Devocionario
Devocionario
Tu diversión/consumo:
¿Qué tiempo ocupas para tus diversiones?
¿Antepones la diversión a tu obligación?
¿Te dejas llevar por la publicidad, la moda, sin
preguntarte si las necesitas o te conviene?
¿Convences a tus padres para que den más dinero a tus
gustos y diversiones?
¿Eres amable, cercano, sensible y alegre con los que te
rodean?
¿Has sido soberbio y egoísta?
¿Te sientes separado de alguien por riñas, disputas y
peleas?
¿Eres humilde para pedir ayuda a tus amigos, padres,
catequistas, profesores?
¿Buscas vivir en verdad?
¿Has pecado de pensamiento, obra y omisión?
Tú mismo:
¿Analizas a menudo cómo eres y cómo vas?
¿Te haces compromisos para cambiar?
¿Eres amable, cercano, sensible y alegre con los que te
rodean?
¿Has sido soberbio y egoísta?
¿Te sientes separado de alguien por riñas, disputas y
peleas?
¿Eres humilde para pedir ayuda a tus amigos, padres,
catequistas, profesores?
¿Buscas vivir en verdad?
¿Has pecado de pensamiento, obra y omisión?
¿Has procurado mantener tus pensamientos limpios y
puros?
¿Te has dejado llevar tras los deseos de tu cuerpo, mal
uso de la sexualidad, exceso de bebida y el alimento?
Con Dios:
¿Te acuerdas de Él sólo en los momentos difíciles?
¿Tienes confianza en Él?
¿Hablas con Él de tus cosas?
¿Participas en la Misa del domingo?
¿Te preocupas de conocerlo más y más mediante la
lectura de la Palabra de Dios?
¿Es el centro y el motor de tu vida?
¿Le hablas y lo consideras como un Padre bueno que te
ayuda?
ACTO DE CONTRICIÓN
Dulce Jesús mío y mi crucificado Señor, indigno de
ponerme delante de tus ojos, me postro avergonzado a
tus pies, confesando la multitud de mis culpas, con
íntimo dolor de mi alma, por haberte ofendido. Herido
vengo, médico divino, a buscar mi remedio en tu
benigna misericordia y te propongo con todo mi
corazón la enmienda. Dulce amor mío eres sobre todas
las cosas, ten piedad de mí; acuérdate, Señor, que tu
amor por mí, te puso en esa Cruz, y no te acuerdes que
yo, como ingrato y desconocido, me olvidé de tu
paternal amor. Si a Ti, que eres mi Padre, no vuelvo los
ojos, ¿quién otro se compadecerá de mí? ¡Señor Jesús
cómo te ofendí! ¡Quién de dolor muriera a tus pies,
pues amándome tanto me atreví a ofender a un Dios
tan bueno, tan santo y tan amable! Pequé, Padre mío,
contra el cielo y contra Ti, ten misericordia de mí.
Amen.
O bien:
Señor mío, Jesucristo, Dios y Hombre verdadero,
Creador, Padre y Redentor mío, por ser Vos quien sois
y porque os amo sobre todas las cosas, me pesa de todo
corazón haberos ofendido; propongo firmemente
nunca más pecar, apartarme de todas las ocasiones de
ofenderos, confesarme y, cumplir la penitencia que me
fuera impuesta. Ofrezco, Señor, mi vida, obras y
trabajos, en satisfacción de todos mis pecados, y, así
como lo suplico, así confío en
vuestra bondad y misericordia infinita, que los
perdonareis, por los méritos de vuestra preciosísima
sangre, pasión y muerte, y me daréis gracia para
enmendarme, y perseverar en vuestro santo amor y
servicio,
hasta el fin de mi vida. Amén.
VIA CRUCIS
Oración inicial
Nosotros, cristianos, somos conscientes de que el vía
crucis del Hijo de Dios no fue simplemente el camino
hacia el lugar del suplicio. Creemos que cada paso del
Condenado, cada gesto o palabra suya, así como lo que
vieron e hicieron todos aquellos que tomaron parte en
este drama, nos hablan continuamente. En su pasión y
en su muerte, Cristo nos revela también la verdad
sobre Dios y sobre el hombre.
Hoy queremos reflexionar con particular intensidad
sobre el contenido de aquellos acontecimientos, para
que nos hablen con renovado vigor a la mente y al
corazón, y sean así origen de la gracia de una auténtica
participación. Participar significa tener parte. Y ¿qué
quiere decir tener parte en la cruz de Cristo? Quiere
decir experimentar en el Espíritu Santo el amor que
esconde tras de sí la cruz de Cristo. Quiere decir
reconocer, a la luz de este amor, la propia cruz. Quiere
decir cargarla sobre la propia espalda y, movidos cada
vez más por este amor, caminar... Caminar a través de
la vida, imitando a Aquel que «soportó la cruz sin
miedo a la ignominia y está sentado a la diestra del
trono de Dios» (Hb 12,2).
Pausa de silencio
Oremos: Señor Jesucristo, colma nuestros corazones
con la luz de tu Espíritu Santo, para que, siguiéndote en
tu último camino, sepamos cuál es el precio de nuestra
redención y seamos dignos de participar en los frutos
de tu pasión, muerte y resurrección. Tú que vives y
reinas por los siglos de los siglos. Amén. [Juan Pablo II]
Primera Estación
JESÚS ES CONDENADO A MUERTE
V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.
«Reo es de muerte», dijeron de Jesús los miembros del
Sanedrín, y, como no podían ejecutar a nadie, lo
llevaron de la casa de Caifás al Pretorio. Pilato no
encontraba razones para condenar a Jesús, e incluso
trató de liberarlo, pero, ante la presión amenazante del
pueblo instigado por sus jefes: «¡Crucifícalo,
crucifícalo!», «Si sueltas a ése, no eres amigo del
César», pronunció la sentencia que le reclamaban y les
entregó a Jesús, después de azotarlo, para que fuera
crucificado.
San Juan el evangelista nos dice que, pocas horas
después, junto a la cruz de Jesús estaba María su
madre. Y hemos de suponer que también estuvo muy
cerca de su Hijo a lo largo de todo el Vía crucis.
Cuántos temas para la reflexión nos ofrecen los
padecimientos soportados por Jesús desde el Huerto
de los Olivos hasta su condena a muerte: abandono de
los suyos, negación de Pedro, flagelación, corona de
espinas, vejaciones y desprecios sin medida. Y todo por
amor a nosotros, por nuestra conversión y salvación.
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Señor, pequé, ten misericordia de mí.
Pecamos Señor y nos pesa, ten misericordia de
nosotros
Segunda Estación
JESÚS CARGA CON LA CRUZ
V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.
Condenado muerte, Jesús quedó en manos de los
soldados del procurador, que lo llevaron consigo al
pretorio y, reunida la tropa, hicieron mofa de él.
Llegada la hora, le quitaron el manto de púrpura con
que lo habían vestido para la burla, le pusieron de
nuevo sus ropas, le cargaron la cruz en que había de
morir y salieron camino del Calvario para allí
crucificarlo.
El peso de la cruz es excesivo para las mermadas
fuerzas de Jesús, convertido en espectáculo de la
chusma y de sus enemigos. No obstante, se abraza a su
patíbulo deseoso de cumplir hasta el final la voluntad
del Padre: que cargando sobre sí el pecado, las
debilidades y flaquezas de todos, los redima. Nosotros,
a la vez que contemplamos a Cristo cargado con la cruz,
oigamos su voz que nos dice: «Si alguno quiere venir en
pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día,
y sígame».
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Señor, pequé, ten misericordia de mí.
Pecamos Señor y nos pesa, ten misericordia de
nosotros
Tercera Estación
JESÚS CAE POR PRIMERA VEZ
V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.
Nuestro Salvador, agotadas las fuerzas por la sangre
perdida en la flagelación, debilitado por la acerbidad de
los sufrimientos físicos y morales que le infligieron
aquella noche, en ayunas y sin haber dormido, apenas
pudo dar algunos pasos y pronto cayó bajo el peso de
la cruz. Se sucedieron los golpes e imprecaciones de los
soldados, las risas y expectación del público. Jesús, con
toda la fuerza de su voluntad y a empellones, logró
levantarse para seguir su camino.
Isaías había profetizado de Jesús: «Eran nuestras
dolencias las que él llevaba y nuestros dolores los que
soportaba. Yahvé descargó sobre él la culpa de todos
nosotros». El peso de la cruz nos hace tomar conciencia
del peso de nuestros pecados, infidelidades,
ingratitudes..., de cuanto está figurado en ese madero.
Por otra parte, Jesús, que nos invita a cargar con
nuestra cruz y seguirle, nos enseña aquí que también
nosotros podemos caer, y que hemos de comprender a
los que caen; ninguno debe quedar postrado; todos
hemos de levantarnos con humildad y confianza
buscando su ayuda y perdón.
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Señor, pequé, ten misericordia de mí.
Pecamos Señor y nos pesa, ten misericordia de
nosotros
Cuarta Estación
JESÚS SE ENCUENTRA CON SU MADRE
V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.
En su camino hacia el Calvario, Jesús va envuelto por
una multitud de soldados, jefes judíos, pueblo, gentes
de buenos sentimientos... También se encuentra allí
María, que no aparta la vista de su Hijo, quien, a su vez,
la ha entrevisto en la muchedumbre. Pero llega un
momento en que sus miradas se encuentran, la de la
Madre que ve al Hijo destrozado, la de Jesús que ve a
María triste y afligida, y en cada uno de ellos el dolor se
hace mayor al contemplar el dolor del otro, a la vez que
ambos se sienten consolados y confortados por el amor
y la compasión que se transmiten.
Nos es fácil adivinar lo que padecerían Jesús y María
pensando en lo que toda buena madre y todo buen hijo
sufrirían en semejantes circunstancias. Esta es sin duda
una de las escenas más patéticas del Vía crucis, porque
aquí se añaden, al cúmulo de motivos de dolor ya
presentes, la aflicción de los afectos compartidos de
una madre y un hijo. María acompaña a Jesús en su
sacrificio y va asumiendo su misión de corredentora.
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Jesús, pequé: Ten piedad y misericordia de mí.
Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro
Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre,
triste y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús.
Quinta Estación
JESÚS ES AYUDADO POR EL CIRENEO
V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.
Jesús salió del pretorio llevando a cuestas su cruz,
camino del Calvario; pero su primera caída puso de
manifiesto el agotamiento del reo. Temerosos los
soldados de que la víctima sucumbiese antes de hora,
pensaron en buscarle un sustituto. Entonces el
centurión obligó a un tal Simón de Cirene, que venía
del campo y pasaba por allí, a que tomara la cruz sobre
sus hombros y la llevara detrás de Jesús. Tal vez Simón
tomó la cruz de mala gana y a la fuerza, pero luego,
movido por el ejemplo de Cristo y tocado por la gracia,
la abrazó con resignación y amor y fue para él y sus
hijos el origen de su conversión. El Cireneo ha venido a
ser como la imagen viviente de los discípulos de Jesús,
que toman su cruz y le siguen. Además, el ejemplo de
Simón nos invita a llevar los unos las cargas de los
otros, como enseña San Pablo. En los que más sufren
hemos de ver a Cristo cargado con la cruz que requiere
nuestra ayuda amorosa y desinteresada.
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Señor, pequé, ten misericordia de mí.
Pecamos Señor y nos pesa, ten misericordia de
nosotros
Sexta Estación
LA VERÓNICA LIMPIA EL ROSTRO DE JESÚS
V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.
Dice el profeta Isaías: «No tenía apariencia ni
presencia; lo vimos y no tenía aspecto que pudiésemos
estimar. Despreciable y desecho de hombres, varón de
dolores y sabedor de dolencias, como uno ante quien
se oculta el rostro, despreciable, y no lo tuvimos en
cuenta». Es la descripción profética de la figura de
Jesús camino del Calvario, con el rostro desfigurado
por el sufrimiento, la sangre, los salivazos, el polvo, el
sudor... Entonces, una mujer del pueblo, Verónica de
nombre, se abrió paso entre la muchedumbre llevando
un lienzo con el que limpió piadosamente el rostro de
Jesús. El Señor, como respuesta de gratitud, le dejó
grabada en él su Santa Faz.
Una letrilla tradicional de esta sexta estación nos dice:
«Imita la compasión / de Verónica y su manto / si de
Cristo el rostro santo / quieres en tu corazón».
Nosotros podemos repetir hoy el gesto de la Verónica
en el rostro de Cristo que se nos hace presente en
tantos hermanos nuestros que comparten de diversas
maneras la pasión del Señor, quien nos recuerda: «Lo
que hagáis con uno de estos, mis pequeños, conmigo lo
hacéis».
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
. Señor, pequé, ten misericordia de mí.
Pecamos Señor y nos pesa, ten misericordia de
nosotros
Séptima Estación
JESÚS CAE POR SEGUNDA VEZ
V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.
Jesús había tomado de nuevo la cruz y con ella a
cuestas llegó a la cima de la empinada calle que daba a
una de las puertas de la ciudad. Allí, extenuado, sin
fuerzas, cayó por segunda vez bajo el peso de la cruz.
Faltaba poco para llegar al sitio en que tenía que ser
crucificado, y Jesús, empeñado en llevar a cabo hasta la
meta los planes de Dios, aún logró reunir fuerzas,
levantarse y proseguir su camino.
Nada tiene de extraño que Jesús cayera si se tiene en
cuenta cómo había sido castigado desde la noche
anterior, y cómo se encontraba en aquel momento.
Pero, al mismo tiempo, este paso nos muestra lo frágil
que es la condición humana, aun cuando la aliente el
mejor espíritu, y que no han de desmoralizarnos las
flaquezas ni las caídas cuando seguimos a Cristo
cargados con nuestra cruz. Jesús, por los suelos una vez
más, no se siente derrotado ni abandona su cometido.
Para Él no es tan grave el caer como el no levantarnos.
Y pensemos cuántas son las personas que se sienten
derrotadas y sin ánimos para reemprender el
seguimiento de Cristo, y que la ayuda de una mano
amiga podría sacarlas de su postración.
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Señor, pequé, ten misericordia de mí.
Pecamos Señor y nos pesa, ten misericordia de
nosotros
Octava Estación
JESÚS CONSUELA A LAS MUJERES DE JERUSALÉN
V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.
Dice el evangelista San Lucas que a Jesús, camino del
Calvario, lo seguía una gran multitud del pueblo; y unas
mujeres se dolían y se lamentaban por Él. Jesús,
volviéndose a ellas les dijo: «Hijas de Jerusalén, no
lloréis por mí; llorad más bien por vosotras y por
vuestros hijos»; añadiéndoles, en figuras, que si la ira
de Dios se ensañaba como veían con el Justo, ya podían
pensar cómo lo haría con los culpables.
Mientras muchos espectadores se divierten y lanzan
insultos contra Jesús, no faltan algunas mujeres que,
desafiando las leyes que lo prohibían, tienen el valor de
llorar y lamentar la suerte del divino Condenado. Jesús,
sin duda, agradeció los buenos sentimientos de
aquellas mujeres, y movido del amor a las mismas
quiso orientar la nobleza de sus corazones hacia lo más
necesario y urgente: la conversión suya y la de sus
hijos. Jesús nos enseña a establecer la escala de los
valores divinos en nuestra vida y nos da una lección
sobre el santo temor de Dios.
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Señor, pequé, ten misericordia de mí.
Pecamos Señor y nos pesa, ten misericordia de
nosotros
Novena Estación
JESÚS CAE POR TERCERA VEZ
V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.
Una vez llegado al Calvario, en la cercanía inmediata
del punto en que iba a ser crucificado, Jesús cayó por
tercera vez, exhausto y sin arrestos ya para levantarse.
Las condiciones en que venía y la continua subida lo
habían dejado sin aliento. Había mantenido su decisión
de secundar los planes de Dios, a los que servían los
planes de los hombres, y así había alcanzado, aunque
con un total agotamiento, los pies del altar en que
había de ser inmolado.
Jesús agota sus facultades físicas y psíquicas en el
cumplimiento de la voluntad del Padre, hasta llegar a la
meta y desplomarse. Nos enseña que hemos de
seguirle con la cruz a cuestas por más caídas que se
produzcan y hasta entregarnos en las manos del Padre
vacíos de nosotros mismos y dispuestos a beber el cáliz
que también nosotros hemos de beber. Por otra parte,
la escena nos invita a recapacitar sobre el peso y la
gravedad de los pecados, que hundieron a Cristo.
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Señor, pequé, ten misericordia de mí.
Pecamos Señor y nos pesa, ten misericordia de
nosotros
Décima Estación
JESÚS ES DESPOJADO DE SUS VESTIDURAS
V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.
Ya en el Calvario y antes de crucificar a Jesús, le dieron
a beber vino mezclado con mirra; era una piadosa
costumbre de los judíos para amortiguar la
sensibilidad del que iba a ser ajusticiado. Jesús lo
probo, como gesto de cortesía, pero no quiso beberlo;
prefería mantener la plena lucidez y conciencia en los
momentos supremos de su sacrificio. Por otra parte,
los soldados despojaron a Jesús, sin cuidado ni
delicadeza alguna, de sus ropas, incluidas las que
estaban pegadas en la carne viva, y, después de la
crucifixión, se las repartieron.
Para Jesús fue sin duda muy doloroso ser así despojado
de sus propios vestidos y ver a qué manos iban a parar.
Y especialmente para su Madre, allí presente, hubo de
ser en extremo triste verse privada de aquellas
prendas, tal vez labradas por sus manos con maternal
solicitud, y que ella habría guardado como recuerdo del
Hijo querido.
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Señor, pequé, ten misericordia de mí.
Pecamos Señor y nos pesa, ten misericordia de
nosotros
Undécima Estación
JESÚS ES CLAVADO EN LA CRUZ
V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.
«Y lo crucificaron», dicen escuetamente los
evangelistas. Había llegado el momento terrible de la
crucifixión, y Jesús fue fijado en la cruz con cuatro
clavos de hierro que le taladraban las manos y los pies.
Levantaron la cruz en alto y el cuerpo de Cristo quedó
entre cielo y tierra, pendiente de los clavos y apoyado
en un saliente que había a mitad del palo vertical. En la
parte superior de este palo, encima de la cabeza de
Jesús, pusieron el título o causa de la condenación:
«Jesús el Nazareno, el Rey de los judíos». También
crucificaron con él a dos ladrones, uno a su derecha y el
otro a su izquierda.
El suplicio de la cruz, además de ser infame, propio de
esclavos criminales o de insignes facinerosos, era
extremadamente doloroso, como apenas podemos
imaginar. El espectáculo mueve a compasión a
cualquiera que lo contemple y sea capaz de nobles
sentimientos. Pero siempre ha sido difícil entender la
locura de la cruz, necedad para el mundo y salvación
para el cristiano. La liturgia canta la paradoja: «¡Dulces
clavos! ¡Dulce árbol donde la Vida empieza / con un
peso tan dulce en su corteza!».
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Señor, pequé, ten misericordia de mí.
Pecamos Señor y nos pesa, ten misericordia de
nosotros
Duodécima Estación
JESÚS MUERE EN LA CRUZ
V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.
Desde la crucifixión hasta la muerte transcurrieron
tres largas horas que fueron de mortal agonía para
Jesús y de altísimas enseñanzas para nosotros. Desde el
principio, muchos de los presentes, incluidas las
autoridades religiosas, se desataron en ultrajes y
escarnios contra el Crucificado. Poco después ocurrió
el episodio del buen ladrón, a quien dijo Jesús: «Hoy
estarás conmigo en el paraíso». San Juan nos refiere
otro episodio emocionante por demás: Viendo Jesús a
su Madre junto a la cruz y con ella a Juan, dice a su
Madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo»; luego dice al
discípulo: «Ahí tienes a tu madre»; y desde aquella
hora el discípulo la acogió en su casa. Después de esto,
nos dice el mismo evangelista, sabiendo Jesús que ya
todo estaba cumplido, dijo: «Tengo sed». Tomó el
vinagre que le acercaron, y añadió: «Todo está
cumplido». E inclinando la cabeza entregó el espíritu.
A los motivos de meditación que nos ofrece la
contemplación de Cristo agonizante en la cruz, lo que
hizo y dijo, se añaden los que nos brinda la presencia
de María, en la que tendrían un eco muy particular los
sufrimientos y la muerte del hijo de sus entrañas.
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Señor, pequé, ten misericordia de mí.
Pecamos Señor y nos pesa, ten misericordia de
nosotros
Decimotercera Estación
JESÚS ES BAJADO DE LA CRUZ
Y PUESTO EN LOS BRAZOS DE SU MADRE
V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.
Para que los cadáveres no quedaran en la cruz al día
siguiente, que era un sábado muy solemne para los
judíos, éstos rogaron a Pilato que les quebraran las
piernas y los retiraran; los soldados sólo quebraron las
piernas de los otros dos, y a Jesús, que ya había muerto,
uno de los soldados le atravesó el costado con una
lanza. Después, José de Arimatea y Nicodemo,
discípulos de Jesús, obtenido el permiso de Pilato y
ayudados por sus criados o por otros discípulos del
Maestro, se acercaron a la cruz, desclavaron cuidadosa
y reverentemente los clavos de las manos y los pies y
con todo miramiento lo descolgaron. Al pie de la cruz
estaba la Madre, que recibió en sus brazos y puso en su
regazo maternal el cuerpo sin vida de su Hijo.
Escena conmovedora, imagen de amor y de dolor,
expresión de la piedad y ternura de una Madre que
contempla, siente y llora las llegas de su Hijo
martirizado. Una lanza había atravesado el costado de
Cristo, y la espada que anunciara Simeón acabó de
atravesar el alma de la María.
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Señor, pequé, ten misericordia de mí.
Pecamos Señor y nos pesa, ten misericordia de
nosotros
Decimocuarta Estación
JESÚS ES SEPULTADO
V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.
José de Arimatea y Nicodemo tomaron luego el cuerpo
de Jesús de los brazos de María y lo envolvieron en una
sábana limpia que José había comprado. Cerca de allí
tenía José un sepulcro nuevo que había cavado para sí
mismo, y en él enterraron a Jesús. Mientras los varones
procedían a la sepultura de Cristo, las santas mujeres
que solían acompañarlo, y sin duda su Madre, estaban
sentadas frente al sepulcro y observaban dónde y cómo
quedaba colocado el cuerpo. Después, hicieron rodar
una gran piedra hasta la entrada del sepulcro, y
regresaron todos a Jerusalén.
Con la sepultura de Jesús el corazón de su Madre
quedaba sumido en tinieblas de tristeza y soledad.
Pero en medio de esas tinieblas brillaba la esperanza
cierta de que su Hijo resucitaría, como Él mismo había
dicho. En todas las situaciones humanas que se
asemejen al paso que ahora contemplamos, la fe en la
resurrección es el consuelo más firme y profundo que
podemos tener. Cristo ha convertido en lugar de mera
transición la muerte y el sepulcro, y cuanto simbolizan.
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Señor, pequé, ten misericordia de mí.
Pecamos Señor y nos pesa, ten misericordia de
nosotros
Decimoquinta Estación
JESÚS RESUCITA DE ENTRE LOS MUERTOS
V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.
Pasado el sábado, María Magdalena y otras piadosas
mujeres fueron muy de madrugada al sepulcro.
Llegadas allí observaron que la piedra había sido
removida. Entraron en el sepulcro y no hallaron el
cuerpo del Señor, pero vieron a un ángel que les dijo:
«Buscáis a Jesús de Nazaret, el Crucificado; ha
resucitado, no está aquí». Poco después llegaron Pedro
y Juan, que comprobaron lo que les habían dicho las
mujeres. Pronto comenzaron las apariciones de Jesús
resucitado: la primera, sin duda, a su Madre; luego, a la
Magdalena, a Simón Pedro, a los discípulos de Emaús,
al grupo de los apóstoles reunidos, etc., y así durante
cuarenta días. Nadie presenció el momento de la
resurrección, pero fueron muchos los que, siendo
testigos presenciales de la muerte y sepultura del
Señor, después lo vieron y trataron resucitado.
En los planes salvíficos de Dios, la pasión y muerte de
Jesús no tenían como meta y destino el sepulcro, sino la
resurrección, en la que definitivamente la vida vence a
la muerte, la gracia al pecado, el amor al odio. Como
enseña San Pablo, la resurrección de Cristo es nuestra
resurrección, y si hemos resucitado con Cristo hemos
de vivir según la nueva condición de hijos de Dios que
hemos recibido en el bautismo.
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Señor, pequé, ten misericordia de mí.
Pecamos Señor y nos pesa, ten misericordia de
nosotros
Oremos: Señor Jesucristo, tú nos has concedido
acompañarte, con María tu Madre, en los misterios de
tu pasión, muerte y sepultura, para que te
acompañemos también en tu resurrección; concédenos
caminar contigo por los nuevos caminos del amor y de
la paz que nos has enseñado. Tú que vives y reinas por
los siglos de los siglos. Amén
CORONILLA DE LA DIVINA MISERICORDIA
ORACIÓN AL COMENZAR
Expiraste, Jesús; pero la fuente de vida brotó para las
almas, y el mar de misericordia se abrió para el mundo
entero. ¡Oh, fuente de vida, insondable misericordia
divina!, abarca el mundo entero y derrámate sobre
nosotros.
Luego, se dice tres veces:
¡Oh, Sangre y Agua que brotasteis del corazón de Jesús,
como una fuente de misericordia para nosotros! ¡En Ti
confío!
A continuación, se reza:
Padrenuestro, Ave María, Credo.
LAS CINCO DECENAS
Se rezan a continuación las cinco decenas. El guía,
comienza rezando con las siguientes palabras, que se
repiten en cada cuenta grande:
Padre Eterno, Te ofrezco el Cuerpo, la Sangre, el Alma y
la Divinidad de Tu Amadísimo Hijo, Nuestro Señor
Jesucristo, como propiciación de nuestros pecados y
los del mundo entero.
Después, en cada cuenta pequeña se repite diez veces:
Por Su dolorosa Pasión, ten misericordia de nosotros y
del mundo entero.
Después, se hace la siguiente decena, hasta completar
cinco.
ORACIÓN FINAL
Rezadas las cinco decenas, todos, en común, dirán tres
veces:
Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, ten piedad o
misericordia de nosotros y del mundo entero.
¡Oh, Dios eterno!, en quien la Misericordia es infinita y
el tesoro de compasión inagotable. Vuelve a nosotros
Tu mirada bondadosa, y aumenta Tu Misericordia en
nosotros. Para que, en momentos difíciles, no nos
desesperemos ni nos desalentemos, sino que, con gran
confianza, nos sometamos a Tu santa voluntad, que es
el amor y la misericordia mismos. Amén.
CONCLUSIÓN
En el nombre del Padre, + y del Hijo, y del Espíritu
Santo. Amén. ¡Jesús, en Ti confío!
ORACIONES DEL ANGEL
«Dios mío, yo creo, adoro, espero y os amo.
Os pido perdón por los que no creen, no adoran, no
esperan y no os aman.»
VENI CREATOR
Ven, Espíritu Creador, que inspiras nuestras
visita las almas de tus palabras.
fieles Ilumina nuestros
llena con tu divina sentidos;
gracia, infunde tu amor en
los corazones que nuestros corazones;
creaste. y, con tu perpetuo
Tú, a quien llamamos auxilio,
Paráclito, fortalece la debilidad de
don de Dios Altísimo, nuestro cuerpo.
fuente viva, fuego, Aleja de nosotros al
caridad y espiritual enemigo,
unción. danos pronto la paz,
Tú derramas sobre sé nuestro director y
nosotros los siete dones; nuestro guía,
Tú, dedo de la diestra del para que evitemos todo
Padre; mal.
Tú, fiel promesa del Por ti conozcamos al
Padre; Padre,
al Hijo revélanos Gloria a Dios Padre,
también; y al Hijo que resucitó,
Creamos en ti, su y al Espíritu Consolador,
Espíritu, por los siglos de los
por los siglos de los siglos. Amén.
siglos
SECUENCIA
Ven Espíritu divino, faltas por dentro. Mira el
manda tu luz desde el poder del pecado cuando
cielo. Padre amoroso del no envías tu aliento.
pobre, don en tus dones Riega la tierra en sequía,
espléndido. Luz que sana el corazón enfermo.
penetras las almas, Lava las manchas.
fuente del mayor Infunde calor de vida en
consuelo. el hielo.
Ven, dulce huésped del Doma el espíritu
alma, descanso de indómito. Guía al que
nuestro esfuerzo. Tregua tuerce el sendero.
en el duro trabajo, brisa Reparte tus siete dones
en las horas de fuego. según la fe de tus siervos.
Gozo que enjuga las Por tu bondad y tu
lágrimas y reconforta en gracia, dale al esfuerzo
los duelos. Entra hasta el su mérito. Salva al que
fondo del alma divina luz busca salvarse y danos tu
y enriquécenos. Mira el gozo eterno.
vacío del alma si tú le
REZO DEL SANTO ROSARIO
MISTERIOS GOZOSOS (SE REZAN LUNES Y
SÁBADOS)
1º Misterio: La Anunciación del Ángel a la Virgen
María y la Encarnación del Hijo de Dios: El Ángel
Gabriel se presenta ante la Virgen María y le anuncia
que será la Madre de Jesús. “María dijo: Yo soy la
servidora del Señor, que se cumpla en Mí lo que has
dicho”. (Lc. 1, 38). Te pedimos Madre nos ayudes a ser
humildes y obedientes a la voluntad del Padre.
2º Misterio: La visita de María Santísima a su prima
Santa Isabel: “En aquellos días, María partió y fue sin
demora a un pueblo de la montaña de Judá”. (Lc. 1,
39), a ver a su prima Isabel. Te pedimos Madre nos
concedas la verdadera caridad cristiana y la alegría en
el servicio.
3º Misterio: El nacimiento de Nuestro Señor
Jesucristo en el portal de Belén:“Mientras se
encontraban en Belén, le llegó el tiempo de ser madre;
y María dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en
pañales y lo acostó en un pesebre”. (Lc. 2, 6-7) Te
pedimos Madre la gracia de que Jesús nazca cada día en
nuestro corazón.
4º Misterio: La presentación del Niño Jesús en el
Templo: “Cuando llegó el día fijado por la Ley de
Moisés para la purificación, llevaron al Niño a
Jerusalén, para presentarlo al Señor”. (Lc. 2, 22) Te
pedimos Madre la virtud de la obediencia y la pureza.
5º Misterio: El Niño Jesús, perdido y hallado en el
Templo: Jesús se ha perdido. Tiene doce años.
Acongojada y afanosamente la Virgen lo busca con
resignación. “Al tercer día, lo hallaron en el Templo en
medio de los doctores de la Ley”. (Lc. 2, 46). Te pedimos
Madre la gracia de buscar y seguir a Jesús, aceptando la
voluntad divina.
MISTERIOS LUMINOSOS (SE REZAN LOS JUEVES):
1° Misterio: El Bautismo de Jesús en el río Jordán:
“Apenas fue bautizado, Jesús salió del agua. En ese
momento se le abrieron los cielos, y vio al Espíritu de
Dios descender como una paloma y dirigirse hacia Él. Y
se oyó una voz del cielo que decía: Éste es mi Hijo muy
querido, en quien tengo puesta toda mi
predilección”. (Mt. 3, 16-17). Te pedimos Madre, nos
ayudes a vivir nuestro Bautismo con fidelidad a Jesús.