PERSONAS CERCANAS A JESÚS
La Sagrada Familia, un modelo al alcance de todas las familias
Las noticias que nos han transmitido los Evangelios sobre la Familia de Nazaret son escasas, pero muy ilustrativas.
Una Familia como las demás
La familia de Nazaret vivió como una familia más de ese pueblo; es decir, de una manera sencilla, humilde, pobre,
trabajadora, amante de las tradiciones culturales de su nación, profundamente religiosa y alejada de los centros del
poder religioso y civil. Un viajero que visitara Nazaret y desconociera los hechos que conocemos nosotros, no
encontraría ningún detalle que distinguiese a la Sagrada Familia de las demás: ni en la vivienda que habitaban, ni en el
modo de vestir, ni en la comida, ni en la presencia en los actos religiosos que se celebraban en la sinagoga, ni en nada.
Dios nos ha querido revelar que la vida corriente y de cada día es el lugar donde Él nos espera para que lo amemos y
realicemos su proyecto sobre nosotros. El secreto es vivir “esa” vida con el mismo amor y constancia que la Sagrada
Familia.
“El evangelio del trabajo”
Los Evangelios de la infancia no dilucidan la profesión que ejerció san José: herrero, carpintero, artesano… En cambio,
señalan claramente que era un trabajador manual y que se ganaba la vida trabajando. María se dedicaba, como todas las
mujeres casadas, a moler y cocer el pan de cada día, atender las labores domésticas del hogar y prestar pequeños
servicios a los demás. De Jesús no dicen nada, pero dejan suponer que ayudaba a María y, más tarde, a san José en sus
trabajos manuales. La Familia de Nazaret vivió lo que hoy llamamos “el evangelio del trabajo”; es decir: el trabajo como
realidad maravillosa que da una participación en la obra creadora de Dios, que sirve para sacar adelante la propia familia
y ayudar a los demás, y para santificarse y santificar por medio de él. También en esto es un modelo perfecto para la
familia actual. Muchas siguen viviendo igual que ella y otras, pese al trabajo de la mujer fuera del hogar y a la
tecnificación de las tareas domésticas, sigue siendo fundamentalmente igual.
Familia creyente y practicante
La familia de Nazaret era una familia israelita profundamente creyente y practicante. Al igual que hacía el resto de
familias piadosas, rezaban siempre en cada comida, iban cada semana a escuchar la lectura y explicación del Antiguo
Testamento en la sinagoga, subían a Jerusalén para celebrar las fiestas de peregrinación, como la Pascua y Pentecostés;
rezaban tres veces al día el famoso credo hebraico “Escucha Israel”.
De este modo, también hoy, la bendición de la mesa a la hora de las comidas, la participación semanal en la Misa del
domingo y la lectura de la Sagrada Escritura siguen siendo fundamentales para que la familia cristiana realice su misión
educadora.
Dios interviene en todo momento
La vida de la Familia de Nazaret estaba totalmente centrada en Dios: lo era todo para ella. Cuando todavía eran novios,
José se fió de Dios cuando le reveló, por medio del ángel, que la gravidez de María era obra del Espíritu Santo. De
casados, María y José tuvieron que oír del hijo al que acababan de encontrar, tras días de angustiosa búsqueda, estas
palabras: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabías que debo ocuparme en las cosas de mi Padre?” (Lc 2, 49). Ellos no lo
entendieron, pero lo aceptaron y trataron de encontrar su sentido. María, por su parte, no se derrumbó en la fe cuando
vio a su Hijo clavado en la cruz como un criminal e insultado por los jefes del pueblo. La familia cristiana, cuya vida es
siempre un cuadro de luces y sombras, encuentra la paz y la alegría cuando sabe ver a Dios en ello, aunque no acierte a
comprenderlo.
SAN JOSE EL PADRE DE CRISTO
En san José concurren muchas circunstancias que lo hacen especial. El trabajo que llevó a cabo a lo largo de su vida y
que tanto significaría para Jesucristo, la fe que mantuvo, la fidelidad a Dios que supo cultivar a pesar de las
circunstancias adversas por las que pasa su vida, la entrega a María y a Jesús… son aspectos que demuestran que aquel
carpintero era de buena madera.
Y José, de la familia de David, también era padre. Adoptivo, pero, al fin y al cabo, padre.
Fue elegido por Dios para llevar a cabo una labor muy importante en la vida de una persona: transmitir unos
conocimientos (basándose en la importancia de la laboriosidad en la vida de una persona), ser amoroso con la
descendencia, tener en cuenta al hijo según qué clase de persona sea; ser, en definitiva, padre que cuida a quien Dios le
ha dado.
Como padre cumplió la misión que le había encargado el Ángel del Señor. Así, por ejemplo, lo llevó a Jerusalén para la
purificación (Lc 2, 22) o huyó con él, y María, a Egipto cuando se le avisó de que así lo hiciera o se estableció, tras tal
episodio, en Nazaret o, también, llevo a Jesús cada año a la Ciudad Santa cada año para celebrar la pascua.
José tuvo que mantener una relación con Jesús como la de cualquier padre de la época con un oficio bien determinado.
Tuvo que instruir a Jesús en muchas cosas, enseñarle a trabajar en la carpintería y, seguramente, también tuvo que
corregirle sin por ello desconocer quién, en realidad, era aquel niño que crecía “en sabiduría, en estatura y en gracia
ante Dios y ante los hombres” (Lc 2, 52) tras haber manifestado su verdadera filiación cuando, por decirlo así, se
“perdió” (para encontrarse) en el Templo a la edad de 12 años.
Además san José fue custodio. Por eso guardó con cuidado y vigilancia a Jesús y ejerció de tal hasta que subió a la Casa
del Padre, seguramente antes de que su hijo adoptivo diera comienzo, con su bautismo en el Jordán, a su vida pública y
manifestara, con sus hechos, lo que aprendió de su padre José.
Relación e influencia entre San Juan Bautista y Jesús
Hay dos frases de Jesús que demuestran su estima por el Bautista. Una la recogen Mateo (Mt 11,11) y Lucas (7,28): “no
ha surgido entre los nacidos de mujer nadie mayor que Juan el Bautista”. Otra está en Marcos (9,13) y aplica al Bautista
la profecía de Ml 3,23-24: “Elías vendrá primero y restablecerá todas las cosas (…).
Sin embargo, yo os digo —afirma Jesús— que Elías ya ha venido y han hecho con él lo que querían, según está escrito de
él”. No cabe duda de que la persona de Juan, su bautismo (cfr. Mt 21,13-27) y su mensaje estuvieron muy presentes en
la vida de Jesús.
COMO INFLUYE LA CERCANÍA DE JESUS EN NUESTRAS VIDAS
UN ASUNTO TAN TRASCENDENTAL como es el plan de salvación, tiene que tener implicaciones profundas en la vida de
los que se acogen a él. Como este plan implica una relación personal, es imposible que el ser humano no salga afectado
por ella. La relación es con la persona de Cristo.
Es imposible que tengamos una relación personal con él, y que no salgamos influidos por lo que él es. Se dice que un
pensador griego dijo una vez: «Soy una parte de todos aquellos a quienes he conocido». Tratar con personas nos afecta
de una forma u otra. Es una gran verdad que «hay misteriosos vínculos que ligan las almas, de manera que el corazón de
uno responde al corazón del otro» (Consejos para maestros, padres y alumnos, p. 211). Una vez que nos hemos
relacionado con alguien, ya no seremos los mismos de antes. Se nos dice: «Cada acto de nuestra vida afecta a otros para
bien o mal. Nuestra influencia tiende a elevar o a degradar; es sentida por otros, hace que los demás obren impulsados
por ella, y en un grado mayor o menor es reproducida por otros» (Consejos sobre la salud, p. 418).
Esto que llamamos el poder de la influencia, es especialmente cierto en lo que respecta a nuestra relación con Cristo.
Cuando conocemos a Cristo y su esfuerzo salvador, cuando intimamos con él y llega a ser un amigo personal, se
convierte en una influencia poderosa en nuestras vidas. Su manera de ser y de pensar nos va a afectar profundamente.
Si en verdad lo conocemos, ya no seremos los mismos.
Por el hecho de conocer el evangelio de Cristo y aceptar su ofrecimiento, hemos caído bajo la influencia de su vida. Esa
vida nos va a cambiar para bien. No puede ser de otra manera. Creer en él nos ha colocado bajo la esfera de su
influencia. Por eso vamos a considerar cuáles son las implicaciones que tiene para el ser humano ser objeto de la gracia
de Dios. Eso lo consideraremos en los días que siguen. Que el Señor nos permita ser transformados a su imagen.
"Hola Juan, es Jesús"
Un relato sobre la amistad con Jesús por medio de la oración
Todos los días al medio día, un pobre anciano entraba en la iglesia del pueblo y pocos minutos después salía de
ella. Un día el sacerdote del lugar le preguntó que era lo que venía a hacer -pues había muchos objetos de valor
en la parroquia, y temía por su desaparición-.
- "Vengo a rezar", respondió el anciano.
- Pero es muy raro, le dijo el sacerdote, que usted consiga rezar tan rápido.
- Bueno respondió el anciano, yo no sé recitar aquellas oraciones largas, pero todos los días al medio día, entro
en la iglesia y solamente digo: "Hola Jesús, es Juan". En un minuto ya estoy de salida. Es solamente una pequeña
oración, pero tengo la plena seguridad de que Él me escucha.
Algunos días después, Juan sufrió un accidente y fue internado en el hospital. En la habitación de la enfermería,
Juan ejerció una poderosa influencia sobre todos los enfermos y el personal médico. Los enfermos más tristes se
volvieron alegres y muchas risas comenzaron a ser oídas en los pasillos del nosocomio.
Una mañana la religiosa que lo atendía le dijo:
- "Los otros enfermos dicen que fue usted quien cambió todo por aquí. Ellos dicen que usted siempre está
alegre".
- Es verdad, contestó él, siempre estoy alegre. Pero es por causa de aquella visita que recibo todos los días.
�Me deja muy feliz!
La religiosa se quedó asombrada cuando se dio cuenta que la silla de al lado de la cama de Juan siempre estaba
vacía. Juan era un anciano que no tenía ni recibía visitas de nadie, ni de familiares ni amigos.
- �Qué visita? �A que horas?
- Todos los días al medio día, respondió Juan con un brillo especial en los ojos. Él viene, se queda al lado de mi
cama y cuando lo miro, Él sonríe y me dice: "Hola Juan, es Jesús".