Obra reproducida sin responsabilidad editorial
Flavio Josefo
LOS JUDIOS
LAS GUERRAS DE
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PROLOGO
DE
FLAVIO JOSEFO
A LOS SIETE LIBROS DE LAS GUERRAS
DE LOS JUDÍOS
Porque la guerra que los romanos hicieron con
los judíos es la mayor de cuantas muestra edad
y nuestros tiempos vieron, y mayor que cuan-
tas hemos jamás oído de ciudades contra ciu-
dades y de gentes contra gentes, hay algunos
que la escriben, no por haberse en ella hallado,
recogiendo y juntando cosas vanas e indecentes
a las orejas de los que las oyen, a manera de
oradores: y los que en ella se hallaron, cuentan
cosas falsas, o por ser muy adictos a los roma-
nos, o por aborrecer en gran manera a los jud-
íos, atribuyéndoles a las veces en sus escritos
vituperio, y otras loándolos y levantándolos;
pero no se halla m ellos jamás la verdad que la
historia requiere; por tanto, yo, Josefo, hijo de
Matatías, hebreo, de linaje sacerdote de Jeru-
salén, pues al principio peleé con los romanos,
y después, siendo a ello por necesidad forzado,
-me hallé en todo cuanto pasó, he determinado
ahora de hacer saber en lengua griega a todos
cuantos reconocen el imperio romano, lo mis-
mo que antes había escrito a los bárbaros en
lengua de mi patria: Porque cuando, como dije,
se movió esta gravísima guerra, estaba con gue-
rras civiles y domésticas muy revuelta la re-
pública romana.
Los judíos, esforzados en la edad, pero faltos de
juicio, viendo que florecían, no menos en rique-
zas que en fuerzas grandes, supiéronse servir
tan mal ¿el tiempo, que se levantaron con espe-
ranza de poseer el Oriente, no menos que los
romanos con miedo de perderlo, en gran mane-
ra se amedrentaron. Pensaron los judíos que se
habían de rebelar con ellos contra los romanos
todos los demás que de la otra parte del Eufra-
tes estaban. Molestaban a los romanos los galos
que les son vecinos: no reposaban los germa-
nos: estaba el universo lleno de discordias des-
pués JA imperio de Nerón; había muchos que
con la ocasión de los tiempos y revueltas tan
grandes, pretendían alzarse con el imperio; y
los ejércitos todos, por tener esperanza de ma-
yor ganancia, deseaban revolverlo todo.
Por cosa pues, indigna, tuvo que dejar de con-
tar la verdad de lo que en cosas tan grandes
pasa, y hacer saber a los partos, a los de Babilo-
nia, a los más apartados árabes y a los de mi
nación que viven de la otra parte del Eufrates, y
a los adiabenos, por diligencia mía, que tal y
cual haya sido el principio de tan gran guerra, y
cuántas muertes, y qué estrago de gente pasó
en ella, y qué fin tuvo; pues los griegos y mu-
chos de los romanos, aquellos ti lo menos que
no siguieron la guerra, engañados con mentiras
y con cosas fingidas con lisonja, no lo entienden
ni lo alcanzan, y osan escribir historias; las cua-
les, según mi parecer, además que no contienen
cosa alguna de lo que verdaderamente pasó,
pecan también en que Pierden el hilo de la his-
toria, y se pasan a contar otras cosas; Porque
queriendo levantar demasiado a los romanos,
desprecian en gran manera a los judíos y todas
sus cosas. No entiendo, Pues, yo ciertamente
cómo pueden parecer grandes los que han aca-
bado cosas de poco. No se avergüenzan DEL
largo tiempo que en la guerra gastaron, mi de
la muchedumbre de romanos que en estas gue-
rras largo tiempo con gran trabajo fueron dete-
nidos, mi de la grandeza de los capitanes, cuya
gloria, en verdad, es menoscabada, si habiendo
trabajado y sufrido mucho por ganar a Jeru-
salén, se les quita porte o algo del loor que, por
haber tan Prósperamente acabado cosas tan
importantes, merecen.
No he determinado levantar con alabanzas a
íos míos, por contradecir a los que dan tanto
loor y levantan tanto a los romanos: antes quie-
ro contar los hechos de los amos y de los otros,
sin mentira y sin lisonja, conformando las pala-
bras con los hechos, perdonando al dolor y afi-
ción en llorar y lamentar las muertes y destruc-
ciones de mi patria y ciudades; porque testigo
es de ello el emperador y César Tito, que lo
ganó todo, como fue destruido por las discor-
dias grandes de los naturales, los cuales forza-
ron, juntamente con los tiranos grandes que se
habían levantado, que los romanos pusiesen
fuego a todo, y abrasasen el sacrosanto templo,
teniendo todo el tiempo de la guerra misericor-
dia grande del pobre pueblo, al cual era prohi-
bido hacer lo que quería por aquellos revolve-
dores sediciosos; y aun muchas veces alargó su
cerco más tiempo de lo que fuera necesario, por
no destruir la ciudad, solamente Porque los que
eran autores de tan gran guerra, tuviesen tiem-
po para arrepentirse.
Si por ventura alguno viere que hablo mal con-
tra los tiranos o de ellos, o de los grandes latro-
cinios y robos que hacían, o que me alargo en
lamentar las miserias de mi Patria, algo más de
lo que la ley de la verdadera historia requiere,
suplícole dé perdón al dolor que a ello me fuer-
za; porque de todas las ciudades que reconocen
y obedecen al imperio de los romanos, no hubo
alguno que llegase jamás a la cumbre de toda
felicidad, sino la nuestra; ni hubo tampoco al-
guna que tanto miseria padeciese, y al fin fuese
tan miserablemente destruida.
Si finalmente quisiéramos comparar todas las
adversidades y destrucciones que después de
criado el universo han acontecido con la des-
trucción de los judíos, todas las otras son cier-
tamente inferiores y de menos tomo; pero no
podemos decir haber sido de ellas autor ni cau-
sa hombre alguno extraño, por lo cual será im-
posible dejar de derramar muchas lágrimas y
quejas. Si me hallare alguno tan endurecido, y
juez tan sin misericordia, las cosas que hallará
contadas recíbalas Por historia verdadera; y las
lágrimas y llantos atribúyalos al historiador de
ellas, aunque con todo puedo maravillarme y
aun reprender a los más hábiles y excelentes
griegos, que habiendo pasado en sus tiempos
cosas tan grandes, con las cuales si queremos
comparar todas las guerras pasadas, Parecen
muy pequeñas y de poca importancia, se bur-
lan de la elegancia y facundia de los otros, sin
hacer ellos algo; de los cuales, aunque Por tener
más doctrina y ser más elegantes, los venzan,
son todavía ellos vencidos por el buen intento
que tuvieron y por haber hecho más que ellos.
Escriben ellos los hechos de los asirios y de los
medos, como si fueran mal escritos por los his-
toriadores antiguos; y después, viniendo a es-
cribirlos, son vencidos no menos en contar la
verdad de lo que en verdad pasó, que lo son
también en la orden buena y elegancia; porque
trabaja cada uno en escribir lo que había visto y
en verdad pasaba; parte por haberse bailado en
ello, y parte también por cumplir con eficacia lo
que prometían, teniendo por cosa deshonesta
mentir entre aquellos que sabían muy bien la
verdad de lo que pasaba.
Escribir cosas nuevas y no sabidas antes,
y encomendar a los descendientes las cosas que
en su tiempo Pasaron, digno es ciertamente de
1oor y digno también que se crea. Por cosa de
más ingenio ' y de mayor industria se tiene
hacer una historia nueva y de cosas nuevas,
que no trocar el orden y disposición dada por
otro; pero yo, con gastos y con trabajo muy
grande, siendo extranjero y de otra nación,
quiero hacer historia de las cosas que pasaron,
por dejarías en memoria a los griegos y roma-
nos. Los naturales tienen, las bocas abiertas y
aparejadas para pleitos para esto tienen sueltas
las lenguas, pero para la historia, en la cual han
de contar la verdad y han de recoger todo lo
que pasó con grande ayuda y tramo, en esto
enmudecen, y conceden licencia y poder a los
que menos saben y menos pueden, para escri-
bir los hechos y hazañas hechas por los prínci-
pes. Entre nosotros se honra verdad de la histo-
ria; ésta entre los griegos es menospreciada;
contar el principio de los judíos, quiénes hayan
sido y de qué manera se libraron de los egip-
cios, qué tierras y cuán diversas hayan pasado,
cuales hayan habitado y cómo hayan de ellas
partido, no es cosa que este tiempo la requería,
y además de esto, por superfluo e impertinente
lo tengo; porque hubo muchos judíos antes de
mí que dieron de todo muy verdadera relación
en escrituras públicas, y algunos griegos, ver-
tiendo en su lengua lo que habían los otros es-
crito, no se aportaron muy lejos de la verdad;
pero tomaré yo el principio de mi historia don-
de ellos y nuestros profetas acabaron. Contaré
la guerra hecha en mis tiempos con la mayor
diligencia y lo más largamente que me fuera
Posible; lo que pasó antes de mi edad, y es más
antiguo, pasarélo muy breve y sumariamente.
De qué manera Antíoco, llamado Epifanes,
habiendo ganado a Jerusalén, y habiéndola
tenido tres años y seis meses bajo de su impe-
rio, fue echado de ella por los hijos de Asamo-
neo; después, cómo los descendientes de éstos,
por disensiones grandes que sobre el reino tu-
vieron, movieron a Pompeyo y a los romanos
que viniesen a desposeerlos y privarles de su
libertad. De qué manera Herodes, hijo de Anti-
patro, dio fín a la Prosperidad y potencia de
ellos, con la ayuda y socorro de Sosio. Cómo
también, después de muerto Herodes, nació la
discordia entre ellos y el pueblo, siendo empe-
rador Augusto, y gobernando las provincias y
tierras de Judea Quintilio Varón; qué guerra se
levantó a los doce años del imperio de Nerón,
de cuántas cosas y daños fue causa Cestio,
cuántas cosas ganaron los judíos luego en el
principio, de qué manera fortalecieron su gente
-natural, y cómo Nerón, Por causa del daño
recibido por Cestio, temiendo mucho al estado
del universo, hizo capitán general a Vespasia-
no, y éste después entró por Judea con el hijo
mayor que tenía, y con cuán grande ejército de
gente romana, cuan gran porte de la gente que
de socorro tenía fue muerta por todo Galilea, y
cómo tomó de ella algunas ciudades Por fuerza
y otras por habérsele entregado.
Contaré también brevemente la disciplina y
usanza de los romanos en las cosas de la gue-
rra; el cuidado que de sus cosas tienen; la lar-
gura y espacio de las dos Galileas, y su natura-
leza; los fines y términos de Judea. Diré particu-
larmente la calidad de esta tierra, las lagunas,
las fuentes; los males que lo ciudades que por
fuerza tomaron, Padecieron, y en contarlo no
pasaré de lo que a la verdad fielmente he visto
y aun padecido; no callaré mis miserias y des-
dichas, pues las cuento a quien las sabe y las
vio.
Después, estando ya el estado de los judíos
muy quebranto, cómo Nerón murió, y cómo
Vespasiano, habiendo tomado su camino hacia
Jerusalén, fue detenido por causa del imperio;
las señales que lo fueron mostrados por decla-
ración de su imperio; las mutaciones y revuel-
tos que hubo en Roma, y cómo fue declarado
emperador, contra su voluntad, por toda lo
gente de guerra, y cómo partiendo después
para Egipto, por reformar las cosas del empe-
rio, fue perturbado el estado y todas las cosas
de los judíos por revueltas y sediciones domés-
ticas; de qué manera fueron sujetados a tiranos,
y cómo éstos después los movieron a discordias
y sediciones muy grandes. Volviendo Tito des-
pués de Egipto, vino dos veces contra Judea, y
entró las tierras; de qué manera juntó su ejérci-
to, y en qué lugar; cuántas veces fue la ciudad
afligida, estando él Presente, con internas sedi-
ciones; los montes o caballeros que contra la
ciudad levantó. Diré también la grandeza y
cerco de los muros; la munición y fortaleza de
la ciudad; la disposición y orden del templo; el
espacio del altar y su medida; contaré algunas
costumbres de la fiestas, y las siete lustraciones
y oficios del sacerdote.
Hablaré de las vestiduras del Pontífice, y de
qué manera eran las cosas santas del templo
también lo contaré, sin collar de todo algo, y sin
añadir palabra en todo cuanto había.
Declararé después la crueldad de los tiranos
que en Judea se levantaron con sus mismos
naturales; la humanidad y clemencia de los
romanos con la gente extranjera; cuántas veces
Tito, deseando guardar la ciudad y conservar el
templo, compelió a los revolvedores a buscar y
pedir la paz y la concordia.
Daré particular razón y cuenta de las llagas y
desdichas de todo el pueblo, y cuántos males
sufrieron, unas veces por guerra, otras por se-
diciones y revueltos, otras por hambre, y cómo
a la postre fueron presas. No dejaré de contar
las muertes de los que huían, mí el castigo y
suplicio que los cautivos recibieron; menos
cómo fue quemado, contra la voluntad de
César, todo el templo; cuánto tesoro y cuán
grandes riquezas con el fuego perecieron, mí la
general matanza y destrucción de la principal
ciudad, en la cual todo el estado de Judea car-
gaba.
Contaré las señales y portentos maravillosos
que antes de acontecer casos tan horrendos se
mostraron; cómo fueron cautivados y presos
los tiranos, y quiénes fueron los que vinieron en
servidumbre, y cuán gran muchedumbre; qué
fortuna hubieron finalmente todos. Cómo los
romanos prosiguieron su victoria, y derribaron
de raíz todos los fuertes y defensas de los jud-
íos, y cómo ganando Tito todas estas tierras, las
redujo a su mandato, y su vuelta después a
Italia, y luego su triunfo.
Todo esto que he dicho, lo be escrito en siete
libros, más por causa de los que desean saber la
verdad, que por los que con ello se huelgan,
trabajando que no pueda ser vituperado por los
que saben cómo pasaron tales cosas, ni por los
que en ella se hallaron. Daré Principio a mi his-
toria cm el mismo orden que sumariamente lo
he contado.
***
VIDA
DE
FLAVIO JOSEFO
No soy yo de bajo linaje, sino vengo por línea
antigua de sacerdotes: y, ciertamente, tener
derecho de sacerdote y parentesco con ellos es
testimonio entre nosotros de ilustre linaje, así
como entre otros son otras las causas que hay
para juzgar de la nobleza; y yo, no solamente
traigo mi origen de linaje de sacerdotes, sino de
la principal familia de aquellas veinticuatro,
entre las cuales hay no pequeña diferencia: y
también por la parte de mi madre soy de casta
real, porque la casa de los Asamoneos, de don-
de ella desciende, tuvo mucho tiempo el reino y
sacerdocio de nuestra nación. Ahora contaré
sucesivamente el orden de mi genealogía.
Mi cuarto abuelo fue Simón, por sobrenombre
Psello, en tiempo que Hircano, el primero de
este nombre, hijo del pontífice Simón, tuvo el
sumo sacerdocio. Este Simón Psello tuvo nueve
hijos, y uno de ellos fue mi tatarabuelo, Matías
de Aphlie por sobrenombre: éste hubo de una
hija del sumo pontífice Jonathás a Mattía Curto,
mi bisabuelo, el primer año del pontificado del
príncipe Hircano: este Mattía Curto engendró a
Josefo, mi abuelo, a los nueve años del reino de
Alejandro, el cual engendró a Matatías a los
diez años que Archelao, reinaba. Este Matatías
me engendró a mí el primer año del imperio de
Cayo César; y yo tengo tres hijos, de los cuales
el mayor, que se llama Hircano, nació el cuarto
año del emperador Vespasiano; luego al sépti-
mo año me nació otro llamado justo, y al nove-
no año otro, que se dice Agripa.
He trasladado aquí, sin hacer caso de las
calumnias de gente desvergonzada, esta suce-
sión de mi linaje, como está sentada en los pa-
drones públicos que hay de los linajes.
Mi padre, pues, Matatías, fue hombre tenido en
mucho, no sólo por su nobleza, pero mucho
más por su virtud, por cuya causa fue conocido
en toda Jerusalén cuan grande es. Yo, desde mi
niñez, con un hermano mío de padre y madre,
llamado Matatías, anduve al estudio, y apro-
veché notablemente, y di muestra de aventa-
jarme tanto en entendimiento y memoria, que
cuando había catorce años, ya tenía fama de
letrado, y tomaban consejo conmigo los pontífi-
ces y principales del pueblo sobre el sentido
más entrañable de la ley. Después, ya que entré
en los dieciséis años de mi edad, determiné ver
a qué sabían las sectas que había entre nosotros,
que, como hemos dicho, eran tres: de fariseos, de
saduceos y de esonios; porque pensaba elegiría
después con mayor facilidad alguna de ellas, si
todas las supiese. Así que caminé por todas tres
con mal comer, peor vestir y con grande tra-
bajo, y no contento aún con esta experiencia,
como oí decir de un hombre llamado Bano, que
vivía en el desierto, vistiéndose del aparejo que
hallaba en los árboles y sustentándose de cosas
que de suyo produce la tierra, y bañándose, por
conservar la castidad, muy a menudo de noche
y de día en agua fría, comencé a imitar la forma
de vivir de éste, y gasté tres años en su com-
pañía, y después de haber alcanzado lo que
deseaba, volvime a la ciudad. Ya tenía dieci-
nueve años cuando comencé a vivir en la ciu-
dad, y apliquéme a guardar los estatutos de los
fariseos, que son los que más de cerca se llegan
a la secta de los estoicos entre los griegos.
Cuando cumplí veintiséis años sucedió que
hube de ir a Roma por la causa que diré: en
tiempo que Félix era procurador de Judea, en-
vió a Roma presos, por culpa harto liviana, a
unos sacerdotes, mis amigos, hombres de bien
y honestos, para que allí tratasen su causa de-
lante del César: yo, por librarles en alguna ma-
nera del peligro, principalmente porque en-
tendí que no hablan dejado de tener cuidado en
lo que tocaba a la religión, aunque puestos en
trabajo, y que sustentaban su vida con unas
nueces y unos higos, vine a Roma, pasando
hartos peligros en la mar, porque la nao en que
íbamos se anegó en medio del mar Adriático, y
anduvimos nadando toda la noche seiscientos
hombres, y a la mañana Dios nos favoreció, y
vimos un navío del puerto de Cirene, que reco-
gió casi a ochenta de nosotros, los que nadando
tuvimos mejor dicha. De esta manera escapé, y
llegué a Dicearchiai o Puteolos, como los italia-
nos más quieren llamarlo, y tomé conversación
con un representante de comedias, llamado
Alituro, que era judío de linaje, y Nerán le
quería bien.
Por medio de éste, luego que fui conocido de
Popea, mujer del emperador, alcancé, por res-
peto suyo, que fuesen dados por libres los sa-
cerdotes y otras grandes mercedes que ella me
hizo, y así torné a mi tierra.
Allí hallé que crecían ya los deseos de las nove-
dades, y que muchos tenían ojo a rebelarse con-
tra el pueblo romano, y yo procuraba reducir a
los alborotadores a que considerasen mejor lo
que hacían, poniéndoles delante la gente con
quien habían de tener guerra, es a saber, los
romanos, con los cuales no igualaban ni en sa-
ber tratar las cosas de la guerra, ni en la buena
dicha, y amonestábales que no pusiesen por su
desvarío e imprudencia en peligro a su tierra, a
sí mismos y a los suyos: de esta manera los
apartaba cuanto podía de aquel propósito, te-
niendo consideración al fin desventurado de la
guerra, y con todo, ninguna cosa aproveché,
tanta era entonces la locura de aquellos deses-
perados.
Temiendo, pues, caer en odio y sospecha que
de mí tenían, como favorecedor de los enemi-
gos, repitiéndoles de continuo unas mismas
razones, o que por esta causa me prenderían o
matarían, metíme en el templo de más adentro,
ya que el castillo Antonia era tomado. Después,
luego que fue muerto Manahemo y los princi-
pales del bando de los ladrones, tomé a salir del
templo, y trataba con los pontífices y con la
gente principal de los fariseos, que estaban con
harto miedo; porque veíamos haberse puesto
en armas el pueblo, y nosotros no sabíamos qué
hacernos. Y como no pudiésemos refrenar a los
movedores del alboroto, fingíamos por una
parte, por cuanto el negocio no carecía de peli-
gro, que nos parecía bien su determinación; por
otra les dábamos por aviso, que se detuviesen y
dejasen ir al enemigo, porque esperábamos
vendría en breve Gessio con buen ejército y
pacificaría aquellas alteraciones.
Vuelto Gessio, murió con muchos de los suyos
en la pelea que entre ellos hubo, la muerte de
los cuales fue causa de toda la desventura de
nuestra nación, porque luego les creció el áni-
mo a los autores de la guerra, esperando que
sin duda vencerían a los romanos: en el cual
tiempo sucedió otra cosa. Los de las ciudades
comarcanas de la Siria prendieron a los judíos
que moraban dentro de unas mismas murallas
con ellos, y degolláronlos a todos con sus muje-
res e hijos, sin haber cometido delito alguno
por que lo mereciesen; porque ni les habla pa-
sado por el pensamiento levantarse contra los
romanos, ni contra ellos particularmente habían
inventado cosa alguna; pero entre todos los
demás se aventajó la perversa crueldad de los
escitopolitasii; porque como los judíos que mo-
raban fuera de su tierra les hiciesen guerra,
obligaron a los judíos que tenían dentro de ella
a tomar armas contra los otros, siendo de su
tribu, lo cual es cosa prohibida por nuestra ley,
y con ayuda de ellos desbarataron a los enemi-
gos. Después de la victoria olvidáronse de
guardar la fidelidad que debían a sus compañe-
ros que tenían en sus casas y tierras, y matáron-
los a todos, siendo muchos millares de hombres
los de aquella gente.
No fueron tratados con más mansedumbre los
judíos que vivían en Damasco; pero esto harto
prolijamente lo contamos en los libros de la
Guerra Judaica; ahora solamente hice mención
de aquellas malas venturas, por que sepa el lec-
tor haber venido nuestra gente a aquella gue-
rra, no de su propia gana, sino por fuerza.
Siendo, pues, desbaratado el ejército de Gessio,
como viesen los principales de Jerusalén que
tenían abundancia de armas los ladrones y to-
dos los otros turbadores de la paz, temiendo,
por estar ellos desarmados, los sujetasen los
enemigos, como después aconteció, y enten-
diendo que aun no se había rebelado contra los
romanos Galilea toda, pero que parte de ella
estaba entonces sosegada, enviáronme a allá, y
a otros dos sacerdotes, hombres de buena fama
y honestos, llamados Joazaro y Judas, para que
persuadiésemos a aquellos malos hombres a
que dejasen la guerra, y les diésemos a enten-
der que era mejor encomendarla a los principa-
les de la nación: que bien les parecía estuviesen
siempre apercibidos con sus armas para lo por-
venir; mas que debían esperar hasta saber de
cierto lo que los romanos tenían en voluntad.
Con este despacho vine a Galilea, y hallé en
gran peligro a los seforitasiii por defender su
tierra de la fuerza de los galileos, que la querían
destruir porque perseveraban en la amistad del
pueblo romano y eran leales a Senio Galo, go-
bernador que era entonces de Siria, y díjeles
que se asegurasen y apaciguasen a la muche-
dumbre que los ofendía, y consentirles que en-
viasen cuando quisiesen a Dora (ésta es una
ciudad de Fenicia) por los rehenes que habían
dado a Gessio: a los de Tiberíades hallé que
estaban ya puestos en armas por razón de esto
que diré.
Había en esta ciudad tres parcialidades, una de
los nobles, cuya cabeza era Julio Capela, éste y
los que le seguían, es a saber, Herodes Mar¡,
Herodes Gamali, Compso Compsi (porque
Crispo, hermano de éste, a quien Agripa el ma-
yor había hecho gobernador de aquella ciudad
muchos años hacía, estaba a la sazón en su
hacienda de la otra parte del Jordán); todos
estos eran autores de que permaneciesen en la
fidelidad del rey y del pueblo romanoiv; sólo
Pisto, entre la gente noble, no era de este pare-
cer por amor de su hijo Justo. La otra parciali-
dad era de gente común y baja, determinada a
que se habla de mover la guerra: en la tercera
parcialidad era el principal justo, hijo de Pisto,
que por una parte fingía estar dudoso en lo de
la guerra; por la otra deseaba secretamente que
hubiese alguna alteración y mudanza en los
negocios, con cuya ocasión él esperaba hacerse
más poderoso. Así que salió en público a
hablarles, y procuraba mostrar al pueblo cómo
su ciudad siempre había sido contada entre las
de la provincia de Galilea, y que había sido
cabeza de aquella provincia en tiempo del rey
Herodes el Tetrarcabv, que fue el que la fundó e
hizo a Séforis sujeta a su jurisdicción: que
siempre habla estado en esta preeminencia,
aunque debajo del imperio de Agripa el viejo,
hasta el tiempo de Felice, gobernador de Judea,
y que ahora al cabo, después que el emperador
Nerón la dió a Agripa el mozo, había perdido el
ser cabeza de la provincia; porque luego Séforis
había sido antepuesta a toda la provincia, des-
de que comenzó a estar debajo de la obediencia
de los romanos, y hablan dejado en ella los ar-
chivos y mesa realvi. Con estas y otras muchas
cosas que dijo contra el rey, alteró el pueblo a
que se rebelase, y deciales ser ahora el tiempo
que convenía para tomar las armas, y hacer su
liga con las otras ciudades de Galilea, y resti-
tuirse en su preeminencia con el favor que to-
dos les darían, a causa que aborrecían a los se-
foritas, a los cuales debían, de buena gana, des-
truir, por estar tan porfiadamente asidos a la
amistad de los romanos, y que con todas fuer-
zas se habían de ayudar para esta demanda.
Dicho esto, movió al pueblo, porque era elo-
cuente, y venció con los embustes de sus pala-
bras a los que daban más sano consejo, porque
también sabía disciplinas griegas; confiado en
las cuales se atrevió a escribir la historia de lo
que entonces pasó, por desfigurar la verdad:
mas de la maldad de éste, y de qué manera él y
su hermano casi echaron a perder su patria, en
el proceso adelante lo contaremos. Entonces
justo, persuadido que hubo a los de su ciudad,
y forzado a algunos a tomar las armas, salió con
todos, y quemaba las aldeas de los hyppenos y
gadarenos, que confinan con la tierra de Tiber-
íades y de los escitopolitas.
Mientras pasaba esto en Tiberíades, estaban las
cosas de los giscalos en este estado: Juan, hijo
de Levi, viendo que algunos de sus ciudadanos
querían, feroces, echar de sí el yugo de los ro-
manos, procuró retenerlos en la lealtad y en lo
que eran obligados según virtud, y no pudo en
ninguna manera hacerlo.
Entretanto, los pueblos vecinos de los gadare-
nos, gabaraganeos y de los de Tiro, juntaron un
grande ejército y vinieron sobre Giscala, tomá-
ronla, y quemada y destruida, se volvieron a su
casa: con esta injuria se le encendió a Juan la
cólera, e hizo tomar armas a todos los de su
tierra, y habiendo peleado con los dichos pue-
blos, reedificó su ciudad y, por que estuviese
más segura, fortifícóla de muralla a la redonda.
Los de Gamala perseveraban en la fidelidad de
los romanos por esta causa: Filipo, hijo de
Jacírno, mayordomo del rey Agripa, esca-
bulléndose, sin esperarlo él, mientras combat-
ían la casa real de Jerusalén, cayó en peligro de
ser degollado por Manahemo y por los ladro-
nes, sus compañeros; mas salvóse por interve-
nir ciertos parientes suyos de Babilonia, que
estaban entonces en Jerusalén, y huyó cinco
días después, disfrazado por no ser conocido; y
como llegase a un pueblo suyo, que está cerca
del castillo de Gamala, hizo venir allí a muchos
de sus súbditos.
Entretanto, acontecióle una cosa de milagro,
que fue causa de que de otra manera pereciera.
Dióle de súbito una calentura, y escribió unas
cartas para Agripa y Bernice, y diólas a un es-
clavo suyo horro para que las diese a Baro,
porque a éste hablan a la sazón dejado encar-
gada su casa el rey y la reina, y ellos habían ido
a Berito a salir al camino a Gessio. Baro, recibi-
das las cartas de Filipo y entendido que se hab-
ía salvado, pesóle de ello mucho, temiendo que
en adelante, por estar Filipo sano y salvo, no
habrían menester el rey y la reina servirse más
de él: hizo, pues, parecer al hombre que trajo
las cartas delante del pueblo, y acusólo como a
falsario y que había fingido la nueva que había
traído, porque Filipo estaba en Jerusalén con
los judíos haciendo la guerra contra los roma-
nos, y así lo hizo condenar a muerte. Filipo,
como no volviese el hombre que envió, y no
supiese la causa, tornó a enviar otro con otras
cartas para saber lo que al primero había acon-
tecido o por qué tardaba en volver; pero Baro
buscó a éste achaques por donde también lo
mató, porque los sirios que moraban en Cesá-
rea lo habían alentado para que procurase estar
más alto, diciéndole que Agripa había de morir
a manos de los romanos por haberse rebelado
los judíos, y le habían de dar a él el reino por el
parentesco que él tenía con los reyes, porque
claro estaba que Baro era de linaje real, pues
descendía del Sohemo, rey del Líbano. Este,
pues, levantado con esta esperanza, detuvo en
su poder las cartas, recatándose mucho no vi-
niesen a manos del rey, y tenía guardas en to-
dos los caminos, porque escabulléndose alguno
secretamente hiciese saber al rey lo que pasaba,
y mataba muchos de los judíos por complacer a
los sirios que moraban en Cesárea; y aun man-
do en Bathanea determinó, con ayuda de los
traconitas, dar sobre los judíos llamados babi-
lonios, que moraban en Batira, y haciendo pa-
recer ante sí a doce judíos, los más principales
de los de Cesárea, mandóles que fuesen allá y
dijesen de su parte a los judíos que les habían
dicho que ellos andaban ordenando levantarse
contra el rey, mas porque no quería creerlo, les
avisaba que dejasen las armas; porque hacién-
dolo así, sería prueba muy cierta que con razón
no habla dado crédito a los rumores falsos;
mandóles también decir que era menester que
enviasen setenta varones de los más principales
que respondiesen al delito de que estaban acu-
sados. I-licieron aquellos doce lo que les fue
mandado, y como viniesen a los de su nación
que moraban en Batira y hallasen que ninguna
cosa ordenaban de nuevo, hicieron con ellos
que enviasen los setenta varones; viniendo
éstos con los doce embajadores a Cesárea, sa-
liéndoles a recibir Baro al camino, acompañado
de la guarda del rey, los mató a ellos y a los
mismos embajadores, y luego prosiguió su ca-
mino para ir contra los judíos que moraban en
Batira; pero primero que él, llegó uno de aque-
llos setenta que por dicha se escapó, y avisados
con esta nueva, tomadas de presto sus armas,
se recogieron con sus mujeres e hijos a la villa
de Gamala, dejando en sus pueblos muchas
riquezas y gran número de ganados.
Cuando oyó esto Filipo fuese también él allá, y
como lo vió venir la gente, daban todos voces
que tuviese por bien ser su capitán y encargarse
de la guerra contra Baro y los sirios de Cesárea,
porque había habido fama que éstos habían
muerto al rey; pero Filipo reprirnióles el ímpe-
tu, trayéndoles a la memoria las buenas obras
que del rey habían recibido, y además de esto,
cuán grande era la pujanza de los romanos y
que se corría grande peligro en provocarlos de
tal suerte, como era rebelándose. De esta mane-
ra pudo más el consejo de este varón.
Como el rey sintiese que Baro quería matar a
los judíos que estaban en Cesárea con sus muje-
res e hijos, que eran muchos millares, envióle
por sucesor a Equo Modio, como en otra parte
se ha dicho; y Filipo conservó a Gamala y la
región comarcana en la ¡ealtad con los roma-
nos.
En este tiempo, como yo viniese a Galilea, sabi-
das estas cosas por nueva cierta, escribí al Con-
cilio de Jerusalén, queriendo saber de ellos qué
era lo que me mandaba. Fuéme respondido que
me quedase en Galilea, y que entendiese en
defenderla, y detuviese conmigo también a mis
compañeros, si a ellos les pareciese; éstos, des-
pués de haber cogido muchos dineros de las
décimas que por ser sacerdotes se les daban y
debían, determinaban volverse a su tierra; pero
rogándoles yo que se detuviesen conmigo, has-
ta que hubiésemos dado orden y asiento en
todas las cosas, fácilmente vinieron en ello. Par-
tiendo, pues, con ellos de Séforis, vine a Beth-
maunte, que está cuatro estadios de Tiberíades,
y a los principales de aquel pueblo, los cuales,
después que vinieron, y entre ellos justo tam-
bién, díjeles que yo y mis compañeros venía-
mos por embajadores del pueblo de Jerusalén
para tratar con ellos de derribar el palacio que
había edificado allí el tetrarca Herodes, y ador-
nado de diversas pinturas de animales, pues
que sabían que aquello era vedado en nuestras
leyes; y rogábales que lo más presto que ser
pudiese nos diesen lugar para hacerlo, lo cual,
aunque lo rehusaron muy grande rato Capella
y los de su bando, al fin, porfiando mucho, aca-
bamos con ellos que consintiesen.
Entretanto que nosotros estábamos en esta
porfía, Jesús hijo de Safias, capitán de un bando
de marineros y hombres pobres, juntando con-
sigo muchos galileos, había puesto fuego al
palacio, creyendo sacar de allí buen despojo
porque habla visto ciertos adornos de él dora-
dos, y robaron muchas cosas más de las que a
nosotros nos parecía. Después de haber nos-
otros hablado con Capella y con los principales
de los Tiberíades en Bethinaunte, nos fuimos a
los lugares más altos de Galilea. Entonces los
de la parcialidad de Jesús mataron todos los
griegos que moraban en aquella ciudad y cuan-
tos habían tenido antes de aquella guerra por
enemigos.
Yo, cuando oí esto, descendí muy enojado a
Tíberíades y trabajé por recuperar todo lo que
pude de la hacienda del rey, que había sido
robada, así como candeleros de Corinto, mesas
reales y Iran copia de plata por labrar, y todo lo
que cobré determine tenerlo guardado para el
rey. Llamados, pues, diez de los mejores del
Senado, y Capella, hijo de Antylo, les entregué
aquellos vasos, mandándoles que no los diesen
a nadie sin mi consentimiento; de allí vine con
mis compañeros a Giscala, a casa de Juan, a
saber qué pensamiento era el suyo, y luego
hallé que, con deseo de revueltas y novedades,
procuraba alzarse con la tierra; porque me ro-
gaba que le dejase llevar el trigo de Usar, que
estaba depositado en las aldeas de Galilea la
superior, diciendo que quería gastarlo en edifi-
car los muros de su tierra; pero como yo oliese
sus pensamientos y lo que pretendía, dije que
en ninguna manera se lo consentiría. Mi pen-
samiento era tener guardado aquel trigo, o para
los romanos, o para mí mismo, porque tenía yo
el cargo de aquella región que me había enco-
mendado la ciudad de Jerusalén. Como de mí
ninguna cosa alcanzase, habló sobre este nego-
cio a mis compañeros, los cuales, sin tener
cuenta con lo que será, y codiciosos de co-
hechos, por presentes que les hizo, le pusieron
en las manos todo el trigo de aquella provincia,
porque yo no pude ponerme contra dos.
Después Juan se aprovechó de otro engaño,
porque decía que los judíos que moraban en
Cesárea de Filipo, estando por mandamiento M
rey, a quien eran sujetos, detenidos dentro de
los muros, quejándose que les faltaba aceite
limpio, se lo pedían a él porque no les fuese
forzado usar del de los griegos contra su cos-
tumbre; pero no decía él estas cosas por tener
respeto a la religión, sino vencido con codicia
de torpe ganancia; porque sabiendo que en
Cesárea se vendían dos sextarios por una
dracma, y en Giscala ochenta sextarios por cua-
tro dracmas, envióles todo el aceite que allí
habla, dándole yo lugar a ello, como él quería,
que pareciese que lo daba; porque no lo con-
sentía de voluntad, sino por miedo de que si le
fuera a la mano, me apedreara el pueblo.
Después que estuve por ello, valióle a Juan mu-
chos dineros esta mala obra; de aquí envié mis
compañeros a Jerusalén, y en adelante me
ocupé sólo en aderezar armas y fortalecer las
ciudades. Después, haciendo llamar los más
esforzados de los salteadores, como vi que no
había remedio que dejasen las armas, acabé con
la muchedumbre, que los tomasen a sueldo,
dándoles a entender cómo era más provecho
para ellos tenerlos así, que no que les destruye-
sen la tierra con robos, y de esta manera los
despedí, habiéndome prometido debajo de ju-
ramento que no entrarían en nuestra región
sino cuando fuesen llamados, o cuando no les
quisiesen pagar su sueldo; mandéles primero
que se guardasen de hacer injuria a los roma-
nos y a os oradores de aquella región; sobre
todo más procuré tener a Galilea en paz; y co-
mo quisiese, debajo de título de amistad, tener
como prendados a los principales de aquella
región, que eran casi setenta, de que me guar-
darían lealtad, haciéndome amigo con ellos, los
tomé por compañeros y anegados en lo que se
había de juzgar, determinando las más de las
cosas por su parecer; llevando cuidado en la
delantera, de que por no mirar no me apartase
de la justicia, y de guardarme de ser sobornado
con presentes.
Siendo, pues, de edad de treinta años, en la
cual, ya que uno refrene sus torpes deseos, con
dificultad se escapa de la envidia de los calum-
niadores, principalmente si tienen gran mando,
a ninguna mujer hice fuerza, ni consentí que
cosa alguna me diesen; porque de nada tenía
necesidad, antes ofreciéndome las décimas, que
como a sacerdote se me debían, no las quise
recibir; pero recibí parte de los despojos de la
victoria que hubimos de los sirios que allí mo-
raban, la cual confieso que envié a mis parien-
tes a Jerusalén; y aunque torné por fuerza de
armas a los seforitas dos veces, a los tiberienses
cuatro, a los gadarenses una, y hube en mi po-
der a Juan, que muchas veces me había urdido
traición, ni de él ni de ninguno de los pueblos
que he dicho consentí que tomase castigo, como
contaremos en el proceso de la historia; por lo
cual pienso que Dios, que tiene cuenta con las
buenas obras, me libró entonces de lo que me
andaban urdiendo mis enemigos, y después
muchas veces de muchos peligros, como se dirá
en su lugar.
Y era tan grande la lealtad y amor que me tenía
el vulgo de los galileos, que habiéndoles toma-
do sus ciudades, y ¡levídoles cautivas sus fami-
lias, más era el cuidado que tenían de ponerme
a mi en cobro, que no en llorar sus desventuras.
Viendo esto Juan, hubo envidia de ello, y
rogóme por sus cartas que le diese licencia,
porque estaba mal dispuesto, para irse a recrear
a los baños de Tiberíades, la cual yo le di de
buena voluntad, no sospechando cosa alguna, y
aun escribí a aquellos a quienes yo había enco-
mendado la gobernación de la ciudad, que le
aparejasen posada para él y sus compañeros y
todo lo necesario para su honesto manteni-
miento; yo entonces moraba en una villa de
Galilea que se dice Caná.
Juan, después que vino a Tiberíades, trató con
los de la ciudad, para que olvidando la palabra
que me habían dado, se uniesen con él; y mu-
chos hicieron de buena gana lo que les rogó,
porque eran hombres amigos de novedades y
codiciosos de mudanzas, e inclinados a revuel-
tas y disensiones, y principalmente a Justo y a
su padre Pisto les vino esto a pedir de boca,
porque tenían gran deseo de dejarme a mi, y
pasarse con Juan; pero viniendo yo entretanto,
hice no llegase a efecto, porque Sila, a quien yo
había puesto por gobernador de Tiberíades, me
envió un mensajero a hacerme saber la volun-
tad de aquella gente, y avisarme que me diese
prisa, porque de otra manera la ciudad vendría
presto a poder de otros.
Leídas, pues, las cartas de Sila, tomé doscientos
hombres en mi compañía, y caminé toda la no-
che, enviando el mensajero delante que hiciese
saber mi venida a los tiberienses; por la maña-
na, estando ya muy cerca de la ciudad, salióme
el pueblo a recibir, y Juan entre ellos, el cual,
como me saludase con rostro muy demudado,
recelándose que, descubierto en lo que andaba,
corriese peligro de la vida, fuese corriendo a su
posada, y como yo llegase al teatro, despedidos
los de mi guarda, que no dejé sino uno, y con él
diez hombres armados, comencé a hablar al
Ayuntamiento de los tiberienses desde un lugar
alto, y amonestábales que no se amotinasen tan
presto, porque de otra manera se arrepentirían
antes de mucho a de haber cumplido su pala-
bra; y que nadie les creería de allí en adelante
de ligero, y con razón, teniéndoles por sospe-
chosos, por haber faltado entonces a lo que
prometieron.
Apenas había acabado de decir esto, cuando oí
a uno de los míos decirme que descendiese,
porque no era tiempo de ganar la voluntad de
los tiberienses, sino de mirar por lo que tocaba
a mi propia seguridad, y cómo librarme de mis
enemigos. Porque después que Juan supo que
yo estaba casi solo, escogiendo de los mil sol-
dados que tenía aquellos de quienes más se
fiaba, los había enviado para que me matasen, y
ya estaban en el camino. Pusieran en obra su
maldad si de presto no saltara de allí abajo con
Jacobo uno de los de mi guarda, recogiéndome
Herodes, natural de Tiberiades, el cual, lleván-
dome al lago, entré en un navío que a dicha
estaba allí; y habiendo escapado de las manos
de mis enemigos, lo cual nunca pensé, llegué a
Taricheas.
Los moradores de aquella ciudad, cuando oye-
ron la poca lealtad de los de Tiberíades, enojá-
ronse en gran manera, y echando mano a las
armas, me rogaron que fuese por su capitán
contra ellos, diciendo que querían vengar la
injuria de haber ofendido a su capitán; y publi-
caban esta maldad por toda Galilea, para que
todos se levantasen contra los de Tiberíades,
rogándoles que todos se viniesen a Taricheas,
para hacer, con consentimiento de su capitán,
lo que les pareciese; de manera que de toda
Galilea acudieron con sus armas, rogándome
con mucha importunidad que fuese sobre Tibe-
ríades, y tomada por fuerza de armas, la pusie-
se por el suelo, y vendiese en almoneda los mo-
radores con todas sus familias. Lo mismo me
aconsejaban también mis amigos, que se habían
escapado de Tiberíades; pero yo no lo consentí,
teniendo por mal hecho comenzar guerra civil,
y pareciéndome que una contienda como aqué-
lla no se debla extender a más que a palabras, y
aun decíales que a ellos tampoco les venia bien
que se matasen unos a otros entre sí a vista de
los romanos. Al fin, con esta razón se amansó la
ira de los galileos.
Y Juan, después que no le sucedieron sus lazos
corno quería, temió le viniese algún mal, y to-
mando la gente de armas que tenía consigo,
dejó a Tiberíades y se fue a Giscala; de allí me
escribió excusándose de lo que había pasado,
que él no había sido parte en ello, y rogábame
que ninguna sospecha tuviese de él, haciendo
juramentos y echándose crueles maldiciones
para que diese más crédito a lo que me escribía.
Pero los galileos, habiéndose juntado otra vez
gran número de ellos de toda la región, con sus
armas, entendiendo cuán mal hombre era aquél
y perjuro, me rogaban que los llevase contra él,
prometiéndome que a él lo quitarían del mun-
do y asolarían a su tierra Giscala. Dadas, pues,
las gracias por el favor, les prometí que traba-
jaría por no deberles nada en amistad y buenas
obras; pero rogábales que no diesen más lugar
a la ira y me perdonasen, porque tenía por me-
jor sosegar los alborotos sin muertes. Esto pare-
ció bien a los galileos, y luego vinimos a Séforis.
Los de la villa que estaban determinados a
permanecer leales al pueblo romano, temiendo
mi venida, procuraron ocuparme en otros ne-
gocios para vivir ellos más seguramente, y en-
viaron un mensajero a Jesu, capitán de ladro-
nes, que moraba en los confines de Ptolemayda,
prometiéndole muchos dineros si con los ocho-
cientos hombres que mantenía nos hiciese gue-
rra. El, movido por lo que le prometían, quiso
dar 3obre nosotros, que estábamos sin tal pen-
samiento, y tomarnos desapercibidos. Así que
envióme a rogar con un mensajero que le diese
licencia para venirme a hablar; lo cual alcanza-
do, porque yo no había sentido la traición, to-
mando la compañía de ladrones, se dio prisa en
el camino; pero no salió con la maldad que hab-
ía intentado, porque como estuviese ya cerca
uno de los de su compañía, que se le amotinó,
me hizo saber su pensamiento; como yo le oí,
salí a la plaza, fingiendo que ninguna cosa sa-
bia de la traición, y conmigo todos los galileos
con sus armas y algunos de los tiberienses.
Después de esto, habiendo puesto guardas en
los caminos, mandé a los que guardaban las
puertas que, viniendo Jesu, le dejasen entrar
con solos los primeros, y a los demás cerrasen
las puertas; y si se pusiesen en querer entrar
por la fuerza, que a cuchilladas se lo impidie-
ran; los cuales haciéndolo como se lo habían
mandado, entró Jesu con pocos, y mandándole
yo que luego soltase las armas si no quería mo-
rir, viéndose cercado de armados, obedeció.
Entonces los que venían con él, que quedaban
fuera, como sintieron que su capitán era preso,
luego se fueron huyendo; y yo, tomando aparte
a Jesu, de mí a él le dije que bien sabía la trai-
ción que me tenía armada, y quiénes eran los
que habían sido causa de que se ordenase; pero
que yo le perdonaría su yerro si, mudado el
pensamiento, quisiese serme leal en adelante; el
cual, prometiéndomelo, le solté, dándole licen-
cia que tornase a recoger la gente que antes
tenía, y amenacé a los de Séforis que me lo pa-
garían si en adelante no viviesen sosegados.
Por el mismo tiempo vinieron a mí dos vasallos
del rey de los Grandes de Trachonitide, y ven-
ían con ellos sus escuderos de a caballo, y tra-
ían armas y dineros. Como los judíos apre-
miasen a éstos que se circuncidasen si querían
tratar con ellos, no consentí que se les hiciese
enojo alguno, afirmando que era menester que
cada uno sirviese a Dios de su propia voluntad,
y no forzado; y que no se había de dar ocasión
en que les pesase a los otros haberse acogido a
nosotros por su seguridad; y habiendo persua-
dido de esta manera a la muchedumbre, diles
abundantemente a aquellos varones de comer a
su costumbre.
Entretanto, el rey Agripa envió gente, y por
capitán de ella a Equo Modio, para que toma-
sen por fuerza el castillo de Magdala; pero no
atreviéndose a ponerle cerco, teniendo los ca-
minos tomados, hacían el mal que podían a
Gamala; y Ebucio de Cardacho, que tuvo la
gobernación del Campo Grande, oído que yo
había venido a la villa de Simoníada, que está
en los fines de Galilea, y de ella sesenta esta-
dios, tomando de noche cien de a caballo que
tenía consigo, y casi doscientos de a pie, y los
gabenses que habían venido en su ayuda, cami-
nando de noche, llegaron a aquella villa. Contra
el cual, como yo sacase un gran ejército de los
míos, procuró sacarnos a un llano, confiando en
los de a caballo; pero ninguna cosa le apro-
vechó por no querer yo moverme de mi lugar,
porque vela que él había de llevar lo mejor si,
llevando yo gente toda de a pie, descendiese
con él en campo raso. Y después que Ebucio
peleó valientemente un buen rato, viendo al fin
que en aquel lugar no se podía aprovechar cosa
alguna de los caballos, dada señal a los suyos
que se recogiesen, se fue a Gaba, sin dejar
hecho nada, habiendo perdido solamente tres
en la refriega; pero yo fui en su alcance con dos
mil hombres de armas, y como viniese a Besara,
la cual villa está en los confines de Ptolemayda,
a veinte estadios de Gaba, donde estaba enton-
ces Ebucio, habiendo aposentado mi gente fue-
ra por los caminos, para que estuviésemos se-
guros que no diesen sobre nosotros los enemi-
gos hasta que hubiésemos llevado el trigo, de
que se habla traído allí gran copia de las villas
comarcanas de la reina Berenice; y así cargué
muchos camellos y asnos que para esto habla
traído, y envié aquel tributo a Galilea; después
que fue este negocio acabado, di campo abierto
a Ebucio para que pudiese pelear. Y como él no
se atreviese, atemorizado de ver nuestra osadía,
volvime contra Neopolitano, porque oí que
había talado los campos de los tiberienses. Este
estaba en socorro de Escitópolis con un es-
cuadrón de a caballo. Habiendo, pues, estorba-
do a éste que diese más enojo a los de Tibería-
des, me ocupaba M todo en mirar por las cosas
de Galilea.
Por otra parte, Juan, hijo de Levi, que dijimos
que vivía en Giscala, después que conoció que
todas mis cosas sucedían a mi voluntad, y que
yo era amado de mis súbditos y temido de mis
enemigos, no pudo sufrir esto con buen co-
razón. Pareciéndole que no era por su bien mi
prosperidad, tornóme muy grande envidia; y
teniendo esperanza que con hacer que mis
súbditos me aborreciesen atajaría mis buenas
dichas, solicitó a los de Tiberíades y a las de
Séforis, y parecióle que también a los gabare-
nos, a que, dejándome, se hiciesen de su bando,
las cuales ciudades son las principales en Galfi-
ca. Decíales que siendo él capitán, andarla todo
con mejor concierto.
Los de Séforis no vinieron en ello, porque sin
tener cuenta conmigo ni con él en esto, tenían
ojo a estar debajo de la sujeción de los romanos.
Los de Tiberíades lo rehusaron igualmente,
aunque prometieron tenerlo a él también por
amigo; pero los gabarenos se sometieron a Juan
por autoridad de Simón, que era un ciudadano
principal y amigo y compañero de Juan; mas no
se pasaron a él abiertamente, porque temían
mucho a los galileos, cuya buena voluntad para
conmigo habían ya conocido por experiencia;
pero secretamente andaban buscando ocasión
para matarme, y verdaderamente yo me vi en
muy grande peligro por lo que ahora diré.
Ciertos mancebos dabaritenos atrevidos, como
viesen que la mujer de Ptolorneo, procurador
del rey, caminaba de las tierras del rey a la pro-
vincia de los romanos por el Campo Grande
con mucho aparato y compañía de algunos de a
caballo, salieron a ellos de repente; y haciendo
huir a la mujer, robáronle cuanto llevaba.
Hecho esto trajeron a Taricheas, donde yo esta-
ba, cuatro mulos cargados de vestidos y diver-
sas alhajas, entre las cuales había muchos vasos
de plata y quinientas monedas de oro. Que-
riendo yo guardar esto para Ptolomeo, por ser
de mi misma tribu, porque nuestra ley manda
que procuremos por las cosas de los de nuestro
linaje, aunque nos sean enemigos, dije a los que
lo habían traído que cumplía que se pusiese en
guarda, para que se vendiese y se llevase lo que
por ello se diese a la ciudad de Jerusalén para la
fábrica de los muros. Esto pesó muy mucho a
los mancebos, porque no les di parte del despo-
jo, como lo esperaban; por lo cual, derramán-
dose por las aldeas de Tiberíades, sembraron
fama que yo quería entregar a los romanos
aquella región, porque había fingido que guar-
daba aquel despojo para fortalecer a Jerusalén;
y a la verdad lo guardaba para restituir a su
dueño lo que le habían tomado, en lo cual no se
engañaban; porque después que los mancebos
se fueron, llamando dos principales ciudada-
nos, Dassion y Janneo, hijo de Leví, muy ami-
gos del rey, les mandé que le llevasen las al-
hajas que le habían sido tomadas, amenazándo-
les de muerte si descubriesen este secreto a
algún hombre.
Y como se sonase por toda Galilea que yo quer-
ía vender a los romanos su región, estando inci-
tados todos para darme la muerte, los de Tari-
chea, que también daban crédito a las falsas
palabras de los mancebos, aconsejaron a los de
mi guarda y a los otros soldados que, dejándo-
me durmiendo, se viniesen al cerco para con-
sultar allí con los demás para quitarme el man-
do; los cuales, persuadidos, hallaron allí mu-
chos que ya se habían antes juntado, dando
voces todos a una que se debía tomar venganza
del que hacía traición a la república. Pero el que
más hurgaba en ello era Jesu, hijo de Safias, que
entonces tenla el sumo magistrado, hombre
malo y de suyo dado a mover alborotos, y tan
desososegado como el que más puede ser. Este,
trayendo entonces consigo las tablas de Moisés,
poniéndose en medio, dijo: "Ya que vosotros no
tenéis cuidado ninguno de lo que os toca, a lo
menos no queráis menospreciar estas leyes sa-
gradas; las cuales Josefo, este vuestro capitán,
digno de ser aborrecido de todo el pueblo, tiene
corazón para venderlas, por lo cual merece que
se le dé muy cruel pena." Habiendo dicho esto,
y respondido el pueblo a voces que así debía
hacerse, tomó consigo ciertos hombres arma-
dos, y fuese corriendo a las casas donde yo po-
saba, con propósito firme de darme la muerte,
sin sentir yo cosa ninguna del alboroto.
Entonces Simón, uno de los de mi guarda, el
cual había entonces quedado solo conmigo,
oyendo el tropel de los de la ciudad, me des-
pertó aprisa; y avisándome del peligro en que
estaba, aconsejáme también que determinase
antes morir como capitán generoso, que no
como a mis enemigos se les antojase darme la
muerte. Amonestándome él esto, encomen-
dando yo a Dios mi vida, y vistiéndome de ne-
gro, salí; y llevando una espada ceñida, toman-
do el camino por aquellas calles por donde sa-
bia que no había de encontrar a ninguno de mis
contrarios, Regando al cerco me mostré a me
viesen, derribándome en tierra, el rostro en el
suelo, y regando el suelo con lágrimas de tal
manera, que movía a todos a misericordia; y
corno sentí a la gente mudada, procuré apar-
tarlos de sus pareceres, antes que los armados
volviesen de mi casa; y confesando que no es-
taba sin culpa del delito que me imponían, les
rogué ahincadamente que supiesen primero
para qué fin guardaba el despojo que me
hablan traído, y que después, si les antojase, me
diesen la muerte.
Mandándome el pueblo que lo dijese, entretan-
to volvieron los armados, los cuales, cuando me
vieron, arremetieron contra mí con propósito
de quitarme la vida. Mas estorbándoselo el
pueblo con voces, reprimieron su ímpetu, te-
niendo para sí que después que yo confesase la
traición, y cómo había guardado para el rey el
dinero, tendrían mejor ocasión de poner en
obra lo que querían.
Después que todos estuvieron atentos, dije:
"Varones hermanos, si os parece que he mere-
cido la muerte, no rehuso morir; pero quiero,
antes que muera, deciros la verdad. Por cierto,
como yo vi esta ciudad muy a propósito para
los forasteros, y que muchos, dejadas sus pro-
pias tierras, se huelgan venir a vivir con voso-
tros, para teneros compañía en cualquiera cosa
que sucediese, había determinado edificaros
unos muros con estos dineros; y por tenerlos
guardados para esto, ha nacido este vuestro
enojo tan grande." A estas palabras dieron vo-
ces los de Taricheas, y los extranjeros, dándome
las gracias, y diciéndome que me esforzase y
tuviese buen ánimo; pero los galileos y los de
Tiberíades porfiaban en su ira, y hubo entre
ellos diferencias, porque éstos me amenazaban
que se lo había de pagar, y los otros, por el con-
trario, me animaban y me decían que estuviese
seguro. Pero después que prometí que también
haría muros a los de Tiberíades y a las otras
ciudades que estuviesen en lugar aparejado,
dando crédito a mis promesas se fueron cada
uno a su casa; y yo, habiendo escapado de tan
grande peligro, sin esperar más, volvíme a mi
casa con mil amigos y veinte hombres armados.
Mas los ladrones y los que habían levantado el
alboroto, temiendo pagar lo que habían hecho,
con seiscientos armados volvieron otra vez a mi
casa con propósito de ponerle fuego. Y sabien-
do yo su venida, teniendo por cosa fea huir,
determiné usar contra ellos de osadía; mandé
cerrar las puertas de mi casa, y yo mismo, des-
de un tirasol, les dije que me enviasen algunos
que recibiesen el dinero, por el cual ellos an-
daban alborotados, para que no hubiese por
qué tener más enojo. Como ellos determinasen
esto, al mayor alborotador de aquellos que en-
traron en mi casa, torné a echar fuera después
de haberlo azotado y cortándole una mano, la
cual hice llevar al cuello colgada, para que vol-
viese así a los que lo habían enviado. Ellos se
atemorizaron con esto en gran manera; y te-
miendo sufrir la misma pena si allí se descu-
briesen, porque pensaban que yo tenía muchos
armados en mi casa, súbitamente huyeron to-
dos; y así, con esta astucia, me escapé de otros
lazos que me podían armar.
Y con todo esto no faltó quien después alboro-
tase el vulgo, diciendo que no era bien hecho
dar la vida a aquellos caballeros de la casa de¡
rey que se habían acogido a mí, si no se pasasen
a los ritos de aquellos a quienes venían a pedir
amparo, y cargábanles que eran favorecedores
de los romanos y hechiceros; y luego se co-
menzó a alborotar la muchedumbre, engañada
por los que le hablaban a favor de su paladar.
Lo cual sabido, desengañé yo al pueblo, dicien-
do que no era razón hacer enojo y agravio a los
que a ellos se habían acogido; rechazando la
vanidad de la culpa que les cargaban de ser
hechiceros, con decir que no había para qué los
romanos diesen de comer a tantas capitanías, si
podían alcanzar la victoria por industria de
hechiceros.
Amansados un poco con estas palabras, ya que
se habían salido, moviéronlos otra vez a la ira
contra aquellos caballeros algunos hombres
perdidos, tanto que, tomando sus armas, fue-
ron corriendo a las casas en que los otros mora-
ban en Taricheas, para quitarles las vidas. Co-
mo yo lo supe, temí mucho que, consentida esta
maldad, ninguno en adelante se acogiera a no-
sotros; por lo cual, tomando algunos otros
conmigo, vine apresuradamente a la posada de
ellos; la cual cerrada, haciendo traer un barco
por una cava que iba de allí al mar, nos entra-
mos en él y pasamos a los confines de los Hip-
penos; y dándoles con qué comprasen caballos
(que por salir huyendo de esta suerte, no pu-
dieron sacar los suyos), los despedí, rogándoles
mucho que con fuerte ánimo llevasen la presen-
te necesidad, porque a mí también me pesaba
mucho verme forzado a poner otra vez en tierra
de sus enemigos a los que una vez se habían
fiado de mi palabra; pero tuve por mejor que
ellos muriesen a manos de los romanos, si así
sucediese, que no que en mi tierra fuesen muer-
tos por maldad. No murieron, Porque el rey les
perdonó su yerro; veis aquí en qué pararon
éstos.
Los de Tiberíades rogaron al rey por cartas, que
enviase gente de guarnición a su tierra, prome-
tiéndole que se pondrían en sus manos. Lo cual
hecho, luego que vine a ellos, me pidieron con
mucho ahínco que les edificase los muros que
les había prometido, porque habían oído que
Taricheas estaba ya cercada de muros. Yo se lo
otorgué, y después que de todas partes junté
los materiales, mandé a los oficiales que comen-
zasen la obra.
Partiendo yo de allí a tres días de Tiberíades
para Taricheas, que está treinta estadios, por
acaso descubrí ciertos caballeros romanos que
llegaban cerca de Tiberíades. Los de la ciudad,
pensando que eran del rey, comenzaron luego a
hablar de él con mucha honra, y de mí se atre-
vieron a decir injurias y afrentas. Luego vino
uno corriendo a hacerme saber lo que pasaba y
cómo tenían ojo a amotinarse, de lo cual recibí
mucho temor, porque entonces, como venía
cerca el sábado, había enviado de Taricheas mis
hombres de armas a sus casas, para que cele-
brasen su fiesta los de Taricheas más a su pla-
cer, estando sin gente de guerra; y fuera de es-
to, todas las veces que estaba en aquel lugar,
me paseaba aun sin los de mi guarda, porque
confiaba en la buena voluntad que muchas ve-
ces había experimentado tenerme los morado-
res. Asi que, como solamente tuviese conmigo
siete soldados y algunos amigos, no sabía qué
hacerme; porque no me parecía bien tornar a
llamar la gente, ya que era tarde, a los cuales en
el día siguiente no les permitía nuestra ley to-
mar armas aunque fuesen necesarias; y si lleva-
ba en mi defensa a los de Taricheas y los foras-
teros que moraban con ellos, convidándolos
con la esperanza del despojo, veía que no tenla
fuerzas bastantes con ellos. La cosa no sufría
dilación, porque temía que aquellos que el rey
enviaba, se alzasen con la ciudad y me echasen
a mí fuera; por lo cual determiné aprovecharme
de una astucia. Puse luego mis amigos de quie-
nes más me fiaba, delante las puertas de Tari-
cheas, para que no dejasen salir a nadie; y
haciendo juntar las cabezas de las familias,
mandé a cada uno que sacase una nao al lago, y
que, entrando en ella con su ¡loto viniesen tras
mí; y entonces yo, con mis amigos y, aquelos
sie'te soldados, entrando en una nao, tomé el
camino de Tiberiades.
Como los de Tiberíades conocieron que no era
gente del rey la que pensaron, y que todo el
lago estaba lleno de naos, asombrados y te-
niendo temor de que su ciudad se perdiese,
como si viniera gente de guerra en las naos,
mudaron el acuerdo que habían tomado. Así
que, dejadas las armas, me salieron a recibir
con sus mujeres e hijos, recibiéndome con mu-
chas bendiciones, porque pensaban no haber yo
sentido su propósito, y rogábanme que tuviese
por bien el venir a su ciudad. Yo, como llegase
cerca, mandé a los pilotos que echasen las ánco-
ras lejos de tierra, porque no viesen los de la
ciudad que las naos estaban vacías; y llegado
junto a la ciudad en una nao, reñí con ellos
porque eran tan ligeros para quebrantar tan
neciamente la palabra que me hablan dado;
después les prometía que sin duda los perdo-
naría si me enviasen diez de los más principa-
les, lo cual hicieron ellos sin detenimiento; y
venidos, los metí en una nao y los envié a Tari-
cheas a que los tuviesen en guarda.
Con esta maña, prendiéndoles poco a poco
unos en pos de otros, pasé allá todo el Senado,
y otros tantos de los más principales del pueblo.
Entonces la otra muchedumbre, como vio el
peligro en que estaba, rogábame que hiciese
justicia del que habla sido causa de aquel albo-
roto. Este decían que era Clito, mancebo atrevi-
do y mal mirado; yo, que tenía por cosa nefasta
matar hombres de mi tribu, y con todo eso me
era necesario castigarlo, mandé a Lebias, uno
de los de mi guarda, que se llegase a él y le cor-
tase una mano, el cual como no se atreviese a
salir solo entre tanta gente, porque los de Tiber-
íades no sintiesen su temor, llamé yo a Clito, y
le dije: “Porque mereces que te corten ambas
manos por haber sido conmigo hombre tan
ingrato y fementido, es menester que tú seas el
verdugo para ti mismo, porque si no lo quieres
hacer, se te dará castigo más grave." Como me
rogase mucho que le dejase una mano, con gran
dificultad se lo concedí; y luego, de buena vo-
luntad echó mano a un cuchillo, y porque no se
las cortasen ambas, se cortó la mano izquierda.
De esta manera se apaciguó aquel alboroto.
Vuelto yo después a Taricheas, los de Tibería-
des, como supieron el ardid de que yo habla
usado, maravillábanse cómo sin muertes había
amansado su locura. Entonces, haciendo sacar
de la cárcel a los tiberienses, a Justo y a su pa-
dre Pisto, que estaban entre ellos, diles un con-
vite, y dijeles mientras comíamos, que yo bien
sabía que los romanos sobrepujaban en poten-
cia a todos los hombres, pero que disimulaba
por tantos ladrones como había, y aconsejábales
que también ellos hiciesen lo mismo, esperando
mejor tiempo; y que entretanto no llevasen a
mal estar sujetos a mí, pues que no podían te-
ner capitán que fuese más a su provecho que
yo. Y avisé también a justo cómo antes que yo
viniese de Jerusalén los galileos habían a su
hermano cortado las manos, acusándole de que
fingió ciertas escrituras, y que fie falsario;
y que después, de la partida de Filipo, los ga-
malitas, teniendo disensión con los de Babilo-
nia, habían muerto a Chares, pariente del mis-
mo Filipo, y a su hermano Jesu, cuñado del
mismo justo, le habían dado una pena justa y
moderada. Habiéndoles dicho esto en el convi-
te, por la mañana envié a justo con los suyos
dándolos por libres.
Poco antes Filipo, hijo de Jacinio, se habla ido
de Gamala por la causa que diré. Luego que
supo que Baro se habla rebelado contra el rey
Agripa, y que Equo modio había sido enviado
por su sucesor, el cual era su amigo, hizole sa-
ber Por cartas su estado; y como él las recibió,
hubo mucho Placer de que Filipo estaba en sal-
vo, y envió aquellas cartas al rey y a la reina,
que entonces estaban en Beryto. Entonces el
rey, corno entendió que era mentira lo que se
había sonado que Filipo se había ofrecido a los
judíos para ser su capitán contra los romanos,
envió ciertos de a caballo que se lo trajesen; y
cuando vino, abrazándole con mucho amor,
mostrábale a los capitanes romanos, diciendo:
«Este es aquel de quien hubo fama que se habla
rebelado contra los romanos." delandóle luego
que tomase una capitanía de a caballo, fuese
corriendo al castillo de Gamala, sacase de allí a
los de la casa, fuese a restituir en Batanea a los
babilonios, y trabajase de todas maneras para
que los súbditos no urdiesen novedad alguna.
Habiéndole el rey mandado esto, Filipo se fue
con mucha prisa a ponerlo por obra.
Un Josefo que se hacía médico, haciendo junta
de mancebos de los más atrevidos, y sublevan-
do los grandes de los de Gamala, aconsejó al
pueblo que se rebelase contra el rey, y que po-
niéndose en armas, procurasen cobrar la liber-
tad que solían tener. De esta manera atrajeron
otros a su parecer, matando a los que osaban
hablar en contrario. Entre éstos murió Chares y
Jesu, su pariente y una hermana de justo, natu-
ral de Tiberíades, corno arriba dijimos. Después
de esto me rogaron por carta que les enviase
socorro, y juntamente quien les cercase su villa
con muros; yo les otorgué lo uno y lo otro.
En estos mismos días se rebeló también contra
Agripa la región Gaulanitide hasta la villa de
Solima. Cerqué también de muros a los lugares
de Logano y de Seleucia, que de suyo eran fuer-
tes. Asimismo fortalecí las aldeas de Galilea
alta, aunque estaban en sitio áspero y alto, a
Jamnia, a Anierytha y a Charabes. Y en Galilea
hice fuertes estas villas, Taricheas, Tiberíades y
Séforis; y aldeas, la cueva de los Arbelos, Ber-
sobe, Selames, Jotapata, Capharath, Comoso-
gana, Nephapha y el monte Itabirio. En estos
lugares encerré también gran copia de trigo, y
metí armas con que se defendiesen.
Entretanto Juan, hijo de Levi, cada día me to-
maba mayor odio pesándose de mis buenas
dichas; y como determinase quitarme de todas
maneras del mundo, después que cercó de mu-
ros a Giscala, su tierra, envio a su hermano
Simón con cien soldados a Jerusalén, a Simón,
hijo de Gamaliel, a rogarle que hiciese con los
de la ciudad que me quitasen el mando y nom-
brasen al mismo Juan, por voto de todos, presi-
dente de Galilea. Este Simón, natural de Jeru-
salén, era de muy ilustre sangre de la secta de
los fariseos, la cual a la verdad parece que
guarda con más perfección las leyes de la tierra,
varón de notable prudencia, y que pudiera con
su consejo tornar al estado primero y en su ser
las cosas que andaban de caída; habla ya mu-
cho tiempo que tenía a Juan por amigo, y con-
migo estaba mal en aquel tiempo. delovido,
pues, por los ruegos de su amigo, aconsejó a los
pontífices Anano y Jesu, hijo de Gamala, y a
otros hombres de su bando, que me bajasen
porque crecía mucho, y no diesen lugar a que
subiese hasta la más alta cumbre de honra,
porque también les venia a ellos provecho de
que me quitasen la gobernación de Galilea; mas
que no debían Anano y los otros tardarse, por-
que descubriéndose este concierto, no viniese
con ejército sobre la ciudad. Aconsejándoles
esto, Anano el pontífice, respondió que no era
lo que decía cosa tan fácil, porque había mu-
chos pontífices y principales del pueblo que
eran testigos cómo administraba bien la pro-
vincia, y que no era cosa justa acusar a aquel a
quien ninguna culpa se le podía cargar.
Entonces Simón les rogó que no descubriesen
nada de lo que pasaba, que él podría poco, o
me echaría muy presto de la gobernación de
Galilea; y haciendo llamar al hermano de Juan,
le mandó que enviase presentes a los amigos de
Anano, porque por ventura con esto haría que
viniesen más presto en su parecer; de esta ma-
nera acabó al fin Simón lo que quiso; porque
Anano y sus compañeros, sobornados con
dádivas que les dieron, entraron en consulta
para quitarme el cargo, sin que otro ninguno de
los de la ciudad lo supiese; así que parecióles
bien enviar cuatro hombres, los más señalados
en linaje, e iguales en erudición; de éstos eran
plebeyos los dos, Jonatás y Anonias, fariseos, y
el tercero era Jozaro, de linaje sacerdotal, que
era también fariseo; y Simón, uno de los pon-
tífices, el cual era de menos edad de todos; a
éstos mandaron que hiciesen juntar los galíleos,
y les preguntasen cuál era la causa por que me
querían tanto; y si les respondiesen porque era
de Jerusalén, dijesen que también ellos eran de
Jerusalén; y si porque era sabio en las leyes, que
también ellos tenían noticia de los ritos de la
tierra; y si dijesen que me amaban por sacerdo-
te, que les respondiesen que también dos de
ellos eran sacerdotes.
Instruidos de esta manera los compañeros de
Jonatás, tomaron del tesoro 40.000 dineros de
plata, y porque por el mismo tiempo había ve-
nido de Jerusalén un Jesu, galíleo, con una
compañía de seiscientos soldados, llamaron a
éste y lo tomaron a sueldo, pagándole tres me-
ses adelantados, y le mandaron que fuese con
Jonatás y con sus compañeros, y que hiciese lo
que ellos le mandasen; y diéronle trescientos
ciudadanos más, pagándoles de la misma ma-
nera su sueldo. Después que todo esto se con-
certó así, los embajadores partieron, yendo en
su compañía el hermano de Juan con sus cien
soldados con el mandamiento de quien los en-
viaba, que si yo de mi voluntad no me pusiese
en armas, me enviasen vivo a Jerusalén, y si me
defendiese, que me matasen, que ellos los saca-
rian de ello en paz y en salvo. Diéronle también
cartas para Juan, en que le requerían que estu-
viese apercibido para hacerme guerra, y aun
fueron causa que los de Séforis, Gabara y Tiber-
íades fuesen en ayuda de Juan contra mi.
Como mi padre lo supiese todo por Jesu, hijo
de Gamala, que le habían dado parte de todos
estos conciertos, y era muy amigo mío, y me lo
escribiese, dióme mucha pasión la ingratitud de
mis ciudadanos que por envidia me querían
matar, y no menos me afligía que mi padre,
muy acongojado, me llamase, diciendo que
deseaba verme antes de su muerte; por lo cual
descubrí a mis amigos todo cuanto pasaba, y
les dije que dentro de tres días había de dejar la
gobernación, e irme a mi tierra; cuando ellos
oyeron esto, todos tristes y con lágrimas me
rogaban que no les desamparase, porque se
perderían si dejase de tener mando sobre ellos;
y como yo tuviese más cuenta con mi propia
salud que con lo que ellos me rogaban, recelán-
dose los galileos que, por mi ausencia, los tu-
viesen los ladrones en poco, despacharon men-
sajeros por toda su comarca, con los cuales
hicieron saber que yo quería partir. Oído esto,
acudieron muchos de todas partes con sus mu-
jeres e hijos, no tanto porque me deseasen,
según yo pienso, como temiendo el mal que les
podía venir, porque les parecía que con mi pre-
sencia estaban ellos en salvo. Vinieron, pues,
todos a mí de un acuerdo en el Campo Grande
en donde yo estaba en aquella sazón, en la villa
de Asochim, en el cual tiempo una noche soñé
un sueño admirable.
Porque como estuviese en mi cama triste y tur-
bado por las cartas que había recibido, pare-
cióme que veía un hombre junto a mí que me
decía: Déjate, buen hombre, de estar triste y
temer, porque esas tristezas te han de hacer
grande y dichoso en todo. Te sucederán dicho-
sa y prósperamente, no solamente estas cosas,
sino aun otras muchas; por lo cual persevera,
acordándote que te conviene hacer también
guerra con los romanos. Después de este sueño
me levanté queriendo bajar al campo, y vién-
dome entonces la muchedumbre de los galileos,
entre los cuales había también mujeres y mu-
chachos tendidos en el suelo, me suplicaban
con lágrimas que no los desamparase en tiempo
que tenían a la puerta sus enemigos, y que por
irme yo, no dejase su región sujeta a cuantas
injurias les quisiesen hacer los que mal les
querían, y como ninguna cosa pudiesen alcan-
zar con sus ruegos, conjurábanme que me que-
dase, diciendo muy afrentosas palabras contra
el pueblo de Jerusalén, que no los dejaban en
paz.
Oyendo yo esto, y viendo la tristeza del pueblo,
movíme a compasión, pareciéndome que no era
mal hecho ponerme por tan grande muche-
dumbre, aunque fuese a peligro manifiesto. Así
que dije que quedaría, y mandándoles que de
todo aquel número estuviesen allí cinco mil con
armas y vituallas, despedí los otros cada uno a
su tierra. Y como se apercibiesen aquellos cinco
mil, tomados éstos y tres mil soldados que hab-
ía tenido antes, y ochocientos a caballo, caminé
a la villa de Chabolon, que está en los confines
o términos de Ptolemaida, y tenía allí mis gen-
tes puestas a punto, corno que quería hacer
guerra contra Plácido; éste había venido con
dos capitanías de a pie y una compañía de a
caballo, enviado por Gelio Galo para que pusie-
se fuego a los lugares de los galileos que confi-
nan con Ptolemaida, y como él hubiese cercado
su gente de un foso no lejos de los muros de
Ptolemaida, asenté yo también mi real sesenta
estadios de Chabolon, por lo cual de ambas
partes sacamos muchas veces nuestra gente
corno si quisiéramos trabar batalla; pero en
todo ello no hubo más que ciertas escaramuzas,
porque Plácido, cuanto mayor codicia me veía
de pelear, tanto más él temía y rehusaba la ba-
talla, y nunca se apartaba de Ptolemaida.
Por el mismo tiempo vino Jonatás con sus com-
pañeros, el que dijimos antes que fue enviado
de Jerusalén por el bando de Simón y del pontí-
fice Anano, y procurando tomarme a traición,
porque no se atrevía a acometerme cara a cara,
escribiáme una carta de este tenor: “Jonatás y
sus compañeros, embajadores de la ciudad de
Jerusalén, a Josefo desean salud. Porque en Je-
rusalén se ha dicho a los principales y go-
bernadores de aquella ciudad, que Juan, natu-
ral de Giscala, te ha urdido muchas veces trai-
ción, nos ha enviado para que lo reprendiése-
mos y le mandásemos que haga, de aquí en
adelante lo que tú le mandares; por lo cual,
para que también con tu acuerdo y consejo
proveamos remedio para en lo porvenir, te ro-
gamos que vengas luego adonde nosotros es-
tamos sin mucha compañía, porque en esta
villa no puede caber mucha gente de guerra."
Esto escribieron de esta manera, esperando una
de dos cosas: o que me tendrían a su voluntad
si iba sin armas, o si llevase gente de guerra me
juzgarían por rebelde a mi tierra; esta carta me
trajo uno de a caballo, mancebo atrevido, que
en otro tiempo había servido al rey en la gue-
rra. Eran ya dos horas de la noche, y por acaso
estaba yo a la mesa en un banquete con mis
amigos y con los principales de los galileos; y
como un criado me hiciese saber que me busca-
ba un judío de a caballo, mandéle que lo metie-
se; él no hizo acatamiento a ninguno; solamen-
te, sacando la carta, dijo: "Esta te envían los que
ahora vinieron de Jerusalén." Los otros convi-
dados se maravillaban de la desvergüenza del
soldado, pero yo le rogué que se sentase y ce-
nase con nosotros, lo cual como rehusó, yo, con
la carta en la mano de la manera que la había
recibido, comencé a hablar con mis amigos
otras cosas; y de ahí a poco levantéme y des-
pedí os a que se fuesen a acostar, e hice quedar
solos cuatro amigos muy especiales, y un mozo
a quien había mandado sacar vino; entonces
abrí la carta y la leí muy de corrida, sin que
alguno lo viese, y entendiendo fácilmente lo
que contenía, toméla a doblar, y teniéndola en
la mano corno si no la hubiera leído, mandé dar
al soldado 20 dracmas para el camino, las cua-
les recibidas, corno me diese las gracias, enten-
diendo yo de él que era codicioso de dineros, y
que con esto sería fácil cosa vencerlo, le dije: "Si
quieres beber con nosotros te daremos un
dracma por cada taza." Aceptó el partido, y
bebiendo mucho vino para ganar muchos dine-
ros, ya que estaba borracho, comenzó a descu-
brir los secretos; y sin que ninguno se lo pre-
guntase, confesó de su propia voluntad que me
tenían armada traición, y que me hablan con-
denado a muerte. Oídas estas cosas, respondí a
la carta de esta manera:
“Josefo, a Jonatás y a sus compañeros, desea
salud: huélgome de que estéis buenos y que
hayáis venido a Galílea, mayormente porque
puedo ya poner en vuestras manos la goberna-
ción de ella, y volverme a mi tierra, que ha mu-
cho tiempo que tengo deseo de tomarla a ver,
por lo cual de buena ' gana iría adonde estáis,
no solamente a Xalo, pero aun mas lejos, aun-
que ninguno me llamase; mas perdonadme,
porque no puedo ahora hacerlo. Conviéneme
estar en Chabolon, y aguardar a Plácido porque
no entre por Galilea, que es lo que él procura;
mejor es, pues, que en leyendo esta carta veng-
áis vosotros acá donde yo estoy. Nuestro Señor,
etc."
Dada al soldado esta carta para que la llevase,
envié con él treinta de los más notables galileos,
mandándoles que solamente saludasen a aque-
llos hombres, y que ninguna cosa, fuera de esto,
dijesen; y di a cada uno un soldado, de quien
me fiaba, para que mirasen si los que yo envia-
ba tenían alguna plática con Jonatás.
Después que fueron estos embajadores,
habiéndoles salido en blanco la primera expe-
riencia, escribiéronme otra carta de esta mane-
ra:
“Jonatás y los otros embajadores, a Josefo env-
ían y desean salud. Denunciámoste que sin
compañía de soldados vengas, de aquí a tres
días, a la villa de Gabara, donde nos hallarás,
porque queremos conocer de los delitos que
impones a Juan."
Escrita esta carta, después que saludaron a los
galileos que yo envié, vinieron a Jafa, villa de
Galilea, muy grande, muy fuerte y muy pobla-
da de moradores, donde fueron recibidos con
clamores del pueblo, dando voces juntamente
con las mujeres y niños, que se fuesen y los
dejasen, que buen capitán tenían, y todos a una
voz decían que a ninguno otro obedecieran sino
a lo que les mandase Josefo, de manera que los
embajadores, partidos de aquí sin hacer nada,
se fueron a Séforis, ciudad muy grande de Gali-
lea, donde los moradores que favorecían a los
romanos, les salieron a recibir; mas ninguna
cosa les dijeron de mí, ni en mi loor, ni en mi
vituperio.
Pero después que de allí descendieron a Aso-
chim, fueron recibidos con los mismos clamores
que los recibiesen los de Jafa; y no pudiendo a
refrenar el enojo, mandaron a sus soldados que
a palos echasen de allí aquellos que daban vo-
ces; y cuando vinieron a Gabara, vino presto
Juan con tres mil hombres de armas, mas yo,
que por la carta había ya sentido que tenían
determinado de hacerme la guerra, tomé con-
migo tres mil soldados, y dejando en el real un
mi amigo muy leal, me acogí a Jotapata para
estar cerca de ellos cuarenta estadios, y escribí-
les de esta manera:
"Si en todo caso queréis que vaya a vosotros,
cuatrocientos cuatro villas o ciudades hay en
Galilea; a cualquiera de éstas iré, salvo a Gaba-
ra y a Giscala, porque estos lugares, el uno es
de Juan, y con el otro tiene hecha alianza y
amistad."
Recibidas estas cartas, no respondieron más los
embajadores, pero haciendo juntar la consulta
de sus amigos, y entrando también Juan en ella,
consultaban por dónde me podrían entrar. Juan
era de parecer que se escribiese a todas las vi-
llas y ciudades de Galilea, porque en cada una
había a lo menos uno o dos que me quisiesen
mal, y los provocasen contra mí como contra
enemigo del pueblo, y que se enviase la misma
determinación a Jerusalén para que también los
ciudadanos de aquella ciudad, cuando supiesen
que los galileos me habían juzgado por enemi-
go, confirmasen con sus votos aquella senten-
cia, y que de esta manera me harían perder el
favor que los de Galilea me hacían; este consejo
dieron por bueno todos los otros, y luego supe
yo esto cerca de tres horas de la noche, porque
un sacheo que se vino de allá amotinado, me lo
dijo; por lo cual, viendo que no era tiempo de
detenerme, mandé a Jacob, varón fiel y diestro,
que con doscientos soldados guardase los ca-
minos que iban de Gabara a Galilea, y que
prendiesen los caminantes, y me los enviasen,
principalmente a los que les hallasen cartas;
demás de esto envié a jeremías, que era tam-
bién el número de mis amigos, con seiscientos
hombres, a los términos de Galilea, por donde
va el camino a Jerusalén, mandándole que
prendiese a los que llevasen cartas, y que a ellos
echasen en prisiones, y me enviase lar, cartas.
Después que hube mandado estas cosas, envié
mis mensajeros a los de Galilea con un edicto
en que les mandaba que otro día me estuviesen
a punto, con sus armas y mantenimientos para
tres días, junto a Gabara, y repartida en cuatro
partes la gente que yo tenía conmigo, puse por
capitanes a los más leales de mi guarda,
mandándoles que a ningún soldado que no
conociesen recibiesen entre los suyos. Llegando
a Gabara el día siguiente cerca de las cinco
horas, hallé junto a la villa todo el campo lleno
de la gente de armas que había hecho apercibir
en mi socorro de Galilea, y demás de éstos,
gran muchedumbre de gente rústica. Como me
pusiese delante de todos para decirles ciertas
razones, comenzaron todos a voces a llamarme
su bienhechor y amparo de su tierra; entonces
yo, dándoles las gracias por el favor, roguéles
que a ninguno hiciesen enojo, y que, con-
tentándose con las vituallas que tenían en su
real, no saliesen a saquear las villas o aldeas,
porque mi voluntad era apaciguar todo el albo-
roto sin que hubiese muertes; y aconteció que el
primer día que puse guardas en los caminos,
cayeron en sus manos los mensajeros de Jo-
natás; ellos los detuvieron, como yo les tenla
mandado, y me enviaron las cartas que traían;
después que las leí y hallé en ellas tantas pala-
bras afrentosas y tantas mentiras, disimulé con
no hablar palabra, y determiné ir a ellos.
Los cuales, cuando oyeron que yo iba con todos
los suyos y con Juan, se fueron a Jesu (ésta es
una torre grande, y que no hay diferencia de
ella a un alcázar). Allí escondida una capitanía
de soldados, y cerradas todas las puertas, que
no dejaron sino una abierta, esperaban que fue-
se a saludarles de camino; habiendo primero
mandado a los soldados que cuando yo viniere
me metiesen dentro solo, y que a otro ninguno
dejasen entrar, porque de esta manera pensa-
ban haberme más fácilmente en su poder; pero
engañólos su pensamiento, porque barruntan-
do yo la traición, luego que allí llegué, entrando
en una posada que estaba frente de ellos, fingí
que dormía; y los embajadores, creyendo que
yo dormía de veras, descendieron al campo y
comenzaron a solicitar a la muchedumbre a que
me desamparase, porque usaba mal del oficio
de capitán; pero sucedió al contrario de lo que
esperaban, porque luego que los vieron se le-
vantó una grita entre los galileos, que testifica-
ban bien cuánto amor me tenían por merecerlo
yo, y culpaban a los embajadores, porque sin
haberles hecho injuria alguna, habían venido a
revolver el sosiego y la paz del pueblo, y
mandábanles que se fuesen porque ellos no
hablan de admitir otro gobernador. Después
que supe esto no dudé salir; así que descendí
con mucha prisa a oír lo que los embajadores
traían; cuando salí comenzaron todos a dar
palmadas de alegría, unos a porfía de otros, y a
voces me dieron gracias de haber gobernado
muy bien su provincia.
Cuando Jonatás y los otros oyeron estas cosas,
temieron mucho perder la vida a manos del
pueblo, que tanto me favorecía, y pensaban
huir; pero porque no podían hacerlo libremen-
te, mandándoles yo que se detuviesen, estaban
tristes, y apenas estaban en su acuerdo.
Habiendo, pues, hecho cesar las gritas del pue-
blo, y puestos de mis soldados, de los que me
fiaba, para guardar los caminos, porque no die-
sen sobre nosotros tomándonos desapercibidos,
y habiendo mandado que todos estuviesen en
armas, porque aunque viniesen de súbito los
enemigos no hubiese por qué temer, primera-
mente hice mención de las cartas en que me
habían escrito que las ciudad de Jerusalén los
enviaba para acabar las diferencias entre mi y
Juan, y me habían llamado que pareciese, y
luego, para que no pudiesen negarlo, saqué la
misma carta, y dije: "Si yo hubiese de dar cuen-
ta de mi vida contra las acusaciones que delan-
te de ti, Jonatás, y de tus compañeros me pone
Juan, cuando presentase en mi defensa por tes-
tigos dos o tres buenos varones, sería necesario
que, dados por buenos los testigos, y examina-
dos sus testimonios, me dieseis por libre; pero
ahora, para que sepáis que yo he administrado
bien las cosas de Galilea, no quiero traer tres
testigos de mi abono, sino todos estos os doy
por testigos; a éstos demandad cuenta de mi
vida, si por ventura los he gobernado con toda
honestidad y justicia, y a vosotros, varones de
Galilea, conjuro que no encubráis la verdad,
sino que ante éstos, como jueces, digáis si en
alguna cosa he hecho lo que no debía."
Apenas había yo acabado estas palabras, cuan-
do todos levantaron una grita, llamándome su
bienhechor y conservador, y aprobando con su
testimonio todo lo que hasta entonces habla
hecho, y rogándome que en adelante perseve-
rase en ser tal cual antes habla sido; afirmaban
también con juramento todos, que no había
cometido deshonestidad con mujer de alguno,
y que jamás había hecho enojo a alguno de
ellos. Después de esto, oyéndolo muchos de los
galileos, leí las dos cartas de Jonatás que habían
tomado mis guardas y enviándomelas, llenas
de muy malas palabras, e imponiendo falsa-
mente que usaba más de tirano que de capitán,
y contenían otras muchas cosas fingidas con
muy grande desvergüenza. Estas cartas, decía
yo que me las habían dado los que las llevaban,
sin que yo se las pidiese, no queriendo que mis
contrarios supiesen lo de las guardas que tenla
puestas, porque no dejasen de enviar sus cartas
en adelante.
Y el Ayuntamiento, movido a ira contra Jonatás
y sus compañeros, arremetieron a ellos para
matarlos, e hiciéranlo si yo no les refrenara su
furia. A los embajadores prometí perdón de lo
hecho si tomasen mejor acuerdo, y, vueltos a su
tierra, contasen la verdad de cómo me habla
habido en mi administración.
Dichas estas cosas, los despedí, dado que sabía
que no habían de cumplir lo prometido; pero el
pueblo estaba contra ellos airado, rogándome
que los dejase que les diesen su pago; así que
hube de usar de todas mafias para librarlos,
porque sabía que toda revuelta es muy dañosa
en la República; mas la muchedumbre perseve-
raba en su enojo, y con una determinación iban
todos a la posada de Jonatás; viendo yo que no
podía detenerlos más, subiendo en un caballo
mandé que viniesen tras mi a Sogana, que es
una aldea de los árabes que está de allí veinte
estadios, y con esta astucia me guardé de no
parecer que hubiese dado principio a guerra
civil.
Después que vinimos cerca de Sogana, mandé
parar mi gente; y habiéndoles aconsejado que
no fuesen tan arrebatados a ira que pasa los
límites de la razón, escogí ciento de los más
señalados en edad y honra, y les dije que se
aparejasen para ir a Jerusalén a acusar delante
del pueblo a los que hablan movido el alboroto
y revuelto su República; además de esto les
mandé que, si lo pudiesen acabar con el pueblo,
alcanzasen una provisión en que se me confir-
mase la gobernación de Galilea, y se mandase a
Juan que saliese de ella. Despachándolos en
breve con este recaudo, tres días después que
se hizo el Ayuntamiento, los despedí, dándoles
quinientos soldados que los acompañasen, y
también escribí a mis amigos a Samaria que
trabajasen para que mis embajadores pudiesen
caminar seguramente por su tierra, porque ya
aquella ciudad estaba sujeta a los romanos, y
tuvieron necesidad de ir por allá porque iban
de prisa, y buscaban los atajos y caminos más
cortos por llegar al tercero día a Jerusalén, y
aun yo mismo los acompañé hasta salir de Gali-
lea, habiendo puesto guardas en los caminos
para que no se publicase de pronto la partida
de los embajadores, y después de hecho esto
me detuve un poco de tiempo en Jafa.
Jonatás y sus compañeros, como no salieron
con la suya, tornaron a enviar a Juan a Giscala,
y ellos desde allí partieron para Tiberíades con
esperanza de haberla en su poder; porque
Jesús, que entonces tenla allí el magistrado, les
había prometido por sus cartas que él acabaría
con el pueblo que se sujetasen a ellos. Con esta
esperanza se pusieron en camino: Sila con su
mensajero me hizo saber todo lo que pasaba, al
cual yo, como dije, había dejado en mi lugar, y
rogábame mucho que volviese lo más presto
que pudiese; vuelto yo de prisa por su consejo,
por poco perdiera la vida por la causa que diré.
Jonatás y sus compañeros habían en Tiberíades
inducido a muchos del bando contrario a que
se rebelasen, por lo cual, atemorizados con mi
venida, accedieron a mi luego, y dándome pri-
meramente la enhorabuena, decían que se hol-
gaban de la honra que entonces había ganado,
por haber administrado muy bien a Galilea,
porque de aquella gloria les alcanzaba también
a ellos parte, por ser yo su ciudadano y dis-
cípulo; y después, confesando en público que
querían más mi amistad que la de Juan, me
rogaban que me fuese a mi casa, prometiéndo-
me que ellos harían luego que el otro viniese a
mis manos, confirmándolo con juramento, lo
cual es cosa de muy grande religión entre noso-
tros, y así me pareció que sería maldad no cre-
erlo. Después me rogaron que me fuese a otra
parte porque venía cerca el sábado, y no quer-
ían ellos levantar desasosiego alguno en el
pueblo de los Tiberíades.
Entonces yo, sin sospechar cosa alguna, me fui
a Taricheas, dejando, sin embargo de esto, en la
ciudad quien mirase curiosamente lo que ellos
hablaban de mí, y por todo el camino que va de
Taricheas a Tiberíades puse algunos por quien
viniese a mi, como de mano en mano lo que
supiesen los que había dejado en la ciudad. El
día, pues, siguiente se juntó el pueblo en Pro-
seucha, que llaman, que es una casa de oración
ancha, y en que cabe toda aquella muchedum-
bre, donde después que Jonatás también vino,
no atreviéndose a decir claramente que se rebe-
lasen, dijo que la ciudad tenía necesidad de
mejores magistrados; pero Jesús, que tenía el
sumo magistrado, sin disimular cosa alguna,
dijo: Más vale, ciudadanos, que nosotros obe-
dezcamos a cuatro hombres que a uno, ma-
yormente cuando éstos descienden de ilustre
sangre, y tenidos en mucho por su prudencia,
señalando cuando esto decía, a Jonatás y a sus
compañeros; y luego Justo, loando estas pala-
bras, trajo a algunos de los ciudadanos a lo que
él quería; pero el pueblo no estaba por lo que
éstos decían, y sin duda se levantara algún al-
boroto, si no se deshiciera el Ayuntamiento,
porque era ya la hora sexta y, suelen los nues-
tros comer a esta hora los sábados; de esta ma-
nera los embajadores, dilatando la consulta
para el día siguiente, se fueron sin dar fin en el
negocio. Sabiendo yo luego estas cosas, deter-
miné venir a Tiberíades por la mañana, y en
amaneciendo el día siguiente, yendo de Tari-
cheas allá, hallé que el pueblo se había ya jun-
tado en la casa de oración, no sabiendo aún
bien para qué se juntaba. Entonces los emba-
jadores, como me vieron a tiempo que no me
esperaban y quedaron muy atemorizados; al fin
acordaron esparcir un rumor, que habían apa-
recido ciertos romanos a caballo en los términos
de aquel campo en un lugar que se dice Homo-
nea; y haciendo creer este rumor adrede ellos
mismos, que eran los que lo habían levantado,
daban voces, que no era bien dar lugar a que
los enemigos talasen así a su salvo los campos a
vista de todos, lo cual hacían con propósito
que, saliendo yo a socorrer a los labradores,
pudiesen ellos entretanto alzarse con la ciudad,
y hacer que los ciudadanos me quisiesen mal.
Aunque sabia su propósito, hice lo que quisie-
ron, porque no pareciese que no hacía caso de
los peligros de los tiberíenses. Salido, pues, al
dicho lugar, después que vi que no había ni
rastro de los enemigos vuelto con mucha prisa,
hallé que se habían juntado el Senado y el pue-
blo en uno, y que los embajadores me ponían
una larga acusación delante del Ayuntamiento,
diciendo que menospreciaba el cuidado del
pueblo, y me ocupaba solamente en mis pro-
pios deleites. Dichas estas cosas sacaban cuatro
cartas, como escritas por los galileos, diciendo
que se hablan puesto a defender los últimos
términos de aquella región, y que para esto
pedían su socorro; oyendo estas cosas los de
Tiberíades, creyéndolas de ligero, comenzaron
a dar voces que no se debía poner dilación en
aquello, sino que en tan grande peligro se debía
dar socorro muy presto a los de su pueblo; y
por el contrario, entendiendo la falsa mentira
de los embajadores, dije que sin detenerme iría
donde la necesidad de la guerra lo pidiese; mas
porque de otros cuatro lugares diversos habían
venido cartas en que hacían saber las corridas
de los romanos, convenía que, repartida entre
otras tantas partes la gente, cada uno de los
embajadores tuviese cargo de cada una; porque
era justo que los varones esforzados socorriesen
a las cosas que van de calda, no solamente con
su consejo, pero aun con ir ellos en la delantera
a ayudar, y que yo no podía llevar sino sola
una parte del ejército. Pareció esto bien a la
muchedumbre, y los apremiaban a que saliesen
y tomasen el cargo de capitanes, con lo cual
ellos fueron en gran manera turbados en sin
ánimos, porque les había dado y salido al revés
lo que procuraban, por las sutiles intenciones
que yo les armé en contrario.
Entonces uno de ellos, por nombre Ananías,
hombre malo y de malas obras, aconsejó que
mandasen al pueblo ayudar otro día, y que a la
misma hora se juntasen todos sin armas en el
mismo lugar, porque sabían que sin la ayuda
de Dios ninguna cosa podían hacer las armas
de los hombres, y no decía esto por causa de
religión sino por verme sin armas a mí y a los
míos; entonces yo también obedecí por fuerza,
porque no pareciese que menospreciaba la san-
ta amonestación. Así que, después que se fue-
ron todos a sus casas, Jonatás y sus compañeros
escribieron a Juan que por la mañana viniese
adonde ellos estaban, con la mayor compañía
de soldados que pudiese, porque fácilmente me
habria en su poder y alcanzaría lo que deseaba.
El, cuando recibió las cartas, obedeció de buena
gana. El día siguiente mandé a dos de mis
guardas los más esforzados y de quien yo más
fiaba, que se pusiesen unas espadas cortas de-
bajo de la ropa, que no se les pareciesen, y sa-
liesen conmigo en público, para que si alguna
injuria nos quisiesen hacer nuestros enemigos,
tuviésemos con qué defendernos; y yo también
me vestí unas corazas y me ceñí mi espada lo
más secretamente que pude, y así vine a la casa
de oración a rezar.
Después que entré yo con mis amigos, ponién-
dose Jesús a la puerta, no dejó entrar a otro
ninguno de los míos; y ya que nosotros co-
menzábamos a hacer oración a la costumbre de
la tierra, levantándose Jesús, me preguntó por
las alhajas y plata por labrar del Palacio Real
que se había fundido, en cuyo poder estaban
estas cosas depositadas; de las cuales hacía en-
tonces mención, por gastar el tiempo hasta que
Juan viniese. Respondí que Capella lo tenla
todo y aquellos diez ciudadanos principales de
Tiberiades; y díjele, que les preguntase a ellos si
yo decía verdad; los cuales, como confesaron
que lo tenían, dijo: ««¿Qué es de aquellos veinte
dineros de oro que te dieron por cierto peso de
plata por labrar que vendiste, en qué los gastas-
te?" Respondí que los había dado para el cami-
no a los embajadores que me enviaron de Jeru-
salén. A esto replicaron Jonatás sus compañeros
que no había sido bien hecho pagar su Jario, a
los embajadores de¡ dinero público. Enojándose
el pueblo por ver su malicia tan clara, como yo
entendiese que la cosa no estaba lejos de haber
alguna revuelta, con voluntad de ensañar más
aun contra ellos el pueblo, dije: "Si es mal hecho
que diera salario a los embajadores del dinero
del pueblo, no me déis más enojos por ello, que
yo pagaré de mi bolsa estos veinte dineros.”
Entonces el pueblo tanto más se encendió,
cuanto apareció más claro cuán contra razón
me aborrecían. Viendo Jesús que la cosa le su-
cedía al contrario de lo que él esperaba, mandó
que, quedando solo el Senado, toda la otra mu-
chedumbre se fuese, porque el bullicio de la
gente no daba lugar a que se hiciese la pesquisa
de tan gran negocio. Y contradiciendo el pueblo
que no me dejaría solo entre ellos, vino uno a
decir secretamente a Jesús, que venía cerca Juan
con gente de armas; entonces, no pudiendo
callar más Jonatás, Dios, que por ventura pro-
veía así por mi salud, porque de otra manera
no me escapara del ímpetu con que venía Juan,
dijo: "Dejadme, tiberienses, hacer pesquisa de
los veinte dineros de oro, porque por ellos no
merece Josefo la muerte, sino porque anda ur-
diendo hacerse tirano, y ha alcanzado princi-
pado con engañar la muchedumbre ignorante."
En diciendo esto, los que estaban para matarme
procuraban poner las manos en mí, lo cual visto
por mis compañeros, desenvainar" Sus espadas
y, trabajando por herirlos, los hicieron huir; y
juntamente el pueblo alcanzó piedras para herir
a Jonatás, librándome de la violencia de mis
enemigos.
Yendo un poco adelante, como saliese a una
calle por donde venía Juan con un escuadrón
de soldados, húbele miedo y dí la vuelta por
una calle angosta que iba a la mar; y de esta
manera, entrando en una nao, me escabullí a
Taricheas, faltando poco para que me mataran
por un peligro que no pensé por lo cual,
haciendo luego llamar los principales de los
galileos, les conté cómo contra derecho y razón
me hubieran muerto Jonatás y los de Tibería-
des.
Enojada con esta injuria, la muchedumbre de
los galilleos me aconsejaba que no dudase de
hacer guerra a mis enemigos, y que los dejase
ir, que ellos quitarían del mundo a Juan, Jo-
natás y sus compañeros; pero yo procuraba
amansar su enojo, mandándoles esperar hasta
que supiésemos qué traían nuestros embajado-
res de la ciudad de Jerusalén; y decíales que nos
cumplía no hacer cosa alguna sin su consenti-
miento. Con estas palabras lo acabé con ellos.
Como Juan tampoco entonces no salió con la
suya, volvióse a Giscala.
A los pocos días, vueltos nuestros embajadores,
nos hicieron saber que todos los de Jerusalén
estaban muy enojados con Anano y con Simón,
hijo de Gamaliel, porque, enviando embajado-
res sin consentimiento del pueblo, habían pro-
curado quitarme de la gobernación de Galilea,
y decían que faltó muy poco para que el pueblo
pusiese fuego a sus casas. Trajeron también
caritas, por las cuales los principales y cabezas
de Jerusalén, por autoridad del pueblo, me con-
firmaban en la gobernación, y mandaban a Jo-
natás y a sus compañeros que luego se volvie-
sen a sus casas. Cuando recibí estas cartas vine
a la villa de Arbela, donde había mandado jun-
tar los galileos, y allí mandé a los embajadores
que contasen cuánto habían sentido los de Jeru-
salén la malicia do! Jonatás, y cómo por su
acuerdo y decreto me habían confirmado la
gobernación de aquella región, y habían man-
dado a Jonatás y a los suyos que saliesen de
ella, a los cuales envié luego aquella carta,
mandando al mensajero que mirase lo que hac-
ían.
Ellos, cuando recibieron la carta, muy atemori-
zados, hicieron llamar a Juan y a los senadores
de los tiberienses, y a los principales de Gabara,
para pedirles consejo qué debían hacer. Los
tiberienses eran de parecer que se estuviesen en
la administración de la República, y no desam-
parasen la ciudad que una vez se había fiado de
su palabra, mayormente ahora que yo les quer-
ía acometer, porque mintieron que yo les había
amenazado con esto. Lo mismo daba por bueno
también Juan, añadiendo que debían enviar dos
de los compañeros a Jerusalén, que me acusa-
sen delante del pueblo de que no administraba
derechamente las cosas de Galilea, diciendo
que de esto lo persuadirían fácilmente, lo uno,
por su autoridad, lo otro, porque naturalmente
el vulgo es mudable. Pareció bien el consejo de
Juan, y luego enviaron a Jonatás y a Anania a
Jerusalén, quedando los otros dos en Tibería-
des, y acompañándolos, porque fuesen seguros,
cien soldados de los suyos.
Los tiberienses, habiendo reparado sus muros
con diligencia, mandaron a los moradores de la
ciudad que tomasen sus armas, e hicieron con
Juan, que estaba entonces en Giscala, que les
enviase muchos soldados que les ayudasen
contra mí, si por ventura fuese menester. Entre-
tanto, caminando Jonatás con los suyos, cuando
llegó a Darabitta, que es una villa cuyo sitio
está en el Campo Grande en los tunos términos
de Galilea, a medianoche cayó en manos de una
escuadra de soldados míos, que estaban en ve-
la, los cuales, mandándoles que dejasen las ar-
mas, los tuvieron presos en el lugar donde yo
les había mandado. Levi, capitán de aquellos
soldados, me hizo saber todo lo que habla pa-
sado. Así que, teniendo el negocio bien disimu-
lado dos días, por mensajeros requerí a los tibe-
rienses que dejasen las armas; pero ellos, pen-
sando que ya Jonatás había llegado a Jerusalén,
no me respondieron otra cosa, sino palabras
afrentosas. No me espanté tanto que por eso
dejase de usar con ellos de una astucia, porque
me parecía cosa ¡licita comenzar guerra civil.
Queriendo, pues, sacarlos engañados fuera de
los muros, habiendo escogido diez mil solda-
dos, los repartí en tres partes. Una parte de
éstos puse secretamente junto a Dora, y otros
mil en una aldea, que también era montaña, a
cuatro estadios de Tiberíades, para que espera-
sen hasta que se les díese señal de arremeter.
Yo, saliendo de la ciudad, paréme en un lugar
público; viendo esto los tiberienses, vinieron
luego corriendo a mí, diciéndome maldiciones
muy desabridas, y tomóles entonces tanta locu-
ra, que llevando delante unas andas de muerto,
aderezadas magníficamente, alrededor de ellas
me lloraban por escarnio; pero yo, callando,
gozaba de su poco saber.
Y queriendo por asechanzas haber a Simón a
las manos, y con él a Joazaro, roguéles que con
los amigos, y con los que por su seguridad los
acompañaban, saliesen un poco fuera la ciudad,
porque quería hablarles y tratar paz con ellos, y
de la gobernación de la provincia. Entonces,
Simón, con poco saber y codicia de la ganancia,
no rehusó venir, pero o, sospechando lo que
era, se quedó. Cuando Simón vino acompañado
de sus amigos y guardas de su persona, lo re-
cibí con mucha humanidad, y díle las gracias
porque tuvo por bien venir. Y paseándonos de
ahí a poco, apartándolo algo desviado de sus
amigos, como que le quería decir algo sin terce-
ros, arrebatándolo por medio del cuerpo en
alto, lo entregué a los míos, que lo llevasen a la
aldea que más cerca estuviese; y haciendo señal
a mi gente, me fui con ellos a Tiberíades. Como
de ambas partes se trabase una cruda batalla,
animando a los míos que ya iban de vencida,
les hice cobrar esfuerzo y encerré dentro de los
muros a los tiberienses, que por poco hubieran
la victoria; y enviando luego por el lago otro
escuadrón, mandéles que pusiesen fuego en la
primera casa que entrasen. Hecho esto, pen-
sando los tiberienses que la ciudad estaba to-
mada por fuerza, dejadas las armas, me supli-
caron con sus mujeres e hijos que los perdona-
se, pues los tenía vencidos. Yo, movido por sus
ruegos, refrené a los soldados de la furia que
traían, y habiendo tocado a recoger la gente,
siendo ya tarde, me fui a comer; y llevando
conmigo a Simón, sentados a la mesa, lo conso-
laba prometiendo volverle a enviar a Jerusalén
y darle lo necesario para el camino, y quien lo
acompañase por que fuese seguro.
El día siguiente entré en Tiberíades con los diez
mil soldados armados, y mandando llamar a la
plaza los regidores y principales del pueblo,
mandéles que me dijesen quiénes eran los auto-
res de la rebelión; habiéndomelos mostrado, les
eché prisiones, y les envié a Jotapata. Y soltan-
do a Jonatás y sus compañeros, y aun dándoles
para el camino, los entregué a quinientos sol-
dados que los llevasen a Jerusalén. Después de
esto, vinieron otra vez a mí los tiberienses a
pedirme perdón, y me prometieron que en ade-
lante suplirían con servicios lo que hasta enton-
ces hablan faltado, rogándome que hiciese res-
tituir a sus dueños las haciendas que habían
sido tomadas. Mandé luego que se trajese todo
allí delante, y como los soldados tardasen en
hacerlo, viendo yo uno de ellos más ataviado
que solía, preguntéle que de dónde había habi-
do aquella vestidura, confesándome él que la
había ganado del despojo, lo hice azotar, y
amenacé a todos que les daría más grave casti-
go si no me trajesen lo que habían robado junto
todo el despojo, que era mucho, di a cada uno
de los ciudadanos lo que conocía ser suyo.
En este lugar quiero reprender en pocas pala-
bras a justo, escritor de esta historia, y a los
otros, que prometiendo escribir alguna historia,
menospreciando la verdad, no tienen ver-
güenza, por amor o por odio, escribir mentiras
a los que vinieron después; por cierto, en nin-
guna cosa difieren de los que falsean escrituras
públicas, sino que éstos se dañan más con que
no los castigan por ello. Este, para que parecie-
se que gastaba bien su tiempo, púsose a escribir
las cosas que en esta guerra pasaron; y min-
tiendo muchas cosas de mí, ni aun de su propia
tierra dijo verdad. Por lo cual tengo necesidad
de decir lo que hasta ahora he callado, para
argüir contra lo que de mi ha dicho falsamente.
Y no hay por qué nadie se deba maravillar
haber dilatado tanto tiempo de hacer esto; por-
que aunque cumple que el historiador diga
verdad, pero bien puede dejar de hablar áspe-
ramente contra los malos, no porque ellos me-
rezcan este bien, sino por guardar la templanza.
Volviendo, pues, así la plática, oh justo, el más
grave de los historiadores por tu testimonio,
dime, ¿cómo yo y los galileos tuvimos la culpa
y causamos que tu tierra se rebelase contra el
rey y también contra el imperio de los roma-
nos? Pues que antes que por determinación de
la ciudad de Jerusalén fuese yo a Galilea envia-
do por capitán, tú, con tus tiberienses, echaste
mano a las armas, y por común consejo os atre-
visteis también a molestar a la ciudad de Capo-
lis de los Sirios; porque tú pusiste fuego a sus
aldeas, y en aquel encuentro murió tu criado. Y
no solamente digo yo estas cosas, sino también
en los comentarios del emperador Vespasiano
se cuentan, y que en Ptolemaida, los decapoli-
tanos, con muchos clamores, pidieron al empe-
rador que te castigase porque habías sido causa
de todas sus desventuras; y sin duda lo hiciera
si el rey Agripa, a quien fuiste entregado para
que de ti hiciese justicia, no te perdonara por
ruegos de Berenice, su hermana; pero detúvote
gran tiempo en la cárcel.
Y aun las cosas que después hiciste en la Re-
pública declaran bien lo demás de tu vida, y
corno fuiste causa de que los de tu ciudad se
rebelasen contra los romanos, lo cual pro-
baremos de aquí a poco con argumentos y ra-
zones muy claras. Ahora tengo también que
acusar por tu causa a los otros tiberienses, y
mostrar al lector que ni a los romanos ni al rey
habéis sido leales amigos. Las mayores ciuda-
des de los galileos, oh justo, son Séforis y Tiber-
íades, que es tu tierra; mas los seforitas, que
tienen su asiento en mitad de la región, y tienen
alrededor de si muchas villas pequeñas, porque
habían determinado guardar a sus señores leal-
tad, me echaron fuera a mi, y por edicto veda-
ron que ninguno de los de su ciudad osase ser-
vir a los judíos en la guerra, y para que de mí
tuviesen menos peligro, por engaños me saca-
ron que cercase su ciudad de muros, y después
que fueron acabados recibieron por su volun-
tad la guarnición que les puso Cestio Galo, que
entonces gobernaba la Siria, menospreciándo-
me, porque mi potencia atemorizaba a las otras
gentes, los mismos que cuando el cerco sobre
Jerusalén y el templo común a toda nuestra
nación estaba en peligro, no enviaron socorro
por que no pareciese que tornaban armas con-
tra los romanos; pero tu tierra, oh justo, que
está junto al lago de Genezareth, a treinta esta-
dios de Hippo, sesenta de Gadara y ciento vein-
te de Escitópolis, villas del señorío del rey, y no
tiene vecindad con ninguna de las ciudades de
los judíos, si quisiera, fácilmente pudiera guar-
dar lealtad a los romanos, porque así públicas,
como particulares, teníais abundancia de ar-
mas; y si yo entonces tuve la culpa, como tú,
Justo, dices, ¿quién la tuvo después? Porque tú
sabes que antes que la ciudad de Jerusalén fue-
se tomada, vine yo a poder de los romanos, y se
tomaron por fuerza Jotapata y otras muchas
villas muy fuertes, y fueron muertos muchos de
los galileos en diversas batallas. Entonces, pues,
deberíais vosotros, ya que estabais seguros de
mi, dejar las armas y llegaros al rey y a los ro-
manos, pues decís que no tomasteis aquella
guerra por vuestra voluntad, sino por fuerza;
mas vosotros esperasteis hasta que Vespasiano
llegase a vuestros muros con todas sus gentes,
y entonces al fin, cuando no pudisteis más, de-
jasteis las armas por miedo del peligro, y aun se
tomara por fuerza de armas vuestra ciudad, si
el rey, dando vuestra necedad por disculpa, no
os alcanzara perdón de Vespasiano.
No es, pues, la culpa mía, sino de vosotros, que
tuvisteis los ánimos y voluntad de enemigos, y
quisisteis la guerra. ¿Cómo no os acordáis
cuántas veces alcancé de vosotros victoria y no
maté a ninguno? Y vosotros, teniendo entre
vosotros discordias, no por favorecer al rey o a
los romanos, sino por vuestra malicia, matasteis
ciento ochenta y cinco ciudadanos en el tiempo
que los romanos me hacían guerra en Jotapata:
¿por qué en el cerco de Jerusalén se hallaron
por cuenta dos mil tiberienses, que unos de
ellos murieron, y otros quedaron vivos en cau-
tiverio?
Dirás que tú no fuiste enemigo, porque enton-
ces te acogiste al rey; digo que esto hiciste de
miedo a mí; dices que soy mal hombre; lo eres
tú, a quien el rey Agripa perdonó la muerte,
después de haberte condenado a ella Vespasia-
no, y habiéndote soltado por muchos dineros
que le diste, otra vez y otra te echó en prisiones,
y te desterró otras tantas veces, y llevándote ya
una vez a hacer justicia de ti, por su orden te
mandó traer por ruegos de su hermana Bereni-
ce. Y después, como te diese cargo de escribir
sus cartas, te sorprendió muchas veces en trai-
ción, y como halló que tampoco tratabas esto
con lealtad, te mandó que no parecieses delante
de él; pero no quiero entrar más adentro en
esto.
Por otra parte, maravíllome de tu desvergüenza
al afirmar que trataste tú esta historia mejor
que cuantos la escribieron, no sabiendo aún lo
que en Galilea pasó, porque estabas tú en aque-
lla sazón con el rey en Berito, ni tampoco supis-
te lo del combate de Jotapata, ni pudiste saber
cómo me hube yo cuando estuve cercado, por-
que ninguno quedó vivo que te lo pudiese con-
tar. Mas por ventura dirás que escribiste cum-
plidamente lo que pasó en el cerco de Jerusalén;
¿y cómo lo pudiste hacer, pues que tampoco te
hallaste en aquella guerra, ni leíste los Comenta-
rios de Vespasiano? Y deduzco que no los leíste,
porque escribes lo contrario.
Y si confías haber tú escrito mejor que todos,
¿por qué no sacaste a luz tu historia en vida de
Vespasiano y Tito, con cuyo favor y ayuda
aquella guerra se hizo, y antes que muriese
Agripa y sus parientes, varones muy sabios en
las letras griegas? Porque veinte años antes la
tenías escrita, y pudieran ser tus testigos los
que la sabían: ahora que ellos son muertos, y
ves que no hay quien te saque la mentira a la
cara, te atreviste a publicar tu libro; pero yo no
lo hice así, ni tuve recelo de mis escritos, sino di
mi obra a los mismos emperadores cuando
aquella guerra estaba aún reciente en los ojos
de los hombres, porque tenía certeza que había
escrito verdad en todo, de donde alcancé el
testimonio que esperaba, y aun comuniqué lue-
go con otros muchos la historia, de los cuales
algunos se habían hallado en la guerra, como el
rey Agripa y sus deudos y el mismo empera-
dor.
Tito tuvo tanta voluntad de que de solos aque-
llos libros procurasen los hombres saber lo que
en aquellas cosas había pasado, que firmándo-
los de su propia mano, mandó que se pusiesen
en la librería pública, y el rey Agripa me escri-
bió setenta y dos cartas, en que daba testimonio
de la verdad de mi historia, de las cuales pongo
aquí dos para que puedas tú de ellas saberlo:
1ª El rey Agripa a su muy querido Josefo desea sa-
lud. Leí tu libro de muy buena voluntad, en el cual
me pareces haber escrito estas cosas con mayor dili-
gencia que otro alguno, por lo cual enviarme has lo
demás. Dios sea contigo, etc.
2ª El rey Agrípa a Josefo su carísimo, desea salud.
Por tus escritos me parece que no has menester que
yo te avise de nada; pero cuando nos viéremos de mí
a ti, te avisaré de algunas cosas que no sabes, etc.
De esta manera fue testigo él de la verdad de
mi historia cuando estuvo acabada, no por li-
sonjear, porque no era honesto para él; ni tam-
poco por hacer burla, como tú por ventura
dirás, porque fue muy ajeno a este vicio, sino
solamente para que por su testimonio tuviese el
lector por encomendada la verdad de lo que yo
escribí. Baste esto para en lo que fue necesario
decir contra justo.
Después que di orden en las cosas de los tibe-
rienses, que andaban revueltas, hice juntar mis
amigos para consultar lo que se debía hacer con
Juan, y pareció bien a todos que hiciese armar
toda la gente de Galilea, y le hiciese guerra, y le
castigase como autor y causa del alboroto; pero
yo no tuve este parecer por bueno, porque mi
voluntad era dar fin a aquellos alborotos sin
muertes, por lo cual les mandé que pusiesen
toda diligencia en saber los nombres de los que
eran del bando de Juan. Lo cual hecho, y sabido
quiénes eran estos hombres, propuse un edicto
en que daba mi palabra a todos los de aquel
bando de recibirlos por amigos, con tal que no
favoreciesen más a Juan, y puse término de
veinte días para si quisiesen mirar por lo que a
ellos y a sus cosas cumplía; en otro caso, si por-
fiaban en querer tomar armas, amenazábales
que pondría fuego a sus casas y daría sus
haciendas a saco; ellos, con gran miedo, oídas
estas cosas, desampararon a Juan y viniéronse a
mi sin armas cuatro mil por cuenta; quedaron
con él solos los de su ciudad, y mil quinientos
de Tiro que tenía a sueldo, y él, como se halló
vencido con esto, estúvose en adelante encerra-
do de miedo en su tierra.
En este mismo tiempo los seforitas se atrevie-
ron a ponerse en armas, confiando en la forta-
leza de sus muros y porque me veían ocupado
en otras cosas; así que enviaron a Cestio Galo,
que era entonces presidente de Siria, a rogarle
que, o se metiese presto en la ciudad, o a lo
menos enviase allá gente de guarnición. Galo
les prometió que el vendría, pero no les señaló
en qué tiempo. Yo, cuando lo supe, di con mis
gentes sobre ellos y tomé por armas la ciudad
con fuerte ánimo. Los galileos, viendo esta oca-
sión entre manos, y pareciéndoles que era aho-
ra tiempo de ejecutar a su placer los odios que
contra los seforitas tenían, parecía que habían
de asolar hasta los cimientos, así la ciudad co-
mo los ciudadanos, y como arremetiesen, pu-
sieron fuego en las casas vacías, porque la gen-
te, de miedo, se había recogido a la fortaleza;
pero saqueaban todo lo que hallaban, y ningu-
na templanza tenían en robar las haciendas de
los hombres de su linaje. Viendo esto, y dolién-
dome mucho, les mandé que cesasen, y amo-
neste que no era lícito tratar de aquella suerte a
los que eran de su misma nación. Después que
ni con ruegos ni con amenazas los pude refre-
nar, porque pesaba más la enemistad, mandé a
ciertos amigos, de quien más me fiaba, que
echasen fama que por otra parte había entrado
un grande ejército de los romanos; hice esto
para que, atajando de esta manera el ímpetu
que traían los galileos, guardase la ciudad de
los seforitas, y sucedió bien este ardid, porque,
espantados con tal nueva, dejada la presa, mi-
raban por todas partes por dónde huirían, ma-
yormente porque me veían a mí, que era el ca-
pitán, hacer lo mismo, porque para confirmar el
rumor, fingía yo que también temía; de esta
manera, con mi astucia, libré a los seforitas
cuando ninguna esperanza tenían.
Y aun Tiberíades faltó muy poco que no fue
saqueada por esta causa que diré: ciertos sena-
dores, los más principales, escribieron al rey
rogándole que viniese y tomase la ciudad; res-
pondió él que vendría a los pocos días, y dio a
un su camarero, judío de linaje, llamado Cris-
po, unas cartas para que las llevase a los tibe-
rienses. Conociendo a éste lee galileos en el
camino, lo prendieron y me lo trajeron; luego
que se supo esto, la muchedumbre echó mano a
las armas, y otro día después, acudiendo mu-
chos de todas partes, vinieron a Asochim, don-
de yo en aquella sazón había venido, dando vo-
ces que eran traidores los de Tiberíades y alia-
dos del rey, y pedíanme que los dejase ir allá,
que ellos derribarían la ciudad por los cimien-
tos, y sin esto aborrecían tanto a los tiberienses
como a los de Séforis.
Yo entretanto no sabía qué remedio tener para
librar aquella ciudad de la ira de los Galileos,
porque no podía negar cómo ellos escribieron
al rey que viniese, pues que la respuesta del rey
estaba a la clara contra ellos: asi que, después
que estuve pensando entre mí grande rato sin
hablar, dije: “Yo también confieso que los tibe-
rienses han pecado; no os quiero ir a la mano,
porque no los metáis a saco; pero mirad que
semejantes cosas débense hacer con juicio, por-
que no sólo los tiberienses son traidores contra
nuestra libertad, sino también muchos de los
más nobles de Galilea: hase de esperar hasta
que halle por pesquisa quiénes son los culpa-
dos, y entonces podréis tratarlos a todos como
merecen." Con esto que dije, persuadí a la mu-
chedumbre, y luego se fueron apaciguados:
después que eché en prisiones aquel mensajero
del rey, a los pocos días, fingiendo que tenía
necesidad de hacer cierto camino, lo hice llamar
en secreto, y le avisé que emborrachase al sol-
dado que lo aguardaba, y que de esta manera
huyese al rey. Tiberíades, que ya otra vez había
llegado a peligro de perderse, la libré con mi
astucia.
En el mismo tiempo Justo, hijo de Pisto, se fue
al rey huyendo sin que yo lo supiese, y la causa
por qué huyó fue esta: al principio, cuando se
levantó la guerra de los judíos, los de Tibería-
des habían determinado obedecer al rey, y no
por eso rebelarse contra los romanos, y Justo
alcanzó de ellos que tomasen armas, porque
tenía esperanza que, andando las cosas revuel-
ta3, él se alzaría con su tierra; pero no logró lo
que deseaba, porque los galileos, con el odio
que tenían a los tiberienses por lo que les hab-
ían hecho pasar antes de la guerra, no querían
que justo tuviese la gobernación, y como me
enviasen los de Jerusalén en su lugar, muchas
veces me encendía tanto en ira, que poco faltó
para que lo matara, no pudiendo sufrir la mal-
vada condición de Justo. El. pues, temiendo que
mi enojo al fin parase en quitarle la vida, fuése
al rey con esperanza que allí podía vivir más a
su placer y más seguro.
Los seforitas, viéndose fuera del primer peligro,
lo cual no pensaron, enviaron otra vez a Cestio
Galo a rogarle que viniese presto a tomar la
ciudad, o enviase alguna compañía de soldados
que se pusiesen contra los enemigos para que
no le! corriesen los campos, y no pararon hasta
que envió muchos de a caballo y de a pie, los
cuales los recibieron de noche: después, porque
el ejército de los romanos había talado los cam-
pos alrededor comarcanos, junté mi gente, y
vine a Garísima, donde asentado mi real veinte
estadios de Séforis, venida la noche, di sobre
los muros, y como subiesen con escalas sobre
ellos muchos soldados, hube en mi poder bue-
na parte de la ciudad; mas a poco nos fue for-
zado irnos por no saber la tierra, y dejamos
muertos de los romanos doce hombres de a pie
y dos de a caballo, y algunos pocos de los sefo-
ritas, y de nosotros no murió más que vino;
poco después trabamos batalla en un llano con
los de a caballo, y aunque nos defendimos gran
rato fuertemente, fuimos al fin desbaratados
porque me saltearon los romanos, y los míos,
atemorizados con tal caso, volvieron las espal-
das. En aquella pelea murió justo, uno de los de
mí guarda, que antes había sido de la guarda
del rey; por el mismo tiempo habla venido el
ejército del rey, así de a caballo como de a Pie, y
por capitán Síla, capitán de la guarda del rey;
éste, habiendo hecho fuerte su real a cinco es-
tadios de Juliada, repartió por los caminos las
estancias de su gente en el camino de Caná y en
el que va a Gamala, para quitar que les fuesen
vituallas a los que moraban en aquellos lugares.
Cuando yo oí esto, envié allá dos mil soldados,
y a jeremías por capitán de ellos, los cuales,
puesto su real cerca del río Jordán, un estadio
de Juliada, no hicieron más que ciertas escara-
muzas, hasta que yo fuí a ellos con tres mil sol-
dados: el día siguiente puse primero una celada
en un valle cerca del real de los enemigos, y
después los desafié a la batalla, habiendo man-
dado a los míos que haciendo que huían, como
fuesen los contrarios tras ellos, los llevasen al
lugar donde estaba la celada, lo cual fue así
hecho, porque Sila, pensando que los nuestros
huían cuanto podían, corrió en pos de ellos
hasta que tuvo a las espaldas la gente que esta-
ba puesta en celada, lo cual puso mucho temor
en su gente. Entonces yo, volviendo con mucha
presteza, di en los del rey, e hicelos huir, y ga-
nara aquel día una señalada victoria, si cierta
mala dicha no tuviera envidia de lo que yo ten-
la en pensamiento, porque llegando el caballo
en que yo peleaba a un cenagal, cayó conmigo
en él, de la cual caída se me molieron los artejos
de la mano, y así me llevaron a la villa de Ce-
farnoma; cuando los míos oyeron esto, dejaron
el alcance de los enemigos, porque les dió mu-
cha congoja me aconteciese algún mal. Hacien-
do, pues, llevar médicos, y curada la mano,
quedéme allí aquel día, porque también me dio
calentura; de allí, por parecer de los médicos,
me llevaron de noche a Taricheas.
Cuando Sila y los del Rey lo supieron, tornaron
a cobrar ánimo, y porque habían oído que en la
guarda del real no se ponía mucha diligencia,
poniendo de noche a del Jordán una compañía
de a caballo en celada, en amaneciendo desafia-
ron a los míos a que saliesen a pelear, los cuales
no lo rehusaron, y salidos a un llano, como sa-
lieron de la celada los de a caballo, y revolvie-
ron los escuadrones de los míos, los hicieron
huir. Muertos sólo seis de los míos, dejaron la
victoria sin llevarla al cabo, porque oyendo que
cierta gente de guerra había venido por el lago
de Taricheas a Juliada, de miedo tocaron a que
se recogiesen.
No mucho después vino a Tiro Vespasiano,
acompañado del rey Agripa, donde se levantó
grande grita del pueblo contra el rey, diciendo
que era enemigo suyo y de los romanos; porque
Filipo, capitán de su gente de guerra, había
vendido por traición el Palacio Real de Jeru-
salén y la gente de guarnición de los romanos
que en él estaba, y que esto se había hecho por
mandado del mismo rey; pero Vespasiano des-
pués de haber reprendido la desvergüenza de
los de Tiro, porque afrentaban a un rey y amigo
de los romanos, aconsejó al mismo rey que en-
viase a Filipo a Roma a que diese cuenta de lo
que había pasado; mas Filipo no pareció delan-
te de Nerón, porque como lo hallase en muy
grande trabajo y en peligro de perderse por las
guerras civiles, volvióse al rey. Después que
Vespasiano llegó a Ptolemaida, los principales
de Decapolis con grandes clamores acusaban a
justo que había puesto rey para que pagase lo
que debía a sus súbditos, y el rey, sin que el
emperador lo supiese, lo echó en prisiones,
como ya dijimos antes. Entonces los de Séloris
salieron a recibir a Vespasiano, y lo saludaron,
y él les dio gente de guarnición, y por capitán
de ella a Plácido, con los cuales tuve que hacer
hasta que el mismo, emperador vino a Galilea;
de cuya venida, y cómo después de la primera
batalla que tuve junto a Tarichea, me recogí a
Jotapata, y allí al fin fui preso y llevado cautivo
después de largo combate, y cómo fui suelto, y
las cosas que hice mientras duró la guerra de
los judíos, todas las trato en los libros que de
aquella guerra tengo escritos: ahora me parece
contar ciertas cosas que en aquellos libros no
dije, solamente las que tocan a mi vida.
Tomada Jotapata, y venido yo a poder de los
romanos, guardábanme con muy grande dili-
gencia; pero hacíame buen tratamiento Vespa-
siano, por cuyo mandamiento me casé con una
doncella también cautiva, natural de Cesárea;
ésta no hizo mucho tiempo vida conmigo, mas
después de yo suelto, y andando yo en com-
pañía del emperador, se fue a Alejandría; en-
tonces me casé con otra mujer de Alejandría, y
de allí me enviaron con Tito a Jerusalén, donde
muchas veces estuve en peligro de muerte,
porque los judíos procuraban en gran manera
cogerme para matarme, y por otra parte los
romanos, cada vez que les acontecía algún des-
barate, echábanlo a que yo les vendía, y nunca
cesaban de dar voces al capitán que quitase del
mundo a quien les hacía traición; pero Tito,
como hombre que sabía las vueltas de la gue-
rra, disimulaba en silencio las importunas vo-
ces de los soldados; después, cuando la ciudad
fue tornada por fuerza de armas, muchas veces
me requirió que del saco de mi tierra tomase
todo lo que quisiese, que él me daba licencia;
pero yo, ya que mi tierra era asolada, no tuve
otro mayor consuelo en mis desventuras que el
pedir las personas libres, las cuales, juntamente
con los libros sagrados, me concedió el empe-
rador de buena voluntad.
No mucho después, por mis ruegos me hizo
también merced de un mi hermano y cincuenta
amigos, y aun entrando por su consentimiento
en el templo, como hallase allí metida muche-
dumbre grande de mujeres y muchachos, a
cuantos hallé que eran de mis amigos y familia-
res, a todos los libré, que fueron casi ciento cin-
cuenta, a los cuales dejé en su libertad sin que
me diesen nada por su rescate.
Después me envió Tito con Cereal y mil de a
caballo a una aldea que se dice Tecoa, a mirar si
el lugar era aparejado para que estuviese el
real, y vuelto de allí, como viese muchos de los
cautivos puestos en cruces, y entre ellos cono-
ciese tres que en otro tiempo fueron mis fami-
liares, dolióme mucho, y Regándome a Tito,
con lágrimas se lo dije, el cual mandó luego que
los quitasen de allí y los curasen con muy gran
diligencia; dos de éstos murieron entre las ma-
nos de los médicos, y el otro vivió.
Después, concertadas las cosas de dea, creyen-
do Tiatno que en una heredad que yo tenía cer-
ca de Jerusalén me habín de hacer daño los sol-
dados romanos que habían de quedar allí para
guarda de la religión, dióme otras posesiones
en los campos, y cuando volvió a Roma, por
hacerme honra me llevó en la nao que él iba, y
como llegamos a la ciudad, hízome Vespasiano
muchas mercedes, porque después de haberme
dado privilegio de ciudadano, me mandó mo-
rar en las casas en que él, antes que fuese em-
perador, había morado, y me dio rentas anua-
les, y nunca dejó de hacerme mercedes mien-
tras vivió, lo cual fue peligroso para mí por la
envidia de mi gente, porque un cierto judío, por
nombre Jonatás, levantando un alboroto en
Cirene, y recogidos dos mil de los naturales, a
todos les acarreó desastrado fin, y él, preso por
el gobernador de aquella provincia, y enviado
al emperador, decía que yo le había servido con
armas y dineros para ello; pero no engañó a
Vespasiano con sus mentiras, mas siendo con-
denado, pagó con pena de la cabeza.
Después de esto, me buscaron envidiosos otras
calumnias, pero de todas me escapé por provi-
dencia divina: demás de esto, me hizo merced
Vespasiano en Judea de una heredad muy
grande, en el cual tiempo dejé a mi mujer, por-
que me aborrecieron sus malas costumbres,
aunque había ya habido en ella tres hijos, de los
cuales son ya muertos los dos, y sólo Hircano
me queda vivo. Después de ésta, me casé con
otra mujer de Creta, judía de linaje, nacida de
padres de los más nobles de su tierra y de muy
buenas costumbres, como hallé haciendo vida
con ella; de ésta me nacieron dos hijos, justo, el
mayor, y después de él Simónides, por sobre-
nombre Agripa: esto es lo que me aconteció con
los de mi casa; desde aquí me tuvieron buena
voluntad todos los emperadores, porque des-
pués que Vespasiano murió, Tito, su sucesor,
me tuvo siempre en la misma honra que su
padre, y nunca jamás dio crédito a ningunas
acusaciones contra mi; Domiciano, que sucedió
después de éste, me hizo muy mayores honras,
porque castigó con muerte a ciertos judíos que
me acusaban, y mandó castigar a un eunuco,
mi esclavo, ayo de mi hijo, porque me andaba
calumniando, y concedióme franqueza de las
posesiones que tengo en Judea, lo cual tuve yo
por la mayor honra de cuantas me hizo, y Do-
micia, mujer del emperador, nunca cesó de
hacerme bien. Estas son las cosas que me pasa-
ron en toda mi vida, por las cuales puede juz-
gar quien quisiere mis costumbres; ofreciéndo-
te, buen Epafrodito, todo el contexto de las an-
tigüedades, acabo con esto aquí de escribir.
***
I
En el cual se trata de la destrucción de Jeru-
salén hecha por Antíoco.
Estando discordes entre sí los príncipes de los
judíos en el tiempo que Antíoco, llamado Epi-
fanes, contendía con Ptolomeo el Sexto sobre el
Imperio de Siria, que tanto codiciaba, cuya dis-
cordia era sobre el señorío, porque cada cual de
ellos, siendo honrado y poderoso, tenía por
cosa grave sufrir sujeción de sus semejantes;
Onías, uno de los pontífices, prevaleciendo so-
bre los otros, echó de la ciudad a los hijos de
Tobías. Estos entonces vinieron a Antíoco, su-
plicándole muy humildes armase ejército con-
tra Judea, que ellos lo guiarían. Y por estar el
rey de sí muy deseoso de este negocio, fácil-
mente consintió con lo que ellos suplicaban. De
manera que con mucha gente de guerra salió a
seguir la empresa; y después de haber comba-
tido la ciudad con gran fuerza, la tomó, y mató
muchedumbre de los amigos de Ptolomeo; y
dando licencia a los suyos para saquear la ciu-
dad, él mismo robó todo el templo, y prohibió
por tiempo de tres años y seis meses la conti-
nuación de la religión cotidiana.
El pontífice Onías se fue huyendo a Ptolomeo, y
alcanzando de él un solar en la región heliopo-
litana, fundó allí un pueblo muy semejante al
de Jerusalén, y edificó un templo. De las cuales
cosas, con más oportunidad haremos mención
a su tiempo.
Pero no se contentó Antíoco con haber tornado
la ciudad sin que tal confiase, ni con haberla
destruido, ni con tantas muertes; antes, desen-
frenado en sus vicios, acordándose de lo que
había sufrido en el cerco de Jerusalén, comenzó
a constreñir a los judíos, que desechada la cos-
tumbre de la patria, no circuncidasen sus niños,
y que sacrificasen puercos sobre el ara: a las
cuales cosas todos contradecían y los que se
mostraban buenos en defender esta causa, eran
por ellos muertos. Hecho capitán Bachides de la
guarnición de la ciudad, por Antíoco, obede-
ciendo a todo lo que le había mandado, según
su natural crueldad, toda maldad excedió azo-
tando uno a uno a todos los varones dignos de
honra, representándoles cada día y poniéndoles
delante de los ojos la presa de la ciudad en tan-
ta manera, que por la crueldad de los daños
que recibían fueron todos movidos a vengarse.
Finalmente, Matatías, hijo de Asamoneo, uno
de los sacerdotes del lugar nombrado Modin,
con la gente de su casa (porque tenía cinco
hijos) se puso en armas y mató a Bachides, y
temiendo a la gente que estaba en guarnición,
huyóse hacia los montes. Pero descendió con
gran esperanza, habiéndosele juntado muchos
del pueblo, y peleando, venció los capitanes de
Antíoco, y los echó de todos los términos de
Judea.
Hecho señor, y el más poderoso, con el próspe-
ro suceso, con voluntad de todos los suyos,
porque los había librado de los extranjeros,
murió, dejando por príncipe y señor a Judas,
que era su hijo mayor.
Este, pensando que Antíoco no había de sufrir
aquello, juntó ejército de gente suya natural, y
fue el primero que hizo amistad con los roma-
nos, e hizo recoger con gran pérdida a Antíoco
Epifanes, el cual otra vez se entraba por Judea.
Y siendo aún nueva y reciente esta victoria,
vino contra la guarnición de Jerusalén, porque
no la había aún echado ni muerto; y habiendo
peleado con ellos, los forzó a bajar de la parte
alta de la ciudad, que se llama Sagrada, a la
baja; y habiéndose apoderado del templo, lim-
pió todo aquel lugar, cercólo de muro, y puso
vasos para el servicio y culto divinos, los cuales
procuró que se hiciesen nuevos, como que los
que solían estarantes estuviesen ya profanados;
edificó otra ara y dio comienzo a su religión.
Apenas había cobrado la ciudad el rito y cere-
monias suyas sagradas, cuando Antíoco murió.
Quedó por heredero de su reino, y aun del odio
contra los judíos, su hijo, llamado también Ant-
íoco. Por lo cual, juntando cincuenta mil hom-
bres de a pie y casi cinco mil de a caballo y
ochenta elefantes, vínose a los montes de Judea,
acometiendo por diversas partes, y tomó un
lugar llamado Betsura.
Salióle al encuentro Judas con su gente en un
lugar llamado Betzacharia, cuya entrada era
difícil; y antes que los escuadrones se trabasen,
su hermano Eleazar, habiendo visto un elefante
mayor que los otros, el cual traía una gran torre
muy adornada de oro, pensando que venía allí
Antíoco, salió corriendo de entre los suyos, y
rompiendo por medio de sus enemigos, llegó al
elefante, pero no pudo alcanzar aquel que pen-
saba él ser el rey, porque venía muy alto, e hirió
la bestia en el vientre; derribóla sobre él mismo,
y murió hecho pedazos, sin hacer otra cosa sino
que, habiendo emprendido y cometido una
cosa digna de gran nombre, tuvo en más la glo-
ria que su propia vida. Pero el que regía el ele-
fante era un hombre privado y particular: y
aunque en aquel caso se hallara Antíoco, no le
aprovechara a Eleazar su atrevimiento, sino
haber tenido en poco la muerte por la esperan-
za de una hazaña tan memorable.
Esto fue a su hermano manifiesta señal y decla-
ración de los sucesos de toda la guerra, porque
pelearon los judíos mucho tiempo y muy vale-
rosamente; pero fueron finalmente vencidos
por los del rey, siéndoles fortuna muy próspe-
ra, y excediéndolos también en el número y
muchedumbre: y muertos muchos de los jud-
íos, Judas, con los demás, huyó a la comarca
llamada Gnofnítica. Partiendo Antíoco de allí
para Jerusalén, y habiéndose detenido algunos
días, retiróse por la falta de los mantenimien-
tos, dejando de guarnición la gente que le pare-
ció que bastaba, y llevóse los demás a alojar y
pasar el invierno en Siria.
Cuando el rey partió, no reposó Judas; antes,
animado con los muchos que de su gente se le
llegaban, y juntando aquellos que le habían
sobrado de la guerra pasada, fue a pelear con
los capitanes de Antíoco en un lugar llamado
Adasa; y haciéndose conocer en la batalla ma-
tando a muchos de sus enemigos, fue muerto.
Dentro de pocos dias fue también muerto su
hermano Juan, preso por asechanzas de aque-
llos que eran parciales de Antíoco y le favore-
cian.
***
Capítulo II
De los príncipes que sucedieron desde Jonatás
hasta Aristóbulo.
Habiéndole sucedido su hermano Jonatás, ri-
giéndose más proveída y cuerdamente en todo
lo que pertenecía a sus naturales, trabajando
por fortificar su potencia con la amistad de los
romanos, ganó también amistad con el hijo de
Antíoco; pero no le aprovecharon todas estas
cosas para excusar el peligro. Porque Trifón,
tirano, tutor del hijo de Antíoco, acechándole y
trabajando por quitarlo de todas aquellas amis-
tades, prendió engañosamente a Jonatás,
habiendo venido a Ptolemaida con poca gente
para hablar con Antíoco, y deteniéndole muy
atado, levantó su ejército contra Judea. Siendo
echado de allá y vencido por Simón, hermano
de Jonatás, muy airado por esto, mató a Jo-
natás.
Ocupándose Sinión en regir valerosamente
todas las cosas, tomó a Zara, a Jope y a Jamnia.
Y venciendo las guarniciones, derribó y puso
por el suelo a Acarón, y socorrió a Antíoco con-
tra Trifón, el cual estaba en el cerco de Dora,
antes que fuese contra los medos.
Pero no pudo con esto hartar la codicia del rey,
aunque le hubiese también ayudado a matar a
Trifón. Porque no mucho después Antíoco en-
vió un capitán de los suyos, Cendebeo, por
nombre, con ejército, para que destruyese a
Judea y pusiese en servidumbre y cautivase a
Simón. Pero éste, que administraba las cosas de
la guerra, aunque era viejo, con ardor de man-
cebo, envió delante a sus hijos con los más va-
lientes y esforzados; y él, acompañado con par-
te del pueblo, acometió por el otro lado; y te-
niendo puestas muchas espías y celadas por
muchos lugares de los montes, los venció en
toda parte. Alcanzando una victoria muy exce-
lente y muy nombrada, fue hecho y declarado
pontífice, y libertó los judíos de la sujeción y
senorío de los de Macedonia, en la cual habían
estado doscientos setenta años. Este, finalmen-
te, murió en un convite, preso por asechanzas
de Ptolorneo, su yerno, el cual puso en guardas
a su mujer y a dos hijos suyos, y envió ciertos
hombres de los suyos para que matasen a Juan
tercero, que por otro nombre fue llamado Hir-
cano.
Entendiendo lo que se trataba y cuanto se de-
terminaba, el mozo vino con gran prisa a la
ciudad confiado en mucha parte del pueblo,
acordándose de la virtud y memoria de su pa-
dre, y porque también la maldad de Ptolomeo
era aborrecida de todos. Ptolomeo quiso por la
otra puerta entrar en la ciudad, pero fue echado
por todo el pueblo, el cual antes había ya reci-
bido a mejor tiempo a Hircano. Y luego partió
de allí a un castillo llamado Dagón, que estaba
de la otra parte de Jericunta.
Habiendo, pues, Hircano alcanzado la honra y
dignidad de pontífice, la cual solía poseer su
padre después de haber hecho sacrificios a
Dios, salió con diligencia contra Ptolemeo, por
socorrer a su madre y a sus propios hermanos;
y combatiendo el castillo, era vencedor de todo,
y vencíalo a él justamente el dolor solo. Porque
Ptolomeo, cuando era apretado, sacaba la ma-
dre de Hircano y sus hermanos en la parte más
alta del muro, porque pudiesen ser vistos por
todos, y los azotaba, amenazando que los
echaría de allí abajo si en la misma hora no se
retiraba. Este caso movía a Hircano a miseri-
cordia y temor, más que a ira ni saña. Pero su
madre, no desanimada por las llagas y muerte
que le amenazaba, ni amedrentada tampoco,
alzando las manos rogaba a su hijo que, movi-
do por las injurias que ella padecía, no perdo-
nase al impío Ptolomeo, porque ella tenía en
más la muerte con que Ptolomeo le amenazaba,
y la preciaba mucho más que no la vida e in-
mortalidad, con tal que él pagase la pena que
debía por la impía crueldad que habla hecho
contra su casa, contra toda razón y derecho.
Viendo Juan a su madre tan pertinaz en esto, y
obedeciendo a lo que ella le rogaba, una vez era
movido a combatirlo, y otra perdía el ánimo,
viendo los azotes que padecía; y como la romp-
ían en partes, sentía mucho este dolor. Alar-
gando en esto muchos días el cerco, vino el año
de la fiesta, la cual suelen los judíos celebrar
muy solemnemente cada siete anos, por ejem-
plo del séptimo día, cesando en toda obra; y
alcanzando con esto Ptolemeo reposo de su
cerco, habiendo muerto a los hermanos de Juan
y a la madre, huyó a Zenán, llamado Cotilas
por sobrenombre, tirano de Filadelfia.
Enojado Antíoco por las cosas que había sufri-
do de Simón, juntó ejército y vino contra Judea;
y llegándose a Jerusalén, cercó a Hircano. Este,
habiendo abierto el sepulcro de David, que
habla sido el más rico de todos los reyes, y sa-
cado de allí más de tres mil talentos en dinero,
persuadió a Antioco, después de haberle dado
trescientos talentos, que dejase el cerco, y fue el
primer judío que tuvo gente extranjera a sueldo
dentro de la ciudad a costa suya. Y alcanzado
tiempo para vengarse, dándoselo Antíoco ocu-
pado en la guerra de los medos, luego se le-
vantó contra las ciudades vecinas de Siria, pen-
sando que no habría gente que las defendiese,
lo cual fue así. Tomó a Medaba y a Samea con
los lugares de allí cercanos; a Sichima y Garizo,
y demás de éstos, también a la gente de los chu-
teos, que vivían en los lugares comarcanos de
allí, cerca de aquel templo que había sido edifi-
cado a semejanza del de Jerusalén. Tomó otras
muchas ciudades de Idumea, y a Doreón y Ma-
rifa. Después pasando hasta Samaria, donde
está ahora fundada por el rey Herodes la ciu-
dad de Sebaste, encerróla por todas partes e
hizo capitanes de la gente que quedaba en el
cerco a sus dos hijos Aristóbulo y Antígono.
Los cuales, no faltando en algo, los que estaban
dentro de la ciudad vinieron en tan grande
hambre, que eran forzados a comer la carne que
nunca habían acostumbrado. Llamaron, pues,
para esto que les ayudase a Antíoco, llamado
por sobrenombre Espondio, el cual, mostrándo-
se obedecerles con voluntad muy pronto, fue
vencido por Aristóbulo y por Antígono y huyó
hasta Escitópolis, persiguiéndole siempre los
dos hermanos dichos, los cuales, volviéndose
después a Samaria, encierran otra vez la mu-
chedumbre de gente dentro del muro, y ganan-
do la ciudad la destruyeron y desolaron,
llevándose presos todos los que allí dentro mo-
raban. Sucediéndoles las cosas de esta manera
prósperamente, no permitían ni consentían que
aquella alegría se resfriase; antes, pasando de-
lante con el ejército hasta Escitópolis, la toma-
ron y partiéronse todos los campos y tierras
que estaban dentro de Carmelo.
***
II
De los príncipes que sucedieron desde Jonatás
hasta Aristóbulo.
Habiéndole sucedido su hermano Jonatás, ri-
giéndose más proveída y cuerdamente en todo
lo que pertenecía a sus naturales, trabajando
por fortificar su potencia con la amistad de los
romanos, ganó también amistad con el hijo de
Antíoco; pero no le aprovecharon todas estas
cosas para excusar el peligro. Porque Trifón,
tirano, tutor del hijo de Antíoco, acechándole y
trabajando por quitarlo de todas aquellas amis-
tades, prendió engañosamente a Jonatás,
habiendo venido a Ptolemaida con poca gente
para hablar con Antíoco, y deteniéndole muy
atado, levantó su ejército contra Judea. Siendo
echado de allá y vencido por Simón, hermano
de Jonatás, muy airado por esto, mató a Jo-
natás.
Ocupándose Sinión en regir valerosamente
todas las cosas, tomó a Zara, a Jope y a Jamnia.
Y venciendo las guarniciones, derribó y puso
por el suelo a Acarón, y socorrió a Antíoco con-
tra Trifón, el cual estaba en el cerco de Dora,
antes que fuese contra los medos.
Pero no pudo con esto hartar la codicia del rey,
aunque le hubiese también ayudado a matar a
Trifón. Porque no mucho después Antíoco en-
vió un capitán de los suyos, Cendebeo, por
nombre, con ejército, para que destruyese a
Judea y pusiese en servidumbre y cautivase a
Simón. Pero éste, que administraba las cosas de
la guerra, aunque era viejo, con ardor de man-
cebo, envió delante a sus hijos con los más va-
lientes y esforzados; y él, acompañado con par-
te del pueblo, acometió por el otro lado; y te-
niendo puestas muchas espías y celadas por
muchos lugares de los montes, los venció en
toda parte. Alcanzando una victoria muy exce-
lente y muy nombrada, fue hecho y declarado
pontífice, y libertó los judíos de la sujeción y
senorío de los de Macedonia, en la cual habían
estado doscientos setenta años. Este, finalmen-
te, murió en un convite, preso por asechanzas
de Ptolorneo, su yerno, el cual puso en guardas
a su mujer y a dos hijos suyos, y envió ciertos
hombres de los suyos para que matasen a Juan
tercero, que por otro nombre fue llamado Hir-
cano.
Entendiendo lo que se trataba y cuanto se de-
terminaba, el mozo vino con gran prisa a la
ciudad confiado en mucha parte del pueblo,
acordándose de la virtud y memoria de su pa-
dre, y porque también la maldad de Ptolomeo
era aborrecida de todos. Ptolomeo quiso por la
otra puerta entrar en la ciudad, pero fue echado
por todo el pueblo, el cual antes había ya reci-
bido a mejor tiempo a Hircano. Y luego partió
de allí a un castillo llamado Dagón, que estaba
de la otra parte de Jericunta.
Habiendo, pues, Hircano alcanzado la honra y
dignidad de pontífice, la cual solía poseer su
padre después de haber hecho sacrificios a
Dios, salió con diligencia contra Ptolemeo, por
socorrer a su madre y a sus propios hermanos;
y combatiendo el castillo, era vencedor de todo,
y vencíalo a él justamente el dolor solo. Porque
Ptolomeo, cuando era apretado, sacaba la ma-
dre de Hircano y sus hermanos en la parte más
alta del muro, porque pudiesen ser vistos por
todos, y los azotaba, amenazando que los
echaría de allí abajo si en la misma hora no se
retiraba. Este caso movía a Hircano a miseri-
cordia y temor, más que a ira ni saña. Pero su
madre, no desanimada por las llagas y muerte
que le amenazaba, ni amedrentada tampoco,
alzando las manos rogaba a su hijo que, movi-
do por las injurias que ella padecía, no perdo-
nase al impío Ptolomeo, porque ella tenía en
más la muerte con que Ptolomeo le amenazaba,
y la preciaba mucho más que no la vida e in-
mortalidad, con tal que él pagase la pena que
debía por la impía crueldad que habla hecho
contra su casa, contra toda razón y derecho.
Viendo Juan a su madre tan pertinaz en esto, y
obedeciendo a lo que ella le rogaba, una vez era
movido a combatirlo, y otra perdía el ánimo,
viendo los azotes que padecía; y como la romp-
ían en partes, sentía mucho este dolor. Alar-
gando en esto muchos días el cerco, vino el año
de la fiesta, la cual suelen los judíos celebrar
muy solemnemente cada siete anos, por ejem-
plo del séptimo día, cesando en toda obra; y
alcanzando con esto Ptolemeo reposo de su
cerco, habiendo muerto a los hermanos de Juan
y a la madre, huyó a Zenán, llamado Cotilas
por sobrenombre, tirano de Filadelfia.
Enojado Antíoco por las cosas que había sufri-
do de Simón, juntó ejército y vino contra Judea;
y llegándose a Jerusalén, cercó a Hircano. Este,
habiendo abierto el sepulcro de David, que
habla sido el más rico de todos los reyes, y sa-
cado de allí más de tres mil talentos en dinero,
persuadió a Antioco, después de haberle dado
trescientos talentos, que dejase el cerco, y fue el
primer judío que tuvo gente extranjera a sueldo
dentro de la ciudad a costa suya. Y alcanzado
tiempo para vengarse, dándoselo Antíoco ocu-
pado en la guerra de los medos, luego se le-
vantó contra las ciudades vecinas de Siria, pen-
sando que no habría gente que las defendiese,
lo cual fue así. Tomó a Medaba y a Samea con
los lugares de allí cercanos; a Sichima y Garizo,
y demás de éstos, también a la gente de los chu-
teos, que vivían en los lugares comarcanos de
allí, cerca de aquel templo que había sido edifi-
cado a semejanza del de Jerusalén. Tomó otras
muchas ciudades de Idumea, y a Doreón y Ma-
rifa. Después pasando hasta Samaria, donde
está ahora fundada por el rey Herodes la ciu-
dad de Sebaste, encerróla por todas partes e
hizo capitanes de la gente que quedaba en el
cerco a sus dos hijos Aristóbulo y Antígono.
Los cuales, no faltando en algo, los que estaban
dentro de la ciudad vinieron en tan grande
hambre, que eran forzados a comer la carne que
nunca habían acostumbrado. Llamaron, pues,
para esto que les ayudase a Antíoco, llamado
por sobrenombre Espondio, el cual, mostrándo-
se obedecerles con voluntad muy pronto, fue
vencido por Aristóbulo y por Antígono y huyó
hasta Escitópolis, persiguiéndole siempre los
dos hermanos dichos, los cuales, volviéndose
después a Samaria, encierran otra vez la mu-
chedumbre de gente dentro del muro, y ganan-
do la ciudad la destruyeron y desolaron,
llevándose presos todos los que allí dentro mo-
raban. Sucediéndoles las cosas de esta manera
prósperamente, no permitían ni consentían que
aquella alegría se resfriase; antes, pasando de-
lante con el ejército hasta Escitópolis, la toma-
ron y partiéronse todos los campos y tierras
que estaban dentro de Carmelo.
***
III
Que trata de los hechos de Aristóbulo, Antí-
gano, Judas, Eseo, Alejandro, Teodoro y De-
metrio.
La envidia de las hazañas y sucesos prósperos
de Juan y de sus hijos movió a los gentiles a
discordia y sedición, y juntándose muchos con-
tra ellos no reposaron hasta que todos fueron
vencidos en guerra pública. Viviendo, pues,
todo el otro tiempo Juan muy prósperamente y
habiendo administrado y regiao muy bien todo
el gobierno de las cosas por espacio de treinta y
tres años, dejando cinco hijos, murió. Varón
ciertamente bienaventurado, el cual no había
dado ocasión alguna por la cual alguno se pu-
diese quejar de la fortuna. Tenía tres cosas
principalmente él solo, porque era príncipe de
los judíos, pontífice, y además de esto profeta,
con quien Dios hablaba de tal manera, que
nunca ignoraba algo de lo que había de aconte-
cer.
También supo y profetizó cómo sus dos hijos
mayores no habían de quedar señores de sus
cosas, los cuales qué fin hayan tenido en la vi-
da, pienso que no será cosa indigna de contarlo
ni de oírlo, y cuán lejos hayan estado de la
prosperidad y dicha de su padre. Porque
Aristóbulo, que era el hijo mayor, luego que su
padre fue muerto, transfiriendo su señorío en
reino, fue el primero que se puso corona de rey
cuatrocientos ochenta y un años y tres meses
después que el pueblo de los judíos había veni-
do en la posesión de aquellas tierras libradas de
la servidumbre y cautividad de Babilonia.
Honraba a su hermano Antígono, que era en la
sucesión segundo, porque mostraba amarlo con
igual honra, pero puso a los otros hermanos en
cárcel muy atados y con guardas; encarceló
también a su madre por haberle resistido en
algo en el señorío, porque Juan la había dejado
por señora de todo el gobierno, y fue tan cruel
con ella, que teniéndola atada y en cárcel, la
dejó morir de hambre. Pagó todos estos hechos
y maldades con la muerte de su hermano Antí-
gono, a quien él amaba mucho y a quien había
hecho partícipe en su remo, porque también lo
mató con acusaciones falsas que le fingieron los
revolvedores del reino. Al principio Aristóbulo
no creía lo que le decían, porque tenía en mu-
cho a su hermano, y también porque pensaba
ser lo más de lo que le decían falso y fingido
por la envidia que le tenían. Pero siendo Antí-
gono vuelto de la guerra con muy buen nombre
en los días de las fiestas que ellos, según cos-
tumbre de la patria, celebraban a Dios puestos
los tabernáculos, sucedió en el mismo tiempo
que Aristóbulo cayó enfermo, y Antígono, al fin
de las fiestas y solemnidades, acompañado de
hombres armados vino con gran deseo a hacer
oración al templo, y subió más honrado de lo
que subiera por honra de su hermano; y enton-
ces, viniendo acusadores llenos de toda maldad
delante del rey, alegaban y reprendían la pom-
pa de las armas, y la arrogancia y la soberbia de
Antígono, como mayor de lo que convenía,
diciendo haber venido allí con multitud de gen-
te de armas para matarlo: porque pudiendo él
ser rey, claro estaba que no se había de conten-
tar con la honra que su hermano procuraba que
el reino le hiciese.
Creyó poco a poco estas cosas Aristóbulo, aun-
que forzado, y por no demostrar sospecha de
alguna cosa, queriendo guardarse de lo que le
era incierto, y proveerse mirándolo todo,
mandó pasar la gente de su guarda a un lugar
obscuro y corno sótano; y él que estaba enfer-
mo en el castillo llamado antes Baro, el cual
después fue llamado Antoma, mandóles que si
viniese desarmado, no le hiciesen algo, y si An-
tigono viniese con armas, lo matasen. Además
de esto, envió gente que avisasen a Antígono y
le mandase venir sin armas.
Para todas estas cosas la reina tomó consejo
astuto con los que estaban en asechanza y en
celada: porque persuadió a los que el rey en-
viaba, que callasen lo que el rey les habla man-
dado, y que dijesen a Antígono que su hermano
había oído cómo se habla hecho muy lindas
armas y lindo aparejo de guerra en Galilea, las
cuales no había podido ver particularmente a
su voluntad, impedido con su enfermedad, y
que ahora lo querría con toda voluntad ver ar-
mado, principalmente sabiendo que habla de
partir e irse a otra parte.
Oídas estas cosas, Antígono, no pudiendo pen-
sar mal, por el amor y afición que le tenía su
hermano, venía aprisa armado con todas sus
armas por mostrarse. Pero cuando llegó a un
paso obscuro, que se llamaba la torre de Es-
tratón, fue muerto por los de la guarda: y dio
cierto y manifiesto documento, que toda bene-
volencia y derecho de naturaleza es vencido
con las acriminaciones y envidias calumniosas;
y que ninguna buena afición vale tanto que
pueda perpetuamente resistir y refrenar la en-
vidia.
En esto también, ¿quién no se maravillará de
Judas? Era Eseo de linaje, el cual nunca erró en
profetizar ni jamás mintió. Pasando Antígono
por el templo, luego que lo vió Judas, dijo en
voz alta a los conocidos que allí estaban, por-
que tenía muchos discípulos y hombres que
venían a pedirle consejo: "Ahora me es a mí
bueno morir, pues la verdad murió, quedando
yo en vida, y se ha hallado alguna cosa falsa en
lo que yo tenía profetizado, pues vive este
Antígono, el cual debía ser hoy muerto. Tenía
ya, por suerte, señalado lugar para su muerte
en la torre de Estratón, que está a seiscientos
estadios lejos de aquí: son ya cuatro horas del
día, y el tiempo pasa, y con él mi adivinanza."
Cuando el viejo hubo hablado esto, púsose a
pensar entre sí muchas cosas con mucho cuida-
do y con la cara muy triste. Luego, poco des-
pués, vino nueva como Antígono había sido
muerto en un sótano, llamado por el mismo
nombre que solía ser la marítima Cesárea, la
torre de Estratón, y esto fue lo que engañó al
profeta.
En la misma hora, con el pesar de tan gran
maldad, se le aumentó la enfermedad a Aristó-
bulo, y estando siempre con el pensamiento de
aquel hecho muy solícito, con el ánimo per-
turbado se corrompía, hasta tanto que por la
amargura del dolor, rotas en partes sus entra-
ñas, echaba toda la sangre por la boca. La cual
tomó uno de los que le servían, y por pro-
videncia y voluntad de Dios, sin que el criado
tal supiese, echó la sangre del matador sobre
las manchas que había dejado con la suya Antí-
gono en aquel lugar donde fue muerto. Pero
levantándose un gran llanto y aullido de los
que habían visto esto, como que el muchacho
hubiese adrede echado la sangre en aquel lu-
gar, vino a noticia del rey el clamor, y requirió
que le contasen la causa; y como no hubiese
alguno que la osase contar, más se encendía él
en deseo de saberla. Al fin, haciendo él fuerza y
amenazándoles, contáronle la verdad de todo
lo que pasaba; y él, hinchiendo sus ojos de
lágrimas, y gimiendo en su corazón tanto cuan-
to le era posible, dijo esto: "No era, por cierto,
cosa para esperar que hubiese Dios de ignorar
mis maldades muy grandes, siéndole todo ma-
nifiesto pues luego me persigue la justicia en
venganza de la muerte de mi hermano. ¡Oh
malvado cuerpo! ¿Hasta cuándo detendrás el
ánima condenada por la muerte de mi madre y
de mi hermano? ¿Cuánto tiempo les sacrificaré
mi propia sangre? Tómenlo todo junto y no se
burle ni escarnezca la fortuna lo bajo de mis
entrañas.` Dicho esto, luego murió, habiendo
reinado sólo un año.
Su mujer entonces sacó de la cárcel al hermano
Alejandro, e hízolo rey, el cual era mayor en la
edad, y aun parecía también ser más modesto.
Pero alcanzando éste el reino, y viéndose pode-
roso, mató a su otro hermano, por verlo ambi-
cioso de reinar, y tenía consigo al otro priva-
damente, habiéndole quitado todas sus cosas.
Hizo guerra con Ptolomeo Látiro, el cual le hab-
ía tomado a Asoco, y mató muchos de sus
enemigos; pero Ptolomeo fue el vencedor. Des-
pués que él fue echado por su madre Cleopatra,
vínose a Egipto, y Alejandro tomó por fuerza a
Gadara y el castillo de Amatón, que es el mayor
de todos los que hay de la otra parte del Jordán,
adonde estaban, según se tenla por cierto, los
bienes y joyas de Teodoro, hijo de Zenón. Mas
sobreviniendo presto Teodoro, cobra lo que era
suyo: llévase el carruaje del rey, y mata casi
diez mil judíos.
Alejandro, cobrando después de esta matanza
fuerzas, entró por las partes cercanas de la mar,
las cuales llamaremos maritimas: tomó a Rafia,
a Gaza y a Antedón, la cual después fue llama-
da por el rey Herodes Agripia.
Domados y sujetos todos éstos, un día de fiesta
el pueblo de los judíos se levantó contra él.
Porque muchas veces se revuelven los pueblos
por los convites y comidas; y no le parecía que
podía apaciguar y deshacer aquellas asechan-
zas, si los Pisidas y Cilicos, pagándolos él, no le
ayudaban: no hacía caso de tener los sirios a
sueldo por la discordia que tienen natural-
mente con los judíos. Y habiendo muerto más
de ocho mil de la multitud que se había rebela-
do, hizo guerra contra Arabia. Vencidos allí los
galaaditas y moabitas, los hizo tributarios, y
volvióse para Amatón.
Y estando Teodoro amedrentado por ver que
tan prósperamente le sucedían las cosas, de-
rribó de raíz un castillo que halló sin gente; y
peleando después con Oboda, rey de Arabia, el
cual había ocupado un lugar oportuno y cómo-
do para el en año en la región de Galaad, preso
con las asechanzas que le habían hecho, perdió
todo su ejército, forzado a recogerse a un valle
muy alto, y fue desmenuzado por la multitud
de los camellos.
Librándose él de aquí y viniendo a Jerusalén,
inflamó la gente, que antiguamente le era muy
enemiga, a mover novedades con la gran ma-
tanza que le había sido hecha. Con esto también
se alzó a mayores, y mató en muchas batallas
no menos de cincuenta mil judíos dentro de
seis años; pero no se holgaba con estas victo-
rias, porque se gastaban y consumían en ellas
todas las fuerzas de su reino. Por lo cual, de-
jando las armas y la guerra, trabajaba con bue-
nas palabras en volver en amistad con aquellos
que tenía sujetos.
Tenían ellos tan aborrecida la inconstancia y
variedad que éste tenía en sus costumbres, que
preguntando él qué manera tendría para apaci-
guarlos, respondieron que con su muerte; por-
que aun no sabían si muerto le perdonarían,
por tantas maldades como había cometido jun-
to con esto tomaron el socorro de Demetrio,
llamado Acero, el cual, con esperanza de ganar
y de haber mayor premio, fácilmente les obede-
ció y consintió, y viniendo con ejército, juntóse
para ayudar a los judíos cerca de Sichima. Pero
recibiólos Alejandro con mil de a caballo y con
seis mil soldados de sueldo, teniendo también
consigo cerca de diez mil judíos que le eran
todos muy amigos: siendo los de la parte con-
traria tres mil de a caballo y cuarenta mil de a
pie.
Antes que se juntasen ambos ejércitos, por me-
dio de los mensajeros y trompetas los reyes
trabajaban cada uno por si en retirar la gente el
uno del otro. Demetrio pensaba que la gente de
sueldo de Alejandro le faltaría; y Alejandro
esperaba que los judíos que seguían a Demetrio
se le habían de rebelar y seguirlo a él. Pero co-
mo los judíos tuviesen muy firme su juramento,
y los griegos su fe y promesa, comenzaron a
acercarse y pelear todos.
Venció en esta batalla Demetrio, aunque la gen-
te de Alejandro hubiese hecho muchas cosas
fuerte y animosamente. El suceso de ella dió
parte a entrambos sin que juntamente en-
trambos lo esperasen. Porque los que habían
llamado a Demetrio no quisieron seguirlo, aun-
que vencedor; antes, seis mil de los judíos se
pasaron a Alejandro, que había huido hacia los
montes, por tener misericordia de él, viendo
que se le había mudado tanto la fortuna. No
pudo sufrir falta tan 'importante Demetrio; an-
tes, pensando que Alejandro, recogidas y jun-
tadas ya sus fuerzas, sería bastante para esperar
la batalla, porque toda la gente se le pasaba,
retiróse luego de allí; pero la demás gente, por
habérseles ido y apartado aquella parte del so-
corro y ejército, no perdió su ira y enemistad;
antes peleaba en continuas guerras con Alejan-
dro, hasta tanto que, muerta gran parte de
ellos, los hizo recoger en la ciudad de Bemese-
lis; y habiéndola después tomado, llevóse los
cautivos a Jerusalén.
La ira inmoderada de éste, por ser desenfrena-
da, hizo que su crueldad llegase a términos de
toda impiedad; porque en medio de la ciudad
ahorcó ochocientos de los cautivos, y mató las
mujeres de ellos e hijos, delante de sus propias
madres, y él lo estaba mirando bebiendo y hol-
gando junto con sus concubinas y mancebas.
Tomó todo el pueblo tan gran temor de ver
esto, que aun los que a entrambas partes esta-
ban aficionados, luego la siguiente noche salie-
ron huyendo, corno desterrados, de toda Judea,
cuyo destierro tuvo fin con la muerte de Ale-
jandro. Habiendo, pues, buscado el reposo del
reino con tales hechos, cesaron sus armas.
***
IV
De la guerra de Alejandro con Antíoco y Are-
ta, y de Alejandro e Hircano.
Otra vez le fue principio de revuelta
Antíoco, llamado también Dionisio, hermano
de Demetrio, pero el postrero de aquellos que
tenían a Seleuco por principio y autor de su
linaje. Porque temiendo a éste, el cual había
echado y vencido a los árabes en la guerra, hizo
un foso muy grande alrededor de Antipátrida
en todo el espacio que hay allí cercano a los
montes, y entre las riberas de Jope; y delante
del foso edificó un muro muy alto y unas torres
de madera, para defender la entrada; pero no
pudo detener con todo esto a Antíoco. Porque
quemadas las torres, y habiendo henchido los
fosos, pasó con su ejército; y menospreciando la
venganza, de la cual debía usar con aquel que
le había prohibido la entrada, luego siguió la
empresa contra los árabes.
El rey de éstos apartáse a parte más cómoda
para su gente; Pero luego volvió a la pelea con
hasta número de diez mil hombres, y acometió
la gente de Antíoco sin darle tiempo para pen-
sar en ello ni aparejarse. Y trabada una valerosa
batalla, mientras Antíoco estaba salvo, su ejérci-
to permanecía resistiendo, aunque los árabes
p9co a poco lo despedazasen y acabasen. Pero
después que éste fue muerto, porque soco-
rriendo a los vencidos no temía los peligros,
todos huyeron, muriendo la mayor parte de
ellos peleando y huyendo. Los demás, habien-
do venido a parar al lugar de Caná, todos mu-
rieron de hambre, excepto muy pocos. De aquí
los damascenos, enojados con Ptolomeo, hijo de
Mineo, júntanse con Areto, y hácenlo rey de
Siria Celes: el cual, habiendo hecho guerra con
Judea, después de haber vencido en la batalla a
Alejandro, hizo partido con él y retiróse.
Alejandro, tomada Pela, fuese otra vez para
Gerasa, deseoso de las riquezas de Teodoro; y
habiendo cercado con tres cercos a los que la
querían defender, ganó el lugar. Tomó también
a Gaulana y a Seleucia, y sojuzgó aquella que se
llama la Farange de Antíoco. Además de lo
dicho, habiendo también tomado el fuerte casti-
llo de Gamala, y preso al capitán de él, Deme-
trio, revuelto en muchos crímenes y culpas,
vuélvese a Judea, acabados tres años en la gue-
rra, y fue recibido por los suyos con grande
alegría por el próspero suceso de sus cosas.
Pero sucedióle, estando en reposo y acabada la
guerra, el principio de su dolencia; y porque le
fatigaba la cuartana, pensó que echaría de sí
aquella calentura si se volvía otra vez a poner
en los negocios y ocupaba en ellos su ánimo;
dióse a la guerra y trabajos militares, Sin tener
cuenta con el tiempo: y fatigando su cuerpo
más de lo que podía sufrir, en medio de las
revueltas murió después de treinta y siete años
que reinaba, dejando el reino a Alejandra, su
mujer, pensando que los judíos obedecerían a
cuanto ella mandase; porque siendo muy de-
semejante a él en la crueldad, resistiendo a toda
maldad, enteramente había ganado la voluntad
de todo el pueblo. Y no le engañó la esperanza,
porque por ser tenida por mujer muy pía, al-
canzó el reino y principado. Porque sabía muy
bien la costumbre que los de su patria tenían, y
aborrecía desde el principio al que quebrantaba
las leyes sagradas.
Como ésta tuviese dos hijos habidos de Alejan-
dro, al mayor, llamado Hircano, parte por ser
primogénito, lo declaró por pontífice, y parte
también porque era más reposado, sin que pu-
diese tenerse esperanza que sería molesto a
alguno, lo hizo rey; y el menor, llamado Aristó-
bulo, quiso más que viviese privadamente,
porque mostraba ser más bullicioso y levanta-
do.
Juntóse con la señoría de esta mujer una parte
de los judíos que era la de los fariseos, los cua-
les honraban y acataban más la religión, al pa-
recer, que todos los demás, y declaraban más
agudamente las leyes, y por esta causa los tenía
en más Alejandra, sirviendo a la religión divina
supersticiosamente. Estos, disimulando con la
simple mujer, eran tenidos ya como procurado-
res de ella, mudando a sus voluntades, quitan-
do y poniendo, encarcelando y librando a cuan-
tos les parecía, de tal manera, que parecían ser
ya ellos los reyes, según gozaban de los prove-
chos reales: y Alejandra había de pagar las ex-
pensas y gastos, y sufrir todos los trabajos. Pero
ésta tenía un maravilloso regimiento en saber
regir y administrar las cosas mas altas y más
importantes; y puesta toda en acrecentar su
gente, hizo dos ejércitos, con no pocos socorros
que hubo, por su sueldo, con los cuales no sólo
fortificó el estado de su gente, pero se hizo aún
de temer al poder de los extranjeros. Y como
mandase a todos, ella sola obedecía a los farise-
os de su buena voluntad.
Mataron finalmente a Diógenes, varón muy
señalado que había sido muy amigo de Alejan-
dro, trayendo por causa de su muerte que
aquellos ochocientos, de los cuales hemos ha-
blado arriba, fueron puestos en cruz por el rey
a instancia de éste; y trabajaban por inducir y
persuadir a Alejandra que matase a todos los
demás, por cuya autoridad y consejo se había
movido contra ellos Alejandro. Estando ella tan
puesta en obedecer con demasiada superstición
a estos fariseos, a los cuales no quería contrade-
cir en algo, mataban a quien querían, hasta que
todos los mejores que estaban en peligro se
vinieron huyendo a Aristóbulo; y éste persua-
dió a su madre que los perdonase por la digni-
dad que tenían, y a los que pensaba ser daño-
sos, los echase de la ciudad. Alcanzando éstos
licencia, esparciéronse por toda la tierra.
Alejandra envió ejército a Damasco, porque
Ptolomeo tenía en grande y muy continuo
aprieto la ciudad, la cual ella tomó sin hacer
cosa alguna memorable. Solicitó con pactos y
dones al rey de Armenia, Tigrano, que cercaba
a Cleopatra, habiendo juntado su gente con
Ptolomeo. Pero él se había retirado ya mucho
antes por el levantamiento y discordia que hab-
ía entre los suyos, después de haberse Lúculo
entrado por Armenia.
Estando en esto, enfermó Alejandra; y su hijo el
menor, Aristóbulo, con todos sus criados, que
solían ser muchos y muy fieles, por estar en la
flor de su edad, se apoderó de todos los casti-
llos; y con el dinero que en ellos halló, hizo gen-
te de sueldo, y levantóse por rey. Por esto la
madre de Hircano, con misericordia de las que-
jas que el pueblo a ella echaba, encerró la mujer
de Aristóbulo en un castillo que está edificado
cerca del templo a la parte de Septentrión:
llamábase éste, como antes dijimos, Baro, y
después lo llamaron Antonia, siendo Antonio
emperador, así como del nombre de Augusto y
de Agripa, fueron llamadas las otras ciudades
Sebaste y Agripia.
Pero antes murió Alejandra que tomase ven-
ganza en Aristóbulo de las injurias a su herma-
no Hircano, al cual había trabajado por echar
del reino, adonde había ella reinado nueve
años. Quedó por heredero de todo Hircano, a
quien ella, siendo aún viva, había encomenda-
do todo el reino. Pero teníale gran ventaja en
esfuerzo y autoridad Aristóbulo, y habiendo
peleado entrambos cerca de Jericó por quién
sería señor de todo, muchos, dejando a Hirca-
no, se pasaron a Aristóbulo. De donde huyendo
Hircano, Regó al castillo llamado Antonia,
adonde se recogió; y alcanzando allí rehenes
para aseguranza de su salud y vida, porque
(según arriba hemos contado) aquí estaban con
guardas los hijos y mujer de Aristóbulo. Antes
que le aconteciese algo que fuese peor, volvió
en concordia y amistad con tal ley, que quedase
el reino por Aristóbulo, y que él lo dejase, con-
tentándose, como hermano del rey, con otras
honras. Reconciliados y hechos de esta manera
amigos dentro del templo, habiendo el uno
abrazado al otro delante de todo el pueblo que
allí estaba, truecan las cosas, y Aristóbulo torna
posesión de la casa real, e Hircano de la casa de
Aristóbulo.
***
Capítulo III
Que trata de los hechos de Aristóbulo, Antí-
gano, Judas, Eseo, Alejandro, Teodoro y De-
metrio.
La envidia de las hazañas y sucesos prósperos
de Juan y de sus hijos movió a los gentiles a
discordia y sedición, y juntándose muchos con-
tra ellos no reposaron hasta que todos fueron
vencidos en guerra pública. Viviendo, pues,
todo el otro tiempo Juan muy prósperamente y
habiendo administrado y regiao muy bien todo
el gobierno de las cosas por espacio de treinta y
tres años, dejando cinco hijos, murió. Varón
ciertamente bienaventurado, el cual no había
dado ocasión alguna por la cual alguno se pu-
diese quejar de la fortuna. Tenía tres cosas
principalmente él solo, porque era príncipe de
los judíos, pontífice, y además de esto profeta,
con quien Dios hablaba de tal manera, que
nunca ignoraba algo de lo que había de aconte-
cer.
También supo y profetizó cómo sus dos hijos
mayores no habían de quedar señores de sus
cosas, los cuales qué fin hayan tenido en la vi-
da, pienso que no será cosa indigna de contarlo
ni de oírlo, y cuán lejos hayan estado de la
prosperidad y dicha de su padre. Porque
Aristóbulo, que era el hijo mayor, luego que su
padre fue muerto, transfiriendo su señorío en
reino, fue el primero que se puso corona de rey
cuatrocientos ochenta y un años y tres meses
después que el pueblo de los judíos había veni-
do en la posesión de aquellas tierras libradas de
la servidumbre y cautividad de Babilonia.
Honraba a su hermano Antígono, que era en la
sucesión segundo, porque mostraba amarlo con
igual honra, pero puso a los otros hermanos en
cárcel muy atados y con guardas; encarceló
también a su madre por haberle resistido en
algo en el señorío, porque Juan la había dejado
por señora de todo el gobierno, y fue tan cruel
con ella, que teniéndola atada y en cárcel, la
dejó morir de hambre. Pagó todos estos hechos
y maldades con la muerte de su hermano Antí-
gono, a quien él amaba mucho y a quien había
hecho partícipe en su remo, porque también lo
mató con acusaciones falsas que le fingieron los
revolvedores del reino. Al principio Aristóbulo
no creía lo que le decían, porque tenía en mu-
cho a su hermano, y también porque pensaba
ser lo más de lo que le decían falso y fingido
por la envidia que le tenían. Pero siendo Antí-
gono vuelto de la guerra con muy buen nombre
en los días de las fiestas que ellos, según cos-
tumbre de la patria, celebraban a Dios puestos
los tabernáculos, sucedió en el mismo tiempo
que Aristóbulo cayó enfermo, y Antígono, al fin
de las fiestas y solemnidades, acompañado de
hombres armados vino con gran deseo a hacer
oración al templo, y subió más honrado de lo
que subiera por honra de su hermano; y enton-
ces, viniendo acusadores llenos de toda maldad
delante del rey, alegaban y reprendían la pom-
pa de las armas, y la arrogancia y la soberbia de
Antígono, como mayor de lo que convenía,
diciendo haber venido allí con multitud de gen-
te de armas para matarlo: porque pudiendo él
ser rey, claro estaba que no se había de conten-
tar con la honra que su hermano procuraba que
el reino le hiciese.
Creyó poco a poco estas cosas Aristóbulo, aun-
que forzado, y por no demostrar sospecha de
alguna cosa, queriendo guardarse de lo que le
era incierto, y proveerse mirándolo todo,
mandó pasar la gente de su guarda a un lugar
obscuro y corno sótano; y él que estaba enfer-
mo en el castillo llamado antes Baro, el cual
después fue llamado Antoma, mandóles que si
viniese desarmado, no le hiciesen algo, y si An-
tigono viniese con armas, lo matasen. Además
de esto, envió gente que avisasen a Antígono y
le mandase venir sin armas.
Para todas estas cosas la reina tomó consejo
astuto con los que estaban en asechanza y en
celada: porque persuadió a los que el rey en-
viaba, que callasen lo que el rey les habla man-
dado, y que dijesen a Antígono que su hermano
había oído cómo se habla hecho muy lindas
armas y lindo aparejo de guerra en Galilea, las
cuales no había podido ver particularmente a
su voluntad, impedido con su enfermedad, y
que ahora lo querría con toda voluntad ver ar-
mado, principalmente sabiendo que habla de
partir e irse a otra parte.
Oídas estas cosas, Antígono, no pudiendo pen-
sar mal, por el amor y afición que le tenía su
hermano, venía aprisa armado con todas sus
armas por mostrarse. Pero cuando llegó a un
paso obscuro, que se llamaba la torre de Es-
tratón, fue muerto por los de la guarda: y dio
cierto y manifiesto documento, que toda bene-
volencia y derecho de naturaleza es vencido
con las acriminaciones y envidias calumniosas;
y que ninguna buena afición vale tanto que
pueda perpetuamente resistir y refrenar la en-
vidia.
En esto también, ¿quién no se maravillará de
Judas? Era Eseo de linaje, el cual nunca erró en
profetizar ni jamás mintió. Pasando Antígono
por el templo, luego que lo vió Judas, dijo en
voz alta a los conocidos que allí estaban, por-
que tenía muchos discípulos y hombres que
venían a pedirle consejo: "Ahora me es a mí
bueno morir, pues la verdad murió, quedando
yo en vida, y se ha hallado alguna cosa falsa en
lo que yo tenía profetizado, pues vive este
Antígono, el cual debía ser hoy muerto. Tenía
ya, por suerte, señalado lugar para su muerte
en la torre de Estratón, que está a seiscientos
estadios lejos de aquí: son ya cuatro horas del
día, y el tiempo pasa, y con él mi adivinanza."
Cuando el viejo hubo hablado esto, púsose a
pensar entre sí muchas cosas con mucho cuida-
do y con la cara muy triste. Luego, poco des-
pués, vino nueva como Antígono había sido
muerto en un sótano, llamado por el mismo
nombre que solía ser la marítima Cesárea, la
torre de Estratón, y esto fue lo que engañó al
profeta.
En la misma hora, con el pesar de tan gran
maldad, se le aumentó la enfermedad a Aristó-
bulo, y estando siempre con el pensamiento de
aquel hecho muy solícito, con el ánimo per-
turbado se corrompía, hasta tanto que por la
amargura del dolor, rotas en partes sus entra-
ñas, echaba toda la sangre por la boca. La cual
tomó uno de los que le servían, y por pro-
videncia y voluntad de Dios, sin que el criado
tal supiese, echó la sangre del matador sobre
las manchas que había dejado con la suya Antí-
gono en aquel lugar donde fue muerto. Pero
levantándose un gran llanto y aullido de los
que habían visto esto, como que el muchacho
hubiese adrede echado la sangre en aquel lu-
gar, vino a noticia del rey el clamor, y requirió
que le contasen la causa; y como no hubiese
alguno que la osase contar, más se encendía él
en deseo de saberla. Al fin, haciendo él fuerza y
amenazándoles, contáronle la verdad de todo
lo que pasaba; y él, hinchiendo sus ojos de
lágrimas, y gimiendo en su corazón tanto cuan-
to le era posible, dijo esto: "No era, por cierto,
cosa para esperar que hubiese Dios de ignorar
mis maldades muy grandes, siéndole todo ma-
nifiesto pues luego me persigue la justicia en
venganza de la muerte de mi hermano. ¡Oh
malvado cuerpo! ¿Hasta cuándo detendrás el
ánima condenada por la muerte de mi madre y
de mi hermano? ¿Cuánto tiempo les sacrificaré
mi propia sangre? Tómenlo todo junto y no se
burle ni escarnezca la fortuna lo bajo de mis
entrañas.` Dicho esto, luego murió, habiendo
reinado sólo un año.
Su mujer entonces sacó de la cárcel al hermano
Alejandro, e hízolo rey, el cual era mayor en la
edad, y aun parecía también ser más modesto.
Pero alcanzando éste el reino, y viéndose pode-
roso, mató a su otro hermano, por verlo ambi-
cioso de reinar, y tenía consigo al otro priva-
damente, habiéndole quitado todas sus cosas.
Hizo guerra con Ptolomeo Látiro, el cual le hab-
ía tomado a Asoco, y mató muchos de sus
enemigos; pero Ptolomeo fue el vencedor. Des-
pués que él fue echado por su madre Cleopatra,
vínose a Egipto, y Alejandro tomó por fuerza a
Gadara y el castillo de Amatón, que es el mayor
de todos los que hay de la otra parte del Jordán,
adonde estaban, según se tenla por cierto, los
bienes y joyas de Teodoro, hijo de Zenón. Mas
sobreviniendo presto Teodoro, cobra lo que era
suyo: llévase el carruaje del rey, y mata casi
diez mil judíos.
Alejandro, cobrando después de esta matanza
fuerzas, entró por las partes cercanas de la mar,
las cuales llamaremos maritimas: tomó a Rafia,
a Gaza y a Antedón, la cual después fue llama-
da por el rey Herodes Agripia.
Domados y sujetos todos éstos, un día de fiesta
el pueblo de los judíos se levantó contra él.
Porque muchas veces se revuelven los pueblos
por los convites y comidas; y no le parecía que
podía apaciguar y deshacer aquellas asechan-
zas, si los Pisidas y Cilicos, pagándolos él, no le
ayudaban: no hacía caso de tener los sirios a
sueldo por la discordia que tienen natural-
mente con los judíos. Y habiendo muerto más
de ocho mil de la multitud que se había rebela-
do, hizo guerra contra Arabia. Vencidos allí los
galaaditas y moabitas, los hizo tributarios, y
volvióse para Amatón.
Y estando Teodoro amedrentado por ver que
tan prósperamente le sucedían las cosas, de-
rribó de raíz un castillo que halló sin gente; y
peleando después con Oboda, rey de Arabia, el
cual había ocupado un lugar oportuno y cómo-
do para el en año en la región de Galaad, preso
con las asechanzas que le habían hecho, perdió
todo su ejército, forzado a recogerse a un valle
muy alto, y fue desmenuzado por la multitud
de los camellos.
Librándose él de aquí y viniendo a Jerusalén,
inflamó la gente, que antiguamente le era muy
enemiga, a mover novedades con la gran ma-
tanza que le había sido hecha. Con esto también
se alzó a mayores, y mató en muchas batallas
no menos de cincuenta mil judíos dentro de
seis años; pero no se holgaba con estas victo-
rias, porque se gastaban y consumían en ellas
todas las fuerzas de su reino. Por lo cual, de-
jando las armas y la guerra, trabajaba con bue-
nas palabras en volver en amistad con aquellos
que tenía sujetos.
Tenían ellos tan aborrecida la inconstancia y
variedad que éste tenía en sus costumbres, que
preguntando él qué manera tendría para apaci-
guarlos, respondieron que con su muerte; por-
que aun no sabían si muerto le perdonarían,
por tantas maldades como había cometido jun-
to con esto tomaron el socorro de Demetrio,
llamado Acero, el cual, con esperanza de ganar
y de haber mayor premio, fácilmente les obede-
ció y consintió, y viniendo con ejército, juntóse
para ayudar a los judíos cerca de Sichima. Pero
recibiólos Alejandro con mil de a caballo y con
seis mil soldados de sueldo, teniendo también
consigo cerca de diez mil judíos que le eran
todos muy amigos: siendo los de la parte con-
traria tres mil de a caballo y cuarenta mil de a
pie.
Antes que se juntasen ambos ejércitos, por me-
dio de los mensajeros y trompetas los reyes
trabajaban cada uno por si en retirar la gente el
uno del otro. Demetrio pensaba que la gente de
sueldo de Alejandro le faltaría; y Alejandro
esperaba que los judíos que seguían a Demetrio
se le habían de rebelar y seguirlo a él. Pero co-
mo los judíos tuviesen muy firme su juramento,
y los griegos su fe y promesa, comenzaron a
acercarse y pelear todos.
Venció en esta batalla Demetrio, aunque la gen-
te de Alejandro hubiese hecho muchas cosas
fuerte y animosamente. El suceso de ella dió
parte a entrambos sin que juntamente en-
trambos lo esperasen. Porque los que habían
llamado a Demetrio no quisieron seguirlo, aun-
que vencedor; antes, seis mil de los judíos se
pasaron a Alejandro, que había huido hacia los
montes, por tener misericordia de él, viendo
que se le había mudado tanto la fortuna. No
pudo sufrir falta tan 'importante Demetrio; an-
tes, pensando que Alejandro, recogidas y jun-
tadas ya sus fuerzas, sería bastante para esperar
la batalla, porque toda la gente se le pasaba,
retiróse luego de allí; pero la demás gente, por
habérseles ido y apartado aquella parte del so-
corro y ejército, no perdió su ira y enemistad;
antes peleaba en continuas guerras con Alejan-
dro, hasta tanto que, muerta gran parte de
ellos, los hizo recoger en la ciudad de Bemese-
lis; y habiéndola después tomado, llevóse los
cautivos a Jerusalén.
La ira inmoderada de éste, por ser desenfrena-
da, hizo que su crueldad llegase a términos de
toda impiedad; porque en medio de la ciudad
ahorcó ochocientos de los cautivos, y mató las
mujeres de ellos e hijos, delante de sus propias
madres, y él lo estaba mirando bebiendo y hol-
gando junto con sus concubinas y mancebas.
Tomó todo el pueblo tan gran temor de ver
esto, que aun los que a entrambas partes esta-
ban aficionados, luego la siguiente noche salie-
ron huyendo, corno desterrados, de toda Judea,
cuyo destierro tuvo fin con la muerte de Ale-
jandro. Habiendo, pues, buscado el reposo del
reino con tales hechos, cesaron sus armas.
***
Capítulo IV
De la guerra de Alejandro con Antíoco y Are-
ta, y de Alejandro e Hircano.
Otra vez le fue principio de revuelta Antíoco,
llamado también Dionisio, hermano de Deme-
trio, pero el postrero de aquellos que tenían a
Seleuco por principio y autor de su linaje. Por-
que temiendo a éste, el cual había echado y
vencido a los árabes en la guerra, hizo un foso
muy grande alrededor de Antipátrida en todo
el espacio que hay allí cercano a los montes, y
entre las riberas de Jope; y delante del foso edi-
ficó un muro muy alto y unas torres de madera,
para defender la entrada; pero no pudo detener
con todo esto a Antíoco. Porque quemadas las
torres, y habiendo henchido los fosos, pasó con
su ejército; y menospreciando la venganza, de
la cual debía usar con aquel que le había prohi-
bido la entrada, luego siguió la empresa contra
los árabes.
El rey de éstos apartáse a parte más cómoda
para su gente; Pero luego volvió a la pelea con
hasta número de diez mil hombres, y acometió
la gente de Antíoco sin darle tiempo para pen-
sar en ello ni aparejarse. Y trabada una valerosa
batalla, mientras Antíoco estaba salvo, su ejérci-
to permanecía resistiendo, aunque los árabes
p9co a poco lo despedazasen y acabasen. Pero
después que éste fue muerto, porque soco-
rriendo a los vencidos no temía los peligros,
todos huyeron, muriendo la mayor parte de
ellos peleando y huyendo. Los demás, habien-
do venido a parar al lugar de Caná, todos mu-
rieron de hambre, excepto muy pocos. De aquí
los damascenos, enojados con Ptolomeo, hijo de
Mineo, júntanse con Areto, y hácenlo rey de
Siria Celes: el cual, habiendo hecho guerra con
Judea, después de haber vencido en la batalla a
Alejandro, hizo partido con él y retiróse.
Alejandro, tomada Pela, fuese otra vez para
Gerasa, deseoso de las riquezas de Teodoro; y
habiendo cercado con tres cercos a los que la
querían defender, ganó el lugar. Tomó también
a Gaulana y a Seleucia, y sojuzgó aquella que se
llama la Farange de Antíoco. Además de lo
dicho, habiendo también tomado el fuerte casti-
llo de Gamala, y preso al capitán de él, Deme-
trio, revuelto en muchos crímenes y culpas,
vuélvese a Judea, acabados tres años en la gue-
rra, y fue recibido por los suyos con grande
alegría por el próspero suceso de sus cosas.
Pero sucedióle, estando en reposo y acabada la
guerra, el principio de su dolencia; y porque le
fatigaba la cuartana, pensó que echaría de sí
aquella calentura si se volvía otra vez a poner
en los negocios y ocupaba en ellos su ánimo;
dióse a la guerra y trabajos militares, Sin tener
cuenta con el tiempo: y fatigando su cuerpo
más de lo que podía sufrir, en medio de las
revueltas murió después de treinta y siete años
que reinaba, dejando el reino a Alejandra, su
mujer, pensando que los judíos obedecerían a
cuanto ella mandase; porque siendo muy de-
semejante a él en la crueldad, resistiendo a toda
maldad, enteramente había ganado la voluntad
de todo el pueblo. Y no le engañó la esperanza,
porque por ser tenida por mujer muy pía, al-
canzó el reino y principado. Porque sabía muy
bien la costumbre que los de su patria tenían, y
aborrecía desde el principio al que quebrantaba
las leyes sagradas.
Como ésta tuviese dos hijos habidos de Alejan-
dro, al mayor, llamado Hircano, parte por ser
primogénito, lo declaró por pontífice, y parte
también porque era más reposado, sin que pu-
diese tenerse esperanza que sería molesto a
alguno, lo hizo rey; y el menor, llamado Aristó-
bulo, quiso más que viviese privadamente,
porque mostraba ser más bullicioso y levanta-
do.
Juntóse con la señoría de esta mujer una parte
de los judíos que era la de los fariseos, los cua-
les honraban y acataban más la religión, al pa-
recer, que todos los demás, y declaraban más
agudamente las leyes, y por esta causa los tenía
en más Alejandra, sirviendo a la religión divina
supersticiosamente. Estos, disimulando con la
simple mujer, eran tenidos ya como procurado-
res de ella, mudando a sus voluntades, quitan-
do y poniendo, encarcelando y librando a cuan-
tos les parecía, de tal manera, que parecían ser
ya ellos los reyes, según gozaban de los prove-
chos reales: y Alejandra había de pagar las ex-
pensas y gastos, y sufrir todos los trabajos. Pero
ésta tenía un maravilloso regimiento en saber
regir y administrar las cosas mas altas y más
importantes; y puesta toda en acrecentar su
gente, hizo dos ejércitos, con no pocos socorros
que hubo, por su sueldo, con los cuales no sólo
fortificó el estado de su gente, pero se hizo aún
de temer al poder de los extranjeros. Y como
mandase a todos, ella sola obedecía a los farise-
os de su buena voluntad.
Mataron finalmente a Diógenes, varón muy
señalado que había sido muy amigo de Alejan-
dro, trayendo por causa de su muerte que
aquellos ochocientos, de los cuales hemos ha-
blado arriba, fueron puestos en cruz por el rey
a instancia de éste; y trabajaban por inducir y
persuadir a Alejandra que matase a todos los
demás, por cuya autoridad y consejo se había
movido contra ellos Alejandro. Estando ella tan
puesta en obedecer con demasiada superstición
a estos fariseos, a los cuales no quería contrade-
cir en algo, mataban a quien querían, hasta que
todos los mejores que estaban en peligro se
vinieron huyendo a Aristóbulo; y éste persua-
dió a su madre que los perdonase por la digni-
dad que tenían, y a los que pensaba ser daño-
sos, los echase de la ciudad. Alcanzando éstos
licencia, esparciéronse por toda la tierra.
Alejandra envió ejército a Damasco, porque
Ptolomeo tenía en grande y muy continuo
aprieto la ciudad, la cual ella tomó sin hacer
cosa alguna memorable. Solicitó con pactos y
dones al rey de Armenia, Tigrano, que cercaba
a Cleopatra, habiendo juntado su gente con
Ptolomeo. Pero él se había retirado ya mucho
antes por el levantamiento y discordia que hab-
ía entre los suyos, después de haberse Lúculo
entrado por Armenia.
Estando en esto, enfermó Alejandra; y su hijo el
menor, Aristóbulo, con todos sus criados, que
solían ser muchos y muy fieles, por estar en la
flor de su edad, se apoderó de todos los casti-
llos; y con el dinero que en ellos halló, hizo gen-
te de sueldo, y levantóse por rey. Por esto la
madre de Hircano, con misericordia de las que-
jas que el pueblo a ella echaba, encerró la mujer
de Aristóbulo en un castillo que está edificado
cerca del templo a la parte de Septentrión:
llamábase éste, como antes dijimos, Baro, y
después lo llamaron Antonia, siendo Antonio
emperador, así como del nombre de Augusto y
de Agripa, fueron llamadas las otras ciudades
Sebaste y Agripia.
Pero antes murió Alejandra que tomase ven-
ganza en Aristóbulo de las injurias a su herma-
no Hircano, al cual había trabajado por echar
del reino, adonde había ella reinado nueve
años. Quedó por heredero de todo Hircano, a
quien ella, siendo aún viva, había encomenda-
do todo el reino. Pero teníale gran ventaja en
esfuerzo y autoridad Aristóbulo, y habiendo
peleado entrambos cerca de Jericó por quién
sería señor de todo, muchos, dejando a Hirca-
no, se pasaron a Aristóbulo. De donde huyendo
Hircano, Regó al castillo llamado Antonia,
adonde se recogió; y alcanzando allí rehenes
para aseguranza de su salud y vida, porque
(según arriba hemos contado) aquí estaban con
guardas los hijos y mujer de Aristóbulo. Antes
que le aconteciese algo que fuese peor, volvió
en concordia y amistad con tal ley, que quedase
el reino por Aristóbulo, y que él lo dejase, con-
tentándose, como hermano del rey, con otras
honras. Reconciliados y hechos de esta manera
amigos dentro del templo, habiendo el uno
abrazado al otro delante de todo el pueblo que
allí estaba, truecan las cosas, y Aristóbulo torna
posesión de la casa real, e Hircano de la casa de
Aristóbulo.
***
Capítulo V
De la guerra que tuvo Hircano con los árabes,
y cómo fué tomada la ciudad de Jerusalén.
Creció a todos sus enemigos el miedo por ver
que mandaba y que había alcanzado el señorío
tan contra la esperanza que tenían, aunque
principalmente a Antipatro, mal acogido por
Aristóbulo y muy aborrecido. Era éste de linaje
Idumeo, principal entre toda su gente, tanto en
nobleza como en riqueza. Este, pues, amones-
taba y trabajaba por inducir a Hircano que re-
curriere a Areta, rey de los árabes, y con su
ayuda cobrase el reino: por otra parte trabajaba
en persuadir a Areta que recibiese en su reino a
Hircano y se lo llevase consigo, menoscabando
y diciendo mal de las costumbres de Aristóbu-
lo, loando y levantando mucho a Hircano, y
junto con esto amonestaba que a él convenía,
presidiendo a un reino tan esclarecido, dar la
mano a los que estaban oprimidos por maldad
e injusticia; y que Hircano padecía la injuria, el
cual había perdido el reino que por derecho de
sucesión le pertenecía.
Instruidos, pues, y apercibidos entrambos de
esta manera, una noche salió de la ciudad jun-
tamente con Hircano, y libróse por la gran dili-
gencia que puso en correr, acogiéndose a un
lugar que se llama Petra, adonde tiene su asien-
to el rey de Arabia. Y después que entregó en
manos del rey Areta a Hircano, acabó con él
con muchas palabras y muchos dones, que so-
corriese a Hircano para hacerle recobrar su re-
ino. Eran los árabes cincuenta mil hombres de a
pie y de a caballo, a los cuales no pudo resistir
Aristóbulo; antes, vencido en el primer encuen-
tro, fué forzado a huir hacia Jerusalén; y fuera
ciertamente preso, si el capitán de los romanos
Escauro no so reviniera e hiciera levantar el
cerco que tenía, porque éste había sido enviado
de Pompeyo Magno, que entonces tenía guerra
con Tigrano, de Armenia a Siria; pero cuando
llegó a Damasco, halló que la ciudad era nue-
vamente tomada por Metelo y Lolio. Habiendo,
pues, apartado y echado a aquellos de allí, y
sabiendo lo que se hacía en Judea, determinó
correr a á como a negocio de ganancia y prove-
cho.
En la hora que hubo entrado dentro de los,
términos de Judea, viénenle embajadores de los
judíos por los dos hermanos, rogándole en-
trambos, cada uno por sí, que viniese antes en
su ayuda que no en la del otro. Bao corrompido
por trescientos talentos que Aristóbulo le envió,
menospreció la justicia, porque después de
haber recibido este dinero, Escauro envió em-
bajadores a Hircano y a los árabes, trayéndoles
delante y amenazando con el nombre de los
romanos y de Pompeyo si no deshacían el cerco
de la villa. Por lo cual amedrentado Areta, salió
de Judea, y recogiose a Filadelfia; y Escauro,
volvió a Darnasoa. Aristóbulo, pues no lo veía
preso, no pensó que le bastaba, pero recogiendo
todo el ejército que tenía, trabajaba en perseguir
de todas maneras a los enemigos, y trabando
batalla cerca de un lugar que se llama Papirona,
mató de ellos más de seis mil hombres, entre
los cuales fué uno Céfalo, hermano de Antipa-
tro.
Hircano, y Antipatro, privados ya del socorro
de los árabes, pusieron sus esperanzas en los
contrarios; y como hubiese llegado Pompeyo a
Damasco, después de haber entrado en Siria,
recurrieron a él, y dándole muchos dones, co-
mienzan a contarle todas aquellas cosas que
antes habían también dicho a Areta, rogándole
mucho que, venciendo la fuerza y violencia de
Aristóbulo, restituyese el reino a Hircano, a
quien era debido, tanto por edad, como por
bondad de costumbres; pero Aristóbulo no se
durmió en esto, confiado en Escauro por el di-
nero que la había dado. Había venido tan orna-
do y vestido tan realmente como le había sido
posible, y enojado después por la sujeción, y
pensando que no era cosa digna que un rey
tuviese tanta cuenta con el provecho, volvíase
de Diospoli.
Enojado por esto Pompeyo, viene contra
Aristóbulo persuadiéndoselo Hircano y sus
compañeros, con el ejército romano, y armado
también del socorro de los de Siria. Y habiendo
pasado por Pela y por Escitópolis, llegó a Core-
as, adonde comienza el señorío de los judíos y
los términos de sus tierras, entrando en los lu-
gares mediterráneos. Entendiendo que Aristó-
bulo se habla recogido a Alejandrio, que es un
castillo magnificamente edificado en un alto
monte, envió gente que lo hiciese salir y des-
cender de allí. Pero él tenía determinado, pues
era la contienda por el reino, querer antes po-
ner en peligro su vida, que sujetarse al imperio
y mando de otro; veía que el pueblo estaba
muy amedrentado y que sus amigos le aconse-
jaban que pensase en el poder y fuerza de los
romanos, la cual no había de poder sufrir. Por
lo cual, obedeciendo al consejo de todos éstos,
viénese delante de Pompeyo, a quien, como
hubiesen hecho entender cuán justamente rein-
aba, mandóle que se volviese al castillo; y sa-
liendo otra vez desafiado por su hermano,
habiendo primero tratado con él de su derecho,
volvióse al castillo sin que Pompeyo se lo
prohibiese. Estaba con esperanza temor y venia
con intención de suplicar a Pompeyo que re
dejase hacer toda cosa y volviese al monte, por
que no pareciese derogar y afrentar la real dig-
nidad. Pero porque Pompeyo le mandaba salir
de los castillos y aconsejaban a los presidentes
y capitanes de ellos que se saliesen, a los cuales
él habla mandado que no obedeciesen sin ver
primero cartas de su mano propia escritas, hizo
lo que mandaba.
Vino a Jerusalén muy indignado, y pensaba
ventilar aquello con Pompeyo por las armas.
Pero éste no tuvo por cosa buena ni de consejo
darle tiempo para que se aparejase para la gue-
rra, antes luego comienza a perseguirlo, porque
con mucha alegría había sabido la muerte de
Mitrídates, estando ya cerca de Jericó, adonde
la tierra es muy fértil y hay muchas palmas y
mucho bálsamo; de cuyo árbol o tronco, corta-
do con unas piedras muy agudas, se destilan
unas gotas como lágrimas, las cuales ellos reco-
gen. Habiéndose, pues, detenido allí toda una
noche, luego a la mañana veníase con gran pri-
sa a Jerusalén. Espantado Aristóbulo con esta
nueva, y con el ímpetu de éste, sálele al encuen-
tro, suplicando y prometiendo mucho dinero
que él y la ciudad se le rendirían; y con esto
amansó la saña e Pompeyo. Pero nada de lo
que había prometido cumplió; porque siendo
enviado Gabinio, para cobrar el dinero prome-
tido, los compañeros de Aristóbulo no quisie-
ron ni aun recibirle en la ciudad.
Movido con estas cosas Pompeyo, prende a
Aristóbulo, y mándalo poner en guardas, y
partiendo para la ciudad, descubría y miraba
por qué parte tenía mejor y más fácil entrada,
porque no veía de qué manera pudiese comba-
tir los muros, que estaban muy fuertes, y un
foso alrededor del muro muy espantable, y
estaba allí muy cerca el templo cercado y ro-
deado de tan segura defensa, que aunque to-
masen la ciudad, todavía tenían allí los enemi-
gos muy seguro lugar para recogerse. Estando,
pues, él mucho tiempo dudando y pensando
sobre esto, levantóse una sedición y revuelta
dentro de la ciudad; los compañeros y amigos
de Aristóbulo decían y eran de parecer que se
hiciese guerra, y que se debla trabajar por librar
a su rey; pero los que eran de la parcialidad de
Hircano, decían que debían abrir las puertas y
dar entrada a Pompeyo. Y el miedo de los otros
hacia mayor el número de éstos, pensando y
teniendo delante el valor y constancia de los
romanos.
Vencida, pues, al fin la parte de Aristóbulo,
fuése huyendo al templo, y derribando un
puente, por el cual el templo se juntaba con la
ciudad, todos se aparejaban para resistirle y
sufrir en ello cuanto posible les fuese. Y como
los otros que quedaban hubiesen recibido a los
romanos dentro de la ciudad, y les hubiesen
entregado la casa y palacio red, para haber es-
tas cosas Pompeyo, envió uno de sus capitanes
llamado Pisón, con muchos soldados; y puestos
por guarnición dentro de la ciudad, no pudien-
do persuadir la paz a los que se habían recogi-
do dentro del templo, aparejaba todo cuanto
podía y hallaba alrededor de allí, para comba-
tirlos; pues Hircano y sus amigos estaban muy
firmes y muy prontos para seguir el acuerdo, y
aconsejar lo necesario, y obedecer a cuanto les
fuese mandado. El estaba a la parte septentrio-
nal hinchiendo el foso aquel tan hondo de todo
cuanto los soldados le podían traer, siendo esta
obra de si muy difícil por la gran hondura del
foso, y también porque los judíos trabajaban
por la parte alta en resistirles de toda manera, y
quedara el trabajo imperfecto y sin acabar, si
Pompeyo no tuviera gran cuenta con los días
que suelen guardar por sus fiestas los judíos,
que por su religión tienen mandado guardar el
séptimo día, sin hacer algo; en los cuales
mandó que, pues los soldados de dentro no
salían a defenderlo, los suyos no peleasen, an-
tes con gran diligencia hinchiesen el foso. Por-
que los judíos no tienen licencia de hacer 21go
en las fiestas, sino sólo defender su cuerpo si
algo les acontecía.
Henchido, pues, el foso, y puestas sus máqui-
nas, las cuales había traído de Tiro, y hechas
sus torres encima de sus montecillos, comenza-
ron a combatir los muros. Los de arriba fácil-
mente los echaban con muchas piedras, aunque
mucho tiempo resistiesen las torres, excelentes
en grandeza y gentileza, y sufriesen la fuerza
de los que contra ellos peleaban. Pero cansados
entonces los romanos, Pompeyo maravillábase
por ver el trabajo grande que los judíos sufrían
con gran tolerancia, y principalmente porque
estando entre armas, no dejaban perder punto
ni cosa alguna de lo que tocaba a sus ceremo-
nias, antes, ni más ni menos que si tuvieran
muy sosegada paz, celebraban cada día los sa-
crificios y ofrendas, y honraban a Dios con una
muy gran diligencia. Ni aun en el mismo mo-
mento que los mataban cerca del ara, dejaban
de hacer todo aquello que legítimamente eran
obligados para cumplir con su religión. Tres
meses después que tenía puesto el cerco, sin
haber casi derribado ni una torre, dieron el
asalto, y el primero que osó subir por el muro
fué Fausto Cornelio, hijo de Sila, y después dos
centuriones con él, Furio y Fabio, con sus es-
cuadras; y habiendo rodeado por todas partes
el templo, mataron a cuantos se retiraban a otra
parte, y a los que en algo resistían. Adonde,
aunque muchos de los sacerdotes viesen venir
con las espadas sacadas los enemigos contra
ellos, no por eso dejaban de entender las cosas
divinas y tocantes al servicio de Dios, tan sin
miedo corno antes solían, y en el servicio M
templo y sacrificios los mataban, teniendo en
más la religión que su salud. Los naturales y
amigos de la otra parte mataban muchos de
éstos; muchos se despeñaban, otro se echaban a
los enemigos como furiosos, encendidos todos
los que estaban por el muro en gran ira y de-
sesperación. Murieron, finalmente, en esto doce
mil judíos y muy pocos romanos, aunque hubo
muchos heridos.
Pareció cosa grave y de mayor pérdida a los
judíos, descubrir aquel secreto santo e inviola-
do, no visto antes por ninguno, a todos los ex-
tranjeros. Entrando, pues, Pompeyo, juntamen-
te con sus caballeros, dentro del templo, donde
no era licito entrar, excepto al pontífice, vio y
miró los candeleros que allí habla encendidos, y
las mesas, en las cuales acostumbraban celebrar
sus sacrificios y quemar sus inciensos; vio tam-
bién la multitud de perfumes y olores que ten-
ían, y el dinero consagrado, que era la suma de
dos mil talentos. Pero no tocó ni esto ni otra
cosa alguna de las riquezas del Sagrario; antes
el siguiente día, después de la matanza, mandó
limpiar el templo a los sacristanes, Y que cele-
brasen sus solemnidades sagradas. Entonces les
declaró por pontífice a Hircano, por haberse
regido y mostrado con él en todo, y principal-
mente en el tiempo del cerco, muy valeroso, y
por haber atraído a sí gran muchedumbre de
villanos, de los que seguían la parte de Aristó-
bulo, con lo cual ganó la amistad de todo el
pueblo, más por benevolencia y mansedumbre,
según conviene a cualquier buen emperador,
que por temor ni amenazas.
Fué preso entre los cautivos el suegro de
Aristóbulo, que le era también tío, hermano de
su padre, y descabezó a todos los que supo que
habían sido principalmente causa de aquella
guerra. Dio muchos dones a Fausto y a todos
los demás que se hablan portado valerosamente
en la presa; puso tributo a Jerusalén, mandó
que las ciudades que había tomado a los judíos
en Celefiria obedeciesen al presidente romano o
gobernador que entonces era, y encerrólos de-
ntro de sus mismos términos solamente. Re-
novó, también por amor de un liberto suyo,
llamado Demetrio, Gadarense, a Gadara, la cual
hablan derribado los judíos. Libró del imperio
de aquellos las ciudades mediterráneas, que no
habían derribado, por ser allí alcanzados y pre-
venidos antes, Hipón, Escitópolís, Pela, Sama-
ria, Marisa y Azoto, Iania y Aretusa, y con ellas
las marítimas también, Gaza, Jope, Dora, y
aquella adonde estaba la torre de Estratón,
aunque después fueron edificados aqui en esta
ciudad. muy lindos edificios por el rey Herodes
y fué llamada Cesárea. Y habiéndolas vuelto
todas a sus naturales ciudadanos, juntólas con
la provincia de Siria.
Y dejando la administración de Siria, de Judea
y de todo lo demás, hasta los términos de Egip-
to y el rió, Eufrates, con dos legiones o compañ-
ías de gente, a Escauro, él se volvió con gran
prisa a Roma por Cilicia, llevándose cautivo a
Aristóbulo con toda su familia. Habla dos hijas
y otros tantos hijos, de los cuales el uno, llama-
do Alejandro, se le huyó en el camino, y el me-
nor, que era Antígono, fué llevado a Roma con
sus hermanas.
***
Capítulo VI
De la guerra que Alejandro tuvo con Hircano
y Aristóbulo.
Habiendo entretanto Escauro entrado en Ara-
bia, no podía llegar a la que ahora se llama Pe-
trea, por la dificultad y aspereza del camino,
pero talaba y destruía cuanto habla alrededor,
aunque estaba afligido con muchos males en
estas tierras; el ejército padecía gran hambre, a
quien Hircano proveía de todo lo necesario, por
medio de Antipatro, para su mantenimiento; al
cual Escauro envió por embajador, como muy
familiar y amigo de Areta, para que dejase la
guerra e hiciesen conciertos de paz. De esta
manera, en fin, persuadieron al árabe que diese
trescientos talentos, y Escauro entonces retrajo
de Arabia su ejército. Pero Alejandro, hijo de
Aristóbulo, aquel que habla huido de Pompe-
yo, habiendo juntado mucha gente en este
tiempo, en a hacia Hircano muy enojado, y des-
truía y robaba a Judea, pensando que presto la
podía ganar y vencerlo a él, porque confiaba
que el muro de Jerusalén, que habla sido derri-
bado por Pompeyo, estaría ya renovado si Ga-
binio, sucesor de Escauro, el cual había sido
enviado a Siria, no se mostrara muy fuerte y
valeroso en lo demás, pero principalmente con-
tra Alejandro con su ejército. Por lo cual, te-
miendo aquél la fuerza de este Gabinio, traba-
jaba en acrecentar el número de su gente, hasta
tanto que legaron a número de diez mil de a pie
y mil quinientos caballos, y fortalecía los luga-
res y las villas que le parecían ser buenos para
resistir a la fuerza, como Alejandrio, Hircanio y
Macherunta, que están cerca de los montes de
Arabia.
Gabinio, pues, habiendo enviado delante a
Marco Antonio con parte de su ejército, él lo
seguía con todo lo demás. Los compañeros es-
cogidos de Antipatro y la otra multitud de los
judíos cuyos príncipes eran Malico y Pitolao,
habiendo juntado sus fuerzas con Marco Anto-
nio, salieron al encuentro a Alejandro; pero no
estaba muy lejos ni muy atrás de éste Gabinio
con toda su gente. Viendo Alejandro que no
podía resistir ni sufrir tanta multitud de enemi-
gos, huyó. Siendo llegado ya cerca de Jerusalén,
fué forzado a pelear; y habiendo perdido seis
mil hombres de los suyos, tres mil presos y tres
mil derribados, salváse con los demás.
Pero cuando Gabinio llegó al castillo de Ale-
jandrio, habiendo sabido que muchos habían
desamparado el ejército, prometiendo a todos
general perdón, trabajaba de llegarlos a él y
juntarlos consigo antes que darles batalla; pero
como ellos no humillasen su pensamiento, ni
quisiesen conceder lo que Gabinio quería, mató
a muchos y encerró a los demás en el castillo.
En esta guerra, el capitán Marco Antonio hizo
muchas cosas de nombre, y aunque siempre y
en todas partes se había mostrado varón muy
fuerte y valeroso, ahora últimamente venció
todo nombre y dio de sí mucho mayor ejemplo
que hasta el presente había dado. Dejando Ga-
binio gente para combatir el castillo, él se vino a
todas las otras ciudades, confirmando las que
no habían sido atacadas, reparando y le-
vantando de nuevo las que habían sido derri-
badas. Finalmente, por mandamiento de éste,
se comenzó a habitar en Escitópolis, en Sama-
ria, en Antedón, en Apolonia, en Janinia, en
Rafia, en Marisa, en Dora, en Gadara, en Azoto,
y en otras muchas, con gran alegría de los ciu-
dadanos, porque de todas partes venían por
habitar en ellas. Ordenadas estas cosas de esta
manera, volviéndose a Alejandrio, apretaba
mucho más el cerco. Por la cual cosa Alejandro,
muy espantado, le envió embajadores, descon-
fiando ya de todo y rogando que le perdonase,
y él le entregaría sin alguna falta los castillos
que le obedecían, los cuales eran el de Hircano,
y el otro el de Macherunta; también le dió y
dejó en su poder Alejandrio. Gabinio lo derribó
todo de raíz por consejo de la madre de Alejan-
dro, por que no fuesen ocasión de otra guerra, o
de recogimiento para ella. Estaba ella con Ga-
binio por ablandarlo con sus regalos, temiendo
algún peligro a su marido y a los demás que
habían sido llevados cautivos a Roma.
Pasadas todas estas cosas, habiendo Gabinio
llevado a Jerusalén a Hircano y habiéndole en-
comendado el cargo del templo, puso por pre-
sidentes de toda la otra República a los más
principales de los judíos. Dividió en cinco par-
tes, como Congregaciones, toda la gente de los
judíos; la una de éstas puso en Jerusalén, la otra
en Doris, la tercera que estuviese en la parte de
Amatunta, la cuarta en Jericó, y la quinta fué
dada a Séfora, ciudad de Galilea.
Los judíos entonces, librados del imperio y se-
ñorío de uno, eran regidos por sus príncipes
con gran contentamiento; pero no mucho des-
pués acaeció que, habiéndose librado de Roma
Aristóbulo, les fué principio de discordias y
revueltas; el cual, juntando mucha gente de los
judíos, parte por ser deseosa de mutaciones y
novedades, parte también por el amor que an-
tiguamente le solían tener, tomó primero a Ale-
jandrio, y trabajaba en cercarlo de muro. Des-
pués, sabido cómo Gabinio enviaba contra él
tres capitanes, Sisena, Antonio y Sevilio, vínose
a Macherunt ; y dejando la gente vulgar y que
no era de guerra, la cual antes le era carga que
ayuda, salió, trayendo consigo, de gente muy
en orden y bien armada, no más de ocho mil,
entre los cuales venía también Pitolao, Regidor
de la segunda Congregación que hemos dicho,
habiendo huido de Jerusalén con número de
mil hombres.
Los romanos los seguían, y dada la batalla,
Aristóbulo detuvo los suyos peleando muy
fuertemente algún tiempo, hasta tanto que fue-
ron vencidos por la fuerza y poder grande de
los romanos, adonde murieron cinco mil hom-
bres, y dos mil se recogieron a una gran cueva,
y los otros mil rompieron por medio de los ro-
manos y cerráronse en Macherunta.
Habiendo, pues, llegado allí a prima noche o
sobretarde el rey, y puesto su campo en aquel
lugar que estaba destruido, confiaba que haría
treguas, y durando éstas, juntarla otra vez gen-
te y fortalecería muy bien el castillo. Pero
habiendo sostenido la fuerza de los romanos
por espacio de dos días más de lo que le era
posible, a la postre fué tomado y llevado delan-
te de Gabinio, atado junto con Antígono, su
hijo, el cual habla estado en la cárcel con él, y
de allí fué llevado a orna. Pero el Senado lo
mandó poner en la cárcel, y pasó
los hijos de éste a Judea, porque Gabinio había
escrito que los había prometido a la mujer de
Aristóbulo, por haberle entregado los castillos.
Habiéndose después Gabinio aparejado para
hacer guerra Con los partos, fuéle impedimento
Ptolomeo; el cual, habiendo vuelto del Eufrates,
venia a Egipto sirviéndose de Hircano y de
Antipatro, como de amigos para todo cuanto su
ejército tenía necesidad; porque Antipatro le
ayudó con dineros, armas, mantenimientos y
con gente de erra. Y guardando los judíos los
caminos que están hacia la vía de Pelusio, per-
suadió que enviasen allá a Gabinio; pero con la
partida de Gabinio la otra parte de Siria se re-
volvió; y Alejandro, hijo de Aristóbulo, movió
otra vez los judíos a que se rebelasen; y juntan-
do gran muchedumbre de ellos, mataba y des-
pedazaba cuantos romanos hallaba por aque-
llas tierras. Gabinio, temiéndose de esto, por-
que ya había vuelto de Egipto, y viendo revuel-
ta que se aparejaba, envió delante a Antipatro,
y persuadió a algunos de los que estaban re-
vueltos que se concordasen con ellos e hiciesen
amigos.
Habían quedado con Alejandro treinta mil
hombres, por lo cual estaba, y de sí lo era él
también, muy pronto para guerra. Salió final-
mente al campo y viniéronle los judíos a en-
cuentro; y peleando cerca del monte Tabor,
murieron diez mil de ellos, y los que quedaron
salváronse huyendo por di versas partes.
Vuelto Gabinio a Jerusalén, porque esto quiso
Antipatro apaciguó Y compuso su República;
después, partiendo de aquí venció en batalla a
los nabateos, y dejó ir escondidamente a Mitri-
dates y a Orsanes, que habían huido de los par-
tos, persuadiendo a los soldados que se habían
escapado.
En este medio fuéle dado por sucesor Craso, el
cual tomó la parte de Siria. Este, para el gasto
de la guerra de los partos, tomó todo el restante
del tesoro del templo que estaba en Jerusalén,
que eran aquellos dos mil talentos, los cuales
Pompeyo no había querido tocar. Después, pa-
sando el Eufrates él y todo su ejército, perecie-
ron; de lo cual ahora no se hablará, por no ser
éste su tiempo ni oportunidad.
Después de Craso, Casio siendo recibido en
aquella provincia, detuvo y refrenó los partos
que se entraban por Siria, Y con el favor de éste
que venía a prisa grande para Judea; y pren-
diendo a los tariceos, puso en servidumbre y
cautiverio tres mil de ellos. Mató también a
Pitolao, persudiéndoselo Antipatro, porque
recogía todos los revolvedores y parciales de
Aristóbulo.
Tuvo éste por mujer una noble de Arabia lla-
mada Cipria, de la cual hubo cuatro hijos, Fase-
lo y Herodes, que fué rey, Josefo Forera, y una
hija llamada Salomé. Y como procurase ganar
la amistad de cuantos sabía que eran podero-
sos, recibiendo a todos con mucha familiaridad,
mostrándose con todos huésped y buen amigo,
principalmente juntó consigo al rey de Arabia
por casamiento y parentesco; y encomendando
a su bondad y fe sus hijos, él se los envió, por-
que había determinado y tomado a cargo de
hacer guerra contra Aristóbulo.
Casio, habiendo compelido y forzado a Alejan-
dro que se reposase, volvióse hacia el Eufrates
por impedir que los partos pasasen, de los cua-
les en otro lugar después trataremos.
***
Capítulo VII
De la muerte de Aristóbulo, y de la guerra de
Antipatro contra Mitrídates.
Habiéndose César apoderado de Roma y de
todas las cosas, después de haber huido el Se-
nado y Pompeyo de la otra parte del mar Jonio,
librando de la cárcel a Aristóbulo, enviólo con
diligencia con dos compañías a Siria, pensando
que fácilmente podría sujetar a ella y a los luga-
res vecinos de Judea; pero la esperanza de
César y la alegría de Aristóbulo fué anticipada
con la envidia. Porque muerto con ponzoña por
los amigos de Pompeyo, estuvo sin sepultura
en su misma patria algún tiempo, y guardaban
el cuerpo del muerto embalsamado con miel,
hasta tanto que Antonio proveyó que fuese
sepultado por los judíos en los sepulcros reales.
Fué también muerto su hijo Alejandro, y man-
dado descabezar por Escipión en Antioquía,
según letras de Pompeyo, habiéndose primero
examinado su causa públicamente sobre todo
lo que había cometido contra los romanos.
Ptolomeo, hijo de Mineo, que tenía asiento en
Calcidia, bajo del monte Líbano, prendiendo a
sus propios hermanos, envió a su hijo Filipión a
Ascalona que los detuviese e hiciese recoger; y
él, sacando a Antígono del poder de la mujer de
Aristóbulo, y a sus hermanas también, lleválas
a su padre. Y enamorándose de la menor de
ellas, cásase con ella; por lo cual fué después
muerto por su padre. Porque Ptolomeo, des-
pués de muerto el hijo, tomó por mujer a Ale-
jandra; y por causa de este parentesco y afini-
dad, miraba por sus hermanos con mayor cui-
dado.
Muerto Pompeyo, Antipatro se pasó a la amis-
tad de César; y porque Mitrídates Pergameno
estaba detenido con el ejército que llevaba a
Egipto, en Ascalona, prohibido que no pasase a
Pelusio, no sólo movió a los árabes, aunque
fuese él extranjero y huésped en aquellas tie-
rras, a que le ayudasen, sino también compelió
a los judíos que le socorriesen con cerca de tres
mil hombres, todos muy bien armados. Movió
también en socorro y ayuda suya los poderosos
de Siria, y a Ptolomeo, que habitaba en el mon-
te Líbano, y a Jamblico, y al otro Ptolomeo; y
por causa de ellos, las ciudades de aquella re-
gión emprendieron y comenzaron la guerra con
ánimo pronto todos, y muy alegre. Confiado ya
de esta manera Mitrídates por verse poderoso
con la gente y ejército de Antipatro, vínose a
Pelusio; y siéndole prohibido el pasaje, puso
cerco a la villa, y Antipatro se mostró mucho en
este cerco. Porque habiendo roto el muro de
aquella parte que a él cabía, fué el primero que
dió asalto a la ciudad con los suyos, y así fué
tomado Pelusio; pero los judíos de Egipto,
aquellos que habitaban en las tierras que se
llaman Onías, no los dejaban pasar más ade-
lante. Antipatro, no sólo persuadió a los suyos
que no los estorbasen ni impidiesen, sino que
les diesen lo necesario para mantenimiento. De
donde sucedió que los menfitas no fuesen com-
batidos; antes, voluntariamente se entregaron a
Mitrídates; y habiendo éste proseguido adelan-
te su camino por las tierras de Delta, peleó con
los otros egipcios en un lugar que se llama Cas-
tra de los judíos, el cual libró Antipatro por su
parte, que era la derecha, de todo mal. Yendo
alrededor del rio con buen orden, vencía el es-
cuadrón que estaba a la parte izquierda fácil-
mente, y arremetiendo contra aquellos que iban
persiguiendo a Mitrídates, mató a muchos de
ellos y persiguió tanto a los que quedaban y
huían' que vino a ganar el campo y tiendas de
los enemigos, habiendo perdido no más de
ochenta de los suyos. Pero Mitrídates, huyendo,
perdió de los suyos ochocientos; y saliendo él
de la batalla salvo sin que tal se confiase, vino
delante de César como testigo, sin envidia de
las cosas hechas por Antipatro. Por lo cual él
movió a Antipatro entonces, con esperanza y
loores grandes, a que menospreciase todo peli-
gro por su causa; y así fué hallado en todo co-
mo hombre de guerra muy esforzado y valero-
so, porque habiendo sufrido muchas heridas,
tenía por todo el cuerpo las señales en proban-
za de su virtud.
Después, cuando habiendo apaciguado las co-
sas de Egipto se volvió a Siria, hízolo ciudada-
no de Roma, dejándole gozar de todas las liber-
tades, honrándole en todas las cosas, y mos-
trándole en todo mucha amistad; hizo que los
otros se esforzasen mucho en imitarlo, como a
hombre muy digno; y por causa y favor suyo
confirmó el pontificado a Hircano.
Capítulo VIII
De cómo fué acusado Antipatro, delante de
César, del pontificado de Hircano, y cómo
Herodes movió guerra.
En el mismo tiempo, Antígono, hijo de Aristó-
bulo, habiendo venido a César, fué causa que
Antipatro ganase gran honra y mayor opinión
de la que él pensaba alcanzar. Porque habién-
dose de quejar de la muerte de su padre, muer-
to con ponzoña por la enemistad de Pompeyo,
según lo que se podía juzgar, y debiendo acusar
a Escipión de la crueldad que había usado con-
tra su hermano, sin mezclar alguna señal de su
envidia con casos tan miserables, acusaba a
Hircano y a Antipatro, porque lo echaban injus-
tamente de su propio lugar y patria, y hacían
muchas injurias a su gente, y que no habían
ayudado ni socorrido a César estando en Egip-
to, por amistad, sino por temor de la discordia
antigua, y por ser perdonados por haber favo-
recido a Pompeyo. A estas cosas, Antipatro,
quitados sus vestidos, mostraba las muchas
llagas y heridas que había recibido, y dijo no
serle necesario mostrar con palabras el amor y
la fidelidad que había guardado con César,
pues tenía por manifiesto testigo su cuerpo, que
claramente lo mostraba, y que antes se maravi-
llaba él mucho del grande atrevimiento de
Antígono, que siendo enemigo de los romanos
e hijo de otro enemigo huido de su poder, de-
seando perturbar las cosas, no menos que había
hecho su padre con sediciosas revueltas, osase
parecer y acusar a otros delante del príncipe de
los romanos e intentase de alcanzar algún bien,
debiéndose contentar con ver que lo dejaban
con vida. Por ue ahora no deseaba bienes, por
estar pobre, sino para judíos aquellos que se los
hubiesen dado.
Cuando César hubo oído estas cosas, juzgó por
más digno del pontificado a Hircano; pero dejó
después escoger a Amtipatro la dignidad que
quisiese. Este, dejándolo todo en poder de
aquel que se lo entregaba, fué declarado procu-
rador de toda Judea, y además de esto impetró
que le dejasen renovar y edificar otra vez los
muros de su patria, que habían sido derribados.
Estas honras mandó César que fuesen pintadas
en tablas de metal, y puestas en el Capitolio,
por dejar a Antipatro y a sus descendientes
memoria de su virtud.
Habiendo, pues, acompañado a César desde
Siria, Antipatro se volvió a Judea, y lo primero
que hizo fué edificar otra vez los muros que
habían sido derribados por Pompeyo, visitán-
dolo todo por que no se levantasen algunas
revueltas en todas aquellas regiones; amones-
tando una vez con consejo, otras amenazando,
persuadiendo a todos que si creían y eran con-
formes con Hircano, vivirían en reposo, des-
cansados. y con abundancia de toda cosa, go-
zando cada uno de su bien y estado y de la paz
común de toda la República; pero si se movían
con la vana esperanza de aquellos que por
hacerse ricos estaban deseando y aun buscando
novedades y revueltas, entonces no lo habían
de tener a él corno procurador del reino, sino
corno a señor de todo; que Hircano seria enton-
ces tirano en vez de rey, y habían de tener a
César y a todos los romanos por capitales ene-
migos, los cuales les solían ser a todos muy
buenos amigos y regidores, porque no habían
de sufrir que se perdiese y menospreciase la
potencia de éste, al cual ellos habían elegido
por rey.
Pero aunque decía esto, todavía él por sí, vien-
do que Hircano era algo más negligente que se
requería, ni para tanto cuanto el reino tenía
necesidad, regía el Estado de toda la provincia,
y lo tenía muy ordenado. Hizo capitán de los
soldados el hijo suyo mayor, llamado Faselo, en
Jerusalén y en todo su territorio, y a Herodes,
que era menor» y demasiado mozo, enviólo por
capitán de Galilea, que tuviese el mismo cargo
que el otro; y siendo por su naturaleza muy
esforzado, halló presto materia y ocasión para
mostrar y ejercitar la grandeza de su ánimo,
porque habiendo preso al príncipe de los la-
drones y salteadores, Ezequías, al cual halló
robando con mucha gente en las tierras cerca-
nas a Siria, lo mató y a muchos otros ladrones
que lo seguían. Fué esta cosa tan acepta y con-
tentó tanto a los sirios, que iba Herodes can-
tando y divulgando por boca de todos en los
barrios y lugares, como que él les hubiese resti-
tuido y vuelto la paz y sus posesiones. Por la
gloria, pues, de esta obra fué conocido por Sex-
to César, pariente muy cercano del gran César
que estaba entonces en la administración de
toda Siria.
Faselo trabajaba por vencer con honesta con-
tienda la virtuosa inclinación y el nombre que
su hermano había ganado, acrecentando el
amor que todos los de Jerusalén le tenían, y
poseyendo esta ciudad, no hacía algo ni comet-
ía cosa con la cual afrentase alguno con sober-
bia del poderoso cargo que tenía. Por esto era
Antipatro obedecido y honrado con honras de
rey, reconociéndolo todos como a señor, aun-
que no por esto dejó de ser tan fiel y amigo a
Hircano como antes lo era.
Pero no es posible que estando uno en toda su
prosperidad carezca de envidia, porque a Hir-
cano le pesaba ver la honra y gloria de los man-
cebos, y principalmente las cosas hechas por
Herodes, viéndose fatigar con tantos mensaje-
ros y embajadores que levantaban y ensalzaban
sus hechos; pero muchos envidiosos, que sue-
len ser enojosos y aun perjudiciales a los reyes,
a los cuales dañaban la bondad de Antipatro y
de sus hijos, lo movían e instigaban, diciendo
que había dejado todas las cosas a Antipatro y a
sus hijos, contentándose solamente con un pe-
queño lugar para pasar su vida particularmente
con tener sólo el nombre de rey, de balde y sin
provecho alguno, y que hasta cuándo había de
durar tal error de dejar alzar contra sí los otros
por reyes; de manera que no se curaban ya de
ser procuradores, sino que se querían mostrar
señores, prescindiendo de él, porque sin man-
darlo él y sin escribírselo, había Herodes muer-
to tanta muchedumbre contra la ley de los jud-
íos, y que si Herodes no era ya rey, sino hom-
bre particular, debla venir a ser juzgado por
aquello, y por dar cuenta al rey y a las leyes de
su patria, las cuales no permiten ni sufren que
alguno muera sin causa y sin ser condenado.
Con estas cosas poco a poco encendían a Hir-
cano, y a la postre, manifestando y descubrien-
do su ira, mando llamar a Herodes, que viniese
a defender su causa, y él, por mandárselo su
padre, y con la confianza que las cosas que hab-
ía hecho le daban, dejando gente de guarnición
en Galilea, vino a ver al rey. Venía acompañado
con alguna gente esforzada y muy en orden,
por no parecer que derogaba a Hircano si traía
muchos, o por no parecer desautorizado, y dar
lugar a la envidia de éstos, si venía solo. Pero
Sexto César, temiendo aconteciese algo al man-
cebo, y que sus enemigos, hallándolo, le hicie-
sen algún daño, envió mensajeros a Hircano
que manifiestamente le denunciasen que librase
a Herodes del crimen y culpa que le ponían y
levantaban de homicida o matador. Hircano,
que de sí lo amaba y deseaba esto mucho, ab-
solviólo y dióle libertad.
El entonces, pensando que había salido bien
contra la voluntad del rey, vínose a Damasco,
adonde estaba Sexto, con ánimo de no obede-
cerle si otra vez fuese llamado. Los revolve-
dores y malos hombres trabajaban por revolver
otra vez y mover a Hircano contra Herodes,
diciendo que Herodes se había ido muy airado,
por darse prisa para armarse contra él. Pensan-
do Hircano ser esto así verdad, no sabía qué
hacer, porque vela ser su enemigo más podero-
so. Y como fuese Herodes publicado por ca-
pitán en toda Siria y Samaria por Sexto César, y
no sólo fuese tenido por el favor que la gente le
hacia por muy esforzado, pero aun también por
sus propias fuerzas, vino a temerle en gran ma-
nera, pensando que luegoen la misma hora
había de mover su gente y traer el ejército con-
tra él. Y no lo engañó el pensamiento, porque
Herodes, con la ira de cómo lo habían acusado,
traía gran número de gente consigo a Jerusalén
para quitar el reino a Hircano. Y lo hubiera cier-
tamente hecho así, si saliéndole al encuentro su
padre y su hermano, no detuvieran su fuerza e
ímpetu, rogando que se vengase con amenazar-
los y con haberse enojado e indignado contra
ellos; que perdonase al rey, por cuyo favor hab-
ía alcanzado el poder que tenía, que si por
haber sido llamado y haber comparecido en
juicio se enojaba y tomaba indignación, que
hiciese gracias por haber sido librado, y no sa-
tisficiese sólo a la parte que le había enojado y
causado desplacer; pero también que no fuese
ingrato a la otra, que le había librado salvamen-
te. Que si pensaba deberse tener cuenta con los
sucesos de las guerras, considerase cuán inicua
cosa es la malicia, y no se confiase del todo
vencedor, habiendo de pelear con un rey muy
allegado en amistad, y a quien él con razón
debía mucho, pues no se había mostrado jamás
con él cruel ni poderoso, sino que por consejo
de malos hombres, y que mal le querían, había
mostrado y tentado contra él una sola sombra
de injusticia. Herodes fué contento y obedeció a
lo que le dijeron, pensando que bastaba para lo
que él confiaba, en haber mostrado a toda su
nación su poder y fuerzas.
Estando en estas cosas levantóse una discordia
y revuelta entre los romanos estando cerca de
Apamia; porque Cecilio Baso, por favor de
Pompeyo, había muerto con engaños a Sexto
César, y se había apoderado de la gente de gue-
rra que Sexto tenía. Los otros capitanes de
César perseguían con todo su poder a Baso, por
vengar su muerte. A los cuales Antipatro con
sus hijos socorrió, por ser muy amigo de en-
trambos; es a saber: del César muerto y del otro
que vivía; y durando esta guerra, vino Marco
de Italia, sucesor de Sexto, de quien antes
hablamos.
***
Capítulo IX
De las discordias y diferencias de los romanos
después de la muerte de César, y de las ase-
chanzas y engaños de Malico.
En el mismo tiempo se levantó gran guerra
entre los romanos por engaños de Casio y de
Bruto, muerto César después de haber tenido
aquel principado tres años y siete meses. Mo-
vido, pues, muy gran levantamiento por la
muerte de éste, y estando los principales hom-
bres muy discordes entre sí, cada uno se movía
por su propia esperanza a lo que veían y pen-
saban ser lo mejor y más cómodo. Así vino Ca-
sio a Siria por ocupar y tomar bajo sí los solda-
dos que estaban en el cerco de Apamia, donde
hizo amigos a Marco y a toda la gente que esta-
ba en discordia con Baso, y libró del cerco la
ciudad. Llevándose el ejército, ponía pecho a
las ciudades que por allí habla, sin tener medi-
da en lo que pedía. Habiendo, pues, mandado a
los judíos que ellos también le diesen setecien-
tos talentos, temiendo Antipatro sus amenazas,
dió cargo de llevar aquel dinero a sus hijos y
amigos, principalmente a un amigo suyo lla-
mado Malico; tanto le apretaba la necesidad.
Herodes, por su parte, trajo de Galilea cien ta-
lentos, con los cuales ganó el favor de Casio,
por lo cual era contado por uno de los amigos
suyos mayores. Pero reprendiendo a los demás
porque tardaban, enojábase con las ciudades, y
habiendo destruido por esta causa a Gophna y
Amahunta y otras dos ciudades, las más pe-
queñas y que menos valían, venía como para
matar a Malico, por haber sido más flojo y más
remiso en buscar y pedir el dinero, de lo que él
tenía necesidad. Pero Antipatro socorrió a la
necesidad de éste y de las otras ciudades,
amansando a Casio con cien talentos que le
envió.
Después de la partida de Casio, no se acordó
Malico de los beneficios que Antipatro le había
hecho, antes buscaba peligros y ocasiones mu-
chas para echar a perder a Antipatro, al cual
solía él llamar defensor y protector suyo, traba-
jando por romper el freno de su maldad y qui-
tar del mundo a aquel que le impedía que eje-
cutase sus malos deseos. De esta manera Antí-
patro, temiéndose de su fuerza, de su poder y
de su mafia, pasó el río Jordán, para allegar
ejército con el cual se pudiese vengar de las
injurias. Descubierto Malico, venció con su
desvergüenza a los hijos de Antipatro, tomán-
doles descuidados, porque importunó a Faselo,
que estaba por capitán en Jerusalén, y a Hero-
des, que tenía cargo de las armas, con muchas
excusas y sacramentos que lo reconciliasen con
Antipatro por intercesión y medio de ellos
mismos. Y vencido otra vez nuevamente Marco
por los ruegos de Antipatro, estando por ca-
pitán de la gente de guerra en Siria, fué perdo-
nado Malico, habiendo Marco determinado
matarlo, por haber trabajado en revolver las
cosas e innovar el estado que tenían.
Guerreando el mancebo César y Antonio con
Bruto y con Casio, Marco y Casio, que habían
juntado un ejército en Siria, ¡por haberlos ayu-
dado mucho Herodes en tiempo que tenían
necesidad, hácenlo7 procurador de toda Siria,
dándole parte de la gente de a caballo y de a
pie, y Casio le prometió que, si la guerra se
acababa, pondría también en su regimiento
todo el reino de Judea.
Pero después aconteció que la esperanza y for-
taleza del hijo fuese causa de la muerte a su
padre Antipatro. Porque Malico, por miedo de
éstos, habiendo sobornado y corrompido a un
criado de los del rey, dándole mucho dinero le
persuadió que le diese ponzoña junto con lo
que había de beber. Y la muerte de éste después
del convite fué premio y paga de la gran injus-
ticia de Malico, habiendo sido varón esforzado
y muy idóneo para el gobierno de las cosas, el
cual había cobrado y conservado el reino para
Hircano.
Viendo Malico enojado y levantado al pueblo
por la sospecha que tenía de haber muerto con
ponzoña al rey, trabajaba en aplacarlo con ne-
gar el hecho, y buscaba gente de armas para
poder estar más seguro y más fuerte; porque no
pensaba que Herodes había de cesar ni repo-
sarse, sin venir con grande ejército, por vengar
la muerte de su padre. Pero por consejo de su
hermano Faselo, el cual decía que no le debían
perseguir públicamente por no revolver el pue-
blo, y también porque Malico hacía diligencias
para excusarse, recibiendo con la paciencia que
mejor pudo la excusa y dándole libre de toda
sospecha, celebró honradísimamente las exe-
quias al enterramiento de su padre.
Vuelto después a Samaria, apaciguó la ciudad,
que se habla revuelto y casi levantado, y para
las fiestas volvíase a Jerusalén, habiendo prime-
ro enviado gente de armas, y acompañado de
ella también; Hircano le prohibió llegar, per-
suadiéndolo Malico por el miedo que tenía que
entrase con gente extranjera entre los ciudada-
nos que celebraban casta y santamente su fiesta.
Pero Herodes, menospreciando el mandamien-
to y aun a quien se lo mandaba también, entró-
se de noche. Presentándose Malico delante,
lloraba la muerte de Antipatro. Herodes, por el
contrario, padeciendo dentro de su ánima aquel
dolor, disimulaba el engaño como mejor podía.
Pero quejóse por cartas de la muerte de su pa-
dre con Casio, a quien era Malico por esta causa
muy aborrecido. Respondióle finalmente, no
sólo que se vengase de la muerte de su padre,
sino también mandó secretamente a todos los
tribunos y gobernadores que tenía bajo de su
mando, que ayudasen a Herodes en aquella
causa que tan justa era. Y porque después de
tomada Laodicea venían a Herodes los princi-
pales con dones y con coronas, él tenía deter-
minado este tiempo para la venganza. Malico
pensaba que había esto de ser en Tiro, por lo
cual determinó sacar a su hijo, que estaba entre
los tirios por rehenes, y huir él a Judea. Y por
estar desesperado de su salud, pensaba cosas
grandes y más importantes; porque confió que
había de revolver la gente de los judíos contra
los romanos, estando Casio ocupado en la gue-
rra contra Antonio, y que echando a Hircano
alcanzaría fácilmente el reino. Por lo que sus
hados tenían determinado, se burlaba de su
esperanza vana; porque sospechando Herodes
fácilmente lo que había determinado éste en su
ánimo y de cuanto trataba, llamó a él y a Hirca-
no que viniesen a cenar con él, y luego envía
uno de los criados con pretexto de que fuese a
aparejar el convite; pero mandóle que fuese a
avisar a los tribunos y gobernadores, que le
saliesen como espías. Ellos entonces, acordán-
dose de lo que Casio les había mandado, sálen-
le al encuentro, todos armados, a la ribera cer-
cana de la ciudad, y rodeando a Malico, diéron-
le tantas heridas, que lo mataron.
Espantóse Hircano y perdió el ánimo en oír
esto; pero recobrándose algún poco y volvien-
do apenas en su sentido, preguntaba a Herodes
que quién había muerto a Malico, y respondió
uno de los tribunos que el mandamiento de
Casio. "Ciertamente, dijo, Casio me guarda a mí
y a mi reino salvo, pues él mató a aquel que
buscaba la muerte a entrambos"; pero no se
sabe si lo dijo de ánimo y de su corazón, o por-
que el temor que tenía le hacía aprobar el
hecho. Y de esta manera tomó Herodes ven-
ganza de Malico.
***
Capítulo X
Cómo fué Herodes acusado y cómo se vengó de
la acusación.
Después que Casio salió de Siria, otra vez se
levantó revuelta en Jerusalén, habiendo Félix
venido con ejército contra Faselo y contra
Herodes, queriendo, con la pena de su herma-
no, vengar la muerte de Malico. Sucedió por
caso que Herodes vivía en este tiempo en Da-
masco, con el capitán de los romanos Fabio; y
deseando que Fabio le pudiese socorrer, en-
fermó de grave dolencia. En este medio, Faselo,
sin ayuda de alguno, venció también a Félix e
injuriaba a Hircano llamándolo ingrato, dicien-
do que había hecho las partes de Félix y había
permitido que su hermano ocupase y se hiciese
señor de los castillos de Malico, porque ya ten-
ían muchos de ellos, y el más fuerte y más se-
guro, que era el de Masada.
Pero no le pudo aprovechar algo contra la fuer-
za de Herodes, el cual, después que convaleció,
tomó todos los demás y dejóle ir de Masada,
por rogárselo mucho y por mostrarsemuy
humilde; Y echó a Marión, tirano de los tirios,
de Gali lea, el cual poseía tres castillos, y per-
donó la vida a todos los tirios que había preso,
y aun a algunos dió muchos dones y libertad
para que se fuesen; ganando con esto la bene-
volencia y amistad de la ciudad, él por su parte,
y haciendo aborrecer el tirano a los otros.
Este Marión había ganado la tiranía por Casio,
que había puesto por capitanes en Siria muchos
tiranos; pero por la enemistad de Herodes tra-
íase consigo a Antígono, hijo de Aristóbulo, y a
Ptolomeo, por causa de Fabio, el cual era com-
pañero de Antígono, corrompido por dinero
para ayudar a poner en efecto lique tenía co-
menzado. Ptolorneo servía y proveía con todo
lo necesario a su yerno Antígono.
Habiéndose armado contra éstos Herodes y
dádoles la batalla cerca de los términos de Ju-
dea, hubo la victoria; y habiendo hecho huir a
Antígono, vuélvese a Jerusalén y fué muy ama-
do de todos por haber tan prósperamente aca-
bado todo aquello, en tanta manera, que aque-
llos que antes le eran enemigos y le menospre-
ciaban, entonces se ofrecieron muy amigos a él,
por la deuda y parentesco con Hircano. Porque
este Herodes había ya mucho tiempo antes to-
mado por mujer una de las naturales de allí y
noble, la cual se llamaba Doris, y había habido
en ella un hijo llamado Antipatro. Y entonces
estaba casado con la hija de Alejandro, hijo de
Aristóbulo, y llamábase Mariamina, nieta de
Hircano, hija de su hija, y por esto era muy
amiga y familiar con el rey.
Pero cuando Casio fué muerto en los campos
Filípicos, César se pasó a Italia y Antonio se fué
a Asia. Habiendo las otras ciudades enviado
embajadores a Antonio a Bitinia, vinieron tam-
bién los principales de los judíos a acusar a Fa-
selo y a Herodes; porque poseyendo ellos todo
lo que había, y haciéndose señores de todos,
solamente dejaban a Hircano con el nombre
honrado. A lo cual respondió Herodes muy
aparejado, y con mucho dinero supo aplacar de
tal manera a Antonio, que después no podía
sufrir una palabra de sus enemigos, y así se
hubieron entonces de partir. Pero como otra
vez hubiesen ido a Antonio, que estaba en Das-
nes, ciudad
113cerca de Antioquía, enamorado ya de Cleo-
patra, cien varones de los más principales, ele-
gidos por los judíos más excelentes en elocuen-
cia y dignidad, propusieron su acusación con-
tra los dos hermanos, a los cuales respondía
Mesala como defensor de aquella causa, estan-
do presente Hircano por la afinidad y deudo.
Oídas, pues, ambas partes, Antonio preguntaba
a Hircano cuáles fuesen los mejores para regir
las cosas de aquellas regiones. Habiendo éste
señalado a Herodes y sus hermanos más que a
todos los otros, y muy lleno de placer porque
su padre les había sido muy buen huésped, y
recibido por Antipatro muy humanamente en
el tiempo que vino a Judea con Gabinio, él los
hizo y declaró a entrambos por tetrarcas,
dejándoles el cargo y procuración de toda Ju-
dea. Tomando esto a mal los embajadores,
prendió quince de ellos y púsoles en la cárcel, a
los cuales casi también mató. A los otros todos
echó con injurias, por lo cual se levantó mayor
ruido en Jerusalén.
Por esta causa otra vez enviaron mil embajado-
res a Tiro, a donde estaba entonces Antonio
aparejado para venir contra Jerusalén, y estan-
do ellos gritando a voces muy altas, el principal
de los tirios vínose contra ellos, alcanzando
licencia para matar a cuantos prendiese, pero
mandado por mandamiento especial que tuvie-
se cuidado de confirmar el poder de aquellos
que habían sido hechos tetrarcas por consenti-
miento y aprobación de Antonio; antes que
todo esto pasase, Herodes fué hasta la orilla de
la mar, juntamente con Hircano, y amonestába-
los con muchas razones, que no le fuesen a él
causa de la muerte y de guerra a su patria y
tierra, estando en contenciones y revueltas tan
sin consideración. Pero indignándose ellos más,
cuanta más razón les daban, Antonio envió
gente muy en orden y muy bien armada, y ma-
taron a muchos de ellos e hirieron a muchos, e
Hircano tuvo por bien de hacer curar los heri-
dos y dar a los muertos sepultura. Con todo, no
por esto los que habían huido reposaban; por-
que perturbando y revolviendo la ciudad, mov-
ían e incitaban a Antonio para que matase tam-
bién a todos los que tenía presos.
***
Capítulo XI
De la guerra de los partos contra los judíos, y
de la huída de Herodes y de su fortuna.
Estando Barzafarnes, sátrapa de los partos,
apoderado hacía dos años de Siria, con Pacoro,
hijo del rey Lisanias, sucesor de su padre Pto-
lorneo, hijo de Mineo, persuadió al sátrapa,
después de haberle prometido mil talentos y
quinientas mujeres, que pusiese a Antigono
dentro del reino y que sacase a Hircano de la
posesión que tenía. Movido, pues, por este Pa-
coro hizo su camino por los lugares que están
hacia la mar, y mandó que Barzafarnes fuese
por la tierra adentro. Pero la gente marítima de
los tirios echó a Pacoro, habiéndolo recibido los
ptolemaidos y los sidonios. El mandó a un
criado que servía la copa al rey y tenía su mis-
mo nombre, dándole parte de su caballería, que
fuera a Judea por saber lo que determinaban los
enemigos, porque cuando fuese necesario pu-
diese socorrer a Antígono. Robando éstos a
Carmelo y destruyéndolo, muchos judíos se
venían a Antígono muy aparejados para hacer-
les guerra y echarlos de allí. El, entonces, envió-
los que tomasen el lugar llamado Drimos. Tra-
bando allí la batalla, y habiendo echado y
hecho huir los enemigos, venían aprisa a Jeru-
salén, y habiéndose aumentado mucho el
número de la gente, llegaron hasta el palacio.
Pero saliéndoles al encuentro Hircano y Faselo,
pelearon valerosamente en medio de la plaza, y
siendo forzados a huir, los de la parte de Hero-
des les hicieron recoger en el templo, y puso
sesenta varones en las casas que había por allí
cerca, que los guardasen; pero el pueblo los
quemó a todos, por estar airado contra los dos
hermanos. Herodes, enojado por la muerte de
éstos, salió contra el pueblo, mató a muchos, y
persiguiéndose cada día unos a otros con ase-
chanzas continuas, sucedían todos los-días mu-
chas muertes. Llegada después la fiesta que
ellos llamaban Pentecostés, toda la ciudad es-
tuvo llena de gente popular, y la mayor parte
de ella muy armada. Faselo, en este tiempo,
guardaba los muros, y Herodes, con poca gen-
te, el Palacio Real; acometiendo un día a los
enemigos súbitamente en un barrio de la ciu-
dad, mató muchos de ellos e hizo huir a los
demás, cerrando parte de ellos en la ciudad,
otros en el templo y otros en el postrer cerco o
muro.
En este medio Antígono suplicó que recibiesen
a Pacoro, que venía para tratar de la paz.
Habiendo impetrado esto de Faselo, recibió al
parto dentro de su ciudad y hospedaje con qui-
nientos caballeros, el cual venía con nombre y
pretexto de querer apaciguar la gente que esta-
ba revuelta, pero, a la verdad, su venida no era
sino por ayudar a Antígono. Movió finalmente
e incitó a Faselo engañosamente a que enviasen
un embajador a Barzafarnes para tratar la paz,
aunque Herodes era en esto muy contrario y
trabajaba en disuadirlo, diciendo que matase a
aquel que le había de ser traidor, y amonestan-
do que no confiase en sus engaños, porque de
su natural los bárbaros no guardan ni precian la
fe ni lo que prometen. Salió también, por dar
menos sospecha, Pacoro con Hircano, y dejan-
do con Herodes algunos caballeros, los cuales
se llaman eleuteros, él, con los demás, seguía a
Faselo.
Cuando llegaron a Galilea, hallaron los natura-
les de allí muy revueltos y muy armados, y
hablaron con el sátrapa, que sabía encubrir har-
to astutamente, y con todo cumplimiento y
muestras de amistad, los engaños que trataba.
Después de haberles finalmente dado muchos
dones, púsoles muchas espías y asechanzas
para la vuelta. Llegados ellos ya a un lugar
marítimo llamado Ecdipon, entendieron el en-
gaño; porque allí supieron lo de los mil talentos
que le habían sido prometidos, y lo de las qui-
nientas mujeres que Antígono habla ofrecido a
los partos, entre las cuales estaban contadas
muchas de las de ellos; que los bárbaros busca-
ban siempre asechanzas para matarlos, y que
antes fueran presos, a no ser porque tardaron
algo más de lo que convenía, y por prender en
Jerusalén a Herodes, antes que proveído sa-
biendo aquello, se pudiese guardar.
No eran ya estas cosas burlas ni palabras, por-
que veía que las guardas no estaban muy lejos.
y con todo, Faselo no permitió que desampara-
sen a Hircano, aunque Ofilio te amonestase
muchas veces que huyese, a quien Sararnala,
hombre riquísimo entre los de Siria, había di-
cho cómo le estaban puestas asechanzas y tenía
armada la traición. Pero él quiso más venir a
hablar con el sátrapa y decirle las injurias que
merecía en la cara, por haberle armado aquellas
traiciones y asechanzas; y principalmente por-
que se mostraba ser tal por causa de] dinero,
estando él aparejado para dar más por su salud
y vida, que no le había Antígono prometido por
haber el reino. Respondiendo el parto, y satisfa-
ciendo a todo esto engañosamente, echando
con juramento de sí toda sospecha, vínose hacia
Pacoro, y luego Faselo e Hircano fueron presos
por aquellos partos que habían allí quedado
mandados para aquel negocio, maldiciendo y
blasfemando de él como de hombre pérfido y
perjuro.
El copero de quien hemos arriba hablado, tra-
bajaba en prender a Herodes, siendo enviado
vara esto sólo, y tentaba de engañarlo, hacién-
dolo salir fuera del muro, según le habían
mandado. Herodes, que solía tener mala sospe-
cha de los bárbaros, no dudando que las cartas
que descubrían aquella traición y asechanzas
hubiesen venido a manos de los enemigos, no
quería salir, aunque Pacoro, fingiendo, Dre-
tendía que tenía harto idónea y razonable cau-
sa, diciendo que debía salir al encuentro a los
que le traían cartas, porque no habían sido pre-
sos por los enemigos, ni se trataba en ellas algo
de la traición y asechanzas, antes sólo lo que
había hecho Faselo venía escrito en ellas. Pero
ya hacía tiempo que Herodes sabía por otros
cómo su hermano Faselo estaba preso, y la hija
de Hircano, Mariamma, mujer prudentísima, le
rogaba y suplicaba en gran manera que no sa-
liese ni se fiase ya en lo que manifiestamente
mostraban que querían los bárbaros.
Estando Pacoro tratando con los suyos de qué
manera pudiese secretamente armar la traición
y asechanzas, porque no era posible que un
varón tan sabio fuese salteado así a las descu-
biertas, una noche Herodes, con los más allega-
dos y más amigos, vínose a Idumea sin que los
enemigos lo supiesen. Sabiendo esto los partos,
comiénzalo a perseguir, y él había mandado a
su madre y hermanos, y a su esposa con su
madre y al hermano menor, que se adelantasen
por el camino adelante, y él, con consejo muy
remirado, daba en los bárbaros; y habiendo
muerto muchos de ellos en las peleas, veníase a
recoger aprisa al castillo llamado Masada, y allí
experimentó que eran más graves de sufrir,
huyendo, los judíos, que no los partos. Los cua-
les, aunque le fueron siempre molestos y muy
enojosos, todavía también pelearon a sesenta
estadios de la ciudad algún tiempo.
Saliendo Herodes con la victoria, habiendo
muerto a muchos, honró aquel lugar con un
lindo palacio que mandó edificar allí, y una
torre muy fortalecida en memoria de sus nobles
y prósperos hechos, poniéndole nombre de su
propio nombre, llamándola Herodión.
Y como iba entonces huyendo así iba recogien-
do gente y ganando la amistad de muchos.
Después que hubo llegado a Tresa, ciudad de
Idumea, salióle al encuentro su hermano Josefo,
y persuadióle que dejase parte de la gente que
traía, porque Masada no podría recoger tanta
muchedumbre; llegaban bien a más de nueve
mil hombres. Tomando Herodes el consejo de
su hermano, dió licencia a los que menos le
podían ayudar en la necesidad, que se fuesen
por Idumea, proveyéndoles de lo necesario, y
detuvo con él los más amigos, y de esta manera
fué recibido dentro del castillo.
Después, dejando allí ochocientos hombres de
guarnición para defender las mujeres, y harto
mantenimiento aunque los enemigos lo cerca-
sen, él pasó a Petra, ciudad de Arabia; pero los
partos, volviendo a dar saco a Jerusalén, entrá-
banse por las casas de los que huían, y en el
Palacio Real, perdonando solamente a las ri-
quezas y bienes de Hircano, que eran más de
trescientos talentos, y hallaron mucho menos
de lo que todos de los otros esperaban, porque
Herodes, temiéndose mucho antes de la infide-
lidad de los bárbaros, había pasado todo cuanto
tenía entre sus riquezas que fuese precioso, y
todos sus compañeros y amigos hablan hecho
lo mismo.
Después de haber ya los partos gozado del sa-
queo, revolvieron toda la tierra y moviéronla a
discordias y guerras; destruyeron también la
[Link] Marisa, y no se contentaron con
hacer a Antígono rey, sino que le entregaron a
Faselo y a Hircano para que los azotase. Este
quitó las orejas a Hircano con sus propios dien-
tes a bocados, porque si en algún tiempo se
libraba, sucediendo las cosas de otra manera,
no pudiese ser pontífice; porque conviene que
los que celebran las cosas sagradas, sean todos
muy enteros de sus miembros. Pero con la vir-
tud de Faselo fué prevenido Antígono, el cual,
como no tuviese armas ni las manos sueltas,
porque estaba atado, quebróse con una piedra
que tenía allí cerca la cabeza y murió; probando
de esta manera cómo era verdadero hermano
de Herodes, y cómo Hircano había degenerado;
murió varonilmente, alcanzando digna muerte
de los hechos que había antes animosamente
hecho. Dícese también otra cosa, que cobró su
sentido después de aquella llaga, pero que
Antígono envió un médico como porque lo
curase, y le llenó la llaga de muy malas ponzo-
ñas, y de esta manera lo mató. Sea lo que fuere,
todavía el principio de este hecho fué muy no-
table. Y dícese más: que antes que le saliese el
alma del cuerpo, sabiendo por una mujercilla
que Herodes había escapado libre, dijo: «Ahora
partiré con buen ánimo, pues dejo quien me
vengará de mis enemigos", y de esta manera
Faselo murió.
Los partos, aunque no alcanzaron las mujeres,
que eran las cosas que más deseaban, poniendo
gran reposo, y apaciguando las cosas en Jeru-
salén con Antígono, lleváronse preso con ellos a
Hircano a Parthia.
Pensando Herodes que su hermano vivía aún,
venía muy obstinado a Arabia, por donde to-
mar dineros del rey con los cuales solos tenía
esperanzas de libertar a su hermano de la ava-
ricia grande de los bárbaros. Porque pensaba
que si el árabe no se acordaba de la amistad de
su padre, y se quería mostrar más avaro y esca-
so de lo que a un ánimo liberal y franco con-
venía, él le pediría aquella suma de dinero,
prestada por lo menos, para dar por el rescate
de su hermano, dejándole por prendas al hijo,
el cual él después libertaría; porque tenía con-
sigo un hijo de su hermano, de edad de siete
años, y había determinado ya dar trescientos
talentos, poniendo por rogadores a los tirios.
Pero la fortuna y desdicha se habían adelanta-
do antes al amor y afición buena del hermano,
y siendo ya muerto Faselo, por demás era el
amor que Herodes mostraba. Aun en los árabes
no halló salva ni entera la amistad que tener
pensaba, porque Malico, rey de ellos, enviando
antes embajadores que se lo hiciesen saber, le
mandaba que luego saliese de sus términos,
fingiendo que los partos le habían enviado em-
bajadores que mandase salir a Herodes de toda
Arabia; y la causa cierta de esto fué porque
había determinado negar la deuda que debía a
Antipatro, sin volverle ni satisfacer en algo a
sus hijos por tantos beneficios como de él había
recibido, teniendo en aquel tiempo tanta nece-
sidad de consuelo. Tenía hombres que le per-
suadían esta desvergüenza, los cuales querían
hacer que negase lo que era obligado a dar An-
tipatro, y estaban cerca de él los más poderosos
de toda Arabia. Por esto Herodes, al hallar que
los árabes le eran enemigos por esta causa por
la cual él pensaba que le serían muy amigos.,
respondió a los mensajeros aquello que su do-
lor le permitió. Volvióse hacia Egipto, y en la
noche primera, estando tomando la compañía
de los que había dejado, apartóse en un templo
que estaba en el campo. Al otro día, habiendo
llegado a Rinocolura, fuéle contada la muerte
de su hermano, recibiendo tan gran pesar, y
haciendo tan gran llanto cuanto había ya per-
dido el cuidado de verlo; mas proseguía iu ca-
mino adelante.
Pero tarde se arrepintió de su hecho el árabe,
aunque envió harto presto gente que volviese a
llamar a aquel a quien él había antes echado
con afrenta. Había ya en este tiempo Herodes
llegado a Pelusio, e impidiéndole allí el paso los
que eran atalayas de aquel negocio, vínose a los
regidores, los cuales, por la fama que de él ten-
ían, y reverenciando su dignidad, acompañá-
ronlo hasta Alejandría. Entrado que hubo en la
ciudad, fué magníficamente recibido por Cleo-
patra, pensando que seria capitán de su gente
para hacer aquello que ella pretendía y deter-
minaba. Pero menospreciando los ruegos que la
reina le hacía, no temió la asperidad del invier-
no, ni los peligros de la mar pudieron estorbar-
le que navegase luego para Roma. Peligrando
cerca de Panfilia, echó la mayor parte de la car-
ga que llevaba, y apenas llegó salvo a Rodio,
que estaba muy fatigada entonces con la guerra
de Casio. Recibido aquí por sus amigos Ptolo-
meo y Safinio, aunque padeciese gran falta de
dinero, mandó hacer allí una gran galeaza, y
llevado con ella él y sus amigos a Brundusio
(hoy Brindis), y partiendo de allí luego para
Roma, fuése primeramente a ver con Antonio,
por causa de la antigua amistad y familiaridad
de su padre; y cuéntale la pérdida suya, y las
muertes de todos los suyos, y cómo habiendo
dejado a todos cuantos amaba en un castillo, y
muy rodeados de enemigos, se había venido a
él muy humilde, en medio del invierno, nave-
gando.
Teniendo compasión y misericordia Antonio de
la miseria de Herodes, y acordándose de la
amistad que había tenido con Antipatro, movi-
do también por la virtud del que le estaba pre-
sente, determinó entonces hacerle rey de Judea,
al cual antes había hecho tetrarca o procurador.
No se movía Antonio a hacer esto más por
amor de Herodes que por aborrecimiento
grande a Antígono. Porque pensaba y tenía
muy por cierto que éste era sedicioso, y muy
gran enemigo de los romanos. Tenía, por otra
parte, a César más aparejado, que entendía en
rehacer el ejército de Antipatro, por lo que
habla sufrido con su padre estando en Egipto, y
por el hospedaje y amistad que en toda cosa
había hallado en él, teniendo también, además
de todo lo dicho, cuenta con la virtud y esfuer-
zo de Herodes. Convocó al Senado, donde de-
lante de todos Mesala, y después de éste Atra-
tino, contaron los merecimientos que su padre
había alcanzado del pueblo romano, estando
Herodes presente, y la fe y lealtad guardada
por el mismo Herodes, y esto para mostrar que
Antígono les era enemigo, y que no hacía poco
tiempo que había mostrado con éste diferen-
cias; sino que, despreciando al pueblo romano,
con la ayuda y consejo de los partos, había pro-
curado alzarse con el reino. Movido todo el
Senado con estas cosas, como Antonio, hacien-
do guerra también con los partos, dijese que
sería cosa muy útil y muy provechosa que le-
vantasen por rey a Herodes, todos en ello con-
sintieron. Y acabado el consejo y consulta sobre
esto, Antonio y César salían, llevando en medio
a Herodes. Los cónsules y los otros magistrados
y oficios romanos iban delante, por hacer sus
sacrificios y poner lo que el Senado había deter-
minado en el Capitolio, y el primer día del rei-
nado de Herodes todos cenaron con Antonio.
***
Capítulo XII
De la guerra de Herodes, en el tiempo que volv-
ía de Roma a Jerusalén, contra los ladrones.
En el mismo tiempo Antígono cercaba a los que
estaban encerrados en Masada; éstos tenían
todo mantenimiento en abundancia, y faltába-
les el agua, por lo cual determinaba Josefo huir
de allí a los árabes con doscientos amigos y
familiares, habiendo oído y entendido que a
Malico le pesaba por lo que había cometido
contra Herodes; y hubiera sin duda desampa-
rado el castillo, si la tarde de la misma noche
que había determinado salir, no lloviera y so-
brevinieran muy grandes aguas. Porque, pues,
los pozos estaban ya llenos, no tenían razón de
huir por falta de agua; pudo esto tanto, que ya
osaban salir de grado a pelear con la gente de
Antígono, y mataban a muchos, a unos en
pública pelea, y a otros con asechanzas, pero no
siempre les acontecían ni sucedían las cosas
según ellos confiaban, porque algunas veces se
volvían descalabrados.
Estando en esto, fué enviado un capitán de los
romanos, llamado por nombre Ventidio, con
gente que detuviese a lospartos que no entrasen
en Siria, y vino siguiéndolos hasta Judea, di-
ciendo que iba a socorrer a Joseío y a los que
con él estaban cercados; pero a la verdad, no
era su venida sino por quitar el dinero a Antí-
gono. Habiéndose, pues, detenido cerca de Je-
rusalén, y recogido el dinero que pudo y quiso,
se fué con la mayor parte del ejército. Dejó a
Silón con algunos, por que no se conociese su
hurto si se iba con toda la gente. Pero confiado
Antígono en que los partos le hablan de ayu-
dar, otra vez trabajaba en aplacar a Silón,
dándole esperanza, para que no moviese algu-
na revuelta o desasosiego.
Llegado ya Herodes por la mar a Ptolemaida
desde Italia, habiendo juntado no poco número
de gente extranjera, y de la suya, venía con
gran prisa por Galilea contra Antígono, confia-
do en el socorro y ayuda de Ventidio y de Silón,
a los cuales Gelia, enviado por Antonio, per-
suadió que acompañasen y pusiesen a Herodes
dentro del reino. Ventidio apaciguaba todas las
revueltas que habían sucedido en aquellas ciu-
dades por los partos, y Antígono había co-
rrompido con dinero a Silón dentro de Judea.
Pero no tenía Herodes necesidad de su socorro
ni de ayuda, porque de día en día, cuanto más
andaba, tanto más se le acrecentaba el ejército,
en tanta manera, que toda Galilea, exceptuando
muy pocos, se vino a juntar con él, y él tenía
determinado venir primero a lo más necesario,
que era Masada, por librar del cerco a sus pa-
rientes y amigos; pero Jope le fué gran impe-
dimento, porque antes que los enemigos se
apoderasen de ella, determinó ocuparla, a fin
que no tuviesen allí recogimiento mientras él
pasase a Jerusalén. Silón junta sus escuadrones
y toda la gente, contentándose mucho con
haber ocasión de resistir, porque los judíos le
apretaban y perseguían. Pero Herodes los hizo
huir a todos espantados, con haber corrido un
pequeño escuadrón, y sacó de peligro a Silón,
que mal sabía resistir y defenderse.
Después de tomada Jope, iba muy aprisa por
librar a su gente, que estaba en Masada, jun-
tando consigo muchos de los naturales: unos
por la amistad que habían tenido con su padre,
otros por la gloria y buen nombre que habla
alcanzado, otros por corresponder a lo que eran
debidamente a uno y otro obligados; pero los
más por la esperanza, sabiendo que ciertamente
era rey. Había, pues, ya buscado las compañías
de soldados más fuertes y esforzados, mas
Antígono le era gran impedimento en su cami-
no, ocupándole todos los lugares oportunos con
asechanzas, con las cuales no dañaba, o en muy
poco, a sus enemigos.
Librados de Masada los parientes y prendas de
Herode6 y todas sus cosas, partió del castillo
hacia Jerusalén, juntándose con la gente de
Silón y con muchos otros de la ciudad, ame-
drentados por ver su gran poder y su fuerza.
Asentando entonces su campo hacia la parte
occidental de la ciudad, las guardas de aquella
parte trabajaban en resistirle con muchas saetas
y dardos que tiraban; algunos otros corrían a
cuadrillas, y acometían a la gente que estaba en
la vanguardia. Pero Herodes mandó primero
declarar a pregón de trompeta, alrededor de los
muros, cómo había venido por bien y salud de
la ciudad, y que de ninguno, por más que le
hubiese sido enemigo, había de tomar vengan-
za; antes había de perdonar aún a los que le
habían movido mayor discordia y le habían
ofendido más. Como, por otra parte, los que
favorecían a Antígono se opusiesen a esto con
clamores y hablas, de tal manera que ni pudie-
sen oír los pregones, ni hubiese alguno que
pudiese mudar su voluntad, viendo Herodes
que no había remedio, mandó a su gente que
derribase a los que defendían los muros, y ellos
luego con sus saetas los hiciesen huir a todos. Y
entonces fue descubierta la corrupción y enga-
ño de Silón. Porque sobornados muchos solda-
dos para que diesen grita que les faltaba lo ne-
cesario, y pidiesen dinero para proveer de man-
tenimientos, movía e incitaba el ejército a que
pidiese licencia para recogerse en lugares opor-
tunos para pasar el invierno, porque cerca de la
ciudad había unos desiertos proveídos ya mu-
cho antes por Antígono, y aun él mismo traba-
jaba por retirarse. Herodes, no sólo a los capi-
tanes que seguían a Silón, sino también a los
soldados, viniendo adonde veía que había mu-
chedumbre de ellos, rogaba a todos que no le
faltasen, ni le quisieren desamparar, pues sab-
ían que César y Antonio le habían puesto en
aquello, y ellos por su autoridad lo habían traí-
do, prometiendo sacarlos en un día de toda
necesidad. Después de haber impetrado esto de
ellos, sálese a correr por los campos, y dióles
tanta abundancia de mantenimientos y de toda
provisión, que venció y deshizo todas las acu-
saciones de Silón, y proveyendo que de allí
adelante no les pudiese faltar algo, escribía a
los moradores de Samaria, porque esta ciudad
se había entregado y encomendado a su fe y
amistad, que trajesen hacia la Hiericunta toda
provisión de vino, aceite y ganado.
Al saber esto Antígono, luego envió gente que
prohibiese sacar el trigo y provisiones para sus
enemigos, y que matase a cuantos hallase por
los campos. Obedeciendo, pues, a este manda-
miento, habíase ya juntado gran escuadrón de
gente muy armada sobre Hiericunta. Estaban
apartados unos de otros en aquellos montes,
acechando con gran diligencia si verían algunos
que trajesen alguna provisión de la que tenían
tanta necesidad. Pero en esto no estaba Hero-
des ocioso, antes acompañado con diez escua-
drones o compañías de gentes, cinco de roma-
nos Y cinco de los judíos, entre los cuales había
trescientos mezclados de los que recibían suel-
do, y con algunos caballos, llegó a Hiericunta, y
halló que estaba la ciudad vacía y sin quien
habitase en ella, y que quinientos, con sus mu-
jeres y familia, se habían subido a lo alto de sus
montes; prendiólos a éstos y después los libró;
pero los romanos echáronse a la ciudad y sa-
queáronla, hallando las casas muy llenas de
todo género de riqueza, y el rey, habiendo de-
jado allí gente de guarnición, volvióse y dió
licencia a los soldados romanos que se pudie-
sen recoger a pasar el invierno en aquellas ciu-
dades que se le habían dado, es a saber, en
Idumea, Galilea y en Samaria. Antígono tam-
bién alcanzó, por haber sido corrompido Silón,
que los lidenses tomasen parte del ejército en
su favor. Estando, pues, los romanos sin algún
cuidado de las armas, abundaban de toda cosa'
sin que les faltase algo. Pero Herodes no repo-
saba ni se estaba descuidado, antes fortaleció a
Idumea con dos mil hombres de a pie y cuatro-
cientos caballos, enviando a ellos a su hermano
Josefo, por que no tuviesen ocasión de mover
alguna novedad o revuelta con Antígono. El,
pasando su madre y todos sus parientes y ami-
gos, los cuales había librado de Masada, a Sa-
maria, y puesta allí muy seguramente, partió
luego para destruir lo restante de GaIdea, y
acabar de echar todas las guarniciones y com-
pañías de Antígono. Y habiendo llegado a Séfo-
ris, aunque con grandes nieves, tomó fácilmen-
te la ciudad, puesta en huída la gente de guar-
da antes que él llegase y su ejército. Porque
venía, con el invierno y tempestades, algo fati-
gado y habiendo allí gran abundancia de man-
tenimientos y provisiones, determinó ir contra
los ladrones que estaban en las cuevas que por
allí había, los cuales hacían no menos daño a
los que moraban en aquellas partes, que si su-
frieran entre ellos muy gran matanza y guerras.
Enviando delante tres compañías de a pie y una
de a caballo al lugar llamado Arbela, en cuaren-
ta días, con lo demás del ejército él fué con
ellos. Pero los enemigos no temieron su venida,
antes muy en orden le salieron al encuentro,
confiados en la destreza de hombres de guerra
y en la soberbia y ferocidad que acostumbran a
tener los ladrones. Dándose después la batalla,
los de la mano derecha de los enemigos hicie-
ron huir a los de la mano izquierda de Herodes.
Saliendo él entonces por la mano derecha, y
rodeándolos a todos muy presto, les socorrió e
hizo detener a los suyos que huían, y dando de
esta manera en ellos, refrenaba el ímpetu y
fuerza de sus enemigos, hasta tanto que los de
la vanguardia faltaron con la gran fuerza de la
gente de Herodes; pero todavía lo6 perseguía
peleando siempre hasta el Jordán, y muerta la
mayor parte de ellos, los que quedaban se sal-
varon pasando el río. De esta manera fué libra-
da del miedo que tenía Galilea, y porque se
habían recogido algunos y quedado en las cue-
vas, se hubieron de detener algún tiempo.
Herodes, lo primero que hacía era repartir el
fruto que se ganaba con trabajo entre todos los
soldados; daba a cada uno ciento cincuenta
dracmas de plata, y a los capitanes enviábales
mucha mayor suma para pasar el invierno. Es-
cribió a su hermano menor, Ferora, que mirase
en el mercado cómo se vendían las cosas y cer-
case con muro el castillo de Alejandro, lo cual
todo fué por él hecho. En este tiempo, Antonio
estaba en Atenas, y Ventidio envió a llamar a
Silón y a Herodes para la guerra contra los par-
tos; mandóles por sus cartas que dejasen apaci-
guadas las cosas de Judea y de todo aquel reino
antes que de allí saliesen. Pero Herodes, dejan-
do ir de grado a Silón a verse con Ventidio,
hizo marchar su ejército contra los ladrones que
estaban en aquellas cuevas. Estaban estas cue-
vas y retraimientos en las alturas y hendiduras
de los montes, muy dificultosas de hallar, con
muy difícil y muy angosta entrada; tenían tam-
bién una pefia que de la vista de ella y delante-
ra, llegaba hasta lo más hondo de la cueva, y
venía a dar encima de aquellos valles; eran pa-
sos tan dificultosos, que el rey estaba muchas
veces en gran duda de lo que se debía hacer. A
la postre quiso servirse de un instrumento har-
to peligroso, porque todos los más valientes
fueron puestos abajo a las puertas de las cue-
vas, y de esta manera los mataban a ellos y a
todas sus familias, metiéndoles fuego si les
querían resistir. Y como Herodes quisiese librar
algunos, mandólos llamar con son de trompe-
tas, pero no hubo alguno que se presentase de
grado; antes, cuantos él había preso, todos, o la
mayor parte, quisieron mejor morir que quedar
cautivos. Allí también fué muerto un viejo, pa-
dre de siete hijos, el cual mató a los mozos jun-
to con su madre, porque le rogaban los dejase
salir a los conciertos prometidos, de esta mane-
ra: mandólos salir cada uno por sí, y él estaba a
la puerta, y como salía cada uno de los hijos, lo
mataba. Viendo esto Herodes de la otra cueva
adonde estaba, moríase de dolor y tendía las
manos, rogándole que perdonase a sus hijos.
Pero éste, no haciendo cuenta de lo que Hero-
des le decía, con no menos crueldad acabó lo
que había comenzado, y además de esto re-
prendía e injuriaba a Herodes por haber tenido
el ánimo tan humilde. Después de haber éste
muerto a sus hijos, mató a su mujer, y despe-
fiando los que había muerto, él mismo última-
mente se despeñó. Habiendo Herodes, muerto
ya, y quitado todos aquellos peligros que en
aquellas cuevas había, dejando la parte de su
ejército que pensó bastar para prohibir toda re-
belión en aquellas tierras, y por capitán de ella
a Ptolomeo, volviáse a Samaria con tres mil
hombres muy bien armados y seiscientos caba-
llos para ir contra Antígono.
Viendo ocasión los que solían revolver a Gali-
lea, con la partida de Herodes, acometiendo a
Ptolorneo, sin que él tal temiese ni pensase, le
mataron. Talaban y destruían todos los campos,
recogiéndose a las lagunas y lugares muy secre-
tos. Sabiendo esto Herodes, socorrió con tiem-
po y los castigó, matando gran muchedumbre
de ellos. Librados ya todos aquellos castillos del
cerco que tenían, por causa de esta mutación y
revueltas, pidió a las ciudades que le ayudasen
con cien talentos.
Echados ya los partos y muerto Pacoro, Venti-
dio, amonestado por letras de Antonio, socorrió
a Herodes con mil caballos y dos legiones de
soldados; Antígono envió cartas y embajadores
a Machera ca . tan de esta gente, que le viniese
a ayudar, quejándose mucho de las injurias y
sinrazón que Herodes les hacía, prometiendo
darle dinero. Pero éste, no pen and que debía
dejar aquellos a los cuales era enviado, princi-
palmente dándole más Herodes, no quiso con-
sentir en su traición, aunque fingiendo amistad,
vino por saber el consejo y determinaciones de
Antígono, contra el consejo de Herodes, que se
lo disuadía. Entendiendo Antígono lo que Ma-
chera había determinado, y lo que trataba,
cerróle la ciudad, y echábalo de los muros, co-
mo a enemigo suyo, hasta tanto que el mismo
Machera se afrentó de lo que había comenzado,
y partió para Amatón, donde estaba Herodes. Y
enojado porque la cosa no le había sucedido
según él confiaba, venía matando a cuantos
judíos hallaba, sin perdonar ni aun a los de
Herodes, antes los trataba corno a los mismos
de Antígono. Sintiéndose por esto Herodes,
quiso tornar venganza de Machera como de su
propio enemigo; pero detuvo y disimuló su ira,,
determinando de venir a verse con Antonio,
por acusar la maldad e injusticia de Machera.
Este, pensando en su delito, vino al alcance del
rey, e impetró de él su amistad con muchos
ruegos.
Pero no mudó Herodes su parecer en lo de su
¡da, antes proseguía su camino por verse con
Antonio. Y como oyese que estaba con todas
sus fuerzas peleando por ganar a Samosata,
ciudad muy fuerte cerca del Eufrates, dábase
mayor prisa por llegar allá, viendo que era éste
el tiempo y la oportunidad para mostrar su
virtud y valor, para acrecentar el amor y amis-
tad de Antonio para con él. Así, en la hora que
llegó, luego dió fin al cerco, matando a muchos
de aquellos bárbaros, y tomando gran parte del
saqueo y de las cosas que habían allí robado de
los enemigos, de tal manera, que Antonio, aun-
que antes tenla en mucho y se maravillaba por
su esfuerzo, fué entonces nuevamente muy
confirmado en su opinión, aumentando mucho
la esperanza de sus honras y de su reino. Ant-
íoco fué con esto forzado a entregar y rendir a
Samosata.
Capítulo XIII
De la muerte de Josefo; del cerco de Jerusalén
puesto Por Herodes, y de la muerte de Antígo-
no.
Estando ocupados en esto, las cosas de Hero-
des en Judea sucedieron muy mal. Porque hab-
ía dejado a Josefo, su hermano, por procurador
general de todo, y habíale mandado que no
moviese algo contra Antígono antes que él vol-
viese, porque no tenía por firme la amistad y
socorro de Machera, según lo que antes había
en sus faltas experimentado. Pero Josefo, vien-
do que su hermano estaba ya lejos de allí, olvi-
dado de lo que le había tanto encomendado,
vínose para Hiericunta con cinco compañías
que había enviado Machera con él, para que al
tiempo y sazón de las mieses robase todo el
trigo. Y tomando en medio de los enemigos por
aquellos lugares montañosos y ásperos, él tam-
bién murió, alcanzando en aquella batalla
nombre y gloria de varón muy fuerte y muy
esforzado, y perecieron con él todos los solda-
dos romanos. Las compañías que se habían
recogido en Siria, eran todas de bisoños, y no
tenían algún soldado viejo entre ellas que pu-
diese socorrer a los que no eran ejercitados en
la guerra.
No se contentó Antígono con esta victoria; an-
tes recibió tan grande ira, que tornando el
cuerpo muerto de Josefo, lo azotó y le cortó la
cabeza, aunque el hermano Feroras le diese por
redimirlo cincuenta talentos.
Sucedió después de la victoria de Antígono en
Galilea, que las que favorecían más a la parte
de éste, sacando los mayores amigos y favore-
cedores de Herodes, los ahogaban en una lagu-
na; mudábanse también con muchas novedades
las cosas en Idumea, estando Machera reno-
vando los muros de un castillo llamado Gita, y
Herodes no sabía algo de todo cuanto pasaba;
porque habiendo Antonio preso a los de Sa-
mosata, y hecho capitán de Siria a Sosio,
mandóle que ayudase con su ejército a Herodes
contra Antígono, y él fuese a Egipto. Así Sosio,
habiendo enviado delante dos compañías a
Judea, de las cuales Herodes se sirviese, venía
él después poco a poco siguiendo con toda la
otra gente. Y estando Herodes cerca de la ciu-
dad de Dafnis, en Antioquía, soñó que su her-
mano había sido muerto; y como se levantase
turbado de la cama, los mensajeros de la muer-
te del hermano entraron por su casa. Por lo
cual, quejándose un poco con la grandeza del
dolor, dejando la mayor parte de su llanto para
otro tiempo, veníase con mayor prisa de lo que
sus fuerzas podían, contra los enemigos, y
cuando llegó a monte Libano tomó consigo
ochocientos hombres de los que vivían por
aquellos montes; y juntando con ellos una
compañía de romanos, una mañana, sin que tal
pensasen, llegó a Galilea y desbarató a los ene-
migos que halló en aquel lugar, y trabajaba
muy continuamente por tomar combatiendo
aquel castillo donde sus enemigos estaban. Pe-
ro antes que lo ganase, forzado por la aspereza
del invierno, hubo de apartarse y recogerse con
los suyos al primer barrio o lugar.
Pocos días después, acrecentado el número de
su gente con otra compañía más, la cual había
enviado Antonio, movió a tan gran espanto a
los enemigos, que les hizo una noche desampa-
rar el castillo muy amedrentados. Pasaba, pues,
ya por Hiericunta, con gran prisa por poderse
vengar muy presto de los matadores de su
hermano, donde también le aconteció un caso
maravilloso y casi monstruoso; mas librándose
de él contra lo que él confiaba, alcanzó y vino a
creer que Dios le amaba; porque como muchos
hombres de honra hubiesen cenado con él
aquella noche, después que acabado el convite
todos se fueron, seguidamente el cenáculo
aquel, donde habían cenado, se asoló.
Tomando esto por señal común y buen agüero,
tanto para los peligros que esperaba pasar,
cuanto para los sucesos prósperos en lo que
tocaba a la guerra que determinaba hacer, lue-
go a la mañana hace marchar su gente, y des-
cendiendo cerca de seis mil hombres de los
enemigos por aquellos montes, acometía los
primeros escuadrones. No osaban ellos trabar
ni asir con los romanos; pero de lejos con pie-
dras y saetas los herían y maltrataban: aquí fué
también herido Herodes en un costado con una
saeta.
Y deseando Antígono mostrarse, no sólo más
valiente con el esfuerzo de los suyos, sino tam-
bién aun mayor en el número, envió a uno de
sus domésticos, llamado Papo, con un es-
cuadrón de gente a Samaria, a los cuales Ma-
chera había de ser el premio de la victoria.
Habiendo, pues, Herodes corrido la tierra de
los enemigos, tomó cinco lugares y mató dos
mil vecinos y habitadores de ellos; y habiendo
quemado todas las casas, volvió a su ejército,
que iba hacia el barrio o lugar llamado Caná.
Acrecentábasele cada día el ejército con la mu-
chedumbre de judíos que se le juntaban, los
cuales salían de Hiericunta y de las otras partes
de toda aquella región, moviéndose unos por
aborrecer a Antígono, y otros por los hechos
memorables y gloriosos de Herodes. Había
muchos otros que sin razón ni causa, sólo por
ser amigos de novedades y de mudar señores,
se juntaban con él.
Apresurándose Herodes por venir a las manos
con la gente de Papo, sin temer la muchedum-
bre de los enemigos y la fuerza que mostraban,
salía muy animosamente por la otra parte a la
batalla; pero trabándose los escuadrones, vinie-
ron a detenerse algún poco todos. Peleando
Herodes con mayor peligro, acordándose de la
muerte de su hermano, sólo por vengarse de los
que lo habían muerto, fácilmente venció a la
gente contraria. Viniendo después sobre los
otros nuevos que estaban aún enteros, hízolos
huir a todos, y era muy grande la carnicería y
muerte que se hacían. Siendo los otros forzados
a recogerse al lugar de donde habían salido,
Herodes era el que más los perseguía; y persi-
guiéndolos, mataba a muchos. A la postre,
echándose por entre los enemigos que iban de
huída, entró en el lugar, y hallando todas las
casas llenas de gente muy armada y los tejados
con hombres que trabajaban por defenderse, a
los que de fuera hallaba los vencía fácilmente, y
buscando en las casas, sacaba los que se habían
escondido, y a otros mataba derribándolos: de
esta manera murieron muchos. Pero si algunos
se iban huyendo, la gente que estaba armada
los recibía matándolos a todos; vino a morir
tanta multitud de hombres, que los mismos
vencedores no podían salir de entre los cuerpos
muertos. Tanto asustó esta matanza a los ene-
migos, que viendo a tantos muertos de dentro,
los que quedaban con vida quisieron huir, y
Herodes, confiado en estos sucesos, luego vi-
niera a Jerusalén si no fuera detenido por la
aspereza grande del invierno; porque éste le
impidió que pudiese perfectamente gozar de su
victoria, y fué causa que Antígono no quedara
del todo desbaratado, vencido y muerto, estan-
do ya con pensamiento de dejar la ciudad. Y
como venía la noche, Herodes dejó ir a sus
amigos, por dar algún poco de descanso a sus
cuerpos, que estaban muy trabajados y muy
calurosos de las armas, y fué a lavarse según la
costumbre que tenían los soldados, siguiéndole
un muchacho solo. Antes de llegar al baño
vínole uno de los enemigos al encuentro muy
armado, y luego otro y otro, y muchos. Estos
habían huido, todos armados, de su escuadrón
al baño; pero amedrentados al ver al rey, y es-
condiéndose todos temblando, dejáronle estan-
do él desarmado, buscando aprisa por dónde
librarse. Como no hubiese quién los pudiera
prender, contentándose Herodes con no haber
recibido daño alguno de ellos, todos huyeron.
Al siguiente día mandó degollar a Papo, ca-
pitán de la gente de Antígono, y envió su cabe-
za a Ferora, su hermano, capitán del ejército,
por venganza de la muerte de su hermano,
porque Papo era el que había muerto a Josefo.
Pasado después el rigor del invierno, volvióse a
Jerusalén y cercó los muros con su gente, por-
que ya era el tercer año que él era declarado
por rey en Roma, y puso la mayor fuerza suya
hacia la parte del templo por donde pensaba
tener más fácilmente entrada, y Pompeyo había
tomado antes la ciudad. Dividido, pues, en par-
tes su ejército, y dado a cada parte en qué se
ejercitase, mandó levantar tres montezuelos,
sobre los cuales edificó tres torres; y dejando
los más diligentes de sus amigos por que tuvie-
sen cargo de dar prisa en acabar aquello, él fué
a Samaria por tomar la mujer con la cual se
había desposado, que era la hija de Aristóbulo,
hijo de Alejandro, para celebrar sus bodas
mientras estaban en el cerco, menospreciando
ya a sus enemigos. Hecho esto, vuélvese luego
a Jerusalén con mucha más gente, y juntáse con
él Sosio con gran número de caballos y de in-
fantería, el cual, enviando delante su gente por
tierra, se fué por Fenicia.
Juntándose después todo el ejército, que serían
once legiones de gente a pie y seis mil caballos,
sin el socorro de los siros, que no eran pocos,
pusieron el campo cerca del muro, a la parte
septentrional, confiándose Herodes en la de-
terminación del Senado, por la cual había sido
declarado por rey, y Sosio en Antonio, que le
había enviado con aquella gente que viniese en
ayuda de Herodes.
Los judíos de dentro de la ciudad estaban en
este tiempo muy perturbados, porque la gente
que era para menos vínose cerca del templo, y
como furiosos todos, parecía que divinamente
adivinaban o profetizaban muchas cosas de los
tiempos: los que eran algo más atrevidos, jun-
tados en partes, iban robando por toda la ciu-
dad, y principalmente en los lugares que por
allí había cerca, robando lo que les era necesa-
rio para mantenerse, sin dejar mantenimiento
ni para los hombres ni para los caballos. Y
puestos los más esforzados contra los que los
cercaban, estorbaban e impedían la obra de
aquellos montezuelos, y no les faltaba jamás
algún nuevo impedimento contra la fuerza e
instrumentos de los que los cercaban. Aunque
no se mostraban en algo más diestros que en las
minas que les hacían, el rey pensó cierta cosa
con la cual sus soldados prohibiesen los hurtos
y robos que los judíos les hacían, y para impe-
dir sus correrías, hizo que fuesen proveídos de
mantenimientos traídos de partes muy lejanas.
Aunque los que resistían y peleaban vencían a
todo esfuerzo, todavía eran vencidos con la
destreza de los romanos; mas no dejaban de
pelear con éstos descubiertamente aunque vie-
sen la muerte muy cierta. Pero saliendo ya los
romanos de improviso por las minas que hab-
ían hecho, antes que se derribase algo de los
muros, guarnecían la otra parte y no faltaban ni
con sus manos ni con sus máquinas e instru-
mentos en algo, porque habían determinado
resistirles en todo lo que posible les fuese.
Estando, pues, de esta manera, sufrieron el cer-
co de tantos millares de hombres por espacio
de cinco meses, hasta tanto que algunos de los
escogidos por Herodes, osando pasar por el
muro, dieron en la ciudad, y luego los centu-
riones de Sosio los siguieron. Primero, pues,
tomaron de esta manera todo lo que más cerca
estaba del templo, y entrando ya todo el ejérci-
to, hacíase gran matanza en todas partes, pues
estaban enojados los romanos por haberse de-
tenido tanto tiempo en el cerco; y el escuadrón
de Herodes, siendo todo de judíos, estaba muy
dispuesto a que ninguno de los enemigos esca-
pase con la vida, y mataban a muchos al reco-
gerse por los barrios más estrechos de la ciu-
dad, y a otros forzados a esconderse en las ca-
sas; y también aunque huyesen al templo, sin
misericordia ni de viejos ni de mujeres, eran
todos universalmente muertos. Aunque el rey
envíase a todas partes y rogase que los perdo-
nasen, no por eso había alguno que se refrenase
o detuviese en ello, antes como furiosos perse-
guían a toda edad y sexo.
Antígono bajó de su casa también sin pensar en
la fortuna que en el tiempo pasado había tenido
ni aun en la del presente, y echóse a los pies de
Sosio; pero éste, sin tener compasión, por causa
de tan grata mudanza en las cosas, burlóse sin
vergüenza de él, y por escarnio lo llamó como
mujer, Antígona, pero no lo dejó como a tal sin
guardas: y así lo guardaban a éste muy atado.
Habiendo, pues, Herodes vencido los enemi-
gos, proveía en hacer detener la gente de soco-
rro, porque todos los extranjeros tenían muy
gran deseo de ver el templo y las cosas santas
que ellos tanto guardaban. Por esta causa los
detenía a unos con amenazas, a otros con rue-
gos y a otros con castigo, pensando que le sería
más amarga y cruel la victoria que si fuera ven-
cido, si por su culpa se viese aquello que no era
lícito ni razonable que fuese visto.
También prohibió el saqueo en la ciudad, di-
ciendo con enojo muchas cosas a Sosio, si va-
ciando los hombres y los bienes de la ciudad,
los romanos lo dejaban rey de las paredes solas,
juzgando por cosa vil y muy apocada el impe-
rio de todo el universo, si con muertes y estrago
de tantas vidas y hombres y ciudadanos se hab-
ía de alcanzar. Pero respondiendo él que era
cosa muy justa que los soldados, por los traba-
jos que habían tenido en el cerco, robasen y
saqueasen la ciudad, prometió entonces Hero-
des que él satisfaría a todos con sus propios
bienes. Y redimiendo de esta manera lo que
quedaba en la tierra, satisfizo a todo lo que hab-
ía prometido, porque dió muchos dones a los
soldados, según el merecimiento de cada uno, y
a los capitanes, y remuneró como rey muy re-
almente a Sosio, de tal modo, que ninguno
quedó descontento.
Después de esto Sosio volvió de Jerusalén,
habiendo ofrecido a Dios una corona de oro, y
llevándose consigo para presentarlo a Antonio,
muy atado, a Antígono, que confiando vana-
mente cada día que había. de alcanzar la vida,
fué dignamente descabezado.
El rey Herodes entonces, dividiendo la gente de
la ciudad, trataba muy honradamente a los que
favorecían su bando, por hacerlos amigos, y
mataba a los que favorecían a Antígono.
Faltándole el dinero, envió a Antonio y a sus
compañeros tantas cuantas joyas y ornamentos
tenía; pero con esto no pudo redimirse ni li-
brarse del todo que no sufriese algo, porque ya
estaba Antonio corrompido con los amores de
Cleopatra, y se había dado a la avaricia en toda
cosa. Cleopatra, después que hubo perseguido
toda su generación y parientes de tal manera
que ya casi no le quedaba alguno, pasó la ra-
biosa saña que tenía contra los extranjeros, y
acusando a los principales de Siria, persuadía a
Antonio que los matase, para que de esta ma-
nera alcanzase y viniese seguramente a gozar
de cuanto poseían. Después que hubo exten-
dido su avaricia hasta los judíos y árabes, trata-
ba escondidamente que matasen a los reyes de
ambos reinos, es a saber, a Herodes y a Malico,
y aunque de palabra se lo concediese Antonio,
tuvo por cosa muy injusta matar reyes tan
grandes y tan buenos hombres; pero no los tu-
vo ya más por amigos, antes les quitó mucha
parte de sus señoríos y de las tierras que pose-
ían, y dióle aquella parte de Hiericunta adonde
se cría el bálsamo, y todas las ciudades que
están dentro del río Eleutero, exceptuando so-
lamente a Tiro y a Sidón. Hecha señora de todo
esto, vino hasta el río Eufrates siguiendo a An-
tonio, que hacía guerra con los partos, y vínose
por Apamia y por Damasco a Judea.
Aunque hubiese Herodes con grandes dones y
presentes aplacado el ánimo de ésta, muy ano-
jada contra él, todavía alcanzó de ella que le
arrendase la parte que de su tierra y posesiones
le había quitado, por doscientos talentos cada
año; y aplacándola con toda amistad y blandu-
ra de palabras, acompañóla hasta Pelusío. An-
tes que pasase mucho tiempo, Antonio volvió
de los partos, y traía por presente y don a Cleo-
patra a Artabazano, hijo de Tigrano, el cual le
presentó con todo el dinero y saqueo que había
hecho.
***
Capítulo XIV
De las asechanzas de Cleopatra contra Hero-
des, y de la guerra de Herodes contra los ára-
bes, y un muy grande temblor de la tierra que
entonces aconteció.
Movida la guerra acciaca, Herodes estaba apa-
rejado para ir con Antonio, librado ya de todas
las revueltas de Judea y habido a Hircano, el
cual lugar poseía la hermana de Antígono; pero
fué muy astutamente detenido, por que no le
cupiese parte de los peligros de Antonio. Como
dijimos arriba, acechando Cleopatra a quitar la
vida a los reyes, persuadió a Antonio que diese
cargo a Herodes de la guerra contra los árabes,
para que, si los venciese, fuese hecha señora de
toda Arabia, y si era vencido, le viniese el se-
ñorío de toda Judea, y de esta manera castigaría
un poderoso con el otro.
Pero el consejo de ésta sucedió prósperamente
a Herodes, porque primero con su ejército y
caballería, que era muy grande, vino contra los
siros, y enviándolo cerca de Diospoli, por más
varonil y esforzadamente que le resistiesen, los
venció. Vencidos éstos, luego los árabes movie-
ron gran revuelta, y juntándose un ejército casi
infinito, fué a Canatam, lugar de Siria, por
aguardar a los judíos. Como Herodes los qui-
siese acometer aquí, trabajaba de hacer su gue-
rra muy atentadamente y con consejo, y man-
daba que hiciesen muro por delante de todo su
ejército y de sus guarniciones. Pero la muche-
dumbre del ejército no le quiso obedecer, antes
confiada en la victoria pasada, acometió a los
árabes, y a la primer corrida venciéndolos,
hiciéronlos volver atrás; pero siguiéndolos pasó
gran peligro Herodes por los que le estaban
puestos en asechanzas por Antonio, que siem-
pre le fué, entre todos los capitanes de Cleopa-
tra, muy enemigo. Porque aliviados los árabes
y rehechos por la corrida y ayuda de éstos,
vuelven a la batalla; y juntos los escuadrones
entre unos lugares llenos de piedras y peñascos
muy apartados de buen camino, hicieron huir
la gente de Herodes, habiendo muerto a Mu-
chos de ellos: los que se salvaron recógense
luego a un lugar llamado Ormiza, adonde tam-
bién fueron todos tomados por los árabes con
todo el bagaje y cuanto tenían.
No estaba muy lejos Herodes después de este
daño con la gente que traía de socorro, pero
más tarde de lo que la necesidad requería. La
causa de esta pérdid a fué no haber los capita-
nes querido dar fe ni crédito a lo que Herodes
les había mandado, pues se habían querido
echar sin más miramiento ni consideración,
porque y si se dieran prisa en dar la batalla, no
tuviera Antonio tiempo para hacer sus ase-
chanzas: pero todavía otra vez se vengó de los
árabes entrándose muchas veces y corriéndoles
las tierras, Y muchas veces se desquitó de la
derrota sufrida. Persiguiendo a los enemigos le
sucedió por voluntad de Dios otra desdicha a
los siete años de su reinado, y en tiempo que
hervía la guerra acciaca, porque al principio de
la primavera hubo un temblor de tierra, con el
cual murió infinito ganado y perecieron treinta
mil hombres7 quedando salvo y entero todo su
ejército porque estaba en el campo. Los árabes
se ensoberbecieron mucho con aquella nueva,
la cual siempre se suele acrecentar algo más de
lo que es yendo de boca en , boca; movidos con
ella, pensando que toda Judea estaría, sin que
alguno quedase, destruida y asolada, con espe-
ranza de poseer la tierra, juntan su ejército y
viénense contra ella matando primero a los.
embajadores que los judíos les enviaban. Hero-
des en este tiempo, viendo la mayor parte de su
gente amedrentada con la venida de los enemi-
gos, tanto por ¡as grandes adversidades y des-
dichas que les habían acontecido, cuanto por
haber sido muchas y muy continuas, esforzába-
los a resistir y dábales ánimo con estas pala-
bras-
"No parece razonable cosa que por lo que al
presente habéis viste, que ha sucedido estéis
tan amedrentados: porque no me maravillo que
os espante la llaga que por voluntad e ira de
Dios contra nosotros ha acontecido; pero tengo
por cosa de afrenta y cobardía que penséis tan-
to en ella teniendo los enemigos tan cerca,
habiendo antes de trabajar en deshacerlos y
echarlos de vuestras tierras: porque tan lejos
estoy yo de temer los enemigos después de este
tan gran temblor de tierra, que pienso haber
sido como regalo para ellos para después casti-
garlos; porque sabed que no vienen tan confia-
dos en sus armas y esfuerzo corno en nuestras
desdichas y muertes. La esperanza, pues, que
no está fundada y sustentada en sus propias
fuerzas, sino en las adversidades de su contra-
rio, sabed que es muy engañosa. No tenemos
los hombres seguridad de prosperidad alguna
ni de adversidad, antes veréis que la fortuna se
vuelve ligeramente a todas partes, lo cual pod-
éis comprobar con vuestros propios ejemplos.
Fuimos en la guerra pasada vencedores; luego
fuimos también vencidos por los enemigos, y
ahora, según se puede y es lícito pensar, serán
ellos vencidos viniendo con pensamiento de ser
vencedores: porque el que demasiado se confía
no suele estar proveído, y el miedo es el maes-
tro y el que enseña a proveerse. A mí, pues, lo
que vosotros teméis tanto me da muy gran con-
fianza, porque cuando fuisteis más feroces y
atrevídos de lo que fuera conveniente y necesa-
rio, saliendo contra mi voluntad a pelear, An-
tonio tuvo tiempo y ocasión para sus asechan-
zas y para hacer lo que hizo; ahora vuestra tar-
danza, que casi mostráis rehusar la pelea, y
vuestros ánimos entristecidos, según veo, me
prometen victoria muy ciertamente. Pero con-
viene antes de la batalla estar animados y con
tal pensamiento, y estando en ella, mostrar su
virtud ejercitándola y manifestar a los enemi-
gos llenos de maldad que ni mal alguno de los
que humanamente suelen acontecer a los hom-
bres, ni la ira del cielo, es causa que los judíos
muestren en sus cosas algo menos de fortaleza
y esfuerzo, entretanto que les dura esta vida.
¿Sufriera alguno que los árabes sean. señores
de sus cosas, a los cuales en otro tiempo se los
podía llevar por cautivos? No os espante en
algo el miedo de las cosas sin ánima y sin sen-
tido, ni penséis que este temblor de tierra sea
señal de alguna matanza o muertes que se de-
ban esperar, porque naturales vicios son tam-
bién de los elementos, y no pueden hacer algún
daño sino en lo que de ellos es. Porque debéis
todos pensar y saber que viniendo alguna señal
de pestilencia o hambre, o de algún temblor de
tierra, mientras el daño tarda, entonces se debe
algo temer; pero cuando ya han hecho su curso,
viénense a acabar y consumir ellas mismas en sí
por ser tan grandes. ¿Qué cosa hay en que nos
pueda hacer mayor daño a nosotros ahora esta
guerra, aunque seamos vencidos, que ha sido el
que habemos recibido por el temblor de la tie-
rra? Antes, en verdad, ha acontecido a nuestros
enemigos, en señal de su destrucción, una cosa
la más horrenda M mundo por voluntad propia
de ellos, sin entender otro en ella, en haber
muerto cruelmente a nuestros embajadores
contra toda ley de hombres, y han sacrificado a
Dios por el suceso de la guerra la vida de ellos.
Porque no podrán huir la lumbre divina ni la
venganza de la mano invencible de Dios: antes
luego pagarán lo que han cometido, si levanta-
dos nosotros con ánimo por nuestra patria, nos
animáremos para tomar venganza de la paz y
conciertos rotos por ellos. Así, pues, haced to-
dos vuestro camino a ellos, no corno que quer-
áis pelear por vuestras mujeres ni por vuestros
hijos ni por vuestra propia patria, pero por
vengar la muerte de vuestros propios embaja-
dores. Ellos mismos regirán mejor y guiarán
nuestro ejército, que nosotros que estamos en la
vida; obedeciéndome vosotros, pondréme yo
por todos en peligro: y sabed ciertamente que
no podrán sufrir ni sostener vuestras fuerzas, si
no os dañare la osadía atrevida y temeraria."
Habiendo amonestado con tales palabras a sus
soldados, viéndoles muy alegres y muy conten-
tos, celebró a Dios luego sus sacrificios, y des-
pués pasó el río Jordán con todo su ejército. Y
puesto su campo en Filadelfia, no muy lejos de
los enemigos, hizo muestra que quería tomar
un castillo que estaba en medio: movía la bata-
lla de lejos deseando juntarse muy presto, por-
que los enemigos habían enviado gente que
ocupase el castillo. Pero los del rey fácilmente
los vencieron y alcanzaron el collado; y él, sa-
cando cada día su gente muy en orden a la ba-
talla, provocaba a los árabes y los desafiaba.
Mas como ninguno osase salir porque estaban
amedrentados y más que todos pasmado y
temblando como medio muerto el capitán An-
tonio, acometiendo el valle donde estaban, He-
rodes los desbarató; y forzados de esta manera
a salir de la batalla, mezclándose una gente con
otra, los de a caballo con los de a pie, salieron
todos; y si los enemigos eran muchos más, el
esfuerzo y alegría era mucho menor, aunque
por estar todos sin esperanza de haber victoria,
eran muy atrevidos. Entretanto que trabajaron
por resistir, no fué grande la matanza que se
hizo; pero al volver las espaldas fueron muchos
muertos, unos por los judíos que los perse-
guían, otros pisados por ellos mismos huyendo:
murieron finalmente en la huida cinco mil, los
demás fueron forzados a recogerse dentro del
valle; pero luego Herodes, tomándolos en me-
dio, los cercó, y aunque la muerte no les estaba
muy lejos por fuerza de las armas de Herodes,
todavía sintieron mucho la falta del agua. Co-
mo el rey menospreciase muy soberbiamente
los embajadores que le ofrecían, porque fuesen
librados, cincuenta talentos, haciéndoles mayor
fuerza ardiendo con la gran sed, salían a mana-
das y dábanse a los judíos de tal manera, que
dentro de cinco días fueron presos cuatro mil
de ellos; pero el sexto día, desesperando ya de
la salud y vida, salieron los que quedaban a
pelear. Trabándose la batalla con ellos, los de
Herodes mataron otra vez siete mil; y habién-
dose vengado de Arabia con llaga tan grande,
muerta la mayor parte de la gente y vencida ya
la fuerza de ella, pudo tanto, que todos los de
aquella tierra lo deseaban por señor
Capítulo XV
Cómo Herodes fué proclamado Por rey de to-
da Judea.
No le faltó luego otro nuevo cuidado, por causa
de la amistad con Antonio, después de la victo-
ria que César hubo en Accio; pero tenía mayor
temor que debla, porque César no tenía por
vencido a Antonio, entretanto que Herodes
quedase con él vivo. Por lo cual el rey quiso
prevenir a los peligros; y pasando a Rodo,
adonde en este tiempo estaba César, vino a ver-
se con él sin corona, vestido como un hombre
particular, pero con pompa y compañía real, y
sin disimular la verdad, díjole delante estas
palabras: «Sepas, oh César, que siendo yo
hecho rey por Antonio, confieso que he sido rey
provechoso para Antonio; ni quiero encubrirte
ahora cuán importuno enemigo me hallaras con
él, si la guerra de los árabes no me detuviera.
Pero, en fin, yo le he socorrido según han sido
mis fuerzas, con gente y con trigo, ni en su des-
dicha recibida en Accio lo desamparé, porque
se lo debía. Y aunque no fué en mi socorro tan
grande cuanto entonces yo quisiera, todavía le
di un buen consejo, diciéndole que la muerte de
Cleopatra sola bastaba para corregir sus adver-
sidades; y prometíle que si la mataba, yo le so-
correría con dinero y con muros para defender-
se, y con ejército; y prometíme yo mismo por
compañero para unir toda mi fuerza contra ti.
Pero por cierto los amores de Cleopatra le
hicieron sordo a mis consejos, y Dios también,
el cual te ha concedido a ti la victoria. Vencido
soy, pues, yo juntamente con Antonio, y por
tanto, me he quitado la corona de la cabeza con
toda la fortuna y prosperidad de mi reino. He
venido ahora a ofrecerme delante de tu presen-
cia, confiando de alcanzar por tu virtud la vida,
dándome prisa por que fuese examinada la
amistad que con alguno he tenido."
A esto respondió César: «Antes ahora tente por
salvo, y séate confirmado el reino; que por cier-
to mereces muy debidamente regir a muchos,
pues trabajas en mostrar y defender la amistad
tan fielmente. Y experiméntame con tal que
seas fiel siendo más próspero, porque yo conci-
bo grande esperanza en ver tu ánimo preclaro y
muy magnánimo. Pero bien hizo Antonio en
dar más crédito a Cleopatra que a tus consejos,
porque por su locura te hemos ganado a ti; y a
lo que puedo juzgar, tú comenzaste a hacerle
primero beneficios, según Ventidio me escribe,
pues le socorriste con socorro bastante contra
los que le perseguían. Por tanto, ahora, por mi
decreto y determinación quiero que seas con-
firmado en el reino: y quiero yo también hacer-
te ahora algún bien, por que no tengas ocasión
de desear a Antonio." Habiendo tan benigna-
mente amonestado César al rey que no dudase
algo en su amistad, le puso la corona real y con-
firmóle el perdón de todo lo que había hasta allí
pasado, en el cual puso muchas cosas en loor
de Herodes. Este, habiendo dado algunos do-
nes y presentes a César, rogábale que mandase
librar a Alejandro, que era uno de los amigos
de Antonio. Pero estando César muy airado, no
lo quiso hacer, diciendo que aquel por quien él
rogaba había hecho muchas cosas muy graves
contra él, y por esto no quiso hacer lo que
Herodes le suplicaba.
Después, yendo César a Egipto por Siria, Hero-
des lo recibió con toda la riqueza del reino; y
mirando entonces muy bien todo su ejército,
vínose primero a Ptolemaida, y allí le dió una
cena muy magnífica con todos sus amigos, y
repartió también con su ejército la comida muy
abundantemente. Proveyó también que, pasan-
do por caminos muy secos hacia Pelusio y para
los que de allá volviesen, no faltase agua, ni
padeció el ejército necesidad de cosa alguna.
Por tantos merecimientos, no sólo César, pero
todo su ejército también, tuvieron en poco el
reino que le había sido dado; y por tanto, cuan-
do vino a Egipto, muerto ya Antonio y Cleopa-
tra, no sólo le acrecentó todas las honras que
antes le había dado, pero también le añadió a
su reino parte de aquello que Cleopatra le había
antes quitado. Dióle también a Gadara, Hipón.
y Samaria; y de las ciudades marítimas a Gaza,
Antedón, Jope y el Pirgo o Torre de Estratón.
Dióle demás de todo esto cuatrocientos galos
para su guarda, los cuales tenía antes Cleopa-
tra; y ninguna cosa incitaba tanto el ánimo y
liberalidad de César a hacerle beneficios, cuan-
to era por verlo tan animoso y magnánimo.
Además de lo que primero le había dado, le dió
después también toda la región llamada Tracón
y Batanea, que le está muy cerca, y Auranitis,
todas por la misma causa.
Zenodoro entonces, que tenía en su gobierno la
casa y hacienda de Lisania, no cesaba, desde la
región aquella llamada Tracón, de enviar la-
drones a los damascenos para que los robasen.
Ellos, viendo esto, acudieron a Varrón, el cual
era entonces regidor de Siria, y le rogaron que
hiciese saber a César las miserias que sufrían.
Sabidas por César estas cosas, en la misma hora
le envió a decir que tuviese cuidado en procu-
rar matar aquellos ladrones: y así Varrón vino
con mucha gente a todos los lugares de los cua-
les sospechaba, limpió toda la tierra de aquellos
ladrones, y quitóla del regimiento de Zenodoro:
César la dió a Herodes, por que no se hiciese
otra vez recogimiento y cueva de ladrones con-
tra Damasco: y además de todo esto hizolo
también procurador de toda Siria. Volviéndose
después el décimo año a su provincia, mandó a
todos los procuradores que había puesto, que
ninguno osase determinar algo sin hacérselo
saber y darle de todo razón.
Aun después de muerto Zenodoro, César le dió
toda aquella parte de tierra que está entre
Tracón y Galilea: y lo que Herodes tenla en más
que todo esto, era ver que, después de Agripa,
era el más amado de César; y después de César,
el más amado de Agripa. Levantado, pues, de
esta manera al más alto grado de prosperidad y
hecho más aniMoro, la mayor parte de su tra-
bajo y providencia lo puso en las cosas de la
religión.
***
Capítulo XVI
De la ciudades y edificios renovados y nueva-
mente edificados por Herodes, y de la magnifi-
cencia Y liberalidad que usaba con las gentes
extranjeras, y de toda m prosperidad.
A los quince años de su reino renovó el templo
e hizo cercar de muro muy fuerte doblado es-
pacio de tierra alrededor del templo, de lo que
antes solía tener, con gastos muy grandes y con
magnificencia muy singular, de la cual daban
señal los claustros grandes que hizo labrar, y el
castillo que mandó edificar junto con ellas hacia
la parte de Septentrión: aquéllas las levantó él
de principio y de sus fundamentos, y renovó el
castillo con grandes gastos, como asiento de
aquella ciudad y de todo el reino, y púsole por
nombre Antonia, por honra de Antonio. Y
habiendo también edificado para sí un palacio
real en la parte más alta de la ciudad, edificó en
él dos aposentos de mucha grandeza y gentile-
za, y a ambos puso los nombres de sus amigos,
llamando el uno Cesáreo y el otro Agripio. Por
memoria de ellos, no sólo escribió y mandó
pintar estos nombres en los techos, sino tam-
bién mostró en todas las otras ciudades su gran
liberalidad: porque en la región de Samaria,
habiendo cerrado de muro una ciudad muy
hermosa que tenía más de veinte estadios de
cerco, llamóla Sebaste y llevó allá seis mil veci-
nos, y dióles tierras muy fértiles, adonde edi-
ficó también un templo muy grande entre
aquellos edificios, y cerca de él una plaza de
tres estadios y medio, lo cual todo dedicó a
César, y concedió a los vecinos de esta ciudad
leyes muy favorables.
Habiéndole dado César por estas cosas la pose-
sión de otra tierra. edificóle otro templo cerca
de la fuente del río Jordán, todo de mármol
muy blanco y muy reluciente, en un lugar que
se llamó Panio, adonde la sumidad y altura de
un monte levantado muy alto, descubre una
cueva muy umbrosa por causa de un valle que
le está al lado, y de unos peñas muy altas se
recoge el agua que de allí mana, la cual es tanta,
que no tiene ni se puede tomar ni hallar hondo
en ella. Por la parte de fuera de la raíz de la
cueva nacen unas fuentes, las cuales, según
algunos piensan, son el Drincipio y manantial
del río Jordán; pero después, al fin, mostrare-
mos lo que se debe creer como muy verdadero.
Además de las casas y palacios reales que había
en Hiericunta entre el castillo de Cipro y las
primeras, edificó otras mejores que fuesen más
cómodas para los que viniesen, y púsoles los
nombres arriba dichos de sus amigos. No había
lugar en todo el reino que fuese bueno, el cual
no honrase con el nombre de César. Después de
haber llenado todo el reino de Judea de tem-
plos, quiso ensanchar también su honra en la
provincia, y en muchas ciudades edificó tem-
plos, los cuales llamó Cesáreos.
Y como entre las ciudades que estaban hacia la
mar hubiese visto una muy antigua y muy vie-
ja, que se llamaba la Torre o Pirgo de Estratón,
y que, según era el lugar, podía emplear en ella
su magnificencia, habiéndola reparado toda de
piedra blanca y muy luciente, edificó en ella un
palacio muy lindo, y mostró en él la grandeza
que naturalmente su ánimo tenía. Porque entre
Doras y Jope, en medio de los cuales esta ciu-
dad está edificada, no hay parte alguna en toda
aquella mar adonde se pudiese tomar puerto,
de tal manera, que cuantos pasaban de Fenicia
a Egipto eran forzados a correr a aquella mar
con gran miedo del viento africano, cuya fuer-
za, por moderada que sea, levanta tan grandes
ondas, que al retraerse es necesario que la mar
se revuelva algún espacio de tiempo. Pero ven-
ciendo el rey con liberalidad y gastos muy
grandes a la naturaleza, hizo allí un puerto ma-
yor que el de Pireo, y más adentro hizo lugar
apto y muy grande, adonde se pudiesen reco-
ger todas las naves que viniesen. Aunque el
lugar le era manifiestamente contrario, quiso él
todavía contender con él de tal manera, que la
firmeza de sus edificios no pudiese ser quebra-
da por los ímpetus de la mar, ni por el poder de
la fortuna: y era la gentileza de ellos tanta, que
parecía no haber sido jamás contraria la dificul-
tad del lugar a la obra y ornamento; porque
habiendo medido el espacio conveniente, según
dijimos arriba, echó veinte varas en el hondo
muchas piedras, de las cuales había muchas
que tenían cincuenta pies de largo, nueve de
alto y diez de ancho, y aun hubo algunas que
fueron mayores. Habiendo levantado este lu-
gar, que solía ser antes cubierto con las ondas,
ensanchó doscientos pies el muro, de los cuales
quiso que fuesen los ciento para resistir a las
bravas ondas que venían y echarlas, por lo cual
también se llamaron con nombre que lo signifi-
case, Procimia. Los otros ciento tienen el muro
que rodea y ciñe el puerto, puestas grandes
torres entre ellos, de las cuales, la mayor y la
más gentil llamaron Drusio, por el nombre del
sobrino de César.
Había también edificadas muchas bóvedas y
lugares para recoger todo lo que se trajese al
puerto, y cerca de ellos una como lonja de pie-
dra muy ancha, para pasear, y adonde se recib-
ían las naos que salían: la entrada de esta parte
estaba hacia el Septentrión, porque, según el
asiento de aquel lugar, era el más próspero
viento el de Boreas. A la puerta había tres esta-
tuas, las cuales, por ambas partes, afirmaban
sobre unas columnas, y éstas sustentaban una
torre a la entrada a mano izquierda: a la dere-
cha dos piedras de extraña grandeza y altura,
más altas aun que la torre que estaba en el otro
lado edificada. Las casas que estaban juntas con
el puerto, de piedra muy blanca y muy clara,
con igual medida de los espacios, llegaban has-
ta el puerto. En el collado que está antes de la
entrada del puerto edificó un templo a César
muy grande y muy hermoso, y puso en él una
estatua de César no menor que es la de Júpiter
en Olimpia, a cuyo ejemplo y manera fué
hecha, igual a la que está en Roma, y a la de
Juno que está en Argos. Dedicó la ciudad a toda
aquella provincia, y el puerto a las mercaderías
que viniesen, y a César la honra del que lo edi-
ficó, por lo cual quiso que la ciudad se llamase
Cesárea.
Todas las otras obras y edificios, la plaza, el
teatro, el anfiteatro, hizo que fuesen dignas del
nombre que les ponía; y habiendo ordenado
unos juegos y luchas que se hiciesen cada cinco
años, púsoles también el nombre de César.
Fué el primero que en la Olimpíada centésima
nonagésima segunda propuso grandes pre-
mios, para que no sólo los vencedores, sino
también sus descendientes segundos y terceros,
pudiesen gozar de la libertad y riqueza real.
Habiendo también renovado la ciudad de An-
tedón, llamóla Agripia, y por su sobrado amor
escribió también el nombre de su amigo en la
puerta que hizo en el templo.
No ha habido, cierto, quien tanto amase a sus
padres, porque adonde estaba el monumento y
sepultura de su padre, en la parte mejor de to-
do el reino, fundó allí una ciudad muy rica con
la ribera y arboleda que tenía cerca, la cual
llamó, en memoria de su padre, Antipatria. Y
cercó de muro un castillo que está sobre Hieri-
cunta en un lugar por sí muy fuerte, pero en
gentileza el principal, y por honra de su madre
lo llamó Cipre. Edificó también a su hermano
Faselo una torre en Jerusalén, la cual llamó Fa-
selida, cuya liberalidad en la grandeza y cerco
después se declarará. Puso también el nombre
de Faselo a otra ciudad que está después de
Hiericunta hacia el Norte.
Habiéndose, pues, acordado de la gloria y hon-
ra de sus parientes y amigos, no quiso olvidarse
de sí mismo, antes quiso que un castillo que
está delante de un monte, por el costado de
Arabia, muy fuerte y muy guarnecido, se lla-
mase Herodio, según su nombre. Y un edificio
que estaba sesenta estadios de Jerusalén, a ma-
nera de una teta, poniéndole su mismo nombre,
mandó que fuese renovado más magnífica-
mente, porque rodeó la altura de éste con unas
torres redondas, Y en el circuito mandó edificar
las casas reales, gastando mucho tesoro en
ellas, y haciendo que no sólo tuviesen extraña
gentileza por de dentro, pero que demostrasen
también la riqueza por defuera, las techumbres
y paredes y todo lo más que verse podía. Dis-
puso también que fuese abundante de agua, la
cual hizo venir con muchos gastos, y mandó
edificar de mármol muy claro doscientas gra-
das por donde viniese, porque todo aquel edifi-
cio era como collado hecho con artificio y de
muy gran altura. Edificó a los pies a raíz de este
collado, otros edificios muy grandes y muy
suntuosos, para que fuesen recogimiento a mu-
chos amigos y a las cargas y caballos; de tal
manera estaba esto, que, según era la abundan-
cia de todas las cosas, parecía más ser una ciu-
dad que un castillo, y en el cerco y vista por
defuera, mostraba muy claramente que era un
palacio real. Edificados ya tantos y tan extraños
edificios, mostró también su liberalidad y la
grandeza de su ánimo en muchas ciudades, las
cuales no le eran propias, porque en Trípodi, en
Damasco y en Ptolomeida edificó baños públi-
cos; cercó de muro la ciudad de Biblio; hizo
cátedras, lonjas, plazas y templos en Bitro y en
Tiro; también en Sidonia y en Damasco edificó
teatros. Hizo también aparejo y lugar para lle-
var agua a los laodicenses, que están hacia la
parte de la mar, y en Ascalona hizo lagunas
muy hermosas y muy hondas, muchos baños,
muchos patios muy labrados, con adnárable
grandeza y obra, cerrados todos de columnas;
en varios hizo puerto; dió campos a muchas
ciudades que estaban cerca de su reino y le eran
muy amigas. Para los baños hizo rentas públi-
cas y perpetuólas, como en Cois, por que no
pudiere faltar jamás por sus beneficios. Pro-
veyó de trigo a cuantos tenían necesidad. Dió
muchos dineros a los rodios para armar sus
flotas y reparó a Pitio, que había sido abrasada,
todo con su gasto.
¿Para qué me alargaré en contar su liberalidad
con los licios y samios? ¿Quién contará los do-
nes que dió en toda Jonia, dando a cada uno
según lo que deseaba? Los atenienses, los lace-
demonios, los nicopolitanos y el Pérgamo de
Misia, ¿no está todo esto lleno de los dones de
Herodes? ¿Por ventura, no adornó la plaza de
los antioquenses de Siria, y la allanó por veinte
estadios de largo, toda de mármol muy exce-
lente, para que por allí pasasen y se escurriesen
las aguas y lluvias del cielo, porque antes esta-
ba muy llena de cieno y de mucha suciedad?
Pero alguno dirá que estas cosas fueron propias
de aquellos pueblos a los cuales fueron dadas;
pues lo que hizo por los elidenses no parece ser
común al pueblo de Acaya solamente, sino a
todo el universo, por el cual se esparce la gloria
de los juegos y luchas olímpicas. Porque viendo
que esto faltaba por pobreza, y por no haber
quien gastase en ello, y que sólo faltaba lo ue se
esperaba de la Grecia antigua, lo cual no era
cosa bastante, no sólo quiso aquellos cinco años
ser él el capitán, cuando hubo de pasar por allí
para ir a Roma, sino que ordenó rentas perpe-
tuas, para que mientras de él hubiese memoria,
no dejase jamás el oficio ni el nombre de buen
capitán.
Cosa sería para ¡amas acabar, ponerse a contar
los tributos y deudas que perdonó y no quiso
cobrar, quitando toda la sujeción a los faselitas
y balneotas, y a muchos otros lugares cerca de
Cilicia, los cuales estaban obligados a muchos
pechos, aunque el miedo que tuvo tenía las
riendas a la grandeza de su ánimo, por no mo-
ver las gentes a que le envidiasen y le moviesen
revueltas, como a hombre que quería levantarse
más de lo que debía, si hacía y procuraba ma-
yor bien a las ciudades que a los regidores de
ellas.
Aprovechábase de su cuerpo en todo cuanto
convenía para su ánimo, y siendo como era
gran cazador, se había hecho tan diestro en
cabalgar, que alcanzaba en un caballo todo
cuanto quería. Un día, finalmente, le aconteció
matar cuarenta fieras (aquella región tiene mu-
chos puercos monteses, pero muchos más cier-
vos y cebras o asnos salvajes). Era tan fuerte de
sí, que ninguno le podía sufrir, con lo cual es-
pantaba a muchos, aun ejercitándolos, pare-
ciendo a todos muy excelente tirador de dardos
y de saetas. Y además de la virtud de su ánimo
grande y fuerza de su cuerpo, fuéle también
fortuna muy próspera, porque muy raramente
en las cosas de la guerra le sucedió contra su
voluntad; y si alguna vez le aconteció alguna
desdicha, fué, no por causa suya, sino por trai-
ción de algunos o por atrevimiento y poca con-
sideración de sus soldados.
***
Capítulo XVII
De la discordia de Herodes con sus hijos Ale-
jandro y Aristóbulo.
Las tristezas y fatigas domésticas tuvieron en-
vidia de la dicha y prosperidad pública de
Herodes, y sus adversarios comenzaron por su
mujer, a la cual él mucho amaba. Porque des-
pués que alcanzó las honras y poder de rey,
dejando la mujer que había antes tomado, natu-
ral de Jerusalén, y por nombre llamada Doris,
juntóse con Mariamma, hija de Alejandro, hijo
de Aristóbulo, por lo cual vino en discordia su
casa principalmente, aunque antes también,
pero más claramente después de su venida de
Roma. Porque por causa de los hijos que había
habido de Marianuna, echó de la ciudad a su
hijo Antipatro, habido de Doris, dándole licen-
cia de entrar en ella solamente los días de fiesta.
Después, por sospechar del abuelo de su mujer,
Hircano, que había vuelto ya de los partos, lo
mató. Habíaselo llevado preso Barzafarnes
después que ocupó la Siria. Por haber tenido
misericordia de él, lo habían librado los gentiles
que vivían de la otra parte del río Eufrates. Y si
los hubiera él creído cuando le decían que no
pasase a tierras de Herodes, no fuera muerto;
pero atrájole el deseo del matrimonio de Hero-
des con su nieta, porque confiándose en él, y
con mayor deseo de ver a su propia patria, vi-
no. Movióse Herodes a esto, no porque Hircano
desease ni procurase haber el reino, sino por
saber y conocer ciertamente que le era debido
por ley y por razón.
De cinco que tuvo Herodes de Marianuna, tres
eran hijos y las otras dos hijas. Habiendo muer-
to el menor de éstos en los estudios en Roma,
los otros dos, por la nobleza de la madre, y
porque habían nacido siendo él ya rey, criába-
los también muy realmente y con gran fausto.
Ayudábales a éstos el grande amor que tenía
con Mariamina, el cual, acrecentándose cada
día, encendía a Herodes en tanta manera, que
no podía sentir alge de lo que le dolía, por cau-
sa de aquella a quien tanto amaba.
Tan grande era el odio y aborrecimiento de
Mariamina para Herodes, cuanto el amor que
Herodes tenía a Mariamina. Teniendo, pues,
causas probables de la enemistad por las cosas
que había visto, y confianza en el amor, solíale
cada día zaherir lo que había hecho con su
abuelo Hircano y con su hermano Aristóbulo,
porque ni a éste perdonaba, aunque era mu-
chacho, al cual, después de haberle dado la
honra pontifical a los diecisiete años de su
edad, lo mató, porque como él, vistiéndose con
las vestiduras sagradas para aquel oficio, se
llegó al altar un día de gran fiesta; todo el pue-
blo entonces lloró, y enviándolo a Hiericunta
aquella noche, fué ahogado por los galos, según
Herodes había mandado, en una laguna. Todas
estas cosas le decía Mariamina a Herodes por
injuria, y deshonraba a su hermana y a su ma-
dre con palabras muy pesadas y muy des-
honestas, aunque él a todo esto callaba por el
grande amor que tenía. Pero las mujeres esta-
ban muy ensañadas contra Mariamma; y para
mover a Herodes contra ella, la acusaban de
adulterio. Además de muchas otras cosas que
la levantaban aparentes y como verdaderas,
acusábanla también que había enviado a Egipto
un retrato suyo a Antonio; y así, por el desor-
denado deseo y lujuria suya, había procurado
mostrarse en ausencia a un hombre que estaba
loco por las mujeres, y que las podía forzar.
Esto perturbó a Herodes no menos que si le
cayera un rayo del cielo encima, y principal-
mente porque estaba encendido en celos por el
grande amor que la tenía, y pensando por otra
parte en la crueldad de Cleopatra, por cuya
causa habían sido muertos el rey Lisanias y
Malico el árabe, no tenía ya cuenta con perder a
su mujer, sino con el peligro que podía aconte-
cer si él perdía la vida.
Habiendo, pues, de partir de allí para Roma,
encomendó su mujer a Josefo, marido de su
hermana Salomé, al cual tenía por fiel; y según
era el deudo, teníalo por amigo, mandándole
secretamente que la matase si Antonio le mata-
ba a él. Pero Josefo, no por malicia, mas dese-
ando mostrar a la mujer la voluntad y amor de
su marido, el cual no podía sufrir ser apartado
de ella, aunque fuese muerto, descubrióle todo
lo que Herodes le había secretamente enco-
mendado. Siendo después vuelto ya Herodes, y
hablando y jurando de su amor y voluntad,
como nunca había tenido amores con otra mu-
jer en el mundo, respondió ella: "Muy compro-
bado está tu amor conmigo, con el mandamien-
to que hiciste a Josefo, cuando de aquí partiste,
ordenándole que me matase." Habiendo Hero-
des oído estas cosas, las cuales él pensaba que
estaban secretas entre él y Josefo, desatinaba; y
pensando que Josefo no pudo descubrirle lo
que entre ellos había pasado, sino juntándose
deshonestamente con ella, recibió de esto gran
dolor, que casi enloquecía; levantándose de la
cama comenzóse a pasear por el palacio; y to-
mando ocasión entonces su hermana Salorné
para acusar a Josefo, confirmóle la sospecha.
Furioso Herodes con el grande amor y celos
que tenía, mandó que a entrambos los matasen
a la hora, y después que fué esta locura hecha,
le pesaba y se arrepentía por ella; pero pasado
el enojo, encendíase poco a poco en amor. Y era
tanta la fuerza de este amor y deseo que de ella
tenía, que no pensaba que estaba muerta; antes,
con la tristeza grande que tenía, le hablaba en
su cámara como si allí estuviera con él viva;
hasta tanto que con el tiempo, sabiendo su
muerte y enterramiento, igualó bien sus llantos
y su tristeza con el grande amor que siendo
viva le tenía.
Sus hijos, tomando la muerte de la madre por
propia, pensando muy bien en la maldad tan
grande y tan cruel, teníaD a su propio padre
como enemigo; y esto fué cuando estaban en
Roma estudiando, y después de volver a Judea,
mucho más; porque como crecían y se les au-
mentaba la edad, así también la afición y amor
matemal tomaba fuerzas.
Llegados ya a tiempo de casarse, el uno tomó
por mujer a la hija de su tía Salorné que había
acusado la madre de entrambos, y el otro la hija
de Arquelao, rey de Capadocia. De aquí al-
canzó el odio la libertad que quería; y de la con-
fianza que en ello tenían, tomaron ocasión los
malsines hablando más claramente con el rey y
diciéndole cómo ambos hijos le acechaban por
matarlo; y que el uno daba gente a su hermano
para que vengase la muerte de la madre, y el
otro, es a saber, el yerno de Arquelao, confiado
en su suegro, se aparejaba para huir y acusarlo
delante del César.
Lleno, pues, Herodes de estas acusaciones, trajo
a su hijo Antipatro para que fuese en su ayuda
contra sus hijos, el cual era también hijo suyo
de Doris, y comenzó adelantándole y teniéndo-
le en más en todo cuanto emprendía, que a to-
dos los otros; los cuales, no teniendo por cosa
digna sufrir esta mutación tan grande, y viendo
que se adelantaba el hermano nacido de tan
baja madre, no podían refrenar su enojo ellos
con su nobleza, antes en todo cuanto podían
trabajaban por ofenderle y mostrar su ira e in-
dignación. Menospreciábalos Herodes cada día
más, y Antipatro por causa de ellos era muy
favorecido, porque sabía lisonjear astutamente
a su padre, y decíale muchas cosas contra sus
hermanos; algunas veces él mismo, otras ponía
amigos suyos que dijesen otras cosas, hasta
tanto que sus hermanos perdieron toda la espe-
ranza que del refino tenían, porque en el testa-
mento estaba también declarado por sucesor.
Fué finalmente enviado a César como rey, y
con aparato y compañía real servido de todo lo
que a rey pertenecía, excepto que no llevaba
corona. Y con el tiempo pudo hacer que su ma-
dre se juntase con Herodes y viniese a la cáma-
ra donde Mariamma solía dormir; y usando de
dos géneros de armas contra sus hermanos, de
las cuales las unas eran lisonjas y las otras eran
invenciones y calumnias nuevas, pudo con
Herodes tanto, que le hacía pensar cómo mata-
se a sus hijos; por lo cual acusó delante de
César a Alejandro, al cual se había llevado con
él a Roma, de que le había dado ponzoña; pero
alcanzando licencia para defenderse Alejandro,
aunque el juez era muy imprudente, era toda-
via más prudente que no Herodes y Antipatro;
calló con vergüenza los delitos del padre, y
disculpóse muy elegantemente de lo que le
habían levantado; y después que hubo mostra-
do ser también sin culpa su hermano, dió que-
jas de la malicia e injurias de Antipatro,
ayudándole para ello, además de su inocencia,
la grande elocuencia que tenía, porque tenla
gran vehemencia en el hablar, dando por fin de
su habla que de buena voluntad el padre los
mataría si pudiese; acusóle de este crimen e
hizo llorar a todos los que estaban presentes;
pero pudo tanto con César, que fueron todas
las acusaciones menospreciadas, e hízolos a
todos muy amigos de Herodes.
Fué la amistad hecha con tal ley, que los man-
cebos hubiesen de ser en todo muy obedientes
al padre, y que el padre pudiese hacer heredero
del reino a quien quisiese. Habiéndose después
vuelto de Roma el rey, aunque parecía haber
perdonado y excusado de las culpas a sus hijos,
no estaba libre de toda sospecha; porque Anti-
patro proseguía su enemistad, aunque por ver-
güenza de César, que los había hecho amigos,
no osaba claramente manifestarla.
Y como navegando pasase por Cilicia y llegase
a Eleusa recibiólo allí con mucha amistad Ar-
quelao, haciéndole muchas gracias por haber
defendido la causa de su yerno con mucha
alegría y amistad, Porque había escrito a Roma
a todos sus amigos que favoreciesen la causa de
Alejandro; y así lo acompañó hasta Zefirio,
haciéndole un presente de treinta talentos.
Después que hubo llegado a Jerusalén, Herodes
convocó todo el pueblo; estando delante tam-
bién sus tres hijos, dió a todos razón de su par-
tida; hizo muchas gracias primero a Dios, mu-
chas a César porque había quitado toda la dis-
cordia que en su casa había y entre los suyos; y
lo que era principal y de tener en más que no el
reino, porque había puesto amistad entre sus
hijos, la cual dijo que él trabajaría en juntarla
mas estrechamente, "porque César me ha hecho
señor de todo y juez de los que me han de su-
ceder. Yo, pues, ahora, delante de todos, le
hago con todo mi provecho muchas gracias por
ello, y dejo por reyes a mis tres hijos; y de este
parecer y sentencia mía quiero y ruego a Dios
que el primero sea el comprobador, y vosotros
todos después. Al uno manda la edad que sea
alzado por rey después de mí, y a los otros la
nobleza, aunque su grandeza basta para mucho
más. Pues tened reverencia a lo que César os
manda y el padre os ordena, honrándolos a
todos igualmente y con la honra que todos me-
recen, porque no puede darse tanta alegría en
obedecer a uno, cuanto pesar le dará el que lo
menospreciare. Yo señalaré los parientes que
han de estar con cada uno, y los amigos tam-
bién, por que puedan conservarlos en concor-
dia y unanimidad, entendiendo y sabiendo
como cosa muy cierta, que toda la discordia y
contienda que en las repúblicas suelen nacer,
proceden de los amigos, consejeros y domésti-
cos; y si éstos fueren buenos, suelen conservar
el amor y benevolencia. Una cosa ruego, y es
que no sólo éstos, sino los principales de mi
ejército, tengan al presente esperanza en mí
solo, porque no doy a mis hijos el reino aunque
les dé la honra de él, y que se gocen con placer
como que ellos lo rigiesen; el peso de las cosas
y el cuidado de todo, a mi toca, y yo lo he de
proveer todo, aunque querría verme libre de
ello. Considere cada uno de vosotros mi edad y
la orden con que yo vivo, y juntamente la pie-
dad y religión que tengo; porque no soy tan
viejo que se deba tan presto desesperar de mí,
ni estoy tan acostumbrado a placeres ni a delei-
tes, los cuales suelen acabar más presto de lo
que acabarían las vidas de los mancebos, hemos
tenido tanta observancia y honra a Dios eterno,
que creemos haber de vivir mucho tiempo y
muy largos años. Y si alguno, por menosprecio
mío, quisiere complacer a mis hijos, ese me lo
pagará por él y por ellos; porque yo no quiero
dejar de honrar a los que he engendrado, por-
que les tenga envidia, sino por saber que estas
cosas suelen hacer más atrevidos a los mance-
bos y ensoberbecerlos. Si pensaren, pues, los
que los siguen y se dan a ellos, que los que fue-
ren buenos tienen aparejado el galardón y pre-
mio en mi poder, y los malos han de hallar en
aquellos mismos a quienes favorecen castigo de
sus maldades, todos por cierto serán conformes
conmigo, es a saber, con mis hijos; porque a
ellos conviene que yo reine, y a ellos les será
muy gran provecho tenerme a mí por amigo, y
finalmente por padre con gran concordia.
"Y vosotros, mis buenos y amados hijos, poned
delante de vosotros primero a Dios, que es po-
deroso, para mandar a todo fiero animal; dadle
la honra que debéis: después de El, a César, que
nos ha recibido con todo favor y nos ha en él
conservado y a mí terceramente, que os ruego
lo que me es muy lícito mandaros, que perma-
nezcáis siempre como verdaderos hermanos y
muy concordes. De ahora en adelante yo os
quiero dar vestidos y honras reales; quiero que,
como tales, todos os obedezcan, y ruego a Dios
que conserve mi juicio, si vosotros quedáis con-
cordes."
Acabado su razonamiento, saludólos a todos, y
despidió al pueblo: unos se iban deseando que
fuese así, según había Herodes dicho; y los que
deseaban revueltas y mutaciones en los Esta-
dos, fingían no haber oído algo.
Pero no faltó contienda a los hermanos; antes,
sospechando algo peor, apartáronse unos de
otros, porque Alejandro y Aristóbulo no sufrían
bien ver que su hermano Antipatro fuese con-
firmado en el reino; y Antipatro se enojaba
porque sus hermanos fuesen tenidos por se-
gundos; mas éste, según la variedad de sus
costumbres, sabia callar los secretos y encubrir
el odio que les tenía muy secretamente. Ellos,
por verse de noble sangre, osaban decir cuanto
les parecía. Habla también muchos que les
movían e incitaban, otros muchos había que se
les mostraban muy amigos por saber la volun-
tad de ellos. De tal manera pasaba esto, que
cuanto se trataba delante de Alejandro, luego a
la hora estaba delante de Antipatro; y lo mis-
mo, añadiéndole siempre algo, luego también
Herodes lo sabía; y por más que el mancebo
dijese algo, sin pensarlo, luego le era atribuído
a culpa, y trocábanle las palabras en graves
ofensas; y cuando se alargaba en hablar en algo,
luego le levantaban, por poco que fuese lo que
decía, alguna cosa muy mayor.
Antipatro sobornaba siempre algunos que lo
indujesen a hablar, porque sus mentiras tuvie-
sen alguna buena ocasión y mejor entrada; y de
esta manera, habiendo divulgado muchas cosas
falsamente, bastase para dar crédito a todas,
hallar que una fuese verdadera. Pero los ami-
gos de este mancebo, o eran de su natural muy
callados, o con dádivas los hacían callar porque
no descubriesen alguna cosa, ni errasen en algo
si descubrían algún secreto a la malicia de An-
tipatro. Habían corrompido los amigos de Ale-
jandro a unos con dineros, a otros con halagos y
buenas palabras, tentando toda cosa y ganando
la voluntad de tal manera, que los que contra él
hablasen o hiciesen algo, fuesen tenidos por
ladrones secretos y por traidores. Rigiéndose
con gran consejo y astucia en todo, trabajaba
por venir delante de Herodes y dar sus acu-
saciones muy astutamente; y haciendo la per-
sona y partes de su hermano, servíase de otros
malsines sobornados para el mismo negocio. Si
se decía algo contra Alejandro, con disi-
mulación de quererlo favorecer, volvía por él;
luego lo sabía astutamente urdir y traer a tal
punto, que movía y ensañaba al rey contra Ale-
jandro; y mostrando al padre cómo su hijo Ale-
jandro le buscaba la muerte con asechanzas, no
había cosa que tanto lo hiciese creer, ni que
tanta fe diese a sus engaños, como era ver que
Antipatro, trabajaba en defenderlo.
Movido con estas cosas Herodes, cuanto menos
amaba a los otros, tanto más se le acrecentaba
la voluntad con Antipatro. El pueblo también
se inclinó a la misma parte, los unos de grado y
los otros por ser forzados a ello, como fueron
Ptolomeo, el mejor de sus amigos, los hermanos
de¡ rey y toda su generación y parientes. Por-
que todos estaban puestos en Antipatro, y todo
parecía pender de su voluntad; y lo peor y más
amargo para la destrucción de Alejandro, era la
madre de Antipatro, por cuyo consejo se trata-
ba entonces todo.
Era ésta peor que madrastra, y aborrecíales más
que si fueran entenados aquellos que eran hijos
de la que antes había sido reina. Pero aunque la
esperanza era mayor para mover a todos que
obedeciesen a Antipatro, todavía los consejos
de Herodes, que era rey, apartaban los corazo-
nes y voluntades de todos que no se aficionasen
a los mancebos, porque había mandado a los
más cercanos y más amigos que ninguno fuese
con Aristóbulo ni con su hermano, y que nin-
guno les descubriese su ánimo. No sólo se tem-
ían de hacer esto los amigos y domésticos su-
yos, pero aun también los extraños que de fuera
vivían; porque no había César concedido tanto
poder a ningún rey, que le fuese lícito sacar de
todas las ciudades, aunque no le fuesen sujetas,
a todos cuantos mereciesen castigo o huyesen
de él.
Los mancebos no sabían algo de todo aquello
que les habían levantado, y por esta causa los
prendían menos proveídos. Ninguno era acu-
sado ni reprendido por su padre públicamente;
pero templando su ira, hacía que poco a poco
todos lo entendiesen, y también ellos se movían
más ásperamente con el dolor y pena de aque-
llas cosas que les levantaban.
De la misma manera movió a su tío Feroras y a
su tía Salomé contra ellos Antipatro, hablando
con ellos muchas veces muy familiarmente,
como con su mujer propia, por levantarlos con-
tra sus hermanos. Acrecentaba esta enemistad
Glafira, mujer de Alejandro, levantando mucho
su nobleza, y diciendo que ella era señora de
todo aquel reino Y de cuanto en él había, y que
descendía, por parte de padre, de Temeno, y,
por parte de madre, de Darío, hijo de Histaspe,
menospreciaba mucho la bajeza M linaje de la
hermana y mujeres de Herodes, las cuales él
había tomado y escogido por la gentileza que
tenían, y no por la nobleza.
Arriba dijimos ya que Herodes había tenido
muchas mujeres, porque a los judíos les era
cosa lícita, según costumbres de su tierra, tener
muchas, también porque el rey se pudiese de-
leitar con muchas. Por las injurias y soberbia de
Glafira, era aborrecido Alejandro de todos, y
Aristóbulo hizo su enemiga a Salomé, aunque
le fuese suegra, por las malas palabras de Glafi-
ra, porque muchas veces le solía echar en la
cara la bajeza del linaje a la mujer; después
también porque él había tomado una mujer
privada y plebeya, y su hermano Alejandro una
de sangre real. La hija de Salomé contaba todo
esto a su madre derramando muchas lágrimas.
Añadía también, que el mismo Alejandro y
Aristóbulo la habían amenazado que si alcan-
zaban el reino, habían de poner las madres de
los otros hermanos con las criadas, a tejer en un
telar con las mozas; y a ellos por escribanos de
las aldeas y lugares, burlándose de ellos porque
estudiaban.
Movida Salomé con estas cosas, no pudiendo
refrenar su ira, descubrióselo todo a Herodes, y
parecía harto bastante para hablar contra su
yerno.
Además de estas cosas, divulgóse también otra
nueva acusación, la cual movió mucho al rey.
Había oído que Alejandro y Aristóbulo rogaban
y suplicaban muchas veces a su madre, y llora-
ban gimiendo su desdicha, y a veces la malde-
cían, porque dividiendo el rey los vestidos de
Mariamma con las otras mujeres, le amenaza-
ban que presto las harían venir de luto por los
vestidos reales y deleites que entonces tenían.
Con esto, aunque Herodes temiese algo viendo
el ánimo constante de los mancebos, no quiso
desesperar de la corrección de ellos; antes los
llamó a todos, porque él había de partir para
Roma, y habiéndoles, como rey, hecho algunas
amenazas, aconsejóles, amonestando como pa-
dre, muchas cosas, y rogóles que se amasen
como hermanos, prometiendo perdón de lo
cometido hasta entonces, si de allí adelante se
corregían y se enmendaban. Ellos decían que
eran acusaciones falsas y fingidas, que por las
obras podía conocer cuán poca ocasión y causa
tuviese para darles culpa, y que él no debía
creer tan ligeramente, antes debía cerrar sus
oídos y no dar entrada a los que decían mal de
ellos, porque no faltarían jamás malsines, mien-
tras tuviesen cabida en su presencia. Habiendo
amansado la ira del padre con semejantes pala-
bras, dejando el miedo que por la presente cau-
sa tenían, comenzaron a entristecerse y llorar
por lo que esperaban que había de ser. Enten-
dieron que Salomé estaba enojada con ellos, y el
tío Feroras. Ambos eran personas graves y muy
fieras, pero más Feroras, el cual era compañero
del rey en todas las cosas que al rey no perte-
necían, sino sólo en la corona; y era hombre de
cien talentos de renta propia, y tomaba todos
los frutos de las tierras que había de esa otra
parte del Jordán, las cuales le bahía dado gra-
ciosamente su hermano, y Herodes había al-
canzado de César que pudiese ser tetrarca o
procurador, y lo habla honrado dándole en
matrimonio la hermana de su propia mujer,
después de cuya muerte le había prometido la
mayor de sus hijas, y le había dado por dote
trescientos talentos. Pero Feroras había des-
echado el matrimonio real porque tenía amores
con una criada, por lo cual Herodes, enojado,
dió su hija en casamiento al hijo de su hermano,
aquel que fué después muerto por los partos.
Después, no mucho, perdonando Herodes el
error de Feroras, volvieron en amistad; y tenía-
se de éste una vieja opinión, que en vida de la
reina había querido matar a Herodes con pon-
zoña. Pero en este tiempo todos los malsines
tenían cabida, de manera que, aunque Herodes
quisiese estar en amistad con su hermano, to-
davía, por dar algún crédito a las cosas que
había oído, no lo osaba hacer, antes estaba ame-
drentado. Haciendo, pues, examen de muchos,
de los cuales se tenla entonces sospecha, vinie-
ron también al fin a los amigos de Feroras, los
cuales no confesaron algo manifiestamente,
pero solamente dijeron que había pensado huir
con la amiga a los partos, y que Aristóbulo,
marido de Salomé, a quien el rey se la había
dado por mujer después de muerto el primero
por causa del adulterio, era partícipe en esta
¡da, y que él la sabía. No quedó libre Salomé de
acusación, porque su hermano Feroras la acu-
saba que había prometido casarse con Sileo,
procurador de Oboda, rey de Arabia, el cual era
muy enemigo de Herodes; y siendo vencida en
esto y en cuanto más la acusaba Feroras, al-
canzó perdón, y el rey perdonó y libró de todas
las acusaciones a Feroras, con las cuales hubía
sido acusado.
Todas estas revueltas y tempestades se pasaron
a casa de Alejandro, y todo colgó y vino a caer
sobre su cabeza. Tenía el rey tres eunucos mu-
cho más amados que todos los otros, sin que
hubiese alguno que lo ignorase; uno tenía a
cargo de servirle de copa, otro de poner la cena,
y el tercero de la cama, y éste solía dormir con
él. A éstos había Alejandro sobornado con
grandes dones, y habíales ganado la voluntad.
Después que el rey supo todo esto, dióles tor-
mento y confesaron la verdad de todo lo que
pasaba, y mostraron claramente, por cuyo so-
borno y ruegos hablan sido movidos, cómo los
había engañado Alejandro, diciendo que no
debían tener esperanza alguna en Herodes,
vicio malo, aunque él sabía teñirse los cabellos
por que los que le viesen pensasen y lo tuviesen
por mancebo, y que a él debían honrar, pues
que a pesar y a fuerza de Herodes había de ser
sucesor en el reino, y habla de dar castigo a sus
enemigos, y hacer bienaventurados y muy di-
chosos a sus amigos, y entre todos más a ellos
tres. Dijeron también que todos los poderosos
de Judea obedecían secretamente a Alejandro, y
los capitanes de la gente de guerra y los prínci-
pes de todas las órdenes. Amedrentóse Hero-
des tanto de estas cosas, que no osaba manifes-
tar públicamente lo que éstos habían confesado;
pero poniendo hombres que de día y de noche
tuviesen cargo de mirar en ello, trabajaba de
escudriñar de esta manera todo cuanto se decía
y cuanto se trataba, y luego daba la muerte a
cuantos le causaban alguna sospecha.
De esta manera, en fin, fué lleno su reino de
toda maldad y alevosía; porque cada uno fingía
según el odio y enemistad que tenía, y muchos
usaban mal de la ira del rey, el cual deseaba la
muerte a todos sus alevoso3. Todas las menti-
ras eran presto creídas, y el castigo era más
presto hecho que las acusaciones publicadas. Y
al que poco antes había acusado, no faltaba
quien luego le acusase, y era castigado junto
con aquel a quien antes él había acusado, por-
que la menor pena que se daba en los negocios
que tocaban al rey, era la muerte; vino a ser tan
cruel, que no miraba más humanamente a los
que no eran acusados, antes con los amigos se
mostraba no menos airado que con los enemi-
gos. Desterró de esta manera a muchos, y a los
que no llegaba ni podía llegar su poder, a éstos
llegaban sus injurias.
Añadióse después a todos estos malos, Antipa-
tro con muchos de sus parientes y allegados, y
no dejó género alguno de acusación, del cual no
fuesen sus hermanos acusados. Tomó tanto
miedo el rey con la bellaqueria de éste y con las
mentiras de lo sacusadores y malsines, que le
parecía que veía delante de sí a Alejandro como
con una espada desnuda venir contra él, por lo
cual también lo mandó prender a la hora, y
mandó dar tormento a todos sus amigos. Mu-
chos morían pacientemente callando, sin decir
algo de cuanto sabían; otros, los que no podían
sufrir los dolores, mentían diciendo que él hab-
ía entendido en poner asechanzas para matar a
su padre, y que contaba muy bien su tiempo
para que, habiéndolo muerto cazando, huyesen
presto a Roma. Y aunque estas cosas no fuesen
ni verdaderas ni a verdad semejantes, porque
forzados por los tormentos las fingían pronta-
mente sin pensar más en ellas, todavía el rey las
creía con buen ánimo, tomándolo para consola-
ción y respuesta de lo que le podían decir, y de
haber puesto en cárceles a su hijo injustamente.
Pero no pensando Alejandro que había de po-
der acabar de hacer que su padre perdiese la
sospecha que de él tenía, determinó confesar
cuanto le habían levantado; y habiendo puesto
todas sus acusaciones en cuatro libros, confesó
ser verdad que había acechado por dar muerte
a su padre, escribiendo cómo no era él solo en
aquello, sino que tenía muchos compañeros, de
los cuales los principales eran Feroras y Salo-
mé, y que ésta una vez se había juntado con él,
forzándolo una noche contra su voluntad. Ten-
ía, pues, ya Herodes estos libros o informacio-
nes en sus manos, en los cuales había muchas
cosas y muy graves contra los principales del
reino, cuando Arquelao vino a buen tiempo a
Judea temiendo sucediese a su yerno y a su hija
algún peligro, a los cuales socorrió con muy
buen consejo, y deshizo las amenazas del rey,
amansando su ira muy artificiosamente. Porque
en la hora que él entró a ver al rey, dijo gritan-
do a voces altas: "¿Dónde está aquel yerno mío
malvado, o dónde podré yo ver ahora la cabeza
del que quería matar a su padre?, al cual yo
mismo con mis propias manos romperé en par-
tes, y daré mi hija a buen marido; porque aun-
que no es partícipe de tal consejo, todavía está
ensuciada por haber sido mujer de tan mal
varón. Maravíllome mucho de tu paciencia,
Herodes, cuya vida y cuyo peligro aquí se trata,
que viva aún Alejandro, porque yo venía con
tan gran prisa de Capadocia, pensando que
habría ya mucho tiempo que fuera él castigado
y sentenciado por su culpa, para tratar contigo
de mi hija, la cual le había dado a él por mujer,
teniendo a ti sólo respeto y considerando tu
real dignidad. Pero ahora debemos tomar con-
sejo sobre entrambos, aunque tú te muestras
demasiado serle padre, y muestras menos forta-
leza en castigar al hijo que te ha querido matar.
Troquemos, pues, yo y tú las manos, y el uno
tome venganza del otro: castiga tú a mi hija, y
yo castigaré a tu hijo."
De esta manera, aunque Herodes estaba muy
indignado, todavía fué engañado. Presentóle
que leyese los libros que Alejandro le había
enviado; y deteniéndose en pensar sobre cada
capítulo, determinaban ambos juntos sobre ello.
Tomando ocasión con aquello de ejecutar lo
que traía Arquelao pensado, pasó poco a poco
la causa a los demás que en la acusación esta-
ban escritos, y también contra Feroras; y viendo
que el rey daba crédito a cuanto él decía, dijo:
"Aquí se debe ahora considerar que el pobre
mozo no sea acusado con asechanzas de tantos
malos, o si por ventura las ha él armado contra
ti; porque no hay causa para pensar del mance-
bo tan grande maldad como sea así, que él go-
zase ahora del reino, y esperase también la su-
cesión haber de ser en él muy ciertamente, si ya
por ventura no tuvo algunos que lo han movi-
do a ello y le han persuadido tal cosa, los cuales
le han pervertido y aconsejado; y como su
edad, por ser poca, es mudable, hanle hecho
escoger la peor parte; y de tales hombres no
sólo suelen ser los mancebos engañados, sino
aun también los viejos y las casas grandes y de
gran nombre, los señoríos y reinos suelen ser
por tales hombres revuelto¡ y destruídos."
Consentía Herodes en cuanto le decía, y poco a
poco iba perdiendo y amansando su ira contra
Alejandro, enojándose contra Feroras, porque
en él se fundaban aquellos cuatro libros o acu-
saciones que había Herodes recibido de Ale-
jandro.
Cuando aquél entendió que el rey estaba tan
enojado contra él, y que prevalecía con el rey la
amistad de Arquelao, buscó salvarse y darse
cobro desvergonzadamente, pues veía que
honestamente no le era posible; y dejando a
Alejandro, acudió a Arquelao: éste díjole que
no veía ocasión para salvarse de tantas acusa-
ciones como él estaba envuelto, con las cuales
manifiestamente era convencido a confesar
haber querido con tantas asechanzas engañar al
rey, y que él era causa de tantos males y traba-
jos como al presente el mancebo tenía, si ya no
quería, dejando todas sus astucias y su pertina-
cia en negarlo, confesar todo aquello de lo cual
era acusado, y pedir perdón de su hermano
principalmente, pues sabía que él lo amaba, y
que, si esto hacía, él le ayudaría de todas las
maneras que le fuesen posibles.
Obedeció Feroras a Arquelao en todo, y tor-
nando unos vestidos negros, vino llorando por
mostrarse más miserable y moverlo a mayor
compasión, y echóse a los pies de Herodes pi-
diendo perdón, el cual alcanzó confesándose
por malo y muy lleno de toda maldad. porque
todo cuanto le acusaba él lo había hecho, y que
la causa de ello había sido falta de entendi-
miento y locura, la cual tenía por los amores de
su mujer. Después que Feroras se hubo acusado
y fué testigo contra si, entonces tomó la mano
Arquelao por excusarlo, y amansaba la ira de
Herodes, usando en excusarlo de propios
ejemplos; porque él mismo había sufrido de su
hez ano peores cosas y más graves. y que había
tenido en más el derecho natural que la ven-
ganza. Porque en los reinos acontece lo que
vernos en los cuerpos grandes, que con el grave
peso siempre se suele hinchar alguna parte, la
cual no conviene que sea cortada, pero que sea
poco a poco con mucho miramiento curada.
Habiendo hablado Arquelao y dicho
muchas cosas de esta manera, puso amistad
entre Herodes y Feroras, y él todavía mostraba
gran ira contra Alejandro, y decía que se había
de llevar a su hija consigo. Pudo esto tanto con
Herodes, que le movió a rogar él mismo por la
vida de su propio hijo y que le dejase su hija; y
Arquelao mostraba hacerlo esto muy contra su
voluntad, porque no la hubiera él dejado a nin-
guno del reino, si no fuera a Alejandro, pues
convenía mirar mucho en que quedase salvo el
derecho del parentesco y deudo entre ellos,
habiéndole dado a él el rey su hijo si no deshac-
ía el matrimonio, lo que no era ya posible, por-
que tenían ya hijos y el mancebo amaba mucho
a su mujer, la cual, si se la dejaba, sería causa
que todo lo cometido hasta allí fue-se olvidado;
y si se iba, seria causa para desesperar de todo,
y el atrevimiento se suele castigar con distraerlo
en cuidados y amor de su casa.
Fué, en fin, contento, y acabó cuanto quiso;
volvió en gracia y amistad con el mancebo, y
reconciliólo, también en la amistad de su padre;
pero díjole que sin duda lo debía enviar a Ro-
ma, para que hablase con César, porque él le
había dado razón de todo lo que pasaba con sus
cartas.
Acabado, pues, ya todo lo que Arquelao había
determinado, y hecho todo a su voluntad,
habiendo con su consejo librado a su yerno, y
puestos todos en muy gran concordia, vivían,
comían y conversaban todos juntamente. Pero
al tiempo de su partida, Herodes le dió setenta
talentos y una silla y dosel real con mucha per-
lería labrado; dióle también muchos eunucos y
una concubina llamada por nombre Panichis, y
dió muchos dones a todos sus amigos, a cada
uno según el merecimiento. Los parientes tam-
bién del rey, todos dieron muchos dones a Ar-
quelao, y él y los principales señores acom-
pañáronlo hasta Antioquía.
No mucho después vino un otro a Judea mucho
más poderoso que los consejeros de Arquelao,
el cual no sólo hizo que la amistad de Alejandro
con Herodes fuese quebrantada, sino también
fué causa de la muerte del mancebo. Era étsie
de linaje lacón, y llamábase Euricles; estaba
corrompido con deseo de reinar, por amor
grande que tenía del dinero y por avaricia, por-
que ya la Casa Real no podía sufrir sus gastos y
superfluidades. Habiendo éste dado y presen-
tado muchos dones a Herodes, como cebo para
cazar lo que tanto deseaba, habiéndoselos
Herodes vuelto todos muy multiplicados, no
preciaba la liberalidad sin engaño alguno, sino
la mezclaba y la alcanzaba con la sangre real.
Salteó, pues, éste al rey con lisonjas muchas y
con muchas astucias. Entendiendo la condición
de Herodes muy a su placer, obedecíale, tanto
en palabras cuanto en las obras, en todo, por lo
cual vino a ganar con el rey muy grande amis-
tad; porque el rey y todos los principales que
con él estaban, preciaban y tenían en gran esti-
ma al ciudadano de Esparta. Pero cuando él vió
la flaqueza de la Casa Real y las enemistades de
los hermanos, y conoció también qué tal ánimo
tuviese el padre con cada uno de los hijos, po-
saba en casa de Antipatro y engañaba a Alejan-
dro con amistad muy fingida, fingiendo que en
otro tiempo había sido muy anúgo de Arquelao
y muy compañeros; y así también se entró por
esta parte algo más presto, porque luego fué
muy encomendado a Aristóbulo por su herma-
no Alejandro. Y habiendo experimentado a
todos, tomaba a unos de una manera y a otros
cebaba con otra.
Así, primero quiso recibir sueldo de Antipatro
y vender a Alejandro; reprendía a Antipatro,
porque siendo el mayor de sus hermanos, me-
nospreciase a tantos como andaban acechando
por quitarle la esperanza que tenía; reprendía
por otra parte a Alejandro, porque, siendo hijo
de una reina y marido de otra, sufriese que un
hijo de una mujer privada y de poco, sucediese
en el reino, mayormente teniendo tan grande
ocasión con Arquelao, que parecía mostrarle
todo favor y persuadirle lo que para él era me-
jor y más conveniente. Esto lo creía fácilmente
el mancebo, por ver que le hablaba de la amis-
tad de Arquelao. Por lo cual, no temiendo algo
Alejandro, quejábase con él de Antipatro, y
contábase las causas que a ello le movían, y que
no era de maravillar que Herodes les privase
del reino, pues había muerto a la madre de
ellos.
Fingiendo Euricles con esto que se dolía y tenía
compasión de ellos, movió e incitó a Aristóbulo
a que dijese lo mismo, y habiéndolos forzado a
quejarse de su padre, vínose a Antipatro, y
contóselo todo, haciéndole saber las quejas de
sus hermanos. Fingiendo más aun, que sus
hermanos le habían buscado asechanzas por
matarle, y que estaban muy aparejados para
quitarle la vida siempre que pudiesen.
Habiéndole dado por estas cosas Antipatro
mucho dinero, loábalo delante de su padre.
Vino finalmente a comprar la muerte de sus
hermanos Alejandro y Aristóbulo, haciendo él
mismo las partes de acusador; y llegando de-
lante de Herodes, díjole que confesaba deberle
la vida por beneficios que le había hecho, en
pago de los cuales estaba muy pronto por per-
derla; que Alejandro había poco antes pensado
matarlo y se lo había a él prometido con jura-
mento, mas había sido impedido poner por
obra tan gran maldad por causa de la compañ-
ía; que Alejandro decía que Herodes no lo hacía
bien con él, que hubiese venido a reinar en un
reino extraño, y después de matar a su madre,
les hubiese quitado el debido ser de principes,
y con esto aun no contento, había hecho here-
dero un hombre bajo y sin nobleza, y quería dar
a Antipatro, hijo no legítimo, el reino a ellos
debido por sus antepasados y primeros abue-
los; que, por tanto, quería él venir para vengar
las almas de Hircano y de Mariamma; porque
no convenía recibir de tal padre la sucesión del
reino sin darle la muerte, y que cada día era
movido a hacerlo por muchas ocasiones que le
daba, pues no tenía licencia de hablar algo sin
ser engañado y acusado; porque si se trataba de
la nobleza de los otros, era él injuriado sin
razón, diciendo el padre por burla que sólo
Alejandro era noble y generoso, a quien su pa-
dre le es afrenta por falta de nobleza, y que si,
yendo a caza, callaba, ofendía, y si hablaba algo
en sus loores, le decían luego que era engaña-
dor; que en todo hallaba cruel a su padre, el
cual a Antipatro sólo regalaba, por lo cual no
quería dejar de morir si no le sucedían sus ase-
chanzas y engaños como querían, y que si lo
mataba, el primer socorro que había de tener
sería el de Arquelao, su suegro, a quien fácil-
mente podía acudir, y después a César, que
hasta este tiempo ignoraba las costumbres de
Herodes; que no le había ahora de favorecer
como antes había hecho, temiendo la presencia
de su padre, y que no sólo había de hablar de
sus culpas, pero que primero había de contar
las desdichas de la gente, y había de divulgar
que los hacía pechar y pagar tributos hasta la
muerte; que después había de decir en qué pla-
ceres y en qué hechos se gastaban los dineros
que con tantas vidas de hombres y derramando
tanta sangre se han alcanzado; qué hombres y
cuáles han con ellos enriquecido; qué haya sido
la causa de la aflicción de la ciudad, y que en
esto había de llorar y lamentar la muerte de su
abuelo y de su madre, descubriendo todas las
maldades del rey, para que los que las supiesen
no pudiesen juzgar ni tenerlo por matador de
su padre.
Habiendo Euricles dicho todas estas cosas con-
tra Alejandro falsamente, loaba mucho a Anti-
patro, diciendo y afirmando que él era sólo el
que amaba a su padre y el que impedía que las
asechanzas puestas no alcanzasen su fin.
Habiendo el rey oído esto, no teniendo sosega-
do su corazón aun de la sospecha pasada, ni
pasado aún el dolor, fué con ésta de nuevo en
gran manera perturbado.
Alcanzando Antipatro esta ocasión, movió
otros acusadores que acusasen a sus hermanos y
dijesen que los habían visto tratar secretamente
con Jucundo y con Tiranio, principales hombres
de la caballería del rey en otro tiempo, y que
por algunas ofensas hechas ahora, eran des-
echados de su orden.
Movido, pues, y muy enojado Herodes con
esto, mandólos luego poner a tormento; pero
ellos solamente confesaron que no sabían algo
en todo aquello de lo cual les habían acusado.
Fué presentada en este tiempo una carta escrita
como de Alejandro al capitán del castillo de
Alejandría, en la cual le rogaba que se recogiese
con su hermano Aristóbulo en el castillo, si ma-
taban al padre, y los dejase servir tanto de ar-
mas como de todo lo demás que necesidad tu-
viesen. Respondió a esto Alejandro que era
maldad y mentira muy grande de Diofanto, el
cual era notario y escribano del rey, hombre
muy atrevido, astuto y muy diestro en imitar y
contrahacer la letra de cuantas manos quisiese.
Este, a la postre, habiendo escrito muchas cosas
falsamente, murió por esta causa. Habiendo
después atormentado al capitán del castillo,
que arriba dijimos, no pudo Herodes entender
ni alcanzar de éste algo conforme a las acusa-
ciones; pero aunque ninguna certidumbre se
pudiese alcanzar de todo cuanto pedía, todavía
mandó que sus hijos fuesen muy bien guarda-
dos, y dió a Euricles, que era la pestilencia de
su casa y el autor de aquella maldad, cincuenta
talentos, diciendo que le debía mucho y que era
el que le había dado la salud y la vida.
Antes que la cosa se divulgase más, vínose Eu-
ricles corriendo a Arquelao, y dióle a entender
cómo había reconciliado a Herodes con Alejan-
dro, por lo cual recibió también aquí mucho
dinero. Pasando luego de aquí a Acaya, usó de
las mismas maldades y traiciones, pensando
alcanzar más de lo mal ganado, pero a la postre
todo lo perdió; porque fué acusado delante de
César de que había revuelto toda Acaya y ro-
bado las ciudades, por lo cual le desterraron, y
de esta manera le persiguieron ¡as penas que
había hecho padecer a Aristóbulo y Alejandro.
Digna cosa me parece hacer comparación de
Coo Evarato con este Esparciata, del cual
hemos hasta aquí tratado; porque siendo a u'
muy amigo de Alejandro, y habiendo venido en
el el mismo tiempo que estaba Eurieles allí,
pidiéndole el rey que le dijese si sabía algo en
todas aquellas cosas de las cuales eran los man-
cebos acusados, respondió y juró que nunca tal
había oído. Pero no aprovechó esto a los desdi-
chados con Herodes, quien solamente daba
oído a los acusadores y maldicientes, y juzgaba
por muy amigo suyo el que creyese lo mismo
que él creía, y se moviese con las mismas cosas.
Incitaba y movía también Salomé su crueldad
contra los hijos, porque Aristóbulo, por ponerla
en peligro y en revueltas, había enviado a decir
a ésta, que era su tía y suegra, que se proveyese
y mirase por sí; que el rey la quería matar por
haberle otra vez hecho enojo y acechado; por-
que deseando casarse con el árabe Sileo, el cual
sabía ella que era enemigo de Herodes, le des-
cubría secretamente los enemigos del rey. Esto
fué lo postrero y lo mayor, con lo cual fueron
los mancebos atormentados, ni más ni menos
que si fueran arrebatados por un torbellino.
Luego Salomé vino al rey y descubrióle lo que
Aristóbulo le aconsejaba. No pudiendo sufrir el
rey esto, antes encendióse con muy gran ira,
mandó atarlos cada uno por SÍ, y ponerlos
apartados el uno del otro, que fuesen muy bien
guardados.
Después mandó a Volumnio, maestro y capitán
de la gente de guerra, y a un amigo suyo muy
privado, llamado Olimpo, con todas las acusa-
ciones que partiesen para donde César estaba, y
llegado que hubieron a Roma, presentaron las
letras del rey.
A César le pesó mucho por los mancebos, pero
no tuvo bien quitar el derecho y poder que el
padre tiene en los hijos y escribiále que fuese él
de aquella causa justo juez como señor de su
libre albedrío; pero que sería mejor si se queja-
ba de ellos y proponía su causa delante de to-
dos sus parientes cercanos y regidores, queján-
dose de lo que contra él habían cometido, y que
si los hallaba culpados dignamente en aquello
de lo cual eran acusados, en la hora misma los
hiciese morir; pero si hallaba que solamente
habían pensado huir, que se contentase con
pena y castigo mesurado.
Herodes obedeció a lo que César le había escri-
to, y habiendo llegado a Berito, adonde César le
mandaba, juntó su consejo. Fueron presidentes
aquellos a los cuales César había escrito; Satur-
nino y Pedanio fueron legados o embajadores,
y con ellos el procurador Volumnio y los ami-
gos y allegados del rey. También fué con ellos
Salomé y Feroras. Después de éstos, los princi-
pales de Siria, excepto el rey Arquelao, porque
Herodes, o tenía por sospechoso, por ser suegro
de Alejandro.
Pero fue muy cuerdo en no sacar a sus hijos al
juicio, porque sabía que si los vieran, fácilmente
se movieran a misericordia todos los que hab-
ían de juzgarlos, y que si alcanzaban licencia
para responder, Alejandro sólo bastaba para
deshacer todas las acusaciones y cuanto les era
levantado. Estaban, pues, guardados en un lu-
gar llamado Platane, el cual era de los sidonios.
Comenzando, pues, el rey sus acusaciones,
hablaba como si los tuviera delante, y propon-
íales las asechanzas que le habían buscado, algo
temeroso, porque las pruebas para esto falta-
ban; pero decía muchas malas palabras, mu-
chas injurias y afrentas, y muchas cosas que
habían hecho contra él, y mostraba á los jueces
cómo eran cosas aquellas más graves que la
muerte. Al fin, como ninguno le contradijese,
comenzóse a quejar de sí mismo, diciendo que
alcanzaba una victoria muy amarga, pero rogó-
les a todos que cada uno dijese su parecer con-
tra sus hijos. El primero fué Saturnino, que dijo
merecer los mancebos pena, pero no la muerte:
porque no es cosa lícita, ni le era permitido,
teniendo allí presentes tres hijos, condenar a
muerte los hijos de otro. Lo mismo pareció al
otro legado, y a éstos siguieron algunos de los
otros. Volumnio fué el primero que pronunció
la sentencia triste, los demás luego tras él, unos
por envidia, otros por enemistad, y ninguno
dijo que los hijos debían ser sentenciados, por
enojo ni por indignación.
Estaba entonces toda Judea y toda Siria suspen-
sa, aguardando el fin de esta tragedia, pero
ninguno pensaba que Herodes había de ser tan
cruel que matase sus propios hijos.
Herodes trajo consigo a sus hijos a Tiro, y de
allí los llevó luego, poniéndose en una nao has-
ta Cesárea, y comenzó a pensar a qué género de
muerte los sentenciaría. Estando en esto, había
un soldado viejo M rey, llamado por nombre
Tirón, el cual tenía un hijo muy amigo y aliado
con Alejandro; amaba él también mucho a estos
mancebos, y con grande enojo rodeaba la ciu-
dad, y gritaba con la voz muy alta, que la justi-
cia era Pisada y que iba por bajo los pies, la
verdad habla perecido, naturaleza estaba con-
fusa, la vida de los hombres estaba ya muy lle-
na de maldades, y más todo aquello que podía
decir con enojo, menospreciando su vida. Des-
pués osando parecer delante del rey, dijo estas
palabras: «Paréceme ser el más desdichado del
mundo, pues das fe contra tus propios y ama-
dos hijos a los malos hombres del mundo; por-
que Feroras y Salomé tienen crédito contigo en
todo cuanto contra tus hijos dicen, los cuales tú
mismo has muchas veces juzgado por muy
dignos de la muerte. ¿Y no ves que no entien-
den ni tratan otra cosa, sino que, hecho huérfa-
no de tus justos herederos, quedes con solo
Antipatro, deseando alzarse con el reino y
prender al rey? Y piensa si será aborrecido de
todos los soldados Antipatro por la muerte de
sus hermanos. Ninguno hay que no tenga gran
compasión de estos mancebos, y sepas que mu-
chos príncipes están por ello muy enojados, y
trabajan ya en mostrarte el enojo que por ello
tienen." Diciendo estas cosas, nombraba por sus
nombres todos aquellos a los cuales pesaba por
ello y parecía cosa muy indigna y muy injusta.
Entonces un barbero del rey, llamado por nom-
bre Trifón, no sé por qué locura movido, salió
delante de Herodes mostrándose en medio de
todos, y dijo: «A mí me persuadió este Tirón
que cuando te afeitase, te degollase con mi na-
vaja, y me prometía que si lo hiciese, Alejandro
me daría muy grandes dones." Habiendo
Herodes oído estas cosas, mandó prender a
Tirón, a su hijo y al barbero, y mandóles dar
tormento. Como Tirón y su hijo negasen, y el
barbero no dijese ya algo, mandó atormentar
más reciamente a Tirón; y el hijo, movido por
tener gran lástima y piedad de su padre, pro-
metió al rey descubrirle la verdad de todo
cuanto pasaba, si mandaba perdonar a su padre
y que cesasen los tormentos. Habiéndolo hecho
Herodes, después de mandado librar de ello,
dijo el hijo que su padre había tenido voluntad
de matarle, movido para ello por Alejandro.
Bien conocían muchos que esto era fingido por
el hijo, por librar a su padre de la pena y tor-
mentos, aunque otros lo tenían por gran ver-
dad. Pero Herodes, acusando a los príncipes de
sus soldados y a Tirón, movió al pueblo contra
ellos, de tal manera, que todos y el barbero
también murieron a palos y a pedradas, y en-
viando sus hijos ambos a Sebaste, ciudad no
muy lejos de Cesárea, mandólos ahogar, y
puesta diligencia en este negocio, mandólos
traer al castillo Alejandro, después de muertos,
para que fuesen sepultados con Alejandro,
abuelo de ellos de parte de la madre. Este, pues,
fué el fin de la vida de Alejandro y Aristóbulo.
***
Capítulo XVIII
De la conjuración de Antipatro contra su pa-
dre.
Como Antipatro tuviese ya muy cierta espe-
ranza del reino sin contradicción alguna, fué
muy aborrecido por todo el pueblo, sabiendo
todos que él había buscado asechanzas a sus
hermanos por hacerlos morir, y no estaba él
también sin temor muy grande, viendo que los
hijos de los hermanos muertos crecían. Había
dos hijos de Alejandro nacidos de Glafira; el
uno se llamaba Tigranes, y el otro Alejandro.
Había también de Arístóbulo y de Berenice, hija
de Salomé, tres, el uno llamado Herodes, el otro
Agripa, y el otro Aristóbulo, y dos hijas tam-
bién que tuvo, la una llamada Herodia, y la otra
Mariamma. Herodes había dejado a Glafira que
se fuese con todo su dote a Capadocia después
de haber muerto a Alejandro, y dio la mujer de
Aristóbulo, Berenice, a un tío de Antipatro por
mujer; porque Antipatro inventó este casamien-
to por reconciliarle y trabar amistad con Sa-
lorné, que antes solía estar muy enojada contra
él.
También andaba por tomar amistad con Fero-
ras, dándole muchos dones y haciéndole mu-
chos servicios; lo mismo hacía con todos los
que sabía que eran amigos de César, enviando
a Roma mucho dinero. Había dado muchos
dones a Saturnino, con todos los otros que es-
taban en Siria; y cuanto él más daba, tanto más
era aborrecido por todos, porque parecía no dar
tanta riqueza por parecer liberal, cuanto por
gastar todo esto por causa del gran miedo que
tenla. De aquí procedía que no aprovechaba en
la voluntad de aquellos que recibían sus dones,
antes le eran mayores enemigos que aquellos
que no hablan recibido de él algo.
Mostrábase cada día más liberal en repartir las
cosas y en hacer grandes dádivas, viendo cuán,
contra la esperanza que él tenía, Herodes mos-
traba cuidado de los niños huérfanos, y entend-
ía, por la lástima que le veía tener de los hijos,
cuánto le pesase por los muertos. Y habiendo
un día juntado todos sus deudos cercanos y
amigos, estando delante los niños huérfanos,
hinchó sus ojos de lágrimas, y llorando dijo:
"Una desventura muy triste me ha quitado los
padres de éstos; pero la naturaleza y la miseri-
cordia que unos a otros debemos, me enco-
mienda a mí los mozos. Quiero, pues, experi-
mentar y probarme que, pues he sido padre
desdichado y muy desventurado, sea para éstos
bien proveído abuelo, y dejarles he los amigo
míos mayores para que después de yo muerto
los puedan regir. Para esto, pues, prometo, oh
Feroras, tu hija al hijo mayor de Alejandro por
mujer, por que le seas curador y pariente, y a tu
hijo, olí Antipatro, la hija de Aristóbulo, porque
de esta manera serás padre de la huérfana. A su
hermana tomará mi Herodes, descendido de mi
abuelo de parte de madre, que fué pontífice. Y
de estas cosas esta es mi voluntad, y esto dejo
ordenado, a lo cual ninguno de los que me
aman contradiga ni repugne. Y ruego a Dios,
por bien de mi reino y de mis nietos, que los
junte como yo tengo señalado en casamientos, y
que pueda ver a estos hijos mejormente, y lo-
grar de ellos con mejores ojos que no he hecho
de sus padres."
Después de haber hablado estas palabras, lloró
algún poco e hizo que se diesen las manos de-
rechas los muchachos, y saludando a cada uno
de los demás que allí estaban, despidió todo el
consejo y ajuntamiento. Luego Antipatro se
apartó, y no hubo alguno de los mozuelos que
ignorase cuánto pesar hubiese recibido Antipa-
tro por aquello; porque pensaba que su padre le
había quitado parte de su honra, y que en todo
había peligro, si los hijos de Alejandro, además
de tener a su abuelo Arquelao, tenían también
al tetrarca Feroras por curador y ayuda.
Pensaba también y veía cuán aborrecido era de
todo el pueblo, por ver que había quitado la
vida a los padres de aquellos muchachos: con
esto todo el pueblo se movía a gran compasión.
Veía cuán amados eran los muchachos de to-
dos, y cuán gran memoria quedaba a todos los
judíos de los que por su maldad habían sido
muertos. Por tanto, determinó en todas mane-
ras desbaratar aquellos desposorios y ajunta-
mientos. Temió comenzar por su padre, viendo
que estaba muy vigilante y con gran cuidado en
cuanto se hacia; pero atrevióse a venir públi-
camente muy humilde, y pedirle en su pre-
sencia que no lo privase de la honra, que pen-
saba y juzgaba ser él digno, y no le dejase el
sólo nombre de rey, dejando a los otros el se-
ñorío; y no podía él alcanzar el señorío del re-
ino, si aun además del abuelo Arquelao, era
juntado por su suegro con los hijos de Alejan-
dro, Feroras; y rogaba muy ahincadamente y
con gran instancia que, por ser muchos los de la
generación real, mudase aquellos casamientos.
El rey tuvo nueve mujeres: de siete tenía hijos;
de Doris, a Antipatro; de la hija del Pontífice,
llamada Mariamma, tenía a Herodes, y de Mal-
taca de Samaria, a Antipatro y Arquelao; y una
hija llamada Olimpíada que había sido mujer
de su hermano Josefo; y de Cleopatra, natural
de Jerusalén, a Herodes y a Filipo y a Faselo; de
Palada tenía también otras hijas más, Rojana y
Salomé, la una de Fedra, y la otra habida de
Elpide; y dos mujeres sin hijos, la una era su
sobrina, y la otra hija de su hermano: hubo
también de Marianima dos hijas, hermanas de
Alejandro y de Aristóbulo.
Como hubiese, pues, tanta abundancia de hijos
e hijas, deseaba Antipatro que se hiciesen otros
casamientos, y que se juntasen de otra manera.
Entendiendo el rey el ánimo de Antipatro y lo
que tenía en el pensamiento contra los mu-
chachos, hubo muy gran enojo, y fué muy aira-
do, porque pensando en la muerte que había
hecho padecer a sus hijos, temía que ellos en
algún tiempo quisiesen pagarse de las acu-
saciones que Antipatro había hecho contra sus
padres; pero quísolo encubrir, mostrándose
enojado con Antipatro, y diciéndole malas pa-
labras.
Después, movido y persuadido Herodes con las
lisonjas y buenas palabras de Antipatro, mudó
lo que antes había ordenado. Dió primeramente
a Antipatro por mujer la hija de Aristóbulo, y
su hijo a la hija de Feroras. De aquí se puede
sacar muy fácilmente cuánto pudieron las li-
sonjas de Antipatro, no habiendo podido Sa-
lomé antes alcanzar lo mismo en la misma cau-
sa, porque aunque ésta le era hermana y mu-
ches veces se lo había suplicado, poniendo por
medio a Julia, mujer de César, no había querido
permitir que se casase con Sileo el árabe, antes
dijo que la tendría muy enemiga si no dejaba
tal pensamiento y deseo. Después la dió forza-
da y contra su voluntad por mujer a Alejo,
amigo suyo; y de dos hijas suyas dió la una al
hijo de Alejandro, y la otra al tío de Antipatro;
y de las hijas de Mariamma, la una tenía el hijo
de su hermana, Antipatro, y la otra Faselo, hijo
de su hermano. Cortada, pues, la esperanza de
sus pupilos, y juntados los parientes a placer y
provecho de Antipatro, tenía ya muy cierta
confianza; y juntándola con su maldad, no hab-
ía quién lo pudiese sufrir, porque no pudiendo
quitar el odio y aborrecimiento que cada uno te
tenía, ásegurábase con el miedo que se hacía
tener, obedeciéndole también Feroras como a
propio rey.
Movían también nuevos ruidos y revueltas las
mujeres en palacio, porque la mujer de Feroras,
con su madre y hermana y con la madre de
Antipatro, hacían todas éstas muchas cosas
atrevidamente y más de lo que acostumbraban,
osando también injuriar con muchos de nues-
tros a dos hijas del rey, por lo cual era princi-
palmente tenida en poco por Antipatro. Corno,
pues, fuesen muy enojosas y muy aborrecidas
estas mujeres, había otras que le obedecían en
todo y seguían su voluntad: sola era Salomé la
que trabajaba de ponerlas en discordia, y decía
al rey que no se venían a juntar allí por su bien.
Sabiendo las mujeres cómo eran acusadas por
ello y que Herodes había recibido enojo,
guardáronse de allí adelante de juntarse mani-
fiestamente, y no se mostraban tan familiares
unas con otras como antes; fingían delante del
rey que estaban discordes, y andaba de tal ma-
nera este negocio que delante de todos no deja-
ba de ofender Antipatro a Feroras; pero en se-
creto se juntaban y se habían grandes convite y
tenían sus consejos de noche. Por ver esto tan
secreto, se confirmó mucho la sospecha, sa-
biéndolo todo Salomé y contándoselo a Hero-
des. Y anojado por esto en gran manera, prin-
cipalmente contra la mujer de Feroras, porque a
ésta acusaba Salomé más que a las otras, y jun-
tando todos sus amigos y parientes en consejo,
dióles en la cara con las afrentas que había
hecho a sus hijas, además de muchas otras co-
sas que dijo, y que había dado dádivas y mu-
chos dones a los fariseos, por que se levantasen
contra él; y habiendo dado ponzoñas a su her-
mano, y hechizos, lo había puesto en grande
enemistad con él Después, ya a la postre, tor-
nando su habla a Feroras, preguntóle que a
quien quería él más, a su hermano o a mujer,
respondiéndole Feroras que primero carecería
de la vida que de su mujer. Estando incierto de
lo que debía hacer púsose a hablar con Antipa-
tro, y mandóle que no tuviese que hacer con
Feroras ni con su mujer, ni con algo que a ellos
tocase. Obedecíale públicamente a lo que mos-
traba; mas secretamente, de noche estábase con
ellos; y temiendo que Salomé lo hallase, hizo
con los amigos que tenía en Italia que hubiese
de partir para Roma, enviando ellos cartas de
esto, en las cuales también mandó escribir que
poco tiempo después partiese tras él Antipatro,
porque convenía que hablase con César. Por lo
cual Herodes, luego en la hora, lo envió muy en
orden y muy proveído de todo lo necesario,
dándole mucho dinero. Y dióle también que
llevase consigo su testamento en el cual Antipa-
tro estaba constituido rey, y heredero del reino,
por sucesor de Antipatro, Herodes, nacido de
Mariamma, hija del Pontífice.
El árabe Sileo también vino a Roma menospre-
ciando el mandamiento de César, por averiguar
con Antipatro todo aquello que antes había
tratado con Nicolao.
Tenía éste con Areta, su rey, una grave con-
tienda, cuyos amigos él habla muerto; y a Soe-
mo, en la ciudad llamada Petra, el cual era
hombre muy poderoso; y habiendo dado dine-
ro a Fabato, procurador de César, teníale por
que lo favoreciese; pero dando Herodes mayor
cantidad de dineros a Fabato, lo desvió de Si-
leo, y por vía de éste pedía lo que César man-
daba. Como aquél le hubiese dado muy poco o
casi nada, acusaba a Fabato delante de César
diciendo que era dispensador, no de lo que a él
convenía, pero de lo que fuese en provecho de
Herodes. Movido a saña Fabato con estas cosas,
siendo tenido aún por muy honrado por Hero-
des, manifestó los secretos de Sileo, y descu-
brióselos al rey diciendo que Sileo había co-
rrompido con dinero a Corinto, su guarda, y
que convenía mucho mirar por sí y tomar a éste
preso. No dudó Herodes en hacerlo, porque
este Corinto, aunque hubiese sido criado siem-
pre en la Corte del rey, todavía era árabe de su
natural. Poco después mandó no a éste solo,
sino prendió también con él a otros dos árabes,
el uno llamado Filarco, y el otro grande amigo
de Sileo. Puesta la causa de éstos en juicio, con-
fesaron que habían acabado con Corinto,
dándole mucha cantidad de dineros, que mata-
se a Herodes; disputada también esta causa por
Saturnino, regidor entonces de Siria, fueron
enviados a Roma.
***
Capítulo XIX
De la ponzoña que quisieron dar a Herodes, y
cómo fué hallada.
Herodes en este tiempo apretaba mucho a Fe-
roras que dejase a su mujer, y no podía hallar
manera para castigarla, teniendo muchas cau-
sas para ello; hasta tanto que, enojado en gran
manera contra ella y contra el hermano, los
echó a entrambos. Habiendo recibido Feroras
esta injuria y sufriéndola con buen ánimo,
vínose a su tetrarquía, jurando que sólo la
muerte de Herodes había de ser fin de su des-
tierro, y que no le había de ver más mientras
viviese. Por esto no quiso venir a ver a su her-
mano, aunque fuese muy rogado, estando en-
fermo, queriéndole aconsejar algunas cosas, por
pensar ya que su muerte era llegada; pero con-
valeció, sin que de ello se tuviese esperanza.
Cayendo Feroras en enfermedad, mostró Hero-
des con él su paciencia; porque vínole a ver y
quiso que fuese muy bien curado; pero no pu-
do vencer ni resistir a la dolencia, con la cual
dentro de pocos días murió. Y aunque Herodes
amó a éste hasta el postrer día de su vida, to-
davía fué divulgado que él había muerto con
ponzoña. Trajeron su cuerpo a Jerusalén, con el
cual la gente hizo gran llanto e hizo que fuese
muy noblemente sepultado; y así este matador
de Alejandro y Aristóbulo feneció su vida.
Pasóse la pena y castigo de esta maldad en An-
tipatro, autor de ella, tomando principio en la
muerte de Feroras: porque como algunos de
sus libertos se hubiesen presentado muy tristes
al rey, decían que su hermano Feroras había
sido muerto con ponzoña, porque su mujer le
había dado cierta cosa a comer, después de la
cual luego había caído enfermo; que dos días
antes había venido de Arabia una mujer hechi-
cera, llamada por su madre y su hermana, para
que diese a Feroras un hechizo amatorio, y que
en lugar de aquél le había dado ponzoñoso, por
consejo de Sileo, como muy conocida suya.
Estando el rey muy sospechoso por estas cosas,
mandó prender algunas de las libertas y ator-
mentarlas; y una de ellas, impaciente por el
gran dolor, dijo con alta voz: "Dios, Regidor del
cielo y de la tierra, tome venganza en la madre
de Antipatro, que es causa de todas estas co-
sas." Pero sabido por principio esto, trabajaba
por alcanzar la verdad y descubrir todo el ne-
gocio. Descubriále la mujer la amistad de la
madre de Antipatro con Feroras y con sus mu-
jeres, y los secretos ayuntamientos que hacían;
y que Feroras y Antipatro, viniendo de hablar
con él, acostumbraban estarse toda la noche
bebiendo juntamente ellos solos, echando todos
los criados y criadas fuera. Una de las libertas
presas descubrió todo esto: y siendo atormen-
tadas todas las otras, mostróse cómo unas con
otras enteramente concordaban, por la cual
cosa adrede habla Antipatro puesto diligencia
en venirse a Roma, y Feroras de la otra parte
del río: porque muchas veces habían ellos di-
cho, que después de la muerte de Alejandro y
Aristóbulo, había Herodes de pasar a hacer
justicia de ellos y de sus mujeres; pues era im-
posible que quien no había perdonado ni deja-
do de matar a Mariamma y a sus hijos, pudiese
perdonar a la sangre de los otros, y que, por
tanto, era mucho mejor huir y apartarse muy
lejos de bestia tan fiera.
Muchas veces había dicho Antipatro a su ma-
dre, quejándose de que él estaba ya viejo y
blanco, y su padre de día en día se volvía más
mancebo, que por ventura moriría primero que
comenzase a reinar, o que si moría después
poco tiempo le podía durar el gozo de suceder-
le por rey. Además, que as cabezas de aquella
hidra se levantaban ya, es a saber: los hijos de
Alejandro y de Aristóbulo, y que por causa
también de su padre, había perdido él la espe-
ranza de tener hijos que fuesen algo, pues no
había querido dejar la sucesión del reino, sino
al hijo de Mariamma. Que en esto ciertamente
él no atinaba, antes era muy gran locura, por lo
cual no se debía creer su testamento; y que él
trabajarla que no quedase raza de toda su gene-
ración. Y como fuese mayor el odio que tenía
contra sus hijos, que tuvieron jamás cuantos
padres fueron, tenía aún mayor odio, y mucho
más aborrecía a sus hermanos propios. Que
ahora postreramente le había dado cien talen-
tos, por que no hablase con Feroras: y como
Feroras dijese: "¿Qué daño le hacemos noso-
tros?" Antipatro habla respondido: "Pluguiese a
Dios que nos lo quitase todo, y nos dejase a lo
menos vivir."' Pero no era posible que alguno
huyese de las manos de bestia tan mortífera y
tan Ponzoñosa, con la cual aun los muy amigos
no podían vivir. Ahora, pues, nos habemos
juntado aquí secretamente, licito nos será y po-
sible mostrarnos a todos si somos hombres y si
tenemos espíritu y manos.
Estas cosas manifestaron y descubrieron aque-
llas criadas estando en el tormento, y que Fero-
ras habla determinado huir con ellas a Petra.
Por lo que dijeron de los cien talentos, Herodes
las creyó: porque a solo Antipatro había él
hablado de ellos. La primera en quien mostró
Herodes su furor y saña, fué la madre de Anti-
patro; y desnudándola de todos cuantos orna-
mentos le había dado, comprados con mucho
tesoro, la echó de sí y abandonóla. Amansán-
dose después de su ira, consolaba las mujeres
de Feroras de los tormentos que habían padeci-
do; pero tenía siempre gran temor y estábase
muy amedrentado: movíase fácilmente con
toda sospecha, y daba tormento a muchos que
estaban sin culpa alguna, por miedo de dejar
entre ellos alguno de los que estaban culpados.
Después vuelve su enojo contra el samaritano
Antipatro, el cual era procurador de Antipatro;
y por los tormentos que le dio, descubrió que
Antipatro se habla hecho traer de Egipto, para
matarlo, cierto veneno y ponzoña muy pesti-
lencial por medio de un amigo de Antifilo; y
que Theudion, tío de Antipatro, lo habla recibi-
do y dado a Feroras, a quien Antipatro había
encomendado y dado cargo de matar a Hero-
des, entretanto que él estaba fuera de allí, por
evitar toda sospecha, y que Feroras había dado
la ponzoña a su mujer para que la guardase.
Mandando el rey llevarla delante de sí, mandó-
le que trajese lo que le había sido encomenda-
do. Ella entonces, saliendo como para traer
aquello que le había sido pedido, dejóse caer
del techo abajo por excusar todas las pruebas y
librarse de todos los tormentos. Pero la provi-
dencia de Dios, según fácilmente se puede juz-
gar, quiso, por que Antipatro lo pagase todo,
salvarla, y hacer que cayendo no diese de cabe-
za, pero de lado solamente, con lo cual se libró
de la muerte.
Traída delante del rey cuando había ya cobrado
salud, porque aquel caso la había turbado mu-
cho, preguntándola por qué se había así echa-
do, prometiéndola el rey que la perdonaría si le
contaba toda la verdad del negocio y que si
preciaba más decirle falsedades, había de qui-
tarle la vida y despedazar su cuerpo con tor-
mentos, sin dejar algo para la sepultura, calló
ella un poco, y después dijo: "¿Para qué guardo
yo los secretos, siendo muerto Feroras y
habiendo de servir a Antipatro que nos ha
echado a perder a todos? Oye, rey, lo que ¡quie-
ro decirte, y quiero que Dios me sea testigo de
lo que diré, el que no es posible sea engañado.
Estando sentada cabe de Feroras a la hora de su
muerte, llamóme en secreto que me llegase a él,
y díjome: «Sepas, mujer, que me he engañado
en gran manera con el amor de mi hermano,
porque he aborrecido un hombre que tanto me
amaba y había pensado » matarle, doliéndose él
tanto de mí, aunque no soy aun muerto y te-
niendo tan gran dolor; pero yo me llevo el
premio de tan grande crueldad como he usado
con él: tráeme presto la ponzoña que tú guar-
das, aquella que Antipatro nos dejó, y derráma-
la delante de mi, por que no lleve mi conciencia
ensuciada de tal maldad, la cual tome de mí
venganza en los infiernos." Hice lo que me
mandaba; trájesela y eché gran parte de ella en
el fuego delante de él mismo; guardéme algo de
ella, para casos que suelen acontecer y por te-
mor que tenía de ti."
Habiendo puesto fin a sus palabras, mostró una
bujeta adonde lo tenía reservado: y el rey en-
tonces pasó aquella contienda a la madre y
hermano de Antifilo. Estos confesaban también
que Antifilo había traído aquella bujeta consigo
de Egipto, y que habla habido aquella ponzoña
de un hermano suyo, que era médico en Ale-
jandría.
Las almas de Alejandro y de Aristóbulo busca-
ban todo el reino por descubrir las cosas que
estaban muy encubiertas, y hacían venir a pro-
bar su causa a los que de ellos estaban muy
apartados y eran más ajenos, de toda sospecha.
Pensó, finalmente, que también sabía su parte
en estos consejos y tratos la hija del Pontífice
Ramada Marianima: porque esto fué des-
cubierto después que sus hermanos fueron
atormentados. Y el rey castigó el atrevimiento
de la madre con la pena que dió al hijo, quitan-
do de su testamento a su hijo Herodes, el cual
había quedado por heredero del reino.
***
Capítulo XX
De cómo fueron halladas y vengadas las trai-
ciones y maldades de Antipatro contra Hero-
des.
No hubo tampoco de faltar en la prueba de
estas cosas, por resolución y fe de todo lo pro-
bado contra Antipatro, Batilo, su liberto, el cual
trajo consigo otra ponzoña, es a saber, veneno
de serpientes muy ponzoñosas, para que si el
primero no aprovechase, pudiese Feroras y su
mujer armarse con este otro. Este mismo,
además del atrevimiento que había emprendi-
do contra su padre, tenía como obra consi-
guiente a su empresa las cartas compuestas por
Antipatro con sus hermanos.
Estaban en este tiempo en Roma estudiando
Arquelao y Filipo, mozuelos ya de grande áni-
mo y nietos del rey, deseando Antipatro quitar-
les de allí, porque le estorbaban la esperanza
que tenía, fingió ciertas cartas contra ellos él
mismo, en nombre de los amigos que vivían en
Roma, y habiendo corrompido algunos de ellos,
les persuadió a escribir que estos mozos decían
mucho mal de su abuelo y se quejaban públi-
camente de la muerte de sus padres Alejandro
y Aristóbulo, y sentían mucho que Herodes tan
presto los llamase, porque había mandado ya
que se volviesen, por lo cual Antipatro tenía
gran pesar. Antes que partiesen, estando Anti-
patro aun en Judea, enviaba mucho dinero a
Roma por que escribiesen tales cartas: y vi-
niendo a su padre por evitar toda sospecha,
fingía razones para excusarlos, diciendo que
algunas cosas se habían escrito falsamente, y las
otras se les debían perdonar como a mozos,
porque eran liviandades de mancebos.
En este mismo tiempo trabajaba por encubrir
las señales y apariencia que manifiestamente se
mostraban, de los gastos que hacía en dar tanto
dinero a los que tales cartas escribían: traía muy
ricos vestidos, muchos atavíos muy galanos;
compraba muchos vasos de oro y de plata para
su vajilla, porque con estos gastos disimulase y
encubriese los dones que había dado a los falsa-
rios de aquellas cartas. Hallóse que había gas-
tados en estas cosas doscientos talentos, y la
causa y ocasión de todo esto había sido Sileo.
Pero todos los males estaban cubiertos con el
mayor; y aunque los tormentos que habían da-
do a tantos gritasen y publicasen cómo había
querido matar a su padre, y las cartas mostra-
ban claramente que habla hecho matar a sus
hermanos, no hubo algunos de cuantos venían
de Judea que le avisase, ni le hiciese saber en
qué estado estaban las cosas de su casa, aunque
en probar esta maldad y en su vuelta de Roma,
habían pasado siete meses, tan aborrecido era
por todos; y acaso los que tenían voluntad de
descubrirlo, se lo callaban por instigación de las
almas de los hermanos muertos.
Envió cartas de Roma que luego vendría,
haciendo saber con cuánta honra le había César
dado licencia para que se volviese; pero dese-
ando el rey tener en sus manos a este ace-
chador, temiendo que se guardase si por ventu-
ra lo sabía, él también fingió gran amor y bene-
volencia en sus cartas, escribiéndole muchas
cosas; y la que principalmente le encargaba, era
que trabajase en que su vuelta fuese muy pre-
sto: porque si daba prisa en su venida, podría
apaciguar la riña que tenía con su madre, la
cual sabía bien Antipatro que había sido des-
echada.
Había recibido, estando en Trento, una carta en
la cual le hacían saber la muerte de Feroras, y
había llorado mucho por él y esto parecía bien a
algunos que se doliese del tío, hermano de su
padre; pero, según lo que se podía entender, la
causa de aquel dolor era porque sus asechanzas
y tratos no le habían sucedido a su voluntad; y
no lloraba tanto la muerte de Feroras por serie
tío, como por ser hombre que había entendido
en aquellos maleficios, y era bueno para hacer
otros tales.
Estaba también amedrentado por las cosas que
había hecho, temiendo fuese hallado o sabido
por ventura lo que había tratado de la ponzoña.
Y como estando en Cilicia le fuese dada aquella
carta de su padre, de la cual hemos hablado
arriba, apresuraba con gran prisa su camino;
pero después que hubo llegado a Celenderis,
vínole cierto pensamiento d su madre, adivi-
nando su alma ya por sí misma todo lo que d
verdad pasaba. Los amigos más allegados y
más prudentes le aconsejaban que no se juntase
con su padre antes de saber ciertamente la cau-
sa por la cual había sido echada su madre por-
que temían que se añadiese algo más a los pe-
cados de si madre. Los menos prudentes y más
deseosos de ver a su tierra que de mirar y con-
siderar el provecho de Antipatro, aconsejábanle
que se diese prisa, por no dar ocasión de sospe-
char alzo viendo que se tardaba, y por que los
malsines no tuviesen lugar para calumniarlo.
Que si hasta allí se había hecho o movido algo,
era por estar él ausente, porque en su presencia
no había alguno que tal osara hacer; y que pa-
recía cosa muy fea carecer de bien cierto por
sospecha incierta, y no presentarse a su padre,
y recibir el reino de sus manos, el cual pendía
de él solo.
Siguió este parecer Antipatro, y la fortuna lo
echó a Sebaste, puerto de Cesárea, donde vióse
en mucha soledad, porque todos huían de él y
ninguno osaba llegársele. Porque aunque siem-
pre fué igualmente aborrecido, sólo entonces
tenían libertad para mostrarle la voluntad y el
odio.
Muchos no osaban venir delante U rey por el
miedo que tenían, y todas las ciudades estaban
ya llenas de la venida de Antipatro y de sus
cosas. Sólo Antipatro ignoraba lo que se trataba
de él.
No había sido hombre más noblemente acom-
pañado hasta allí, que él en su partida pira Ro-
ma, ni menos bien recibido a su vuelta. Sabien-
do él las muertes que habían pasado en los de
su casa, encubríalas astutamente; y muerto casi
de temor dentro el corazón, mostraba a todos
gran contentamiento en la cara. No tenla espe-
ranza de poder huir, ni podía salir de tantos
males de que cercado estaba. No había hombre
que le dijese algo de cierto de todo cuanto en su
casa se trataba, porque el rey lo había prohibido
bajo muy gran pena. Así, estaba una vez con
esperanza muy alegre, haciendo creer que no se
había hallado algo, y que si por dicha se había
algo descubierto, con su atrevida desvergüenza
lo excusaría, y con sus engaños, los cuales le
eran como instrumentos para alcanzar salud.
Armados, pues, con ellos, vínose al palacio con
algunos amigos, los cuales fueron echados con
afrenta de la puerta primera.
Quiso la fortuna que Varrón, regidor de Siria,
estuviera allí dentro; y entrando a ver a su pa-
dre, con atrevimiento grande, muy osado,
llegábase cerca como por saludarlo. Echándole
Herodes, inclinando su cabeza a una parte un
poco, dijo en voz alta: "Cosa es ésta de hombre
que quiere matar a su padre, quererme ahora
abrazar estando acusado de tantos maleficios y
maldades. Perezcas, mal hombre impío, y no
me toques antes de mostrarte sin culpa y excu-
sarte de tantas maldades como eres acusado.
Yo te daré juicio y por juez a Varrón, el cual se
halló aquí a buen tiempo. Vete, pues, de aquí
presto, y piensa cómo te excusarás para maña-
na; porque según tus maldades y astucias,
pésame darte tanto tiempo."
Amedrentado mucho Antipatro con estas cosas,
no pudiendo responderle palabra, volvió el
rostro y fuése. Como su madre y mujer le vinie-
sen delante, contáronle todas las pruebas que
había hechas contra él: y él, volviendo entonces
en sí, pensaba de qué manera se defendería.
Al otro día, juntando el rey consejo de todos
sus amigos y allegados, llamó también los ami-
gos de Antipatro; y estando él sentado junto a
Varrón, mandó traer todas las pruebas y testi-
gos contra Antipatro, entre los cuales había
también unos que estaban ya presos de mucho
tiempo, esclavos de la madre de Antipatro, los
cuales habían traído de ésta ciertas cartas al
hijo, escritas de esta manera:
"Porque tu padre entiende todas aquellas cosas,
guárdate de venirte cerca, si no hubieres soco-
rro de César."
Traídas, pues, estas cosas y muchas otras, entró
Antipatro, y arrodillándose a los pies de su
padre, dijo: «Suplícote, padre mío, no quieras
juzgar de mí algo antes de dar oído y escuchar
primero mi satisfacción enteramente; porque si
tú quieres, yo mostraré y probaré mi disculpa."
Entonces, mandándole con alta voz que callase,
habló con Varrón lo siguiente:
"Ciertamente sé que tú, Varrón, y cualquier
otro juez juzgará a Antipatro por digno de la
muerte. Terno mucho que tú mismo aborrezcas
mucho mi fortuna, y me tengas por digno de
toda desdicha, porque he engendrado tales
hijos: pues por esta causa has de tener mayor
compasión de mí por haber sido tan misericor-
dioso contra tan malos hombres: porque siendo
aún aquellos dos primeros muy mozos, yo les
había hecho donación de mi reino: y habiéndo-
les hecho criar en Roma, habíalos puesto en
gran amistad con César; pero aquellos que hab-
ía puesto para que imitasen a otros reyes, los he
hallado enemigos de mi salud y de mi vida,
cuyas muertes han aprovechado mucho a Anti-
patro: a éste buscaba seguridad, principalmente
por haber de serme sucesor en el reino y por ser
mancebo. Pero esta bestia, habiendo experi-
mentado en mí más paciencia de la que debía
yo mostrarle, quiso echar en mí su hartura; y
parecíale vivir yo más de lo que le convenía, no
pudiendo sufrir mi vejez, por lo cual no quiso
ser hecho rey sin que primero matase a su pa-
dre. Muy bien entiendo de qué manera vino a
pensar esto, porque le saqué ¿el puesto donde
estaba, menospreciando y echando los hijos que
me habían nacido de la reina, y le había decla-
rado por Vicario mío en mi reino, y después de
mí por rey. Confiésote, pues, a ti, Varrón, en
esto, el error grande que tenía asentado en mi
entendimiento. Yo he movido estos hijos contra
mí, pues por hacer favor a Antipatro, les corté
todas las esperanzas. ¿Qué me debían los otros,
que no me debiese éste mucho más? Habiéndo-
le concedido casi todo mi poder y mando, aun
viviendo yo dejándole por heredero de todo mi
reino, y además de haberle dado renta ordena-
da de cincuenta talentos cada año, cada día le
hacía todos sus gastos con mis dineros, y
habiéndose de ir para Roma, ahora le di tres-
cientos talentos; y encomendélo a él sólo, como
guarda de su padre, a César. ¡Oh! ¿Qué hicie-
ron aquellos que fuese tan gran maldad, como
las de Antipatro? ¿Qué indicios o pruebas tuve
yo de aquellos, así corno tengo de las cosas de
éste? Y aun de éste puedo probar que ha osado
hacer algo el matador de su padre y perverso
parricida, para que tú, Varrón, te guardes, pues
aun piensa encubrir la verdad con sus engaños.
Mira que yo conozco bien esta bestia, y veo ya
de lejos que ha de defenderse con razones se-
mejantes a verdad, y que te ha de mover con
sus lágrimas. Este es el que en otro tiempo me
solía amonestar que me guardase de Alejandro
entretanto que vivía, y que no fiase mi cuerpo
de todos; éste es el que solía entrarse hasta mi
cámara, y mirar que alguno no me tuviese
puestas asechanzas: éste era el que me guarda-
ba mientras yo dormía: éste me aseguraba: éste
me consolaba en el llanto y dolor de los muer-
tos: éste era el juez de la voluntad de los her-
manos que quedaban en vida: éste era mi de-
fensa y mi guarda. Cuando me acuerdo, y me
viene al pensamiento, Varrón, su astucia, y
cómo disimulaba cada cosa, apenas puedo cre-
er que estoy en la vida y me maravillo mucho
de qué manera he podido quitar y huir un
hombre que tantas asechanzas me ha puesto
por matarme. Pero pues mi desdicha levanta y
revuelve mi propia sangre contra mí, y los más
allegados me son siempre contrarios y muy
enemigos, lloraré mi mala dicha y geniiré mi
soledad conmigo mismo. Pero ninguno que
tuviere ser de mi sangre me escapará, aunque
haya de pasar la venganza por toda mi genera-
ción."
Diciendo estas cosas, hubo que cortar su habla
y callar por el gran dolor que le confundía; pero
mandó a uno de sus amigos, llamado Nicolao,
declarar todas las pruebas que se habían halla-
do contra Antipatro. Estando en esto, levantó
Antipatro la cabeza, y quedando arrodillado
delante de su padre, dijo con alta voz: "Tú, pa-
dre mío, has defendido mi causa, porque, ¿de
qué manera había yo de buscarte asechanzas
para darte la muerte, diciendo tú mismo que
siempre te he guardado y defendido? Y si el
amor y la piedad mía para ti, mi padre, dices
que ha sido fingida y cautelosa, ¿cómo he sido
en todas las cosas tan astuto, y en esta sola tan
simple y sin sentido, que no entendiese que si
los hombres no alcanzaban tan gran maldad, no
podía serle escondida al juez celestial, el cual
está en todo lugar, y de allá arriba lo ve y mira
todo? Por ventura, ¿ignoraba yo lo que mis
hermanos debían hacer, de los cuales Dios ha
tomado venganza manifiestamente, porque
pensaban mal contra ti? ¿Pues qué cosa ha ha-
bido por la cual hubiese de ofenderme tu sa-
lud? ¿La esperanza de reinar? No, porque ya yo
reinaba. ¿La sospecha de ser aborrecido? Me-
nos, porque antes era muy amado. Por ventura,
¿algún miedo que yo tuviese de ti? Antes por
guardarte, los otros huyen de mí, y me temían.
Por ventura, ¿fué causa la pobreza? Mucho
menos, porque, ¿quién hubo que tanto despen-
diese, y quién más a su voluntad?
"Si yo fuera el más perdido hombre del mundo,
y tuviese, no ánimo de hombre, sino de bestia y
muy cruel, debía ciertamente ser vencido con
los beneficios tantos y tan grandes que de ti he
recibido como de padre verdadero, habiéndo-
me, según tú has dicho' puesto en tu gracia y
tenido en más que a todos los otros hijos,
habiéndome declarado en vida tuya por rey, y
con muchos otros bienes muy grandes que me
has concedido, has hecho que todos me tuvie-
sen envidia. ¡Oh, desdichado yo y amarga par-
tida y peregrinaje mío! ¡Cuánto tiempo y cuán-
to lugar he dado a mis enemigos para ejecutar
su mala voluntad y envidia contra rní! Pero,
padre mío, por ti y por tus cosas me había ya
ido, por que no menospreciase Sileo tu vejez
honrada; Roma es testigo del amor y piedad
mía de verdadero hijo, y el príncipe y señor del
universo, César, el cual me llamaba muchas
veces amador de mi padre
"Toma, padre, estas cartas suyas. Estas son más
verdaderas que no las acusaciones fingidas
contra mí; con ellas me defiendo. Estos son ar-
gumentos y señal muy cierta de mi amor y afi-
ción de hijo. Acuérdate cuán forzado y cuán a
mi pesar haya partido de aquí, sabiendo clara-
mente las enemistades que muchos tienen
con-migo. Tú, oh padre, me has echado a per-
der imprudentemente y sin pensarlo. Tú has
sido causa que diese yo tiempo y ocasión a to-
das las acusaciones contra mí; pero quiero venir
a las señales que de ello tengo; todos me ven
aquí presente, sin haber sufrido ni en la tierra
ni en la mar algo que sea digno de un hijo que
quiere matar a su padre; pero no me excuses
aún ni me ames por esto, porque yo sé que soy
delante de Dios y delante de ti, mi padre, con-
denado. Y corno tal te ruego que no des fe a lo
que los otros han confesado en sus tormentos;
venga el fuego contra mí, abráseme las entrañas
y desháganlas a pedazos los instrumentos que
suelen dar pena; no perdones a cuerpo tan ma-
lo, porque si yo soy matador de mi padre, no
debo escapar sin gran pena y sin gran tormen-
to."
Diciendo con gritos y voces altas lo presente,
derramando muchas lágrimas y dando gemi-
dos, movió a todos, y a Varrón también, a mise-
ricordia; sólo Herodes, con la gran ira que ten-
ía, no lloraba, estando tan bien visto en la ver-
dad de aquel negocio y en las pruebas.
Nicolao dijo allí muchas cosas, por mandado
del rey, de las astucias y maldades de Antipa-
tro, con las cuales quitó la esperanza de tener
de él misericordia, y comenzó una grave acusa-
ción, imputándole todos los maleficios y mal-
dades que se habían hecho en el reino, pero
principalmente las muertes de sus hermanos,
las cuales mostraba haber acontecido por ca-
lumnias de él, y que, no contento con ellas, aun
acechaba a los que vivían, como que le hubie-
sen de quitar la herencia y sucesión en el reino.
Porque aquel que da ponzoña a su padre, mu-
cho más fácilmente y con menos miedo la daría
a sus hermanos. Viniendo después a probar la
verdad de la ponzoña, mostraba las confesiones
por su orden, aumentando también la maldad
de Feroras, como que Antipatro le hubiera
hecho matador de su hermano; y habiendo co-
rrompido los mayores amigos del rey, había
henchido de maldad toda la Casa Real.
Habiendo dicho, pues, estas y muchas cosas
tales, y habiéndolas todas probado, acabó.
Mandó Varrón a Antipatro que respondiese, al
cual no :respondió ni dijo otra cosa sino "Dios
es testigo de mi inocencia y disculpa". Y estan-
do echado en tierra, humilde y callado, pidió
Varrón la ponzoña, y dióla a beber a uno de los
condenados a morir; y siendo en la misma hora
muerto, habiendo hablado algo en secreto con
Herodes,- escribió todo lo que se había tratado
en el Consejo, y al otro día después se partió de
allí. Pero el rey, con todo esto, dejando a Anti-
patro muy auen recaudo, envió embajadores a
César, haciéndole saber lo que se había tratado
de su muerte.
También era acusado Antipatro de que había
acechado a Salomé Por matarla. Había venido
un criado o esclavo de Antifilo, de Roma, con
cartas de una cierta criada de Julia, llamada
Acmes, con las cuales le hacía saber al rey cómo
entre las cartas de Julia se hablan hallado cier-
tas cartas de Salomé, escritas por mostrarle la
buena voluntad que le tenía. En las cartas de
Salomé había muchas cosas dichas malamente
contra el rey, y muy grandes acusaciones; pero
todo esto era fingido por Antipatro, el cual,
habiendo dado mucho dinero a Acmes, la había
persuadido que las escribiese y enviase a Hero-
des, porque la carta escrita por esta mujercilla
lo manifestó, cuyas palabras eran éstas: "Yo he
escrito a tu padre, según tu voluntad, y le he
enviado otras cartas, con las cuales ciertamente
sé que el rey no te podrá perdonar si las viere y
le fueren leídas. Harás muy bien si después de
hecho todo, te tienes a lo prometido y te acor-
dares de ello." Hallada esta carta y todo lo que
fué fingido contra Salomé, vínole al rey el pen-
samiento de que fuese por ventura muerto Ale-
jandro por falsas informaciones y cartas fingi-
das; y fatigábase pensando que casi hubiera
muerto a su hermana por causa de Antipatro.
No quiso, pues, esperar más ni tardar en tomar
venganza y castigo de todo en Antipatro; pero
sucedióle una dolencia muy grave, la cual fué
causa de no poder poner por obra ni ejecutar lo
que había determinado.
Envió, con todo, letras a César, haciéndole sa-
ber lo de la criada Acrnes, y de lo que habían
levantado a Salomé; y por esto mudó su testa-
mento, quitando el nombre de Antipatro. Hizo
heredero del reino a Antipa, después de Arque-
lao y de Filipo, hijos mayores, porque también
a éstos habla acechado Antipatro y acusado
falsamente. Envió a César, además de muchos
otros dones y presentes, mil talentos, y a sus
amigos libertos, mujer e hijos, casi cincuenta;
dió a todos los otros muchos dineros y muchas
tierras y posesiones; honró a su hermana Sa-
lomé con dones también muy ricos, y -corrigió
lo que hemos dicho en su testamento.
Capítulo XXI
Del águila de oro y de la muerte de Antipatro y
Herodes.
Acrecentábasele la enfermedad cada día, fa-
tigándole mucho su vejez y tristeza que tenía
siendo ya de setenta años; tenía su ánimo tan
afligido por la muerte de sus hijos, que cuando
estaba sano no podía recibir placer alguno. Pero
ver en vida a Antipatro, le doblaba su enferme-
dad, a quien quería dar la muerte muy de pen-
sado en recobrando la salud.
Además de todas estas desdichas, no faltó tam-
poco cierto ruido que se levantó entre el pue-
blo. Había dos sofistas en la ciudad que fingían
ser sabios, a los cuales parecía que ellos sabían
todas las leyes, muy perfectamente, de la pa-
tria, por lo cual eran de todos muy alabados y
muy honrados. El uno era judas, hijo de Sefo-
reo, y el otro era Matías, hijo de Margalo. Segu-
íalos la mayor parte de la juventud mientras
declaraban las leyes, y poco a poco cada día
juntaban ejército de los más mozos; habiendo
éstos oído que el rey estaba muy al cabo, parte
por su tristeza y parte por su enfermedad, ha-
blaban con sus amigos y conocidos, diciendo
que ya era venido el tiempo para que Dios fue-
se vengado, y las obras que se habían hecho
contra las leyes de la patria, fuesen destruidas;
porque no era lícito, antes era cosa muy abomi-
nable, tener en el templo imágenes ni figuras de
animales, cualesquiera que fuesen.
Decían esto, por que encima de la puerta mayor
del templo había puesta un águila de oro. Y
aquellos sofistas amonestaban entonces a todos
que la quitasen, diciendo que sería cosa muy
gentil que, aunque se pudiese de allí seguir
algún peligro, mos trasen su esfuerzo en
querer morir por las leyes de su patria; porque
los que por esto perdían la vida, llevaban su
ánima inmortal, y la fama quedaba siempre, si
por buenas cosas era ganada; pero que los que
no tenían esta fortaleza en su ánimo, amaban su
alma neciamente, y preciaban más de morir por
dolencia que usar de virtud.
Estando ellos en estas cosas, hubo fama entre
todos que el rey se moría; Con esta nueva to-
maron mayor ánimo todos los mozos, y pusie-
ron en efecto su empresa más osadamente; y
luego, después de mediodía, estando multitud
de gente en el templo, deslizándose por unas
maromas, cortaron con hachas el águila de oro
que estaba en aquel techo. Sabido esto por el
capitán del rey, vino aprisa, acompañado de
mucha gente; prendió casi cuarenta mancebos,
y presentóselos al rey, los cuales, siendo inter-
rogados primero si ellos habían sido los des-
tructores del águila, confesaron que si; pre-
guntáronles más, que quién se lo había manda-
do. Dijeron que las leyes de su patria. Pregun-
tados después por qué causa estaban tan con-
tentos estando tan cercanos de la muerte, res-
pondieron que porque después de ella tenían
esperanza de que habían de gozar de muchos
bienes.
Movido el rey con estas cosas, pudo más su ira
que su enfermedad, por lo cual salió a hablar-
les; y después de haberles dicho muchas cosas
como sacrilegos, y que con excusa de guardar
la ley de la patria habían tentado de hacer otras
cosas, Juzgólos por dignos de muerte como
hombres impíos. El pueblo, cuando vió esto,
temiendo que se derramase aquella pena entre
muchos más, suplicaba que tomase castigo en
los que hablan persuadido tal mal, y en los que
habían preso en la obra, y que mandase perdo-
nar a todos los demás; alcanzando al fin esto
del rey, mandó que los sofi