Mudo Rencor
Mudo Rencor
Mudo rencor
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Afuera, en el corto pasadizo que comunicaba a la habi-
tación con la sala, se oyeron los fuertes ladridos de un pe-
rro grande. Al poco tiempo, moviendo las anchas caderas
y las celulíticas piernas, una enorme mujer vestida de blan-
co, una enfermera, ingresó precedida de un rottweiler que
se acomodó en el piso en posición de espera.
–¿Qué sucede con el señor silencio? –dijo dirigiéndose
al hombre– ¡Esto es increíble! –exclamó revisando la bote-
lla de suero conectada a su estómago– Este perro no sólo
supo abrir la puerta sino que también ha advertido que se
estaba por acabar el contenido –acto seguido acarició de
mala gana la cabeza negra del animal que no se inmutó y
siguió mirando fijamente a su amo postrado en la cama.
¡Sí, lo había conseguido! Aunque ignorado por la mu-
jer, él era quien había logrado abrir la puerta y llamado a
Rufus. ¡Gracias a la fortaleza de su mente!
Dos años antes llevaba una vida llena de lujos y place-
res como la de cualquier empresario exitoso. Recién casa-
do, había decidido abandonar su afición por coleccionar
autos deportivos de gran velocidad pero su carácter ego-
centrico, su deseo de controlar todo, lo empujó a probar
las bondades de un reluciente modelo recién adquirido. Un
accidente automovilístico en la autopista por la que mane-
jaba y unos frenos mal regulados lo hicieron colisionar a
alta velocidad con otros vehículos. A pesar de que fue mo-
vilizado de emergencia a una clínica privada y luego a otra
más especializada, su estado no cambió, quedando tetra-
pléjico y con insensibilidad total. Pasó todo un año en tera-
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pia intensiva oyendo los latidos de su corazón y el sonido
jadeante de sus pulmones en medio del silencio, antes de
que los médicos permitieran que pudiese ser trasladado a
su casa. Pese a ser accionista de una importante empresa
de fertilizantes, otra dedicada a la elaboración de progra-
mas informáticos de aplicación empresarial en todo el
mundo y propietario de acciones de un importante medio
de comunicación, así como de diversos negocios, el acci-
dente redujo su mundo a ese cuarto, con una enfermera
privada encargándose de alimentarlo e hidratarlo.
Su joven esposa no tardó en dejar de prestarle atención
y entabló una relación amorosa con el gerente general de
su empresa. Lamentó que la casa y los carros estuvieran a
nombre de ella, ya que constataba que eso no había basta-
do para asegurar su fidelidad. Así, todo este tiempo había
pasado de la angustia por la inmovilidad que padecía a un
mudo y silencioso rencor que alimentaba a diario, cuando
evaluaba el hecho de que nadie lo visitara o que la torpe
enfermera no lo atendiera bien. Su amargura hizo que por
mucho tiempo no durmiera bien y que su atención siempre
estuviera dispersa, perdido en laberínticas ideas, hasta el
día en que se puso un objetivo: vengarse.
Después del accidente que sufriera y estando en estado
de total parálisis, su esperanza de llevar una vida apacible
desapareció completamente al observar el curso que toma-
ban las cosas sin que él pudiera evitarlo. Estar paralizado
era la muerte misma; no sentía el roce de las sábanas ni el
colchón sobre el que estaba. Varias veces había soñado
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con su recuperación y la posibilidad de reiniciar su vida al
lado de su esposa. Por eso, eliminada la esperanza de con-
seguir recuperarse, el deseo de vengarse le dio sentido a su
vida y llenó los días de su calendario mental.
Antes del accidente la empresa lo había instruido en te-
lepatía y telequinesis, entre otras capacidades mentales,
como parte de un proyecto para desarrollar una aplicación
informática, una interfaz, que pudiera lograr la comunica-
ción directa del cerebro con un ordenador de tal manera
que éste llegara a cumplir órdenes con sólo pensarlo. Sin
nada que lo distrajese, retomó estos temas con ejercicios
de concentración, teniendo como prioridad la comunica-
ción con su perro, un simple conejillo. O quizás no.
“Siéntate” ordenó telepáticamente y Rufus se sentó.
La enfermera revisó las recetas guardadas en el bolsillo
de su amplia bata blanca y terminó de revisar los aparatos
que lo mantenían con vida. Antes de retirarse ajustó su co-
fia blanca y los rizos que salían del complicado moño que
descansaba sobre la nuca. Levantó una gruesa pierna sobre
una silla y acomodó el portaligas de su muslo fofo.
–Seguro que te gustaría tocar esta pierna ¿verdad? –
murmuró dedicándole apenas una mirada– pero eso nunca
pasará –agregó haciendo un gesto despectivo con la mano
que él no entendió–. Ni mi pierna ni las de tu mujer que
anda con ese tipo elegante que tú mismo contrataste.
El hombre sintió un aflujo de cólera que no pudo mani-
festar. Giró los ojos hacia Rufus y ordenó “¡Sácala!”.
Acto seguido el perro comenzó a gruñir para luego la-
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drar con fuerza a la enfermera de tal manera que ésta, asus-
tada, se retiró de prisa del cuarto dejándolos solos.
Decididamente su plan debía ejecutarse sin más demo-
ra. “¡Sal!” ordenó mentalmente y el can obedeció de ma-
nera rápida. La puerta de la habitación se acercó por tele-
quinesis a su marco y se cerró con un leve sonido metálico.
Una retahíla de oscuros pensamientos ocupaban su mente
al mismo tiempo pero ahora ya sólo uno de ellos le intere-
saba. Decidió reposar y bajó lentamente los párpados.
El cerebro humano ha tenido miles de años de evolu-
ción y él como ingeniero sabía bien que los pensamientos
eran formas químicas irradiadas por neurotransmisores y
que el verdadero problema de la telepatía no era sólo neu-
ronal sino que se debía tener el pH adecuado para captar
dichas ondas mentales; sin embargo, debido a la escasa
complejidad cerebral de su perro éste había sido capaz de
lograrlo. Era una comunicación básica pero efectiva. Aho-
ra tenía todo lo necesario para lograr su plan.
Por la mañana la visita de la gruesa enfermera lo halló
con los ojos cerrados, cosa inusual ya que él siempre los
mantenía abiertos. Lo auscultó, le tomó el pulso, la tempe-
ratura, lo sacudió y, asustada, corrió a informar ese singu-
lar estado. Sus pasos se perdieron tras la puerta.
Esa noche Gloria entró a la habitación acompañada de
Armando, su amante. Esbelta, vestía un pantalón de corte
recto, una blusa fina, una chaqueta corta de color café, un
pañuelo rojo sujeto al cuello y un bolso negro con un logo
conocido. Se desligó del bolso y observó en silencio a su
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esposo. Según el informe de la enfermera era probable que
estuviera en coma ya que no daba señales de conciencia.
–Si se confirma que el coma es permanente ¿quién de-
berá decidir si se le alimenta o no? –preguntó.
–Bueno –dijo Armando tomándola con un brazo por la
cintura–, si los médicos así lo dicen, en ese caso quien ten-
drá que decidir si se le mantiene con vida serás tú.
–Por mí, hace tiempo habría tomado esa decisión –ella
se ciñó más a él y lo besó apasionadamente.
En la cama, con los ojos abiertos, el disgusto lo invadió.
Un disgusto unido a una abundante rabia. “¡Maldito! ¡Yo
te di trabajo y te traté como parte de la familia!”.
La pareja no advirtió que era observada como tampoco
oyó el leve chasquido de la cerradura al abrirse, permitien-
do el ingreso de Rufus. Así mismo, su conversación ponía
de manifiesto que se habían estado cuidando de no hablar
delante del enfermo. Armando fue el primero en darse
cuenta de la presencia inesperada del perro.
–¿Qué hace este animal aquí?
Gloria se percató de otro detalle.
–Él nos está observando. Tiene los ojos abiertos –dijo
con nerviosismo, llevándose una mano al pecho.
–Sí, pero eso no cambia nada –Armando se acercó a la
cabecera y pasó la mano delante de los ojos que lo obser-
vaban sin pestañar–. ¿Ves? Nada ha cambiado.
Con un impulso telequinético la puerta se cerró de gol-
pe y con una orden no pronunciada, el grueso rottweiler se
lanzó rabioso sobre el brazo que alzó Armando para luego
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morderlo ferozmente, en la cara y el cuello, haciendo que
la sangre brotara a borbotones de las profundas heridas.
Totalmente histérica Gloria intentó salir de allí pero su
estado nervioso le impidió abrir la puerta.
“¡Mátala!” ordenó mentalmente y Rufus, dejando de
sacudir la cabeza soltó a Armando, que se ahogaba en su
propia sangre, para volverse a su nueva víctima.
–¡No, no! ¿Por qué? –gritaba Gloria, con tonos agudos
de voz en tanto Rufus se le acercaba lentamente, gruñendo
y mostrando el hocico lleno de espuma sanguinolenta.
“Tú te lo buscaste” dijo con palabras no orales.
–¿Qué, acaso puedes hablar? –atinó a preguntar ella,
sorprendida de “oír” su voz.
“Este es tu castigo por engañarme”
–No, no, te juro que no. Pensé que estabas en coma. Si
me hubieras “hablado” antes, nunca te hubiera engañado.
Tú lo sabes –ella hablaba de manera apresurada ante la
cercanía del animal y el peligro que representaba.
Por un momento la esperanza de sentirse amado lo hizo
dudar de seguir con sus intenciones vindicativas.
Su plan de venganza era matar a Gloria y a su amante
utilizando para tal fin a Rufus quien, probablemente, sería
sacrificado por los crímenes. Indistintamente a lo que ocu-
rriera a su esposa, la empresa designaría un curador para
que se encargase de él, dándole una atención permanente.
“Detente” ordenó a Rufus. Qué irónica era la vida,
después de todo había logrado comunicarse con alguien.
–¡Perdóname! –gritó Gloria con un hilo de voz.
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Rufus seguía agazapándose para dar el salto.
“¡Detente!” volvió a ordenar pero lejos de contenerlo,
la firmeza de la orden pareció actuar como incentivo para
que el can se abalanzara sobre Gloria quien fue atacada de
manera salvaje. Aterrorizada, fue incapaz de defenderse de
las dentelladas furiosas que la herían y desgarraban el
cuerpo. Los gritos tuvieron eco en su cerebro.
Falto de todo movimiento e imposibilitado de hacer al-
go, tuvo que mirar con horror la cruda escena hasta que
Gloria dejó de emitir gemidos. En silencio, Rufus volteó a
verlo, tenía la piel erizada, los belfos retraídos mostrando
los caninos ensangrentados y los ojos llenos de rabia.
El animal furioso en el que se había convertido Rufus
distaba mucho del cachorro que había adquirido en uno de
sus tantos viajes. A pesar de su tamaño siempre demostró
ser un perro muy activo. La crianza de Rufus había sido de
la única manera que él sabía tratar a quienes dirigía, con la
exigente disciplina de un instructor militar y sin ningún ti-
po de afecto. Si bien lo había acompañado permanente-
mente, había sido siempre como seguridad más que como
mascota y durante muchos años había sabido cumplir bien
ese papel manteniendo alejados a quienes él le ordenara.
Después de ocurrido el accidente y ante la desatención de
Gloria, Rufus se había convertido en su única compañía.
Viendo la fiereza del ataque de Rufus comprendió que
nunca le había dado afecto y por eso ahora actuaba falto
de tal emoción. Probablemente los mensajes de odio, en-
víados de forma telepática, habían influido de alguna ma-
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nera en liberar aquella reprimida emoción salvaje. Com-
prendió también, a medida evaluaba lo sucedido a Gloria,
que estuvo muy equivocado en su forma de tratar a quienes
trabajaban para él, basado en su orgullo y dignidad.
Rufus subió a la cama exhibiendo una larga lengua rosa
y jirones de piel colgando de su hocico ensangrentado. Te-
nía erizado el pelo del lomo y un gruñido sordo retumbaba
en su garganta de manera continua. Avanzaba lentamente
conteniendo sus ganas de atacar. El hombre lo miró a los
ojos tratando de enviar algún tipo de mensaje pero ya era
inútil intentar darle alguna orden, no había inteligencia o
comprensión, la conexión se había acabado. Veía tanta ra-
bia en el perro que se sintió liberado de su propio odio.
Felizmente, sería incapaz de sentir contacto o dolor al-
guno por lo cual agradeció a Dios intensamente. Con su
cuerpo falto de músculo era más que probable que moriría
desangrado antes de verse destrozado. Cuando el feroz ho-
cico se acercó amenazadoramente a su rostro, despidiendo
un hediondo aliento caliente, prefirió cerrar los ojos ante
el desenlace inevitable y quedarse con la imagen de un Ru-
fus cachorro, corriendo alegre y juguetón a su encuentro.
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Los edredones, las sábanas y el colchón, se mostraban
negros por la sangre ya seca. A pesar de que el cuerpo,
destripado y sanguinolento, presentaba señales de haber
sido devorado parcialmente, al igual que la cabeza, la poli-
cía determinó que el deceso se produjo por un infarto y
que las heridas fueron hechas cuando ya estaba muerto.
Las pesquisas no pudieron resolver porque el animal se
había ensañado con su dueño a ese grado, especulando que
debía existir alguna desconocida razón o tal vez obedecía
a que simplemente le guardaba rencor.
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