Sin diccionario Odisea
Canto I
Háblame, Musa, del hombre astuto que bastante (muy mucho) anduvo errante después de
destruir la Sagrada Ciudad de Troya, y vio pueblos de muchos hombres, y conoció sus
costumbres/ modo de pensar. Y en el mar sufrió numerosos males en el corazón, tratando de
conservar su vida y la vuelta a la patria de sus compañeros.
Pero de este modo, no salvo a sus compañeros, ciertamente afanado, sino que se destruían con
su propia temeridad insensata, ¡locos!, que se comieron las vacas de Helios Hiperión, luego él
(Helios) les despojó/ cortó el día de su regreso.
Diosa, hija de Zeus, desde algún punto, cuéntanos también a nosotros estos asuntos/ de estas
cosas.
Entonces todos los demás, cuantos escaparon/rehuyeron a la ardua muerte, estaban en sus
casas, habiendo escapado de la guerra y el mar. Por otro lado/ por el contrario, solo a él,
necesitado ya del regreso y de su mujer, lo retenía la ninfa Calipso, divina entre las diosas, en su
cóncava cueva ansiando que fuera su esposo. Pero cuando, una vez acabó el curso de los años,
llegó el año en el que los dioses decretaron que volviera a su casa en Ítaca, ni siquiera entonces
estaban libres de pruebas, tampoco en compañía de sus familiares/ entre los suyos.
Todos los dioses se compadecían excepto Posidón. Él odió con ardor a Odiseo, semejante a un
dios, antes de llegar a su tierra.
Pero él fue a visitar a los etíopes, que vivían lejos (los etíopes que se dividían en dos partes,
Partes los más alejados de los hombres, donde se oculta el Hiperión, otros donde se levanta),
para participar en la hecatombe de toros y carneros. Mientras él disfrutaba asistiendo a los
banquetes. Por otro lado, el resto de los dioses estaban reunidos en el Palacio de Zeus Olímpico.
80-95
Después le contestó Atenea, la diosa de ojos brillantes:
“Oh padre, nuestro cronida, el más poderoso de entre los poderosos. Si ya deseas esto querido
para los dioses, que el astuto Odiseo regrese a su casa, entonces a Hermes, al vigilante argifonte,
apresuremos hacia la isla de Ogigia, para que rápidamente le comunique a la ninfa de hermosas
trenzas nuestra infalible decisión, el regreso del desgraciado Odiseo y de qué manera regresará.
Ahora bien, yo iré hacia Ítaca para incitar mucho/en gran medida a su hijo y poner valor en su
pecho para que convoque/ cite al Ágora a los aqueos de largo cabello para que repudien a todos
los pretendientes, que siempre le sacrifican rebaños de ovejas y cuernito torcidos bueyes de
rotátiles. Le enviaré también a Esparta y a la arenosa Pilos, para que se informe sobre el regreso
de su padre, que escuche algo quizá/ de alguna manera, y para que consiga/alcance entre los
hombres fama de valeroso de valiente”.
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Canto III
430-472
Así habló y todos se apresuraron. Llegó por un lado la vaca a la llanura, por otro lado, llegaron
los compañeros del animoso Telémaco de junto a las veloces naves bien equilibradas, y llegó el
orfebre/broncero llevando en sus manos herramientas de bronce, útiles de artista: el yunque y
el martillo y las bien hechas tenazas con las que trabajaba el oro. Y llegó a Atenea para participar
en los sacrificios. El anciano cabalgador de caballos, Néstor, le entregó oro a continuación y, tras
haberlo trabajado, lo vertió en torno a los cuernos de la novilla para que la diosa se alegrara
viendo la ofrenda. Y llevaron la novilla cogida por los cuernos Estrate y el divino Equefrón; y Areto
salió de su habitación llevándoles agua para las abluciones de las manos en una vasija
ornamentada con motivos florales y tenía en la otra mano cebada en una cesta. Y Trasímedes,
valeroso es la lucha, llevando en la mano una doble hacha afilada para matar a la novilla. Perseo
sostenía el vaso de la sangre, y el anciano domador de caballos Néstor comenzaba los ritos
iniciales de las abluciones y de la rociada de granos de cebada y rezaba mucho a Atenea, mientras
comenzaba el sacrificio lanzando al fuego cabellos de su cabeza.
Pero cuando como es natural, rezaron y arrojaron la cebada, inmediatamente el hijo de Néstor,
el audaz Tersites, descargó un golpe tras colocarse cerca y el hacha cortó los tendones del cuello
y liberó las fuerzas de la novilla. Y prorrumpieron en gritos rituales, las hijas y las nueras y la
venerable esposa Eurídice, la hija mayor de Clímeno.
Y después estos la levantaron desde el ancho suelo y la tuvieron cogida y además la degolló
Pisístrato, señor de los hombres.
Por otro lado, después de que fluyó la oscura sangre y el espíritu dejó los huesos, así pues,
rápidamente la distribuyeron en montones cortando los muslos inmediatamente, todo según el
ritual. Cubrieron totalmente los huesos de las piernas con grasa en doble capa y pusieron trozos
de carne. Y el anciano lo quemó sobre los troncos y derramó por encima rojo vino y los jóvenes
junto a él tenían tenedores de 5 puntas en sus manos.
Pero después de que los muslos se consumieron por completo y comieron las entrañas, a
continuación, hicieron pedazos las demás partes y a uno y otro extremo de los asadores los
ensartaron. Y lo asaron teniendo/sujetando con sus manos los puntiagudos tenedores.
Mientras tanto, la hermosa Policasta llevaba a Telémaco, la más joven hija de Néstor, hijo de
Neleo. Después de haberle lavado y untado con aceite, le rodeó con una hermosa túnica y un
manto. A continuación, salió del baño semejante su cuerpo a los inmortales y ciertamente/
precisamente él fue a sentarse junto a Néstor, pastor del Ejército. Después de que las carnes de
encima se asaron, la sacaron y se sentaron a comer/Celebraron el banquete. Y unos jóvenes
nobles se levantaron para echar el vino/ escanciar en copas de vino.
Canto V
203-224
Hijo de Laertes, de linaje divino, Odiseo, rico en ardides. Así pues, ¿quieres marcharte ahora
enseguida a tu querido hogar y a tu tierra patria? En cualquier caso, tú se feliz como quieras que
sea, (pero) precisamente si supieras que el destino te colmará corazón de tan grandes tristezas
antes de que llegues a tu tierra patria, te quedarías inmediatamente aquí conmigo, cuidarías esta
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casa y serías inmortal, por mucho que desees ver a tu mujer, a la que continuamente deseas
todos los días.
Y en realidad, yo me jacto de no ser inferior ni en porte, ni en hermosura corporal, (talla y porte),
cuando no conviene de ninguna manera los mortales rivalizar/ competir con los inmortales ni en
porte, ni en hermosura.”
Y contestándole, le dijo el ingenioso Odiseo:
“Soberana, venerable diosa, que esto no te enfade conmigo, también yo mismo sé todo muy
bien, puesto que, al verla cara a cara, la discreta Penélope es inferior a ti en belleza y talla, pues
por un lado ella es mortal y por el otro tú, inmortal y sin vejez; pero aun así, quiero y deseo todos
los días regresar a mi casa y ver el día de mi vuelta. Si alguno de los dioses de nuevo me maltrata,
naufraga en el ponto del color del vino, lo soportaré en el pecho teniendo un ánimo paciente,
pues ya sufrí bastante por el mar y por la guerra. Que venga esto después de aquello”.
278-296
Atravesando el mar navegó 17 días y en el decimoctavo se mostraron/ se dejaron ver los
sombríos montes de las tierras de los feacios, por donde se encontraba más cerca y parecía un
escudo de cuero en el ponto nebuloso/bromoso.
Volviendo de donde los etíopes, el poderoso que sacude la tierra lo vio de lejos desde los montes
Solymos, pues le pareció que cruzaba el Ponto. Él se enfadó mucho en el corazón y tras mover la
cabeza hacia él, habló su ánimo:
“Oh, muy de cierto los dioses han cambiado de parecer en relación con Odiseo, mientras yo
estaba entre los etíopes, que ya está cerca de la tierra de los feacios, donde su destino es escapar
a grandes aflicciones/ pesares. Pero creo que todavía le maltratarán golpearán/bastantes
desgracias”.
Y habiendo hablado así, juntó las nubes y agitó el ponto sosteniendo el tridente en sus manos y
despertó tempestades de vientos de toda clase. Y envolvió con nubes al mismo tiempo tanto la
tierra como el Ponto juntamente. Y la noche apareció/ surgió. Cayeron Euro y Noto, Céfiro de
soplo violento y Bóreas, nacido en el cielo despejado levantando grandes olas.
Canto VI
56-70
Ella, deteniéndose muy cerca, le dijo a su querido padre:
“Querido papá. ¿No me prepararías un alto carro de buenas ruedas para que vaya a lavar mis
ilustres vestiduras al río, las que se hayan manchado? También a ti mismo te conviene cuando
estás entre los principales tomar decisiones llevando sobre tu cuerpo vestiduras limpias. Cinco
queridos hijos te han nacido en Palacio, dos casados ya y 3 jóvenes lozaneando (solteros), y estos
siempre quieren ir al baile llevando vestiduras recién lavadas. Y todos estos asuntos son objeto
de mi atención/ son mi ocupación.
Así habló, pues le avergonzaba nombrar el joven matrimonio a su querido padre. Y él se daba
cuenta de todo y le respondió con un discurso:
“Ni te voy a negar las mulas, hija, ni cualquier otra cosa. Ve; pero en verdad los criados te
preparan un alto carro d buenas ruedas con una cesta acomodada/ajustada.”
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110-125
Pero luego, cuando (Nausica) se disponía a regresar de nuevo a casa tras haber uncido el yugo/
atado a las mulas y doblado los bellos vestidos, entonces la misma Atenea, la diosa de ojos
brillantes, pensó otra cosa: que Odiseo se despertase y viera a la joven de ojos hermosos, que le
conduciría a la ciudad de los hombres feacios.
Así pues, la princesa tiró la pelota a una sirvienta y no alcanzó a la sirvienta, la lanzó contra un
profundo remolino y ellas gritaron mucho. Despertó el divino Odiseo, y sentado meditaba para
su mente y su corazón:
“¡Ay de mí! ¿Una vez más he llegado a la tierra de qué hombres? ¿Son acaso soberbios y salvajes,
no justos o amigos de los forasteros y con sentimientos de piedad hacia los dioses? Y así, me
llega un griterío femenino como de jóvenes/doncellas, de Ninfas que tienen las elevadas cimas
de los montes y los nacimientos de los ríos y las praderas cubiertas de hierba. ¿Y ahora estoy en
alguna parte cerca de hombres dotados de voz?”
Y vino cerca el heraldo trayendo al fiel aedo, al que amó (con amor puro) la Musa, que le daba
lo bueno y lo malo. Por un lado, le privó de los ojos, por otro lado, le concedía el dulce canto,
Pontono le colocó un asiento de claros de clavos de plata en medio de los invitados, apoyado en
una gran columna. Y el heraldo colgó de un clavo su armoniosa lira sobre su cabeza y enseñó a
cogerla con las manos. Y le colocó también un canastillo y una bella mesa, y una copa de vino,
para beber cuando su ánimo lo mandase. Y estos tendieron las manos hacia los alimentos
preparados que tenían delante.
Pero cuando hubieron arrojado su deseo de comida y bebida, la musa alcanzó al aedo para que
cantase las glorias de los hombres, de entre una serie de cantos cuya fama llegaba al vasto cielo:
la disputa de Odiseo y el Pelida Aquiles, cómo entonces discutieron en un espléndido banquete
en honor de los dioses con terribles palabras. Y el rey de los hombres, Agamenón, se alegraba
en su mente de que discutieran los mejores de los aqueos.
Pero, ¡vamos! Yo personalmente lo probaré y lo veré. Habiendo hablado así de las matas, salió
del ramaje el divino Odiseo y en la espesa selva rompió una rama frondosa con su fuerte mano,
que así ocultase alrededor del cuerpo las partes pudendas. Y se puso en marcha como un león
montaraz, convencido de su fuerza, que va mientras llueve y sopla el aire, y en sus ojos
chispeando. Entonces él va detrás de los bueyes o de las ovejas o entre los ciervos salvajes. Llama
su estómago para que ataque a las ovejas, también a entrar en una casa cerrada. De este modo,
Odiseo pensó mezclarse entre las jóvenes de lindas trenzas, por más que estuviera desnudo,
pues la necesidad le alcanzaba.
Y apareció entre ellas espantes maltratada por agua del mar, y temblando cada una a un lado se
volvieron hacia la costa. Sola la hija de Alcínoo permaneció, pues Atenea puso valor en su corazón
y se apoderó del miedo de sus miembros. Y estuvo de pie de frente conteniéndose de huir. Y
Odiseo pensó o suplicar a la joven agarrando sus rodillas o así suplicarle con palabras dulces
desde lejos para ver si le mostraba la ciudad y le daba vestiduras. Así pues, tras haberlo pensado,
le pareció que era mejor suplicarle de lejos con dulces palabras y no encolerizar el ánimo de la
joven tomando sus rodillas. Inmediatamente habló dulces y astutas palabras: “te suplico,
soberana, ¿eres diosa o inmortal? Si eres una de las diosas de las que posee el vasto cielo, con
Artemisa yo, hija de Zeus, ciertamente, te encuentro muy próxima en belleza, grandeza y porte,
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pero si eres mortal, de los que habitan sobre la tierra, tres veces felices tu padre y tu venerada
madre, y tres veces felices tus hermanos, pues de alguna manera siempre se les ablanda mucho
el corazón con la alegría por ti, viendo entrar tal rebaño al coro por encima además más feliz que
por encima de los demás en su corazón aquel que teniendo más peso con sus regalos
matrimoniales te lleva a casa. Pues jamás vi tal con los mis ojos, ni hombre ni mujer. El terror
religioso me toma al mirarte.
Y en Delos una vez vi junto al altar de Apolo un retoño de palmera salir de tal modo, pues también
fui a ese lugar, y me seguía un gran ejército en el transcurso de ese viaje en el que ya estaba
decidido por el destino que me ocurrieran grandes penas. Así, de este modo, viendo aquello
quedé atónito en mi corazón durante largo tiempo, puesto que nunca tal árbol creció desde la
tierra, así a ti, mujer, te admiro y me quedo atónito y temo terriblemente abrazarte las rodillas y
me llega un dolor penoso. Ayer tras 20 días escapé del rojo ponto, y hasta ayer me zarandearon
sin parar el oleaje y violentas tempestades desde la isla de Ogigia, y ahora aquí me ha lanzado
una divinidad para que sufra aquí quizá algún mal. Pues no creo que cese, pues todavía los dioses
me enviarán aún más males delante. Pero, soberana, compadécete, pues a ti, tras sufrir grandes
males, te encuentro la primera, no sé nada del resto de los hombres, los que tienen esta ciudad
y tierra.
Y muéstrame la ciudad y dame andrajos para cubrirme, para venir aquí has traído alguna funda
de tres vestidos y que los dioses te den tanto cuanto deseas en tu corazón, un marido, una casa,
y que te siga también una valiosa felicidad. Pues ciertamente nada más mejor ni más bello, que
cuando razonando a la par un hombre y una mujer con el mismo parecer dirigen una casa.
Muchos dolores para el enemigo, motivo de alegría para los amigos, y los propios escuchan más.
Canto IX
Y desde allí fuimos conducidos durante 9 días con fuertes vientos sobre el ponto, abundante en
peces, pero el décimo arribamos en las tierras de los lotófagos, que comen flores como alimento.
Allí fuimos hacia tierra firme, recogimos agua y rápidamente tomaron mis compañeros alimentos
junto a las veloces naves.
Pero cuando ya tomamos comida y bebida, entonces yo mismo envié a algunos para que fueran
a descubrir qué tipo de hombres de los que comen trigo había en la región. Escogí a dos hombres,
como tercero les di un heraldo. Estas, habiéndose ido rápidamente, se mezclaron con los
hombres lotófagos. Y los lotófagos no se plantearon la muert4e de nuestros compañeros, sino
que les dieron del loto para comer. Y el que de ellos comía el dulce fruto del loto no quería
informarnos otra vez ni regresar, sino que preferían quedarse entre los hombres lotófagos
cebándose a loto y olvidándose del regreso. Pero yo les llevé hacia las naves por la fuerza
mientras lloraban, y en las cóncavas naves les até a los bancos (de remeros) tras haberles
arrastrado. Entonces ordené al resto de los leales compañeros que se apresurasen a subir en las
naves rápidas, para que de ninguna manera alguno comiendo loto olvidara el regreso. Estos
subieron rápidamente y se sentaron a los remos, y sentados uno detrás de otro golpearon el
canoso mar con los remos.
Y desde allí navegamos más lejos con el corazón afligido. Y llegamos a la tierra de los Cíclopes,
muy poderosos e impíos (contra la ley), los que obedecen a los dioses inmortales no plantan con
sus manos frutos ni cultivan, sino que, ciertamente, todo eso nace no cultivado y no labrado,
trigo, cebada y viñas que producen vino elaborado con grandes racimos y la lluvia de Zeus los
cría para ellos. Para ellos ni ágoras, ni legisladores, ni leyes, sino que estos viven ciertamente las
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cumbres de elevadas montañas en profundas cuevas, y cada uno tiene el gobierno de su mujer
y sus hijos y no se preocupan del resto.
353-411
Así hablé, y él (Polifemo) lo recibió y lo apuró de un trago. Y disfrutó terriblemente bebiendo el
dulce vino, y me pedía una segunda (copa) otra vez. “Dame, benévolo, otra vez, y dime también
tu nombre, ahora, inmediatamente, para que te dé la hospitalidad (hospedaje) con el que tú
mismo te alegres. Pues también para los cíclopes produce la tierra fértil un vino de grandes uvas,
y la lluvia de Zeus hace que le crezca. Pero esto (el vino de Ulises) es una catarata de néctar y
ambrosía.”
Así habló, entonces, de nuevo le di chispeante vino. Por un lado, tres veces llevándolo le di, y por
otro lado, tres veces lo apuró de un trago sin conocimiento (de manera insensata). Después,
cuando el vino había invalidado el ánimo del cíclope, entonces me dirigía a él con dulces
palabras: “Cíclope, ¿me preguntas mi ilustre nombre? Entonces yo te lo diré abiertamente y tú
me das el presente de la hospitalidad, como habías prometido. Mi nombre es Nadie. Y Nadie me
llaman mi madre, mi padre y todos los demás”. Así hablé, y él inmediatamente me contestó con
ánimo cruel: “A Nadie yo mismo el último me comeré entre sus compañeros, a los otros antes.
Este será tu presente de hospedaje”. Decía y tras reclinarle cayó tendido boca arriba, entonces,
después estaba tendido torciendo hacia un lado su grueso cuello, y el omnipotente sueño se
apoderó de él. Y de su garganta salían hacia afuera el vino y bocados de hombres, y este eructaba
ebrio.
Y entonces yo me llevé la estaca bajo las abundantes ascuas hasta que se calentó. Y con palabras
animaba a todos los demás, no fuera que alguno, temiendo en secreto, me abandonase. Pero
cuando rápidamente la estaca de madera estaba a punto de encenderse en fuego, estando verde
ciertamente, resplandecía terriblemente, y entonces yo me dirigí cerca del fuego, y el resto se
colocaron a mi alrededor. Entonces, una fuerza sobrenatural les insufló valor. Tras tomar estos la
estaca de olivo, afilada sobre la punta, se la clavaron en el ojo. Y yo desde arriba, apoyándome,
la giraba, como cuando un hombre taladra con un taladro la madera del barco, y estos desde
abajo la giran desde ambos lados atada con correas, y este (el taladro) corre constante siempre.
Así girábamos la estaca de punta incandescente, sujeta, en el ojo, y la sangre fluía donde estaba
esta caliente (la estaca). Por un lado y por otro le ardieron enteramente las pestañas y las cejas
al consumirse la pupila. Y las raíces le crepitaban con el fuego.
Como cuando un hombre herrero introduce en agua fría una gran hacha o una azola que grita
en gran medida mientras las templa, pues este es el poder del hierro. Así su ojo silbaba en torno
a la estaca de olivo. Y se lamentó mucho espantosamente, y la piedra alrededor retumbó, y
nosotros, temerosos (salimos apresuradamente). Entonces él se arrancó la lanza del ojo
empapada con mucha sangre. Después la lanzó de sí con sus manos estando fuera de sí. Entonces
este llamó fuertemente a los cíclopes que vivían a su alrededor en cuevas por las cumbres
ventosas. Tras escuchar estos las voces, fueron y vinieron cada cual de un sitio, colocándose
alrededor de la cueva y preguntando qué le preocupaba.
“¿Qué tan grande, Polifemo, que te abruma para que grites en medio de la noche inmortal y nos
convocas despiertos? ¿O no alguno de los mortales se lleva tus ovejas contra tu voluntad? ¿O
acaso alguno te mata con la astucia o con la fuerza?” Y ellos contestándole le decían palabras
aladas: “si nadie te violenta estando solo, ciertamente no se puede evitar de alguna manera la
enfermedad del poderoso Zeus, pero tú mismo suplica a tu padre, el soberano Poseidón.”
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Así hablaron mientras se marchaban, y mi corazón se rio de cómo les engañó mi nombre y mi
astucia irreprochable.
Canto XII: 191-396
Y sabemos también todo cuanto sucede sobre la tierra fértil.” Así decían emitiendo su hermosa
voz. Entonces mi corazón deseó escucharlas, y ordené a mis compañeros que me liberaran
haciéndoles señas con las cejas, pero ellos remaban encorvándose (part. aor) hacia adelante. Y
al punto, habiéndose levantado Perimedes y Euríloco, me atan con más cuerdas y me apretaban
más. Pero, cuando (γε precisamente) las adelantaron y ya no oíamos más la voz de las sirenas ni
su canto, mis fieles compañeros se quitaron la cera rápidamente, la que yo unté en sus oídos, y
a mí me soltaron de las cuerdas.
Y Lampetía, de largo peplo, como rápida mensajera, llegó junto a Helio Hiperión anunciando que
nosotros matamos a sus vacas. Y entonces este, encolerizado en su corazón, se dirigía hacia los
inmortales: “Padre Zeus y los demás dioses que felices vivís siempre, castigad ya a los
compañeros de Odiseo, hijo de Laertes, quienes han matado a mis vacas, obra soberbia, con las
que precisamente yo me complacía cuando iba hacia el cielo estrellado y cuando volví de nuevo
hacia la tierra desde el cielo. Y si no me pagan por las vacas una compensación condigna, me
hundiré en el Hades y brillaré entre los muertos” Y contestándole, dijo Zeus, el que reúne las
nubes: “Helio, tú sigue brillando entre los inmortales y entre los hombres mortales sobre la tierra
fértil, y yo enseguida quebraré en pequeños pedazos su nave veloz en medio del ponto de color
del vino, tras haber lanzado mi rayo resplandeciente”. Y esto lo escuché yo mismo a Calipso, de
buen cabello, y ella decía que ella misma se lo escuchó a Hermes, el mensajero. Luego, cuando
en efecto bajé junto a la nave y el mar, los reprendía a unos y a otros sucesivamente, pero no
éramos capaces de encontrar algún remedio, pues las vacas ya habían muerto. Y entonces los
dioses les maquinaban prodigios: por un lado, las pieles se deslizaban y la carne mugía junto al
asador, tanto la cruda como la asada, y así las vacas recobraban la voz.
Canto XVI
Y hablándole decía aladas palabras. “Forastero, últimamente te muestras distinto que antes a
mí, y tienes otros vestidos y tu color de piel ya no es el mismo. En verdad eres un dios, de los
que poseen el vasto cielo. Pero sé favorable/apacíguate para que te entregue favores divinos y
dones de oro perfectos. Y ten compasión por nosotros.”
Y después le contestó el sufridor, el divino Odiseo: “En verdad no soy un dios, ¿por qué me
comparas con los inmortales?, sino que soy tu padre, a causa de esto tú sufres, lamentando
muchos dolores, sufriendo los actos de violencia de los hombres. Entonces, tras hablar de esta
manera, besó a su hijo y sus lágrimas se derramaron por sus mejillas a la tierra, pues antes
siempre las contenía firmemente. Y Telémaco, pues todavía no creía que era su padre, le dijo de
nuevo contestándole con estas palabras: “tú no eres mi padre, sino un dios que me engaña para
que me lamente llorando aún más, pues un hombre mortal no podría maquinar esto de ningún
modo con (siquiera) su propia inteligencia a menos que un mismo dios venga de buen grado y lo
convierta como quiera en joven o viejo. Pues en verdad hace poco eras anciano y vestías
miserablemente, pero ahora te pareces a los dioses que poseen el vasto cielo. Y contestándole
el ingenioso Odiseo, dijo: “Telémaco, no está bien que te admires con exceso de que tu padre
esté en la patria y que te asombres, pues ya no vendrá otro Odiseo, sino que yo, aquí presente,
tal como me ves, que habiendo sufrido males y habiendo vagado mucho, volví en el vigésimo
año a la patria tierra. Ahora bien, esto es obra de Atenea la rapaz, que me transforma tal como
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quiere, pues puede hacerlo, por un lado, unas veces me transforma en mendigo y otras de nuevo
en un hombre joven que además lleva prendas hermosas en su cuerpo. Y es fácil para los dioses,
que poseen el vasto cielo, tanto honrar a un hombre mortal como maltratarlo”
Entonces, tras haber hablado así, a continuación, se sentó, y Telémaco, abrazando (part. aor.) a
su buen padre, se lamentaba mientras derramaba lágrimas. Y a entrambos les brotó el deseo del
llanto, y lloraban agudamente, más fuerte que las aves, buitres o águilas de garras corvas, a las
que los campesinos les arrebataron las crías antes de que llegaran a ser capaces de volar. Así
entonces, ellos (γε precisamente) derramaban lágrimas dignas de compasión bajo los párpados
(diccionario = cejas).
Canto XXI 404-434
Era natural que los pretendientes se expresaran de este modo, pero el ingenioso Odiseo
enseguida, después que levantó y examinó por todas partes el gran arco, como un hombre
entendido en la forminge (lira) y en el canto, tensa fácilmente la cuerda en torno a la nueva
clavija que ata por ambos extremos la tripa bien trenzada de la oveja, de este modo, sin esfuerzo,
Odiseo tendió el gran arco. Y entonces, habiendo tomado la cuerda con la mano derecha, cantó
un hermoso sonido semejante a la voz de una golondrina. Y entonces a los pretendientes les
surgió un gran pesar y a todos les cambió el color de piel.
Y Zeus tronó una gran señal del cielo mientras alumbraba, y al punto se alegró el sufridor, el
divino Odiseo, puesto que el hijo de Crono, de mente astuta, le mandó una señal. Y tomó una
veloz flecha que estaba colocada al descubierto sobre la mesa, pues las otras se encontraban
dentro del carcaj hueco, las cuales pronto habían de experimentar/probar los aqueos. Y
entonces, cogiéndola en la empuñadura (lit. el codo del arco) tiraba al mismo tiempo de la
cuerda y de las muescas allí mismo sentado, desde el taburete, disparó la flecha apuntando al
blanco y no erró a ninguna de las hachas a partir del primer agujero y la flecha llegó al otro
extremo, hasta la puerta, por la punta de bronce.
Y después le dijo a Telémaco: “Telémaco, no te afrenta el huésped que está en tu palacio, ni erré
ningún blanco ni me fatigué cuando tendía el arco durante largo tiempo, aún tengo la fuerza
firme/incesante, no como los pretendientes que me desprecian ultrajándome/al ultrajarme.
Pero ya es hora también de preparar la cena con los aqueos mientras haya luz y que después se
deleiten de otro modo, con el canto y la forminge, pues estas cosas son el ornamento del
banquete”. Dijo así e hizo una señal con las cejas. Y Telémaco, el querido hijo del divino Odiseo,
ciñó la afilada espada, puso su querida mano sobre la lanza y permaneció de pie cerca de él,
junto a la silla, armado de un casco de reluciente bronce.
Canto XXII
Y Odiseo examinó todo su palacio por si todavía estaba escondido vivo alguno de los
pretendientes, librándose de la negra muerte, pero los vio absolutamente a todos caídos en gran
cantidad de sangre y polvo. Como los peces que los pescadores sacan del espumoso mar a una
ensenada de la costa con una red de muchas mallas, estos yacen todos sobre la arena ansiosos
de las olas del mar. Y el resplandeciente Helio les arrebata la vida. De esta manera pues, los
pretendientes yacían los unos sobre los otros.
Canto XXIII
Y le contestó Penélope, muy prudente: “¡Por la voluntad de los dioses! (δαιμονι)! Ni me crezco
ni me tengo en poco, ni me admiro demasiado, pues sé bien cómo eras cuando partiste de Ítaca
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en la nave de largos remos, pero venga (αγε), Euriclea, haz el sólido armazón de la cama para él
fuera del dormitorio, bien construido, que él mismo lo construyó. Y cuando haya sido colocado
allí el sólido lecho, pon ropa de cama, pieles de oveja, mantas y colchas espléndidas. Habló de
esta manera para probar a su marido, pero Odiseo se dirigió irritado a su fiel esposa. Así como
la tierra que resulta grata para los que vienen nadando porque Poseidón les destruye (aor.
gnómicos = presente) en el ponto la nave bien construida, oprimiéndola con el viento y el fuerte
oleaje, y unos pocos que huyen nadando del espumoso mar al continente, cuaja mucha costra
de sal sobre su cuerpo y pisan encima de la tierra contentos porque han escapado del infortunio,
pues de igual manera le era agradable estar mirando a su esposo y no le quitaba de ninguna
manera los níveos brazos del cuello.