IGLESIA BAUTISTA
HISPANA COLUMBIA
Falls Church, 18-11-2012
Rev. Julio Ruiz, pastor
Mensajes de Reconciliación
EL BESO DEL OFENDIDO
(Génesis 33:1-10)
INTRODUCCIÓN: ¿Ha pasado por algún sentimiento de rabia porque alguien le ofendió y no
ha visto que se haga justicia? ¿Conoce algún caso donde alguien que se dice ser un cristiano
ofende a otro y todo sigue igual sin que haya una disposición de pedir perdón? ¿Le ha tocado
enfrentar una situación donde siendo usted el ofendido va en busca del ofensor para pedir
perdón? Pues, si esa es su experiencia, usted ha recorrido el camino correcto que lleva al perdón
cristiano. Hay un personaje en la Biblia que responde a las presentes preguntas, y casi nadie le
pone atención porque parecieran tenerle más bien en el salón de la fama de los hombres malos
de la Biblia. Es más, su nombre es de tan mala reputación que esto sería lo último que buscarían
para ponérselo a uno de sus hijos. Estamos hablando de Esaú. Su historia está ligada a la de su
hermano Jacob, pues eran gemelos. Nos dice Biblia que la rivalidad de ambos comenzó aún en
el vientre de su madre Rebeca, tanto que al nacer Jacob salió con su mano trabada en el calcañar
de Esaú. Esto hablaba de la profecía que dos naciones estarían siempre en guerra. Los mellizos
nacieron cuando Isaac tenía 60 años (Gen. 25:26), y sus diferencias, a pesar de ser gemelos, eran
obvias. Todo comenzó porque Jacob aprovechó la oportunidad y se adueñó los derechos de
primogenitura de Esaú por un “plato de lentejas” (Gen. 25:27-34). Pasado otro tiempo aprovechó
la senectud de su padre Isaac y robó la bendición de la primogenitura destinada para Esaú (Gen.
27:27-29). Y para empeorar el estado de Esaú, el padre no le dio otra bendición sino que lo
remató con estas palabras: «Tú vivirás lejos de las riquezas de la tierra y lejos del rocío que
desciende de los cielos. Vivirás de la espada y servirás a tu hermano. Sin embargo, cuando
decidas liberarte, te sacudirás su yugo del cuello» v. 30. ¿Cómo piensa usted que vivió Esaú
todo este tiempo? El odio, rencor y los celos tuvieron que ser sus compañeros, mientras vivía
maquinando el plan para matar a su hermano Jacob. Sin embargo, algo pasó en este hombre. En
el pasaje de hoy lo vemos en el camino del perdón, buscando a su hermano, no para matarlo sino
para perdonarlo. Así es como opera un corazón que primero recibe el perdón y luego busca al
ofensor. El acto de abrazar, besar y llorar es un cuadro que nos invitada a tomar ese ejemplo y
ver el significado del “beso del ofendido”, lo que será el tema para esta ocasión.
I. EL BESO DEL OFENDIDO ES EL PRECIO CON EL SE CANCELA LA
DEUDA AL OFENSOR
1. La deuda por aborrecimiento (Gn. 27:41). El aborrecimiento de Esaú tocó niveles muy
peligrosos, pues el deseo de venganza no se apartó de él por mucho tiempo. Tan grande fue su
determinación respecto a otro homicidio como el de Caín y Abel, que Jacob tuvo que huir por su
vida. Aquel aborrecimiento por su hermano generó en él una “raíz de amargura” según el relato
de Hebreos12:15-17. Y la verdad es que lo que le pasó a este hombre pareciera “justificar” su
odio. Tuvo un corazón afectado por más de veinte años, lo que nos hace ver cuánto pudo
profundizar esa condición en tan largo tiempo. ¿Por qué una “raíz de amargura”? Porque ella es
el resultado de muchas ofensas que no podemos olvidar, esas cosas que repetimos una y otra vez
dentro de nosotros hasta que crecen en forma desproporcionada, invadiendo todo nuestro ser. Y
todo viene de las ofensas más notables que las personas han cometido en contra de nosotros. Y
cuanto más tiempo les permitimos crecer y las albergamos, más poderosas se harán . Es así como
llegamos a tener muchos hermanos “Esaú”, que al no perdonar de corazón una ofensa, dejan que
las raíces de resentimiento se queden allí por largos años. Esto es causa de derrota constante.
Pero todo sentimiento tiene su curso y necesita tiempo para su resolución. La iniciativa de Esaú
nos demuestra que la deuda del aborrecimiento debe ser cancelada para lograr la felicidad. ¿Ha
cancelado esa deuda? ¿Ha sacado esa raíz de su corazón? ¿Vive bajo esos temores todavía?
2. La deuda por la preferencia (Gn. 25:28). Aunque quizá no fue intencional, Isaac y Rebeca
le hicieron un gran mal a su hijo Esaú. El que cada uno tuviera su hijo preferido produjo una
rebeldía en el corazón del hijo “desposeído” de la bendición. Esaú vivió con el recuerdo que su
madre fue la corresponsable de perder su bendición. Hay en esto algo grave. Si bien es cierto que
Dios conocía el corazón profano de Esaú, y que al final él no sería quien iba dar cumplimiento a
la promesa de Abraham, el haber hecho las cosas como lo hizo Rebeca empeoró la relación
familiar que ya estaba fracturada. Esaú no solo desarrolló una amargura hacia su hermano Jacob,
sino que también creció con un descontento hacia sus propios padres al ver como perdió los
derechos de hermano mayor. Esta experiencia se repite en muchos hijos en el día de hoy. Cuando
los padres se dividen en preferencia por sus hijos, crean problemas de autoestima y de auto
conmiseración. Es allí donde se hace necesario el perdón para borrar las secuelas de las ofensas
pasadas. Y no veo otro camino como la reconciliación con Cristo para lograr esto. Solo una
actitud de cambio podrá mejorar una relación quebrantada y traer una bendición insospechada.
Que le parece, Esaú, el hijo malo de la historia, al final contribuyó para esto (Gn. 33. 4).
II. EL BESO DEL OFENDIDO ES EL ARMA QUE PONE EN LIBERTAD AL
QUE HA COMETIDO LA OFENSA
1. La angustia del ofensor (Gn. 32:6, 7). “Todo muchacho malo al final es un cobarde”, dice un
aforismo criollo. ¿Le pasaría esto a Jacob? La historia del otro mellizo está salpicada de astucia,
engaños y querer salirse siempre con la suya. Pero sus “travesuras” a larga hicieron de él un
hombre con muchos temores. Él sabía lo que le había hecho a su hermano. Vivió con ese
recuerdo. La posibilidad que algún día Esaú lo encontrara estaría siempre en su mente. Todo esto
produjo en el astuto Jacob un gran temor. Ha oído que su hermano venía acompañado de
cuatrocientos hombres. Esto lo aterra. Ahora ve que su final se acerca. El tiempo de pagarle a su
hermano todo lo que le hizo ha llegado y el sueño se le ha ido. Los temores por lo que pueda
pasarle a su familia son imponderables. Así que estando en tales circunstancias resuelve quedarse
solo. En medio de sus justificados temores reconoce que debe buscar ayuda divina. Y la
situación era tan serie que en el camino se encontró con ángeles (32:1). Luego hizo una de las
más grandes oraciones que se conozca en la Biblia (9-12). Después luchó con un ser espiritual
misterioso a quien no soltó hasta obtener la bendición (24-28). Mis amados hermanos, la mejor
manera de ir al encuentro con el ofendido es primero tener un encuentro divino. Cuando Dios
vence nuestro carácter quedamos preparados para enfrentar al que hemos ofendido en la vida.
2. El día de la libertad. Jacob tuvo muchos días cargados de emociones. Uno de ellos fue
cuando le quitó la primogenitura a su hermano por aquel célebre “plato de lentejas”. Aquel pudo
ser un día de satisfacción, pues pasó a ser el heredero directo con todos los privilegios que
encerraba la primogenitura. Otro día importante fue cuando le robó la bendición a su hermano,
producto del engaño conocido. Aquel pudo ser un día mesclado de sentimientos por la forma
cómo se dieron los hechos y la manera descarada cómo le robó la bendición más importante al
hijo mayor. Otro día importante tuvo que ser cuando Labán le entregó a Raquel, después de siete
años de trabajo. Su amor era tan grande que no le importó esperar todo ese tiempo. Pero ahora
se enfrenta al día que pudo ser el más fatídico de su vida. El día que nunca quiso que llegara.
Ahora se acabó el “astuto engañador”. El temor por una muerte segura y también su familia, lo
ha llenado de consternación. Pero lo que llegó a ser el final de su vida, se convirtió en el día de
su libertad. Oh, amados, cuánta verdad hay en esta historia. Hay temores en nuestras vidas que
los traemos por años que nos han daño. Pero el día llega cuando debemos enfrentarnos a lo que
nos ha robado el gozo y la paz por tanto tiempo. Hablamos del día del perdón que nos lleva a la
libertad. Sorprendentemente el ofendido pone en libertad al ofensor. Esto es gracia divina.
III. EL BESO DEL OFENDIDO PONE AL DESCUBIERTO EL PODER
TRANSFORMADOR DE LA GRACIA
1. Un rostro diferente v. 10. Hay algunas consideraciones respecto al real propósito de Esaú
para encontrarse con su hermano Jacob. Algunos sostienen que el hecho de venir con
cuatrocientos hombres, todos ellos guerreros, planteaba una intención típica de una venganza
esperada por tantos años. Como quiera que haya sido ahora el ofendido ha cambiado su corazón.
Jacob y Esaú habían vivido por más de veinte años separados. Para ambos aquel fue un tiempo
de pena, temor y soledad. ¿Puede imaginarse a dos gemelos viviendo separados por tanto
tiempo? ¿Cuántos recuerdos de la niñez y cuántas vivencias formarían parte de sus pensamientos
al acostarse? Pero ahora estamos en presencia de algo extraordinario. La gracia divina cambia
todas las cosas. La amargura del corazón no tiene por qué acompañarnos cada momento.
Imaginémonos el cuadro. El rostro de Esaú tuvo que ser de una temida presencia, debido a su
condición de hombre fiero y habituado cazador, capaz de intimidar a sus más grandes
adversarios. Jacob estaba consciente de esto. Pero mire lo que finalmente dijo cuando se
encontró con él: “… he visto tu rostro, como si hubiera visto el rostro de Dios”. ¿No es esto
extraordinario? ¿No es esta la obra maestra de Dios? Mis amados, el rencor no tiene por qué
estar siempre en el corazón. El perdón tiene la misión de producir un acercamiento capaz de
romper los corazones más duros para descubrir luego un rostro lleno de amor y gracia divina.
2. “… pues que con tanto favor me has recibido”. Una persona que ha tenido un encuentro
con Dios no puede vivir sino con un deseo de reconciliación. La falta de una reconciliación real
entre los hermanos les hace daño a ellos mismos y a los que están cerca. La iglesia no puede
impactar a otros cuando en su seno hay creyentes que pasan los años y todavía mantienen
rencores, enojos y raíces de amarguras. Jacob ahora está sorprendido. Lo que está viendo
pareciera no ser cierto. La estrategia que ideó por si su hermano le atacara no funcionó. El
hombre que siempre pensó que era un león, con ansias de devorar, ahora es un cordero. Jacob
descubrió que la carrera de Esaú no fue para matarlo, sino para abrazarlo, besarlo y llorar en su
hombro. Lo que él ahora está viendo es al mismo Señor. El rostro marchitado por el sol y la
amargura, ahora brilla. Hay un resplandor glorioso en quien nunca pensó oír alguna frase de
amor. Allí, muy cerca a sus oídos, escuchará las palabras: “Hermano, ya no temas más. Estoy acá
para decirte que te amo y para pedirte perdón por todo el tiempo que quise matarte”. Y mientras
él dice eso, Jacob comienza a llorar, y también le dice: “Perdóname, hermano, por estos años que
te hice vivir en esta amargura”. Y allí, en presencia de soldados, esposas e hijos, se da una escena
de reconciliación nunca antes vista desde la creación. Solo la gracia de Dios produce el perdón
auténtico. El beso del ofendido borra más de veinte años de odio, venganza y soledad. Esto es así
porque el creyente nació para vivir sin rencor porque para eso Cristo nos hizo libres.
IV. EL BESO DEL OFENDIDO LOGRA LA SANIDAD EN LAS RELACIONES
PARA QUE CADA UNO SIGA FELIZ SU CAMINO
El versículo 18 pudiera ser el más importante de esta historia de perdón. Jacob estaba preparado
para lo peor. Todo lo que hizo previo al encuentro con su hermano (enviar sus mensajeros para
hablar con Esaú, el regalo de quinientos cincuenta animales, la distribución de la familia y
después la actitud de inclinarse siete veces hasta llegar a Esaú), era una clara señal que buscaba
desesperadamente el perdón ante una muerte segura. Y en efecto así sucedió. La misericordia de
Dios no le abandonó jamás. El momento de enfrentarse a su hermano fue victorioso. Las
palabras “sano y salvo” son un elocuente mensaje que nos indica la victoria que trae el perdón.
La sanidad emocional es a veces más importante que la física, pues trae paz donde antes hubo
odio y salvación donde antes no había esperanza. La forma cómo Jacob fue auxiliado por Dios
nos muestra toda la paciencia y misericordia que él tiene para con todos nosotros. Hay “raíces de
amargura” en nuestras vidas que simplemente no nos dejan avanzar. Sentimientos de odio hacia
hermanos, padres y demás familiares que nos han acompañado por años que no nos dejan ser
felices. Pero el encuentro donde hay abrazos, besos y lloros trae sanidad y la más grande
bendición a la vida. Cuando esto ocurre ambos, el ofendido y el ofensor, podrán seguir su
camino hacia la prosperidad y el logro de sus planes (Gn. 36:6, 7). William Shakespeare dijo: “El
perdón cae como lluvia suave desde el cielo a la tierra. Es dos veces bendito; bendice al que lo da
y al que lo recibe”. El perdón abre el camino a la autentica felicidad. ¿Qué espera para perdonar?
CONCLUSIÓN: Al final nos preguntamos ¿Por qué perdonar? ¿Por qué sacar de la vida la “raíz
de amargura”? Bueno, porque no hay otra manera de vivir la vida cristiana. El principio es que
“de la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros” (Col. 3:13). Después del
encuentro, Esaú y Jacob siguieron sus caminos. Allí pusieron fin a veinte años de odio, perdón y
deseos de venganza. “El beso del ofendido” cancela toda deuda del ofensor y lo pone en libertad.
Pero sobre todo, el “beso del ofendido” es el rostro más visible que alguien fue tocado por la
gracia, trayendo al final sanidad y salvación. ¿Quiere usted seguir un camino de paz y
prosperidad o seguir viviendo con una “raíz de amargura” que le impide avanzar? Usted decide
qué tipo de vida quiere tener. Cristo nos ha perdonado para que nosotros hagamos mismo.