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LECTURA 10
De la literatura oral y el cuento tradicional
Pelegrin, Ana (1982) “De la Literatura Oral y el Cuento Tradicional
La Aventura de Oír: Cuentos y memorias de la tradición oral.
Colombia: Cincel Kapeluz
Unidad 3
Las manifestaciones folclóricas como elemento para trabajar contenidos educativos a
través de actividades interdisciplinarias
Objetivo 3
Elaborar recursos didácticos tomando como referencia manifestaciones folclóricas que
puedan ser utilizadas para motivar la enseñanza-aprendizaje de contenidos educativos a
través del juego, la expresión plástica, la literatura, el entorno natural
Esta hermosa lectura está dividida en dos temas, el primero “De la literatura oral
tradicional del que se han extraído sólo aspectos que hacen énfasis en cómo la palabra,
su tonalidad y su ritmo” ejerce una influencia fundamentalmente positiva sobre la vida
afectiva y cognitiva de niños y niñas. El segundo tema “Del cuento oral” es una breve
introducción acerca de las historias narradas y la magia que pueden desarrollar en los
niños y niñas.
DE LA LITERATURA ORAL TRADICIONAL
Para el niño pequeño, la palabra oída ejerce una gran fascinación. La palabra y
su tonalidad, su ritmo, los trazos afectivos que teje la voz, cuando es temperatura
emocional, calma, consuelo, ternura, sensorialidad latente. El magnetismo por el ritmo y
la entonación puede desplegarse con intensidad, al escuchar la voz de otras memorias,
viejas nuevas – voces, de rimas, retahílas, cancioncillas, cuentos.
Podemos formular la hipótesis de que la literatura oral es una forma básica, un
modo literario esencial en la vida del niño pequeño, porque la palabra esta impregnada
de afectividad. El cuento, el romance, la lírica, construyen el mundo auditivo literario
del niño, le incorporan vivencialmente a una cultura que le pertenece, lo hacen participe
de una creación colectiva, le otorgan signos de identidad. El libro oído, visto, tocado,
olido, el desciframiento emocional –oral– sensorial, el libro–lectura compartida con
otro, le ayudará en su contacto posterior con la letra impresa, motivando una lectura
gozosa.
No olvidemos que la manipulación de los medios de comunicación, los
imperativos comerciales del niño consumidor, hoy por hoy, influye en su mundo
cotidiano, y son realidades cuantitativamente inapelables. Pero invitamos a reflexionar
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sobre la participación activa, crítica, en la producción literaria, del niño receptor, re –
creador, transmisor – autor, o meramente jugador gozador, lector creativo.
La poesía, el cuento (el cuento maravilloso o de encantamiento), encierra en si
materia de símbolo. Y el símbolo se despliega en la palabra irradiando multiplicidad de
significados. Esta irradiación invita al niño a un viaje emocional y mental, le acerca a la
imaginación literaria hace posible la conjetura de que literatura y vida pueden estar
ensamblados, literatura – vida, un solo ritmo.
Esta literatura vivida graba una huella mnémica; esto es, la memoria almacena
imágenes afectivas junto con estructuras y formas de lo oral, cantada y decantada por la
memoria colectiva, que retiene ciencias, costumbres, rituales, danza en su folklore, y
cuentos, cuentecillos leyendas, romances, coplas..., en el folklore literario o literatura
oral.
Denominamos literatura de la tradición oral a la palabra como vehículo de
emociones, motivos, temas, en estructuras y formas recibidas oralmente, por una cadena
de transmisores, depositarios y a su vez re – elaboradores.
Sus características generales: pertenecer a un contexto cultural, del que son
producto, haber sido transmitido este producto oralmente en varias generaciones,
ciñéndose a temas y técnicas, reiteradas, y a su vez introduciendo variantes. Según
Menéndez Pidal – que acuña noción – tradicional es lo que vive en las variantes
Al hablar de literatura oral salta una aparente oposición, literatura
(etimológicamente deriva de litera–letra) se remite a obra escrita. Esta aparente
oposición se establece entre dos niveles de lo literario. Literatura
Popular oral culta escrita
Colectiva de autor
Podemos leer el mensaje subyacente, codificado por un esquema cultural: el
autor de la literatura escrita es poseedor de cultura; el iletrado, inculto, ignorante de ella.
Curiosamente, en muchos momentos, el autor letrado recurre a la literatura oral del
iletrado para revitalizar, renovar su producción literaria. Y una de las características de
la literatura española, reconocida por los estudiosos, es su tradicionalidad.
Los polos rebajan su distancia, la oposición pierde contornos tan netos, en varios
momentos claves de la literatura española, en el gusto por los temas y formas populares
del hombre del Renacimiento, posteriormente del siglo XIX, de la generación del 98, el
neopopularismo de la del 27: Juan del Encina, Cervantes, Lope, Tirso, García Lorca,
Alberti, por no citar a los archicitados autores en cualquier manual literario.
En la literatura oral el autor pierde rostro, nombre – queda el autor – legión. La
literatura oral tradicional, literatura de texto/contexto, se escribe en la memoria, se re-
escribe e imprime por repetición – audición, se reproduce sin derechos de autor, se lee
en los labios, en la huella sonora, y en la <<huella mnémica>>, se difunde en las labores
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cotidianas, rurales, en las plazas, en reuniones hogareñas o comunitarias, o en días de
fiesta mayor.
La transmisión se realiza cada vez que alguien cuenta una cuento, recita o canta
un romance o cancioncilla, a su vez recibido oralmente, y lo hace suyo. Tan suyo que
introduce modificaciones, interpreta sus significados, crea una variante, porque el texto
oral es texto abierto, para que quién pueda añadir o enmendar si quisiere pueda
continuar con la co – creación, según lo invitaba Juan Ruiz, Arcipreste de Hita.
Estas variantes pueden surgir por reducción – ampliación – alteración; por que
en la transmisión del texto oral, el contador – recitador lo interpreta, comprende el
mensaje y puede re – escribirlo desde su visión particular. O desde su perspectiva
social, económica, cultural, regional. A veces las variantes señalan el peligro del olvido,
la desaparición de una forma cultural, porque la palabra deja de tener su función social
de reunir, participar, recordar. O de convocar y ayudar en labores cotidianas. <<Eso lo
decía antes, cuando hilábamos todas juntas>>, explicaba una anciana en Doney
(Zamora).
La variación es un proceso de creación: significa apropiación y recreación de
procedimientos y estructuras literarias orales en una experiencia cotidiana y vivida.
La tradición oral compone un humus literario por la amplitud de recursos,
motivos, personajes, situaciones y formulas verbales. Crea mecanismos de
estabilización – fijados por la memoria – que permite la supervivencia oral – hoy, 1981-
de romances medievales a cancioncillas del Siglo de Oro, o cuentos con motivos de
lejanas resonancias míticas. Al mismo tiempo tiende a operar cambios,
transformaciones –muchas veces deterioros – en las versiones.
DEL CUENTO ORAL
El romance, la canción, enlaza con el movimiento corporal, gestual, rítmico, ya
sea en los cantados-jugados por los niño, o los que acompañan –aun- algunas tareas o
trabajos colectivos –la siega-, o en danzas y música en los días exultantes de la fiesta.
El cuento requiere otro marco, otra es su función. Necesita del reposo, de un
detenimiento en el trabajo, un oído grupal, un narrador. La palabra se despoja del
cuerpo-espacio-ritmo, se desnuda en el oído agrupado. Lo cual se esparce, se difumina;
lo oral, como lo recuerda el diccionario, también es <<viento fresco y suave>>. Recibir,
percibir por el oído lo elemental, escuchar voces y movimientos, como el personaje del
cuento que <<de rodillas sentía nacer las hierbas, crecer las hierbas, no las veía>>, se
supone un transcurso temporal diferenciado. Supone distender el tiempo, tenderse en el
tiempo, oír pasar el tiempo, urdir pasatiempos.
En la vida cotidiana de los pueblos y en la urbana de Edad Media, del
Renacimiento, del siglo XIX, y aún en este siglo, el contar cuentos, anécdotas,
chascarrillos, constituyen parte de las costumbres y formas sociales. Y no sólo
<<consejos o cuentos de viejas, como aquellos del caballo sin cabeza, varilla de las
virtudes, con que se entretienen al fuego las dilatadas noches de invierno>>, recuerda
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Cervantes; no sólo de cuentos de viejas sino de agudezas de la corte, las sobremesas,
veladas y charlas familiares, dichos e ingenios de los españoles.
Las narraciones, alimentadas por cadena de comunicantes o por los cuentos
impresos, leídos en conjunto, ya se en libros o pliegos populares, se recuerdan de oírlas
o de leerlas. Aún en el siglo XIX y principios del XX, los pliegos de cordel en prosa
adaptan historias de los libros de caballería, o personajes históricos, o literarios como
Carlo Magno y los doce pares, Oliveros de Castilla, Flores y Blancaflor, Merlín o la
voz misteriosa, Aladino y Simbad, La puerca Cenicienta, Robinson Crusoe, Bertoldo,
Pierre y Magalona, según lo documenta Caro Baroja; estas historias se vendían en
librillos de entre dos y dieciséis pliegos en la Biblioteca Moderna de la antigua Imprenta
Universal, fundada en 1850.
Timoneda, en la colección de cuentecillos Sobremesa y Alivio de caminantes
(1563), declara en el prólogo: <<fácilmente lo que yo en diversos años he oído, visto y
leído podrás brevemente saber de coro, para decir algún cuento de los presentes. (…)
Estando en conversación quieres decir algún cuentecillo, lo digas a propósito de lo que
trataren>>.
Con verdadero alivio para nosotros, caminantes en le camino andado, Timoneda
sintetiza los datos hasta aquí expuestos:
La relación entre lo oral-escrito (lo que en diversos años he oído-visto-leído).
La memoria (podrás brevemente saber de coro).
La continuidad en la transmisión (para poder decir algún cuento).
La función de cuento-comunicación (estando en conversación, digas a
propósito).
Leer el cuento es saber desentrañar lo escrito, descifrar un conocimiento
persistiendo en el tiempo, recuperar la función social, la comunicación oral-
grupal de la palabra. Alivio del caminante de lo tradicional son las
conversaciones mantenidas con Justo Martínez (ochenta y tres años), narrador
inacabable y excepcional. Después de escuchar muchos cuentos, le preguntamos
como los aprendía y, en otro momento, si uno de ellos no provenía de Las mil y
una noches. Transcribo sus palabras:
<<Anduve por muchos pueblos del Concejo de Cangas y del de Tineo,
trabajando con aquel maestro serrador, y después yo solo, de por mi cuenta. Pues
un día en una casa contaron un cuento, yo tenía memoria, que lo aprendía, otro
día en otra casa contaron otro y lo aprendía, y así fue aprendiendo muchos. Así
aprendí muchos cuentos. Y todos los que aprendí de aquéllas, no se me
olvidaron. Y los que aprendí de mas pequeño tampoco (…)>>
<<De Las mil y una noches, sí señor. Lo aprendí yo de Las mil y una
noches, y ésta me pareció guapo y trate de aprenderlo, para que se hiciera. (…)
La mayor parte [de la gente] saben, pero aunque los leyeran no se dan cuenta.
Yo los leí, los leí muy detenidamente y los aprendí, aprendí porque se
hicieran.>>
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A través de caminos, trabajos, años, el narrador tradicional recibe la
palabra. El que ha sabido ver y oír puede escribir en su memoria, continuar la
cadena de transmisores. Pero también el que ha sabido leer, es el que puede
decir; o el que puede contar lo leído es el que se ha dado cuenta, alimentado, de
la lectura. ¿Por qué contar? (Porque se hicieran)… En el decir, en el nombrar,
las cosas que se hacen, se construyen, se crean. La palabra fundacional. El Verbo
creador. Cosas de viejos, los cuentos transmiten una visión del mundo, un
conocimiento primero, una forma cultural, una intención socializadora, que ha
estallado y se ha desintegrado, como se ha desintegrado su misión en ésta
sociedad misil. Cierto que estos tiempos son otros tiempos; la vida se ha
atomizado, las estructuras familiares-sociales han cambiado, no hay por que
reunirse, no hay fuego donde congregarse. La voz mínima para el oído-grupo
está liquidada; otros son los que poseen la palabra, controlan, manipulan y
multiplican. Su poder no es ya crecer en el viento, sino dominar, o afincarse en
los dominios precisos e indispensables de la tecnología. Sin embargo, la palabra
antigua, conocimientos tan primarios, ¿no significan nada para las nuevas
generaciones de esta galaxia cultural?
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