La casa de los espejos rotos
En un vecindario olvidado por el tiempo, se encontraba una vieja mansión abandonada
conocida como "La casa de los espejos rotos". Su fachada estaba cubierta de hiedras, y sus
ventanas, cubiertas de polvo, reflejaban apenas la luz de la luna. Nadie sabía exactamente qué
había ocurrido allí, pero los rumores decían que todo aquel que entraba encontraba algo que
jamás debía haber visto.
Sara, una estudiante de arte con una pasión por lo extraño y lo desconocido, escuchó las
historias durante una charla en el café local. Intrigada, decidió visitar la casa. Llevaba consigo
una cámara, su cuaderno de dibujo y una linterna.
La noche que eligió era oscura y fría, con nubes cubriendo la luna. Al cruzar el umbral de la
casa, una sensación extraña recorrió su cuerpo, como si algo invisible la estuviera observando.
El interior era aún más inquietante. Las paredes estaban cubiertas de espejos, pero cada uno
de ellos estaba roto, con fracturas que creaban formas casi humanas. Sara los miró con
fascinación, notando que, a pesar de las grietas, los espejos reflejaban cosas que no estaban en
la habitación: sombras moviéndose, paisajes desconocidos y figuras que parecían observarla
desde el otro lado.
Mientras exploraba, un espejo particularmente grande y bien conservado llamó su atención. En
él no veía su reflejo, sino una habitación idéntica a la que estaba, pero con detalles distintos:
un candelabro encendido, una mesa cubierta de papeles y, al fondo, una figura que parecía ser
ella misma, pero más pálida y con una expresión inquietante.
De repente, esa figura habló.
—Sara.
El corazón de la joven casi se detuvo.
—¿Quién eres? —preguntó, su voz temblando.
—Soy tú, o al menos la parte de ti que dejaste atrás.
Sara no entendió al principio. La figura le explicó que cada espejo de la casa atrapaba una parte
de quienes lo miraban: sus miedos, sus secretos y, en algunos casos, su misma alma.
—Viniste aquí buscando algo, pero cuidado con lo que encuentras. No todos los espejos
devuelven lo que les das.
Sara intentó apartarse, pero el espejo parecía tener una fuerza magnética. Las grietas en otros
espejos comenzaron a brillar, y las sombras que antes había visto ahora se movían hacia ella.
—Debes decidir —dijo su reflejo—. ¿Te quedarás aquí conmigo o aceptarás enfrentar aquello
que siempre has temido?
El miedo de Sara se transformó en determinación. Recordó todas las veces que había huido de
sus problemas, de sus errores y de sí misma. Esta vez no correría.
—No me quedaré aquí. Soy más que mis miedos —dijo, con firmeza.
El espejo comenzó a vibrar y, de repente, se rompió en mil pedazos. Las sombras
desaparecieron, y la casa pareció exhalar un suspiro. Sara estaba de vuelta en la entrada, con el
cuaderno en sus manos.
Cuando abrió el cuaderno, encontró un dibujo que no recordaba haber hecho: un autorretrato,
pero con una expresión serena y confiada que nunca había visto en sí misma.
Desde ese día, la casa de los espejos rotos quedó vacía, como si hubiera cumplido su propósito.
Sara, por su parte, entendió que enfrentarse a sí misma había sido el mayor desafío, pero
también la mayor victoria.