Jose
Jose
Dios reveló en las Escrituras el relato auténtico e histórico de su actividad creadora. El Señor creó
el universo y, en una creación reciente de seis días, hizo “los cielos y la tierra, el mar, y todas las
cosas que en ellos hay”, y reposó en el séptimo día. De ese modo, estableció el sábado como un
monumento perpetuo conmemorativo de la obra que llevó a cabo y completó durante seis días
literales que, junto con el sábado, constituyeron la misma unidad de tiempo que hoy llamamos
semana. Dios hizo al primer hombre y a la primera mujer a su imagen, como corona de la
Creación, y les dio dominio sobre el mundo y la responsabilidad de cuidar de él. Cuando el mundo
quedó terminado, era “bueno en gran manera”, proclamando la gloria de Dios (Gén. 1; 2; 5; 11;
Éxo. 20:8-11; Sal. 19:1-6; 33:6, 9; 104; Isa. 45:12, 18; Hech. 17:24; Col. 1:16; Heb. 1:2; 11:3; Apoc.
10:6; 14:7).
EL RELATO BÍBLICO ES SENCILLO. Ante el mandato creador de Dios, “los cielos y la tierra, el
mar, y todas las cosas que en ellos hay” (Éxo. 20:11) aparecieron en forma instantánea. En solo
seis días, la Tierra fue transformada de “desordenada y vacía” hasta llegar a ser un verdoso
planeta rebosante de criaturas y plantas completamente desarrolladas. Nuestro mundo estaba
adornado de colores claros, puros y brillantes, y de encantadoras formas y fragancias, combinadas
con un gusto exquisito. Todo mostraba exactitud en sus detalles y funciones.
Luego, Dios “reposó”, haciendo una pausa para celebrar su obra y gozar de ella. Para siempre, la
belleza y la majestad de esos seis días sería recordada debido a que él se detuvo. Dediquemos
una rápida mirada al comienzo de todo.
“En el principio creó Dios los cielos y la tierra” (Gén. 1:1). La Tierra estaba envuelta en agua y
oscuridad. En el primer día, Dios separó la luz de la oscuridad, y llamó a la parte luminosa “día”; y a
la oscuridad, “noche”.
En el segundo día, Dios “separó las aguas”, haciendo división entre la atmósfera y el agua que
estaba sobre la superficie de la Tierra, produciendo así condiciones apropiadas para la vida. El
tercer día, Dios juntó las aguas en un lugar, estableciendo así la tierra seca y el mar. Luego Dios
vistió de verdor las costas, las colinas y los valles desnudos. “Produjo pues, la tierra hierba verde,
hierba que da semilla según su naturaleza, y árbol que da fruto, cuya semilla está en él, según su
género” (Gén. 1:12).
El cuarto día, Dios estableció el Sol, la Luna y las estrellas para que sirvieran “de señales para las
estaciones, para días y años”. El Sol debía gobernar durante el día; y la luna, durante la noche
(Gén. 1:14-16).
Dios creó a las aves y los peces en el quinto día. Los creó “según su especie” (Gén. 1:21), lo que
indica que sus criaturas habían de reproducirse en forma consecuente según sus propias especies.
El sexto día, Dios hizo las formas superiores de la vida animal. Dijo: “Produzca la tierra seres
vivientes según su género, bestias y serpientes y animales de la tierra según su especie” (Gén.
1:24).
Luego, en el acto cumbre de la Creación, Dios hizo al hombre “a su imagen, a imagen de Dios lo
creó; varón y hembra los creó” (Gén. 1:27). “Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era
bueno en gran manera” (Gén. 1:31).
La palabra creadora de Dios
“Por la palabra de Jehová –escribió el salmista– fueron hechos los cielos, y todo el ejército de ellos
por el aliento de su boca” (Sal. 33:6).
¿Cómo actúa esta palabra creadora?
La palabra creadora y la materia preexistente. Las palabras del Génesis: “Y dijo Dios” introducen el
mandato dinámico divino responsable de los acontecimientos majestuosos que ocurrieron en los
seis días de la Creación (Gén. 1:3, 6, 9, 11, 14, 20, 24). Cada orden venía cargada con la energía
creadora que transformó este planeta “desordenado y vacío” en un paraíso. “Porque él dijo, y fue
hecho; él mandó, y existió” (Sal. 33:9). En verdad, “entendemos haber sido constituido el universo
por la palabra de Dios” (Heb. 11:3).
Esta palabra creadora no dependía de la materia preexistente (ex-nihilo): “Por la fe entendemos
haber sido constituido el universo por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo
que no se veía” (Heb. 11:3). Ocasionalmente Dios usó materia preexistente: Adán y las bestias
fueron formados de la tierra, y Eva fue hecha a partir de una costilla de Adán (Gén. 2:7, 19, 22); en
última instancia, Dios creó también la materia.
El relato de la Creación
Se han levantado muchas preguntas acerca del relato de la Creación que aparece en Génesis.
¿Se contradicen las dos narraciones de la Creación que figuran en el primer libro de la Biblia (Gén.
1, 2) o son consecuentes? ¿Son literales los días de la Creación o representan largos períodos?
¿Fueron creados los cielos, el Sol, la Luna y aun las estrellas hace tan solo unos seis mil años?
El relato de la Creación. Los dos informes de la Creación que aparecen en la Biblia, uno en
Génesis 1:1 a 2:3, y el otro en Génesis 2:4 al 25, armonizan entre sí.
La primera narración relata en orden cronológico la creación de todas las cosas. La segunda
comienza con las palabras: “Estos son los orígenes…”, una expresión equivalente a otras que en
Génesis introducen la historia de una familia (ver Gén. 5:1; 6:9; 10:1). Esta narración describe el
lugar que ocupó la humanidad en la Creación. No es estrictamente cronológica, pero revela que
todo sirvió con el fin de preparar el ambiente para los humanos.1 Provee más detalles que la
primera acerca de la creación de Adán y Eva, y del ambiente que Dios proveyó en el Jardín del
Edén. Además, nos informa acerca de la naturaleza de la humanidad y del gobierno divino. La
única manera en que estos dos relatos de la Creación armonizan con el resto de la Escritura es si
se los acepta como literales e históricos.
Los días de la Creación. Los días de la Creación bíblica significan períodos literales de 24 horas.
La expresión “la tarde y la mañana” (Gén. 1:5, 8, 13, 19, 23, 31), típica de la forma en que el pueblo
de Dios del Antiguo Testamento medía el tiempo, especifica días individuales que comenzaban al
atardecer, es decir a la puesta del sol (ver Lev. 23:32; Deut. 16:6). No hay justificación para decir
que esta expresión significaba un día literal en Levítico, por ejemplo, y miles de millones de años
en el Génesis.
La palabra hebrea que se traduce como “día” en Génesis 1 es yom. Cuando la palabra yom va
acompañada de un número específico, siempre significa un día literal de 24 horas (por ejemplo en
Gén. 7:11; Éxo. 16:1); esto constituye una indicación más de que el relato de la Creación habla de
días literales de 24 horas.
Los Diez Mandamientos ofrecen otra evidencia de que el relato de la Creación del Génesis
involucra días literales. En el cuarto Mandamiento, Dios dice: “Acuérdate del día de reposo para
santificarlo. Seis días trabajarás, y harás toda tu obra; mas el séptimo día es reposo para Jehová tu
Dios; no hagas en él obra alguna […] porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, el mar,
y todas las cosas que en ellos hay, y reposó en el séptimo día; por tanto, Jehová bendijo el día de
reposo y lo santificó” (Éxo. 20:8-11).
En forma sucinta, Dios repite la historia de la Creación. Cada día (yom) estuvo lleno de actividad
creadora, y luego el sábado constituyó el punto culminante de la semana de la Creación. El día
sábado de 24 horas, por lo tanto, conmemora una semana literal de creación. El cuarto
Mandamiento no tendría ningún significado si cada día representara largas épocas.2
Así: “El ciclo semanal de siete días literales, seis para trabajar y el séptimo para descansar,
preservado y transmitido mediante la historia bíblica, tuvo su origen en los grandes
acontecimientos de los primeros siete días”.3
Los que citan 2 Pedro 3:8: “Para con el Señor un día es como mil años” procurando así probar que
los días de la Creación no eran días literales de 24 horas, pasan por alto el hecho de que el mismo
versículo termina diciendo que “mil años” son “como un día”. Los que consideran que los días de la
Creación representan miles de años, o enormes períodos indefinidos de millones o aun miles de
millones de años, niegan la validez de la Palabra de Dios. “Pero la suposición de que los
acontecimientos de la primera semana requirieron miles y miles de años ataca directamente los
fundamentos del cuarto Mandamiento. […] Es incredulidad en la forma más insidiosa y, por lo tanto,
más peligrosa; su verdadero carácter está disfrazado de tal manera que la sostienen y enseñan
muchos que dicen creer en la Sagrada Escritura”.4
¿Qué son “los cielos”? Algunas personas se sienten confusas, y con cierta razón, por los versículos
que dicen que Dios creó “los cielos y la tierra” (Gén. 1:1; ver 2:1; Éxo. 20:11), y que hizo el Sol, la
Luna y las estrellas en el cuarto día de la semana de la Creación, hace seis mil años (Gén.
1:14-19).
¿Fueron llamados a la existencia en ese momento todos los cuerpos celestes?
La semana de la Creación no incluyó el cielo en el cual Dios ha morado desde la eternidad. Los
“cielos” de Génesis 1 y 2 probablemente se refieran a nuestro sistema solar.
En verdad, este mundo, en vez de ser la primera creación de Cristo, lo más probable es que haya
sido su última obra. La Biblia describe a los hijos de Dios, probablemente los Adanes de todos los
mundos no caídos (Job 1:6-12). Hasta este momento, las exploraciones espaciales no han
descubierto ningún otro planeta habitado. Aparentemente están situados en la vastedad del
espacio, más allá del alcance de nuestro sistema solar contaminado por el pecado, y en
cuarentena para prevenir la infección del mal.
El Dios de la Creación
¿Qué clase de Dios es nuestro Creador? ¿Se interesa una Persona infinita como él en nosotros,
minúsculos átomos de vida en un distante rincón de su universo? ¿Se dedicó Dios a cosas
mayores y más interesantes después de haber creado el mundo?
Un Dios responsable. El relato bíblico de la Creación comienza con Dios y pasa a los seres
humanos. Implica que al crear los cielos y la Tierra, Dios estaba preparando el ambiente perfecto
para la raza humana. Los seres humanos, varón y hembra, constituyeron su gloriosa obra maestra.
El relato revela que Dios es un planificador cuidadoso que se preocupa por el bienestar de su
Creación. Plantó un jardín para que fuese su hogar especial, y les dio la responsabilidad de
cultivarlo. Creó a los seres humanos con el fin de que tuviesen una relación con él. Esta relación no
debía ser forzada, antinatural; los creó con libertad de elección y la capacidad de amarlo y servirlo.
¿Quién fue el Dios creador? En el acto creador, los tres miembros de la Deidad estuvieron
involucrados (Gén. 1:2, 26). El agente activo, sin embargo, era el Hijo de Dios, el Cristo
preexistente. En el prólogo del relato de la Creación, Moisés escribió: “En el principio creó Dios los
cielos y la tierra”. Al recordar estas palabras, Juan especificó el papel que le tocó desempeñar a
Cristo en la Creación: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. […]
todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho” (Juan
1:1-3). Más adelante, en el mismo pasaje, Juan deja muy en claro acerca de quién está
escribiendo: el Verbo es Jesús. “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros” (Juan
1:14). Jesús es el Creador, el que por su Palabra trajo la Tierra a la existencia (ver también Efe.
3:9; Heb. 1:2).
Un despliegue del amor de Dios. ¡Cuán profundo es el amor divino! Cuando Cristo, con amoroso
cuidado se arrodilló junto a Adán, dándole forma a la mano de este primer hombre, supo que
manos humanas algún día lo maltratarían y por último lo clavarían a la cruz. En un sentido, la
Creación y la Cruz se unen, por cuanto Cristo el Creador fue muerto desde la fundación del mundo
(Apoc. 13:8). Su presciencia divina5 no lo detuvo. Bajo la ominosa nube del Calvario, Cristo sopló
en la nariz de Adán el aliento de vida, sabiendo que este acto creador lo privaría a él mismo de su
propio aliento de vida. El amor incomprensible es la base de la Creación.
El propósito de la Creación
El amor provee el motivo de todo lo que Dios hace, por cuanto él mismo es amor (1 Juan 4:8). Nos
creó, no solo para que pudiésemos amarlo, sino con el fin de que él también pudiese amarnos. Su
amor lo llevó a compartir en la Creación uno de los mayores dones que él pudiese conferir: la
existencia. ¿Ha indicado entonces la Biblia con qué propósito existen el universo y sus habitantes?
Para revelar la gloria de Dios. A través de sus obras creadas, Dios revela su gloria: “Los cielos
cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos. Un día emite palabra a
otro día, y una noche a otra noche declara sabiduría. No hay lenguaje, ni palabras, ni es oída su
voz. Por toda la tierra salió su voz, y hasta el extremo del mundo sus palabras” (Sal. 19:1-4).
¿Qué propósito tiene este despliegue de la gloria de Dios? La naturaleza funciona como testigo de
Dios. Es su intención que sus obras creadas atraigan a los individuos hacia él. Pablo declara:
“Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y Deidad, se hacen claramente visibles desde la
creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen
excusa” (Rom. 1:20).
Al ser nosotros atraídos a Dios por medio de la naturaleza, aprendemos más acerca de sus
cualidades, que pueden ser incorporadas en nuestra propia vida. Y, al reflejar el carácter de Dios,
le damos gloria, cumpliendo así el propósito para el cual fuimos creados.
Para poblar el mundo. El Creador no deseaba que la Tierra fuese un planeta solitario y vacío; debía
ser habitado (Isa. 45:8). Cuando el hombre sintió la necesidad de tener compañía, entonces Dios
creó a la mujer (Gén. 2:20; 1 Cor. 11:9). Así estableció la institución del matrimonio (Gén. 2:22-25).
El Creador no solo le dio a la primera pareja el dominio sobre este mundo nuevamente creado, sino
también, al pronunciar las palabras “fructificad y multiplicaos” (Gén. 1:28), les concedió el privilegio
de participar en su Creación.
El significado de la Creación
Hombres y mujeres de cada generación se han visto tentados a ignorar la doctrina de la Creación.
“¿A quien le importa cómo Dios creó el mundo?”, dicen. “Lo que necesitamos saber es cómo llegar
al cielo”. Sin embargo, la doctrina de una Creación divina forma “el fundamento indispensable de la
teología bíblica y cristiana”.6 Buen número de conceptos bíblicos fundamentales se hallan
arraigados en la Creación divina.7 De hecho, el conocimiento de cómo Dios creó “los cielos y la
tierra” puede, en última instancia, ayudarnos a encontrar el camino a los nuevos cielos y la nueva
Tierra a los que se refiere Juan el revelador. ¿Cuáles son, entonces, algunas de las implicaciones
que tiene la doctrina de la Creación?
El antídoto de la idolatría. El hecho de que Dios es el Creador lo distingue de todos los otros dioses
(1 Cor. 16:24-27; Sal. 96:5, 6; Isa. 40:18-26; 42:5-9; 44). Debemos adorar al Dios que nos hizo, y
no a los dioses que nosotros hemos hecho. Por ser nuestro Creador, Dios merece nuestra lealtad
absoluta. Cualquier relación que estorbe esta lealtad es idolatría, y está sujeta al juicio divino. De
este modo, nuestra fidelidad al Creador es un asunto de vida o muerte.
El fundamento de la verdadera adoración. Nuestro culto a Dios se basa en el hecho de que él es
nuestro Creador; y nosotros, sus criaturas (Sal. 95:6). La importancia de este tema está indicada
por su inclusión en el llamado que se extiende a los habitantes del mundo justamente antes del
retorno de Cristo, instándolos a adorar “a aquel que hizo el cielo y la tierra, el mar y las fuentes de
las aguas” (Apoc. 14:7).
El sábado, un monumento a la Creación. Dios estableció el séptimo día sábado con el fin de que
tuviésemos un recordatorio perpetuo del hecho de que somos criaturas de sus manos. El sábado
fue un don de gracia, que no expresa lo que nosotros hayamos hecho sino lo que Dios hizo. El
Creador bendijo especialmente este día y lo santificó, para que nunca nos olvidáramos de que la
vida incluye, además del trabajo, la comunión con el Creador, el descanso y la celebración de las
maravillosas obras de la creación de Dios (Gén. 2:2, 3). Con el fin de recalcar su importancia, el
Creador colocó en el centro de la Ley moral el mandato de recordar este sagrado monumento a su
poder creativo, como una señal eterna y un símbolo de la Creación (Éxo. 20:8-11; 31:13-17; Eze.
20:20; ver el cap. 20 de esta obra).
El matrimonio, una institución divina. El registro bíblico de la semana de la creación Concluye con
la creación, por parte de Dios, del hombre y la mujer, la fundación del matrimonio y la institución del
día sábado. Al establecer el matrimonio como una institución divina, Dios se propuso que esta
unión sagrada entre dos individuos fuera indisoluble: El hombre “se unirá a su mujer”, y deben
llegar a ser “una sola carne” (Gén. 2:24; ver también Mar 10:9; y el cap. 23 de esta obra).
La base de la verdadera estima propia. El relato de la Creación declara que fuimos hechos a
imagen de Dios. La comprensión de este hecho provee un verdadero concepto de cuánto vale el
individuo. No deja lugar para sentimientos de inferioridad. De hecho, se nos ha reservado un lugar
único en la Creación, con el privilegio especial de mantener comunicación constante con el
Creador, y la oportunidad de llegar a ser cada vez más parecidos a él.
La base del verdadero compañerismo. La dignidad creadora de Dios establece su paternidad (Mal.
2:10) y revela la hermandad de todos los seres humanos. Él es nuestro Padre; nosotros somos sus
hijos. No importa el sexo, la raza, la educación o la posición, todos han sido creados a imagen de
Dios. Si se comprendiera y se aplicara este concepto, se eliminaría el racismo, la intolerancia y
cualquier otra forma de discriminación.
Mayordomía personal. Por cuanto Dios nos creó, somos su propiedad. Este hecho implica que
tenemos la sagrada responsabilidad de ser fieles mayordomos de nuestras facultades físicas,
mentales y espirituales. Actuar en forma completamente independiente del Creador constituye la
máxima expresión de la ingratitud (ver el cap. 21 de esta obra).
Responsabilidad por el ambiente. En la Creación, Dios colocó a la primera pareja en un jardín
(Gén. 2:8). Ellos debían cultivar la tierra y “señorear” sobre toda la Creación animal (Gén. 1:28).
Esto indica que tenemos la responsabilidad, divinamente asignada, de preservar la calidad de
nuestro ambiente.
La dignidad del trabajo manual. El Creador le dio instrucciones a Adán para que “labrara” y
“guardase” el huerto del Edén (Gén. 2:15). El hecho de que Dios mismo le asignara a la humanidad
esta ocupación útil en un mundo perfecto revela la dignidad del trabajo manual.
El valor del universo físico. Después de cada paso de la Creación, Dios declaró que lo que había
hecho era “bueno” (Gén. 1:10, 12, 17, 21, 25), y cuando terminó su obra creadora afirmó que el
conjunto “era bueno en gran manera” (Gén. 1:31). Así pues, la materia creada no es
intrínsecamente mala, sino buena.
El remedio para el pesimismo, la soledad y una vida sin sentido. El relato de la Creación revela
que, en vez de llegar a la existencia por evolución ciega, todo fue creado con un propósito. La raza
humana fue destinada a gozar de una relación eterna con el Creador. Si comprendemos que
fuimos creados con una razón específica, la vida se convierte en algo lleno de riqueza y
significado, y se desvanece el doloroso vacío y descontento que tantos expresan, siendo
reemplazado por el amor de Dios.
La santidad de la Ley de Dios. La Ley de Dios existía antes de la Caída. Tanto antes como después
de la Caída, los seres humanos estaban sujetos a ella. “La Ley de Dios es tan santa como él
mismo. Es la revelación de su voluntad, el reflejo de su carácter, y la expresión de su amor y su
sabiduría. La armonía de la Creación depende del perfecto acuerdo de todos los seres y las cosas,
animadas e inanimadas, con la Ley del Creador”.8 La Ley servía para protegerlos contra la
autodestrucción, para revelarles los límites de la libertad (Gén. 2:17), y para salvaguardar la
felicidad y la paz de los súbditos del Reino de Dios (Gén. 3:22-24; ver el cap. 19 de esta obra).
El carácter sagrado de la vida. El Creador de la vida continúa tomando parte activa en la formación
de la vida humana, haciendo de este modo que la vida sea sagrada. David alaba a Dios por
haberse involucrado en su nacimiento: “Tú formaste mis entrañas; tú me hiciste en el vientre de mi
madre. Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras […]. No fue encubierto de ti mi
cuerpo, bien que en oculto fui formado, y entretejido en lo más profundo de la tierra. Mi embrión
vieron tus ojos, y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas”
(Sal. 139:13-16). En Isaías, el Señor se identifica como el “que te formó desde el vientre”
(Isa. 44:24). Por cuanto la vida es un don de Dios, debemos respetarla; de hecho, tenemos el
deber moral de preservarla.
La obra creadora de Dios continúa
¿Ha terminado Dios su Creación? El relato de la Creación termina con la siguiente declaración:
“Fueron, pues, acabados los cielos y la tierra, y todo el ejército de ellos” (Gén. 2:1). El Nuevo
Testamento afirma que la Creación de Dios fue completada “desde la fundación del mundo” (Heb.
4:3). ¿Significa esto que la energía creadora de Cristo ya no se halla en actividad? De ninguna
manera. La Palabra creadora todavía actúa de diversas maneras.
1. Cristo y su palabra creadora. Cuatro mil años después de la Creación, un centurión le dirigió a
Jesús el siguiente ruego: “Solamente di la palabra, y mi criado sanará” (Mat. 8:8). Tal como había
hecho en la Creación, Jesús habló, y el siervo fue sanado. A través de todo el ministerio terrenal de
Jesús, la misma energía creadora que le concedió vida al cuerpo inerte de Adán levantó a los
muertos y renovó las energías de los afligidos que buscaban su ayuda.
2. La palabra creadora en la actualidad. Ni este mundo ni el universo funcionan gracias a ningún
poder propio, inherente. El Dios que los creó los preserva y los sostiene. “Él es quien cubre de
nubes los cielos, que prepara la lluvia para la tierra, el que hace a los montes producir hierba. Él da
a la bestia su mantenimiento, y a los hijos de los cuervos que claman” (Sal. 147:8, 9; ver Job
26:7-14). Él sostiene todas las cosas por su palabra, y “todas las cosas en él subsisten” (Col. 1:17;
ver Heb. 1:3).
Dependemos de Dios para la función de cada célula de nuestro cuerpo. Cada respiración, cada
latido del corazón, cada pestañeo, hablan del cuidado de un amante Creador: “Porque en él
vivimos, y nos movemos, y somos” (Hech. 17:28).
El poder creador de Dios está involucrado no solamente en la Creación, sino también en la
Redención y en la Restauración. Dios re-crea corazones (Isa. 44:21-28; Sal. 51:10). Pablo afirma:
“Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras” (Efe. 2:10). “Si alguno
está en Cristo, nueva criatura es” (2 Cor. 5:17). Dios, que puso en movimiento las innumerables
galaxias por todo el universo, usa ese mismo poder para volver a crear a su propia imagen y
semejanza al más degradado pecador.
Este poder redentor y restaurador no se limita a la transformación de vidas humanas. El mismo
poder que originalmente creó los cielos y la Tierra, después del Juicio Final los renovará, es decir
hará de ellos una nueva y magnífica creación, nuevos cielos y nueva Tierra (Isa. 65:17-19; Apoc.
21, 22).
La Creación y la Salvación
En Jesucristo, la Creación y la Salvación se encuentran. Él creó un universo majestuoso y un
mundo perfecto. Tanto los contrastes como los paralelos que existen entre la Creación y la
Salvación son significativos.
La duración de la Creación. En la Creación Cristo mandó, e instantáneamente se cumplió su
voluntad. Antes que vastos períodos de metamorfosis, es su poderosa palabra lo que es
responsable de la Creación. En seis días creó todas las cosas. Ahora bien, ¿por qué se
necesitaron aun estos seis días? ¿No podría él haber hablado una sola vez, y hecho que todas las
cosas existieran en un momento?
Es posible que nuestro Dios se deleitara en el desarrollo paulatino de nuestro planeta en esos seis
días. Posiblemente este tiempo “extendido” tiene más que ver con el valor que Dios le asigna a
cada cosa creada, o con su deseo de establecer la semana de siete días como un modelo para el
ciclo de actividad y reposo destinado a la humanidad.
En lo que se refiere a la Salvación, sin embargo, Cristo no se limita a efectuarla con un mandato
instantáneo. El proceso de salvar a la humanidad se extiende por milenios. Abarca el Antiguo Pacto
y el Nuevo Pacto, la vida de Cristo en este mundo, y sus casi dos mil años posteriores de
intercesión celestial. Aquí se presenta un vasto período –según la cronología de la Escritura, unos
seis mil años desde la Creación–, a pesar del cual la humanidad todavía no ha sido devuelta al
Jardín del Edén.
El contraste entre el tiempo que se requirió para la Creación y el necesario para la Restauración
demuestra que las actividades de Dios siempre tienen en cuenta los mejores intereses de la raza
humana. La brevedad de la Creación refleja su gran deseo de producir individuos perfectamente
desarrollados que pudiesen gozar de su Creación. Demorar la culminación de la Creación,
haciéndola depender de un proceso de desarrollo gradual a través de prolongados períodos, habría
sido contrario al carácter de un Dios amoroso. El tiempo destinado para la Restauración revela el
amante deseo que Dios siente de salvar a tantas personas como sea posible (2 Ped. 3:9).
La obra creadora de Cristo. En el Edén, Cristo pronunció la Palabra creadora. En Belén, “aquel
Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros” (Juan 1:14); de este modo, el Creador llegó a ser
parte de la humanidad. ¡Qué gesto incomprensible de condescendencia! Si bien nadie fue testigo
de la creación del mundo que realizó Cristo, muchos vieron con sus propios ojos el poder que
devolvió la vista a los ciegos (Juan 9:6, 7), el habla a los mudos (Mat. 9:32, 33), la salud a los
leprosos (Mat. 8:2, 3) y la vida a los muertos (Juan 11:14-45).
Cristo vino como el segundo Adán, el nuevo comienzo para la raza humana (Rom. 5). En el Edén,
le dio al ser humano el árbol de la vida; a su vez, la humanidad lo colgó de un árbol en el Calvario.
En el paraíso, los seres humanos se erguían en su plena estatura a imagen de Dios; en el Calvario,
el Hombre Jesús se dejó colgar a imagen de un criminal. Tanto en el viernes de la Creación como
en el de la Crucifixión, la expresión “consumado es” hablaba de una obra creadora completada
(Gén. 2:2; Juan 19:30). La una, Cristo la cumplió en calidad de Dios; la otra, como Hombre; una,
con poder veloz; la otra, en sufrimiento humano; una, por un tiempo; la otra, para toda la eternidad;
una, sujeta a la Caída; la otra, obteniendo la victoria sobre Satanás.
Fueron las manos divinas y perfectas de Cristo las que le dieron la vida al primer ser humano; y
son las manos de Cristo, heridas y ensangrentadas, las que le conceden vida eterna a la
humanidad. Los seres humanos no solo fueron creados; deben también ser re-creados. Tanto la
Creación como la Re-creación son igualmente la obra de Cristo. Ninguna puede originarse por
medio de un desarrollo natural.
Por haber sido creados a imagen de Dios, hemos sido llamados a darle gloria. Como el acto
culminante de su Creación, Dios invita a cada uno de nosotros a entrar en comunión con él,
buscando cada día el poder regenerador de Cristo a fin de que, para gloria de Dios, podamos
reflejar más perfectamente su imagen.
La Naturaleza
Humana
Dios hizo al hombre y a la mujer a su imagen, con individualidad propia, y con la facultad y la
libertad de pensar y obrar. Aunque los creó como seres libres, cada uno es una unidad indivisible
de cuerpo, mente y espíritu, que depende de Dios para la vida, el aliento y todo lo demás. Cuando
nuestros primeros padres desobedecieron a Dios, negaron su dependencia de él y cayeron de su
elevada posición. La imagen de Dios en ellos se desfiguró y quedaron sujetos a la muerte. Sus
descendientes participan de esta naturaleza caída y de sus consecuencias. Nacen con debilidades
y tendencias hacia el mal. Pero Dios, en Cristo, reconcilió al mundo consigo mismo y, por medio de
su Espíritu Santo, restaura en los mortales penitentes la imagen de su Hacedor. Creados para la
gloria de Dios, se los llama a amarlo a él y a amarse mutuamente, y a cuidar del ambiente que los
rodea (Gén. 1:26-28; 2:7, 15; 3; Sal. 8:4-8; 51:5, 10; 58:3; Jer. 17:9; Hech. 17:24-28; Rom. 5:12-17;
2 Cor. 5:19, 20; Efe. 2:3; 1 Tes. 5:23; 1 Juan 3:4; 4:7, 8, 11, 20).
“ENTONCES DIJO DIOS: HAGAMOS AL HOMBRE a nuestra imagen, conforme a nuestra
semejanza” (Gén. 1:26). Al realizar la obra culminante de su Creación, Dios no recurrió al poder de
su palabra. En vez de ello, se inclinó en un gesto de amor para formar a esa nueva criatura a partir
del polvo de la tierra.
El escultor más creativo del mundo nunca podría producir un ser tan noble como el que Dios formó.
Quizás un Miguel Ángel podría darle forma a un exterior exaltado, pero ¿y con respecto a la
anatomía y la fisiología cuidadosamente diseñadas para funcionalidad y para belleza?
La perfecta escultura yacía completa, con cada cabello, pestaña y uña en su lugar, pero Dios aún
no había terminado. Este hombre no estaba destinado a permanecer inmóvil, llenándose de polvo,
sino a vivir, a pensar, a crear y a crecer en gloria.
Inclinándose sobre esa magnífica forma, el Creador “sopló en su nariz aliento de vida, y fue el
hombre un ser viviente” (Gén. 2:7; ver 1:26). Dios, que conocía la necesidad que el hombre tendría
de compañía, le preparó “ayuda idónea”. Dios hizo caer sobre Adán un “sueño profundo”, y
mientras este dormía extrajo una de sus costillas y la transformó en una mujer (Gén. 2:18, 21, 22).
“Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó” (Gén.
1:27). Luego, Dios los bendijo y les dijo: “Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra y sojuzgadla, y
señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven
sobre la tierra” (Gén. 1:28). Adán y Eva recibieron un hogar-jardín más espléndido que la más fina
mansión del mundo. Había árboles, viñas, flores, colinas y valles, todo adornado por Dios mismo.
También había en el jardín dos árboles especiales, el árbol de la vida y el árbol del conocimiento
del bien y del mal. Dios le concedió a la primera pareja permiso para comer libremente de todo
árbol, excepto del árbol del conocimiento del bien y del mal (Gén. 2:8, 9, 17).
Así se cumplió el acontecimiento culminante de la semana de la Creación. “Y vio Dios todo lo que
había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera” (Gén. 1:31).
El origen del hombre
Si bien en nuestros días muchos creen que los seres humanos evolucionaron a partir de las formas
inferiores de vida animal, y que son el resultado de procesos naturales que requirieron miles de
millones de años, tal idea no puede armonizar con el registro bíblico. La aceptación del hecho de
que los seres humanos han estado sometidos a un proceso de degeneración es un componente
crucial de la posición bíblica acerca de la naturaleza del hombre.1
Dios creó al hombre. El origen de la raza humana se encuentra en un concilio divino. Dios dijo:
“Hagamos al hombre” (Gén. 1:26). La forma plural del verbo hacer se refiere a la Deidad trinitaria;
Dios el Padre, Dios el Hijo y Dios el Espíritu Santo (ver el cap. 2 de esta obra). De común acuerdo,
entonces, Dios comenzó a crear el primer ser humano (Gén. 1:27).
Creado del polvo de la tierra. Dios formó al hombre del “polvo de la tierra” (Gén. 2:7), usando
materia preexistente, pero no otras formas de vida, como animales marinos o terrestres. Hasta que
no hubo formado cada órgano y lo hubo colocado en su lugar, no introdujo el “aliento de vida” que
hizo del hombre una persona viviente.
Creado según el modelo divino. Dios creó a cada uno de los animales –peces, aves, reptiles,
insectos, mamíferos, etc.– “según su especie” (Gén. 1:21, 24, 25). Cada especie tenía una forma
típica, y la capacidad de reproducir su especie específica. El hombre, sin embargo, fue creado
según el modelo divino, y no según modelos del reino animal. Dios dijo: “Hagamos al hombre a
nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza” (Gén. 1:26). Existe una separación muy específica
entre los seres humanos y el reino animal. El registro genealógico de Lucas, al describir el origen
de la raza humana, expresa esta diferencia con sencillez, pero en forma profunda: “Adán, hijo de
Dios” (Luc. 3:38).
La exaltada posición del hombre. La creación del hombre constituyó el cenit de toda la Creación.
Dios puso al hombre, creado a imagen del Dios soberano, a cargo del planeta Tierra y de toda la
vida animal. L. Berkhof declara: “Era su deber y privilegio hacer que toda la naturaleza y todos los
seres creados que fueron colocados bajo su dominio estuvieran sometidos a su voluntad y
propósito, con el fin de que tanto él como todo su glorioso dominio magnificasen al Todopoderoso
Creador y Señor del universo. Gén. 1:28; Sal. 8:4-9”.2
La unidad de la raza humana. Las genealogías del Génesis demuestran que las generaciones
sucesivas después de Adán y Eva descendían sin excepciones de esta primera pareja. En nuestra
calidad de seres humanos, todos compartimos la misma naturaleza, la cual constituye una unidad
genética o genealógica. Pablo declaró: “Y de una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres,
para que habiten sobre toda la faz de la tierra” (Hech. 17:26).
Además, vemos otras indicaciones de la unidad orgánica de nuestra raza en los asertos bíblicos de
que la transgresión de Adán trajo pecado y muerte sobre todos, y en la provisión de salvación para
todos por medio de Cristo (Rom. 5:12, 19; 1 Cor. 15:21, 22).
La unidad de la naturaleza humana
¿Cuáles son las partes características de los seres humanos? ¿Están formados por varios
componentes independientes, como cuerpo, alma y espíritu?
El aliento de vida. Dios “formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y
fue el hombre un ser viviente” (Gén. 2:7).
Cuando Dios formó un cuerpo a partir de los elementos de la tierra, “sopló” el “aliento de vida” en
los pulmones del cuerpo inerte de Adán y, como resultado, fue el hombre “un ser viviente” (Gén.
2:7). Este aliento de vida es “el soplo del Omnipotente”, que da vida (Job 33:4), la chispa vital.
Podríamos compararlo con la corriente eléctrica que, cuando corre a través de diversos
componentes eléctricos, transforma un panel gris e inerte de vidrio que está en una caja,
convirtiéndolo en un cambiante cortinado de colores y acción, al encender un televisor a colores.
La electricidad produce sonido y movimiento donde antes no había nada.
El hombre es un alma viviente. ¿Qué hizo el aliento de vida? Cuando Dios formó al ser humano a
partir de los elementos de la tierra, todos los órganos estaban presentes: el corazón, los pulmones,
los riñones, el hígado, el páncreas, el cerebro, etc.; todos perfectos, pero sin vida. Entonces, Dios
sopló sobre esta materia inerte el aliento de vida, “y fue el hombre un ser viviente”.
La ecuación bíblica es bien clara: El polvo de la tierra (los elementos de la tierra) + el aliento de
vida = un ser viviente, o alma viviente. La unión de los elementos de la tierra con el espíritu de vida
produjo un ser viviente, o un alma.
Este “aliento de vida” no se limita a la gente. Toda criatura viviente lo posee. La Biblia, por ejemplo,
atribuye el aliento de vida tanto a los animales que entraron al arca de Noé como a los que no lo
hicieron (Gén. 7:15, 22).
El término hebreo de Génesis 2:7 que se ha traducido como “ser viviente”, o “alma viviente”, es
nefesh chayyah. Esta expresión no designa exclusivamente al hombre, ya que también se refiere a
los animales marinos, los insectos, los reptiles y las bestias (Gén. 1:20, 24; 2:19).
Nefesh, que se traduce como “ser”, o “alma”, proviene de nâfash, que significa “respirar”. Su
equivalente griego en el Nuevo Testamento es psujē. “Por cuanto la respiración es la más
conspicua evidencia de vida, el término nefesh básicamente designa al hombre como un ser
viviente, una persona”.3 Cuando se lo usa en referencia a los animales, como en el relato de la
Creación, los describe como criaturas vivientes que Dios creó.
Es importante señalar que la Biblia dice que el hombre “fue” –es decir, llegó a ser– un ser viviente.
No hay nada en el relato de la Creación que indique que el hombre recibió un alma, es decir,
alguna clase de entidad separada que en la Creación se unió con el cuerpo humano.
Una unidad indivisible. La importancia que tiene el relato de la Creación para comprender
correctamente la naturaleza del hombre no puede sobrestimarse. Al hacer énfasis en la unidad
orgánica del hombre, la Escritura lo describe como un todo. ¿Cómo se relacionan entonces con la
naturaleza humana el alma y el espíritu?
1. El significado bíblico de alma. Como ya hemos mencionado, en el Antiguo Testamento el término
“alma” es una traducción del hebreo nefesh. En Génesis 2:7 denota al hombre como un ser viviente
después de que el aliento de vida entró en un cuerpo físico formado de los elementos de la tierra.
“Similarmente, una nueva alma viene a la existencia siempre que nace un niño; cada alma es una
nueva unidad de vida con características especialísimas, diferente y separada de todas las otras
unidades similares. Esta cualidad de individualidad en cada ser viviente, que lo hace constituir una
entidad única, parece ser la idea que se destaca en el término hebreo nefesh. Cuando se lo usa en
este sentido, nefesh no es una parte de la persona, es la persona; y en muchos casos, se lo
traduce como ‘persona’ (ver Gén. 14:21; Núm. 5:6, 7; Deut. 10:22; Lev. 11:43).
“Por otra parte, expresiones tales como ‘mi alma’, ‘tu alma’, ‘su alma’, etc., son por lo general
modismos que reemplazan los pronombres personales yo, tú, él, etc. (ver Gén. 12:13; Lev. 11:43,
44; 19:8; Jos. 23:11; Sal. 3:2; Jer. 37:9, etc.). En más de 100 de 755 instancias en el Antiguo
Testamento, la versión inglesa llamada “Versión del Rey Jacobo” traduce nefesh como vida (Gén.
9:4, 5; 1 Sam. 19:5; Job 2:4, 6; Sal. 31:13; etc.).
“A menudo, nefesh se refiere a los deseos, los apetitos, o las pasiones (ver Deut. 23:24; Prov. 23:2;
Ecl. 6:6, 7), y a veces se traduce como ‘apetito’ (Prov. 23:2). Puede referirse al asiento de los
afectos (Gén. 34:3; Cant. 1:7; etc.), y ocasionalmente representa la dimensión volitiva del hombre,
como cuando se lo hace formar parte de expresiones como “saciarte” o “saciar tu deseo”, “como él
quisiese”, “a su voluntad” (Deut. 23:24; Sal. 105:22; Jer. 34:16). En Números 31:19, el nefesh
(traducido como persona) está muerto; y en Jueces 16:30 (traducido ‘yo’), muere. En Números 5:2
y 9:6 (‘muerto’) se refiere a un cadáver (comparar con Lev. 19:28; Núm. 9:7, 10).
“El uso de la palabra griega psujē, en el Nuevo Testamento, es similar al de nefesh en el Antiguo
Testamento. Se la usa con referencia a la vida animal así como la humana (Apoc. 16:3). En
diversos pasajes aparece traducida simplemente como ‘vida’ (ver Mat. 6:25; 16:25, etc.). En ciertas
instancias se la usa simplemente para designar ‘gente’ (ver Hech. 7:14; 27:37; Rom. 13:1; 1 Ped.
3:20; etc.), y en otras es equivalente al pronombre personal (ver Mat. 12:18; 2 Cor. 12:15, etc). A
veces se refiere a las emociones (Mar. 14:34; Luc. 2:35), a la mente (Hech. 14:2; Fil. 1:27) o al
corazón (Efe. 6:6)”.4
La psujē no es inmortal, sino que se halla sujeta a la muerte (Apoc. 16:3); puede ser destruida
(Mat. 10:28).
La evidencia bíblica indica que a veces nefesh y psujē se refieren a la persona completa, y en otras
ocasiones a un aspecto particular del ser humano, como los afectos, las emociones, los apetitos y
los sentimientos. Sin embargo, este uso de ninguna manera muestra que el hombre sea un ser
hecho de dos partes separadas y distintas. El cuerpo y el alma existen unidos; unidos forman un
todo indivisible. El alma no tiene existencia consciente fuera del cuerpo. No hay texto alguno que
indique que el alma sobrevive al cuerpo como una entidad consciente.
2. El significado bíblico de espíritu. La palabra hebrea nefesh, traducida como ‘alma’, denota
individualidad o personalidad; por su parte, la palabra hebrea del Antiguo Testamento rûaj,
traducida como ‘espíritu’, se refiere a la chispa de vida esencial para la existencia humana.
Describe la energía divina, o principio vital, que anima a los seres humanos.
“Rûaj ocurre 377 veces en el Antiguo Testamento, y su traducción más frecuente es espíritu, viento,
o aliento (Gén. 8:1, etc.). Se lo usa también para denotar vitalidad (Juec. 15:19), valor (Jos. 2:11),
genio o ira (Juec. 8:3), disposición (Isa. 54:6), carácter moral (Eze. 11:19), y el asiento de las
emociones (1 Sam. 1:15).
“En el sentido de soplo, o aliento, el rûaj de los hombre es idéntico al rûaj de los animales (Ecl.
3:19). El rûaj del hombre abandona el cuerpo al morir (Sal. 146:4) y vuelve a Dios (Ecl. 12:7;
comparar con Job 34:14). Rûaj se usa frecuentemente con referencia al Espíritu de Dios, como en
Isaías 63:10. En el Antiguo Testamento, y con respecto al hombre, la palabra rûaj nunca denota
una entidad inteligente capaz de existir separada de un cuerpo físico.
“El equivalente de rûaj en el Nuevo Testamento es pnéuma, ‘espíritu’, derivado de pneo, ‘soplar’, o
‘respirar’. Tal como sucede con rûaj, no hay nada inherente en la palabra pnéuma que denote una
entidad existente consciente fuera del cuerpo; tampoco implican de manera alguna un concepto tal
los usos de este término con respecto al hombre que presenta el Nuevo Testamento. En pasajes
tales como Romanos 8:15, 1 Corintios 4:21, 2 Timoteo 1:7 y 1 Juan 4:6, pnéuma denota
‘temperamento’, ‘actitud’, o ‘estado emocional’. Se lo usa también para designar diversos aspectos
de la personalidad, como en Gálatas 6:1, Romanos 12:11, etc. Como sucede con rûaj, el pnéuma
se entrega al Señor al morir (Luc. 23:46; Hech. 7:59) . Como rûaj, pnéuma se usa también para
designar al Espíritu de Dios (1 Cor. 2:11, 14; Efe. 4:30; Heb. 2:4; 1 Ped. 1:12; 2 Ped. 1:21; y
otros)”.5
3. Unidad de cuerpo, alma y espíritu. ¿Cuál es la relación entre el cuerpo, el alma y el espíritu?
¿Qué influencia tiene esta relación sobre la unidad del hombre?
a. Una doble unión. Por cuanto la Biblia considera que la naturaleza del hombre es una unidad, no
define en forma precisa la relación que existe entre el cuerpo, el alma y el espíritu. En ocasiones, el
alma y el espíritu se usan en forma intercambiable. Notemos su paralelismo en la expresión de
gozo de María después de la anunciación. “Engrandece mi alma al Señor; y mi espíritu se regocija
en Dios mi Salvador” (Luc. 1:46, 47).
En una instancia, Jesús caracteriza al hombre como una combinación de cuerpo y alma (Mat.
10:28), y en otra ocasión Pablo se refiere al cuerpo y al espíritu (1 Cor. 7:34). En la primera cita,
alma se refiere a las facultades superiores del hombre, presumiblemente la mente, a través de la
cual se comunica con Dios. En la siguiente, espíritu se refiere a esta facultad más elevada. En
ambas instancias, el cuerpo incluye el aspecto físico además de emocional, en la persona.
b. Una triple unión. Hay una excepción a la caracterización general del hombre como una entidad
que comprende una unión doble. En 1 Tesalonicenses 5:23, Pablo se refiere al hombre en términos
de una triple unión. Declara: “Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro
ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo”
(1 Tes. 5:23). Este pasaje expresa el deseo de Pablo de que ninguno de estos aspectos de la
persona sea excluido del proceso de la santificación.
En esta instancia, el término espíritu puede comprenderse como “el principio superior de
inteligencia y pensamiento de que ha sido dotado el hombre, y con el cual Dios puede comunicarse
por su Espíritu (ver Rom. 8:16). Es por la renovación de la mente por medio de las actividades del
Espíritu Santo como el individuo puede transformarse a la semejanza de Cristo (ver Rom. 12:1, 2).
“Por ‘alma’ […] cuando se la distingue del espíritu, podemos comprender esa parte de la naturaleza
del hombre que encuentra expresión a través de los instintos, las emociones y los deseos. Esta
parte de nuestra naturaleza también puede ser santificada. Cuando, gracias a la obra del Espíritu
Santo, la mente es puesta en conformidad con la mente de Dios, y la razón santificada se impone
sobre la naturaleza inferior, los impulsos –que de otro modo serían contrarios a Dios– se sujetan a
su voluntad”.6
El cuerpo, que está bajo el control ya sea de la naturaleza superior o de la inferior, es la
constitución física: la carne, la sangre y los huesos.
El orden en que Pablo coloca los elementos, primero el espíritu, luego el alma y finalmente el
cuerpo, no es una mera coincidencia. Cuando el espíritu está santificado, la mente se halla bajo el
control divino. A su vez, la mente santificada tendrá una influencia santificadora sobre el alma, es
decir, sobre los deseos, los sentimientos y las emociones. Las personas en la que se lleva a cabo
esta santificación no abusarán de su cuerpo, y por lo tanto su salud física será excelente. De este
modo, el cuerpo se convierte en el instrumento santificado a través del cual el cristiano puede
servir a su Señor y Salvador. El llamado que hace Pablo a la santificación se halla claramente
fundado en el concepto de la unidad de la naturaleza humana, y revela que la preparación efectiva
para la segunda venida de Cristo hace necesaria la preparación de toda la persona: espíritu, alma
y cuerpo.
c. Una unión estrecha e indivisible. Es claro que cada ser humano es una unidad indivisible.
Cuerpo, alma y espíritu funcionan en estrecha cooperación, revelando una relación intensamente
interdependiente entre las facultades espirituales, mentales y físicas de una persona. Las
deficiencias en un aspecto estorbarán a los otros dos. Una mente o espíritu confuso, impuro y
enfermo tendrá un efecto destructivo sobre la salud física y emocional del individuo. Lo contrario es
también la verdad. Una constitución física débil, enferma o sufriente generalmente afectará en
forma negativa nuestra salud emocional y espiritual. El impacto que las facultades tienen unas
sobre otras significa que cada individuo tiene una responsabilidad que Dios mismo le ha asignado,
en el sentido de mantener sus facultades en la mejor condición posible. Hacer eso constituye una
parte vital del proceso de ser restaurados a la imagen del Creador.
El hombre a imagen de Dios
La pareja de seres vivientes que Dios creó en el sexto día de la Creación fue hecha “a imagen de
Dios” (Gén. 1:27). ¿Qué significa ser creados a imagen de Dios?
Creados a imagen y semejanza de Dios. Con frecuencia se sugiere que las dimensiones humanas
moral y espiritual revelan algo acerca de la naturaleza moral y espiritual de Dios. Pero, por cuanto
la Biblia enseña que el hombre comprende una unidad indivisible de cuerpo, mente y alma, las
características físicas del hombre también deben de algún modo reflejar la imagen de Dios. Sin
embargo, ¿no es Dios un espíritu? ¿Cómo puede un ser espiritual estar asociado con una forma
corporal?
Un breve estudio de los ángeles revela que, a semejanza de Dios, ellos también son seres
espirituales (Heb. 1:7, 14). No obstante, siempre aparecen en forma humana (Gén. 18:1-19:22;
Dan. 9:21; Luc. 1:11-38; Hech. 12:5-10). ¿Es posible que un ser espiritual pueda tener un “cuerpo
espiritual” con forma y rasgos específicos (ver 1 Cor. 15:44)?
La Biblia indica que algunas personas han visto a Dios, o partes de su persona. Moisés, Aarón,
Nadab, Abiú y los setenta ancianos “vieron al Dios de Israel” (Éxo. 24:10). En su encuentro con
Moisés en el Sinaí, Dios –si bien rehusó mostrar su rostro–, después de cubrir a Moisés con su
mano, le permitió contemplar sus espaldas (Éxo. 33:20-33). Dios se le apareció a Daniel en una
visión de la escena del Juicio, mostrándose como el Anciano de Días, sentado en un trono (Dan.
7:9, 10). Pablo describe a Cristo como “la imagen del Dios invisible” (Col. 1:15) y “la imagen misma
de su sustancia” (Heb. 1:3). Estos pasajes parecen indicar que Dios es un ser personal y que
posee una forma personal. Esto no debe sorprendernos, puesto que el hombre fue creado a
imagen de Dios.
El hombre fue creado “un poco menor que los ángeles” (Heb. 2:7), una indicación de que fue
dotado de dones mentales y espirituales. Si bien Adán, al ser creado, no poseía experiencia, ni
desarrollo del carácter, fue hecho “recto” (Ecl. 7:29), lo cual constituye una referencia a su rectitud
moral.7 Como poseía la imagen moral de Dios, era justo además de santo (ver Efe. 4:24), y era
parte de la creación que Dios consideró buena “en gran manera” (Gén. 1:31).
Por cuanto el hombre fue creado a la imagen moral de Dios, se le dio la oportunidad de demostrar
su amor y lealtad a su Creador. A semejanza de Dios, tenía la capacidad de escoger, es decir, la
libertad de pensar y actuar con referencia a imperativos morales. De este modo, era libre de amar y
obedecer o de desconfiar y desobedecer. Dios corrió el riesgo de que el hombre escogiera en
forma equivocada, porque únicamente poseyendo la libertad de escoger podría el hombre
desarrollar un carácter que exhibiera plenamente el principio del amor, que es la esencia de Dios
mismo (1 Juan 4:8). Su destino era alcanzar la mayor expresión de la imagen de Dios: amar a Dios
con todo su corazón, alma y mente, y amar a otros como a sí mismo (Mat. 22:36-40).
Creado para establecer relaciones con sus semejantes. Así como los tres miembros de la Deidad
están unidos en una relación de amor, también los seres humanos creados a la imagen de Dios
deben reflejar una relación de amor. En esa relación basada en el amor tenemos la oportunidad de
vivir para los demás. Ser genuinamente humano significa estar orientado hacia una relación. El
desarrollo de este aspecto de la imagen de Dios constituye una parte integral de la armonía y la
prosperidad del Reino de Dios.
Creados para ser mayordomos del ambiente. Dios dijo: “Hagamos al hombre a nuestra imagen,
conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las
bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra” (Gén. 1:26). En este
pasaje, Dios habla de la imagen divina del hombre y su dominio sobre la creación inferior. El
hombre fue colocado sobre los órdenes inferiores de la Creación en calidad de representante de
Dios. El reino animal no puede comprender la soberanía de Dios, pero muchos animales son
capaces de amar y servir al hombre.
David se refiere al dominio del hombre en los siguientes términos: “Le hiciste señorear sobre las
obras de tus manos; todo lo pusiste debajo de sus pies” (Sal. 8:6). La exaltada posición del hombre
indicaba la gloria y el honor con los cuales fue coronado (Sal. 8:5). Suya era la responsabilidad de
gobernar con bondad el mundo, reflejando el benéfico gobierno de Dios sobre el universo. De este
modo, vemos que no somos víctimas de las circunstancias, dominados por fuerzas ambientales.
Más bien, Dios nos ha comisionado para hacer una contribución positiva al formar el ambiente,
usando cada situación en la cual nos vemos colocados como una oportunidad para cumplir la
voluntad de Dios.
La aceptación de estos postulados provee la clave para mejorar las relaciones humanas en un
mundo en el cual abunda el quebrantamiento. Provee además la solución al problema que
representa el consumo egoísta de los recursos naturales del mundo, y la desconsiderada
contaminación del aire y el agua que lleva a un deterioro progresivo de la calidad de la vida. La
adopción de la perspectiva bíblica acerca de la naturaleza humana provee la única seguridad de un
futuro próspero.
Creados para imitar a Dios. Como seres humanos, debemos reflejar el carácter de Dios en
pensamiento y acción, dado que fuimos creados a su imagen. Si bien es cierto que somos
humanos, y no divinos, dentro de nuestro dominio debemos reflejar a nuestro Hacedor en todas las
maneras posibles. El cuarto Mandamiento destaca esta obligación: debemos seguir el ejemplo de
nuestro Creador, trabajando los primeros seis días de la semana y reposando en el séptimo (Éxo.
20:8-11).
Creados con inmortalidad condicional. En la Creación, nuestros primeros padres recibieron la
inmortalidad, si bien su disfrute de ella estaba condicionado a su obediencia. Como tenían acceso
al árbol de la vida, habían sido destinados a vivir para siempre. La única forma en que podían
poner en peligro su estado de inmortalidad era por la transgresión del mandamiento que les
prohibía comer del árbol del conocimiento del bien y del mal. La desobediencia los conduciría a la
muerte (Gén. 2:17; 3:22).
La Caída
A pesar de haber sido creados perfectos y a imagen de Dios, y de estar colocados en un ambiente
perfecto, Adán y Eva se convirtieron en transgresores. ¿Cómo sucedió un cambio tan radical y
terrible?
El origen del pecado. Si Dios creó un mundo perfecto, ¿cómo pudo desarrollarse el pecado?
1. Dios y el origen del pecado. Dios el Creador ¿es también el autor del pecado? La Escritura dice
que no. Señala que, por naturaleza, Dios es santo (Isa. 6:3) y que no hay ninguna injusticia en él.
“Él es la Roca, cuya obra es perfecta, porque todos sus caminos son rectitud; Dios de verdad, y sin
ninguna iniquidad en él” (Deut. 32:4). La Escritura declara: “Lejos esté de Dios la impiedad, y del
Omnipotente la iniquidad” (Job 34:10). “Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie”
(Sant. 1:13); Dios odia el pecado (Sal. 5:4; 11:5). La creación original de Dios era “en gran manera
buena” (Gén. 1:31). Lejos de ser el autor del pecado, Dios es “autor de eterna salvación para todos
los que le obedecen” (Heb. 5:9).
2. El autor del pecado. Dios habría podido evitar el pecado si hubiese creado un universo lleno de
autómatas que solo hicieran aquello para lo cual fueron programados. Pero el amor de Dios
requería que creara seres que pudiesen responder libremente a su amor; y una respuesta así es
posible solo de parte de seres que tienen libertad de elección.
La decisión de proveer a su creación con esta clase de libertad significaba, sin embargo, que Dios
debía arriesgarse a que algunos seres creados se apartaran de él. Desgraciadamente, Lucifer, un
ser de elevada posición en el mundo angélico, se volvió orgulloso (Eze. 28:17; ver 1 Tim. 3:6).
Descontento con su posición en el gobierno de Dios (comparar con Jud. 6), comenzó a codiciar el
lugar que le correspondía a Dios (Isa. 14:12-14). En un intento por obtener el control del universo,
este ángel caído sembró la semilla del descontento entre sus compañeros, y obtuvo la lealtad de
muchos. El conflicto celestial que resultó se terminó cuando Lucifer, conocido ahora como Satanás,
el adversario, y sus ángeles fueron expulsados del cielo (Apoc. 12:4, 7-9; ver también el cap. 8 de
esta obra).
3. El origen del pecado en la raza humana. Sin dejarse conmover por su expulsión del cielo,
Satanás decidió engañar a otros para que se unieran en su rebelión contra el gobierno de Dios. Su
atención se dirigió a la recientemente creada raza humana. ¿Qué podía hacer para que Adán y Eva
se rebelaran? Vivían en un mundo perfecto, en el cual su Creador había provisto para todas sus
necesidades. ¿Cómo podrían ser inducidos a sentirse descontentos y desconfiar del Ser que era la
fuente de su felicidad? El relato del primer pecado provee la respuesta.
En su asalto a los primeros seres humanos, Satanás decidió tomarlos desprevenidos. Acercándose
a Eva cuando estaba próxima al árbol del conocimiento del bien y del mal, Satanás, disfrazado de
serpiente, le hizo preguntas acerca de la prohibición divina de comer del árbol. Cuando Eva afirmó
que Dios había dicho que si comían del árbol morirían, Satanás contradijo la prohibición divina,
diciendo: “No moriréis”. Despertó la curiosidad de la mujer, sugiriendo que Dios estaba procurando
impedirle gozar de una maravillosa y nueva experiencia: la de ser como Dios (Gén. 3:4, 5).
Inmediatamente se arraigó la duda acerca de la Palabra de Dios. Eva se dejó cegar por las
grandes posibilidades que parecía ofrecer la fruta. La tentación comenzó a atacar su mente
santificada. La creencia en la Palabra de Dios ahora se transformó en creencia en la palabra de
Satanás. De pronto se le ocurrió que “el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los
ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría”. Descontenta con su posición, Eva cedió a la
tentación de llegar a ser como Dios. “Y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual
comió así como ella” (Gén. 3:6).
Por confiar en sus sentidos antes que en la Palabra de Dios, Eva dejó de depender del Creador,
cayó de su elevada posición, y se hundió en el pecado. Por lo tanto, la caída de la raza humana se
caracterizó, por encima de todo, por la falta de fe en Dios y su Palabra. Esta incredulidad llevó a la
desobediencia, la cual, a su vez, resultó en una relación quebrantada, y finalmente en la
separación entre Dios y el hombre.
El impacto del pecado. ¿Cuáles fueron las consecuencias inmediatas y de largo alcance que tuvo
el pecado? ¿Cómo afectó a la naturaleza humana? Y ¿cuál es la posibilidad de eliminar el pecado
y mejorar la naturaleza humana?
1. Las consecuencias inmediatas. La primera consecuencia del pecado fue un cambio en la
naturaleza humana que afectó las relaciones interpersonales, así como la relación con Dios. La
nueva experiencia reveladora y estimulante solo produjo en Adán y Eva sentimientos de vergüenza
(Gén. 3:7). En vez de convertirse en seres iguales a Dios, como Satanás había prometido, se
sintieron atemorizados y procuraron esconderse (Gén. 3:8-10).
Cuando Dios interrogó a Adán y a Eva acerca de su pecado, en vez de admitir su falta, procuraron
transferir su propia culpabilidad. Adán dijo: “La mujer que me diste por compañera me dio del árbol,
y yo comí” (Gén. 3:12). Sus palabras implican que Eva y, en forma indirecta, Dios eran
responsables de su pecado, mostrando claramente cómo su transgresión quebrantó su relación
con su esposa y con su Creador. Eva, a su vez, culpó a la serpiente (Gén. 3:13).
Las nefastas consecuencias que tuvo la transgresión revelan la seriedad de la falta cometida. Dios
maldijo a la serpiente, el instrumento de Satanás, condenándola a arrastrarse sobre su pecho,
como un recuerdo perpetuo de la Caída (Gén. 3:14). A la mujer, Dios le dijo: “Multiplicaré en gran
manera los dolores en tus preñeces; con dolor darás a luz los hijos; y tu deseo será para tu marido,
y él se enseñoreará de ti” (Gén. 3:16). Y, por cuanto Adán escuchó a su mujer en vez de a Dios, la
tierra fue maldita para aumentar la ansiedad y el esfuerzo de sus trabajos: “Maldita será la tierra
por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida. Espinos y cardos te producirá, y
comerás plantas del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra,
porque de ella fuiste tomado” (Gén. 3:17-19).Al reafirmar la naturaleza incambiable de su Ley, y el
hecho de que cualquier transgresión lleva a una muerte inevitable, Dios declaró: “Polvo eres, y al
polvo volverás” (Gén. 3:19). Dios ejecutó este veredicto cuando expulsó de su hogar edénico a los
transgresores, interrumpiendo así su comunión directa con él (Gén. 3:8), y al impedirles participar
del árbol de la vida, fuente de vida eterna. Así, Adán y Eva pasaron a estar sujetos a la muerte
(Gén. 3:22).
2. El carácter del pecado. Muchos pasajes de la Escritura, incluyendo en forma particular el relato
de la Caída, dejan en claro que el pecado es un mal moral, lo que sucede cuando un agente moral
libre elige violar la voluntad revelada de Dios (Gén. 3:1-6; Rom. 1:18-22).
a. La definición del pecado. Las definiciones bíblicas del pecado incluyen: “El pecado es infracción
de la ley” (1 Juan 3:4), una falta en la actuación de cualquiera “que sabe hacer lo bueno y no lo
hace” (Sant. 4:17), y “todo lo que no proviene de fe” (Rom. 14:23). Una definición amplia del
pecado es: “Cualquier desviación de la voluntad conocida de Dios, ya sea al descuidar lo que ha
mandado específicamente, o al hacer lo que ha prohibido específicamente”.8
El pecado no conoce la neutralidad. Cristo declara: “El que no es conmigo, contra mí es” (Mat.
12:30). El no creer en Jesús es pecado (Juan 16:9). El pecado tiene carácter absoluto porque
constituye rebelión contra Dios y su voluntad. Cualquier pecado, pequeño o grande, resulta en el
veredicto de “culpable”. De este modo, “cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un
punto, se hace culpable de todos” (Sant. 2:10).
b. El pecado abarca los pensamientos así como las acciones. Con frecuencia se habla del pecado
solo en términos de actos concretos y visibles de transgresión de la Ley. Pero Cristo dijo que el
sentir ira contra alguien viola el sexto mandamiento del Decálogo: “No matarás” (Éxo. 20:13), y que
los deseos impuros quebrantan el mandamiento que dice: “No cometerás adulterio” (Éxo. 20:14). El
pecado, por lo tanto, abarca no solo la desobediencia abierta que se traduce en actos, sino
también los pensamientos y los deseos.
c. El pecado y la culpabilidad. El pecado produce culpabilidad. Desde la perspectiva bíblica, la
culpabilidad implica que el que ha cometido pecado es digno de castigo. Y, por cuanto todos somos
pecadores, todo el mundo está “bajo el juicio de Dios” (Rom. 3:19).
La culpabilidad, si no se deshace de ella en forma adecuada, destruye las facultades físicas,
mentales y espirituales. Y, en última instancia, si no se la resuelve, produce muerte, porque “la
paga del pecado es muerte” (Rom. 6:23).
El antídoto contra la culpa es el perdón (Mat. 6:12), el cual produce una conciencia limpia y paz
mental. Dios está ansioso de conceder su perdón a los pecadores arrepentidos. Lleno de
misericordia, Cristo extiende de gracia la invitación a la raza cargada de pecado y llena de culpa:
“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mat. 11:28).
d. El centro de control del pecado. El asiento del pecado se halla en lo que la Biblia llama el
corazón; es decir, en la mente. Del corazón “mana la vida” (Prov. 4:23). Cristo revela que son los
pensamientos de la persona los que contaminan, “porque del corazón salen los malos
pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios,
las blasfemias” (Mat. 15:19). Es por la mente que toda la persona (la voluntad, el intelecto, los
afectos, las emociones y el cuerpo) es influenciada. Por cuanto “engañoso es el corazón más que
todas las cosas, y perverso” (Jer. 17:9), la naturaleza humana puede ser descrita como corrompida,
depravada y completamente pecaminosa.
3. El efecto del pecado sobre la humanidad. Algunos pueden creer que la sentencia de muerte
constituía un castigo demasiado severo por comer la fruta prohibida. Pero solo podemos medir la
seriedad de la transgresión a la luz del efecto que causó el pecado de Adán sobre la raza humana.
El primer hijo de Adán y Eva se convirtió en un asesino. Sus descendientes pronto violaron la
sagrada unión del matrimonio cometiendo poligamia, y no pasó mucho tiempo sin que la maldad y
la violencia llenaran el mundo (Gén. 4:8, 23; 6:1-5; 11-13). Los llamamientos divinos al
arrepentimiento y a la reforma no causaron efecto, y solo ocho personas fueron salvadas de las
aguas del diluvio que destruyó a los impenitentes. La historia de la raza después del Diluvio, con
pocas excepciones, constituye un triste relato de los frutos de la pecaminosidad de la naturaleza
humana.
a. La pecaminosidad universal de la humanidad. La historia revela que los descendientes de Adán
comparten la pecaminosidad de su naturaleza. En oración, David dijo: “No se justificará delante de
ti ningún ser humano” (Sal. 143:2; ver 14:3). “No hay hombre que no peque (1 Rey. 8:46). Salomón
declaró: “¿Quién podrá decir: yo he limpiado mi corazón, limpio estoy de mi pecado?” (Prov. 20:9);
“ciertamente no hay hombre justo en la tierra, que haga el bien y nunca peque” (Ecl. 7:20). El
Nuevo Testamento es igualmente claro, al decir que “todos pecaron, y están destituidos de la gloria
de Dios” (Rom. 3:23), y que “si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros
mismos, y la verdad no está en nosotros” (1 Juan 1:8).
b. La pecaminosidad ¿es heredada o adquirida? Pablo dijo: “En Adán todos mueren” (1 Cor. 15:22).
En otro lugar señala: “Como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la
muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Rom. 5:12).
La corrupción del corazón humano afecta a toda la persona. Por eso, Job exclama: “¿Quién hará
limpio a lo inmundo? Nadie” (Job 14:4). David dice: “He aquí, en maldad he sido formado, y en
pecado me concibió mi madre” (Sal. 51:5). Pablo, por su parte, declara que “los designios de la
carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios ni tampoco pueden; y los
que viven según la carne no pueden agradar a Dios” (Rom. 8:7, 8). Antes de la conversión, señala
el apóstol, los creyentes eran “por naturaleza hijos de ira”, tal como el resto de la humanidad (Efe.
2:3).
Si bien cuando niños aprendemos la conducta pecaminosa por imitación, los textos que hemos
visto afirman que heredamos nuestra pecaminosidad básica. La pecaminosidad universal de la
humanidad es evidencia de que por naturaleza nos inclinamos hacia el mal, y no hacia el bien.
c. La erradicación de la conducta pecaminosa. ¿Cuánto éxito tienen los individuos en sus
esfuerzos por quitar el pecado de su vida y de la sociedad?
Todo esfuerzo por lograr una vida recta apoyándonos en nuestra propia fortaleza está condenado
al fracaso. Jesús aseguró que todo aquel que ha pecado “esclavo es del pecado”. Tan solo el poder
divino puede emanciparnos de esta esclavitud. Cristo nos ha asegurado: “Si el Hijo os libertare,
seréis verdaderamente libres” (Juan 8:36). Solo podréis producir justicia, declaró, “si permanecéis
en mí”, porque “separados de mí nada podéis hacer” (Juan 15:4, 5). “Todo acto de transgresión,
todo descuido o rechazo de la gracia de Cristo, reacciona contra ti mismo; está endureciendo el
corazón, depravando la voluntad y entorpeciendo el entendimiento, y no solo te hace menos
inclinado a rendirte, sino también menos capaz de ceder a la tierna invitación del Espíritu Santo de
Dios”.9
Aun el apóstol Pablo mismo fracasó en sus intentos de vivir una vida recta por sus propias fuerzas.
Al recordar sus esfuerzos, dijo: “Lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo
que aborrezco, eso hago”. Luego señala el impacto que el pecado tuvo en su vida: “De manera que
ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí”. A pesar de sus fracasos,
admiraba la perfecta norma de Dios, diciendo: “Según el hombre interior, me deleito en la ley de
Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva
cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este
cuerpo de muerte?” (Rom. 7:15, 19, 20, 22-24).
Pablo finalmente reconoce que necesita poder divino para vencer. Por medio de Cristo, abandonó
la vida según la carne y comenzó una nueva vida según el Espíritu (Rom. 7:25; 8:1).
Esta nueva vida en el Espíritu constituye el don transformador de Dios. Por medio de la gracia
divina, nosotros, que estábamos “muertos” en nuestros “delitos y pecados”, llegamos a ser
victoriosos (Efe. 2:1, 3, 8-10). El renacimiento espiritual transforma de tal modo la vida (Juan 1:13;
3:5) que podemos hablar de una nueva creación: “Las cosas viejas pasaron; he aquí todas son
hechas nuevas” (2 Cor. 5:17). Sin embargo, la nueva vida no excluye la posibilidad de pecar (1
Juan 2:1).
4. La Evolución y la caída de la raza humana. Desde la Creación, Satanás ha confundido a muchos
al debilitar su confianza en los relatos bíblicos de los orígenes de la raza humana y la caída del ser
humano. Podríamos llamar a la Evolución el concepto “natural” de la humanidad, el cual se basa en
la suposición de que la Caída comenzó por casualidad, y que los seres humanos, a través de un
largo proceso evolutivo, emergieron a partir de las formas inferiores de vida. Por un proceso de
supervivencia del más apto, habrían evolucionado hasta alcanzar su nivel actual. Como aún no han
alcanzado su potencial, continúan evolucionando.
Un número creciente de cristianos ha adoptado la evolución teísta, la cual afirma que Dios usó la
evolución para realizar la creación descrita en el Génesis. Los que aceptan la Evolución teísta no
consideran que los primeros capítulos de Génesis sean literales, sino meras alegorías o mitos.
a. El concepto bíblico del hombre y la Evolución. Los cristianos creacionistas están preocupados
por el impacto que tiene la Teoría de la Evolución sobre la fe cristiana. Jaime Orr escribió: “En
nuestros días, el cristianismo se ve amenazado, no por ataques aislados a sus doctrinas […] sino
por una contravisión del mundo, concebida positivamente, la cual pretende estar fundada sobre
hechos científicos, hábilmente construida y defendida, pero que en sus ideas fundamentales ataca
la raíz misma del sistema cristiano”.10
La Biblia rechaza la interpretación mítica o alegórica de Génesis. Los mismos escritores bíblicos
interpretan los primeros once capítulos del Génesis como historia literal. Adán, Eva, la serpiente y
Satanás son considerados personajes históricos en el drama del Gran Conflicto (ver Job 31:33; Ecl.
7:29; Mat. 19:4, 5; Juan 8:44; Rom. 5:12, 18, 19; 2 Cor. 11:3; 1 Tim. 2:14; Apoc. 12:9).
b. El Calvario y la Evolución. La Evolución, en cualquier forma que se la presente, contradice los
fundamentos básicos del cristianismo. Bien lo expresó Leonardo Verdiun cuando declaró: “En lugar
de la historia de una ‘caída’, aparece la historia de un ascenso”.11 El cristianismo y la Evolución se
hallan diametralmente opuestos entre sí. La historia según la cual nuestros primeros padres fueron
creados a imagen de Dios y experimentaron la caída en el pecado o es cierta o no lo es. Y, si no lo
es, entonces, ¿para qué ser cristianos?
La contradicción más radical de la Evolución la provee el Calvario. Si no hubo Caída, ¿por qué
necesitaríamos que Dios muriera por nosotros? No solo la muerte en general, sino específicamente
la muerte de Cristo por nosotros proclama que la humanidad está lejos de la perfección. Si
fuésemos abandonados a nuestros propios medios, continuaríamos deteriorándonos hasta que la
raza humana fuese aniquilada.
Nuestra esperanza se afirma en el Hombre que colgó de la cruz. Su muerte es lo único que abre la
posibilidad a una vida mejor y más plena que nunca tenga fin. El Calvario declara que necesitamos
un Sustituto que nos libere.
c. La Encarnación y la Evolución. Probablemente la mejor respuesta al conflicto entre la Creación y
la Evolución se obtenga al mirar la creación de la humanidad desde la perspectiva de la
Encarnación. Al introducir en la historia a Cristo, el segundo Adán, Dios obró en forma creadora. Si
Dios pudo realizar ese milagro supremo, no cabe duda alguna acerca de su capacidad de formar al
primer Adán.
d. ¿Ha llegado el hombre a su madurez? Con frecuencia los evolucionistas han señalado los
considerables avances científicos que han sucedido en los últimos siglos, como evidencia de que el
hombre parece ser el árbitro de su propio destino. Si la ciencia suple sus necesidades, con el
tiempo resolverá todos los problemas del mundo.
Sin embargo, el papel mesiánico de la tecnología es recibido con creciente escepticismo, porque la
tecnología ha llevado a nuestro planeta al borde de la aniquilación. La humanidad ha fracasado
miserablemente en su empeño de subyugar y controlar el corazón pecaminoso. En consecuencia,
lo único que ha logrado hacer el progreso científico ha sido transformar el mundo en un lugar cada
vez más peligroso.
A medida que avanza el tiempo, las filosofías del nihilismo y la desesperanza parecen cada vez
más válidas. La frase de Alejandro Pope: “La esperanza surge, eterna, en el pecho humano” suena
hueca en nuestros días. Job comprende mejor la realidad, al decir: “Mis días […] se me cierran sin
esperanza” (Job 7:6). El mundo del hombre está rápidamente perdiendo sus fuerzas. Alguien tenía
que venir desde más allá de la historia humana, invadirla, y colocar en ella una nueva realidad.
Rayos de esperanza. ¿Cuán grande es la depravación de la humanidad? En la cruz, los seres
humanos asesinaron a su Creador, cometiendo así el parricidio culminante. Pero Dios no ha dejado
a la humanidad sin esperanza.
David contempló la posición de la humanidad en la Creación. Primeramente, impresionado por la
vastedad del universo, pensó que el hombre era insignificante. Posteriormente se fue dando cuenta
de la verdadera posición de la humanidad. Refiriéndose a la relación actual del hombre con Dios,
declaró: “Le has hecho poco menor que los ángeles, y lo coronaste de gloria y de honra. Le hiciste
señorear sobre las obras de tus manos” (Sal. 8:5, 6; comparar con Heb. 2:7).
A pesar de la Caída, aún subsiste un sentido de la dignidad humana. Aunque la semejanza divina
se dañó, no fue completamente borrada. “El hombre, al ser creado, llevaba la imagen e inscripción
de Dios; y aunque ahora está malograda y oscurecida por la influencia del pecado, en cada alma
quedan aún los rastros de esa inscripción. Dios desea recobrar esa alma, y volver a grabar en ella
su propia imagen en justicia y santidad”.12
A pesar de que el hombre es un ser caído, corrompido y pecaminoso, todavía representa a Dios en
el mundo. Su naturaleza es menos que divina, y sin embargo ocupa una posición dignificada en su
calidad de cuidador de la creación terrenal de Dios. Cuando David se dio cuenta de esto, respondió
con alabanzas y agradecimientos: “¡Oh Jehová, Señor nuestro, cuán grande es tu nombre en toda
la tierra!” (Sal. 8:9).
El pacto de la gracia
Por la transgresión, la primera pareja se volvió pecaminosa. Ahora que no tenían poder para resistir
a Satanás, ¿podrían alguna vez volver a ser libres o serían dejados para que perecieran? ¿Habría
alguna esperanza?
El Pacto después de la Caída. Antes de que Dios pronunciara el castigo sobre los pecados de la
pareja caída, impartió esperanza introduciendo el pacto de la gracia. Declaró: “Y pondré enemistad
entre ti [Satanás] y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú
le herirás en el calcañar” (Gén. 3:15).
El mensaje de Dios produjo ánimo, porque anunciaba que, si bien Satanás había hecho caer bajo
sus encantamientos a la humanidad, por último sería derrotado. El Pacto fue hecho entre Dios y la
humanidad. Primero, Dios prometió concedernos, por medio de su gracia, una defensa contra el
pecado. Haría nacer el odio entre la serpiente y la mujer; entre los seguidores de Satanás y el
pueblo de Dios. Esto interrumpiría la relación entre el hombre y Satanás, y abriría el camino para
renovar la relación con Dios.
A través de los siglos, continuaría la guerra entre la iglesia de Dios y Satanás. El conflicto
alcanzaría su culminación en la muerte de Jesucristo, la personificación predicha de la Simiente de
la mujer. En el Calvario, Satanás fue derrotado. A pesar de que la Simiente de la mujer fue herida,
logró derrotar al autor del mal.
Todos los que acepten el ofrecimiento de la gracia de Dios experimentarán enemistad contra el
pecado, lo cual les permitirá ganar la victoria en la batalla contra Satanás. Por fe compartirán el
triunfo del Salvador en el Calvario.
El Pacto establecido antes de la Creación. El pacto de la gracia no se desarrolló después de la
caída. Las Escrituras señalan que aun antes de la Creación los miembros de la Deidad habían
pactado entre ellos rescatar a la raza si caía en pecado. Pablo dice que Dios “nos escogió en él
[Cristo] antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en
amor, habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el
puro afecto de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia” (Efe. 1:4-6; comparar con 2
Tim. 1:9). Pedro se refirió al sacrificio expiatorio de Cristo, diciendo “Cristo […] ya destinado desde
antes de la fundación del mundo” (1 Ped. 1:19, 20).
El Pacto se basaba en un fundamento inconmovible: la promesa y el juramento de Dios mismo
(Heb. 6:18). Jesucristo sería el fiador del Pacto (Heb. 7:22). Un fiador es alguien que se
compromete a asumir alguna deuda y obligación en el caso de que el deudor deje de pagar. El
hecho de que Cristo fuese el fiador significaba que si la raza humana caía en pecado él llevaría su
castigo. Pagaría el precio de su redención; haría la expiación por sus pecados y cumpliría las
demandas de la Ley de Dios, pisoteada por los seres humanos. Ningún hombre o ángel podía
asumir esa responsabilidad. Solo Cristo el Creador, la Cabeza representativa de la raza, podría
cargar con esa responsabilidad (Rom. 5:12-21; 1 Cor. 15:22).
El Hijo de Dios es no solo el fiador del Pacto; también es su mediador, o ejecutor. La descripción
que hizo de su misión como el Encarnado revela este aspecto de su papel. Dijo: “He descendido
del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió” (Juan 6:38, comparar con
5:30, 43). La voluntad del Padre es “que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna”
(Juan 6:40). “Y ésta es la vida eterna –proclamó el Señor–: que te conozcan a ti, el único Dios
verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Juan 17:3). Al final de su misión, testificó acerca
de su obediencia a la comisión del Padre, diciendo: “Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la
obra que me diste que hiciese” (Juan 17:4).
En la cruz, Jesús cumplió su promesa de ser el fiador de la humanidad en el Pacto. Su
exclamación: “Consumado es” (Juan 19:30) marcó el cumplimiento de su misión. Con su propia
vida había pagado la pena que requería la Ley de Dios quebrantada, garantizando la salvación de
los seres humanos arrepentidos. En ese momento, la sangre de Cristo ratificó el pacto de la gracia.
Por fe en su sangre expiatoria, los pecadores arrepentidos serían adoptados como hijos e hijas de
Dios, convirtiéndose así en herederos de la vida eterna.
Este pacto de gracia demuestra el infinito amor que Dios siente por la humanidad. Establecido
antes de la Creación, el Pacto fue revelado después de la Caída. En ese momento, en un sentido
especial, Dios y la humanidad se convirtieron en socios.
La renovación del Pacto. Desgraciadamente, la humanidad rechazó este magnífico pacto de gracia
tanto antes del Diluvio como después (Gén. 6:1-8; 11:1-9). Cuando Dios ofreció nuevamente el
Pacto, lo hizo por medio de Abraham. Nuevamente afirmó la promesa de la Redención: “En tu
simiente serán benditas todas las naciones de la tierra, por cuanto obedeciste a mi voz” (Gén.
22:18; 12:3; 18:18).
Las Escrituras destacan en forma especial la fidelidad de Abraham a las condiciones del Pacto. -
Abraham “creyó a Dios, y le fue contado por justicia” (Gén. 15:6). El hecho de que la participación
de Abraham en las bendiciones del Pacto –si bien estaba fundada en la gracia de Dios– también
dependía de su obediencia revela que el Pacto afirma la autoridad de la Ley de Dios (Gén. 17:1;
26:5).
La fe de Abraham estaba tan enraizada en Dios y en su fidelidad que se le concedió el titulo de
“padre de todos los creyentes” (Rom. 4:11). Él es el modelo que Dios nos ha dejado para que
comprendamos la justicia por la fe que se revela en obediencia (Rom. 4:2, 3; Sant. 2:23, 24). El
pacto de la gracia no dispensa automáticamente sus bendiciones sobre los descendientes
naturales de Abraham, sino únicamente sobre los que siguen el ejemplo de fe del patriarca: “Los
que son de fe, estos son hijos de Abraham” (Gál. 3:7). Cualquier persona en el mundo puede
experimentar las promesas del pacto de salvación si cumple la condición: “Si vosotros sois de
Cristo, ciertamente linaje de Abraham sois y herederos según la promesa” (Gál. 3:29). Respecto de
Dios, el pacto sinaítico (conocido como el Primer Pacto) fue una renovación del pacto abrahámico
de la gracia (Heb. 9:1). Pero Israel lo pervirtió y lo tornó un pacto de obras (Gál. 4:22-31).
El nuevo pacto. Otros pasajes bíblicos posteriores hablan de un Pacto nuevo o mejor.13 Pero lo
hacen no porque el Pacto eterno hubiese sido cambiado, sino porque (1) por causa de la infidelidad
de Israel, el Pacto eterno de Dios se había pervertido en un sistema de obras; (2) estaba asociado
con una nueva revelación del amor de Dios en la encarnación, vida, muerte, resurrección y
mediación de Jesucristo (ver Heb. 8:6-13); y (3) no fue sino hasta la cruz cuando fue ratificado por
la sangre de Cristo (Dan. 9:27; Luc. 22:20; Rom. 15:8; Heb. 9:11-22).14
Es inconmensurable lo que ofrece este pacto a los que lo aceptan. Por medio de la gracia de Dios,
les ofrece el perdón de sus pecados. Ofrece la obra del Espíritu Santo, quien se compromete a
escribir los Diez Mandamientos en el corazón y restaurar en los pecadores arrepentidos la imagen
de su Hacedor (Jer. 31:33). La experiencia del Nuevo Pacto y el nuevo nacimiento trae a nuestra
vida la justicia de Cristo y la experiencia de la justificación por la fe.
La experiencia del Nuevo Pacto provee la renovación del corazón, que transforma a los individuos
de modo que en ellos se manifiestan los frutos del Espíritu: “Amor, gozo, paz, paciencia,
benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza” (Gál. 5:22, 23). Por medio del poder de la
gracia salvadora de Cristo, pueden caminar como Cristo caminó, gozando cada día de las cosas
que le agradan a Dios (Juan 8:29). La única esperanza de la humanidad caída consiste en aceptar
la invitación que Dios hace a entrar en su pacto de gracia. Por fe en Jesucristo, podemos
experimentar esta relación que asegura nuestra adopción como hijos de Dios y herederos con
Cristo de su Reino celestial.
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Referencias
1. La doctrina del hombre por mucho tiempo ha sido un término teológico que se usa para discurrir
acerca de los componentes de la familia humana. En esta presentación, el término “hombre” no
significa necesariamente un varón, excluyendo a la mujer, sino que ha sido usado para facilitar la
discusión y la continuidad con la tradición y la semántica teológica.
2. Berkhof, Systematic Theology [Teología sistemática], p. 183.
3. “Soul” [Alma], SDA Encyclopedia, ed. rev. p. 1.361.
4. “Alma”, Diccionario bíblico adventista, p. 37.
5. Ibíd.
6. Comentario bíblico adventista, t. 7, p. 264.
7. Comentario bíblico adventista, t. 3, p. 1.107.
8. “Pecado”, Diccionario bíblico adventista, pp. 907, 908.
9. White, El camino a Cristo (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 2014), p. 29.
10. James Orr, God’s Image in Man [La imagen de Dios en el hombre] (Grand Rapids, Michigan: W.
B. Eerdmans, 1948), pp. 3, 4.
11. Leonard Verduin, Somewhat Less than God: The Biblical View of Man [Un poco menos que
Dios: El punto de vista bíblico acerca del hombre] (Grand Rapids, Michigan: W. B. Eerdmans,
1970), p. 69.
12. White, Palabras de vida del gran Maestro (Buenos Aires: Asociación Casa Editora
Sudamericana, 2011), p. 152.
13. El Nuevo Testamento asocia la experiencia de Israel en el Sinaí con el Antiguo Pacto (Gál.
4:24, 25). En el Sinaí, Dios renueva su pacto eterno de gracia a su pueblo que había sido liberado
(1 Crón. 16:14-17; Sal. 105:8-11; Gál. 3:15-17). Dios les promete: “Si diereis oído a mi voz, y
guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos; porque mía es
toda la tierra. Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes, y gente santa” (Éxo. 19:5, 6; comparar
con Gén. 17:7, 9, 19). El Pacto estaba basado en la justicia que es por la fe (Rom. 10:6-8; Deut.
30:11-14), y la Ley sería escrita en sus corazones (Deut. 6:4-6; 30:14).
El Pacto de la gracia puede ser motivo de perversión de parte de los creyentes, convirtiéndolo en
un sistema de salvación por las obras. Pablo usó el fracaso que Abraham experimentó siglos
antes, en su esfuerzo por confiar en Dios, al depender de sus propias obras para resolver sus
problemas, trasformándolo en una ilustración del Antiguo Pacto (Gén. 16; 12:10-20; 20; Gál.
24:22-25). De hecho, la experiencia de procurar la justicia por obras humanas ha existido desde
que entró el pecado en este mundo, quebrantándose así el Pacto eterno (Ose. 6:7).
A través de la historia de Israel, la mayoría procuró vivir bajo el Antiguo Pacto “ignorando la justicia
de Dios, y procurando establecer la suya propia” “por obras de la ley” (Rom. 9:30-10:4). Vivían
conforme a la letra y no conforme al Espíritu (2 Cor. 3:6). Procurando justificarse a sí mismos por la
Ley (Gál. 5:4), vivían bajo la condenación de la Ley en cautividad, no en libertad (Gál. 4:21-23). Así
pervirtieron el pacto del Sinaí.
El libro de Hebreos aplica el Primer Pacto –el Antiguo– a la historia de Israel desde el Sinaí, y
revela su naturaleza temporal. Demuestra que el sacerdocio levítico estaba destinado a ser
temporal, cumpliendo una función simbólica hasta que llegara la realidad en Cristo (Heb. 9; 10).
Tristemente, muchos no lograron ver que en sí mismas las ceremonias no tenían valor alguno
(Heb. 10:1). La adherencia a este sistema de “sombras” después de que el tipo se había
encontrado con su antitipo, la sombra con la realidad, distorsionaba la verdadera misión de Cristo.
Esto explica el fuerte lenguaje usado para hacer énfasis en la superioridad del Pacto Mejor, o
Nuevo, sobre el del Sinaí.
El Antiguo Pacto, por lo tanto, puede ser descrito en términos negativos y positivos. En lo negativo,
se refiere a la respuesta imperfecta del pueblo al Pacto eterno de Dios. En lo positivo, significa el
ministerio terrenal temporal que Dios designó para enfrentar la emergencia creada por este fracaso
humano. Ver también White, Patriarcas y profetas, pp. 378-390; “Our Work” [Nuestra obra], Review
and Herald (23 de junio de 1904), p. 8; “A Holy Purpose to Restore Jerusalem” [Un propósito santo
para restaurar Jerusalén], Southern Watchman, 1o de marzo de 1904, p. 142; G. Hasel, Covenant
in Blood [Pacto en sangre] (Mountain View, California: Pacific Press, 1982); comparar con
Wallenkampf, Salvation Comes From the Lord [La salvación viene del Señor] (Washington, D.C.:
Review and Herald, 1983), pp. 84-90.
14. Ver Hasel, Covenant in Blood [Pacto con sangre].