Project Muse 378184
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traducción
Jorge R. G. Sagastume
Jorge R. G. Sagastume
Dickinson College
J. R. G. Sagastume / 202
Dije antes que con tristeza descubrí la ausencia de traducciones al castellano de la poesía
de Pearse, puesto que quien conoce la obra de este poeta sabe también que él tiene
una particular fascinación por la lengua castellana y por la literatura producida en ella,
además de haber sido esta literatura y las experiencias vividas en España algunos de los
elementos que influirían su propia obra poética. Pero también dije que este descubrimiento
despertó en mí entusiasmo; sin embargo, este entusiasmo tiene características puramente
egoístas: creaba en mí la oportunidad de pretender que yo mismo era escritor. Siempre
pensé (o leí en alguna parte) que traducir literatura equivale al desesperado salto hacia
el abismo del escritor que no puede escribir.
Pero “Qué sorpresa [me] llev[é]”1 al saltar hacia el abismo poético de Pearse. Realmente,
fue como arrojarme a un precipicio de emociones que de manera sutil despertaban un
mundo de ideas; emociones que exigían ser transportadas a través de la lengua a una
lengua diferente a la utilizada para componer el original, manteniendo en la traducción
todos los atributos contenidos en ese texto. He realizado traducciones literarias,
especialmente de poesía, por varios años ya, pero raramente me he hallado frente a
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mencionado, creo que su sentencia sobre el escritor y el proceso de la escritura podrían
ser de ayuda: “Es curiosa la suerte del escritor. Al principio es barroco, vanidosamente
barroco, y al cabo de los años puede lograr, si le son favorables los astros, no la sencillez,
que no es nada, sino la modesta y secreta complejidad”.3 El problema a la hora de traducir
a Pearse reside precisamente en el hecho de que el poeta ha alcanzado esa modesta y
secreta complejidad; en otras palabras, se ha convertido en un maestro de la metáfora.
En este breve ensayo quisiera hablar sobre Pearse Hutchinson y el por qué lo considero
un poeta firme capaz de crear metáforas firmes, y cómo mediante el arte de la traducción
estos atributos se ponen de manifiesto; atributos que por lo general pasan desapercibidos
a lectores y críticos que no traducen. Algo que distingue al poeta firme, entre otras
cosas que discutiré cuando sea oportuno, es su habilidad de crear una distorsión de la
realidad que a la vez se establece como una nueva realidad. La traducción de un poema
que procede de un poeta firme, consiguientemente, se convierte en una distorsión
de una distorsión que, cuando es fiel, conlleva los elementos del original y también
aquellos pertenecientes a la realidad que el original intenta describir, forzando al lector
a contemplar viejos interrogantes fundamentales bajo una nueva óptica.
¿Qué quiero comunicar cuando digo que una traducción es fiel? Una traducción es fiel
cuando uno puede, a partir de ella, llegar a las mismas conclusiones a las que llegaría
al leer el original. Es decir, si original y traducción son dados a un lector y éste no
puede distinguir con claridad cuál es cuál, podemos decir que la traducción ha sido
fiel. Por supuesto, existen ocasiones en las que, como diría Borges, el problema no está
en que la traducción no haya sido fiel al original sino que el original no ha sido fiel
a la traducción. Estos son aquellos casos en los que el traductor acaba mejorando el
original mediante la traducción, sea porque el original no cuenta con las cualidades de
una buena pieza literaria o porque el escritor no tuvo en cuenta ciertos elementos que
podrían haber hecho de la obra una obra más firme – esto no ocurre con la poesía de
Pearse Hutchinson.
Pero el producir una fiel traducción de la poesía de Pearse no es tarea sencilla, puesto
que además de esa modesta y secreta complejidad que caracteriza su obra, sus poemas
poesía. Con cierta certeza podríamos generalizar y decir que todo poeta es capaz de
crear metáforas, pero no todos ellos pueden lograr lo que llamo una ‘metáfora firme’ y,
en mi opinión, esto es lo que separa a un gran poeta del resto.
Las metáforas firmes son aquellas que Platón combatió cuando dio inicio a la batalla entre
la filosofía y la poesía que, de alguna manera, continúa existiendo hoy en día.4 Según
Platón existen dos formas de expresión escrita que sirven para comunicar conocimiento:
textos literario y no literarios. Los primeros, nos dice Platón (erróneamente), sólo tocan
lo emocional del ser mientras que los postreros lo racional. Platón consideraba los textos
literarios como entes peligrosos para la humanidad, puesto que no todos cuentan con lo
que él llamó ‘el antídoto’ contra ellos. Los textos no literarios, sin embargo, ayudan al
lector a comprender la realidad a través de la razón y no mediante la metáfora.5 Platón
también sugiere que la poesía no es más que una pobre imitación de la apariencia de la
realidad; sin embargo, después de Nietzsche llegamos a comprender que todo lenguaje
– literario o no – no es otra cosa que una metáfora de una cierta realidad pero no la
realidad en sí.6 Podríamos llegar a la conclusión, por lo tanto, de que todo lenguaje
es una imitación de la apariencia de la realidad. Aún así, es importante entender que
la realidad, el universo, no hace uso de la lengua; nosotros, los humanos, somos los
creadores y usuarios de ella, y la lengua no es, de ninguna manera, un medio entre el
ser y la realidad como generalmente se piensa. El lenguaje es una entidad en sí misma,
con sus propias reglas, es una realidad aparte de la realidad que trata de describirla.
La verdad, entonces, existe sólo dentro de los límites del lenguaje. La verdad no se
descubre, sino que se inventa mediante la lengua al intentar describirla.7
deberíamos recordar las ideas básicas de Bertrand Russell sobre la teoría del
4 Me refiero a la batalla entre la filosofía y la poesía que establece Platón y que se incluye en el
Libro X de La república. Respecto a la continuación de esta batalla, véase el ensayo de Jorge Gracia en el
que trata de demostrar que la literatura no permite la traducción mientras la filosofía sí: “Borges’s ‘Pierre
Menard’: Philosophy or Literature?”, Journal of Aesthetics and Art Criticism, 59 (2001), 45–57.
5 Utilizo el término ‘realidad’ para referirme tanto a lo físico como lo metafísico del universo.
6 Nietzsche, Frederick. The Birth of Tragedy and Other Writings. New York: Cambridge
UP, 1999.
7 Rorty, Richard. Contingency, Irony and Solidarity. New York: Cambridge UP, 1989,
pp. 3-5.
conocimiento.8 Russell, yendo más allá de Platón y Nietzsche, explica que hay dos
maneras de obtener conocimiento: conocimiento a través de la exposición y conocimiento
a través de la descripción. La primera equivale a pasar por la experiencia, ser testigos
de la realidad, verla o palparla cuando es posible, sin importar si entendemos o no la
realidad; el lenguaje no forma parte de este proceso. La segunda es un proceso indirecto;
es decir, obtenemos conocimiento a través de lo que otros dicen sobre la realidad, ya sea
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mediante la descripción científica, filosófica, histórica, o de cualquiera de las disciplinas
cuya intención es la de proveer una explicación final de esa realidad. La raíz del problema
que presenta la filosofía y demás disciplinas, dice Russell, está en que todas parten de
un cierto a priori, lo que hace imposible una explicación final, o lo que se denomina en
filosofía un vocabulario final, de la realidad; mediante la descripción entonces, inventamos
la verdad. El obtener conocimiento a través de la exposición, por supuesto, no provee
una mejor solución al problema puesto que nuestro juicio también parte de un cierto a
priori y, al fin y al cabo, al tratar de dilucidar lo observado, inevitablemente recurrimos
al lenguaje, aún cuando no sea más que por medio del pensamiento.
Ahora bien, si inventamos la verdad, con cierta certeza podemos afirmar que toda
descripción de la realidad es una distorsión de la misma mediante la cual creamos una
nueva realidad, más allá del medio que utilicemos, sea literario o no. Pero la forma
de comunicación no literaria, invariablemente, asume un juego de construcción e
interpretación. Con el texto literario ocurre lo mismo; sin embargo, dado el uso
de la metáfora, lo que el texto literario agrega al lenguaje ordinario es un poder de
comunicación que no hace uso de recursos semánticos más allá de los cuales depende el
lenguaje ordinario.9 Detengámonos en esta idea por un momento: la metáfora tiene un
valor lingüístico negativo; es decir, es siempre falsa. Si, por ejemplo, le digo a una joven
“eres una rosa”, inmediatamente sabemos que esto no es verdad, pero dependiendo del
contexto, cualquiera que me oiga pronunciar tal metáfora no se demorará en pensar
sobre su significado. Automáticamente registramos la metáfora y la entendemos sin
hacer uso del intelecto. Éste es un atributo privativo del lenguaje literario, y esto es
precisamente lo que quiso demostrar Wallace Stevens cuando dijo que la metáfora, la
poesía suprema, en primer lugar debe resistir el intelecto.
El que un poema resista el intelecto no significa que no tenga valor intelectual; significa
que al leer un poema éste se explica a sí mismo sin necesidad de la racionalización.
Después de esta experiencia sensorial, si el lector decide demorarse en el mensaje
intelectual impartido, más allá del emocional, el mensaje que pueda extrapolarse será
firme, sin siquiera notarlo, nos obliga a contemplar la realidad bajo una nueva lente. El
poeta firme, entonces, redescribe la realidad mediante la renovación de la metáfora. No
existen muchos poetas contemporáneos capaces de lograr esta redescripción de manera
firme; Pearse Hutchinson es uno de esos pocos, de allí que traducir su poesía resulta un
gran desafío y una abismal responsabilidad.
Dije antes que todo lenguaje es una metáfora de una cierta realidad y una distorsión
de la realidad, pero puede argumentarse que una metáfora firme es una de esas
distorsiones que más se asemeja a la realidad en el sentido de que, intrínsicamente,
explica posiblemente una gran amplitud de aspectos de la realidad sin las limitaciones
del lenguaje no literario, y sin pretender establecerse como la única y posible explicación
de la realidad que describe. Contemplemos, a modo de ejemplo de lo dicho, el siguiente
poema de Pearse titulado “Distorsiones”:
Distortions Distorsiones
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you broke, and bled, te rompiste, y sangraste,
not sand or calcium either no arena, tampoco calcio
nor dull red lead – tampoco pálido plomo rojo –
so how surprised you felt de modo que, cuán grande fue
assembling yourself on the pavement tu sorpresa, al rearmarte sobre
flesh not glass el pavimento, carne y no vidrio
watching his creased nape al observar cómo su erguida nuca
moving away, calmly, se desviaba, con calma,
as if it had never seen como si jamás se hubiese visto
itself in a flower, a child, reflejado en una flor, en un niño,
or another old man. o en otro anciano.
La metáfora que podemos derivar del poema es clara y simple: “cada individuo con el
que nos asociamos es un espejo de uno mismo”. Esta no es una idea novedosa; ha sido
tratada por muchísimos escritores, desde filósofos hasta poetas y escritores de ficción.
Sin esfuerzo se me ocurren varios nombres que han tocado este tema: Nietzsche,
Unamuno, Hegel, Kant, Paz, Borges, Cortázar, Dostoevsky, Nabokov, y la lista se hace
interminable. En el poema de Pearse, sin embargo, la idea es renovada y vista bajo una
lente diferente dada la manera en que la metáfora es desarrollada, y dado que implícita y
metafóricamente formula la pregunta: ¿es, en realidad, todo ser un espejo de sí mismo?
La respuesta dependerá de cada lector. El poema está enmarcado de tal manera que las
ideas que comunica no pueden ser corroboradas empíricamente pero tampoco negadas.
El poema resiste el lenguaje, puesto que resulta difícil y tal vez imposible expresar lo
que el poema evoca cada vez que uno lo lee; la experiencia emocional e intelectual que
produce es diferente e inexpresable en cada lectura. Cada vez que yo lo leo, el poema
transmite diferentes emociones que luego se traducirán en distintas asociaciones de
ideas, que se hallan a la merced de lo que me ha tocado vivir ese día en particular. En
ocasiones el poema produce ciertas imágenes de experiencias pasadas con relación a
otros individuos, lugares o eventos, y en otros momentos anticipa y me advierte sobre
circunstancias de lo por venir.
A fin de enfatizar las ideas presentadas y regresar al tema central de este ensayo, el
traducir poesía puede ser un gran desafío, pero tanto más cuando uno se embarca en la
tarea de traducir la obra poética de un poeta firme como Pearse Hutchinson, en el que
la aparente simplicidad es, de hecho, una secreta complejidad que, a la vez, crea una
secreta complicidad con el lector. ¿Cómo lograr que todos los elementos que crean
estos sentimientos se mantengan presentes en el idioma al que traducimos, a fin de
que el efecto de la traducción sea el mismo que el del original? Y respecto a esto, es
necesario mencionar otro aspecto más que es de suma importancia: si un poema es una
metáfora para una cierta realidad (tangible o intangible), pero no es en sí la realidad
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Al igual que con todo poeta firme, existe aún otro atributo en la poesía de Pearse que me
lleva a catalogarlo como tal: su obra sobrevive el tiempo histórico; no es privativo del
tiempo representado en el poema. A fin de explicar mejor lo que quiero decir, una vez
más recurro a Borges. En este caso se me ocurre pensar en su cuento “Pierre Menard,
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autor del Quijote”, que quizá sea uno de los comentarios más firmes sobre la tarea de la
traducción que jamás se haya escrito. El cuento nos dice que Menard intenta traducir, o
escribir, varios capítulos de la obra cervantina. Después de contemplar diferentes teorías
y metodologías, Menard llega a la conclusión de que no puede traducir tratando de ser
Cervantes, es decir mediante la identificación con el autor como lo sugiere Novalis,
sino que debe realizar la tarea siendo Menard, aunque ya hayan pasado cientos de años
desde la composición del original. El narrador del cuento nos proporciona pruebas que
demuestran que la traducción ha sido fiel a su original, y lo hace citando un pasaje del
original y su traducción debajo del mismo. El original dice: “la verdad, cuya madre es
la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y
aviso de lo presente, advertencia de lo por venir”. La traducción resulta ser la siguiente:
“la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo
de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir.” Original y
traducción son idénticos; como lo señala el narrador, a fin de verificar lo propuesto hace
falta reconstruir las distintas etapas de la traducción de Menard, y entre ellas traducir la
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traducción hecha al francés de vuelta al castellano. Lo mismo se puede decir de la obra
poética de Pearse Hutchinson, pero el traducir fielmente su poesía no es necesariamente
el resultado del talento del traductor, sino que sus poemas permiten tal traducción
debido a que el original procede de una pluma firme, es decir, capaz de trascender a
lo largo del tiempo. Permítaseme elaborar un poco sobre este tema. Tal como queda
sugerido en el cuento borgesiano, el pasaje traducido por Menard ha ido adquiriendo
a lo largo de los años múltiples capas textuales, significados, meta-textos que los años
han añadido, pero todas estas capas textuales, no obstante, han partido del original. Este
pasaje podrá continuar leyéndose durante los próximos quinientos años y continuará
redescribiendo la misma realidad proveyéndole al lector verdades alternativas sobre
la realidad que trata de describir. Esto es lo que quiero comunicar cuando digo que la
poesía de Pearse trasciende los límites del tiempo. Las circunstancias temporales del
momento de composición, el momento histórico, e incluso los datos biográficos de
Pearse, son prescindibles; el texto es pertinente en cualquier momento; su traducción
también.
Respecto al tema de la escritura que trasciende los límites temporales, cabe notar que
Borges escoge, para hablar de la traducción, una cita tomada del Quijote que resulta
muy peculiar: no es una cita de Cervantes, sino una traducción del latín al árabe y
de éste al castellano, que procede de Cicerón y constituye la visión del autor sobre el
concepto de la historia.10 Después de todo, hay que recordar que el primer volumen del
Quijote es (en ficción) una traducción del árabe al castellano de un manuscrito hallado
cuyo autor en realidad no conocemos.
Ahora bien, como se sugirió antes, si un poema es una distorsión de la realidad, sin
querer en sí proveer una explicación definitiva de la misma, pero que crea en sí una
realidad separada a fin de proporcionar una explicación alternativa de lo que llamamos
realidad, una traducción es una distorsión de una distorsión que trata de replicar el
original lo más fidedignamente posible. La tarea del traductor no habrá de ser otra que
ésta. A pesar de que al inicio de este ensayo mencioné que mi intención de traducir la
obra de Pearse Hutchinson respondía a mis deseos de sentirme escritor, puesto que el
10 El original de Cicerón dice lo siguiente: “Historia veri testis temporum, lux veritatis, vita me-
moriae, magistra vitae, nuntia vestustatis”; tomado de: Cicero, Marcus Tullius. De oratore, bilingual ed.
Latin and English, trans. E. W. Sutton, 2 vols (Cambridge: Harvard UP, 1988), II, 36.
traducir equivale, de una u otra manera, al salto desesperado al abismo del escritor que
no puede escribir, es de vital importancia recalcar que el traductor debe ser consciente de
que no está escribiendo un nuevo texto mediante la traducción. Pero cuando se traduce
la poesía de un poeta firme como Pearse, uno es siempre consciente de que tan sólo es
un traductor; cosa que a veces suele no suceder al traducir a poetas que no caben en la
categoría de Pearse, y cuando el traductor se siente constantemente tentado de mejorar
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