Shakira ya nunca cantará como antes
“Hoy es un día de aquellos en que miro hacia el
cielo tratando de descifrar el que estés.”
-Un poco de amor, Shakira.
Cuando conocí a Chara un primero de febrero hace más de ocho años inmediatamente supe que
podría quedarme mirando sus ojos toda una vida; ella siempre alegó que nos conocimos un treinta
y uno de enero para que nuestro encuentro coincidiera con una cursi canción de Shakira que
siempre canturreaba. Risauria Espinoza Mercado odiaba su nombre, decía que era horrible y que
parecía de doña desabrida, siempre prefirió que la llamaran: Chara, según ella era el nombre de la
segunda estrella más brillante de la constelación de Canes Venatici. Chara siempre me decía que
Shakira era Dios en la tierra, que tenía la voz más hermosa del mundo y que el movimiento de sus
caderas podría provocar maremotos en los océanos.
Chara se colgó en su cocina el 18 de octubre del año pasado, en la mesa dejó una nota que
decía: «Shakira ya nunca cantará como antes, aún así, Andrés, quiero que lleves mis cenizas a un
concierto suyo, siempre quise ir a uno. Te amo, lo siento…» No puedes negarle una última
voluntad a tu novia suicida, tuve que cumplir el deseo de esa loca que me amó. Al velorio solo
fuimos tres personas: su tía Romelia, mi abuela y yo; no sé porque nadie más fue, Chara a
diferencia mía tenía vida social. Al término de las exequias nos dieron una caja con sus cenizas,
estas las dividimos en dos tantos, la tía Romelia se quedaría con uno para albergar junto a la
madre de Chara y yo me quedaría con el otro para cumplir su retorcida última voluntad. Aunque
fuimos novios por siete años no sabía muchas cosas de Chara, no tenía idea de la muerte de su
madre, recuerdo que lo único que alguna vez mencionó de ella era que cuando niña su madre
ponía el disco “Pies descalzos” de Shakira para hacer el quehacer, que ambas terminaban
bailando y con la casa limpiecita. Cuando nos conocimos recursando una clase, hicimos equipo
solo porque nuestros lugares estaban cerca y lo primero que me preguntó fue «Oye, ¿te gusta
Shakira?» así era ella, animada y torpe, con la sonrisa más radiante que pudieran imaginarse, esa
sonrisa que se dejaba sentir por todo el espacio. Obviamente su principal tema de conversación
versaba siempre sobre Shakira. Era una enciclopedia humana de ella, afirmaba que “¿Dónde
están los ladrones?” fue su mejor disco por el número de sencillos, pero que “Fijación oral vol. 2”
era el que más dinero había recaudado vendiendo ocho millones de copias a nivel mundial; que el
sencillo “Underneath your clothes” fue su primer éxito mundial y no “Whenever, whenever” como se
cree. Afirmaba que después de su álbum “Loba” ella se hizo comercial y que ya nunca cantó igual.
Siempre que la cuestionaba sobre su desmesurada obsesión me respondía con un «cómo no
amarla, Shakira es Dios en la tierra». Yo sabía que había algo en las antiguas letras remilgadas y
melosas de Shakira que conmovían a Chara, algo que era plenamente suyo y que los demás no
comprenderíamos. Ahora que lo pienso, nunca entendí porque alguien tan anodino como yo
terminó gustándole a ella, tuve suerte de conocerla, ¿Por qué las personas deciden acabar con su
vida? ¿Por qué te mataste Chara? ¿Por qué tengo que llevar tus cenizas a un maldito concierto y
por qué con lo único que puedo recordarte es con las estúpidas canciones de Shakira?
Supe que Shakira daría un concierto en la capital el cuatro de noviembre; era en menos de un
mes y todas las entradas estaban vendidas, con suerte podía comprar con un revendedor un mejor
lugar. Vendí algunas de mis cosas para juntar algo de efectivo y también robé, digo, tomé prestado
dinero de mi padre; me faltaba el dinero de la entrada, ya que pensaba ir al concierto regresar justo
después y con eso ahorrarme el alojamiento. Pedí lo que me faltaba a mi abuela con el pretexto de
un viaje escolar. En menos de una semana junté el dinero y había planeado el itinerario para que
las cenizas de mi difunta novia suicida fueran a un concierto de Shakira.
El viaje fue accidentado y con demoras, pero eso es lo que uno espera al viajar en autobuses
de tercera. Intenté ir caminando al lugar del concierto, como era de esperarse, me asaltaron
quitándome todo lo que tenía, incluyendo la caja con los restos de Chara. ¡Qué mierda! unos
malnacidos se habían llevado las cenizas de mi difunta novia suicida en mis malditas narices solo
por ahorrarme unos míseros pesos, nunca en mi vida me había sentido tan desesperado, tan
idiota, tan insignificante. Recuerdo que lloré como nunca, sentía que todo era un caos, que nada
tenía sentido y que le había fallado a quien más me había amado. No sabía qué hacer después de
aquello, así que solo caminé, esperando sentirme menos imbécil y miserable, seis cuadras y
entonces fue cuando la vi, la cajita tirada en una esquina de la calle toda abierta, corrí hasta allí, ¡sí,
era la caja de las cenizas! Me cercioré de que en el interior estuvieran aún las cenizas de Chara y
sí, di el mayor suspiro de alivio en mi vida en ese instante, los ladrones solo se llevaron la mochila
con el lunch que llevé y dejaron ahí tirada la caja de cenizas que al parecer abrieron por curiosidad.
¡Menudo susto! Estaba con las cenizas de Chara en las manos, quebrado y recuperándome del
percance, aún había motivos para ser optimista, además faltaban poco menos de dos para el
concierto, aún podía entrar. Me la tenía que jugar sí o sí. Para mi fortuna pude llegar caminando al
concierto sin ningún nuevo sobresalto, me propuse colarme, Shakira lo entendería, todo sea por
cumplir la última voluntad de Chara. Como no podría entrar con una cajita llena de restos de mi
difunta novia suicida a un concierto tuve que improvisar; encontré una bolsa vacía de Cheetos
Flaming Hot en la calle, la sacudí y metí las cenizas de Chara ahí, luego la enrollé y la introduje
apretujada dentro de mis pantalones, Chara se hubiera reído de aquello, de que entraría colada a
un concierto de Shakira muerta, toda incinerada dentro de una bolsa de Cheetos metida en la
entrepierna de su novio.
Déjenme decirles que las películas de ninjas no te preparan para esto, el acto sigiloso de pasar
desapercibido entre la masa de gente para entrar a un concierto es más complicado de lo que
parece, principalmente si hay tipos y rejas de más de dos metros. Chara, si alguna vez te vuelvo a
ver me las vas a pagar todas malnacida loca amante de Shakira, ¡lo que uno hace por ti! Bueno, ya
estaba ahí e iba a entrar y ningún orangután de más de dos metros me podría decir lo contrario.
Aproveché cuando los asistentes se amontonaron mientras los guardias pedían las entradas
colándome rápidamente entre los pies de uno, luego de entrar escalé, no sé aún cómo, la
imponente reja de más de dos metros. Caí de brazos sobre un toldo, estaba dentro. Los guardias
habían dado aviso a sus compañeros. Le quité a una chica que iba delante su gorra rosada y me la
coloqué encima, con eso los burlé.
El concierto empezó con “Rabiosa” y se apagaron las luces, me sentí seguro, el público
enloqueció. Siguieron “Gitana” y “Loba”, fue ahí, en medio de tantas personas y con las cenizas en
la entrepierna que me sentí inmensamente solo y abrumado, no entendí nada de lo que cantaba
Shakira, ¿por qué no cantaba baladas como “Antología”? ¿Por qué no cantaba sus antiguas
canciones? Ocho años de estar junto a Chara me habían hecho conocedor de las canciones
viejitas de Shakira para bien o para mal. Me sentía engañado, estaba inmensamente afligido
porque Shakira ya no era la misma, no era la misma que recordaba cuando Chara canturreaba
animadamente a todo pulmón sus canciones. Me invadió un descomunal sentimiento de vacío,
quería salir de ahí con los recuerdos de Chara intactos en las canciones de Shakira. Fue ahí
cuando sentí una mano en la espalda, y de repente caí de bruces al suelo, me habían pescado los
guardias.
Fui esposado y escoltado por los guardias a un remolque donde esculcaron cada centímetro de
mi cuerpo, encontraron una protuberancia en la entrepierna y me pidieron que me quitara las
pantalones, fui ahí donde encontraron la bolsa de Cheetos flaming hot con las cenizas de Chara.
Entonces tuve que contarles a todos ellos la absurda y estrambótica última voluntad de mi fallecida
y suicida novia con la historia de mi accidentada travesía. Se pusieron a reír, luego me tomaron por
mentiroso y demente. Me quedaría ahí, esposado en el remolque hasta terminar el concierto, luego
definirían mi situación. Una hora después de terminar el concierto, un guardia me dijo que tendría
que esperar a su superior, este llegó quince minutos después y me dijo que esperara un poco más,
a mi alrededor se empezó a sentir cierto desconcierto, no entendía el por qué. Media hora después
llegó ella al remolque, la mismísima Shakira, Dios en la tierra había venido a verme en persona.
«Así que tú fuiste el loco que se metió de polizón a mi concierto con las cenizas de su novia dentro
del pantalón, vaya, un placer » me dijo Shakira sonriendo, «el pla-pla-placer es mío» respondí
tartamudeando y todo nervioso. Era Shakira después de todo, si tan solo Chara estuviera aquí.
«Quiero que me cuentes tu historia, el jefe de seguridad me habló un poco de ti y no puedo creerlo,
¿sabes?» me preguntó Shakira. «Claro» le respondí, y le conté la historia de Chara, mi historia;
cuando la conocí en preparatoria, cómo Chara la amaba y admiraba con todo su ser, de sus
diáfanos ojos y gran sonrisa, que siempre canturreaba sus canciones. Lloré frente a Shakira
hablándole de Chara, la chica chalada a quien amé como nunca. Cuando terminó mi historia
Shakira lloró conmigo y me dio las «gracias», pero no iba a quedarme callado y le pregunté
«Disculpa señora, perdón Shakira, digo Isabel, como sea. Tengo una pregunta». «Si, adelante» me
respondió sonriendo. «¿Por qué tus canciones ya no son como antes? ¿Por qué tus letras ya no
hablan de sentimientos y por qué no te siento igual?». Shakira se quedó meditando unos
segundos, para luego responder «Bueno, siempre he sido yo, pero debes entender que un artista
debe ser multifacético y tratar de abarcarlo todo con su ser, en mis canciones siempre habrán
sentimientos aunque sus letras no sean complejas, el mercado me pide otras cosas pero no por
eso yo dejaré de ser la misma y dejaré de cantar con pasión». Antes de irse ordenó que me
soltaran y me dieran dinero para regresar a casa con las cenizas de Chara, su fan número uno.
Efectivamente, Shakira es Dios en la tierra.
Después de regresar de la capital fui inmediatamente a ver a Romelia, me preguntó si cumplí el
sueño de su sobrina y le conté todo lo sucedido. Luego ella me contó su historia con Chara: Chara
era huérfana, hija de su hermana a la que no había visto en años, que había llegado a parar a su
puerta. Su hermana había muerto estrangulada por el padre de Chara cuando ésta harta de sus
maltratos lo dejó, luego él se terminó suicidando. Ante tal horror Romelia se hizo cargo de la niña,
cuenta que la primera vez que la vio tenía bajo el brazo el disco de Shakira que su madre ponía
todos los domingos y tarareaba alguna canción de ella. Romelia finalmente me pidió que
esparciera las cenizas que tenía de Chara en algún lugar bonito con árboles o flores o el inmenso
mar.
Ya ha pasado más de un año, estoy aquí en el parque donde Chara y yo nos besábamos hace
más de cinco años, cargando sus cenizas. Aún no tengo el valor para esparcirlas, no quiero
deshacerme de ella, estoy tarareando “Días de enero” y la tarde es demasiado hermosa como
para estar triste. Sé que con el paso del tiempo el dolor se irá aminorando hasta algún día irse, mas
no quiero ser un ingrato y olvidarme de Chara, quiero que siempre se quede conmigo y que su
recuerdo nunca se esfume. Mientras tanto solo me quedan las canciones de Shakira y estas
cenizas. Solo me queda eso y nada más. Pues Shakira nunca cantará como antes.