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3 de enero de 2025

Invisible
Cuento corto.

El golpe no fue duro, eso es lo que él quería creer. Pero, el ojo morado y

alrededores de este, eran prueba de su arduo trabajo en defender a alguien, a un

niño siendo molestado.

Y cómo siempre, cada rasguño y herida dejan un rastro bien definido de su

afán de estar en lugares en los cuales no debe hallarse.

Algunos lo llaman mala suerte, otros, cómo Cristobal, lo llaman

coincidencia. Y fue una al adentrarse por los bosques del pueblo situado en el sur

del país.

Muchas razones por las cuales decidió ir por ahí, la primordial: su calle

preferida estaba cerrada —el manager del mini super local se niega a dejar su

tienda en reparaciones a medias — y la otra razón: el joven de diecisiete años se

niega a modelar su increíble e hinchado rostro por las aceras. Él sabía mejor.

Los árboles botaban gotas de la reciente lluvia, cayendo sobre los cabellos

anaranjados del chico, y mientras saltaba de tronco en tronco, él se habló a sí

mismo:

— ¡Qué irónico! o estúpido... —murmuró, resoplando ante el vivo recuerdo de

su único sentido de valentía, y acabó mal.

Pájaros comenzaron a canturrear a los alrededores, Cristobal sonrió con

amplitud, debería tomar este camino más seguido, pensó.

INVISIBLE 1

Y siguió pensando más halagos a este hermoso camino de último minuto, sus

largos dedos rozando con la madera húmeda, que paz más grande, posiblemente

la más grande que haya experimentado en su juventud.

—Debo decirle a Nadia, a ella le encantará —él siguió balbuceando hasta que

se se detuvo al ver un pozo en medio del bosque, viejo y cubierto de musgo. Un

pozo en el que cantaría una princesa mientras tiene una crisis de realeza—. ¡Por

Dios!

Su voz resonó en un fuerte eco, haciéndolo reír más del asombro. Con una

eficaz rapidez, sacó su teléfono del bolsillo de su chaqueta, tomándole una foto a

la próxima maravilla que no dudaba en enseñar y presumir a su pequeño grupo de

amigos.

—Nadia, no creerás lo que encontré —dijo al grabar un audio, suspirando al

mantener sus ojos en el oscuro fin del pozo—. Estoy seguro que te... ¡encantará!

Fue tan rápido y abrumador, su exclamación ahogada en un grito

inesperado, su estómago jugándole una mala pasada y haciéndole creer que subía

a su garganta. Y cayó.

Cayó al fondo del pozo en cuestión de segundos y hubo un silencio hasta

que su espalda se contrajo, y él no dudó en gemir del dolor antes de pedir ayuda.

— ¡Ayuda! ¿¡Alguien por ahí?!

Mala suerte, coincidencia, pero en esos momentos, en sus nublados

pensamientos de desesperación, él tomó su caso como la maldita ley de Murphy.

—Idiota, eres un gigantesco idiota, Cristobal —se dijo, repitiéndolo como un

mantra incluso al lograr volver a la tierra firme, justo minutos antes del

anochecer.

INVISIBLE 2

Lo primero que lo recibió fue su gato, que lentamente salía al patio trasero

cuando el joven entró con cansancio, sintiendo su ropa pegada a su cuerpo, la

tierra pegada a su piel...

Sin embargo, algo que le extrañó fue la indiferencia de su mascota, Miranda,

esta ni se inmutó en ronronearle o mirarlo con esos ojos amarillos que describían

maldad inocente.

Raro.

— ¡Llegué! —Cristóbal vociferó y se apresuró en subir las escaleras, tirando su

mochila cubierta en tierra y corrió al baño de su cuarto a tomarse una ducha.

— ¡Hay arroz en el microondas! —escuchó gritar a su madre, un grito que

superaba el sonido del agua corriendo, y el adolescente soltó un suspiro de alivio,

al menos volvió a casa, a su normalidad.

Hasta que vio su reflejo.

O su no reflejo.

— ¡AH!

Apenas se enrolló con una toalla, la realidad, o algo parecido, lo golpeó. El

espejo estaba en su lugar, mostrando el reflejo de la pared turquesa, pero, no

reflejaba al cuerpo del chico.

No se veía a sí mismo, y decidió mover sus ojos, creyendo que era una

alucinación por el golpe en la escuela más la caída al pozo.

Pero, no.

La toalla parecía flotar por sí sola, sosteniéndose por mero aire.

— No... no... ¿Qué?

— ¡Cristóbal! Hoy te toca darle la comida a Matilda, no seas flojo de nuevo —

su hermana chilló al entrar al cuarto sin preguntar, haciendo que Cristobal de un

salto y trabe la puerta del baño con las manos temblorosas.

INVISIBLE 3

—Eh, sí. Lo hago ahora —logró formular palabras, palabras que eran una

clara mentira, no iba a salir del cuarto o baño hasta saber como volver a ser igual

que antes.

Y el silencio llegó de nuevo.

No sabía que hacer, o que no hacer con esta nueva pieza de información. Era

invisible, sí, algo aprendido. Esto, sin embargo, lo que fuera que le estuviese

pasando, no es normal, otra enseñanza.

Llamó a Nadia, tres, cuatro veces. ¿A quién más llamar si no es a tu mejor

amiga en momentos de crisis? Y para mantener las cosas simples, no le dijo

mucho, solo dijo:

—Es urgente.

Así que se puso su pijama: una camisa de WICKED que le robó a su hermana

(a ella le quedaba grande) y unos pantalones de cuadros. Esperó sentado en su

cama, mirando a la nada y escuchando los gritos de su hermana, reprochándole

las consecuencias de no ir a darle la comida a Matilda, ni de comer el arroz del

microondas.

Y gracias a eso, se sentía horrible y ridículo. Cómo un bicho.

—Cris... oye, ¿no vas a abrir? —la voz de Nadia irrumpió sus pensamientos

culpables, una dulce voz a través de la puerta que lo hizo sentir a salvo por un

segundo antes de desesperarse.

Con pasos rápidos el chico se escondió detrás de la puerta a medida que la

abría.

— ¿Qué te pasó? Me asustaste en la llamada... ¿Cris? ¿Dónde estás?

Ella miró a lo poco que podía en esas cuatro paredes, se sabía ese lugar de

memoria, pero la figura de su amigo no estaba a la vista. Ningún rastro de él, sin

embargo, sus hombros dejaron de estar tensos al escuchar su respiración.

INVISIBLE 4

— ¿Te dio varicela de nuevo?

—Peor —él tomó el coraje de hablar y Nadia se dio la vuelta de inmediato,

recibiendo a la ropa flotante de su mejor amigo con un grito ahogado, y uno que

otro paso hacia atrás.

— ¡Qué demonios, Cristobal!

— ¿Me voy a morir? Dime que no me voy a morir —el chico invisible preguntó

con nerviosismo.

— ¡Vas a ser un maldito superhéroe, Cris! —exclamó ella, sus ojos oscuros a

punto de reventar de tanto abrirlos.

Pero si Peter Parker se convirtió en héroe con la mordida de una araña, ¿por

qué una caída de pozo no iba a hacer lo mismo con Cristobal? Tal vez Nadia tenía

razón, ya no tenía que temer a esta nueva forma, o simplemente, debía dejar las

cosas fluir para encontrar la manera de seguir adelante.

Y él siempre lo hacía.

Invisible o no.

Fin.

INVISIBLE 5

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