüedad, c. 3000-330 a. C., vol. 1, Barcelona, Crítica., 2014 [1995],
pp. 28-29.
91 Nos referimos al libro de SAMUEL NOAH KRAMER, La historia empieza en Sumer, Madrid, Alianza, 2010 [1956] y a la

recientemente obra de JOSÉ MIGUEL PARRA ORTIZ, La historia empieza en Egipto. Eso ya existía en tiempos de los
faraones, Barcelona, Crítica, 2011.
92 Cfr. MICHEL FOUCAULT, El orden del discurso, México D. F., Tusquets, 2013 [1971]; PAUL VEYNE, Cómo se escribe la

historia. Foucault revoluciona la historia, Madrid, Alianza, 1984 [1978], p. 4.


93 Fue Marc Bloch quien a través de su obra Los reyes taumaturgos (1924), texto que invitaba a recorrer la historia

de las creencias colectivas del milagro real, proponía comparar sociedades cercanas en el tiempo y en el espacio que
se influían mutuamente, es decir, sociedades sujetas por su proximidad a la acción de los mismos grandes
fenómenos y a la presencia de rasgos originarios comunes. A través de sus páginas, este insigne historiador francés
instaba a adoptar esta modalidad para elaborar y resignificar los problemas históricos al sostener que no habría
conocimiento verdadero si no se tenía una escala de comparación. Es innegable que la perspectiva histórica
comparada constituye una de las grandes promesas incumplidas de la historiografía occidental del siglo XX y ello se
debe a las varias dificultades y recaudos que acarrea su ejercicio. Acerca de la comparación histórica, cfr. MARCEL
DETIENNE, Comparar lo incomparable. Alegato en favor de una ciencia histórica comparada, Barcelona, Península,
2001 [2000]; JEAN-MARIE HANNICK, “Brève histoire de l'histoire comparée”, en Guy Jucquois y Cristophe Vielle (eds.),
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sociales que aborden el estudio de una sociedad o una cultura a partir de dos posiciones
hermenéuticas –por supuesto, con matices entre una y otra– que a groso modo podrían
describirse del siguiente modo: por una parte, están los investigadores que buscan aquellos
rasgos que tienen en común con la cultura que se pretende conocer, esto es, tratan de
encontrar, detrás de las características distintivas de esa sociedad, aquello que une y que es
similar a lo propio; por otra, están los investigadores que se dedican a hallar las diferencias
más radicales, lo que significa que las expresiones que podrían parecerse a la cultura propia
dejan de resultar interesantes y son precisamente las diferencias o, aún más, los rasgos
intraducibles los que atraen la atención y convocan al análisis. Y en el ámbito de los
historiadores y arqueólogos, dichas actitudes han definido dos posturas simplistas y casi
maniqueas en el plano teórico y práctico frente a las sociedades del pasado, con cuestiones
éticas imbricadas en uno y otro caso: así, una postura “racionalista”, que afirma que todas las
culturas en la historia son iguales, negando de plano la especificidad histórica de las mismas o
–al menos– circunscribiendo aspectos singulares a ámbitos que no repercuten en el conjunto
social, se contrapone a una postura “relativista”, según la cual las culturas son completamente
diferentes y únicas, desconociendo las posibles matrices de experiencias comunes sobre las
que se han desarrollado las culturas a lo largo de la historia94.
Por el contrario, la clave teórica que nos permita percibir la vasta diversidad de modos de
organización social en distintas situaciones sociohistóricas, incluso aquellas que otorgan
relevancia al estudio del Cercano Oriente antiguo, debe situarse en las antípodas de tales
posturas. Al señalar esta cuestión, entendemos que la comparación histórica resulta una vía
hermenéutica sumamente rica para entrar en contacto con una gran diversidad de mundos,
cosmovisiones, sociedades o culturas desde sus especificidades, semejanzas y diferencias. Por
tanto, las culturas antiguas del Cercano Oriente pueden ser comparadas con otras sociedades
contemporáneas que habitaron la actual porción occidental de la cuenca del mar Mediterráneo,
tales como las civilizaciones de Grecia y Roma. Paralelamente, sobre la base de esas mismas
dinámicas sociohistóricas, es posible plantear enfoques comparativos que permitan la
integración teórica con otras experiencias distantes en tiempo y espacio, como aquellas que se
gestaron en la América precolombina, particularmente en Mesoamérica y el área andina.
Dichas analogías históricas permitirán identificar problemas y cuestiones que, sin tal
hermenéutica, difícilmente podrían plantearse o no podrían reconocerse en absoluto. Con la
intención de inferir puntos en común y de contraste, varios investigadores ya han señalado
algunas de las posibles temáticas que pueden ser objeto de una mirada comparativa, como el

Le comparatisme dans les sciences de l'homme. Approches pluridisciplinaires, Bruxelles/Paris, De Boeck Université,
2000, 301-327; JÜRGEN KOCKA, Historia social y conciencia histórica, Madrid, Marcial Pons, 2002, pp. 43-64.
94 Cfr. BRUCE G. TRIGGER, Understanding Early Civilizations. A comparative study, New York, Cambridge University

Press, 2003, pp. 3-14.


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desarrollo de las primeras jefaturas complejas; el surgimiento de sociedades estatales e
imperiales; las bases económicas y sociales que posibilitan su existencia, funcionamiento y
expansión; los múltiples de modos que adquirió la toma de decisiones conforme al orden legal
y los mecanismos institucionales vigentes; los fenómenos de colapsos políticos y crisis
estructurales; los vínculos entre las sociedades y las representaciones simbólicas en la
construcción de identidades colectivas; el rol de las ideologías religiosas en el ejercicio del
poder; e, incluso, los modos de presentarse a sí mismas y de representar la alteridad95.
Al proponer estos ejes de comparación analítica, no buscamos establecer alguna especie de
contigüidad espacio-temporal entre las distintas sociedades que devele la supuesta existencia
de leyes universales detrás de sus periplos históricos y legitime la idea de “lo inevitable” en el
decurso histórico, ni tampoco concebir la diversidad básicamente como la expresión cultural
del desarrollo desigual o asincrónico de las sociedades, reduciendo la explicación a secuencias
simplistas y/o esquemáticas. Mucho menos presentar la divergencia entre las dinámicas
estatales del mundo oriental y prehispánico, por un lado, y del mundo greco-romano, por el
otro –divergencia que podría sintetizarse bajo la fórmula “coerción sobre el súbdito frente a la
libertad-igualdad del ciudadano”– como una prueba transhistórica de la aparente supremacía
de las formas sociales de Occidente sobre otras, reduccionismo superficial cuyo peso ideológico
sigue siendo importante más allá de los escenarios académicos, en especial en aquellos donde
se trazan muy diversas políticas que rigen en las sociedades actuales. Al contrario, esas
comparaciones consisten en una elección metodológica significativa que torna viable abrir la

95 A modo de ejemplo, cfr. BRUCE G. TRIGGER, Understanding Early Civilizations, cit.; COLIN RENFREW y JOHN F. CHERRY
(eds.), Peer polity interaction and socio-political change, Cambridge, Cambridge University Press, 1986; ELIZABETH M.
BRUMFIEL y TIMOTHY K. EARLE (eds.), Specialization, Exchange, and Complex Societies, Cambridge, Cambridge
University Press, 1987; TIMOTHY EARLE (eds.), Chiefdoms: Power, Economy, and Ideology, Cambridge, Cambridge
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Regímenes políticos en el Mediterráneo antiguo, Buenos Aires, Miño y Dávila Editores, 2016; MARCELO CAMPAGNO,
JULIÁN GALLEGO y CARLOS GARCÍA MAC GAW (comps.), Capital, deuda y desigualdad. Distribuciones de la riqueza en el
Mediterráneo antiguo, Buenos Aires, Miño y Dávila Editores, 2017.
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visión a diferentes situaciones a partir de un campo de problemas comunes (que las articula y
otorga su “equivalencia conceptual”) y conlleva la oportunidad de comprender de otra manera
la especificidad de las instituciones, dinámicas e imaginarios de las sociedades antiguas 96. Tal
fue el planteo del arqueólogo Bruce Trigger respecto de las posibilidades que brindaba el
estudio del antiguo Egipto en relación con otras civilizaciones tempranas: “Un estudio
comparativo de los aspectos comunes a todas, o incluso algunas, de las civilizaciones
tempranas nos puede ayudar a comprender mejor al antiguo Egipto. Al mismo tiempo, los
caracteres distintivos del antiguo Egipto son igualmente importantes para comprender todas
las demás civilizaciones tempranas”97.
Además, la comparación de esos escenarios históricos contribuye de manera insustituible a la
comprensión de diversos procesos mediante la ampliación de la escala de observación,
encontrar vínculos antiguos y perdurables entre las distintas sociedades y percibir las
influencias mutuas que permiten avanzar más allá de una explicación estrictamente local de
los diferentes problemas. En esa dirección, numerosas líneas de investigación ofrecen una
nueva cantera para redimensionar, por ejemplo, la historia de un conjunto variado de vínculos
y conexiones que conformaron redes más o menos organizadas de interacciones que
resultaban vitales para la vida de las distintas comunidades humanas del ámbito del
mediterráneo antiguo –y, dentro del mismo, para ciertos grupos sociales encumbrados– pues
englobaban la circulación de múltiples elementos materiales y simbólicos a través de espacio
común a la vez que diverso. Ello ha hecho factible replantear las formas en que circularon y/o
fueron transferidos artefactos, conocimientos, prácticas y tecnologías entre las sociedades del
Cercano Oriente y, además, entre éstas y los pueblos del Egeo y Mediterráneo occidental 98. En

96 Así, por ejemplo, se han planteado la existencia de diferentes tipos de configuraciones estatales (Estados de tipo
jerárquico, con aparatos burocráticos centralizados y centrados en la ciudad o de amplio alcance territorial; Estados
de tipo segmentario, de escala micro-espacial, que operan como comunidades cara-a-cara sin burocracia en las que
prima la participación directa de los ciudadanos en el gobierno; o Estados que combinan aparatos burocráticos
menos complejos con estructuras políticas municipales derivadas del funcionamiento de la ciudad-estado); los
vínculos y conflictos entre las élites estatales en general (en el sentido de grupos que ejercen o se benefician del
monopolio legítimo de la coerción) y otro tipo de élites en las periferias de los ámbitos estatales (cuyas dinámicas
de prevalencia social se erigen sobre criterios inherentes al parentesco o al patronazgo); diferencias en la
conformación interna de las élites estatales propias de cada área (las cuales podían asumir la forma de grupos
sociales fuertemente apartados del resto de la sociedad, internamente cohesionados a través del parentesco y
estrechamente ligados al mundo de las divinidades; o de grupos organizados a partir de la pertenencia a la
corporación ciudadana y su participación en la gestión política de la sociedad, aunque con importantes sectores de
excluidos); distintas formas de organización socioeconómica de los espacios rurales (propiedades estatales,
particulares y/o comunales, economía campesina libre o dependiente, modos de esclavización); la presencia de
modalidades institucionalizadas o no formalizadas que garantizan la reproducción de la desigualdad social
(relaciones de subordinación, explotación coactivas y extracción del excedente amparadas en el “aparato” estatal
y/o en formas alternativas que permiten su conformación y funcionamiento); grados diversos de articulación de las
dinámicas políticas y prácticas institucionales con el universo religioso y costumbres rituales.
97 BRUCE G. TRIGGER, Early Civilizarions. Ancient Egypt in Context, Cairo, The American University in Cairo Press, 1995,

p. 5. La traducción nos pertenece.


98 En esta línea, a la luz de los datos existentes, parece indudable cuán prolongados y complejos fueron tales redes

de intercambio y contactos. Así, Egipto mantuvo durante largos períodos estrechas relaciones con la zona del mar
Rojo y el Cuerno de África y también, como se ha sabido muy recientemente y de forma un tanto distante e indirecta,
con el África subsahariana a través de Sudán (la antigua Nubia). En cuanto a Mesopotamia, y especialmente su parte
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definitiva, esta comparación de diversidad de situaciones históricas que en la mayoría de
aspectos son suficientemente parecidas y a la vez diferentes, resulta ventajosa para perfilar
más claramente las especificidades de cada una y corroborar que los sucesos históricos
comunes que vivenciaron, adquirieron siempre configuraciones únicas y singulares.
De este modo, la constatación que las formaciones políticas y sociales del Próximo Oriente
antiguo constituyen el producto de una configuración cultural localizable y contingente, nos
ayuda a reconocer más las diversas expresiones en las que puede manifestarse la existencia
social a lo largo de la historia, así como también la gran diversidad de culturas que existen en
nuestro presente. Ello se debe a que, innegablemente, las dinámicas de las sociedades del
Cercano Oriente Antiguo forman parte de una historia mucho más profunda y extensa que llega
hasta nosotros, plasmando de manera casi imperceptible, las experiencias que definen la vida
de los hombres en sociedad, coexistiendo en ella elementos del pasado (continuidades) con
otros nuevos (cambios). Como advierte Mario Liverani, es preciso recordar que a lo largo de la
historia
Existen estructuras de base en el comportamiento de las comunidades humanas que
permanecen por tiempos larguísimos y existen también innovaciones tecnológicas y
culturales que dividen el tiempo con discontinuidad (que en general llamamos progreso).
Todos sabemos bien que la característica propia de la historia es el estudio del cambio y de
la discontinuidad, de las transformaciones en sus variadas formas, de la más lenta a la más
improvisada. Aplicada a nuestra propia cultura, la historia nos muestra que es el producto
de una larga transformación, de tantas discontinuidades estratificadas, de adquisiciones
(pero también de descartes) sucedidas a lo largo del tiempo”99.
Por ello, la consideración de esos procesos ocurridos en lejanas geografías hace milenios
resulta muy útil para contrastarlos con los modos de modos de vida propios de nuestra época,

meridional, tuvo vínculos regulares con el golfo Pérsico y la zona oriental de la península Arábiga. Era ésta la
potencial ruta de comunicación entre Mesopotamia y las tierras lejanas del valle del Indo. Finalmente, Anatolia,
Levante y Egipto estuvieron en contacto directo con el mundo creto-micénico primero y luego con el universo greco-
romano. Respecto de las redes de contactos en el antiguo Oriente, cfr. KARL POLANYI, CONRAD M. ARENSBERG y HARRY W.
PEARSON, Comercio y mercado en los Imperios Antiguos, Barcelona, Labor, 1976 [1957]; DOMINIQUE CHARPIN y FRANCIS
JOANNES (eds.), La circulation des biens, des personnes et des idées dans le Proche-Orient ancien, París, Editions
Recherche sur les Civilisations-ERC/ADPF, 1992; JOSEP CERVELLÓ AUTUORI, MARCELO CAMPAGNO y MONSERRAT DÍAZ DE
CERIO, (eds.), África Antigua. El Antiguo Egipto, una civilización africana, Barcelona, Aula AEgyptiaca, 2001; MARIO
LIVERANI, Relaciones internacionales en el Próximo Oriente antiguo, 1600-1100 a. C., Barcelona, Bellaterra, 2003
[2001]; DAVID O'CONNOR y STEPHEN QUIRKE (eds.), Mysterious lands. Encounters with Ancient Egypt, Londres, UCL Press,
2003; ROBERT ROLLINGER, CHRISTOPH ULF y KORDULA SCHNEGG (eds.), Commerce and Monetary Systems in the Ancient
World. Means of Transmission and Cultural Interaction, Stuttgart, Franz Steiner Verlag, 2004; MARÍA EUGENIA AUBET,
Comercio y colonialismo en el Próximo Oriente Antiguo, Barcelona, Bellaterra, 2007; ROXANA FLAMMINI y JUAN MANUEL
TEBES (eds.), Interrelaciones e identidades culturales en el Cercano Oriente Antiguo, Buenos Aires,
IMHICIHU-CONICET, 2016. Acerca de los contactos entre Próximo Oriente y el mundo greco-romano, cfr. MARTIN
BERNAL, Atenea negra. Las raíces afroasiáticas de la civilización clásica. La invención de la antigua Grecia, 1785-1985,
Barcelona, Crítica, 1993 [1987]; WALTER BURKERT, De Homero a los magos. La tradición oriental en la cultura griega,
Barcelona, El Acantilado, 2002 [1999]; JOHN HOBSON, Los orígenes orientales de las civilizaciones de Occidente,
Barcelona, Crítica, 2006 [2004]; COLIN ADAMS y JIM ROY (eds.), Travel, geography and culture in ancient Greece and the
Near East, Oxford, Oxbow, 2007; FRANCISCO JAVIER GÓMEZ ESPELOSÍN, Memorias perdidas, op cit.
99 MARIO LIVERANI, “A che serve la storia” en: Mundus. Rivista di Didattica della Storia 1 (1), 2008, p. 49. La traducción

nos pertenece.
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sistematizar las pervivencias y mutaciones a través del tiempo y, a través de esta vía, entender
más exactamente esa condición compleja, voluble e inasible que solemos definir como
naturaleza humana. En esta dirección, no debemos obviar que detrás de lo que entendemos
por historia antigua oriental, se asoma indefectiblemente lo que fuera la experiencia social de
las primeras comunidades humanas afroasiáticas, esto es, la “vida histórica” 100 transitada
habitualmente por mujeres y varones y que se manifestó en una dimensión material (un modo
de producción a partir de la interacción con la naturaleza) y otra simbólica (un sistema de
representaciones que dichas comunidades tienen de sí mismas y de las demás). Tal
caracterización comulga notablemente con la posición teórica (e historiográfica) que
queremos enfatizar aquí, al estar convencidos de que ocuparse de la historia de las sociedades
del Cercano Oriente antiguo (o, incluso, de la historia antigua en general) no es un ejercicio ni
ocioso ni fútil, sino un esfuerzo legitimo por asir una historia que, como cualquier otra, sigue
siendo “historia contemporánea” según el bien conocido y clarificador dictum de Benedetto
Croce101.
Por más remotos –o, inclusive, remotísimos– que parezcan cronológicamente hablando los
interesantes hechos que presenta “la vida material, social, económica, intelectual e incluso
emocional de las personas” del Próximo Oriente antiguo, es inevitable no sentirse identificados
con “sus afanes, anhelos, dolores, luchas, miserias y grandezas”, como acertadamente afirman
Cristina De Bernardi y Eleonora Ravenna 102. Esta sensación que experimentamos al indagar en
los modos a través de los cuales las distintas personas y grupos elaboraron, escenificaron y
dieron sentido a su experiencia cotidiana se debe a que tanto las sociedades antiguas como las
modernas arrancan de un mismo núcleo de nociones y conductas primarias que pueden
traducirse en lo que Ernest Gellner llamó “un capital cognitivo fijo”103. Sobre esta cuestión, el
egiptólogo Barry Kemp ha apuntado que a lo largo de la historia los hombres compartimos, por
pertenecer a la misma especie (Homo Sapiens), unos mismos fundamentos psicobiológicos y
antropológicos; dado que nuestra estructura cerebral no ha sufrido alteraciones físicas desde
que nuestra especie apareció en el planeta y lo pobló, poseemos el mismo bagaje intelectual de
aquellos varones y mujeres del pasado104. Es precisamente sobre esa base común –y en virtud
de múltiples factores externos– que las comunidades humanas se han hecho tan heterogéneas,
dando lugar a la extraordinaria diversidad de culturas que existieron y existen a nivel
planetario en la actualidad.

100 Acerca del concepto de “vida histórica”, cfr. JOSÉ LUIS ROMERO, La vida histórica, Buenos Aires, Siglo XXI Editores,
2008 [1988].
101 BENEDETTO CROCE, La historia como hazaña de la libertad, México, Fondo de Cultura Económica, 1971. p. 11.
102 DE BERNARDI Y RAVENNA, op. cit., p. 23. La traducción nos pertenece.
103 Citado en JOËL CANDAU, Memoria e identidad, Buenos Aires, Ediciones del Sol, 2001, p. 23.
104 BARRY KEMP, op. cit., p. 7.
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Por ello, es preciso recordar que cuando hablamos de “el pasado” estamos refiriéndonos a
múltiples vidas vividas, extinguidas sin duda, pero que persisten como sedimentaciones
actuantes en la memoria colectiva y se expresan a través de la cultura, entendiendo esta última
como el conjunto de acervos materiales e intelectuales creados, compartidos, transmitidos y
modificados social y temporalmente con que los miembros de las sociedades hacen frente de
manera individual o colectiva, mental o conductualmente, a las distintas situaciones que se les
presentan en la vida. No se trata simplemente de un conjunto cristalizado y uniforme de
objetos, ideas, representaciones y formas de acción que se transmiten de generación en
generación, sino de la forma propia que tiene una sociedad en particular para responder
intelectualmente ante cualquier circunstancia. Esta definición de cultura resulta muy operativa
para entender a las sociedades del pasado como la expresión de “soluciones a los problemas
de la existencia individual y colectiva que podemos sumar a la diversidad de soluciones
manifiestas en el mundo contemporáneo"105. Desde esa óptica, es posible sostener que el
mundo histórico del antiguo Cercano Oriente es, al mismo tiempo, la historia de cómo inicia la
preocupación por zanjar los problemas de todo género, propios de una humanidad que
acababa de salir de la etapa de la caza y la recolección y se adentraba en el neolítico. Allí donde
el hombre organizó su vida en sociedad por vez primera, encontramos pues los testimonios
más antiguos de personas preocupadas por hallar respuestas a desafíos que se han mantenido,
con caracteres bastante semejantes, hasta la época actual. Sin que se pueda tildar dicho
argumento de despropósito histórico, acordamos con Kemp cuando indica que los seres
humanos “nos seguimos enfrentando a la misma experiencia básica que en el pasado” 106, por
lo que existen todo un conjunto de pautas de conductas básicas que cimentaron la base de la
idiosincrasia humana en todos los tiempos y constituyen lo que Cristina De Bernardi y Eleonora
Ravenna han denominado "matrices de experiencia". Considerar estas matrices en el estudio
del universo del Cercano Oriente antiguo nos permitirá identificar y prestar especial atención
a ciertas correspondencias entre los procesos antiguos y actuales, tales como:
… la búsqueda permanente por solucionar el modo de subsistencia; los procesos de
intensificación de la producción y el acaparamiento desigual de los excedentes; los
fenómenos de diferenciación social concomitantes; la aparición del poder político y el
Estado; la estandarización de las relaciones intergrupales y externas; la guerra; el
surgimiento de un mundo de representaciones mentales compartidas que da coherencia al
grupo; la manipulación de esas representaciones por parte de las élites para
transformarlas en símbolos diacríticos identitarios y simbolismos de reforzamiento del

105 BARRY KEMP, op. cit., p. 13.


106 BARRY KEMP, op. cit., p. 7.
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poder; los procesos de legitimación de las instituciones que garantizan la reproducción de
las condiciones desiguales; para nombrar sólo las nervaduras de la trama social107.

Partiendo de esta perspectiva teórica será posible construir una historia de las sociedades de
Egipto y Oriente Próximo radicalmente diferente de las versiones más tradicionales de la
disciplina que incluya la totalidad del pasado humano, sin tener que sacrificar ninguna
dimensión de la realidad en la explicación y pueda ser llamada con justicia “historia social” 108.
Este desplazamiento en el tipo de formato de historia supondrá, en principio, formular otro
tipo de incógnitas: ¿cómo era el día a día en los ámbitos de las cortes de los reyes o en el seno
de las comunidades aldeanas y urbanas?, ¿cuál era la intención de los monarcas cuando
decidían erigir grandes palacios y templos?, ¿en qué pensaban los campesinos y artesanos que
trabajaban en la construcción de dichos edificios? Estas y otras preguntas resultarán válidas
para conocer y entender más hondamente la manera en que los diferentes grupos sociales
produjeron su mundo a través de los múltiples vínculos que los unieron y/o de los conflictos
que los opusieron. Con semejantes incógnitas será igualmente viable no sumarse a las
vertientes historiográficas obsesionadas con estudiar únicamente las denominadas
civilizaciones estatales109 y, por el contrario, reconocer la multiplicidad de formas de
organización sociopolítica y cultural existentes en el Próximo Oriente antiguo. Los esfuerzos
deberán orientarse, entonces, a construir una visión renovada sobre la cultura de las
comunidades de aldea y de los grupos nómadas pastoriles que rompa con estereotipos acerca
de tales grupos y ubique sus historias al lado de las historias de las poblaciones urbanas y los
centros estatales con los que han coexistido e interactuado durante milenios 110.

107 DE BERNARDI Y RAVENNA, op. cit., p. 24.


108 Acerca de la concepción de historia social, cfr. ERIC J. HOBSBAWM, "De la historia social a la historia de la sociedad",
en Historia Social, 10, 1991, pp. 5-25.
109 Cabe advertir que no es posible explicar la preferencia por las altas culturas invocando únicamente razones de

índole ideológica. Existen otro tipo de condicionamientos que provienen de la información disponible para
reconstruir ciertos agentes y situaciones de la realidad histórica, información que proporcionan los propios
testimonios con que trabajan arqueólogos e historiadores. Así aparece fuertemente resaltado un mundo de palacios,
templos, monumentos, ciudades y escritos en detrimento de otros ámbitos menos visibles y con pocas posibilidades
de indagación, tanto por la escasez de información como por su diversidad y lo limitado de sus interrelaciones.
Pensemos, por ejemplo, en la situación de los grupos nómades: las fuentes para su estudio son, principalmente, los
pocos restos materiales y los documentos elaborados por sociedades urbanas y estatales contemporáneas (que
contienen descripciones superficiales y generalizantes, repletas de prejuicios que acentuaban la inferioridad de las
poblaciones que no cultivaban la tierra, que no tenían asentamientos permanentes y poseían muy limitados bienes
materiales). En resumen, si bien nuestros conocimientos actuales de las poblaciones nómades han aumentado
notablemente, la información proporcionada por las fuentes disponibles no cubren de manera sistemática todo su
universo social y simbólico.
110 Acerca de los grupos nómades pastoriles, cfr. JORGE SILVA CASTILLO (comp.), Nómadas y pueblos sedentarios, México

D. F., El Colegio de México, 1982; PIERRE BRIANT, État et pasteurs au Moyen-Orient ancien, París, Édition de la Maison
des Sciences de l'Homme, 1982; GLENN M. SCHWARTZ, “Pastoral Nomadism in Ancient Western Asia”, en Jack M. Sasson
(ed.), Civilizations of Ancient Near East, Volumen 1, Massachusetts, Hendrikson Publishers, 2006 [1995]; JORGE SILVA
CASTILLO, “Nomadism through the ages”, en David Snell (ed.), A Companion to the Ancient Near East, Oxford,
Blackwell, 2004; LOUIS L. ORLIN, “On nomads and nomadism”, en Life and Thought in the Ancient Near East, Ann Arbor,
University of Michigan Press, 2007, pp. 69-72; JEFFREY SZUCHMAN (ed.), Nomads, Tribes, and the State in the Ancient
Near East, Chicago, The University of Chicago Press, 2009; JUAN MANUEL TEBES, Nómadas en la encrucijada. Sociedad,
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Dicha mirada historiográfica descentrada será muy útil igualmente para mostrar que la alta
diversidad humana y geográfica del Cercano Oriente antiguo estimuló un complejo y diverso
flujo de artefactos, información y personas que, por diferentes motivos, se volvieron una
amplia red de contactos continuos, permanentes y, en ocasiones, muy intensos, aunque cada
espacio preservó una importante cuota de autonomía con respecto a los demás. En efecto,
comercio, guerra, alianzas y otras formas de contacto intercultural estimularon no sólo la
circulación de bienes de prestigio y otro tipo de objetos, sino también el desplazamiento de
mujeres y varones que recorrieron largas rutas de forma individual o en grupos y/o
comunidades, de manera voluntaria u obligada, insertas en tramas de lealtades, dependencias,
subordinaciones y exclusiones. Además, la significación de esos vínculos intersocietales se
reflejó en la formación de estructuras políticas y económicas, en la dinámica étnica y aún en la
propia visión ideológica que las sociedades elaboraron de sí mismas, de otras culturas y del
universo. Cuando leemos los diferentes aportes del tema, notamos el hecho de que sobre las
culturas de los Estados y comunidades del Cercano Oriente se levantaron tradiciones locales y
regionales, derivadas de particularidades ecológicas, políticas, étnicas y culturales propias de
radios más reducidos. Y por encima de esas tradiciones locales y regionales se extendieron
fuerzas de otra naturaleza, aunque nuevamente generalizadoras, gestadas por sociedades que
por distintos motivos tuvieron una influencia decisiva y aparentemente uniformadora en
épocas determinadas y sobre amplias extensiones del Cercano Oriente. Al mismo tiempo que
intercambiaban bienes, creencias, conocimientos, estilos y modas, algunos de esos pueblos
intentaban crear ciertos sistemas políticos que no siempre tenían por propósito establecer
relaciones simétricas sobre los pueblos incluidos en su radio de influencia. En consecuencia,
aquellas sociedades que ingresaban en sus sistemas de dominación y explotación tenían que
responder a los papeles específicos que les asignaban en el nuevo orden sociopolítico,
económico e ideológico introducido. Con frecuencia, estos primeros intentos de "globalización"
en la historia, breves algunos, prolongados otros, produjeron cambios decisivos en las
sociedades anexadas en algunos casos e inhibieron ciertos procesos en otros, propiciando
semejanzas y diferencias, complejizando aún más el escenario histórico del Cercano Oriente
antiguo.
Ahora bien, si valoramos una determinada institución o proceso de tales sociedades desde la
diferencia o semejanza con lo que nosotros hacemos o pensamos, es importante no correr el
riesgo de interpretar la lejanía o la similitud como una prueba de modernidad o no de tales
hábitos o manifestaciones culturales. Tal como comentó Josep Cervelló Autuori

ideología y poder en los márgenes del Levante meridional durante el primer milenio a. C. Londres, BAR International
Serie, 2012.
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… es muy común que se hagan lecturas e interpretaciones directas de esas realidades
alternativas, como si esa distancia no existiera, como si todas las realizaciones humanas
obedecieran a los mismos condicionantes y, por tanto, como si en última instancia
cualquier fenómeno humano pudiera ser interpretado con las mismas claves. Claves que
coinciden con las categorías de Occidente tomadas, consciente o inconscientemente, como
universales y necesarias111.

Más allá de que podamos asombrarnos con tantos problemas existenciales que justifican la
impresión de la proximidad de esos milenios tan lejanos, es indiscutible que estamos
examinando sociedades con arreglos institucionales, estructuras sociales, sistemas
económicos e ideológicos que presentan diferencias sumamente significativas respecto de los
modos de organización que existen en la actualidad. En tal dirección, la historia del Cercano
Oriente antiguo resulta efectivamente un saber significativo
… porque los mundos del pasado eran diferentes del nuestro, y por lo tanto resulta
iluminador por medio del contraste y no de la repetición; la historia sirve para ampliar
nuestro bagaje conceptual, para hacernos ver la pluralidad de las soluciones posibles, para
subrayar la subjetividad (o mejor el condicionamiento cultural) de las interpretaciones. En
este sentido, la experiencia histórica es –en algún modo– análoga a la experiencia de los
mundos y culturas diversas en el espacio (más que en el tiempo)… El conocimiento de
tantos mundos diferentes ha posibilitado adquirir el sentido del relativismo cultural112.
Analizar esas diferencias con nuestras implica muchos y complejos problemas que en el caso
de las culturas de Cercano Oriente se agravan a causa de la influencia del marco conceptual en
el que hemos sido educados. Solemos pensar que por vivir en sociedades en las que
predominan cierto tipo de costumbres, instituciones, valores y modalidades de conocimiento
y significación, éstas son las únicas formas válidas, objetivas y universales; en consecuencia,
tendemos a concebir aquellas provenientes de sociedades del pasado como formas anacrónicas
o perimidas, superadas con el tiempo a partir de los profundos cambios en la educación y la
cultura. No obstante, debemos aceptar el hecho de que el tan mentado progreso no nos ha
vuelto seres superiores respecto de aquellas civilizaciones “cuyo único pecado, en muchas
ocasiones, es ser mucho más antiguas que las nuestras”113. En todo caso, es posible que ciertas
habilidades humanas hayan mejorado (como la capacidad para resolver problemas) a lo largo
de la historia, pero –como ya apuntamos supra– la capacidad cognitiva subyacente del hombre
no lo ha hecho. Esto significa que los hombres que vivieron en aquellos mundos antiguos,

111 JOSEP CERVELLÓ AUTURORI, “Aire. Las creencias religiosas en contexto”, en Elisenda Ardèvol Piera y Glòria Munilla
Cabrillana (coords.), Antropología de la religión: una aproximación interdisciplinar a las religiones antiguas y
contemporáneas, Barcelona, Editorial UOC, 2004, p. 73.
112 MARIO LIVERANI, “A che serve la storia”, cit., p. 49. La traducción nos pertenece.
113 ANTONIO PÉREZ LARGACHA, La vida en el Antiguo Egipto, Alianza, Madrid, 2004, pp. 19-20.
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diferentes en muchas maneras, eran tan (o tan poco) inteligentes como nosotros. En palabras
del arqueólogo Barry Kemp,
En el siglo XX, la acumulación de conocimientos nos ha proporcionado una ventaja sobre
nuestros predecesores en lo que se refiere a la tecnología y a las diversas facultades
mentales mediante las cuales podemos explorar el universo y generar una multiplicidad de
imágenes lógicas. Pero no hemos de confundirlo con una mayor inteligencia. Inteligencia
no equivale a conocimientos, sino a facultad de dar una configuración lógica a los
conocimientos que se tienen114.

La variedad de instituciones, prácticas, costumbres y representaciones gestadas por las


antiguas culturas próximo-orientales tenían por finalidad satisfacer unas preocupaciones
básicas e inherentes a toda la humanidad, pero es indudable que se encontraban conectadas
con otro tipo de “lógicas” sociales, diferentes de aquellas que estructuran las dinámicas
socioculturales contemporáneas. En la medida que los principios ordenadores de cada cultura
son, sin duda, diversos a la vez que únicos e irrepetibles, no necesariamente compatibles unos
con otros o con los nuestros, las sociedades del Cercano Oriente antiguo resultan ser
“alteridades históricas”. Lo son porque la misma sensación de ajenidad que genera al
historiador ese universo de prácticas culturales del pasado es, por cierto, similar a la
experiencia de lo extraño que experimenta el antropólogo cuando lleva adelante su trabajo de
campo etnográfico dentro de un grupo o comunidad con pautas culturales diferentes a las
suyas115. Pensar las mismas en términos de “otredad” no conlleva suponer que se trata de un
mundo “ilógico” o “irracional”, sino todo lo contrario como afirma Marcelo Campagno:
Si esos modos de pensamiento [y acción] no siguen los parámetros de la Razón occidental
no es porque carezcan de toda lógica: poseen sus propias lógicas, sus propios parámetros
de normalidad. Son formas de pensar [y proceder] no-racionales desde el punto de vista de
nuestra racionalidad; pero no por ello son irracionales: remiten a otros criterios de
coherencia que no son los nuestros. Se trata, pues, de otras razones, de otros modos de
racionalidad116

Si la intención es trazar nuevos sentidos de la importancia histórica del Cercano Oriente


antiguo, debemos entonces buscar –como señaló Lucien Febvre– "comprender y hacer
comprender"117 que tales sociedades afroasiáticas del pasado eran “diferentes” (en el mejor
sentido del vocablo), por lo que deben ser concebidas y reconocidas como "otras" culturas: ni

114 BARRY KEMP, op. cit., p. 8.


115 Cfr. ESTEBAN KROTZ, “Alteridad y pregunta antropológica”, en Alteridades 4 (8), 1994, pp. 5-11.
116 MARCELO CAMPAGNO, Surgimiento del Estado en Egipto: cambios y continuidades en lo ideológico, Buenos Aires,

Instituto de Historia Antigua Oriental "Dr. Abraham Rosenvasser", Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de
Buenos Aires, 1998, p. 12. Los agregados entre corchetes nos pertenecen. En el mismo sentido, cfr. JOSEP CERVELLÓ
AUTUORI, Egipto y África. Origen de la civilización y la monarquía faraónicas en su contexto africano, Sabadell, Editorial
Ausa, 1996, pp. 17-20.
117 LUCIEN FEBVRE, Combates por la historia, Barcelona, Ariel, 1975 [1953], p. 133.
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mejores ni peores; ni primitivas ni arcaicas; ni más ni menos civilizadas, simplemente,
"distintas". Entonces, los antiguos habitantes de Egipto y del Asia occidental realizaron,
construyeron y expresaron las cosas de una manera que desde nuestra perspectiva pueden
parecer “exóticas” y “raras”, pero que poseen una razón de ser o significado que es válido para
el conjunto de miembros de sus respectivas sociedades. Según la historiadora Roxana
Flammini, alcanzar una aproximación histórica a esas lógicas de organización social que nos
resultan "extrañas" y elaborar registros explicativos acerca de los caracteres culturales de esa
otredad objeto-sujeto
… conlleva cierto desprejuicio intelectual que implica poder acercarnos al estudio de esa
sociedad libres –en la medida de lo posible– de preconceptos. Esto no significa falta de
rigurosidad en el método, en absoluto; tiene que ver con la actitud con que se aborda la
problemática: tratando de comprender el pensamiento de esa sociedad "otra" utilizando
nuestra herramienta básica, el pensar; es decir, conocer para comprender; tratar de
adentrarnos en las entrañas de una cosmovisión diferente... [Ello] implica, en primer lugar,
tomar conciencia del sesgo que imprimen nuestros propios paradigmas (para no
universalizarlos); y paralelamente, aceptar tanto la vigencia de la alteridad (para no caer
en anacronismos) como la de la singularidad de los procesos históricos (para evitar la
búsqueda de leyes universales)118.

En el caso de las culturas del Próximo Oriente antiguo, es factible comprobar como uno de sus
principales rasgos distintivos la imposibilidad de diferenciar los campos que –en la actualidad–
identificamos con el nombre de “política”, “economía”, “arte” y “religión” como esferas
independientes. En efecto, en las culturas de las distintas regiones de Oriente Próximo tales
esferas se presentaron como una realidad inextricablemente unida y no una simple
interconexión o superposición de diferentes capas. Con ello no queremos indicar simplemente
que las prácticas y representaciones asociadas a lo político, lo religioso o lo económico
aparecían como caminos paralelos o coincidentes, sino que la propia experiencia histórica de
las formaciones sociales antiguas nos muestra que tejieron numerosos vínculos y construyeron
varios escenarios comunes, al punto de confundirse y llegar a semejar un único plano de la
realidad social. Es posible entender de mejor modo esta indivisibilidad de los campos cuando
constatamos que las antiguas culturas constituyeron sociedades de “discurso mítico-religioso”,
en las cuales la experiencia total de los individuos se hallaba inmersa y condicionada por una
concepción sagrada de la existencia y del cosmos. En aquellas sociedades, “el discurso mítico-
religioso es un modo de vida que lo envuelve todo y afecta a todos, poderosos y pueblo” 119,
haciendo de la religión el eje ontológico vertebrador de todas las actividades, incluso los

118 ROXANA FLAMMINI, "El antiguo Estado egipcio como alteridad: cosmovisión, discurso y prácticas sociales (ca. 3000-

1800 a. C.)", en Iberia. Revista de la Antigüedad 8: 9-26, 2005, p. 14. El agregado entre corchetes nos pertenece.
119 JOSEP CERVELLÓ AUTURORI, “Aire. Las creencias religiosas en contexto”, cit., p. 80.
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detalles más pequeños de la vida cotidiana y que nosotros entendemos como netamente
“profanos” (como la alimentación, el vestido, la relación con los parientes y los extraños o las
distracciones culturales), desdibujándose la línea entre lo espiritual y lo terrenal.
Indudablemente, este tipo de perspectiva analítica también puede aplicarse al ámbito de la
economía y del comercio, siendo un elemento característico de las actividades productivas y
de las redes de intercambio que su modo de estructuración y funcionamiento se hallaban
permeadas –de un modo directo y profundo– por dinámicas sociopolíticas, por modos de
sociabilidad e incluso por configuraciones rituales vinculados con el mundo de “lo sagrado” y
“lo trascendente”, aunque sus respectivos alcances no siempre son fácilmente discernibles. Así,
además de los componentes propiamente económicos, las esferas de interacción eran asuntos
que incluían –de manera diversa, abigarrada y compleja– aspectos políticos, ceremoniales e
ideológicos, dando por resultado un trasvase de productos, acciones, referencias, imágenes,
símbolos y concreciones materiales 120.
Con este fin, será preciso admitir, como han puesto de manifiesto algunas líneas recientes de
estudio de la historia antigua, que el hecho de que ciertos pueblos no hayan desenvuelto, o no
hayan conservado, prácticas políticas coercitivas y/o instituciones centralizadas, no se debió a
una falla en su proceso evolutivo, sino a la presencia de una lógica de organización sociopolítica
que impide –o rechaza– la emergencia de una práctica asociada a la estatalidad. A su vez,
combinando perspectivas de la historia y la antropología para desentrañar las complejas
dinámicas de estas sociedades, se ha subrayado que las monarquías (esto es, formas estatales
sumamente jerarquizadas y presididas por un rey o emperador) difícilmente agotan las formas
de liderazgo político existentes en el mundo antiguo. Por el contrario, han existido otro tipo de
formaciones sociopolíticas que, basadas en otras lógicas sociales, ocupaban un espacio de
singular relevancia (con anterioridad a la aparición de los Estados, pero también conviviendo
con éstos de manera subordinada o independiente): se trataba, por un lado, de formas de
“jefatura” relacionadas con el predominio del parentesco como lógica de organización social,
o, por el otro, de aquellas asociadas a las dinámicas de “patronazgo”, que expresan otro tipo de
vínculos políticos que tal vez se identifican de modo más tenues pero que son igualmente
relevantes para comprender las múltiples modalidades de lo social en aquel mundo antiguo 121.

120 El estudio de las formas que presenta el intercambio se encuadra dentro de la polémica más amplia entre los
especialistas sobre la interpretación de las economías antiguas y los debates entre posiciones sustantivistas y
formalistas respecto de las características de las denominadas "economías arcaicas" o "economías preindustriales".
Sobre esta problemática, cfr. LIVERANI, Antiguo Oriente, cit., pp. 53-56; MARC VAN DE MIEROOP, “Economic Theories and
the Ancient Near East”, en Robert Rollinger, Christoph Ulf y Kordula Schnegg (eds.), Commerce and Monetary Systems
in the Ancient World. Means of Transmission and Cultural Interaction, Stuttgart, Franz Steiner Verlag, 2004; MARÍA
EUGENIA AUBET, op. cit., pp. 31-55; JUAN CARLOS MORENO GARCÍA (ed.), Dynamics of Production in the Ancient Near East
1300-500 B.C., Oxford, Oxbow, 2016.
121 Cfr. MARCELO CAMPAGNO, “Tres modos de existencia política: jefatura, patronazgo y Estado”, en Marcelo Campagno

(ed.), Parentesco, patronazgo y Estado en las sociedades antiguas, Buenos Aires, Facultad de Filosofía y Letras,
Universidad de Buenos Aires, 2009.
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En igual sentido, el terreno empírico muestra que estos grupos no estatales del Próximo
Oriente antiguo se caracterizaron por su aptitud para vincularse con los centros urbanos y
estatales y permanecer independientes de éstos, de confederarse en coaliciones mayores con
autoridades no centralizadas según las circunstancias y de blandir estrategias que les
posibilitaban disminuir, anular o –inclusive– impedir la acumulación de poder. En el mismo
sentido, las últimas interpretaciones sobre las relaciones sociopolíticas entre los grandes
Estados próximo-orientales y las sociedades de sus periferias dejan entrever que la pluralidad
de sistemas sociopolíticos se encuentra, además, estrechamente relacionada con la existencia
de concepciones políticas particulares y con las complejas ontologías locales 122.
En íntima relación con este último aspecto, es preciso insistir en no olvidar que cuando
hablamos de las sociedades antiguo-orientales lo hacemos desde nuestra experiencia histórica
o desde nuestra visión científica y positivista del mundo, sin darnos cuenta que de ese modo
definimos el todo desde una pequeña parte o contemplamos un universo de discurso desde
otro que le es ajeno. En consecuencia, resultará importante no sólo entender la escisión entre
dimensiones (tal como sucede en nuestra realidad contemporánea) es acertada sólo en
términos analíticos cuando el objetivo pase por comprender formaciones sociales en las que ni
la ideología, ni la política, ni la economía constituían ámbitos discernibles. Lo expresado nos
lleva, inevitablemente, al problema de los conceptos que resultan pertinentes o no lo
suficientemente adecuados para interpretar las distintas relaciones sociales que guardan una
lógica propia y singular en el contexto sociocultural concreto de cada una de las sociedades
antiguas próximo-orientales. Todos y cada uno de esos fenómenos históricos que caracterizan
a las mismas plantean una serie de desafíos intelectuales de primera magnitud pues no sólo
involucran debates historiográficos, sino que además requieren extremar la precisión de las
categorías de análisis utilizadas y recurrir a los desarrollos de otros campos disciplinares
(como la antropología, la sociología, la filosofía política, la economía, el análisis del discurso
y/o de las imágenes). Es muy importante que al adentrarnos en las distintas experiencias
históricas de dichas poblaciones sepamos asimismo la relevancia de no caer en fáciles
anacronismos, tanto aquellos que resultan de extrapolar categorías conceptuales de un
desarrollo histórico particular de Occidente posterior a la antigüedad o bien de aplicar
conceptos que rigen nuestro universo discursivo y nuestra experiencia sociohistórica a la hora
de traducir y explicar estos fenómenos tan “diferentes” (ese tropiezo que Wenceslao Roses

122Cfr. EMANUEL PFOH, Syria-Palestine in the Late Bronze Age: An Anthropology of Politics and Power, Londres,
Routledge, 2016; EMANUEL PFOH y THOMAS L. THOMPSON, “Patronage and the Political Anthropology of Ancient
Palestine in the Bronze and Iron Ages”, en: A New Critical Approach to the History of Palestine: Palestine History and
Heritage Project 1, Londres, Routledge, 2019.
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denominó alguna vez el “vicio del modernismo”123), dos tendencias bastante comunes dentro
de los estudios de historia antigua.
Dicha premisa obliga a efectuar una lectura crítica de las obras de distintos investigadores,
incluso de reputados egiptólogos y orientalistas, en las que solemos observar emplear, de
forma abusiva y sin ningún tipo de recaudo, palabras como “absolutismo”, “feudalismo”,
“vasallaje”, “mercado”, “mercaderes”, “burguesía”, “propiedad privada”, “espacio público”,
“espacio privado”, “código jurídico”, entre otras. Como contraparte, será necesario “calibrar”
los distintos conceptos empleados en función de cada situación histórica y resignificarlos como
una constelación de herramientas conceptuales que contribuya, de acuerdo a G. de Ste. Croix,
a renunciar "... a todo deseo de realizar un cuadro orgánico de una sociedad histórica,
iluminando por toda perspectiva de la que hoy día podemos disponer” y no nos conformemos
simplemente con “reproducir de la manera más fiel posible algún rasgo en particular o algún
aspecto de dicha sociedad, estrictamente en sus términos originales”124. Un ejemplo de esta
opción son los esfuerzos teóricos dirigidos a precisar los conceptos de “Estado”, “ciudad-
Estado”, “Estados regionales” e “Imperios” al momento de indagar las diversas entidades
sociopolíticas que si bien tienen en común ciertos caracteres, la lógica de su organización y
funcionamiento parece diferir en magnitud e incidencia125. En igual sentido deben leerse las
distintas pesquisas histórico-arqueológicas que emplean las categorías de "centro-periferia" y
"sistema-mundo" –acuñadas por Inmanuel Wallerstein–, con los debidos ajustes
terminológicos a las condiciones históricas y culturales específicas, en el análisis de las esferas
de interacción y vínculos intersocietales del Próximo Oriente antiguo126.
Y finalmente, entendemos que es preciso reivindicar la centralidad del estudio de la historia
antigua del Cercano Oriente como un camino para reivindicar la centralidad del mundo
afroasiático en la historia y cultura universal, una importancia que ha quedado parcialmente
relegada no sólo por el relato que ha hecho la historiografía occidental al asociar el pasado de
dicho macro-región con una época esplendorosa (durante la cual los territorios actuales de
Egipto, Irak, Siria, Jordania y el Levante palestino constituyeron importantes puntos de
referencia, encrucijada e intercambio) y su presente con las ideas de decadencia, de banalidad
o lujo estéril y de conflictividad permanente. A esta última imagen ha contribuido, sin duda, la

123 WENCESLAO ROSES, Algunas consideraciones sobre el vicio del modernismo en la historia antigua, México, UNAM,
1987, p. 17.
124 G. M. D. DE STE. CROIX, La lucha de clases en el mundo griego antiguo, Barcelona, Crítica, 1988, p. 102.
125 Cfr. CRISTINA DI BENNARDIS, “La centralización del poder político y el Estado en las sociedades antiguo-orientales:

reflexiones sobre teorías e interpretaciones”, en Cristina Di Bennardis, Iannir Milevski y Eleonora Ravenna (eds.),
Diversidad de formaciones políticas en Mesopotamia y el Cercano Oriente. Organización interna y relaciones
interregionales en la Edad del Bronce, Barcelona, Institut del Pròxim Orient Antic, Universitat de Barcelona.
126 Cfr. MICHAEL ROWLANDS, MOGENS LARSEN y KRISTIAN KRISTIANSEN (eds.), Centre and Periphery in the Ancient World,

Cambridge, Cambridge University Press, 1987; MARÍA EUGENIA AUBET, op. cit., pp. 77-90; CRISTINA DI BENNARDIS, FRANCO
D'AGOSTINO, JORGE SILVA CASTILLO e IANNIR MILEVSKI, "Relaciones centro urbano-periferia en la Mesopotamia Antigua y
Zonas Contiguas del Cercano Oriente", en: Rivista degli Studi Orientali 83 (1-4), 2010, pp. 10-29.
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historia más reciente de esas zonas, famosas desgraciadamente por haberse convertido en una
zona tremendamente castigada por todo tipo de conflictos (políticos, sociales, religiosos y
lingüísticos) que, por cierto, se debe muchas veces a la intromisión de grandes potencias
occidentales con intereses políticos y económicos en el tablero político local y que en todo
ignoran el milenario valor histórico y cultural de esos territorios y sus sociedades. Ciertamente,
la secuela de guerras, muertes y violencia que han venido sufriendo países como Irak, Egipto,
Siria y otros de Medio Oriente ha suscitado –y suscita– numerosos debates y polémicas, pero
nosotros quisiéramos concentrar la mirada en una problemática puntual derivada de
situaciones que han ocupado el centro de la escena política internacional: el impacto negativo
de tales conflictos sobre el patrimonio arqueológico y cultural y sus efectos sobre las
posibilidades de reconstrucción histórica a partir de los distintos materiales conservados. Nos
interesa abordar esta cuestión porque si bien en las últimas décadas se observa un aumento de
la información sobre la significación histórica que tienen los bienes culturales del pasado,
asistimos paradójicamente a la destrucción de los mismos o, más bien, de los mecanismos
sociales y soportes materiales que vinculan la experiencia contemporánea de las personas con
la de las generaciones anteriores, tendencia que Eric Hobsbawm no dudó en catalogar como
"… uno de los fenómenos más característicos y extraños de las postrimerías del siglo XX"127. Y
entendemos que ello se debe a que la preservación patrimonial no es una política universal,
sino que, como cualquier otra práctica social, cobra sentido dentro de concepciones culturales
particulares acerca del valor del pasado.
Aunque la mayoría de los medios de comunicación ha focalizado su atención más en la
cobertura y condena de las acciones de apropiación, vandalismo y destrucción de diversos
bienes culturales, la crisis humanitaria hace parecer menos significativo el daño que los
cañones, los bombardeos y los saqueadores han hecho a los objetos materiales frente a los
sufrimientos y las pérdidas humanas. Desde ya que las vidas humanas siempre serán más
importantes que cualquier artefacto, tal es nuestra posición y la queremos dejar en claro; pero
a la vez deseamos plantear el interrogante de por qué no interesaron esas mismas vidas antes
de las invasiones, masacres y genocidios. Sin embargo, tampoco deja de ser cierto que esas
acciones atentan paralelamente a las vidas humanas y a todos los productos del pensamiento
que, en rigor de verdad, conforman el invaluable patrimonio cultural de tales pueblos. Como
quedó demostrado desde el incendio de la biblioteca de Alejandría, la guerra no solo acaba con
la vida de las personas, sino también con el conocimiento que pertenece a toda la humanidad.
El saqueo de sitios arqueológicos, los robos de piezas de museos, la mutilación de estatuas, la
destrucción de archivos, bibliotecas y otros reservorios documentales, los grafiti en las paredes

127 ERIC J. HOBSBAWM, Historia del siglo XX, Buenos Aires, Crítica, 2001 [1994], p. 13.
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de edificios considerados monumentos históricos, entre otras actitudes, forman parte de los
desafíos a los que se encontraron -y encuentran- expuesto los bienes patrimoniales. En el fondo
de dichas prácticas existe un común denominador: de acuerdo con las circunstancias
sociohistóricas e ideológicas del momento que se vive, cada grupo humano asigna un valor
determinado a los objetos. En efecto, la atribución de algún tipo de connotación particular –
positiva o negativa– es preponderante para la fundamentación de las prácticas que resguardan
o amenazan los referentes culturales que resultan más significativos de una comunidad para la
construcción de su identidad y la validación de la memoria de un pasado común, elementos
siempre cambiantes, dinámicos y adaptables a los acontecimientos históricos
contemporáneos.
Aunque no existe un consenso total acerca de la cantidad de piezas extraviadas o mutiladas,
pero seguramente se trata de varios miles, haciendo que la pérdida patrimonial sea muy
importante; la misma ha sido una mezcla de robo de arte profesional, motín popular y vendettas
ideológico-religiosas, aunque no está todo dicho e materia de las causas motoras. Pero no es
difícil admitir que para ciertas personas esos elementos pueden resultar un gran negocio, en la
medida en que aún hoy el mercado negro de objetos arqueológicos es el tercero en volumen de
negocios -después del tráfico de armas y drogas- produce el enriquecimiento ilícito de muchos
comerciantes y gran parte de los materiales con que trafican están destinados al turismo, a los
salones de subastas de "antigüedades" y en particular a coleccionistas privados para quienes,
además de una buena inversión, es un signo de distinción coleccionar y exhibir el botín de los
despojos; mientras que para otras personas tales bienes constituyen una ofensa o bien un grave
peligro para determinadas creencias, en tanto representan un conjunto de ideas que entran en
tensión con un ideología considerada como la única y válida. Sin embargo, distanciándonos de
cualquier presupuesto de cuño etnocéntrico que postula una única manera de aproximarse al
pasado128, no puede negarse que para determinadas sociedades, entre las que se encuentra la
nuestra, los objetos saqueados y/o destruidos son considerados testimonios del pasado, obras

128 No es nuestra pretensión aquí adoptar una actitud que pudiera corresponderse a una sensación de perplejidad
y de absoluto rechazo hacia la apropiación y destrucción de testimonios del pasado amparada en un discurso que
opone un Occidente sensible y culto versus un Oriente fundamentalista y brutal. Antes bien, otra serie de factores
pueden evocarse para explicar los saqueos, robos y destrucciones. Tales actitudes pueden deberse, como ha
postulado cierta tesis, a la existencia en el mundo contemporáneo de modos de relación con el pasado que no
requieren de una colección de objetos materiales para entrar en contacto con él. Al respecto, cfr. MARCELO CAMPAGNO,
"¿El pasado de quién? Notas sobre las relaciones pasado-presente y Oriente-Occidente", en: Relaciones
Internacionales 32, 2007, pp. 1-14. Pero también pueden explicarse como respuestas de una población que padece
las condiciones derivadas de una sociedad quebrada por numerosas adversidades, desigualdades y otras tensiones
que, impuestas desde otro lugar y aprovechadas impunemente por ciertos sectores, están latentes como un riesgo
que detona el conflicto ante cualquier “oportunidad”. En efecto, las invasiones, derrumbe de gobiernos guerras
civiles crearon, en los diferentes países, una situación imposible de controlar: se contrabandearon antigüedades a
cambio de comida y bienes de primera necesidad, y aquéllas llegaron rápidamente a las manos de los coleccionistas
privados y también a las galerías de los grandes museos del mundo, los cuales pretenden -amparados en cierta
versión de la historia y del rol de Occidente en ella- "educar" con su ejemplo. Sobre esta tesis, cfr. EMANUEL PFOH,
"Notas sobre el saqueo de antigüedades en Irak y la memoria de Occidente", en: Relaciones Internacionales 32, 2007,
pp. 1-10.
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de arte u artefactos que dan cuenta de la historia de la humanidad, que merecen ser valorados,
conservados y estudiados y, por ello, constituyen pérdidas irreparables. Quien excava
clandestinamente, saquea, roba o destruye documentos, obras de arte y piezas arqueológicas
comete un delito, no sólo en el sentido de un acto que atenta contra la propiedad. Es también
un crimen que daña de modo irrecuperable la memoria histórica que esos mismos objetos
portan en sus coordenadas de espacio-tiempo y en relación con otros testimonios; gracias a
ellos se escribe y transmite la historia.
Si todo este drama deja una enseñanza, ésta es que los conflictos no sólo destruyeron una
cantidad aún no estimada de vidas humanas, sino también de vidas vividas en un pasado
remoto. Como indica Cristina Di Bennardis, es importante tener presente que
Vidas y restos arqueológicos pueden parecer dos cuestiones cualitativamente distintas, pero
no lo son: las vasijas, los monumentos, las tablillas, los restos óseos, son vida materializada.
Interrogando esas vidas pasadas encontraremos el hilo conductor hasta el presente. Su
eliminación no es la mera supresión de artefactos, sino la del interlocutor, el mediador, con
esos hombres y mujeres que lo fabricaron, los intercambiaron, los usaron, a quien puedo
'interrogar' para entender aunque sea en parte, el proceso histórico que culmina en
nuestros días. El objeto no responde de modo directo, pero sí da una respuesta sobre esas
vidas vividas cuando puedo reconstruir la mayor cantidad de las evidencias que se arman
como un rompecabezas que cobra sentido129.

En efecto, otros muchos hombres y mujeres del pasado, que habían dejado el secreto de sus
acciones escrito en papiros, tallado en el barro y las piedras o impreso en los edificios, han sido
condenados a una segunda y definitiva muerte con la destrucción de esas piezas arqueológicas.
A pesar de que pueda parecer algo insignificante, cada material destruido es una voz acallada,
una historia silenciada. Por este motivo, en tiempos en los que los conflictos del mundo
afroasiático se han impuesto en escena política internacional, es innegable que el conocimiento
de la historia de las sociedades del Cercano Oriente antiguo y de la riqueza de su producción
cultural puede ser un potencial camino para concientizar sobre el irrenunciable valor del
patrimonio como referente histórico significativo para construir la historia de la humanidad y
la identidad de un pueblo. Sobre esta última cuestión, Mario Liverani indicó que “además de la
ya creciente conciencia ecológica, precisamos también de una conciencia histórica todavía
ausente con el objetivo de evitar errores irreparables en las decisiones políticas y económicas
que afectan a todo el mundo y a su supervivencia”130. De ese modo, la significación de los
estudios históricos sobre el Cercano Oriente pueden legítimamente engarzarse con la

129 CRISTINA DI BENNARDIS, "La vivencia de la diversidad en las sociedades antiguas. Estado y comunidades: imposición

y resistencia. Mesopotamia entre el III y II milenios a. C.", en Ana Esther Koldorf (comp.), Multiculturalismo y
diversidad. Un debate actual, Rosario, Prohistoria, 2010, p. 18. Los destacados pertenecen a la autora.
130 MARIO LIVERANI, “Ancient Near Eastern History…”, cit., p. 9. La traducción nos pertenece.
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necesidad contemporánea por generar políticas culturales atentas a democratizar el pasado
colectivo y a promover la participación de las comunidades en la gestión de los distintos
artefactos correspondientes a su herencia cultural, incentivando que sus integrantes se
involucren de forma activa, opinando y tomando decisiones por sí mismos acerca de qué hacer
con los bienes patrimoniales, cómo protegerlos, mantenerlos y usarlos.
Ahora bien, para poder hacer válida esta serie de diferentes motivos acerca de la importancia
del conocimiento de la historia antigua próximo-oriental resultará preciso que, ante todo,
partamos de una clave hermenéutica que esté estrechamente vinculada con los requerimientos
actuales de la historiografía profesional, lo que –según nosotros– implica la redefinición del
objeto de estudio, la incorporación de herramientas teóricas y metodológicas distintas, en
muchos casos provenientes de otras ciencias sociales (antropología, arqueología, sociología,
economía, filosofía política, semiótica), y el uso de una multiplicidad de fuentes de información
(documentos, restos arqueológicos, imágenes, datos etnográficos, etc.). Pero también de una
práctica historiográfica que sea lo suficientemente ontológica como para permitir el
reconocimiento e interpretación de los patrones culturales a través de los cuales los distintos
grupos humanos han organizado su existencia e interactuado; y lo suficientemente sugerente
como para suministrar un tipo de horizonte ético que posibilite alentar que en las sociedades
actuales se mantenga la diversidad cultural existente en un marco de respeto y reconocimiento
del pluralismo. Una dirección epistemológica capaz de sostener ambos objetivos proviene de
una perspectiva intercultural de la historia131 que parta del principio de que las sociedades
pasadas constituyen per se una “forma de alteridad” que debe ser estudiada y reconstruida en
su diferencia y especificidad temporal, espacial y cultural 132. Son estas premisas y
proposiciones las que, en definitiva, permiten sostener que la historia antigua oriental
constituye un saber que además de colocar a cualquier persona frente a “otras” realidades
socioculturales del pasado, también brinda la posibilidad de expandir sus horizontes de
interlocución cultural en el presente.

REFLEXIONES FINALES

Vivimos en una época en la cual los campos de la ciencia y de la tecnología parecieran estar
dominados por una tendencia alejada de los cánones más elementales de una metodología
científica y más bien cercana a una lógica de mercado (investigación a corto plazo, utilización
eficiente de recursos, resultados inmediatos y aplicación directa), fijando una agenda que

131 Cfr. XAVIER RODRÍGUEZ LEDESMA, Una historia desde y para la interculturalidad, México D. F., Universidad Pedagógica

Nacional, 2008.
132 Acaso sobre este principio, Michel de Certeau subrayó que la totalidad del conocimiento histórico trata

precisamente del conocimiento del Otro. Cfr. MICHEL DE CERTEAU, La Escritura de la Historia, Lomas de Santa Fe,
Universidad Iberoamericana, 1993 [1978], p. 16.
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determina cuáles son temas que deben ser priorizados, las teorías a ser utilizadas, las hipótesis
a ser trabajadas, las técnicas a ser implementadas, qué estilo y el lenguaje aplicar y sobre todo
cuáles son los resultados aceptables. Visto desde esta premisa resultante del influjo del
pensamiento neoliberal, ciertas áreas del conocimiento son consideradas como “válidas” y
“prioritarias” por tener un impacto relevante en el desarrollo socioeconómico y el avance
técnico-científico, mientras que otras son tenidas por “superfluas” e “innecesarias” y
desechadas rápidamente –como si fueran el diario de ayer– por no incidir de la misma manera.
No sorprende, por tanto, que los conocimientos producidos por las ciencias sociales y
humanísticas, entre los que se encuentran aquellos vinculados con la historia, traigan las de
perder en ese contexto ideológico. Entonces, ¿por qué deberíamos invertir tiempo y energía en
estudiar lo que lo sucedió en la historia –y, en particular, en la historia antigua próximo-
oriental– cuando vivimos en sociedades apremiadas por abandonar el pasado (como si fuera
algo superado, rechazado o inefectivo) y resolver los problemas del presente que nos impiden
avanzar hacia el futuro? ¿por qué deberíamos estudiar un período histórico tan acotado que
sólo sirve para el entretenimiento y placer de unos pocos?
Cuando se sostiene la supuesta superficialidad de los estudios de historia antigua en el medio
local, lo que en el fondo se está proponiendo –o, incluso, legitimando– con este tipo de planteos
pseudoacadémicos es la existencia de una división entre centros y periferias en el plano
académico-científico internacional. Sin embargo, los historiadores argentinos –y
latinoamericanos en general– debemos cuestionar sin duda los discursos socialmente
aceptados en nuestras culturas científicas, en particular aquellos que postulan que esos
territorios historiográficos no responden a los intereses “nacionales” o que los mismos están
lejos de la realidad y las necesidades del presente. Debemos dejar de concebir las distintas
experiencias histórico-culturales no americanas como patrimonio exclusivo de ciertos sectores
académicos de Occidente y de auto-excluirnos del estudio y la investigación de ese período
histórico. Sustentar esta postura no implica regatear el derecho de interpretar la historia a los
centros académicos estadounidenses y europeos, pero sí defender la universalidad del
conocimiento proclamar y proclamar que los argentinos tenemos también derecho al acceso y
la producción de ese conocimiento, igual que el derecho que pueden tener los habitantes de
cualquier nación del planeta. El mismo Jorge Luis Borges no pudo haberlo expresado mejor al
indicar, con esa prosa audaz e irónica que lo caracterizaba, que ciertos grupos intelectuales del
país “…simulan venerar las capacidades de la mente argentina” pero la limitan a tratar “algunos
pobres temas locales, como si los argentinos sólo pudiéramos hablar de orillas y estancias y no
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del universo”, ocultando que somos capaces de “manejar todos los temas sin supersticiones,
con una irreverencia que puede tener, y ya tiene, consecuencias afortunadas” 133.
Y como el derecho al conocimiento histórico debe ser al mismo tiempo derecho a practicar la
interpretación histórica, para poder entender cuáles podrían ser las aportaciones de la historia
del Cercano Oriente antiguo es preciso que nos desembaracemos de las dicotomías y prejuicios
que afectan negativamente este subcampo (debido a la adscripción de buena parte de sus
cultores a posiciones historiográficas anacrónicas) y pensemos otra serie de directrices
conceptuales –otras metáforas– para fundamentar la relevancia del estudio e investigación de
tal etapa histórica, un problema que no ha sido lo suficientemente identificado y trabajado
dentro del propio ámbito de la historiografía antigua. Este trabajo ha sido un intento por
abordar esta cuestión, en el cual –sin pretender dar una respuesta definitiva a la cuestión–
propusimos más bien algunos argumentos y reflexiones que pueden ser pensados como una
primera vía de acceso a una problemática bastante esquiva entre los historiadores dedicados
a este período de la historia de la humanidad. Argumentos y reflexiones que sostienen la
necesidad de afianzar una perspectiva hermenéutica intercultural que nos ayude a repensar
nuestros modos de relación con comunidades humanas con “otras” pautas culturales,
incluyendo no sólo a las sociedades del pasado sino también a aquellas del presente. Sin
embargo, advertimos que el estudio histórico de sociedades tan distantes de la propia –en
términos espaciales, temporales y culturales– demanda una operación historiográfica
compleja que soporta tres procesos fundamentales y complementarios: en primer lugar, al
tomar en cuenta las múltiples circunstancias históricas que promueven la organización y
desarrollo de la vida en comunidades dotadas de un profundo sentido de identidad, destacar
la naturaleza profundamente social de los seres humanos; en segundo lugar, advertir los
diversos elementos socioculturales que –desde los tiempos más remotos– contribuyeron a
soldar los lazos sociales, nos lleva a percibir la regularidad y diversidad de los procesos
históricos y nos hace percatarnos de los rasgos generales y singulares que los caracterizan; y
en tercer lugar, al entender que la historia no es solo una simple sucesión de hechos, sino el
producto de una construcción colectiva, de esfuerzos individuales y grupales, nos volvemos
conscientes de que todos tenemos una responsabilidad –personal y social– con lo que suceda
en la sociedad en la que vivimos.
Fue preciso, entonces, partir de una definición del Cercano Oriente como una entidad global –
conceptual antes que histórica o geográfica– en la que una amplia diversidad de formaciones
sociales se nos aparece como una especie de “laboratorio histórico” que, desde un pensamiento
histórico situado, permitían demostrar las invariantes de la conducta humana a través de los

133 JORGE LUIS BORGES, “El escritor argentino y la tradición”, en: Discusión, Buenos Aires, Emecé, 1986, p. 271
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siglos sin dejar de ubicarnos en las coordenadas espacio-temporales de los actores o
fenómenos estudiados. Siguiendo esta línea, afirmamos que estudiar la historia de las
sociedades próximo-orientales es absolutamente necesario para entender nuestra propia
época. Esto se debe a que hace varios milenios, en el Próximo Oriente, fueron macerándose los
cimientos de la humanidad, los legados políticos, sociales, tecnológicos, artísticos e ideológicos
sin los cuales el mundo contemporáneo no puede llegar a ser comprendido en su integridad y
complejidad. Los poblados, las ciudades, los Estados, los impuestos, los sistemas de escritura,
las redes de comercio, los tratados diplomáticos, así como un conjunto variopinto de
instituciones, objetos y costumbres existentes en nuestras vidas tuvieron, en efecto, su
temprana génesis a orillas de varios ríos que actualmente continúan fluyendo –si bien mucho
más contaminados–, y en el marco de sociedades sumamente diversas y complejas, cuyas
culturas, lejos de ser estáticas e inmutables, no estaban exentas de cambios ni eran herméticas
a los contactos e influencias del mundo exterior. Comprobar que en aquella lejana región ya
existían elementos y procesos fácilmente reconocibles hoy en día nos permite advertir que el
mundo tal cual lo conocemos comenzó a gestarse hace más de cinco mil años. En virtud de ello,
señalamos que al formar parte de la gran corriente de la historia humana, de un proceso que
se inició hace miles de años, resulta imposible no sentirse identificados con las distintas
experiencias de aquellos varones y mujeres del pasado cuando descubrimos que debieron
enfrentar los mismos problemas sociopolíticos, económicos y filosóficos que siguen
aquejándonos en tanto miembros de la misma especie. Al mismo tiempo, recordamos que
dichos problemas existenciales indujeron a esas antiguas comunidades a buscar respuestas
que se materializaron en modalidades de organización que presentaron configuraciones
concretas y específicas, resultado de su inscripción en “otras” lógicas culturales.
Si somos capaces de redefinir y acompasar nuestras visiones históricas del Próximo Oriente
antiguo a los tiempos historiográficos que corren, descartando perspectivas teóricas
tradicionales aún lo suficientemente fuertes como para sobrevivir no sólo en la cultura
académica sino también en el propio sentido común, seremos capaces de transformar
decididamente los modos de describir y analizar culturas del pasado que nunca fueron
estáticas, homogéneas, primitivas o cerradas sobre sí mismas, sino sociedades plurales y en
movimiento. No dejarse llevar por una lectura etnocéntrica del pasado y concebir a los pueblos
de la antigüedad como "otras" experiencias socioculturales son dos actitudes claves para poder
replantear las narrativas históricas canonizadas y repensarlas a la luz de los nuevos
paradigmas. Haciendo esto dispondremos de muchos más elementos no sólo para esgrimir
definiciones no etnocéntricas del pasado oriental preclásico, sino también para interrogar el
mundo en que vivimos y contraponerse a cualquier tipo de actitudes neutralizadoras,
represoras y descalificadoras de todo modo alterno de concebir la existencia humana. Desde
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esa perspectiva, sugerimos que estudiar la historia de las antiguas culturas próximo-orientales
tiene la potencialidad de hacernos personas menos dogmáticas y más reflexivas sobre la
realidad que nos rodea, capaces de sospechar de la supuesta racionalidad de tantos lugares
comunes, de batallar contra falsedades involuntarias o deliberadas sobre la supuesta
inevitabilidad de una sociedad fundada en principios neoliberales (tales como el
individualismo, la competencia y la acumulación) y de cuestionar las distintas prácticas que
amenazan con reducirnos a una pieza más en el engranaje del sistema. Al sostener esto, no sólo
estamos planteando la urgencia de criticar un "sistema-mundo" diseñado a partir de la
ideología del mercado, sino también la necesidad de poner en práctica una verdadera ética
intercultural que ponga a disposición evidencias que nos ayuden a entender y valorar formas
de vida que nos resultan extrañas, tanto del mundo antiguo como en el contexto actual de un
mundo globalizado. Por ello, insistimos que un mejor conocimiento de los procesos históricos
del antiguo Cercano Oriente puede aportarnos herramientas para poder relacionarnos con el
“otro”, el “diferente”, no ya como un inferior, carente e ignorante, sino como otro sujeto social
que ha sintetizado la cultura desde un lugar particular y desde una mirada particular.
Pese a esa enorme y significativa renovación académica que ha alcanzado hoy en día el campo
de la historia antigua oriental luego de haber discutido las perspectivas otrora hegemónicas,
no podemos afirmar que fueron abandonadas totalmente. Lejos de desvanecerse con el correr
del tiempo, persisten algunos de sus efectos en la opinión pública y en los medios de
comunicación social. En estos últimos, por ejemplo, la difusión mediática del Orientalismo
Antiguo a través de una oferta de programas de radio y/o televisión destinados a un público
masivo suelen ofrecer perspectivas muy superficiales que promueven la imagen de Egipto y
Próximo Oriente como civilizaciones únicas y “excepcionales”, transmisoras de un importante
legado cultural, diferentes de otras sociedades del mundo antiguo, o que develan los lados
menos conocidos, acaso oscuros y misteriosos sobre ciertos episodios y personajes de ese
mundo. Ello ocurre como consecuencia de la intervención de investigadores con limitada o nula
formación en historia antigua o de ciertos especialistas convocados para brindar
conocimientos publicitados como novedosos y superadores, aunque reglados por estrategias
de mercadotecnia y publicidad antes que por criterios académicos y científicos. El sistema
educacional favorece de igual modo la reproducción de este tipo de miradas sobre las
sociedades del antiguo Oriente de modo inconsciente y casi por inercia, tomándolas como
cuestiones de simple tecnicismo académico y naturalizando su influencia en las
interpretaciones del mundo histórico. Es bastante común que dichos prejuicios
historiográficos continúen estando presentes como los fundamentos epistemológicos a los que
se apela en algunos manuales de enseñanza media y en ciertos planes de estudio cuando se
trata de justificar el estudio de los procesos históricos que tuvieron lugar en aquellas
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coordenadas espacio-temporales. Frente a estos escenarios, será preciso que los futuros
profesores y licenciados en Historia, quien muy posiblemente deberán lidiar con actitudes de
subvaloración hacia la historia antigua oriental –y la disciplina histórica en general– y con
realidades de llamativa diversidad sociocultural en sus labores, adquieran la capacidad de
deconstruir las formas hegemónicas de discurso, apliquen de manera novedosa enfoques
provenientes de las ciencias sociales y ofrezcan visiones alternativas a la predominante.
Solo nos resta señalar una cuestión. Como habrá notado el lector, muchas de esas reflexiones
contienen elementos aplicables y válidos para repensar otros períodos históricos e, inclusive,
para toda la historia en su conjunto. Y esto es así puesto que, independientemente de las
sociedades y culturas del pasado que son objeto de estudio, es innegable que la reflexión en
clave histórica además de enriquecer las interpretaciones sobre el pasado, también ofrece
procedimientos que contribuyen a interrogar las miradas sobre la vida en común del presente.
En efecto, tal como planteó ya hace un tiempo Josep Fontana, la historia es una herramienta
intelectual que permite a los seres humanos “situar el presente en el centro de sus
preocupaciones” y ayudar a las nuevas generaciones a mantener viva “la capacidad de razonar,
preguntar y criticar para cambiar el presente y construir un futuro mejor” 134. Y constituir una
conciencia abierta a la posibilidad de construir un mundo más justo y solidario es una tarea a
la que, ciertamente, puede contribuir el estudio de la historia del Cercano Oriente antiguo.

134 Cfr. JOSEP FONTANA, La historia después del fin de la historia, Barcelona, Crítica, 1992, p. 144.

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