Encarnación y Redención Divina
Encarnación y Redención Divina
135.
“El Verbo se hizo carne y puso su morada entre nosotros” (Jn 1, 14). “Hacerse carn
e” quiere decir asumir plenamente
la condición humana. La gran novedad de la revelación al pueblo de Israel es que Di
os habita en medio de ellos; y esta presencia
adquiere rostro en Jesús. La novedad absoluta de la Encarnación es descubrir hasta
qué grado Dios permanece en medio de
su pueblo, no ya de manera pasajera o momentánea, sino de manera permanente y
definitiva; es una permanencia que corona
toda la historia de un Dios que se acerca una y otra vez a su pueblo.
136.
Dios no se revela mediante el poder y la riqueza del mundo. El Hijo eterno de Dios, i
gual al Padre en poder y gloria,
se hizo pobre; descendió en medio de nosotros, se acercó a cada uno de nosotros;
se desnudó, se vació, para ser en todo
semejante a nosotros (cfr. Flp 2, 7; Heb 4, 15). La razón de todo esto es el amor divi
no, un amor que es gracia, generosidad
y deseo de proximidad. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de
nosotros, en todo semejante a nosotros,
excepto en el pecado (cfr. GS 22).
137.
En el proyecto de la salvación la iniciativa es totalmente de Dios. Él nos ha amado p
rimero (cfr. 1Jn 4, 10) y este amor
de Dios ha aparecido entre nosotros, se ha hecho visible, pues “Dios envió al mundo
a su Hijo único para que vivamos por medio
de él” (1Jn 4, 9). Él participó de nuestra naturaleza humana para que nosotros pudié
ramos participar de su naturaleza divina
mediante la adopción filial en Cristo: “Al llegar la plenitud de los tiempos, Dios envió
a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo
la ley, para rescatar a los que estábamos bajo la ley, y para que recibiéramos la filia
ción adoptiva. La prueba de que sois hijos
es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama “Abbá,
Padre”. De modo que ya no eres esclavo,
sino hijo; y si hijo, también heredero por voluntad de Dios” (Gal 4, 4-7).
138.
Una pastoral que es iluminada por la Encarnación, comprendida como iniciativa total
de Dios, debe ser una pastoral
de cercanía, que “primerea”, es decir que toma la iniciativa sin miedo, sale al encuen
tro, busca a los lejanos y llega a los cruces
de los caminos para invitar a los excluidos; “se involucra” metiéndose con obras y ge
stos en la vida cotidiana de los demás,
achica distancias, se abaja hasta la humillación si es necesario, y asume la vida hu
mana, tocando la carne sufriente de Cristo
en el pueblo; luego, “acompaña” procesos con paciencia, “fructifica” sin quejarse de l
a cizaña y “festeja” pero no antes de 31
tiempo pues, adelantar el triunfo por medio de caminos más rápidos, por medio del a
tajo del negocio, de los eventos ruidosos
y espectaculares, es adelantar el triunfo sin pasar por la cruz; por eso, la fiesta que
adelanta el triunfo es la Eucaristía, que es
celebración de la actividad evangelizadora y fuente de un renovado impulso donativ
o (cfr. EG 24).
1.2.- Por la Encarnación conocemos a Dios
y la grandeza de la vocación del hombre
139.
Para que el ser humano pudiera adorar verdaderamente a Dios, Él mismo se fue ma
nifestando y revelando en la
historia humana y en lenguaje humano. La expresión máxima de esta revelación es
el envío de su único Hijo. Dios habló de
muchas maneras a nuestros padres por medio de los profetas, pero en los últimos ti
empos nos habló por medio de su Hijo
(cfr. Heb 1, 1-2). Jesucristo es la palabra última y definitiva de Dios a la humanidad.
Esto quiere decir que tanto las antiguas
palabras como también las que vendrían después, se resumen en una sola Palabra
y esa Palabra es Jesús de Nazaret. En
Jesús podemos ver al Padre (cfr. Jn 14, 9). Él es la “imagen de Dios invisible” (Col 1,
15). Y es el Hijo de Dios quien nos ha hecho
palpable el amor y la misericordia de Dios en gestos humanos.
140.
En la Encarnación, la misión del Hijo de Dios al hacerse hombre es enseñarnos a a
mar como Él nos ama, lo cual es
la instauración del Reino de Dios, que ha comenzado ya con su presencia y espera
su consumación. El Reino es Jesús mismo
en su donación a nosotros por amor incondicional, para hacernos hijos y hermanos
e incorporarnos, desde nuestra respuesta
libre, a su intimidad divina. Dios ha entrado en la historia de la humanidad y a través
de la Encarnación, ha dado a la vida
humana la dimensión que quería dar al hombre desde sus comienzos y la ha dado d
e manera definitiva (cfr. PGP 109-110). El
misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Cristo, el
nuevo Adán, en la misma revelación del
misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente al hombre ante sí mismo y l
e descubre la sublimidad de su vocación,
que en realidad es una sola, la divina (cfr. GS 22).
141.
Jesús en su instauración del Reino responde a las necesidades reales del ser huma
no; en la materialidad de la
salvación, expresada en la salud, en el alimento, en las comidas con los pecadores
y marginados, expresa la opción del Padre
por la vida del hombre, incluso en los niveles más elementales. Sus destinatarios pr
eferenciales son los marginados, que son
los que sufren más duramente las consecuencias de la exclusión pecaminosa e inju
sta. Optando por ellos muestra la gratuidad
de Dios y de su Reinado; los reincorpora al pueblo de Dios, al que pertenecen no po
r propios méritos sino por elección amorosa
y gratuita de Dios. Llega al extremo de preferir al hombre sobre la Ley misma; la pre
ocupación porque el hombre viva y que
viva como hijo de Dios es el verdadero acceso al Padre; en ello se juegan las verda
deras cuestiones de vida o muerte para el
pueblo. Asocia a su misión a hombres del pueblo, sin ninguna preparación ni mérito
s; les pone como condición para el trabajo
por el Reino despojarse de sus propios intereses y de sus posesiones.
142.
Educar es formar e impulsar a una persona para que logre el desarrollo de su concie
ncia y alcance la madurez
de su ser; desarrollar integral y armónicamente las capacidades de cada ser human
o; es recibir de otros para crecer uno
mismo en orden a la propia realización en apertura a los demás, al mundo y a Dios.
Por ello, la educación debe ser entendida
principalmente como formación antes que como información (cfr. ENS 43). Debemo
s educar para que todos alcancemos la
medida de Cristo, el Hombre nuevo. «La educación consiste en que el hombre llegu
e a ser más hombre, que pueda ser más y no
sólo que pueda tener más, y que, en consecuencia, a través de todo lo que tiene, to
do lo que posee, sepa ser más plenamente
hombre» (san Juan Pablo II, Discurso a la UNESCO 1980, n. 11). La familia, el Esta
do, la Iglesia, las instituciones educativas, la
sociedad, los maestros, los medios de comunicación debemos educar para la vida,
para la búsqueda de la verdad, para amar,
la afectividad y el correcto uso de la sexualidad, para la apertura a los demás y la so
lidaridad, para el ejercicio de la libertad,
para la trascendencia y formar la conciencia con los auténticos valores.
143.
La salud es la vivencia armoniosa de todas y cada una de las dimensiones de la per
sona: física, emocional, intelectual, 32
social y espiritual; en todas las etapas de la vida, en todas las relaciones personales
y comunitarias; en equilibrio con la
ecología; posibilitando al hombre a alcanzar su autorrealización y plenitud humana e
n sintonía con la voluntad de Dios. Jesús
es sano, saludable, y sanador. Él nos enseña a cuidar nuestra salud integral y a aco
mpañar a los enfermos de cuerpo y alma.
Para Jesús, sanar es su forma predilecta de amar. Jesús busca siempre el encuentr
o personalizado (cfr. Mc 5, 32), acoge al
sufriente (cfr. Mc 1, 41), lo escucha y comprende (cfr. Mc 10, 51), le infunde aliento y
esperanza (cfr. Mc 4,11), lo libera de la soledad
(cfr. Jn 5,7), lo reconstruye ayudándolo a creer de nuevo en la vida, en la salud, en e
l perdón, en el amor de Dios, en la sociedad
(cfr. Lc 17,14). Jesús estimula en todo enfermo su protagonismo e iniciativa confront
ándolo empáticamente, poniéndolo en el
centro de sus encuentros (cfr. Mc 5, 19). Jesús incorpora al enfermo a la sociedad q
ue lo margina y ante ella lo defiende (cfr.
Lc 13, 10-17).
144.
Necesitamos una pastoral encarnada que busque el bien de todo hombre y de todo
el hombre, que desde el encuentro
con Cristo transforme las realidades inhumanas de injusticias, violencia y todo atent
ado a la dignidad humana en nuestro
pueblo con los criterios del Evangelio para que así se haga presente el Reino predic
ado por Jesús. Necesitamos una pastoral
integral e integradora. Integral en el sentido de involucrar todas las dimensiones y re
alidades presentes en la comunidad
eclesial, e integradora en el sentido que nadie quede fuera de los procesos pastoral
es. En la pastoral debemos integrar y no
excluir. El Papa Francisco en la Amoris Laetitia nos indica el proceso o itinerario de l
a acción pastoral: «acompañar-discernir
integrar» (AL VIII). Por lo tanto, nada ni nadie debe quedar fuera de la acción pastor
al.
1.3.- Por la Redención Cristo nos libera y establece
relaciones nuevas en el Reino
145.
Redención hace referencia a rescate, a liberación de una situación negativa, de mod
o que, en el proyecto de salvación
de Dios, Jesucristo viene a hacernos hijos en Él, a incorporarnos a la vida divina por
la acción del Espíritu, y esto incluye
liberarnos del pecado y de la muerte en la que nos encuentra. Esta acción justificad
ora, reconciliadora, es el momento
redentor. En el sacramento del Bautismo, el Padre nos hace hijos en el Hijo, y tambi
én nos redime, es decir nos libra del pecado.
La Redención es pues, el momento sanante, el momento liberador que nos reincorp
ora en el proceso de la salvación de Dios
que dice plenitud, realización definitiva (cfr. PGP 105).
146.
En Cristo Crucificado-Resucitado, el hombre queda incorporado a un dinamismo nu
evo que el mismo Jesús le
comunica y, desde su libertad restaurada, puede participar en el proyecto del Reino.
Orientar su vida, su inteligencia y su
voluntad hacia la construcción de una sociedad distinta, con criterios nuevos. La Re
dención tiene que ver con una manera
nueva de relacionarse: con uno mismo desde la confianza y obediencia al Padre, mi
rando el pasado con gratitud y el futuro
con esperanza; con los demás, en clave de fraternidad, entrega, compasión y solida
ridad; con la creación, con respeto y
responsabilidad, conservándola y cultivándola. La Redención puede entonces decirs
e de muchas maneras hoy: reconciliación,
liberación, salvación, paz, curación, santificación, comunión, gozo, esperanza (cfr. P
GP 130).
147.
Si Dios es Padre de todos, entonces todos somos hermanos. El amor recibido gratui
tamente se vuelve a Dios,
amándole con todo el corazón, toda la mente y todas las fuerzas, pero solamente en
y a través del prójimo. Si no, es mentira
(cfr. 1Jn 4, 20). La propuesta del Reino se traduce entonces en la vida de una comu
nidad fraterna donde las relaciones entre
los hombres no están basadas en razas ni en condiciones sociales, sino en la convic
ción profunda de tener un Padre común.
Gran parte del ministerio de Jesús tuvo que ver con ir enseñando a sus discípulos lo
s criterios de esta nueva comunidad que
se distingue de las demás por el estilo de relaciones (cfr. Mt 20, 26), donde el más g
rande es el más pequeño y el servidor
de todos, donde se gana vida, cuando se pierde en la donación y el servicio, donde
prevalece el perdón sobre la venganza, la
verdad sobre la mentira. Precisamente, por eso serán reconocidos como sus discípu
los (cfr. Jn 13, 35; PGP 118).
148.
No podemos reducir el acto redentor de Jesucristo a ese tiempo entre la pasión y su
muerte en cruz, sino que su 33
existencia entera es redentora como donación de sí mismo a los hombres y como d
onación libre al Padre (cfr. PGP 125). Toda
la vida de Jesús es redentora, su familia, su predicación, su escucha e interpretació
n de las Escrituras, sus actitudes, sus
pasiones y acciones, su cercanía con su Padre, su relación con sus discípulos, su di
stancia crítica con las autoridades, su
sensibilidad ante el sufrimiento de los enfermos y necesitados, su confianza con el P
adre para aceptar con valor su muerte,
su presencia de resucitado y su deseo de quedarse con sus discípulos (cfr. PGP 11
2).
149.
La obra redentora de Jesús se prolonga en la acción del Espíritu Santo. Va transfor
mando la mente y el corazón de
los redimidos para que tengamos los mismos sentimientos del Señor. Construye la I
glesia, la vivifica permanentemente, la
unifica en torno a su Señor, la lanza al testimonio y la fortalece (cfr. LG 4; PGP 128).
Por tanto, necesitamos una pastoral donde
redescubramos que el Espíritu Santo es el protagonista, pues Él es el que se adelan
ta, permanece y continúa toda acción
pastoral (cfr. AG 4). Nosotros necesitamos dejarnos guiar por Él para que se haga vi
va la comunión, la participación y la misión
manifestados en la escucha, el diálogo, el servicio, el trabajo en común, la comprens
ión, la apertura y el compromiso.
150.
La Redención de Jesucristo no se agota en lo humano, sino que alcanza la creación
entera, nos desborda y se extiende
hacia todas las creaturas. Hemos avanzado enormemente en los descubrimientos ci
entíficos y tecnológicos, pero también ha
crecido la violencia y la destrucción de la casa común con el uso inmoderado de los
recursos naturales y la contaminación. Así
que también la creación entera gime con dolores de parto esperando la Redención d
e los hijos de Dios (cfr. Rm 8, 22; PGP 132).
151.
Así como el acto redentor no se reduce a algunos momentos de la vida de Jesús, de
igual forma la acción pastoral no
debe ser sólo un acto puntual o de momentos o eventos aislados sino un proceso pe
rmanente de todo y para todos empezando
por los marginados. Si la Redención hace referencia a rescate, liberación de una sit
uación negativa, necesitamos una pastoral
que libere de toda esclavitud: pecado, ignorancia, vicios, individualismo, división, et
c.; un pastoral que promueva relaciones
nuevas con nosotros mismos, con Dios, con los demás y con la creación.
152.
La persona no puede realizarse aisladamente, es decir, prescindir de su ser “con” y
“para” los demás. Esta verdad le
impone no una simple convivencia en los diversos niveles de la vida social y relacion
al, sino también la búsqueda incesante,
de manera práctica y no sólo ideal, del bien común. Cada cual debe preocuparse po
r suscitar y sostener instituciones que
mejoren las condiciones de la vida humana (cfr. CCE 1913-1917. 1926). Por eso, la
mejor política es la que se construye desde la
fraternidad y la amistad social, buscando acuerdos y no fracturas, como nos enseña
el Papa Francisco (cfr. FT 154-197). Y la
democracia no termina emitiendo nuestro voto, sino que es necesario dar seguimien
to a este proceso, exigir el cumplimiento
de promesas de campaña y pedir la rendición de cuentas de manera transparente, d
eber al que todo político está obligado (cfr.
PGP 62).
1.4.- Del encuentro con Cristo redentor inicia la misión
por la dignidad humana
153.
Para recuperar una sana visión del ser humano, hemos de hacerlo desde la contem
plación del misterio de Cristo
Redentor. Encontrarnos con el Dios de Jesucristo nos permitirá contemplar en Él un
a imagen de hombre que reconozca la
bondad original con la que fuimos creados, en libertad y para el bien. Pero también,
nos permitirá contemplar nuestro ser
fracturado interiormente, nuestras dificultades para mantener el equilibrio interior, los
conflictos interpersonales, el pecado
humano que hoy tiene múltiples manifestaciones y la ambigüedad radical de la vida
humana que tiene rostro de crisis de
esperanza (cfr. PGP 102).
154.
Debemos renovar y revitalizar la novedad del Evangelio arraigada en nuestra histori
a, desde un encuentro personal
y comunitario con Jesucristo, que suscite discípulos y misioneros. No resistiría a los
embates del tiempo una fe católica
reducida a bagaje, a elenco de algunas normas y prohibiciones, a prácticas de devo
ción fragmentadas, a adhesiones selectivas 34
y parciales de las verdades de la fe, a una participación ocasional en algunos sacra
mentos. A todos nos toca recomenzar
desde Cristo (cfr. DA 11-12).
155.
Nuestra mirada sobre la realidad está permeada por la esperanza cierta de que no c
aminamos solos. Confesamos a
Jesucristo como nuestro Redentor. De su encarnación, su vida, su muerte, su resurr
ección y el envío de su Espíritu, nace la
certeza de su compromiso incondicional con cada uno de nosotros y su presencia e
n nuestra historia. Su persona es el sí de
Dios a los hombres, la fidelidad de Dios a sus promesas: «Jesucristo el Redentor del
hombre; Cristo, Redentor del mundo. A
Él nosotros queremos mirar, porque sólo en Él, Hijo de Dios, hay salvación, renovan
do la afirmación de Pedro “Señor ¿a quién
iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna» (RH 7; cfr. PGP 90-91). La gran noveda
d que todo bautizado discípulo misionero
anuncia al mundo es que Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre vino al mundo a
hacernos partícipes de la naturaleza divina
(cfr. 2Pe 1, 4), a participarnos de su propia vida.
156.
Pongamos al centro de nuestra vida a Jesús, démosle un espacio en nuestro corazó
n. Todos podemos conocerlo
más, amarlo más, imitarlo más. Nuestra vida personal y comunitaria sería más rica y
plena si buscáramos el trato personal,
directo y profundo con Jesús; él sale a nuestro encuentro en la oración, en su Palabr
a, en los sacramentos, especialmente
en la Eucaristía; pero también se hace presente en los gozos y tristezas de nuestro
pueblo, en las personas que nos rodean,
familiares, amigos, compañeros de trabajo y tiene lugares privilegiados donde le gus
ta que lo reconozcamos: en los pobres y
excluidos, los forasteros y migrantes, los enfermos y los que sufren, y también se ha
ce presente en todos los que necesitan de
nuestra ayuda. Salgamos a su encuentro, conozcámoslo más y gocemos de su pres
encia. Del encuentro personal y amoroso
con Jesús inicia todo en la Iglesia (Sr. Obispo Juan Espinoza Jiménez, Saludo en la
Toma de posesión, 15 febrero 2022).
2.- LA IGLESIA, COMUNIDAD DE FE
PARA VIVIR LA COMUNIÓN
2.1.- La Iglesia misterio de comunión
157.
La Iglesia es un misterio de comunión, reflejo e imagen de la Trinidad; es un pueblo
reunido en la unidad del Padre, del
Hijo y del Espíritu Santo (cfr. CIC 781); es sacramento universal de salvación, o sea,
signo e instrumento de la unión íntima con
Dios y de unidad de todo el género humano (cfr. LG 1). Quien por medio de la Iglesi
a entra en comunión con Dios, está también
en comunión con los hermanos. Dios es la fuente de la comunión, la Iglesia es el ins
trumento. La comunión no es una reunión
sociológica como miembros de un grupo identitario, sino un don del Dios Trino y, al
mismo tiempo, una tarea, nunca agotada,
de construcción del “nosotros” del Pueblo de Dios; la comunión es un camino en el q
ue estamos llamados a crecer (cfr. IL 46).
158.
Los cristianos tienen en común las mismas cosas esenciales: “Un solo cuerpo, un so
lo Espíritu, como una sola es la
esperanza que encierra la vocación a la que han sido llamados, un solo Señor, una
sola fe, un solo bautismo; un solo Dios, Padre
de todos...” (Ef 4, 4 6). Este compartir lo fundamental, incluyendo los bienes material
es (2Cor 8, 4; 9, 13; Rm 15, 26) forma un
vínculo especial entre ellos, la koinonía (comunión), que significa “participación” en l
a vida de Dios Trino por Jesucristo y la
colaboración y encuentro entre los creyentes.
159.
El Espíritu Santo es el principio último de la unidad de la Iglesia. Pero, la unidad que
suscita el Espíritu no equivale a la
uniformidad. Está formada por una fraternidad de personas y es una comunión. La I
glesia es verdaderamente una diversidad
de personas, de funciones, de carismas, de dones, de funciones jerárquicas. El Espí
ritu Santo respeta la pluralidad y la
armoniza. Al interior de la unidad de la Iglesia no se admite la uniformidad. Del mism
o modo que todos los miembros del cuerpo
humano, aun siendo muchos, forman un solo cuerpo, así también los fieles en Cristo
(cfr. 1Co 12, 12). Uno solo es el Espíritu, que
distribuye sus variados dones para el bien de la Iglesia según su riqueza y la diversi
dad de ministerios (cfr. 1Co 12,1-11). Entre 35
estos dones resalta la gracia de los Apóstoles, a cuya autoridad el mismo Espíritu su
bordina incluso los carismáticos (cfr. 1Co
14). Él mismo produce y urge la caridad entre los fieles, unificando el cuerpo por sí y
con su virtud y con la conexión interna de
los miembros. Por consiguiente, si un miembro sufre en algo, con él sufren todos los
demás; o si un miembro es honrado, gozan
conjuntamente los demás miembros (cfr. 1Co 12, 26). La Cabeza de este cuerpo es
Cristo (cfr. Col 1, 15-18; LG 7).
2.2.- La iniciación cristiana nos introduce
en la comunión trinitaria y eclesial
160.
En la iniciación cristiana, el Señor por medio de un itinerario, mediante el ministerio
de la Iglesia, nos introduce en
la fe pascual y en la comunión trinitaria y eclesial. Siempre se entrelazan la escucha
de la Palabra y la conversión de vida, la
celebración litúrgica y la incorporación a la comunidad y a la misión. La iniciación po
ne en contacto con una gran variedad de
vocaciones y de ministerios eclesiales. En ellos se expresa el rostro materno de una
Iglesia que enseña a sus hijos a caminar
caminando con ellos.
161.
Por el Bautismo somos hijos de Dios, miembros de su familia y, por tanto, hermanos
y hermanas en Cristo, habitados
por el único Espíritu y enviados a cumplir una misión común. El Hijo de Dios, en la n
aturaleza humana unida a sí, redimió al hombre,
venciendo la muerte con su muerte y resurrección, y lo transformó en una nueva cria
tura. Y a sus hermanos, congregados
de entre todos los pueblos, los constituyó místicamente su cuerpo, comunicándoles
su espíritu. Una Iglesia sinodal se funda
en el reconocimiento de la dignidad común que deriva del Bautismo, que crea una v
erdadera corresponsabilidad entre los
miembros de la Iglesia, que se manifiesta en la participación de todos, con los caris
mas de cada uno, en la misión y edificación
de la comunidad eclesial. No se puede entender una Iglesia sinodal si no es en el ho
rizonte de la comunión, que es siempre
también misión para anunciar y encarnar el Evangelio en todas las dimensiones de l
a existencia humana (cfr. IL 20). Antes de
toda distinción de vocaciones, carismas y ministerios, “todos nosotros hemos sido b
autizados mediante un solo Espíritu, en
un solo cuerpo” (1Cor 12, 13). Por esto, hay una auténtica igualdad de dignidad y un
a común responsabilidad por la misión, en
todos los bautizados, según la vocación de cada uno. El sacramento del Bautismo n
o puede ser comprendido de modo aislado,
fuera de la lógica de la iniciación cristiana, ni mucho menos de manera individualista.
162.
La Confirmación hace perenne en la Iglesia la gracia de Pentecostés. Enriquece a lo
s fieles con la abundancia de los
dones del Espíritu Santo y los llama a desarrollar la propia vocación específica, enra
izada en la común dignidad bautismal, al
servicio de la misión. Debe ser más fructuosa la preparación y la celebración de este
sacramento, de modo que, despierte en
todos los fieles la llamada a la edificación de la comunidad, a la misión en el mundo
y al testimonio de la fe.
163.
La Eucaristía, sobre todo la dominical, es la primera y fundamental forma que el Pue
blo de Dios tiene para reunirse
y encontrarse. Llamándonos a participar en su Cuerpo y en su Sangre, el Señor nos
hace un solo cuerpo entre nosotros y con
Él. Desde la Eucaristía, aprendemos a articular unidad y diversidad: unidad de la Igl
esia y multiplicidad de las comunidades
cristianas; unidad del misterio sacramental y variedad de las tradiciones litúrgicas; u
nidad de la celebración y diversidad
de las vocaciones, de los carismas y de los ministerios. La Eucaristía muestra que la
armonía creada por el Espíritu no es
uniformidad y que todo don eclesial está destinado a la edificación común. La liturgia
celebrada con autenticidad es la primera
y fundamental escuela de discipulado y de fraternidad. Antes de cualquier iniciativa
de formación, debemos dejar formarnos
por su potente belleza y por la noble simplicidad de sus gestos (cfr. ISM 3). La Eucar
istía es el lugar privilegiado del encuentro
del discípulo con Jesucristo. Y es, a la vez, fuente inagotable de la vocación cristian
a y del impulso misionero; allí, el Espíritu
Santo fortalece la identidad del discípulo y despierta en él la decidida voluntad de an
unciar con audacia a los demás lo que ha
escuchado y vivido (cfr. DA 251).
164.
Hay que valorar todas las formas de oración eclesial, así como otras expresiones de
oración litúrgica; como también
las prácticas de la piedad popular para favorecer la implicación de todos los fieles, p
ara introducir gradualmente en el misterio
cristiano y para acercar el encuentro con el Señor a quien tiene menos familiaridad c
on la Iglesia. 36
165.
El itinerario de la iniciación cristiana debe iluminar otros itinerarios pastorales, como
el de la preparación al
matrimonio, o el acompañamiento a elecciones de compromiso profesional y social,
o a la misma formación del ministerio
ordenado, en el que toda la comunidad eclesial debe estar involucrada (cfr. ISM 3).
2.3.- Una Iglesia sinodal vive la comunión
166.
El pequeño grupo de los Apóstoles constituyó en torno a Jesús una comunidad. Él a
nunció que edificaría su Iglesia
sobre la roca de la confesión de fe en Él como el Mesías (cfr. Mt 16,18). En el día de
Pentecostés, el Espíritu Santo descendió
sobre los creyentes y los capacitó para ser testigos de Jesús en todo el mundo. Este
Espíritu une a todos los creyentes en
el cuerpo de Cristo, guía la Iglesia a toda la verdad, la provee y gobierna con diverso
s dones jerárquicos y carismáticos y la
embellece con sus frutos (cfr. Ef 4, 11-12; 1Co 12, 4; Ga 5, 22; LG 4).
167.
La primera comunidad cristiana tenía cuatro dimensiones básicas: doctrina apostólic
a, comunión fraterna, fracción
del pan y plegaria común, es decir: evangelización, solidaridad de bienes, oración y
Eucaristía. Es una comunidad de fe,
sacramental, fraterna, abierta, solidaria y misionera que vive llena de alegría y esper
anza en un mundo hostil o indiferente
“eran asiduos en escuchar las enseñanzas de los apóstoles y en la unión fraterna, e
n la fracción del pan y en la oración” (Hch
2, 41-42).
168.
La dimensión comunitaria es esencial en la Iglesia para que en ella puedan ser vivid
as y compartidas la fe, la esperanza
y la caridad, para que esa comunión se extienda. En la comunidad experimentamos
la belleza de compartir la experiencia de un
amor que nos precede a todos, pero que al mismo tiempo nos pide que seamos can
ales de la gracia los unos por los otros, no
obstante, nuestros límites y nuestros pecados. La dimensión comunitaria no es un “c
ontorno”, sino que es parte integrante
de la vida cristiana. La Iglesia en todos los niveles es comunidad, espacio que suscit
a no sólo el encuentro con el Otro (Dios),
sino también con el otro (el hermano). Necesitamos una pastoral que favorezca el e
ncuentro, la convivencia, la interrelación
y la formación del sentido comunitario.
169.
La Trinidad es el modelo perfecto de la vida comunitaria y nos invita a la vivencia y e
xperiencia de comunidad.
Necesitamos una pastoral que trabaje por restablecer el tejido social y eclesial para
que la fe no se reduzca al ámbito de lo
privado y de lo íntimo, con espiritualidades que lleven al individualismo. El diálogo q
ue hay entre el Padre, el Hijo y el Espíritu
Santo debe ser el diálogo en la tolerancia, fraternidad y discernimiento en las accion
es pastorales. No se podría entender una
pastoral inspirada en la comunión trinitaria en donde se den relaciones de imposició
n autoritaria, en donde toda decisión y
acción viene de arriba hacia abajo en una sola dirección.
170.
La Iglesia es un misterio de comunión ya que Dios, que es comunión nos ha particip
ado su vida para que entremos
en comunión con Él y con todos los hombres. Por lo tanto, la misión es irradiar, alarg
ar esa comunión, haciendo partícipes de
ella a todos los hombres. No hay misión sin comunión. El proceso del Sínodo de la
Sinodalidad nos ha recordado las palabras
del profeta Isaías, “ensancha el espacio de tu tienda, extiende los toldos de tu mora
da, no los restrinjas, alarga tus cuerdas,
refuerza tus estacas” (Is 54,2). Escuchadas hoy, estas palabras nos invitan a imagin
ar a la Iglesia como una tienda, o más bien
como la tienda del encuentro que acompañó al pueblo en su travesía por el desierto.
Está llamada a expandirse, pero también
a moverse. En su centro está el tabernáculo, es decir, la presencia del Señor. La fir
meza de la tienda está garantizada por
la solidez de sus estacas, es decir, los cimientos de la fe que no cambian, pero sí pu
eden ser trasladados y plantados en un
terreno siempre nuevo, para que la tienda pueda acompañar al pueblo en su camina
r por la historia. Por último, para no hundirse
la estructura de la tienda, debe mantener el equilibrio entre las diferentes presiones
y tensiones a las que está sometida. Esta
metáfora expresa la necesidad del discernimiento para que la Iglesia sea una morad
a espaciosa, pero no homogénea, capaz
de cobijar a todos, pero abierta, que deja entrar y salir (cfr. Jn 10,9), y que avanza h
acia el abrazo con el Padre y con todos los
demás miembros de la humanidad. Ensanchar la tienda requiere acoger a otros en e
lla, dando cabida a su diversidad. Implica, 37
por tanto, la disposición a morir a sí mismo por amor, encontrándose en y a través d
e la relación con Cristo y con el prójimo:
“En verdad, en verdad les digo que, si el grano de trigo no cae en tierra y muere, qu
eda infecundo; pero si muere, da mucho
fruto” (Jn 12, 24; cfr. DEC 25-28). No hay que asumir el papel de los que excluyen si
no de los que buscan que todos puedan
encontrar un lugar en la Iglesia. Hay que ensanchar, ampliar la participación, la form
ación, la escucha, la corresponsabilidad…
171.
Jesús quiere vernos más unidos, más fraternos, más comunitarios, más solidarios y
corresponsables. Él anhela que
todos los creyentes seamos uno, para que el mundo crea y dé gloria al Padre. Todo
s necesitamos experimentar el sentido de
pertenencia a una comunidad, empezando por nuestra familia, nuestra parroquia, nu
estros grupos y movimientos laicales,
nuestro presbiterio, nuestra congregación religiosa, nuestro seminario, nuestra dióce
sis. Necesitamos sentirnos parte
importante de la comunidad diocesana. La vivencia comunitaria nos fortalece, nos h
ace dar lo mejor de nosotros mismos,
y poner al servicio de los otros nuestros dones, carismas, virtudes, actitudes, sueños
y proyectos. La comunidad nos hace
abandonar el individualismo, la indiferencia, el egoísmo; y nos hace caminar y lograr
metas, juntos. La comunidad nos ayuda
a nunca sentirnos solos, y estar siempre acompañados (Sr. Obispo Juan Espinoza J
iménez, Saludo en la Toma de posesión, 15
febrero 2022).
2.4.- Los niveles de Iglesia: lugares para vivir la comunión
2.4.1.- La Diócesis
172.
La vida en comunidad es esencial a la vocación cristiana y este es un aspecto que d
istingue la vivencia de la
vocación cristiana de un simple sentimiento religioso individual. Por eso, la experien
cia de fe siempre se vive en una Iglesia
Particular, que es totalmente Iglesia, pero no es toda la Iglesia. Es la realización con
creta del misterio de la Iglesia Universal,
en un determinado lugar y tiempo. La Diócesis, presidida por el Obispo, debe impuls
ar y conducir la acción pastoral orgánica
renovada y vigorosa, de manera que la variedad de carismas, ministerios, servicios
y organizaciones se orienten en un mismo
proyecto misionero para comunicar vida en el propio territorio (cfr. DA 164-169).
2.4.2.- La Parroquia
173.
Las Parroquias son el lugar privilegiado en el que la mayoría de los fieles tienen una
experiencia concreta de Cristo y
la comunión eclesial. La renovación de las parroquias exige reformular sus estructur
as, para que sea una red de comunidades y
grupos, capaces de articularse logrando que sus miembros se sientan y sean realm
ente discípulos y misioneros de Jesucristo
en comunión. Si queremos que sean centros de irradiación misionera, deben ser lug
ares de formación permanente (cfr. DA
170-172.306).
2.4.3.- Pequeñas comunidades eclesiales
174.
Las pequeñas comunidades eclesiales son un ámbito propicio para escuchar la Pala
bra de Dios, para vivir la fraternidad,
para animar en la oración, para profundizar procesos de formación en la fe y para fo
rtalecer el exigente compromiso de ser
apóstoles en la sociedad de hoy. La orientación de sus pastores asegura la comunió
n eclesial. Despliegan su compromiso
evangelizador y misionero entre los más sencillos y alejados, y son fuente de variad
os servicios y ministerios a favor de la vida
en la sociedad y en la Iglesia (cfr. DA 179.308).38
2.4.4.- La familia
175.
La familia está llamada a acoger la vida, ser escuela de fe, introducir a los hijos en el
camino de la iniciación cristiana
y acompañar en el descubrimiento de su vocación de servicio, sea en la vida laical c
omo en la consagrada. De este modo, la
formación de los hijos como discípulos de Jesucristo, se opera en las experiencias d
e la vida diaria en la familia misma, con el
ejemplo y amor de los padres y de todos sus miembros (cfr. DA 302-303).
3.- PUEBLO DE DIOS, CORRESPONSABLE EN
LA MISIÓN
3.1.- Iglesia, Pueblo de Dios
176.
Fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin cone
xión alguna de unos con otros,
sino constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y le sirviera santamente.
En la historia de la salvación, Dios eligió
a Israel como su pueblo, hizo un pacto con él y lo instruyó gradualmente, revelándos
e a sí mismo y dándole a conocer su
voluntad. Este pueblo era figura de la Iglesia, que en Cristo y por el pacto hecho en
su sangre llega a ser el único y definitivo.
Ese pacto nuevo lo estableció Cristo convocando un pueblo de judíos y gentiles, que
se unificara no según la carne, sino en
el Espíritu, y constituyera el nuevo Pueblo de Dios. Pues quienes creen en Cristo, re
nacidos no de un germen corruptible, sino
de uno incorruptible, mediante la Palabra de Dios vivo (cfr. 1Pe 1, 23), no de la carn
e, sino del agua y del Espíritu Santo (cfr. Jn
3, 5-6), pasan, finalmente, a constituir “un linaje escogido, sacerdocio regio, nación s
anta, pueblo de adquisición..., que en un
tiempo no era pueblo y ahora es pueblo de Dios” (1Pe 2, 9-10; cfr. LG 9).
177.
El Pueblo de Dios son los fieles cristianos quienes, incorporados a Cristo por el bauti
smo son hechos partícipes de
la función sacerdotal, profética y real de Cristo, cada uno según su propia condición,
y llamados a desempeñar la misión que
Dios encomendó cumplir a la Iglesia en el mundo (cfr. CIC 204 § 1). La condición de
este pueblo es la dignidad y la libertad de
los hijos de Dios, en cuyos corazones habita el Espíritu Santo como en un templo. Ti
ene por ley el nuevo mandato de amar
como el mismo Cristo nos amó a nosotros (cfr. Jn 13, 34). Y tiene en último lugar, co
mo fin, el dilatar más y más el Reino
de Dios, iniciado por el mismo Dios en la tierra, hasta el final de los tiempos (cfr. LG
9). Todos los fieles tienen una común
dignidad, expresada en el sacerdocio común bautismal. El sacerdocio ministerial, dif
erente esencialmente, está al servicio del
sacerdocio común (cfr. LG 10).
178.
En el Evangelio Jesús dice a Nicodemo que es necesario nacer de lo alto, del agua
y del Espíritu para entrar en el reino
de Dios (cfr. Jn 3, 3-5). Somos introducidos en este pueblo a través del Bautismo, a
través de la fe en Cristo, don de Dios que
se debe alimentar y hacer crecer en toda nuestra vida.
179.
En virtud del Bautismo somos el Pueblo de Dios discípulo misionero. “Recibiendo la
fe y el Bautismo, nosotros
cristianos acogemos la acción del Espíritu Santo que conduce a confesar a Jesucrist
o como Hijo de Dios y llamar a Dios Abbá
(Padre). Todos los bautizados estamos llamados a vivir y a transmitir la comunión co
n la Trinidad, porque la evangelización es
un llamado a la participación de la comunión trinitaria” (DA 157).
3.2.- Una Iglesia sinodal es misionera
180.
La misión no es proselitismo sino comunión que se irradia y alarga. En una Iglesia q
ue se define a sí misma como
signo e instrumento de la unión con Dios y de la unidad del género humano (cfr. LG
1), la misión no consiste en comercializar
un producto religioso, sino en construir una comunidad en la que las relaciones sean
transparencia del amor de Dios y, de este
modo, la vida misma se convierta en anuncio. En los Hechos de los Apóstoles la vid
a de comunión de la comunidad primitiva le 39
confería capacidad de atracción. La aportación de cada bautizado es preciosa e indi
spensable. Una Iglesia sinodal misionera
solicita la contribución de todos, cada uno con sus dones y tareas, valorando la diver
sidad de los carismas e integrando la
relación entre dones jerárquicos y carismáticos (cfr. IL 52-54).
181.
La Iglesia no puede limitarse en modo alguno a una pastoral de mantenimiento para
los que ya conocen el Evangelio
de Cristo. El impulso misionero es una señal clara de la madurez de una comunidad
eclesial. La Palabra de Dios es la verdad
salvadora que todo hombre necesita en cualquier época. Por eso, el anuncio debe s
er explícito. La Iglesia ha de ir hacia todos
con la fuerza del Espíritu (cfr. 1Cor 2, 5) y seguir defendiendo proféticamente el dere
cho y la libertad de las personas de
escuchar la Palabra de Dios, buscando los medios más eficaces para proclamarla, i
ncluso con riesgo de sufrir persecución (cfr.
Rom 1, 14; VD 95). “Aquí está el reto fundamental que afrontamos: mostrar la capac
idad de la Iglesia para promover y formar
discípulos y misioneros que respondan a la vocación recibida y comuniquen por doq
uier, por desborde de gratitud y alegría, el
don del encuentro con Jesucristo” (DA 14).
182.
Necesitamos ser más misioneros en el mundo digital haciendo un buen uso de las te
cnologías, que se constituyen
como un espacio social y cultural novedoso, desde donde muchos habitan y constru
yen sus vidas. Estamos frente a un
proceso que genera grandes transformaciones en la mentalidad, en los comportami
entos, en los criterios de análisis y de
discernimiento. De ahí la oportunidad de reconocer y promover las redes sociales y l
os espacios comunicativos para el
encuentro con Jesucristo y la contemplación de la realidad con ojos de fe (cfr. AE 27
1). Los misioneros han partido siempre
con Cristo hacia nuevas fronteras, precedidos y empujados por la acción del Espíritu.
Hoy, nos toca acercarnos a la cultura
actual en todos los espacios en los que las personas buscan sentido y amor, incluye
ndo el mundo virtual. Hay muchas
iniciativas online ligadas a la Iglesia que son de gran valor y utilidad, que ofrecen un
a excelente catequesis y formación en la
fe. Desafortunadamente, las hay también que en las temáticas ligadas a la fe son su
perficiales, polarizadas y hasta cargadas
de odio. Como Iglesia y como misioneros digitales tenemos el deber de preguntarno
s cómo garantizar que nuestra presencia
online constituya una experiencia de crecimiento para aquellos con quienes nos com
unicamos (cfr. ISM 17).
183.
La piedad popular es una manera legítima de vivir la fe, un modo de sentirse parte d
e la Iglesia y una forma de ser
misioneros. En el ambiente de secularización que viven nuestros pueblos, sigue sien
do una poderosa confesión del Dios vivo
que actúa en la historia y un canal de transmisión de la fe. El caminar juntos hacia lo
s santuarios y el participar en otras
manifestaciones de la piedad popular, también llevando a los hijos o invitando a otro
s, es un gesto evangelizador por el cual el
pueblo cristiano se evangeliza a sí mismo y cumple la vocación misionera de la Igles
ia (cfr. DA 258-265).
3.3.- Todas las vocaciones son corresponsables en la misión
3.3.1.- La vocación laical
184.
La misión propia y específica de los fieles laicos se realiza en el mundo, de tal modo
que, con su testimonio y su
actividad, contribuyen a la transformación de las realidades y la creación de estructu
ras justas según los criterios del
Evangelio (cfr. DA 210). Ellos hacen presente a la Iglesia y anuncian la Buena Nuev
a en el mundo del trabajo, de la economía,
de la política, de las artes y de la cultura, en la investigación científica, en la educaci
ón y en la formación, en el cuidado de
la Casa común y en la participación en la vida pública. Ellos no tienen una vocación i
nferior a los consagrados y sacerdotes.
Pero, muchas veces han sido considerados como sus colaboradores en los asuntos
de la Iglesia, con la justificación de que su
misión está fuera de la Iglesia. Por eso, se debe promover la participación de los laic
os no sólo en espacios de transformación
social, sino también en la corresponsabilidad eclesial y pastoral.
185.
Los padres, los abuelos y todos los que viven y comparten su fe en familia son los pr
imeros misioneros. La familia,
como comunidad de vida y de amor, es un lugar privilegiado de educación en la fe y
en la práctica cristiana y necesita un 40
especial acompañamiento al interior de la comunidad. El apoyo es necesario, sobre
todo, para los padres que deben conciliar
el trabajo, también al interno de la comunidad eclesial y en el servicio de la misión, c
on las exigencias de la vida familiar (cfr.
ISM 8).
3.3.2.- La vocación a la vida consagrada
186.
La vida consagrada es un camino de especial seguimiento de Cristo, para dedicarse
a Él con un corazón indiviso,
y ponerse, como Él, al servicio de Dios y de la humanidad, asumiendo la forma de vi
da que Cristo escogió para venir a este
mundo: una vida virginal, pobre y obediente (cfr. DA 216). Los consagrados colabor
an, según sus carismas con la gestación
de una nueva generación de cristianos discípulos misioneros, de una sociedad dond
e se respete la justicia y la dignidad de
la persona humana. Su vida y su misión deben estar insertas en la Iglesia particular
y en comunión con el Obispo. Para ello,
es necesario crear cauces comunes e iniciativas de colaboración, que lleven a un co
nocimiento y valoración mutuos, a un
compartir la misión con todos los llamados a seguir a Jesús (cfr. DA 217-218).
3.3.3.- La vocación al ministerio ordenado
187.
Una Iglesia sinodal es consciente del valor insustituible del ministerio ordenado, del
Obispo, de los presbíteros
y diáconos. Los presbíteros son los principales cooperadores del Obispo y hacen co
n él un único presbiterio (LG 28); los
diáconos ordenados para el ministerio sirven al Pueblo de Dios en el servicio de la P
alabra, en la Liturgia, pero, sobre todo, en la
caridad (cfr. LG 29). Los diáconos y los presbíteros están comprometidos en las for
mas más diversas del ministerio pastoral.
El sacerdocio ministerial está al servicio del sacerdocio común de los fieles. Querem
os para nuestra Iglesia diocesana más
sacerdotes, mejor formados, mejor acompañados y menos aislados para que así ten
gan más espíritu misionero. Pero, un
obstáculo al ministerio y a la misión proviene del clericalismo, que nace de una mala
comprensión de la llamada divina, que
lleva a concebirla más como un privilegio que como un servicio, y se manifiesta en u
n estilo de poder mundano que rehúsa dar
razones. Por ello, es importante librar a la Iglesia del clericalismo, que cree que los s
acerdotes son los únicos importantes y
responsables de la Iglesia y que los laicos no tienen mucho que hablar o que aportar,
lo cual puede ser una tentación tanto
para los clérigos como para los laicos (cfr. ISM 11). “La renovación de la parroquia e
xige actitudes nuevas en los párrocos y en
los sacerdotes que están al servicio de ella. La primera exigencia es que el párroco
sea un auténtico discípulo de Jesucristo,
porque sólo un sacerdote enamorado del Señor puede renovar una parroquia. Pero,
al mismo tiempo, debe ser un ardoroso
misionero que vive el constante anhelo de buscar a los alejados y no se contenta co
n la simple administración” (DA 201).
188.
“La realidad actual nos exige mayor atención a los proyectos formativos de los Semi
narios, pues los jóvenes son
víctimas de la influencia negativa de la cultura postmoderna, especialmente de los m
edios de comunicación social, trayendo
consigo la fragmentación de la personalidad, la incapacidad de asumir compromisos
definitivos, la ausencia de madurez
humana, el debilitamiento de la identidad espiritual, entre otros, que dificultan el proc
eso de formación de auténticos discípulos
y misioneros” (DA 318).
189.
Jesús nos pide que, habiendo fortalecido nuestro ser personal y comunitario, salgam
os todos, como Iglesia, a
misionar, a llevar su evangelio por todas partes. Nos quiere misioneros alegres, crea
tivos, intrépidos, movidos por el fuego
de su Espíritu. Quiere que salgamos a las periferias físicas y existenciales, y llevem
os ahí la alegría del Evangelio… Ser Iglesia
en salida misionera implica, además, ir a aquellos que han estado siempre lejos de l
a Iglesia y para quienes también está
destinada la Palabra de Dios. A ellos necesitamos llegar e interactuar, mostrando la
belleza del Evangelio. Jesús quiere que
contagiemos a todo el mundo de su amor y de su misericordia. Ninguna persona qu
e vive en nuestro territorio diocesano
debería quedarse sin oírnos hablar de Cristo, el Cordero inmolado por nuestra salva
ción (Sr. Obispo Juan Espinoza Jiménez,
Saludo en la Toma de Posesión, 15 febrero 2022).41
4.- UNA IGLESIA SAMARITANA PARTICIPATIV
A
4.1.- Una Iglesia sinodal es participativa
4.1.1.- La participación crea la comunión
190.
La participación es tener parte en alguna cosa, tener alguna cosa en común o actuar
junto con alguien. Es la
participación común en la vida de Jesucristo lo que da fundamento a la comunión. J
esús nos enseña a vivir la comunión,
cargando con nuestro pecado. Participar es hacerse solidario, apropiarse el peso del
otro y llevarlo sobre los hombros. La
participación es el don de sí mismo a los demás, es mucho más que dar cosas, es s
alir de sí mismo para donarse. El Espíritu
Santo nos regala carismas para la misión y esos carismas son para donarlos. Por es
o, “que cada uno, con el don que ha
recibido, se ponga al servicio de los demás” (1Pe 4, 10a).
191.
Si no participamos en la vida de nuestros hermanos, estamos fuera de la comunidad,
aunque vivamos dentro de
ella. La comunión nace de la participación y no podemos decir que estamos viviendo
la comunión si no participamos en la
comunidad. Aunque habrá que enfatizar que hay diferentes maneras de pertenecer
a la comunidad y hay diferentes maneras
por lo mismo de participar, de ahí que la riqueza de los ministerios sea la manera m
ás clara de participar en la diferencia.
192.
Todo el Pueblo de Dios, laicos, consagrados y ordenados, están llamados a particip
ar comenzando por el ejercicio de
la escucha profunda y respetuosa de los demás. Esta actitud crea un espacio para e
scuchar juntos al Espíritu Santo desde
la oración y la escucha de la Palabra de Dios, para discernir entre muchas opciones
y elegir no lo más fácil sino lo mejor, lo
que Dios pide a nuestra Iglesia. La participación se basa en que todos los fieles está
n cualificados y llamados a servirse
recíprocamente a través de los dones que cada uno ha recibido del Espíritu Santo.
En una Iglesia sinodal, toda la comunidad,
en la libre y rica diversidad de sus miembros, está llamada a orar, escuchar, analizar,
dialogar, discernir y aconsejar para
tomar decisiones pastorales que correspondan lo más posible a la voluntad de Dios.
Hay que hacer esfuerzos genuinos para
asegurar la inclusión de los que están en los márgenes o se sienten excluidos (cfr. V
VS 1.4).
4.1.2.- La conversación en el Espíritu, un modo eclesial de parti
cipar
193.
Discernir comunitariamente tiene que ver más con la búsqueda y acogida de lo que
agrade más a Dios que de la
opinión mayoritaria. Es buscar juntos, en un clima de oración, reflexión y diálogo frat
erno, la voluntad de Dios. Hay que procurar
llegar a una decisión unánime o al menos a un consenso de la mayoría y tener la co
nfirmación de esta decisión por parte de la
autoridad eclesial. El discernimiento requiere partir de una disposición a escuchar: al
Señor, a los demás, a la realidad misma
que siempre nos desafía de maneras nuevas. Solo quien está dispuesto a escuchar
tiene la libertad para renunciar a su propio
punto de vista parcial o insuficiente, a sus costumbres, a sus esquemas (cfr. GE 17
2). Los Hechos de los Apóstoles nos narra
momentos importantes en el camino de la Iglesia apostólica, en los que el Pueblo de
Dios fue llamado a ejercer en forma
comunitaria el discernimiento de la voluntad del Señor resucitado. El protagonista qu
e guía y orienta en este camino es el
Espíritu Santo, derramado sobre la Iglesia el día de Pentecostés. Los discípulos, en
el ejercicio de sus respectivos roles, tienen
la responsabilidad de ponerse en actitud de escuchas de su voz para discernir el ca
mino que se debe seguir. Por ejemplo, en
la elección de siete hombres de buena reputación, llenos de Espíritu Santo y de sabi
duría, a los que los Apóstoles confiaron el
oficio de servir las mesas (cfr. Hch 6, 1-6), y en el discernimiento de la cuestión cruci
al de la misión entre los paganos (cfr. Hch
10; SIN 19).
194.
La Conversación en el Espíritu es un método de discernimiento comunitario; escuch
ándonos unos a otros, acogiendo
nuestra diversidad, para poder discernir lo que Espíritu del Señor dice a la Iglesia. “E
l término «conversación» no indica un 42
intercambio genérico de ideas, sino aquella dinámica en la que la palabra pronuncia
da y escuchada genera familiaridad,
permitiendo a los participantes intimar entre sí. La especificación «en el Espíritu» ide
ntifica al auténtico protagonista: el
deseo de los que conversan tiende a escuchar su voz, que en la oración se abre a la
libre acción de Aquel que, como el viento,
sopla donde quiere (cfr. Jn 3, 8). Poco a poco, la conversación entre hermanos y her
manas en la fe abre el espacio para un con
sentimiento, es decir, para escuchar juntos la voz del Espíritu. No es conversación e
n el Espíritu si no hay un paso adelante en
una dirección precisa, a menudo inesperada, que apunta a una acción concreta” (IL
33). La Conversación en el Espíritu permite
que cada participante escuche y se examine bajo la Palabra de Dios, se sienta acogi
do, perciba que su aportación se tiene en
cuenta y pueda así reconocerse en el resultado final, aunque no refleje perfectament
e su punto de vista.
4.1.3- La participación sinodal de Todos - Algunos – Uno
195.
En una Iglesia sinodal la participación se funda sobre el hecho de que todos los fiele
s están habilitados y son llamados
para que cada uno ponga al servicio de los demás los respectivos dones recibidos d
el Espíritu Santo. La autoridad de los
Pastores es un don específico del Espíritu de Cristo Cabeza para la edificación de to
do su Cuerpo, no una función delegada y
representativa del pueblo. En este sentido, la participación de todos los miembros d
e la Iglesia en el discernimiento y en la
misión se vive según la lógica de “todos”, “algunos” y “uno”.
196.
De “todos” porque en todos los bautizados de la Iglesia particular, desde el primero
hasta el último, actúa la fuerza
santificadora del Espíritu que impulsa a evangelizar. Dios dota a la totalidad de los fi
eles de un instinto de la fe —el sensus
fidei— que los ayuda a discernir lo que viene realmente de Dios. La presencia del E
spíritu otorga a los cristianos una cierta
connaturalidad con las realidades divinas y una sabiduría que les permite captarlas i
ntuitivamente. Luego, los participantes
en las asambleas, sínodos o consejos por elección o por nombramiento episcopal, s
on los llamados “algunos”, que reflejan y
representan la diversidad de vocaciones, de ministerios, de carismas, de competenc
ias, de extracción social y de proveniencia
geográfica. Finalmente, el “Uno” es el Obispo, sucesor de los Apóstoles y Pastor de
su grey, que convoca y preside el Sínodo,
Asamblea o Consejo de la Iglesia particular, el cual está llamado a ejercer el ministe
rio de la unidad y de guía con la autoridad
que le es propia.
197.
No hay exterioridad ni separación entre la comunidad y sus Pastores sino distinción
de competencias en la
reciprocidad de la comunión. Un sínodo, una asamblea, un consejo no pueden toma
r decisiones sin los legítimos Pastores. El
proceso sinodal se debe realizar en el seno de una comunidad jerárquicamente estr
ucturada. En una Diócesis, por ejemplo,
es necesario distinguir entre el proceso para elaborar una decisión mediante un trab
ajo común de discernimiento, consulta
y cooperación, y la decisión pastoral que compete a la autoridad del Obispo, garante
de la apostolicidad y catolicidad. La
elaboración es una competencia sinodal, la decisión es una responsabilidad minister
ial. Un ejercicio pertinente de la sinodalidad
debe contribuir para articular mejor el ministerio del ejercicio personal y colegial de l
a autoridad apostólica con el ejercicio
sinodal del discernimiento por parte de la comunidad (cfr. SIN 56. 69).
4.2.- Una Iglesia samaritana es servidora por amor al prójimo
198.
«La Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión
íntima con Dios y de la unidad
de todo el género humano» (LG 1), por lo que no vive para sí misma, es servidora d
el Reino y de los hombres. Nuestro Señor
Jesús dio comienzo a la Iglesia predicando la buena nueva, es decir, la llegada del
Reino de Dios prometido desde siglos en
la Escritura: “Porque el tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca” (Mc 1,
15). Ahora bien, este Reino brilla ante los
hombres en la palabra, en las obras y en la presencia de Cristo (cfr. LG 5). El nacimi
ento de la Iglesia, y por consecuencia su
identidad, está marcada por ser una Iglesia al servicio del Reino con la predicación d
e la buena nueva.
199.
La misión de la Iglesia es hacer discípulos: “Por tanto, vayan, y hagan discípulos a t
odas las naciones, bautizándolos 43
en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden t
odas las cosas que les he mandado” (Mt
28, 19-20a). A medida que la Iglesia hace discípulos, la gente puede seguir a Jesús
como su Salvador y Señor. “El Espíritu del
Señor impulsa al Pueblo de Dios en la historia a discernir los signos de los tiempos y
a descubrir en los más profundos anhelos
y problemas de los seres humanos el plan de Dios sobre la vocación del hombre en
la construcción de la sociedad, para hacerla
más humana, justa y fraterna” (DP 1128). “La evangelización de los pobres fue para
Jesús uno de los signos mesiánicos y
será́ también para nosotros, signo de autenticidad evangélica” (DP 1130). Ahora bie
n, este ser de la Iglesia como servidora de
los hombres y en especial de los pobres se identifica mucho con la imagen del Sam
aritano que se detiene ante el hombre del
camino, el hombre herido y sufriente.
200.
La parábola del Buen Samaritano (Cfr. Lc 10, 25-37) nos hace pensar en nuestro pu
eblo y en el hombre de hoy
herido y sufriente de los males modernos, que necesitan el paso del Samaritano que
ayude a curar sus heridas. En efecto, la
actitud samaritana es una reacción ante la realidad. Aun cuando el sacerdote y el le
vita vieron al hombre herido, ese hecho no
produjo nada en ellos. Por el contrario, el samaritano reacciona con cercanía y brind
a ayuda no momentánea, ni de consuelo
inmediatista, sino de una comprometida acción en defensa de la vida del herido, que
incluye su tiempo, su bienestar y su
dinero.
201.
Una Iglesia samaritana no consiste en ser un agente más de activismo social, sino u
na madre que acompaña en todo
momento al hombre herido. Seamos una Iglesia que sale a las periferias marcadas
por las pobrezas más dolientes. Seamos
una Iglesia que escucha el clamor de los pobres que tienen múltiples rostros y el cla
mor de la tierra, ambos cada vez más
intensos y estrechamente vinculados. Seamos una Iglesia compasiva que descubre
la presencia de Jesús en sus hermanos y
hermanas más pequeños (cfr. Mt 25, 31-46) a partir de la vulnerabilidad compartida.
Seamos una Iglesia que dilate el Reino de
Dios en la historia trabajando junto con otras personas e instituciones para que los p
obres sean sujetos de su desarrollo y su
destino (cfr. AE 216). Seamos una Iglesia abierta y preocupada por los problemas, i
nquietudes y sufrimientos de los hombres
de hoy. Seamos una Iglesia que acompaña en el camino, que cuida y cura las herid
as de los que sufren, es decir, una Iglesia
samaritana. No será vana la premura de nuestra Diócesis en echar el poco bálsamo
que tenemos en los pies heridos de los
migrantes que atraviesan nuestro territorio y de gastar por ellos el dinero duramente
colectado; el Samaritano divino, al final,
enriquecerá a quien no pasó indiferente ante Él cuando estaba caído sobre el camin
o (cfr. Lc 10, 25-37; Papa Francisco a los
Obispos de México, 13 febrero 2016).
202.
Jesús, el Buen Samaritano por excelencia, quiere comunicarnos su vida y ponerse a
l servicio de la vida. Lo vemos
cuando se acerca al ciego del camino (cfr. Mc 10, 46-52), cuando dignifica a la sama
ritana (cfr. Jn 4, 7-26), cuando sana a
los enfermos (cfr. Mt 11, 2-6), cuando alimenta al pueblo hambriento (cfr. Mc 6, 30-4
4), cuando libera a los endemoniados
(cfr. Mc 5,1). En su Reino de vida Jesús incluye a todos: come y bebe con los pecad
ores (cfr. Mc 2, 16), sin importarle que lo
traten de comilón y borracho (cfr. Mt 11, 19); toca leprosos (cfr. Lc 5, 13), deja que u
na mujer prostituta unja sus pies (cfr. Lc
7, 36-50) y de noche recibe a Nicodemo para invitarlo a nacer de nuevo (cfr. Jn 3, 1-
15). Igualmente invita a sus discípulos
a la reconciliación (cfr. Mt 5, 24), al amor a los enemigos (cfr. Mt 5, 44) y a optar por
los más pobres (cfr. Lc 14, 15-24). En el
seguimiento de Jesucristo, aprendemos de Él mismo su compasión entrañable ante
el dolor humano; su cercanía a los pobres
y a los pequeños; y su fidelidad a la misión encomendada.
203.
“Acercándonos al pobre para acompañarlo y servirlo, hacemos lo que Cristo nos ens
eñó́ , al hacerse hermano
nuestro, pobre como nosotros. Por eso, el servicio a los pobres es la medida privileg
iada, aunque no excluyente, de nuestro
seguimiento de Cristo. El mejor servicio al hermano es la evangelización que lo disp
one a realizarse como hijo de Dios, lo
libera de las injusticias y lo promueve integralmente” (DP 1145). Hoy, una Iglesia en
cerrada en sí misma, en sus problemas,
preocupaciones y de espaldas a las preocupaciones y el sufrimiento de los hombres,
sería infiel a su propia razón de ser y su
finalidad, que es hacer presente a Jesús al hombre de hoy. Nuestro pueblo está heri
do y nuestra pastoral será samaritana si
hacemos vida las opciones pastorales del PGP 2031-2033:44
4.2.1.- Opción por una Iglesia que anuncia
y construye la dignidad humana
204.
Ante innumerables embates de esta nueva época por mutilar, distorsionar, cambiar
y ensombrecer la imagen del ser
humano, la Iglesia está llamada a proclamar que toda persona tiene un valor en sí m
isma. Señalamos además con claridad,
que sólo Dios es dueño de la vida, desde su concepción hasta la muerte natural, por
lo que urgimos para que también el Estado,
sea garante de todo derecho humano, procurando los medios necesarios para que t
oda persona se realice en plenitud. Nuestro
Señor Jesucristo, en su camino de Redención, ha venido para que el hombre tenga
vida y la tenga en abundancia (cfr. Jn 10,10).
Son muchas las limitaciones y los atropellos que se cometen en contra de la vida hu
mana. En el centro de esta realidad se
encuentra la fuerza del Reino de Dios, que como cristianos nos lleva a construir las
bases de una sociedad donde se reconozca,
se valore y se construya integralmente la dignidad de la persona (cfr. PGP 172-173).
4.2.2.- Opción por una Iglesia comprometida
con la paz y las causas sociales
205.
Para nosotros la paz es una Persona, Jesucristo mismo (cfr. Ef 2,14) que, en su mist
erio de Redención, ha venido
a restaurar nuestra imagen de hijos de Dios en Él y a reconciliar consigo todos los p
ueblos. Así, cuando hablamos de una
tarea y compromiso de la Iglesia por la paz, no sólo pensamos en los actos de viole
ncia contra la vida humana y todas las
injusticias que la provocan, sino que queremos poner en el centro de nuestra vida a
Jesús y su Reino de Vida para que crezca
y se establezca, pues la paz es una tarea y un compromiso para todas las personas,
que ha de ser acogida en la vida de cada
día. La necesidad inaplazable por construir una paz firme y duradera en nuestro paí
s reclama que la Iglesia pueda sentarse
a la mesa con muchos otros invitados: organizaciones ciudadanas, confesiones relig
iosas, autoridades civiles, entidades
educativas, sectores políticos y medios de comunicación, entre otros, para que junto
s, y aportando lo que les es propio a cada
uno, podamos reconstruir el tejido social de nuestro país. Creemos que es urgente tr
abajar por la paz de nuestros pueblos y
llegar a compromisos concretos. Como sociedad mexicana es necesario combatir to
das aquellas situaciones de corrupción,
impunidad e ilegalidad que generan violencia y restablecer las condiciones de justici
a, igualdad y solidaridad que construyen
la paz (cfr. PGP 174-176).
4.2.3.- Opción por una Iglesia pueblo
206.
La Iglesia es reflejo e imagen de la Trinidad, es un pueblo reunido en la unidad del P
adre, del Hijo y del Espíritu Santo
(cfr. CIC 781). Sentirnos como Iglesia Pueblo es experimentar la alegría y la grande
za de nuestro bautismo que nos hace hijos
en el Hijo y hermanos en esta familia de Dios. En esta nueva época que pregona un
individualismo desmedido y que eleva las
libertades por encima del bien común, decimos con el Concilio Vaticano II: Dios ha q
uerido santificar y salvar a los hombres no
aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo
que le confesara en verdad y le sirviera
santamente (cfr. GS 32). Actitudes de individualismo, celos pastorales, pretensiones
principescas, arrogancia, soberbia y
comportamientos que contradicen una vida de comunión y participación, ya no tiene
n lugar en la vida de la Iglesia Pueblo (cfr.
PGP 177-179).
4.2.4.- Opción por una Iglesia misionera y evangelizadora
207.
Es necesario tener en cuenta la invaluable enseñanza de Aparecida, que nos recuer
da que toda evangelización
nace de un encuentro personal y un anuncio kerigmático (cfr. DA 244); que continúa
en un proceso discipular, viviendo y
participando en la comunidad cristiana para poder anunciar con alegría la Buena Nu
eva del Evangelio. No podemos parcializar
esta experiencia fundamental en el proceso evangelizador del creyente. 45
208.
Las palabras siempre luminosas del Papa Paulo VI, que nos hará bien recordar, pon
en de manifiesto la esencia de
la misión de la Iglesia: Nosotros queremos confirmar una vez más que la tarea de la
evangelización de todos los hombres
constituye la misión esencial de la Iglesia… Evangelizar constituye, en efecto, la dic
ha y vocación propia de la Iglesia, su
identidad más profunda. Ella existe para evangelizar, es decir, para predicar y enseñ
ar… (EN 14).
209.
Pero es una acción amplia y profunda, que llega al corazón de las personas y por su
fuerza, es capaz de transformar
todos los ambientes de la humanidad con su influjo para cambiar desde dentro y ren
ovar a la misma humanidad, transformando
con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los punt
os de interés, las líneas de pensamiento,
las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad, que están en contra
ste con la palabra de Dios y con el designio
de salvación (cfr. EN 18-19; PGP 180-183).
4.2.5.- Opción por una Iglesia compasiva y testigo de la redenci
ón
210.
Uno de los graves desafíos que actualmente se está abriendo paso con firmeza, es l
a deshumanización de la sociedad.
Pareciera que ya no nos sorprenden las atrocidades y crueldades que a diario se co
meten contra las personas, pareciera que
las injusticias y los atropellos en contra de hermanos nuestros, ya no nos dicen nada.
Pero la Palabra de Dios grita a nuestra
conciencia: Dios dijo a Caín: “¿Dónde está tu hermano Abel?” Contestó: “No sé. ¿S
oy yo acaso el guardián de mi hermano?”
(Gn 4, 9). La indiferencia y la indolencia han endurecido nuestro corazón haciéndon
os olvidar la grandeza y el valor de la
vida humana. Hoy la Iglesia redimida está llamada a vivir con un sentido nuevo las B
ienaventuranzas, a sacar todo su caudal
humanístico y ponerlo al servicio de la sociedad. Al contemplar al Cristo Redentor, h
a de abrir su corazón para acoger con
misericordia tantas realidades humanas sufrientes y a todos los descartados por la s
ociedad (cfr. PGP 184-186).
4.2.6.- Opción por una Iglesia que comparte con los adolescent
es y
jóvenes, la tarea de hacer un país lleno de esperanza, alegría y
vida plena
211.
Queremos expresar nuestro compromiso con cercanía, confianza y diálogo mutuo, p
ara reconocerlos como
protagonistas de una transformación social y sujetos de una nueva etapa en la evan
gelización en nuestras comunidades
juveniles, desde un proyecto de vida, orientado hacia su propia santidad. Sabemos
que muchos jóvenes de México
expresan su respeto por los valores evangélicos y un gran deseo de conocer más pr
ofundamente a Cristo; que aprecian el
acompañamiento cercano de sus pastores y que participan con alegría y un gran ent
usiasmo, pidiendo ser tomados en cuenta
con responsabilidades dentro de la Iglesia (cfr. PGP 187-188). Cuando se entusiasm
an por una vida comunitaria, son capaces
de grandes sacrificios por los demás y por la comunidad. En cambio, el aislamiento l
os debilita y los expone a los peores males
de nuestro tiempo (cfr. CV 110).
212.
Como Iglesia tenemos la gran tarea de ir en salida y ser samaritanos, empezando d
esde nuestro interior, es decir,
acercarnos de manera especial con aquellos hermanos sacerdotes, religiosos, religi
osas y fieles laicos, que se sienten
solos, olvidados y marginados, y necesitan la escucha, la orientación, la reconciliaci
ón y la ayuda de nosotros; pero también
debemos ir a buscar a los fieles que habiendo pertenecido a la Iglesia la han abando
nado o se mantienen con poco compromiso
o vivencia de su fe por algún maltrato, por la falta de testimonio, por la inadecuada e
vangelización que recibieron, por el trabajo
que desempañan, por la falta de caridad pastoral y de atención espiritual, y otros mo
tivos más. Igualmente, hay muchos
ambientes en los que no hemos estado como Iglesia o hemos estado muy poco: los
ambientes políticos, de maestros, de
jóvenes universitarios, enfermeros, médicos, jueces, empresarios, comerciantes, gre
mios de trabajadores y campesinos. Y
hoy tenemos el gran desafío, de llevarles a todos ellos, la buena nueva del Evangeli
o (Sr. Obispo Juan Espinoza Jiménez, Saludo
en la Toma de Posesión, 15 de febrero de 2022).46
5.- MARÍA, AUTÉNTICA DISCÍPULA DEL SEÑO
R
5.1.- Una nueva evangelización con los rasgos de María
213.
Nuestra Iglesia Diocesana quiere responder al llamado de la Nueva Evangelización i
mitando los rasgos de María, la
Madre de Dios. Ella, por el don y el privilegio de la maternidad divina, está estrecha
mente unida a su Hijo Redentor, por sus
gracias y dones singulares está también íntimamente unida con la Iglesia. Como ens
eñó san Ambrosio, la Madre de Dios es
prototipo de la Iglesia en el orden de la fe, de la caridad y de la unión perfecta con C
risto (cfr. LG 63). De modo que, las
intenciones de Dios respecto de la Iglesia las manifiesta claramente realizadas en la
Virgen María.
214.
De ahí que, esta Iglesia particular al asumir como compromiso el anuncio del Evang
elio mediante una nueva
evangelización, «nueva en su ardor, en sus métodos y en sus expresiones» (san Ju
an Pablo II) quiere seguir aprendiendo de la
Virgen María su pedagogía maternal, como lo ha venido haciendo desde hace 125 a
ños, para que la Buena Nueva llegue a todos
los ambientes de la humanidad y, con su influjo, poderla transformar desde dentro.
215.
El objetivo de la evangelización es el de permitir que cada persona entre en contact
o con Jesucristo y de hacer
la Iglesia todavía más apta para transmitir de manera persuasiva y comprensiva el E
vangelio de salvación; promoviendo al
mismo tiempo actitudes que ayuden a la conversión, es decir, al reconocimiento de l
a salvación que Cristo nos concede a
todos, Obispo, sacerdotes, consagrados y laicos. Por tanto, esta novedad evangeliz
adora no será efectiva si no hay primero
un encuentro personal con el Resucitado para así lograr una conversión personal y li
bre y como María Virgen llegar a ser
discípulos fieles de su Hijo.
216.
María, la auténtica discípula es la realización más alta del Evangelio (cfr. DA 141). «
Desde su Concepción Inmaculada
hasta su Asunción nos recuerda que la belleza del ser humano está toda en el víncu
lo de amor con la Trinidad, y que la plenitud
de nuestra libertad está en la respuesta positiva que le damos» (DA 141). Por eso,
María está presente en el Evangelio, Ella
tiene una función singular en el misterio salvífico de Cristo, ejerce personalmente y d
e manera peculiar la evangelización en la
Iglesia y en el mundo.
217.
La santísima Virgen María en sus múltiples apariciones, particularmente en el Acont
ecimiento Guadalupano nos ha
mostrado, en estos casi 500 años, que la novedad de la misión evangelizadora de la
Iglesia y del mundo no significa una renuncia
al pasado o a la Tradición de la Iglesia. La Nueva Evangelización a la que todos est
amos llamados a desarrollar sigue siendo
nueva hoy como ayer porque nuevos son los retos, nuevos los problemas, nuevas la
s situaciones y nuevos los corazones
donde ha de sembrarse el «Evangelio eterno» (Ap 14,6) que es «el mismo ayer y ho
y y para siempre» (Heb 13,8). Santa María de
Guadalupe presenta su mensaje con la misma pedagogía de Dios Padre: “con cuerd
as humanas los atraía; con lazos de amor,
y era para ellos como los que alzan a un niño contra su mejilla, me inclinaba hacia él
y le daba de comer” (Os 11,4).
218.
Sabiendo que María es desde siempre y para siempre modelo de la Iglesia-Madre e
n todas sus dimensiones, es muy
conveniente la recuperación de una mariología y de una pastoral mariana más vigor
osa, pues la presencia de María está en el
misterio de Cristo y de la Iglesia. Ella es la fuerza y la guía de los evangelizadores, p
or los cuales ora e intercede, como en Caná
y en el Cenáculo, los reúne entre sí y con Cristo. Por ello, hemos de apostar una vez
más por renovar y fortalecer la pastoral
mariana, ya que, renovar la pastoral desde María es renovar la Iglesia. De ahí que,
nuestra Diócesis desea mirarse en María,
Madre y modelo, para comprender en su integridad el sentido de su misión evangeli
zadora (cfr. RM 37).
219.
La misión evangelizadora de la Iglesia está dentro de la pastoral. Esta pastoral es ac
ción reflexionada, planeada,
organizada y alimentada por el espíritu de comunión, participación y misión. Una cla
ra acción pastoral debe, por una parte,
distinguir y subrayar la naturaleza propia de los actos litúrgicos sacramentales de los
cuales la Iglesia se alimenta; por otra, 47
la pastoral ha de valorar los actos piadosos para adaptarlos a las necesidades de ca
da comunidad eclesial. En este sentido,
la presencia de la Virgen María en la liturgia de la Iglesia es rica y significativa. Y es
que la Liturgia es un lugar eficaz para la
Evangelización de los pueblos. Por eso, en las dimensiones de la liturgia, que hacen
memoria del pasado salvífico, se actualizan
aquí y ahora y anticipan el futuro. María está presente en el misterio de Cristo y su p
resencia en la liturgia es para la Iglesia
motivo de esperanza de vida futura y de compromiso en la vida presente. Así la Virg
en María aparece íntimamente ligada a la
Historia de la Salvación. Pero en la liturgia y en la proyección caritativa que de allí br
ota, aparece hoy, más que nunca, el rostro
mariano de la Iglesia de Cristo, quien, ante la disponibilidad y prontitud, a ejemplo d
e María, realiza la Nueva Evangelización.
5.2.- María, evangelizada y evangelizadora
220.
La máxima realización de la existencia cristiana como un vivir trinitario de “hijos en e
l Hijo” nos es dada en la Virgen
María quien por su fe (cfr. Lc 1, 45) y obediencia a la voluntad de Dios (cfr. Lc 1, 38),
así como por su constante meditación de la
Palabra y de las acciones de Jesús (cfr. Lc 2, 19. 51), es la discípula más perfecta d
el Señor (cfr. LG 53). María con su fe llega a
ser el primer miembro de la comunidad de los creyentes en Cristo y se hace así cola
boradora en el renacimiento espiritual de
los discípulos. Del Evangelio emerge su figura de mujer libre y fuerte, conscienteme
nte orientada al verdadero seguimiento de
Cristo. Sobresale entre los humildes y los pobres del Señor; Ella conoció la pobreza
y el sufrimiento, la huida y el exilio (cf. Mt
2, 13-23). La Virgen María ha vivido por entero toda la peregrinación de la fe como
Madre de Cristo y luego de los discípulos, sin
que le fuera ahorrada la incomprensión y la búsqueda constante del proyecto del Pa
dre (cfr. DA 266).
221.
María, como discípula de su Hijo fue evangelizada, siendo así la primera discípula y
testigo principal de Cristo ante los
demás discípulos. Desde el instante en que acogió el mensaje del ángel en la Anunc
iación, unió la Virgen sus pasos a los de su
Hijo, al que iba a seguir con absoluta docilidad y fidelidad. Pero María es también ev
angelizadora de la Iglesia en varios sentidos,
porque históricamente participó maternalmente en los inicios de la Iglesia y, por tant
o, de la evangelización de las naciones;
segundo, porque es, por su maternidad, modelo y figura de la Iglesia siempre madre;
tercero, por su vida evangélica, que es un
testimonio viviente de la doctrina de su Hijo.
222.
Esta doble dimensión mariana evangelizada y evangelizadora es luz para las dimen
siones de los discípulos y
misioneros que somos todos los bautizados. Por tanto, si la Iglesia en su ser, precis
a estas dimensiones, quién mejor que
María nos puede guiar como Diócesis en esta renovada pastoral en la que todos, m
ovidos por el Espíritu Santo deseamos un
nuevo Pentecostés, en compañía de la Madre de Jesús (cf. Hch 1,14).
223.
María, dijimos, es modelo para la Iglesia de todos los tiempos sobre todo por su testi
monio de vida evangélica. Como
Iglesia hemos de prestar más atención en el testimonio de vida, de manera que entr
e todos favorezcamos el testimonio de fe
para evangelizar. «El énfasis en la experiencia personal y vivencial nos lleva a consi
derar el testimonio como un componente
en la vivencia de la fe» (DA 55). Pero, no se trata de dar cualquier testimonio, sino el
testimonio de la Palabra de Dios, para
poner en práctica la “nueva evangelización”. Por tanto, es siempre necesaria una re
novación de la Iglesia desde la Palabra de
Dios. Sin embargo, primero es necesario aprender de María, la gran discípula que h
a sido evangelizada por la Palabra de Dios,
en Ella la reciprocidad entre Palabra de Dios y fe se ha cumplido plenamente con su
“sí”. Ella fue dócil a la Palabra de Dios, su
perfil básico puede quedar sintetizado con la expresión “Virgen a la escucha”. Por es
o, María es modelo de la Iglesia discípula,
porque escucha, interioriza, asimila y en quien la Palabra se convierte en estilo de vi
da. María, en definitiva, es para la Iglesia
modelo de lectura orante de la Sagrada Escritura, prototipo de la perfecta conversac
ión espiritual.
224.
La misión evangelizadora y siempre maternal de María para con los hombres y muje
res de ninguna manera oscurece ni
disminuye la única mediación de Cristo, sino más bien muestra su eficacia. […] no i
mpide, sino que favorece la unión inmediata
de los creyentes con Cristo (cfr. LG 60). Además, dentro de la misión maternal de M
aría está su especial colaboración en la
obra de la salvación. El concepto de colaboración y cooperación es fundamental par
a entender la misión de María. Colaborar es 48
sumar esfuerzos, es sumarse a un proyecto que no siempre es el propio. Trabajar e
s cooperar juntamente con otras personas
en una tarea común, especialmente de forma desinteresada y, esto es en definitiva l
o que María realizó durante toda su vida
terrena y ahora glorificada. Pone todo su ser y su actuar al servicio de la misión de J
esús y de la Iglesia. En María colaboradora
del proyecto de Jesús, encontramos un estilo servicial de la actividad (colaboración)
evangelizadora (pastoral). La calidad
de su discipulado y misión, de su ser evangelizada y evangelizadora se pone de reli
eve en la decidida expresión dirigida a los
servidores en las Bodas de Caná: “Hagan lo que Él les diga” (Jn 2,5).
5.3.- María, modelo de madre y maestra de la
Iglesia sinodal en formación
5.3.1 María, Madre de la Iglesia sinodal
225.
“Al llegar la plenitud de los tiempos, envío Dios a su Hijo, nacido de mujer” (Gal 4, 4).
Solo una mujer puede ser madre.
Por medio de una mujer Dios entró en el tiempo y lo hizo pleno. En relación con el c
oncepto de Iglesia, una mariología bien
entendida desempeña una función clarificadora y profunda. La Virgen María en su c
arácter modélico encierra misteriosamente
varios conceptos; en primer lugar, su esencia femenina dada por el Creador por nat
uraleza, y así mismo hay que considerar a
la Iglesia, esencialmente femenina; incluso, así era concebida la Sinagoga respecto
de Yahvé la cual es anticipo de la Iglesia;
María como mujer, es figura natural de la Iglesia. María es fundamental en la recupe
ración de la identidad de la mujer y de su
valor en la Iglesia. María es la mujer por excelencia que invita a la Iglesia femenina
a que no pierda su esencia, su ser de madre
y maestra siempre incluyente.
226.
La misma Madre Dios es también «verdaderamente madre de los miembros de Crist
o por haber cooperado con su
amor a que naciesen en la Iglesia los fieles» (LG 53; 63). El evangelio de san Juan h
ace referencia a ello en las bodas de Caná
y en el Calvario (Jn 2 1-12; 19, 25-27). Vemos así que María está presente al princip
io y al final de la vida pública de Jesucristo,
así como lo está en la vida de cada cristiano, en la vida de nuestra Iglesia particular.
La maternidad de María ha de entenderse
no como algo que viene a llenar un vacío afectivo, sino como un acompañamiento e
n el camino de la fe de la comunidad. Y así
como el Espíritu Santo convierte a la Virgen en Madre, así María es espiritualmente
Madre de aquellos que creen y esperan en
su Hijo Jesucristo presente y operante en su Iglesia. Algunas expresiones de la mat
ernidad mariana en la vida cristiana son:
227.
- María consuela a los cristianos perseguidos. No solo estuvo presente con los prim
eros cristianos de la Iglesia,
también acompañó maternalmente, hace ya casi un siglo, a todos aquellos que luch
aron por defender firmemente su fe aquí
en México en la Revolución cristera y fortaleció a todos aquellos que al grito de ¡Viv
a Cristo Rey y Santa María de Guadalupe!,
derramaron su sangre como testimonio de su amor a la Iglesia católica; y hoy, tambi
én está animando y protegiendo a aquellos
que, en su trabajo, en la escuela, en la calle, son perseguidos por creer en Cristo.
228.
- María vela por todas las vocaciones. Cristo confió a su Madre en el Calvario al Apó
stol san Juan. Ella anima y
acompaña a los que se sienten llamados a ser sacerdotes y cuida a los que Cristo el
ige para ser sus imágenes aquí en la tierra
(cfr. NM v. 24). María, “cuya vida es norma de todos” intercede por la vida religiosa p
ara que, con integridad de fe y caridad para
con Dios y el prójimo amen la cruz y, con esperanza cristiana difundan con la vivenci
a de los consejos evangélicos el mensaje
de la salvación (cfr. PC 24). Pero también vela y ayuda a los esposos en cada «Igles
ia doméstica» para que reflejen y revivan a
diario el misterio esponsal de Cristo con la Iglesia (cfr. FC 86).
229.
- María es forjadora de la unidad. Siempre una mujer que es madre tiene el don de r
eunir a los hijos, así María siempre
congrega y reúne a sus hijos cuando hay fiesta y cuando hay dolor. María no es solo
“mi madre” sino “nuestra madre”. De este
modo, todos, Obispo, sacerdotes, consagrados y laicos debemos decirles a las nuev
as generaciones: “he ahí nuestra madre” 49
y señalar con el dedo a la Virgen María.
230.
- María nos motiva a estar con Cristo en el cielo. A nadie le gusta estar lejos de una
madre amorosa, tampoco Cristo lo
quiso y por eso la llevó con Él al cielo en cuerpo y alma. Su Asunción al cielo nos de
be motivar a las personas de esta Diócesis
de Aguascalientes a desear el cielo más que la tierra.
231.
Todo este sentido maternal de María Virgen se ve expresado de una forma siempre
nueva y perenne en el dogma
de su Asunción al cielo, el cual está en íntima comunión con la Resurrección de su
Hijo Jesucristo ya que es un fruto grande
y profundo de su victoria pascual. Mediante la resurrección y mediante la asunción e
l cuerpo ya no es una muralla que nos
separa de Dios, de los demás hombres y del mundo, sino que toda la persona es pu
erta abierta para la comunión íntima con
Dios. La persona de María asunta al cielo vive y goza de la gloria de Dios en su cuer
po y en su alma, esto es, en la totalidad de
su existencia, de esta inexplicable realización humana y divina. La proclamación de
este dogma fue en comunión con el sensus
fidei, es decir, con el sentir del Pueblo de Dios. Recordemos que este dogma promul
gado por Pío XII el 1 noviembre de 1950, tuvo
una amplia participación del Pueblo de Dios, de los fieles cristianos laicos. No surgió
única y exclusivamente de la intención
o de la voluntad del Papa o de los Obispos. El consenso del Pueblo de Dios nos rec
uerda que en una Iglesia sinodal el aporte
de todos, particularmente manifestado en la voz de sus fieles laicos, no puede ser d
esestimada y dejada a un lado. En este
dogma se une toda la Iglesia: todos, algunos y uno.
5.3.2 María, maestra de la Iglesia sinodal
232.
Las enseñanzas que imparte la Virgen María en la “Escuela de la fe” la hacen tambi
én ser maestra en la fe, esperanza
y caridad. Su maternal pedagogía se manifiesta primero, en que Ella, la discípula pe
rfecta nos enseña que para acoger la fe es
necesaria la escucha. María, como maestra de fe para la Iglesia, es la «virgen oyent
e», la que acoge con fe la Palabra de Dios.
Así lo expresan los diversos pasajes bíblicos, cuando, por ejemplo, recibe la palabra
que el ángel Gabriel le anunció de parte de
Dios (cfr. Lc 1,38). Luego, en su visita a Isabel exclamará con gozo un cántico de al
abanza, fruto de la escucha y recepción de
la Palabra Divina (cfr. Lc 1, 46-55). Incluso, para continuar haciendo suya la Palabra
hecha carne, siguió a su propio Hijo Jesús
en su predicación y permaneció con Él al pie de la Cruz (cfr. Jn 19, 25-27). María to
do lo iba guardando en su corazón (cfr. Lc
2, 19.51) e incluso como un canal de gracia, lo transmitirá como buena catedrática a
los Apóstoles que se reunían a orar y en el
Cenáculo esperaban la venida del Espíritu Santo (cfr. Hch 1, 14; 2, 1-4). Así pues, M
aría enseña a toda la Iglesia, compuesta por
cada uno de sus hijos, que ha de escuchar primero la voz de Dios para poder acept
ar y madurar en la fe.
233.
De esta forma, María nuestra Maestra, nos instruye para estar totalmente abiertos a
la Voluntad de Dios, que siempre
estará envuelta en el misterio y que como tal tendremos momentos de cierta oscurid
ad respecto a la Voluntad divina, así
como los tuvieron los padres de Jesús cuando lo encontraron en el Templo; María y
José no comprendieron lo que Jesucristo
les respondió (cfr. Lc 2, 50), pero aceptaron la Voluntad de Dios en su Hijo. Por eso,
hay que estar ciertos de que la pedagogía
mariana nos aleccionará oportunamente, incluso nos invitará a “desaprender” para p
ercibir los momentos de luz que transmite
la misma fe y así seguir el Camino que es Cristo hasta llegar a la Patria Celestial. As
í, nuestra vida aquí en la tierra será como
los mismos misterios de Cristo: de gozo, dolor, de luz y de gloria.
234.
Como Iglesia Diocesana, en participación hemos de promover sinodalmente proces
os de formación, ya que Jesús
nos pide ser discípulos atentos y dóciles a sus enseñanzas, tal como lo hizo la Virge
n María en Nazareth. Todos, niños,
adolescentes, jóvenes, adultos y ancianos, necesitamos sentarnos a los pies del Ma
estro, su ciencia nunca se agota y siempre
tenemos algo nuevo que aprender de Él. Esto implica profundizar nuestra fe y prom
over procesos de formación sistemática,
orgánica, gradual, integral y permanente en todos los niveles, que nos permitan dar
razón de lo que creemos y dar respuestas
convincentes y comprometidas ante los retos y desafíos que el mundo de hoy nos pr
esenta (Cfr. Sr. Obispo Juan Espinoza
Jiménez, Saludo en la Toma de posesión 16 febrero 2022).50
5.4.- María nos encamina a la santidad, escuchando la
Palabra de Dios y haciendo lo que Él nos dice
235.
Este tiempo que estamos viviendo como Iglesia es un tiempo bueno para transforma
r y comenzar un mundo nuevo
con un nuevo Pentecostés. A este momento la Biblia lo llama Kairós (tiempo de Dio
s), en el que lo eterno irrumpe en lo temporal,
lo estremece, lo transforma y lo capacita para su adecuada recepción. Por eso, la co
mpañía de María es valiosa, Ella con su
participación libre y responsable en el proyecto de salvación colabora con Dios para
que todos alcancen la salvación. Con
este bimilenario de la Redención y de Pentecostés recordamos el perfecto proyecto
de Dios y ahora, dos siglos después,
comenzamos una nueva era y hemos de estar preparados, por eso, la presencia de
María, Nueva Eva, con su ejemplo de vida
nos ayudará a crear una “vida nueva” y, la fuente secreta de esta vida es el amor a J
esucristo.
236.
A 500 años del Acontecimiento Guadalupano, como pueblo de Dios redimido por Je
sucristo, miramos la realidad en
este Kairós bajo la mirada de santa María de Guadalupe, Ella, la “llena de gracia”, e
s modelo de santidad para todos los que
peregrinamos hacia la Patria Celestial, en medio de heridas y esperanzas, la Moreni
ta del Tepeyac es la estrella de la Nueva
Evangelización para las familias y la vida; para los adolescentes y jóvenes; para los
migrantes, para la cultura vocacional; para
vivir la sinodalidad (cfr. PGP).
237.
El Acontecimiento Guadalupano nos remite al cántico del Magníficat de María y nos
invita a leer la historia y la pastoral
desde los criterios de Dios, pero sobre todo nos invita a vivir la primacía de la carida
d para vivir en comunión y participación
(cfr. PGP 159-161), a ser generadores de esperanza, a fortalecer y reconstruir una v
ida humana más plena de hijos de Dios (cfr.
PGP 164).
238.
No tengamos miedo al amor, a la santidad. Esta nueva vida, esta vida santa, no solo
ha de ser una renovación espiritual
y moral, sino una renovación ontológica, de toda la persona, que penetre las raíces
mismas del ser. Esperemos con María de
la Asunción un nuevo Pentecostés para nuestra Iglesia diocesana, que nos libre de l
a fatiga, la desilusión, la acomodación al
ambiente; pidamos una venida del Espíritu que renueve nuestra alegría y nuestra es
peranza. Todos esto se volverá imperioso
si primero aseguramos cálidos espacios de oración comunitaria que alimenten el fue
go de la caridad de un ardor incontenible
y hagan posible un atractivo testimonio de unidad “para que el mundo crea” (Jn 17,
21).
239.
Para lograr estos retos de nuestra Iglesia en Aguascalientes, veo providencial el lem
a episcopal, que inspirado en
el evangelio de san Juan, he elegido: “Hagamos lo que Él nos dice”. La Virgen María,
la esclava del Señor, Reina y Patrona de
Aguascalientes quien, por un privilegio especial de su Hijo Jesús, goza ya de la glori
a eterna, nos invita a todos los miembros
de esta Iglesia particular a hacer lo que Jesús nos dice en cada circunstancia y aspe
cto de nuestra vida, para que al final de
nuestra existencia terrena estemos junto a ella en la gloria eterna del cielo. “Hagamo
s lo que Él nos dice”, se trata de una frase
incluyente e indicativa, que nos implica y compromete a todos, pastores y ovejas, a t
rabajar con empeño en lo que Jesús nos
pide. Él está en medio de nosotros, junto a María, y nos invita a caminar juntos, esc
uchándolo, escuchándonos y escuchando
lo que el Espíritu Santo nos dice en la oración, y a través de lo que vive y sufre nues
tro pueblo. Jesús nos invita a caminar
juntos, compartiendo en el seno de la Iglesia nuestros dones y carismas, para seguir
construyendo su Reino en esta sociedad
concreta (Sr. Obispo Juan Espinoza Jiménez, Saludo en la Toma de posesión, 15 fe
brero 2022).
240.
Afirmamos como Iglesia Diocesana consagrada a María, en el misterio de su Asunci
ón que, solo en el Hijo amado del
Padre y en el Espíritu Santo puede ser considerada María como el prototipo purísim
o de nuestro compromiso de seguimiento
y discipulado de Cristo, haciendo lo que Él nos dice (cfr. Jn 2, 5).