Incontrolable - Laura Sanz
Incontrolable - Laura Sanz
Incontrolable
Advertencia
Capítulo uno
Capítulo dos
Capítulo tres
Capítulo cuatro
Capítulo cinco
Capítulo seis
Capítulo siete
Capítulo ocho
Capítulo nueve
Capítulo diez
Capítulo once
Capítulo doce
Capítulo trece
Capítulo catorce
Capítulo quince
Capítulo dieciséis
Epílogo
Lista de canciones
Agradecimientos y otras cositas
Sobre la autora
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Una novela de Laura Sanz
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Precuela Hermanos Alba
Tony
Lo primero que hizo después de dejar a Anna fue acercarse a La Calita para
que sus compañeros le dijeran dónde estaba el cine Suyma. Sabía que se
llamaba así porque le había preguntado a la chica del bar cuando compraba
los bocadillos.
Javi le dibujó un mapa en una servilleta, y le indicó también dónde
podía dejar el coche.
No se entretuvo mucho porque iba con prisas. Todavía tenía que
llegar a su casa andando, ducharse, arreglarse y llevar el coche a lavar y
limpiar por dentro. Iba con el tiempo justo.
Cuando llegó al piso, empapado en sudor, el baño estaba ocupado.
Soltó unos cuantos improperios mientras deambulaba por la vivienda como
un león enjaulado. Finalmente, Satur, uno de los chicos con los que
compartía piso, salió dejando una estela de colonia barata a su espalda.
Nada más entrar en el baño lo que hizo fue abrir la ventana para que el
penetrante olor desapareciera.
Se dio una ducha rápida. Tenía la adrenalina por las nubes. Su mente
no paraba de conjurar imágenes de Anna en la playa. De su sonrisa, de su
cabello empapado, del sol en su cara. De su cuerpo esbelto y perfecto y de
sus pechos. ¡Joder! Qué puñetera vergüenza había pasado cuando se
empalmó y se tuvo que ir corriendo al agua. Mantuvo el tipo como pudo,
pero se sintió como un adolescente tonto.
Rompió a reír bajo el chorro de la ducha al recordar también los
malentendidos. Anna era graciosa sin pretenderlo. Había disfrutado
muchísimo con ella. Hacía tiempo que no pasaba un día tan divertido.
Y ese beso final…
Tampoco se le podía llamar beso, porque fue apenas un pico y a él le
supo a poco. Hubiera querido darle un señor morreo, pero había demasiada
gente alrededor y no lo consideró oportuno.
Pero esa noche iba a caer.
No tenía mucha ropa, así que se puso los vaqueros negros, las John
Smith y una camiseta blanca. Completó el toque con un par de cadenas de
plata y cuero y un pendiente, que se quitaba para ir al trabajo, y se peinó el
flequillo hacia arriba con el secador. Esperaba que le durase.
Luego salió corriendo y fue a la gasolinera más cercana para lavar
su chatarrilla de coche. Era viejo y no muy bonito, de un color amarillo
canario desteñido, pero le llevaba de un sitio a otro y no le había costado
mucho.
Lo limpió también por dentro, maldiciendo su costumbre de no
vaciar casi nunca el cenicero, que rebosaba de colillas y ceniza. Los
asientos eran de tela de pelo sintético con estampado de leopardo. En
invierno eran geniales, pero en verano daban calor. Había quitado los
reposacabezas a los delanteros para poder tumbarlos del todo y encajarlos
con los de atrás para hacer una especie de cama. En algunas temporadas de
su vida le había venido muy bien porque el coche había sido su única casa.
Cuando acabó de limpiar el Seat, compró un ambientador con forma
de pino que colgó en el espejo retrovisor. Ojalá disimulara el olor a tabaco.
Se miró el reloj y vio que eran las siete menos veinte.
Tenía que volar.
Con las ventanillas abiertas y en la radio sonando lo último que
habían sacado Loquillo y los trogloditas, un álbum doble con sus mejores
canciones, atravesó medio Benidorm para ir a buscar a Anna. Mientras daba
golpecitos en el volante, iba cantando La mataré.
—Quiero verla bailar entre los muertos. La cintura morena que me
volvió loco. Llevo un velo de sangre en la mirada. Y un deseo en el alma,
que jamás la encuentre…
Cuando llegó a la altura de su edificio, no había ni un solo hueco
para dejar el coche.
—Mierda.
Pensó que tendría que dar vueltas y aparcar lejos, pero entonces la
vio. Le estaba esperando en la acera, vestida con unos vaqueros cortos
lavados a la piedra, una camisa de rayas blancas y rojas y unas deportivas.
Se había recogido el pelo en una coleta alta y lucía unos pendientes blancos
grandes con forma de corazón.
Con bikini, con vestido, con pantalones, con el pelo suelto o
recogido, estaba guapa de cualquier manera.
Sentía que le había tocado la lotería.
Tocó el claxon para llamar su atención y ella giró la cabeza. De
nuevo, notó ese puñetazo a la altura del tórax que le asaltaba cada vez que
la veía.
Pese a que no era muy expresiva, su gesto de estupor al ver el coche
fue llamativo y Tony contuvo una risa. Sabía que ya no se veían muchos
coches como el suyo por ahí. Era de los setenta, y los anteriores dueños no
lo habían cuidado demasiado. Tenía algunas abolladuras y el óxido había
comenzado a comerse algunas partes de la carrocería.
Anna se aproximó al vehículo, abrió la puerta del pasajero y entró.
—Hola, Tony.
—Hola, bombón.
Ella le sonrió.
—¿Este es tu Ferrari amarillo?
—Sí. ¿Qué te parece?
—Muy interesante —observó con ironía.
Él soltó una carcajada. Luego bajó el volumen de la música para
poder hablar.
—Me gusta tu pelo así, con las orejas salidas —dijo con tono
gracioso.
—Pongo por ti y los pendientes disimulan.
Él rio. No sabía de dónde se había sacado que tenía las orejas de
soplillo. Su colega Sancho sí que las tenía. Siempre se burlaban y le decían
que era él quien provocaba el viento al moverlas.
—Llevas pendiente —dijo ella, acariciándole el lóbulo de la oreja.
Un pequeño escalofrío le recorrió la espalda mientras asentía.
—¿Esta es música que te gusta?
—Sí. Es un grupo genial. Se llama Loquillo y los trogloditas.
Ella sacó una libreta y un lápiz del bolso y anotó algo.
—Escribo palabras que no entiendo para buscar luego —explicó—.
Hoy aprendo: cachondo, coña, calada y ahora trogloditas.
—Sí que estás aprendiendo un vocabulario exclusivo conmigo —se
burló.
—Me gusta cómo hablas. Eres español puro de la calle. No como en
mis clases —dijo—. Sube música.
Él sonrió. Su forma de hablar era como la de un general arengando a
las tropas. Era seca y brusca y parecía dar órdenes constantemente.
—Espera. Vamos a escuchar esta canción entera —comentó
mientras pulsaba el botón de rebobinado.
Era Cadillac solitario.
A Tony le flipaba.
Condujo sin hablar, dejando que ella se empapara de la música. La
miró de reojo un par de veces. Tenía la frente arrugada, como si estuviese
tratando de discernir la letra, muy concentrada.
—No entiendo todo, pero gusta el cantante. Pon otra vez.
Lo hizo.
Hacía calor, pero la brisa entraba por las ventanillas y hacía el
trayecto más soportable. Tony se sentía genial. Llevaba en el coche a la
chica más preciosa del mundo, el sol le arrancaba reflejos plateados al mar
que se mecía a su izquierda, e iban escuchando su canción favorita del
Loco. ¿Se podía pedir más?
La canción era la última de la cara A de la cinta y, cuando terminó,
la radio quedó en silencio.
—Mis amigas españolas gustan Hombres G y Héroes del silencio —
dijo ella.
—Héroes del silencio son una pasada. Los Hombres G son más
pijos.
—¿Pijos?
Tony pensó en cómo explicárselo.
—Son niños bien, con padres ricos.
—Mis padres son ricos. ¿Yo soy pija?
La evaluó sin disimulo. Los vaqueros eran de marca y las zapatillas
también. Sí que encajaba en el concepto de pija, pero jamás hubiese usado
esa palabra para describirla.
—Supongo que sí —admitió con desgana.
—¿Tú no eres pijo?
Él soltó una carcajada.
—No. Mis padres son pobres. Yo soy pobre. Mi ropa es barata y mi
coche no es un Ferrari, como puedes ver. Soy un chico de barrio. Un
macarra. Alguien que tus padres no aprobarían, seguro.
Ella permaneció pensativa un rato.
—Soy independiente y mayor de edad. Mis padres no dicen nada.
—¿No vives con ellos?
—No. Vivo sola.
—¿Trabajas para pagar el alquiler?
—No alquiler. —Hizo una pausa y bajó la vista al suelo mientras se
sonrojaba—. El piso es regalo de mis padres.
Ahí estaba la prueba de que Anna y él tenían tanto en común como
un huevo y una castaña. A ella sus padres le regalaban un piso y él se largó
de casa en cuanto pudo porque a duras penas podían mantenerle.
No obstante, seguía sin parecerle la típica niña rica que jamás se
montaría en un coche como el suyo o que le hablaría con arrogancia porque
trabajaba como camarero. No se comportaba como una esnob.
—¿Qué es macarra? —preguntó ella inesperadamente, y la erre rodó
por su lengua con dificultar.
Parecía un poco decaída. Como si él fuera a pensar que no
encajaban porque eran muy diferentes. No tenía ni idea de lo poco que le
importaba que sus padres tuvieran dinero. Por él, podía ser la hija del
canciller alemán. Eso le traía al fresco.
—Significa hombre pobre, pero atractivo e inteligente —dijo con
fingida seriedad—. Hombre sin dinero, pero extraordinario y carismático.
—Mientes —rechazó ella, con la nariz fruncida.
—No. Apúntalo en la libreta y búscalo en tu diccionario. Ya verás.
Cuando la vio sacar el boli y empezar a escribir estuvo a punto de
echarse a reír. Era un encanto.
—¿En Alemania no escucháis música española? —preguntó,
cambiando de tema.
—Solo conozco Julio Iglesias. Me gusta.
—¡Dios Santo! —se horrorizó—. Necesitas escuchar otra música.
—Y Lola Flores. Muy famosa. Muy buena.
La miró y vio que se estaba riendo y tenía los ojos cargados de
travesura.
Vale, también sabía bromear, en apariencia. Un punto más a su
favor.
—Algún día tengo que llevarte a un sitio donde pongan música
española de verdad. Si estuviésemos en Madrid, iríamos donde yo trabajo, y
te pondría canciones buenas. O al Penta, que está cerca. Allí van muchos
artistas que están de moda ahora.
—¿Tú conoces música alemana?
—Los Scorpions, Alphaville, Die Toten Hosen, Nina Hagen… Ah, y
hay una canción de Peter Schilling que me encanta: Major Tom.
Ella cantó el estribillo en alemán.
—¡Esa!
—Sabes mucho —se sorprendió.
—Soy pincha, ¿recuerdas? —repuso y fingió pincharla a ella con el
dedo en la pierna—. ¿Qué grupos escuchas tú?
—Escucho Pur, es grupo con canciones bonitas. Y también Marius
Müller Westernhagen.
Tony le echó una mirada soslayada. El alemán era terrible. Sabía
que ella solo acababa de mencionar un grupo de música, pero había sonado
como un insulto.
—Tengo una cinta en apartamento. Puedo traer un día y escuchamos
juntos en el coche —continuó ella.
—Perfecto.
Estaban ya a poca distancia del cine. Tony aparcó donde le había
dicho Javi, en una calle cercana muy estrecha, flanqueada por casas de una
sola planta con jardines privados, en la que no había coches. Echaron a
andar uno junto al otro hasta alcanzar la entrada del cine. Vieron que había
unas cuantas personas frente a la taquilla, pero no eran muchas. Se notaba el
cambio de quincena y de que muchos españoles se habían marchado ese fin
de semana, último de julio. Al día siguiente llegarían más, seguro.
El cartel de la película colgaba de la pared. Era Road House. Y a
alguien sin muchas luces se le había ocurrido ponerle el subtítulo De
profesión: duro. Ojalá que Anna no le preguntara por el significado porque
era absurdo.
—¿Qué profesión es duro?
Ella no le estaba mirando, así que no le vio poner los ojos en blanco.
—No es una profesión. Es como un juego de palabras.
Anna continuó inspeccionando el cartel con curiosidad mientras él
aguardaba el turno en la cola.
—Si Dirty Dancing era amor, romance y baile… Road House es
sexo, acción y rock’n’roll —leyó ella. Luego se dio la vuelta para mirarle
—. Has elegido película perfecta porque gusta acción y rock’n’roll —dijo
con pretendida inocencia.
Él dio un paso hacia ella y le habló al oído.
—¿Y el sexo?
Ella jadeó y recostó la cabeza sobre su hombro. Tony aspiró con
fuerza. ¡Qué bien le olía el pelo!
—Depende —repuso con tono provocador—. Nunca he hecho sexo
con un macarra.
Estuvo a punto de besarla y beberse su sonrisa perfecta, pero la
taquillera los llamó. Les tocaba a ellos.
—Dos entradas, por favor —dijo con un carraspeo.
—Yo pago helados —apuntó ella.
Él compró las entradas y la miró con extrañeza mientras entraban
por el portón metálico.
—¿Qué helados?
—En Alemania en cine comemos helados. Antes de película viene
heladero y vende helados —explicó.
Tony alucinó.
—¿No tenéis palomitas?
—También.
—Aquí no hay helados. Solo palomitas.
—Oh. Bueno, pago palomitas.
El cine era un recinto grande al aire libre con el suelo de tierra, lleno
de sillas metálicas rojas. Estaba rodeado por paredes blancas de unos tres
metros y al fondo se erguía la pantalla blanca de cemento. Era el típico cine
de verano.
En la parte trasera había un quiosco donde vendían palomitas y otras
chucherías, y al lado, una caseta de helados Frigo.
—¡Sí hay helados! —Señaló ella la caseta—. Vamos.
Anna se compró un Negrito, un cucurucho de chocolate. Él solo las
palomitas, de tamaño grande para compartir. Y dos botellas de agua. Luego
buscaron sitio y tomaron asiento cerca de la pantalla.
—Si no entiendo, tienes que explicar —le dijo ella.
—Claro.
Tony echó un vistazo alrededor mientras trataba de encontrar la
postura menos incómoda en esa horrible silla dura. Todavía quedaba más de
una hora hasta la puesta de sol, así que pudo cotillear a su antojo. El cine se
iba llenando poco a poco. La mayoría de los que iban ocupando los asientos
eran españoles y de todas las edades. Había chicas en grupitos y chavales
jóvenes en bañador, que llegaban directamente de la playa.
Se ladeó para comentarle algo a Anna, pero la imagen que se
presentó ante sus ojos fue demasiado. Se le secó la boca y su sexo se
sacudió dentro de los pantalones.
Ella estaba chupando el helado con una expresión de satisfacción
increíble. Sacaba la lengua y lamía el chocolate con placer.
Volvió la vista a la pantalla en blanco y trató de pensar en otra cosa,
pero la mente era muy cabrona y empezó a imaginar que no era el helado lo
que ella lamía así. Soltó un gemido y se llevó la botella de agua a los labios
para disimular.
—¿Quieres un poco?
La miró. Ella le ofrecía el helado con una sonrisa. Tenía una mancha
de chocolate en el labio inferior.
No pudo reprimirse y le importó una mierda que estuvieran
rodeados de gente.
—Sí —dijo jadeante.
En lugar de acercar la boca al cucurucho, la acercó a la boca de ella
y le dio un lametón a sus labios.
—Está muy bueno —dijo mientras se relamía.
Anna pestañeó.
—Siempre sorprendes. La próxima sorprendo yo a ti.
Él emitió una risa ronca.
La pantalla se encendió en ese instante. Comenzaron los anuncios y
los tráileres de otras películas. El sonido no era muy bueno, pero tendrían
que conformarse.
—Creo que mi pantalón no es bien para esta silla —siseó ella al
cabo de unos segundos.
Tony se dio cuenta de lo que sucedía. Las barras metálicas de la silla
debían de clavársele en las piernas desnudas. Se fijó también en que algunas
personas habían llevado toallas y se sentaban encima para evitar el
problema. No se le ocurrió otra cosa más que quitarse la camiseta. De todos
modos, había muchos chicos con el pecho al aire y hacía calor.
Ella no dijo nada. Solo se incorporó y dejó que él colocara la
camiseta sobre el asiento.
Uno de los anuncios llamó la atención de Anna y le pidió que se lo
explicara. Era la campaña que había lanzado el Gobierno sobre el SIDA
para aclarar qué comportamientos contagiaban y cuáles no. Habían
utilizado unos muñequitos muy graciosos, uno femenino y otro masculino
que lo explicaban diciendo Si-Da, No-Da. Ella le contó que en Alemania la
enfermedad también era un gran problema y que había muchas campañas en
televisión para concienciar a la gente.
Finalmente, comenzó la película.
No tenía mala pinta, pensó Tony. Había puñetazos y peleas.
No habían pasado ni diez minutos cuando el protagonista ya se
había quitado la camiseta y mostrado los músculos. Se escucharon grititos
en la parte trasera del cine. Pero lo peor llegó un rato después, cuando salió
mostrando el culo desnudo. Los grititos se convirtieron en chillidos
histéricos y silbidos.
Tony dejó caer la cabeza hacia atrás.
¿Iban a estar así toda la película?
—No tienes envidia —le dijo Anna, acercándose—. Seguro tu culo
mucho mejor.
Se rio bajito y la miró. Ella tenía una de esas sonrisas que le
iluminaban la cara. De nuevo, tuvo ganas de darle un beso.
—Sí. Mucho mejor. Luego te lo enseño —repuso provocador.
Al final la película no resultó tan aburrida. Había una doctora sexi,
un malo malísimo y un esbirro más malo todavía, un motero mayor muy
carismático, escenas de lucha muy chulas, una música bastante buena,
tiroteos y algunos muertos. Y acababa como tenía que acabar: los malos
morían, los buenos ganaban y el protagonista se quedaba con la chica.
A Anna pareció gustarle porque se pasó toda la proyección
llenándose la boca de palomitas y con la vista fija en la pantalla. Ni una sola
vez le pidió que le tradujera.
Cuando los títulos de crédito aparecieron, ella se incorporó con
rapidez y le dio la camiseta, no sin antes pegarle un buen repaso a su torso.
Él endureció los brazos y sacó pectorales mientras la miraba con una
sonrisa incitadora. Luego se puso la prenda que conservaba el calor del
cuerpo de ella.
Anna le cogió la mano y tiró de él hacia la salida. Arrojaron los
envases a la papelera y esquivaron a la gente que abandonaba el recinto y a
la que estaba fuera esperando para la segunda sesión. Ya era de noche, pero
las farolas iluminaban el camino.
—¿Dónde vamos tan deprisa?
No recibió respuesta.
Intrigado, se dejó arrastrar hasta la callejuela donde estaba el coche.
Allí no había farolas y tampoco gente que pudiese molestarlos.
Inesperadamente, ella le soltó y, de un salto, se subió en su cintura y
enroscó las piernas en su talle.
—Quiero beso de verdad —le susurró junto a la boca.
Pese a que no había esperado aquello, Tony tardó dos milésimas de
segundo en reaccionar y apoderarse de sus labios. Ella sabía a helado de
chocolate y a palomitas. El beso fue rudo. Quizá porque ambos llevaban
esperando horas y había mucha tensión sexual no resuelta entre ellos. O
quizá porque los dos eran muy pasionales.
Sin separar su boca de la de ella, echó un vistazo alrededor hasta
que vio un murete bajo a unos pocos metros. Anduvo hacia allí y la sentó
sobre él mientras se posicionaba ente sus piernas.
Los jadeos y gemidos se mezclaron.
—Anna, joder, estoy… —farfulló.
—¿Cachondo? —interrumpió ella.
—Muy cachondo.
—Yo también.
La calló con otro beso. Y otro. Y otro más.
La excitación se adueñó de él. Bajó la cabeza y la besó en el cuello
y descendió hasta su pecho. No llevaba sujetador y él le lamió los pezones
endurecidos a través de la tela de la camisa.
—Más —gimió.
Y le dio más. Más besos, más lametones, más caricias.
Notó que ella le desabrochaba el cinturón y el pantalón e introducía
las manos por debajo de los calzoncillos hasta que le agarró del trasero y
apretó.
Él dejó escapar un gruñido.
—Tu culo es mejor que Patrick Swayze.
Tenía una erección enorme que amenazaba con escaparse de su ropa
interior y ella no paraba de contonearse contra sus caderas, provocándole
todavía más. Coló la mano bajo su camisa y le tocó los pechos que tanto
había admirado esa mañana en la playa. Eran suaves y pesados. No muy
grandes, pero encajaban en sus manos perfectamente. Después, la acarició
con ansia hasta bajar a su pantalón. Se lo desabrochó, como ella había
hecho con el suyo, e introdujo los dedos de la mano izquierda dentro de sus
bragas. Estaba empapada.
Anna le abrazó con fuerza.
—Quiero hacer sexo contigo —jadeó.
Tony cerró los ojos y se maldijo en silencio por no haber ido a la
farmacia a pillar preservativos. Solía llevar uno en la cartera, pero lo había
gastado con la sueca. Además, tampoco le apetecía demasiado tirarse a
Anna en medio de la calle, contra una pared.
—No tengo condones, pero no te preocupes —masculló entre
dientes.
Notó la mano de ella avanzando hasta su sexo. Se lo rodeó con los
dedos con firmeza.
Él apretó los dientes y comenzó a masturbarla. La postura era una
mierda de incómoda, pero se empleó a fondo hasta casi dislocarse la
muñeca. Se recreó en los pliegues mojados y le frotó el clítoris con
maestría.
—Tony… —balbuceó—. Mein Gott! Ich kann nict mehr. Mach
weiter! So ist es gut! Sehr gut. Ich komme gleich![8]
Jamás habría pensado que el alemán le fuera a sonar erótico, pero
escucharla a ella gemir en ese idioma con los ojos cerrados y los labios
húmedos, estuvo a punto de llevarle a él también al clímax.
Solo unos segundos después, sintió que se ponía rígida y soltaba un
estertor estrangulado, para caer casi desmadejada en sus brazos. Seguía
agarrándole el sexo, pero con laxitud.
Él estaba a años luz de correrse, así que se apartó, sacando la
femenina mano de su pantalón y se lo abrochó, aunque le costó meter la
erección dentro. Estaba a cien.
Anna alzó la barbilla. Era probable que le estuviera mirando, pero la
calle estaba muy oscura y él no podía verle cara con claridad.
—¿Todo bien? —indagó.
—Todo bien. Pero tú no… vienes —murmuró.
La besó.
—La próxima vez.
Ella se cerró el vaquero y él la ayudó a bajar del murete. Tuvo que
sostenerla porque le temblaban un poco las piernas, y se benefició de la
postura para darle un beso en el cuello.
—Me gusta cómo hueles.
—A mí gusta todo tú. En el cine te miraba todo el rato.
—¿No estabas mirando el culo del protagonista? —se burló.
—Solo con un ojo. El otro era para ti. Toda la película mirándote
escondida.
Tony rompió a reír y la abrazó por el talle.
Se besaron una última vez antes de subir al vehículo.
—¿Quieres ir a algún sitio? —preguntó él.
—No. Llévame a casa. Mañana tú trabajas.
Él arrancó y encendió las luces.
—¿Cuántas chicas has estado? —le preguntó ella de improviso.
—Con mil —bromeó.
—Yo soy mil una.
—Sí.
Ella rio un poco. Luego se inclinó hacia delante y puso la radio del
coche. Estaba sintonizada una emisora de música y sonaba She drives me
crazy de Fine Young Cannibals.
Tony enfiló la carretera que llevaba de regreso al pueblo. De vez en
cuando la observaba de soslayo. Ella iba moviéndose al ritmo de la canción,
agitando la cabeza y los brazos.
Era tan natural y hermosa…
—¿Cuándo voy a volverte a ver?
Ella se quedó pensativa.
—Esta semana voy a Valencia y Castellón para visitar. Regreso
domingo. ¿Te busco en restaurante?
—Ya sabes que trabajo hasta tarde.
—Yo espero.
Le hubiera encantado poder verla antes, pero no era fácil. Él
trabajaba casi todos los días y ella estaba de vacaciones. Era normal que
disfrutara de su tiempo libre con sus amigas.
Escucharon algunas canciones más, entre ellas: I want it all de
Queen y la última de Cher, If I could turn back time. Ella se las sabía y las
cantó en un inglés que a él le sonó perfecto.
El Seat avanzaba rápido porque no había demasiado tráfico por la
zona, pero cuando llegaron a la altura de la playa de Levante, la cosa
cambió. Había muchos coches y mucha gente joven buscando diversión.
Tony logró detenerse en doble fila en la calle que había tras los
enormes bloques que daban a la playa.
No había tenido tiempo de echar el freno de mano cuando ella se
deslizó en el asiento hasta casi sentarse encima de él.
—Me gustas mucho —le dijo con los ojos brillantes.
Él sintió el pecho a punto de explotar. La sujetó por la nuca y la
atrajo hasta su boca. La besó con cierta rudeza.
—Tu a mí también —jadeó.
Tras intercambiar una última mirada, ella se apartó y se bajó del
coche. Se giró una última vez para decirle adiós con la mano y se adentró
en la calle que llevaba a su edificio.
Tony echó la cabeza hacia atrás y se ajustó los pantalones. La
erección no había desaparecido del todo y era la cosa más incómoda del
mundo, pero había merecido la pena quedarse a medias solo por ver cómo
ella se convertía en gelatina en sus manos.
Mientras ponía rumbo a casa, las imágenes de Anna llenaban su
cabeza, le rebotaban en la tripa y se le escapaban por la boca en forma de
sonrisa tontorrona.
¡Qué chica más increíble!
Lo primero que hizo en cuanto entró en el piso fue dirigirse al baño,
meterse en la ducha y cascarse una paja.
CAPÍTULO SEIS
Anna
No había sido del todo sincera con Tony cuando le dijo que su hermano era
serio y poco divertido. En realidad, era un gilipollas integral. Anna y él
nunca se habían llevado bien. Encajaba mucho mejor con Rudi, que tenía
solo un año más que ella. Eran bastante similares.
Pero con Holger…
Su hermano mayor tenía veinticinco años, no estaba mal físicamente
porque era rubio y tenía los ojos azules de la familia, pero era arrogante y
pensaba que todo el mundo era imbécil. Todos menos él, claro. Sus bromas
solían ser crueles y a ella la trataba con mucha condescendencia, como si
todavía tuviese doce años. Jamás la tomaba en serio y eso la irritaba
sobremanera.
En cuanto entró por la puerta del piso ese jueves por la tarde, Silke y
ella se dieron cuenta de que la semana iba a ser complicada.
Llevaba una camisa blanca de manga larga, bermudas de cuadros,
unos zapatos blancos de cordones y un rictus de irritación en la boca.
—Hola, Anna. Hola, Silke —las saludó mientras dejaba la maleta en
medio del pasillo—. Es horrible el calor que hace aquí. Y la humedad.
Tengo la ropa pegada al cuerpo. Y el taxista que me ha traído no hablaba ni
una palabra de alemán y apenas inglés. Estos españoles son unos
analfabetos —gruñó—. ¿En qué habitación voy a dormir yo? Espero que
sea grande porque los espacios pequeños me agobian.
Anna se mordió los labios e intercambió una mirada de fastidio con
Silke. Después le condujo al dormitorio que había ocupado ella hasta el día
anterior. Había trasladado sus cosas al de su amiga, con la que compartiría
cuarto mientras su hermano estuviese allí.
—Menos mal que en este piso no hace tanto calor. —Se dirigió a la
ventana—. Y las vistas no están nada mal.
—Enhorabuena por haber aprobado el examen —le dijo ella.
—No ha sido para tanto, ya sabes que soy un cerebrito —se rio. Y se
dio la vuelta para mirarla—. Estás muy morena. A ver si cojo color yo
también. Me doy una ducha y salimos a cenar.
—Es pronto.
—¡Pero si son las seis! Tengo un hambre que me muero. No he
comido nada desde esta mañana.
—Nosotras estamos cenando con el horario español. A las diez.
—Ah, Anna, siempre igual con tus tonterías —dijo con desdén—.
Desde que estuvimos en el pueblito ese cuando éramos pequeños estás loca
por este país y esta gente con sus costumbres peculiares. Lo único bueno
que tienen son las playas y la comida, porque en mi vida he visto a tanto
burro suelto. Son vagos y sucios.
Ella le escuchó sin mover ni un músculo. Le quería porque por sus
venas corría la misma sangre, pero no le caía bien. Si no hubiese sido su
hermano, nunca se habría hecho su amiga. No entendía a quién habría
salido. Sus padres, a pesar de todo su dinero, no eran así.
—A mí me encanta España. Y los españoles son estupendos —
repuso con acritud.
La miró con incredulidad y terminó por menear la cabeza.
—¿Te ha servido de algo estudiar el idioma o no te enteras de nada?
Anna rechinó los dientes. No era una pregunta ofensiva, pero en su
boca sonaba así.
—Sí, me entero, y hemos conocido a gente muy simpática. Hay dos
mellizas con las que hemos hecho amistad y nos ayudan mucho.
—Me alegro —declaró con desinterés—. Está muy bien que hagas
amigos, pero no entiendo lo de seguir los horarios españoles. No tiene
sentido. ¿A qué hora coméis, entonces?
—A las dos y media.
—¡Por Dios! Menuda estupidez.
Silke entró en la habitación; llevaba un plato con un sándwich y una
botella de agua.
—Seguro que tienes hambre. Toma.
—Gracias, Silke. —Miró a Anna con los ojos entrecerrados, como
reprochándole que a ella no se le hubiera ocurrido prepararle algo de comer.
—Podemos cenar un poco antes hoy, Anna —propuso su amiga—.
A las nueve. ¿Aguantarás? —le preguntó a Holger.
Este, que tenía la boca llena, asintió con cara de irritación.
—Tienes una toalla limpia en el baño —dijo Anna.
—Perfecto. Ahora me ducharé. ¿La televisión tiene canales
alemanes?
—No.
—Qué mierda —protestó. Se sentó en el borde del colchón y se
movió para comprobar su firmeza—. Por lo menos la cama parece buena.
«Que sepas que hace tres días se la chupé a un chico español de esos
sucios y vagos en esa cama en la que vas a dormir».
Anna le sonrió. Luego tiró del brazo de Silke y las dos se fueron al
dormitorio que ahora compartían.
—¿Por qué le has preparado un sándwich? Tiene manos y es
mayorcito —le preguntó con sequedad, después de cerrar la puerta.
—Para que se callara. Sabía que ibais a terminar discutiendo.
Anna la miró agobiada. Luego se dejó caer en una butaquita que
había al lado de la ventana y se apartó el pelo de la cara con un rápido
movimiento.
Estaba indignada. Y muy dolida. No era la primera vez que le
escuchaba hablar así de gente de otros países que él consideraba inferiores,
como los inmigrantes turcos que habían llegado en masa a Alemania en los
últimos años, pero esta vez ella se lo había tomado como algo personal
porque no había podido dejar de pensar en Tony.
—¿Has oído lo que ha dicho? —masculló entre dientes—. Está lleno
de prejuicios y es un xenófobo. Es increíble que seamos familia.
—Ya lo sé. Pero no merece la pena discutir. Haz oídos sordos —
expuso Silke con calma—. La culpa es de mi madre por decirle que venga
cuando quiera.
—Ojalá hubiera venido Rudi. Con él sí que nos lo hubiésemos
pasado bien. —Hizo una pausa y miró a su amiga a los ojos—. No quiero
que se entere de lo de Tony. Así que, mientras esté aquí, ni una palabra. No
me apetece nada que me amargue las vacaciones haciendo comentarios
hirientes.
Silke la miró con simpatía.
—Solo es una semana. Podremos sobrevivir. Ánimo. Y no va a
enterarse de lo de Tony —dijo con mucho convencimiento—. Seguro que ni
se cruzan.
Sin embargo, a veces el destino era caprichoso. Y el encuentro entre
ambos jóvenes fue inevitable.
Fue por culpa de las mellizas. Fueron ellas las que, alegremente y
sin saber que Anna quería evitar cualquier tipo de contacto entre su
hermano y su chico, reservaron una mesa para los cinco en La Calita para el
sábado por la noche.
A ambas les cayó bien Holger. Quizá porque al no hablar su idioma
no se daban cuenta de lo afectado que se mostraba o porque también sabía
ser educado y, de vez en cuando, sacaba su encanto a pasear. Se conocieron
en la piscina del edificio el viernes y a él debieron de caerle en gracia
porque hablaban inglés y se podía comunicar bien con ellas. Además, como
le había confesado a Anna en privado, se notaba que tenían dinero y que
habían estudiado una carrera.
Ella se pasó todo el sábado con el estómago acalambrado. Incluso
cuando todos se fueron a la playa esa tarde, ella declinó y se quedó en la
piscina, tomando el sol y tratando de hacer ejercicios en su libro de español,
sin mucho éxito. No sabía por qué, pero tenía un mal presentimiento. Sabía
que algo iba a salir mal durante la cena. Lo sabía.
La mesa estaba reservada para las diez de la noche. Su hermano
había protestado en un principio, pero como eran las mellizas las que lo
habían organizado, le tocó callarse.
Anna se puso un vestido largo de color azul celeste. Silke llevaba
minifalda vaquera y un top negro de tirantes y Holger se atavió con unos
pantalones de pinzas blancos y un polo color salmón. Las mellizas, con las
que habían quedado en el portal, también llevaban vestidos; el de Elena era
cortito, de flores, y el de Sara, largo y de rayas rojas.
Las dos españolas acapararon la atención de Holger y se adelantaron
un poco. Mientras que Anna y Silke quedaron rezagadas.
La calle estaba llena de gente y caminar en línea recta no era fácil.
Había que esquivar a familias enteras, a parejas, a niños y a grupos de gente
joven. Las luces de los restaurantes y bares invitaban a sentarse a cenar o a
tomar algo. Había bullicio y alegría por todas partes.
—Admite que no está nada mal —cuchicheó Silke.
—Lo admito —contestó Anna con un encogimiento de hombros.
Su hermano medía un metro ochenta y cinco. Tenía una espesa mata
de cabello rubio ondulado y unos ojos bonitos. Además, solía jugar al tenis
y aquello le mantenía en forma. Era un regalito para los ojos de cualquier
chica a la que le gustaran los chicos de aspecto nórdico.
—Si no fuera tan gilipollas, me liaría con él, —continuó Silke—,
pero me daría miedo que se pusiera a decir chorradas mientras estamos
follando.
Anna rio.
—Puedes ponerle esparadrapo en la boca. Seguro que lleva algún
rollo en el bolsillo.
Ahora fue Silke la que soltó una risotada.
—¿Crees que se va a enrollar con alguna de las dos? —preguntó,
señalando a las españolas.
—Lo dudo. Le encanta ser el centro de atención y está feliz porque
las dos le miran como si fuera el hombre más increíble del universo, pero sé
la clase de chicas que le gustan. Y Elena y Sara son demasiado inteligentes
para él —expuso Anna con sarcasmo.
—Recuerdo a la novia esa que tuvo. Anja, se llamaba, ¿verdad? Era
guapísima, pero no hablaba casi nada y siempre le daba la razón en todo.
Anna la recordaba. Le caía bien.
—¿Sabes por qué cortó con ella?
—Ni idea.
—Porque dejó la carrera de medicina y decidió cambiarse a
enfermería. Tuvieron una discusión horrible en casa. Él la amenazó con
cortar si abandonaba y le dijo cosas muy feas, como que los enfermeros
eran gente fracasada y que lo único que iba a hacer en el hospital era
limpiar culos y cambias sábanas. Y mucho más que no recuerdo. Fue la
primera vez que escuché a Anja alzar la voz. Le mandó a la mierda.
—Con razón.
Se acercaban ya a La Calita y a Anna le empezó a palpitar el
corazón a toda velocidad. Agarró la mano de Silke y tragó saliva.
Los otros tres se habían detenido y las esperaban para entrar juntos.
En cuanto puso un pie en la terraza del restaurante, encontró a Tony
instantáneamente. No tuvo que buscarle. Era como si estuviesen unidos por
una fuerza invisible. Estaba junto a la barra, llenando una bandeja de
bebidas, y le daba la espalda.
¿Alguna vez iba a superar que el pantalón del uniforme le sentara
tan bien?
Se acomodaron en la mesa que habían reservado. No estaba en la
zona de mesas que solía atender Tony y a ella le pareció fantástico. Ahora
bien, no podía dejar de mirarle de reojo. Iba de mesa en mesa, moviéndose
como un bailarín, sonriendo con simpatía a todo el mundo. A Anna no le
extrañaba que recibiera tantas propinas porque era encantador.
Tardó en descubrirla, pero cuando lo hizo, se detuvo y la sorpresa se
reflejó en su cara. Esa sonrisa simpática que regalaba por doquier se
convirtió en una de felicidad deslumbrante. Sus ojos oscuros la devoraron
mientras la saludaba con la mano.
Ella se limitó a inclinar la cabeza y a sonreírle con brevedad, antes
de echarle un vistazo a su hermano, que estaba ocupado hablando con
Elena.
Notó la mano tranquilizadora de Silke en el muslo.
—Estás tensa. Relájate, que no va a pasar nada —siseó su amiga.
«Ojalá tengas razón».
Holger no tardó en empezar a mirar en todas direcciones con
impaciencia.
—Cómo tardan en venir a tomarnos nota. Qué lentitud. Esto en
Alemania no pasa. —Su tono era agrio.
Anna se mordió la lengua y dio gracias al cielo de que ni Sara ni
Elena hablasen alemán.
En ese momento, el camarero de más edad se acercó con una
libretita en la mano y las cartas.
—Buenas noches. ¿Quieren ir pidiendo la bebida mientras se van
pensando la comida?
—Pregúntale si tienen cerveza alemana —le dijo Holger a Anna.
—No tienen —contestó esta—. Solemos venir aquí y ya hemos
preguntado. Nosotras vamos a tomar sangría. Está muy buena.
—Ya sé lo que es la sangría —repuso él con petulancia—. Bueno,
pues yo también tomaré.
Mientras echaban un vistazo a la carta, que también estaba en inglés
y no hubo necesidad de traducirla, Anna no podía dejar de lanzar miradas
furtivas a Tony. De vez en cuando, sus ojos se cruzaban. Pese a que atendía
mesas en el otro extremo de la terraza, la miraba con frecuencia. También
ojeaba a su hermano con curiosidad.
El camarero regresó con la jarra de sangría y la dejó en el centro de
la mesa.
—El tipo este huele a pescado rancio —masculló Holger con las
aletas de la nariz dilatadas.
Anna alzó la cara con precipitación, pero el camarero sonreía con
amabilidad. Sabía que se llamaba Eugenio y que era el más veterano. Y de
ningún modo olía a pescado rancio, solo a aceite de fritos, lo cual era
lógico, si estaba entrando y saliendo de la cocina.
—Ten más cuidado con lo que dices —le regañó.
—Si no me entiende —indicó con un encogimiento de hombros—.
Seguro que si le llamo idiota ni se da cuenta.
Anna apretó la mandíbula y estuvo a punto de patearle por debajo de
la mesa. No soportaba su tonito prepotente y burlón. Pero irguió los
hombros y se dedicó a ignorarle.
Elena y Sara, ajenas a los malos modales de Holger, pidieron la
cena: una fritura de pescado, sepia a la plancha y mejillones al vapor.
Anna vació la copa de sangría casi de un trago y se sirvió otra.
Estaba fresquita y entraba sola; esperaba que se le subiera rápido a la
cabeza para que la preocupación se esfumara.
El ambiente era ruidoso y la música española de fondo se mezclaba
con las voces de las conversaciones de las otras mesas. Sara empezó a
hacerle preguntas a su hermano sobre la carrera y aquello los salvó a todos.
A él le encantaba hablar de medicina. Era su pasión absoluta.
Bebieron y comieron con ganas. Todo estaba delicioso y ni siquiera
Holger pudo quejarse. La conversación fluía en inglés, que era la lengua
que todos hablaban con mayor o menor destreza.
Anna aprovechó que los demás estaban distraídos para buscar a
Tony. Estaba hablando con unas chicas españolas de otra mesa. Dos de ellas
le estaban tirando la caña, y le pareció la cosa más lógica del mundo. Tony
era el hombre más atractivo que había visto en su vida.
Él se giró y, al descubrirla, le guiñó un ojo.
Las maripositas de su estómago despertaron, y ella se apresuró a
volverse y fingir que escuchaba a sus acompañantes.
Habían transcurrido solo unos segundos cuando notó una presencia
a su espalda.
—¿Todo bien por aquí?
Era Tony.
Se había situado justo detrás de su silla y le acariciaba el cuello con
mucho disimulo con un dedo. A ella se le erizó el vello de la nuca.
—Todo perfecto —contestó Sara.
—Más sangría, chico —chapurreó Holger en español con un gesto y
un tono propios de un rey hablando a un súbdito.
Anna se puso rígida. ¿Chico? Iba a decir algo, pero notó la mano de
Silke en el muslo de nuevo.
—Claro —repuso Tony con cortesía. En su voz sonaba una sonrisa
—. Enseguida la traigo, señor. ¿Algo más?
Anna se lo habría comido a besos por su saber estar y por su
educación. Se giró para mirarle de frente.
—No. Muchas gracias, Tony.
Él le brindó una sonrisa fugaz y se fue.
—¿Le llamas por su nombre? ¿Le conoces? —inquirió su hermano.
—Es un amigo nuestro —dijo con sequedad.
—Es camarero.
—¿Y qué?
—Es vulgar y ordinario. ¿No has visto que lleva la camisa abierta y
se le ve el pelo del pecho? Y los pantalones ajustados y esos andares de
chulo. Es un proletario y se le nota a la legua.
Silke carraspeó y Anna enrojeció de indignación. Sara y Elena no
entendían nada, pero seguían el cruce de palabras con interés.
—Es una persona muy agradable y simpática. Es un buen amigo —
articuló ella entre dientes—. Así que te rogaría que te abstuvieras de decir
nada en su contra.
Él se la quedó mirando con los ojos entrecerrados, intentando leer
dentro de ella, que le sostuvo la mirada con frialdad.
—Vaya, así que un buen amigo…
En ese momento llegó el protagonista de la conversación con la jarra
de sangría y la dejó encima de la mesa.
—Tú, Anna, amigo. —Su hermano se dirigió a él con malicia.
Tony asintió con una sonrisa amable.
—Es mi hermano, Holger —le presentó ella sin muchas ganas.
—Encantado.
Tony le tendió la mano. Su hermano la miró como si estuviera
contaminada por millones de bacterias, pero la educación terminó por ganar
la partida y se la estrechó. Después y, sin mucho disimulo, se limpió la
palma en la servilleta.
Todos en la mesa fueron conscientes del incidente. Tony incluido,
que no perdió los nervios ni dejó de sonreír.
Anna estaba a punto de echarse a llorar por la vergüenza.
Entonces Holger hizo algo todavía peor. Formó un puño con la
mano derecha e introdujo el pulgar entre el dedo índice y el corazón y lo
alzó en alto.
—Amigos —repitió con una risotada.
Tony buscó la cara de Anna con confusión.
Ella solo quería que se la tragara la tierra.
Ese gesto, en Alemania, significaba follar. Gracias a Dios, en
España no debía de tener el mismo significado porque ni las mellizas ni
Tony reaccionaron de un modo negativo.
—Está todo bien. Muchas gracias, Tony —le dijo con una sonrisa
forzada.
Él se despidió con la frente arrugada por la incomprensión.
El silencio se cernió sobre todos los ocupantes de la mesa. Silke,
consciente del malestar, se dirigió a las mellizas, preguntando por la
traducción de una frase y las distrajo.
—¿De verdad te estás tirando a ese tío? Por Dios, qué asco —
masculló Holger antes de darle un trago a la sangría.
—¿Por qué no te metes la lengua en el culo? No te soporto.
Él soltó una risa estridente y, haciendo caso omiso de su enfado,
empezó a hablar con Sara.
Ella no volvió a dirigirle la palabra y tampoco habló mucho. Estaba
demasiado cabreada. Se limitó a asentir o a negar cuando alguien le
preguntaba algo. También evitó buscar a Tony con los ojos; mantuvo la
vista fija en el plato mientras pensaba cómo podía disculparse con él.
Cuando pidieron la cuenta, fue Eugenio quien se la trajo. Holger
insistió en invitarlas y dejó una generosa propina. Al menos no era tacaño.
Quedaban solo tres mesas ocupadas cuando decidieron marcharse.
Antes de abandonar el local, por el rabillo del ojo, localizó a Tony
cerca de la barra. Él señaló la parte trasera del restaurante. Tenía un cigarro
en la mano.
Ella no reaccionó, pero se las arregló para dejar el bolso encima de
la mesa, cubierto por una servilleta. En cuanto se hubieron alejado unos
metros caminando por la acera que daba a la playa, se detuvo bruscamente.
—Me he olvidado el bolso —dijo en inglés para que todos la
entendieran—. Seguid andando y ahora os alcanzo.
No esperó respuesta. Se dio media vuelta y echó a correr. Rodeó la
edificación y se encaminó a la parte de atrás, donde estaba el aparcamiento
de tierra.
Tony la estaba esperando, con la espalda apoyada en la pared y el
bolso en la mano. Había poca iluminación, solo dos faroles a ambos lados
de la puerta.
—¿Este bolso es suyo, señora? —dijo él con tono provocador.
Ella se lanzó a sus brazos sin decir nada. Le abrazó y hundió la cara
en su cuello. Estaba tan avergonzada que ni se atrevía a mirarle de frente.
—¿Qué pasa?
—Lo siento.
—¿El qué?
—Mi hermano.
Él la apartó y le alzó la barbilla con los nudillos.
—¿Qué culpa tienes tú de que sea un gilipollas? —dijo y se encogió
de hombros.
Ella se tapó la cara con las manos.
—Es humillante. Piensa él es superior.
—No te preocupes. No me importa. Conozco a mucha gente así.
—No está bien. Hace cosas feas. El gesto con puño en Alemania es
follar.
Tony abrió los ojos, sorprendido.
—Qué listo. Entonces sabe que follamos —dijo con ironía.
Ella le miró con intensidad. Seguía enfadada, pero era fantástico que
a Tony no le importara la actitud de Holger.
—En España, eso se les hace a los niños cuando les robas la nariz,
¿sabes? Cuando he visto que lo hacía he pensado que era muy infantil y que
a lo mejor buscaba un amiguito para jugar —dijo con tono inocente.
Ella no pudo hacer otra cosa más que echarse a reír. Tony era genial.
—Eres divertido. Río mucho contigo.
—Me encanta que te rías. ¿Cuándo me vas a dar un beso en
condiciones?
Casi no le dejó terminar la frase y se arrojó sobre su boca.
Se besaron apasionadamente, hasta que él se separó y apoyó la
frente en la suya.
—Te echo de menos. Me gustaría estar siempre contigo.
Anna cerró los ojos al escucharle. Era lo mismo que sentía ella.
—El sábado que viene por la noche te voy a llevar a un sitio
alucinante —continuó él.
—Cuento minutos hasta sábado, entonces.
Él la besó. Fue un beso breve, pero cargado de afecto.
—Tengo que volver. Me esperan —musitó ella con pesar.
—Vete. Y no discutas con tu hermano. Si te molesta, piensa en mí y
en todo lo que vamos a hacer cuando él se vaya —le dijo con una sonrisa
canallesca.
—Ok —repuso sin aliento.
Se giró y se alejó unos pasos, pero él la llamó.
—Anna.
Se dio la vuelta y le miró.
—Estás preciosa hoy.
CAPÍTULO NUEVE
Tony
Era una locura y apenas podía creerlo, pero se había enamorado de Tony. Y
ni siquiera había hecho falta un mes para que sucediera.
Y sabía que a él le pasaba lo mismo.
No era la primera vez que se liaba con alguien estando de
vacaciones, pero lo que ocurría entre ellos era mucho más que un simple
rollo de verano. Quizá todavía no habían expresado con palabras sus
sentimientos más profundos, pero eran bastante obvios.
Anna cerró los ojos y pasó revista mentalmente a la última semana.
Habían hecho tantas cosas que era casi imposible recordarlas todas, cada
frase, cada gesto, cada beso o roce. No quería olvidar absolutamente nada.
La noche del domingo, Tony consiguió salir antes del trabajo —no
sabía qué tendría qué hacer a cambio de pedir tantos favores—, y la llevó a
una fiesta de la espuma a la playa. Había un grupo tocando sobre un
escenario en medio de la arena, y un montón de gente en bañador, bebiendo
y pasándolo bien, disfrutando de la música y el ambiente. Para ella resultó
ser una experiencia nueva y diferente; nunca había visto algo así. Las
mellizas y Silke también estaban, pero cada uno iba por libre. Elena se
había enrollado con un belga y desapareció nada más llegar. Silke y Sara
coqueteaban con un grupo de ingleses. Y Tony y ella bailaban y se besaban.
Poco después de llegar, a medianoche, dos enormes cañones
empezaron a disparar la curiosa sustancia sobre el público y a cubrirlo todo
de blanco. Los gritos subieron de volumen. El grupo tocaba una canción
que todo el mundo parecía conocer. El cantante gritaba «Salta, salta
conmigo», y todos lo hacían con entusiasmo. Tony y ella incluidos.
Las personas se escurrían y se hundían en ese mar blanco artificial y
revuelto. La espuma terminó por extenderse tanto que no se podía huir de
ella y convirtió el trozo de playa en un caos. Tony le agarró la mano con
fuerza, pero no sirvió de nada y ambos terminaron cayendo sobre la arena
que se había convertido en algo viscoso y frío. Se rieron como niños
mientras intentaban ponerse de pie y no lo conseguían.
Fue una noche muy loca. Una noche para recordar.
Y el final fue perfecto.
Todo el mundo acabó bañándose en el mar y cantando a voz en
grito.
Ellos dos se alejaron de la costa y del gentío hasta que el agua solo
dejó sus cabezas al descubierto. Hubo besos, palabras susurradas al oído y
muchas caricias, hasta que se vieron obligados a salir y dirigirse al
apartamento de ella para terminar lo que había empezado en el agua.
Al día siguiente, fueron a una calita de difícil acceso, no muy lejos
de la playa principal. Tony le dijo que se llamaba la cala del Tío Ximo y que
pocos turistas la conocían. Él mismo solo había estado allí una vez.
Cuando llegaron al lugar, Anna abrió la boca, deslumbrada. Se
trataba de una cala pequeña, de unos sesenta metros de longitud, rodeada de
acantilados. El agua era de un color azul turquesa impresionante y estaba
tan limpia que se podía ver el fondo rocoso sin problemas. La arena se
mezclaba con cantos rodados y guijarros, y agradeció llevar unas sandalias
de goma.
No habría más de doce personas y la mitad iban desnudas. Ella se
burló de Tony pretendiendo que iba a quitarse también la parte de abajo del
bikini, y él le lanzó una mirada de fingido enfado.
—Si lo haces, yo también lo haré y te avergonzaré con mi mástil sin
bandera.
Ella no lo entendió y cuando él le explicó lo que significaba, se rio
mucho.
Era tan gracioso. Utilizaba las expresiones más locas y curiosas. No
recordaba haberse reído tanto en su vida. Era por su forma de hablar, por
sus comentarios, porque parecía no tomarse la vida en serio y sacar solo lo
positivo de las cosas. Era por los lugares poco comunes a los que la llevaba,
como el sitio ese que se asemejaba a una iglesia para ritos satánicos, o el
pequeño bar en el que había bailado sin prejuicios, dejándose llevar.
Tony era fantástico. Y ella se sentía igual de fantástica junto a él.
Pasaron todo el día en esa cala, tomando el sol, bañándose y
disfrutando de la paz y tranquilidad que ofrecía, en contraste con la
abarrotada playa de Levante; incluso comieron allí unos bocadillos que
habían llevado.
Y vieron atardecer.
Anna no sabía si todos los atardeceres españoles eran así, llenos de
tonalidades, pero los de la costa mediterránea lo eran y la tenían
encandilada. Cuando el sol comenzaba a desaparecer por el oeste y el
estallido de colores llenaba el cielo era su parte favorita del día. Y todavía
más si él estaba cerca. Sentados en una toalla, abrazados y con la mirada
extraviada en el horizonte, vieron la puesta de sol. Tony respiraba
pesadamente junto a ella, que tenía el corazón encogido.
Otro momento único que atesorar.
Después de aquello, recogieron sin prisas y se fueron.
Se pusieron en marcha sin rumbo fijo, escuchando una emisora de
música española. De vez en cuando, se tocaban las manos con suavidad y se
miraban. Terminaron por salir de la ciudad hasta llegar a una zona sin
edificios, y se internaron en un camino desierto, rodeado de pinos. Solo la
luz de los faros guiaba al vehículo, ya que ni siquiera había alumbrado
público.
Habían alcanzado una especie de claro, cuando él detuvo el coche y
apagó las luces, pero dejó la radio encendida.
—¿Eres asesino en serie o violador? —le preguntó.
—Todavía no —bromeó, pero se puso serio muy rápido—. Solo
quiero hacer el amor contigo aquí, en el coche.
Ella se quedó sin aliento al escucharle. El abdomen se le contrajo y
su sexo se humedeció. Así era siempre con él.
Tony echó los asientos hacia atrás y los convirtió en una
improvisada cama. Se desnudaron con parsimonia al ritmo de la música y,
tal y como él había dicho, hicieron el amor.
Fue una experiencia lenta, delicada e íntima. Hermosa y pasional. Él
la llevó a entregarse por completo y a abandonarse en sus brazos. De fondo
sonaba una canción flamenca que a Anna le pareció preciosa.
«Si me das a elegir entre tú y la riqueza, con esa grandeza que lleva
consigo, ay, amor, me quedo contigo… Pues me he enamorado y te quiero y
te quiero y solo deseo estar a tu lado, soñar con tus ojos, besarte los labios,
sentirme en tus brazos que soy muy feliz».
Fue una experiencia mágica.
Otra más.
Había pasado casi una semana desde entonces y todavía se le ponía
la carne de gallina al recordar esa noche. La luna se había reflejado en el
parabrisas y los cristales del coche se habían empañado. Ellos se habían
abrazado y, sin hablar, se habían dicho cientos de cosas.
¿Cómo no iba a estar enamorada de Tony si le daba todo lo que
nunca nadie le había dado?
Suspiró y suspiró, y volvió a suspirar.
Era el último fin de semana de agosto y las vacaciones pronto
tocarían a su fin. Las mellizas se habían despedido de ellas el día anterior.
Regresaban a Madrid porque Sara comenzaba a trabajar en un sitio nuevo la
primera semana de septiembre, y Elena se había apuntado a un curso para
perfeccionar el inglés. Intercambiaron direcciones y números de teléfono y
prometieron estar en contacto.
A Silke y a ella todavía les quedaban algunos días más. Tenían los
billetes de avión reservados para el catorce de septiembre.
Dieciocho días.
Dieciocho días y se tendría que despedir de Tony.
La congoja la invadió.
Le hubiera encantado desahogarse con Silke, pero su amiga tenía
una cita con un chico que había conocido hacía dos tardes en la playa y se
había marchado hacía un rato.
Ella también estaba esperando a Tony. Habían quedado en reunirse
en la calle a las dos y media de la mañana para ir a la otra playa de
Benidorm, la gran desconocida, a pasar la noche. Por supuesto, aquello fue
idea de él. Siempre tenía ideas descabelladas que a ella le encantaban.
Decidida a no dejarse llevar por la melancolía, terminó de preparar
una mochila con algunas cosas y cogió una chaqueta vaquera por si acaso
hacía frío al amanecer. Luego abandonó el piso y subió al ascensor para
dirigirse a la planta baja. Se despidió del portero de noche y salió a la calle.
—¡Rubia!
Giró la cabeza y allí estaba el chico que la volvía loca.
Al igual que ella, se había puesto vaqueros y zapatillas, solo que su
camiseta, en lugar de ser blanca como la suya, era negra y llevaba
estampada en la pechera una imagen muy colorida con el nombre del grupo
ese del pis que a ella le hacía mucha gracia: Los Toreros Muertos. Se había
puesto también la sonrisa más deslumbrante del mundo y los ojos más
profundos del universo.
Cuando bajó la escalera que llevaba a la acera de carrerilla, él la
cogió en volandas, como si no pesara nada, y la besó con ganas.
—Vamos a pasar una noche increíble —le dijo, depositándola en el
suelo y tirando de ella—. Vamos a dormir bajo las estrellas con el sonido
del mar de fondo. Creo que es la mejor idea que he tenido nunca —dijo,
ufano.
Ella no pudo más que darle la razón.
El Seat estaba estacionado en doble fila porque no había sitio para
aparcar por la zona. Guardaron la mochila de Anna en el maletero y se
encaramaron a los asientos delanteros.
El coche de Tony se había convertido para ella en un lugar muy
acogedor, pese al ruido que hacía al arrancar, que la suspensión era bastante
deficiente y que olía a tabaco. El ambientador con forma de arbolito que
llevaba colgando del espejo retrovisor no podía hacer desaparecer el
penetrante aroma a cigarrillos, pero ella ya se había acostumbrado.
—Abre la guantera y saca las cintas. Busca una que pone Radio
Futura.
Ella lo hizo. Abrió el compartimento y vio que había una gran
cantidad de casetes sin funda, con los títulos escritos a mano. No tardó en
encontrar la que él pedía y la introdujo en el aparato. Pronto, los primeros
acordes de una batería y una guitarra llenaron la cabina del coche.
—¡Escucha esta canción porque es lo más! —exclamó él, subiendo
el volumen.
Ella sonrió para sus adentros. Tony no tenía objetividad a la hora de
hablar de sus grupos favoritos o de las canciones que más le gustaban. Eran
muchas las que le parecían lo mejor del mundo.
—Arde la calle al sol de poniente —canto él con entusiasmo—. Hay
tribus ocultas cerca del río. Esperando que caiga la noche. Hace falta valor,
hace falta valor. Ven a la escuela de calor.
Anna se reclinó en el asiento y cerró los ojos, feliz. Adoraba
escucharle cantar. A veces se le iban un poco las notas y desafinaba, pero
eso solo conseguía que a ella le gustara todavía más.
Tardaron poco en llegar a su destino y aparcar.
La playa que se extendía ante ellos nada tenía que ver con la que
solían frecuentar. Era mucho más grande y amplia, con una balaustrada
blanca que la separaba de la acera. La zona entera no estaba muy poblada y
los edificios no eran gigantescos rascacielos. Donde ellos dejaron el coche,
al final de la carretera, se erguían grandes y lujosas casas de una o dos
plantas. Por allí no había comercios, tiendas ni restaurantes. Ni gente
paseando. Se respiraba una paz inusual.
—¿Esto es Benidorm? —preguntó con asombro.
—Sí, la playa de Poniente.
—No es igual que otra.
—No. Esta playa es más familiar y no está pensada para el turismo
—añadió con un encogimiento de hombros—. Como ves, no hay nadie.
Estamos solos.
Ella se acercó a las escaleras y bajó al arenal. Se quitó las zapatillas
y, con ellas en la mano, corrió hacia la orilla del mar, en la oscuridad, hasta
que las olas le lamieron las puntas de los pies. El agua no estaba muy fría.
Una menguante luna plateada se reflejaba sobre la negra superficie, y si
giraba la cabeza a la izquierda, podía ver las luces de la otra playa, a lo
lejos.
—Esta playa gusta más —dijo, al escuchar que Tony se acercaba.
—Y a mí.
Se volvió para mirarle. Él también se había descalzado y había
dejado las mochilas de ambos a unos metros de la orilla.
—Has traído otra ropa, ¿verdad? —le preguntó él.
Apenas había tenido tiempo de asentir cuando le lanzó una patada
de agua que la empapó. Luego huyó deprisa con la risa flotando en el aire.
En un primer momento, se quedó paralizada, demasiado pasmada
para reaccionar, mientras el cabello le chorreaba y la camiseta se le pegaba
al cuerpo. Mas no tardó en salir de su trance y echar a correr tras él.
—¡Ven, macarra! —le gritó.
Él no se había alejado mucho, pero la esquivaba cada vez que
trataba de cogerle. Le persiguió un rato sin mucho éxito hasta que se cansó
e ideó un plan. Fingió molestarse y se dio media vuelta, como si el juego no
le interesara lo más mínimo. Esperaba que Tony cayera en la trampa y fuese
tras ella.
—¿Estás enfadada? —Le escuchó preguntar, muy cerca.
Ella frunció los labios con malicia. Luego se giró y le salpicó con
todas sus fuerzas con los dos pies, hasta que él acabó tan empapado como
ella.
—Si atrapo otra vez, corto tu colita —le amenazó.
—¿Colita? —replicó él con un resoplido—. Tú sabes que no es
pequeña.
—Pues corto cola.
—No es cola —rio él—. Aquí en España decimos polla.
—¿Polla? ¿Como mujer de pollo?
—Eh, sí.
No pudo evitar reírse. A veces los españoles tenían unas palabras de
lo más insólitas para describir las cosas. ¿Una polla? ¿Qué tenía que ver ese
animal con el miembro de los hombres? Era gracioso.
—En alemán se dice Schwanz, que es cola.
—Aquí solo dicen cola o colita los niños pequeños.
Después de decir eso, volvió a salpicarla y ella se vengó
respondiendo del mismo modo. Se abalanzó sobre él y trató de hacerle
perder el equilibrio, pero no pudo porque era demasiado fuerte y la cogió en
brazos, adentrándose en el mar. La dejó caer en el agua, pero ella se agarró
a su pierna y él cayó a su lado. Terminaron chapoteando y casi sin aliento.
Cuando regresaron al lugar donde Tony había dejado sus cosas,
ambos tiritaban. No hacía mucho frío, pero era desagradable llevar la ropa
empapada. Se desnudaron mientras se piropeaban el uno al otro y se
burlaban de tonterías. Se secaron con rapidez y ella se puso un vestido corto
y cómodo de tirantes; él, solo un bañador, dejando su torso al descubierto.
Habían llevado dos esterillas y unas cuantas toallas y Tony las
extendió en la arena. Se sentaron y contemplaron el mar oscuro durante un
largo rato. Solo la espuma de las olas en la orilla le daba una pincelada de
color.
Tony sacó dos latas de cerveza de una neverita pequeña y le tendió
una.
—¿Sabes qué significa mi apellido? —preguntó ella
repentinamente.
—No. Ni siquiera sé pronunciarlo —dijo él de buen humor.
—Schwarz.
—Suart —repitió con mirada esperanzadora.
Anna sonrió y asintió, esperando que su padre no la desheredara si
se enteraba de que su chico había destrozado el nombre familiar.
—Significa negro.
—¿En serio? ¿Te llamas Anna Negro?
—Sí. Creo que es raro tú y yo juntos. Yo soy negro como anochecer.
Y tú eres Alba, como amanecer.
Tony giró la cara hacia ella, sorprendido.
—No es raro. Es genial. Nos complementamos.
A Anna le gustó que dijera eso.
Bebieron un rato en silencio, arrullados por el tenue sonido de las
olas. A Anna le encantaba ese mar tranquilo y ondulante. No tenía nada que
ver con el mar del Norte, con las aguas frías, las olas violentas y las
impresionantes mareas.
Un poco más tarde, se tumbaron a mirar las estrellas. El cielo estaba
despejado y eran muchas las que titilaban en él. Tony encendió un cigarrillo
y se lo pasó. Ella le dio una calada y al expulsar el humo, las estrellas
desaparecieron detrás de la sinuosa columna gris. Contempló la punta roja y
luminosa del cigarro.
Iba a echar de menos esos ratos.
Ese pensamiento la llevó a estremecerse.
Él debió de malinterpretar su reacción porque se apresuró a sacar
más toallas y a cubrirlos a ambos. Luego la abrazó y atrajo su cabeza hasta
su pecho.
De nuevo guardaron silencio, embebidos en la inmensidad del cielo
y del mar que los rodeaban. Era como si fueran las dos únicas personas del
universo.
—¿Qué vas a hacer cuando regreses a Hamburgo?
La pregunta la pilló desprevenida.
No tenía ni idea. Suponía que volvería a la universidad, a vivir en su
apartamento, a quedar con sus amigos, a lo de siempre.
Un enorme rechazo se afianzó en su interior.
No deseaba volver a lo de siempre.
—No sé —respondió—. ¿Y tú?
—Tampoco lo sé. No puedo seguir viviendo de lo que cobro en el
Sacrilegio —admitió—. Tendré que buscarme un trabajo serio. Quizá me
quede aquí. No se vive mal en Benidorm.
¡Qué maravilla vivir junto al mar!, pensó con envidia.
Se acurrucó en sus brazos y le acarició el torso. Le encantaba
juguetear con el vello oscuro que lo cubría. Enredaba los dedos en él y le
rascaba la piel con las uñas con delicadeza. A él también parecía gustarle
porque siempre dejaba escapar pequeños jadeos.
—¿Piensas alguna vez en casar? —le preguntó.
—Nunca me lo he planteado. Tendría que encontrar a la mujer
perfecta.
—¿Cómo es mujer perfecta?
Él tardó en contestar.
—A ver, tiene que ser rubia, eso es indispensable.
—Yo soy rubia.
—Calla. Déjame continuar. —Hizo una pequeña pausa—. Tiene que
ser alta y tener los ojos azules y algunas pecas en la nariz.
—Yo…
—No interrumpas —la regañó—. Es muy importante también que
hable raro y que tenga las orejas salidas.
Ella le pegó un golpe en la barriga mientras los dos se reían entre
dientes.
—Mujer perfecta soy yo.
—Nunca he pensado en casarme, pero si algún día me decido,
tendré que casarme contigo porque cumples todos mis requisitos —dijo con
tono desenfadado.
Anna sonrió y le abrazó con más fuerza. Poco después sintió cómo
él le besaba la coronilla.
—¿Y cómo es tu hombre perfecto?
No se iba a andar con rodeos. No era su estilo.
—Tony. Tú eres.
Supo que él se estaba riendo porque su torso se sacudió.
—Cómo me gusta tu forma de ser, Anna. Lanzada y al grano.
Entonces, nos casaremos. Es una promesa. ¿Cuántos hijos vamos a tener?
—No sé. Cuatro o cinco. —Ella le siguió el juego. Era bonito
imaginar.
—¿Tantos? Tendremos que trabajar muy duro para alimentarlos —
se burló.
—Puedes trabajar en La Calita también lunes —propuso.
Una risotada escapó de la garganta de Tony.
—Eres maligna. Yo trabajando todos los días sin respiro, ¿y tú?
—Yo cuido nuestros cinco hijos.
—¿Qué van a ser? ¿Chicos o chicas?
—Unos chicos y unas chicas. Da igual, pero todos guapos como yo.
—En eso estoy de acuerdo.
—¿Cómo quieres llamar
—No sé. No lo he pensado mucho. Si es chico, quizá Jorge.
—Gorgue… Oh, no puedo decir.
Qué malvado, elegir un nombre que no podía pronunciar.
—O Diego —continuó él, y era evidente que trataba de contener una
risa.
—Diego. Es bonito. Yo quiero Lukas.
—¿Y si es niña?
No se lo pensó demasiado.
—Erika. O Laura.
—Me gustan —observó él.
Tras eso, ella cerró los ojos y fantaseó con lo imposible: una vida y
un futuro junto a Tony. Se casarían y vivirían en España, quizá en
Benidorm. Y tendrían hijos, algunos se parecerían a él y otros a ella. Y
encontrarían trabajos en los que ambos fueran felices. Y se reirían mucho. Y
harían el amor todas las noches.
Estarían juntos para siempre.
—He traído un radiocasete que me ha prestado Javi —interrumpió
él sus ensoñaciones y alargó el brazo para sacarlo de la mochila—. ¿Has
traído la cinta?
—Sí.
Ahora fue ella la que tanteó su mochila para sacar la cinta. La había
grabado con sus temas preferidos de diferentes cantantes y grupos y
pensaba regalársela a él. Introdujo el casete y le dio al play. La música salió
de los altavoces y bajó el volumen, antes de acomodarse entre las toallas,
abrazando a Tony.
Disfrutaron de las canciones en silencio. De vez en cuando, él le
pedía que le tradujera algo o comentaba que cierta canción le sonaba.
Anna se encontraba en el paraíso: escuchando su música favorita, en
la soledad de una playa alucinante, en una noche cálida de verano y con el
chico del que estaba enamorada.
No podía desear nada mejor.
Intercambiaron algunos besos breves, pero nada más. Ese momento
no era un momento de sexo. Era un momento de ternura y emotividad. De
afecto.
Durante unos segundos se planteó confesarle a Tony todo lo que
llevaba dentro y decirle que se había enamorado de él.
No lo hizo.
Y no supo muy bien por qué.
Cuando escuchó los primeros acordes de Lass uns leben[15]de Marius
Müller-Westernhagen se le encogió el corazón. Amaba esa canción y su
significado. ¡Cómo le hubiera gustado que Tony pudiese entenderla!
«Weil ich dich liebe, weil ich dich liebe. Zu lieben ist gar nicht so
schwer.
Bitte sei doch nicht gekränkt, dass ich mir nicht mein Hirn verrenk
Was nun morgen wird aus uns, scheißegal. Komm lass uns leben, lass uns
leben[16]».
Mientras seguía la letra en su cabeza, se aferró a Tony. Tenía ganas
de llorar, pero se controló. Tal y como decía el cantante, había que
aprovechar el instante que estaban viviendo juntos.
—¿Es una canción triste? —le preguntó él, acariciándole la mejilla.
—Dice vivir el presente, amar y no pensar en futuro.
Él no dijo nada, pero ella pudo notar que se tensaba.
Una franja de claridad comenzaba a asomar por el este y aquello la
dejó consternada. ¿Ya se había terminado el día y empezaba otro nuevo?
Uno menos para estar con él.
—Está amaneciendo —señaló Tony.
—Sí. Una noche corta.
—Demasiado corta.
Contemplaron cómo el sol se iba elevando al otro lado de la bahía.
Si los atardeceres de Benidorm eran rosas, los amaneceres eran naranjas y
amarillos. Era un espectáculo digno de ver. El mar como un espejo sereno y
en paz, y esa esfera resplandeciente mirándose en él. Pronto, el brillo
dorado sobre el agua cristalina los cegó.
—Es precioso —murmuró ella.
—Lo es.
Tony le sujetó la cara y la giró hacia él. Tenía una expresión seria en
el semblante.
—Tus días son tuyos, haz lo que quieras —dijo en voz baja y ronca
—, pero de aquí a que te vayas, regálame tus noches. Quiero que todas tus
noches sean mías.
Ella le miró mientras el pecho se le expandía. Estaba espléndido con
ese contraluz, a pesar de no haber dormido nada, con los párpados pesados
y el pelo revuelto…
—Son tuyas, Tony —concedió con un suspiro—. Todas tuyas.
CAPÍTULO ONCE
Tony
Era una locura y apenas podía creerlo, pero se había enamorado de Anna. Y
sabía que a ella le sucedía lo mismo.
Y solo faltaban cinco días para que se marchara.
No podía ni imaginar cómo sería seguir sin ella. No después de las
últimas noches que habían compartido. Noches llenas de besos y abrazos.
De confesiones. De trazar planes imposibles. De hacer el amor. Se habían
unido tanto que iba a ser una agonía despedirse. El estómago se le encogía
cada vez que pensaba en ello.
Había tratado de controlar sus sentimientos; había intentado
convencerse a sí mismo de que era solo un rollo de verano y nada más, pero
no había servido de mucho.
Aquel amor que se le escapaba por todos los poros de la piel era
incontrolable.
Nunca, en sus veinticinco años de vida, se había enamorado, y tenía
que hacerlo de una alemana de clase alta que iba a regresar a su país y a la
que probablemente no volvería a ver en la vida.
El peor escenario posible.
¡Una mierda!
No obstante, si ese era el último fin de semana que iban a pasar
juntos, iba a ser un fin de semana que ella no olvidaría jamás.
Hacía días, había hablado con su jefe para pedirle el domingo libre,
prometiendo compensarle con horas extras, y este había aceptado. Así que
ahora tenía dos días ante sí para pasarlos con Anna. Cuarenta y ocho horas
que pensaba aprovechar hasta el límite.
Ella no tenía ni la menor idea de sus planes.
Quería sorprenderla.
Eran las diez de la mañana cuando aparcó en doble fila en la calle
del edificio donde se alojaban las chicas. Se bajó del Seat, ignorando el
calor y la humedad, y se dirigió al portal de una carrera. Saludó al conserje
a través de la vidriera y llamó al portero automático.
—Hola.
Era Silke.
—Hola, Sil. Soy Tony. ¿Puedo hablar con Anna?
—Eh… ¿Tony? —exclamó atónita—. Uno momento.
Él pudo escuchar un cuchicheo de voces a través del altavoz.
—¿Tony? ¿Qué pasa? —Había preocupación en la voz de Anna.
—No pasa nada. Tengo el día libre. ¿Quieres hacer un viaje
conmigo? Volveremos mañana.
—¿Viaje? No entiendo. ¿Dónde?
—Sorpresa.
—Bueno. Sí. Cojo una ropa. Espera.
Había tardado un segundo y medio en decidirse, lo que le hizo
sonreír.
Mientras aguardaba, se encendió un cigarrillo y caminó hasta el
paseo. La playa comenzaba a llenarse de gente. No había tanta como en
julio o agosto, pero el turismo seguía llegando. Salva le había dicho que en
Benidorm se curraba el año entero en hostelería, aunque en invierno todo
decaía.
Su contrato en La Calita acababa a finales de ese mes, pero se estaba
planteando quedarse algún tiempo más. Su jefe había dejado caer que le
gustaba su forma de trabajar, y él no tenía grandes proyectos en Madrid.
No sabía qué hacer.
—Tony.
Se dio la vuelta con precipitación y allí estaba Anna, con una blusa
azul, vaqueros cortos y deportivas. Llevaba una mochila al hombro.
No se acercó a ella, se limitó a contemplarla con intensidad desde la
distancia. De algún modo tenía que grabarse su imagen en el cerebro. El
pelo, la cara, el cuerpo, sus pecas, sus labios…
—Me dejas sin aliento. —Se aproximó y la besó con deseo.
Ella le regaló una sonrisa resplandeciente.
—¿Dónde es viaje?
—No preguntes. Es una sorpresa. ¿Se ha enfadado Silke por
abandonarla?
—No. Ella tiene planes.
—Perfecto.
Se montaron en el coche y Tony encendió el motor.
—Soy ansiosa —comentó ella—. Pero las sorpresas gustan mucho.
¿Es viaje largo o corto?
—¿Qué quieres, largo o corto?
Ella pareció pensar con mucho ahínco y él la miró de costado.
Cuando se ponía tan seria se le arrugaba la frente de un modo encantador.
—Largo —repuso—. Quiero estar contigo en coche mucho tiempo.
Con música y tú cantas.
—Canto fatal.
—Sí, verdad, pero me gusta.
«Viva la sinceridad», se dijo él con ironía.
—¿Tengo que cantar todo el rato? Son muchas horas —dijo,
fingiendo fastidio.
—No importa. Tú cantas para mí —dijo con tono de sargento.
Luego alargó la mano y encendió la radio—. Canta esta. Seguro tú sabes. Es
divertida.
Sonaba Aquí no hay playa de The Refrescos, y claro que se la sabía.
¿Quién no? Era otro de los éxitos que más se escuchaban ese verano.
Mientras enfilaban la carretera que salía del pueblo, Tony cantó.
Sabía que hacía gallos y le costaba afinar, pero cumpliría su deseo, porque
Anna se reía feliz.
Desde hacía unos meses se tardaba menos de seis horas en hacer el
trayecto Madrid-Benidorm; antes de eso, cuando todavía no existían los
tramos de autovía de la nacional trescientos treinta y trescientos treinta y
uno, el viaje podía durar más de ocho horas por carreteras de un único carril
por sentido.
Llegarían a la capital sobre las seis y media de la tarde, con tiempo
de sobra para que Tony pudiera enseñarle el centro y luego llevarla al
Sacrilegio.
Quería pinchar para ella.
Anna no tardó en darse cuenta del destino. Los carteles que
indicaban el desvío hacia Madrid lo hicieron muy evidente.
—¿Vamos a Madrid?
—Sí —le contestó.
—Oh…
La miró y comprobó que parecía impresionada.
—¿Estás bien?
—Muy bien. Emociona que enseñes tu hogar.
Él sentía la misma emoción que ella y tragó saliva, reprimiendo un
suspiro.
Continuó cantando. Llevaba sintonizada en la radio la Cadena 40
Principales, que solo emitía música, tanto nacional como internacional. Se
permitió descansar cuando ponían alguna canción en inglés cuya letra no
dominaba, pero la mayoría de las españolas las conocía y cantó unas
cuantas para ella: El imperio contraataca de Los Nikis, Cuatro Rosas de
Gabinete Caligari, pero cuando entonó Bailaré sobre tu tumba de Siniestro
Total, Anna le miró con la boca muy abierta y eso le hizo reír.
—Morboso.
—Un poco, pero mola.
—¿Mola es cool? —comentó ella.
—Sí.
Cuando pasaban cerca de Albacete, el cielo se tornó gris y empezó a
llover. Tony se desvió hacia un bar de carretera, donde comieron unos
bocadillos y bebieron unos refrescos, mientras esperaban a que escampase.
Era la típica tormenta de verano que no duró demasiado, y pronto pudieron
proseguir camino.
Pese a que no les gustaba la misma música, los dos estaban
dispuestos a probar cosas nuevas y aceptar los gustos del otro. Mientras que
Anna disfrutaba con Rick Astley y Whitney Houston, Tony prefería New
Order o Depeche Mode. Sin embargo, ambos coincidieron en que Jump de
Van Halen era genial.
Anna se sabía la letra, él fingió sabérsela.
Ella no volvió a hacer preguntas sobre el destino o sobre lo que
había planeado. En apariencia, confiaba en él ciegamente. Debido a eso,
Tony estaba cada vez más ansioso. Ese viaje relámpago a Madrid le había
parecido una idea fabulosa, pero ya no estaba tan seguro. Era muy
consciente de los orígenes de Anna y de los ambientes que frecuentaba, y él
iba a llevarla a lugares más oscuros, a su mundo. Un mundo en el que ella
quizá no se sintiera a gusto.
Descartó de pleno ir al piso de Carabanchel. Era un cuchitril viejo,
lleno de trastos en el que no funcionaba nada. A la tele había que patearla
para que se encendiera y la cisterna solo soltaba agua una de cada tres
veces.
Prefería que durmieran en el coche o en algún hostal barato.
También descartó llevarla al barrio donde se había criado. No podía
imaginársela allí.
Eran las seis cuando entraron en la capital por la Plaza de Conde de
Casal. Era una tarde calurosa y había bastante tráfico, la mayoría eran
domingueros con poca práctica a la hora de conducir, y Tony tuvo que hacer
uso del claxon en varias ocasiones.
No tardaron en llegar hasta la nueva estación de Atocha. Él le iba
indicando a Anna —que no quería perderse nada— hacia dónde tenía que
mirar. Pasaron por delante del Jardín Botánico y del Museo del Prado, y al
llegar a la fuente de Cibeles, condujo despacio para que ella pudiera ver el
majestuoso edificio de Correos, y la Puerta de Alcalá en la distancia.
Anna estaba impresionada. Sacaba la cabeza por la ventanilla y
hacía fotos, admirando cada monumento y cada calle, al tiempo que gritaba
de alborozo.
—Solo veo en libros —decía una y otra vez—. ¡Conozco esto! Me
encanta todo.
Tony se limitaba a sonreír.
Se internaron en la Gran Vía, pero no tardaron en girar a la derecha,
y les tocó dar algunas vueltas por las estrechas calles hasta que encontraron
un sitio para aparcar, no muy lejos del Sacrilegio.
Cuando él se bajó del coche y sintió el calor sofocante sobre la piel,
casi soltó una exclamación de placer. Había echado de menos ese calor seco
madrileño que le quemaba a uno la nariz y los pulmones al respirar.
Anna se bajó del vehículo y miró alrededor con interés.
Él trató de ver la ciudad a través de los ojos de ella. No se
encontraban en la mejor zona de la capital y esas calles no estaban muy
limpias. Las edificaciones eran viejas, con las fachadas descascarilladas y
los muros llenos de grafitis. La miró de lado para observar su reacción, pero
solo vio curiosidad en su cara.
Anna era como un diamante en medio de un barrizal. Refulgía
intensamente con la melena rubia, y los chispeantes ojos azules. Estaba muy
guapa, pero tenía un aspecto de guiri que tiraba para atrás. Era carne de
carterista, con la mochila colgada a la espalda, y la costosa cámara de fotos
en la mano.
—¿Dónde tienes el dinero?
—En mochila.
—Dámelo y lo guardo en mi bolsillo. Por aquí hay muchos ladrones.
—Oh…
Ella sacó una carterita de color rojo y se la tendió. Él se la guardó en
el bolsillo delantero de los vaqueros.
—No necesitas la mochila ahora. La dejamos en el maletero. Y la
cámara…
—Necesito cámara —le interrumpió—. Si roban es igual, compro
otra. —Meneó la cabeza con obstinación.
—Vale, pero déjame que la lleve yo. Al menos hasta salir de esta
zona.
Después de guardar la mochila en el coche, Tony le cogió la cámara.
—¿Es peligroso aquí? —preguntó ella.
—Un poco.
—Está emocionante.
Él tiró levemente de un mechón de su pelo.
—Estás loca.
Ella rio bajito y le abrazó.
Callejearon hasta atravesar la plaza de Chueca, cogidos de la mano.
Recibieron miradas curiosas de algunos tipos que se sentaban en la acera o
se apoyaban contra la pared. De día, la zona no era tan terrible, pero de
noche se convertía en el paraíso de los camellos y los yonquis. Aunque se
encontraba casi en el centro de la ciudad, era un barrio pobre y marginal.
Tony había vivido por allí durante unos cuatro meses y se había librado por
los pelos de que le metieran un navajazo. Era un lugar donde la policía no
se atrevía a entrar.
No dejó que Anna se detuviera y pronto alcanzaron la Gran Vía.
Faltaban unas cuatro horas para que el Sacrilegio abriera, así que
tenían tiempo de sobra para pasear y ver un poquito de ese Madrid que
tanto estaba fascinando a Anna.
Subieron hasta Callao y contemplaron el cartel de Schweppes, a esas
horas todavía apagado. Luego bajaron hasta llegar a la Plaza de España.
Ella se detenía constantemente y sacaba fotos; Tony sabía que también se
las hacia a él cuando no miraba, así que ponía poses interesantes de vez en
cuando o sacaba bíceps para que ella riera. Continuaron por la calle Bailén
para ver el Palacio Real y la Catedral de la Almudena y se entretuvieron un
buen rato. A Anna se le acabó el carrete de fotos y tuvieron que buscar una
tienda para comprar dos más. Ella estaba eufórica y sonreía todo el tiempo.
De vez en cuando, se giraba y le besaba, o le echaba los brazos al cuello y
le daba las gracias.
Él disfrutaba con su entusiasmo. Solo verla feliz era alimento para
su alma. Se sentía pleno y lleno de vida, porque ella estaba a su lado. Era
una lástima que no tuviesen mucho tiempo; podría haberle enseñado mil
sitios más.
Fueron a la Plaza Mayor, que rodearon y cruzaron entera, a petición
de ella que se mostraba cautivada con todas las fachadas y arcos. Luego
siguieron caminando hasta la mítica Puerta del Sol y ella se detuvo sobre la
placa del Kilómetro Cero, feliz como una niña pequeña. También le pidió
que la fotografiara junto a El Oso y el Madroño. Había gente esperando
para hacer lo mismo, pero consiguieron hacer la foto.
El sol había comenzado a ponerse y la temperatura había descendido
algunos grados, lo que hacía el paseo mucho más agradable.
Tony la llevó a una famosa taberna que él conocía, a unas calles de
allí. Formaba parte del Madrid de toda la vida, del Madrid más castizo. Pese
a que el lugar se llamaba La Alicantina, todo el mundo lo conocía como La
Casa del Abuelo, y estaba lleno. Lograron hacerse un hueco al fondo. La
especialidad de la casa eran las gambas, regadas por un vino dulce que
fabricaban ellos mismos. Pidieron una ración de gambas a la plancha y otra
al ajillo y disfrutaron de la comida mientras hablaban de muchas cosas.
Cuando salieron, ya era noche cerrada y los letreros de los bares y
restaurantes estaban iluminados. Decidieron regresar a la Gran Vía para ver
las letras de Schweppes encendidas.
Fue cuando descubrió que no se decía Sueps, sino Eshvepes o algo
así de horrible.
Mientras ella hacía fotos, la contemplaba con adoración. Era
consciente de que debía de tener cara de imbécil enamorado, pero le
importaba un carajo porque era la pura verdad. Y quería confesárselo.
Gritarlo a los cuatro vientos.
—Tony —le llamó ella—, hoy es día muy especial. Gracias por
traer. Madrid es puta madre.
Él soltó una pequeña risa y la abrazó.
—El día es especial porque estamos juntos, nena.
—¿Nena? ¿Yo puedo llamar nene?
—Bueno, prefiero que me llames amor.
Ella se quedó silenciosa.
—Lo pensaré. ¿Dónde vamos? ¿Tu casa?
—Casi —repuso él.
Podría decirse que sí. Pasaba más horas en el Sacrilegio —ya fuera
currando o como cliente—, que en el piso de Carabanchel. Allí se
encontraba más a gusto que en su casa.
Se pusieron en camino, pero esquivaron la zona de Chueca, a esa
hora territorio sin ley, y poco después estaban ante la puerta de su lugar de
trabajo habitual. Las letras de hierro pintadas de negro sobre la pared blanca
se veían bien, pese a la falta de iluminación del exterior.
—Sacrilegio —leyó Anna. Se dio la vuelta hacia él con los ojos muy
abiertos—. Tú pinchas aquí.
—Sí.
—Este sitio importante para ti y tú traes —dijo ella y le besó con
fuerza en la boca. Luego se apartó y tiró de su mano—. Vamos, quiero ver.
Descendieron juntos la escalera de piedra. El lugar estaba situado en
un semisótano. La puerta de doble hoja era de madera negra y Tony la
abrió. Instantáneamente, llegaron hasta él los acordes de Just like Heaven
de The Cure, y el olor a cigarrillos, alcohol y mariguana. El de siempre.
El local tenía los techos abovedados y las paredes de ladrillo sin
encalar. La larga barra estaba a la izquierda y a la derecha había repisas de
madera en la pared frente a las que se erguían unos cuantos taburetes. La
decoración era muy simple. De los muros colgaban fundas de vinilos
antiguos, la mayoría de los años setenta y principios de los ochenta. Al
fondo, estaba la cabina del pincha.
Era pronto y no había mucha gente, así que cuando accedieron al
interior, el dueño, que estaba sentado en la barra, los vio al instante.
—¡Tony! —le llamó, alzando un brazo.
Se acercó sin soltar la mano de Anna. Mario Fuentes era una
institución en el barrio. Debía de rondar los sesenta años, o cuarenta mal
llevados. Nadie lo sabía. Siempre andaba con un cigarrillo en la boca y un
cubata en la mano.
—¿Qué pasa, macho? Pensábamos que ya no venías. —Le palmeó
el hombro.
—Hemos estado dando una vuelta por la zona. Le he estado
enseñando a Anna la ciudad.
—¿Esta dulzura es Anna? —La examinó con admiración de arriba
abajo—. Ay, qué suerte tienes, cabrón. Ojalá pudiera ser joven de nuevo.
Hola, bombón. Soy Mario. No te fíes de lo que te diga este que es muy
ligón.
Ella no dijo nada, solo le sonrió y le dio dos besos.
Abel, el camarero, se acercó desde el otro extremo de la barra. Era
un tío alto y demacrado con pinta de no haber comido en años. Llevaba el
pelo largo recogido en una coleta.
—Pedazo de cabrón, pero si estás moreno y todo. —Hizo una pausa
para pegarle un buen repaso a Anna—. Y encima te has traído a una tía
impresionante. Es todavía más guapa de lo que decías. Todos los tontos
tienen suerte.
Tony rio. Conocía a Abel desde hacía tiempo y se llevaban bien.
—Anna, este es el gilipollas de Abel. No le hables mucho porque
casi no entiende el español. Tiene cerebro de mono.
Abel se carcajeó y se inclinó sobre la barra para darle dos besos.
—¿Qué vas a tomar? —le preguntó, mientras que a él le ignoraba.
Tony rio y se volvió hacia ella.
—¿Te parece bien una cerveza?
Anna asintió. Semejaba estar un poco abrumada por la situación y
miraba hacia todas partes como queriendo empaparse del ambiente.
—Dos cervezas, entonces.
Unos tipos que conocía se acercaron a saludarle. Uno de ellos estaba
fumando un porro y el aroma dulzón los envolvió. No se entretuvo
demasiado con ellos y cuando Abel les sirvió las cervezas, condujo a Anna
hasta el fondo, abriéndose paso entre algunas chicas que bailaban.
El Sacrilegio era una mezcla entre bar y pub. No tenía una pista para
bailar, pero la gente se las apañaba para hacerlo en cualquier hueco.
El pincha se llamaba Miguel y le saludó con la mano al percatarse
de su presencia. Luego se quedó embobado mirándole las piernas a Anna.
Tony rio para sus adentros. Era muy consciente del efecto que causaba ella
entre los integrantes del sexo masculino. A él le había pasado lo mismo
nada más verla por primera vez.
Se instalaron en dos taburetes altos junto a la pared, cerca de la
cabina de música.
—Tus amigos saben que vienes.
—Sí.
—¿Hablas de mí a ellos?
—Claro. Tengo que presumir de novia.
—¿Tú y yo novios? —Elevó ambas cejas.
—No estamos casados todavía, así que solo novios —dijo con una
risita burlona.
Ella resopló y le dio un trago a su cerveza.
—¿Qué piensas del sitio? —le preguntó él.
—Oscuro.
Se echó a reír.
—¿Sabes por qué estamos aquí?
Ella negó mientras volvía a beber.
Él se acercó mucho hasta que sintió el calor del femenino rostro
contra su mejilla.
—Quiero pinchar para ti —musitó, y depositó un beso en el lóbulo
de su oreja.
Ella le empujó de los hombros y le escrutó con intensidad,
conmovida, en apariencia.
—Es un gran regalo. Quizá mejor regalo que tengo.
El desconcierto le invadió y se le estrechó la garganta. Se sentía tan
dichoso que solo deseaba poder devolverle un poco de esa dicha. No tenía
mucho que ofrecer, solo la música. Por eso estaban allí. Iba a confesarle
todo lo que sentía por ella.
Anna le repasó el labio inferior con el pulgar. Parecía a punto de
decir algo muy importante y a él se le paró el corazón.
—Hola, hijoputa.
Miguel se plantó a su lado, rompiendo toda la magia.
Tony nunca había odiado tanto a alguien en su vida.
—Hola, mamonazo.
—Ahí tienes la cabina —dijo y le dio un medio abrazo—. Es toda
tuya. Cuando te canses me avisas. —Se giró hacia ella con una sonrisa—.
Tú debes de ser Anna, la chica de este idiota. Encantado.
Intercambiaron dos besos.
Acto seguido, el pincha se fue. Y Tony miró a Anna indeciso. No
quería dejarla sola. Quizá…
—Vete —le animó ella—. Vete y pincha para mí.
La besó y se dio media vuelta para dirigirse hacia la cabina. Ya tenía
en la cabeza cuál iba a ser el repertorio de esa noche; quizá no les gustara
mucho a los clientes asiduos, pero le importaba más bien nada.
Empezó con When I see you smile de Bad English. Y solo la sonrisa
enorme que Anna le regaló le dijo que cualquier canción que le dedicase
merecería la pena. Continuó con I’ll be there for you de Bon Jovi.
Ella se bajó del taburete y se acercó a la cabina. Comenzó a bailar
con lentitud, siguiendo el ritmo. Sus ojos se entrelazaron y él trató de no
perderse y concentrarse en los platos, algo complicado cuando Anna le
miraba de ese modo.
Siguió con Aerosmith y su Angel.
No sabía si estaba consiguiendo que Anna comprendiese lo que le
decía con esas canciones. Le estaba confesando sus sentimientos. Le estaba
diciendo que era la mujer perfecta para él. Que no quería separarse de ella.
Que quería que estuvieran juntos para siempre.
Desde su posición elevada vio que Mario se acercaba a ella y le
comentaba algo. La respuesta debió de ser épica porque la expresión de la
cara del dueño fue de asombro absoluto, incluso se le desencajó la
mandíbula, pero terminó por reír, agarrándose la prominente tripa, antes de
regresar a la barra.
¿Qué narices le habría dicho?
Por el rabillo del ojo, vio que Abel y Miguel le señalaban y se reían.
Abel empezó a lanzarle besitos y a fingir un rápido pestañeo. Vaya par de
imbéciles. Los ignoró y sus ojos regresaron a Anna, que continuaba
bailando. Estaba tan sexi que estuvo a punto de empalmarse.
¡Dios, qué belleza!
El local comenzaba a llenarse cada vez más, y Mario se metió tras la
barra para echarle un cable a Abel.
Había todavía muchas canciones que Tony deseaba pinchar para
ella, pero cuando vio que dos gilipollas se acercaban demasiado y
empezaban a mirarla con ojos de cordero degollado, decidió poner la última
y acabar la sesión. Eligió It must be love de Madness. Le hizo un gesto a
Miguel, que no tardó en llegar a relevarle.
—¿Puedo poner ya música normal? —le preguntó este de broma.
—No. Pon algo pausado que quiero bailar agarradito, anda. —Le
dijo con complicidad.
Abandonó la cabina y se dirigió a Anna, que le recibió sonriente.
Se fundieron en un beso tierno que espantó a los dos tipos que
trataban de acercarse desde hacía unos minutos.
—¿Qué tal? —le preguntó él.
—Perfecto.
—¿Lo tienes claro?
Frunció la nariz, confusa.
—No entiendo.
—¿Tienes claro lo que siento por ti?
El corazón le iba muy deprisa y sentía que la piel le ardía. Pese a
que la gente los rodeaba, tenía la tonta impresión de que no había nadie más
cerca.
—Yo sé ya —contestó ella con tono directo.
Miguel aprovechó ese momento para poner una canción romántica,
tal y como le había pedido. Era Take my breath away de Berlin. Tony giró la
cara hacia la cabina y le dio las gracias con un gesto.
—¿Pagas a pincha para esta canción? —le preguntó ella con ironía.
—Me sale gratis porque somos amigos.
Ambos se abrazaron y se dejaron llevar por la música, moviéndose
al unísono. Él cerró los ojos y apoyó la frente en la de ella. Iba a decirle lo
que nunca le había dicho a nadie. Abrió la boca para pronunciar las palabras
que llevaba tiempo guardándose dentro…
—Tony, yo… te quiero.
La voz ronca de ella le dejó descolocado.
—Mierda —farfulló.
Le miró consternada.
—Yo te quiero y tú dices mierda. Eso no esperaba.
Él se rio y bajó la cabeza hasta apoyar la frente en su hombro.
—Perdona. Iba a decírtelo yo primero y te has adelantado.
—Tú ya dices con canciones. Muy romántico. Muy dulce.
Sintió que se ponía un poco colorado y que una desacostumbrada
timidez le sobrevenía.
—Eh… ¿Te ha gustado? —carraspeó.
—Muchísimo.
La abrazó y siguieron bailando. A decir verdad, no se movían del
sitio, solo se mecían.
De pronto, recordó la curiosa reacción de Mario al hablar con ella.
—¿De qué hablabas antes con Mario?
—Bromea conmigo y dice que tú tienes colita pequeña. Polla —se
corrigió.
¡Menudo cabronazo! Luego le diría cuatro cosas.
—¿Qué le has dicho?
—Que yo no sé porque estoy virgen.
Tony se echó a reír. Ahora entendía la cara de estupefacción de su
jefe. Le estaba bien empleado por capullo.
Anna era fantástica.
Después de eso, bebieron algunas cervezas más, bailaron y
hablaron. También rieron mucho. Y cuando la gente empezó a abandonar el
local, ellos siguieron allí, en su pequeña burbuja, disfrutando de la música.
Eran ya las cinco de la mañana cuando Miguel puso la última
canción.
Era 99 Luftballons de Nena.
Era obvio que lo hizo en honor a Anna porque eligió la versión en
alemán.
—¡Oh! —exclamó esta—. ¡Me encanta!
Se bajó del taburete como un torbellino y comenzó a bailar y a
cantar, en un Sacrilegio vacío, con las luces encendidas que mostraban
todos los desperfectos del lugar que solían estar ocultos por la penumbra.
Solo los cuatro hombres fueron testigos de ese arranque de vitalidad y de su
vibrante forma de bailar. Saltaba sin mirar a nadie en particular, embebida
solo en la canción, con la melena volando en todas direcciones y las largas
piernas girando, hasta que llegó la última estrofa, que era lenta, y se acercó
a él para cantarla a escasos centímetros de su boca. Las últimas notas
bajaron de intensidad y llegó el silencio.
Tony estaba completamente abducido. Iba a besarla, pero unos
fuertes aplausos le sacaron de su trance y tuvo que pestañear para ser
consciente de dónde se encontraba.
—Límpiate —gritó Mario—, que se te cae la baba.
Resopló, pero era la pura realidad.
Anna dio las gracias a Miguel e hizo una reverencia a Mario y Abel
sin modestia alguna.
Cuando se despidieron, Mario no quiso cobrarles las consumiciones.
Hubo abrazos, apretones de manos y algunos piropos para Anna. Todavía
era de noche y la temperatura había bajado unos grados. Las calles, a
excepción de algunos chavales que buscaban el siguiente pub que no
hubiese cerrado todavía, estaban desiertas.
Sin saber muy bien por qué, echaron a correr de la mano. Quizá para
entrar en calor o porque estaban llenos de adrenalina. Se rieron en voz baja
cuando alcanzaron el vehículo.
—¿Tienes frío?
—Un poco —admitió ella.
—¿Has traído un pantalón largo?
—Tengo en mochila.
—Puedes cambiarte en el coche. Yo tengo una chupa vaquera que
puedo dejarte.
—¿Chupa?
Su cara mostraba una expresión tan singular que Tony contuvo la
risa.
—Es una cazadora.
—Oh.
Cogieron las mochilas del maletero y entraron al coche. Mientras
Anna se pasaba al asiento de atrás para quitarse los vaqueros cortos y
cambiarlos por unas mallas negras, él no pudo dejar de mirarla por el espejo
retrovisor. Sus kilométricas y morenas piernas acababan en unas braguitas
de color blanco.
Tenía tantas ganas de ella que le dolía el estómago.
Al mismo tiempo, notaba que la tristeza se le iba expandiendo por el
cuerpo.
La quería.
Y ella le quería a él.
¿Qué iban a hacer ahora?
—Estoy. —Ella regresó a su asiento y le dio un beso breve en la
mejilla antes de acomodarse—. ¿Vamos tu casa?
Tony meneó la cabeza.
—Vamos a empalmar.
—¿Empalmar?
—Sí, es cuando no se duerme en toda la noche, entonces un día se
junta con el otro.
—Creo que no hay palabra en alemán. —Hizo una pausa y le miró
—. Pero si no dormimos, es peligroso ir a Benidorm. Tú muy cansado.
—¿Sabes conducir?
—Sí.
—Pues conducimos los dos.
—Bien.
—¿Qué tal conduces?
Ella entrecerró los ojos como si la pregunta fuera ofensiva.
—Soy Niki Lauda.
Tony rio. Lauda era un famoso corredor austriaco de Fórmula 1, ya
retirado.
—Perfecto, Niki.
Puso el coche en marcha y se internó de nuevo en las callejuelas del
centro. No vieron a nadie, solo se cruzaron con el camión de la basura
cuando atravesaban la Gran Vía.
—¿Dónde vamos? —preguntó ella.
—Es secreto.
—Pfff… —rezongó y se removió inquieta en el asiento, sin poder
controlar la impaciencia.
Tony sonrió.
Aquel día tan perfecto y maravilloso solo podía terminar de una
manera: siendo todavía más perfecto y maravilloso.
Cuando entraron en la estrecha calle de Bordadores, el empedrado
de la calzada hizo temblar tanto al Seat, que parecía que fuera a
desmontarse en pedazos, pero pronto llegaron a su destino. Tony aparcó
frente a la parroquia de San Ginés. Luego rebuscó en su mochila y sacó la
cazadora vaquera.
—Vamos —dijo y le tendió la prenda.
Ella se mostró desconcertada, pero le siguió. Se puso la chaqueta,
que le quedaba algo grande, y miró alrededor. Era noche cerrada y solo dos
farolas iluminaban la desierta calle.
Él la condujo hasta la esquina. La rodearon. Al fondo del pequeño
callejón, la famosa chocolatería de San Ginés apareció ante sus ojos.
—¿Chocolate? —preguntó ella asombrada.
—Sí. Vamos a tomar chocolate con churros.
Entraron en el establecimiento de suelos claros y paredes verdes con
espejos, que nunca cerraba. Las mesas de mármol blanco y pies de hierro
eran las de siempre. Tony hacía tiempo que no iba por allí, pero durante
unos años de su vida, en la época en la que salía por el centro, ese había
sido el lugar en el que terminaba de madrugada, antes de largarse a casa a
dormir.
Solo una de las mesas estaba ocupada por un grupo de chavales
trasnochadores un poco bulliciosos. Ellos se sentaron en una más alejada.
Pidieron chocolate y una docena de churros. Anna estaba muy
contenta. Era su primera vez tomando un chocolate tan espeso, confesó. Y
los churos, como ella los llamaba, le encantaron.
Tony la contemplaba con expresión risueña. No era la misma chica
que había conocido hacía un par de meses. La chica que tenía delante no
paraba de sonreír.
—¿Por qué no llevas tu casa? —preguntó ella.
—Porque mi casa es un agujero —admitió—. No es un sitio para ti.
—Tu casa macarra y yo pija —dijo con toda naturalidad antes de
llevarse la taza de chocolate a la boca.
—Algo así. —No quería hablar del tema, así que lo cambió—. Hay
otro sitio donde quiero llevarte antes de volver a Benidorm.
Ella extendió la mano por encima de la mesa y entrelazó los dedos
con los suyos. Le contempló con intensidad y cara de confidencias.
—Dime —ronroneó él.
—¿Puedo comer tu último churo?
Él abrió la boca y terminó riéndose entre dientes. Luego le tendió el
plato.
Cuando abandonaron la chocolatería, ella iba protestando porque
decía que había comido demasiado. Y él se burló comentándole que parecía
embarazada de cinco meses.
El reloj del salpicadero marcaba las siete menos cuarto de la mañana
cuando se acomodaron dentro del coche. Todavía tenían tiempo de sobra
para llegar al lugar al que quería llevarla. En septiembre amanecía cerca de
las siete y media o incluso más tarde.
Ella se recostó en el asiento y cerró los ojos mientras él arrancaba y
se adentraba de nuevo en las calles oscuras del viejo Madrid. La miró de
soslayo antes de poner la radio a un volumen muy bajito por si acaso ella
dormía.
Pese a ser muy temprano, la capital comenzaba a despertar. Era
lunes, once de septiembre, y las vacaciones habían terminado para casi
todos los habitantes de la gran urbe. Los madrileños más madrugadores se
ponían en marcha para dirigirse a su puesto de trabajo. Aun así, Tony no
encontró mucho tráfico en el camino hacia el sur, hacia el Puente de
Vallecas.
Solo había estado una vez allí, hacía un año y medio, poco después
de que inauguraran el parque del Cerro del Tío Pío y el mirador, desde el
que se podían contemplar las mejores vistas de Madrid. Y quería que ella
viera la ciudad al amanecer.
Era el último regalo que podía hacerle.
Aparcó sin dificultad en la misma calle que llevaba al cerro y se
inclinó sobre ella.
Anna abrió los ojos.
—¿Vas a dar beso?
—¿No dormías?
—No. Escuchaba. Tú cantas un poco. Tu voz es especial.
La besó, con el corazón henchido de la felicidad más absoluta. Sabía
a chocolate.
—Vamos.
Bajaron del coche y echaron a andar. Solo una farola iluminaba
precariamente el camino, pero cuando ascendieron la pendiente de hierba ya
no había más luces. Notó que ella se estremecía pese a llevar la cazadora, y
la abrazó.
—¿No estás frío?
Él negó. Solo llevaba la camiseta de manga corta, pero estaba
genial. Quizá era la sensación de estar junto a ella, porque se notaba
eufórico, acalorado incluso.
—Este es el Cerro del Tío Pío, pero la gente lo llama Las Siete
Tetas.
—¿Tetas?
No había mucha luz para distinguir sus facciones, pero su tono era
de perplejidad.
—Son siete colinas con forma de teta —se rio él.
Cuando tomaron asiento en uno de los cerros, la ciudad oscura y
llena de puntitos de luz se desplegó a sus pies. El cielo mostraba un color
azul apagado, un poco más claro que las nubes que destacaban en él.
Tony encendió un cigarrillo y lo compartieron, fumando en silencio.
—Es lugar muy bonito.
—Pues espera a ver el amanecer.
Se dieron la mano y aguardaron juntos.
Una claridad en tonos malvas y violetas comenzó a reflejarse en las
nubes. Pronto, una tonalidad anaranjada la acompañó. Según transcurrían
los minutos, los edificios se vistieron de varios colores. Y el amarillo
despuntó por la derecha, haciendo que la hierba sobre la que estaban
sentados brillase. Su resplandor se reflejó en algunas ventanas, cegándolos
brevemente. Tintes azules se apoderaron del cielo mientras las esponjosas
nubes no dejaban escapar los matices ambarinos.
Era un espectáculo digno de ver.
—Es mejor día de mi vida —musitó ella.
La miró. La brisa le acariciaba el pelo y su rostro resplandecía como
el oro.
Se enamoró de ella cien veces más.
—Anna, no quiero que te vayas —le confesó en voz baja—. No
quiero separarme de ti.
Sabía que pedía mucho. Y que no estaba siendo justo, mas no pudo
evitar pronunciar esa frase.
Ella le miró con los ojos acuosos. Estaba seria y muy silenciosa.
Bajó los párpados y una lágrima rodó por su mejilla.
Él la abrazó.
CAPÍTULO DOCE
Anna
Era la tercera lágrima que caía sobre la ropa que tenía extendida en la cama.
Se limpió la mejilla con furia. Ella no solía llorar y ahora no podía dejar de
hacerlo. Jamás había sentido una tristeza semejante.
Era la última noche con Tony.
La mente de Anna se empeñaba en contar las horas que faltaban
para la despedida.
Y cada vez que pensaba en ello, se rompía por dentro.
Habían transcurrido tres días desde el viaje a Madrid. Ya el camino
de regreso a Benidorm fue extraño. Ambos se habían sumido en el silencio
y ni siquiera la radio y las canciones que conocían consiguieron penetrar en
esa nube de melancolía que los envolvía. De vez en cuando se sonreían,
pero había una pátina de angustia en los ojos de los dos.
No habían vuelto a sacar el tema que Tony comenzó en aquel cerro
de Madrid, pero ella no se lo podía quitar de la cabeza. Cada vez que se
abrazaban y se iban juntos a la cama, la desesperación era su guía. Se
besaban como si fuera el último beso, se acariciaban como si fuera la última
caricia y se miraban como si fuera la última mirada.
—Anna.
La voz de Silke la sobresaltó. Se dio la vuelta y miró a su amiga. Se
había arreglado para salir, con un vestido ajustado cortito de color verde y
unas sandalias negras de tacón.
—Tienes los ojos rojos. Has llorado.
—Sí —suspiró—. Parece que no puedo reprimirme.
Silke entró en la habitación y comenzó a doblar las prendas que
Anna había sacado del armario. Tenía la maleta abierta en el suelo y fue
metiendo allí la ropa.
—¿Tú ya has hecho la maleta?
—Sí.
Durante unos minutos, se emplearon en guardarlo todo sin hablar.
A Anna le vino bien que Silke estuviera con ella, así, al menos, no
rompería a llorar cada treinta segundos.
—¿Has tomado una decisión? —preguntó su amiga al cabo de un
rato, sentándose en el borde de la cama.
—He tomado quinientas mil decisiones —dijo con tono cansado—.
Solo que no sé cómo llevar a cabo ninguna.
—A lo mejor deberíais daros un tiempo. Quizá desde la distancia lo
veáis todo más claro y vuestros sentimientos no sobrevivan. No sé.
Tampoco me hagas mucho caso, ya sabes lo mal que se me dan a mí estos
temas.
Anna se dejó caer a su lado en la cama. Ella misma ya lo había
pensado. Quizá la separación pusiera las cosas en su sitio. A lo mejor dolía
al principio, pero las heridas sanarían con el tiempo y lo suyo con Tony
sería el típico amor de verano. Y solo eso.
Mas una vocecita interna le decía que aquello no sería así.
—Quizá tengas razón —suspiró, desanimada.
—O no. A lo mejor estáis destinados a estar juntos. En realidad, uno
nunca sabe por dónde le va a llevar la vida. Todo depende del riesgo que se
quiera correr. —Silke se puso de pie y comenzó a andar por la habitación—.
Yo nunca te había visto así. Eres feliz y has cambiado. Te ríes mucho y te
brillan los ojos. España te sienta bien. Tony te sienta bien.
—Lo sé —admitió—. Pero en Alemania tengo mi futuro, mi carrera,
mi familia, mis amigos, todo… No sé qué podría hacer aquí en España.
Estos meses han sido geniales porque estábamos de vacaciones. Pero la
vida es otra cosa.
—No sé, Anna. Somos muy jóvenes. Siempre puedes intentarlo, y si
sale mal, empezar de cero otra vez. Tienes el respaldo económico de tus
padres.
—Eso es lo que no quiero —dijo con sequedad—. No quiero que
mis padres me mantengan. Si hago esto, tengo que hacerlo sola.
Tony era una persona que, a pesar de sus dificultades económicas,
había sabido salir adelante sin ayuda de nadie. Si quería estar con él, no
podía ser una niña cuyos padres le pagasen todo. Si iban a estar juntos, sería
en las mismas condiciones. Eso lo tenía claro.
El timbre del portero automático rompió la tranquilidad.
—Abro y luego me voy —dijo Silke—. He quedado con Sven, pero
volveré a dormir.
Anna se miró el reloj de pulsera. Eran las once de la noche. Sabía
que Tony había tenido que pedir otro favor para poder salir antes del
trabajo. Él pobre debía horas a todos sus compañeros.
Se apresuró a ir al baño y echarse un vistazo en el espejo. Se notaba
que había llorado porque tenía los bordes de los ojos enrojecidos. Abrió el
grifo del agua fría y se refrescó, pero no tuvo mucho éxito. Se alisó la falda
del vestido y salió al pasillo. Silke estaba allí, esperándola. Le dio un abrazo
y un beso, y se fue, dejando la puerta abierta.
Solo habían pasado treinta segundos cuando Tony hizo su aparición.
Llevaba los vaqueros azules, una camiseta blanca y las eternas zapatillas
negras. También cargaba con una mochila al hombro. El pelo le había
crecido tanto que tenía un aspecto desaliñado. A ella le encantaba porque
podía hundir los dedos en los mechones y juguetear con ellos.
—Madre mía —dijo él, deteniéndose de golpe—. Te has puesto el
vestido blanco de la primera noche que te vi. ¿Qué pretendes? ¿Que me
enamore más de ti?
Anna no lo había elegido a propósito. Quizá su subconsciente
hubiese decidido por ella.
Él cerró la puerta y se acercó. Estaba muy serio. Alzó la mano y le
acunó la mejilla.
—Has llorado.
—Sí.
—Ay, Anna… No quiero verte triste. —Sus oscuros ojos se clavaron
en los de ella.
—Tú también eres triste.
—Sí —musitó—. Mucho.
Se abrazaron.
Era tan reconfortante sentir el cuerpo duro contra el suyo.
Fue Tony el primero en apartarse, carraspeando.
—Te he traído un regalo.
Le miró con sorpresa. Un pellizquito de culpa se instaló en su
interior porque no había pensado en comprarle nada. Solo tenía la cinta con
sus canciones favoritas que quería que él conservase.
—Yo no compro nada.
—Tú ya me has dado mucho, nena. No tienes ni puta idea de cuánto.
A Anna le gustaba que él tuviera la confianza de hablarle con
palabras groseras. Cuando estuvieron en Madrid, descubrió que era el modo
en que se comunicaba con sus amigos. Ella quería pertenecer a ese círculo.
Quería que le hablara de esa forma y que no fuera cortés en exceso.
—¿Quieres cerveza? —le ofreció—. Salimos terraza y tomamos.
—Perfecto. Dejo la mochila en el dormitorio y voy.
Anna fue a la cocina y sacó dos latas del frigorífico. Cogió también
una bolsa de patatas. Luego se encaminó a la terraza y encendió el farol que
había sobre la puerta corredera. Dejó las cosas en la mesa y tomó asiento en
el banco de forja adornado con cojines que había pegado a la pared.
Tony llegó poco después. Se había quitado los vaqueros y llevaba
puestos unos pantalones de deporte cortos. Iba descalzo y tenía una bolsita
blanca en la mano.
—Es tu regalo —le dijo, al tiempo que se sentaba a su lado y le
tendía el paquete.
Anna lo cogió y sacó una cajita de terciopelo rojo de la bolsa.
Estaba claro que era algún tipo de joya y el corazón le latió un poquito más
deprisa. Abrió la tapa, expectante. Sobre la tela negra del interior se
mostraban unos pendientes plateados. Eran unos aretes con adornos de
filigranas muy originales.
—Hubiera preferido que fuesen de oro, pero no me llegaba la
pasta…
Ella le calló arrojándose en sus brazos.
—¡Ay, Tony, son perfectos! —exclamó muy dichosa—. No sé qué
pasta hablas, pero me gusta mucho.
—La pasta es el dinero. Y son para disimular tus orejas salidas —
continuó él con tono un poco burlón.
Ella rio entre dientes.
—Es un regalo tan bueno. Pongo ahora mismo. Ayuda.
Le tendió la cajita. Él tomó los aros y, con un cuidado infinito, se los
puso. Luego le colocó el pelo detrás de las orejas y la observó complacido.
—Estás increíble —la elogió.
De pronto, ella tuvo una idea.
—¡Espera!
Se levantó corriendo y se fue al dormitorio. Rebuscó en el joyero de
viaje hasta que encontró lo que buscaba. Luego regresó junto a él.
—Yo tengo un pendiente para ti —dijo mientras extendía la palma
de la mano y le mostraba el arito.
—Ostras, pero es de oro y seguro que te ha costado una fortuna. Y si
me lo das, rompes la pareja…
—Calla. No protesta.
Tony refunfuñó.
—Eres muy mandona.
Le ignoró y se sentó a horcajadas sobre su regazo. Esa noche, él no
llevaba ningún pendiente y su agujero estaba libre. Le puso el aro y se
apartó para admirar cómo quedaba en su oreja. Era pequeño y discreto.
—Es muy bien para ti.
—Gracias.
—Ahora yo llevo tu regalo y tú mío. —Le abrazó.
Sentía que encajaba perfectamente en sus brazos. Sus caderas se
acoplaban a las de él y el hueco de su cuello era ideal para que ella apoyara
la cabeza. Además, sus respiraciones marchaban al unísono de manera que
sus torsos se movían a la par.
Se sentía como una privilegiada.
Se mantuvieron así un rato, hasta que ella se irguió y alargó las
manos para coger las latas de cerveza. Le tendió una e intentó bajarse de su
regazo.
—No. Quédate —le pidió él.
—Pero no ves el mar. Estoy delante.
—El mar me importa un carajo. Prefiero verte a ti. Tú eres mejor
que cien océanos juntos.
El corazón le dio un saltito.
—Eres romántico.
—Muchísimo. Espera… —Se quedó pensativo—. Tus ojos azules
brillan como los faros de un coche. Tu pelo rubio parece paja. Y tus labios
gruesos son como salchichas de Frankfurt —concluyó con gracia.
Ella se echó a reír. Adoraba sus tonterías.
—Pero yo quiero ver mar contigo y abrazados.
—Si me lo pides así… —A regañadientes, la soltó.
Ella se sentó junto a él y se acurrucó contra su costado.
Bebieron tranquilamente y fumaron un cigarrillo compartido
mientras disfrutaban de la quietud que se respiraba en el ambiente. Las
aguas negras del mar Mediterráneo se balanceaban en la distancia.
—Nunca he conocido a nadie como tú —comenzó él en voz muy
baja—. Desde el primer día sentí que había algo único entre nosotros. Al
principio, pensé que solo era atracción sexual, pero rápidamente me
convencí de que había mucho más. Contigo puedo hablar de cualquier cosa,
tú me escuchas y, aunque no compartas mi opinión, intentas entenderme. Y
veo cómo me miras y creo que nunca me habían mirado así, Anna. Me
miras con admiración, como si yo fuera alguien grande e importante. —
Hizo una pausa y le dio una larga calada al cigarro—. Anna, nunca he sido
importante para nadie. Ni siquiera para mí mismo. Soy un tipo bastante
mediocre, que no se ha molestado en estudiar o en aprender nada. Me he
limitado a sobrevivir… —suspiró—. Y de pronto llegas tú con tu forma de
ser tan sincera y abierta, y tu modo de comportarte conmigo, y me haces
sentir como si fuera un gigante, como si pudiese conseguir cualquier cosa
que me propusiera. Me veo a través de tus ojos y veo a un hombre genial,
que tiene sueños, que piensa en sentar la cabeza y en tener una familia… —
Soltó una risa ligera—. Antes de conocerte no esperaba demasiado de la
vida. Ahora lo quiero todo, Anna.
Ella le escuchó muy silenciosa. No había entendido todas las
palabras, pero sí el mensaje y la carga de sentimientos. Y estaba atónita.
Siempre le había mirado con admiración porque le parecía
formidable. Porque pensaba que era valiente e independiente y la persona
más optimista del mundo. Había conseguido que ella fuera feliz y riese. Él
no tenía ni idea de lo gris que era su vida en Alemania. De lo gris que era
ella misma. Tony había conseguido borrar esos tonos opacos que la
caracterizaban y convertirla en una paleta de infinitas tonalidades. ¿Acaso
no se daba cuenta de lo poderoso que era? Alguien que podía teñir una vida
de color era una persona excepcional, sin duda. ¿Cómo era posible que
dudase de su propia importancia?
Entrelazó los dedos con los suyos. Estaba a punto de echarse a
llorar.
—No puedo hablar bien como tú, pero digo mi pensamiento, Tony.
Pienso eres grande y excepcional. Valiente. Antes de conocer, yo era más
diferente, más oscura y no rio tanto. Y tú llegas y vienes con luz. Tú
iluminas y yo no soy gris nunca más. Yo quiero estar contigo siempre
porque eres hombre perfecto para mí y muy importante —se detuvo y gimió
frustrada—. Mi español no suficiente para decir todo. Eres increíble, Tony.
Yo quiero hogar contigo.
Le miró a los ojos y vio que brillaban por lágrimas no derramadas.
Ella también notaba un velo de humedad cubriendo los suyos.
Él le pasó el brazo por encima de los hombros y la atrajo hacia su
cuerpo.
—Puedo ir a Hamburgo —dijo con urgencia cerca de su oído—.
Seguro que aprendo alemán rápido. Trabajaré de lo que sea.
—No imagino tú en Alemania. Tú eres sol y calor, y Alemania es
frío y triste.
—Anna, yo puedo ser cualquier cosa si estoy contigo. —Le besó la
sien.
—Creo que mejor yo vengo a España.
—Tú tienes allí tu vida y tus estudios.
Hubo una larga pausa, solo interrumpida por el sonido de las olas
del mar a lo lejos.
—No vuelvo a universidad. Odio Jura —dijo al fin con mucha
contundencia.
Ella no tenía madera de abogado y llevaba un tiempo dándole
vueltas a dejar la carrera. Conocer a Tony fue solo el último empujoncito
que necesitaba para hacerlo.
—¿Qué vas a hacer, entonces?
—No lo sé.
Él le giró la cara con la mano hasta que sus miradas se encontraron.
—Quédate y yo trabajaré para los dos —propuso en tono ronco—.
Sé que estás acostumbrada a otro nivel de vida, pero haré lo imposible para
que estés bien. Te lo prometo.
Ella le echó los brazos al cuello y apoyó la frente en su hombro para
que él no viera que sus ojos habían perdido la batalla y las lágrimas
brotaban de ellos.
—No. Si estamos juntos, trabajamos los dos. Somos iguales. Yo
quiero vivir aquí, contigo, pero iguales.
Permanecieron abrazados un rato en silencio.
La mente de Anna trabajaba a toda velocidad. Quizá podía quedarse
unos días más en España y tratar de buscar algún trabajo. Quizá podía
llamar a sus padres para decirles que prorrogaba las vacaciones y pedirles
más dinero…
No.
Se engañaba a sí misma.
Por mucho que le doliera separarse de Tony, ella no era ese tipo de
persona. Tenía que enfrentarse a su familia cara a cara y comunicarles su
decisión. Les diría que quería dejar la universidad y mudarse a España.
Sabía que su madre la apoyaría. A lo mejor su padre era más reticente, pero
tampoco la abandonaría. Sus padres la querían y contaba con el apoyo de
Rudi. En Holger no quería ni pensar.
Como si Tony le hubiera leído el pensamiento, se apartó de ella.
Estaba muy serio.
—Creo que lo mejor es que vuelvas a Hamburgo y hables con tu
familia. Es una decisión muy importante, Anna. Es tu futuro.
Ella asintió. Era innegable que ambos pensaban lo mismo.
—Sí. Yo hablo con ellos. Y vuelvo pronto. Seguro puedo encontrar
trabajo aquí, en hotel. Hablo cuatro idiomas.
—Seguro que sí. No lo dudo.
A la cabeza de Anna acudieron los amigos de Tony.
—¿Tú no quieres volver a Madrid?
Él tardó en responder. Frunció un poco el ceño, pensativo.
—Madrid siempre será mi casa, pero allí no puedo ganarme la vida.
Aquí tengo un buen trabajo y me gusta la playa y el sol. Y creo que tú vas a
ser más feliz aquí, en la costa. Benidorm no está mal. A Madrid puedo ir de
visita.
—¿Y no pinchas más? ¿Y la música? —Sonaba ansiosa. Sabía lo
mucho que Tony disfrutaba con eso.
—Bueno, siempre puedo comprarme un plato para pinchar en casa y
volverte loca —dijo con humor—, y la música siempre va a estar conmigo.
Tú serás mi música a partir de ahora.
—Oh, eres cursi.
—¿Quién te ha enseñado eso? —La miró con los ojos muy abiertos.
—Elena.
—Ufff… Recuérdame que te prohíba tener ese tipo de amigas.
Ella sonrió pese a que tenía un nudo en el pecho.
—Voy a echar mucho de menos. ¿Y si olvido tu cara? —preguntó,
apenada.
—Es imposible porque soy un tipo muy atractivo y carismático, y te
llevas muchas fotos.
Ella no pudo reprimir una sonrisa aun cuando tenía los ojos llorosos.
—¿Y los besos?
—Mis besos son únicos e inolvidables.
—¿Tu voz horrible cuando cantas?
Ahora fue él quien rio.
—Cada vez que quieras escucharla, me llamas y cantaré para ti.
—¿En La Calita con trabajo?
—Abandonaré a los clientes y te cantaré Qué viva España por
teléfono.
Ella apretó los labios conteniendo una risa. Luego enterró la cara en
su cuello y aspiró fuerte.
—No quiero olvidar tu olor.
—Cuando empieces a olvidarlo, yo iré a verte a Alemania para que
puedas olerme.
—Eres un tonto, Tony.
—Soy muy tonto, Anna, pero no tan tonto como para dejar escapar a
una chica como tú. Anda, bésame —le pidió en voz queda.
Ella le agarró la cara con ambas manos y se apropió de su boca.
Se besaron con pasión, a sabiendas de que era la última noche.
—¿Nos vamos a la cama? —susurró él—. Quiero hacerte el amor
hasta que se apaguen las estrellas.
Cursi o no cursi, ella amaba que fuera así. Se le aceleró el corazón y
notó que se ruborizaba.
—Vamos.
CAPÍTULO TRECE
Tony
En el momento en que habló con sus padres y anunció que quería dejar la
carrera e irse a vivir a España, porque había conocido a alguien, su padre le
retiró la palabra. No hubo dramas ni grandes protestas, solo un silencio
pesado e incómodo. Peter Schwarz era hombre de pocas palabras y se había
limitado a mirarla con frialdad, luego se levantó, arrojó la servilleta sobre la
mesa y pronunció una frase lapidaria.
—Qué decepción.
Habían pasado veinticuatro horas de aquello y no había vuelto a
hablar con ella. Cuando se cruzaban en las escaleras de la casa, ni siquiera
le dirigía una mirada.
Anna había decidido que lo mejor era decir la verdad a su familia
cuanto antes, así que, el mismo jueves, después de aterrizar y dejar las
maletas en su piso, puso rumbo a casa de sus padres. Tenía previsto pasar
allí el fin de semana.
Tal y como esperaba, la cena del jueves fue un desastre.
Al menos, su madre tenía una actitud diferente y, tras la conmoción
inicial, estaba dispuesta a hablar con ella.
Era viernes y ambas se habían sentado a cenar en la sala. Estaban
solas y el ambiente era amigable. Su padre había llamado para decir que
llegaría tarde del trabajo. Probablemente, fuera una excusa para no coincidir
con ella.
—Holger nos ha contado que ese chico es camarero. Que no tiene
estudios ni dinero, ni nada —dijo Lisbet Schwarz muy seria.
Anna tuvo que morderse la lengua para no insultar a su hermano.
¡Maldito entrometido! Era un imbécil.
—Mencionó que estabas con alguien, pero no pensamos que pudiese
ser algo tan serio. Todo el mundo tiene amores de verano —continuó—.
Pero solo son eso, amores de verano. Luego cada uno vuelve a su vida y se
olvidan.
—Tony es diferente —dijo con firmeza.
Su madre era una mujer a la que no le gustaban los enfrentamientos.
Solía ser muy comprensiva, sobre todo con ella, pero parecía disgustada.
—Entiendo que pienses así. Acabas de despedirte de él. Espera unas
semanas y verás que todo se enfría.
—No, mamá. No se va a enfriar. Él es especial para mí. —No quería
perder la compostura, pero estaba a punto de echarse a llorar.
Lisbet dirigió la vista hacia la ventana. Estaba lloviendo afuera y el
cielo era de un feo color gris. Anna la imitó y no pudo evitar comparar la
lluvia y los colores apagados con el radiante cielo azul de Benidorm.
¡Cómo echaba de menos a Tony!
—Quizá te forzamos demasiado para que fueras a la universidad. No
creas que no me he dado cuenta de que no te gusta lo que estás estudiando.
A lo mejor, si cambiaras de carrera, serías más feliz y no tendrías esas ideas.
Ella meneó la cabeza con energía y suspiró.
—Mamá, eso podría haber funcionado antes de este verano. Pero ya
no. No después de haber conocido a Tony. Quiero irme a vivir a España.
—¿Qué vas a hacer allí? Sin estudios y sin dinero. Ya sabes que tu
padre, cuando se le mete una cosa en la cabeza, es muy obstinado. No
pienses que va a ceder y te va a dar dinero para que puedas establecerte.
—No quiero dinero. Quiero demostraros que puedo hacerlo sola y
empezar de cero con Tony —repuso.
Su madre bajó la mirada al plato. Los filetes de pollo estaban casi
intactos.
—A ver, cuéntame tus planes.
Anna carraspeó, luego se irguió en la silla y miró a su madre a los
ojos, tan azules como los suyos.
—Voy a vender mi coche. Es nuevo y sé que puedo sacar bastante
dinero —anunció—. Con lo que consiga y lo que tengo ahorrado en el
banco, puedo alquilar un apartamento en Benidorm y subsistir durante
algunos meses hasta que encuentre un trabajo. Puedo trabajar en un hotel,
estoy segura. Hablo cuatro idiomas. Y Tony también tiene trabajo. Serán
dos sueldos y viviremos bien.
Lisbet se llevó una mano a la frente y se la frotó.
—No es un mal plan —dijo al fin—. Es solo que teníamos otros
planes para ti.
—Pero eran vuestros planes, no los míos.
—Tienes que ser consciente de que tu nivel de vida no va a ser
como ahora. Olvídate de comprarte ropa de marca y de ir a cenar a sitios
caros…
—¿De verdad crees que soy tan superficial? —preguntó con tono
dolido.
—No —admitió—. No lo eres.
Después de eso hubo un silencio que se alargó hasta el infinito.
Anna intentó comer algo, pero se le había cerrado el estómago y no tenía
hambre.
—¿Y si no sale bien? —dijo su madre—. ¿Y si te vas y lo
abandonas todo por ese chico y él no es como esperabas?
—No me da miedo que pase eso, mamá —indicó con serenidad—.
Pero si pasa y Tony y yo no estamos juntos, sé que podré salir adelante yo
sola. Me gusta España. Me gusta la costa mediterránea y quiero vivir allí.
Vosotros me habéis educado para que sea independiente.
—Pero nunca te ha faltado el dinero, Anna.
—Allí tampoco me va a faltar, porque voy a conseguir un trabajo.
—Tienes todas las respuestas por lo que veo.
Anna sonrió levemente.
—Me parezco a ti. —Hizo una pausa y se puso muy seria—. Mamá,
necesito que me apoyes en esto.
Lisbet Schwarz se puso de pie y se dirigió a la ventana. Las gotas de
lluvia resbalaban por el cristal.
—A lo mejor conocemos a alguien que pueda ayudarte —dijo al
cabo de un rato.
—¿Ayudarme?
—Tenemos muchos amigos que se han retirado y viven en España y
otros que han comprado viviendas allí para cuando les llegue la hora de la
jubilación. No sé… —repuso vagamente. Luego se dio la vuelta y la miró
con fijeza—. Dos meses. Te pido que no te vayas hasta dentro de dos
meses. Si cuando llegue el momento sigues pensando igual sobre ese chico
y él también, no pondré ni una sola pega.
A Anna se le cayó el alma a los pies. ¿Dos meses? ¿Tanto tiempo sin
Tony?
—Son ocho semanas. No es tanto. Así os aseguráis de que vuestros
sentimientos son reales. Podrás mejorar tu español y eso me dará tiempo a
mí de averiguar si tenemos algún conocido que nos pueda aconsejar.
—Pero…
—Y es tiempo suficiente para demostrarle a tu padre que no es un
capricho y que vas en serio —la interrumpió.
Ella se echó atrás en la silla y miró al techo.
Esas ocho semanas se le iban a hacer eternas, pero no iba a ponerse
a su madre en contra. No quería tener problemas familiares. Quería a sus
padres y deseaba que la apoyaran.
Aguantaría, se dijo.
—Vale —aceptó. Se levantó de la mesa sin haber tocado la cena—.
¿Puedo llamar por teléfono?
—Si lo preguntas es porque va a ser conferencia.
Anna le dirigió una sonrisa.
—Anda, llama.
Echó a correr hacia la sala donde estaba el aparato y marcó el
número con el corazón dándole saltos en el pecho.
—Restaurante La Calita, buenas tardes.
Era una voz desconocida que se mezclaba con el alboroto del
ambiente. Eran las siete y media y el turno de cenas de los turistas estaría en
su apogeo.
—Hola. ¿Puedo hablar con Tony?
—Un momento.
Casi no podía aguantar la excitación.
—Si es usted un señor calvo y con bigote no me interesa —contestó
Tony con tono guasón—, pero si es usted mi novia, entonces puede hablar.
Anna rio.
—Soy novia.
—Hola, amor. ¿Cómo estás? ¿Qué tal el viaje? ¿Has hablado con tus
padres? ¿Te han llegado mis postales?
Hablaba tan rápido que casi no podía entenderle.
—Viaje bien. Hablo con mis padres. Mi madre bien. Mi padre
enfadado porque no quiero estudiar más.
—¿Está muy enfadado? ¿Tienes problemas? —Había preocupación
en su tono.
—No, no. Está todo bien. Solo es inesperado. Yo digo quiero vivir
en España. Ahora ellos necesitan tiempo para aceptar.
—¿Les has hablado de mí?
—Holger hace.
Él resopló.
—Qué majo es tu hermano —apuntó con sarcasmo—. Seguro que
les ha dicho que soy el hombre ideal para ti.
Ella rio.
—Te echo mucho de menos, Anna. Pienso en ti todo el tiempo —
continuó él en voz baja y hueca, como si estuviera tapando el auricular del
teléfono—. Estoy tan obsesionado contigo que se me ha olvidado cómo
servir mesas. Necesito que vuelvas pronto, antes de que me despidan.
Ella frunció los labios. Quería decirle lo que acababa de prometerle
a su madre, que iba a tardar dos meses en regresar a España, pero no quería
estropear la conversación.
—Todavía no sé cuándo vuelvo. Tengo cosas pendientes.
—Es difícil no tenerte. Pero tómate tu tiempo. Yo te espero
escuchando la cinta que me dejaste. Y la foto es maravillosa. Estás
espectacular.
Ella sonrió. Había sacado dos copias de esa foto porque era la mejor
de todas. Ambos parecían tan felices…
—Tony, te quiero mucho.
—Yo más, nena.
Se le arremolinaron las mariposas en el estómago. Se sentó en el
suelo y apoyó la frente en las rodillas mientras esbozaba una sonrisa boba.
—¿Envías postales? —preguntó, recordando que él lo había
mencionado.
—Todos los días. Ya he enviado dos. Seguro que las recibes pronto.
Ahora solo deseaba regresar a su piso para recoger las postales en
cuanto llegaran.
—No puedo hablar mucho. Soy en casa de mis padres.
—No te preocupes. Llámame cuando puedas, amor. Y no te olvides
de mí.
—No olvido. Nunca.
Cuando finalizó la llamada, se quedó en el suelo, procesando que
acababa de escucharle y sonriendo feliz, hasta que escuchó la cerradura de
la puerta. Debía de ser su padre que regresaba a casa. Se levantó deprisa y
esperó a que atravesara el corredor para dirigirse a la escalera y huir a su
antiguo dormitorio. No tenía ganas de enfrentarse a él y quería estar sola y
pensar en Tony.
Tal y como él le había dicho, una semana más tarde, llegaron cuatro
postales juntas. Todas ellas de Benidorm.
Ya te echo de menos y solo hace media hora que te has ido.
Tony
Todo me recuerda a ti. Estuve en el Camel y recordé la noche que bailamos. Fue una
de las mejores noches de mi vida.
Tony
TE QUIERO.
Tony
He visto un apartamento genial que está bien de precio. Cuando vengas, podemos
alquilarlo. Tiene solo un dormitorio, pero es grande y tiene piscina. Tengo ganas de que estés
aquí.
Tony
Ich liebe dich, mein Schatz. Du bist das Beste was mir je passiert ist. Ich habe ein
blödes Gesicht. Hallo! Bin Tony’s Lehrerin. Er ist nicht sehr intelligent, trotzdem finde Ich
ihn cool. Ich habe dein Bild gesehen und du bist wunderschön. Suche dir einen besseren
[18]
Mann. Hahaha!
Tony
Se había reído mucho con esa postal. Sí que era descarada la tal
Heike. Pobre Tony, estaba siendo víctima de una niña precoz.
Unos días más tarde quedó con su madre para ir de compras y
hablaron largo y tendido. Si su madre había esperado que cambiara de
opinión con respecto a Tony, se equivocaba. Seguía tan colada por él como
el primer día y no veía el momento de poder regresar a Benidorm.
Lisbet admitió que tiraba la toalla y que aceptaba su decisión. Le
confesó que había tenido largas conversaciones con su padre y que este
comenzaba a ablandarse, por lo que había organizado una cena para los tres
el fin de semana siguiente, para que pudieran hablar y solucionar las cosas.
Anna pensó que era una gran idea.
Su situación personal quedaba empañada por la que estaba
atravesando el país. Hacía más de cincuenta años que Alemania estaba
separada en dos mitades, pero desde la llegada al poder del presidente ruso,
Gorbachov, muchas cosas estaban cambiando en la Unión Soviética que
afectaban a la Alemania Oriental. El régimen comunista se desmoronaba.
En la televisión no se hablaba de otra cosa.
Ya en agosto hubo un éxodo masivo de alemanes orientales desde
Hungría hacia la Alemania Occidental mientras el gobierno miraba hacia
otro lado y la Unión Soviética no hacía nada. Posteriormente, en
septiembre, una gran cantidad de refugiados, como la amiga de Rudi,
consiguieron salir de la Alemania Oriental a través de la Embajada de
Alemania Occidental en Praga.
Según avanzaba octubre, las noticias que llegaban desde la otra
Alemania eran cada vez más esperanzadoras, pero también muy confusas.
El día dieciocho de ese mes, Erich Honecker, presidente del Consejo de
Estado de la República Democrática Alemana, que se oponía enérgicamente
a la postura aperturista de Gorbachov, renunció a su cargo.
El mundo parecía sumirse en un caos.
Quizá porque su padre estaba demasiado interesado en el tema
político y muy pendiente de lo que pudiese suceder en las próximas
semanas, la cena transcurrió en total tranquilidad. Peter Schwarz se mostró
receptivo y, aunque admitió que no era ese el futuro que hubiese querido
para ella reconoció que era una chica inteligente y madura, y que sabría
salir adelante.
Anna sabía que a su padre le había costado decirle todo aquello. No
hablaba mucho y apenas expresaba sus sentimientos, así que, tras esa
declaración, hecha con mucha seriedad, ella estuvo a punto de echarse a
llorar.
Llamó a Tony y le contó todo. Le dijo que le quería más que nunca y
que pronto regresaría. Él repitió que la echaba de menos y que la esperaría
toda la vida porque era un romántico —eso lo pronunció con mucho énfasis
—, y ella le llamó cursi.
Los dos rieron.
Las cosas no podían ir mejor.
Entonces, el día treinta y uno de octubre tuvieron lugar dos sucesos
que ella no esperaba y que podían cambiarlo todo.
El primero: recibió una postal de Tony fechada días atrás, cuyo
contenido la deprimió bastante.
Anna, La Calita cierra del veintiséis de octubre al nueve de noviembre. No puedes
llamarme allí. Voy a volver a Madrid unos días a ver a mis padres. No tienen teléfono.
Llámame el diez de noviembre al restaurante. Yo te escribiré desde Madrid. Te amo mucho.
Tony
El teléfono había sonado varias veces en todo el día y por más que rezó para
que fuera Anna en alguna de las ocasiones, no tuvo suerte. Eran ya las once
y media de la noche, estaban con el segundo turno de cenas, y comenzaba a
perder la esperanza. Pese a ser diez de noviembre, el paseo marítimo estaba
muy animado porque hacía buen tiempo y acababan de comenzar las Fiestas
Patronales de Benidorm. La gente de la localidad y alrededores acudía a
pasar allí unos días y a disfrutar del desfile de carrozas, de las romerías, de
los toros, de los conciertos y de las atracciones para los niños.
Después de los diez días de vacaciones, La Calita había abierto justo
cuando empezaba la algarabía para poder aprovechar el tirón de las Fiestas.
La televisión llevaba todo el día emitiendo imágenes de la caída del
muro de Berlín de la noche anterior, y él no podía dejar de mirar la pantalla.
Sabía que era un estúpido y que Anna no estaba en Berlín, pero cada vez
que salía alguna chica rubia, el corazón le daba un salto.
En cuanto pudo escaquearse a la parte trasera a fumar un cigarro, se
fue. Se apoyó en la pared del callejón y echó un vistazo al montón de
colillas que se acumulaban en el suelo, cerca de sus pies. La mayoría le
pertenecían a él y eran todas de ese día.
Estaba muy ansioso y no podía dejar de fumar.
Demasiado tiempo sin saber nada de Anna y cargado de
incertidumbre. El cierre del restaurante le había pillado desprevenido. Los
demás sabían que el dueño solía darles vacaciones antes de las Fiestas, pero
a él nadie le había dicho nada. Y fue sin previo aviso, un escueto: mañana
no vengáis porque cerramos. Todos se alegraron, excepto Tony. Dependía
demasiado de ese puñetero teléfono y de las llamadas de Anna.
¿Qué cojones podía hacer?
Le escribió una postal comunicándoselo y se fue a la capital, porque
en Benidorm, sin trabajo y sin Anna, sentía que no pintaba nada.
Madrid le resultó decepcionante e insulsa, algo que no le había
sucedido nunca. El piso de Carabanchel era una pocilga y sus dos colegas,
aprovechando que iba a estar mucho tiempo fuera, habían subarrendado el
cuarto a otro chico. En el fondo, casi se lo agradeció porque no tenía ganas
de volver a ese cuchitril.
Recogió el resto de sus pertenencias que habían apilado en el
lavadero dentro de bolsas de basura, y se largó a casa de sus padres.
El hogar de su infancia tampoco era mucho mejor, la verdad, pero
estaba limpio y al menos era la casa donde se había criado. Se ubicaba en el
barrio de Entrevías —famoso por el trapicheo, los hurtos y los asaltos— y
era muy viejo. Un cuarto sin ascensor de un único dormitorio que sus
padres habían adquirido hacía muchísimos años. Su madre tuvo la polio de
pequeña y no podía andar sin bastón porque tenía una pierna mal, por lo que
nunca había trabajado, así que subsistían con el sueldo de albañil de su
padre. En cuanto Tony se dio cuenta de que era más una carga que una
bendición para ellos, se largó de casa.
Dejó el coche en el taller del Miguel. Así le llamaba todo el mundo,
Tony incluido. Había mamado esa forma de hablar desde pequeño y no
hubiese podido referirse a él de otra manera, sin el artículo delante del
nombre. Era un antiguo compañero de colegio y se alegró de saludarle. Al
Seat no le pasaba nada, pero no quería aparcar en la calle y que le robaran
las ruedas y la radio. Por un módico precio, el Miguel cuidaba de los coches
de sus colegas y los encerraba en el taller.
Antonio Alba y Pepa Aguilar le recibieron con los brazos abiertos.
Hacía meses que no le veían y estaban entusiasmados. Le pasearon por todo
el barrio, presumiendo de hijo ante los vecinos. Su madre le preparó la
cama plegable que salía del mueble del salón y guisó pollo con patatas.
El domingo veintinueve de octubre se celebraron las elecciones
generales. Felipe González, el actual presidente del Gobierno, las había
adelantado nueve meses, algo que a Tony le pilló de sorpresa. No se había
enterado porque no le interesaba la política y no veía las noticias.
Acompañó a sus padres al colegio electoral, pero se quedó fuera mientras
ellos votaban. No se sentía ligado a ningún partido y pensaba que todos
eran iguales, así que se abstuvo. Esa misma noche se enteraron de que el
PSOE había vuelto a ganar por mayoría absoluta. Mientras sus padres lo
celebraban, él se fue a dar una vuelta por el barrio, con los cascos puestos,
escuchando la cinta de Anna.
En los días que siguieron, trabajó mucho en casa. Cambió enchufes,
arregló un armario de la cocina, sustituyó tres baldosas del suelo del baño
que estaban rotas, encoló las sillas del salón y pintó la barandilla de la
terraza. Eran pequeñas chapuzas que su padre no hacía por falta de tiempo y
de dinero, no por vaguería.
Mientras compartían comida y cena, hablaban de todo, de la
decadencia del barrio, de que cada vez estaba peor, de que había jeringuillas
en los parques y nadie hacía nada, de que Pepa ya no se atrevía a salir a la
calle sola cuando oscurecía. Y Antonio le dijo que contaba los días que le
faltaban para jubilarse, que le dolían los huesos y que cada vez le costaba
más subirse al andamio.
Tony les habló de Anna, les enseñó su foto y les dijo que tenía
previsto quedarse en Benidorm. Que en cuanto tuviera un piso decente, los
llevaría para que fuesen a la playa por primera vez en su vida. Luego les dio
parte de su último sueldo y su madre acabó llorando. Su padre era más
duro, pero también se le aguaron los ojos. No era la primera vez que les
mandaba algún dinero, pero esa vez fue generoso. Había pensado en
ahorrarlo todo para empezar una nueva vida con Anna, pero no podía ver a
sus padres en la miseria.
No salió mucho.
Lo hizo una tarde para tomarse unas cervezas con tres amigos de
toda la vida, el Rafita, el Carlos y el Edu, pero rápidamente se dio cuenta de
lo que pasaba con ellos. No trabajaban y estaban enganchados al caballo. Le
hablaban todo el tiempo como si fuera un auténtico triunfador y todos
soñaban en ser como él, en salir del barrio y trabajar en la playa. El
problema era el dinero, decían. No había curro. Le gorronearon todo el
tabaco y la ronda de cañas la pagó también, porque toda la pasta que ellos
tenían ya tenía nombre y dueño. En cuanto oscureció, se largaron a pillar
algo.
Los vio alejarse y se preguntó si él habría terminado igual si se
hubiera quedado allí.
Probablemente.
Pasaba mucho tiempo en el balcón, fumando y pensando en Anna.
Habían transcurrido casi dos meses desde que ella se fue y todas las
llamadas y las postales eran un pobre sustituto de su persona.
Comenzaba a desesperarse.
Ella le había dicho que iba a regresar a España. ¿Qué demonios la
retenía en Alemania? Sabía que le había prometido a su madre quedarse
unas semanas con ella, pero ya estaba bien, ¿no?
La necesitaba.
La foto que tenía de los dos estaba tan manoseada que empezaba a
perder el color y había escuchado su cinta tantas veces que era capaz de
cantar las canciones, aun sin entenderlas.
Tenía días muy malos, en los que pensaba que ella no iba a volver,
que se había dado cuenta de quién era él en realidad: un pobre camarero sin
un duro, cuyas únicas posesiones eran un coche de mierda y muchos
sueños.
Otros días se burlaba de esos pensamientos negativos y el
optimismo le embargaba. Pensaba en un futuro común. En la familia que
formarían y lo felices que serían.
Esos eran los mejores días.
Hasta su madre le decía que estaba más guapo cuando sonreía.
Le escribió dos postales mientras estaba en Madrid.
Estoy en Madrid y esta ciudad ya no me gusta ni me llena. Quiero volver a
Benidorm y disfrutar de ese cielo azul contigo. Te quiero cada día más, rubia. No te olvides
de mí.
Tony
Los días se me hacen eternos. Solo quiero estar a tu lado y poder besarte y
[19]
abrazarte. Du bist die Frau meines Lebens .
Tony
Tony y Anna
Anna observaba a Tony desde hacía un rato. Estaba haciendo payasadas con
Mía, su nieta. Tal y como había hecho con sus cuatro hijos, le había metido
a la niña en la cabeza que la única música que merecía la pena era la de los
años ochenta, y la tenía bailando canciones de los Burning.
La pequeña se prestaba a todo y se sabía de memoria muchas
canciones. Una de sus preferidas, por supuesto, era Mi agüita amarilla, y
cada vez que se la cantaba a Tony, a este se le caía la baba y le daba
bombones y caramelos, a escondidas de Lukas, el padre de la niña.
Daba igual que Tony hubiera cumplido ya los cincuenta y ocho
años, seguía siendo el mismo de siempre. No había cambiado ni su estilo ni
su forma de ser. Ni siquiera se podía decir que hubiese sentado la cabeza
después de cuatro hijos. No. Tony Alba era igual que cuando ella le
conoció. Tenía algunas canas en el pelo y en la barba, y arrugas en torno a
los ojos de tanto sonreír, pero eso era todo. No había perdido ni un ápice de
su atractivo. Bailaba, caminaba y se movía igual, con toda esa sensualidad
que a ella siempre le había cautivado.
Suspiró mientras le recorría el cuerpo con la mirada. Solo llevaba un
bañador negro, y el torso moreno con el vello que lo cubría y los
musculosos brazos hacían que el estómago le diera saltitos.
Sí. Después de treinta y tres años juntos seguía colada por él.
Satisfecha, recorrió el jardín con la vista, recreándose en cada uno
de sus hijos y sus parejas, y pensando en la suerte que habían tenido en la
vida. Los comienzos fueron muy duros y tuvieron que trabajar arduamente.
No esperaban tener hijos tan pronto, pero cuando llegaron, siguieron
adelante como pudieron. Diego fue el primero, pero al año siguiente nació
Jorge —sí, el maldito Tony se había empeñado en ponerle ese nombre que
ella seguía pronunciando mal—, luego llegó Erika y, cuatro años después,
Lukas, el benjamín.
A regañadientes, tuvieron que aceptar la ayuda de los padres de ella
para poder hacerse con la imprenta, pero les devolvieron el dinero en cuanto
pudieron. Los Winkel, incluso después de la jubilación, se pasaban por el
negocio con frecuencia para ayudarlos, hasta que el marido falleció y
Simone regresó a Alemania.
Tardaron un tiempo en conseguir pagar sus deudas, pero a pesar de
las dificultades iniciales, Anna recordaba esos años con mucha felicidad.
Los cuatro niños se habían criado en la imprenta, correteando entre las
máquinas mientras Tony y ella trabajaban mañana y tarde.
Gracias a Dios, no había ninguna imprenta cercana y todos los
habitantes del pueblo y de otros lugares acudían a ellos. Imprimían cartas de
restaurantes, panfletos, folletos de vacaciones, tarjetas de visita,
invitaciones y etiquetas comerciales. También encuadernaban libros, hacían
sellos de caucho artesanales y rotulaban automóviles, barcos y escaparates.
Le cambiaron el nombre al local y lo llamaron Imprenta El Horizonte. Y
según pasaron los años, fueron adquiriendo máquinas más potentes y
modernas y ordenadores de última generación. El negocio floreció tanto que
les permitió mudarse a un piso más grande, y luego a una casita, y
finalmente al chalet con piscina a las afueras de Benidorm, donde vivían en
la actualidad.
Ahora que todos sus hijos se habían independizado, la casa era
grande para los dos y habían hablado de venderla y trasladarse a un piso
más pequeño, pero sabían que echarían de menos las reuniones familiares.
Era en el chalet donde se juntaba la familia los domingos por la tarde —
sobre todo en los meses de verano— para pasar un buen rato escuchando
música, comiendo, bebiendo y dándose un chapuzón en la piscina. Hacía
años que Tony había construido una plataforma de madera, que colocó en
un extremo del jardín y que servía como escenario. E incluso instaló un
equipo de música profesional para poder cantar y hacer karaoke.
Tony y sus ideas.
Todo empezó siendo un juego y terminó convirtiéndose en una
tradición.
Anna soltó una risa al ver a Mía imitar a su abuelo. Era una niña
muy despierta y habladora. Y era la consentida de todos. Tenía solo cuatro
años, pero sabía cómo meterse a cualquiera de los Alba en el bolsillo.
Jamás pensó en ser abuela tan joven. Se miraba al espejo y seguía
viéndose como la chica de veintidós años que llegó a Benidorm aquel
verano de finales de los ochenta. Tenía un buen cutis y todavía usaba la
misma talla de ropa, pese a los embarazos. Alguna canilla le había salido en
el pelo y finas telas de araña le adornaban el contorno de los ojos, pero no
parecía una abuela en absoluto. Sin embargo, sí que se sentía como una. El
amor que sentía por Mía era intenso y profundo, pero muy diferente al que
sintió por sus hijos cuando nacieron. La primera vez que tuvo a Mía en
brazos se le derritió el corazón de emoción, pero era una emoción sin esa
preocupación que iba pareja a la felicidad de tener un hijo propio.
Vio que Diego se acercaba a la plataforma donde Tony y Mía hacían
el tonto y cogía a la niña en brazos para llevarla a la piscina. De todos sus
hijos, Diego era el que más se asemejaba a ella en carácter. Los demás
habían salido a Tony, tan bromistas y guasones como él. Pero su
primogénito era sereno y tranquilo y se tomaba la vida con menos
sobresaltos. Jamás pronunciaría en voz alta que tenía predilección por él,
pero así era. Su Diego, tan fuerte y vulnerable al mismo tiempo.
Llevaba años con Iván, pero no se habían casado hasta el año
anterior. Iván, pese a no pertenecer a la familia, era como un hijo más. Era
el mejor amigo de Lukas desde el colegio y tenía una familia bastante
disfuncional, así que se había criado con los Alba.
Fue una sorpresa descubrir que estaban enamorados, pero Anna y
Tony se alegraron mucho por ellos. Estaban hechos el uno para el otro.
—Mamá, estás muy sola aquí. —Su hija la sobresaltó.
Giró la cabeza y vio que Erika se había sentado en una silla a su
lado. Eran como dos gotas de agua, rubias, con los ojos azules y alguna que
otra peca sobre la nariz. Algunas personas incluso las confundían de lejos.
—Finjo enfado —murmuró después de darle un trago al licor de
hierbas.
—¿Por qué? —le preguntó mientras cogía una botella de agua de la
mesa.
—Para que tu padre cambie la música.
A Erika le entró la risa.
—Puedes estar enfadada siglos, entonces.
—Es la segunda vez que pone el mismo CD —protestó.
Estaba sonando Mueve tus caderas de los Burning.
—¡Papá! —gritó Erika—. Como no cambies de música, mamá se va
con otro.
Tony levantó la barbilla y las miró. Había estado rebuscando en la
caja de CDs.
—Tu madre no puede irse con otro porque yo soy el más atractivo
de la fiesta. Los demás no valen nada.
Anna puso los ojos en blanco.
Él le lanzó un beso.
—¡No es verdad! —gritó Erika—. Mi hombre es espectacular.
—Un crío —farfulló Tony.
Desde el borde de la piscina, Félix, su marido, se rio
estruendosamente. Con más de cuarenta años, difícilmente se le podía
considerar un crío.
—Esos celos, Tony —le reprendió Anna con una sonrisa.
—¡Ja! Celos, yo… —rezongó, y siguió buscando en la caja.
Erika se incorporó y se dirigió hacia la piscina. Abrazó a Félix por
detrás y le dio un beso en el omoplato antes de pegarle un empujón para que
cayera al agua. Jorge y Juls, que estaban hablando con él, se alejaron
deprisa antes de recibir el mismo trato.
—¡Cuando te pille, verás! —exclamó Félix al emerger, empapado.
Erika se tiró en bomba, salpicando a todo el mundo, y se abalanzó
sobre él para hacerle una aguadilla. Iván, Mía y Lukas se unieron a ellos en
el juego y las risas llenaron el jardín.
—Tu hija es una salvaje —comentó Jorge, que se había acercado a
la mesa para coger una lata de cerveza.
—No es mía. Es hija de tu padre —contestó con flema.
Juls rio al tiempo que se sentaba enfrente.
Anna la miró con una sonrisa. Apreciaba mucho a su nuera. Era una
muchacha menuda, de pelo corto y rubio. Jorge y ella llevaban mucho
tiempo juntos, pero su relación no había sido fácil. Que Juls hubiera querido
a su hijo incluso en los peores momentos le había hecho sumar puntos a los
ojos de Anna.
—Mamá. —Jorge reclamó su atención—. Tenemos algo que
contaros.
Anna no pudo evitar que su mirada fuera directa al vientre de Juls,
tan plano como siempre.
—No estoy embarazada —se rio esta.
—No es eso, ya sabes que no sé hacer niños —bromeó Jorge—. Al
final he conseguido el trabajo en el Oceanográfico en Valencia. Empiezo el
mes que viene y nos vamos a mudar allí —explicó.
Había estudiado Ciencias del Mar, pero llevaba años trabajando
como instructor en una escuela de buceo. No obstante, siempre quiso
trabajar con animales marinos. Si ahora iba a poder hacerlo, era una noticia
maravillosa.
—¡Cómo me alegro! —Se puso de pie y le abrazó—. ¿Lo saben los
demás?
—Se lo he contado hace unos minutos. Solo faltabais papá y tú.
—¡Tony! —llamó ella—. Ven.
Él alzó la barbilla y dejó la caja de CDs en el suelo, luego se acercó.
—¿Qué pasa?
Mientras Jorge ponía a su padre al corriente de las novedades, Anna
se escabulló hacia el equipo de música. Era su momento y lo iba a
aprovechar.
Tony palmeó a su hijo en la espalda, feliz por él.
—Si es lo que quieres, me alegro. ¿Te vas a ir con él, Juls? Quizá
encuentres un partido mejor por Benidorm ahora que se larga.
Su nuera se echó a reír. Luego se levantó y enhebró el brazo con el
de Jorge.
—Ya me he acostumbrado a este. Tiene un montón de defectos, pero
es guapete.
—Es el más guapo de todos mis hijos —le dio la razón.
Jorge se carcajeó.
—Soy el único que se parece a ti.
—Por eso lo digo. Supongo que querréis que os ayudemos con la
mudanza, ¿no?
—Hombre, lo daba por hecho.
Lukas y Alexia, su novia, se acercaron. Esta última llevaba a Mía en
brazos envuelta en una toalla rosa.
Tony no pudo evitar sonreírles con afecto. Eran los más jóvenes y
los que más responsabilidades tenían. Nunca pensó que su hijo Lukas, que
era un gamberro y nunca se tomaba nada en serio, se pudiera convertir en
un padre sensato y juicioso.
—Abuelo, quiero la canción del pis —exclamó Mía con su voz de
pito.
Aquello hizo reír a todos.
—La has corrompido —dijo su hijo pequeño, dirigiéndole una
mirada acusadora.
—Para nada. Tu hija tiene buen gusto y punto.
Los primeros acordes de Paradise by the Dashboard Light de Meat
Loaf llenaron el ambiente.
—La canción del pis la dejamos para luego, bombón —le dijo a la
niña—. Que tu abuela se ha apoderado del equipo de música.
Cogió una lata de cerveza y se sentó en una de las sillas de plástico
mientras escuchaba las conversaciones de su familia por encima de la
música. Cerró los ojos y dio un trago. El líquido le bajó por la garganta,
refrescándole. A veces echaba de menos encenderse un cigarrillo, aunque lo
había dejado hacía muchos años.
¡Qué rápido había pasado el tiempo!
Parecía que solo hacía unos pocos años que los niños eran pequeños
y que él y Anna los llevaban a la playa a enseñarles a nadar. Sin embargo,
ahí estaban todos ellos con familias y vidas propias.
Una sensación de orgullo y satisfacción se le esparcía por el pecho
cuando los miraba.
No lo habían hecho mal, decidió.
¿Quién iba a pensar que un chico de Entrevías sin estudios ni dinero
iba a poder llegar tan lejos como había llegado él?
Su mirada se dirigió a la plataforma. Anna había comenzado a
bailar.
Y él ya no pudo apartar los ojos.
Su bella mujer estaba descalza y llevaba un vaporoso vestido beige
de tirantes. ¿Por qué narices se ponía siempre esos vestidos que se
clareaban al trasluz? No era justo. Las largas piernas se transparentaban a
través de la fina tela y cuando hacía algún giro, incluso podía ver el
contorno de sus pechos.
La canción de Meat Loaf era movida y ella giraba los pies deprisa
mientras la falda del vestido se le arremolinaba en las pantorrillas. Agitaba
la cabeza y su cabello volaba en todas direcciones. De vez en cuando,
elevaba la vista y clavaba los azules ojos en los suyos.
Sabía que la estaba observando y estaba bailando para él.
Esa imagen, como tantas otras a lo largo de los años, se le incrustó
en la retina.
Anna nadando.
Anna bailando.
Anna embarazada.
Anna cantando nanas a sus hijos.
Anna sonriendo.
Anna llorando de cansancio.
Anna durmiendo.
Anna retorciéndose de placer debajo de él en la cama.
Anna respirando.
—Papá, toma.
Giró la cabeza y vio que Erika le tendía una toalla. La miró
extrañado.
—Es lo suficientemente grande para que te tapes… la entrepierna.
La miró con fingido odio, antes de levantarse y alejarse. Su risa le
siguió.
La canción acababa de terminar y Anna iba hacia el equipo de
música para cambiar el CD.
—Espera. Déjame que elija yo —le pidió.
—Como pongas otra vez a Loquillo o los Burning me voy de casa
—le amenazó con un dedo alzado.
—Que no. Voy a poner una súper canción. Lo prometo. Una para
que podamos bailar. Por cierto, has estado espectacular.
—Creo que he bebido demasiado.
—Me encanta cuando te emborrachas. Te vuelves muy descarada.
—No estoy borracha —protestó.
Él sacó un CD de mezclas que tenía en la caja y lo puso. Eligió la
tercera canción y la tomó de la mano.
Have I told you lately de Van Morrison rompió el silencio.
—Du bist so romantisch[28] —musitó ella.
—Claro.
Con el tiempo había aprendido alemán. No le había quedado más
remedio porque Anna insistió en criar a los niños hablándoles en los dos
idiomas para que fueran bilingües, así que él tuvo que esforzarse también.
Se mecieron abrazados al compás de la música, deslizando los pies
descalzos por la plataforma de madera.
—¡Abuelos bonitos!
El grito de Mía les hizo girar la cabeza hacia ella, que aplaudía,
observándoles muy interesada.
Ellos la saludaron con una sonrisa y luego se miraron a los ojos.
—¿Cuál crees que será el siguiente en darnos otro nieto? —preguntó
Tony.
—No lo sé —repuso ella—. Iván y Diego, quizá.
La hizo girar y cuando la atrapó de nuevo la pegó mucho a su
cuerpo. Estaba excitado desde que la había visto bailar desinhibida.
—¿Y si en vez de un nieto vamos a por el quinto? —bromeó,
hundiendo la cara en el hueco de su cuello.
Ella rio.
—Con mi menopausia y tu vasectomía sería un milagro.
—Cosas más difíciles se han visto —dijo risueño—. Por ejemplo,
una niña pija alemana enamorándose de un macarrilla.
—Eso fue fácil. Me enamoró tu coche amarillo.
Él sonrió nostálgico recordando el viejo Seat.
Pero la sonrisa se le borró del rostro cuando notó que ella echaba la
pelvis hacia delante y le aplastaba la erección. Su mirada bajó casi
imperceptiblemente y se dio cuenta de que sus pezones estaban duros.
Siempre pensó que en algún momento toda esa pasión arrebatadora
del principio se suavizaría y quizá desaparecería. Era cierto que muchas
cosas habían cambiado. Su amor se había vuelto más sereno y apacible,
pero el fuego seguía ardiendo entre ellos. Tony no sabía si aquello era
normal, pero cuando ella se movía así y le provocaba, él se excitaba como
la primera vez.
—Du bist ein böses Mädchen[29] —le dijo.
—Sí —jadeó ella.
Se besaron con pasión, ignorando que tenían muchos ojos
pendientes de ellos.
Cuando separaron sus bocas, ambos respiraban con dificultad.
—¿Qué te parece si dejamos aquí a estos críos y nos vamos dentro?
—susurró él, mientras bajaba las manos hasta la parte inferior de su
espalda.
—¡Anda, papá! ¡Contrólate un poco!
Tony echó un vistazo a Jorge con una sonrisa ladeada. Y luego miró
a Anna, la mujer de su vida, con el corazón en los ojos.
—Imposible. Lo que siento es incontrolable.
—Qué cursi —repuso ella en voz muy baja—, pero tienes razón.
Vamos dentro que hace… frío —finalizó con coquetería.
Y se encaminaron al interior de la casa, seguidos por silbidos y risas.
—¿Ponemos ya la canción del pis? —exclamó Mía.
LISTA DE CANCIONES
Ride on Time - Black Box
Voyage, Voyage - Desireless
La mataré - Loquillo y los trogloditas
Cadillac solitario – Loquillo y los trogloditas
Major Tom – Peter Schilling
She drives me crazy - Fine Young Cannibals.
I want it all - Queen
If I could turn back time - Cher
Una noche sin ti - Burning
No es extraño que tú estés loca por mí – Burning
Drachen sollen fliegen - PUR
Lambada - Kaoma
Love will tear us apart - Joy Division
Boys are back in town - Thin Lizzy
Maneras de vivir - Rosendo
Mi agüita amarilla - Los toreros muertos
Hormigón, mujeres y alcohol - Ramoncín
Sabor de amor - Danza Invisible
Salta! - Tequila
Me quedo contigo – Los Chunguitos
Escuela de calor – Radio Futura
Lass uns leben - Marius Müller Westerhagen
Aquí no hay playa - The Refrescos
El imperio contraataca - Los Nikis
Cuatro Rosas - Gabinete Caligari.
Bailaré sobre tu tumba - Siniestro Total
Jump - Van Halen
Just like Heaven - The Cure
When I see you smile - Bad English
I’ll be there for you - Bon Jovi
Angel - Aerosmith
It must be love - Madness
Take my breath away - Berlin
99 Luftballons - Nena.
Chica de ayer - Nacha Pop
Time after Time - Cindy Lauper
Purple Rain – Prince
Black Velvet - Alannah Myles
Mueve tus caderas - Burning
Paradise by the Dashboard Light - Meat Loaf
Have I told you lately - Van Morrison
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AGRADECIMIENTOS Y
OTRAS COSITAS
Lo primero de todo, antes de dar las gracias a todas las personas que han
hecho esta novela posible, quiero decir un par de cosas.
Empezaré por confesar que yo no quería escribir esta historia. Que
había dado por zanjada la serie de los Hermanos Alba con sus cuatro
novelas correspondientes y que no se me pasaba por la cabeza escribir una
precuela. Sin embargo, hace unos meses, empezó a picarme el gusanillo de
contar la historia de Tony y Anna. Son dos personajes que me encantaban
en las novelas de sus hijos y admito que soy una nostálgica de los años 80,
así que, me senté ante el folio en blanco y me dije: venga, escribe, aunque
sea solo un relato, para ver cómo se conocieron.
El relato se ha convertido en una novela. No es muy extensa, pero
creo que refleja bien esos meses que vivieron en el año 89 y que ya se
mencionaban en la serie de los Alba. Lo de Tony y Anna fue un flechazo de
verano, intenso y arrebatador.
Y me puse manos a la obra.
No fue tan fácil.
En el año en que transcurre esta historia yo tenía quince años y,
aunque recuerdo muchas cosas de aquel entonces (la caída del muro de
Berlín es inolvidable), otras muchas se me habían olvidado y he tenido que
investigar. Dios mío, no me acordaba de los precios en pesetas, ni de las
marcas de zapatillas, ni del estilo de ropa ni si ya se usaban los Discman o
si era obligatorio llevar cinturón de seguridad en el coche… Un montón de
pequeñas cosas que han ido sucediendo a lo largo de los años y que no se
guardan en la memoria. Además, el Benidorm de los 80 no es el de hoy y ha
sido una locura tener que averiguar si los bares de ahora eran los de
entonces, si la playa estaba igual y mil detalles más…
Como suele pasar en casi todas mis novelas, he utilizado
experiencias propias y las he metido por ahí. Por ejemplo, el coche de Tony
era el coche que tenía mi primer novio. Nunca olvidaré ese Seat 124
amarillo… El apartamento donde tiene lugar el último capítulo, Mar Blau,
era el apartamento donde veraneaba con mi familia cuando era pequeña y
casi todas las canciones que utilizo tienen mucho significado para mí.
En realidad, la música merecería un capítulo aparte. Es una novela
muy musical y yo he disfrutado mucho compartiendo canciones que me
encantan de la época, tanto españolas, como inglesas, americanas y
alemanas. Merece la pena que escuchéis la lista en Spotify.
Me he tomado ciertas licencias, claro. El restaurante La Calita no
existe, tampoco el Sacrilegio, pero sí lo hacen o lo hicieron los demás
locales y lugares que menciono. He intentado ser lo más fiel posible a aquel
año increíble de 1989 y a todo lo que lo rodeaba, incluyendo
acontecimientos históricos.
También quiero hacer hincapié en mi forma de narrar en esta novela.
He utilizado la tercera persona y el narrador equisciente, como suelo hacer
en todas mis novelas (es muy similar al narrador en primera persona), pero
en esta ocasión, me he permitido ser mucho más coloquial e informal que
de costumbre. Me encajaba más con los personajes y la época para que el
texto resultara más verosímil. Lo he gozado mil y espero que el
experimento haya sido positivo para vosotros, lectores.
Y aquí una pequeña advertencia: tened en cuenta que cuando Anna y
Silke hablan en español no lo hacen correctamente, por eso hay errores
gramaticales en la novela.
Os sorprenderá que esta vez no haya contado con profesionales para
ilustrar la portada o para maquetar la novela, pero como ya he dicho en un
principio, esta historia no estaba planeada y ha surgido un poco por
casualidad. Por eso he hecho todo yo misma. Me suponía un reto y he
querido superarlo. Y admito que (sin ser nada modesta) la portada me flipa
muchísimo Es ochentera y diferente a lo que está de moda ahora, así que
estoy muy contenta.
Y ya no me demoro más y procedo a la tarea de agradecer.
En primer lugar, quiero dar las gracias a mi hermana Fely y a mi
sobrina Angy, son siempre las primeras en leerse mis novelas y en
animarme a seguir adelante.
Gracias también a Paco, mi mayor crítico (debo confesar que
siempre discuto con él porque no me gusta que me diga cosas negativas,
aunque luego le hago caso y acepto sus comentarios sin rechistar). Te
quiero, amore.
Gracias a mis lectoras cero. Mayte, que me acompaña desde el
principio y gracias a ella mis textos son mejores. Y esta vez he contado con
también con Mar, que se lo ha currado muchísimo y me ha sugerido un
montón de cositas. Y también con Patricia, que, a pesar de sus problemas de
voz, me mandaba audios constantemente en los que me decía que siguiera
adelante y creía en mí y en la historia.
Y aquí tengo que hacer una mención especial a dos personas que, a
pesar del tiempo que hacía que no hablábamos, en cuanto les pedí ayuda, se
lanzaron de cabeza para echarme un cable. Son Marian y Jose. A ambos los
conocí en Benidorm cuando vivía allí en los años 2000. Marian es una
antigua compañera de trabajo que se convirtió en mi amiga, con la que
nunca he perdido el contacto. Y Jose es mi ex, y hacía un siglo que no
hablábamos. Los dos son de Benidorm de toda la vida y me han ayudado un
montón con la documentación. Marian me pasaba información de la playa,
y de los edificios que existían o no en el 89. Y Jose, que es más golfillo, me
informaba de los garitos y de dónde llevar a una chica para enrollarse,
jajaja.
Se han portado genial.
También quiero dar las gracias a todas esas personas bonitas que me
leen y disfrutan con mis historias porque sin ellas nada de esto sería posible.
Es un sueño que estén ahí, conmigo.
Gracias a los que estáis ahí desde el principio y a los que vais
llegando. Gracias de corazón.
Espero haber cumplido vuestras expectativas y haber conseguido
que os enamoréis un poquito de los personajes, creo que se lo merecen.
Yo los amo mucho.
Y, sin más, me despido de todos vosotros y os deseo una vida llena
de lecturas y aventuras por vivir. Mil besos y mil gracias.
Esto no es un adiós, es un hasta la próxima historia.
SOBRE LA AUTORA
Laura Sanz nació en Guadalajara en 1974, donde pasó toda su infancia y
adolescencia. De espíritu inquieto y muy vivaz, desde edad temprana se
interesó por los libros y la escritura. Prueba de ello es que con tan solo 8
años ganó el Premio Garbancito (1983) de Poesía infantil.
En los noventa, su gran pasión por aprender idiomas, la llevó a
instalarse en Alemania, donde cursó sus estudios de Traducción,
intercalando su carrera con su amor por los libros y su creciente afición por
escribir.
Tras su regreso a España, trabajó y residió unos años en el
Mediterráneo, antes de establecerse en Madrid, donde reside en la
actualidad junto a sus felinos, a los que adora, y su marido. Ferviente
lectora, vive rodeada de libros, con gran predilección por la literatura
inglesa del XIX.
Ha sido galardonada con el prestigioso Premio del Rincón
Romántico a mejor autora nacional del año 2017. También sus novelas han
recibido premios. La historia de Cas, el RNR a mejor Romance Actual
Nacional y el Rosa Romantica’s a mejor ebook del año 2017. Y Le
llamaban Bronco, el RNR a mejor Romance Histórico Nacional del año
2019.
PS: Sus grandes pasiones son: el cine clásico, la literatura inglesa
del XIX y sus gatos. También adora las series coreanas, los mahnwas BL y
la literatura LGBTI.
.
Todos sus libros tienen #happyending garantizado.
Le encanta recibir mensajes de sus admiradores y detractores. Por favor,
contactad con ella en: [email protected]
Probablemente conteste :)
Si queréis saber más sobre ella y sus próximos lanzamientos, visitad:
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