Rev. Segundo Llorente, S.J.
8110 Jewel Lave Rd.
Anchorage, Alaska 99502
U.S.A.
17 de febrero de 1975
Rvda. Madre Priora
La Encarnación,
Ávila, España.
Querida y venerada Madre:
Algo tarde va estar carta, pero mejor es tarde que nunca. Quiero agradecerle su carta, así
como la esquela en la que veo que la Hna. Teresa Margarita es mi capellana, a la
hermana quiero también agradecer la nota que me envió prometiéndome oraciones y
sacando a relucir a “Jesusín monín” como para hacerme recordar aquella tarde
inolvidable que pasamos juntos en la Encarnación. Veo que nuestra virtud especial para
este año de 1975 es la MANSEDUMBRE. ¡Ay qué virtud tan difícil! Tan difícil que
sobrepasa nuestras fuerzas y no se puede poseer sin una gracia especialísima de Dios
que se definió a Sí mismo: “MANSO y humilde de corazón”. Y dijo que aprendiésemos
de Él. Se puede afirmar que la virtud más difícil es la dulzura de corazón, la sonrisa
entre lágrimas, el perdón inmediato y total, el hacer la vista gorda a los desplantes y
faltas de caridad con una, el hacerse la desentendida en las pretericiones, el buscar en
todo el último lugar con la mayor naturalidad. La dulzura de corazón nace de la
meditación íntima de la Persona del Salvador. Todos leemos y oímos cosas de Jesucristo
y meditamos en Él y le rezamos y le visitamos en el sagrario y le recibimos en la
Eucaristía, pero muy pocos le calan por dentro, o por lo menos hay muchos grados en
ese calarle por dentro.
Yo creo que al Señor no se le conoce lo bastante mientras no se crucen las dos miradas:
la de Él y la nuestra. Una vez oí una copla que decía “Tus ojos me han de llevar -camino
de cementerio-. Que si los abres- me matas- y si los cierras me muero”. Los ojos del
Señor, ¡esos sí que matan! Si se los ve tristes, el alma muere de pena. Si se los ve
sonrientes y dulces, el alma se extasía. En el cruce de estas dos miradas se zurce la
trama de las santidades más estupendas, porque de los ojos de Cristo le viene al alma un
torrente de gracias. El secreto está en captar esa mirada y no perderla mientras sea
posible. A Dios le basta una mirada para cambiar un alma. Pues ¿qué será mirarle y ser
mirados por Él a diario? Después de una de esas miradas, el alma ya no es ni puede ser
la misma. Entonces la mansedumbre brota como el agua de un manantial; pero para
mirar así a Cristo hay que apartar la mirada de muchas otras cosas.
¿Tenía mansedumbre la Madre Maravillas? Ustedes que la conocieron lo saben mejor
que yo. Aprendió del Señor a ser mansa y humilde de corazón. Yo he estado pensando
en ella y me he preguntado por qué querrá el Señor glorificarla a toda prisa. Y me
respondo a mí mismo diciendo que Dios aprueba el amor de la Madre de la Orden
Carmelitana tal y como se la inspiró a santa Teresa sin cambios ni novedades ni
truncamientos ni falsas renovaciones ni nada de todo esto que el infierno nos está
metiendo en la Religión. Y si el ejemplo de la Madre Maravillas no se sigue en las
comunidades de vida femenina (y dígase otro tanto de la masculina) ocurrirá lo que
ocurre en los terremotos, que, si son fuertes, caen edificios y muere gente. Y esta crisis
de vida religiosa es como un terremoto. Desaparecerán no solo conventos, pero incluso
congregaciones religiosas. Por eso la Madre Maravillas es como un toque de corneta
que nos da el Cielo. Los que lo desoigan lo tendrán que pagar bien caro.
Cuando ahora leo a santa Teresa y veo lo que dice en la Encarnación, vuelvo a recorrer
los tránsitos y “escondrijos” que me mostraron, cosa que tendré siempre como un
privilegio que nunca podré agradecer como se merece. Pero cuando las tengo envidia
por vivir ahí, como si el mero hecho de vivir ahí bastase para la santidad, reacciono y
digo: No el vivir en la Encarnación, sino el vivir bien en la Encarnación es envidiable.
Muchas monjas han en ese monasterio, pero solo Dios conoce a las que han sido muy
mansas y humildes de corazón. No son las tapias del monasterio sino las entretelas del
corazón las que fabrican la santidad. Así y todo, como al fin y al cabo tenemos cuerpo y
sentimientos, las tapias del monasterio no dejan de tener su carga afectiva que influyen
lo suyo en las entretelas del corazón. Para mí fue también una gracia inmensa el haber
visitado Alba de Tormes, me imagino que la Humanidad gloriosa de Cristo por así decir,
al espaciar sus ojos por la faz de la tierra, tienen que parpadear de manera especial al
posarse en Belén y en el Gólgota, parpadeos muy diferentes, por ejemplo, a los que
producen los rastrojos de Castilla después de la recolección de la cosecha.
Bueno, de mi vida solo diré que sigo tirando como si por mí no pasaran los años,
aunque sí van pasando y rápidos; tanto es así que espero morirme cualquier día de estos.
Ya soy más viejo que Santa Teresa y le llevo 20 años a San Juan de la cruz ¿qué estoy
haciendo yo aquí? Y usted dirá: así es ¿qué hace ahí? Véngase a España y denos los
Ejercicios, y yo respondo: lo haría si se me mandase; pero ya nadie me manda nada. Tal
vez se da por supuesto que como Dios me llamó a Alaska, aquí me quiere. Y como yo
no hago nada más que meditar en ser manso y humilde de corazón, estoy aquí como
cordero en su rebaño sin apenas darme cuenta de que existen otros países fuera de esta
Alaska legendaria que ahora está silenciosa bajo montañas de nieve y que va poco a
poco emergiendo de la noche invernal; las noches de Alaska de 20 horas seguidas.
Esta carta va tirando a larga; usted dirá que se le hace corta. Decía el Padre Gar-Mar que
todo lo asombroso y estupendo se decía brevísimamente: “Hágase la luz”, “Hagamos al
hombre a nuestra imagen y semejanza”, “Esto es mi cuerpo”, etc. La carta ideal sería
una carta bajada del cielo que dijese nada más: “Madre Priora, Ud. Está predestinada y
se salvará. Adiós” ¿Verdad Madre, que todo lo demás sobra?
Me encomiendo en sus oraciones y en las de esa Comunidad inolvidable.
Su afmo. Hermano y Padre en Cristo, que las bendice a todas,
Segundo Llorente, S. J.